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viernes, 10 de febrero de 2023

LA GUERRA Y EL EVANGELIO

                                                Anton Kersnovsky

El analista militar emigrado blanco Anton Kersnovsky (1907-1944) deploró la concepción leninista-clausewitziana de la guerra total que causaría una muerte y una destrucción antes impensables en la Europa del siglo XX. Sin embargo, al igual que Ivan Ilyin, Kersnovsky tampoco podía soportar el pacifismo y la "no resistencia", que consideraba una trayectoria igualmente peligrosa hacia la aniquilación de la cultura. Aquí están sus pensamientos sobre la guerra dentro del contexto del Evangelio.



El sexto mandamiento sostiene: «No mataras»

El movimiento tolstoyano, pacifistas “a cualquier precio”, y ciertas sectas, los dukovoros, menonitas, y molokanos, por ejemplo, fundamentan su enseñanza de la no-resistencia a la cual en este mandamiento y en una falsa interpretación del Evangelio.

A través de su propaganda desmoralizadora, los seguidores de todas esas doctrinas infligieron un daño enorme sobre el estado, y en su rechazo a someterse al servicio militar, estos generaron una gran tentación.

Los representantes oficiales de nuestra ciencia teológica aprendieron el total peligro de este tipo de enseñanzas -  en parte sofismas, y por otra, aun ni siquiera llegando a ganar ese título – que aun actúan fuertemente a pasar de su bajo valor espiritual.

En los catecismos tanto los más abrevados como los más extensos – es particularmente en la obra abreviada del metropolita Filaret sobre la cual se criaron generaciones enteras – dos calificaciones por ende se hacen en torno a la interpretación del sexto mandamiento a saber; de que está permitido ejecutar a un criminar y asesinar a un enemigo en tiempo de guerra.

Estas reservas son dadas, sin embargo, en la forma de un axioma, y sin referencia alguna en las Sagradas Escrituras (particularmente, en la catequesis de san Filaret, la más extendida), y esto otorga a los “No resistentes” ocasión para aseverar de que estas se colocan en el texto solo para asegurar la supervivencia de los “poderes facticos”.

Esta dicho; “No mataras” y eso significa no matar. Cualquier tipo de calificaciones “convencionales” es impotente para suavizar la naturaleza categórica de dicha proscripción.

Dicha interpretación oficial guiada excesivamente por consideraciones “terrenales” (La seguridad de la sociedad, la necesidad del Estado, etc) contiene una vulnerabilidad. Y mientras se mantengan todas las autoridades eclesiales sobre el terreno meramente espiritual en su lucha contra de todas estas falsas interpretaciones basadas en sectas, estas por si mismas caerán.

Para esto solo se les propone a los que hacen una interpretación del sexto mandamiento “más allá del espacio y del tiempo” un examen de las Leyes del Sinaí a la luz de los eventos históricos del Antiguo Testamento.

Esta Ley fue dada por El Señor a su pueblo elegido, el pueblo judío, y es muy difícil que se le haya dado a toda la humanidad.

Los primeros cuatro mandamientos definen la relación de un judío para con el Dios de sus padres, y los últimos seis, la relación de un judío con otro judío. El sexto mandamiento prohíbe a un judío matar a otro judío, como el noveno prohíbe a un judío el robarle a un pariente, y el noveno prohíbe que un judío dé falso testimonio contra uno de los suyos. En estas condiciones, el sexto mandamiento asume su significado genuino.

Cuando en ese tiempo el pueblo elegido estaba marchando en contra de la tierra de Canaán. Se mostraba así mismo en todos los aspectos como si fuese un ejército; los diez mandamientos fueron también las primeras regulaciones disciplinarias de la historia. Fortalecidos a través de estos mandamientos, los hijos de Israel conquistaron la Tierra Prometida y obtuvieron un firme control sobre esta, habiendo despiadadamente exterminado a las otras tribus, a quienes el sexto mandamiento no se aplicaba.

El juez Gedeón derrotó a los madianitas. Sansón razonó con los filisteos no a través de palabras, sino a través de un argumento completamente diferente. El salmista derrotó a Goliat, los hermanos Macabeos se rebelaron contra sus opresores sirios... Si el sexto mandamiento se aplicara a las tribus extranjeras, entonces todos estos hombres justos, habiéndolo transgredido, obviamente se habrían convertido en pecadores. Sin embargo, permanecieron justos, y la gracia de Dios descansó sobre todos ellos.

Cristo, enseñando el amor al prójimo y el perdón, hizo saber a sus discípulos que todavía se derramaría mucha sangre antes de la venida del Reino de Dios.

«Y oiréis de guerras y de rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es menester que todo esto acontezca; más aún no es el fin» (Mateo 24:6, Marcos 13:7, Lucas 21:9)

Encontramos dos ejemplos relacionados con el problema del servicio militar en el Evangelio. Cuando los soldados se le acercaron a Juan el Bautista y le preguntaron qué se les pedía que hicieran, él les ordenó: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario. (Lucas 3:14). Muy difícilmente Cristo llamaría a los soldados a “convertir sus espadas en arado” y a abandonar el servicio militar como actividad desagradable a Dios. Y a la pregunta de los fariseos sobre si se deben pagar impuestos, respondió: “Dad, pues, a César lo que es de César; y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21, Lucas 20:25). ¿Y no es el cumplimiento del servicio militar, - la más pesada de todas las cargas -  el dar lo que es del César al César, lo que es del Zar al Zar?

El error de los no-resistentes al mal es que pretenden dar un carácter social a las enseñanzas personales de Cristo.

Cristo enseñó: “Si alguno te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. Si alguien te quita la capa, deja que se lleve también la túnica” (Mateo  5:39-40, Lucas 6:29) Así definió la relación del hombre con el hombre. El Hijo del Hombre soportó los abusos de los escribas y de la turba brutal. Sólo con desear, sólo con pensar, y el fuego del cielo habría convertido en cenizas tanto a los jueces como a los verdugos. Esto no lo hizo, habiendo mostrado al mundo una hazaña insondable de mansedumbre y misericordia.

Pero Cristo llevó Su escarlata y la corona de espinas en relación con Él personalmente. Y sabemos que habiendo visto a los cambistas profanar lo sagrado, la Casa de Su Padre, formó un látigo de cuerdas y los echó.

La expulsión de los mercaderes del Templo deja suficientemente en claro toda la herejía de los tolstoyanos y otros referida supuestamente predica de Cristo a la no violencia y la no resistencia al mal. No debemos oponernos a las malicias de nuestro prójimo cuando nos concierne personalmente. Sin embargo, si este prójimo infringe valores superiores, es nuestro deber resistirnos a este.

Al final de la Última Cena, Cristo advierte a sus discípulos:

«Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada. Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento»

Una de estas espadas fue desenvainada esa misma noche por Pedro. Cristo le ordenó volver a poner la espada en su vaina, “porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52).

La “contradicción” percibida por ciertos sofistas en la yuxtaposición entre estos dos textos desaparece si tenemos en cuenta que Pedro desenvainó su espada no en defensa de la Enseñanza, sino en defensa del Maestro. Cristo no deseo tomar esta víctima. Malco no atacó a Pedro, sino que Pedro golpeó primero a Malco con su espada.

Es muy difícil que Cristo dijese que el que toma la espada perecerá de lepra, de un terremoto o de fuego del cielo. No, los que viven por la espada morirán precisamente por la espada. Pero para que mueran a espada, deben abatirse; hay que recurrir a la guerra justa. Se torna por ende este texto, en el que los no resistentes se esfuerzan por utilizarlo como uno de los principales argumentos de su teoría, bajo un examen atento, en contra de la herejía.

San Sergio de Radonezh bendijo al Príncipe Dmitry Donskoy en su batalla con Mamai. Y dos siglos y medio después, siguiendo el ejemplo de Oslyabya y Peresvet, los monjes Sergiev se ciñeron las sotanas con espadas, y el patriarca Hermogenes llamó a toda la tierra rusa a rebelarse en contra del opresor polaco.

Guiados por el ejemplo de Cristo y los actos de los Padres de la Iglesia, debemos rechazar la falsa enseñanza de la no resistencia no violenta como algo horrible, anti-Eclesial y, en última instancia, inhumano.

Articulo traducido del inglés de la web The Soul of the East

jueves, 22 de diciembre de 2022

EL PRINCIPIO HEREDITARIO


                                                Vladimir Moss

 


Coronación del zar Alejandro III

La historia rusa entera desde Riurik hasta Nicolás II (862-1917) es la historia de solo dos, dinastías interrelacionadas – la Rurikoda y los Romanov. Solo en la Época de Inestabilidad (1598-1612) se interrumpió brevemente esta continuidad dinástica. Dicha continuidad del principio hereditario en la historia rusa no tiene parangón en la historia humana quizás con la posible excepción del muy diferente caso de China. 

 

Y aun en si la Inestabilidad no puede entenderse si no se toma en cuenta la constante importancia del principio hereditario en la mente rusa en aquel periodo. De acuerdo con V.O. Kliuchevsky, el terreno para la Época de Inestabilidad “estaba preparado por el estado atormentado de la mentalidad de la gente, por un general estado de descontento con el reinado de Iván el Terrible; descontento que aumento bajo Boris Gudonov. El fin de la dinastía y el subsecuente intento de resucitarla mediante las figuras de pretendientes promovieron un estímulo para la Inestabilidad. Sus causas elementales fueron, primero, la percepción del pueblo sobre la relación de la antigua dinastía con el Estado moscovita y, por lo tanto, su dificultad para entender la idea de un Zar elegido, y en segundo lugar; la estructura política del Estado, que creaba discordia social dadas sus elevadas demandas al pueblo y la poca equidad en cuanto a las demandas impositivas del Estado.  La primera causa dio lugar a la necesidad de revivir la extinta línea de regencia, y por esto favoreció así al éxito de los pretendientes; la segunda transformo una reyerta dinástica en anarquía social y política”[1]

 

El pueblo ruso entendía al Estado como parte de la propiedad personal del Zar y de sus descendientes de sangre. No podían concebir un Zar no hereditario, un heredero legítimo que no fuese heredero por la sangre del Zar previo, de ahí la confusión cuando el último Zar de Riurik, Teodoro, murió sin descendencia. Boris Godunov estaba emparentado con los Riurik por matrimonio, pero es posible que haya matado al Zarevich Dmitri.

Por esto es que termino rechazado por el pueblo. El Zar Vasili Shuisky no era un Riurik, pero era de “ ’los boyardos’ del Zar”.

 

Por lo que, él también, no era aceptable. Se les seguía a los pretendientes porque decían ser el Zarevich. Pero sus afirmaciones eran, por supuesto, falsas.

 

El Zar tenía que “nacer Zar”. Solo Miguel Romanov cumplía tal rol ya que su familia estaba emparentada a los Riuriks a través de la primera esposa de Iván IV, Anastasia Romanova… Y es por esto en la mayoría de sus proclamaciones Miguel se llamaba así mismo el nieto de Iván el Terrible.

 

Ya que el principio hereditario es considerado comúnmente como irracional en medida de que supuestamente coloca al gobierno del Estado “a merced del azar”, valdrá la pena examinar su significado en el sistema estadual Ortodoxo Ruso más de cerca.

 

Algunos puntos necesitan enfatizarse.

En primer lugar, el principio hereditario esta sostenido por un principio aún más profundo: de que el Zar debe de ser ortodoxo. El segundo falso Dimitri y el Rey polaco Segismundo hijo de Vladislav fueron ambos rechazados por san Hermogen, patriarca de Moscú, ya que eran católicos.

