jueves, 29 de octubre de 2026

SAN MARCOS DE ÉFESO Y EL CONCILIO DE FLORENCIA

Vladimir Moss



Esta obra es un fresco del artista Pier Dandini que retrata las deliberaciones y la unión efímera entre las iglesias de Occidente y Oriente durante el Concilio de Florencia (1439).
Se encuentra en el Monasterio de Santa Maria degli Angeli, en Florencia, Italia.

La caída de Bulgaria en 1393 dejó Constantinopla expuesta a los turcos, y Occidente reunió un gran ejército al mando del rey Segismundo de Hungría para rescatar la primera ciudad de la cristiandad. Los dos ejércitos se enfrentaron en Nicópolis en 1396. Vencieron los turcos…

Ahora bien, el déspota serbio Esteban Lazárevich era vasallo de los turcos, por lo que tuvo que combatir de su lado. Sin embargo, es posible que, al igual que san Alejandro Nevski ciento cincuenta años antes, eligiera conscientemente apoyar a los turcos antes que a los católicos, por ver en estos últimos un peligro mayor para la fe y la nación serbias. En apoyo parcial de esta hipótesis, Barbara Tuchman escribe que, «como vasallo del sultán», Esteban «podría haber optado por una neutralidad pasiva, como los búlgaros, en cuyo suelo se libraba la contienda; pero odiaba a los húngaros más que a los turcos y eligió una fidelidad activa a su señor musulmán. Su intervención fue decisiva. Las fuerzas de Segismundo fueron arrolladas».1

El camino a Constantinopla quedaba ahora abierto a los turcos. Pero, una vez más, Dios salvó a los ortodoxos cuando todo apoyo humano había fallado: en la batalla de Ancira, en 1402, el sultán turco Bayaceto —con Esteban Lazárevich combatiendo nuevamente de su lado— fue derrotado por el mongol Tamerlán, uno de los conquistadores más grandes y despiadados de la historia. «Más tarde, aquel mismo año —escribe Simon Sebag Montefiore—, aniquiló la ciudad cristiana de Esmirna e hizo que las cabezas cercenadas de sus víctimas flotaran mar adentro sobre platos iluminados con velas. Para 1404, incluso el emperador bizantino Juan I le pagaba tributo a cambio de una garantía de seguridad».2

Sin embargo, la situación del Imperio siguió deteriorándose. La propia Ciudad estaba devastada y en gran parte despoblada; sus habitantes arrastraban una existencia miserable, mal alimentados, mal vestidos y desmoralizados. En una última apuesta desesperada, los bizantinos decidieron unirse a la Iglesia romana a cambio de la promesa de ayuda militar contra los turcos…

Fuera de la Ciudad, la única posesión bizantina de importancia era el Despotado de Morea, hoy conocido como el Peloponeso. Andrónico Paleólogo había entregado Tesalónica a los venecianos, quienes, a su vez, la perdieron ante los turcos en 1430. Allí, en la capital, Mistrá, tuvo lugar un último florecimiento de la civilización bizantina… Y, sin embargo, ¡era un florecimiento extraño, cuando el ciudadano más célebre de Mistrá, el filósofo Jorge Gemisto Pletón, estudiaba a Aristóteles, Zoroastro y la cábala judía, y tras su muerte se descubrió que había sido creyente en los dioses paganos griegos!

Colin Wells escribe: «Al abandonar de manera tan manifiesta el Bizancio ortodoxo en favor de la Grecia antigua, Pletón representa una versión extrema de la tendencia clasicista que había contribuido a alejar cada vez más a los humanistas [estudiosos de la “sabiduría exterior”, la literatura y el arte clásicos paganos] de la corriente principal de Bizancio. La mayoría de los bizantinos ya había hecho su apuesta y tomado su decisión, y esta no era la de Pletón. Su prioridad más urgente era salvar sus almas inmortales, no preservar lo que era un Estado esencialmente griego. Impregnada del tono sombrío del hesicasmo y de su orientación hacia el más allá, la corriente principal de la civilización bizantina, con la mirada ya puesta hacia una vida mejor en el mundo venidero, se resignaba, entretanto, al cautiverio turco en este mundo.

Por su empeño en hacer frente a los turcos con las propias fuerzas, Pletón ha sido llamado el primer nacionalista griego; tan ardiente era, de hecho, su patriotismo que se oponía a la unión de las Iglesias por razones patrióticas, no religiosas, y prefería buscar la fuerza en el interior [del Estado bizantino]».3

Las negociaciones con Roma se prolongaban, «retrasadas en parte —como escribe Runciman— por las dificultades del papa con los dirigentes del movimiento conciliarista [en Occidente], y en parte por la inestable situación de Oriente. En cierto momento pareció que podría celebrarse un concilio en Constantinopla; pero el asedio turco de la ciudad en 1422 dejó claro que no era lugar para un congreso internacional. Manuel II se retiró de la política activa en 1423 y murió dos años después. Su hijo, Juan VIII, estaba convencido de que la salvación del Imperio dependía de la unión e intentó impulsar la celebración de un concilio; pero, al principio, no estaba dispuesto a permitir que se celebrara en Italia, mientras que el papado aún tenía problemas que resolver en Occidente. Los retrasos continuaron. Solo a comienzos de 1438 se ultimaron los preparativos y el emperador llegó con su delegación a un concilio recién inaugurado en Ferrara, que se trasladó a Florencia [a instancias de Cosme de Médici] en enero de 1439».4

La delegación griega estaba formada por setecientos notables eclesiásticos y laicos, entre ellos veinte metropolitanos. Al frente de los obispos estaba el patriarca José II de Constantinopla. Anteriormente le había dicho al emperador: «La Iglesia debe ir por delante del poder del emperador o a su lado, pero de ningún modo detrás de él».5 Y, sin embargo, siguió dócilmente a ese mismo emperador a Florencia y se sometió a sus instrucciones. Además, estaba dispuesto a hacer concesiones decisivas en la cuestión del Filioque, al coincidir con los latinos en que las expresiones «proceder por medio de» y «proceder de»6 significaban lo mismo.

Pero no llegó a hacerse católico romano… Un día, como escribe Hefele, «el patriarca fue hallado muerto en su habitación. Sobre la mesa se encontraba, supuestamente, su testamento, su Extrema Sententia, que apenas constaba de unas líneas en las que declaraba aceptar todo lo que confiesa la Iglesia de Roma. Y después: “Del mismo modo, reconozco al santo Padre de los Padres, al sumo pontífice y vicario de nuestro Señor Jesucristo, el papa de la Antigua Roma. Asimismo, reconozco el purgatorio. En confirmación de ello, estampo mi firma”. No cabe duda alguna de que el patriarca José no escribió este documento. El erudito alemán Frommann, que realizó una investigación detallada del “Testamento” del patriarca José, afirma: “Este documento está tan latinizado y se corresponde tan poco con la opinión expresada por el patriarca pocos días antes, que su falsedad resulta evidente”».7

La necesidad de ayuda militar occidental no fue el único factor que impulsó a los bizantinos a acudir a Florencia. Otro fue la idea, tan cara a los humanistas, cuya influencia aumentaba en Bizancio, de que la cultura griega era tan valiosa que debía preservarse a toda costa. Pero, para los humanistas, «cultura griega» significaba la cultura pagana de la Grecia clásica, no la civilización ortodoxa de los santos Padres; y, en el siglo XV, a diferencia del XI o incluso del XIII, los latinos se habían convertido en admiradores casi tan entusiastas de la cultura griega pagana como los propios griegos. Por eso era mucho más probable que los latinos preservaran esa cultura que los turcos. Así pues, para los humanistas, era mejor la tiara del papa que el turbante del sultán…

Sin embargo, no solo los humanistas o los nacionalistas griegos miraban con esperanza al concilio de Florencia. Paradójicamente, también se sintieron atraídos por esa perspectiva algunos de los que seguían siendo verdaderos romanos: es decir, quienes valoraban la herencia universalista de la Roma cristiana más que cualquier elemento específicamente helenístico, y para quienes la verdadera gloria del Imperio era su Ortodoxia. En algunos casos, esto se debía a que, en su pensamiento, la idea de la unidad imperial entre Oriente y Occidente estaba indisolublemente ligada a la de la unidad eclesiástica.

Así, el padre John Meyendorff escribe que un elemento esencial de la concepción bizantina del mundo «era una visión inamovible de las fronteras tradicionales del Imperio. En ningún momento —ni siquiera en los siglos XIV y XV— abandonaron los bizantinos la idea de que el Imperio incluía tanto Oriente como Occidente, de que idealmente sus territorios comprendían España tanto como Siria y de que la “Antigua Roma” seguía siendo, de algún modo, su fuente histórica y su centro simbólico, pese al traslado de la capital a Constantinopla. Había polémicas teológicas contra los “latinos”; había un odio popular contra los “francos”, especialmente después de las cruzadas; había resentimiento contra la colonización comercial de las tierras bizantinas por venecianos y genoveses, pero subsistía la visión ideal del Imperio universal, expresada particularmente en la legitimidad “romana” exclusiva del emperador bizantino. Todavía en 1393, el patriarca Antonio de Constantinopla, en su tantas veces citada carta al gran príncipe Basilio I de Moscú, en la que lo exhortaba a no oponerse a la conmemoración litúrgica del emperador en las iglesias rusas, expresa la convicción, completamente ajena a la realidad pero firme, de que el emperador es “emperador y autócrata de los romanos, es decir, de todos los cristianos”; de que “en todo lugar y por todo patriarca, metropolitano y obispo se conmemora el nombre del emperador dondequiera que haya cristianos…”; y de que “incluso los latinos, que no tienen comunión alguna con nuestra Iglesia, le guardan la misma subordinación que en tiempos pasados, cuando estaban unidos a nosotros”. De manera característica, el patriarca sostiene la existencia de una unidad imperial a pesar del cisma que divide a las Iglesias».8

Otra idea anacrónica procedente del pasado del siglo VI que desempeñó aquí un papel en el XV fue la de la pentarquía: la idea de que la Iglesia estaba compuesta por cinco sedes patriarcales, a semejanza de los cinco sentidos, una de las cuales era la Antigua Roma. Varios bizantinos plenamente ortodoxos, incluso en el siglo XIV, como el emperador Juan VI Cantacuceno y el patriarca Filoteo Kókkinos, habían sido partidarios de celebrar un concilio ecuménico con Roma. Desde luego, los latinos eran herejes ávidos de poder. Pero esto no era nuevo. Ya durante el «cisma acaciano», a comienzos del siglo VI, el papa Hormisdas había formulado pretensiones desmedidas relativas a la supremacía del papado, que el patriarca Juan el Capadocio había aceptado, añadiendo únicamente esta significativa frase: «Declaro que la sede del apóstol Pedro y la de esta ciudad imperial son una sola sede»9. ¿No podían reunirse de nuevo ambas sedes, esta vez bajo la dirección del nuevo Justiniano, el emperador Juan VIII? Y, en este contexto, la idea justinianea de la pentarquía volvió también a cobrar relevancia, pues, como señala Meyendorff, constituía «un factor importante en la concepción bizantina de un concilio “ecuménico”, que exigía la presencia de los cinco patriarcas o de sus representantes, aunque las sedes orientales de Alejandría y Antioquía habían dejado, de hecho, de ser influyentes. En cualquier caso, en la Edad Media, estos dos elementos interrelacionados —la legitimidad teórica del emperador bizantino sobre Occidente y un respeto persistente por la pentarquía, cuyo miembro principal era el obispo romano— hicieron que se considerara necesario que un concilio propiamente ecuménico incluyera al obispo de Roma, pese al cisma, y a los cuatro patriarcas orientales, aunque tres de ellos encabezaban ahora Iglesias que apenas subsistían».10

Así, muchos factores —la obediencia al emperador, el temor por el destino del helenismo y la esperanza de una reunificación de la cristiandad— se combinaron para debilitar la resistencia de la mayoría de los griegos a la unia, que suponía ceder ante casi todas las exigencias del papa, incluidos el Filioque y la supremacía papal.

