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martes, 23 de junio de 2026

LIBRO: EL ENGAÑO OVNI. UNA PERSPECTIVA CRISTIANA ORTODOXA del padre SPYRIDON BAILEY (en castellano)










El Engaño OVNI del padre Spyridon Bailey es una de las aproximaciones cristianas ortodoxas más interesantes al fenómeno ovni, precisamente porque no se limita a repetir las dos respuestas habituales del mundo moderno: la credulidad ingenua del creyente ufológico y el escepticismo materialista del racionalista contemporáneo. Bailey se sitúa en otro plano. Para él, el fenómeno ovni debe ser entendido dentro de una crisis espiritual mucho más amplia: la del hombre poscristiano, que ha dejado de mirar el mundo desde Dios y ha comenzado a buscar en el cosmos, la técnica y las “señales del cielo” una nueva forma de revelación.


El libro parte de una premisa muy clara: el fenómeno ovni no puede ser descartado sin más como una fantasía colectiva. Hay demasiados testimonios, demasiados casos, demasiada insistencia gubernamental, demasiados documentos y demasiadas consecuencias espirituales como para reducirlo todo a engaños vulgares o errores de percepción. Pero tampoco debe aceptarse la explicación extraterrestre como si fuera evidente. La fuerza del libro está justamente en desmontar esa falsa alternativa. Bailey no pregunta simplemente si los ovnis “existen” o no; pregunta qué son, qué producen en quienes los experimentan y qué lugar ocupan en la imaginación religiosa del mundo moderno.


A lo largo de la obra, el autor muestra que los ovnis han ido conformando un verdadero relato religioso. Tienen sus fechas fundacionales, sus profetas, sus testigos, sus “revelaciones”, sus promesas de transformación futura y su esperanza escatológica secularizada. En este sentido, el fenómeno ovni aparece como una nueva mitología para una época que ha perdido la fe tradicional, pero no ha perdido la necesidad de creer. El hombre moderno ya no espera ángeles ni demonios; espera visitantes de otros mundos. Ya no interpreta las señales desde la Revelación cristiana, sino desde la ciencia ficción, la psicología, el ocultismo y la propaganda mediática.


Uno de los puntos más importantes del libro es su diálogo con el padre Serafín Rose y La Ortodoxia y la religión del futuro. Bailey continúa y amplía aquella intuición fundamental: los demonios adaptan sus apariencias y sus modos de acción a la mentalidad de cada época. En una cultura cristiana, podían presentarse bajo formas religiosas; en una cultura secularizada, tecnológica y fascinada por el espacio, se presentan como entidades extraterrestres. Lo esencial no cambia: el objetivo sigue siendo sembrar confusión, apartar al hombre de Dios y conducirlo hacia formas falsas de espiritualidad.


El libro también es valioso porque no cae en una explicación simplista. Bailey distingue entre distintos niveles de engaño. Por un lado, está el engaño espiritual: entidades que se presentan bajo una apariencia adaptada al imaginario científico y cósmico del hombre contemporáneo. Por otro lado, está el engaño político y gubernamental: la manipulación del fenómeno por parte de Estados, servicios de inteligencia y estructuras militares. Aquí el autor es especialmente lúcido. Los gobiernos no solo ocultan información; muchas veces administran la ambigüedad. Niegan, filtran, contradicen, insinúan, permiten ciertas investigaciones, desacreditan otras y mantienen viva la expectativa de una futura “revelación”. De este modo, el público queda atrapado en un estado de incertidumbre permanente.


Esa ambigüedad es central. El fenómeno ovni funciona porque nunca termina de cerrarse. Siempre parece que algo está a punto de ser revelado; siempre se anuncia que “la verdad” está cerca; siempre hay un nuevo documento, una nueva filtración, un nuevo testigo, una nueva desclasificación. Pero esa promesa nunca se cumple del todo. La revelación queda siempre aplazada. Así, el fenómeno alimenta una esperanza casi religiosa: la espera de un acontecimiento cósmico que transformará la conciencia humana, unificará a la humanidad o confirmará que no estamos solos. Bailey ve en esto una parodia de la verdadera esperanza cristiana.


Otro aspecto fuerte de la obra es su análisis de autores como Jacques Vallée. Bailey reconoce que Vallée acierta al rechazar la explicación puramente extraterrestre y al advertir que los ovnis parecen operar como un sistema de control espiritual o psíquico de la conciencia humana. Pero también señala el límite de Vallée: al no tener una visión cristiana del mundo espiritual, termina interpretando ese “control” como una posible vía de evolución, ampliación de conciencia o transformación cultural. Desde una mirada ortodoxa, ese es precisamente el punto peligroso. Reconocer que el fenómeno es espiritual no alcanza; hay que discernir de qué espíritu procede.


La crítica de Bailey al ocultismo contemporáneo es igualmente importante. Muchos investigadores modernos, al advertir que el fenómeno ovni no encaja en una explicación física ordinaria, se acercan a la hipnosis, la mediumnidad, la canalización, la teosofía, la Nueva Era o prácticas semejantes. En vez de alejarse del peligro, entran más profundamente en él. El ovni aparece entonces como puerta de entrada a una espiritualidad falsa, presentada bajo lenguaje científico o cósmico. El hombre que cree haber superado la religión vuelve, sin darse cuenta, a una forma degradada de superstición.


En este punto, el libro es especialmente actual. Bailey muestra que la ciencia ficción, Hollywood, la cultura popular, los documentales, los medios y ciertos discursos oficiales han preparado durante décadas el imaginario moderno para aceptar la posibilidad de una revelación extraterrestre. La idea de que una civilización superior pueda venir “de los cielos” para guiarnos, corregirnos, salvarnos o revelarnos nuestro verdadero destino se ha vuelto culturalmente aceptable. Pero desde una perspectiva cristiana ortodoxa, esta expectativa no es inocente. Es una inversión de la verdadera Revelación. El hombre ya no espera a Cristo, sino a seres cósmicos; ya no espera el Reino de Dios, sino una reorganización espiritual y política de la humanidad bajo una falsa trascendencia.

La conclusión de Bailey es sobria y pastoral. El cristiano ortodoxo no debe vivir obsesionado con el fenómeno ovni, ni perseguirlo, ni entregarse a la curiosidad malsana. Tampoco debe dejarse paralizar por el miedo. El fenómeno debe ser comprendido dentro de la lucha espiritual que la Iglesia siempre ha enseñado. La respuesta no es la investigación obsesiva, ni la espera de la “divulgación”, ni la fascinación por lo paranormal, sino la vida cristiana: confesión, arrepentimiento, oración, comunión, vigilancia espiritual y confianza en Dios.


Por eso, El Engaño OVNI no es simplemente un libro sobre extraterrestres. Es un libro sobre el discernimiento espiritual en la época de la confusión. Su verdadero tema no son las luces en el cielo, sino el estado del alma moderna. Bailey nos muestra que el fenómeno ovni funciona como espejo del mundo poscristiano: un mundo que ya no cree en los demonios, pero está dispuesto a creer en entidades interdimensionales; que ya no acepta la autoridad de la Iglesia, pero espera mensajes de inteligencias cósmicas; que rechaza la Revelación, pero ansía una revelación alternativa.

En definitiva, la obra del padre Spyridon Bailey es una advertencia contra una de las grandes mitologías religiosas de nuestro tiempo. Su valor está en mostrar que el fenómeno ovni no puede comprenderse adecuadamente desde el materialismo, ni desde la ufología crédula, ni desde la psicología secular, sino desde la tradición espiritual de la Iglesia. Allí donde el mundo moderno ve misterio, evolución o contacto cósmico, la Ortodoxia ve la necesidad de discernimiento. Y allí donde muchos esperan la llegada de salvadores extraterrestres, el cristiano recuerda que solo Cristo es el Salvador, y que toda luz que pretenda sustituirlo no viene del cielo, sino del engaño.


Haga click aquí para descargar la obra: 


El engaño OVNI: Una perspectiva cristiana ortodoxa - padre Spyridon Bailey


jueves, 13 de febrero de 2025

VIDA Y OBRA DE KONSTANTIN LEONTIEV



Konstantin Nikolaevich Leontiev (1831 - 1891)


Su vida

Konstantin Nikolaevich Leontiev nació el 13 de enero de 1831 en una familia noble que ya había perdido su esplendor de los días pasados. La casa de su familia estaba situada en el pueblo rural de Kudinovo, en la provincia de Kaluga, al suroeste de Moscú, y fue allí donde Konstantin, el menor de siete hijos, recibió su educación inicial de parte de su madre hasta que tuvo la edad suficiente para ingresar en el Gimnasio de Smolensk en 1841.

Su padre era distante y, al parecer, una figura que el joven despreciaba.

Su madre, por otro lado, fue una influencia formativa, un refugio al que regresaría en numerosas ocasiones. La idolatraba por su exquisito gusto y su devoción a la emperatriz María Fyodorovna (1759-1828), algo que ella había adquirido en el Instituto Catalina en San Petersburgo, donde fue la favorita de la emperatriz. Proveniente de la aristocrática y prestigiosa familia Karabanov, ella era naturalmente una firme defensora de la monarquía, a pesar de ser distante en lo que respecta a la religiosidad.

Así, Leontiev creció en un entorno que lo predisponía fuertemente a disfrutar del ritual exterior y el simbolismo del Estado ruso, sin transmitirle su contenido fundamental: el cristianismo ortodoxo. El poco sentimiento religioso que tenía le fue inculcado por una tía a la que admiraba mucho.

Los episodios de enfermedad durante su juventud le causaron problemas tempranos en su educación, pero cuando Leontiev encontró su lugar en el Gimnasio de Kaluga, se desempeñó excepcionalmente y obtuvo el derecho a ingresar a la universidad sin necesidad de presentar un examen de admisión. Para 1849, estaba estudiando en la facultad de medicina de la Universidad de Moscú, tratando de cumplir el deseo de su madre de que sea médico. Fue aquí donde desarrolló una pasión por la escritura. La pluma le sirvió como escape de los aspectos de la vida estudiantil que le desagradaban: el amor no correspondido, la soledad y la grosería de sus compañeros maleducados.

Le presentó su primera comedia, Matrimonio por amor, al prolífico novelista ruso Ivan Turgenev (1818-1883), quien casualmente vivía frente a su residencia en Moscú. Para su asombro, Turgenev respondió elogiando el relato de su comedia, avivando las ambiciones de Leontiev y revirtiendo su depresión.

