Ahora tratamos este concepto
fundamental, indispensable para comprender la mentalidad religiosa del hombre
contemporáneo, tanto en su dimensión religiosa como secular. Dada la
complejidad del tema, aquí sólo nos es posible ofrecer un esbozo esquemático de
los problemas implicados en esta cuestión.
A partir de la época de Darwin y de su El origen de las especies − obra aparecida en 1859, aceptada de inmediato por muchos y que pronto alcanzó gran popularidad −, surgieron figuras, especialmente entre pensadores como T. H. Huxley y Herbert Spencer en Inglaterra y, en Alemania, Ernst Haeckel (1834–1919), autor de El enigma del universo (1899), que popularizaron las ideas de Darwin y convirtieron la evolución en el centro mismo de toda su filosofía.
Esta parecía
explicarlo todo. Naturalmente, pensadores como Nietzsche retomaron estas ideas
y las utilizaron para sus autoproclamadas “profecías espirituales”.
En
consecuencia, quienes se hallaban circunscritos dentro de la corriente
principal del pensamiento occidental − la de este racionalismo llevado hasta
sus últimas consecuencias − aceptaron la evolución. Y hasta el día de hoy puede
decirse que sigue siendo el dogma central de los pensadores más avanzados, de
quienes se encuentran en armonía con el espíritu de la época.
Pero desde
un comienzo existieron contraargumentos sólidos. En tiempos
de Darwin existió un pensador católico, George Jackson Mivart (autor de Sobre
la génesis de las especies, 1871), que creía en la evolución, pero no en la
selección natural, lo que condujo a Darwin a la desesperación, cuando este
último descubrió que no podía demostrar su idea. Especialmente en los últimos
diez a treinta años han aparecido numerosos análisis críticos de la evolución
desde un punto de vista objetivo. Como demuestran estas obras, la mayoría de
los libros que respaldan a la evolución parten ya de una premisa determinada
que dan por sentada: la perspectiva naturalista, u otras del mismo tipo.
En la actualidad ha surgido también
una sociedad en San Diego llamada el Instituto de Creacionismo Científico, que
ha publicado varios buenos libros. Sus miembros son religiosos, pero cuentan
con varias obras que abordan la cuestión de la evolución de manera bastante
objetiva, y no desde un punto de vista religioso. Sostienen que existen dos
modelos para comprender el universo: uno es el modelo evolutivo y el otro el
modelo creacionista. Toman, por ejemplo, las
evidencias de la historia de la Tierra − las capas geológicas y demás − e
intentan ver a cuál de los dos modelos se ajustan mejor[1].
Y han descubierto que es necesario hacer menos ajustes si se sigue el modelo de
la creación −si hubo un Dios que creó las cosas en el principio y si la Tierra
no tiene miles de millones de años, sino sólo algunos miles de años de
antigüedad − el modelo evolutivo, en cambio, requiere una gran cantidad de
correcciones. En este sentido, puede compararse con el antiguo modelo del
universo ptolomaico (frente al modelo copernicano). Al igual que el modelo
ptolomaico, el modelo evolutivo se está mostrando hoy en día bastante
engorroso.
De hecho,
algunos miembros de este instituto viajan por diversas universidades y, en el
último año o dos, ellos han sostenido varios debates ante miles de espectadores
en la Universidad de Tennessee, en Texas, y en otros lugares. El interés fue
considerable; sin embargo, los partidarios del evolucionismo no lograron
aportar pruebas sólidas en respaldo de sus planteamientos y, de hecho, más aún,
en varias oportunidades dejaron al descubierto su ignorancia acerca de algunos
de los descubrimientos más recientes en el área de la paleontología.
Existen, pues, personas con cierta
sofisticación y bien informadas que defienden ambos puntos de vista. Aquí ni
siquiera discutiremos la cuestión de la evolución atea, porque es evidentemente
una filosofía de necios y de personas capaces de creer, como decía Huxley, que
si se coloca a un grupo de monos frente a máquinas de escribir, con el tiempo
acabarán produciendo la Enciclopedia Británica, ya sea en millones o en
miles de millones de años, según las leyes del azar.[2]
Alguien calculó esto conforme a dichas leyes y descubrió que, en realidad, algo
así nunca ocurriría. [3] Pero cualquiera que pueda creer en eso puede
creer en cualquier cosa.
La
controversia más seria se da entre la evolución teísta − la idea de que Dios
creó el mundo y luego este evolucionó − y el punto de vista cristiano. Aquí
debemos decir que el punto de vista fundamentalista es incorrecto en muchos
casos, porque los fundamentalistas no saben cómo interpretar la Escritura.
Afirman, por ejemplo, que el libro del Génesis debe entenderse “literalmente”, y
esto no puede hacerse. Los Santos Padres nos indican qué partes deben
entenderse de manera literal y cuáles no.
El primer
malentendido que debe aclararse incluso antes de discutir esta cuestión − y que
hace que muchas personas pierdan de vista el punto central − es que debemos
distinguir entre evolución y variación.
La variación
es el proceso mediante el cual se obtienen, por ejemplo, diversos híbridos de
arvejas, distintas razas de gatos, etc. Tras
cincuenta años de experimentación, por ejemplo, lograron obtener una nueva raza
de gato: una combinación del siamés y el persa, llamada gato himalayo, que
tiene el pelo largo como el persa y la coloración del siamés. Al principio esto
ocurrió de manera accidental, pero era incapaz de reproducirse de forma pura; y
sólo ahora, después de todos estos años de experimentación, han conseguido una
nueva raza que se reproduce fielmente.
De modo
semejante, existen diversas razas de perros, múltiples tipos de plantas y
distintas razas humanas muy diferentes entre sí − pigmeos, hotentotes, chinos,
norte-europeos −, todos ellos distintos tipos de seres humanos que proceden de
un mismo antepasado. En suma, la cuestión de la variación constituye un elemento
aparte de la evolución. [4]
Sin duda existen muchas variaciones
dentro de un mismo tipo de criatura, pero estas variaciones nunca producen nada
nuevo; sólo producen una variedad diferente de perro, de gato, de oso o
de ser humano. De hecho, esto constituye más bien una prueba en contra
de la evolución que a favor de ella, ya que nadie ha sido jamás capaz de dar
lugar a un nuevo tipo de criatura.
De hecho, las distintas “especies” −
y este término es en sí mismo bastante arbitrario − en su mayor parte no pueden
engendrar descendencia entre sí; y en los pocos casos en que pueden hacerlo y
se puede dar esto, como, por ejemplo, en el caso de la mula, está a su vez no
es capaz de reproducirse. San Ambrosio de Milán afirma: «Que esto te sirva de
ejemplo, a ti, oh hombre, para que ceses de entrometerte en los asuntos de
Dios. Dios ha querido que cada criatura sea distinta».[5]
1. Antecedentes históricos
Durante la época de la Ilustración,
la comprensión de la naturaleza, lo que suele denominarse como la cosmovisión
ilustrada, gozaba de una considerable estabilidad. De hecho, justo antes de
este período, el arzobispo anglicano Ussher de Armagh calculó todos los años
consignados en las genealogías del Antiguo Testamento y llegó a la idea de que
el mundo fue creado en el año 4004 a. C.[6]
Newton aceptó esta cronología, y la cosmovisión ilustrada se inclinaba a favor
de la idea de que Dios creó el mundo en seis días y luego lo dejó desarrollarse
por sí mismo, y que todas las especies eran de forma idéntica a como las vemos
hoy; esta era la visión aceptada por los científicos de la época.
Sin embargo,
al final del período ilustrado, con el surgimiento de la fiebre revolucionaria,
esta cosmovisión, hasta entonces estable, empezó a desintegrarse, y algunos
científicos comenzaron a proponer teorías más radicales. A finales del siglo
XVIII, Erasmus Darwin[7],
abuelo de Charles Darwin, formuló la hipótesis de que toda la vida procede de
un único filamento primordial, lo que coincide exactamente con lo que hoy se
entiende por la teoría de la evolución. No se trata de una teoría limitada a
una sola especie o tipo de criatura, sino de la idea de que todo procede de una
especie de masa o filamento primordial que, mediante transmutaciones, dio
origen a los distintos tipos de seres vivos.[8]
Este nuevo tipo de explicación propuesta por Erasmus Darwin constituyó un intento de continuar el espíritu de la Ilustración, el de la simplicidad y el del estricto racionalismo. A medida que el racionalismo penetraba más profundamente en la mente humana, le parecía − a su juicio − más sencillo explicar la vida como procedente de un único filamento viviente que aceptar la explicación más “complicada” según la cual Dios otorgó el ser de forma simultánea a todas las distintas clases de criaturas.
Hubo un naturalista, Chevalier de Lamarck,
que poco después elaboró una teoría evolutiva definida; sin embargo, sostenía
que los cambios necesarios para explicar la evolución de una especie en otra se
debían a la herencia de características adquiridas. Esta idea nunca pudo
demostrarse y, de hecho, ha sido claramente refutada. Por lo que, la idea de la
evolución no se consolidó en ese momento.
No obstante,
a comienzos del siglo XIX apareció un geólogo de gran importancia que le dio un
impulso decisivo a la aceptación de la idea evolutiva: Charles Lyell, quien en
1830 formuló la teoría del uniformitarismo. Según esta teoría, los cambios que
hoy vemos que tiene la Tierra no son el resultado de catástrofes repentinas −
un diluvio repentino o algo semejante −, sino a los mismos procesos que vemos
actuar en la actualidad, actuando a lo largo de siglos pasados, desde el
comienzo del mundo, en la medida en que podemos constatarlos.
Por
consiguiente, si miramos al Gran Cañón veremos que el río lo ha ido erosionando
progresivamente, y nos es posible calcular, teniendo en cuenta la velocidad del
agua, su volumen, la naturaleza del suelo y otros factores, cuánto tiempo
habría sido necesario para producir ese desgaste. Lyell sostenía que, si se
asume que estos procesos siempre han operado a la misma velocidad − lo cual
resulta muy racional y fácilmente calculable −, se puede alcanzar una
explicación uniforme de los fenómenos naturales. Sin embargo, no existe prueba
alguna de ello; se trata simplemente de una hipótesis.[9]
Esta idea,
unida a la creciente aceptación de que las especies evolucionan unas a partir
de otras, condujo a la conclusión de que el mundo no tenía apenas unos pocos
miles de años, como afirmaban los cristianos, sino que debía contar con decenas
de miles, millones de años o incluso más. Así se introduce la noción de una
Tierra de antigüedad cada vez mayor. No obstante, una vez más, esto no
constituía una demostración, sino una presuposición: la creencia de que la
Tierra debía ser muy antigua, sin que ello estuviera probado.
Sin embargo,
esta idea ya se estaba instalando en la mente de los hombres cuando, en 1859, Charles Darwin publicó en 1859 su
libro en el que proponía la idea de la selección natural y se oponía a Lamarck
quien sostenía, por ejemplo, que la evolución de la jirafa se había dado por el
hecho de que una criatura de cuello corto, al intentar alimentarse de hojas más
altas, estiraba su cuello para alcanzarlas, de modo que sus descendientes
heredaban un cuello ligeramente más largo; en la generación siguiente este se
alargaba un poco más, y así, gradualmente, se habría llegado a la jirafa tal
como hoy la conocemos. Esto va en contra de todas las leyes científicas, porque
tales cosas no suceden. Un carácter adquirido no puede heredarse; del mismo
modo que, aunque a las mujeres chinas se les vendaran los pies[10],
sus hijas nacían siempre con pies normales.
Darwin, en cambio, propuso la idea
de que quizá existían dos criaturas de cuello más largo que sobrevivieron
precisamente porque tenían el cuello más largo; se unieron entre sí porque
todas las demás habían perecido a causa de circunstancias adversas o de algún
desastre; y su descendencia sí tuvo cuellos más largos porque en ellas había
ocurrido un cambio interno: lo que los científicos actuales llaman una
“mutación”. Al comienzo esto pudo haber sido
algo fortuito, pero una vez que se produjo la reproducción entre dos criaturas
de este tipo, el rasgo se habría transmitido a través del tiempo.
Por supuesto, esto no es más que una
conjetura, ya que nadie ha observado jamás que algo así ocurra. Pero se
trata de una conjetura que se incrustó en la conciencia de las personas: estaban
predispuestos a aceptarla, ya preparados para ella, y ese fue el detonante. La
idea sonaba tan plausible que la teoría de la evolución se impuso, aunque no
hubiera sido demostrada.
De hecho,
las especulaciones de Darwin se basaron casi por completo en sus observaciones
sobre la variación, no sobre la evolución. Tras viajar a las Islas
Galápagos, Darwin se preguntó por qué existían trece variedades diferentes de
un mismo tipo de pinzón. Pensó que esto se debía a la existencia de una única
especie ancestral que había experimentado cambios en respuesta a las
condiciones ambientales. Esto no es evolución, sino variación. A partir de esta
observación, concluyó que la acumulación continua de pequeños cambios acabaría
dando lugar a una especie distinta. El problema de esta conclusión es que, desde
el punto de vista científico, nunca se han observado tales cambios a gran
escala; únicamente se han constatado variaciones dentro de un mismo tipo
o especie.[11]
2. Las “pruebas” de la Evolución
Examinemos, entonces, las llamadas
«pruebas de la evolución» para ver de qué tipo son. No intentaremos refutarlas,
sino simplemente evaluar la calidad de las pruebas que se emplean y determinar
qué es lo que resulta convincente para quienes creen en la evolución.
1. Existe, por ejemplo, un manual
estándar de zoología utilizado hace unos
veinte años, General Zoology,
de Tracy I. Storer[12],
que enumera una serie de pruebas. La primera de ellas se denomina “morfología
comparada” es decir, una comparación de las estructuras corporales. El
hombre tiene brazos, las aves tienen alas, los peces tienen aletas; el libro
presenta diagramas convincentes que los hacen parecer muy semejantes. Las aves
tienen garras y nosotros tenemos dedos; el libro muestra cómo uno podría
haberse desarrollado a partir del otro cómo unas estructuras podrían haberse
desarrollado a partir de las otras.[13]
Todas las criaturas son presentadas como si poseyeran una estructura muy
semejante, y las distintas estructuras se distribuyen en diferentes filos,
géneros, familias, y así sucesivamente. Desde luego, esto no constituye una
prueba. Pero esto resulta muy lógico para quien ya cree en la evolución.
Por otra parte, los creacionistas
científicos sostienen que, si se cree que Dios creó el universo, necesariamente
debió existir un plan maestro básico de la creación; por lo tanto, todas las
clases de criaturas presentarían semejanzas fundamentales. Si uno cree que Dios creó todas las criaturas, estos
diagramas lo convencen de que, efectivamente, Dios las creó conforme a un plan. Si, en cambio, se cree que una criatura evolucionó a
partir de otra, se observan los mismos diagramas y se concluye que una
evolucionó en la otra. Pero en esto no hay prueba ni a favor ni en contra de la
evolución. De hecho, las personas aceptan la evolución por otras razones y
luego observan estas imágenes, lo cual refuerza aún más su convicción.
2. En segundo lugar, está la “fisiología
comparada”: El libro General Zoology
afirma: «Los
tejidos y los fluidos de los organismos muestran numerosas similitudes básicas
en sus propiedades fisiológicas y químicas que se corresponden estrechamente
con las características morfológicas». Por ejemplo:
«a partir de la hemoglobina de la
sangre de los vertebrados pueden obtenerse cristales de oxihemoglobina; su
estructura cristalina (…) guarda paralelismo con la clasificación de los
vertebrados que se basa en la estructura corporal. Los cristales
correspondientes a cada especie son distintos, pero los de un mismo género
presentan ciertas características comunes. Asimismo, los cristales de todas las
aves muestran determinadas semejanzas entre sí, pero difieren de los cristales
obtenidos de la sangre de los mamíferos o de los reptiles»[14]
Aquí podemos
decir lo mismo que dijimos respecto de la morfología. Si se cree en la
creación, se afirma que Dios hizo criaturas similares con sangre similar, y no
hay ningún problema. Si uno cree en la evolución, dirá que una criatura
evolucionó a partir de otra. Por cierto, un método de análisis de los sistemas
bioquímicos de los organismos, basado en sedimentos sanguíneos, revela que
estos sedimentos tienen ciertas similitudes dentro de un mismo género y que son
completamente distintas entre géneros diferentes: por ejemplo, entre aves y
monos. A partir de ello se realizan ciertos cálculos para determinar cuántos
años, en la escala evolutiva, separan a estas criaturas diferentes. Sin
embargo, tales cálculos entran en conflicto con todos los demás sistemas. Si
este método ha de aceptarse, otros sistemas de datación deben modificarse; por
ello, el asunto sigue siendo controvertido y, en realidad, no demuestra nada,
ya que puede aceptarse tanto como una prueba de la evolución como de la
creación divina.
3. Existe un tercer argumento denominado «embriología comparada».
Manuales como este General Zoology solían
incluir imágenes que muestran embriones de pez, salamandra, tortuga, pollo,
cerdo, hombre, etc., en las que todos parecen muy similares y luego se
desarrollan de manera diferente. Además, se observa que el embrión humano
presenta las llamadas «hendiduras branquiales». Por lo tanto, se afirma que
esto constituye un recuerdo de su ancestría.[15]
Ernst Haeckel formuló la «teoría de la recapitulación» o «ley biogenética»,
según la cual «un organismo individual, en su desarrollo (ontogenia), tiende a
recapitular las etapas atravesadas por sus antepasados (filogenia)»[16].
Hoy en día, esta teoría ya no es aceptada por los evolucionistas, quienes
sostienen que dichas “hendiduras” no son “branquias” en absoluto, sino
estructuras preparatorias de lo que posteriormente se desarrollará en el cuello
del ser humano. Por ello, esta prueba ha sido en gran medida descartada. Una
vez más, se recurre al argumento de que la similitud constituye una prueba, lo
cual en realidad no lo es.
4. Otra prueba que antes se consideraba
más sólida de lo que se considera hoy
es la de los órganos “vestigiales”.
Existen ciertos órganos, como el apéndice en el ser humano, que parecen no
tener función en la actualidad y que, por ello, se consideran restos de una
etapa evolutiva previa, cuando un mono u otro ancestro del hombre utilizaba
esos órganos. Sin embargo, cada vez más se descubre que estos órganos
vestigiales cumplen alguna función; en el caso del apéndice, se ha observado
que posee una función glandular. Por ello, este argumento también está
perdiendo fuerza.[17]
El simple hecho de que se desconozca la función de un órgano no significa que
sea un vestigio de una forma de vida inferior.
5. Luego están los argumentos
provenientes de la paleontología, el estudio
de los fósiles. Uno de los aspectos que suele
considerarse más convincente es el de los estratos geológicos, como los que se
observan en el Gran Cañón, donde se distinguen múltiples capas; y cuanto más
profundas son, más primitivas parecen las criaturas que contienen. Los estratos
se datan según el tipo de criaturas que se encuentran en ellos. En el siglo XIX
se descubrieron estos estratos y se determinó cuáles eran más antiguos y cuáles
más recientes; hoy existe un sistema bastante sofisticado para establecer la
antigüedad relativa de cada uno. Sin embargo, todo el sistema de datación es
más bien circular. Puesto que a menudo estos estratos están “invertidos” es
necesario introducir reajustes en conformidad con el modelo evolucionista. Del mismo modo que el sistema ptolemaico necesitó
ciertos ajustes (epiciclos) porque los planetas no giraban uniformemente
alrededor de la Tierra, así también los evolucionistas deben hacer ajustes
cuando descubren que, de acuerdo con la teoría de la evolución, los estratos están
“invertidos”. Deben datarlos según los fósiles que contienen. Pero ¿cómo saben
que los fósiles presentes en esos estratos están en el orden correcto? Lo saben
porque, en algún otro lugar, los fósiles se encontraban en el orden considerado
“correcto” conforme al modelo evolucionista, y a partir de allí se construyó el
sistema. Si se examina el asunto con atención, se advierte que se trata de un
sistema circular.[18]
Hay que tener fe de que esto realmente se corresponde a la realidad.