 

En segundo lugar, después de elegir al primer zar Romanov, el pueblo no retuvo el derecho de deponerlo a él o a ninguno de sus sucesores. Por el contrario, ellos eligieron a una dinastía hereditaria, y específicamente se ataron a sí mismos mediante un juramento de ser leales a tal dinastía para siempre. De ahí el horror y en específico, la maldición[2] que trae aparejada su rechazo al Zar Nicolás II en 1917… como el Metropolita Filaret de Moscú dijo en 1851: “Dios estableció un rey en la tierra a imagen de su único gobierno en los cielos: El concertó por un rey autocrático en la tierra a imagen de su poder omnipotente; y Él coloco un rey hereditario en la tierra a imagen de Su inmarcesible Reino, que durara por los siglos de los siglos”[3]

 

De ello se deduce que el reino hereditario del Zar es inviolable. Como el metropolita Filaret escribió: “Un gobierno que no esté cercado por una inviolabilidad que sea venerada religiosamente por la totalidad del pueblo no puede actuar con la plenitud de poder o con aquella libertad de celo que le es necesaria para la construcción y la preservación de la seguridad y el bien público. ¿Cómo puede desarrollar su pleno poder en la dirección más beneficiosa, cuando su poder se encuentra constantemente en una posición insegura, luchando con otros poderes que limitan su accionar en direcciones tan divergentes como las de las opiniones, los prejuicios y las pasiones más o menos dominantes en la sociedad? ¿Cómo puede someter la fuerza plena con celo, cuando necesariamente debe dividir sus atenciones entre el cuidado de la prosperidad de la sociedad y la preocupación por su propia seguridad? Si el gobierno carece de tal firmeza, entonces el Estado es también carece de firmeza. Tal Estado es como una ciudad edificada sobre una montaña volcánica: ¿Qué importancia tiene su tierra firme cuando en esta se oculta un poder que en cualquier minuto puede convertirlo todo en ruinas? Los súbditos que no reconocen la inviolabilidad de los regentes son estimulados por la esperanza de la licencia para obtener predominio y consentimiento, y entre los horrores de la anarquía y la preeminencia, ellos no podrán establecer para sí esta libertad obediente que es el centro y el alma de la vida pública”[4]

 

En tercer lugar, mientras que el Zemsky Sobor de 1613 fue, por supuesto, una elección, no fue de ninguna manera una elección democrática en el sentido moderno, sino más bien un reconocimiento de la elección de Dios a un regente en base al modelo de la elección de Jefté por parte de los israelitas (Jueces 11.11). Porque, como el padre Lev Lebedev escribe: “¡Los zares no son elegidos! Y un Consejo, incluso un Zemsky Sobor, no puede ser la fuente de su poder. El reino es un llamado de Dios, el Consejo puede determinar quién es el Zar legítimo y convocarlo”[5].

 

Nuevamente, como Iván Solonevich escribe: “cuando, luego de la Época de Inestabilidad, se planteó la cuestión referente a la restauración de la monarquía, no hubo un ápice de una ‘elección para el reino’. Hubo una ‘búsqueda’ de las personas que tuviesen los derechos hereditarios más elevados para el trono. Y no una ‘elección’ por el más digno.   No hubo, y no pudo haber habido, ningún ‘merito’ en el joven Miguel Fyodorovich. Pero ya que solo el principio hereditario otorga la ventaja de la indiscutibilidad absoluta, fue esto es que se basó la ‘elección’.”[6]

 

San Juan Maximovich escribe: “Es casi imposible el elegir a alguna persona como Zar por sus cualidades; Ya que cada uno evalúa a sus candidatos desde su propio punto de vista...

 

“¿Qué atrajo los corazones de todos hacia Michael Romanov? No tenía experiencia en el arte de gobernar, ni había hecho ningún servicio al Estado. No se distinguía por la sabiduría de estadista de Boris Godunov o por la eminencia de su raza, como era la de Basilio Shursky. Tenía dieciséis años, y ‘Misha Romanov’, como generalmente se le conocía, todavía no había administrado para demostrarse digno de algo. Pero, ¿por qué el pueblo ruso se apoyó en él y por qué con su coronación terminaron todas las disputas y disturbios relacionados con el trono real? El pueblo ruso anhelaba un Soberano legítimo, ‘nativo’, y estaba convencido de que sin él no podía haber orden ni paz en Rusia. Cuando Boris Godunov y el príncipe Basilio Shuisky fueron electos, a pesar de que tenían, en cierto grado, derechos al trono por su parentesco con los zares anteriores, no fueron elegidos en razón de sus derechos exclusivos, sino que se tomó en cuenta sus personalidades. No había en su caso una estricta sucesión legal. Esto explica el éxito de los pretendientes. Sin embargo, es casi imposible el elegir a alguien como zar por sus cualidades. Cada cual evaluaba a los candidatos desde su punto de vista. No obstante, la ausencia de una ley definitiva que hubiera proporcionado a un heredero en el caso de que se cortara la línea sucesoria de los Grandes Príncipes y Zares de Moscú hizo necesario que el mismo pueblo indicara a quién querían como Zar. Los descendientes de los príncipes infantes, [7] a pesar de que viniesen de la misma raza que la de los zares de Moscú (y nunca olvidaban esto), eran a ojos de la gente simples nobles, ‘siervos’ de los soberanos de Moscú; su lejano parentesco con la línea real ya había perdido su significancia. Además, era difícil establecer con precisión cuál de los descendientes de San Vladimir por parte masculina tenía más motivos para ser reconocido como el heredero más cercano a la extinta línea real. En tales circunstancias, todos se unieron en sugerir que la extinta rama real debería ser continuada por el pariente más cercano del último ‘nativo’ legitimo Zar. Los parientes más cercanos del zar Teodoro Ioannovich eran sus primos por parte de madre: Teodoro, como monje; Filareto, e Ivan Nikitich Romanov, ambos que tenían hijos. En ese caso, el trono tenía que pasar a Teodoro, como el mayor, pero su condición de monje y el rango de Metropolita de Rostov eran un obstáculo para ello. Su heredero fue su único hijo Miguel. Así, la cuestión ya no era sobre la elección de un Zar, sino sobre el reconocer de si una persona determinada tenía los derechos al trono. El pueblo ruso, atormentado por el la época de inestabilidad y la anarquía, acogió con satisfacción esta decisión, ya que vio que el orden solo podía ser restaurado por un zar ‘nativo’ legítimo. El pueblo recordó los servicios de los Romanov a su patria, sus sufrimientos por la misma, la mansa zarina Anastasia Romanova, la firmeza de Filareto Nikitich. Todo esto atrajo aún más fuertemente los corazones de la gente hacia el zar anunciado. Pero estas cualidades también las poseían algunos otros estadistas y afligidos por Rus. Y esta no fue la razón de la elección del Zar Miguel Romanovich, sino el hecho de que en él Rus vio a su Soberano más legítimo y nativo.”

 

“En las actas sobre la elección al reino de Miguel Fyodorovich, se evitó cuidadosamente la idea de que ascendía al trono en virtud de su elección por el pueblo, y se señaló que el nuevo zar era el elegido de Dios, el descendiente directo del último Soberano legítimo”[8].

 

Cuarto, el zar está por encima de la ley. Como Solonevich escribe: “La fundamental idea de la monarquía rusa esta vivida y claramente expresada por A.S. Pushkin justo antes del fin de su vida: ‘Debe haber una persona que esté por encima de todos, incluso por encima de la ley’. En esta formulación, ‘un hombre’, el Hombre es colocado con letras mayúsculas por encima de la ley. Para el tipo de mentalidad romano-europea, para la cual la ley lo es todo, esta formulación es completamente inaceptable:  dura lex, sed lex. La mentalidad rusa coloca, al hombre, a la humanidad, al alma por encima de la ley, dándole a la ley solo el lugar que debe ocupar: el lugar ocupado por las normas de tránsito. Con sus correspondientes sanciones – por supuesto – cuando uno conduce sobre el lado izquierdo. El hombre no es para el Sabbath, sino que el Sabbath es para el hombre. No es que el hombre sea para el cumplimiento de la ley, sino que la ley es para la conservación del hombre...

 

“La historia entera de la humanidad está llena de luchas entre tribus, pueblos, naciones, clases, estados, grupos, partidos, religiones y de lo que quieras. Casi como lo expresara Hobbes: ‘la guerra entre todos en contra de todos’ ¿Cómo vamos a encontrar un punto de apoyo neutral en esta lucha? ¿Un árbitro por encima de las tribus, naciones, pueblos, clases, estados, etc.? ¿Uniendo al pueblo, clases y religiones en un todo común? ¿Sometiendo a los intereses de las partes a los intereses del todo? ¿Y que posicione a los principios morales por sobre el egoísmo, que es siempre lo que caracteriza a cualquier grupo de personas que se arroja hacia la cima de la vida pública?”[9]

 

Pero si el Zar está por encima de la ley, como puede que no sea un tirano, en base a las famosas palabras de Lord Acton; “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”?

 

Para responder a esta pregunta debemos recordar. Primero; que como hemos visto, el poder del Zar no es absoluto en la medida en que está limitado por la ley de Dios y la Ortodoxia.

 

Segundo, no son solo los zares, sino los regentes de todos los tipos los que son sujeto de tentaciones de poder. De hecho, estas tentaciones pueden incluso ser peores con gobernantes democráticos; porque mientras que el Zar está por encima de todos los intereses de las facciones, un presidente electo representa necesariamente los intereses sólo de su partido a expensas de la totalidad del país. “El pensamiento occidental” escribe Solonevich “oscila entre la dictadura del capitalismo a la doctrina del proletariado, pero nada de lo que este pensamiento representa ha pensado siquiera sobre ‘la dictadura de la conciencia’.”[10]

 

“La característica distintiva de la monarquía rusa, que le fue conferida en su nacimiento, consiste en el hecho de que la monarquía rusa expresó la voluntad no de los más poderosos, sino la voluntad de toda la nación, moldeada religiosamente por la Ortodoxia y moldeada políticamente por el Imperio. La voluntad de la nación, moldeada religiosamente por la Ortodoxia debe ser ‘la dictadura de la conciencia’. Solo de esta forma podemos explicar la posibilidad del manifiesto del 19 de febrero de 1861 [cuando el Zar Alejandro II liberó a los campesinos]: ‘la dictadura de la conciencia’ fue capaz de sobreponerse a la oposición de la clase dominante, y la clase dominante se mostró impotente. Siempre debemos tener presente esta distinción: la monarquía rusa es la expresión de la voluntad, es decir: de la conciencia, de la nación, no de la voluntad de los capitalistas, que expresaron los dos Napoleones franceses, ni de la voluntad de la aristocracia, que todas las demás monarquías de Europa expresaron: la monarquía rusa es la aproximación más cercana al ideal de la monarquía en general. Este ideal nunca fue alcanzado por la monarquía rusa, por la conocida razón de que ningún ideal es realizable en nuestra vida. En la historia de la monarquía rusa, así como en la totalidad de nuestro mundo, hubo períodos de decadencia, de desviación, de fracaso, pero también hubo períodos de recuperación como nunca ha conocido la historia mundial”.[11]

 

Ahora el poder estatal, que, como el poder en la familia o en la tribu, siempre incluye siempre en sí mismo un elemento de coerción, “se construye de tres maneras: por herencia, por elección y por golpe de Estado: monarquía, republica, dictadura. En practica todas estas cambian de posiciones: el hombre que se apodera del poder se convierte en un monarca hereditario (Napoleón I), el presidente electo se convierte en lo mismo (Napoleón III), o lo intenta (Oliver Cromwell). El ‘canciller’ elegido, Hitler, se convierte en un apoderado del poder. Pero, aun así, estas en general son excepciones.

 

“Tanto una república como una dictadura presuponen una lucha por el poder, democrática en el primer caso y necesariamente sangrienta en el segundo: Stalin – Trotsky, Mussolini-Matteotti, Hitler-Röhm. En una república, por regla general, la lucha es incruenta. Sin embargo, incluso una lucha incruenta no es completamente sin costo alguno. Aristide Briand, quien llego a ser Primer Ministro francés varias veces, admitió que el 95% de su fuerza se gastó en la lucha por el poder y solo el cinco por ciento en el trabajo del poder. E incluso este cinco por ciento fue excepcionalmente efímero.

 

“Elección y apoderamiento son, por así decirlo, métodos racionalistas. El poder hereditario es, estrictamente hablando, el poder del azar, indiscutible, tan solo porque lo azaroso del nacimiento es completamente indiscutible. Uno puede reconocer o no reconocer el principio de la monarquía en general. Pero nadie puede negar la existencia del derecho positivo que otorga el derecho de heredar el trono al primogénito del monarca reinante. Recurriendo a una comparación algo burda, esto es algo así como un as en las cartas… Un as es un as. Sin elección, sin mérito y, en consecuencia, sin disputa. El poder pasa sin pelea ni dolor: el rey ha muerto, ¡larga vida al rey!”.[12]

 

Uno debe aquí de interrumpir el argumento de Solonevich para considerar su uso de la palabra “azar”. El hecho de que un hombre herede el trono sólo por ser el primogénito de su padre puede ser “por azar” desde el punto de vista humano. Pero desde el punto de vista Divino es elección. Porque, como escribe el obispo san Ignacio Brianchaninov: “¡No hay ciego azar! Dios gobierna el mundo, y todo lo que toma lugar en el cielo y todo lo que sucede en el cielo y debajo de los cielos sucede según el juicio del Dios Omnisapiente y Todopoderoso”.[13]

 

Además, como el obispo Ignacio también escribe: “en la santa Rusia, en virtud del espíritu del pueblo piadoso, el Zar y la patria constituye un todo, como en la familia los parientes y sus hijos constituyen un todo”[14]  Siendo así, era natural que la ley de sucesión debiese ser hereditaria, de padre a hijo.