Lamentablemente, los remezones de la Revolución de 1848 todavía se seguían sintiendo en Rusia, lo que hacia que los criterios aplicados por los censores del gobierno para aprobar o denegar la publicación de obras fueran extremadamente estrictos, por lo que Matrimonio por amor no fue aprobado cuando Leontiev intentó publicarlo en 1851. El joven estudiante no permitió que este temprano fracaso lo disuadiera de seguir escribiendo, ni mucho menos lo distrajera de sus estudios, y recibió su diploma en 1854, antes de lo previsto. Logró publicar algunos cuentos, principalmente comedias, que le generaron algunos ingresos modestos pero no aún el reconocimiento que deseaba.

Ahora como médico titulado, se ofreció como voluntario para servir como médico de batallón y regimiento en la brutal Guerra de Crimea, que había estallado el año anterior. Fue reasignado a varios regimientos y hospitales de campaña mientras los combates continuaban, encontrando poco respiro en sus deberes. Se dio de baja del servicio en 1857, poco después de que la guerra llegara a su fin, buscando algo más estable que le permitiera perseguir una carrera literaria. Apenas tenía espacio en su maletín médico para su equipo junto con los numerosos borradores de sus futuros libros.

Se mudó a San Petersburgo, con la esperanza de encontrar audiencias receptivas, pero pocos estaban interesados en sus obras y pronto cayó en dificultades económicas. Fue el año crucial y sombrío de 1861 que marcaría un punto de inflexión en la vida de Leontiev. Mientras trabajaba brevemente como médico familiar en algunas localidades rurales, continuó sintiendo la irresistible atracción del sur y pronto regresó a Crimea. Allí se casó con Elizabeth Pavlovna Politova, la hija semianalfabeta pero muy hermosa de un comerciante griego. Se había enamorado de ella durante su estancia en Simferopol. Su matrimonio fue generalmente turbulento, y su esposa sufrió una crisis de salud mental que la llevó a ser institucionalizada periódicamente a lo largo de su vida.

De regreso en San Petersburgo, publicó su primera novela, Podlipki. La historia de un joven que navega en el conflicto entre su nostalgia por la inocencia juvenil y las cosas infelices descubiertas en la adultez, Podlipki tuvo solo un éxito moderado, y Leontiev comenzó a buscar una nueva carrera. Más que su matrimonio y su primer libro, lo que hizo que 1861 fuera tan importante en la vida de Leontiev fue el surgimiento de su filosofía de la estética, que expondremos en detalle más adelante. Podemos comenzar a rastrear este desarrollo hasta 1861 porque, a la vez que publicaba Podlipki, Leontiev estaba planeando frenéticamente su próximo libro, En su tierra.

Es en esta novela donde encontramos a Leontiev hablando a través de sus personajes sobre la devaluación absoluta de la moral, el rechazo de las ideas liberales tan populares entre la juventud rusa y la glorificación de la estética como el ideal más alto. “La moralidad”, según el representante ficticio de Leontiev, “es el recurso de la gente mediocre”[1]. Para 1862, el desarrollo de esta idea – que florecía a la zaga de la desesperación del trabajo mundano y las necesidades financieras que lo forzaron a retornar a la propiedad de su madre en Kudinovo – estaba completo.

Saliendo una vez más de la oscuridad interior, Leontiev encontró una nueva vocación en el servicio diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores bajo el zar Alejandro II (1818-1881). Después del fallido levantamiento polaco de 1863, hubo una gran ola de patriotismo en el imperio, y muchos rusos estaban ansiosos por servir a su país. Este orgullo nacional no podía dejar de influir en Leontiev. La adoración eslavófila por los atributos únicos de Rusia, entonces en boga, también encontró eco en En su tierra, que aún estaba en progreso.

Nombrado dragomán (intérprete) para el consulado ruso en Kanea, en la isla de Creta, en octubre de 1863, Leontiev dejó su patria y asumió un rol que no solo le permitía aprovechar su talento para la argumentación, sino que también le daba tiempo libre para dedicarse a la escritura. Publicó En su tierra al año siguiente. Solo siete meses después de comenzar su trabajo en Creta, generó un pequeño incidente diplomático cuando, indignado por los comentarios despectivos sobre Rusia del cónsul francés, lo golpeó con un látigo. Leontiev recordaría la isla con cariño en su primera obra de no ficción, Bocetos de Creta (1866), pero el servicio lo trasladó a Adrianópolis inmediatamente después del incidente. Por un lado, la misantropía ocasional, la irritabilidad y las extrañas excentricidades de Leontiev (que incluían negarse a usar el uniforme diplomático en favor de un abrigo verdaderamente ruso que había hecho a medida) molestaban a sus superiores, pero, por otro lado, no querían perder a un intelecto tan evidente.

Sirvió en Adrianópolis durante dos años, después de lo cual se convirtió en vicecónsul en Tulcea (Rumania), donde publicó su siguiente novela, Las confesiones de un marido (1867). Su jornada laboral a menudo consistía en apenas una hora y media de recibir visitantes y firmar documentos, mientras recibía un generoso salario y alojamiento gratuito. En ese momento, estaba planeando su logro literario más ambicioso, una serie de novelas bajo el título El río del tiempo, pero nunca estuvo satisfecho con lo que escribió y posteriormente destruyó todo rastro de la obra. Otras novelas como Chryso (1868) y Hamid y Manoli (1869), ambas ambientadas en su amada Creta, le dieron a Leontiev cierta medida de reconocimiento, aunque no el que esperaba. Aun así, su producción literaria alcanzó su punto máximo durante este período, en el que generalmente se cree que sus posturas políticas anacrónicas y reaccionarias se consolidaron, derivadas del núcleo central de su filosofía de la estética. También cabe destacar que fue durante su nombramiento en Tulcea cuando su esposa comenzó trágicamente a mostrar los primeros signos de locura. Era una mujer celosa, y las numerosas aventuras extramaritales de Leontiev afectaron gravemente su estado mental.

Volviendo a actividades más académicas, Leontiev presentó un ensayo extenso, Literatura y nacionalidad, al embajador en Constantinopla, Nikolay Ignatiev (1832-1908), para su aprobación. Fue tan bien recibido que finalmente se le otorgó el cargo completo de cónsul, primero en la ciudad albanesa de Ioannina en 1869, y luego en Salónica, Grecia, en 1871. Se estaba preparando para el cargo de cónsul general de Bohemia cuando cayó gravemente enfermo. No está claro exactamente cuál era la naturaleza de la enfermedad (él sospechaba que era cólera), pero dejó a Leontiev postrado en cama y cerca de la muerte. Su madre también había muerto ese año, dejándolo en un estado mental frágil. Cuando un monje del Monte Athos le entregó un ícono de la Madre de Dios, Leontiev informó haber tenido una experiencia de la propia Theotokos junto a su cama, y prometió que se convertiría en monje si ella lo curaba. “¡Madre de Dios! ¡Es temprano! ¡Es demasiado pronto para que yo muera!”, exclamó, horrorizado ante la perspectiva de su muerte física, a la luz de la vida disoluta y pecaminosa que difícilmente había estado a la altura de su potencial.

Milagrosamente, Leontiev se recuperó por completo en tan solo dos horas y de inmediato emprendió una peregrinación al Monte Athos para cumplir su promesa. Los monjes le permitieron quedarse allí un año, pero le aconsejaron no precipitarse en seguir la vida religiosa. Percibían que aún no había escrito todo lo que deseaba escribir y que, una vez disipado el fervor encendido por su vivencia, lucharía en contra de las restricciones estéticas de la vida monástica. Quemó lo que quedaba de El río de los tiempos (de manera deliberada, aunque por razones desconocidas), ayunó y asistió a todos los servicios eclesiásticos que pudo, cayendo bajo la fuerte influencia del hierosquimonje Jerónimo Solomentsov (1805-1885). A los ojos de sus colegas, había perdido la cabeza.

Tras retirarse del servicio diplomático en 1873, debido tanto a su descontento cada vez mayor con la política exterior de Rusia en los Balcanes como a las crecientes exigencias de su observancia religiosa, se estableció en la isla de Halki, a las afueras de Constantinopla, y adoptó la vida de publicista a tiempo completo, escribiendo artículos para la revista conservadora Russki Vestnik (El mensajero ruso). Fue en este periodo cuando escribió sus obras de no ficción más influyentes, entre ellas El panslavismo y los griegos y Bizantinismo y eslavismo. También escribió otra novela, Odiseo Polícroniades.

En 1874, Leontiev regresó a su ciudad natal, abatido al encontrarla desolada y deteriorada. La reforma de emancipación de 1861, que había liberado a los siervos de Rusia, había terminado por afectar la economía de Kudinovo, y la visión de su deteriorada finca infantil empañó sus recuerdos de una infancia encantada. Era su propio Podlipki. Para entonces, su aversión a las reformas igualitarias no podía ser mayor.

Ya en sus cuarenta años, estaba decidido a comenzar su transición a la vida monástica, tal como había prometido. Viajó al renombrado centro de la espiritualidad rusa, Optina Pustyn, donde se reunió con san Ambrosio Grenkov (1812-1891), con quien había mantenido una correspondencia epistolar durante mucho tiempo, y con el hieromonje Clemente Zedergolm (1830-1878), quien también ejerció gran influencia sobre él. Sin embargo, en el último momento, cuando ya era novicio en el monasterio Nikolo-Ugreshsky, cerca de Moscú, decidió que aún tenía escritos pendientes en el mundo y pospuso su transición.

En 1879, aceptó un empleo en el periódico Varshavskii Dnevnik (Diario de Varsovia), pero las dificultades económicas lo obligaron a renunciar en menos de un año. Luego trabajó como censor en el Comité de Censura de Moscú entre 1880 y 1886. Durante este tiempo escribió El amor universal y el temor de Dios y El amor a la humanidad, que terminaron figurando en una vasta recopilación de sus escritos de no ficción, Rusia y los eslavos.

Un testimonio llamativo sobre Leontiev en su última etapa describe su presencia carismática:

"Delgado, nervioso, con unos ojos brillantes de juventud, Leontiev llamaba la atención con su apariencia. Su voz clara y juvenil, combinada con sus gestos enfáticos y siempre elegantes, hacían difícil creer que tenía cincuenta años. Hablaba, o mejor dicho, improvisaba. ¿Sobre qué? No puedo recordarlo. Absorbiendo la música de su elocuencia y su pasión, apenas podía seguir el fulgor de su pensamiento inquieto, que centelleaba como un relámpago. Tenía la impresión de que su pensamiento no cabía dentro de sí mismo, como si no lo escuchara, encendiendo aquí y allá un fuego, iluminando oscuros horizontes en los lugares más inesperados. Era una tormenta, un huracán que arrastraba a sus oyentes."

