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jueves, 13 de febrero de 2025

VIDA Y OBRA DE KONSTANTIN LEONTIEV



Konstantin Nikolaevich Leontiev (1831 - 1891)


Su vida

Konstantin Nikolaevich Leontiev nació el 13 de enero de 1831 en una familia noble que ya había perdido su esplendor de los días pasados. La casa de su familia estaba situada en el pueblo rural de Kudinovo, en la provincia de Kaluga, al suroeste de Moscú, y fue allí donde Konstantin, el menor de siete hijos, recibió su educación inicial de parte de su madre hasta que tuvo la edad suficiente para ingresar en el Gimnasio de Smolensk en 1841.

Su padre era distante y, al parecer, una figura que el joven despreciaba.

Su madre, por otro lado, fue una influencia formativa, un refugio al que regresaría en numerosas ocasiones. La idolatraba por su exquisito gusto y su devoción a la emperatriz María Fyodorovna (1759-1828), algo que ella había adquirido en el Instituto Catalina en San Petersburgo, donde fue la favorita de la emperatriz. Proveniente de la aristocrática y prestigiosa familia Karabanov, ella era naturalmente una firme defensora de la monarquía, a pesar de ser distante en lo que respecta a la religiosidad.

Así, Leontiev creció en un entorno que lo predisponía fuertemente a disfrutar del ritual exterior y el simbolismo del Estado ruso, sin transmitirle su contenido fundamental: el cristianismo ortodoxo. El poco sentimiento religioso que tenía le fue inculcado por una tía a la que admiraba mucho.

Los episodios de enfermedad durante su juventud le causaron problemas tempranos en su educación, pero cuando Leontiev encontró su lugar en el Gimnasio de Kaluga, se desempeñó excepcionalmente y obtuvo el derecho a ingresar a la universidad sin necesidad de presentar un examen de admisión. Para 1849, estaba estudiando en la facultad de medicina de la Universidad de Moscú, tratando de cumplir el deseo de su madre de que sea médico. Fue aquí donde desarrolló una pasión por la escritura. La pluma le sirvió como escape de los aspectos de la vida estudiantil que le desagradaban: el amor no correspondido, la soledad y la grosería de sus compañeros maleducados.

Le presentó su primera comedia, Matrimonio por amor, al prolífico novelista ruso Ivan Turgenev (1818-1883), quien casualmente vivía frente a su residencia en Moscú. Para su asombro, Turgenev respondió elogiando el relato de su comedia, avivando las ambiciones de Leontiev y revirtiendo su depresión.

Lamentablemente, los remezones de la Revolución de 1848 todavía se seguían sintiendo en Rusia, lo que hacia que los criterios aplicados por los censores del gobierno para aprobar o denegar la publicación de obras fueran extremadamente estrictos, por lo que Matrimonio por amor no fue aprobado cuando Leontiev intentó publicarlo en 1851. El joven estudiante no permitió que este temprano fracaso lo disuadiera de seguir escribiendo, ni mucho menos lo distrajera de sus estudios, y recibió su diploma en 1854, antes de lo previsto. Logró publicar algunos cuentos, principalmente comedias, que le generaron algunos ingresos modestos pero no aún el reconocimiento que deseaba.

Ahora como médico titulado, se ofreció como voluntario para servir como médico de batallón y regimiento en la brutal Guerra de Crimea, que había estallado el año anterior. Fue reasignado a varios regimientos y hospitales de campaña mientras los combates continuaban, encontrando poco respiro en sus deberes. Se dio de baja del servicio en 1857, poco después de que la guerra llegara a su fin, buscando algo más estable que le permitiera perseguir una carrera literaria. Apenas tenía espacio en su maletín médico para su equipo junto con los numerosos borradores de sus futuros libros.

Se mudó a San Petersburgo, con la esperanza de encontrar audiencias receptivas, pero pocos estaban interesados en sus obras y pronto cayó en dificultades económicas. Fue el año crucial y sombrío de 1861 que marcaría un punto de inflexión en la vida de Leontiev. Mientras trabajaba brevemente como médico familiar en algunas localidades rurales, continuó sintiendo la irresistible atracción del sur y pronto regresó a Crimea. Allí se casó con Elizabeth Pavlovna Politova, la hija semianalfabeta pero muy hermosa de un comerciante griego. Se había enamorado de ella durante su estancia en Simferopol. Su matrimonio fue generalmente turbulento, y su esposa sufrió una crisis de salud mental que la llevó a ser institucionalizada periódicamente a lo largo de su vida.

De regreso en San Petersburgo, publicó su primera novela, Podlipki. La historia de un joven que navega en el conflicto entre su nostalgia por la inocencia juvenil y las cosas infelices descubiertas en la adultez, Podlipki tuvo solo un éxito moderado, y Leontiev comenzó a buscar una nueva carrera. Más que su matrimonio y su primer libro, lo que hizo que 1861 fuera tan importante en la vida de Leontiev fue el surgimiento de su filosofía de la estética, que expondremos en detalle más adelante. Podemos comenzar a rastrear este desarrollo hasta 1861 porque, a la vez que publicaba Podlipki, Leontiev estaba planeando frenéticamente su próximo libro, En su tierra.

Es en esta novela donde encontramos a Leontiev hablando a través de sus personajes sobre la devaluación absoluta de la moral, el rechazo de las ideas liberales tan populares entre la juventud rusa y la glorificación de la estética como el ideal más alto. “La moralidad”, según el representante ficticio de Leontiev, “es el recurso de la gente mediocre”[1]. Para 1862, el desarrollo de esta idea – que florecía a la zaga de la desesperación del trabajo mundano y las necesidades financieras que lo forzaron a retornar a la propiedad de su madre en Kudinovo – estaba completo.

Saliendo una vez más de la oscuridad interior, Leontiev encontró una nueva vocación en el servicio diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores bajo el zar Alejandro II (1818-1881). Después del fallido levantamiento polaco de 1863, hubo una gran ola de patriotismo en el imperio, y muchos rusos estaban ansiosos por servir a su país. Este orgullo nacional no podía dejar de influir en Leontiev. La adoración eslavófila por los atributos únicos de Rusia, entonces en boga, también encontró eco en En su tierra, que aún estaba en progreso.

Nombrado dragomán (intérprete) para el consulado ruso en Kanea, en la isla de Creta, en octubre de 1863, Leontiev dejó su patria y asumió un rol que no solo le permitía aprovechar su talento para la argumentación, sino que también le daba tiempo libre para dedicarse a la escritura. Publicó En su tierra al año siguiente. Solo siete meses después de comenzar su trabajo en Creta, generó un pequeño incidente diplomático cuando, indignado por los comentarios despectivos sobre Rusia del cónsul francés, lo golpeó con un látigo. Leontiev recordaría la isla con cariño en su primera obra de no ficción, Bocetos de Creta (1866), pero el servicio lo trasladó a Adrianópolis inmediatamente después del incidente. Por un lado, la misantropía ocasional, la irritabilidad y las extrañas excentricidades de Leontiev (que incluían negarse a usar el uniforme diplomático en favor de un abrigo verdaderamente ruso que había hecho a medida) molestaban a sus superiores, pero, por otro lado, no querían perder a un intelecto tan evidente.

Sirvió en Adrianópolis durante dos años, después de lo cual se convirtió en vicecónsul en Tulcea (Rumania), donde publicó su siguiente novela, Las confesiones de un marido (1867). Su jornada laboral a menudo consistía en apenas una hora y media de recibir visitantes y firmar documentos, mientras recibía un generoso salario y alojamiento gratuito. En ese momento, estaba planeando su logro literario más ambicioso, una serie de novelas bajo el título El río del tiempo, pero nunca estuvo satisfecho con lo que escribió y posteriormente destruyó todo rastro de la obra. Otras novelas como Chryso (1868) y Hamid y Manoli (1869), ambas ambientadas en su amada Creta, le dieron a Leontiev cierta medida de reconocimiento, aunque no el que esperaba. Aun así, su producción literaria alcanzó su punto máximo durante este período, en el que generalmente se cree que sus posturas políticas anacrónicas y reaccionarias se consolidaron, derivadas del núcleo central de su filosofía de la estética. También cabe destacar que fue durante su nombramiento en Tulcea cuando su esposa comenzó trágicamente a mostrar los primeros signos de locura. Era una mujer celosa, y las numerosas aventuras extramaritales de Leontiev afectaron gravemente su estado mental.

Volviendo a actividades más académicas, Leontiev presentó un ensayo extenso, Literatura y nacionalidad, al embajador en Constantinopla, Nikolay Ignatiev (1832-1908), para su aprobación. Fue tan bien recibido que finalmente se le otorgó el cargo completo de cónsul, primero en la ciudad albanesa de Ioannina en 1869, y luego en Salónica, Grecia, en 1871. Se estaba preparando para el cargo de cónsul general de Bohemia cuando cayó gravemente enfermo. No está claro exactamente cuál era la naturaleza de la enfermedad (él sospechaba que era cólera), pero dejó a Leontiev postrado en cama y cerca de la muerte. Su madre también había muerto ese año, dejándolo en un estado mental frágil. Cuando un monje del Monte Athos le entregó un ícono de la Madre de Dios, Leontiev informó haber tenido una experiencia de la propia Theotokos junto a su cama, y prometió que se convertiría en monje si ella lo curaba. “¡Madre de Dios! ¡Es temprano! ¡Es demasiado pronto para que yo muera!”, exclamó, horrorizado ante la perspectiva de su muerte física, a la luz de la vida disoluta y pecaminosa que difícilmente había estado a la altura de su potencial.

Milagrosamente, Leontiev se recuperó por completo en tan solo dos horas y de inmediato emprendió una peregrinación al Monte Athos para cumplir su promesa. Los monjes le permitieron quedarse allí un año, pero le aconsejaron no precipitarse en seguir la vida religiosa. Percibían que aún no había escrito todo lo que deseaba escribir y que, una vez disipado el fervor encendido por su vivencia, lucharía en contra de las restricciones estéticas de la vida monástica. Quemó lo que quedaba de El río de los tiempos (de manera deliberada, aunque por razones desconocidas), ayunó y asistió a todos los servicios eclesiásticos que pudo, cayendo bajo la fuerte influencia del hierosquimonje Jerónimo Solomentsov (1805-1885). A los ojos de sus colegas, había perdido la cabeza.

Tras retirarse del servicio diplomático en 1873, debido tanto a su descontento cada vez mayor con la política exterior de Rusia en los Balcanes como a las crecientes exigencias de su observancia religiosa, se estableció en la isla de Halki, a las afueras de Constantinopla, y adoptó la vida de publicista a tiempo completo, escribiendo artículos para la revista conservadora Russki Vestnik (El mensajero ruso). Fue en este periodo cuando escribió sus obras de no ficción más influyentes, entre ellas El panslavismo y los griegos y Bizantinismo y eslavismo. También escribió otra novela, Odiseo Polícroniades.

En 1874, Leontiev regresó a su ciudad natal, abatido al encontrarla desolada y deteriorada. La reforma de emancipación de 1861, que había liberado a los siervos de Rusia, había terminado por afectar la economía de Kudinovo, y la visión de su deteriorada finca infantil empañó sus recuerdos de una infancia encantada. Era su propio Podlipki. Para entonces, su aversión a las reformas igualitarias no podía ser mayor.

Ya en sus cuarenta años, estaba decidido a comenzar su transición a la vida monástica, tal como había prometido. Viajó al renombrado centro de la espiritualidad rusa, Optina Pustyn, donde se reunió con san Ambrosio Grenkov (1812-1891), con quien había mantenido una correspondencia epistolar durante mucho tiempo, y con el hieromonje Clemente Zedergolm (1830-1878), quien también ejerció gran influencia sobre él. Sin embargo, en el último momento, cuando ya era novicio en el monasterio Nikolo-Ugreshsky, cerca de Moscú, decidió que aún tenía escritos pendientes en el mundo y pospuso su transición.

En 1879, aceptó un empleo en el periódico Varshavskii Dnevnik (Diario de Varsovia), pero las dificultades económicas lo obligaron a renunciar en menos de un año. Luego trabajó como censor en el Comité de Censura de Moscú entre 1880 y 1886. Durante este tiempo escribió El amor universal y el temor de Dios y El amor a la humanidad, que terminaron figurando en una vasta recopilación de sus escritos de no ficción, Rusia y los eslavos.

Un testimonio llamativo sobre Leontiev en su última etapa describe su presencia carismática:

"Delgado, nervioso, con unos ojos brillantes de juventud, Leontiev llamaba la atención con su apariencia. Su voz clara y juvenil, combinada con sus gestos enfáticos y siempre elegantes, hacían difícil creer que tenía cincuenta años. Hablaba, o mejor dicho, improvisaba. ¿Sobre qué? No puedo recordarlo. Absorbiendo la música de su elocuencia y su pasión, apenas podía seguir el fulgor de su pensamiento inquieto, que centelleaba como un relámpago. Tenía la impresión de que su pensamiento no cabía dentro de sí mismo, como si no lo escuchara, encendiendo aquí y allá un fuego, iluminando oscuros horizontes en los lugares más inesperados. Era una tormenta, un huracán que arrastraba a sus oyentes."

En el otoño de 1887, se trasladó a Optina y alquiló una casa de dos pisos junto a las murallas del monasterio. Se mantuvo implicado políticamente, carteándose con prominentes conservadores como la eminencia gris de la familia imperial, Konstantín Pobedonóstsev (1827-1907), y Lev Tijomírov (1852-1923) quien a otrora había sido un antiguo revolucionario terrorista no sin después haber pasado por un fuerte proceso de arrepentimiento o metanoia. Planeó formar una sociedad secreta de conservadores, pero los años que le quedaban de vida no fueron suficientes para concretarlo.

Fue en esta época en Optina cuando se encontró brevemente con el pacifista y gran novelista ruso Lev Tolstói (1828-1910), en un diálogo significativo no solo debido a sus radicales diferencias políticas, sino también dado el estatus que Leontiev poseía al ser uno de los mejores críticos literarios del autor. Su conversación no fue particularmente productiva. Tolstói anotó en su diario: “Visité a Leontiev. Tuvimos una charla encantadora. Él me dijo: «No tienes remedio»”. Sus últimas obras en este periodo terminaron de publicarse: Notas de un ermitaño, La política nacional como instrumento de la revolución mundial y una valoración del corpus literario de Tolstói.

El 23 de agosto de 1891, fue tonsurado como monje en una skite del monasterio de Optina, tomando el nombre de Clemente en honor a su mentor, y pasó sus últimos días bajo la disciplina ascética. Falleció de neumonía el 12 de noviembre de ese mismo año y fue enterrado en el monasterio de Getsemaní de la Laura de la Trinidad y San Sergio.

