Vida y conducta de aba Simeón, llamado «Loco por causa de Cristo», escrita por Leoncio, reverendo obispo de Neápolis de la isla de Chipre
<Prólogo>
[121] Quienes se afanan en perseguir el honor de enseñar a otros deben partir de su propia vida para ilustrar sus enseñanzas y presentarse a sí mismos ante todos como modelo de vida virtuosa e inspirada por Dios, de acuerdo con la palabra divina que dice: «Que vuestra luz brille ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos» <Mt 5.16>; que no les ocurra que, por querer reprender, corregir y guiar a otros antes que enseñarse y purificarse a sí mismos por la práctica de los mandamientos divinos, se les olvide llorar su propia condición de muertos mientras se preocupan por la del prójimo, y se cumpla a costa suya aquella palabra veraz, tan apropiada para ellos, que dice: «Quien no haga lo que enseña, será tenido por el más insignificante en el reino de los cielos» <Mt 5.19>, y también: «¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano» <Mt 7.5>. Por eso dice así el sabio autor de los Hechos de los apóstoles sobre nuestro Dios y Maestro, grande y verdadero: «...todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» <Hch 1.1>. Y también Pablo, el gran vaso de la elección, al reprender a los romanos, escribió: «Entonces tú, que enseñas al prójimo, ¿no te enseñas a ti mismo?» <Rm 2.21>, y así sucesivamente.
Ahora bien, como nosotros, que arrastramos por doquier las pasiones del pecado, no podemos servirnos de nuestra propia existencia para impartir un magisterio que sea imagen y modelo de un género de vida basado en la virtud, ¡ea!, recurriremos a la labor espiritual y a los sudores de otros para revelaros hoy un alimento que no perecerá jamás, sino que conducirá nuestras almas a la vida eterna <Jn 6.27>.
Así como el pan fortalece el cuerpo, así también muchas veces la palabra de Dios despierta presurosamente las almas a la virtud, sobre todo las de los más negligentes y despreocupados en lo relativo a la práctica de los mandatos divinos. [122] En efecto, las personas devotas y consagradas a Dios en su pensamiento tienen suficiente con su conciencia como fundamento de la enseñanza —aquélla les aconseja todo lo bueno y les disuade de todo lo malo-, y las que son más sencillas precisan sólo de la recomendación y el fundamento de la ley escrita; pero los que se apartan de estos dos caminos conducentes a la virtud, necesitan contemplar con sus propios ojos o escuchar en algún relato ejemplos de devoción y diligencia de otros, para poder despertarse ante el anhelo de Dios, quitarse de encima el sueño del alma, recorrer la senda estrecha y angosta <Mt 7.14>, y comenzar ya la vida eterna. Y es que depende de nosotros, está a nuestro alcance, o bien despreciar las cosas presentes como perecederas por anhelo de los bienes futuros, o bien perder bienes sin límites por anhelo y deseo de las cosas presentes.
Y que es verdad lo dicho lo testimonian todos los hombres que desde siempre han complacido a Dios, partícipes también ellos de nuestra naturaleza, y sobre todo los que en nuestra generación han brillado como luminarias. Uno de ellos fue precisamente este sapientísimo Simeón, sin duda más digno de veneración que la mayoría, porque llegó a tal grado de pureza y de impasibilidad que, por allí donde los individuos más apasionados y carnales creían que había polución, daño e impedimento para una vida encaminada a la virtud, por allí —me refiero a la vida en la ciudad, al trato con las mujeres y a los demás engaños de este mundo— pasó este ser purísimo sin mancharse, como una perla a través del barro. Además, hizo verdaderos esfuerzos por mostrar a los más negligentes, supuestamente incapaces de llevar una vida virtuosa, la fuerza que otorga Dios a los que le sirven lealmente y con toda su alma en la lucha contra los espíritus del mal.
A todos los que escuchéis o leáis este relato que os ofrecemos sobre una forma de vida angélica, os rogamos que prestéis atención a nuestras palabras con temor al Señor y con la fe inquebrantable que conviene a los cristianos verdaderos. Sabemos, en efecto, que a los más insensatos y despreciativos nuestras palabras les parecerán increíbles o ridículas. Si éstos hubieran oído al que dijo: «Quien quiera ser sabio en este tiempo, que se haga necio para llegar a ser sabio» <1 Co 3.18> y también: «Nosotros somos necios por causa de Cristo» <1 Co 4,10> y [123] «la necedad de Dios es más sabia que los hombres» <1 Co 1.25>, no considerarían ridículos los logros conseguidos por este auténtico atleta, sino que los admirarían en mayor grado y con más intensidad que los alcanzados por los que siguen las demás formas de practicar la virtud.