 

Solonevich continua: “El humano individual, nacido por azar como heredero al trono, es colocado en circunstancias que le garantizan a él la mejor preparación profesional posible desde un punto de vista técnico. Su Majestad el Emperador Nicolás Alexandrovich era probablemente una de las personas más cultas de su tiempo. Los mejores profesores de Rusia le enseñaron derecho y estrategia e historia y literatura. Él hablaba con completa desenvoltura en tres lenguas extranjeras. Su conocimiento no era unilateral… y era, si se pudiese expresar así, un conocimiento viviente…

 

“El zar ruso estaba a cargo de todo y estaba obligado a conocerlo todo; por supuesto, en la medida de lo humanamente posible. Él era un ‘especialista’ en esa esfera que excluye toda especialización. Esta era una especialidad que estaba por encima de todas las especialidades del mundo y las abarcaba a todas. Es decir, el volumen general de erudición del monarca ruso abarcaba aquello que toda filosofía tiene en mente: la concentración en un punto de la suma total del conocimiento humano. Sin embargo, con esta cualificación colosal, el acrecentamiento de ‘la suma de conocimientos’ de los zares rusos se daba de manera continua y partía de la práctica viva del pasado y se constataba con la práctica viva del presente.

 

Cierto, así es como se chequea casi toda la filosofía, por ejemplo, con la de Robespierre, Lenin y Hitler, pero, afortunadamente para la humanidad, tal chequeo se lleva a cabo con relativa rareza...

 

 “El heredero al Trono, luego poseedor del Trono, es puesto en tales condiciones bajo las cuales las tentaciones son reducidas… al mínimo. Se le da todo lo que necesita de antemano. Al nacer recibe una orden que, por supuesto, no es meritoria, y la tentación de la vanagloria queda liquidada desde el embrión.

 

Está absolutamente provisto materialmente: la tentación de la avaricia queda liquidada desde el embrión. Él es el único que tiene el Derecho, y así la competencia se desvanece, junto con todo lo relacionado a esta. Todo está organizado de tal manera que el destino personal del individuo debe fundirse en un todo con el destino de la nación. Todo lo que una persona querría tener para sí mismo, ya le se le es dado. Y la persona se funde automáticamente con el bienestar general.

 

“Uno puede decir que todo esto lo han poseído también dictadores del tipo de un Napoleón, Stalin o Hitler. Pero esto sería menos de la mitad de la verdad: todo lo que tiene el dictador lo conquistó, y todo esto lo debe defender constantemente, tanto contra los competidores como contra la nación. El dictador se ve obligado a demostrar cada día que él es precisamente el más brillante, grande, magnánimo e inimitable, pues si no es él, sino otro, el más brillante, entonces es evidente que ese otro tiene el derecho al poder…

 

“Podemos, por supuesto, querellar en contra del principio del mismo ‘azar’. Un punto de vista banal, racionalista, lastimosamente científico, suele formularse así: el azar del nacimiento puede producir un hombre defectuoso. Pero nosotros, elegiremos a los mejores... Por supuesto que, ‘la casualidad del nacimiento’ puede producir un hombre defectuoso. Tenemos ejemplos de esto: el Zar Teodoro Ivanovich. Nada terrible paso. Porque la monarquía ‘no es la arbitrariedad de un solo hombre’, sino ‘un sistema de instituciones’, un sistema puede funcionar temporalmente incluso sin un ‘hombre’. Pero las simples estadísticas muestran que las probabilidades de eventos de tal ‘causalidad’ son muy pequeñas. Las probabilidades de que aparezca ‘un genio en el trono’ es aún menor.

 

“Procedo del axioma de que un genio en política es peor que la peste. Porque un genio es una persona que piensa en algo que en un principio es nuevo. Al idear algo que en un principio es nuevo, este invade la vida orgánica del país y lo paraliza, como lo hicieron Napoleón, Stalin y Hitler…  

 

“El poder del Zar es el poder del promedio, del hombre de inteligencia promedio sobre doscientos millones de personas de inteligencia promedio… V. Klyuchevsky dijo con cierta perplejidad que los primeros príncipes moscovitas, los primeros unificadores de la tierra rusa, eran gente completamente promedio: - y, sin embargo, mirad, unificaron a la tierra rusa. Esto es bastante simple: la gente de la media ha actuado en interés de la gente de la media y la línea de la nación ha coincidido con la línea del poder. Así es que, la gente de la media del ejército novogorodiano se pasó al lado de la gente de la media de Moscú, mientras que la media de la URSS está huyendo en todas direcciones del genio de Stalin”[15]

 

El metropolita Filaret de Moscú expreso la superioridad del principio hereditario sobre el electivo en lo siguiente: ““¡Qué conflicto produce la elección de cargos públicos en otros pueblos! ¡Con qué conflicto y a veces también con qué alarma estos logran la legalización del derecho de elección pública! Entonces comienza la lucha, a veces extinguiéndose ya veces resurgiendo, a veces por la extensión ya veces por la restricción de este derecho. A la extensión incorrecta del derecho de elección social le sigue su uso incorrecto. Sería difícil creerlo si no leyéramos en periódicos extranjeros que se venden los votos electivos; que la simpatía o falta de simpatía por los que buscan la elección se expresa no sólo con votos a favor y votos en contra, sino también con palos y piedras, como si un hombre pudiera nacer de una bestia, y de un asunto racional saliese la furia de las pasiones; así es que la gente ignorante elige entre aquellos en los que se prevé sabiduría del Estado, la gente sin ley participa en la elección de los futuros creadores de leyes, los campesinos y los artesanos discuten y votan, no sobre quién podría mantener mejor el orden de la villa o de la sociedad de artesanos, sino sobre quién es capaz de administrar el Estado.”

 

“¡Gracias a Dios! Esto no es en nuestra patria. El poder Autocrático, establecido sobre la antigua ley de heredad, la cual una vez, en un tiempo en que una heredad fue menester, se ha renovado y fortalecido sobre sus bases anteriores por una elección pura y racional, se mantiene en firmeza inviolable y actúa con tranquila majestad. Sus súbditos no piensan en luchar por el derecho a la elección de los cargos públicos en la seguridad de que las autoridades velan por el bien común y saben a través de quién y cómo construirlo.”[16]

 

“Dios, a imagen de su único gobierno en los cielos: ha establecido a un Zar en la tierra; a imagen de su poder omnipotente; Él ha establecido un zar autocrático; a imagen de Su Reino eterno, que continúa por los siglos de los siglos, Él ha establecido a un zar hereditario.”[17]

 

Un presidente electo es instalado por la voluntad del hombre, y puede decirse que es instalado por la voluntad de Dios solo indirectamente, por permiso. En contraste, la determinación de quién nacerá como heredero al trono está completamente más allá del poder del hombre, y por lo tanto completamente dentro del poder de Dios. Por lo tanto, el principio hereditario asegura que el Zar será de hecho elegido; pero por Dios, no por el hombre.

 



[1] Kliuchevsky, A Course in Russian History: The Seventeenth Century, (en español: Un curso de Historia rusa; El siglo diecisiete) Armonk, NY: M.E. Sharpe, 1994, p. 60.

[2] Nota de Traductor – El lector en el capítulo VII “El misterio de la abdicación del Zar” podrá interiorizarse más aun sobre el alcance de esta maldición.

[3] Metropolita Philaret, "Slovo v den' Blagochestivejshego Gosudaria Imperatora Nikolaia Pavlovich" (Sermón en el día de su más piadosa majestad el Emperador Nicolas Pavlovich)

[4] Metropolita Philaret, Sochinenia (Obras), 1848, vol. 2, p. 134; Pravoslavnaia Zhizn’ (Orthodox Life), 49, N 9 (573), Septiembre, 1997, p. 6.

[5] Lebedev, Velikorossia, San Petersburgo, 1999, p. 126.

[6] Solonevich, Narodnaia Monarkhia (Monarquía Popular), Minsk, 1998, pp. 82-83.

[7] N. de T. – En ingles figura como “appanage princes”, la palabra “appenage” en inglés, es tomada directamente del francés (apenage) y hace alusión a los hijos más jóvenes de los reyes europeos, a quienes, mediante este sistema, se les garantizaba un título, ya que no tenían posibilidad de heredar el trono bajo el sistema de primogenitura, que hacía que le correspondiese en la sucesión del reino al hijo más antiguo; al primogénito. En español se traduce como infantazgo.

[8] San Juan Maximovich, Proiskhozhdenie zakona o prestolonasledii v Rossii (El origen de la Ley de sucesión en Rusia), Podolsk, 1994, pp. 13, 43-45.

[9] Solonevich, op. cit., pp. 84, 85.

[10] Solonevich, op. cit., pp. 85-86.

[11] Solonevich, op. cit., p. 86.

[12] Solonevich, op. cit., p. 87.

[13] san Ignacio Brianchaninov, “Sud’by Bozhii” (Los juicios de Dios), Polnoe Sobranie Tvorenij (Colección de obras completas), volumen II, Moscú, 2001, p. 72.

[14]san Ignacio Brianchaninov, Pis’ma (Cartas), Moscú, 2000, p. 781.

[15] Solonevich, op. cit. , pp. 87-88, 89-90, 91-92.

[16] Metropolitano Filaret, Sochinenia (Obras), 1861, vol. 3, pp. 322-323; Pravoslavnaia Zhizn’ (Orthodox Life), 49, N 9 (573), Septiembre, 1997, p. 9.

[17] Metropolita Filaret, Sochinenia (Obras), 1877, vol. 3, p. 442; Pravoslavnaia Zhizn’ (Orthodox Life), 49, N 9 (573), Septiembre, 1997, p. 5.

sábado, 10 de diciembre de 2022

¿CUÁL ES EL PODER DE DIOS?


                             Vladimir Moss


La cuestión sobre los límites adecuados de obediencia al poder político ha preocupado a los cristianos desde el tiempo de los primeros mártires, quienes confesaron lealtad al emperador romano pagano, pero se negaron a obedecerle en aquello que conflictuaba con la suprema soberanía de Dios. Este problema; el problema, por así decirlo, de trazar la línea entre aquello de lo que es de Dios y aquello de lo que es del Cesar (o del Faraón) se ha vuelto particularmente difícil y disyuntivo en los últimos dos siglos, desde que la Revolución Francesa infecto a todo el mundo con el afán de libertad. Tanto las iglesias griegas como las rusas han sufrido grandes cismas debido a sus divergentes respuestas en torno a la cuestión de: ¿Cuál es el poder de Dios? Es así que cuando los griegos del Peloponeso se levantaron en contra del poder turco en 1821, terminaron siendo anatematizados por el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, conllevando a un cisma entre las Iglesias de Grecia y Constantinopla que duro hasta 1852. De nuevo, cuando la Iglesia Rusa se levantó en contra del poder soviético en 1918 y lo anatematizó, se conformó una reacción de jerarcas pro-soviéticos, quienes arrojaron hacia las catacumbas a los fieles de los decretos de 1918.

 

En el siglo XIX, el estudio más profundo y extenso sobre esta cuestión provino de la pluma del metropolita Filareto de Moscú, quien refuto a la propaganda anti-zarista de la intelligentsia liberal rusa al demostrar que el poder del Zar en el Estado, al ser – por así decirlo – una extensión del poder del Padre en la familia (ya que el Estado se conforma a través de un amalgama de muchas familias) es natural y está establecido por Dios.[1] Sin embargo, el metropolita respondió directamente tan solo a una mitad, y la mitad menos difícil, de la cuestión. Concediendo que el poder del Zar, y el poder monárquico en general, es de Dios ¿Qué hay del poder que lucha en contra de este poder establecido por Dios, que lo usurpa y lo derroca? ¿Debemos verlo de forma tan tolerante como así vio la Iglesia a los múltiples golpes de Estado que elevaron hacia el trono a sucesivos emperadores de la Nueva Roma de Constantinopla?  ¿Cómo debemos de considerar a los regímenes democráticos actuales, que no solo llegaron al poder sobre los cadáveres de los legítimos monarcas, sino que incluso niegan el principio monárquico en sí mismo? Aún más pertinente para los actuales cristianos ortodoxos rusos es ¿Qué decir del poder soviético, que no solo asesino a los monarcas y negó el principio monárquico, sino que renegó del mismísimo origen y fuente de toda autoridad legítima, Dios Mismo?