*

Durante el concilio, los latinos desgastaron a los griegos con sus razonamientos escolásticos. «El teólogo papal español Juan Protonotario, también conocido como Juan de Torquemada, tío del terrible inquisidor Tomás de Torquemada, abusó de la lógica de Aristóteles hasta tal punto, durante una de las asambleas sinodales, que Silvestre Sirópulo, testigo presencial de este histórico sínodo, oyó murmurar a un obispo ortodoxo de Iberia: “Aristóteles, Aristóteles, ¿a qué viene tanto Aristóteles, cuando deberían citar a san Pedro, san Pablo, san Basilio, Gregorio el Teólogo, Crisóstomo, pero no a Aristóteles?”. Sirópulo dice que escribe esto para mostrar cómo los latinos eran censurados por su mentalidad escolástica, ajena al auténtico espíritu eclesial, no solo por los ortodoxos que asistieron al sínodo, sino también por quienes “hablaban otras lenguas” y estaban presentes en las discusiones».11

En todo momento, el papa herético insistió obstinadamente en que los ortodoxos se encontraban fuera de la Iglesia: «La sacrosanta Iglesia romana cree firmemente, profesa y predica que ninguno de los que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no solo los paganos, sino también los judíos, los herejes y los cismáticos, puede participar de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, a menos que antes de morir se unan a ella; y que es tan importante la unidad de este cuerpo eclesial que solo quienes permanecen en ella pueden beneficiarse de los sacramentos de la Iglesia para la salvación, y solo ellos pueden recibir una recompensa eterna por sus ayunos, sus limosnas, sus demás obras de piedad cristiana y los deberes propios de un soldado cristiano. Nadie, por grandes que sean sus limosnas, nadie, aunque derrame su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse si no permanece en el seno y en la unidad de la Iglesia católica».

«Al final, cansada de todo, deseosa de regresar a casa y, según se decía, mantenida deliberadamente con escasez de alimentos y comodidades, toda la delegación griega, por orden del emperador y en obediencia al concordato de su Iglesia con Juan V, firmó el decreto de unión [el 6 de julio de 1439], con la excepción de Marcos Eugenikós [metropolitano de Éfeso] y, al parecer, de Pletón…; y, después de retirarse durante un tiempo a su sede de Éfeso, en territorio turco, aquel cedió a las presiones y renunció a su cargo».12

Miguel Ducas cuenta que, el 1 de febrero de 1440, «el pueblo de Constantinopla besaba a los jerarcas apenas desembarcaban de los trirremes y les preguntaba cómo habían ido las cosas: “¿Qué ocurrió en el sínodo? ¿Tuvimos éxito?”. Los jerarcas respondían: “Vendimos nuestra fe, cambiamos la piedad por la impiedad y, traicionando el sacrificio puro, nos convertimos en defensores de los ácimos”. Decían todo esto y otras palabras aún más obscenas y sórdidas. Cuando se les preguntaba por qué habían firmado, decían: “Porque temíamos a los latinos”. Y, cuando se les preguntaba si los latinos los habían torturado, azotado o encarcelado, respondían: “No”. Entonces el pueblo les preguntaba: “¿Qué ocurrió, pues?”. “Que sea cortada la mano derecha que firmó —decían— y arrancada de raíz la lengua que profesó [la herejía]”…

»El pueblo les escupía en el rostro, y la historia los registró como traidores, mientras el pueblo alababa a san Marcos de Éfeso como columna de la Ortodoxia…».13

Para cumplir su parte del acuerdo, el papa llamó a los dirigentes occidentales a emprender una cruzada contra los turcos. La resultante «cruzada de Varna» partió de Hungría con veinticinco mil hombres. Fue aplastada por los turcos en Varna en noviembre de 1444…

*

San Marcos asumió entonces la dirección de la Iglesia contraria a la unión bajo el lema: «No puede haber compromiso alguno en cuestiones de fe ortodoxa».14 Y también: «Que nadie se enseñoree de nuestra fe: ni el emperador, ni un falso concilio, ni ningún otro, sino solo el único Dios, que él mismo nos la transmitió por medio de sus discípulos».



Icono de san Marcos de Efeso 


En julio de 1440, san Marcos escribió: «A todos los cristianos ortodoxos del continente y de las islas.

»De Marcos, obispo de la metrópolis de Éfeso: 

¡alegraos en Cristo!

»Quienes nos han atrapado en un cautiverio funesto, deseosos de arrastrarnos a la Babilonia de los ritos y dogmas latinos, no pudieron, desde luego, llevarlo a cabo por completo, pues enseguida vieron que había pocas posibilidades de conseguirlo; que, en realidad, era sencillamente imposible. Pero, al detenerse en algún punto intermedio — tanto ellos como quienes los siguieron—, ni siguieron siendo lo que eran ni se convirtieron en otra cosa. Pues, tras abandonar Jerusalén, es decir, una fe firme e inconmovible, y sin hallarse en condiciones ni querer convertirse en babilonios o ser llamados así, se dieron a sí mismos, como si les correspondiera por derecho, el nombre de “grecolatinos”, mientras que el pueblo los llama “latinizantes”.

»Y así, estos hombres divididos, semejantes a los míticos centauros, confiesan con los latinos que el Espíritu Santo procede del Hijo y tiene al Hijo por causa de su existencia, pero al mismo tiempo confiesan con nosotros que procede del Padre. Y dicen con ellos que la adición al Credo [la del Filioque] se hizo canónicamente y con bendición, pero al mismo tiempo no permiten al igual que nosotros que se lo recite. Por lo demás, ¿quién rechazaría lo que es canónico y bendecido? Y dicen con ellos que el pan ácimo es el Cuerpo de Cristo, pero al mismo tiempo no se atreven, como nosotros, a aceptarlo. ¿No basta esto para poner de manifiesto su espíritu y mostrar que no se unieron a los latinos en busca de la Verdad —que, teniéndola en sus manos, traicionaron—, sino por el deseo de enriquecerse y de concluir una unión falsa, no verdadera?

»Pero conviene examinar de qué manera se han unido a ellos; pues todo lo que se une a algo distinto se une naturalmente mediante algún punto intermedio entre ambos. Y así creyeron poder unirse a ellos mediante cierta formulación acerca del Espíritu Santo, expresando a la vez la opinión de que también tiene su existencia del Hijo. Pero en todo lo demás discrepan entre sí y no hay entre ellos punto intermedio ni nada en común. Como antes, se recitan dos Credos divergentes. Del mismo modo, se celebran dos Liturgias distintas y discordantes entre sí: una con pan fermentado y otra con pan ácimo. Distintos son también los bautismos: uno se realiza por triple inmersión y el otro vertiendo agua sobre la cabeza desde arriba; uno con unción del santo crisma y el otro sin ella en absoluto. Y todos los ritos son en todo distintos y discordantes entre sí, al igual que los ayunos, las costumbres eclesiásticas y otras cosas semejantes…

»Los piadosos cánones hablan así: “Es hereje y está sujeto a los cánones contra los herejes quien se aparta, aunque sea levemente, de la fe ortodoxa”. Por tanto, si los latinos no se apartan en absoluto de la recta fe, es evidente que los hemos separado injustamente. Pero, si se han apartado por completo [de la fe], y precisamente en lo relativo a la teología del Espíritu Santo, blasfemar contra el cual constituye el mayor de todos los peligros, entonces está claro que son herejes y que los hemos separado como tales.

»¿Por qué ungimos con el santo crisma a los que vienen a nosotros de entre ellos? ¿No está claro que es porque son herejes? Pues el canon séptimo del II Concilio Ecuménico establece:

»“A los herejes que se acogen a la Ortodoxia y a la porción de los que se salvan los recibimos según el siguiente orden y costumbre: a los arrianos, macedonianos, sabatianos, novacianos, que se llaman a sí mismos cátaros (‘puros’) y aristeros (‘los mejores’), a los cuartodecimanos, llamados también tetraditas, y a los apolinaristas, los recibimos cuando presentan libelos [retractaciones por escrito] y anatematizan toda herejía que no sostenga las mismas creencias que la santa Iglesia católica y apostólica de Dios; y se los sella primero con el santo crisma en la frente, los ojos, la nariz, la boca y los oídos, y al sellarlos decimos: ‘Sello del don del Espíritu Santo’”.

»¿Veis en qué grupo incluimos a los latinos que se acercan a nosotros? Si todos los mencionados son herejes, es evidente que los latinos también lo son.

»Si es verdadero el dogma latino de que el Espíritu Santo procede también del Hijo, entonces es falso el nuestro, que afirma que el Espíritu Santo procede del Padre; y esta es precisamente la razón por la que nos separamos de ellos. Y, si el nuestro es verdadero, entonces, sin duda, el suyo es falso. ¿Qué término medio puede haber entre dos afirmaciones semejantes? No puede haber ninguno, a menos que se trate de alguna formulación que sirva tanto a unos como a otros, como una bota que sirve para ambos pies. ¿Y eso va a unirnos?…

»Y nosotros afirmamos, de acuerdo con los Padres, que la voluntad y la energía de la naturaleza divina e increada son increadas; mientras que ellos, junto con los latinos y Tomás, dicen que la voluntad es idéntica a la naturaleza, pero que la energía divina es creada, ya se la llame divinidad, luz divina e inmaterial, Espíritu Santo o alguna otra cosa semejante; y, de algún modo, estas pobres criaturas adoran una ‘divinidad’ creada, una ‘luz divina’ creada y un ‘Espíritu Santo’ creado.

»Y nosotros decimos que ni los santos reciben todavía el Reino y los bienes inefables que les han sido preparados, ni los pecadores han sido enviados ya al infierno, sino que unos y otros aguardan su destino, que recibirán en el siglo venidero después de la resurrección y el juicio; mientras que ellos, junto con los latinos, desean recibir inmediatamente después de la muerte lo que corresponde a sus méritos. Y a los que se encuentran en un estado intermedio, que han muerto arrepentidos, les asignan un fuego purgatorio —distinto del fuego del infierno—, para que, según dicen, después de purificar por él sus almas tras la muerte, disfruten también del Reino junto con los justos; esto figura en su decreto conciliar.