Existen una
serie de fallas en este planteamiento. En primer lugar, las criaturas aparecen de
manera bastante repentina en cada estrato, sin que haya tipos intermedios que
conduzcan gradualmente hasta ellas. Además, a medida que avanza la
investigación, se están encontrando animales en estratos en los que, según la
teoría, no deberían hallarse. Por ejemplo, en la actualidad, en el nivel
precámbrico se están encontrando criaturas semejantes a medusas (tribráquidos)
y toda clase de animales bastante complejos como estos, que no deberían estar
allí, puesto que supuestamente no evolucionaron sino hasta unos cien millones
de años más tarde.[19]
En consecuencia, o bien tienes que cambiar tu idea sobre la evolución de tales
criaturas, o bien tienes que decir que se trató de excepciones.[20]
En general, sin embargo, no existe
prueba alguna de que estos estratos se hayan depositado a lo largo de millones
de años. Los creacionistas que tratan el tema del Diluvio de Noé sostienen que
es igualmente plausible que el Diluvio haya causado exactamente este tipo de
fenómenos, ya que los animales más desarrollados se habrían dirigido hacia
terrenos más elevados intentando escapar del diluvio. Los animales marinos
menos evolucionados habrían sido los primeros en quedar sepultados, y la
escasez de restos humanos se explicaría por el hecho de que el hombre habría
intentando huir en barcos u otros medios.[21]
Además, solo bajo condiciones muy
particulares puede formarse un fósil. Es necesario que el organismo sea
enterrado repentinamente en cierto tipo de lodo que permita su preservación.[22]
Toda la idea de la gradualidad de estos fenómenos está siendo cada vez más
cuestionada. De hecho, ahora existe evidencia de que el petróleo, el carbón y
sustancias similares pueden formarse en períodos extremadamente cortos, en
cuestión de días o semanas. La propia formación de los fósiles favorece
claramente la idea de una catástrofe.
Dentro del campo de la
paleontología, el argumento más significativo en contra la evolución consiste
en la dificultad de afirmar que alguna vez se haya descubierto siquiera un solo
ejemplo que pueda denominarse especie intermedia. De hecho, Darwin que se
mostró profundamente inquieto ante este problema, escribió:
«Pero el número de variedades
intermedias que han existido en otro tiempo tiene que ser verdaderamente
enorme, en proporción precisamente a la enorme escala en que ha obrado el
proceso de exterminio. ¿Por qué, pues, cada formación geológica y cada estrato
no están repletos de estos eslabones intermedios? La Geología, ciertamente, no
revela la existencia de tal serie orgánica delicadamente gradual, y es esta,
quizá, la objeción más grave y clara que puede presentarse en contra de mi
teoría. La explicación está, a mi parecer, en la extrema imperfección de los
registros geológicos»[23]
Los científicos actuales afirman que
el registro fósil es extremadamente abundante que se conocen más especies
fósiles que especies vivientes. Sin embargo, hasta ahora, no se han encontrado
más que un par de individuos que puedan considerarse especies
intermedias. Hablan del pterodáctilo, este reptil con alas, y dicen que es
un reptil en proceso de convertirse en un ave. Pero ¿por qué no podríamos
decir, simplemente, que es un reptil con alas?[24]
Existen ciertos fósiles, llamados
«fósiles guía», que, cuando se observan en un estrato determinado, indican que
dicho estrato no puede ser ni más antiguo ni más reciente que una fecha
concreta, puesto que ese animal ya no existía en ese período. Sin embargo,
recientemente se ha descubierto un animal de este tipo que se suponía extinto
desde hacía quinientos millones de años, y que en realidad está nadando
actualmente en el océano. Y debido a que se creía que era un fósil guía, esto
desajustó todo el sistema, y la datación de ese estrato que en particular que
había sido hecha en función de ese pez supuestamente extinto, dejo de
considerarse correcta.[25]
¿Y por qué ciertas especies
evolucionan y otras permanecen exactamente como eran? Hay muchas especies
encontradas en el pasado que son idénticas a especies que viven actualmente. Se
proponen ideas según las cuales algunas serían especies “reprobadas” que no
avanzan por alguna razón, mientras que otras serían más progresivas porque
tendrían la energía para sobrepujarse. Pero eso es fe, no prueba. Las
especies fósiles conservadas son tan distintas entre sí como las especies
vivientes.
6. Existen además las llamadas pruebas
“evidentes” de la evolución por
parentesco. En la mayoría de los textos de evolución
se incluyen reconstrucciones artísticas que pretenden mostrar la evolución del
caballo y del elefante.[26]
Estas reconstrucciones implican un notable grado de subjetividad, como cuando
se representa al hombre de Neandertal encorvado para hacerlo parecer un simio.
Esto no constituye una prueba científica, sino una construcción imaginativa
basada en una concepción filosófica previa.
Las pocas líneas de descendencia
consideradas “claras” − las del caballo,
el cerdo, etc. − suponen o bien simples variaciones
dentro de un mismo tipo (como los distintos tamaños de los caballos), o bien,
cuando se trata de formas aparentemente distintas, asumen − sin poder
probarlo − una relación de descendencia directa entre unas criaturas y otras.
Aun si la evolución fuera verdadera, tales líneas de descendencia podrían ser verosímiles,
pero en ningún caso constituyen una demostración de la evolución.
7. En fin, la última llamada «prueba de
la evolución» es la mutación.
De hecho, los científicos serios dirán que todo lo
demás no constituye una prueba real. Pero la única prueba sería la mutación.
Existen algunos evolucionistas, como Theodosius Dobzhansky, que afirman: «He
demostrado la evolución porque he creado una nueva especie en el laboratorio».
Y así, tras treinta años de experimentos con moscas de la fruta, que se
reproducen muy rápidamente, se puede obtener el equivalente a cientos de miles
de años de vida humana. Él experimentó irradiando las moscas de la fruta y finalmente
obtuvo dos tipos que presentaban cambios y que ya no se cruzaban con el otro
tipo de mosca de la fruta: carecían de alas y ya no eran capaces de
reproducirse. Esta es su definición de especie: la ausencia de entrecruzamiento;
por ello sostenía: «He hecho evolucionar una nueva especie».
En primer lugar, esto se llevó a cabo en condiciones
extremadamente artificiales, mediante radiación; y para poder justificarlo
sería necesario postular una nueva teoría sobre la acción de la radiación
procedente del espacio exterior. En segundo lugar, sigue siendo una mosca de la
fruta. Puede no tener alas o ser púrpura en lugar de amarilla, pero continúa
siendo una mosca de la fruta y, en lo esencial, no se diferencia de ninguna
otra; es simplemente otra variedad. Por consiguiente, en realidad no ha
demostrado nada.
Además, las mutaciones son perjudiciales en un noventa
y nueve por ciento de los casos. Todos los experimentos − incluidos aquellos
realizados por evolucionistas que han trabajado en este campo durante muchas
décadas − han fracasado a la hora de mostrar un cambio real de un tipo de
criatura a otra, incluso en las formas más primitivas, que se reproducen cada
diez días. Lejos de apoyar la evolución, la evidencia en ese terreno respalda
la “fijeza” de las especies.[27]
Pero, en definitiva, debemos decir que no existe una
prueba científica concluyente a favor de la evolución; y del mismo modo,
tampoco existe una prueba concluyente en contra de ella. Aunque, a la
luz de la evidencia disponible, la idea pueda no resultar especialmente lógica
ni verosímil, no hay prueba alguna de que, dados mil millones o billones de
años, no pudiera producirse un mono a partir de una ameba. ¿Quién lo sabe? Si
por un momento no se tiene en cuenta lo que dicen los Santos Padres, uno podría
pensar que quizá sea cierto, especialmente si existe un Dios. Pero si se piensa
que ocurrió “por azar”, entonces no se tiene ningún argumento en absoluto.[28]
Creer que sucedió tan solo por azar requiere mucha más fe que creer en Dios. En
cualquier caso, la evidencia que acabamos de examinar tendrá sentido para cada
cual según sea su filosofía. La filosofía creacionista requiere menos ajustes
de la evidencia y, por ello, es más plausible.
8. Otro recurso que suele presentarse
como una “prueba de la evolución” es la
datación radiométrica: la de radiocarbono, potasio-argón,
decaimiento del uranio, y otras.[29]
Todos ellos desarrollados en el curso del siglo pasado, algunos incluso en
fechas relativamente recientes. Según los evolucionistas, estos sistemas
confirmarían la gran antigüedad del mundo. Se afirma que han supuesto una
revolución en la datación, ya que habrían permitido pasar de estimaciones
relativas a estimaciones consideradas absolutas. Así, mediante el método
potasio-argón puede asignarse a una roca una edad de dos mil millones de años,
con un margen de error aproximado del diez por ciento.
Sin embargo, la considerable
antigüedad de la Tierra ya era tenida por cierta por la comunidad científica
mucho antes del desarrollo de estos métodos. Desde sus comienzos, los
sistemas de datación se fundamentaron en supuestos uniformitaristas no
verificados, inspirados en las ideas de Charles Lyell, que postulaban una edad
del mundo de muchos millones, cuando no miles de millones, de años. [30]
En segundo lugar, existen ciertos principios básicos, ciertas presuposiciones,
que estos sistemas de datación deben asumir. Estos sistemas, que rastrean la
tasa de desintegración de minerales radiactivos hacia componentes “hijos”,
requieren: (1) que exista una uniformidad absoluta, es decir, que la tasa de
desintegración haya sido siempre la misma durante todo el tiempo que el proceso
ha estado en curso; (2) que no haya habido contaminación procedente de fuentes
externas −algo que ellos mismos admiten que ocurre− (3) que el objeto que se
está datando haya permanecido aislado, y que ninguna materia orgánica haya
estado en contacto con él desde el exterior; y, finalmente, (4) que no
existiera inicialmente ningún componente “hijo”, sino únicamente el componente
“padre”. Todas estas cosas son suposiciones; no están demostradas.[31]
Muchas
personas, incluso entre quienes no son evolucionistas, admitirán que el carbono
14 es el más confiable de todos los sistemas de datación. Incluso los
creacionistas científicos admiten que puede tener una cierta precisión hasta
quizás dos mil años. Ha sido probado en ciertos objetos cuya antigüedad ya se
conocía, y en la mayoría de los casos no ha estado demasiado lejos del valor
real. Pero más allá de dos o tres mil años se vuelve extremadamente dudoso. Y
aun los defensores de este sistema admiten que, debido a que la vida media del
carbono 14 es de unos 5700 años, no puede ser preciso más allá de 25.000 o 30.000
años como máximo.[32] Los
otros sistemas, como el potasio-argón, la desintegración del uranio, etc.,
afirman medir vidas medias de 1,3 y 4,5 mil millones de años, respectivamente y
por lo tanto, cuando se trata de determinar la edad de rocas antiguas, se
utilizan estos sistemas.
El sistema del carbono 14 se usa
únicamente sobre materia orgánica, es decir, sobre los propios fósiles,
mientras que los sistemas de potasio-argón y uranio se aplican para las rocas.[33]
Para estos últimos rigen las mismas condiciones que para el primero: debe
suponerse una tasa de decaimiento constante a lo largo de miles de millones de
años así como la ausencia de contaminación a lo largo de ese período y la
inexistencia inicial de componentes “hijos”. En el método potasio-argón, por
ejemplo, debe asumirse que inicialmente no existía argón-40, sino únicamente el
componente “padre”, del cual procede el argón-40[34].
Todas estas cosas deben aceptarse por fe.
Y si se intenta medir algo
relativamente “reciente”, por ejemplo, de apenas un millón de años atrás,
utilizando un sistema cuya vida media es de mil millones de años, es como
intentar medir un milímetro con una vara de un metro, y no resulta muy preciso,
incluso si se supone que el sistema es válido. Ha habido numerosos casos en los
que se ha aplicado este sistema a rocas recientes y se han obtenido edades de
millones o incluso de miles de millones de años.[35]
Por lo tanto, todo el planteamiento es muy endeble. Presupone desde el inicio
la existencia de esos miles de millones de años.
Se han
empleado también otros tipos de pruebas en distintos momentos, como la medición
de la tasa a la que el sodio y diversos compuestos químicos ingresan en el
océano. Se calcula la cantidad de elementos presentes actualmente en el mar, se
estima cuánto se añade cada año y, a partir de ello, se infiere la antigüedad
probable del océano, que sería semejante a la del mundo. Aplicando este método
al sodio, se concluyó que la Tierra no tendría más de 260 millones de años.[36] No obstante, se comprobó que los resultados varían
según el elemento utilizado: el plomo da una edad de 2.000 años; otros, 8.000
años; algunos, 18.000 años; otros, 11 millones. No hay en absoluto uniformidad.[37]
Existen
además otras pruebas. Por ejemplo, un test basado en la tasa de entrada del
helio en la atmósfera indicaba que la atmósfera terrestre tendría tan solo
varios miles de años.[38]
[39]
En
consecuencia, estas pruebas son muy inciertas, y algunas de ellas hacen muy
dudoso que el mundo tenga una antigüedad del orden de los 5 mil millones de
años.
Cuando se examina todo esto, al
final depende de cuál sea la fe de cada uno. Algunos científicos piensan que la
tierra es muy antigua porque, de otro modo, la evolución sería inconcebible. Y
si se cree en la evolución, se debe creer necesariamente que la tierra es muy
antigua, ya que la evolución no funciona en escalas de tiempo cortas. Pero en
lo que respecta a pruebas científicas, no existe prueba alguna que de manera concluyente
determine que la tierra tenga cinco mil millones de años, ni tampoco de que tenga
siete mil años. Podría ser cualquiera de las dos cosas. Todo depende de las
suposiciones iniciales.
Por lo tanto, la evolución no es en
realidad un problema científico, sino una cuestión filosófica. Y debemos
darnos cuenta de que la teoría de la evolución resulta aceptable para ciertos
científicos, ciertas personas y ciertos filósofos porque su formación previa los
ha predispuesto a aceptarla.
3. La teoría de la evolución es
filosóficamente insostenible
Veamos de nuevo lo que dice Randall,
quien creía en el evolucionismo y
observa el rol que la fe tiene en todo esto. Como ya
hemos leído:
«Actualmente los biólogos admiten que en realidad, no
sabemos nada de las causas del origen de las nuevas especies: la fe científica
sostiene que ocurren oporque se producen cambios químicos en el plasma
germinativo»[40].
Esta es la fe científica. Y si uno interroga al científico, él dirá que
cualquier otra cosa es inconcebible; y ese “cualquier otra cosa” significaría
que Dios creó el mundo hace 7000 u 8000 años.
Randall describe las consecuencias que el
evolucionismo ha tenido en el mundo:
«No obstante estas dificultades, las creencias del
presente totalmente saturadas de la concepción evolucionista. Los grandes
conceptos e ideas subyacentes que tanto significaron para el siglo XVIII:
naturaleza, razón y utilidad, en gran medida han cedido el paso a un nuevo
conjunto que expresa mejor los ideales intelectuales del mundo evolucionista. Muchos
factores sociales han conspirado para popularizar la idea del desarrollo y sus
corolarios»[41]
«La evolución ha introducido toda una
nueva escala de valores. Si para el siglo XVIII el ideal consistía en lo
racional, en lo natural, y aun en lo primitivo e intacto, para nosotros lo
deseable se identifica más bien con el fin último del proceso en desarrollo, y
nuestros términos de elogio son “moderno”, “al día”, “adelantado”,
“progresista”. Lo mismo que la Ilustración, tendemos a identificar lo que
aprobamos con la naturaleza, pero para nosotros no se trata del orden racional
de la naturaleza sino de la culminación de un proceso evolutivo que
aprovechamos para influir en nuestra existencia. Para el siglo XVIII no podía
concebir nada peor que llamar a un hombre “entusiasta antinatural”; hoy
preferimos tildarlo de “fósil anticuado y envejecido”. En aquella época se
creía en las teorías si se las llamaba racionales, útiles y naturales; hoy las
aceptamos si son “el producto más reciente”. Preferimos ser modernistas y
progresistas a ser buenos razonadores. Acaso sea un problema no resuelto el de
saber si en nuestra nueva escala de valores no hemos perdido tanto como hemos
ganado (..) La idea de evolución, tal como se ha llegado a entender, ha
reforzado la actitud humanística y naturalista»
[42]
4. La perspectiva ortodoxa
Ahora tendremos que describir lo que
dice la Ortodoxia acerca de los problemas tratados por el evolucionismo, en las
cuestiones que conciernen a la filosofía y a la teología. Según la teoría de la
evolución, el hombre proviene de la vida salvaje, y por esta razón en los
libros de zoología se representa al hombre de Cro-Magnon y al hombre de
Neandertal como seres evidentemente salvajes, listos para golpear a alguien en
la cabeza y robarle su comida. Esto es claramente producto de la imaginación;
no se basa en la forma de los fósiles ni en ningún otro dato objetivo.
Si se
cree que el hombre surge de la barbarie, entonces toda la historia pasada se
interpretará en esos términos. Pero según la Ortodoxia, el hombre cayó del
paraíso. En la filosofía evolucionista no cabe la idea de un estado
sobrenatural en Adán. Y aquellos que desean conservar tanto el cristianismo
como el evolucionismo se ven obligados a imponerle un paraíso artificial a una
especie de criatura simiesca. Por supuesto, se trata de dos interpretaciones
completamente diferentes que no pueden reconciliarse.
Lo que finalmente sucede es que quienes intentan hacer
esto − como muchos católicos en las últimas décadas − terminan por enredarse y
llegan a aceptar que la evolución debe ser verdadera y que el cristianismo es
un mito. Para ellos, la caída del hombre no sería más que una suerte de
inmadurez cósmica: cuando los homínidos, que vivían en un estado de ingenuidad,
evolucionaron hasta convertirse en seres humanos, desarrollaron un complejo de
culpa; y eso sería la caída.
Además, según estos evolucionistas,
la humanidad no desciende de una sola pareja, sino de muchas parejas diferentes.
La teoría recibe el nombre de poligenismo y una vez que se acepta la idea de que
todo esto debe de examinarse racionalmente − sobre la base de la filosofía
naturalista racional de los filósofos modernos − el cristianismo se ve obligado
a ser relegado en un segundo plano o en transformarse en algo híbrido, al
fusionarse con el evolucionismo y apoyarse en suposiciones no verificadas o
apenas examinadas.
En cualquier caso, se entra en un
ámbito de verdades muy relativas. En cambio, en la enseñanza de los Santos
Padres hallamos verdades reveladas y verdades transmitidas por hombres divinamente
inspirados.
Por lo tanto, examinaremos algunas
de las cosas que dicen los Santos Padres. Hay una gran cantidad de material
relacionado con la evolución, aunque no lo parezca a primera vista. Pero si uno
reflexiona sobre lo que la evolución significa filosófica y teológicamente, y
luego busca estas cuestiones en los escritos de los Santos Padres, se encuentra
una gran cantidad de información. No podemos entrar en mucho detalle ahora, pero
consideremos solo algunos puntos para ver si podemos caracterizar la evolución
conforme a la enseñanza de los Padres.
En primer lugar, debemos señalar que
la idea de la creación es algo completamente distinto del mundo que vemos hoy;
se trata de un orden completamente distinto. Por eso, cuando leemos en un
evolucionista cristiano moderno − un conocido teólogo griego conservador,
Panagiotis Trempelas, supuestamente de orientación escolástica − que sostiene: «resulta
más glorioso, más propio de la divinidad y más acorde con los métodos
ordinarios de Dios que vemos diariamente manifestados en la naturaleza que las
diversas formas hayan sido creadas por medio de procesos evolutivos,
permaneciendo Él como la causa creadora primera y suprema de las causas
secundarias e intermedias a las que se debe el desarrollo de la diversidad de
las especies»[43]
Observaremos aquí que, con
frecuencia, los teólogos suelen estar bastante rezagados respecto de los
tiempos. En su intento de justificar el dogma científico, a menudo adoptan
ideas que los propios científicos ya han dejado atrás, porque los científicos
leen la literatura especializada, mientras que los teólogos con frecuencia
temen parecer anticuados o decir algo que no esté de acuerdo con la opinión
científica dominante. De este modo, un teólogo puede caer de manera
inconsciente en una idea evolucionista por no haber reflexionado sobre el
asunto en profundidad, por no poseer una filosofía coherente y completa, y por
no estar al tanto de la evidencia y de las cuestiones científicas.
Pero esta misma idea que él expone −
según la cual la creación debería ajustarse a los métodos que Dios utiliza
constantemente − no tiene en absoluto nada de patrístico. Porque la creación es
precisamente el momento en que el mundo llegó a la existencia. Y cualquier
Santo Padre que haya escrito sobre este tema te dirá que los primeros seis días
de la creación fueron algo completamente distinto de todo lo que haya ocurrido
después en la historia del mundo.