 

Ya que algunos dicen que el poder soviético, también, fue (o es) legítimo y tuvo que obedecerse en medida de que “todo poder es de Dios” (Romanos 13.1)   

Otros afirman que el poder soviético era el Anticristo, no en el sentido de que era el último gobernante anticristiano, “el hombre impío, el hijo de perdición”, (II Tesalonicenses 2:3) a quien el Señor destruirá en Su Segunda Venida, sino más bien en el sentido de que era una de las cabezas o cuernos de esa bestia cuyo “poder y trono y gran autoridad” no provienen de Dios, sino del “dragón”, es decir, Satanás (Apocalipsis 13:3).

 

Esta Bestia del comienzo del libro del Apocalipsis, según el común consenso de los Santos Padres, es de hecho el Anticristo, cuyas siete cabezas y diez cuernos representan una serie de reinos anticristianos que culminan en “otro cuerno pequeño (...) y he aquí que este cuerno tenía ojos como de hombre, y una boca que hablaba grandes cosas” (Daniel 7.8): el falso rey de los judíos.

 

Por esto la pregunta es la siguiente: ¿Puede el poder soviético ser interpretado como “¿el Anticristo colectivo” quién antecede al último Anticristo “individual”, que, al compartir su esencia, que se puede decir que se establecerá no por Dios, sino por Satanás?

 

*

 

Pero como, se puede preguntar ¿Puede ser algún poder de Satanás cuando tenemos la explicita declaración de san Pablo de que todo poder es de Dios?        

 

Para entender el verdadero significado de las palabras de san Pablo, tenemos que tomar en cuenta el contexto en el que fueron escritos estos versos. En el capítulo anterior (Romanos 12), san Pablo había elaborado la enseñanza cristiana sobre el amor, la unidad y la no resistencia al mal “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres” (vv. 17, 21).           

 

Habiendo elaborado esta enseñanza sobre la esfera personal, en la esfera de las relaciones entre los individuos, san Pablo procede a elaborar la misma enseñanza en la esfera política, la esfera de las relaciones entre los grupos de individuos y el Estado. Así como nos exhorta a no resistir a el Mal con el Mal en la esfera personal, ahora nos exhorta a no resistir a el Mal con el Mal en la esfera política. Como Vladimir Rusak explica en otros términos, estas palabras constituyen un llamado a la obediencia condicional y a una renunciación de la acción revolucionaria.[2]

 

¿Sobre qué se basa la obediencia condicional? Para el gobernante en ser, en palabras de san Pablo: “castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien” (1 Pedro 2:14). Solo tal gobernante es “establecido por Dios”; solo tal gobernante recibe su autoridad de Dios.

 

En acuerdo con esta definición, Pilatos debió de ser un gobernante verdadero a quien se le debía haber obedecido justo hasta antes de que condenase a muerte a Cristo. Pero cuando este condeno al Único Justo, Cristo, y elevo al injusto, Barrabas, perdió toda autoridad real. Porque “Sin la justicia – escribe san Agustín – ¿qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones?”[3]

 

Sin embargo esto no significa que una rebelión armada en contra de dicho gobernante estuviese necesariamente justificada; al debe ser resistido por medios que sean buenos, y la guerra civil, como señala el Metropolitano Antonio Khrapovitsky, está entre los males más grandes.[4] Pero si significa que debemos resistir espiritualmente a la injusticia de tal gobernante. Es más, si el mal al obedecer a un gobernante cuya injusticia y blasfemia en demasía se sobrepasa, puede ser correcto resistir a tal gobernante incluso por medios físicos, al ser el mal menor de entre los males.   Es así que San Hermógenes, Patriarca de Moscú, llamo a la lucha armada en contra del falso zar Dimitri en 1611. Y el metropolita Antonio y el Concilio de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exilio llamaron a una Cruzada en contra del poder soviético en 1921…

A pesar de esto, grosso modo todas las autoridades, incluso aun cuando estas cometen injusticia – y todos los gobernantes son injustos en ocasiones – aún pueden considerarse como establecidas por Dios.

 

En este sentido san Juan Crisóstomo explica, que la autoridad política como tal y en principio es buena y necesaria en nuestro mundo caído con el fin de refrenar nuestra naturaleza caída. En la vida del mundo que vendrá no habrá necesidad de política, así como no habrá necesidad del matrimonio. Pero hasta ese tiempo, el poder político será necesario para sofrenar la tendencia caída del hombre a la rebeldía y a la perfidia, así como el matrimonio lo es para su tendencia a la fornicación y la conscuspisencia.  “La anarquía” escribe san Isidoro de Pelusio “es siempre el peor de los males (…) Y esto es porque, aunque el cuerpo es un todo, no todo es de un idéntico honor, porque algunos miembros rigen mientras que otros se encuentran en sujeción. Por eso estamos en lo correcto cuando decimos que las autoridades – esto es, las autoridades y el poder real – son establecidas por Dios para que la sociedad no pueda caer en desorden”[5].

“Pero – continua San Isidoro – si algún malvado se apodera ilegalmente del poder, no decimos Dios lo ha establecido, mas decimos que ha sido permitido, ya sea para escupir toda su argucia, o para escarmentar a aquellos para los que la crueldad es necesaria, tal como el rey de Babilonia dio escarmiento a los judíos”[6] En otras palabras, se puede decir que Dios le permite a cualquier gobernante el gobernar de la misma manera que a los pecadores se les permite pecar. Es en este sentido, por así decirlo, que Dios no les impide a estos el ejercicio de su libre albedrio, ya sea para que colmen la medida de sus pecados antes de ser llevados a juicio, o en orden de castigar a quienes se encuentran sometidos a estos por sus pecados.[7] Es así que el poder soviético, aunque no ha sido establecido por Dios, puede decirse que ha sido permitido por Él con el fin de castigar al pueblo ruso por sus pecados.

 

Ahora San Pablo exhorta a los cristianos no solo a orar por los reyes, que eran paganos impíos y enemigos de la Iglesia en ese momento, sino incluso a dar gracias por ellos “y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad” (1 Timoteo 2.1). ¿Pero existe la posibilidad de que san Pablo pudiese haber dado sinceramente las gracias por las sangrientas persecuciones a la Iglesia? ¡Ciertamente no! Sus palabras pueden interpretarse de dos maneras, o bien él da gracias por el principio de autoridad, de la ley y del orden, que los emperadores paganos generalmente —cuando no estaban persiguiendo a la Iglesia— encarnaban, y que de la misma manera preservo al propio san Pablo de la ira de los judíos de Jerusalén y favoreció en el expandir rápidamente hacia todos lados al Cristianismo desde las fronteras de Persia en el Este y hasta el muro de Adriano en el Oeste. Esta interpretación es la más obvia.

 

Sin embargo, hay otra una profunda interpretación sugerida por el metropolita Filareto de Moscú: “El Espíritu de Dios en su providencia mostró de manera más o menos visible la luz futura de los Reinos Cristianos. Su visión divinamente inspirada, penetrando a través de los futuros siglos, encontró a Constantino, quién brindo paz a la Iglesia y santifico al reino por la fe; y a Teodosio y Justiniano, quienes defendieron a la Iglesia de la imprudencia de los herejes. Por supuesto él va a ver a Vladimir y Alejandro Nievsky y a muchos otros como propagadores de la fe, defensores de la Iglesia y guardianes de la Ortodoxia. Después de esto no es sorpresa alguna que San Pablo pudiera escribir: Yo los exhorto no solo a orar, sino también a dar gracias al rey y a todos los que tienen autoridad porque no solo es necesario rezar con pena por aquellos reyes y autoridades…, sino también por aquellos a quienes debemos agradecer con gozo a Dios por Su don precioso”[8].

 

En general, le es atribuida una autoridad al Imperio Romano, del que Mismo Señor estaba registrado como ciudadano, y que en sus reencarnaciones cristianas como la Nueva Roma de Constantinopla y la Tercera Roma de Moscú desempeñó un papel tan importante en la preservación del cristianismo ortodoxo, y del cual su remoción final, de acuerdo con los Santos Padres, marcará el comienzo del reino del Anticristo. Esta es la causa de que el gobernante británico Ambrosio Aureliano se autoproclamara como “el último de los romanos”, a pesar de que en su época, ya a finales del siglo V, las legiones romanas, ya hace mucho tiempo que se habían marchado de Bretaña. Y este también es la causa, de que ya tan lejos como en el siglo X, el rey ingles Atlestan se autoproclamara como “Basileo”, declarando de este modo que su Estado de alguna manera seguía siendo romano.

 

Todos los cristianos estaban obligados a reverenciar la autoridad del emperador romano cristiano por encima de cualquier otra autoridad política, aun a pesar de que estos vivieran bajo la autoridad de otros gobernantes. Fue así que cuando el Patriarca Jeremías II de Constantinopla estableció el Patriarcado Ruso en 1589, el confirmó que el Zarato Ruso era “la Tercera Roma” y declaro, al dirigirse al Zar: “Eres el único autócrata del universo, el único zar de todos los cristianos del mundo”[9] No todos los líderes cristianos mantuvieron esta legado, y hay un incidente interesante de la vida del esquema-hieromonje Hilarión el Georgiano, que ilustra cuán peligroso podría ser tal olvido.

 

Durante la guerra de Crimea de 1854-1856, cuando los ejércitos rusos estaban peleando en contra de los turcos y sus aliados occidentales en suelo ruso, el Patriarca Ecuménico emitió una orden a todos los monasterios de Monte Athos para que rezaran por el triunfo de los ejércitos turcos durante la guerra. Al escuchar esto, el anciano georgiano, Hilarión dijo sobre el Patriarca: “Él no es cristiano”[10] y cuando el escucho que los monjes del monasterio de Gregoriu, habían llevado a cabo las órdenes del Patriarca, dijo: “Usted ha sido privado de la gracia del santo Bautismo, y han privado a su monasterio de la gracia de Dios”. Y cuando el Abad llego al anciano para arrepentirse, él le dijo al Abad: ‘¿Cómo te has atrevido, desgraciado, a elevar a Mahoma por sobre Cristo? Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, le dice a su Hijo: «Siéntate a mi diestra. Hasta que ponga a tus enemigos a tus pies» (Salmos 109:1). ¡Pero tú le pides que ponga a Su hijo bajo los pies de Sus enemigos! Además, en una carta al jefe de la cancillería del Santo Sínodo ruso, el anciano Hilarión escribió: “Los reyes de los otros pueblos [es decir, no el Zar ruso] a menudo se hacen pasar por algo grande, pero ninguno de ellos es un rey en realidad, solo se adornan y se halagan a sí mismos con un gran nombre, pero Dios no está favorablemente dispuesto hacia ellos y no mora en ellos. Reinan solo en parte, por la condescendencia de Dios. Por lo tanto, aquel que no ama a su Zar por Dios establecido no es digno de ser llamado cristiano...”[11]

 

Esta autoridad permaneció a pesar de que en ciertos momentos el Imperio Romano adquirió más la forma de la bestia que la del “ministro de Dios”. Mientras que algunos de los frutos del árbol estaban infectados por influencias malévolas desde afuera, su raíz y tronco permanecieron buenos al estar establecidos por el único Bueno. Esta es la razón de porque era de incumbencia a todos los cristianos el orar y dar gracias por los Emperadores romanos, sean los de la Antigua, los de la Nueva, o los de la Tercera Roma, así, como san Serafín expresaba: “Después de la Ortodoxia, la celosa devoción al Zar es el primer deber del ruso y el fundamento principal de la verdadera piedad cristiana”[12]

 

En otras palabras, la autoridad establecida por Dios, al ser uno de los dones del Espíritu Santo (1 Corintios 12.27), es potestad en primer lugar solo a los Emperadores Romanos Cristianos y a aquellos otros regentes cristianos que recibieran la unción verdadera de la Santa Iglesia. En un sentido secundario, puede decirse también que es potestad de otros regentes, quienes pueden se gobernantes no cristianos que mantienen el principio básico de la ley y el orden en contra de las fuerzas de la anarquía y la revolución. Sin embargo, esta clase secundaria de autoridad es solo parcial y relativa; y la autoridad de los verdaderos regentes cristianos es la que debe de ser reverenciada por los cristianos más allá de cualquier otro tipo de autoridad política, aun si esta última fuese la autoridad bajo la cual ellos viven.