En el otoño de 1887, se trasladó a Optina y alquiló una casa de dos pisos junto a las murallas del monasterio. Se mantuvo implicado políticamente, carteándose con prominentes conservadores como la eminencia gris de la familia imperial, Konstantín Pobedonóstsev (1827-1907), y Lev Tijomírov (1852-1923) quien a otrora había sido un antiguo revolucionario terrorista no sin después haber pasado por un fuerte proceso de arrepentimiento o metanoia. Planeó formar una sociedad secreta de conservadores, pero los años que le quedaban de vida no fueron suficientes para concretarlo.

Fue en esta época en Optina cuando se encontró brevemente con el pacifista y gran novelista ruso Lev Tolstói (1828-1910), en un diálogo significativo no solo debido a sus radicales diferencias políticas, sino también dado el estatus que Leontiev poseía al ser uno de los mejores críticos literarios del autor. Su conversación no fue particularmente productiva. Tolstói anotó en su diario: “Visité a Leontiev. Tuvimos una charla encantadora. Él me dijo: «No tienes remedio»”. Sus últimas obras en este periodo terminaron de publicarse: Notas de un ermitaño, La política nacional como instrumento de la revolución mundial y una valoración del corpus literario de Tolstói.

El 23 de agosto de 1891, fue tonsurado como monje en una skite del monasterio de Optina, tomando el nombre de Clemente en honor a su mentor, y pasó sus últimos días bajo la disciplina ascética. Falleció de neumonía el 12 de noviembre de ese mismo año y fue enterrado en el monasterio de Getsemaní de la Laura de la Trinidad y San Sergio.

 

***

 

Su obra

Entre los intelectuales de su patria, Leontiev inspiraba un desprecio casi instintivo. Enigmático y paradójico, idolatraba la estética por encima de la moral y, sin embargo, se entregó a la severa austeridad de la vida monástica. Nunca encajó en ninguna escuela particular. Los liberales lo detestaban como un reaccionario ferviente, un defensor de los extremos más crueles del despotismo asiático, los cuales, incluso en Rusia, hacía tiempo que había perdido partidarios. Mientras tanto, los conservadores se lamentaban por su rechazo irrestricto al dogma eslavófilo, y en particular del paneslavismo que se había convertido en la hoja de ruta de los sueños imperiales de Rusia en los Balcanes.

 

Leontiev era un patriota ferviente, pero nunca convirtió al pueblo ruso en un fetiche, siendo a menudo tan crítico con él como el más encendido occidentalista. Mientras los conservadores elevaban a Fiódor Dostoievski (1821-1881) como su campeón literario, él despreciaba el cristianismo color rosa del autor por considerarlo demasiado optimista. Mientras los conservadores señalaban al islam de los turcos como su enemigo eterno, él hablaba de la belleza que se encontraba en el Corán. Mientras los conservadores atacaban al catolicismo romano, la religión de los pérfidos polacos, Leontiev afirmaba su evidente superioridad sobre el protestantismo (sin duda, la estética de este último le horrorizaba). Todas estas cosas hicieron de Konstantín Leontiev un solitario ideológico en la Rusia imperial tardía, pero ello contribuyó a su permanencia como una de las figuras más originales del conservadurismo ruso, de hecho, uno de los intelectos más fascinantes que el país había producido hasta entonces.

 

Las valoraciones negativas sobre Leontiev son numerosas. El teólogo Serguéi Bulgákov (1871-1944) lo describió como un “monstruo ético”. Según el ideólogo paneslavista Nikolái Strájov (1828-1896), “para él, la religión, el arte, la ciencia y el patriotismo [...] no eran más que pretextos para sus bajos instintos y su sed depravada de placer y autocomplacencia”. Tales reacciones son indicativas del grado en que Leontiev desafiaba las ideas sociopolíticas dominantes de su época. Las réplicas que recibió fueron sensacionalistas y a menudo personales. Se le acusó de transgresiones que iban desde la pederastia hasta el satanismo, y algunos afirmaban que había torturado psicológicamente a su esposa con los relatos lascivos de sus aventuras. Esta última acusación parece tener cierto fundamento, aunque cabe señalar que Leontiev pagó el cuidado de su esposa durante toda su vida, incluso en tiempos de dificultades económicas, y la mantuvo a su lado siempre que le fue posible.

Otros intérpretes de la obra de Leontiev fueron más benevolentes. El eminente teólogo, Vladímir Soloviov (1853-1900), por ejemplo, a pesar de sus desacuerdos, lo reconoció como un escritor e intelectual valioso. El filósofo Vasili Rozánov (1856-1919) lamentaría profundamente que Leontiev no fuera discutido en Rusia con la misma intensidad con la que Friedrich Nietzsche (1844-1900) lo era en Europa, pues consideraba que ambos eran reflejos el uno del otro en su manera de desafiar al mundo contemporáneo. Algunos han cuestionado esta comparación, argumentando que Leontiev nunca acuñó conceptos de la magnitud de los de Nietzsche (el Übermensch, el eterno retorno, etc.). Si bien esto es cierto, se podría decir que no fueron estos conceptos los que hicieron de Nietzsche un pensador tan fascinante, sino su proyecto central, que Leontiev anticipó en cierta medida: la apología de un ámbito de juicio más allá del bien y el mal.

D. S. Mirsky (1890-1939) estructuro el pensamiento de Leontiev en tres temas principales. El primero, un esteticismo amoral que reconocía el valor de la belleza como criterio más abarcador y universal que el de la moralidad. El segundo, una visión cíclica y naturalista sobre cómo los fenómenos sociales, incluidas las civilizaciones, evolucionan y decaen. Finalmente, un compromiso intelectual con la forma bizantina del cristianismo. Ahora pasaremos a discutir cada elemento por separado.

La peculiar doctrina del esteticismo amoral es algo sobre lo que Leontiev nunca ofreció una exposición formal, sino que solo permite vislumbrar en sus artículos menores y en las novelas en las que utiliza indirectamente a héroes narcisistas para exponer sus propios puntos de vista.

Si bien no estaba plenamente desarrollado en un sentido doctrinal y sistemático, este credo del esteta era claramente fundamental para la visión política de Leontiev. Su concepción del mundo no situaba al hombre como punto central de la creación, sino como un instrumento a través del cual podía alcanzarse la belleza. Mientras que otros reaccionarios rusos, en especial Pobedonostsev, llegaron a sus convicciones políticas por un compromiso práctico con el orden frente a todas las formas de caos, el razonamiento de Leontiev era distinto. Las formas de Estado autocráticas y jerárquicas eran preferibles no por su capacidad para mantener el orden, sino por su capacidad para extraer belleza de grandes contrastes, tanto internos como externos, y orquestarlos.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase.  Tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo era el llamado desafiante de Nietzsche, el pensamiento de Leontiev dio forma a una nueva corriente en el conservadurismo que, a pesar de su oscurantismo, se manifestaba como inexpugnable.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase. Sin duda, al ser tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo fue el llamado desafiante de Nietzsche, Leontiev formuló una nueva vertiente del conservadurismo que era a la vez más oscurantista y, sin embargo, más inatacable.

La problemática modernización de Rusia, su período de revolución sangrienta y guerra civil, ciertamente otorgó una cualidad profética a aquellos reaccionarios que habían advertido lo que le ocurriría al imperio si seguía por el camino de la liberalización. Las predicciones del embajador saboyano en San Petersburgo, Joseph de Maistre (1753-1821), que establecieron el patrón de pesimismo seguido por Pobedonostsev, se hicieron realidad para Rusia. Sin embargo, los regímenes liberales en general han demostrado ser más resilientes y capaces de lo que sus primeros críticos habían anticipado. Eventos como la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique siguen siendo excepciones en la línea histórica, y podría argumentarse que las democracias liberales modernas han mantenido el orden con mayor continuidad que sus predecesores autoritarios. Por supuesto, el argumento depende de que es lo que se defina por orden. Aun así, deberíamos apreciar que el conservadurismo de Leontiev no sufre debilidad alguna. No se somete al compromiso programático de mantener el orden a cualquier costo, al reconocer de hecho al mal y al caos como elementos importantes que deben tener cabida en la vida pública. El principio rector de Pobedonostsev podría estipularse como “prevenir las revueltas por cualquier medio”, mientras que la réplica de Leontiev a tal lógica sería la siguiente: “dejad que ocurran las revueltas. ¡Pero dejad que también sean aplastadas!”[2]

El apasionado juego y la poesía de la vida eran, para Leontiev, forjado a través del conflicto entre el bien y el mal. Se regocijaba en las descripciones vívidas de la guerra, incluso del bandidaje y el asesinato. Milkeev, el héroe estudiante de la novela En su tierra, comenta: “La sangre no impide la benevolencia del cielo. ¡Has leído demasiado de esa empalagosa Fredrika Bremmer[3]! Juana de Arco derramó sangre, pero ¿acaso no era tan bondadosa como un ángel? ¿Cuál es el sentido de una humanidad lacrimógena y unidireccional? ¿Qué es nuestra mera existencia fisiológica? ¡No vale ni un solo centavo! Un árbol majestuoso de un siglo de antigüedad vale más que dos docenas de personas sin rostro; y no lo talaré para comprar medicina para los campesinos que sufren de cólera.”[4]

 

Tales declaraciones eran tan incómodas de escuchar en su propio tiempo como lo siguen siendo hoy, pero fue precisamente en tales desafíos audaces a la certeza moral donde Leontiev transmitió su diagnóstico del declive de la civilización. La marca de las culturas moribundas no es el tormento, el derramamiento de sangre o el sufrimiento, sino la vulgaridad y la uniformidad, y estas llegan precisamente en el momento en que una cultura se inclina hacia el moralismo, hacia una deificación del bienestar del hombre. Leontiev reconoció con fuerza al padre del socialismo ruso, Alexander Herzen (1812-1870), por su evaluación estética de Europa. Aunque recordado por su agitación de izquierda, Herzen estaba profundamente insatisfecho con Europa Occidental y criticaba con buen gusto su descenso hacia la cultura burguesa y de masas. Leontiev fue más allá.