 

***

 

Su obra

Entre los intelectuales de su patria, Leontiev inspiraba un desprecio casi instintivo. Enigmático y paradójico, idolatraba la estética por encima de la moral y, sin embargo, se entregó a la severa austeridad de la vida monástica. Nunca encajó en ninguna escuela particular. Los liberales lo detestaban como un reaccionario ferviente, un defensor de los extremos más crueles del despotismo asiático, los cuales, incluso en Rusia, hacía tiempo que había perdido partidarios. Mientras tanto, los conservadores se lamentaban por su rechazo irrestricto al dogma eslavófilo, y en particular del paneslavismo que se había convertido en la hoja de ruta de los sueños imperiales de Rusia en los Balcanes.

 

Leontiev era un patriota ferviente, pero nunca convirtió al pueblo ruso en un fetiche, siendo a menudo tan crítico con él como el más encendido occidentalista. Mientras los conservadores elevaban a Fiódor Dostoievski (1821-1881) como su campeón literario, él despreciaba el cristianismo color rosa del autor por considerarlo demasiado optimista. Mientras los conservadores señalaban al islam de los turcos como su enemigo eterno, él hablaba de la belleza que se encontraba en el Corán. Mientras los conservadores atacaban al catolicismo romano, la religión de los pérfidos polacos, Leontiev afirmaba su evidente superioridad sobre el protestantismo (sin duda, la estética de este último le horrorizaba). Todas estas cosas hicieron de Konstantín Leontiev un solitario ideológico en la Rusia imperial tardía, pero ello contribuyó a su permanencia como una de las figuras más originales del conservadurismo ruso, de hecho, uno de los intelectos más fascinantes que el país había producido hasta entonces.

 

Las valoraciones negativas sobre Leontiev son numerosas. El teólogo Serguéi Bulgákov (1871-1944) lo describió como un “monstruo ético”. Según el ideólogo paneslavista Nikolái Strájov (1828-1896), “para él, la religión, el arte, la ciencia y el patriotismo [...] no eran más que pretextos para sus bajos instintos y su sed depravada de placer y autocomplacencia”. Tales reacciones son indicativas del grado en que Leontiev desafiaba las ideas sociopolíticas dominantes de su época. Las réplicas que recibió fueron sensacionalistas y a menudo personales. Se le acusó de transgresiones que iban desde la pederastia hasta el satanismo, y algunos afirmaban que había torturado psicológicamente a su esposa con los relatos lascivos de sus aventuras. Esta última acusación parece tener cierto fundamento, aunque cabe señalar que Leontiev pagó el cuidado de su esposa durante toda su vida, incluso en tiempos de dificultades económicas, y la mantuvo a su lado siempre que le fue posible.

Otros intérpretes de la obra de Leontiev fueron más benevolentes. El eminente teólogo, Vladímir Soloviov (1853-1900), por ejemplo, a pesar de sus desacuerdos, lo reconoció como un escritor e intelectual valioso. El filósofo Vasili Rozánov (1856-1919) lamentaría profundamente que Leontiev no fuera discutido en Rusia con la misma intensidad con la que Friedrich Nietzsche (1844-1900) lo era en Europa, pues consideraba que ambos eran reflejos el uno del otro en su manera de desafiar al mundo contemporáneo. Algunos han cuestionado esta comparación, argumentando que Leontiev nunca acuñó conceptos de la magnitud de los de Nietzsche (el Übermensch, el eterno retorno, etc.). Si bien esto es cierto, se podría decir que no fueron estos conceptos los que hicieron de Nietzsche un pensador tan fascinante, sino su proyecto central, que Leontiev anticipó en cierta medida: la apología de un ámbito de juicio más allá del bien y el mal.

D. S. Mirsky (1890-1939) estructuro el pensamiento de Leontiev en tres temas principales. El primero, un esteticismo amoral que reconocía el valor de la belleza como criterio más abarcador y universal que el de la moralidad. El segundo, una visión cíclica y naturalista sobre cómo los fenómenos sociales, incluidas las civilizaciones, evolucionan y decaen. Finalmente, un compromiso intelectual con la forma bizantina del cristianismo. Ahora pasaremos a discutir cada elemento por separado.

La peculiar doctrina del esteticismo amoral es algo sobre lo que Leontiev nunca ofreció una exposición formal, sino que solo permite vislumbrar en sus artículos menores y en las novelas en las que utiliza indirectamente a héroes narcisistas para exponer sus propios puntos de vista.

Si bien no estaba plenamente desarrollado en un sentido doctrinal y sistemático, este credo del esteta era claramente fundamental para la visión política de Leontiev. Su concepción del mundo no situaba al hombre como punto central de la creación, sino como un instrumento a través del cual podía alcanzarse la belleza. Mientras que otros reaccionarios rusos, en especial Pobedonostsev, llegaron a sus convicciones políticas por un compromiso práctico con el orden frente a todas las formas de caos, el razonamiento de Leontiev era distinto. Las formas de Estado autocráticas y jerárquicas eran preferibles no por su capacidad para mantener el orden, sino por su capacidad para extraer belleza de grandes contrastes, tanto internos como externos, y orquestarlos.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase.  Tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo era el llamado desafiante de Nietzsche, el pensamiento de Leontiev dio forma a una nueva corriente en el conservadurismo que, a pesar de su oscurantismo, se manifestaba como inexpugnable.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase. Sin duda, al ser tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo fue el llamado desafiante de Nietzsche, Leontiev formuló una nueva vertiente del conservadurismo que era a la vez más oscurantista y, sin embargo, más inatacable.

La problemática modernización de Rusia, su período de revolución sangrienta y guerra civil, ciertamente otorgó una cualidad profética a aquellos reaccionarios que habían advertido lo que le ocurriría al imperio si seguía por el camino de la liberalización. Las predicciones del embajador saboyano en San Petersburgo, Joseph de Maistre (1753-1821), que establecieron el patrón de pesimismo seguido por Pobedonostsev, se hicieron realidad para Rusia. Sin embargo, los regímenes liberales en general han demostrado ser más resilientes y capaces de lo que sus primeros críticos habían anticipado. Eventos como la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique siguen siendo excepciones en la línea histórica, y podría argumentarse que las democracias liberales modernas han mantenido el orden con mayor continuidad que sus predecesores autoritarios. Por supuesto, el argumento depende de que es lo que se defina por orden. Aun así, deberíamos apreciar que el conservadurismo de Leontiev no sufre debilidad alguna. No se somete al compromiso programático de mantener el orden a cualquier costo, al reconocer de hecho al mal y al caos como elementos importantes que deben tener cabida en la vida pública. El principio rector de Pobedonostsev podría estipularse como “prevenir las revueltas por cualquier medio”, mientras que la réplica de Leontiev a tal lógica sería la siguiente: “dejad que ocurran las revueltas. ¡Pero dejad que también sean aplastadas!”[2]

El apasionado juego y la poesía de la vida eran, para Leontiev, forjado a través del conflicto entre el bien y el mal. Se regocijaba en las descripciones vívidas de la guerra, incluso del bandidaje y el asesinato. Milkeev, el héroe estudiante de la novela En su tierra, comenta: “La sangre no impide la benevolencia del cielo. ¡Has leído demasiado de esa empalagosa Fredrika Bremmer[3]! Juana de Arco derramó sangre, pero ¿acaso no era tan bondadosa como un ángel? ¿Cuál es el sentido de una humanidad lacrimógena y unidireccional? ¿Qué es nuestra mera existencia fisiológica? ¡No vale ni un solo centavo! Un árbol majestuoso de un siglo de antigüedad vale más que dos docenas de personas sin rostro; y no lo talaré para comprar medicina para los campesinos que sufren de cólera.”[4]

 

Tales declaraciones eran tan incómodas de escuchar en su propio tiempo como lo siguen siendo hoy, pero fue precisamente en tales desafíos audaces a la certeza moral donde Leontiev transmitió su diagnóstico del declive de la civilización. La marca de las culturas moribundas no es el tormento, el derramamiento de sangre o el sufrimiento, sino la vulgaridad y la uniformidad, y estas llegan precisamente en el momento en que una cultura se inclina hacia el moralismo, hacia una deificación del bienestar del hombre. Leontiev reconoció con fuerza al padre del socialismo ruso, Alexander Herzen (1812-1870), por su evaluación estética de Europa. Aunque recordado por su agitación de izquierda, Herzen estaba profundamente insatisfecho con Europa Occidental y criticaba con buen gusto su descenso hacia la cultura burguesa y de masas. Leontiev fue más allá.

Se lamentaba de un pueblo que, aunque desfrutase de la estética de la vida con todos sus peligros, inconvenientes y atrocidades en las novelas y en los escenarios, Dios no le permitiera que esta jamás se desarrollase en la vida real. En una vitalidad moribunda, en la debilidad, la falta de fe y el temor se enraizaría la causa la degeneración de tal pueblo. Como se le citó diciendo:

“La vida, que siempre fue considerada un «regalo» para el hombre, se ha convertido en una carga en el siglo XIX; ya no es una vida bendita, sino una maldita. Este es un fenómeno monstruoso, una distorsión increíble del orden de las cosas. Sin importar en qué época haya vivido el hombre, las persecuciones que haya soportado o las humillaciones que haya experimentado, nunca se habría atrevido a pensar las ideas que ahora expresa en medio de la prosperidad, la paz tangible y el bienestar general. Si las generaciones que hace mucho tiempo desaparecieron bajo tierra fueran reunidas cara a cara con las que ahora habitan la tierra, si se vieran y expresaran sus pensamientos, ¡cuán infelices, sombríos, lamentables y confundidos les pareceríamos! Y nosotros les mostraríamos nuestros chirriantes fotógrafos, rollos de cables telegráficos, placas de gelatina o nuestros ferrocarriles y diríamos: «He aquí nuestra felicidad». Pero ellos, sin necesidad de ver nada de eso, con solo mirarnos a la cara, dirían: «¿Qué se han hecho a sí mismos? ¿Qué han hecho...?»”[5][6]

Tal como lo evidencian estos sentimientos, Leontiev encaja firmemente en la tradición del romanticismo conservador, algo que fue afirmado por el filósofo ruso Nikolai Berdyaev (1874-1948), quien escribió una considerable evaluación de la visión del mundo de Leontiev. Podemos estar de acuerdo con Berdyaev en que Leontiev estaba impulsado por una obsesión con un pasado glorioso, las edades doradas de una gran cultura, y, sin embargo, rechazaba la corriente principal del romanticismo ruso. Si bien sería justo considerar a Leontiev en cierta medida eslavófilo, no le encontraba valor alguno a su idealización casi demótica del campesinado ruso, cuyos sus supuestos orígenes pacíficos y piadosos habían sido tan groseramente interrumpidos por el autoritario trono imperial.

 

La visión romántica de Leontiev era la de la arquitectura bañada por el sol de las capitales asiáticas, de bazares atestados de incienso y de harenes, de ejecuciones públicas, místicos y profetas, caballeros y nobles, y emperadores con una autoridad ilimitada. Muchos han descrito a Leontiev como un turcofilo, y sus puntos de vista geopolíticos, cuando se contrastan con los de la mayoría de los eslavófilos, parecen dar credibilidad a tal afirmación. Sin embargo, más allá de una fascinación por los pueblos que consideraba exóticos, incluidas las poblaciones rurales de los Balcanes, sus puntos de vista caen completamente dentro de los parámetros del esteticismo amoral. Leontiev reconocía el dominio turco sobre los eslavos del sur como un crimen ético. Sin embargo, dada la naturaleza de las fuerzas políticas que agitaban para la liberación de estos pueblos, todos ellos gradualmente perdiendo toda su distinción, todas las tradiciones (incluida la gradualidad misma) a las que se habían aferrado con tenacidad mientras estaban bajo el dominio otomano como una forma de resistencia a su brutalización, Leontiev creía que su liberación podría también resultar de que Rusia se infectara también del liberalismo. Esto, pensaba Leontiev, sería fatal para un Estado que ya temía podría estar entrando en una fase de decadencia terminal.

La visión cíclica de la historia de Leontiev se presenta en su forma más completa en Bizantinismo y Eslavismo, publicado en 1875. No fue el primer ruso en esbozar y defender formalmente tal concepción, ya que Nikolay Danilevskii (1822-1885) lo había adelantado cuatro años antes con Rusia y Europa. Sin embargo, Leontiev sostenía que había llegado a sus ideas de manera independiente, y leer el análisis histórico innovador de Danilevskii solo confirmó lo que ya creía. Dado su aislamiento del entorno intelectual ruso de la época y su historial personal en la práctica médica, que habría favorecido las conclusiones naturalistas a las que llegó, esto es completamente creíble. También debe señalarse que, mientras Danilevskii presentó la noción de que los estados ascienden y caen en un patrón cíclico predecible, no especificó exactamente los síntomas del declive, ni donde se podrían trazar los límites entre el apogeo cultural y la decadencia. Para esto, el mérito es de Leontiev.

Muchos comentaristas eslavófilos habían vilipendiado las reformas occidentalizadoras del zar Pedro I (1672-1725), que pasaron por encima de siglos de tradición rusa y debilitaron enormemente a la Iglesia Ortodoxa. Extrañamente, Leontiev restó importancia a tales preocupaciones. Siguiendo su propio modelo cíclico, basado en una evaluación estética de la grandeza cultural, Leontiev vio la era petrina como el florecimiento de Rusia, resultado de un largo proceso gestado por el cristianismo bizantino. Esta era se extendió hasta el reinado de Catalina II (1729-1796) y estuvo marcada por una mayor ostentación en la corte, el florecimiento de la pintura y la arquitectura rusa con diversas influencias contrastantes, así como victorias militares en el extranjero. Es importante destacar que también fue un período de maduración jerárquica. Si bien Catalina, en particular, predicaba los valores de la Ilustración, bajo su reinado, las distinciones de clase se hicieron más pronunciadas y la brecha entre la nobleza y el campesinado se amplió de manera inmensa.

La desintegración cultural, tal como la veía Leontiev, se instaló después, conforme a su modelo, con un periodo de creciente igualdad cívica, disminución creativa y un aumento del sentimiento revolucionario que ni los zaristas más conservadores pudieron restringir. La desastrosa invasión de Rusia por parte de Napoleón I (1769-1821) y repelida por Alejandro I (1777-1825) fue solo el presagio de la destrucción cultural por venir, primero en Europa, luego en Rusia. Las Revoluciones de 1848, que destrozaron la política tradicional en toda Europa, señalaron con desdén que el proceso de simplificación cultural había echado raíces y se estaba extendiendo sobre los bordes orientales del continente.