»Y nosotros, obedeciendo a los apóstoles que lo prohibieron, rechazamos los ácimos judíos; mientras que ellos, en la misma Acta de Unión, proclaman que lo que se utiliza en los oficios de los latinos es el Cuerpo de Cristo.

»Y nosotros decimos que la adición al Credo se introdujo sin fundamento canónico, contra los cánones y contra los Padres; mientras que ellos afirman que es canónica y bendecida. ¡Hasta tal punto ignoran cómo ser coherentes con la Verdad y consigo mismos!

»Y para nosotros el papa es uno de los patriarcas, y nada más, siempre que sea ortodoxo; mientras que ellos, con gran solemnidad, lo proclaman ‘vicario de Cristo, padre y maestro de todos los cristianos’. Que tengan mejor fortuna que su padre quienes también se le asemejan. Pues a él no le va muy bien, ya que tiene un antipapa que le causa bastantes disgustos; y ellos tampoco son felices imitándolo.

»Así pues, hermanos, huid de ellos y de la comunión con ellos, porque son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues el propio Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es gran cosa que también sus ministros se disfracen de ministros de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras (2 Corintios 11:13-15). Y, en otro lugar, el mismo apóstol dice de ellos: ‘Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre; y con buenas palabras y discursos halagüeños engañan los corazones de los sencillos’. ‘Pero el fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello’ (Romanos 16:18; 2 Timoteo 2:19). Y, en otro lugar: ‘Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la circuncisión’ (Filipenses 3:2). Y, en otro lugar: ‘Pero, aunque nosotros o un ángel del cielo os anuncie otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema’ (Gálatas 1:8). Ved lo que se ha predicho proféticamente: ‘aunque un ángel del cielo’, para que nadie pueda invocar en su justificación una posición especialmente elevada. Y el discípulo amado habla así: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa ni lo saludéis; porque quien lo saluda participa en sus malas obras’ (2 Juan 10-11).

»Por tanto, puesto que esto es lo que os han mandado los santos apóstoles, manteneos firmes, conservad con fuerza las tradiciones que habéis recibido, tanto por escrito como de viva voz, para que no perdáis vuestra firmeza al dejaros arrastrar por los engaños de los inicuos.

»Que Dios, que es todopoderoso, les conceda también reconocer su extravío; y que, tras librarnos de ellos como de la mala cizaña, nos reúna en sus graneros como trigo puro y útil, en Jesucristo nuestro Señor, a quien pertenecen toda gloria, honor y adoración, con su Padre sin principio y su Espíritu santísimo, bueno y vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. 

Amén».



San Marcos Eugenikós: «Jamás haré tal cosa, pase lo que pase».

El manuscrito sobre la mesa dice: «Condiciones de la unión entre latinos y ortodoxos. Florencia, 1439»




La confesión de san Marcos tuvo un efecto favorable. En abril de 1443, los tres patriarcas —Joaquín de Jerusalén, Filoteo de Alejandría y Doroteo de Antioquía— se reunieron en Jerusalén y condenaron al Concilio de Florencia como «vil» y al patriarca Mitrófanes de Constantinopla como hereje.

El día de su muerte, en 1444, san Marcos dijo: «Con respecto al patriarca [uniata], diré esto, no sea que se le ocurra mostrarme algún respeto en el entierro de este mi humilde cuerpo, o enviar a mi sepultura a alguno de sus jerarcas o clérigos, o, en general, a cualquiera de quienes están en comunión con él, para participar en la oración o unirse a los sacerdotes invitados de entre los nuestros, pensando que en algún momento, o quizá en secreto, había permitido la comunión con él. Y, para que mi silencio no dé ocasión a quienes no conocen bien y plenamente mis opiniones a sospechar alguna clase de reconciliación, declaro y doy testimonio ante los muchos hombres dignos aquí presentes de que no deseo de ningún modo, en absoluto, ni acepto la comunión con él o con quienes están con él, ni en esta vida ni después de mi muerte, como tampoco [acepto] la Unión ni los dogmas latinos que él y sus seguidores han aceptado y para cuya imposición ha ocupado esta sede de presidencia, con el propósito de trastornar los verdaderos dogmas de la Iglesia. Estoy absolutamente convencido de que, cuanto más lejos me mantengo de él y de quienes son como él, más cerca estoy de Dios y de todos los santos; y, en la medida en que me separo de ellos, estoy unido a la Verdad y a los santos Padres, los teólogos de la Iglesia. Del mismo modo, estoy convencido de que quienes se cuentan entre ellos se encuentran lejos de la Verdad y de los bienaventurados maestros de la Iglesia. Por esta razón digo: así como durante toda mi vida estuve separado de ellos, también a la hora de mi partida, e incluso después de mi muerte, rechazo el trato y la comunión con ellos, y declaro solemnemente y ordeno que ninguno de ellos se acerque a mi entierro ni a mi sepultura, ni tampoco a ninguna otra persona de entre los nuestros, con el propósito de intentar unirse a nosotros y concelebrar en nuestros oficios divinos; pues eso sería mezclar lo que no puede mezclarse. Antes bien, corresponde mantenerse enteramente separados de ellos hasta que Dios conceda la rectificación y la paz a su Iglesia».15

San Marcos, como escribe Runciman, «fue tratado como un mártir por casi toda la Iglesia griega. El emperador pronto descubrió que era más fácil firmar la unión que ponerla en práctica. Él personalmente siguió siendo fiel a ella, pero, influido por su anciana madre, se abstuvo de intentar imponérsela a su pueblo. Le resultó difícil persuadir a alguien para que ocupara la cátedra patriarcal vacante. Mitrófanes II, a quien nombró en mayo de 1440, murió poco después. Su sucesor, Gregorio Mammas, que era un sincero defensor de la unión, consideró prudente retirarse a Italia en 1451. Besarión [de Trebisonda], aunque era personalmente querido y admirado, ya se había trasladado a Italia, conmocionado por la hostilidad que sus actos habían suscitado en Constantinopla y convencido de que podía servir mejor a la causa griega permaneciendo entre los italianos. La adhesión de Isidoro de Kiev a la unión fue repudiada con indignación por el príncipe, la Iglesia y el pueblo rusos, que lo privaron de su sede. También él se marchó a Italia. Los patriarcas orientales anunciaron que no se consideraban obligados por nada de lo que sus representantes habían firmado y rechazaron la unión. Jorge Escolario, aunque había aceptado la unión y era un devoto de las obras de Tomás de Aquino, pronto fue convencido por Marcos Eugenikós de que se había equivocado. Se retiró a un monasterio y, a la muerte de Marcos en 1444, se convirtió en el dirigente del partido contrario a la unión. El clero menor y los monjes lo siguieron casi sin excepción.

»El emperador Juan VIII murió cansado y desilusionado en 1448. Su hermano y heredero, Constantino XI, se consideraba obligado por la unión; pero no intentó imponérsela a su pueblo hasta el tramo final del último asedio turco. En el otoño de 1452, Isidoro de Kiev, ahora cardenal romano, llegó a Constantinopla con el decreto de unión, que se leyó solemnemente en la catedral de Santa Sofía el 12 de diciembre. Isidoro, deseoso de que todo transcurriera sin contratiempos, informó de que había sido bien recibido. Pero su ayudante italiano, Leonardo de Quíos, arzobispo de Mitilene, escribió indignado que habían asistido pocas personas y que muchos funcionarios habían boicoteado la ceremonia. Lo cierto es que, aunque durante los últimos meses de existencia del Imperio oficiaron en Santa Sofía clérigos latinos y un puñado de clérigos unionistas, sus altares estaban casi desiertos. La inmensa mayoría del clero y de los fieles de la ciudad no quería tener nada que ver con ellos…

»En este momento supremo de la agonía del Imperio, la Iglesia [uniata] de Constantinopla apenas podía ayudar al pueblo. Su administración provincial había quedado desorganizada por el avance turco. En la propia Constantinopla, la política oficial de unión había producido el caos. No había patriarca. El último ocupante del cargo, Gregorio Mammas, había huido a Italia. A medida que quedaban vacantes los obispados, el emperador no encontraba a nadie que los ocupara y apoyase sus esfuerzos en favor de la unión. El clero y los fieles de la ciudad se mantenían apartados de las ceremonias de la Gran Iglesia de Santa Sofía y acudían, en cambio, en busca de orientación al monasterio de Escolario, donde el monje Genadio, el antiguo Jorge Escolario, fulminaba la unión. ¿Era justo que los bizantinos procuraran salvar sus cuerpos a costa de perder sus almas? Y, de hecho, ¿salvarían sus cuerpos? Para Genadio y sus amigos resultaba demasiado evidente que la ayuda de Occidente sería lamentablemente insuficiente. La Sagrada Escritura afirmaba que, tarde o temprano, el Anticristo vendría como precursor del Armagedón y del fin del mundo. A muchos griegos les parecía que había llegado ese momento. ¿Era aquella la hora de abandonar la pureza de la fe?».16

Genadio se recluyó, pero dejó un aviso en la puerta de su celda: «¡Oh, desdichados romanos! ¿Por qué habéis abandonado la verdad? ¿Por qué no confiáis en Dios, en vez de confiar en los italianos? Al perder vuestra fe, perderéis vuestra ciudad».17

*

Era de vital importancia saber cómo reaccionaría al concilio Rusia, la estrella ascendente en el firmamento ortodoxo…

En 1434, a la muerte del metropolitano Focio, el obispo Jonás de Riazán fue elegido metropolitano de Kiev y enviado a Constantinopla para su consagración. «Pero allí —escribe el protopresbítero Piotr Smirnov— se encontraron obstáculos. Los griegos vivían sus últimos años. Los turcos habían avanzado hacia Constantinopla desde todas partes. La única esperanza de salvación se veía en la ayuda de Occidente, pero esta solo podía comprarse mediante la humillación ante el papa de Roma. Se emprendieron negociaciones sobre la unión de las Iglesias. Del lado latino, se preparaba en Oriente a personas capaces de aceptar la unión y se les otorgaban cargos y puestos influyentes. Una de ellas era cierto Isidoro, hombre de gran talento y formación, pero no especialmente firme desde el punto de vista moral y capaz de cambiar de convicciones. Fue a él a quien se apresuraron a nombrar metropolitano para Moscú antes de la llegada de Jonás a Constantinopla. A san Jonás se le prometió la sede metropolitana después de Isidoro.