Se lamentaba de un pueblo que, aunque desfrutase de la estética de la vida con todos sus peligros, inconvenientes y atrocidades en las novelas y en los escenarios, Dios no le permitiera que esta jamás se desarrollase en la vida real. En una vitalidad moribunda, en la debilidad, la falta de fe y el temor se enraizaría la causa la degeneración de tal pueblo. Como se le citó diciendo:

“La vida, que siempre fue considerada un «regalo» para el hombre, se ha convertido en una carga en el siglo XIX; ya no es una vida bendita, sino una maldita. Este es un fenómeno monstruoso, una distorsión increíble del orden de las cosas. Sin importar en qué época haya vivido el hombre, las persecuciones que haya soportado o las humillaciones que haya experimentado, nunca se habría atrevido a pensar las ideas que ahora expresa en medio de la prosperidad, la paz tangible y el bienestar general. Si las generaciones que hace mucho tiempo desaparecieron bajo tierra fueran reunidas cara a cara con las que ahora habitan la tierra, si se vieran y expresaran sus pensamientos, ¡cuán infelices, sombríos, lamentables y confundidos les pareceríamos! Y nosotros les mostraríamos nuestros chirriantes fotógrafos, rollos de cables telegráficos, placas de gelatina o nuestros ferrocarriles y diríamos: «He aquí nuestra felicidad». Pero ellos, sin necesidad de ver nada de eso, con solo mirarnos a la cara, dirían: «¿Qué se han hecho a sí mismos? ¿Qué han hecho...?»”[5][6]

Tal como lo evidencian estos sentimientos, Leontiev encaja firmemente en la tradición del romanticismo conservador, algo que fue afirmado por el filósofo ruso Nikolai Berdyaev (1874-1948), quien escribió una considerable evaluación de la visión del mundo de Leontiev. Podemos estar de acuerdo con Berdyaev en que Leontiev estaba impulsado por una obsesión con un pasado glorioso, las edades doradas de una gran cultura, y, sin embargo, rechazaba la corriente principal del romanticismo ruso. Si bien sería justo considerar a Leontiev en cierta medida eslavófilo, no le encontraba valor alguno a su idealización casi demótica del campesinado ruso, cuyos sus supuestos orígenes pacíficos y piadosos habían sido tan groseramente interrumpidos por el autoritario trono imperial.

 

La visión romántica de Leontiev era la de la arquitectura bañada por el sol de las capitales asiáticas, de bazares atestados de incienso y de harenes, de ejecuciones públicas, místicos y profetas, caballeros y nobles, y emperadores con una autoridad ilimitada. Muchos han descrito a Leontiev como un turcofilo, y sus puntos de vista geopolíticos, cuando se contrastan con los de la mayoría de los eslavófilos, parecen dar credibilidad a tal afirmación. Sin embargo, más allá de una fascinación por los pueblos que consideraba exóticos, incluidas las poblaciones rurales de los Balcanes, sus puntos de vista caen completamente dentro de los parámetros del esteticismo amoral. Leontiev reconocía el dominio turco sobre los eslavos del sur como un crimen ético. Sin embargo, dada la naturaleza de las fuerzas políticas que agitaban para la liberación de estos pueblos, todos ellos gradualmente perdiendo toda su distinción, todas las tradiciones (incluida la gradualidad misma) a las que se habían aferrado con tenacidad mientras estaban bajo el dominio otomano como una forma de resistencia a su brutalización, Leontiev creía que su liberación podría también resultar de que Rusia se infectara también del liberalismo. Esto, pensaba Leontiev, sería fatal para un Estado que ya temía podría estar entrando en una fase de decadencia terminal.

La visión cíclica de la historia de Leontiev se presenta en su forma más completa en Bizantinismo y Eslavismo, publicado en 1875. No fue el primer ruso en esbozar y defender formalmente tal concepción, ya que Nikolay Danilevskii (1822-1885) lo había adelantado cuatro años antes con Rusia y Europa. Sin embargo, Leontiev sostenía que había llegado a sus ideas de manera independiente, y leer el análisis histórico innovador de Danilevskii solo confirmó lo que ya creía. Dado su aislamiento del entorno intelectual ruso de la época y su historial personal en la práctica médica, que habría favorecido las conclusiones naturalistas a las que llegó, esto es completamente creíble. También debe señalarse que, mientras Danilevskii presentó la noción de que los estados ascienden y caen en un patrón cíclico predecible, no especificó exactamente los síntomas del declive, ni donde se podrían trazar los límites entre el apogeo cultural y la decadencia. Para esto, el mérito es de Leontiev.

Muchos comentaristas eslavófilos habían vilipendiado las reformas occidentalizadoras del zar Pedro I (1672-1725), que pasaron por encima de siglos de tradición rusa y debilitaron enormemente a la Iglesia Ortodoxa. Extrañamente, Leontiev restó importancia a tales preocupaciones. Siguiendo su propio modelo cíclico, basado en una evaluación estética de la grandeza cultural, Leontiev vio la era petrina como el florecimiento de Rusia, resultado de un largo proceso gestado por el cristianismo bizantino. Esta era se extendió hasta el reinado de Catalina II (1729-1796) y estuvo marcada por una mayor ostentación en la corte, el florecimiento de la pintura y la arquitectura rusa con diversas influencias contrastantes, así como victorias militares en el extranjero. Es importante destacar que también fue un período de maduración jerárquica. Si bien Catalina, en particular, predicaba los valores de la Ilustración, bajo su reinado, las distinciones de clase se hicieron más pronunciadas y la brecha entre la nobleza y el campesinado se amplió de manera inmensa.

La desintegración cultural, tal como la veía Leontiev, se instaló después, conforme a su modelo, con un periodo de creciente igualdad cívica, disminución creativa y un aumento del sentimiento revolucionario que ni los zaristas más conservadores pudieron restringir. La desastrosa invasión de Rusia por parte de Napoleón I (1769-1821) y repelida por Alejandro I (1777-1825) fue solo el presagio de la destrucción cultural por venir, primero en Europa, luego en Rusia. Las Revoluciones de 1848, que destrozaron la política tradicional en toda Europa, señalaron con desdén que el proceso de simplificación cultural había echado raíces y se estaba extendiendo sobre los bordes orientales del continente.

Como esbozó en el Capítulo VII de Bizantinismo y Eslavismo, Leontiev observó que los organismos están sujetos a una ley de desarrollo. Comenzando en un estado de simplicidad primitiva, se van complicando gradualmente a medida que alcanzan su plena floración, antes de descender de nuevo por la escalera en un proceso en cascada de simplificación, durante el cual sus características distintivas se desvanecen y se mezclan con elementos externos a ellos mismos. La expresión última de esta etapa terminal es la descomposición en materia orgánica inerte. Leontiev creía que las culturas estaban gobernadas por las mismas leyes. Esta base en leyes científicas casi darwinianas es un aspecto chocante y poco común de una mente tan romántica, pero encaja con el perfil de Leontiev como un hombre que existía en las fronteras de diversas corrientes de pensamiento. Presenta una convergencia interesante entre la corriente positivista del conservadurismo (bien representada por Danilevskii) y la corriente romántica, que encuentran una confluencia y coherencia agradable en el argumento de Leontiev.

Finalmente, llegamos a la tercera clave de la filosofía de Leontiev, la que se refleja de manera más completa en sus últimos años, cuando se apartó de su muy apreciada estética para tomar los votos monásticos.

El bizantinismo era lo que Leontiev vislumbraba como el principio organizador de cualquier futuro Estado paneslavo, un Estado que él, al igual que la mayoría de los rusos, veía como inevitable ante la decadencia del Imperio Otomano. La grandeza única de Rusia radicaba, para Leontiev, en la herencia de la Segunda Roma desaparecida, una civilización que consideraba sin igual, tanto en términos de su longevidad como por todo lo que le legó a Europa en su conjunto.

Después de que el ascenso del emperador Constantino I (272-337) viera la tolerancia religiosa del cristianismo en 311 y la transferencia de la capital romana a la ciudad santa de Constantinopla en 330, surgió un tipo cultural e histórico único. Esto, según Leontiev, fue persistentemente ignorado y subestimado por los historiadores, particularmente respecto a su importancia para Rusia. Para el autor, Rusia no existe sin el bizantinismo. Es el principio formativo de la cohesión en el Estado ruso, el único propósito de la existencia de Rusia. Leontiev lleva esta idea a un extremo no explorado por otros filósofos rusos. Ciertamente, otros habían basado la Idea Rusa en la dimensión espiritual, en las cualidades espirituales inherentes al pueblo ruso o a los eslavos en general, pero no llegaron a ver a Rusia como un vehiculo para esta Idea, que materialmente se había originado fuera de la nación. Para Leontiev, el fracaso de Rusia para convertirse verdaderamente en la civilización que Danilevskii había identificado se debía a su fracaso de encarnar físicamente a Bizancio. Era casi como si Rusia estuviera atascada, ahogándose en el canal de parto civilizacional. Para sobrevivir, sería necesario que tomara Constantinopla (Tsargrad), no para convertirse en una federación eslava, sino más bien en un imperio cristiano oriental/bizantino.

Un aspecto clave de esta civilización era, por supuesto, la continuación y el fortalecimiento de la autocracia. Leontiev soñaba con el zar ruso como un déspota socialista gobernando desde su asiento de poder en el Bósforo. Sorprendentemente para sus contemporáneos, el socialismo no era anatema para Leontiev, incluso si lo veía como una especie de compromiso con las realidades impuestas por los cambios tecnológicos y sociales. El socialismo sería aceptable mientras sirviera al ideal bizantino y funcionara como un ácido correctivo contra el liberalismo. En resumen, Leontiev estaba silenciosamente fascinado por la idea de utilizar la economía socialista como arma contra la inminente podredumbre burguesa a la que una vez describió como Todo América. Hizo hincapié en que, en ausencia del augusto zar, el socialismo estaría dirigido en cambio a las grandes instituciones de la vida rusa, particularmente su Iglesia, pero, manejado por las manos adecuadas, podría devolver a Rusia, y quizás a toda Europa, a un estado de clases económicas rígidas. Esto, a su vez, sería la semilla de una nueva y floreciente complejidad. Apenas pudo contener su asombro cuando su buen amigo, Lev Tijomírov, predijo correctamente que el socialismo no cumpliría con lo que prometía, que la libertad socialista sería un nuevo despotismo. Si este despotismo pudiera obliterar la infección liberal del mundo, Leontiev creía, este abriría el camino para un expansivo imperio cristiano y una restaurada Edad Media.[7]

¿Como podrían reconciliarse el compromiso cristiano de Leontiev sin que este terminara por subyugar a su visión nietzscheana de la estética? Leontiev entendía con gran claridad el terror del cristianismo y sus enseñanzas sobre el pecado y el infierno, y junto al peculiar formalismo y ascetismo del rito bizantino y la vida monástica, el gran valor que el cristianismo había impartido al mundo era su absoluta exclusión de la perfección mundana. Esto aseguraba la existencia tanto del bien ultra-terreno como del mal ultra-terreno, atrapados en un conflicto perpetuo en la Tierra, del cual surgía la belleza y sobre el cual los hombres no tenían control absoluto. Era en tal clima que el hombre podía perseguir un egoísmo trascendental, es decir, podía centrarse en procurarse su propia salvación. Si la salvación, dedujo Leontiev, es primordial para el hombre, entonces, más a menudo de lo que se piensa, es más amiga de la estética que de la moralidad. En términos de la doctrina moral, lo que Leontiev rechazaba firmemente no era su sustancia, sino su universalización, que para él representaba elevar la caridad/empatía al estatus de un falso ídolo. El ideal bizantino no enfatizaba la caridad de Dios, sino la fuerza imperiosa, el poder más allá de la jurisdicción del hombre. Leontiev aquí no encuentra contradicción, sino el vehículo ideal para su rechazo tanto del moralismo como del progreso. Si la dicha, por su propia naturaleza, solo puede provenir de Dios, entonces esforzarse por alcanzar lo que el hombre percibe como dicha, el cese del sufrimiento humano, es un vano empeño.