Como esbozó en el Capítulo VII de Bizantinismo y Eslavismo, Leontiev observó que los organismos están sujetos a una ley de desarrollo. Comenzando en un estado de simplicidad primitiva, se van complicando gradualmente a medida que alcanzan su plena floración, antes de descender de nuevo por la escalera en un proceso en cascada de simplificación, durante el cual sus características distintivas se desvanecen y se mezclan con elementos externos a ellos mismos. La expresión última de esta etapa terminal es la descomposición en materia orgánica inerte. Leontiev creía que las culturas estaban gobernadas por las mismas leyes. Esta base en leyes científicas casi darwinianas es un aspecto chocante y poco común de una mente tan romántica, pero encaja con el perfil de Leontiev como un hombre que existía en las fronteras de diversas corrientes de pensamiento. Presenta una convergencia interesante entre la corriente positivista del conservadurismo (bien representada por Danilevskii) y la corriente romántica, que encuentran una confluencia y coherencia agradable en el argumento de Leontiev.

Finalmente, llegamos a la tercera clave de la filosofía de Leontiev, la que se refleja de manera más completa en sus últimos años, cuando se apartó de su muy apreciada estética para tomar los votos monásticos.

El bizantinismo era lo que Leontiev vislumbraba como el principio organizador de cualquier futuro Estado paneslavo, un Estado que él, al igual que la mayoría de los rusos, veía como inevitable ante la decadencia del Imperio Otomano. La grandeza única de Rusia radicaba, para Leontiev, en la herencia de la Segunda Roma desaparecida, una civilización que consideraba sin igual, tanto en términos de su longevidad como por todo lo que le legó a Europa en su conjunto.

Después de que el ascenso del emperador Constantino I (272-337) viera la tolerancia religiosa del cristianismo en 311 y la transferencia de la capital romana a la ciudad santa de Constantinopla en 330, surgió un tipo cultural e histórico único. Esto, según Leontiev, fue persistentemente ignorado y subestimado por los historiadores, particularmente respecto a su importancia para Rusia. Para el autor, Rusia no existe sin el bizantinismo. Es el principio formativo de la cohesión en el Estado ruso, el único propósito de la existencia de Rusia. Leontiev lleva esta idea a un extremo no explorado por otros filósofos rusos. Ciertamente, otros habían basado la Idea Rusa en la dimensión espiritual, en las cualidades espirituales inherentes al pueblo ruso o a los eslavos en general, pero no llegaron a ver a Rusia como un vehiculo para esta Idea, que materialmente se había originado fuera de la nación. Para Leontiev, el fracaso de Rusia para convertirse verdaderamente en la civilización que Danilevskii había identificado se debía a su fracaso de encarnar físicamente a Bizancio. Era casi como si Rusia estuviera atascada, ahogándose en el canal de parto civilizacional. Para sobrevivir, sería necesario que tomara Constantinopla (Tsargrad), no para convertirse en una federación eslava, sino más bien en un imperio cristiano oriental/bizantino.

Un aspecto clave de esta civilización era, por supuesto, la continuación y el fortalecimiento de la autocracia. Leontiev soñaba con el zar ruso como un déspota socialista gobernando desde su asiento de poder en el Bósforo. Sorprendentemente para sus contemporáneos, el socialismo no era anatema para Leontiev, incluso si lo veía como una especie de compromiso con las realidades impuestas por los cambios tecnológicos y sociales. El socialismo sería aceptable mientras sirviera al ideal bizantino y funcionara como un ácido correctivo contra el liberalismo. En resumen, Leontiev estaba silenciosamente fascinado por la idea de utilizar la economía socialista como arma contra la inminente podredumbre burguesa a la que una vez describió como Todo América. Hizo hincapié en que, en ausencia del augusto zar, el socialismo estaría dirigido en cambio a las grandes instituciones de la vida rusa, particularmente su Iglesia, pero, manejado por las manos adecuadas, podría devolver a Rusia, y quizás a toda Europa, a un estado de clases económicas rígidas. Esto, a su vez, sería la semilla de una nueva y floreciente complejidad. Apenas pudo contener su asombro cuando su buen amigo, Lev Tijomírov, predijo correctamente que el socialismo no cumpliría con lo que prometía, que la libertad socialista sería un nuevo despotismo. Si este despotismo pudiera obliterar la infección liberal del mundo, Leontiev creía, este abriría el camino para un expansivo imperio cristiano y una restaurada Edad Media.[7]

¿Como podrían reconciliarse el compromiso cristiano de Leontiev sin que este terminara por subyugar a su visión nietzscheana de la estética? Leontiev entendía con gran claridad el terror del cristianismo y sus enseñanzas sobre el pecado y el infierno, y junto al peculiar formalismo y ascetismo del rito bizantino y la vida monástica, el gran valor que el cristianismo había impartido al mundo era su absoluta exclusión de la perfección mundana. Esto aseguraba la existencia tanto del bien ultra-terreno como del mal ultra-terreno, atrapados en un conflicto perpetuo en la Tierra, del cual surgía la belleza y sobre el cual los hombres no tenían control absoluto. Era en tal clima que el hombre podía perseguir un egoísmo trascendental, es decir, podía centrarse en procurarse su propia salvación. Si la salvación, dedujo Leontiev, es primordial para el hombre, entonces, más a menudo de lo que se piensa, es más amiga de la estética que de la moralidad. En términos de la doctrina moral, lo que Leontiev rechazaba firmemente no era su sustancia, sino su universalización, que para él representaba elevar la caridad/empatía al estatus de un falso ídolo. El ideal bizantino no enfatizaba la caridad de Dios, sino la fuerza imperiosa, el poder más allá de la jurisdicción del hombre. Leontiev aquí no encuentra contradicción, sino el vehículo ideal para su rechazo tanto del moralismo como del progreso. Si la dicha, por su propia naturaleza, solo puede provenir de Dios, entonces esforzarse por alcanzar lo que el hombre percibe como dicha, el cese del sufrimiento humano, es un vano empeño.

En cuanto al destino final de la estética, Leontiev aceptaba que la muerte última de la cultura humana, con toda su multiplicidad, se desarrollaría en el Apocalipsis, donde para algunos sería sacrificada en el altar del cristianismo[8], y para otros, en el altar de la religión del Anticristo, que asumiría una forma moralista y utilitaria. Finalmente, la tecnología moderna llevaría a la humanidad a su destrucción universal.

Lejos de ser una forma de escapismo, la ortodoxia de Leontiev se muestra profunda, sentida y genuina. Nos recuerda cuánto tiempo dedicó a la vida religiosa, cómo abandonó su prometedora carrera diplomática en gran parte debido a esta búsqueda. La fe de Leontiev fue una fe torturada, sobre este punto no puede haber discusión. En sus escritos formales, poco consuelo se encuentra en su interpretación casi única del cristianismo gótico, y tal vez es el único tipo de cristianismo que podría haber apaciguado a Nietzsche. Del mismo hombre que escribió con aparente asombro sobre los carniceros albaneses desollando vivas a mujeres búlgaras, escuchamos la humilde proclamación de “muchos dolores para el pecador”. ¡Qué contraste! Un perfil altamente freudiano sobre Leontiev escrito en 1967 señaló:

“El que abogaba por la salud y la vitalidad estaba constantemente enfermo y al borde del colapso nervioso. Del mismo modo, quien predicaba un culto de virilidad era un afeminado lleno de culpa. Nuevamente, quien elogiaba la amoralidad y la violencia era un hombre dócil, compasivo y arrepentido. Finalmente, quien tenía la ambición de renovar la literatura rusa y que, a tal efecto, elaboró una nueva teoría literaria, fracasó como escritor. De esto [...] se hace claro que su ideología era la antítesis de su vida.”[9]

Tal vez el autor no comprendió la ironía de su propia crítica, que la vida de Leontiev en realidad afirmaba su creencia de que la belleza y el espectáculo emerge del contraste. Leontiev podía reconocer que fue un escritor fracasado, un mal esposo, un hombre que peco frente a Dios, pero nunca un mediocre, nunca un miembro del rebaño gris que ahora se dirige inexorablemente hacia el final que él predijo con asombrosa claridad.

El escritor conservador colombiano, Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), escribió una vez “más que cristiano, quizás soy un pagano que cree en Cristo”[10]. Probablemente, tal vez no se pueda aplicar una mejor descripción a Leontiev, un hombre que frecuentaba y se deleitaba con todos los placeres estéticos y sangrientos del Este, los cuales su vida siempre estuvo involucrada, pero que murió bajo el nombre de Clemente, en una celda monástica, recordado por los monjes de Optina, quienes incluso hoy en día aún se refieren a la antigua morada que él habitaba como la casa consular.

K. Benois



[1] Leontiev, K. V svoyem krayu, san Petersburgo. p. 26

[2] Leontiev, K. Against the current, p. 134

[3] Federika Bremmer (1801-1865): Una autora sueca de novelas románticas

[4] Leontiev, K. V svoyem krayu, p. 36

[5] Nowak, P. A colloquy on the end of the World: The letters of Konstantin Leontiev and Vasily Rozanov. pág. 156

[6] En su artículo Soloviov contra Danilevskii, Leontiev mencionaría: “La diferencia es que en los horrores de la agonía de Roma había una especie de poesía gigantesca y demoníaca; La gente misma era numerosa; y en el desenfreno del utilitarismo científico del europeísmo burgués no hay nada más que prosa y una especie de mezquindad que degrada a la gente. ¡Hasta las tropas se suben a bicicletas! ¿No es esto una señal mortal: el triunfo del mundo inorgánico sobre el orgánico? ¿La química y la física sobre la vida animal y vegetal? ¿Máquinas por encima de caballos y humanos? [¿Alcaloides químicos en medicina sobre sustancias medicinales complejas y completas (antiguas) de las que se extraen estos alcaloides? (Morfina - del opio, digitalina - de la digital, quinina - de la corteza de la quina, etc.] Hierro feo sobre madera hermosa e incluso sobre piedra natural y también hermosa, aunque inorgánica, pero aún más compleja y lista, aún más viva. ¿No deberíamos esperar una reacción profunda y consciente contra todo esto?”

[7] Esto así como su postulado de la visión cíclica de las civilizaciones lo acercan a lo que décadas después desarrollaría Spengler con su “Decadencia de occidente” y  “Prusianismo y socialismo”

[8] Esto es, cuando toda la humanidad tuviera en común acceso a una cultura cristiana en común

[9] Lukashevich, S. (1967). Konstantin Leontev. 1831-1891, A Study in Russian “heroic vitalism”. Nueva York. Pageant Press. pág. 201.

[10] Gomez Davila, N. (2001). Escolios a un texto implícito. Bogotá. Villegas Editores, p. 52

lunes, 5 de agosto de 2024

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; LA EDAD MEDIA. Parte II

 padre Serafín Rose 

Ahora comenzamos con una serie de lecturas de la historia intelectual moderna, es decir, desde el Cisma de Roma. Esto no será realmente una historia de las corrientes intelectuales. Sino un registro de las tendencias y movimientos que son de importancia histórica, que son sintomáticos del espíritu de la época y que marcan desarrollos ulteriores. Intentaremos distinguir los puntos esenciales de los incidentales, es decir, los rasgos que son inherentes de la filosofía que subyace en cada época y que perduran a través de los siglos, de otros caracteres que simplemente dependen de eventos pasajeros. Por ejemplo, no nos interesa que algunos de los franciscanos espirituales pensaran que el mundo terminaría en el año 1260 o que Federico II era el Anticristo, o que en el siglo XIX William Miller pensara que el fin del mundo ocurriría en un día determinado en 1844; lo que nos interesa son las ideas quilianistas subyacentes a esas ideas insensatas, ya que son estas las que nos ayudaran a esclarecer nuestro panorama actual.

Voy a repetir algo que dije en la conferencia introductoria: la razón por la que estamos haciendo esto no es solo para tener una perspectiva de lo que es verdadero y lo que es falso, para desechar todo lo que es falso y conservar todo lo que es verdadero, porque todas las cosas de las que hablare son falsas. Pero será extremadamente importante para nosotros entender por qué son falsas y cómo es que se alejaron de la verdad. Si entendemos eso, tendremos alguna idea de lo que hoy en día sucede en el mundo y cuál es la estructura intelectual contra la cual debemos luchar.

Aunque debo aclarar que es desde la perspectiva ortodoxa que todo lo que voy a hablar resulta falso. Allí, el todo, por supuesto, se puede contrastar con lo que sucede en el mundo de hoy. Todos los movimientos de los que hablamos – desde Tomás de Aquino al arte medieval, el Renacimiento europeo y lo que le sucede – son muchísimo más valiosos que cualquier evento que haya estado ocurriendo recientemente. Sin embargo, hay una perspectiva subyacente en estos fenómenos y ahora veremos cómo se van diferenciando de la Ortodoxia.

La historia de Occidente desde el Cisma de Roma constituye un todo lógico y coherente, y las ideas que gobiernan a la humanidad hoy son un resultado directo de las ideas sostenidas en el siglo XIII. Ya que ahora la filosofía occidental domina el mundo entero, no hay otra filosofía excepto la filosofía cristiana ortodoxa que tenga alguna fuerza, porque todas las civilizaciones han sido subyugadas por Occidente, esto significa que lo que ha sucedido en Occidente estos últimos novecientos años es la clave para entender lo que está sucediendo hoy en todo el mundo.

El término “Edad Media” es en sí interesante porque sólo existe en Occidente. La historia de todas las demás civilizaciones, ya sean cristianas, como la bizantina o la rusa, o no cristianas, como la china o la india, se divide en dos períodos, a saber, el antiguo, cuando estas civilizaciones se regían por su propia filosofía, perspectiva, tradición, y el moderno, cuando fueron abrumadas por Occidente. No hay una transición de una a la otra. Es una simple cuestión de supremacía de una sobre la otra.

Pero en Occidente, algo especial ocurrió durante el período conocido como la Edad Media, que es la transición entre la antigüedad, es decir, la antigüedad cristiana, y la era moderna. Y el estudio de lo que sucedió cuando estos cambios se estaban dando, especialmente entre los siglos XII y XIII, proporciona la clave para lo que está ocurriendo en estos tiempos. Trataremos de ver ahora cómo se desarrolló la cosmovisión moderna fuera de la Ortodoxia, fuera del cristianismo.