Incluso san Agustín, que afirma que
todo esto es un misterio, dice que en realidad ni siquiera podemos hablar de
ello, porque es algo tan distinto de nuestra experiencia que está más allá de nuestra
comprensión. Del mismo modo, no podemos proyectar las leyes actuales de la
naturaleza hacia el pasado para explicar la creación. La creación es algo
diferente: es el comienzo de todo esto, no el estado en que el mundo se
encuentra ahora.
Algunos teólogos bastante ingenuos
intentan decir que los seis días de la creación pueden ser períodos
infinitamente largos y que corresponderían a las distintas capas geológicas.
Pero esto, por supuesto, no tiene sentido, porque los estratos geológicos no se
organizan en seis capas claramente identificables, ni en cinco, ni en cuatro.
Hay una gran cantidad de capas y no corresponden en absoluto a los seis días de
la creación. Por lo que no es más que un intento
muy endeble de acomodar las cosas.
De hecho, si uno examina a los
Santos Padres, aunque pueda parecer terriblemente fundamentalista decirlo,
todos coinciden en afirmar que esos días fueron de veinticuatro horas. San
Efrén el Sirio incluso los divide en dos períodos de doce horas a cada uno. San
Basilio el Grande dice que el primer día en el Génesis no se llama “primer
día”, sino “día uno”, porque es el día mediante el cual Dios midió todo el
resto de la creación. En otras palabras, el primer día − que tenía veinticuatro
horas − es el mismo día que se repite en toda la creación posterior.
Y si se reflexiona sobre ello, no
hay nada particularmente difícil en esta idea, porque la creación de Dios está
completamente fuera del alcance de nuestro conocimiento actual, la asimilación
de los días con edades no tiene ningún sentido. No se pueden hacer coincidir.
Por lo que, ¿para qué introducir la suposición de un día que dure mil o un
millón de años? No existe ninguna necesidad de hacerlo.
En realidad,
los Santos Padres enseñan unánimemente que los actos creadores de Dios son
instantáneos. San Basilio el Grande, San Ambrosio el Grande, San Efrén y muchos
otros dicen que, cuando Dios crea, Él pronuncia la Palabra, y ésta es más
rápida que el pensamiento.
Hay muchísimas citas, pero no podemos
entrar en ellas ahora. No hay ningún Padre que diga que la creación fue lenta.
Hay seis días de creación, y los Santos Padres explican que no se trata de un
proceso prolongado ni de que el hombre haya evolucionado a partir de algo
inferior, idea que es completamente ajena a los Santos Padres, sino que las
criaturas inferiores aparecieron primero para preparar el mundo para el ser
supremo, el hombre, quien debía encontrar su reino ya creado al llegar. Incluso
san Gregorio el Teólogo utiliza la expresión de que el hombre fue creado por
Dios en el sexto día y entró en la tierra recién creada.[44]
Había toda
una enseñanza de los Santos Padres acerca del estado del mundo y de Adán antes
de la caída de Adán. Adán era inmortal o, más bien, como dice Agustín, no fue
creado inmortal; fue creado con la posibilidad de ser, en cuanto al cuerpo,
mortal o inmortal, y por su caída eligió ser mortal en el cuerpo.
La creación antes de la caída de Adán
se encontraba en un estado diferente. Sobre esto los Santos Padres no dicen
demasiado; en realidad, es algo que supera nuestra comprensión. Pero algunos
Padres de carácter más contemplativo, como san Gregorio del Sinaí, describen el
estado del paraíso. Él dice que es un estado que existe
incluso ahora, pero que se ha vuelto invisible para nosotros; es el mismo
estado que existía entonces. Se trata de un lugar situado entre la corrupción y
la incorrupción, de modo que, cuando un árbol cae en el paraíso, no se pudre
inmediatamente, como sabemos que ocurre de manera natural, sino que se
transforma en una sustancia sumamente fragante. Esto es una indicación de que
se trata de algo que está más allá de nuestra comprensión y que obedece a otro
tipo de ley.
Sabemos también de personas que han estado en el paraíso, como san
Eufrosino, el cocinero, que fue al paraíso y trajo de allí tres manzanas. Estas
manzanas fueron conservadas por un tiempo, luego divididas y comidas, y eran
muy dulces. Las comieron como pan bendito, lo cual indica que hay algo
relacionado con la materia y, al mismo tiempo, algo distinto de la materia. Hoy
en día se especula sobre la materia, la antimateria y el origen de la materia,
y se reconoce que no se sabe realmente qué es. Entonces, no debería
sorprendernos que exista algún tipo diferente de materia.
Sabemos también que tendremos un
cuerpo distinto, un cuerpo espiritual. Nuestro cuerpo resucitado será de una
materia diferente de la que conocemos ahora. San Gregorio el Sinaíta dice que
será como nuestro cuerpo actual, pero sin humedad y sin peso. Cómo será
exactamente no lo sabemos; tal vez sólo quien haya visto un ángel pueda tener
alguna idea de ello. Nuestros propios cuerpos están repletos precisamente de
este tipo de pesadez.
Por lo tanto, no necesitamos
especular sobre qué tipo exacto de materia será esta, porque eso nos será
revelado cuando sea necesario, en la vida futura. Basta con saber que el
paraíso, el estado de toda la creación antes de la caída de Adán, era muy
diferente de lo que conocemos.
Uno puede
especular, si quiere, sobre si alguna criatura murió antes de Adán. Adán trajo
la muerte al mundo, por lo que es muy probable que ninguna criatura muriera
antes de su caída. Pero los Santos Padres apenas hablan de cuestiones concretas
como ésta. Por eso, no nos corresponde especular. Todo lo que sabemos es que el
mundo era muy diferente. Y la ley de la naturaleza que conocemos ahora es la
ley que Dios estableció cuando Adán cayó, cuando dijo: “Maldita será la tierra
por tu causa” (Gen. 3:17), y “con dolor darás a
luz hijos” (Gen. 3:16). Antes de la caída, Eva
era virgen. Dios creó al varón y a la mujer sabiendo que el hombre podría caer y
que necesitaría reproducirse.
Hay un
gran misterio en el estado de la creación antes de la caída de Adán, y no
necesitamos indagar en ello porque no nos interesa el “cómo” de la creación.
Sabemos que hubo una creación en seis días, y los Santos Padres dicen que
fueron días de veinticuatro horas; no hay nada sorprendente en ello. Los actos
fueron instantáneos: Dios quiere y se hace, Dios habla y se hace. Dado que
creemos en un Dios todopoderoso, no hay ningún problema en ello. Cómo se veía,
cuántas especies había, si existían todas las variedades actuales o solo tipos
básicos, familias o géneros, no lo sabemos, y no es importante saberlo.
Superponer la teoría de la evolución
a la idea de Dios, como hacen algunos evolucionistas cristianos, no ayuda en
absoluto. O, mejor dicho, sólo ofrece una solución al problema de saber de
dónde provinieron las cosas en un principio. En lugar de un gran cuenco de
gelatina cósmica, se tiene a Dios. Bien, eso es más claro y parece una idea
precisa. Si se habla de una sustancia cósmica primitiva en algún lugar del
universo, es algo muy místico y difícil de comprender. Si uno es materialista,
esa idea le parece razonable, pero sólo porque ya parte de ese presupuesto
materialista. Pero, aparte de la cuestión de dónde surgió todo en un principio,
nada se aclara al introducir a Dios en la idea de la evolución. Las
dificultades de la teoría permanecen intactas, tanto si Dios esté detrás de
ella como si no. Así pues, la idea de la evolución no se ve realmente
fortalecida al añadirle a Dios.
Otra diferencia entre la filosofía
moderna de la evolución y la enseñanza ortodoxa no se refiere solo al pasado
del hombre, sino también al futuro de la humanidad. Si la creación es una gran
línea continua de vida que evoluciona y se transmuta en nuevas especies,
entonces
Si la creación es un único filamento
que evoluciona y se transforma en nuevas especies, entonces surge un
determinado tipo de filosofía del futuro, que examinaremos en breve al hablar
de la evolución hacia el “superhombre”. Si la creación es una gran jerarquía de
los entes, entonces se puede esperar algo distinto. No es necesario esperar una
especie de ascenso continuo desde lo inferior hacia lo superior.
En lo que
respecta a la transmutabilidad de las especies − o “géneros”, según la palabra
utilizada en el Génesis, porque “especie” es un concepto muy arbitrario que no
debe tomarse como una categoría estricta −, los Santos Padres tienen una
enseñanza bastante definida. Citaremos brevemente a algunos Padres sobre este
punto.
San Gregorio de Nisa, o más exactamente su hermana santa Macrina, a quien él cita en su lecho de muerte, aborda esta cuestión cuando refuta la idea de la transmigración de las almas y de la preexistencia de las almas que enseñaba Orígenes. Ella dice −o más bien, san Gregorio dice a través de ella −:
«Me parece que confunden las propiedades de la naturaleza aquellos a quienes place asegurar que el alma pasa y emigra a diversas naturalezas; y que los tales todo lo confunden y mezclan entre sí: lo que carece de razón y lo que está dotado de ella, lo que carece de sentidos y lo que está provisto de ellos, pues que las unas cosas están en las otras sin haberse separado entre sí inmutablemente en alguna cárcel o claustro de la naturaleza.
Porque decir que una misma alma, ahora dotada de razón
y de inteligencia y de la facultad de pensar y cubierta por el ropaje del
cuerpo, luego habite con los reptiles en las cavernas, o se congregue con los
pajarillos, o lleve cargas, o coma carnes crudas, o que nada en la
profundidades, o incluso degenere en una naturaleza carente de sentido, o eche
raíces, o llegue a ser árbol y produzca ramas y se convierta en flor o en
espina, o en algo dotado de facultad nutritiva, o se haga y llegue a ser
venenosa; no es otra cosa sino estimar que todas las cosas sean una misma y que
sea una misma la naturaleza de todas las cosas, mezclada en una comunión
inconfusa, indistinta e indivisa, sin que lo uno se distinga de lo otro por
alguna propiedad»[45]
Esto muestra con toda claridad que
los Santos Padres creían en una verdadera jerarquía de los entes. No se trata,
como pretendía Erasmo Darwin, de un único filamento que atraviesa toda la
naturaleza de los seres existentes; hay naturalezas distintas.
Si examinamos una de las obras
fundamentales de la teología ortodoxa, La exposición de la fe
ortodoxa de San Juan Damasceno, encontramos que antes de escribir esta
obra, él compuso otros dos libros que consideraba parte de un conjunto. Uno es Sobre
las herejías, donde explica exactamente qué creían los herejes y por qué
nosotros no lo creemos. Y la primera parte de esta gran obra −que es uno de los
textos clásicos de la teología ortodoxa − se titula Sobre la filosofía,
y toda la obra completa recibe el nombre de La fuente del conocimiento.
Allí
comienza con capítulos filosóficos en los que trata temas como qué es el
conocimiento, qué es la filosofía, qué es el ser, qué es la sustancia, qué es
el accidente, qué es la especie, qué es el género, cuáles son las diferencias y
cuáles son las propiedades. Todo el sistema se basa en la idea de que la
realidad está claramente dividida en distintos seres, cada uno con su propia
esencia y su propia naturaleza, sin que uno se confunda con otro. Existe una
jerarquía definida de seres, y él mismo dice que es necesario comprender estas
nociones antes de poder leer su obra La exposición de la Fe Ortodoxa.
Estudiante: ¿De quién es esa
obra?
P. S.: De san Juan Damasceno, del siglo VIII.
Existen, por
cierto, varios libros fundamentales de los Padres ortodoxos dedicados
precisamente a la Creación. Uno de ellos se llama Hexaemerón, es decir,
“Los seis días”, y son comentarios sobre los seis días del Génesis. Hay uno de
san Basilio el Grande en Oriente, otro de san Ambrosio el Grande en Occidente,
y otros más breves. También hay comentarios sobre el Génesis de san Juan
Crisóstomo, de san Efrén el Sirio, que además escribió tratados sobre Adán y
Eva. Existen muchos escritos dispersos en los Padres sobre estos temas. Incluso
san Juan de Kronstadt escribió un Hexaemerón.
Estos libros son muy inspiradores
porque no se limitan a un conocimiento abstracto, sino que están llenos de
sabiduría práctica. Los Santos Padres recurren al amor por la naturaleza y al
esplendor de la creación divina para ofrecernos ejemplos a nosotros los hombres.
Dan numerosos ejemplos sencillos sobre cómo debemos imitar a la paloma en su
amor por su compañero, cómo debemos aprender de los animales más prudentes y no
imitar a los más torpes. Por ejemplo, se puede observar a las ardillas, que son
muy avaras, y aprender que no debemos comportarnos así. En cambio, debemos ser
mansos como el ciervo. Tenemos a nuestro alrededor innumerables ejemplos de
este tipo.
San Basilio,
por ejemplo, dice: «Que la
tierra germine». Y añade que «Este simple mandato en un instante fue una gran
naturaleza y una palabra del artífice, y más veloz que nuestro pensamiento,
produjo miles de plantas.»[46]
En otro lugar dice que, cuando se pronunció: «“Broten de la tierra árboles
frutales que den fruto según su especie y cuya semilla este en ellos sobre la
tierra” (Gen. 1:11) En un instante la tierra comenzó a germinar obediencia a
las leyes del Creador (…) Había praderas feraces cubiertas de un césped tupido,
llanuras fértiles llenas de sembrados (…) Todas las plantas, todas las especies
de hortalizas, de malezas y legumbres, se elevaban de la tierra en abundancia»
[47]
Y aquí tiene
una cita sobre esta misma cuestión de la sucesión de las criaturas unas después
de otras. Cita el Génesis:
«“Que
la tierra produzca seres vivientes”. (…) “Que la tierra produzca el alma viviente de los ganados, de
los animales salvajes y de los reptiles” (Gen. 1:24).»
Y san
Basilio dice a propósito de esto: «Piensa
en la palabra de Dios que recorre la creación en sus comienzos y que hasta
ahora sigue actuado y que se manifestará al final del mundo. Como una esfera
que uno empuja, y no se detiene hasta que encuentra un declive y se desliza por
la pendiente debido a su estructura y a la disposición del terreno y no se
detiene hasta llegar a una superficie plana, de la misma manera la naturaleza
de los entes, puesta en movimiento por una orden, conserva, desde el nacimiento
hasta la muerte, la semejanza entre los individuos a través de las generaciones
sucesivas de la especie hasta el final. Puesto que a un caballo le sucede otro
caballo, a un león otro león, a un águila un águila, y conserva así a cada
animal a través de las sucesiones ininterrumpidas hasta el final de todas las
cosas. Ninguna duración del tiempo destruye o borra los caracteres particulares
de los seres vivos; su naturaleza permanece tal cual fue constituida y sigue el
curso del tiempo siempre joven»[48]
Esta es una afirmación filosófica,
no científica. Es la forma en que Dios creó a las criaturas. Cada una tiene una
semilla y una naturaleza propias que le transmite a su descendencia. Cuando
ocurre alguna excepción, se trata de una anomalía, de algo monstruoso, y no
invalida el principio de que cada naturaleza es distinta de las demás. Si no
comprendemos toda la variedad de la creación de Dios la culpa es nuestra y no de Dios.
San Ambrosio tiene varias citas en
el mismo sentido. Su Hexaemeron está muy cercano, en espíritu, al de san
Basilio.
A continuación citaremos un texto de
san Gregorio de Nisa que muestra algo muy interesante: que en la antigüedad
existía una teoría parecida a la evolución, aunque naturalmente diferente de la
teoría moderna. El santo refutaba la idea de la preexistencia de las almas.
San Juan Damasceno, cuya obra La exposición de la fe
ortodoxa resume las enseñanzas teológicas de los Padres que le
antecedieron, dice en un pasaje: «No pensemos como Orígenes y otros
blasfemadores, que creen que Dios creó el alma y el cuerpo del hombre en
momentos diferentes. Los creó al mismo tiempo.»[49]
Si leemos el relato del Génesis,
allí se afirma claramente: «Entonces
el Señor Dios tomó polvo de la tierra, formó al hombre y sopló en su rostro
aliento de vida, y el hombre llegó a ser un ser viviente.» Los
cristianos evolucionistas fundándose en este pasaje dicen: «¡Ah, perfecto! Eso significa
que al principio existía algo que más tarde se convirtió en hombre»
Veamos lo
qué dice San Gregorio de Nisa acerca de esto:
«Algunos anteriores a nuestro tiempo creen correcto
decir que las almas tienen una existencia previa como pueblo en una sociedad
propia. Esta es la idea de Orígenes de que el alma “cayó” a nuestro mundo. “y
que entre ellas también hay normas de vicio y de virtud, y que el alma allí,
que mora en la bondad, permanece sin experiencia de conjunción con el cuerpo, y
que si se aparta de su comunión con el bien cae a esta vida inferior, y así
llega a estar en un cuerpo. Otros, por el contrario, marcando el orden de la
creación del hombre (como declaró Moisés), dicen que el alma es creada después
del cuerpo en el orden del tiempo, ya que Dios primero tomó polvo de la tierra
y formó al hombre, y luego animó al ser así formado con su aliento. Con este
argumento, estos segundos prueban que la carne es más noble que el alma, pues
dicen que el alma fue hecha para el cuerpo, para que la cosa formada no pudiera
estar sin aliento y movimiento. También dicen que todo lo que está hecho para
otra cosa es menos precioso que aquello para lo cual está hecho (como el
evangelio, que nos dice que el alma es más que la comida y el cuerpo que el
vestido), porque estas últimas cosas existen por causa de las primeras. En
efecto, el alma no fue hecha para la comida, ni nuestros cuerpos para el
vestido, sino que cuando las primeras ya estaban en existencia, las últimas
fueron provistas para sus necesidades»[50]
Todo esto se asemeja mucho a la
opinión de los evolucionistas modernos de que la materia es realmente lo primero
y el alma algo secundario.
Ahora pasa a examinar la segunda
postura, después de haber dejado de lado la idea de Orígenes de que las almas
preexisten.
«En
segundo lugar, la verdadera doctrina tampoco está en que el hombre sea una
figura de arcilla, y el alma surgió para ella, pues en ese caso la naturaleza
intelectual se mostraría menos valiosa que la figura de arcilla. Veamos, por tanto, en qué consiste dicha
doctrina y verdad, acerca del alma.
Como el
hombre es uno, compuesto de alma y cuerpo, debemos suponer que el comienzo de
su existencia es uno, común a ambas partes, de modo que no se le encontraría
antecedente ni posterior a sí mismo si el elemento corporal fuera primero en el
tiempo y el otro una adición posterior. También debemos decir que, en el poder
de la presciencia de Dios (según la doctrina expuesta un poco antes, en mi
discurso), toda la plenitud de la naturaleza humana tuvo una preexistencia (y
de esto da testimonio la escritura profética, que dice que Dios “conoce todas
las cosas antes de que sean”). No obstante, en la creación de los individuos no
se colocó un elemento antes del otro (ni el alma antes del cuerpo, ni lo
contrario), para que el hombre no esté en conflicto contra sí mismo (al estar
dividido por la diferencia, en el punto de tiempo).
2. Nuestra
naturaleza humana es doble, y está compuesta del hombre visible y del hombre
oculto. Si uno vino primero, y el otro sobrevino, el poder de Aquel que nos
creó se mostraría en cierto modo imperfecto, al no ser lo suficientemente
competente para hacer toda la tarea a la vez, y tener que dividir la obra, y
ocuparse de cada una de las mitades por turno»[51]
Por supuesto, el fundamento último
de la idea de la evolución es el hecho de no creer que Dios sea lo
suficientemente poderoso como para crear el mundo entero por Su Palabra.
Se intenta de “ayudarle” transfiriendo
la mayor parte del trabajo de la creación a la naturaleza.
Hay muchos otros pasajes, pero no
tenemos tiempo para abordarlos ahora. Los Santos Padres discuten con
considerable detalle cómo Adán fue creado del polvo de la tierra. Algunos toman
lo que dice San Atanasio el Grande en una de sus obras: «El primer hombre creado fue hecho del polvo como
cualquier otro, y la mano que formó a Adán forma de nuevo, y siempre, a los que
vienen después de él»[52],
y dicen: «¡Ajá, eso significa que Adán pudo haber descendido de alguna
otra criatura. No es necesario que el polvo sea tomado de manera literal. No
hay que interpretar literalmente esa parte del Génesis!»