»Poco después de llegar a Moscú, Isidoro declaró que en Italia se estaba preparando el VIII Concilio Ecuménico para la unión de las Iglesias y que era necesario que él estuviera presente. Entonces comenzó a preparar el viaje. El gran príncipe Basilio Vasílievich intentó por todos los medios disuadir a Isidoro de participar en el concilio. Finalmente le dijo: “Si estás absolutamente decidido a ir al octavo concilio, tráenos de allí nuestra antigua Ortodoxia, que recibimos de nuestro antepasado Vladímir, y no nos traigas nada nuevo y extraño, que no aceptaremos”. Isidoro juró defender la Ortodoxia, pero en el Concilio de Florencia se mostró especialmente celoso en promover un resultado favorable al papa. Al terminar el concilio y tras la aceptación de la unia, Isidoro… regresó a Moscú y, en su primer oficio, comenzó a conmemorar al papa en lugar del patriarca de Constantinopla. El gran príncipe lo llamó públicamente seductor latino y hereje, y ordenó que se lo mantuviera bajo custodia hasta que el asunto fuera resuelto por un concilio. Los obispos rusos se reunieron en Moscú [en 1441] y condenaron a Isidoro. Junto con su discípulo Gregorio, este huyó a Tver, después a Lituania y, finalmente, a Roma, donde se quedó definitivamente con el papa.

»Tras la huida de Isidoro de Rusia, san Jonás permaneció otros siete años como simple obispo… Finalmente, en 1448… Basilio Vasílievich convocó a todos los obispos de la tierra rusa a un concilio. Los Padres conciliares, basándose en los cánones de la Iglesia, en los precedentes y en la decisión del patriarca de Constantinopla de que san Jonás fuera metropolitano después de Isidoro, lo designaron para la sede primacial. En un oficio solemne en la catedral de la Dormición, se le impuso el omoforio con el que habían sido revestidos los metropolitanos anteriores y se puso en sus manos el gran báculo metropolitano, símbolo de la potestad primacial».18

La Iglesia rusa se encontraba ahora, técnicamente, en cisma con la Gran Iglesia de Constantinopla, que había caído en la herejía latina… «Sin embargo —escribe N. Boyeikov—, incluso después de enterarse de la traición del emperador ortodoxo y de los acontecimientos que habían sacudido a Bizancio, Basilio no consideró que tuviera derecho a romper la dependencia canónica que la Iglesia rusa había heredado desde el bautismo de la Rus, y, después de la elección de Jonás, escribió lo siguiente: “Tras la muerte del metropolitano Focio, después de consultar con nuestra madre, la gran princesa, y con nuestros hermanos, los príncipes rusos, tanto los grandes príncipes como los de los principados locales, junto con el señor de la tierra lituana, los jerarcas y todo el clero, los boyardos y toda la tierra rusa, elegimos al obispo Jonás de Riazán y os lo enviamos a Constantinopla para su consagración, junto con nuestro enviado. Pero, antes de su llegada, el emperador y el patriarca consagraron a Isidoro como metropolitano de Kiev y de toda la Rus, mientras que a Jonás le dijeron: ‘Ve a tu sede, el obispado de Riazán. Si Isidoro muere o le sucede alguna otra cosa, permanece dispuesto a recibir la bendición para la sede metropolitana de toda la Rus’. Puesto que ha surgido una discordia en la Iglesia de Dios en nuestros benditos reinos, los viajeros a Constantinopla han sufrido toda clase de dificultades en el camino; hay un gran desorden en nuestros países, los impíos agarenos han invadido, ha habido guerras civiles y nosotros mismos hemos sufrido cosas terribles, no a manos de extranjeros, sino de nuestros propios hermanos. En vista de esta gran necesidad, hemos reunido a nuestros jerarcas rusos y, conforme a los cánones, hemos consagrado al mencionado Jonás para la sede metropolitana rusa de Kiev y de toda la Rus. Hemos obrado así por una gran necesidad, no por orgullo ni atrevimiento. Hasta el fin de los siglos permaneceremos fieles a la Ortodoxia que hemos recibido; nuestra Iglesia buscará siempre la bendición de la Iglesia de Tsargrad y le obedecerá en todo conforme a la antigua piedad. También nuestro padre Jonás pide bendición y unión en aquello que no atañe a las nuevas discordias actuales, y suplicamos a vuestro santo reino que se muestre benévolo con nuestro padre, el metropolitano Jonás. Queríamos escribir también sobre todos estos asuntos eclesiásticos al santísimo patriarca ortodoxo y pedir su bendición y sus oraciones. Pero no sabemos si hay o no un patriarca en vuestra ciudad imperial. Si Dios concede que tengáis un patriarca conforme a la antigua piedad, entonces le informaremos de todas nuestras circunstancias y pediremos su bendición”.

»Al leer esta carta del gran príncipe Basilio, uno se asombra de su tacto y de la moderación de su estilo. Sabiendo que el propio emperador había traicionado la fe y que tanto el patriarca Gregorio como Isidoro —enviado anteriormente a Moscú como metropolita— habían huido a Roma, Basilio II, en vez de dirigir a sus maestros e instructores una reprimenda bien merecida, se disculpaba él mismo por el hecho de que las circunstancias hubieran obligado a los obispos rusos a consagrar un metropolitano para sí, y casi suplicaba al emperador que aceptara a Jonás y lo honrara como metropolitano. Es notable que el gran príncipe subraye en todo momento que esta consagración tuvo lugar “conforme a los cánones”, al tiempo que dudaba de si existía o no un patriarca legítimo en el propio Bizancio. Toda esta carta está llena de verdadera humildad cristiana y compasión fraterna por el emperador que atravesaba tiempos difíciles».19

La Iglesia rusa era ahora autocéfala de facto, y llegaría a serlo de iure hacia finales del siglo XVI. Y pronto, después de la caída de la Nueva Roma en 1453, también el Estado ruso sería independiente, no solo en el sentido de gobernarse a sí mismo de facto —lo había hecho durante siglos—, sino también en el de no deber obediencia filial de iure a ningún otro Estado. De hecho, el gran príncipe ruso Basilio II ya era llamado «zar» y «autócrata» por su propio pueblo, y «hermano» por el emperador Juan VIII… Rusia, cuya Iglesia constituía apenas una de las aproximadamente doscientas sedes metropolitanas del Patriarcado Ecuménico, se estaba convirtiendo en la cabeza del mundo ortodoxo…20

19 de enero / 1 de febrero de 2018.

San Marcos de Éfeso.

REFERENCIAS

1. Tuchman, A Distant Mirror: The Calamitous Fourteenth Century [Un espejo lejano: el calamitoso siglo XIV], Nueva York: Knopf, 1978, p. 560. ↩

2. Montefiore, Titans of History [Titanes de la historia], Londres: Quercus, 2012, p. 157. ↩

3. Wells, Sailing from Byzantium [Navegando desde Bizancio], Nueva York: Bantam Deli, 2006, pp. 91-92. ↩

4. Runciman, The Great Church in Captivity [La Gran Iglesia en cautiverio], Cambridge University Press, 1968, pp. 103-104. ↩

5. A. P. Lébedev, Istoricheskie Ocherki Sostoiania Vizantijsko-Vostochnoj Tserkvi [Ensayos históricos sobre la situación de la Iglesia oriental bizantina], San Petersburgo, 2003, p. 102. ↩

6. N. de T. - La diferencia no es menor, los latinos, en el Concilio de Florencia, dejaron de manifiesto que el Hijo también era el origen y la causa (principium en latín) de la esencia y la subsistencia del Espíritu Santo.
Véase la bula del papa Eugenio IV Laetentur Caeli: Bula de unión con los griegos, Concilio de Florencia, 6 de julio de 1439: https://www.vatican.va/content/eugenius-iv/la/documents/bulla-laetentur-caeli-6-iulii-1439.html ↩

7. Hefele, Histoire des Conciles [Historia de los concilios], vol. VII, parte II, pp. 1015 y ss. ↩

8. Meyendorff, «Was there an Encounter between East and West at Florence?» [¿Hubo un encuentro entre Oriente y Occidente en Florencia?], en Rome, Constantinople, Moscow [Roma, Constantinopla, Moscú], Crestwood, Nueva York: St. Vladimir’s Seminary Press, 1996, p. 89. ↩

9. N. de T. - En latín, el texto es el siguiente: Illam sedem apostoli Petri et istius augustae civitatis unam esse definio. ↩

10. Meyendorff, op. cit., p. 90. ↩

11. John Sanidopoulos, «The Danger of ‘Mutant’ Theology» [El peligro de una teología «mutante»], http://www.johnsanidopoulos.com/2015/03/the-danger-of-mutant-theology.html?m=1. ↩

12. Runciman, op. cit., p. 109. El obispo Isaías de Stavropol, el obispo de Tver y el obispo Gregorio de Georgia abandonaron secretamente la ciudad para evitar firmar. Jorge Escolario, el futuro patriarca, junto con Juan Eugenikós, hermano de san Marcos, y el déspota Demetrio [de Morea], también se marcharon antes sin firmar. Y la firma de Metodio de Lacedemonia no aparece por ninguna parte… (The Lives of the Pillars of Orthodoxy [Las vidas de los pilares de la Ortodoxia], Buena Vista, Colorado: Holy Apostles Convent, 1990, p. 466). ↩

13. Ducas, en el volumen 6, p. 299, de la Historia de Paparrigópulos. ↩

14. «A los ojos de Marcos, ni siquiera la completa extinción política del Estado bizantino era tan importante como la preservación de la integridad de la Ortodoxia» (Constantine Tsipanlis, Mark Eugenicus and the Council of Florence [Marcos Eugenikós y el Concilio de Florencia], Nueva York: Kentron Vyzantinon Erevnon, 1986, p. 60). ↩

15. San Marcos, P. G. 160, cols. 536c y 537a. ↩

16. Runciman, op. cit., pp. 109-110, 159-160. ↩

17. Genadio Escolario, en Sir Edmund Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire [Decadencia y caída del Imperio romano], ed. J. B. Bury, VII, 176. ↩

18. Smirnov, Istoria Khristianskoj Pravoslavnoj Tserkvi [Historia de la Iglesia cristiana ortodoxa], Moscú: Krutitskoe podvorye, 2000, pp. 159-160. ↩

19. Boyeikov, Tserkov’, Rus’ i Rim [La Iglesia, la Rus y Roma], Jordanville, Nueva York: Holy Trinity Monastery, 1983. Véase el padre John Meyendorff, Byzantium and the Rise of Russia [Bizancio y el ascenso de Rusia], Cambridge University Press, 1981. ↩

20. Y, sin embargo, al mismo tiempo que adquiría su plena independencia, la Iglesia rusa perdía su unidad: en 1458 se estableció en Kiev una sede metropolitana separada para el Estado lituano (N. Riasonovsky, A History of Russia [Historia de Rusia], Oxford University Press, 2000, p. 121). ↩

miércoles, 28 de octubre de 2026

JUSTINIANO EL GRANDE Y EL SUEÑO DE LA UNIDAD CRISTIANA


Vladimir Moss



Corte del emperador Justiniano, con el arzobispo Maximiano (a la derecha) y funcionarios de la corte y miembros de la Guardia Pretoriana (a la izquierda). Basílica de San Vital, Rávena, Italia.