La raíz de toda la historia moderna radica, como hemos dicho, en el cisma de la Iglesia de Roma, sobre el cual Iván Kireyevsky[i] habla muy bien porque, habiendo sido él mismo un hijo de Occidente y habiendo ido a Alemania a estudiar con los filósofos más avanzados, Hegel y Schelling, estaba completamente impregnado del espíritu occidental, y luego se convirtió completamente a la ortodoxia, y por lo tanto vio que estas dos cosas no pueden combinarse. Y quería averiguar por qué son diferentes y cuál es la respuesta en el alma de uno, que debe elegir uno.

 


Imagen de Ivan Kireyevsky (1806 - 1856)

 

Así que dice, en primer lugar, que por supuesto Roma fue una vez parte de la Iglesia universal de Cristo, y a lo largo de los primeros siglos no hay duda de que el patriarcado romano es un patriarcado ortodoxo perfectamente legítimo, y que tenía una primacía de honor similar a la del Patriarca de Constantinopla hasta hace unos años, y que la tendría aún si fuera ortodoxo, lo que no significa que sea una especie de Papa, sino sólo que es el primero entre iguales. Es decir, preside las reuniones de obispos y demás.

Pero, como dice Kireyevsky, ahora cito: «Cada patriarcado, cada tribu, cada país en el mundo cristiano no ha dejado de preservar sus propios rasgos característicos, participando al mismo tiempo de la unidad común de toda la Iglesia. Cada pueblo, como resultado de circunstancias locales, tribales o históricas, ha desarrollado en sí mismo algún aspecto de la actividad mental, de modo que es bastante natural que en su vida espiritual y en los escritos de sus teólogos mantenga este mismo rasgo particular, aunque iluminado por una conciencia superior» es decir, la cosmovisión de la ortodoxia. «Así, los escritores teológicos de los países siríacos prestaban, al parecer, especial atención a la vida interior, contemplativa del hombre apartado del mundo. Los teólogos romanos, por otro lado, se ocupaban especialmente de los aspectos de la actividad práctica y la conexión lógica de los conceptos. Los escritores espirituales de la Bizancio ilustrada, más que otros, parece que tuvieron en vista la relación del cristianismo con las ciencias particulares que florecían en torno a él, que al principio le eran hostiles, pero después se le sometieron.»[ii]

Y ahora habla en particular de Occidente: «parece que la característica distintiva de la mente romana es precisamente una convicción de que el racionalismo exterior pesa más que la esencia interior de las cosas. (…) En una palabra, en todas las particularidades del hombre romano, en todos los recovecos de su actividad mental y espiritual, vemos un mismo rasgo común: que la apariencia exteriormente ordenada de sus conceptos lógicos le resultaba más esencial que la misma esencia, y que el equilibrio interior de su ser, por decirlo así, lo reconocía únicamente en el equilibrio de nociones racionales o en la actividad externa y formal.»[iii]

Luego habla en particular del bienaventurado Agustín: «ningún Padre de la Iglesia antiguo o moderno mostró tal amor por la cadena lógica de verdades como el bienaventurado Agustín. Ciertos de sus trabajos son, por así decirlo, una sola cadena de hierro de silogismos, inseparablemente unidos eslabón a eslabón. De ahí que, tal vez, a veces se dejara arrastrar demasiado lejos, persiguiendo la solidez externa sin advertir la unilateralidad interior de su pensamiento, de modo que en los últimos años de su vida tuvo que escribir él mismo la refutación de algunas de sus anteriores afirmaciones.»[iv]

Y sabemos, por supuesto, que Agustín minimizó el problema del libre albedrío porque él mismo sintió la acción de la gracia tan fuertemente en su conversión, que no apreció en su justo valor la enseñanza de los Padres Ortodoxos sobre el libre albedrío, enseñanza que otros en Occidente, como (san) Juan Casiano, sí apreciaron y transmitieron.

Nuevamente, Kiereyevsky dice: «No obstante, el apego particular del mundo romano a la conexión externa de los conceptos no podía ser inofensivo para los teólogos romanos ni siquiera en aquel tiempo, cuando la Iglesia Romana aún vivía en plena unión con la Iglesia Universal, cuando la conciencia común de todo el mundo ortodoxo mantenía en equilibrio cada peculiaridad en la armonía general. Más tarde, cuando la Iglesia Romana se separó de esta conciencia común de la Iglesia. Por ello, resulta comprensible que después del cisma, esa característica típica se volviera dominante en la enseñanza de los teólogos romanos. Puede incluso ser que este apego a la racionalidad, esa inclinación desmedida hacia el encadenamiento externo de los conceptos, fuera una de las principales razones de la misma caída de Roma. En cualquier caso, el pretexto para la caída no está sujeto a duda. La Iglesia Latina añadió un dogma al símbolo original de la fe, el credo, una adición que era contraria a la antigua tradición en la conciencia común de la Iglesia y fue justificada únicamente por las deducciones lógicas de los teólogos occidentales»[v]

Y nuevamente dice, «Nos queda bastante claro por qué los teólogos occidentales con todo su escrupuloso rigor lógico no podían ver la unidad de la Iglesia de otra manera que no fuera a través de la unidad exterior del Episcopado.»[vi] Fin de la cita de él.

Luego, Kireyevsky resalta otras cuestiones: «Y esto explica por qué pueden asignar un valor esencial a las obras externas de una persona. Explica por qué no concebían para ella otro medio de salvación que un plazo determinado en el purgatorio cuando un alma estaba preparada en el interior pero que carecía de obras externas; por qué, finalmente, a una persona con exceso de buenas obras externas le podía asignar el excedente a quienes le falten obras buenas externas»[vii] Esto se refiere por completo al sistema católico de indulgencias y a las obras supererrogatorias de los santos, en el que hay un depósito de buenas obras, realizadas por los santos que obraron más allá del límite de sus obligaciones. Las buenas obras se contabilizan como en un banco, y cuando hay demasiadas para la salvación, el Papa las distribuye a las demás personas de un modo muy legalista.

«Cuando Roma se separó de la Iglesia ecuménica, el cristianismo de Occidente recibió en sí mismo el embrión de ese principio que era la característica común de todo el desarrollo greco-pagano, el principio del racionalismo. La Iglesia romana se separó de la Iglesia oriental al cambiar ciertos dogmas que habían existido en la tradición de todo el cristianismo, por otros dogmas que eran el resultado de meras deducciones lógicas.»[viii]

El resultado es la Edad Media, es decir, la escolástica. Y sobre esto Kireyevsky dice, «Tal interminable y cansino malabarismo de conceptos durante setecientos años, este inútil caleidoscopio de categorías abstractas girando incesantemente ante el ojo de la mente, estaba destinado al final a producir una ceguera generalizada en torno a aquellas vivas convicciones que yacen por encima de la esfera de la comprensión racionalista y de la lógica.

Un hombre asciende a convicciones no mediante la vía de los silogismos; sino, por el contrario, cuando se esfuerza en fundamentar sus convicciones en base a deducciones silogísticas, sólo distorsiona la verdad de estas si no es que las aniquila por completo. (…) Y así la Iglesia occidental, ya para el siglo IX, sembró en sí misma la semilla inevitable de la Reforma que colocó a esta Iglesia ante el juicio del raciocinio lógico que la misma Iglesia Romana había exaltado. Un hombre perspicaz ya podía ver a Lutero detrás del Papa Nicolás I», –  el Papa que excomulgó a San Focio y pretendió ser la cabeza de la Iglesia en el sentido posterior de los papas. –  «Al igual que en palabras de los católicos romanos, un hombre perspicaz del siglo XVI podría ver detrás de Lutero a los racionalistas protestantes del siglo XIX».[ix]

«La Iglesia romana se apartó de la verdad sólo porque deseaba introducir en la fe nuevos dogmas desconocidos para la tradición de la Iglesia y engendrados por las conclusiones accidentales de la lógica occidental. De esto se desarrolló la filosofía escolástica dentro del marco de la fe, luego una reforma en la fe, y finalmente la filosofía fuera de la fe. Los primeros racionalistas fueron los escolásticos. Se podría decir que los racionalistas del siglo IX y del pasado eran los hegelianos de esa época, y que la Europa del siglo XIX solo finalizó el ciclo de desarrollo intelectual comenzado en el siglo IX.»[x]

Esto da cuenta de una perspectiva precisa y una explicación plausible del mecanismo por el cual Roma abandonó la Iglesia y desarrolló toda la cosmovisión moderna que es tan anti-ortodoxa.

Es muy difícil ahondar más allá de ello, ya que las razones más profundas están ocultas para nosotros. El diablo está constantemente trabajando. Bien puede ser que el diablo estuviera intentando una y otra vez y cuando encontró a los egipcios listos para abrazar la herejía monofisita, quizá tuvo planes de transformarlos en instrumento de la apostasía, o quizá pensó en la mentalidad armenia, etc. Pero, tal como se dieron las cosas, fue la mentalidad latina la que produjo resultados. Porque una vez que se apartó de la ortodoxia, libre para desarrollarse según sus propios principios, se convirtió en una fuente de una filosofía completamente nueva que tenía el poder de abrumar al mundo, lo cual finalmente hizo en nuestro tiempo.

Así que con el cisma que se hizo definitivo alrededor de, decimos 1054 con las excomuniones entre Roma y Constantinopla, la lógica romana se coloca por encima de la unidad de la Iglesia, por encima de la conciencia de la Iglesia, de modo que el Espíritu Santo ya no la guía, como en la Iglesia ortodoxa, sino que ahora hay una autoridad exterior, el Papa. Y los historiadores occidentales mismos dejan bastante claro que en este momento algo nuevo entró en la Iglesia, en Occidente. Antes de esto había alejamiento temporal entre Oriente y Occidente, vemos en la época de San Focio y el Papa Nicolás que incluso hubo excomuniones, pero luego se dio una restauración de la comunión. El mismo Carlomagno, al hacer un imperio rival en Occidente, también fue la causa de fricción, pero no fue hasta este siglo XI que el alejamiento se convirtió ahora en una separación.

Y, al mismo tiempo, entró en Occidente este nuevo principio, que se describe en el libro del ecumenista dominicano, Yves Congar, Novecientos años después[xi], hablando de las posibilidades de unión con Oriente. Precisamente menciona esto como una de las cosas que habrá que superar antes de que pueda haber unidad. Dice: «un fiel de los siglos IV o V, se hubiera encontrado menos desorientado dentro de las formas de piedad del siglo XI, que un fiel del siglo XI con las del siglo XII.»[xii], esto es, en Occidente, en el siglo XI, en el siglo del cisma y en el XII, en plena Edad Media.

«Pero la escisión sólo ocurre en Occidente donde, desde el fin del siglo XI hasta el del siglo XII, todo se transformó; no ocasiona ningún cambio en Oriente, donde por tantos conceptos las cosas cristianas son todavía hoy día iguales que las que existían antes de finalizar el siglo XI.»[xiii]

Y aquí cree que llegamos al meollo de nuestro asunto: «Desde fines del siglo XI hasta finalizar el siglo XII, Occidente da un viraje decisivo, comienza una página nueva:

«a) de una visión del mundo esencialista, ejemplarista, a una visión interesada por la existencia, de las cosas naturalistas. Es el paso de un universo de causalidad ejemplar, en el que los enunciados reciben su verdad del modelo trascendente que imitan las cosas, a un universo de causalidad eficiente, en el que el espíritu busca la verdad en las cosas y en determinaciones empíricas;

b) del símbolo a la dialéctica. Dicho con más precisión, de una percepción sintética a la afición al análisis y a las «cuestiones». Es el comienzo, tan bien estudiado ahora, de la escolástica. Ahí está ante nuestros ojos el punto esencial. La discrepancia entre los dos mundos oscila entre una actitud de percepción sintética buscando la relación de las partes con el todo, y una actitud de análisis.» [xiv]

«En el fondo – dice Ives Congar – ¿no será hacia esto que la filosofía de los eslavófilos dirigirá sus críticas del catolicismo, en el siglo XIX?»[xv]  Y aquí el precisamente se refiere a Jomiakov y a Kireyevsky

«de un régimen de tradición, que concuerde bien con un estatuto de percepción sintética, a un régimen escolar, universitario, de investigación personal, que concuerde con el análisis. Oriente sigue un régimen de tradición y se puede decir que una de las principales diferencias son los pueblos ortodoxos es el que estos no están formados como los latinos por medio de la escuela. Los teólogos latinos, acostumbrados a la escolástica, se han desorientado muchas veces al ver que los Griegos no atendían a sus razones, parapetándose en el dominio de los textos patrísticos y de los cánones conciliarios»[xvi] que era el modo en que razonaban todos los cristianos antes del cisma.

«Pero esta ciencia permaneció ignorada para Oriente que, no teniendo escolástica, tampoco conocerá la Reforma, ni el racionalismo: los tres grandes factores con los que el catolicismo moderno ha modelado su aspecto.»[xvii]

«en la primera mitad del siglo XIII, aparece y se instaura en Occidente, un nuevo tipo de enseñanza y de estudio teológico: a la enseñanza o al estudio de tipo monástico, contemplativo, unido a la vida litúrgica de las abadías o de las catedrales, que había predominado hasta entonces, se añade primero y se sustituye luego una enseñanza y un estudio de tipo universitario, racional. (…) En Oriente, la enseñanza y el estudio de la teología, incluso de la filosofía, permanecieron fieles a un estatuto religioso.»[xviii]

En lo que sigue intentaremos analizar algunos ejemplos para ver qué quiere decir Congar. Él habla de un nuevo espíritu: un espíritu nuevo, de interés por el mundo, del deseo de analizar. Surge también toda una nueva técnica de estudio, dependiente de la razón humana, que Oriente nunca tuvo. En consecuencia, dirigiremos primero nuestra atención al problema de la escolástica.

La Escolástica

 

Y el pobre Tomás de Aquino ha sido tan criticado por nosotros los ortodoxos que realmente deberíamos leerlo para ver qué tiene que decir en particular. Porque sólo leer un poco de él revela bastante claramente la cosmovisión subyacente que tiene. ¿Qué tipo de preguntas hace? ¿Cómo las responde y la forma en que razona? Él por supuesto tiene un libro tremendamente grande, del cual creo que ahora está todo en inglés en veinte volúmenes o algo así, la Suma Teológica, en la que se supone que está todo sobre Dios sobre el hombre sobre el diablo el mundo, el fin del mundo, el comienzo del mundo. Todo lo que el hombre debe saber, y lo tiene todo dividido en diferentes preguntas en categorías.