 

¿Hubo gobernantes por los cuales la Iglesia primitiva se negó a orar y dar gracias? Sí: en el siglo IV, San Basilio el Grande oró por la derrota de Juliano el Apóstata, y fue a través de sus oraciones que el apóstata fue asesinado, como Dios se lo reveló al santo eremita Julián de Mesopotamia[13]. Esto plantea la interesante pregunta: ¿Qué era diferente en Juliano el Apóstata que lo hizo mucho peor a los perseguidores anteriores e indigno inclusive de las gracias y los honores que a estos se les tributaba? ¿Fue porque era un apóstata de la fe cristiana? ¿O porque intentó ayudar a los judíos a reconstruir el Templo[14] y, de esa manera, se convirtió de manera muy directa en un precursor del Anticristo?

 

*

 

Debemos de revisar cada una de estas cuestiones por separado. De la primera se puede decir lo siguiente. Un gobernante es una autoridad verdaderamente establecida por Dios, si este proporciona un grado mínimo de ley y orden. Tal gobernante puede ser uno cristiano o incluso uno pagano; porque inclusive los paganos pueden ser buenos gobernantes en un sentido meramente político, y los primeros cristianos no encontraron dificultad en obedecer y honrar a los emperadores paganos en todo excepto en sus políticas religiosas.            

 

No obstante, un apostata de la fe verdadera representa una amenaza mucho más peligrosa para el pueblo cristiano. Ya que los feligreses más débiles pueden ser tentados a obedeceré, no tan solo en sus demandas políticas, sino también en su política religiosa, al considerarle como un cristiano bautizado. Es más, el gobernante apostata puede atacar a la autoridad de gobernantes ortodoxos anteriores, al declarar que estos no solo eran herejes religiosos, sino que también eran traidores políticos u usurpadores. Por lo tanto, un gobernante apostata dispone la habilidad de socavar tanto los cimientos del Estado como los de la Iglesia.

 

Ciertamente es verdad que algunos de los periodos más críticos en la historia de la Iglesia han coincidido con los reinados de gobernantes apóstatas. Es por esto que fue muy tenaz la Iglesia en su condenación a los gobernantes del siglo IX y X, más aún que con los gobernantes paganos de los tres primeros siglos cristianos. Al mismo tiempo, no existe evidencia de que la Iglesia conminara a los fieles de aquellas épocas a que se negasen a pagar impuestos o dar servicio militar a los emperadores iconoclastas, aun menos de que se levantaran en una rebelión abierta en contra de estos. De hecho, las Actas del Séptimo Concilio Ecuménico dejan claro que los confesores de la verdad oraban por el éxito de los emperadores iconoclastas en asuntos militares mientras los reprendían por su impiedad. Quizás esto fuese porque si bien los emperadores iconoclastas no continuaron con las tradiciones religiosas de la Roma Cristiana, si con sus tradiciones políticas, por lo que podían seguirse considerando como autoridades en el sentido político. 

 

O tal vez la Iglesia pudo providenciar que el último de los gobernantes iconoclastas moriría y que sería sucedido por los regentes ortodoxos Miguel y Teodora; es decir, que el barco del Estado podría estar a tiempo de enderezarse a sí mismo sin que fuese necesaria ningún tipo de acción para su corrección.

 

Un ejemplo más ambiguo es el de la invasión normanda a Inglaterra en 1066. El regente normando, Guillermo el Conquistador, fue coronado como  primer rey católico de Inglaterra el 6 de enero de 1067, un año y un día antes del 5 de enero del año 1066, cuando Rey Eduardo el Confesor, el antecesor de Harold, antes de morir profetizo: “Dado que aquellos que han alcanzado los más altos cargos en el reino de Inglaterra, los condes, obispos y abades, y todos aquellos en órdenes sagradas, no son lo que parecen ser, sino, por el contrario, son siervos del diablo, en un año y un día después del día de tu muerte, Dios habrá entregado todo este reino por Él maldecido en manos del enemigo, y los demonios vendrán sobre esta tierra con fuego y espada y estragos de guerra”[15]. Guillermo no solo impuso la herejía del Papismo sobre sus nuevos súbditos. Sino que rechazo la legitimidad del último regente ortodoxo, el Rey Harold, quien había sido ungido por la Santa Iglesia, e impuso una cultura “totalitaria” [16] – así es de la mejor forma que se la puede describir –   completamente nueva sobre Inglaterra.”

 

Viendo por lo tanto, que se estaba por perder todo lo verdaderamente valioso, los ingleses ortodoxos resistieron, cuerpo a cuerpo, y cuando fueron derrotados emigraron en gran número hacia tierras extranjeras, principalmente a Constantinopla (donde los soldados ingleses formaron el núcleo de guardaespaldas del emperador hasta la Cuarta Cruzada en 1209) y a la Rus’ de Kiev (donde la hermana del último rey ortodoxo inglés, Gytha, se casó con el gran príncipe Vladimir Monomaco, y una colonia llamada “Nueva Inglaterra” fue fundada en Crimea).                

 

¿Se podría decir, entonces, que a partir del año 1066 Inglaterra entro en la era del Anticristo y que todos los creyentes cristianos estaban obligados a negarle obediencia a la pseudo-autoridad representada por Guillermo y sus sucesores?

 

Britania comenzó su pertenencia al Imperio Romano desde el año 43, y la cristianización comenzó más o menos en la misma época. Los diez siglos subsiguientes, a pesar de las caídas y las apostasías, Britania permaneció no políticamente, pero si cultural y religiosamente dentro de la órbita de Roma, tanto de la Vieja Roma como del Imperio Cristiano Ortodoxo de la Nueva Roma.            

                                                                                                                                     

A pesar de esto, cuando el papado romano se apartó de la Verdad en el año 1054, y todos los reinos del Occidente fueron gradualmente forzados a someterse bajo los gobernantes papistas, de los cuales Guillermo el Conquistador fue uno de ellos, “aquel que retiene” el advenimiento del Anticristo fue “quitado de en medio” de los pueblos occidentales. (II Tesalonicenses 2.7).                  

Fue así que, como escribió el proto-protestante inglés John Wycliffe en 1383, «el orgullo del Papa es la causa del porque los griegos están divididos con los auto-proclamados creyentes... Es que nosotros occidentales, por lejos muy fanáticos, somos quienes nos hemos dividido de los creyentes griegos y de la fe del Señor Jesucristo»[17]

 

Por esto quizás la rebelión contra la pseudo-autoridad de Guillermo fuese de hecho imprescindible para la primera generación de los ingleses a los que gobernó, quienes habían nacido en la Ortodoxia y sobre quienes un poeta inglés anónimo escribió: «los maestros se han perdido así como muchas de las personas» Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y nacían nuevas generaciones que nunca habían conocido la ortodoxia, la cuestión de resistencia a los gobernantes dejo de tener sentido; ¿en nombre de qué, y por el bien de que, deberían los herejes levantarse en contra de los herejes? Y en la actualidad, hace más de novecientos años después, cristianos ortodoxos, tanto nativos como extranjeros, viven en las naciones apostatas de Occidente en general, reflexionar sobre la legitimidad o ilegitimidad de sus gobernantes.  Esto se da así, no, por supuesto, porque el Occidente se hubiese arrepentido de su apostasía, sino porque como esta apostasía se ha tornado menos agresiva hacia la Ortodoxia, y porque gobernantes actuales, a diferencia de los de finales del siglo XI, son – por el momento – garantía de aquel mínimo de ley y de orden del cual, como hemos visto, es la esencia de la autoridad en el sentido apostólico de la palabra. 

 

Avanzando hacia unos 300 años, llegamos al primer claro ejemplo de una exitosa rebelión armada de un pueblo cristiano ortodoxo en contra de sus gobernantes: la de los rusos contra los tártaros. En el momento cuando los tártaros invadieron por primera vez Rusia, en el siglo XIII, san Alejandro Nievsky, había decidido en luchar contra los caballeros teutónicos católicos, pero en someterse a los tártaros ya que estos últimos amenazaban a la fe de sus súbditos mientras que los primeros tan solo amenazaban su independencia política. Por eso se les garantizo a los tártaros poseyeran una mayor legitimidad política que a los católicos, tan solo mientras que sus pretensiones fuesen únicamente políticas. ¿Por qué 150 años después, los rusos se levantaron en contra de los gobernantes que ellos habían aceptado como legítimos por tanto tiempo, con la bendición, además, de san Sergio de Radonezh uno de los hombres más santos que jamás hayan vivido? No existe evidencia que los tártaros se hubieran vuelto significativamente más intolerante hacia la Ortodoxia, ni que ellos apostataran de aquella fe ya que nunca la habían confesado.

 

Es tentador concluir que la diferencia aquí consistió en el hecho de que san Sergio pre-vio, a través del Espíritu de Dios que era con él, que en ese momento una rebelión triunfaría y que tendría a largo plazo buenas consecuencias para toda la Iglesia. Pero ¿eso no significa que a la hora de evaluar la legitimidad o la ilegitimidad de un gobernante, de si es o no correcto permanecer en obediencia a él, – en cualquier caso, de que este no fuese uno cristiano ortodoxo – no es meramente una cuestión meramente moral, sino que contiene algún elemento de cálculo político u militar?      

                                                      

Por supuesto, la prudencia y pre-visión no son solo cualidades que no tengan que ver con la moralidad; pero podríamos suponer razonablemente que, si un gobernante es legítimo, es decir, establecido por Dios, sería incorrecto rebelarse y tratar de derrocarlo sea cual sea la circunstancia, incluso si pudiéramos estar seguros de que nuestro intento sería exitoso y no conduciría a represalias terribles para el pueblo ortodoxo.

 

Consideremos otro ejemplo de una exitosa y justa rebelión en contra de los poderes preexistentes; aquella del pueblo ruso en contra de los poderes católicos en 1612. Por supuesto, los católicos son herejes, y con razón se esperaba que el falso Dimitri, incluso si se convertía formalmente a la ortodoxia, protegería a los jesuitas, cuyo objetivo era catolicizar a Rusia. Por otro lado, la empresa estaba llena de gran riesgo, los rusos entre sí estaban divididos, y otros poderes foráneos como los suecos, estaban esperando para abalanzarse.                                                       

 

¿Por qué entonces, bendijo el santo patriarca Hermogenes lo que era, en efecto, una guerra civil? ¿Fue nuevamente porque él pre-vio por el Espíritu de Dios en él, que los ejércitos rusos triunfarían y marcarían el comienzo de la dinastía ortodoxa de los Romanov?

 

Si los tártaros en 1380 y los católicos en 1612 (y nuevamente en 1812) eran poco menos que  gobernantes que carecían de legitimidad, contra quienes el mismo Señor, a través de Sus santos, orquestó exitosas rebeliones en momentos específicos, no cabía duda alguna de que una rebelión en contra el poder soviético podría haber sido tanto legítima como exitosa. Además, una bendición implícita para la rebelión estaba contenida en el decreto del Concilio Local de la Iglesia Ortodoxa Rusa del 22 de enero de 1918, que confirmó la anatematización del poder soviético por parte del Patriarca Tijón tres días antes y su exhortación a: “no comulgar con tales los parias de la raza humana de ninguna forma. “quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1 Corintios 5.13) y continuó declarando: “¡Ortodoxos! A Su Santidad el Patriarca le ha sido concedido el derecho de atar y desatar, en concordancia con las palabras del Salvador... No destruyáis vuestras almas, cesad comunión con estos siervos de Satanás; los bolcheviques. Padres, si vuestros hijos son bolcheviques, demandad con autoridad a que renuncien a sus errores, para que se arrepientan de su eterno pecado, y si no os obedecen, renunciad a ellos. Esposas, si sus maridos son bolcheviques y tercamente continúan sirviendo a Satanás, dejadlos, salvad a vosotras mismas, y a vuestros hijos, de esta infección destructiva para alma. Un cristiano ortodoxo no puede tener comunión con los siervos del diablo... Arrepentíos, y con ferviente oración clamad por la ayuda del Señor de los Ejércitos, y quitad de vosotros “la mano de los extraños”; los enemigos antiguos de la Fe Cristiana, quienes se han autoproclamado, de manera autoimpuesta como el “poder del pueblo” ... Si vosotros no obedecéis a la Iglesia, no seréis sus hijos, mas seréis participes en la crueles y satánicas acciones llevadas a cabo por los enemigos abiertos y solapados de la Verdad Cristiana... ¡Sed valientes! ¡No os demoréis! No destruyáis vuestra alma, entregándola al diablo y sus adláteres”[18]

 

Más aún, en su Epístola al Consejo de Comisarios del Pueblo en octubre de 1918, el Patriarca escribió: “No es asunto nuestro juzgar a las autoridades terrenales; cada poder permitido por Dios podría atraer nuestra bendición si fuera realmente ‘el ministro de Dios’ para el bien de aquellos sujetos a él y ‘porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo.’ (Romanos 13.3,4)”, lo que claramente implicaba que el poder soviético, que era terrible para las buenas obras y no para el mal, no era “el ministro de Dios”.