«En Bizancio —escribe Iván Ilyín—, la monarquía se consideraba electiva, tanto en la teoría como en la práctica. Toda persona libre tenía derecho al trono. Se suponía que el rey era elegido por el Senado y el pueblo; pero el Senado había quedado reducido a una palabra vacía, mientras que el pueblo carecía de organización. No podía existir ninguna ley de sucesión al trono. Un conspirador que consiguiera asegurarse la colaboración del ejército y apoderarse del palacio era reconocido por los funcionarios, y el rebelde se convertía en rey. Así, Justiniano el Grande (527-565) fue elegido emperador bizantino por los jefes de la guardia del rey».1

Cuando Justiniano ascendió al trono, se propuso reunificar el mundo cristiano. Pues su gran sueño, como escribe el protopresbítero James Thornton, «era recuperar las provincias occidentales que el Imperio había perdido. Los gobernantes anteriores habían sacrificado estos territorios, cuando se vieron amenazados por las acometidas de las tribus bárbaras, en aras de la defensa de Oriente, mucho más importante y rico. Pero el pensamiento de san Justiniano se remontaba a los tiempos de san Constantino I y Teodosio I, cuando el Imperio se extendía desde las islas británicas hasta el Éufrates… Que las tierras romanas hubieran caído en manos de herejes y bárbaros constituía, a juicio del santo, una afrenta a la voluntad de Dios. También es cierto, como escribe el historiador Charles Diehl (1859-1944), que, en principio, los emperadores bizantinos nunca admitían pérdida territorial alguna. Es verdad que se perdieron tierras a causa de distintas incursiones bárbaras; pero, según la concepción bizantina, estos nuevos gobernantes locales se limitaba a administrarlas temporalmente en nombre del emperador. Constantinopla tenía derecho a restablecer su dominio directo cuando así lo dispusiera el soberano».2

Ahora bien, extensas regiones del mundo cristiano se habían separado del Imperio por motivos religiosos, además de políticos o militares. Así, la Antigua Roma se encontraba en cisma con Constantinopla a causa del monofisismo del emperador Anastasio —el llamado cisma acaciano, de 484 a 519—, mientras que la mayor parte de las regiones semíticas y coptas del Imperio de Oriente habían caído en el monofisismo o el nestorianismo. Por ello, Justiniano persiguió su objetivo por dos vías: en Occidente, mediante la guerra y una combinación de concesiones y presiones sobre el papado; y en Oriente, mediante intensas negociaciones teológicas con los herejes, entre ellas las celebradas en concilios eclesiásticos.

Con respecto a la Antigua Roma, alcanzó en buena medida su propósito; con respecto a los monofisitas de Oriente, su éxito fue menor. Esto se debió en parte a que su esposa Teodora apoyaba en secreto a los monofisitas. Así, cuando el gran asceta y taumaturgo san Sabas de Palestina visitó Constantinopla, tuvo lugar el siguiente episodio:

«Justiniano pidió al anciano que bendijera a la emperatriz Teodora, quien, al ver al piadoso Sabas, también se inclinó profundamente ante él, diciendo: “¡Ruega, padre, para que se me conceda tener hijos!”.

»“Que Dios, el Señor de todo, preserve vuestro imperio”, respondió el anciano.

»La emperatriz dijo: “Ruega a Dios por mí, padre, para que desate las ataduras de mi esterilidad y me permita concebir un hijo”.

»El anciano respondió: “Que el Dios de la gloria preserve al Imperio en la fe ortodoxa y os conceda la victoria sobre vuestros adversarios”.

»La emperatriz pidió entonces por tercera vez al anciano que rogara por su liberación de la esterilidad, pero solo recibió una respuesta semejante. Esto la afligió profundamente. Cuando el piadoso varón se retiraba, los monjes que lo acompañaban le preguntaron: “Padre, ¿por qué no tuviste compasión de la emperatriz y accediste a rogar como ella te pedía?”.

»“Creedme, padres —respondió el anciano—: su seno jamás dará fruto. No es voluntad del Señor que se le permita criar a un heredero en la doctrina de Severo [el hereje monofisita], ni que un niño así crezca para reinar y perturbar a la Iglesia de Cristo todavía más de lo que lo hizo Anastasio [el emperador herético]”».3




santa Teodora, emperatriz y esposa de san Justiniano: Representación tomada de un mosaico contemporáneo que retrata al personaje, situado en la basílica de San Vital, en Rávena.



Sin embargo, hubo una unión, aunque fugaz, entre los cinco antiguos patriarcados de Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén; y esta unión en una sola Iglesia bajo un solo emperador de recta fe constituyó indiscutiblemente un gran logro. Apenas puede dudarse de que la persona que más contribuyó a alcanzar esta unión fue el propio emperador: si los cinco patriarcados representaban los cinco sentidos del Cuerpo de Cristo en la tierra, la cabeza en la que todos ellos se unían aquí en la tierra era el emperador. Fue, por tanto, a través de él como se realizó en el Imperio romano el ideal de «una sola fe, una sola Iglesia, un solo Imperio», por breve que fuera su duración.

Sin embargo, los medios por los cuales se alcanzó esa unión contenían los gérmenes —por no decir más— del despotismo. Pues el ideal no se realizó sin que Justiniano formulara pronunciamientos teológicos ortodoxos que luego imponía a los obispos disidentes mediante amenazas y sanciones. El hecho de que esos pronunciamientos fueran correctos y debieran aceptarse para la salvación de todos los habitantes del Imperio no impedía que socavaran otro gran ideal asociado a Justiniano, el de: la sinfonía de poderes, en la cual la Iglesia es autónoma en el ámbito espiritual, como lo es el emperador en el político. Porque, aunque la sinfonía era su ideal —sinceramente profesado—, difícilmente podía calificarse de «sinfónica» su relación con el pilar eclesiástico de esa sinfonía. En muchos casos se trataba, en efecto, de una relación de coacción desembozada…

Esto se manifestó especialmente en su relación con la ciudad que acababa de reconquistar a los godos arrianos en 536: Roma. Roma ocupaba el primer lugar de honor entre los patriarcados y debía ser ortodoxa. Y, si era necesario, la obligaría a serlo.

Su primera táctica frente a los papas romanos, cuya independencia de criterio lo decepcionaba, fue la condescendencia. Así, llamó condescendientemente al papa Juan II (†535) «mi piadoso hijo». Después vinieron las amenazas. Cuando el papa Agapito (†536) llegó a Constantinopla, Justiniano le dijo: «O te obligo a estar de acuerdo con nosotros, o te envío al exilio». A lo que el papa respondió: «Quise venir a ver al más cristiano de todos los emperadores, Justiniano, y ahora me he encontrado con un Diocleciano. Sin embargo, no temo tus amenazas».4

El más importante de los papas a los que Justiniano coaccionó fue Vigilio (pontificado: 537-555), quien, siguiendo la opinión predominante en Occidente, se había negado a condenar los escritos heréticos de tres teólogos orientales conocidos como los «Tres Capítulos» —no necesitamos ocuparnos aquí de los detalles de aquella controversia—. Justiniano convocó el V Concilio Ecuménico en 553 con el fin de anatematizar los «Tres Capítulos». También quería que se anatematizara el origenismo. Todos los patriarcados orientales acordaron anatematizar los Capítulos y el origenismo. Solo el papa Vigilio se negó tanto a asistir al Concilio como a anatematizar los Capítulos. Por ello fue excomulgado él personalmente —pero no el patriarcado romano en su conjunto —; y, en su definición final, el Concilio condenó la incipiente herejía papista según la cual un obispo se encontraba por encima del juicio de los demás obispos. Esta condena del papismo fue aceptada por todos los papas posteriores hasta el siglo XI y constituye uno de los logros más importantes, aunque poco conocidos, del Concilio. Sin embargo, tras ejercer una enorme presión sobre el papa, Justiniano consiguió finalmente su propósito: seis meses después, Vigilio se arrepintió de su apoyo a los Capítulos y fue restablecido en la comunión con la Iglesia. El resultado fue que, salvo algunos focos —como el «cisma de Aquilea», que siguió apoyando los Capítulos durante algunas décadas—, Occidente fue considerado digno de permanecer en la Ortodoxia durante otros cinco siglos.5

El hecho de que los «Tres Capítulos» fueran realmente heréticos no es lo que aquí se discute. La cuestión es que la unidad alcanzada había sido impuesta y, por tanto, no podía durar. Al imitar — aunque no de manera tan descarada y violenta— la coacción que los herejes monofisitas habían ejercido a comienzos de aquel siglo, el emperador perdió las provincias orientales del Imperio, principalmente Siria y Egipto, que se volvieron tan antirromanas como antiortodoxas y fueron conquistadas más tarde por el islam. Como escribe el padre John Meyendorff, «el uso de la coacción por parte de Justiniano y la diplomacia engañosa de Teodora» fueron «indefendibles». Como resultado, «la política religiosa de Justiniano en Oriente fue un fracaso, y los métodos del poder imperial fueron en gran medida responsables de ello», junto con la obstinación deliberada de las regiones orientales.6

*

No obstante, por «indefendibles» que fueran a veces algunos de sus métodos, está claro que el Señor concedió al emperador Justiniano la misma potestad que le había concedido a los emperadores Constantino el Grande y Teodosio el Grande en el siglo IV, y a los emperadores Teodosio II, Marciano y Pulqueria en el siglo V; la de no solo convocar un concilio ecuménico, sino también para nombrar a su presidente. Así, según la Vida de Eutiquio escrita por Eustracio el Presbítero, en 552 Justiniano acudió a la iglesia del apóstol Pedro en Atira, en Tracia, para participar en la procesión de su fiesta, el 5 de septiembre. San Eutiquio también se encontraba allí. Eustracio recoge el relato que hizo el emperador de una visión que tuvo en aquel lugar:

«Declaró que, mientras dormía en la iglesia de san Pedro, el corifeo de los apóstoles, en Atira — adonde había acudido para participar en la procesión—, tuvo también una visión divina acerca de Eutiquio. Dijo haber visto al propio san Pedro señalar claramente al gran Eutiquio y decir: “Haz que sea tu obispo”».





Icono de san Eutiquio patriarca de Constantinopla



San Eutiquio llegó a ser patriarca de Constantinopla y después presidió el V Concilio Ecuménico en 553. Por tanto, la intervención de Justiniano para nombrar a Eutiquio fue, pese a todo, querida por Dios.7

Como escribe Meyendorff: «Sin negar los peligros y los abusos del poder imperial que se produjeron en casos concretos, el sistema en sí, creado por Teodosio I y Justiniano, no privaba a la Iglesia de su capacidad para definir el dogma mediante la conciliaridad. Pero la conciliaridad presuponía la existencia de un mecanismo que hiciera posible y eficaz el consenso. Las Iglesias locales necesitaban agruparse en provincias y patriarcados, y los patriarcados debían actuar conjuntamente para alcanzar un acuerdo válido para todos. El Imperio proporcionaba a la Iglesia universal ese mecanismo…».8

Más exactamente, era la persona del emperador la que proporcionaba ese mecanismo. Pues, desde los tiempos de Constantino, era el emperador quien actuaba como centro de unidad de los cristianos enfrentados entre sí. Todos reconocían la importancia de esta función.