Y aquí hay un ejemplo de cómo razona. Por ejemplo, él pregunta «¿Es el diablo directamente la causa del pecado del hombre?»[xix] [xx]. Al saber que el diablo actúa sobre uno y de que el hombre cae en pecado, nos hacemos todo tipo de preguntas acerca de cómo esto sucede. Por lo que, hace la pregunta especifica de si el diablo es o no la causa del pecado en el hombre. Un escritor ortodoxo diría, por supuesto, que tenemos que luchar. El diablo trata de tentarnos, pero no podemos ser tentados contra nuestro poder. Tenemos muchos textos que así lo demuestran; los Santos Padres, las Escrituras y así sucesivamente, sabemos que ahora tendremos un enfoque sistemático de esta cuestión.

Primero, el método escolástico requiere de objeciones. Al igual que en la canonización de santos, tiene que haber una suerte de abogado del diablo, que recopila todas las noticias sucias que puede obtener sobre el santo. Inventa cosas y trata de abrumar la evidencia, y de esa manera supuestamente al tener tanto lo positivo como lo negativo, uno será objetivo y finalmente llegará a la verdad.

Así que tenemos «Objeción Uno: Parecería que el diablo es directamente la causa del pecado del hombre.»  

Tenemos esta objeción, porque es exactamente lo contrario de la respuesta que quiere dar:

«Porque el pecado consiste directamente en un acto del apetito. Ahora bien, Agustín dice que el diablo inspira a sus amigos con deseos malvados. Beda, comentando sobre eso, dice que el diablo atrae la mente a deseos malvados, y Isidoro dice que el diablo llena los corazones de los hombres con codicias ocultas secretas. Por lo tanto, el diablo es directamente la causa del pecado»[xxi]

Por supuesto, todas estas pruebas son luego rechazadas, porque Tomás cita a estos teólogos para conformar su objeción pero en realidad no dicen lo que el objetor los hace decir. Ya se puede observar que hay que contorsionarse y crear un tipo de argumentación parcial. Y él se permite esto; lanza un solo argumento con el objeto tan solo de refutarlo.  

Luego tenemos otra objeción, «Objeción Dos: “además, Jerónimo dice que, así como Dios es el perfeccionador del bien, así es el diablo el perfeccionador del mal.” Pero Dios es directamente la causa de nuestro bien. Por lo tanto, el diablo es directamente la causa de nuestros pecados.»[xxii]

Es muy lógico: por un lado, está Dios; pero claro que nosotros hacemos el bien también por nosotros mismos, además de con la ayuda que tenemos de parte de Dios. Todo esto ya se vuelve ridículo.

Pero continuaremos con una «Objeción Tres: Además el filósofo dice[xxiii]. En un capítulo de la Ética “debe existir un principio externo de la deliberación humana”. Ahora bien, la deliberación humana no es solo acerca de cosas buenas, sino también de cosas malas. Por esta razón, del mismo modo que Dios mueve al hombre a deliberar hacia el bien y así es la causa directa del bien, de igual manera el diablo influye en el hombre hacia el mal y, en consecuencia, es causa del pecado»[xxiv]

Luego, va a echar por tierra todos estos argumentos y demostrar la verdad. Así que dice. «Por el contrario Agustín prueba que nada más que su propia voluntad hace que la mente del hombre sea esclava de su deseo. Ahora el hombre no se convierte en esclavo de su deseo excepto a través del pecado. Por lo tanto la causa del pecado no puede ser el diablo, sino sólo la propia voluntad del hombre.»[xxv]

Y luego da su respuesta. «Respondo: El pecado es un acto. Por tanto, algo puede ser causa directa del pecado del mismo modo que lo es de un acto, y esto no ocurre sino al mover a la acción el principio mismo de ese acto. Ahora bien, el principio propio de una acción pecaminosa es la voluntad, puesto que todo pecado es voluntario. En consecuencia, nada puede ser en modo directo causa del pecado, salvo aquello que mueve el deseo hacia la acción»[xxvi]

No hay nada parecido en los Santos Padres. Esta es la demostración lógica según el esquema ABC, es decir, una argumentación silogística.

«Ahora la voluntad como hemos dicho anteriormente, puede ser movida por dos cosas, primero, por su objeto en la medida en que lo apetecible aprendido se dice que mueve el apetito. Segundo, por ese agente que mueve la voluntad internamente a querer. Y esto no es otro que la propia voluntad o Dios, como hemos mostrado anteriormente. Ahora Dios no puede ser la causa del pecado como se dijo anteriormente, por lo tanto se sigue que en este respecto, sólo la voluntad del hombre es directamente la causa de su pecado»[xxvii], y así sucesivamente.

Él prosigue y responde a las objeciones, mostrando en todo momento que ha intentado desmenuzar esta cuestión, que en realidad es muy simple: cómo actúa el pecado en nosotros. Y los Santos Padres no te darán una respuesta así; ellos no van a fragmentar el asunto, sino que te hablarán en general de la cuestión de cómo peca un hombre. No es necesario dividirla de ese modo porque es una cuestión completa; profundamente existencial. Tenemos que saber cómo actúa el pecado, y si cómo el diablo trabaja en nosotros. Pero cuando fragmentas, así las cosas, luego puedes recostarte cómodamente, muy satisfecho de haberlas pensado de ese modo. Ésta es una manera de proceder muy distinta de la patrística ortodoxa. Ya has planteado preguntas que empiezan a dividir el asunto en exceso, a enredarse en sutilezas.

Por ejemplo surge la pregunta: «Si hubiera pecado Eva y no Adán, ¿se habría transmitido de todos modos el pecado original a los hijos?». Si Eva hubiera pecado y luego Adán no la hubiera seguido, ¿habríamos caído nosotros? ¿Tendríamos todavía el pecado original? ¿Sería el hombre inmortal? Es, en buena medida, una pregunta abstracta: ¿a quién se le habría ocurrido? Y tenemos la objeción: «Parece que, si Eva y no Adán hubiera pecado, entonces los hijos habrían heredado igualmente el pecado original. Porque hemos heredado el pecado original de nuestros padres, en la medida en que alguna vez hemos estado en ellos, según la palabra del Apóstol cuando dice: “en quién todos pecaron”, ahora un hombre preexiste tanto en su madre así como en su padre, por lo tanto; un hombre habría contraído el pecado original tanto del pecado de su madre como del de su padre».[xxviii]

Nuevamente segunda objeción: «si Eva y no Adán hubiera pecado, sus hijos habrían nacido sujetos al sufrimiento y la muerte. Ya que es la madre la que proporciona la materia en la generación como afirma el Filósofo Aristóteles. Y la muerte y la sujeción al sufrimiento son los resultados necesarios de la materia. Ahora, la sujeción al sufrimiento y la necesidad de morir son castigos del pecado original, por lo tanto si Eva y no Adán hubiera pecado, sus hijos contraerían el pecado original.»[xxix]

Objeción tres: «Además Damasceno, San Juan Damasceno, dice que el Espíritu Santo vino sobre la Virgen, de quien Cristo iba a nacer sin pecado original. Purificándola. Pero esta purificación no habría sido necesaria si la infección del pecado original no se contrajera de la madre. Y así, pecando Eva, aunque Adán no hubiese pecado, sus hijos contraerían el pecado original» [xxx]

Tomás de Aquino va a enseñar lo contrario, por lo que dice: «Por el contrario, el apóstol dice, “Por un hombre el pecado entró en este mundo”. Pero si la mujer transmitiese el pecado original a la prole, más bien debiera haber dicho que había entrado por dos, ya que ambos pecaron; o antes bien, por la mujer, que pecó primero. Por lo tanto, el pecado original se transmite a los hijos no por la madre sino por el padre. La solución de este problema es clara por lo dicho ya. Dijimos anteriormente que el pecado original es transmitido por el primer padre en cuanto que éste es el motor (o principio activo) en la generación de los hijos; de ahí que hayamos dicho (también) que no se contraería el pecado original si alguien fuera engendrado sólo materialmente de carne humana, no contraería el pecado original. Ahora es evidente que, en la opinión de los filósofos, el principio activo de la generación es del padre, mientras que la madre proporciona la materia. Por lo tanto, el pecado original se contrae no de la madre sino del padre, de modo que, si Eva y no Adán hubiera pecado, sus hijos no contraerían el pecado original, mientras que si Adán y no Eva hubiera pecado lo contraerían.»[xxxi]

Y luego responde a las objeciones en una cuestión que obviamente está más allá de nuestra capacidad. ¿Por qué Dios lo hizo así? Así es. No es para nosotros especular sobre estas cuestiones que no son para nuestra salvación, que sólo muestran que tienes tiempo para sentarte en tus sillas universitarias y discutir cuestiones ociosas. Es una cuestión totalmente inútil, y él la resuelve y piensa que tiene la respuesta. En la forma en que razona, puedes ver que obviamente esto es muy, muy diferente del espíritu de los Santos Padres, quienes no proceden siguiendo una cadena lógica de razonamientos. Es todo lógica, y a veces llega a conclusiones ridículas simplemente siguiendo la lógica.

Entonces podemos ver que aquí – y él es el pináculo de la escolástica – esto resulta de una sistematización de la enseñanza cristiana. Y en realidad subordina la enseñanza cristiana a la lógica. Pero la misma lógica, por supuesto, depende del punto de partida. Y ellos pensaban que partían de la revelación cristiana más elemental. Veremos pronto que entran toda clase de otros elementos que afectan a la razón.  

En este sistema escolástico, la lógica es la primera prueba de la verdad, y la fuente viva de la fe queda relegada en un lugar secundario. Éste es también el motivo por el cual más tarde la gente llegó a odiarla tanto, pues sentían que era un marco completamente osificado en el que ya no quedaba vida alguna, dedicado a discutir ociosamente cuestiones que no preocupaban a nadie; y cuando se discutían cuestiones verdaderas, se las aplanaba y se las despojaba de vida. A causa de esta influencia, un occidental comienza a perder su relación viva con la Verdad. Y así, el cristianismo queda reducido a un sistema, a un nivel meramente humano, y ésta constituye una de las raíces fundamentales de los errores posteriores en Occidente, los cuales, en última instancia, pueden resumirse en el intento de realizar con esfuerzos humanos algo superior al cristianismo. Dostoyevsky tiene una pequeña historia sobre esto en la leyenda del gran Inquisidor, en Los hermanos Karamazov, en la que describe muy agudamente lo que hicieron los papas, es decir, toda la iglesia occidental haciendo algo mejor que la ortodoxia por sus propios poderes.

Un ejemplo de esto lo representa el célebre “argumento de la existencia de Dios” [xxxii]  propuesto por Anselmo, quien inventó este método para demostrar la existencia de Dios. Como podrán ver, es un argumento muy ingenioso, pero no demuestra nada. Él se pregunta: «¿Qué es Dios?» y responde: «Dios es un ser mayor que el cual nada puede ser concebido». Pero incluso un ateo dirá: «Bueno, sí existe un Dios, entonces sí, debe ser lo mayor de lo que nada existe ni puede concebirse, porque, según los creyentes, no hay nada más grande que Dios.» Así que, ¡ahí lo tienes!, ya aceptaste el primer punto.

En segundo lugar. La existencia es ciertamente una característica positiva, y algo que es mayor a cualquier otra cosa que pueda ser concebida debe de poseerla ¿No? No es así. Y pensarán, por supuesto, que si algo es mayor que todo lo demás, debe ser algo existente, ya que se trata de algo positivo, y algo que no existe no puede ser mayor que algo que sí existe, luego Anselmo afirma; Por lo tanto, luego dice: dado que aquello mayor de lo cual nada puede concebirse debe tener, como uno de los atributos que lo hacen superior a todo lo concebible, la existencia, se sigue que debe existir. Así que Dios existe.

Como se puede ver, este hombre te está engañando. Ya que si crees puedes decir, ajá eso es muy bonito, qué bello argumento, pues la fe puede demostrarse mediante las leyes de la mente. En cambio, quien no cree se siente engañado por esta pretendida prueba, ya que, de entrada, considera que se reduce únicamente a una construcción de la imaginación; y en ello vemos ya las semillas del subjetivismo posterior en Occidente.

Esto es realmente lo mismo que Descartes intentó hacer cuando intentó demostrar su propia existencia diciendo «Pienso, luego existo». Y es también algo que más tarde Apostolos Makrakis iba a hacer cuando dijo que él era el primer hombre en la historia de la Ortodoxia en probar la existencia de la Trinidad. Como si antes de este tiempo todos los Padres hubieran estado perdiendo su tiempo. Y él fuera el primero en tener suficiente inteligencia y comprensión de la filosofía, para probar lo que los Santos Padres no podían probar.

Makrakis tiene exactamente esa misma mentalidad de «por mis propios esfuerzos, les daré a ustedes, simples personas que creían en lo que se les decía, les daré la verdadera explicación de las cosas». Y esto es exactamente lo que personas como Anselmo están tratando de hacer. Se trata, una vez más, de ese espíritu que pretende “mejorar” el cristianismo, no aceptándolo como lo hacían los Santos Padres en la sencillez de la fe, sino intentando probarlo mediante demostraciones. En realidad, todo esto estaba ya bajo la influencia de nuevas corrientes que penetraban entonces, y sobre todo de Aristóteles, muy influyente en aquellos tiempos, cuya filosofía parecía ofrecer una suerte de filosofía universal. Exceptuando a la del cristianismo, su visión de su concepción de la naturaleza era considerada como absolutamente la verdadera.

Así pues, éste es el primer punto: la escolástica, mediante la cual la razón humana se convierte en el último criterio en lugar de la Tradición, y eso es exactamente en donde Roma se desvió, pero esto es sólo parte de todo el panorama de lo que sucedió en la Edad Media.

 

El romance

 

Algo más sucedió. Y es que la tradición ortodoxa no sólo se racionaliza, sino que también se mezcla con el romance. En las vidas de los santos ortodoxos entró un elemento tomado de las leyendas paganas, de modo que, si lees la vida de un santo ortodoxo y luego lees esa misma vida en una versión latina, quedarás completamente asombrado. Tomemos un ejemplo, la vida de San Cristóbal, que es conocido, en realidad no se sabe mucho sobre él, pero su vida es conocida. Era un soldado y fue martirizado. Sometido a torturas, y hay una serie de milagros en la vida. Tiene un bastón que brota, esto estaba en la tradición de las vidas de los santos ortodoxos.

Pero hay un libro escrito en el siglo XIII, que existe en inglés «La leyenda dorada», que es una síntesis o una compilación de Vidas de Santos. Como tenemos lecturas diarias de Dimitri de Rostov; sus Vidas de Santos, en la que cada día se corresponde a una vida de un santo, la Leyenda Dorada las convierte en cuentos de hadas o algo por el estilo, no simples crónicas de hechos. De modo que, en el siglo XIII, en la cima de la Edad Media, antes del Renacimiento (cuando Joaquín de Fiore realizaba todas aquellas transformaciones), nos encontramos con esta vida de San Cristóbal, pero redactada de tal forma que no se sabe bien de quién se habla.