Sin embargo, sucede que precisamente
esta cuestión es discutida por los Santos Padres hasta en los más mínimos
detalles. Pero resulta que este mismo punto es tratado con gran detalle por
muchos Padres. Y encuentran muchas formas distintas de expresarlo, dejando
absolutamente en claro que Adán y Caín son dos tipos distintos de personas.
Caín nació de hombre y Adán no tuvo padre. Adán fue creado del polvo
directamente por la mano de Cristo. Y muchos Padres enseñaron lo mismo: Cirilo
de Jerusalén, San Juan Damasceno y muchos otros.
Por lo tanto, cuando llegamos a
preguntas como qué debe interpretarse literalmente en el Génesis y qué debe
interpretarse de manera figurada o alegórica, los Santos Padres nos dan pautas
muy claras. Y san Juan Crisóstomo, en su comentario, incluso señala en ciertos
pasajes exactamente qué es figurado y qué es literal. Y dice que aquellos que
intentan convertirlo todo en alegoría están tratando de destruir nuestra fe.
San Gregorio
el Teólogo − que era célebre por sus interpretaciones muy elevadas − sostiene,
con respecto al Árbol del Conocimiento, que «El árbol era, según mi opinión, la
contemplación, en el que sólo están seguros los que ha alcanzado la
madurez del hábito para entrar»[53].
Por lo que algunos dicen: «¡Ajá,
eso significa que no creía en el Paraíso, que no creía que hubiera un árbol
real». Como si se nos
dijera que el árbol no era un árbol verdadero.
Pero un milenio después de san
Gregorio el Teólogo apareció otro gran teólogo ortodoxo, san Gregorio Palamás.
En su confrontación con el latinizante Barlaam, este último sostenía que la luz
increada no era en realidad una luz divina real, y que la luz increada era en
verdad una luz creada. Según Barlaam, solo se la llamaba divina de manera
simbólica. A lo que le respondió san Gregorio Palamás:
«¿Del mismo modo, San Gregorio el Teólogo llamó al árbol de la ciencia
del bien y del mal “la contemplación”, habiéndola considerado en su
contemplación como un símbolo de esta contemplación que está destinada a
elevarnos; pero no procede que lo que sea envuelto es una ilusión sin
existencia en sí misma. Pues el divino Máximo también hace de Moisés el símbolo
del juicio, y a Elías, el símbolo de la visión. ¿También, entonces, se supone
que no han existido realmente, sino que han sido inventados “simbólicamente”?»[54]
Y, por supuesto, al leer a los
Santos Padres, debemos tener en cuenta que un Padre puede complementar a otro,
y también que no es tan fácil discernir qué es literal y que no lo es. Es
necesario leer mucho y penetrar en el contexto total en el que hablan, para
discernir con exactitud cómo deben ser interpretados. Y, por supuesto, en el libro del Génesis, la narración
es principalmente de dos niveles. Es decir, contiene verdades literales, pero
también − generalmente para nuestro beneficio espiritual − algunas verdades
espirituales. De hecho, este libro tiene tres, incluso cuatro niveles de
significado, pero nos basta con saber que existen significados más profundos en
las Escrituras; el significado literal rara vez pasa a un segundo plano. Solo
en ocasiones.
Bien, basta
sobre este tema. En general, podemos caracterizar el evolucionismo, desde el
punto de vista filosófico, como una herejía naturalista que se aproxima a ser
el extremo opuesto de la antigua herejía de la preexistencia de las almas.
Aquella afirmaba que una sola naturaleza anímica recorre toda la creación; la
evolución afirma que una sola naturaleza material recorre toda la creación. Y
del mismo modo, ambas suprimen la idea de la jerarquía de los seres y de las
naturalezas propias de cada uno. Esta es una herejía que, en rigor, no existía
en los tiempos antiguos. Por lo general, la Ortodoxia se sitúa en el justo
medio entre dos errores que se hayan opuestos: entre la negación de la
naturaleza divina en Arrio y la negación de la naturaleza humana en el
monofisismo. En este caso particular la herejía opuesta no se encarnó en la
antigüedad sino que aguardó hasta los tiempos modernos para tomar forma
como un error específico. A continuación, veremos con mayor claridad este
aspecto filosófico del evolucionismo cuando analicemos a algunos de los autoproclamados
evolucionistas cristianos.
En los últimos años han aparecido
artículos, algunos breves y otros más extensos, en ciertos medios de prensa
ortodoxos sobre esta misma cuestión de la evolución. De hecho, el periódico de
la Arquidiócesis Griega, The Orthodox Observer, publicó varios artículos
que resultan bastante sorprendentes por lo alejados que están de la Ortodoxia.
Uno de estos artículos en el
periódico griego afirma que la evolución no puede ser realmente una herejía
porque hay muchos cristianos que creen en ella. Y cita a dos. Estos son Lecomte
du Nouy y Teilhard de Chardin. Por lo tanto, en primer lugar examinaremos a
Lecomte du Nouy, de quien se supone que es un cristiano que cree en el
evolucionismo.
Era un científico muy conocido y
respetado, matemático y fisiólogo, que escribió varios libros de filosofía
científica. Nació en París en 1883. Escribió un libro popular titulado El
destino humano, donde expone sus conclusiones sobre la evolución. Resulta
que no es muy cristiano, ya que sostenía que el hombre creó a su propio Dios,
quien es en realidad «una formidable ficción»[55].
Se muestra muy condescendiente con el cristianismo, y cree que este ha sido mal
entendido y mal interpretado, pero que sigue siendo útil para las masas y
constituye una herramienta provechosa para la evolución continua del hombre en
el plano moral y ético. Para él, por supuesto, el
cristianismo no contiene ninguna verdad objetiva o absoluta.
Cristo no es Dios, sino un hombre
perfecto. Pero la tradición cristiana, a ayuda a educar a la humanidad hacia
una ulterior evolución. «Nos encontramos al comienzo de las transformaciones
que culminarán en una raza superior»[56],
afirma.
«La evolución continúa en nuestro
tiempo, ya no en el plano fisiológico o anatómico, sino en el plano
espiritual y moral. Estamos en el amanecer de una nueva fase de la
evolución»[57] [énfasis en el texto original]
Desde luego, si ya es difícil
encontrar evidencia científica de la evolución, es sencillamente imposible
hallar evidencia de una evolución espiritual. Y, sin embargo, él cree en ella y
dice: «Nuestras conclusiones son idénticas a las expresadas en el capítulo
segundo del Génesis, si este capítulo es interpretado de otro modo y
considerado como una expresión altamente simbólica de una verdad percibida
intuitivamente por su redactor o por los sabios que se la transmitieron»[58]
afirma.
Por cierto, los Santos Padres dicen
que Moisés oyó de Dios. Y uno de los Padres incluso dice que recibió una
revelación del Arcángel Gabriel. De hecho, san Juan Crisóstomo dice que el
libro del Génesis es una profecía del pasado; es decir, que vio una visión
elevada de lo que era en el principio.
Y san Isaac el Sirio también dice que, en su
estado de éxtasis… san Isaac describe cómo, en los hombres de la más alta vida
espiritual…
Por cierto, los Santos Padres dicen
que Moisés oyó de Dios. Y un Padre incluso dice que recibió una revelación del
Arcángel Gabriel, san Juan Crisóstomo afirma de que se le confirió una visión
elevada de lo que fue en el principio y de que el libro del Génesis es una profecía
del pasado. Y san Isaac el Sirio también describe como en estado de
éxtasis, el alma puede elevarse a una visión sobre origen de las cosas.
Describiendo cómo tal alma se arrebata al pensar en la edad futura de
incorruptibilidad, escribe: «Y luego se eleva desde esto con su mente hacia
aquellas cosas que son anteriores a la fundación de este mundo, cuando no había
ninguna creación, ni cielo, ni tierra, ni ángeles, ni nada de lo que acontece y
de cómo Él llevó de repente todo del No-Ser al Ser, únicamente por Su
benevolencia».[59]
Pero el señor Lecomte du Nouy
continúa diciendo: «Intentemos (…) analizar el texto sagrado como si fuera una
descripción altamente simbólica y críptica de verdades científicas».[60]
Es, por supuesto, una actitud de superioridad pensar que el pobre Moisés se
esforzó al máximo por ofrecer una imagen científica de la realidad, y que no
pudo alcanzar a expresar más que tan solo este tipo de imágenes. Explica
Lecomte du Nouy que «La omnipotencia de Dios se manifiesta en el hecho de que
el hombre», que «desciende de los gusanos marinos, es hoy capaz de concebir la
existencia futura de un ser superior y de querer ser su antepasado. Cristo nos
aporta la prueba de que esto no es un sueño irrealizable, sino un ideal
accesible»[61] Es
decir, Cristo sería una especie de superhombre, y este sería, de algún modo, el
ideal hacia el cual ahora el hombre estaría evolucionando. Para este autor,
tenemos un nuevo criterio del bien y del mal que es «absoluto en relación con
el Hombre. El bien es aquello que contribuye al curso de la evolución
ascendente (…) El mal es aquello que se opone a la evolución (…) La dignidad humana
se basa en el reconocimiento del hombre mismo como agente de la evolución y
colaborador de Dios»[62]
«El único fin del hombre debería ser alcanzar la dignidad humana con todo lo
que esto implica»[63]
Si se
puede llamar cristiano a este hombre, es algo sorprendente. Continúa diciendo
que hay hombres pensantes en todas las religiones y, por lo tanto, todas las
religiones tienen una inspiración única, un parentesco espiritual, una
identidad originaria. Dice que «la unidad de las religiones debe buscarse en
aquello que es divino, es decir, universal en el hombre» «No importa cuál sea
nuestra religión, todos somos como personas al pie de un valle que buscan
escalar una cumbre nevada que domina a las demás. Todos tenemos la vista fija
en la misma meta. (…) Desgraciadamente diferimos en el camino que tomamos. (…) Un
día, siempre que continúen ascendiendo, todos llegarán a encontrarse en la cima
de la montaña (…) el camino para llegar a ella importa poco» Por supuesto, la
cima de la montaña no es la salvación del alma, ni el Reino de los Cielos; es
precisamente esta nueva era quiliasta.
Ese es uno de los autoproclamados
“evolucionistas cristianos”. No es muy cristiano. De hecho, es un deísta.
A continuación, consideraremos a un
segundo “cristiano evolucionista”. Sin embargo, haremos, de paso, algunos
comentarios diversos sobre ciertos fragmentos de este periódico griego, The
Orthodox Observer. En este periódico griego, − órgano oficial de la Iglesia
Ortodoxa griega − escribe un sacerdote que vive en San Francisco, que una vez
visitó nuestra librería, el padre Anthony Kosturos.
Tiene una columna de preguntas y
recibió la siguiente: «Si Adán y Eva fueron los primeros seres humanos, ¿de
dónde obtuvo esposa su hijo Caín? ¿Arroja nuestra Iglesia alguna luz sobre esta
cuestión?»
El padre Kosturos responde: «El
origen del hombre está demasiado lejos en la historia como para que alguien o
algún grupo pueda saber cómo llego a conformarse el hombre».
¿Pero entonces para qué sirve el
Libro del Génesis?
«La ciencia todavía está buscando
respuestas. La palabra Adán significa tierra. La palabra Eva significa vida. En
general, y solo en general, nuestros teólogos tradicionales sostienen la
opinión de que todos descendemos de un varón y una mujer. Pero hay otros que
piensan que la humanidad apareció en grupos; algunos aquí y otros allá. Ningún
teólogo tiene la respuesta definitiva sobre el origen y el desarrollo del
hombre. El amanecer de la humanidad sigue siendo un misterio»[64]
Más tarde, en otra respuesta a una
pregunta similar, dice: «Quizás hubo muchos Adanes y Evas que aparecieron
simultáneamente en diferentes regiones y luego se encontraron. Cómo fue creado
el hombre y de cómo se reprodujo al principio es un misterio. No dejes que
nadie te diga lo contrario. Nuestra Iglesia te da la posibilidad de reflexionar
sobre los temas que mencionas y de formular tus propias conjeturas al
respecto».[65]
La respuesta a la pregunta es muy
sencilla: Adán y Eva tuvieron muchos hijos que no se mencionan en el Génesis. El
libro presenta solo una exposición elemental de la historia.
Luego le plantearon una pregunta
adicional: «¿Cómo es que Caín pudo casarse con su propia hermana? ¿No es esto
contrario a las leyes de la Iglesia Ortodoxa?».
Por supuesto, se trata del comienzo
de los tiempos; se regían por una ley diferente, no vivían bajo la ley que
tenemos ahora. En aquellos días, los hombres vivían hasta novecientos años.
Evidentemente, la humanidad era muy distinta de como la conocemos, incluso en
el plano físico. Y si esto resulta sorprendente… no, no debería sorprender, puesto
que entonces el mundo se hallaba en sus inicios.
Bien
ahora vamos a dedicar unos minutos a algunas especulaciones católicas recientes
sobre este tema, ya que retoman cuestiones que hemos considerado brevemente, y
así podremos ver que tipos de respuestas dan.
Existe un teólogo, Karl Rahner[66],
jesuita, que propone una nueva teoría, la del «poligenismo», según la cual
habrían existido múltiples Adanes y Evas. Plantea dos preguntas: «¿Cómo es
compatible la evolución con la doctrina de los dones preternaturales de Adán?»[67]
Él era inmortal. Y también la siguiente: «¿Podemos concebir seriamente que el
primer hombre en evolucionar fuese capaz del primer pecado…?» Dice: «Los
científicos prefieren concebir la hominización», es decir, la formación del
hombre, «como un fenómeno que se produjo en numerosos individuos − una
“población”− antes que en una única pareja». Aunque algunos científicos
sostienen esto, mientras que otros no, nos dice que primera transgresión habría
sido cometida por ese primer grupo de hombres reconocibles, es decir, por el
hombre originario entendido como conjunto, a afirmar: «Es posible que la gracia
haya sido ofrecida al grupo originario y que, al ser rechazada por su elección
libre − aunque mutualmente influenciada − haya sido perdida para toda la
humanidad posterior»[68]
Él dice: «¿Cómo pudo existir en el primer
[énfasis de Rahner] hombre o grupo, tal como nos lo revela la paleontología» un
«grado de libertad lo suficientemente desarrollado como para hacer posible una
elección tan decisiva como la del pecado original? ¿Cómo podemos intentar
conciliar la situación paradisíaca sobrenatural o preternatural de “Adán” (ya
se entienda como individuo o como grupo) con lo que sabemos acerca de los
orígenes del mundo biológico, antropológico y cultural?»[69]
Y responde a
su propia pregunta diciendo: «no es fácil determinar exactamente dónde y cuándo
una criatura terrenal se convirtió realmente en espíritu y, por tanto, en
libre. (…) Podemos afirmar con seguridad que el pecado original se cometió,
pero en un momento que no se puede determinar con exactitud. Ocurrió “en algún
momento” pero en un momento que no puede determinarse con mayor precisión. Fue
en algún momento dentro de un largo período de tiempo durante el cual muchos
individuos ya pudieron haber existido y haber sido capaces de cometer el
crimen, “simultáneamente”»[70],
por así decirlo.
En otras
palabras, todo esto se vuelve muy confuso. Claramente, la próxima generación de
pensadores resolverá este ambiguo debate.
Y hay otro
libro, de un jesuita holandés, [Stephanus] Trooster, Evolution and the
Doctrine of Original Sin, donde afirma claramente que «quienes toman en
serio la doctrina científica de la evolución ya no pueden aceptar [la] enseñanza
tradicional» Por lo que debemos de encontrar «una interpretación que sea
relevante para nuestros tiempos».[71]
«Los
partidarios de la doctrina de la evolución», − según sus palabras − «conciben a
la humanidad como una realidad que, en el curso de la historia, ha madurado muy
gradualmente hasta alcanzar un cierto grado de autorrealización. Su emergencia
más temprana debe concebirse como constituida por formas transicionales
vacilantes que aparecieron próximas a niveles extremadamente primitivos de existencia
humana. Dichas formas primitivas intermedias de vida humana debían de estar
íntimamente fusionadas con su estado animal (…) Pero en esta teoría
evolucionista no hay cabida para una existencia “paradisíaca” de este
hombre prehistórico. Situar a un hombre espiritual extremadamente agraciado
y singularmente privilegiado al comienzo de la vida humana sobre la tierra
parece estar en total contradicción con el pensamiento científico moderno sobre
este asunto» [72]
Esto por supuesto, es cierto.
Trooster
continua:
«La aceptación del punto de vista
moderno, sin embargo, elimina la posibilidad de explicar el origen del mal en
el mundo sobre la base del pecado cometido por el primer hombre. Después de
todo, ¿cómo podría un ser humano tan primitivo haber estado en condiciones de
rechazar la oferta de salvación de Dios? ¿Cómo podría un ser tan primitivo
haber sido capaz de quebrantar el pacto con Dios?»[73]
Dado que para Trooster la caída de
Adán no constituye un hecho histórico, decide que la caída del hombre no es más
que lo que él llama «el fenómeno de inmadurez cósmica»[74].
Adán no es un individuo en particular, sino «cualquier hombre»[75].
El libro del Génesis es:
«Una imagen idealizada (…) de
un mundo sin pecado que el autor [del Génesis] sabe muy bien que no corresponde
a la realidad (…) Él en ningún caso quiso decir que el estado original de
gracia de Adan y Eva, en toda su pureza, haya sido alguna vez una realidad
efectiva en la historia de la humanidad»[76]
Por supuesto, si crees en la
evolución, no tiene sentido hablar del Paraíso. Y no haces más que engañarte a
ti mismo al intentar combinar estas dos formas de pensamiento diferentes.
Los
católicos, en tiempos pasados, tuvieron dificultades para fijar el momento en
que el hombre comienza a ser tal, si es que se acepta la evolución. Existen
distintas teorías según lo que uno piense − no sé qué está permitido ahora −,
pero en otros tiempos no se permitía creer que el alma del hombre pudiera
evolucionar a partir de la materia.
Había que
sostener que al hombre le fue dada un alma en un momento determinado; y en ese
momento se convirtió en hombre, y por ende dejó de estar sujeto a todas las
leyes de la evolución. Evidentemente, este intento de hacer
que la teoría de la evolución concuerde con la fe cristiana es otro caso de
introducir un “epiciclo”. Tal conciliación no funciona. O bien
crees en la evolución − en cuyo caso el hombre es una criatura muy primitiva,
procedente de las bestias salvajes[1]
− o bien crees que el hombre desciende de un ser que era superior a nosotros,
que era en realidad un hombre perfecto a su modo, que no estaba sujeto a la
corrupción,
los Santos
Padres incluso nos hablan de esto; que el hombre no defecaba, no necesitaba
alimento para subsistir, tenía el Árbol de la Vida, no como nosotros ahora que
vivimos para comer.
En las Conversaciones
con Motovilov san Serafin de Sarov san Serafín de Sarov tiene toda una
sección sobre el estado de Adán: cómo no estaba sujeto a ser herido o dañado.
Era completamente invulnerable a los elementos; no podía ahogarse, etc.
Y es interesante que incluso en la Edad Media
Tomás de Aquino planteo justamente estas preguntas e intentara resolverlas: ¿cuál
era ese estado?, ¿iba al baño?, ¿cómo era posible que no pudiera ser dañado? Y
él ofrece explicaciones elaboradas. Primero, afirma que sí iba al baño, porque
no podemos creer que estuviera hecho de una materia distinta de la nuestra. Y,
en segundo lugar, que nunca era dañado y era inmune al ahogamiento, no porque
esto fuera imposible, sino porque Dios había dispuesto apartar de su camino
todos los obstáculos, evitando que las aguas crecieran demasiado, etc., en
otras palabras, ordenaba el mundo de tal modo que Adán caminaba sin peligro y
nunca llegaba a sufrir daño.[77]
Pero la
Ortodoxia sostiene − como leemos en el primer capítulo del Abba Doroteo − que
allí se nos presenta la imagen de Adán, para darnos una idea de aquello hacia
lo cual debemos esforzarnos y a lo que debemos volver: nuestra naturaleza es inmortal.
Estamos llamados a vivir eternamente en lo corpóreo, y así era al principio.
Sólo después de la caída perdimos esa naturaleza y ese estado bienaventurado en
el que Adán contemplaba a Dios.