En consecuencia, como señala L. A. Tijomírov, incluso cuando un emperador intentaba imponer una herejía a la Iglesia, «se trataba de una lucha que no desacreditaba a la Iglesia y al poder estatal como instituciones. En esa lucha actuaba como miembro de la Iglesia, en nombre de la verdad eclesial, aunque entendida de manera errónea. Esa contienda no versaba sobre la relación entre la Iglesia y el Estado ni conducía a su interrupción, ni a la búsqueda de principios de relación mutua de otra índole. En cuanto a los conflictos directos entre el poder eclesiástico y el estatal, surgían únicamente por motivos particulares, solo entre determinadas personas, y tampoco tenían que ver con el principio de las relaciones entre ambos poderes».9

La función del emperador como centro de unidad de la Iglesia se manifestó también en las iniciativas que tomó para convertir a los bárbaros de los Balcanes y de Etiopía, y para crear obispados destinados a ellos. Así, mediante la Novela 11 (535), Justiniano creó una nueva Iglesia autocéfala llamada Justiniana Prima para llevar a cabo misiones entre los eslavos que habían invadido recientemente la península balcánica. Esta nueva Iglesia subordinó al nuevo arzobispo los obispos de Sofía y de Dacia Ripense, Preslav, Dardania y Mesia Superior, en un territorio que comprendía aproximadamente la antigua Yugoslavia, Albania y Bulgaria occidental de nuestros días. Sin embargo, mediante la Novela 131 (545), los territorios de Justiniana Prima fueron devueltos a la jurisdicción de la Iglesia romana, después de que el papa protestara porque aquella nueva autocefalia vulneraba sus derechos. Justiniana Prima fue suprimida en el siglo VII. No obstante, sus metropolitanos —de Filipos, Tesalónica y Larisa— mantuvieron su independencia respecto de Constantinopla mediante la creación de nuevos obispados para la diáspora eslava.10


*

El bizantinista A. A. Vasiliev formuló una crítica controvertida de las guerras de Justiniano en Occidente, que, con un enorme costo en vidas y dinero, lograron reincorporar al Imperio el norte de África, el Ilírico, Italia y el sureste de España: «Desde el punto de vista romano de Justiniano, sus campañas occidentales resultan comprensibles y naturales; pero, desde el punto de vista del bienestar del Imperio, deben considerarse superfluas y perniciosas. La distancia entre Oriente y Occidente en el siglo VI era ya tan grande que la mera idea de unirlos constituía un anacronismo. Una unión verdadera estaba fuera de toda posibilidad. Las provincias conquistadas solo podían conservarse por la fuerza, y el Imperio no poseía ni el poder ni los medios necesarios para ello. Seducido por sus sueños ilusorios, Justiniano no supo comprender la importancia de la frontera oriental y de las provincias orientales, que encarnaban los intereses verdaderamente vitales del Imperio bizantino. Las campañas occidentales, que respondían únicamente a la voluntad personal del emperador, no podían producir resultados duraderos, y el proyecto de restaurar un Imperio romano unido murió con Justiniano, aunque no para siempre. Entretanto, su política exterior en su conjunto provocó una gravísima crisis económica interna en el Imperio».11

Sin embargo, esta opinión se basa en un grave error de apreciación tanto del objetivo como de los resultados de la reconquista occidental de Justiniano. No solo desde un punto de vista «romano», y mucho menos por un mero capricho personal, sino, ante todo, desde un punto de vista religioso, las guerras de Justiniano estaban plenamente justificadas. Pues el único criterio verdadero de una guerra justa, desde la perspectiva ortodoxa, es que proteja la fe y/o facilite su propagación.



Y sus efectos, aunque se obtuvieron a un costo muy elevado, fueron duraderos. Pues lograron el retorno de Italia a la Ortodoxia y, a través de Italia, el del resto de Occidente. Después de aquellas guerras, Occidente ya no podía volver al arrianismo de los reyes ostrogodos de Italia y de los reyes visigodos de España; la Galia ortodoxa quedó confirmada en su Ortodoxia; por medio de misioneros procedentes de Italia y Francia —y de Irlanda—, también la Inglaterra anglosajona se haría ortodoxa; y, desde Inglaterra, Alemania y Escandinavia se harían ortodoxas. Esto significó que todo Occidente, al menos hasta la Reforma, confesó que Jesucristo es a la vez Dios y hombre en el pleno sentido calcedoniano. En cuanto a Oriente, la mayoría de su población rechazó voluntariamente Calcedonia y hasta el día de hoy ha permanecido fuera de la unidad de fe establecida por Justiniano, incluso en la parte que no aceptó el islam.

*

El otro medio que Justiniano empleó para alcanzar la unidad imperial fue su codificación del derecho romano. El Corpus iuris civilis de Justiniano (527-534) estaba formado por el Digesto —o Pandectas—, las Instituciones y el Código, que contenía constituciones imperiales, complementadas por las nuevas constituciones del propio Justiniano, llamadas Novelas. El corpus reunía, por tanto, lo antiguo y lo nuevo en un cuerpo coherente. El Digesto declaraba que la ley era «algo que todos los hombres deben obedecer por muchas razones, y principalmente porque toda ley es concebida y otorgada por Dios, pero establecida por hombres inteligentes; un medio de corregir las faltas tanto voluntarias como involuntarias; un acuerdo general de la comunidad conforme al cual deben ordenar su vida todos los que habitan en ella. Podemos añadir que Crisipo [dijo]: “La ley es reina de todas las cosas, tanto divinas como humanas; debe ser la que dirija, gobierne y mande tanto sobre el bien como sobre el mal”».12

Como escribe Tom Holland: «Si era cierto, como Justiniano proclamaba con rotundidad, que “lo que la medicina es para la enfermedad, lo son las leyes para los asuntos públicos”, entonces había mucho que hacer antes de que pudiera aplicarse la receta del emperador a un mundo que enfermaba. La magnitud y la antigüedad de los logros del pueblo romano en el campo del derecho habían dado lugar a un legado de una heterogeneidad intimidante. Justiniano, sin embargo, no era hombre que eludiera semejante desafío. Su primer paso, apenas unos meses después de comenzar su reinado, fue nombrar una comisión para armonizar las distintas y poco manejables recopilaciones de leyes utilizadas por los emperadores anteriores; luego, un año y medio más tarde, encargó a una segunda comisión la tarea aún más formidable de reunir la totalidad del inmenso conjunto de escritos privados sobre derecho romano. Hubo que revisar constituciones enteras, reunir y examinar minuciosamente casi dos mil libros y elaborar decenas de miles de extractos. La codificación resultante, realizada en un tiempo récord, fue tan asombrosa que a muchos les pareció una obra sobrehumana. El propio Justiniano la presentó con orgullo como un proceso de restauración; pero también tenía algo de revolución. “Mediante las leyes antiguas no solo hemos mejorado el estado de las cosas, sino que también hemos promulgado leyes nuevas”. El emperador no consideraba necesario ocultarlo. Él mismo era, según declaraba, nomos empsychos: la “ley viviente”. En esta exaltación de sí mismo se alcanzaba la culminación de aquello que generaciones de emperadores habían procurado conseguir. En adelante, las normas por las que vivía el pueblo romano y a las que estaba sujeto tendrían una única fuente: el propio emperador, entronizado en su ciudadela palaciega. No es de extrañar, por tanto, que Justiniano tratara no solo de imprimir su sello sobre los largos siglos de realizaciones jurídicas romanas, sino también de prescribir dónde y cómo debían enseñarse. Las escuelas privadas de derecho quedaron definitivamente prohibidas. Ningún maestro recibiría autorización salvo aquellos aprobados directamente por el Estado. Ahora, más que nunca, el mundo entero debía ser administrado desde el centro, desde el palacio de Constantinopla».13


«El mensaje político predominante del Corpus iuris —escribe Joseph Canning— es teocrático. El emperador recibe su poder de Dios: en la constitución Deo auctore, al comienzo del Digesto, Justiniano se describe a sí mismo como quien “por mandato de Dios gobierna nuestro Imperio, que nos ha sido confiado por la majestad celestial”. El origen divino de la autoridad imperial se reitera constantemente en el Código y las Novelas. “Por mandato divino asumimos las insignias imperiales”. Las leyes del emperador son sagradas (sacrae o sanctissimae), lo que refleja la cristianización de su función pagana como pontifex maximus. Además, tienen vigencia perpetua: Justiniano decretó que su codificación debía ser válida “para siempre” (in omne aevum). Por tanto, es únicamente su voluntad la que constituye la ley: “lo que place al príncipe tiene fuerza de ley” (quod principi placuit legis habet vigorem). Es, pues, nada menos que la “ley viviente” (lex animata), una aplicación del concepto helenístico del gobernante como nomos empsychos: “Quede la dignidad imperial exenta de todas nuestras disposiciones [en esta constitución], porque Dios ha sometido las propias leyes al emperador, enviándolo a los hombres como ley viviente”. En definitiva, no está sujeto a la ley, sino “libre de las leyes” (legibus solutus). Esta célebre expresión indica que el emperador está por encima del derecho humano: no se encuentra sometido a las leyes que emanan de su propia autoridad universal. Esta formulación sentó las bases para la elaboración del concepto de poder absoluto en la Baja Edad Media.

»Por otra parte, el Corpus iuris contiene también afirmaciones que indican que el pueblo romano posee autoridad. La reseña histórica del derecho romano recogida en D. 1.2.2 incluye un breve esbozo del período republicano, mientras que las fuentes del derecho de aquella época se examinan en D. 1.1.7 e Inst. 1.2.3–5. La cuestión fundamental, sin embargo, concierne al origen del propio poder imperial: se hace referencia a la llamada lex regia o “ley regia”, por la cual el pueblo romano transfirió su poder y autoridad al emperador. El significado de estas referencias a la lex regia ha sido objeto de un intenso debate entre los historiadores. Una corriente la ha considerado una construcción jurídica ex post facto destinada a justificar la transición de la República al Imperio. Tal ley nunca existió de hecho, sino que fue postulada por juristas clásicos posteriores para explicar la transferencia de la soberanía del pueblo romano al primer princeps, Augusto: un recurso, en definitiva, para legitimar el poder imperial. Según otra interpretación, la lex regia se identifica con las leges de imperio, mediante las cuales la asamblea popular confería el poder a cada emperador al comienzo de su reinado… La interpretación más probable, sin embargo, es que la lex regia fuera una construcción posterior de la jurisprudencia clásica, que el propio Justiniano consideró una ley realmente promulgada…