Así que parece que según esta “vida”, San Cristóbal era una especie de bárbaro que decidió que quería ir en busca del rey más poderoso del mundo para servirle. Y encuentra algún tipo de rey poderoso que es grande como siempre sucede. Y le sirve y está muy feliz, porque entonces puede ser valiente y valeroso y luchar por él, y luego llega un juglar a esta corte, probablemente has visto a estas personas yendo de un lado a otro, trovadores y demás. Y un juglar llega a su corte y comienza a cantar, y canta sobre el diablo, menciona al diablo, y cada vez que menciona al diablo, el rey hace la señal de la cruz. Parece ser algún cristiano. Y San Cristóbal está asombrado: «¿Por qué te haces la señal de la cruz? ¿Por qué te haces la señal de la cruz cada vez que habla del diablo?», le pregunta.

—«Porque soy cristiano, tengo miedo del diablo.

—Miedo del diablo, eso significa que el diablo debe ser un rey más poderoso que tú. Voy a ir y servir al diablo.»

Así que se va en busca del diablo para servirle porque es un rey más poderoso. Y finalmente encuentra a alguien en el camino que dice.

—«¿Quién eres?

—Soy el diablo.

—Bien, quiero servirte. Eres el rey más poderoso del mundo.»

Así que emprende el servicio del Diablo, y va con él en sus aventuras a varios lugares. Y llegan a una cruz y el Diablo de repente retrocede, duda y huye, y Cristóbal dice:

—«¿Por qué huiste? Pensé que eras el rey más poderoso del mundo.

—No, no puedo soportar la cruz.

—¿Por qué no?

—No te lo diré,»

Él dijo. «No si no me lo dices iré en busca de algún otro rey poderoso, porque no eres tan poderoso».

Y le explicó que había alguien que murió en la cruz, a quien teme, y su nombre es Cristo. Así que dice:

 «Ah, eso significa que hay un rey aún más poderoso. Iré y serviré a Cristo».

Y así se va en busca de Cristo. Llega algún tipo de hombre santo, un monje o algo así. Y le pregunta:

—«¿Dónde puedo encontrar a Cristo?.»

Y él le dice al monje luego de que este le haya comentado sobre Cristo:

—«Oh, quiero servirle. ¿Cómo le sirvo?

 —Bueno empieza a ayunar».

Él dice; «—Oh, no puedo ayunar

¿No puedes ayunar?, Bueno entonces empieza a orar.

—Oh, no puedo orar.

—Bueno no puedes orar. Bueno, en ese caso ve a cierto río y construye una cabaña y siéntate en el río y espera a que la gente venga y los lleves al otro lado del río. Y de esa manera servirás a Cristo.»

Así que va al río, construye su lugar y se sienta allí, y una noche, una noche tormentosa escucha una pequeña voz. «¡Cristóbal, Cristóbal!»

Tres veces sale y no ve a nadie, y la tercera vez sale y ve a un niño pequeño, un niño muy pequeño de pie en la orilla y diciendo, «Cristóbal, llévame al otro lado del río».

Así que lo pone en sus hombros, cruza el río, y mientras tanto el río sube más y más y más, y el niño se vuelve más y más pesado. Finalmente le dice al niño: «Siento como si cargara sobre mis hombros el peso del mundo entero». Y el niño le responde: «No cargas solo el peso del mundo entero, sino que llevas al Creador del mundo».

Después de esto, él parte y es martirizado.

Se puede observar cómo esto es un absoluto cuento de hadas que introducido en la vida de un santo.

Tal vez se deba a influencias paganas, tal vez a una imaginación muy fértil. Sea como sea, cuando este elemento fantástico entra en la redacción de la vida de un santo, esta se convierte en un cuento enteramente inventado. Y es por eso que ves a católicos e incluso a algunos ortodoxos pintar íconos de San Cristóbal con el niño Jesús en su hombro, porque la palabra «Cristóforo» significa «portador de Cristo» por lo que hacen una especie de interpretación literal y crean una historia para adaptarla.

Y en muchos otros casos vemos que en las fuentes católicas romanas incluso desde el apogeo de la Edad Media en el siglo XIII, hay muchos de estos elementos románticos que entran. No podemos confiar en esas fuentes, y ésta fue la razón por la que los estudiosos posteriores llegaron a desconfiar de las fuentes. También, por supuesto, hay cosas como las leyendas del Grial, que provienen de leyendas celtas, leyendas paganas, la Leyenda Dorada…

 

Un nuevo concepto de santidad

 

Así que hemos visto que en la Edad Media el racionalismo, la lógica, sustituyen a la fe o empiezan a dominarla y a darle forma, convirtiéndose en el criterio; y que entran también elementos románticos. Y ahora llegamos a un punto muy importante, quizá incluso más importante que la escolástica, pues al final contribuirá mucho más que la escolástica a la venida del Anticristo. Nos referimos, por supuesto, al concepto de santidad, que ahora se vuelve diferente del concepto ortodoxo de santidad, y el mejor ejemplo de esto es la vida de Francisco de Asís.

Este hombre fue tan popular – de hecho, extraordinariamente popular – que, dondequiera que iba, la gente acudía a él cantando, comportándose como si hubiese venido el mismo Cristo. Despertaba por todas partes un gran entusiasmo, lo que muestra que se movía en el espíritu de la época. Pero si miramos su vida, vemos que es tan extraña desde el punto de vista ortodoxo. Y podemos decir que no es en absoluto una vida ortodoxa de un santo.

Él sentó, para comenzar, las bases de un nuevo estilo de vida. Inventó la regla de la pobreza, porque un día se leyó en la iglesia el pasaje del Evangelio sobre la pobreza y sobre el hecho de que los Apóstoles no llevaban nada consigo cuando predicaban, aunque más adelante los Apóstoles sí empezaron a llevar dinero consigo y otros recursos. Pero la primera vez, los Apóstoles salían de a dos a predicar a los judíos sin llevar nada consigo.

Francisco escuchó aquello y se sintió llamado a crear una nueva regla, un nuevo estilo de vida: una regla de pobreza inspirada en el Evangelio, como si antes de él no hubiera existido ninguna tradición monástica. Y, sin embargo, en su época vivían muchos grandes santos.

Puede que al mirar a su alrededor percibiera la corrupción en muchos monasterios y ansiara algo distinto. Pero ya hay algo sospechoso al sostener que alguien pueda levantar algo enteramente nuevo, una regla de vida desligada de los Santos Padres.  Y si no le gustaban los padres latinos recientes, podría haber vuelto a San Juan Casiano, los padres egipcios y demás, pero no lo hizo. En cambio, fue derecho al Evangelio, igual que lo harían siglos después los protestantes, y se inventó una regla de pobreza propia. Y en ello no había nada extraordinario: los monjes siempre han sido pobres. Pero él elevó la pobreza a rasgo singularísimo, del mismo modo en que más tarde los católicos harían de la Madre de Dios como si fuera una especie de ser supranatural, o algo así.

Y les dio a él y a sus seguidores nuevos nombres, ya no debían ser llamados simplemente monjes, eran los “Penitentes de Asís” o los “Juglares del Señor”, como se llamaban a sí mismos, yendo por ahí cantando. Así que ya vemos que piensan que no son como los monjes y ascetas anteriores sino algo nuevo, un nuevo espíritu que está muy en consonancia con el espíritu de los tiempos.

Hubo un momento, en Navidad del año 1223. Decidió celebrar la natividad de una manera nueva. Y así reprodujo en la iglesia donde estaba en Italia el establo de Belén. Así nació lo que se conoce como la devoción al pesebre dentro de la Iglesia Latina; y alrededor de este hecho se organizó una especie de representación que constituye el inicio de los misterios medievales[xxxiii] en Italia. El drama, por supuesto, – aunque no lo trataremos ahora – es algo que surgió de esto. El drama de los misterios medievales, que en realidad tiene su origen en la Liturgia, estaba centrada en la Misa y en los temas religiosos, y era una adaptación al nuevo espíritu de los tiempos para hacer la religión más interesante, más acorde con la vida cotidiana, más cercana a los fieles, como si la ortodoxia no fuese suficiente.

Otro aspecto de su llamada santidad. La santidad. – Un historiador dice sobre él – su mismo ascetismo a menudo estaba revestido con el disfraz del romance. Así, corteja a la Dama Pobreza, piensa en ella como si fuera una persona real y la sigue cortejando como un esposo, y por supuesto también a la Hermana Muerte y todas esas personificaciones.»[xxxiv]

Y un ejemplo muy típico de algo nuevo que no es en absoluto ortodoxo, es lo que sucedió una vez cuando estaba enfermo. Comió carne. Y un ortodoxo que no fuera monje quizá podría comer carne durante una enfermedad o algo semejante. Si lo hiciera, se sentiría arrepentido, pediría perdón a Dios, reconocería: «de todos modos no valgo nada», y suplicaría que, si Dios quiere, lo perdonase, pero no Francisco de Asís.[xxxv] En lugar de eso, salió a predicar al pueblo. Había una gran multitud, miles de personas como de costumbre, y él dijo: «Deteneos. Quedaos todos aquí hasta que yo regrese»[xxxvi]. Y se fue a la iglesia cercana, e hizo que dos de sus discípulos obedecieran lo que él mandara. Uno de ellos le vertió sobre la cabeza cenizas, un cubo lleno de cenizas; el segundo le ató una soga al cuello y lo sacó delante de la gente que esperaba para ver qué iba a pasar. Y aquí aparece Francisco de Asís conducido por una cuerda, con la cabeza cubierta de cenizas, y los mira y les dice: «Vosotros me consideráis un santo, pero yo comí carne cuando estaba enfermo».[xxxvii]

Con esto está haciendo una exhibición pública de que «se supone que soy muy santo, y si cometí un error, debo compensarlo para que sigan pensando que soy santo».  Así que vemos que ya está desempeñando el rol de un hombre santo que debe aparecer ante la gente como puro. Mientras que un verdadero hombre santo se arrepentiría, y es mejor si la gente piensa que es malo o malvado.

—     Padre H.[xxxviii]: Bueno aquí hay un buen ejemplo. Los necios por Cristo[xxxix] hacen exactamente lo contrario, actúan como locos para ser despreciados.

—       Padre Serafin Rose: Y por supuesto las personas que ya tienen nuevas ideas sobre la santidad dicen «¡Oh qué humilde es este hombre!», pero en realidad se trataba de una falsa humildad; eso no es humildad. De hecho, la clave de su santidad es el orgullo. Su percepción de sí mismo es que él es Santo. Dijo, «No veo en mí ningún pecado que no haya expiado por confesión y arrepentimiento, porque el Señor en su misericordia me ha presentado el don de reconocer claramente en la oración aquello en lo que le he agradado y aquello en lo que no le he agradado.»[xl] Es decir, autosatisfacción espiritual; Soy santo. He pecado, pero los he compensado con un cierto número de penitencias y haciéndome arrastrar ante la gente, y ahora sé que soy puro.

Y podemos contrastar esto con cualquier número de vidas de santos ortodoxos, por ejemplo, San Sisoes, que se estaba preparando para morir y luego vivió un poco más. Cuando sus discípulos le preguntaron «¿Por qué estás regresando?», él dijo. «Un ángel me dijo que no estaba listo. Debo arrepentirme aún más». Se supone que había vivido una vida santa y dijo «He tratado toda mi vida de agradar a Dios, y ahora al final no sé si le he agradado o no»[xli]. Y en cambio Francisco sabe que agradó a Dios. Este es el espíritu ya del fariseo.

En su lecho de muerte Francisco dice «He aquí Dios me llama, y perdono a todos mis hermanos tanto presentes como ausentes sus ofensas y errores. Y remito sus pecados en la medida en que esto esté en mi poder»[xlii]. No era sacerdote así que incluso en ese sentido indirecto no tenía poder, es decir, tenía algún tipo de reconocimiento en sí mismo del poder de la santidad por el cual puede remitir los pecados de las personas, lo cual es totalmente no ortodoxo. Y sus últimas palabras fueron «He hecho lo que tenía que hacer, regreso a Dios, que Él tenga misericordia de ustedes».[xliii] Es decir «Soy perfecto, lo he hecho, he terminado, estoy perfectamente justificado».

“De nuevo, algo típico de este tipo de santidad es un episodio de su vida en el que Cristo supuestamente se le apareció en la oración y le ofreció concederle cualquier favor que deseara. Ya desde el principio esto tiene aire de romance y de cuento de hadas; los tres deseos y cosas por el estilo. Pero esta familiaridad de un santo con Dios es típico de prelest, de engaño espiritual. Y Francisco pidió, ya que estaba muy cargado con su amor por los hombres, que se concediera una indulgencia plenaria a todos los que confesaran y visitaran su capilla en el centro de su orden. Y Cristo estuvo de acuerdo, pero dijo que el Papa debía ratificarlo. El Papa lo hizo, y desde ese día hasta hoy, el 2 de agosto puedes obtener una indulgencia plenaria yendo a su capilla, recibiendo confesión. Lo que significa que no tendrás que sufrir las consecuencias temporales de tus pecados. Todo un nuevo sistema de indulgencias ya estaba establecido en el siglo XIII.

—     Padre H.: en la revista Metropolia para niños, llamada Young Life. Tienen una vida de San Francisco. Los niños ortodoxos leen esta vida junto a la vida de san Serafín. ¿Pueden acaso unirse?

Padre Serafín Rose: Pero el rasgo más destacado de esta llamada “santidad”, y en definitiva el rasgo más evidente de su engaño es haber imitado a Cristo solo en lo externo. Cuando reunió a sus primeros discípulos – al principio, creo, siete y luego doce – los juntó y los envió de dos en dos a predicar el Evangelio: él mismo fue a Francia, a otros dos los envió a Inglaterra, a Italia, y así sucesivamente. Usó exactamente las palabras del Evangelio: «Os envío de dos en dos para predicar el perdón de los pecados».

Primero los envió a países cristianos y sólo más tarde los envió a países no cristianos, como si estuviera enseñando un nuevo Evangelio, como si esto no se hubiera hecho ya, como si él fuera un nuevo Cristo, que envía a sus propios hombres a difundir su evangelio. Estos países ya contaban con episcopados en pleno funcionamiento, con sus obispos y sacerdotes respectivos, países ya cristianos que son re-evangelizados, a los que van y fundan la Orden Franciscana.