En cuanto al destino final de la estética, Leontiev aceptaba que la muerte última de la cultura humana, con toda su multiplicidad, se desarrollaría en el Apocalipsis, donde para algunos sería sacrificada en el altar del cristianismo[8], y para otros, en el altar de la religión del Anticristo, que asumiría una forma moralista y utilitaria. Finalmente, la tecnología moderna llevaría a la humanidad a su destrucción universal.

Lejos de ser una forma de escapismo, la ortodoxia de Leontiev se muestra profunda, sentida y genuina. Nos recuerda cuánto tiempo dedicó a la vida religiosa, cómo abandonó su prometedora carrera diplomática en gran parte debido a esta búsqueda. La fe de Leontiev fue una fe torturada, sobre este punto no puede haber discusión. En sus escritos formales, poco consuelo se encuentra en su interpretación casi única del cristianismo gótico, y tal vez es el único tipo de cristianismo que podría haber apaciguado a Nietzsche. Del mismo hombre que escribió con aparente asombro sobre los carniceros albaneses desollando vivas a mujeres búlgaras, escuchamos la humilde proclamación de “muchos dolores para el pecador”. ¡Qué contraste! Un perfil altamente freudiano sobre Leontiev escrito en 1967 señaló:

“El que abogaba por la salud y la vitalidad estaba constantemente enfermo y al borde del colapso nervioso. Del mismo modo, quien predicaba un culto de virilidad era un afeminado lleno de culpa. Nuevamente, quien elogiaba la amoralidad y la violencia era un hombre dócil, compasivo y arrepentido. Finalmente, quien tenía la ambición de renovar la literatura rusa y que, a tal efecto, elaboró una nueva teoría literaria, fracasó como escritor. De esto [...] se hace claro que su ideología era la antítesis de su vida.”[9]

Tal vez el autor no comprendió la ironía de su propia crítica, que la vida de Leontiev en realidad afirmaba su creencia de que la belleza y el espectáculo emerge del contraste. Leontiev podía reconocer que fue un escritor fracasado, un mal esposo, un hombre que peco frente a Dios, pero nunca un mediocre, nunca un miembro del rebaño gris que ahora se dirige inexorablemente hacia el final que él predijo con asombrosa claridad.

El escritor conservador colombiano, Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), escribió una vez “más que cristiano, quizás soy un pagano que cree en Cristo”[10]. Probablemente, tal vez no se pueda aplicar una mejor descripción a Leontiev, un hombre que frecuentaba y se deleitaba con todos los placeres estéticos y sangrientos del Este, los cuales su vida siempre estuvo involucrada, pero que murió bajo el nombre de Clemente, en una celda monástica, recordado por los monjes de Optina, quienes incluso hoy en día aún se refieren a la antigua morada que él habitaba como la casa consular.

K. Benois



[1] Leontiev, K. V svoyem krayu, san Petersburgo. p. 26

[2] Leontiev, K. Against the current, p. 134

[3] Federika Bremmer (1801-1865): Una autora sueca de novelas románticas

[4] Leontiev, K. V svoyem krayu, p. 36

[5] Nowak, P. A colloquy on the end of the World: The letters of Konstantin Leontiev and Vasily Rozanov. pág. 156

[6] En su artículo Soloviov contra Danilevskii, Leontiev mencionaría: “La diferencia es que en los horrores de la agonía de Roma había una especie de poesía gigantesca y demoníaca; La gente misma era numerosa; y en el desenfreno del utilitarismo científico del europeísmo burgués no hay nada más que prosa y una especie de mezquindad que degrada a la gente. ¡Hasta las tropas se suben a bicicletas! ¿No es esto una señal mortal: el triunfo del mundo inorgánico sobre el orgánico? ¿La química y la física sobre la vida animal y vegetal? ¿Máquinas por encima de caballos y humanos? [¿Alcaloides químicos en medicina sobre sustancias medicinales complejas y completas (antiguas) de las que se extraen estos alcaloides? (Morfina - del opio, digitalina - de la digital, quinina - de la corteza de la quina, etc.] Hierro feo sobre madera hermosa e incluso sobre piedra natural y también hermosa, aunque inorgánica, pero aún más compleja y lista, aún más viva. ¿No deberíamos esperar una reacción profunda y consciente contra todo esto?”

[7] Esto así como su postulado de la visión cíclica de las civilizaciones lo acercan a lo que décadas después desarrollaría Spengler con su “Decadencia de occidente” y  “Prusianismo y socialismo”

[8] Esto es, cuando toda la humanidad tuviera en común acceso a una cultura cristiana en común

[9] Lukashevich, S. (1967). Konstantin Leontev. 1831-1891, A Study in Russian “heroic vitalism”. Nueva York. Pageant Press. pág. 201.

[10] Gomez Davila, N. (2001). Escolios a un texto implícito. Bogotá. Villegas Editores, p. 52

sábado, 31 de diciembre de 2022

                            ORTODOXIA VERDADERA

                                                Arzobispo Averky (Taushev) de Siracusa



Hoy en día poca gente sabe que la Iglesia Ortodoxa es nada menos que aquella Iglesia que preserva incorrupta las genuinas enseñanzas de Jesucristo, las mismas enseñanzas entregadas a cada subsiguiente generación de creyentes. Estas enseñanzas vinieron de siglos desde los Apóstoles, explicadas y cuidadosamente interpretadas por sus legítimos sucesores (sus discípulos y los santos Padres), en tradición y conservadas inalterables por nuestra Iglesia del Este que sólo ella es capaz de probar su derecho de ser llamada “La Iglesia Ortodoxa”. 

El Fundador divino de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, claramente dijo: “Yo construiré mi Iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra Ella” (Mat. 16:18). A la Iglesia, El envió el Espíritu Santo. El Espíritu descendió sobre los Apóstoles, el Espíritu de Verdad (Jn. 15:26-27) Quien “manifiesta todas las cosas” a Ella y La guía (Jn. 16:13), protegiéndola del error. Por cierto, ello fue para manifestar esta Verdad a los hombres que el Señor vino al mundo, de acuerdo a Sus propias palabras (Jn. 18:37). Y San Pablo confirma este hecho en su epístola a su discípulo, el obispo Timoteo, diciendo que “la Iglesia del Dios viviente es el pilar y fundamento de Verdad (I Tim. 3:15). 

Ya que Ella es “el pilar y fundamento de Verdad”, “las puertas del Hades no pueden prevalecer contra Ella”. Resulta, entonces, que la verdadera Iglesia Cristiana – palpablemente única ya que Cristo estableció una Iglesia – siempre ha existido en la tierra y existirá hasta el fin de los tiempos. Ella ha recibido la promesa de Cristo, “Yo estaré contigo hasta el fin de los tiempos”. ¿Acaso puede haber la más ligera duda de que el Señor se refiere aquí a la Iglesia? Cualquier honesto y sano juicio, cualquier acto de buena conciencia, cualquier familiar con historia de la Iglesia Cristiana, la pura e inalterable moral y las enseñanzas teológicas de la religión Cristiana, debe confesar que no había más que una verdadera Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo, y de que Ella ha preservado Su Verdad santa e inalterable. La historia revela, además, un enlace rastreable de gracia de los santos Apóstoles a sus sucesores y a los santos Padres. En contraste a los que otros han hecho, la Iglesia Ortodoxa nunca introdujo innovaciones en Sus enseñanzas con la finalidad de “ir al paso de los tiempos”, a ser “progresista”, a “no ser dejada al lado del camino”, o a “acomodarse a las actuales exigencias y modas que están siempre cubiertas con lo malo. La Iglesia nunca se somete al mundo. 

En realidad no, pues el Señor dijo a Sus discípulos en la Cena Mística: “Ustedes no son de este mundo”. Debemos mantener estas palabras si vamos a permanecer fieles a la verdadera Cristiandad – la verdadera Iglesia de Cristo que siempre ha sido, es y será siempre extraña a este mundo. Aparte de ello, Ella es capaz de transmitir inalterables las divinas enseñanzas del Señor, pues esta separación La ha mantenido inalterable, es decir, como el Mismo inmutable Dios. 

Ya que la VERDAD se nos ha dado una vez y para siempre, nuestra labor es de asimilarla en vez de descubrirla. Se nos ha ordenado confirmarnos y confirmar a otros en la Verdad, y con ello llevar a todos a la verdadera fe, la Ortodoxia. 

Desafortunadamente, han aparecido en el mismo seno de la Iglesia, aún entre la jerarquía, opiniones expresadas por personas conocidas que son perjudiciales para Ella. Debido al deseo de “andar al paso de los tiempos” y al temor de que no serán reconocidos como “cultos”, “liberales” y “progresistas”, estos modernos apóstatas de la Ortodoxia se avergüenzan de confesar que nuestra Iglesia Ortodoxa es precisamente ​la Iglesia que fue establecida por nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia a la que le pertenece la gran promesa de “las puertas del Hades no prevalecerán contra Ella”, y a la que El confió la plenitud de la divina Verdad. Por su engaño y falsa humildad, por su blasfemia contra el Señor, estos falsos pastores y aquellos con ellos se han apartado de la verdadera Iglesia. Ellos han dado una tácita expresión de la idea que “las puertas del Hades” han “prevalecido” contra la Iglesia. En otras palabras, estos apóstatas dicen que nuestra santa Iglesia Ortodoxa está igualmente en “falta” por la “división de las iglesias” y debe ahora “arrepentirse” por sus pecados y entrar en unión con las otras “iglesias cristianas” por medio de ciertas concesiones a ellas, siendo el resultado, ser una nueva indivisible Iglesia de Cristo. 