»Sea cual fuere la verdad acerca de la lex regia, su importancia para el pensamiento político radicaba en que expresaba la idea de que el poder del emperador procedía del pueblo, y proporcionaba así un modelo del origen popular del poder gubernamental que se desarrollaría posteriormente en la Edad Media y a comienzos de la Edad Moderna. La lex regia planteaba un problema fundamental acerca de los orígenes de la autoridad, porque su inclusión en el Corpus iuris significaba que coexistían el origen divino y el origen popular del poder. Ambos podían considerarse mutuamente excluyentes, y el propio Corpus iuris no hace nada por resolver el problema. En tiempos de Justiniano, la concepción del origen divino del poder imperial eclipsaba cualquier idea de que el pueblo fuera, en algún sentido significativo, la fuente de la autoridad; el único eco de esa idea, en último término republicana, se encontraba en la aclamación de un nuevo emperador por el Senado, el ejército y el pueblo. Tal aclamación bastaba como forma de elección tras la muerte de un emperador o, como era más habitual en la historia bizantina, confirmaba al candidato que el anterior soberano ya había elegido y asociado al poder. En cualquier caso, la aclamación popular solo servía para proclamar la elección divina de un emperador cuyo poder procedía directamente de Dios…».14

A este respecto, reviste especial importancia la célebre Novela VI (535): «Son ciertamente muy grandes dones conferidos á los hombres por la superior clemencia de Dios el sacerdocio y el imperio, sirviendo aquél ciertamente á las cosas divinas, y presidiendo éste y poniendo su diligencia en las humanas, y procediendo ambos de un mismo principio decoran la vida humana. Y por esto nada será de tanto estudio para los emperadores como la honestidad de los sacerdotes, porque ciertamente estos ruegan siempre a Dios por ambas cosas. Porque si el sacerdocio estuviera ciertamente en todo exento de culpa y lleno de confianza en Dios, y el imperio rigiera recta y competentemente la república á él encomendada, habrá una buena sinfonía15, que producirá para el género humano todo lo que es útil. Por eso ponemos el mayor cuidado en los verdaderos dogmas de Dios y en el honor de los sacerdotes…, porque por este medio Dios nos concederá los mayores bienes: tanto se afianzarán los que ya poseemos como adquiriremos los que aún no tenemos. Todo irá bien si el principio que lo rige es recto y agradable a Dios. Creemos que esto sucederá si se observan los santos cánones que nos han transmitido los apóstoles, aquellos supervisores y ministros de Dios dignos de alabanza y veneración, y que han sido conservados y explicados». La unidad de los dos poderes también se subrayaba en la Novela VII (2, 1), según la cual los bienes de la Iglesia, aunque en principio inalienables, podían ser objeto de transacciones con el emperador. «Pues la diferencia entre el sacerdocio (ἱερωσύνη) y el imperio (βασιλεία) es pequeña, como lo es entre los bienes sagrados y los bienes comunes de la comunidad».16


Debe observarse que, en esta formulación del principio de la «sinfonía de poderes», se dice que tanto el sacerdocio como el imperio «proceden de un mismo principio», es decir, de Dios. De ello se deriva una consecuencia de gran importancia: la relación normal y natural entre ambos poderes es de armonía, no de rivalidad y división. Si algunos de los primeros Padres, tanto en Oriente como en Occidente, tendieron a subrayar la separación y la distinción entre los poderes más que su unidad procedente de Dios y bajo su autoridad, ello fue un resultado natural de las fricciones entre la Iglesia y los emperadores paganos y heréticos de los primeros siglos. Sin embargo, ahora que se había alcanzado la unidad en la Ortodoxia, el acento debía volver a ponerse en el origen y el fin comunes de ambas instituciones. La unidad del mundo cristiano bajo el emperador cristiano tenía por piedra angular esta «sinfonía» entre el emperador y el patriarca, fundamentada a su vez en el origen común de ambos en Dios. Como lo expresaba la ceremonia de coronación: «Fuiste elegido por decreto divino para la seguridad y la exaltación del universo; fuiste unido al pueblo por voluntad de Dios. Dios todopoderoso te ha bendecido y te ha coronado con su propia mano».17

En la medida en que la sinfonía de poderes existía no solo entre dos hombres, sino entre dos instituciones, el sacerdocio y el imperio, trascendía la relación entre el emperador y el patriarca. Como escribe el obispo Dionisio (Alférov): «El carácter sinfónico de la administración eclesiástica apenas comenzaba en el nivel del emperador y el patriarca, continuaba en el del obispo y el eparca —quien también recibía la bendición de la Iglesia para su servicio— y culminaba en el del párroco y el fundador de la parroquia. Dado que todos los aspectos de la existencia del Imperio ortodoxo estaban profundamente integrados en la vida de la Iglesia, y que la armonía sinfónica se extendía a todos los niveles de la pirámide de la Iglesia y el Estado, las transgresiones de esa sinfonía en el nivel más alto, aunque molestas, no resultaban especialmente peligrosas. Lo más importante seguía siendo el servicio de “aquel que retiene”, que el emperador ortodoxo ejercía en sinfonía con toda la Iglesia, y no solo personalmente con el patriarca. El factor decisivo era la conciencia que el emperador tenía de sí mismo y la actividad que se derivaba de ella. Así, Justiniano se concebía enteramente como un soberano cristiano y se esforzó durante toda su vida por hacer cristiano al mundo entero. Su sinfonía con el patriarca era deseable como medio útil para alcanzar ese fin, pero no constituía un fin en sí mismo. En tiempos de Justiniano, cinco patriarcados formaban parte del Imperio, incluido el romano, y el emperador no estableció personalmente relaciones “sinfónicas” con todos ellos —por ejemplo, esta el caso del papa Vigilio, que no quería aceptar las decisiones del V Concilio Ecuménico —. Pero sí existió una sinfonía con toda la Iglesia, y de ello dan testimonio el V Concilio Ecuménico, convocado gracias a los esfuerzos de Justiniano, que aceptó las definiciones dogmáticas contra las herejías que él presentó; la multitud de santos que resplandecieron durante su reinado y mantuvieron con él una relación enteramente “sinfónica” —por ejemplo, san Sabas el Santificado—; y el florecimiento general de la cultura cristiana».18

En tercer lugar, Justiniano no tenía en mente cualquier clase de armonía, sino únicamente la verdadera «sinfonía» o comunión de pareceres que procede de Dios. Como señala I. N.

Andrushkévich, la palabra «sinfonía» —consonantia en el original latino— denota aquí mucho más que un simple acuerdo o concordia. La Iglesia y el Estado pueden ponerse de acuerdo de un modo perverso y para fines perversos. La verdadera sinfonía solo es posible allí donde la Iglesia «está libre de reproche y adornada con la fidelidad a Dios» y el Estado es gobernado «recta y competentemente», es decir, de acuerdo con los mandamientos de Dios.19 Donde no se cumplen estas condiciones, lo que tenemos, como señaló A. V. Kartashov, ministro de Cultos del Gobierno Provisional ruso, «ya no es sinfonía, sino cacofonía»20 —o disonancia—.

El propio Justiniano, en el prefacio de la Novela, señaló que, aunque era autócrata, no podía ejercer dominio sobre el sacerdocio; estaba obligado a permitir que los sacerdotes siguieran su propia ley: el Evangelio y los santos cánones. De este modo, introdujo una salvedad en el principio absolutista del poder romano según el cual todo lo que place al emperador tiene fuerza de ley, añadiendo las palabras: salvo que contradiga los santos cánones. Asimismo, en su Novela 131 decretó: «Ordenamos, pues, que los sagrados cánones eclesiásticos, establecidos o confirmados por los cuatro santos concilios [...] tengan fuerza de ley. Pues aceptamos los dogmas de estos cuatro concilios como las Sagradas Escrituras y observamos sus cánones como leyes» 2122 Entre estos cánones se encuentran los que prohíben recurrir al poder secular en asuntos eclesiásticos: el canon 12 del IV Concilio Ecuménico, los cánones 11 y 12 de Antioquía y, posteriormente, el canon 3 del VII Concilio Ecuménico. No obstante, es preciso señalar que Justiniano no siempre observó esta limitación de su propio poder…

«En lo que respecta al ámbito judicial —escribe el padre Alexis Nikolin—, la acción coordinada presuponía no solo que se complementaran mutuamente las esferas de competencia de los tribunales eclesiásticos y seculares, sino también —y esto es especialmente importante— que se introdujera en la actividad de estos últimos el contenido moral y educativo inherente al cristianismo.

»En un mismo servicio a la obra de Dios, la Iglesia y el Estado constituyen, por así decirlo, un solo conjunto, un solo organismo, “sin confusión”, pero también “sin división”. En esto radicaba la diferencia fundamental entre la “sinfonía” ortodoxa, y la del “papocesarismo” latino y el “cesaropapismo” protestante».23

Por supuesto, el principio según el cual los cánones de la Iglesia debían considerarse automáticamente leyes del Estado no siempre se llevó a la práctica, ni siquiera durante el reinado de Justiniano; y, en ciertos ámbitos, como señala el padre Alexis Nikolin, «el emperador cristiano adquirió la capacidad de interpretar el contenido del canon a su manera, en interés del Estado. El reinado de Justiniano ofrece varias confirmaciones de ello. Las normas sobre la elección, la conducta y las relaciones mutuas de obispos, clérigos y monjes, sobre el castigo de los clérigos y sobre los bienes eclesiásticos quedaron sometidas a su reglamentación. Los obispos recibieron amplias atribuciones en los asuntos del Estado —más exactamente, se les impusieron numerosas obligaciones estatales—.

»Durante el reinado de Justiniano se establecieron unas relaciones entre la Iglesia y el Estado que más tarde perduraron en Bizancio hasta los días de su caída y fueron adoptadas por la Rus en el siglo X. Esto se refería, ante todo, al principio: “Los cánones eclesiásticos son leyes del Estado”. Además, la orientación cristiana de las reformas de Justiniano se reflejó en el contenido de la mayoría de las normas jurídicas. Esto se manifestó con especial claridad en las resoluciones de las cuestiones relativas a la regulación de distintos ámbitos de la vida eclesiástica. Las comunidades eclesiásticas recibieron entonces los derechos propios de una persona jurídica. En materia patrimonial, se les concedieron diversos privilegios…

»Un rasgo particular de las reformas de Justiniano fue que, como resultado de ellas, el poder estatal se convirtió en defensor de la fe. Esto se manifestó con especial claridad en el establecimiento de restricciones a los derechos de los ciudadanos del Imperio vinculadas con su confesión religiosa:

- Los paganos y los judíos fueron privados del derecho a ocupar cargos al servicio del Estado o de

la comunidad, y no podían poseer esclavos cristianos;

- Los apóstatas, es decir, quienes pasaban del cristianismo al paganismo o al judaísmo, fueron

privados del derecho a otorgar testamento y a heredar, y tampoco podían actuar como testigos en los juicios;

- Los herejes no podían ocupar cargos al servicio del Estado o de la comunidad; fueron privados

del derecho a heredar y solo podían hacer legados… a los ortodoxos. Contra determinadas sectas se adoptaron medidas aún más estrictas».24