De nuevo, justo previo a su muerte, hizo que le trajeran pan, lo bendijo, lo partió y lo repartió entre sus discípulos, y según vida de San Francisco lo hizo para rememorar la cena sagrada que el Señor celebró por última vez con Sus discípulos; conscientemente organizó una “última cena” para ellos.

De nuevo, hay algo muy interesante que le sucedió cuando recibió los estigmas, que son las marcas de las heridas de Cristo, Cinco marcas: dos en las manos, una en el costado en los pies, y dos en los pies. Antes de recibir estas marcas – que en la Iglesia Católica se consideran prueba verdadera de santidad –  rezó pidiendo sufrir lo mismo que Cristo sufrió en cuerpo y alma: Y cito: «para que yo pueda en la medida de lo posible, sentir con todo mi ser ese amor ilimitado con el que tú ardías, oh hijo de Dios, y que te hizo soportar tantos tormentos por nosotros, pecadores.»[xliv]

Esto es una insolencia, algo imposible de encontrar en los verdaderos santos: querer alcanzar por cuenta propia el amor mismo de Dios y querer padecer en la carne lo que Él padeció. Esto no es la lucha espiritual, sino que es parte de un gran orgullo que se complace en querer sentir lo que siente Dios y que procura la búsqueda de sensaciones terrenales.

Esto se puede contrastar con cualquier otra aparición de Cristo frente a un santo. Cristo apareció ante san Serafín cuando era diácono, y lejos de orar «manifiéstate ante mí», el Santo estaba haciendo sus oraciones regulares en la Iglesia, y él ni siquiera quería hablar de ello.

Y luego cuando él [Francisco] recibió los estigmas, hubo una visión de un Serafín con Cristo crucificado superpuesto a él. Visión que les mostraremos en uno de los íconos sobre él, que dispara rayos, como de sol, que le dan el estigma. En ese instante, según su Vida, Francisco se sintió del todo transformado en Jesús: una blasfemia evidente. Aquí radica el núcleo de la espiritualidad católica: esa dulzura engañosa de sentirse unido a Cristo – “yo soy uno con Él y Él conmigo” –, todo esto no es otra cosa que prelest.

Y más tarde claro está, sus discípulos lo llaman el “nuevo Cristo”. En una vida – que a san Ignacio Brianchaninov le gusta citar – se dice que cuando Francisco murió y fue elevado al cielo, Dios al verlo no sabía quién era mayor, Francisco o su propio Hijo.[xlv]

Este tipo de santidad, esta espiritualidad, resulta incluso peor que el racionalismo de la escolástica. Porque aun cuando haya racionalistas enseñando en los seminarios, todavía se puede ser una persona santa, aferrada a la verdadera fuente de la vida espiritual. y así es obviamente que este tipo de espiritualidad; y esto ya es el año 1200, el final del undécimo, entrando en el duodécimo. Así que es claro que este tipo de espiritualidad – y debemos tener en cuenta que estamos ya en el año 1200, a 150 años del cisma – es tan es tan diferente de la de Oriente que ya no hay más contacto posible. Esto es lo que llamamos una persona engañada. Este sería un ejemplo clásico de una persona que vive en prelest.

Es evidente que todo esto estaba estrechamente ligado a la muy fértil imaginación de Francisco. Al decir verdad, no sabemos con certeza qué leyes rigen tales experiencias, No se trata quizá de magia negra propiamente dicha, pero está muy ligada a todo ese reino más oscuro de lo psíquico, como cuando aparecen toda clase de imágenes espectrales, de sepulcros etc.

Pero hay algo peor por venir. Los discípulos de Francisco constituyen un caso interesante porque con ellos llegamos a la conclusión lógica de este nuevo tipo de espiritualidad, de este nuevo tipo de santidad que aparece en el mundo. Uno de ellos llega incluso a llamar a Francisco el “nuevo Cristo”. Y es uno de sus discípulos Joaquín de Fiore, es quien propone por primera vez la idea de la venida de una “Tercera era del Espíritu Santo”, que representa el punto de partida de todas las filosofías modernas del progreso, del milenarismo y del New Age. Él mismo recibió esta revelación en una visión; no fue pensándolo.

El libro El sentido de la Historia, muy interesante, traza una filosofía de la historia a través de distintos autores desde la Edad Media hasta la modernidad, y dice lo siguiente sobre ello:

«Fue un momento decisivo en la historia de la Iglesia cristiana aquel en que un abad italiano, profeta renombrado y varón de santa vida, educado en la más austera disciplina de la orden del Císter, recibió – después de arduos estudios y meditaciones en la soledad de sus montañas de Calabria – una inspiración, por Pentecostés (entre 1190 y 1195)».[xlvi]

En realidad no era un verdadero discípulo de Francisco. Estaba al mismo tiempo, «Haciendo claros los signos de los tiempos a la luz de la revelación de San Juan.»[xlvii]

Dice, citando Lowith a Joaquin de Fiore: «Cuando, a la aurora, desperté, reflexioné sobre la revelación de San Juan. De repente, los ojos de mi espíritu fueron poseídos de la lucidez de la visión, y se me reveló el cumplimiento de esta obra y la concordancia de los Testamentos Antiguo y Nuevo»[xlviii]

Y por lo tanto ofreció una interpretación completamente nueva del significado del Antiguo y el Nuevo Testamento:

«El esquema general de las interpretaciones discriminatorias de Joaquín está basado en la doctrina trinitaria. Tres dispensaciones se producen en tres diferentes épocas, en las cuales, sucesivamente, se manifiestan las tres personas de la Trinidad. La primera es la dispensación del Padre; la segunda, la del Hijo; la tercera, la del Espíritu Santo. La última comienza justamente ahora (esto es, hacia fines del siglo XII), y progresa hacia la libertad completa del espíritu. Los judíos fueron esclavos bajo la ley del Padre. Los cristianos de la segunda época fueron, aunque de manera incompleta, espirituales y libres, por lo menos en comparación con la legalidad moral de la primera dispensación. En la tercera época, tendrán su cumplimiento las palabras proféticas de San Pablo, lo que ahora conocemos y profetizamos solamente en parte, “pero cuando venga aquello que es perfecto, lo que lo es solo en parte será abandonado (I Corintios 13: 9-10)”»[xlix]

Y citando a Joaquín dice:

Y dice Joaquín. «Ya podemos aprehender el desvelamiento de la liberación final del Espíritu en su plenitud. Y “podemos percibir ya la revelación de la plena libertad final del espíritu”. La primera época dio comienzo con Adán, en temor y bajo el signo de la Ley; desde Abrahán comenzó a dar fruto, llegando a su perfección con Jesucristo. La segunda fue inaugurada por Isaías en fe y en humildad, bajo él signo del Evangelio; desde Zacarías, padre de Juan Bautista, dio fruto para alcanzar su perfección en el futuro. La tercera fue inaugurada por San Benito en amor y alegría, bajo[l] el signo del Espíritu; se realizará con la reaparición de Elias, al fin del mundo.» Las edades se superponen.

Joaquin de Floris. Edades; la fundación de todas las filosofías modernas del progreso y la “Nueva Era”, quilianismo, citas de Lowith págs.148-9-50[li]:

«La primera disposición es un orden de los casados, y depende del Padre; la segunda, uno de clérigos, dependiendo del Hijo; la tercera, uno de los monjes, dependiendo del Espíritu de la Verdad. La primera edad está gobernada por laboriosidad y trabajo; la segunda, por estudio y disciplina; la tercera, por contemplación y alabanza. La primera posee scientia; la segunda, sapientia; la tercera, plenitudo intellectus. El tiempo que ha transcurrido antes de la Ley, bajo la Ley y bajo la Gracia, fue tan necesario como la época venidera, que dará perfección a tales estadios preparatorios; porque la ley fundamental de la historia de la salvación es el progreso ininterrumpido desde el tiempo de la letra del Viejo y del Nuevo Testamento al de su espíritu, en analogía a la milagrosa transformación del agua en vino.

Así, el tiempo del Espíritu Santo está ya prefigurado en las épocas primera y segunda, del Padre y del Hijo, que se relacionan estrechamente, ya que toda figura y acontecimiento del Viejo Testamento es, si se entiende espiritualmente, promesa y significación de figuras y acontecimientos correspondientes al Nuevo Testamento. Esta correspondencia es no solo de significado, sino también de sucesión; esto es, ciertos acontecimientos y figuras del Viejo Testamento son contemporáneos y espiritualmente de otros del Nuevo Testamento, por tener posición histórica y significado concordantes. Así, por ejemplo, el bautismo de Juan por el agua reaparece intensificado en el bautismo de Elías por el fuego del Espíritu Santo, que consume todo lo que es exclusivamente carnal y de letra. Todo este progreso de consummatio progresiva es, al propio tiempo, un proceso continuo de designatio, que invalida promesas y significados precedentes. El transcurso de cada dispensación tiene, sin embargo, que ser computado no en años homogéneos, sino por generaciones concordantes; no por su duración, sino por su número; cada una extendiéndose aproximadamente treinta años.

El número 30 tiene Un fundamento espiritual, no natural. Se refiere a la perfección de la Trinidad de una Divinidad, y a Jesús, que tenía treinta años cuando alcanzó su primer filii spirituales. De acuerdo con los cálculos de Joaquín (basados principalmente en Apocalipsis 11:3, y 12:6; y en Mat. 1:17), la generación a la que él pertenecía era la catorce; y sus seguidores supusieron que después de dos generaciones más – esto es, en 1260 – se produciría el desenlace, revelando a Federico II como Anticristo, y a los franciscanos espirituales como los dirigentes providenciales de la nueva y última dispensación, que terminaría como la definitiva consumación de la Historia con el Juicio Final y la Resurrección. Dentro del tiempo histórico, la meta y el significado de la historia de la salvación es la manifiesta realización de los preceptos y exhortaciones evangélicos, particularmente del Sermón de la Montaña.

Lo que es nuevo y revolucionario en la concepción joaquiniana de la historia de la salvación se debe a su método profético-histórico de interpretación alegórica. En cuanto alegórico y tipológico, no es nuevo, sino una interpretación coherente de la exégesis patrística tradicional. Pero esta exégesis sirvió a la fecundísima imaginación de Joaquín, no a objetos morales y dogmáticos – es decir, estáticos –, sino para una comprensión dinámica de la revelación, mediante la correlación esencial de Escrituras e Historia, así como de sus respectivas interpretaciones. La una debe explicar a la otra si la Historia, por una parte, es realmente sagrada y plena de significado religioso, y si, por otro lado, el Evangelio es el rotulus in rota, eje central de los acontecimientos del mundo. Concediendo que la Historia es, en efecto, una historia de la salvación, modelada en la historia de la Iglesia, la única clave apropiada para su comprensión religiosa deben constituirla las Sagradas Escrituras. La concordancia de las Escrituras prueba a Joaquín, no una doctrina absoluta, sino la estructura significativa del proceso histórico. Basándose en la nueva creencia del carácter inspirado de las Escrituras, llegó Joaquín a extraer de las mismas un entendimiento estrictamente religioso de la Historia, y, por otra parte, descubrió en la historia real la oculta presencia de categorías puramente religiosas.

Este intento de explicar religiosamente la Historia, y explicar históricamente la revelación de San Juan, no es más que una compleja elaboración del supuesto cristiano de que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y de que, en consecuencia, su historia es intrínsecamente religiosa, y no una simple parte de la historia del mundo. Y puesto que la historia posterior a Cristo está desarrollándose aún y, no obstante, es revelada, por habérsele señalado un fin, la consumación de los tiempos no ha de ser concebida en la forma tradicional como un acontecimiento único en el pasado, sino como algo que ha de realizarse en el futuro. En esta perspectiva, la Iglesia, desde Cristo hasta nuestros días, no es una fundación eterna, sino una imperfecta prefiguración.

Necesariamente la interpretación de la Historia se convierte así en profecía, y la recta inteligencia del pasado depende de la perspectiva que del futuro se tenga, pues en él alcanzan su fin las significaciones precedentes. Esta consumación no ocurre más allá del tiempo histórico, al final del mundo, sino en la última época histórica. El esquema escatológico de Joaquín no consiste en un simple milenio, ni tampoco en una mera expectativa del fin del mundo, sino en un doble eschaton: una fase final histórica de la historia de la salvación, que precede al eschaton trascendente de la nueva eon, anunciada por la segunda venida de Cristo. El reino del Espíritu es la última revelación del designio de Dios sobre la tierra y en el tiempo.

Consecuentemente, la institución del pasado y de la jerarquía eclesiástica se limita a la segunda época. Esto implica una revisión radical de la doctrina católica de su sucesión, de San Pedro al fin del mundo. La Iglesia actual, aunque fundada sobre Cristo, tendrá que ceder paso a la Iglesia futura del Espíritu, cuando la historia de la salvación haya alcanzado la época de su plenitud. Así mismo, esta transición última implica el fin de la predicación y de los sacramentos, cuyo poder mediador cae en desuso en cuanto el orden espiritual se percata de su conocimiento de Dios por visión y contemplación directas. La verdadera significación de los sacramentos no es, como en San Agustín, la de una realidad trascendente, sino indicación de una potencialidad a realizarse en el marco de la Historia.»

 

 

La tercera edad es la Ultima; Quilianismo cita in extenso de The Meaning of History de Lowith, pagina 151[lii]:

“Joaquín, que pertenecía a la segunda época, no dedujo ninguna conclusión revolucionaria de las implicaciones de sus visiones histórico-escatológicas. Ni criticó a la Iglesia contemporánea, ni su interpretación del Ángel del Apocalipsis (Rev. 7:2) como el novus dux, llamado a renovar la religión cristiana, significó que intentara una reorganización revolucionaria de las instituciones y sacramentos existentes. Creyó únicamente que estaba para aparecer un Mesías – quienquiera que fuese –, que produciría una renovación espiritual beneficiosa para el reino de Cristo, revelando, sin abolir nada, cuanto hasta entonces había estado velado tras figuras y sacramentos significativos. Más tarde, hombres de los siglos XIII y XIV, los franciscanos espirituales, habían de deducir las consecuencias revolucionarias, reconociendo a Joaquín como al nuevo Juan Bautista, anunciado a San Francisco como el novus dux de la última dispensación, e incluso como al “nuevo Cristo”.[liii]

Para ellos, en verdad, la Iglesia clerical tocaba a su fin. Rechazando la consoladora distinción entre los preceptos estrictos y los consejos flexibles, intentaron vivir radicalmente una vida cristiana en pobreza y humildad incondicionales, y transformar la Iglesia en una comunidad del Espíritu Santo, sin Papa, jerarquía clerical, sacramentos, Sagradas Escrituras ni teología. La regla franciscana constituía para ellos la quintaesencia del Evangelio. El impulso motor de su movimiento fue, como con Joaquín, la intensidad de su expectativa escatológica, que consideraba a sus propios tiempos en un estado de corrupción. La vida de San Francisco les sirvió de criterio para juzgar la corrupción de su propia época, así como su alejamiento del Evangelio. Y como Joaquín había ya esperado que antes de dos generaciones sería reñida la batalla final entre el orden espiritual y los poderes del mal, sus seguidores pudieron aún más concluyentemente ver al Anticristo en el Emperador, que, no obstante, y en definitiva, serviría de instrumento providencial para el castigo de una Iglesia anticristiana que dificultaba su propia renovación, mediante la persecución de los verdaderos seguidores de Jesucristo.»