Según la Ortodoxia, el estado del hombre en el
Paraíso es el de su misma naturaleza. Nuestra naturaleza ahora está cambiada;
entonces éramos inmortales. Pero ahora nos hemos convertido en
seres mortales, es decir, mortales en cuanto al cuerpo.
En cambio, los católicos enseñan lo
contrario: que el estado del hombre en el Paraíso era un estado sobrenatural;
que el hombre era, en realidad, tal como lo conocemos hoy, pero que Dios le
concedió un estado especial de gracia. Y cuando cayó, simplemente se apartó de
esa gracia adicional que se le había sido otorgada. Por lo que, su naturaleza
no habría cambiado: era el mismo hombre, hombre mortal, sólo que al comienzo
había recibido una especie de don adicional. Pero según la Ortodoxia, nuestra
propia naturaleza quedó arruinada, quedó transformada.
Padre Herman: Ese es el punto clave.
Padre Serafin Rose: Cristo es el
nuevo Adán; y en Él somos restaurados a nuestra naturaleza original.
Algunos Padres, como San Simeón el
Nuevo Teólogo, han planteado la cuestión: ¿por qué, pues, no nos hicimos
inmediatamente inmortales cuando Cristo murió y resucitó? San Simeón dice que
fue así para que no forzarnos a ser salvados, para no obligarnos a llevar la
Cruz como Él: aún nos corresponde llevar a cabo nuestra propia salvación.
Y la creación entera está esperando
que alcancemos nuestra salvación, porque entonces también ella se levantará al
estado que tenía antes de la Caída, e incluso a un estado más alto.
Todo esto está lleno de misterios;
está más allá de nosotros, pero aun así sabemos bastante acerca de ellas por
los Santos Padres. San Simeón tiene un largo pasaje sobre el estado del hombre
antes de la Caída. Toda la creación, dice él, era incorruptible, al igual que
el hombre, y sólo después de la Caída las criaturas comenzaron a morir.
Cuando llegue el mundo nuevo, «el
cielo nuevo y la tierra nueva» (Apoc. 21, 1), entonces «los mansos… heredarán
la tierra» (Mt. 5, 5). ¿Qué tierra es esa? Es esta misma tierra que ves aquí,
sólo que será consumida por el fuego y restaurada, a fin de que todas las
criaturas lleguen a ser incorruptibles.
Eso es aquello hacia lo cual tiende
toda la creación, aquello por lo que las criaturas gimen; cuando san Pablo dijo
que «fueron sujetadas a la vanidad» (Rom. 8, 20), quiso decir que estas
quedaron sujetas a la corrupción a causa de la Caída del hombre.[78]
Dobzhansky
Veremos a un
último evolucionista cristiano antes de llegar al gran profeta de nuestra
época. Este es, por desgracia, un científico ortodoxo ruso. Se llama Theodosius
Dobzhansky y, según lo último que supimos, vive en Davis, California. Enseña
genética y según parece aún continúa realizando experimentos con moscas de la
fruta para demostrar el evolucionismo. Dobzhansky: D-O-B-Z-H-A-N-S-K-Y. Nació
el año de la canonización de san Teodosio de Chernígov, en respuesta a las
oraciones de sus padres; por eso le pusieron el nombre Teodosio. Desgraciadamente,
se convirtió en un apóstata. Emigró a América en la década de 1920 y desde
entonces es estadounidense.
Ha estado absolutamente prohibido en
la Rusia soviética, aunque los científicos soviéticos sabían de él. En una
ocasión, cuando en una reunión científica en Rusia se proyectó por error una
película en la que también aparecía él, todos los científicos aplaudieron, aunque
luego la película fue retirada de circulación. Se le considera inexistente,
como si fuera una no-persona, por haber abandonado Rusia. Sin embargo, piensa como un comunista.
Es tan “religioso” que, cuando su
esposa murió, la cremó, tomó las cenizas y las esparció en la Sierra Nevada. Como
es de suponer, no asiste a la iglesia y está bastante alejado de la fe. Y, sin
embargo, por sus destacadas opiniones evolucionistas cristianas, se le concedió
un doctorado en teología por la Academia San Vladimir de Nueva York. Y dio una
conferencia ante − creo que así se llama − la Sociedad Teológica Ortodoxa de
América. Allí se reúnen todos los grandes teólogos, teólogos ortodoxos de todas
las jurisdicciones, excepto la nuestra, en Estados Unidos, y lo escucharon dar
su charla, que luego se publicó en una revista ortodoxa llamada Concern.
Fue titulada bajo el nombre Evolution:
God's Special Method of Creation.[2]
(Concern, primavera de 1973), en el que afirma que cualquiera que diga
algo en contra de la teoría de la evolución es un blasfemo, porque así es como
Dios actúa y así es como son las cosas.
Dice en este artículo: «La selección
natural es un proceso ciego y creativo (...) La selección natural no
opera según un plan preordenado...».[79]
Si es así entonces, ¿dónde está la providencia de Dios si eres cristiano?
Señala la extraordinaria diversidad de la vida en la Tierra, pero él dice: «¡Qué
operación tan absurda» sería si Dios «creara muchas especies ex nihilo y
luego permitiera que la mayoría se extinguiera! ¿Qué sentido tiene permitir que
dos o tres millones de especies vivan en la Tierra? ¿Acaso el Creador estaba de
humor cuando hizo esto? ¿Se estaba “divirtiendo a nuestra costa”?»
«No», razona Dobzhansky: «La
diversidad orgánica se vuelve, sin embargo, racional y comprensible si el
Creador ha creado el mundo viviente no por un capricho gratuito, sino mediante
la selección natural. Es erróneo considerar que la creación y la evolución se
excluyen mutuamente».[80]
Por esto quiere decir que, en
realidad, no importa si existe o no un Dios. Y si es que Dios “crea” a dos o
tres millones de especies mediante la selección natural, ¿no es igual de
absurdo que si las creara a todas de una vez?
Dobzhansky esta imbuido de las ideas
habituales del cristianismo liberal, a saber: que el Génesis es simbólico, que el
despertar de la conciencia en el hombre es la causa de la trágica falta de
sentido que hay en el mundo actual, y que la única salida consiste en que el
hombre comprenda que puede cooperar con esta obra de la creación que Dios
ordenó; pues la participación en ella hace al hombre mortal partícipe del
eterno designio de Dios. Y añade: «El intento más audaz y exitoso hasta la
fecha en hacer esto − participar en el designio eterno de Dios − fue el de
Teilhard de Chardin»[81]
Ahora pasamos al último
evolucionista, el mayor profeta del evolucionismo de nuestro tiempo, Teilhard
de Chardin. Murió en 1955 a la edad de 74 años.
Fue un paleontólogo que participó en
el descubrimiento de muchos, en realidad de la mayoría, de los grandes
“hombres” fósiles de nuestro siglo. También fue él quien participó, junto con
otras dos personas, en el descubrimiento del Hombre de Piltdown. Fue él quien
descubrió el diente, que había sido teñido. Se desconoce si participo en el
fraude. A una de las otras dos personas se las acusa de haber sido quienes
fabricaron el Hombre de Piltdown; y se ha silenciado que Teilhard de Chardin
tuviera algo que ver con ello. Pero ya es sabido, por las primeras obras sobre
el tema, que él fue quien descubrió el diente.
Teilhard
estuvo presente en los nuevos descubrimientos del Hombre de Java (Pithecanthropus),
los cuales, por cierto, quedaron guardados bajo llave en algún lugar en
Holanda, volviendo imposible su reanálisis. Estuvo presente en muchos de los
descubrimientos relativos al Hombre de Pekín (Sinanthropus), aunque no
desde el principio. Detrás de estos descubrimientos también hay mucho misterio, ya que el investigador principal que descubrió al Sinanthropus
falleció repentinamente y su cuerpo fue hallado en una zanja. Él [Teilhard] también
presente cuando los fósiles del Hombre de Pekín desaparecieron. De modo que no
nos ha quedado ningún fósil del Hombre de Pekín; sólo existen algunos dibujos y
modelos.
Pero es él quien, ante todo, es el responsable de la interpretación
de todos estos hallazgos. Como él mismo afirmó: «Dondequiera que iba, solo
encontraba pruebas de lo que buscaba»[82]
Él articuló todo esto como evidencia en favor de la evolución humana. No
examinaremos ahora esta evidencia, salvo para decir que es muy precaria. Un
escritor evolucionista, F. Clark Howell (autor de Early Man), ha dicho: Una
de las dificultades principales es que los cráneos fósiles humanos realmente
significativos son excepcionalmente raros: todo lo que se ha encontrado hasta
la fecha podría meterse en un ataúd grande. El resto debe ser atribuido a otra
cosa»[83] Y no sabemos cuál es la
relación real de esas piezas entre sí.
Este hombre, Pierre Teilhard de
Chardin, es muy notable porque es a la vez científico y místico. Lo
sorprendente no es tanto que sea ambas cosas − al fin y al cabo, era jesuita −,
sino que sea muy respetado tanto por los teólogos católicos − e incluso por
muchos supuestos “teólogos” ortodoxos − como por los científicos.
Su libro, El fenómeno humano,
tiene una introducción escrita por Julián Huxley, nieto del célebre
contemporáneo y partidario de Charles Darwin, Thomas Henry Huxley.
Julián Huxley es un absoluto
evolucionista ateo. No puede estar plenamente de acuerdo con el intento de
Pierre Teilhard de Chardin de conciliar al evolucionismo con el catolicismo,
pero, en lo esencial, está de acuerdo con su filosofía.
Esto nos introduce en un ámbito que
ya hemos considerado brevemente antes. Como recordarán, los primeros
científicos de Occidente, en el renacimiento de la ciencia moderna − en
realidad, en su nacimiento en la época del Renacimiento − tenían toda una
orientación mística. Se hallaban penetrados por la filosofía pitagórica.
Giordano Bruno era un panteísta místico y creía que «el mundo entero es Dios»[84]
y que Dios es el alma del mundo. Por otro lado, recordemos a Saint-Simon, el
profeta socialista, que en el siglo XIX habló de un tiempo venidero en el que
no solo el orden social se convertiría en una institución religiosa, sino en el
que la ciencia y la religión se fusionarían y la ciencia dejará de ser atea.
Pierre Teilhard de Chardin era el tipo de pensador que él buscaba: uno que
habría de unir a la ciencia con la religión.
Tomemos otra cita de un filósofo estadounidense del siglo XIX, Ralph Waldo Emerson, quien habló sobre lo mismo: sobre cómo restaurar la unidad en el ser humano tras encontrarse en una situación en la que la fe se había separado del conocimiento debido a la Ilustración moderna, y cómo podemos restaurar esta unidad entre la fe y conocimiento. Dice en su ensayo Sobre la naturaleza:
«La razón por la cual el mundo
carece de unidad, y yace roto y amontonado en montículos, es porque el hombre
está desunido consigo mismo. No podrá ser un naturalista hasta que satisfaga
todas las demandas del espíritu; y este demanda amor no menos que percepción. (…)
Hay hombres inocentes que veneran a Dios, siguiendo la tradición de sus
antepasados, sin haber hecho extensivo su sentido del deber al uso de todas sus
facultades; [es decir, cumplen con su religión, pero no cultivan con el mismo
celo la ciencia y la filosofía] y hay naturalistas tesoneros que congelan con
la luz invernal del entendimiento lo que examinan. [es decir, separan a la filosofía de la religión] (…)
El día en que un fiel pensador, resuelto a apartar cada objeto de las
relaciones personales y verlo a la luz del pensamiento, avive al mismo tiempo a
la ciencia con el fuego de los sentimientos más sagrados, Dios emergerá otra
vez en la creación»[85]
Así pues, él es un profeta de, por así decirlo,
Teilhard de Chardin, de alguien que descubre que la ciencia y la religión son
de nuevo compatibles.
El propio Dobzhansky resume lo que
Teilhard de Chardin intentó hacer en sus libros. Teilhard describe las etapas
por las que avanza el desarrollo evolutivo.
Y utiliza términos técnicos;
nosotros emplearemos solo algunos de ellos. Dice:
«Primero, está la cosmogénesis, la
evolución de la naturaleza inanimada; segundo, la biogénesis, la evolución
biológica; y tercero, la noogénesis, el desarrollo del pensamiento humano».
Y Teilhard habla también a estas
“esferas”: la “biosfera”, esto es, la esfera de la vida; y la “noosfera”, la
esfera del pensamiento. Sostiene que el conjunto del globo está siendo
actualmente atravesado por una red de pensamiento a la que llama “noosfera”.
«Hasta aquí − dice Dobzhansky − Teilhard se mantiene firmemente sobre la
base de hechos demostrables. Para completar su teología de la naturaleza,
emprende entonces una profecía basada en su fe religiosa. Habla de su “convicción, estrictamente indemostrable
para la ciencia, de que el universo tiene una dirección y de que podría − de
hecho, si somos fieles, debería − conducir a una suerte de perfección
irreversible”»[86]
Dobzhansky cita con plena aprobación
la siguiente afirmación de Teilhard de Chardin acerca de qué es la evolución:
«La Evolución, ¿una teoría, un
sistema, una hipótesis? De ninguna manera, mucho más que esto: una condición
general a la cual deben doblegarse y, además, para ser posibles y verdaderas,
todas las teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas. Una luz esclareciendo
todos los hechos, una curvatura a la cual deben amoldarse todos los rasgos: he
aquí lo que es la Evolución»[87]
Es decir, en
el pensamiento de Teilhard − al que sigue una multitud de personas, sean
cristianos, ateos o lo que fueren − la evolución se convierte en una especie de
nueva revelación universal para la humanidad y todo, incluida la religión, debe
entenderse en los términos de la evolución.
Brevemente, la enseñanza de Teilhard de
Chardin es la siguiente.
Lo que inspiró a Teilhard de Chardin y
continúa inspirando hoy a sus seguidores es esa visión unitaria de la realidad,
la unificación de Dios con el mundo, de lo espiritual con lo profano, en un
único proceso armonioso y que lo abarca todo que no sólo puede ser alcanzado
por el intelectual moderno, sino también sentido por el alma sensible
que está en estrecho contacto con el espíritu de la vida moderna; de hecho y
por eso Teilhard de Chardin es tan prontamente aceptado como un “profeta”,
incluso por quienes no creen en Dios: él anuncia, de una manera muy “mística”,
el futuro que todo hombre pensante de hoy (salvo los cristianos ortodoxos
conscientes) espera. Es decir, por todo aquel que se
encuentra en esta tradición del racionalismo, que proviene de la época de la
Ilustración y, en última instancia, de la Edad Media.
El pensamiento unitario de Teilhard
de Chardin posee dos caras: la mundana, con la que atrae y retiene incluso a
ateos completos como Julian Huxley, y la espiritual, con la cual atrae a los
“cristianos” y les proporciona una religión a los incrédulos. Las propias
palabras de Teilhard de Chardin no dejan duda de que, ante todo, estaba
apasionadamente enamorado del mundo, de la tierra:
«El mundo (su valor, su infalibilidad y su bondad) es
la primera, la última y la única cosa en la que creo»[88]
Luego dice: «Ahora la tierra, ciertamente, puede
estrecharme en sus brazos gigantes. Puede henchirme con su vida, o devolverme a
su polvo. Puede adornarse para mí con todos sus encantos, con todos sus
horrores, con todos sus misterios. Puede embriagarme con el perfume de su
realidad y de su unidad»[89]
Y después dijo: «La salvación ya no
debía buscarse en “abandonar el mundo”, sino ahora en la “participación” activa
en edificarlo»[90] [91]
Estaba en contra de las antiguas
formas de espiritualidad cristiana; desdeñaba, cito:
«¡Todas esas novelitas moralistas
sobre los santos y los mártires! ¿Qué niño normal querría pasar una eternidad
en tan aburrida compañía?»[92]
(Esto lo dice un sacerdote jesuita)
«Lo que a todos, más o menos, nos
falta en este momento es una nueva definición de santidad»[93]
«El mundo moderno es un mundo en
evolución; por lo tanto, los conceptos estáticos de la vida espiritual deben
repensarse y las enseñanzas clásicas de Cristo deben reinterpretarse»[94]
Tenemos aquí el reflejo del abandono
del antiguo universo newtoniano. Pierre Teilhard de Chardin quiere incluir
también al cristianismo en esa misma categoría, ya que también está ligado a la
manera clásica y estática de pensar. Ahora tenemos una nueva manera de pensar; y,
por lo tanto, así como tenemos una nueva física, también debemos tener un nuevo
cristianismo.
Lo más característico y potente en
la visión de Teilhard de Chardin es la idea de espiritualizar el mundo y la
actividad en él. Él no estaba simplemente enamorado del mundo y de todo el “progreso
moderno” y del desarrollo científico; lo que lo distinguía era que le daba a
todo esto de un significado marcadamente “religioso”.
Como él mismo escribe: «¿Es esto
verdad, Señor?... Divulgando la Ciencia y la Libertad, puedo densificar, tanto
en sí misma como para mí, la atmósfera divina, en la que deseo siempre
sumergirme más y más. Adueñándome de la Tierra es como puedo vincularme a Ti...»[95]
«Que las energías del mundo,
dominadas por nosotros, se inclinen ante nosotros y acepten el yugo de nuestro
poder.
Que la raza de los hombres, una vez hechos más
conscientes y más fuertes, se agrupen en organizaciones ricas y felices, en las
que la vida, mejor utilizada, produzca el ciento por uno»[96]
«No hablo metafóricamente», dice, «cuando
afirmo que es a lo largo y ancho y profundo del mundo en movimiento donde el
hombre puede alcanzar la experiencia y la visión de su Dios»[97]
Luego
escribió: «Ha pasado el tiempo en que Dios podía imponerse a nosotros desde
fuera, simplemente, como un Maestro o un propietario. El Mundo no se
arrodillará en adelante más que ante el centro orgánico de su evolución»[98]
«El
cristianismo y la evolución no son dos visiones irreconciliables, sino dos
perspectivas destinadas a encajar y complementarse mutuamente»[99]
«el
Cristianismo, a pesar de todas las apariencias contrarias, se aclimata y se
engrandece dentro de un Mundo prodigiosamente ampliado por la Ciencia, (…) La
evolución viene a infundir, en cierta manera, una nueva sangre a las
perspectivas y a las aspiraciones»[100]
La tierra,
dice: «Puede embriagarme por su perfume de tangibilidad y de unidad. Puede
hacer que me arrodille en la espera de lo que madura en su seno. Ya no me
perturban los sortilegios de la Tierra desde que, para mí, se ha hecho allende
ella misma Cuerpo de Aquel que es y de Aquel que viene»[101]
Sobre
Teilhard de Chardin y lo que había detrás de él. Debemos tener presente que no
es, en absoluto, alguna especie de excepción, ni algo sustraído de la tradición
católica romana. Tenía una piedad extremadamente tradicional. Por ejemplo, era
sumamente devoto del Sagrado Corazón de Jesús. Y tiene la siguiente meditación
mística al respecto:
«Cuando hace
dos siglos» es decir, el catolicismo romano, «comenzó a dejarse sentir en tu
Iglesia la atracción precisa de tu Corazón»
Según él: «pudo
parecer que lo que seducía a las almas era el descubrir en ti un elemento más
determinado, más circunscrito que tu misma Humanidad. Mas he aquí que ahora, ¡por
un cambio súbito!, resulta evidente que, mediante la «revelación» de tu
Corazón, has querido, Jesús, proporcionar a nuestro amor el medio de sustraerse
a lo que había de excesivamente limitado en la imagen que nos sabíamos formado
de ti. En el centro de tu pecho no descubro más que un horno, y cuanto más
contemplo este foco ardiente más me parece que los contornos de tu Corazón se
funden en su totalidad, que se van agrandando, más allá de toda medida, hasta
el extremo de que ya no distingo en Ti otros rasgos más que la figura de un
Mundo inflamado»[102]
Según esta concepción, la
“revelación” del “Sagrado Corazón” constituye simplemente una preparación para
la revelación, aún más universal, de la “evolución” en nuestros tiempos.[3]
De hecho, no hemos examinado en
detalle a los místicos católicos, pero no dudamos de que, de haberlo hecho,
habríamos encontrado todo tipo de paralelismos con lo que ocurre en el mundo
científico y racionalista. Todos se preparan para una sola cosa: el quiliasmo.