Las transgresiones del principio de la sinfonía de poderes fueron poco frecuentes si se exceptúan la presión que Justiniano ejercía a veces sobre los jerarcas heréticos y el de las elecciones episcopales. En estas últimas existía una contradicción entre las leyes de Justiniano, que permitían participar en la elección a los principales laicos de la localidad —disposición que abría una vía a la influencia imperial a través de esos laicos—, y la costumbre de la Iglesia, según la cual solo los obispos participaban en ella.25 De hecho, sin embargo, en todos los reinos ortodoxos había un laico que participaba en la elección de los obispos: el emperador o el rey. Por otra parte, la incorporación de obispos para desempeñar funciones seculares era contraria al canon apostólico 81, en la medida en que conducía a una secularización de la vocación episcopal.26

El principio de la sinfonía de poderes, que definía la relación entre la Iglesia y el Estado, era tan importante y fundamental que, cuando se quebrantó abiertamente y de forma más general en Oriente —por primera vez a finales del siglo XII y de nuevo a mediados del XV—, también cayeron la Ciudad y el Imperio. Además, se convirtió en la norma de todos los Estados cristianos. El obispo Dionisio (Alférov) escribe: «Después del santo emperador Justiniano, todo monarca cristiano debe confesar y creer, con reverencia y sin hipocresía, que “la piedad cristiana es el fundamento de la fortaleza del imperio”. Para mayor claridad, pongamos un ejemplo. El propio emperador Justiniano, aunque prestó gran atención a la teología, los oficios divinos y la construcción de iglesias, descuidó por completo el ejército y la armada, que durante su reinado entraron en decadencia. Pero, por su piedad y su fe sinceras, el Señor protegió al Imperio de las invasiones y puso a una parte de los bárbaros bajo el dominio de Justiniano. Después de él, los emperadores iconoclastas León el Isaurio y Constantino Coprónimo fueron destacados jefes militares que reorganizaron el ejército e hicieron retroceder a sus adversarios —árabes y búlgaros— lejos del Imperio. Pero la herejía que introdujeron y su impiedad generalizada sacudieron desde dentro los fundamentos de Bizancio y lo llevaron al borde de la desaparición. Por eso, entre las cualidades de un gobernante ejemplar, su fe y su piedad ocupan el primer lugar. Por ellas el Señor protege su reino de muchas desgracias. Sus capacidades prácticas para elevar la vida nacional son ya secundarias».27

*

La coacción que el emperador ejercía sobre los obispos, siempre arriesgada, terminó llevándolo al borde de su propia ruina. Meyendorff escribe: «Quizá el mejor indicio de la implicación personal de Justiniano en las cuestiones teológicas fue su repentino intento, al final de su vida, de imponer a la Iglesia la doctrina del aftartodocetismo. Al relatar el episodio, el historiador Evagrio escribe con tono trágico: “Justiniano, apartándose del recto camino de las doctrinas [de la Iglesia], cayó entre espinas y anduvo por sendas ajenas a los apóstoles y a los Padres”. No había motivo político alguno para esta medida. El aftartodocetismo era una doctrina sostenida por algunos monofisitas, que afirmaba que el cuerpo de Cristo era incorruptible (aphthartos) incluso antes de su resurrección y que, por tanto, su vida humana en la tierra era radicalmente distinta de la de los demás hombres. El propio Severo [el dirigente monofisita] había combatido enérgicamente esta opinión en sus enfrentamientos con los “gayanitas” en Egipto, pues algunos de sus partidarios eran, como el propio Justiniano, calcedonianos.

»El anciano emperador estaba dispuesto a publicar un edicto favorable al aftartodocetismo, e incluso hizo desterrar al patriarca Eutiquio por oponerse al proyecto. En Antioquía, el patriarca Anastasio reunió un concilio de ciento ochenta obispos que también se opusieron a la medida imperial. Al parecer, el edicto nunca llegó a ver la luz, porque Justiniano murió el 14 de noviembre de 565, a los ochenta y dos años».28

Justiniano había dado muchos giros tácticos en sus intentos de unir en la Ortodoxia a todos los obispos de su Imperio, pero su fe personal siempre había sido ortodoxa, hasta este último coqueteo con la herejía. Sin embargo, fue salvado por la intervención de Dios, que envió a su siervo el ángel de la muerte. Dios intervino así para salvar a su propia Iglesia y a su ungido, enseñando con ello que los emperadores deben obrar con cautela; pues, cualesquiera que sean los beneficios inmediatos de las intervenciones imperiales mediante la coacción de los herejes, a largo plazo y para el bien duradero de la Iglesia, estos asuntos deben dejarse en manos de los obispos y del debido procedimiento canónico…

En esto consisten el triunfo y la tragedia del reinado de Justiniano: el triunfo de reunir de nuevo con Cristo a millones de almas extraviadas en Occidente y la tragedia de perder a otros tantos millones en Oriente. Y de casi perder la suya propia… Pero debemos rendir homenaje a la férrea determinación del emperador que antepuso las almas de millones de personas al bien de su propio Imperio, sabiendo que de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma…

La coronación simbólica de los esfuerzos de Justiniano por unificar el mundo en Cristo fue la construcción de Santa Sofía, hasta el día de hoy la iglesia más grandiosa de la cristiandad, que unifica de manera maravillosa el vasto espacio bajo su extraordinaria cúpula. «Salomón, te he superado», dijo al contemplar el edificio terminado. Fue la belleza verdaderamente celestial de este edificio la que, más de cinco siglos después, movió a los enviados de san Vladímir, el bautizador de Rusia, a recomendar la Ortodoxia a su soberano…




11/24 de enero de 2022.

REFERENCIAS

1. Ilyín, «O Monarkhii i Respublike» [Sobre la monarquía y la república], Sobranie Sochinenij [Obras completas], Moscú, 1994, p. 430. ↩

2. Thornton, Pious Kings and Right-Believing Queens [Reyes piadosos y reinas de recta fe], Belmont, Massachusetts: Institute for Byzantine and Modern Greek Studies, 2013, pp. 251-252. ↩

3. San Demetrio de Rostov, The Great Collection of the Lives of the Saints [La gran colección de las vidas de los santos], House Springs, Misuri: Chrysostom Press, 2000, vol. IV: diciembre, p. 121. ↩

4. Papa Agapito, en A. A. Vasiliev, A History of the Byzantine Empire [Historia del Imperio bizantino], Milwaukee: University of Wisconsin Press, 1958, p. 151. ↩

5. «Condamnation de la papauté par le Ve Concile Œcuménique» [Condena del papado por el V Concilio Ecuménico], 19 de febrero de 2019, https://www.youtube.com/watch? v=_73BEFBJWPo&fbclid=IwAR2WFDOGA6sMIA1w9ZiETOqg2DzEkt2Q6bMph4Xduh7MkYdLH0lece9n12U. ↩

6. Meyendorff, Imperial Unity and Christian Divisions [Unidad imperial y divisiones cristianas], Crestwood, Nueva York: St. Vladimir’s Seminary Press, 1989, pp. 247-248. ↩

7. https://www.johnsanidopoulos.com/2014/09/commemoration-of-appearance-of-apostle.html. ↩

8. Meyendorff, Rome, Constantinople, Moscow [Roma, Constantinopla, Moscú], Crestwood, Nueva York: St. Vladimir’s Seminary Press, 1996, p. 291. ↩

9. L. A. Tijomírov, Monarkhicheskaia Gosudarstvennost’ [El Estado monárquico], San Petersburgo, 1992, p. 162. ↩

10. Alexander G. Dragas, «The Constantinople and Moscow Divide» [La división entre Constantinopla y Moscú], Theologia, diciembre de 2017. ↩

11. Vasiliev, A History of the Byzantine Empire [Historia del Imperio bizantino], University of Wisconsin Press, 1952, vol. 1, p. 142. ↩

12. R. H. C. Davis, op. cit., p. 310. ↩

13. Holland, In the Shadow of the Sword [A la sombra de la espada], Londres: Abacus, 2012, pp. 159-160. ↩

14. Canning, A History of Medieval Political Thought 300-1450 [Historia del pensamiento político medieval 300-1450], Londres: Routledge, 1996, pp. 7-8, 9. ↩

15. Nota de traductor - el texto en latín de la VI dice: erit consonantia quaedam bona, que también se puede traducir como; habría una buena consonancia. Véase: https://sirio.ua.es/libros/BDerecho/cuerpo_derecho_06/ima0029.htm ↩

16. Gilbert Dagron, Empereur et Prêtre [Emperador y sacerdote], París: Éditions Gallimard, 1996, p. 313. ↩

17. De Ceremoniis Aulae Byzantinae [Sobre las ceremonias de la corte bizantina], 1:39. ↩

18. Alférov, «Ob uderzhanii i symphonii» [Sobre la contención y la sinfonía], http://www/monarhist-spb.narod.ru/D- ST/Dionisy-1./htm, pp. 9-10. ↩

19. Andrushkévich, «Doktrina sv. Imperatora Iustiniana Velikago» [La doctrina del santo emperador Justiniano el Grande], Pravoslavnaia Rus’ [Rusia ortodoxa], n.º 4 (1529), 15/28 de febrero de 1995, pp. 4-12. ↩

20. Kartashov, Vossozdanie Svyatoj Rusi [La restauración de la Santa Rus], Moscú, 1991, p. 83. ↩

21. N. de T. - Vease: https://sirio.ua.es/libros/BDerecho/cuerpo_derecho_06/ima0456.htm ↩

22. N. de T. - No olvidar también, para añadir a esta construcción jurídica un remate que aparece en el Código de Justiniano, I, 3, 44, § 4: «Pues lo que los sagrados cánones prohíben, también nosotros lo prohibimos mediante nuestras leyes» ↩

23. Nikolin, Tserkov’ i Gosudarstvo [Iglesia y Estado], Moscú, 1997, p. 17. ↩

24. Nikolin, op. cit., pp. 32-33, 34. ↩

25. N. de T. - En efecto, Justiniano dispuso en la Novela 123, capítulo I, y posteriormente en la Novela 137, capítulo II, que el clero y los ciudadanos más destacados de una localidad participaran en la presentación de tres candidatos al episcopado. De esos tres candidatos, la autoridad eclesiástica competente debía escoger al más idóneo para su consagración. Por consiguiente, la intervención de determinados laicos en el procedimiento de elección episcopal ya no era una simple práctica de hecho, sino que estaba expresamente contemplada por la legislación imperial. ↩

26. Véase el obispo Pierre L’Huillier, «Episcopal Elections in the Byzantine East: a few comments» [Las elecciones episcopales en el Oriente bizantino: algunos comentarios], Eastern Churches Review, vol. II, n.º 1, primavera de 1968, pp. 4-7, y The Church of the Ancient Councils [La Iglesia de los antiguos concilios], Crestwood, Nueva York: St. Vladimir’s Seminary Press, 1996, pp. 36-38, 40, 41. ↩

27. Alférov, «Monarkhia i Khristianskoe Soznanie» [La monarquía y la conciencia cristiana], http://catacomb.org.ua/rubr10/R10_11.htm, p. 7. ↩

28. Meyendorff, pp. 245-246. ↩

SAN MARCOS DE ÉFESO Y EL CONCILIO DE FLORENCIA

Vladimir Moss Esta obra es un fresco del artista Pier Dandini que retrata las deliberaciones y la unión efímera entre las iglesias de Occid...