 

Sin embargo, a pesar de todas estas justificaciones históricas, conciliares y escritúrales, el Patriarca no bendijo al final a los ejércitos blancos que luchaban en contra de los soviéticos; ni esos ejércitos fueron bendecidos con la victoria desde lo alto. ¿Por qué? ¿Fue porque el Patriarca pre-vio, por el Espíritu de Dios en él, que estos no tendrían éxito? Muy probablemente, pero esto lleva a la pregunta del porque no fueron exitosos, del porque Dios no los bendijo. ¿Fue porque, de hecho, el poder soviético era de Dios, y por ende la rebelión en contra de este era una rebelión en contra de Dios como lo sostendrían los renovacionistas y sergianistas? Ya hemos dado suficientes razones del porque este argumento es invalido. En todo caso, si este fuera valido, los sergianistas debieran de verse forzados a reconocer que las rebeliones del pueblo ruso en el año 1380 y en el 1612, a pesar de ser bendecidas por los más grandes santos rusos, fueron también perversas rebeliones en contra de las legítimas autoridades establecidas por Dios.

 

Los ejércitos blancos fracasaron, no porque el poder soviético fuese de Dios, y por ende no se le debiera haber resistido, sino porque, como el sabio Aristocles de Moscú señalo: «el espíritu no es recto» y el espíritu no era recto porque, a pesar de que hubiese muchos verdaderos ortodoxos y monarquistas en el lado de los blancos, dentro de las metas de sus líderes no estaba la restauración de lo Sagrado. Es decir; la Rusia Ortodoxa y Zarista. Sino más bien el restablecimiento de la propiedad de los terratenientes o la reanudación de la Asamblea Constituyente, u algún otro objetivo no-espiritual.[19]

La Rebelión de la Iglesia de las Catacumbas, que comenzó entre 1927 y 1928, fue más espiritual, y por lo tanto más exitosa; a la que se le puede atribuir miles, quizás millones, de martilles y confesores de la Iglesia de las Catacumbas, hasta caída del poder soviético en 1991. Al no tener nada que perder, no buscaban la restauración de bienes materiales; al no tener fe en las democracias, no abogaban por “derechos humanos”. Simplemente se arrepintieron, sufrieron y murieron; y con cada muerte, las paredes del reino del Anticristo se iban debilitando...

 

Y es a un documento de la Iglesia Clandestina a la que debemos la explicación más clara y teológicamente convincente del porque el poder soviético no fue una autoridad verdadera que funcionaba mal, o un simple gobierno que abusaba de su autoridad dada por Dios, sino que era precisamente una anti-autoridad. Aquí hay un extracto de este documento:

 

“¿Cómo deberíamos ver la autoridad soviética, siguiendo la enseñanza apostólica sobre las autoridades (Romanos 13)? De acuerdo con la Enseñanza Apostólica que hemos expuesto, uno debe reconocer que la autoridad soviética no es autoridad. Es anti-autoridad. No es una autoridad porque no está establecida por Dios, sino insolentemente creada por una agregación de las acciones malvadas de los hombres, y se consolida y sostiene con estas acciones. Si las acciones malvadas se debilitaran, la autoridad soviética, cual representa una condensación del mal, también se debilitará... Esta autoridad fue consolidada con el fin de destruir todas las religiones, simplemente para erradicar la fe en Dios. Su esencia es la guerra contra Dios, porque su raíz viene de Satanás. La autoridad soviética no es autoridad, porque por su propia naturaleza no puede cumplir con lo que es legítimo, porque la esencia de su existencia proviene del mal.

 

Puede decirse que la autoridad soviética, al condenar diversos crímenes humanos, puede aún ser considerada como autoridad. No decimos que una autoridad gobernante carece totalmente de legitimidad. Sólo afirmamos que es una anti-autoridad. Uno debe conocer que los fundamentos del poder real están ligados a ciertas acciones de los hombres, para quienes el instinto de preservación es natural. Y ellos tienen en cuenta las leyes morales que han sido inherentes a la humanidad desde épocas pasadas. Pero, en esencia, esta autoridad sistemáticamente incurre en el homicidio, física y espiritualmente. En realidad, un poder hostil, que se denomina autoridad soviética, esta acción. El enemigo se esfuerza con astucia para obligar a la humanidad a reconocer este poder como autoridad. Pero la Enseñanza Apostólica acerca de la autoridad es irreconciliable en este caso, tal como el mal es irreconciliable respecto a Dios y al justo, porque el mal yace fuera de Dios; pero los enemigos con hipocresía pueden refugiarse en las bien conocidas Enseñanzas Apostólicas y decir que todo proviene de Dios. Esta anti-autoridad soviética es precisamente el Anticristo colectivo, en guerra contra Dios”[20]

 

Suponiendo que el poder soviético fuera antiautoridad, ¿era pecado recibir la ciudadanía soviética? Los cristianos de las catacumbas no alcanzaron unanimidad sobre esta cuestión. Los cristianos de las catacumbas no llegaron a una unanimidad sobre este problema. Algunos tomaron el muy dificultoso, el muy sacrificial, camino de los “besspassortnij”, “aquellos sin pasaporte”. Otros no fueron tan estrictos, al insistir que un cristiano solo no debía simpatizar con el poder soviético o colaborar con este. El último grupo señalaba que no se podía condenar a aquellos quienes hubiesen aceptado la ciudadanía soviética mientras que ellos mismos aceptasen los beneficios (aunque fuesen lo pequeño que fuesen) de dicha ciudadanía.

 

Es así que en 1960 el archimandrita Hilarion (Andrievsky) líder de la Iglesia de las Catacumbas en Voronez, escribió lo siguiente a una monja de “línea dura”:

 

“El llamarse a sí mismo ‘ciudadano del Estado Soviético’ de ninguna manera significa reconocerse a sí mismo como un ‘individuo soviético’. Esto no significa comprometerse con los comunistas, esto no significa ir junto con ellos, esto no significa trabajar en concierto con ellos y simpatizar con todas sus empresas… ‘un ciudadano del estado soviético’ y ‘una persona soviética’ no son de ninguna manera idénticos conceptos; el primero es reconocer y someterse al poder soviético, y el segundo; es un consentimiento interno, una sensación en el alma del hombre. Hay una gran diferencia entre estos conceptos. Experimenté esto mismo en 1928, hace treinta y dos años. Después de un largo convoy, mientras esperaba una decisión sobre mi destino junto con otros prisioneros en la prisión de Samarcanda, me dijeron que se me dejaba para cumplir mi condena de exilio en la misma ciudad de Samarcanda misma. Muchos prisioneros dentro de la prisión me envidiaron por esto, habiendo sido la antigua capital de Asia Central, era una ciudad grande, culta e interesante con sitios antiguos. Pero entonces, cuando fui conducido al GPU para llenar ahí un cuestionario, mi situación cambio bruscamente. Ya que mis respuestas no les agradaban. A la pregunta ‘¿Cuál es su relación con las autoridades?’ Yo conteste: ‘Yo la reconozco y me someto a esta en los asuntos civiles’. Entonces ellos dijeron que ‘esto no es mucho’. Pero cuando yo pregunte: ‘¿Qué más quieren ustedes?’ Ellos respondieron con otra pregunta ‘¿Pero usted simpatiza con esta?’ Y yo respondí directamente: ‘No, yo no simpatizo con esta, y como creyente yo no puedo simpatizar en general con esta. Además, como voy a simpatizar personalmente con esta, ¡cuando esta me trae aquí completamente en contra de mi voluntad, separándome de mis parientes y amigos!’. A esto dijeron: ‘Probablemente busques la autoridad del Zar’ Y yo conteste: ‘No, ustedes se equivocan. Lean historia, y ustedes podrán ver que hubieron tiempos de los cuales los zares también persiguieron ferozmente a los cristianos.’ Todas aquellas respuestas fueron escritas y firmadas. Un tiempo poco después se me dijo que habría un brusco cambio en cuanto a mi lugar de condena; de la gran y hermosa ciudad de la cual se me había asignado antes se me envió a la estepa remota, de la cual, luego de haber estado por 5 años, se me despacho a otro exilio, en la distante Siberia. Se me hizo claramente evidente que en base a ese cuestionario el poder soviético hacia una profunda distinción entre ‘simpatía’ y ‘ciudadanía’ y que no se fusionan ni se confunden necesariamente estos dos conceptos en uno solo. Sino otra manera, después de mi respuesta sobre el reconocimiento y la sumisión al poder soviético. Ellos no debiesen de haber avanzado en preguntarme sobre mi ‘simpatía’, si esta ‘simpatía’ realmente se vinculara con la ‘ciudadanía’. Después de todo, ellos no solo me inquirieron sobre mi ‘simpatía’ sino que me castigaron por mi respuesta negativa, y cambiaron el lugar de mi condena de Samarcanda hacia una remota estopa a 400 kilómetros de distancia.

 

Por esto, un ‘ciudadano’ no es siempre y necesariamente un ‘simpatizante’ de todas las medidas comunistas, que ya por si el concepto de ‘ciudadano’ no apareja esta ‘simpatía’; '; y por esa razón, no hubo pecado en participar en el censo y dar una respuesta positiva a la pregunta sobre la 'ciudadanía' en el estado soviético, en el cual, como usted bien sabe, en estos ciudadanos comunistas quienes son completamente devotos y simpatizantes del mismo, así como hay simples ciudadanos tan solo en el sentido de súbditos; y estos últimos son la absoluta mayoría, en cuyo lugar estamos usted y yo, esto lo atestigua claramente su pasaporte, que usted ha recibido y vive a través de él con los derechos [inherentes] de ‘ciudadanía’ para determinados en casos necesarios (recepción de pensión, etc.) Y es mucho más inusual el decir que no hay pecado cuando uno toma de las ventajas de los derechos del ciudadano, ¡pero en su opinión, el llamarse a sí mismo ‘ciudadano’, es un pecado tan terrible que usted inclusive ha excluido de la Ortodoxia a todos los que han sido participes del censo!  ¡Qué increíble miopía! Es esto lo que ha engendrado un error tan profundo, que incluso contradice la simple lógica común, ni que hablar del gran error sobre el que ya he escrito antes y que no repetiré. Solo agregaré que tal ceguera espiritual a Dios no le complace.

 

Si, en su opinión, es pecaminoso el llamarse ‘ciudadano’ del Estado soviético en un censo, entonces el tomar ventajas, así como usted lo hace, mas entonces aprovechar, como lo hace, de esta ciudadanía es un hecho aún más amargo y serio, aunque usted como tal no lo reconozca. (Su pasaporte, su pensión, etc. ¡le reprochan!) ¡¿Qué beneficios son estos?! Y cuánto se dice en los servicios divinos del Menaion de diciembre sobre la participación de nuestro Señor Jesucristo mismo en el censo de Herodes, lo que demuestra la ausencia de pecado en nuestra participación en el censo que ha tenido lugar. Y en el Menaion del 5 de enero se dice de Cristo: ‘Él fue registrado, pero no obro, obedeciendo los mandatos del César’. Así como puede ver usted, dicha ‘registración’ de ninguna manera estaba ligada con el ‘obrar’ por el César. Por ende, nuestra participación en el censo no necesariamente nos obliga a nosotros a obrar por el poder soviético, mucho menos en simpatizar con el comunismo, como usted erróneamente piensa. En conclusión, yo no voy a citar un argumento más a favor de nuestra respuesta positiva a la cuestión de la ‘ciudadanía’. Nosotros los rusos hemos recibido nuestra santa fe ortodoxa de los griegos, de Constantinopla, mientras que la condición civil de los griegos era de sometimiento hacia los turcos-musulmanes. A pesar de esto, esta ciudadanía turca no impidió a los griegos de preservar la fe ortodoxa a lo largo de muchos siglos. Hasta el día de hoy Constantinopla es considerada como cuna de la santa ortodoxia, un centro de la Iglesia Universal de Cristo. Y este ejemplo histórico claramente demuestra que la ciudadanía turca no necesariamente implicaba en si misma simpatía a los musulmanes, así como la ciudadanía soviética no implica en si misma simpatía al comunismo; que es pecaminoso…”[21]

 

La observación del Padre Hilarión es acertada. Sin embargo, como este artículo ha tratado de mostrar, él erra al no ver una diferencia esencial entre los regímenes de la Roma Imperial pagana y el sultanato turco, por un lado, y el poder soviético, por el otro. Quizás uno pueda de hecho haber sido un ciudadano soviético sin simpatizar, u colaborar, con el poder soviético de ninguna manera. Pero era extremadamente difícil; y si "reconocimiento" implicaba aceptar la legitimidad del régimen soviético, entonces esto, por sí mismo, ayudaba al poder soviético hasta cierto punto. Más aun, cuando todo tipo de reconocimiento o sumisión estaba en contradicción directa con el anatema del patriarca Tijón de 1918, el cual llamaba a los ortodoxos de que de ninguna manera obedecieran a los Soviets.