La evolución es, para Teilhard, un
proceso que implica la edificación del cuerpo cósmico de Cristo en el cual
todas las cosas están unidas con Dios. Su idea más
profunda, que constituye un nuevo desarrollo en el pensamiento católico − similar en cierta medida al desarrollo de la devoción
al Sagrado Corazón −, es la de la “transubstanciación de la tierra”, formulada
cuando se encontraba en el desierto chino, cerca del Gobi, en las décadas de
1920 o 1930.
Y tiene un
breve artículo titulado “La Misa sobre el Mundo”. escrito después de haber
celebrado la liturgia en el desierto.
«Al asimilar nuestra humanidad el
Mundo material, y al asimilar la Hostia nuestra humanidad», es decir, la Hostia
católica romana, «la Transformación eucarística desborda y completa la
Transustanciación del pan del altar. Poco a poco, invade irresistiblemente el
Universo. Es el fuego que corre por encima de los brezos. Es el choque que hace
vibrar al bronce. En un sentido segundo y generalizado, pero un sentido
verdadero, las Especies sacramentales están formadas por la totalidad del
Mundo, y la duración de la Creación es el tiempo requerido para su consagración».[103]
En este proceso evolutivo, se está creando en el mundo el «Cuerpo de Cristo»,
no el Cristo de la Ortodoxia, sino un Cristo «universal», o «Supercristo», como
él lo llama.
El Super-Cristo es definido por
Teilhard como la síntesis entre Cristo y el universo. Este Cristo “evolucionador”
llevará a la unión de todas las religiones. Como él dice, cito:
«Una convergencia general de las
religiones hacia un Cristo universal que las satisfaga fundamentalmente a
todas: esto me parece la única conversión posible del mundo, y la única forma
en que puede concebirse una religión del futuro»[104]
Así, para Teilhard de Chardin, el
cristianismo no constituye la Verdad única, sino que es más bien, como él mismo
lo expresa, «un phylum evolutivo emergente»[105],
sujeto al cambio y a la transformación como todo lo demás dentro del mundo en
evolución.
Al igual que
los Papas de hoy, Teilhard no desea convertir al mundo, sino ofrecer el papado
como centro místico de la búsqueda religiosa humana, un oráculo délfico
supradenominacional.
Tal
como lo sintetiza uno de sus admiradores: «Si el cristianismo (…) ha de
convertirse verdaderamente en la religión del mañana, sólo hay una forma en que
puede estar a la altura de las grandes tendencias humanitarias de nuestro
tiempo y asimilarlas: mediante el eje vivo y orgánico de su catolicismo
centrado en Roma»[106]
Mientras el universo “evoluciona”
hacia el “Cuerpo de Cristo”, el hombre mismo alcanza el apogeo de su desarrollo
evolutivo: la “Superhumanidad”. Él dice:
«Si, después, se impone a nuestra
razón la evidencia (como acabamos de verlo) de que está en gestación sobre la
Tierra algo que es más grande que el Hombre actual, esto quiere decir, por
consiguiente, para poder seguir adorando como antaño, tenemos que poder repetir
con la mirada fija en el Hijo del Hombre: “Apparuit Super- Humanitas”»[107]que
aparezca la Super-Humanidad.
Como dice uno de sus biógrafos: «La
humanidad está destinada a alcanzar un punto de desarrollo en el que se
desprenderá por completo de la tierra y se unirá con Omega (…), un fenómeno
exteriormente semejante quizás a la muerte, pero en realidad simple
metamorfosis y acceso a la síntesis suprema»[108]
Es decir, este nuevo estado que está viniendo. Teilhard de Chardin lo llama
Punto Omega, el punto hacia el cual toda la creación está ahora ascendiendo.
«Un día − nos lo anuncia el Evangelio − la
tensión lentamente acumulada entre la Humanidad y Dios alcanzará los límites
fijados por las posibilidades del Mundo. Entonces será el fin. Como un
relámpago que partiera de un polo a otro polo, la Presencia de Cristo,
silenciosamente acrecentada en las cosas, se revelará bruscamente. Rompiendo
todas las barreras en donde, sólo en apariencia, la contenían los velos de la
Materia y el estancamiento mutuo de las almas, invadirá la faz de la Tierra. Y
bajo la acción, al fin liberada, de las auténticas afinidades del Ser, los
átomos espirituales del Mundo, llevados por una fuerza en la que se
manifestarán las potencias de cohesión propias del mismo Universo, vendrán a
ocupar, en Cristo o fuera de Cristo (más siempre bajo la influencia de Cristo),
el lugar de felicidad o de dolor que les designe la estructura viviente del
Pleroma»[109];
la plenitud de las cosas.
«La culminación de la evolución se
identifica con el Cristo resucitado de la Parusía»[110]
Todos los hombres, cree Teilhard,
deben desear esta meta, pues «Lo que hará estallar la Parusía es una
acumulación de deseos»[111]
Y dice: «Cooperar en la Evolución
cósmica total es el único gesto en el que se puede expresar adecuadamente,
nuestra devoción a un Cristo evolucionador y universal» [112]
«La tarea única del Mundo consiste
en la incorporación física de los fieles a Cristo en Dios. Ahora bien, esta
obra capital se prosigue con el rigor y la armonía de una evolución natural»[113]
Desde luego, está dejando de lado
por completo todas las ideas tradicionales del cristianismo. El cristianismo ya
no es, para él, el intento de un individuo por salvar su alma, sino que es el
conjunto de todos los hombres del mundo que evolucionan, mediante un proceso
natural, hacia el Punto Omega.
Luego nos dice: «El cristiano, asustado
durante un instante por la Evolución, se da cuenta ahora de que ella le aporta
simplemente un medio magnífico de sentirse y de darse más a Dios. En el seno de una Naturaleza
hecha a base de una trama pluralista y estática, la dominación universal de
Cristo podía aún, en rigor, confundirse con un poder extrínseco y
sobre-impuesto» Pero «en un mundo espiritualmente convergente, adquiere una
urgencia y una intensidad de un orden completamente distinto»[114] Es decir, no es Cristo que desde
fuera nos dice: “Obedecedme, venid a mí”; sino que nos impulsa desde nuestro
interior.
Hay aún algunas otras opiniones de
Teilhard de Chardin que debemos mencionar. En este folleto − aquí hay una
imagen suya [portada de Cross Currents] − se exponen sus puntos de
vista. Curiosamente, él busca un estado de cosas que nos lleve más allá del
callejón sin salida del comunismo. En realidad, estos tres sistemas − sobre los
que escribió, al parecer, durante la guerra −, el comunismo, el fascismo y la
democracia, están en guerra entre sí. En su opinión, debemos trascender esta
guerra. «La tarea principal de la humanidad moderna», escribe, «es encontrar
una vía de escape que permita traspasar algún umbral de mayor conciencia.
Cristianos y no cristianos, personas animadas por esta convicción, pertenecen a
una categoría homogénea».[115]
«El gran acontecimiento que
esperamos» es este: «el descubrimiento de un acto sintético de adoración en el
que se unan y se exalten mutuamente el deseo apasionado de conquistar el mundo
y el deseo apasionado de unirnos con Dios; el acto vital, específicamente
nuevo, correspondiente a una nueva era de la Tierra»[116]
Por cierto, ahora se ve con qué
fuerza se manifiesta en él el quiliasmo, el New Age aparece. «En el comunismo
(especialmente en sus etapas iniciales), la fe en la humanidad, unida en un
único organismo universal, alcanzó un magnífico estado de exaltación»[117].
«Por otro lado, en su desequilibrada veneración de las fuerzas externas del
universo, el comunismo destruye sistemáticamente la esperanza de una posible
transformación espiritual del mundo»[118]
La respuesta, entonces, es que la
espiritualidad debe sumarse al comunismo.
«Debemos unirnos. No en frentes
políticos, sino en el frente común del progreso humano (…) El demócrata, el
comunista y el fascista deben desechar las desviaciones y limitaciones de sus
sistemas y perseguir plenamente las aspiraciones positivas que inspiran su
entusiasmo, y entonces, de manera natural, el nuevo espíritu romperá los lazos
exclusivos que todavía lo aprisionan; las tres corrientes se encontrarán
fundiéndose en la concepción de una tarea común: promover el futuro espiritual
del mundo entero (…) La función del hombre es construir y dirigir la totalidad
de la Tierra»[119]
«Terminaremos por comprender que el
gran objetivo que la ciencia persigue de manera inconsciente no es otro que el
descubrimiento de Dios»[120]
He aquí cómo la mística penetra directamente en el núcleo mismo de la ciencia. Es evidente que
la ciencia actual está perdiendo todos sus fundamentos; se ha vuelto
indeterminada, configurándose como un universo de antimateria que desconcierta
a los científicos. Todo desemboca en la mística.
«La única unidad verdaderamente
natural y real de la humanidad», escribe Teilhard de Chardin, «es el Espíritu
de la tierra (...) Comienza a manifestarse una pasión conquistadora que barrerá
o transformará lo que hasta ahora ha sido la inmadurez de la tierra (…) El
llamado hacia la gran unión [es decir, la unidad universal de la humanidad] cuya
realización es la única obra que ahora está en marcha en la naturaleza…»[121]
«El Espíritu de la Tierra es la presión irresistible que vendrá en el momento
justo para unirlos a todos en una pasión común»[122]
«La edad de
las naciones ha pasado. La tarea que tenemos ante nosotros, si no queremos
perecer, es dejar de lado los antiguos prejuicios y construir la Tierra»[123]
«…El gran
conflicto del que habremos salido no habrá hecho más que consolidar en el mundo
la necesidad de creer. Una vez
alcanzado un grado más alto de dominio de sí, el Espíritu de la Tierra
experimentará una necesidad cada vez más intensa de adoración; de la evolución
universal emerge Dios [énfasis en el original] en nuestra conciencia como más
grande y más necesario que nunca»[124]
Tenemos una «necesidad urgente de encontrar una fe, una esperanza que dé sentido y alma al inmenso organismo que estamos construyendo»[125] Esto, naturalmente, quiere decir que toda esta revolución moderna ha perdido su rumbo. Cuando intenta edificar un nuevo paraíso, lo destruye todo y lo que necesita es un sentido religioso. Así, todo en la vida moderna es bueno, siempre que se añada que todo tiende hacia una especie de reino espiritual, hacia un nuevo reino.
«Aún no podemos comprender exactamente hacia
donde nos llevará todo esto, pero sería absurdo dudar de que nos conducirá
hacia algún fin de valor supremo»[126]
Con esto intenta ser un profeta, aunque no está muy seguro de hacia dónde se
dirige todo.
«El principio que engendra nuestra unificación
no reside, en última instancia, en la contemplación de una misma verdad ni en
un deseo único despertado por algo, sino en la atracción única ejercida por un
mismo Alguien».[127]
Es decir,
tendemos hacia la adoración de un Alguien.
«Por consiguiente, a pesar de todas
las improbabilidades aparentes, nos dirigimos inevitablemente hacia una nueva
era en la que el mundo se despojará de sus cadenas y se entregará, por fin, al
poder de sus afinidades más íntimas»[128]
«Con dos mil años de experiencia mística a
nuestras espaldas», la del catolicismo romano, «el contacto que podemos
establecer con el foco personal del universo ha ganado tanta riqueza explícita
como el contacto que podemos establecer, después de dos mil años de Ciencia,
con las esferas naturales del mundo. Considerado como un “phylum” de
amor, el cristianismo es tan vital que, en este mismo momento, podemos verlo
experimentar una mutación extraordinaria al elevarse a una conciencia más
consolidada de su valor universal. (…)
«¿No está ya
en marcha otra metamorfosis; la definitiva (…) la realización de Dios en el corazón de la
Noosfera» del mundo mental, «el tránsito de todos los círculos» de todas las
esferas «hacia su Centro común (…), la aparición, por fin, de la “Teosfera”?»[129]
cuando el hombre y el mundo se conviertan Dios.
Esto cala muy hondo en el hombre
moderno, porque es precisamente lo que él quiere. Todos estos sistemas − filosóficos,
quiliastas o socialistas − terminan en lo mismo: Dios se deja de lado, el
cristianismo se deja de lado y el mundo es divino. El mundo es, de algún modo,
el cuerpo de Dios. Y el hombre quiere ser un dios. Ahora ha perdido a Dios,
Dios ha muerto. El Superhombre quiere nacer; y él es quien, siendo científico
al mismo tiempo, es un místico. Teilhard expresa el deseo del hombre
moderno, el deseo del Gran Inquisidor, de unir la esfera de lo espiritual con
la de lo político, la unión de la religión y la ciencia, y por supuesto el
deseo de nuevo orden que también será político. Él es un profeta del
Anticristo.
Así, pues, mediante esto el racionalismo moderno en nuestro tiempo llega
a su fin. La razón finalmente llega, finalmente, a dudar de sí misma o incluso
a negarse. La ciencia está desconcertada, no sabe qué es, qué puede conocer,
qué no puede conocer; por todas partes hay relativismo. Ya vimos esta mañana
algo sobre la filosofía del absurdo[4].
Se pone de manifiesto que, después de haber pasado por todos los experimentos
de la apostasía, el hombre no puede desarrollar nada más por sí mismo. Probó
de todo y cada vez que estuvo convencido de que por fin había encontrado la
respuesta, todo lo que hacía era superado por la siguiente generación, y al
hacerlo se alejaba cada vez más del pasado. Ahora llega finalmente a dudar
incluso de si el mundo existe y de lo que él mismo es. Muchos se suicidan.
Muchos destruyen. ¿Qué le queda al hombre? No le queda otra que esperar una
nueva revelación. Y el hombre moderno ha llegado a tal punto − sin sistema de
valores y sin una religión propia − que no puede sino aceptar cualquier cosa
que se le presente como esa nueva revelación.
Mañana daremos una última mirada a
las perspectivas de esta nueva revelación, y al esfuerzo de la humanidad por
alcanzarla.[5]
Sobre Teilhard de Chardin podemos añadir que su libro El fenómeno humano fue publicado en 1965 en Moscú: el primer libro de un pensador cristiano − exceptuando el volumen propagandístico del “deán rojo” de Canterbury, [Hewlett Johnson] − que se haya publicado en la URSS.
Sobre Teilhard de Chardin, podemos añadir que su libro El Fenómeno Humano fue publicado en 1965 en Moscú. El primer libro de un pensador cristiano, aparte del volumen propagandístico del “decano rojo” de Canterbury [Hewlett Johnson], que se publicaba en la URSS. Tras esta publicación, el padre John Meyendorff de la Metropolia americana escribió lo siguiente:
«La comprensión cristocéntrica del hombre y
del mundo que, según Teilhard de Chardin, se hallan en un estado de cambio
constante y de aspiración hacia el “Punto Omega”, es decir, el punto más alto
del ser y de la evolución, que el autor identifica con Dios mismo, conecta a
Teilhard con la profunda intuición de los Padres ortodoxos de la Iglesia»[130]
Y Nikita Struve escribe: «Debe
notarse que la característica principal del teilhardismo no es en absoluto la
aceptación de la evolución; este hecho ha dejado desde hace tiempo de ser una
novedad entre los teólogos y los filósofos religiosos. El núcleo de la
enseñanza del pensador francés es un nuevo abordaje del problema del mundo y de
la creación». En su enseñanza sobre estos temas, Teilhard «solo presenta, en un
lenguaje contemporáneo, la enseñanza del apóstol Pablo sobre la naturaleza, que
no está excluida del plan de la Salvación»[131]
P. Herman (irónicamente): Un erudito puramente ortodoxo.
Padre Serafin Rose: Reflexionando sobre la
«Misa sobre el Mundo», las experiencias de Teilhard fueron para él algo así
como «una liturgia cósmica que se celebra invisiblemente en el mundo. Aquí está
el mismo corazón de la proclamación teilhardiana que nos devuelve la
comprensión cristiana olvidada, inmemorial, del universo y de la Encarnación
divina. Precisamente esto permitió a Teilhard comprender la evolución como el
movimiento de todo el cosmos hacia el Reino de Dios y superar ese enfoque
negativo del mundo que está profundamente arraigado entre los cristianos»[132]
P. Herman: Ahora vemos quiénes son
nuestros enemigos. La Metropolia, el primer enemigo.
Padre Serafin Rose: Y hay todo un
artículo en el periódico de París, el de París, ¿cómo se llama?, Vestnik[133],
escrito por un teólogo ortodoxo polaco [el padre George Klinger], en el cual
convierte a Teilhard de Chardin en un Padre de la Iglesia, dentro de la
tradición de los “grandes Padres ortodoxos”, que según él serían Montano,
Joaquín de Fiore, y toda la escuela “parisino-moderna” de Bulgakov, Berdiaev y
sus seguidores “liberales”.
El padre Kilinger en este articulo
escribe:
«El padre Teilhard habla mucho del
papel cósmico de Cristo, del Medio Divino, y muy poco de la Iglesia. También
en este punto “converge” con tendencias afines dentro de la teología ortodoxa (...)
En el padre Teilhard, la Iglesia se identifica con la acción de Cristo en el
cosmos»[134]
«Según el P. Teilhard, por medio de la comunión de los Santos Misterios,
el mundo, al ser santificado, se convierte en el Cuerpo de Cristo (…) Estos
son, quizás, los pensamientos más profundos que se han expresado en los últimos
años sobre el principal sacramento cristiano»[135]
Puntos contra la evolución
0. El alma no puede surgir de la
evolución
1. El Paraíso no encaja con la
evolución.
2. Dos tipos distintos de mundo: antes
y después de la Caída (Adán vivió 900 años).
3. Un solo Adán vs. muchos “Adanes”.
4. La tierra y la hierba antes que el
sol.
5.
La
costilla de Adán.
6. Los años: miles vs. millones.
¿Patriarcas reales o no?
7. La Escritura: ¿historia real o
alegoría?
[1] El padre Serafin Rose comenta al
respecto: “Es una visión inequívoca: los
manuales de evolución te dirán que el hombre aún lleva dentro de sí la bestia,
y todas las ilustraciones lo muestran evolucionando a partir de una criatura de
tipo simiesco”
[2] N. de T. – La evolución: el método de la creación de Dios, al
castellano
[3] Ya en el
siglo XIX el papa “reaccionario” Pío IX, lejos de condenar las ideas
evolucionistas de George Jackson Mivart, le otorgó un doctorado honoris causa
en filosofía tras la publicación de sus obras en 1876.
[1] Nota de
traductor – Es decir, muchas menos hipótesis auxiliares
[2] En realidad, el científico inglés James Jeans le atribuyó en 1931 esta idea
– que ahora se conoce como el “Teorema del mono infinito” – a T. H. Huxley de
manera errónea. Aun así, la noción del “mono mecanógrafo” sigue siendo
utilizada hoy por los evolucionistas como argumento en favor del gradualismo
darwiniano; véase, por ejemplo, Richard Dawkings, The Blind Watchmaker
(1986), págs 141 y 142.
[3] Véase por ejemplo, la obra Mathematical Challenges to the
Neo-Darwinian Interpretation of Evolution, Paul S. Moorhead y Martín M.
Kaplan editores. Witmar
Institute Symposium Monograph, número 5 (1967); y Lee Spetner, Not by
Chance! (1997), capitulo 4,
págs. 85 a 124.
[4] En sus notas, el padre Serafín escribe:
«La mentalidad
popular acepta la mera “variación” como prueba de una cuestión mucho más
amplia: la de la “evolución”. Dejamos a los científicos la tarea de definir los
límites del cambio que les resulta observable. Por el carácter desmesurado de
su concepción, la evolución como tal no puede ser demostrada a partir de las
pequeñas variaciones observables por la ciencia actual (…)
Que los
científicos definan los límites de la variación, y que usen la palabra y el
concepto de “evolución” al explicar el cambio; pero que abandonen los esquemas
metafísicos que se esfuerzan por extrapolar pequeños cambios en un principio
que todo lo abarca.
Si esto último es cierto, que se
manifieste de manera natural a partir de los datos, sin violentar los hechos
mediante una interpretación forzada»
[5] San Ambrosio, On
the decease of his Brother Satyrus 2.63,
70, NPNF 2 10, págs. 184-185.
[6] La conclusión del arzobispo se publicó en 1650 y apareció como una nota
marginal en el libro del Génesis de la Authorized Version de la Biblia. Su
cálculo se basaba en el texto hebreo masorético del Antiguo Testamento. Según
la cronología del Antiguo Testamento de la Septuaginta (texto griego),
utilizada por los cristianos ortodoxos, la Tierra es aproximadamente unos 1500
años más antigua que lo calculado por el arzobispo Usher.