Esta es la ideología del movimiento religioso que se ha puesto tan de moda en nuestros tiempos: “el movimiento ecuménico” entre cuyo número se puede contar ortodoxos, aún de nuestro clero. Por mucho tiempo hemos escuchado que ellos pertenecen a este movimiento con el fin “de testimoniar la verdad de la santa Ortodoxía ante les gentes de otra confesiones”, pero ello es muy difícil para nosotros creer que esta declaración es algo más que “arrojar polvo a nuestros ojos”. Sus frecuentes declaraciones teológicas en la prensa internacional nos pueden llevar a ninguna otra conclusión que la de que ellos son traidores de la santa Verdad. 

Como una cuestión de hecho histórico, el “movimiento ecuménico” – del cual el Concejo Mundial de Iglesias es el órgano supremo – es una organización de origen puramente Protestante. Casi todas las Iglesias Ortodoxas se han adherido, siendo la excepción más notable, la Iglesia Ortodoxa Rusa Fuera de Rusia. Aún aquellas iglesias “detrás de la cortina de hierro” se han adherido. Por algún tiempo el Patriarcado Ruso resistió, adulándose a sí mismo con la pureza de su Ortodoxia y naturalmente viendo a este movimiento como hostil a la Ortodoxia. Desde entonces, ella se ha convertido en miembro.

El Sínodo Ruso casi se encuentra solo en su oposición al “movimiento ecuménico”. ¿Cómo podemos explicar su aislamiento del resto de la “Ortodoxía global”? Debemos entender la situación en los términos de las palabras “esto debe suceder” (Luc. 21:9), es decir, la “gran apostasía” claramente predicha por el Señor (II Tes. 2:3-12). “Es permitido por Dios”, tal como Ignacio Brianchaninov escribió hace casi un siglo. (Otro padre espiritual, Teófano el Recluso, anunció con dolor que la horrenda apostasía empezaría dentro de Rusia). Ignacio escribió: La apostasía es permitida por Dios, no trates de detenerla con tu débil mano. Huye tú mismo de ella, protégete tú mismo de ella;.. Eso es suficiente para ti. Aprende a conocer el espíritu de la época, estúdialo, así, cada vez que sea necesario, serás capaz de evitar su influencia... Sólo la especial misericordia de Dios es capaz de detener esta muy destructiva epidemia moral, detenerla por un periodo corto de tiempo, porque es necesario que suceda todo lo anunciado por las Escrituras. Juzgando a través del espíritu de los tiempos y el fermento intelectual, uno debe suponer que la estructura de la Iglesia, que ha sido sacudida durante algún tiempo, caerá rápida y horriblemente. No hay nadie quien pueda detenerla y oponérsele. Las medidas emprendidas para contenerla son prestadas y aceleran su caída, en vez de detenerla. ¡No existe nadie de quien se pueda esperar que restaure el cristianismo!. Sin embargo, el Señor protege a los elegidos y su limitado número será completado”. 

El Enemigo de la humanidad hace todo lo posible y usa todos los medios para confundirla. La ayuda viene a él a través de la total cooperación de todos los secretos y visibles heterodoxos, especialmente aquellos sacerdotes y obispos que traicionan su vocación y juramento, a la verdadera fe y a la verdadera Iglesia. 

El repudio y la preservación de la apostasía que ha hecho tan enorme progreso, demanda que nos apartemos del espíritu del siglo, que porta las semillas de su propia destrucción. Si esperamos soportar al mundo, es necesario primero entenderlo y sensiblemente tener en cuenta que en este presente siglo todos los que llevan el santísimo y querido nombre de la Ortodoxia no son en realidad Ortodoxos. Más bien a menudo es una fraudulenta y usurpada ortodoxia a la que debemos temer y evitar como si fuera fuego. A diferencia de esta espuria fe, la verdadera Ortodoxia fue dada y debe ser recibida sin innovación, y nada debe ser aceptado como una enseñanza o práctica de la Iglesia que es contraria a la Santa Escrituras y al dogma de la Iglesia Universal. L verdadera Ortodoxia piensa sólo en servir a Dios y a salvar almas y no se preocupa de lo secular o la efímera felicidad de los hombres. La verdadera Ortodoxia es ​espiritual y no física o psicológica o terrenal. Con el fin de protegernos nosotros mismos del “espíritu del siglo” y preservar nuestra fidelidad a la verdadera Ortodoxía, debemos en primeramente y con toda nuestra fuerza vivir intachablemente: un total y riguroso compromiso con Cristo, sin desviarse de los mandamientos de Dios o de las leyes de Su santa Iglesia. Al mismo tiempo, no debemos tener común oración o espiritual relación con la moderna apostasía o con cualquier cosa que “ensucie” nuestra santa Fe, incluidos aquellos disidentes que se llaman así mismos “Ortodoxos”. Ellos irán por su camino y nosotros por el nuestro. Debemos ser honorables y tenaces, siguiendo el recto camino, nunca desviándose con el propósito de complacer a los hombres, o del temor de que podamos perder algún beneficio personal. 

El seguro sendero a la perdición es la ​indiferencia y la ​falta de principios que es eufemísticamente llamada “la más amplia visión”. En oposición a esta “más amplia visión” ponemos “el rigor de las ideas” que, en la modernidad, está de moda etiquetarla “estrechas” y “fanáticas”. Para estar seguro, si uno adopta la “mentalidad moderna”, uno debe considerar a los santos mártires – cuya sangre es “el cemento de la Iglesia” – y a los Padres de la Iglesia – que sufrieron toda su vida contra las herejías – como nada menos que “estrechos” y “fanáticos”. En verdad, hay una pequeña diferencia entre “el ancho camino” contra el cual Señor advirtió, y la moderna “visión más amplia”. El condenó el “ancho camino” como el sendero que lleva al gehena. 

Por supuesto, la idea del “gehena” no causa temor a los “liberales” e innovadores teólogos. Ellos pueden con presunción “teologizar” al respecto, pero en discutiendo temeraria y desenfrenadamente “las nuevas formas de teología Ortodoxa” y adquiriendo un número de discípulos, dan evidencia de que ellos ya no creen en la existencia del Infierno. Esta nueva generación de “Ortodoxos”, en realidad, no son más que modernos escolásticos. 

En otras palabras, el camino de estos “progresistas” no es nuestro camino. Su camino es engañoso y es lamentable que ello no es evidente para todos. El “más ancho” o “visión más amplia” nos hace ajenos al Señor y a Su Verdadera Iglesia. Es el camino lejos de la Ortodoxía. Esta “visión” es siniestra, maliciosamente inventada por el diablo con el fin de negarnos la salvación. Para nosotros, empero, no debemos aceptar ninguna innovación, sino escoger lo antiguo, el camino probado, el camino en el que los verdaderos Cristianos escogieron servir a Dios por 2000 años. 

Escogemos el camino de la fidelidad a la verdadera Fe y no el “camino moderno”. Elegimos fidelidad a la verdadera Iglesia con todos Sus cánones y dogmas que fueron recibidos y confirmados por los Concilios Universales y Locales. Elegimos los santos usos y tradiciones, las riquezas espirituales de aquella fe transmitida completa e íntegra a nosotros de los Santos Apóstoles, los santos Padres de la Iglesia, y la herencia Cristiana de nuestros venerables ancestros. Sólo esto es la fe del verdadero Ortodoxo, distinta de la falsificada “Ortodoxia” inventada por el Adversario. Sólo recibimos la Fe Apostólica, la Fe de los Padres, la Fe Ortodoxa.

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viernes, 30 de diciembre de 2022

 COMPRENSIÓN DE NUESTRO CALENDARIO ECLESIASTICO (fundamentos científicos e históricos)

                                                p. Boris Molchanov



El difunto Muy Rev. Boris Molchanov compuso este estudio del desarrollo de los ca­lendarios civil y eclesiástico y del Pascalion o Ciclo Pascual, y concluye demostrando profun­damente los indisolubles lazos entre el Calen­dario Juliano y el Calendario Eclesiástico.

Indica claramente por qué no es posible un compromiso entre el Pascalion de la Santa Iglesia y el mal concebido Calendario Gregoriano.

No sería posible comprender la cuestión del calendario sin estudiar minuciosamente es­tos fundamentos materiales y ponderando las conclusiones.

Prefacio:

En vistas de la falta de literatura popu­lar sobre el Calendario Eclesiástico, uno frecuentemente debe oír como gente que es com­pletamente incompetente en esta cuestión ex­presa insatisfacción con la obstinación de nues­tra jerarquía eclesiástica que adhiere al Calen­dario Juliano y que no desea saber de sus in­convenientes prácticos - y esto ocurre especial­mente entre nuestra juventud que estudia en un medio no-ortodoxo. Sus frívolas demandas para la celebración de nuestros días santos al mismo tiempo que los heterodoxos - de acuerdo al Calendario Gregoriano - para nuestro pesar y vergüenza, testifica elocuentemente la com­pleta falta de comprensión del valioso tesoro que quieren desechar. Tal evaluación inco­rrecta de nuestro Calendario, sutilmente enrai­zada en la conciencia de miembros de nuestra Iglesia, puede fácilmente traemos grandes y ca­tastróficas divisiones.

El autor considera oportuno empeñarse en su modesto intento por dar una explicación popular de nuestro Calendario Eclesiástico, de la que surja toda la importancia de su preservación.

Como base para su obra, el autor utilizó “La Cronología de la Iglesia”, obra del sabio as­trónomo A. Predtechensky del Observatorio de Pulkova. Todos los cálculos y citas son de la edición original de este libro.

 

1.                   El calendario lunar

“La melancólica luminaria de nuestras noches”, que fue creada según las palabras del salmista “para los tiempos y estaciones”, es decir, para la medida del tiempo, atrajo muy tempranamente la atención del hombre por los cambios en su aspecto. Desde tiempos inme­moriales comenzó a servir para la medida de períodos de tiempo que excedían un día entero. El uso de la luna para este propósito era lo más racional y natural hasta que el hombre apren­dió a hacer complejas observaciones astronó­micas.

Definir la duración del tiempo que pasa entre dos lunas llenas es incomparablemente más fácil que computar el número de días en que el sol retoma al punto del mismo equinoc­cio o estación.

Por eso, el calendario lunar era de uso general en todos los países del antiguo Oriente mucho antes del nacimiento de Cristo.