 

Esta disyuntiva permaneció sin resolverse hasta la caída de la Unión Soviética en 1991. Lo vemos resurgir en los comienzos de 1990 con el argumento del Metropolita Vitaly el primer jerarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el extranjero en la correspondencia con los representantes de los sin-pasaporte. El metropolita comparo a la Unión Soviética con el Imperio Romano. San Pablo se había enorgullecido de su ciudadanía romana, escribió él, por lo cual ¿qué tenía de malo tener un pasaporte soviético y ser llamado ciudadano soviético?[22] Los cristianos sin-pasaporte quedaron horrorizados ante tal comparación; como si Roma, el estado en el que el mismo Cristo nació y fue registrado en un censo, y que más tarde se convirtió en los grandes imperios cristianos ortodoxos de Bizancio, la Nueva Roma, y Rusia, la Tercera Roma, pudiera compararse con el anti-estado, el colectivo Anticristo establecido, no por Dios, sino por Satanás (Apocalipsis 13.2) ¡que destruyo al Imperio Ruso![23]  Roma, inclusive en su fase pagana; protegió a los cristianos de la furia de los judíos; la Unión Soviética, fue, en su más temprana fase, el instrumento de los judíos en contra de los cristianos. Roma, incluso en su fase pagana, garantizo un marco de ley y orden del cual los apóstoles rápidamente pudieron difundir la fe de un extremo al otro del mundo: la Unión Soviética forzó a la población que ya era en su gran mayoría ortodoxa a renunciar a su fe u ocultarse “por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra.” (Hebreos 11.38)

 

*

 

Retomemos ahora el segundo posible criterio indicado más atrás para la legitimidad o la no legitimidad del poder político: su relación con “el misterio de iniquidad” (II Tesalonicenses 2.7), la Revolución Judía.

 

Juliano el Apostata fue singularmente repugnante para la Iglesia no sólo porque fuese un apostata al cristianismo, sino porque, y esto es mucho más importante, él ayudo a los judíos en su intento de reconstruir el Templo de Salomón. Si Dios no hubiera frustrado el plan de los judíos haciendo que emergiera fuego desde los cimientos del Templo, es muy posible que estos hubiesen proclamado al mismo Juliano como el Mesías, así como el Gran Sanedrín se ofreció a proclamar a Napoleón como el Mesías cuando este, unos mil quinientos años después les propuso el completar el proyecto de Juliano. Es así que, cuando san Basilio, cuyo nombre significa “rey”, rezo por la destrucción de Juliano, él en efecto estaba llevando consigo, en ausencia de un verdadero rey, el papel regio de aquel “quien retiene” la aparición del Anticristo (II Tesalonicenses 2.7)

 

La potencia pagana romana, a pesar de todos sus atropellos, no apoyo a la Revolución Judía, sino que la freno[24], a través de la destrucción de Jerusalén y la represión de las sucesivas rebeliones judías.[25] Puede decirse lo mismo de las potencias católicas e islámicas que, a pesar de ser apostatas y anticristianas en el sentido de que convirtieron a países que anteriormente fueron cristianos ortodoxos en enemigos de Dios, permanecieron hostiles a las ambiciones de los aún más apostatas y anticristianos judíos. Fue así como el poder árabe islámico expulso a los judíos de Babilonia en el año 1040, y el poder islámico tártaro echo a los judíos de Jasaría en el siglo XIII (de donde emigraron a la Polonia católica). Y es así como el poder de la Inglaterra católica expulso de Inglaterra a los judíos en la Edad Media, y las potencias católicas de España y Portugal expulsaron a los judíos en la península ibérica en el siglo XV[26]. Esto se debió a que todas estas potencias, más allá de que fuesen anticristianas o heréticas, entendieron por la amarga experiencia (y por tener conocimiento del Talmud) de que los judíos no reconocen más autoridad que la suya propia, y que eran esencialmente revolucionarios al empeñarse en establecer el dominio judío sobre todo el resto de las naciones.[27]

 

El primer poder político en la historia que reconoció y apoyo a la revolución judía fue la revolución socialista europea en sus principales fases de sucesión: la revolución inglesa de 1642, la revolución francesa de 1789 y la revolución rusa de 1917. Fue así que Cromwell, después de asesinar al rey Carlos I e introducir la revolución puritana con sus caracteres fuertemente socialistas y comunistas, invitó a los judíos a retornar a Inglaterra. Nuevamente, los jacobinos franceses les dieron plenos derechos a los judíos, que fueron confirmados y extendidos por Napoleón. Esto fue seguido, en el transcurso del siglo XIX, con la emancipación de los judíos en todos los países de Europa excepto España y Portugal en Occidente y Rusia y Rumania en Oriente. Fue así que inmediatamente después de que las naciones ortodoxas balcánicas fuesen libertadas de los turcos, otorgaron a los judíos los privilegios que los turcos otomanos les habían negado.

 

Fue en 1917 cuando la revolución judía emergió completamente de las sombras y tomó un poder político significativo, no solo en Rusia. Por una de esas extraordinarias “coincidencias” de la Divina Providencia, la Revolución de Octubre en Petrogrado y la promesa de una patria para los judíos en Palestina por parte del Secretario de Relaciones Exteriores británico, Lord Balfour, ocurrieron exactamente al mismo tiempo, siendo informados en la misma columna de papel de periódico en el London Times del 9 de noviembre de 1917. Fue como si la bestia emergiera repentinamente del mar de los pueblos gentiles, siendo visible con dos de sus cuernos; uno situando en la Moscú Bolchevique, sobre las ruinas del último Imperio Cristiano Ortodoxo, y el otro en la Jerusalén Sionista. De hecho, así como Chain Wietzmann el primer presidente de Israel, atestigua en su autobiografía, los orígenes de los líderes de los movimientos sionistas y bolcheviques fueron, no solo del mismo territorio y raza - los a otrora judíos jazaritas de la Zona de Asentamiento Rusa -  sino que, inclusive, de las mismas familias.[28] El hecho de que la gran mayoría de los líderes del partido bolchevique fueran judíos, es actualmente aceptado incluso por historiadores “pro-semitas” tales como el profesor de Harvard Richard Pipes. [29]

 

Los “pro-semitas” señalan que los judíos bolcheviques son muy distintos a los judíos sionistas-talmúdicos, siendo ateos opuestos a lo teísta, internacionalistas opuestos a lo nacionalista, y que estos persiguieron a la religión judía con una severidad un poco menor que al Cristianismo Ortodoxo. Esto fue así, pero las similitudes resultan aún más sorprendentes y profundas que las diferencias.

 

Primero; el Bolchevismo puede ser descripto como teísta antes que como anti-teísta, al haber tenido un intenso odio cuasi religioso hacia Dios que no es común entre los no-creyentes. Fuese como si los bolcheviques, como así los demonios que en ellos habitaban, a la vez creían y temblaban; pero ahogaban su temor con el intenso odio a todo aquello que les permitiese recordar a Dios. Con similitud, los sionistas talmudistas pueden ser descriptos como antiteístas antes que teístas, al basarse en un odio intenso al Dios verdadero, Jesucristo (quien se le describe en el Talmud como un hechicero nacido de una prostituta y de un soldado romano), y a la raza de los cristianos, de una manera tal que incluso con mucha dificultad se pueda encontrar en otra religión o cosmovisión.

Segundo, como Bertrand Russell señaló, muchos elementos del sistema marxista son reminiscencias del judaísmo; la misma lucha por el paraíso terrenal (la abolición del Estado y el comunismo); la misma división del mundo entre los pueblos elegidos (el proletariado) y los goim (los explotadores), en el odio incitado contra estos últimos, el mismo culto al falso Mesías; el líder infalible o el partido[30].

 

Tercero, existe una evidencia considerable de que la revolución bolchevique fue concebida tras bambalinas por el Sionismo. Así es como se conoce bien que los banqueros judíos occidentales financiaron la revolución bolchevique (así como estos financiaron el temprano asenso de Hitler, según con el propio Hitler[31]). Y que el asesinato del Zar y su familia fue no solo perpetrado por los judíos, sino de una manera religiosa judía específicamente ritualista[32].

 

El punto más álgido entre la cooperación sionista-bolchevique fue en 1948, cuando la Unión Soviética se convirtió (junto con Gran Bretaña) en uno de los garantes del recién nacido Estado de Israel, pagando así la deuda de 1917 que los bolcheviques le debían a sus financistas judeo-americanos. A pesar de esto, Stalin y sus secuaces se hicieron cada vez más “antisemitas”, hasta incluso en la era Breznev; la Unión Soviética, paso a ser vista, junto con los árabes, como la principal amenaza a la existencia de Israel. Esto es significativo ya que este cambio de dirección coincide con una limitada pero definitiva relajación de la presión sobre la Cristiandad Ortodoxa (del tipo oficial) en la Unión Soviética, y una gradual regresión a la conciencia nacional rusa. Esto sin lugar a dudas debe de ser visto como una reacción en contra de los principios foráneos de ordenamiento nacional que habían destruido a la Santa Rusia.

 

En este punto el reino de Satanás en la tierra pareció mostrarse peligrosamente dividido entre sí; los dos cuernos de la bestia comenzaron a tornarse en contra, amenazándose con la “destrucción mutualmente asegurada”. Es que, la guerra nuclear entre Israel y sus aliados, por un lado, y la Unión Soviética y sus aliados, por el otro, no estaba en los planes de los Sabios de Sion. Así fue que los líderes de la mitad sur y oeste de la conspiración debían de tomar el control de la mitad norte y del este: “la “perestroika” había nacido. Bajo Gorgachev el oso bolchevique habiendo cumplido muy bien con su propósito; fue amordazado, y bajo Yeltsin, el “imperio del mal” se terminó convirtiendo en un páramo de gánsters o en mejor de los casos en un centro comercial más.

Yeltsin, como se anunció abiertamente en Pradva, era un masón, y la masonería fue establecida en Rusia bajo su protección. Además, sus políticas promovieron la occidentalización de Rusia de la cual ya había sido el objetivo de los masones desde antes de la revolución. Es de tal forma que la profecía del hieroconfesor Teodoro (Rafanovich) (+ 1975) de la Iglesia Ortodoxa de las Catacumbas, se cumplió: “Los comunistas se arrojaron a la Iglesia, como un perro rabioso. Su emblema soviético – la cruz y el martillo – corresponde a su misión. Con el martillo han golpeado a la gente en la cabeza, y con la hoz ellos guadañaron a las iglesias. Pero luego los masones removerán a los comunistas y tomarán el control de Rusia…”

 

Mientras tanto, la judaización del Occidente alcanza su cenit: el ecumenismo ya ha destruido cualquier “remanente perjudicial” en contra de la religión judía, y el Vaticano ha reconocido a Israel; muchas sectas protestantes han comenzado a argüir que el Israel anti-cristiano es “la Novia de Cristo” y los Estados Unidos se están preparando para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel a pesar de las protestas palestinas; los asesinatos a los sacerdotes ortodoxos y monjes han comenzado nuevamente en Israel; y los judíos extremistas construyen un túnel sobre el Domo de la Roca con la intención de destruirlo, para  reconstruir el Templo de Salomón en su lugar; un pre-requisito esencial para la entronización del Anticristo.

 

Así es que la situación religioso-política en torno al fin del siglo XX puede resumirse de la siguiente manera. El Imperio Cristiano Ortodoxo, “aquello que retiene” la venida del Anticristo está muerto y enterrado; y solo un pequeño remanente aguarda su resurrección. La primera gran potencia que comenzó el desmembramiento de sus territorios orientales y meridionales, el Islam es más poderoso que nunca, a pesar de que se mantenga amargamente opuesto al Anticristo Judío. El poder que desmonto sus territorios occidentales, el catolicismo, con su hijo bastardo, el protestantismo es también muy poderoso, y ya política como espiritualmente está preparado para entregar su patrimonio al Anticristo. Y el poder que destruyo sus territorios del norte, el bolchevismo, ha sido puesto a dormir como si fuese un perro que amenazaba con morder la mano de quien le daba de comer.