[7] La teoría evolutiva de Erasmus Darwin, abuelo
de Charles Darwin, fue presentada en 1794, en un clima intelectual marcado por
la reciente Revolución Francesa. Numerosos amigos y colaboradores de Erasmus
compartían simpatías con los revolucionarios franceses. Como fundador de la Lunar
Society, Darwin formó parte de un entorno cuyos miembros coincidían en gran
medida con los de la “Revolution Society”, liderada por el radical
Charles Stanhope (tercer conde de Stanhope). Erasmus admiraba de manera
especial a Jean-Jacques Rousseau, considerado el filósofo que abrió el camino a
la Revolución. Además, fue masón − miembro de la logia Canongate Kilwinning n.º
2 de Edimburgo −, condición que compartía con su hijo Robert, el padre de
Charles Darwin.
[8] El libro de Erasmus Darwin, Zoonomia, en el que propuso esta
teoría, fue publicado en Londres en 1794. En él escribió: «A partir de esta
reflexión sobre la gran similitud de la estructura de los animales de sangre
caliente, y al mismo tiempo sobre los grandes cambios que experimentan tanto
antes como después de su nacimiento; y al considerar en cuán reducido lapso de
tiempo se han producido muchos de los cambios de los animales antes descritos;
¿sería demasiado atrevido imaginar que, a lo largo del inmenso período
transcurrido desde que la Tierra comenzó a existir − quizá millones de edades
antes del inicio de la historia de la humanidad −, todos los animales de sangre
caliente hayan surgido de un filamento viviente, al que la GRAN PRIMERA CAUSA [Nota
de traductor – mayúsculas en la obra original] dotó de animalidad, con el poder
de adquirir nuevas partes, junto con nuevas propensiones, dirigidas por
irritaciones y sensaciones, voliciones y asociaciones; y que, poseyendo así la
facultad de continuar perfeccionándose por su propia actividad inherente, haya
transmitido esas mejoras por generación a su descendencia, hasta el mundo
actual, sin fin?» Erasmus
Darwin. Zoonomia; or the Laws of Organic Life, pág. 505. Londres, Inglaterra. 1794.
[9] En 1831, un año después de que se publicara Principles of Geology
de Lyell, Darwin lo leyó durante su viaje a bordo del Beagle. Tras el
viaje, Lyell se convirtió en mentor de Darwin, y de las declaraciones
posteriores de este último se desprende con claridad que las ideas de Lyell lo
llevaron a pensar en aplicar los principios del uniformitarismo a la historia
pasada de los seres vivos. En sus cartas privadas, Lyell dejó claro que tenía
la intención de abolir lo que él llamaba la “geología mosaica”, es decir, la
interpretación de los estratos geológicos en función del Diluvio del Génesis.
El paleontólogo Stephen
Jay Gould, figura central del evolucionismo contemporáneo, acusó a Lyell de
proceder de manera engañosa a la hora de promover su sistema, al afirmar que: «Lyell
se apoyó en dos pequeñas astucias para establecer su uniformitarianismo como
única geología verdadera. (…) Lyell impuso su imaginación sobre la evidencia.» Stephen
Jay Gould. Ever Since Darwin, págs. 149 y 150. ed. Norton, Nueva York,
Estados Unidos, 1979.
[10] Nota de traductor – Este ejemplo alude a la
antigua práctica china del vendado de pies, vigente durante siglos y abolida
definitivamente a comienzos del siglo XX. Dicha práctica consistía en deformar
deliberadamente los pies de las niñas desde la infancia por razones estéticas y
sociales.
[11] Esto se debe a que, como ha demostrado la
investigación genética contemporánea, la capacidad de variación de un organismo
determinado está limitada por la variabilidad inherente del acervo genético de
ese organismo. «En otras palabras − escribe Phillip E. Johnson −, la razón por
la cual los perros no llegan a ser tan grandes como los elefantes, y mucho
menos se transforman en elefantes, no es que simplemente no los hayamos criado
durante el tiempo suficiente. Los perros no poseen la capacidad genética para
ese grado de cambio, y dejan de aumentar de tamaño cuando se alcanza el límite
genético» Phillip E. Johnson, Darwin on Trial, pág. 18. tercera edición.
InterVarsity press. Illinois, Estados Unidos, 2010.
[12] El padre Serafin Rose utiliza la obra de Tracy I. Storer, General
Zoology. editorial McGraw-Hill, Nueva York, Estados Unidos, 1951.
[13] En esta ilustración, en la p. 215 de General Zoology, se muestra
un “intermedio hipotético” (así denominado en el pie de imagen) entre la aleta
de un pez y la extremidad de un anfibio. En otras palabras, ante la ausencia de
una estructura intermedia real, el autor tuvo que inventar una.
[14] Tracy I. Storer, General Zoology, pág. 216.
[15] Es decir, una prueba de que el ser humano evolucionó a partir de
animales acuáticos dotados de branquias.
[16] Tracy I. Storer, General Zoology, pág 220.
[17] En 1890, los evolucionistas afirmaban que existían alrededor de 180
órganos vestigiales en el hombre, pero hoy prácticamente no se sostiene la
existencia de ninguno. Los órganos que antes se consideraban vestigiales − entre
ellos el apéndice, la glándula tiroides, el timo, el coxis, la glándula pineal,
los músculos del oído y las amígdalas − se sabe ahora que cumplen funciones
útiles y, a menudo, esenciales. Para un tratamiento detallado de este tema,
véase el libro “Vestigial Organs” Are Fully Functional de los doctores
Jerry Bergman y George Howe (1990).
[18] Algunos paleontólogos evolucionistas han reconocido el problema de este
razonamiento circular. El Dr. Ronald R. West (profesor asistente de
Paleobiología, Kansas State University) escribe: «Contrariamente a lo que la
mayoría de los científicos afirma, el registro fósil no respalda la teoría
darwiniana de la evolución, porque es esta teoría (hay varias) la que
utilizamos para interpretar el registro fósil. Al hacerlo, incurrimos en un
razonamiento circular si luego decimos que el registro fósil respalda dicha
teoría» (“Paleontology and Uniformitarianism”, Compass, vol. 45 [mayo de
1968], p. 216).
Asimismo, el Dr.
David G. Kitts (curador jefe del Departamento de Geología del Museo Stovall,
University of Oklahoma) afirma: «No obstante, el peligro de la circularidad
sigue latente. Para la mayoría de los biólogos, la razón más poderosa para
aceptar la hipótesis evolutiva es la adhesión a alguna teoría que la implica de
antemano. Existe además otra dificultad: la ordenación temporal de los
acontecimientos biológicos más allá del ámbito local puede depender de manera
crucial de la correlación paleontológica, la cual presupone necesariamente la
irrepetibilidad de los acontecimientos orgánicos en la historia geológica. Hay
diversas justificaciones para esta suposición, pero para casi todos los
paleontólogos contemporáneos esta descansa en la aceptación de la hipótesis
evolutiva» (“Paleontology and Evolutionary Theory”, Evolution, vol. 28
[septiembre de 1974], p. 466).
[19] Los organismos de cuerpo blando descubiertos
en rocas precámbricas son tan inusuales que algunos paleontólogos
evolucionistas han sostenido que no pueden ser antepasados de los grupos del
Cámbrico (cf. Stephen Jay Gould, “The Ediacaran Experiment”, Natural History,
vol. 93, n.º 2 [1984], pp. 14–23; Adolf Seilacher, “Vendobionta and
Psammocorallia…”, Journal of the Geological Society, Londres, vol. 149,
n.º 4 [1992], pp. 607–13). El descubrimiento de
estas criaturas en estratos precámbricos derriba la explicación darwinista
estándar para la ausencia de ancestros precámbricos, a saber, la de que los
organismos de cuerpo blando no podrían fosilizarse. De hecho, existen numerosos
fósiles de organismos de cuerpo blando en rocas precámbricas; sin embargo, los
científicos de orientación secular no han podido establecer su relación
evolutiva con los organismos “posteriores”. Véase Johnson, Darwin on Trial,
pp. 54–55.
[20] Véase John Woodmorappe, “The Fossil Record: Becoming More Random All the
Time” Creation Ex Nihilo Technical Journal (El nombre de esta
publicación ahora es el de Journal of Creation), vol. 14, numero 1 (año
2000), págs 110 a 116; y Brian Thomas, “Fossil Discoveries Disrupt Evolutionary
Timescales”, sitio web del Institute for Creation Research, posteado el
dia 28 de enero del 2010. (http://www.itc.org/article/5501/)
[21] Para una discusión adicional de este modelo creacionista de
interpretación de la secuencia fósil, véanse Earth’s Catastrophic Past
de Andrew A. Snelling, vol. 2, pp. 727–44; íd., «Doesn’t the Order of Fossils
in the Rock Record Favor Long Ages?», en The New Answers Book 2, ed. Ken Ham, cap. 31, pp. 341–54; íd.,
«Order in the Fossil Record», Answers, enero–marzo de 2010, pp. 64–68;
Don Batten et al., The Creation Answers Book, cap. 15, pp.
193–200; Ariel A. Roth, Origins: Linking Science and Scripture, pp.
153–77; y Gary Parker, Creation: Facts of Life, pp. 191–213. Para un tratamiento más técnico, véase John
Woodmorappe, Studies in Flood Geology, pp. 23–75 y 177–97.
El Dr. David M.
Raup, paleontólogo de renombre mundial que se desempeñó como curador y decano
de Ciencias en el Field Museum of Natural History de Chicago (que alberga la
mayor colección de fósiles del mundo), ha
admitido que el registro fósil puede interpretarse mediante distintos modelos,
incluso uno basado en la deposición aleatoria de fósiles. En sus palabras:
«El registro
fósil es compatible con una amplia gama de modelos, que abarcan desde enfoques
totalmente deterministas [es decir; en los que las secuencias vienen dadas por
el proceso evolutivo] hasta enfoques completamente estocásticos, [es decir;
donde las secuencias son fortuitas]». (David
M. Raup, «Probabilistic Models in Evolutionary Paleobiology», American
Scientist, vol. 65, n.º 1 [enero–febrero de 1977], p. 57).
Raup,
evolucionista, incluso señala las implicaciones irónicas que esto tiene para
los creacionistas: «En los años posteriores a Darwin, sus defensores esperaban
encontrar progresiones predecibles. En general, estas no se han encontrado; sin
embargo, el optimismo ha sido difícil de erradicar, y cierta fantasía ha terminado infiltrándose en
los manuales… Una de las ironías del debate entre evolución y creación es que
los creacionistas han asumido la idea equivocada de que el registro fósil
presenta una progresión minuciosa y ordenada, y han realizado grandes esfuerzos
para encajar ese “hecho” dentro de su geología del Diluvio» (Raup, «Evolution
and the Fossil Record», Science, vol. 213, n.º 4505 [17 de julio de
1981], p. 289).
[22] Es decir, para impedir la descomposición por bacterias o el ataque de
depredadores. Además, este sedimento debe ser de una profundidad considerable
para evitar que los restos sean dispersados por los procesos naturales.
[23] Charles Darwin, The Origin of
Species. Capitulo 10, págs. 292
y 293. edición facsimilar publicada en 1972 de sexta edición de la misma obra
impresa por J.M. Dent en 1882 en Londres.
[24] El animal que los evolucionistas han citado con mayor frecuencia como
una transición de reptil a ave no es, en realidad, el pterodáctilo, sino Archaeopteryx.
Phillip E. Johnson se pregunta si Archaeopteryx «no es simplemente una
de esas variantes extrañas, como el ornitorrinco actual de pico de pato» (Darwin
on Trial, p. 80); e incluso los evolucionistas Stephen Jay Gould y Niles
Eldredge reconocen que «mosaicos curiosos como Archaeopteryx no cuentan»
como intermediarios graduales en el registro fósil («Punctuated Equilibria: The
Tempo and Mode of Evolution Reconsidered», Paleobiology, vol. 3
[primavera de 1977], p. 147).
Michael Denton
señala que «no cabe duda de que esta ave arcaica no está precedida por una
serie de formas transicionales que partiendo desde un reptil terrestre
ordinario, vayan pasando por diversos tipos planeadores con plumas
progresivamente más desarrollados, hasta alcanzar la condición aviar» (Evolution:
A Theory in Crisis, p. 176).
[25] El celacanto, descubierto en 1938 frente a la costa de Madagascar, se
consideraba estrechamente emparentado con los ancestros inmediatos de los
anfibios. Sin embargo, cuando fue disecado, «sus órganos internos no mostraron
signos de estar preadaptados a un entorno terrestre ni ofrecieron indicio
alguno de cómo podría ser posible que un pez llegara a convertirse en un
anfibio» (Johnson, Darwin on Trial, pp. 76–77; véase también Denton, pp.
157, 179–80).
[26] Gene Edward Veith escribe en la revista World acerca del otrora
muy promocionado escenario de la evolución del caballo:
«El Field Museum
of Natural History [de Chicago] es la fuente de esa exhibición tantas veces
reproducida que supuestamente muestra la evolución del caballo. Pequeños
esqueletos son seguidos por otros ligeramente mayores y cada vez más
“equinizados”, mutando de manera continua hasta llegar al caballo moderno. A
primera vista, esto parece ofrecer una prueba visual vívida de la evolución,
sin eslabones perdidos desde la diminuta criatura parecida a un hurón hasta el
magnífico semental, y así ha sido utilizada en innumerables manuales de
ciencias. Sin embargo, resulta que los animales cuyos esqueletos se disponen de
ese modo no tienen nada que ver entre sí. Representan especies distintas, ramas
diferentes y períodos que se superponen, como incluso los evolucionistas − interpelados
al respecto por críticos del darwinismo − se han visto obligados a admitir. El
Field Museum, en su haber, retiró la vitrina y la sustituyó por una fotografía
de la antigua exhibición, junto con un relato de la controversia». (Gene Edward Veith, «Admitting Its
Mistakes», World, vol. 14, n.º 27 [17 de julio de 1999]).
[27] En una sinopsis de su libro pionero Not by Chance!, el biofísico
Lee Spetner observa: «Si las mutaciones aleatorias pudieran dar
cuenta de la evolución de la vida, entonces habrían tenido que añadir una
enorme cantidad de información al genoma desde la época del primer organismo
hipotético hasta la aparición de toda la vida actual. Si esta vasta cantidad de
información se hubiera construido mediante la acumulación de una larga serie de
mutaciones aleatorias y selección natural, entonces cada una de esos muchos
miles de millones de mutaciones debería haber añadido, en promedio, alguna
información. Sin embargo, tras todos los estudios moleculares realizados sobre
las mutaciones, no se ha encontrado una sola que añada información genética. ¡Todas
pierden información!».
[28] Al decir “por azar”, el padre Serafín se refiere a algo que ocurre sin
una Causa intencional ni un Diseñador inteligente. De acuerdo con la teoría neodarwiniana, el
mecanismo fundamental de la evolución es la selección natural que actúa junto
con ciertas mutaciones que se dan por azar.
[29] El sistema de desintegración del
uranio fue el primer método radiométrico empleado históricamente, y además con
el que se han calibrado los otros, y constituye el principal apoyo de la idea
ampliamente aceptada de que la Tierra tiene 4,6 mil millones de años.
[30] Como escribe William B. N. Berry en
su libro Growth of a Prehistoric Time Scale:
«La evolución es,
por tanto, la base misma de la escala del tiempo geológico, aunque la escala en
sí fue construida antes de que Darwin y Wallace presentaran su sistema de
selección natural al mundo científico». (William B. N. Berry, Growth of a Prehistoric Time Scale, pág 42.
ed. W.H. Freeman, San Francisco,
Estados Unidos. 1968.)
La columna
geológica y las edades aproximadas de todos los estratos que contienen a los
fósiles también fueron elaboradas conforme a la teoría evolucionista mucho
antes de que siquiera se oyera hablar de la datación radiométrica. Cualquier
libro científico objetivo sobre el tema le dirá que es un requisito
indispensable el aceptar la teoría de la evolución en aras de asignarle cifras
absolutas a los años de los distintos estratos.
Por lo tanto, se
trata de otro argumento circular. La teoría de la evolución no queda demostrada
por los “millones de años”, porque los millones de años dependen de la teoría
de la evolución. Si la evolución no es verdadera, no hay necesidad de millones de
años.
[31] El evolucionista William B. N. Berry escribe
acerca de las suposiciones uniformitaristas no probadas en las que se apoyan
los sistemas de datación radiométrica y, en efecto, todos los aspectos de la
geología y la paleontología evolucionistas:
«Todos los
fenómenos relacionados con la historia pasada de la Tierra dependen, para su
interpretación, del principio de uniformidad de los procesos de la naturaleza a
lo largo del tiempo. Todo, desde la interpretación de conchas preservadas en
las rocas como restos de organismos que alguna vez vivieron, hasta el
establecimiento del paso del tiempo mediante el uso de las tasas de
desintegración de isótopos inestables como el potasio-40 y el carbono-14,
depende de este principio. Por ejemplo, el método del carbono-14 depende de
este principio tal como se expresa en las suposiciones de que la radiación
cósmica ha tenido la misma intensidad al menos durante los últimos 35.000 años
(el lapso de tiempo para el cual este método es más eficaz), y de que la tasa de
desintegración del carbono-14 ha sido siempre la misma que la actual.
Evidentemente, sin un principio de uniformidad en los procesos naturales, las
determinaciones de edad basadas en la desintegración del carbono-14 ni siquiera
podrían ser consideradas.» William B. N. Berry, Growth of a Prehistoric Time Scale, pág 23. ed.
W.H. Freeman, San Francisco,
Estados Unidos. 1968.
[32]Un hecho llamativo para los creacionistas desde
finales de los años setenta − a raíz del desarrollo de la espectrometría de
masas con acelerador (AMS) − ha sido la detección de carbono-14 en capas
geológicas con fósiles que se consideran de cientos de millones de años. Dado
que el C-14 se desintegra con una vida media de solo 5.700 años, cualquier
material que contenga carbono y tenga más de 100.000 años debería haber perdido
todo su C-14 medible. Por ello, encontrar C-14 en materiales supuestamente muy
antiguos pone seriamente en cuestión la idea de edades geológicas
extremadamente largas.
Véase: Thousands…
Not Billions de Don DeYoung, pp. 45–62; para un tratamiento más exhaustivo
y técnico, véase Radioisotopes and the Age of the Earth, vol. 2, de
Larry Vardiman et al., pp. 587–630 Véanse también los comentarios del geólogo
Alexander Lalomov sobre la presencia de C-14 en yacimientos petrolíferos que se
presumen de millones de años de antigüedad, p. 878 infra.
[33] Por lo general, únicamente las rocas ígneas y metamórficas pueden
fecharse con métodos radioisotópicos. Las rocas sedimentarias, en cambio, están
constituidas por fragmentos de rocas u otros materiales que se formaron en
lugares distintos, fueron erosionados o disueltos y más tarde se depositaron en
su ubicación actual, cualquier datación radioisotópica aplicada a ellas carece
de precisión.
[34] Esta es una gran suposición. «El argón-40 es un isótopo muy común en la
atmósfera y en las rocas de la corteza terrestre. De hecho, el argón es el
duodécimo elemento químico más abundante de la Tierra, y más del 99 % de él es
argón-40. No existe ningún método físico ni químico para determinar si una
muestra dada de argón-40 es el residuo de una desintegración radiactiva o si ya
estaba presente en las rocas cuando estas se formaron» (Richard Milton, Shattering
the Myths of Darwinism, p. 47).
[35] Por ejemplo, se comprobó que rocas ígneas que se sabe se formaron hace
menos de 200 años en el Volcán Kīlauea (Hawái) arrojaban edades potasio-argón
de hasta 21 millones de años, mientras que rocas formadas hace menos de 1.000
años en el mismo volcán fueron datadas con edades de hasta 43 millones de
años (C. S. Noble y J. J. Naughton, “Deep Ocean Basalts: Inert Gas Content
and Uncertainties in Age Dating”, Science, vol. 162, n.º 3850 [11 de
octubre de 1968], p. 265; y G. B. Dalrymple y J. G. Moore, “Argon 40: Excess in
Submarine Pillow Basalts from Kilauea Volcano, Hawaii”, Science, vol.
161, n.º 3846 [13 de septiembre de 1968], pp. 1132–35).
Asimismo, coladas
de lava de cincuenta años de antigüedad en el Monte Ngauruhoe, en Nueva
Zelanda, produjeron “edades modelo” de hasta 3.5 millones de años.