Hacia el comienzo del cuarto siglo antes de Cristo, después del descubrimiento del ciclo de 19 años por el astrónomo griego Meton, el calendario lunar tenía forma tan perfecta que se conservó sin cambios hasta el presente. Los antiguos griegos adhirieron al año lunar a tra­vés de su historia, y los judíos adhieren a él aún hoy. Como calendario bíblico de acuerdo al cual Nuestro Señor Jesucristo vivió, sufrió por nosotros y resucitó, la cronología lunar entró en el calendario de la Iglesia Cristiana desde su mismo principio.

La duración del mes lunar, entonces, fue definida con gran precisión. En nuestro ca­lendario Eclesiástico se cita que “cada luna tie­ne 29 días y medio día, y media hora, y la quin­ta parte de una hora”, es decir, 29 días, 12.7 horas o 29.52 días. Ahora, la extensión del mes lunar con precisión astronómica, es definida como igual a 29.530588 días.

Tal exactitud astronómica no tiene sig­nificado para el calendario lunar, desde que, si se tabulasen no sólo los días sino las horas con sus miles de fracciones, sería necesario (con cualquier tipo de calendario) iniciar cada nuevo mes en diferentes horas del día.

“Era muy natural empezar a contar los meses alternativamente en 29 y 30 días. Es evi­dente que tal alternación en los meses lunares es más racional que nuestros meses solares que están sujetos a mayores alternaciones -31, 30, 29 y 28 días, siguiendo uno a otro en una secuencia completamente arbitraria”.

El Inicio del año lunar es la luna nueva del primer mes de primavera (en el hemisferio Norte. N. del T.) - (esto corresponde a marzo del año solar). Desde que esta nueva luna puede ocurrir en cualquier día del 1er al 29 de marzo, el principio del año lunar raramente coincide con el inicio del año solar en marzo.

El primer mes de primavera del año lu­nar es llamado Nisán por los judíos. El año lu­nar tiene 12 meses, de 30 o 29 días, y es igual a 354 días. Al ser más corto en 11 días que el año solar, un año lunar no puede comenzar si­guiendo inmediatamente el fin del precedente. Por ello, respecto al inicio del año solar, 1a de marzo, siempre queda un corto resto del año limar como una décimo tercera luna incompleta.

Esto no entra en el cálculo del año lu­nar dado.

2.                   El calendario solar

 

a)                    El año sótico: Los eruditos sacer­dotes-astrónomos egipcios comenzaron a usar adicionalmente al calendario lunar, otro méto­do de cronología. En la remota antigüedad, es­tablecieron la duración del tiempo entre dos sucesivas inundaciones del Nilo y de dos adve­nimientos del equinoccio vernal, (que calcula­ron como un poco más que 365 días y seis horas). Por lo tanto, cada cuatro años su equi­noccio vernal (primavera) ocurre un día más tarde. A causa de tal incremento del retardo del año sótico egipcio, el día fundamental (el día en que la estrella Sirio aparece por primera vez en el año, y en que con precisión matemática co­mienza el desborde del Nilo) caía en diversas fe­chas de varios meses. Retomaba al punto de partida sólo después de 365 períodos de cuatro años, es decir, después de 1461 años. Pero este tiempo consistía sólo en 1460 verdaderos años solares. Los egipcios resolvieron este problema simplemente ignorando el año calculado superfluo, y comenzando de nuevo, corrigiendo así el error.

b)            El año Juliano: Cuando los romanos conquistaron Egipto, se acostumbraron a la cronología egipcia que era nueva para ellos. Ju­lio César decidió introducirla, en una forma más precisa, en Roma.

 

Entre otras cosas, era necesario correla­cionar el año solar con la posición del sol en Europa y con las estaciones europeas. “El año que fue adoptado por Julio César, por consejo del astrónomo alejandrino Sosogenes, era de 365 días y seis horas. Para mantener la preci­sión en el trato con las seis horas extras, se acordó que por periodos de tres años fuesen contados 365 días, pero al cuarto año se agre­gaba un día, compuesto de las cuatro fraccio­nes de seis horas acumuladas. Este año bisies­to contaba 366 días. Este arreglo continúa al presente”.

La nueva cronología juliana fue acepta­da por los egipcios que comenzaron un nuevo calendario con la “Era de Actium”, es decir, desde el tiempo de la batalla de Actium en la cual los romanos conquistaron Egipto.

Esta batalla ocurrió en los últimos días de agosto - 29 de agosto en el Calendario Juliano. Pareciera que fue esta circunstancia, entre otras, la causa de que nuestro Calendario Eclesiástico sea calculado de acuerdo a las in­dicciones romanas, comenzando el 1ero de septiembre.

Es así que nuestro calendario de la Igle­sia contiene en sí vestigios de todos los desarrollos de la cronología desde el mismo prin­cipio de la civilización.

 

3.                   Concordancia del calendario lunar con el solar.

    a)            El año lunar en relación con el año sótico:

 

No era necesario poseer un especial ta­lento de observación para darse cuenta que de una primavera a otra, de una inundación del Nilo a otra, pasaban más de doce pero menos de trece lunas o meses lunares.

Para ecualizar los cálculos de los años lunares (más cortos) con el cálculo de los años solares (más largos), los egipcios decidieron contar los años alternadamente, dos por doce meses y el tercero por trece meses, y los si- ' guien tes dos de doce meses y así sucesivamente. En un período lunar de dieci­nueve años, el 8a, el 11a, el 14a, el 17a y el 19a años eran contados por trece meses. Cuando totalizamos la suma de días de tal período lu­nar de 19 años y la suma de días contenidos en 19 años del calendario solar egipcio, ambas ci­fras son iguales.

Tal igualdad de días llevó el inicio del año lunar y el inicio del año solar a un mutuo orden de partida, cuando el primer mes del año lunar y el primer mes del año solar empiezan, en el período del equinoccio de primavera.

Este sistema y el ciclo lunar de 19 años fueron creados por el astrónomo griego Meton cuatro siglos antes de la era cristiana. (Una ta­bla del ciclo lunar de 19 años está dada en el original, pero aquí se omite).

“Así, cuando el primer mes de un año lunar coincide con el primer mes del año sótico, la coincidencia se repetirá cada 19 años, sirviendo como indicación visible de la preci­sión de los cálculos por años lunares”.

      b)                   El año lunar en relación con el año Juliano:

 

Gracias a Meton, la concordancia del año lunar con el sótico (Solar Egipcio), fue fácil­mente realizada. En los ciclos lunar y solar de 19 años, había idéntico número de días - 6935.

“La adaptación del calendario lunar al Juliano fue más dificultoso. En el ciclo de 19 años Julianos, había no 6935, sino 6939 días, y 18 horas. Esto significa que, respecto al ver­dadero cálculo del tiempo, el año lunar avanza cuatro días, mientras que el año Juliano retar­da cerca de cinco días. En consecuencia, si en algún año el 12 de Nisán coincide con el 1ero de marzo, (el primer día del año lunar con el pri­mer mes del año Juliano solar) entonces 19 años después, el l2 de Nisán ocurrirá seis ho­ras antes del inicio del 1ero de marzo.

Sin embargo, era fácilmente observable que tal variación no era incesante, sino que ocurría sobre un muy pequeño período. Ciertamente, en cuatro ciclos de 19 años (76 años lunares), se cuentan 27740 días, pero en 76 años solares Julianos, hay 19 días más (como resultado de la adición de un día en cada año bisiesto), es decir 27759 días.

Como resultado, en 76 años, el cálculo limar avanza 19 días (es decir, el equinoccio de primavera ocurre 19 días después) mientras que el calendario Juliano, por la adición de 19 días en 76 años, retarda el equinoccio de pri­mavera en 19 días.

Por ello, en 76 años, el inicio del año lu­nar coincide en precisión con el comienzo del Juliano, de tal manera que las fases lunares, calculadas por ciclo, ocurrirán en las mismas fechas Julianas en que lo hicieron 76 años antes.

En 76 años solares, trascurren con pre­cisión 76 años lunares y 76 años Julianos. 76 años después de que los años Juliano y solar comienzan juntos, terminarán juntos uno y otro ciclo. El 772 año empezará no sólo en uno y el mismo día, sino precisamente a la misma hora.

El resultado del cálculo de años luna­res junto con los Julianos produce exactamen­te el mismo resultado que si uno adicionase 4 días, o mejor aún, que uno adicionase 19 días sobre el cumplimiento de 76 años. Así, en com­paración de años lunares con años solares Julianos, en el ciclo Metónico, no es necesario tomar en cuenta los años bisiestos para la cuenta, sino sencillamente contar todos los 19 años como simples, de 365 días”.

4.                    Nuestro Calendario Eclesiástico.

 

En algunos antiguos iconos de la Cruci­fixión del Hijo de Dios, puede verse la ilustra­ción del Sol y de la Luna. Esto habla del hecho que ambos calendarios, solar y lunar, con su infalible concordancia mutua, deben participar en la glorificación por la Iglesia de los eventos de nuestra salvación. En nuestro calendario eclesiástico, que responde plenamente a nues­tros divinos servicios, ambos cálculos, solar y lunar, participan simultáneamente. Algunos de los Libros de Servicios de la Iglesia contienen divinos Oficios que son efectuados de acuerdo al calendario solar (los Mineas Mensual y Festivo, por ejemplo), mientras en otros, están contenidos Servicios que se celebran de acuer­do al calendario lunar (el Triodion de cuaresma, el Pentecostarion y el Octoecos). Calculamos de acuerdo al calendario lunar nuestro más importante día festivo, la Resu­rrección de Cristo, así como todos los días san­tos estrechamente ligados a él en contenido y dependientes de él de acuerdo con la cronología (la Gran Cuaresma con las semanas preparatorias, la Ascensión del Señor, el co­mienzo del Ayuno de San Pedro y su duración, y todo el cálculo de Pentecostés).

Dado que el principio del año lunar (1ero de Nisán) raramente coincide con el comienzo del año solar Juliano (1ero de marzo), la fiesta de la Pascua Cristiana ocurre en diversas fechas de los meses Julianos de marzo y abril. El cál­culo del tiempo de Pascua de acuerdo a la cro­nología lunar y solar, se convirtió en una com­pleja ciencia denominada Pascalion. En esta área de precisa e indisoluble concordancia lu­nar con la cronología Juliana, tenemos la insuperada obra de los astrónomos alejandrinos (fines del tercer siglo) que la Iglesia preserva cuidadosamente y que está impresa en diversos libros de divinos Servicios en forma de “Almanaque Pascual”.