 

¿Cómo es que ahí aparece la idea de una Tercera Edad? Evidentemente, con la venida de Cristo aparece algo nuevo en el mundo. Toda la historia del mundo se divide en dos edades: antes y después de Cristo, la preparación para Cristo y la consumación. Sin embargo, una vez que se pierde la comprensión cristiana del espíritu de Cristo – el cristianismo como preparación para el Reino en el Cielo – la novedad lo deja a uno con la libertad de especular.

Observamos cómo los escolásticos piensan sólo según lo que les dice su lógica. Y una vez que se especula con la idea de la novedad, uno se dice, «¿Por qué no podemos tener algo nuevo ahora? Ya que el cristianismo mismo se vuelve rancio. Nuestros monjes se han vuelto corruptos». Contra esto reaccionó Francisco, quería vivir una pobreza más pura. Pero al separar del cristianismo la idea misma de tradición, apareció inevitablemente la noción de un “nuevo” cristianismo, un nuevo florecimiento de la espiritualidad, de la sabiduría, e incluso una supuesta nueva revelación. Debemos repetirlo: este es el Gran Inquisidor de Dostoievski, la construcción de un cristianismo mejor de lo que fue el cristianismo.

Y, por supuesto, de aquí proviene el protestantismo y todas las sectas actuales. La fuente de la fe ya no es la tradición ortodoxa, que se ha perdido, sino la razón o las visiones. En esa época aparecen las nuevas órdenes en la Iglesia Católica: los dominicos, los franciscanos y todas las demás, bajo la idea de que este era lo normal.

Los dos personajes que hemos comentado, Francisco y Joaquín, serán muy influyentes en los tiempos posteriores. La gente vuelve una y otra vez a sus ideas, porque en ellas reside la raíz de la era moderna.

Hay algunas otras ideas, menos importantes, pero que revelan una perspectiva muy característica de la Edad Media.

Cabe añadir, sobre Joaquín, que él destacaba que el Reino del Espíritu representaba la revelación final: el milenio o quiliasmo, con toda la expectativa quiliasta que ello implicaba. Llegó incluso a hablar de «la Iglesia del Espíritu que ha de venir».

 

Arte medieval

 

Podemos mirar el arte y ver algo muy interesante, porque, aunque la iconografía, el estilo iconográfico nunca se desarrolló completamente en Occidente, en Italia sí lo hizo. Había una tradición iconográfica, y tenían muchas iglesias en Rávena y así sucesivamente que están en estilo iconográfico, pero en este momento lo que tenían en Italia comenzó a transformarse.

Ya vemos esto en un pintor que todavía se considera muy deudor de la tradición bizantina, a saber, Duccio, que vivió, cien años después de Francisco. A finales del siglo XIII.  Podemos ver en sus pinturas que Cristo se ve bello, muy calmo y sereno. Es obviamente una influencia bizantina. Sin embargo, los rostros muestran ya una incipiente humanización: Los rostros están trabajados con un delicado trazo psicológico. En comparación con las posteriores crucifixiones sangrientas y otras escenas semejantes, estas pinturas resultan particularmente agradables: tranquilas, serenas, casi bizantinas. Ese es el Duccio previo al gran cambio. También hay una o dos más de sus obras: la Crucifixión y el de la Madre de Dios con el niño. Si se los observa, ya puede notarse que los rostros de los ángeles son de personas, no de querubines. Aún no han caído en la decadencia, pero son figuras humanas con rasgos psicológicos muy definidos; tal vez alguien posó para el cuadro.

Se advierte un interés humano evidente: las figuras miran con tristeza en varias direcciones. El modelo icónico tradicional ya empieza a perderse, y aparece un principio nuevo.

Pero al ver al siguiente pintor del que hablaremos, Giotto, que estaba muy estrechamente ligado a Francisco, porque se le comisiono para que pintara su vida en la Basílica de Asís. Sobre él un historiador dice. «La pintura ya no era un eco de la tradición, sino que se elevó de inmediato a la dignidad de la invención. El arte ya no trabajaba sobre modelos convencionales, abstractos e ideales. Sus modelos iban a ser las realidades de la naturaleza. La representación de la vida real iba a convertirse en el objeto de toda la pintura»[liv]. Por lo tanto, estamos frente a una revolución artística, y es bastante digno de un nuevo tipo de santo, quien tiene un nuevo tipo de ícono que ya no es ícono sino una pintura religiosa. Falsa iconografía… un santo falso da lugar a una iconografía falsa.

Él agrega muchos elementos de la vida diaria. Este es el principio de los que uno puede ver más adelante en el Renacimiento donde se puede ver todo tipo de escenas pintorescas de la vida cotidiana. Puede encontrarse incluso una crucifixión de Cristo situada en pleno centro de Bolonia y otros ejemplos semejantes. Sus obras muestran hasta qué punto se había distanciado ya incluso de Duccio. Aquí tenemos un cuadro titulado Lamentación sobre Cristo muerto. Al observar los detalles se advierte que los rostros resultan muy…

— Padre H:. Viciosos



Imagen de El llanto de Cristo de Giotto

 

 

 

 

 

Fragmentos de El llanto de Cristo de Giotto

 

— Padre Serafín Rose: algo viciosos y muy extraños. Todavía es una pintura religiosa reconocible. Más tarde, pero ya se ve muy extraña, no en absoluto estilo iconográfico. Y esta otra pintura de Francisco recibiendo los estigmas, aparece ya en una especie de prelest; aparece aquí en la representación de la visión que, según se dice, tuvo directamente.

 

—     Padre H: es demoníaco.

 

—     Padre Serafin Rose: La representación de Cristo sobre el serafín resulta extraña, incluso demoníaca: una suerte de “icono” de Francisco. Y todo esto surge al mismo tiempo. Ya se distinguen en estas figuras los intentos de captar rasgos psicológicos 

—     Padre H: terrenales

—     Padre Serafín Rose: sí, el aspecto terrenal de esas personas.. Cristo aún aparece como Cristo, pero quienes lo rodean están cargados de pasiones humanas 

—     Padre H: Eso no son iconos

 

—     Estudiante:  Hay todavía hay un remanente aquí, pues todavía se distinguen las tres estrellas en la Madre de Dios; aún se conserva algo del simbolismo tradicional.

Padre Serafín Rose: Pero en otra disertación mostraremos lo ocurrido en el Renacimiento, cuando el arte quedó totalmente desorientado. Aquí ya se entrevé el motivo y la forma de esa pérdida, los elementos pintorescos comienzan a entrar, y la idea de que el ícono reflejé la imagen del santo como es en el cielo se pierde. En cambio, se muestra al Santo como es en la tierra, como figura terrenal. Así, empiezan los artistas a introducir todo tipo de elementos terrenales. En el Renacimiento veremos que incluso el arte religioso se vuelve el vehículo de una religión completamente diferente.

 

Política

 

Y un aspecto final es – deberíamos tocar muy brevemente – es la esfera política. La idea de un imperio bizantino se perdió. ¿Qué es el imperio? El imperio no es algún tipo de institución mística. Es más bien esa institución política que providencialmente permitió la propagación del cristianismo, y una vez que el imperio fue bautizado se convirtió en cristiano. El emperador debía proteger la religión para su pueblo y de ser el primer ejemplo de la vida religiosa. De modo que las instituciones se cristianizaron.

En este mundo, por supuesto, jamás podrá una sociedad cristiana perfecta, y no había una especie de idea romántica de hacer las cosas. Ya saben, de una sociedad perfecta en la tierra, se trataba más bien de un ideal celestial al que lo terreno debía aspirar e imitar. Ahora bien, tal ideal se perdió por completo en el Occidente, donde únicamente subsistieron imitaciones políticas.

En primer lugar, en el siglo VII el imperio de Carlomagno se había erigido conscientemente como rival de Bizancio. El Papa de hecho eligió a Carlomagno sobre Irene de oriente. Carlomagno se opuso a los íconos y favoreció al filioque, en oposición a Irene. Aquí ya se puede apreciar esta inestabilidad que sentaría las bases del Imperio Sacro Romano Germánico de Occidente.

Y Kireyevsky señala «De aquí, por lo tanto, proviene la expresión misma y el nombre de “Santa Rusia”: santa no porque el Estado fuese reconocido como santo en sí mismo, sino porque dentro de él vivían hombres santos, y gracias a ellos se santificaba el nombre de Rusia. En Occidente, en cambio, no se llamó santo al pueblo, sino a la institución misma del Estado, de ahí la denominación de “Sacro Imperio Romano”»[lv] Como luego apreciaremos, este es un intento de santificar el mundo, en el cual una institución terrenal se concibe como algo sagrado.

Aproximadamente en el mismo período, el efecto y objetivo de las Cruzadas, aunque a primera vista tenían como propósito liberar a Oriente de los paganos, eran en la práctica someter al Imperio Bizantino y lograr la unión con el Papa.

La más profunda idea política de toda la Edad Media fue la del papado, o mejor dicho, la de la monarquía universal del Papa. Desde el período que precedió al Cisma, en algún punto entre los siglos VIII y X, circuló aquel documento falso conocido como la “Donación de Constantino”, que afirmaba que el emperador Constantino le había cedido la autoridad temporal al Papa. Y como resultado de esto, los papas – probablemente aquel documento se fabricó al ver que el Papa ya se estaba convirtiendo en una figura política –, comenzaron a ser percibidos como una autoridad temporal y como una especie de emperador en Occidente, porque el imperio en Occidente siempre había sido muy débil. Y la principal autoridad política pasó a ser, en realidad, el Papa.

Incluso tenemos las teorías de algunos pensadores medievales que afirman que toda la tierra del mundo pertenece al Papa; concediéndosela a los hombres exactamente como en el sistema feudal. En teoría, él gobierna el mundo y la tierra, no solo el ámbito espiritual.

El clímax de este tipo de punto de vista fue en el año jubilar de 1300. Están teniendo un año jubilar ahora, [en 1975], también en Roma. En 1300 hubo un año jubilar con el Papa Bonifacio VIII, que se sentó en el trono de Constantino, se vistió con espada, corona y cetro y gritó en voz alta «Yo soy César, yo soy emperador»[lvi]. Esto no es un accidente, sino un síntoma de algo extremadamente profundo que recorre a todo el pensamiento moderno, a saber: la búsqueda de un monarca universal, del Anticristo.

Como conclusión podemos decir que este espíritu que vimos en la pintura, la política, la teología, la filosofía y la espiritualidad es un espíritu de este mundo de engaño. Prelest. Del comienzo de todas esas cosas que encontramos tan extrañas en los santos occidentales, los llamados santos post-cisma. Estas fantasías infundadas, dulzuras y todo ese sentimentalismo, imágenes.

—     Padre H: terrenales

Padre Serafín Rose: aquellos que pertenecen a la tierra, en quienes la imaginación religiosa embellece a los intereses terrenales. Y todo esto hace que la ruptura entre Oriente y Occidente, que ya había comenzado en tiempos de Focio y de Carlomagno, se vuelva ahora definitiva.  No podemos volver a unirnos con esa Iglesia mientras no se purifique de manera radical. ¿Y cómo podría lograrlo, cuando tales concepciones están tan hondamente enraizadas en su mentalidad y en su misma idea de santidad?

En este amanecer de la historia moderna, el siglo XII, todas las semillas de la mentalidad moderna, están presentes, y la historia moderna sigue lógicamente de estas semillas. En esencia, puede resumirse como la búsqueda de un nuevo cristianismo, que sea mejor que la Ortodoxia, mejor que el cristianismo de los Santos Padres que Cristo mismo nos dio.

Más tarde, esta búsqueda tomará formas que pasan por el ateísmo y por todo tipo de creencias insólitas; pero esencialmente sigue siendo la misma búsqueda.  Y al final el mundo será “cristiano”, porque el Anticristo les dará una nueva religión, que no parecerá extraña a la cristiana. No será una especie de paganismo, sino algo que todos aceptarán como cristianismo, pero que será anticristiano: un sustituto del cristianismo que niega la esencia misma del cristianismo.

Y es por eso que la historia principal de la rebelión contra Cristo no es menos que la apostasía de la que habla San Pablo. No será por medio de la persecución, como lo fue en los comienzos, sino mediante la apropiación del cristianismo y su transformación hasta que ya no sea cristianismo. Y esto es lo que podemos llamar como el despliegue del misterio de la iniquidad, como preparación para el Anticristo.

Más adelante veremos algunos de estos temas centrales de toda la historia moderna, que en ciertas épocas no aparecen tan claramente delineados. Uno de estos temas es la búsqueda de una monarquía universal, del emperador del mundo, ligado a la idea del papado. Otra idea es la de la santificación del mundo, de su divinización, esta es la idea del quiliasmo: en la que este mundo se reviste de una importancia espiritual. El Sacro Imperio Romano, Francisco con su convicción de ser divino..

Y tercer tema y el más evidente es el de la transformación que se efectua cuando el hombre reemplaza a Dios como criterio de la Verdad. Ahora se trata de sus propios sentimientos, de su propia lógica, etc. Mas adelante veremos hasta qué límite extremo llega esto en el para que después tengamos toda una religión del hombre. Pero ya en estas primeras etapas el hombre se pone por encima de la tradición, por encima de lo divino. Y Francisco se coloca incluso junto con Cristo, se transforma en Cristo.

Todo esto prepara la próxima conferencia, en la que veremos lo que aconteció en el Renacimiento y en la Reforma, que, cuando – a diferencia de este siglo XIII, considerado por los humanistas católicos de hoy como la cúspide, el pináculo mismo del cristianismo en Occidente –, se produce un alejamiento de aquel ideal. Observamos que el Renacimiento y la Reforma no son otra cosa que el desarrollo lógico de la misma apostasía que comenzó con esta nueva espiritualidad del siglo XIII.


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