[36] Estudios más recientes han indicado una edad máxima de 62 millones de
años. Véase Steven A. Austin y D. Russell Humphreys, «The
Sea’s Missing Salt: A Dilemma for Evolutionists», en Proceedings of the
Second International Conference on Creationism, vol. 2 (1991), pp. 17–33.
[37] Véase J. P. Riley y G. Skirrow, editores. Chemical
Oceanography, vol. 1 (1965) pág. 164.
[38] Teniendo en cuenta la tasa de escape del helio desde la atmósfera hacia
el espacio, estudios más recientes establecen dos millones de años como límite
superior para la edad de la atmósfera, lo cual sigue siendo dos mil veces menor
que la presunta edad de la Tierra. En 1987,
J. W. Chamberlain, astrónomo de la NASA y especialista en atmósferas
planetarias, afirmó que este problema «no desaparecerá y permanece sin
resolver» (Chamberlain y Hunten, Theory of Planetary Atmospheres, 2.ª
ed., p. 372). Véase Larry Vardiman, The Age of the
Earth’s Atmosphere (1990), y John Morris, The Young Earth (2007),
pp. 87–89.
[39] Melvin A.
Cook, “Where Is the Earth’s Radiogenic Helium?” Nature, vol. 179 (26 de
enero, 1957), pág 213 y Henry Faul, Nuclear Geology (1954)
[40] John Randall, The
Making of the Modern Man, Houghton Mifflin Co., 1926, Boston, pág. 489. [Nota de Traductor – Extraído de la versión en
castellano de la misma obra citada por el padre Serafín Rose al inglés. La
formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina 496. Editorial
Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]
[41] Ibid. pág. 490
[Nota de Traductor
– Extraído de La formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina
497. Editorial Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]
[42] Ibid. pág. 493
[Nota de Traductor
– Extraído de La formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina
500 y 501. Editorial Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]
[43] Orthodox
Observer, 8 de agosto de 1973.
[44] San Gregorio
el Teologo, Homilia 44, On New Week, Spring, and Commemoration of the Martyr
Mamas: «Si el hombre
apareció en el mundo en último lugar, honrado por la obra y la imagen de Dios,
esto no tiene nada de sorprendente, pues para él, como para un rey, debía
prepararse primero la regia morada, y sólo entonces debía ser introducido el
rey, acompañado de todas las criaturas»
[45] San Gregorio
de Nisa, Dialogo sobre el alma y la
resurrección, 55
[46] San Basilio, Hexameron,
V, 10. pág. 82. The Fathers of the Church, vol. 46. Washington, D.C.:
The Catholic University of America Press, Estados Unidos. 1963. [Nota de traductor – Hemos extraído este pasaje
de la versión en castellano del Hexameron de san Basilio. Véase: san
Basilio el Grande, Hexamerón. Homilías sobre los Seis Días de la Creación.
pág. 87, traducción del Dr. Horacio Boló. editado por la Diócesis de Buenos
Aires, Sur y Centro America de la Iglesia Católica Apostólica del Patriarcado
Serbio, Buenos Aires, Argentina. 2017]
[47] San Basilio, Hexameron,
V, 5-6. pág. 74 . [N. de T. – Extraído de la antemencionada edición al
castellano del Hexamerón de san Basilio, pagina 79 y 80]
[48] Ibid, IX, 2,
pág. 137 [N. de T. – fragmento
extraído de la edición al castellano, véase san Basilio el Grande, Hexamerón.
Homilías sobre los Seis Días de la Creación. págs. 138 y 139]
[49] San Juan Damasceno, Writings. Orthodox Faith,
II, pág. 235. The Fathers of the Church, vol. 37. Washington, D.C.: The
Catholic University of America Press, Estados Unidos 1958.
[50] St. Gregory of Nyssa, On the Soul
and the Resurrection; On the Making of Man; On Virginity; Against Eunomius;
Answer to Eunomius’ Second Book. On the
Making of Man, Capitulos
28, 29, págs. 419 a 421. Nicene and Post-Nicene Fathers, second series, vol. 5. Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos, reeditado
en 1983. [Nota de Traductor – Extraído de la traducción al castellano Sobre la
creación del hombre, de san Gregorio de Nisa, pagina 115. Amazon Kindle
Published. 2026]
[51] Ibid.
[52] San Atanasio el Grande, The Nicene and Post-Nicene Fathers, Second
Series, vol. IV: Athanasius; “Four Discourses Against the Arians,
Discourse II”, [Cuatro discursos contra los arrianos, Discurso II] Wm. B.
Eerdmans Publishing Co., Grand Rapids, Michigan, 1980, p. 375: «Pues, aunque
solo Adán fue formado de la tierra, sin embargo, en él estaba implicada la
sucesión de toda la raza»
[53] San Gregorio
el Teólogo, Oration 38: On the Theophany, or the
Nativity of the Savior, §12, en Nicene and Post-Nicene
Fathers, Second Series, Vol. 7, ed. Philip Schaff y Henry Wace (Buffalo, Nueva
York: Christian Literature Publishing Co., 1894), p. 348.
[54] San Gregorio Palamas, The Triads (In Defense
of the Holy Hesychasts), II.2.21–22, ed. y trad. por John Meyendorff
(Mahwah, NJ: Paulist Press, 1983), pp. 430–432.
[55] Pierre Lecomte du Noüy, Human Destiny (Nueva
York: Longmans, Green and Co., 1947), p. 167.
[56] Ibid., pág. 177.
[57] Ibid., pág. 104.
[58] Ibid., pág. 112.
[59] San Isaac el Sirio, Ascetical
Homilies, Homilía 21 (ed. rusa: Tvoreniya, p. 109); cf. Homilía 37 en la trad.
en inglés del Holy Transfiguration Monastery, The Ascetical Homilies of St.
Isaac the Syrian (Boston, MA, 1984), p. 180.
[60] Pierre Lecomte du Noüy, Human Destiny. 113.
[61] Ibid., pág. 197.
[62] Ibid., pág. 133.
[63] Ibid., pág. 224.
[64] padre Anthony Kosturos, “Questions and Answers” [Preguntas y respuestas]
The Orthodox Observer, 6 de febrero, 1974.
[65] padre Anthony Kosturos, “Questions and Answers” [Preguntas y respuestas]
The Orthodox Observer, 20 de febrero de 1974
[66] N. de T. – Conviene aclarar que las citas que se presentan a
continuación son en realidad de un resumen que realizó la revista Theology
Digest de un artículo de Karl Rahner titulado Pecado Original y
evolución. Este articulo en cuestión puede consultarse en castellano ya que
fue traducido y publicado por la revista Concilium, número 26;
“Cuestiones Fronterizas”, Ediciones Cristiandad, Madrid, España. 1967, páginas
400 a 414.
[67] Theology Digest.
Volumen 21, numero 1. “Original Sin,
Polygenism, and Freedom” [Pecado Original, Poligenismo y Libertad] Primavera de
1973.
[68] Ibid.
[69] Ibid.
[70] Ibid.
[71] Trooster, Stephanus, S.J. Evolution and the Doctrine of Original Sin.
páginas 2 y 3. traducido al ingles por John A. Ter Haar, Newman Press. Glen
Rock, New Jersey. Estados Unidos, 1968.
[72] Ibid., pág. 18.
[73] Ibid.
[74] Ibid., pág. 130.
[75] Ibid., pág. 44.
[76] Ibid., pág. 54-55 y 132.
[77] En otro texto del padre Serafin Rose que se trata de una carta que él le
escribiera en su momento al Dr. Alexander Kalomiros y que fue recopilado en la
obra Genesis, Creation, and Early Man y titulado como The Patristic
Doctrine of Creation [La Doctrina Patrística de la Creación], el padre
Serafin desarrolla en un fragmento de la mencionada carta más en profundidad al
respecto de la escolástica:
«La tradición
escolástica católica romana, incluso en el apogeo de su esplendor medieval, ya
enseñó una falsa doctrina de hombre, y una que indudablemente allanó el camino
para la última aceptación del evolucionismo, primero en el apóstata Occidente,
y luego en las mentes de los cristianos ortodoxos que no son suficientemente
conscientes de su tradición patrística y que así, han caído bajo esta extraña
influencia. De hecho, la enseñanza de Tomás de Aquino, a diferencia de la
enseñanza patrística ortodoxa, en su doctrina del hombre es muy compatible con
la idea de evolución que defiendes.
Tomás de Aquino
enseña que:
“En efecto, su
cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural
impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese
unida a Dios.”
(Summa
Theologiae, I, q. 97, a. 1)
De nuevo:
“Pertenece al hombre engendrar hijos, a causa de su cuerpo natural y corrupto”
(Summa Theologiae, I, q. 98, a. 1).
Y de nuevo:
“En efecto, su
cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural
impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese
unida a Dios. Esto fue razonablemente otorgado. Pues, porque el alma racional
supera la proporción de la materia corporal, como dijimos (q.76 a.1), era
necesario que desde el principio le fuese dada una virtud por la que pudiese
conservar el cuerpo por encima de la naturaleza material corporal.” (Summa
Theologiae, I, q. 97, a. 1)
Y además:
“La virtud de
preservar el cuerpo de corrupción no era natural al alma, sino un don de la
gracia. Aun cuando recuperara la gracia por la remisión de la culpa y para el
merecimiento de la gloria, no así para el efecto de la inmortalidad. Esto se
reservaba a Cristo, quien repararía sobreabundantemente los defectos de la
naturaleza, como veremos más adelante (3 q.14 a.4 ad 1).” (Summa Theologiae,
I, q. 97, a. 1, ad 3)
Esta última cita
muestra claramente que Tomás de Aquino no sabe que la naturaleza del hombre fue
cambiada después de la transgresión. Tan lejos está Tomás de Aquino de la
verdadera visión ortodoxa del primer mundo creado que sólo lo entiende, así
como lo hacen los modernos “evolucionistas cristianos”, desde el punto de vista
del mundo caído; y así es forzado a creer, en contra del testimonio de los
santos padres ortodoxos, que Adán durmió naturalmente en el paraíso y que
expulsó materia fecal, como signo de corrupción:
“Algunos dicen
que en este estado de inocencia el hombre no habría tomado más que el necesario
alimento, para que no hubiera tenido nada superfluo. Esto, sin embargo, es
inadmisible de suponer, pues dan a entender que no habría habido materia fecal.
Por eso había necesidad de expulsar el excedente, y sin embargo dispuesto por
Dios para no ser impropio” (Summa Theologiae, I, q. 97, a. 3, ad 4)
¡Cuán débil es la
visión de los que intentan entender la creación de Dios y el paraíso cuando su
punto inicial en su observación cotidiana es el presente mundo caído!» fr. Seraphim, Rose, Genesis,
Creation, and Early Man pág. 493. Segunda edición. St. Herman of Alaska Brotherhood. Platina,
California, Estados Unidos. 2011.
[78] San Simeon el Nuevo Teólogo, Homilía 45.3, en Slova
prepodobnago Simeona Novago Bogoslova, vol. 1 (Moscú:
[ed. no indicada], [año no indicado]), p. 378; cf. The Discourses,
trad. Holy
Transfiguration Monastery (Boston, MA, 1980), p. 100.
[79] Theodosius Dobzhansky. “Evolution: God’s Method
of Creation”. Concern, Primavera.
1973.
[80] Ibid.
[81] Theodosius Dobzhansky. “On human life”, St.
Vladimir’s Theological Quarterly, vol. 17, números 1-2. pág. 102. (1973)
[82]Teilhard de Chardin. Letters from
a Traveller. pág. 152. ed. Harper & Row, Nueva York y Evanston. 1962. [Nota de Traductor – La frase citada no
constituye una cita textual, sino una paráfrasis de un pasaje de la parte
especifica que el padre Serafin Rose extrajo de la obra de Pierre Teilhard de
Chardin del cual él ha trasmitido exactamente su mismo sentido]
[83] F. Clark Howell, “Early Man,” New Scientist, vol. 25, no. 435 (25 de
marzo de 1965), p. 798: “Una de las principales dificultades es que los cráneos
fósiles humanos realmente significativos son excepcionalmente raros: todo lo
que se ha encontrado hasta la fecha podría caber en un ataúd grande. Todo lo
demás debe atribuirse a otra cosa”
[84] Cf. Giordano Bruno, citado en John Herman Randall Jr., pág. 243
[85] Emerson, Ralph Waldo. The Selected Writings
of Ralph Waldo Emerson. pág. 38. Atkinson, Brooks, ed., The Modern Library,
New York, Random House, 1968, 1992.
[86] St. Vladimir’s Theologican Quarterly, Vol. 17, pág. 100. 1973.
[87] Concern, Primavera,
1973. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de
Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de Chardin; El
fenómeno humano. págs. 222 y 223. Taurus Ediciones. Barcelona, España. 1974]
[88]Chardin, Teilhard de Chardin, Christianity and Evolution. pág.
99. Harcourt Brace Jovanovich, Inc., Nueva York, A Harvest Book, 1969.
[89] Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, págs. 154 y 155. Harper
& Row editores, Nueva York,
1960
[90] N. de T. – La cita extraída pertenece al
sacerdote jesuita Pierre Leroy prologuista de la edición en inglés de la obra
de Teilhard de Chardin Le milieu divin [El medio divino], The Divine
Milieu en inglés, en la que parafrasea a su maestro Teilhard en una parte
del prólogo que realizó.
Véase; Pierre
Leroy, S.J. “Teilhard de Chardin: The Man” [Teilhard de Chardin: El hombre],
prólogo a The Divine Milieu. traducido al inglés por Bernard Wall.
Harper & Row editores, Nueva York, Estados Unidos. 1960.
[91] de Chardin, The Divine Milieu, págs. 60 y 61. Harper & Row
editores, Nueva York, Estados Unidos. 1960: «cada hombre, en el curso de su
vida presente, no sólo ha de mostrarse obediente y dócil. Por su fidelidad debe
construir comenzando por la zona más natural de sí mismo una obra, un opus, en
la que entre algo de todos los elementos de la Tierra. A lo largo de todos sus
días terrestres, el hombre se hace su alma; y a la vez colabora a otra obra, a
otro opus, que desborda de modo infinito, al mismo tiempo que las domina
estrechamente, las perspectivas de su éxito individual: la culminación del
Mundo. Porque tampoco hay que olvidar esto al presentar la doctrina cristiana
de la salvación: en su conjunto, es decir, en la medida en que constituye una
jerarquía de almas – que no aparecen sino sucesivamente, que no se desarrollan
sino colectivamente, que no se terminarán sino unitariamente – , el Mundo
también experimenta una especie de vasta “ontogénesis” con respecto a la cual
el desarrollo de cada alma, a favor de las realidades sensibles, es sólo un
armónico reducido» [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano
de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le milieu divin: Teilhard de
Chardin; El medio divino. págs. 48 y 49. Taurus Ediciones. Madrid,
España. 1965]
[92] Cita de la obra de Robert Speaight Teilhard de Chardin: A Biography,
pág. 27. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1967.
[93] Teilhard de Chardin, Human Energy, pág. 110. ed. Collins, Londres,
Inglaterra. 1969.
[94] Frank N.
Magill (ed.), Masterpieces of Catholic Literature, vol. 2, pág. 1054. ed
Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1965.
[95] Teilhard de
Chardin, Hymn of the Universe. pág 11. Harper & Row, Nueva York,
1965. [N. de T. – fragmento
extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Hymne
de l’univers: Teilhard de Chardin; Himno del Universo. pág. 120.
Taurus Ediciones. Madrid, España. 1967]
[96] Teilhard de Chardin, Hymn of the Universe. pág. 115. Harper
& Row, Nueva York, Estados Unidos. 1965. [N. de T. – fragmento extraído de
la versión al castellano antemencionada: Teilhard de Chardin; Himno del
Universo. pág. 121]
[97] Teilhard de
Chardin, The Divine
Milieu. pág. 36. Wm.
Collins Sons & Co., London, and Harper & Row, Nueva York, Estados
Unidos. 1960.
[98] Teilhard de Chardin, Human Energy, pág. 110.
[99] Cita extraída del libro de Henri de Lubac, Teilhard Explained. pág
61. Paulist Press,
Nueva York, Estados Unidos. 1968.
[100] Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man.
pág. 297. Harper & Row, Nueva
York, Estados Unidos. 1959. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano
de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de
Chardin; El fenómeno humano. pág. 299. Taurus Ediciones. Barcelona,
España. 1974]
[101] Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, pág. 155. Harper &
Row, Nueva York, Estados Unidos. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al
castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio
divino. pág. 179. Taurus Ediciones. Madrid, España. 1965]
[102] Teilhard de Chardin, Hymn of the Universe. pág. 34. Harper &
Row, Nueva York, Estados Unidos. 1961.
[103] de Chardin, The Divine Milieu, págs. 125-126. Harper & Row,
Nueva York, Estados Unidos. 1960. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al
castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio
divino. pág. 134.]
[104] Pierre Teilhard de Chardin, Christianity and
Evolution, pág. 130, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, Estados Unidos.
1969.
[105] Frank N. Magill
(ed.), Masterpieces of Catholic Literature, pág. 1021, Harper & Row,
Nueva York, Estados Unidos. 1964.
Véase también; Pierre Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, pág. 15 y
la obra de Teilhard de Chardin, Let Me Explain, p. 104, Harper &
Row, San Francisco, Estados Unidos. 1966.
[106] Thomas Corbishley, The Spirituality of
Teilhard de Chardin, pág 100, Paulist Press. Nueva York, Estados Unidos. 1971.
Teilhard de
Chardin en su obra Christianity and Evolution, escribiría: «Todo parece
indicar que, si el cristianismo está en verdad destinado a ser, tal como
profesa y como es consciente de ser, la religión del mañana, sólo a través del
eje vivo y orgánico de su catolicismo romano puede esperar estar a la altura de
las grandes corrientes humanistas modernas y llegar a unificarse con ellas»; Pierre Teilhard de Chardin, Christianity and
Evolution, pág. 168. A
Harvest Book, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, Estados Unidos. 1969.
[107] de Chardin, Teilhard, Science and Christ.
pág. 164. ed. Collins, Londres, Inglaterra, 1968. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al
castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Science et Christ: Teilhard
de Chardin; Ciencia y Cristo. págs. 190 y 191. Taurus Ediciones. Madrid,
España. 1968]
[108] Robert Speaight. Teilhard de Chardin: A Biography. pág. 266. ed.
Collins, Londres, Inglaterra. 1967.
[109] de Chardin, The Divine Milieu, pp. 150–151, Harper & Row,
Nueva York, Estados Unidos. 1960. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al
castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio
divino. pág. 170]
[110] Speaight, pág. 337.
[111] de Chardin, Teilhard, The Divine Milieu,
p. 151. [N. de T. – fragmento
extraído de la versión al castellano antemencionada de la obra de Pierre
Teilhard de Chardin; El medio divino. pág. 171]
[112] de Chardin, Teilhard, Science and Christ,
p. 169. [N. de T. – fragmento
extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Science
et Christ: Teilhard de Chardin; Ciencia y Cristo. pág. 196]
[113] de Chardin, Teilhard. The Future of Man.
pág. 304. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1965.
[114] de Chardin, The Phenomenon of Man. pág.
297. Harper & Row editores. Nueva
York, Estados Unidos. 1955. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano
de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de
Chardin; El fenómeno humano. págs. 298. Taurus Ediciones. Barcelona,
España. 1974]
[115] Pierre Teilhard de Chardin, Building the Earth, pp. 119–120,
Dimension Books, Wilkes-Barre, Pensilvania, Estados Unidos. 1965.
[116] Ibid., pp. 124-125.
[117] Ibid., p. 27.
[118] Ibid., p. 28.
[119] Ibid., pp. 34-35.
[120] Ibid., p. 38.
[121] Ibid., pp. 43-45.
[122] Ibid., p. 52.
[123] Ibid., p. 54.
[124] Ibid., p. 59.
[125] Ibid., p. 60.
[126] Ibid., p. 67.
[127] Ibid., p. 111.
[128] Ibid., p. 97.
[129] Ibid., pp. 98-99.
[130] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de
Estudiantes Rusos), no. 95–96, p. 32, Paris, Francia, 1970.
[131] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de
Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 110–111, Paris, Francia, 1972.
[132] Ibid.
[133] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de
Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 111–132, 1972.
[134] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de
Estudiantes Rusos), no. 106, p. 128.
[135] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de
Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 124–125.