 

5.                    Los vínculos del calendario lunar con el Juliano en el Pascalion cristiano ortodoxo.

Habiendo estudiado nuestro Pascalion. estamos irresistiblemente asombrados por la ingeniosa obra de los científicos alejandrinos que lograron, en el Pascalion, una inalterable unión del calendario solar Juliano con el lunar. Los astrónomos alejandrinos del siglo III cono­cían bien el retraso del calendario Juliano res­pecto del Sol.

Sin embargo, ellos no rechazaron el ca­lendario Juliano sino que sabiamente hicieron uso de sus errores para una estable concordan­cia con el año lunar, lo que está en la base de nuestro Pascalion.

El calendario Juliano permanece atra­sado respecto al verdadero tiempo solar, y el calendario lunar también, junto con el calenda­rio Juliano. “El año lunar está eternamente li­gado al Juliano, y una perpetua retardación del primero respecto del segundo no es posible. El retraso del año Juliano es igual al retraso del lunar. El equinoccio retarda igualmente en am­bas cronologías”.

La diferencia entre el calendario lunar y nuestro calendario Juliano no excede una hora y media en el lapso de un milenio.

Podemos ver por nosotros mismos como todas las lunas llenas Pascuales calculadas pa­ra mil años anticipadamente en nuestro Pascalion, caen precisamente en todas las fe­chas indicadas en el calendario Juliano, pero de ninguna manera coinciden con el calendario Gregoriano.

La inalterable ligazón del calendario Ju­liano con el lunar se hace especialmente vivida por el siguiente fenómeno constante y periódico:

sabemos que el ciclo lunar es igual a 19 años, mientras que el ciclo solar es igual a 28 años. Analicemos estas cifras por elementales multiplicaciones: 19 = 1 x 19; 28 = 4 x 7. ¿Qué ocurre cuando los multiplicamos cruzados? 19 x 4 = 76, es decir, tal período de 76 año en cu­yo lapso o intervalo el inicio del año lunar coin­cide con precisión con el principio del Juliano (como se mostró en el capítulo tres).

Ahora, si multiplicamos 76 por 7 obte­nemos 532, es decir el período en cuyo lapso Pascua ocurre en los mismos días y meses en que fue celebrada desde el mismo principio y durante toda la duración de la indicción. En vista de tan estable relación entre el año lunar con el Juliano, no puede hablarse de ningún cambio del calendario Juliano, pues de otra manera inevitablemente ocurriría una violación de todo el bien formado y armonioso sistema de nuestro Pascalion, y la introducción de una gran confusión en todos los cálculos Pascuales,

Lamentablemente, el atolondrado expe­rimento de cambiar el calendario Juliano fue hecho en Roma, y ahora podemos ver sus lasti­mosas consecuencias. (Hizo imposible la obe­diencia de Roma a los Santos Cánones, dados a la Santa Iglesia por el Espíritu Santo, viéndose forzada por el nuevo calendario a abandonar el Pascalion canónico)

 

6.                   La reforma latina del calendario y sus conse­cuencias sobre la armonía litúrgica

En el Vaticano, en la torre de los cuatro vientos, hay una habitación que ha conservado el nombre de “Sala del Calendris” - la Sala del Calendario. En 1582, el Papa Gregorio XIII es­taba sentado en esta sala y observó con interés el rayo de sol que pasaba sobre el piso donde había dibujada una línea de norte a sur.

En esos tiempos, los científicos italianos Ignacio Dante, Aloisio Lilio, Cristóforo Clavio y Pedro Cicchone, convencieron al Papa que el calendario cae retrasado respecto del sol y que necesitaba corrección.

El Papa exigió pruebas. Entonces los científicos trazaron una línea en el piso de la Sala del Calendario, y atravesaron con una per­foración la pared del sur, para la entrada a la Sala del rayo del sol.

El Papa fue invitado a convencerse vi­sualmente de la corrección de sus aserciones.

Ellos probaron tener razón: los días de los solsticios y equinoccios fueron distanciados en diez días. El sol mismo testificaba sobre la retardación del calendario Juliano. El Papa fue convencido.

En 1582, la reforma del calendario fue aprobada. Después del 4 de octubre, se pasó al 15 de octubre.

Si el conocimiento de los científicos ita­lianos del siglo XVI se hubiese siquiera acercado al conocimiento de los compiladores del Pas­calion (los científicos alejandrinos del siglo III) entonces ellos mismos hubiesen rechazado su plan de reforma del calendario.

Desafortunadamente, estaban lejos de la iluminación de los científicos alejandrinos, que ya en el siglo III sabían muy bien lo que los científicos italianos entendieron recién en el si­glo XVI: la retardación del calendario.

La reforma misma fue instituida primiti­va y toscamente. Porque en lugar de ordenar que el 5 de octubre sea el 15 de octubre, la re­forma podía haberse introducido gradual y or­denadamente en un espacio de 40 años simplemente no contando un día demás en los años bisiestos y considerando todos los años como simples en ese período de 40 años. Pareciera, en realidad, que gracias a tan primitivo método de reforma, los primeros violadores de la mis­ma fueron los reformadores, es decir, los astró­nomos italianos, que se vieron pronto con múl­tiples dificultades prácticas. ¿Cómo podían lle­var el diario de sus observaciones astronómicas en el cual debían anotar no sólo los días sino las horas y minutos, habiendo creado una bre­cha de diez días? ¿Cómo podían hacer sus cál­culos después de que por medio de su reforma rompieron todos los lazos con la uniformidad del anterior calendario? El único medio para salir de este aprieto hubiese sido el retomo al calendario Juliano y la continuación de su uso en todos los cálculos con un simple cambio de los resultados de sus cálculos obtenidos en las fechas del calendario Juliano por nuevas cifras (es decir, se hubiese obtenido la misma exacti­tud de cronología, y no se hubiese roto la cro­nología solar y lunar).

¿Valía la pena hacer una reforma del calendario porque había un retardo en la cro­nología Juliana?

El más decisivo oponente a la reforma latina resultó ser la cronología lunar que de ninguna manera podía tener alguna unión con el nuevo calendario. Por ello los reformadores italianos se vieron forzados a cambiar todo el Pascalion. La más bella obra de los científicos de Alejandría fue mutilada y distorsionada. Su ingeniosamente simple y preciso sistema fue reemplazado por un nuevo y engorroso sistema, que no alcánzó los elevados designios del anterior.

La armonía del año lunar con el año so­lar fue violada.

“El orden de los cálculos de los ciclos lunares fue cambiado y los reformadores co­menzaron a calcular los movimientos de la luna artificialmente mediante la introducción de una aceleración de un día en 310 años. El resultado fue que su Pascua, en algunos años, coincide con la Pascua Judía, un evento que está espe­cíficamente condenado y prohibido por el Pri­mer Concilio Ecuménico...

Si los demasiado confiados en sí mis­mos compiladores del nuevo calendario, Aloisio Lilio y sus colegas, se hubiesen preocupado en estudiar el calendario judío contemporáneo, no hubiesen introducido la desafortunada altera­ción lunar”.

El reemplazo del calendario Juliano por el Gregoriano, fue como reemplazar una eleva­da creación artística por un pobre y crudo tallado. Los científicos italianos del siglo XVI, con su nuevo calendario, erigieron un monu­mento a su propia y autoconfíada ignorancia.

7.¿Es posible un compromiso?

Los reformadores latinos, como hemos visto, habiendo cambiado el calendario solar, se vieron forzados a alternar la cronología lunar también, y junto con el año lunar, todo el Pascalion.

Muchos cristianos ortodoxos, a la vez que entienden la completa imposibilidad para la Santa Iglesia de rechazar el calendario lunar y las reglas canónicas para la celebración de la Pascua, no se dan cuenta de los indisolubles lazos de nuestro Pascalion con el calendario Juliano. Tales personas, mal informadas, fre­cuentemente hablan acerca de la propuesta de un compromiso: dejar nuestro Pascalion sin modificaciones, es decir, celebrar Pascua y to­das las fiestas y días relacionados con ella, de acuerdo al calendario lunar; pero llevar a cabo los Divinos Servicios de acuerdo al nuevo ca­lendario Gregoriano.

Tal propuesta es reforzada por nociones acerca de la necesidad para nuestros hijos que concurren a escuelas no ortodoxas, de celebrar todos los días santos de acuerdo a las vacacio­nes legales de los no-ortodoxos, según el cóm­puto Gregoriano.

No desean los inconvenientes de cele­brar los días santos de acuerdo al calendario de la Santa Iglesia, que no es usado por las autoridades seculares aquí.

No queremos argüir contra ciertas difi­cultades que nuestros hijos en edad escolar pueden tener al observar las fiestas cristianas ortodoxas según nuestro calendario eclesiástico. Existen dichos inconvenientes, por supuesto, pero es necesario no exagerarlos. Los niños judíos y musulmanes hallan posible ob­servar sus días festivos sin cambiar su calendario. (¿Si hasta los no-cristianos tienen el coraje de mantener sus ayunos cuando otros están festejando, y de mantener fielmente su cronología, qué excusa podemos tener de hacer menos?).

¿Por qué es que sólo entre nosotros cre­cen tales deseos de rendir nuestro calendario Juliano?

Viendo la maravillosa armonía entre los calendarios lunar y Juliano, puede notarse que es completamente imposible cambiar este últi­­mo sin alterar el primero. La desmañada expe­riencia latina de reforma del calendario solar, que no puede evitar alterar (artificialmente) el año limar, debe ser una constante advertencia para nosotros.

Los autores de propuestas de acuerdos no pueden desestimar las completamente inad­misibles situaciones que surgen de intentar el uso del Pascalion canónico en conjunción con el calendario Gregoriano.

Un ejemplo de tal situación ocurrió en 1959. En ese año, Pascua fue en Abril 20. El día de Pentecostés cayó el 8 de junio (todas las fechas del año lunar están indicadas de acuer­do a las fechas del calendario Juliano). Ocho días después, el 16 de junio, comenzó el ayuno de San Pedro y continuó hasta el día de los santos apóstoles San Pedro y San Pablo (29 de junio).

Si hubiese sido usado el nuevo calenda­rio Gregoriano, el comienzo del ayuno de San Pedro hubiera caído el 29 de junio, el mismo día de la fiesta de San Pedro y San Pablo, y así el ayuno de San Pedro no hubiese sido observa­do del todo.

Esto ocurriría en todos los casos en que Pascua cayese entre el 20 y el 25 de abril (del viejo modo). El ayuno de San Pedro desapare­cería bajo el calendario Gregoriano.

La Santa Iglesia no puede de ninguna manera renunciar a las ordenanzas apostólicas. En consecuencia, no puede acep­tar el calendario Gregoriano, ni bajo condicio­nes de compromiso.


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