 

*

 

Entonces ¿qué se puede concluir de esto sobre la legitimidad de la democracia rusa actual? ¿Rusia ha adquirido nuevamente un poder que es de Dios? ¿O no es la sucesora de la bestia soviética mejor que la misma bestia?

 

Para responder a esta pregunta, volvamos al fatídico año 1917. Se suele asumir que, si bien la revolución democrática de Febrero de 1917 allanó el camino para la revolución comunista de octubre, fue más legítima que esta última porque fue menos feroz y más expresiva de la voluntad del pueblo. Pero debería estar claro a estas alturas que ni la amabilidad ni la popularidad son criterios de legitimidad en un sentido teológico. Después de todo, no estamos buscando el mandato de la tierra, sino el del cielo. El propio Anticristo, según la Tradición de la Iglesia, traerá tanto la paz como la prosperidad y será muy popular en la primera parte de su reinado.

 

Muchos de los más distinguidos hombres se negaron en reconocer la legitimidad del Gobierno Provisional, de entre ellos el Metropolita Macario (Parvitsky), el Apostol de el Atai, el general Teodoro Keller y el Conde Pablo Grabbe. Nuevamente, el Metropolita Antonio (Khrapovitsky) escribió en 1922: “¿Quién puede negar que la Revolución de Febrero fue teomaquista y anti-monarquista (como la Revolución de Octubre)? ¿Quién puede condenar al movimiento bolchevique y al mismo tiempo aprobar al Gobierno Provisional? Este levantó su mano en contra del Ungido de Dios. Aniquiló el principio eclesiástico en el ejército. Al introducir el juramento civil. En una palabra, todo esto es el triunfo de aquel nihilismo que la sociedad rusa conoce desde hace tres cuartos de siglo”[33].

 

Por lo tanto, si la transición de la democracia al comunismo en 1917 no fue de ninguna manera una transición de la luz a la oscuridad, sino de una fase de la revolución a otra, no podemos suponer que la transición del comunismo a la democracia en 1991 fue en principio algo diferente. Ciertamente, esta democracia rusa no ha traído paz o prosperidad, sino división y pobreza extrema. No ha restaurado la religión verdadera, sino ha confirmado la autoridad de los agentes con sotana de la KGB. No ha elevado la moral de la gente, sino que la ha hundido en profundidades nunca antes vistas. No ha restaurado la ley y el orden, sino que ha creado a un Estado criminal por excelencia, un Estado manejado por ex comunistas quienes usan su poder en aras de darse a los excesos capitalistas más bajos.

 

En este contexto, es muy significativo que el mismo comunista que destruyó la casa Ipatiev, donde fue asesinado el último zar, sea ahora el presidente democrático de Rusia.[34] En última instancia, es por su actitud hacia los eventos que tuvieron lugar en esa casa que cada gobierno ruso desde 1917 debe ser juzgado. Lamentar la barbaridad del hecho no es suficiente; La asistencia al entierro de los restos del Zar, o su canonización oficial, no es suficiente. Lo que se requiere es el arrepentimiento y la reversión de la revolución por la restauración de la Monarquía Ortodoxa. Así es que, en el presente, solo un Gobierno Provisional Ruso puede ser legítimo, provisional, en el sentido de que este fuese uno meramente preparatorio para el futuro gobierno del Zar...

 

 Octubre 15/28 de 1996; revisado en Enero 3/16 de 2009



[1] Metropolitano Filareto, Sochinenia (Obras), vols. II, pp. 133-137, 193-196, 183-186, 141-143, 168-170,171-173, 179-183; III, pp. 290-292, 251-255, 302, 300-301 (en ruso).

[2] Rusak, Svidetel'stvo Obvinenia (Testigo de la acusación), Holy Trinity Monastery Press, Jordanville, 1987, vol. 1, pp. 32-33, 38-39, 40, 42, 43 (en ruso).

[3] San Agustín, Ciudad de Dios. II,29.

[4] Khrapovitsky, The Christian Faith and War (La Guerra y la fe Cristiana), Holy Trinity Monastery Press, Jordanville. (en inglés)

[5] san Isidoro, epístola 6, a Dionisio

[6] san Isidoro, epístola 6, a Dionisio

[7] Arzobispo Teofano de Poltava, Pis'ma (Cartas), Holy Trinity Monastery Press, Jordanville, 1976 (en ruso).

[8] Metropolitano Filareto, Sochinenia (Obras), vols. II, paginas  171-173 (en ruso)

[9] Jeremiah II (Tranas), en Sir Steven Runciman, The Orthodox Churches and the Secular State (en ingles), Oxford University Press, 1971, p. 51.

[10] N. de T. – Este sentimiento de catolicidad o mejor dicho “conciliaridad” o sobornost en ruso, atestiguado por san Gregorio, quién a pesar de tener como nación terrena a Georgia, tenia sus ojos puestos en la nacionalidad cristiana, espiritual, mas allá de las distancias espacio-temporales es expuesto con claridad también por el metropolita Antonio Krapovitsky cuando menciono que “En vano algunas personas han comenzado a hablar de una especie de Iglesia nacional rusa, tal Iglesia no existe: solo la nacionalidad eclesiástica existe, nuestro pueblo eclesiástico (y en un grado aún mayor, nuestra sociedad eclesial), es reconocido como nuestro solo en la medida que este en acuerdo con la Iglesia y sus enseñanzas, y por eso no consideramos a los stundistas rusos [protestantes de origen ruso] como rusos, y por eso no vemos diferencia alguna entre nosotros y los ortodoxos del extranjero; como los griegos, árabes o serbios.

Dile a cualquier campesino nuestro: ‘No deben de maldecir a los judíos, ¿No sabes que la Madre de Dios y todos los Apóstoles eran judíos?’ ¿Y qué te responderá? El dirá: ‘Eso no es verdad, ellos vivieron en el tiempo cuando los judíos eran rusos’ El sabrá muy bien que los Apóstoles no podían hablar ruso, que los rusos no existían en aquel tiempo, pero él querrá expresar una verdad, tratando de decir que en ese tiempo los judíos habían creído en Cristo bajo la misma Iglesia y con la misma fe con la cual el pueblo ruso ahora se ha fundido y de la cual los judíos contemporáneos como sus ancestros por ser desobedientes al Señor se han alejado de ella” Vladimir Moss; Christ and the Nations; 25 de septiembre/ 6 de octubre año 2006

[11] Hieromonje Antonio de la Montaña, Ocherki zhizni i podvigov Startsa Ieroskhimonakha Ilariona Gruzina (Bocetos de la Vida y Hazañas del anciano hieroesquemanonje Hilarión el Georgiano), Holy Trinity Monastery, Jordanville, 1985, pp. 68-74, 95 (en ruso).

[12] San Serafin, en Sergei Nilus, “Chto zhdet Rossiu?” (“¿Que está esperando Rusia?”), Moskovskie Vedomosti (La Gaceta de Moscú), № 68, 1905 (en ruso).

[13] V.A. Konovalov, Otnoshenie Khristianstva k Sovetskoj Vlasti (La relación del Cristianismo hacia el Poder Soviético), Montreal, 1936, p. 35 (en ruso).

[14] Nota de editor –  de acuerdo a Eusebio de Cesárea y otros escritores eclesiásticos, la destrucción de los cimientos del fallido Tercer Templo de Jerusalén y la dispersión de sus constructores judíos, no solo se habría debido a un terremoto, sino que también a fuego que caída del cielo. también, de acuerdo con la tradición eclesiástica ortodoxa, respecto a la muerte de Juliano el Apostata, esta se habría producido por un lanzazo, dado por el Santo Gran Mártir Mercurio de Cesárea en Capadocia (+250 d.C), cuando Juliano estaba retornando de su guerra contra los persas, y el Santo habría aparecido milagrosamente para tal fin. El hecho se habría producido luego de que San Basilio el Grande rece ante un Icono de la Sma. Madre de Dios, donde también se encontraba el Santo, pues San Basilio no deseaba que Juliano retorne para continuar con sus vituperios contra los cristianos.

 

[15] Anonimo, Vita Aedwardi Regis (vida del Rey Eduardo) (en latín).

[16]Así es como un historiador ha escrito “aparentemente como fruto de un día de lucha (del 14 de Octubre de 1066), Inglaterra recibió una nueva dinastía real, una nueva aristocracia, virtualmente una nueva Iglesia, un arte nuevo, una arquitectura nueva, y un nuevo lenguaje” R.H.C. Davies, The Normans and Their Myth (Los Normandos y su Mito), Londres: Thames & Hudson, 1976, p. 103 (en inglés).

[17] Wyclif, De Christo et Suo Adversario (Sobre Cristo y su Adversario), 8; en R. Buddensig (ed.), Obras Polémicas de John Wiclif en latín, Londres: The Wycliffe Society, 1883, vol. II, p. 672.

[18] “Iz sobrania Tsentral'nogo gosudarstvennogo arkhiva Oktiabr'skoj revolyutsii: listovka bezvykhodnykh dannykh, pod № 1011” (“De la Colección del Archivo Central del Estado de la Revolución de Octubre: folleto sin fecha, № 1011”), Nauka i Religia (Ciencia y Religión), 1989, № 4 (en ruso).

[19] Véase las citas del Metropolita Antonio (Khrapovitsky) y del Padre Vladimir Vostokov en Hieromonk Euthymius (Trofimov), “O tropare prazdniku Vozdvizhenia” (“Sobre el Tropario de la Fiesta de la Exaltación”), Pravoslavnaia Rus' (Rusia Ortodoxa), № 17 (1566), 1/14 Septiembre, 1996, p. 3 (en ruso).

[20] I.M. Andreev, Russia's Catacomb Saints (Santos rusos de las Catacumbas), Platina: St. Herman of Alaska Press, 1982, pp. 541-42. (en ruso)

[21] Sacerdote Alejo, “Sv. Osty-ispovedniki ob otnoshenii k vlastiam” http://priestalexei.livejournal.com/2197.html

[22] Metropolitan Vitaly, “Otvet bespasportnomu” (Respuesta a los sin-pasaportes), Pravoslavnij Vestnik (Heraldo Ortodoxo), Febrero-Marzo, 1990; Petrova, op. cit.

[23] Petrova, op. cit

[24] Nota de Traductor – Remitimos al lector en el capítulo IV “El cristianismo y el Imperio Romano” para tener una mirada mucho más amplia sobre el rol protector de la Roma pagana para con los primeros cristianos.

[25] I. Antonopoulos, Synomosia kai Agape (Amor y Conspiración), Atenas, 1979, pp. 36-37 (en griego).

[26] Douglas Reed, La Controversia de Sion, Durban, S.A.: Dolphin Press, 1978. (en inglés)

[27] Vease Metropolitano Antonio (Khrapovitsky), “Cristo el Salvador y la Revolución Judía” (Christ the Saviour and the Jewish Revolution), Orthodox Life, vol. 35, № 4, Julio-Agosto, 1988, pp. 11-31.

[28] Trial and Error: The Autobiography of Chaim Weitzmann (Prueba y Error: La Autobiografia de Chaim Weitzmann), Nueva York: Harper, 1949 (en inglés)

[29] Pipes, Russia under the Bolshevik Regime, 1919-1924 (Rusia bajo el Régimen Bolchevique), Londres: Fontana, 1994, pp. 112-113. (en ingles)

[30] Russell, Historia de la Filosofía Occidental, Londres: Allen Unwin, 1947 (en ingles)

[31] Pipes, op. cit., p. 113.

[32] Vease Nikolai Kozlov, Krestnij Put' (El Camino de la Cruz), Moscú, 1993; En el, “Zhertva” (“Sacrificio”), Kolokol' (La Campana), Moscú, 1990, № 5, pp. 17-37, y en Michael Orlov, “Ekaterinburgskaia Golgofa” (El Golgota de Ekaterimburgo”), Kolokol' (La Campana), 1990, № 5, pp. 37-55 (en ruso).

[33] Khrapovitsky, “Tserkovnost' ili politika?” (“¿Iglesia o Política?”), Pravoslavnaia Rus' (Orthodox Russia), № 9 (1558), May 1/14, 1996, p. 4 (en ruso).

[34] Nota del traductor - En el momento que el autor escribió esto, Boris Yeltsin era el presidente de la Federación Rusa, quién bajo su puesto de primer secretario de la URSS, ejecuto la orden en 1977 de destruir la casa Ipatiev

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