Sí, porque fue al encuentro del mundo sin necesidad ya de entrenamiento ni de supervisor, como algunos soldados que vemos en el frente de batalla, cuando todo el ejército está firme y unido; confiando en su propia fuerza —o más bien, en la de Dios—, en las armas que los protegen y en su larga y variada experiencia militar, saltan fuera de las filas del ejército, aunque estén solos, en busca de un combate singular contra el enemigo. Eso es lo que hizo también él. Cuando supo entablar su hermoso combate con destreza y según las reglas; cuando se vio armado por el poder del Espíritu; cuando adquirió incluso el poder de andar sobre serpientes y escorpiones <Lc 10.19>; cuando apagó el ardor de la carne con el rocío del Espíritu Santo; cuando escupió a toda la molicie y gloria de esta vida como a una araña (¿y qué más se puede decir?); cuando, mediante su humildad, se cubrió de impasibilidad por dentro y por fuera, como con un manto; y, finalmente, cuando se hizo digno de ser adoptado como hijo según la palabra del Cantar de los Cantares sobre el alma pura e impasible («Toda hermosa», dice Cristo al alma, «toda hermosa eres tú, que estás junto a mí, y en ti no hay tacha» <Ct 4.7>), entonces también él salió corriendo fuera del desierto al encuentro del mundo, como en busca de un combate singular contra el diablo, siguiendo la llamada divina, Y es que no consideraba justo que quien había sido tan honrado y ensalzado por Dios despreciara la salvación de sus congéneres. Antes bien, se acordó de Aquel que dijo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» <Lc 10.27>; de Aquel que ni siquiera rechazó como algo indigno revestir la condición de esclavo para, sin cambiar de naturaleza, salvar al esclavo <Flp 2.6-7>. Y así, teniendo esto presente, decidió imitar también él a su Señor y consagrarse de verdad en cuerpo y alma a salvar al prójimo.
Pero ante todo es menester que os relatemos la forma en que abandonó el desierto para volver al mundo; después vendrá el relato de su extraordinario y admirable género de vida.
<Primera parte: Simeón en el desierto>
<Peregrinación a Jerusalén y huida al desierto>
[124] Durante el reinado del difunto emperador Justiniano, los cristianos devotos de Cristo que deseaban adorar los Santos Lugares de Jerusalén acudían allí, según era costumbre, durante la fiesta de la Elevación de la preciosa, vivificante y venerable Cruz (todos los que suelen estar presentes durante esta fiesta santa y digna de toda alabanza saben que, procedentes de casi todo el mundo habitado, se concentran allí multitudes devotas de la Cruz y profundamente cristianas). Una vez, en esta célebre fiesta, se conocieron por disposición divina dos jóvenes originarios de Siria. Uno se llamaba Juan; y el otro, Simeón. Después de pasar allí unos días, y dado que ya había acabado la santa fiesta de Dios, cada uno de los dos se dispuso a marchar a su respectiva ciudad. Pero como tenían buen trato entre ellos y se querían, en vez de separarse inmediatamente caminaron juntos de vuelta a casa, en compañía de sus padres. Juan tenía un padre anciano, pero madre no, y se había casado ese mismo año; contaba veintidós años. Simeón, por su parte, no tenía padre, sólo una madre muy mayor ya, de unos ochenta años, y nadie más en absoluto.
Viajaban todos juntos cuando, tras bajar la cuesta de Jericó y atravesar la ciudad, Juan vio los monasterios situados en torno al santo Jordán.
—¿Sabes quiénes viven en esas casas que hay frente a nosotros? —le pregunta en lengua siríaca a Simeón.
—¿Quiénes?
—Ángeles de Dios.
—¿Podemos verlos? —le pregunta Simeón, admirado.
—Si nos hacemos de ellos, sí.
Iban los dos montados a caballo, pues sus padres eran muy ricos. Así que descabalgaron inmediatamente y dieron los caballos [125] a sus criados.
—Adelantaos —les ordenaron, fingiendo que querían hacer de vientre. Se encontraban casualmente en la desviación que lleva al santo Jordán; situados allí, dice Juan a Simeón, señalando con el dedo:
Mira: el camino que conduce a la vida y le muestra el camino del santo Jordán—. Y mira allí: el camino que conduce a la muerte —y le muestra la vía pública, por la que se habían adelantado sus padres—. ¡Venga!, vamos a rezar y luego nos pondremos cada uno en un camino para echar a suertes; a quien le toque, ¡iremos por su camino!
Se arrodillaron y suplicaron entre gemidos:
—¡Oh Dios, Dios, Dios!, Tú que quieres salvar a todo el mundo, manifiesta tu voluntad a estos esclavos tuyos.
Echaron a suertes y Simeón sacó diez más que Juan. Y como estaba en el camino que llevaba al santo Jordán, se pusieron más que alegres. Se olvidaron, como sueño, de todas sus posesiones y de sus padres y se besaron entre abrazos. Estaban, además, perfectamente instruidos en las letras griegas y adornados. de mucho entendimiento.
Todo esto se lo relató el virtuoso Simeón a un habitante de Émesa, que fue precisamente el lugar donde se hizo pasar por loco; era un diácono de la santa catedral de dicha ciudad, un hombre admirable y virtuoso que, por la divina gracia que le asistía, comprendió el género de vida del bendito Simeón. Éste hizo por él un milagro prodigioso que recordaremos a su debido momento. El caso es que el mencionado Juan, este virtuoso diácono grato a Dios, nos relató a nosotros casi toda la vida del sapientísimo Simeón, poniendo al Señor por testigo de sus palabras y de que no había añadido nada por escrito a su relato, sino que más bien se había olvidado de la mayor parte de las cosas por el tiempo transcurrido.
Mientras descendían por el camino que los conducía verdaderamente a la vida, nos dijo Juan el diácono, se los podía ver exultantes y corriendo, como Pedro y Juan cuando fueron a la sepultura vivificante del Señor; se exhortaban mutuamente con ardor, se daban ánimos. Sí, porque Juan temía que la compasión [126] que sentía Simeón por su madre frenara su ímpetu, mientras que éste, a su vez, tenía miedo de que el amor de Juan a su esposa le hiciera volver a ella como un imán. De ahí que uno y otro se dirigieran palabras de consejo y consuelo.
—No te abandones, hermano Simeón —decía Juan—, pues tenemos puesta en Dios la esperanza de volver a nacer en el día de hoy. Aquellas vanas posesiones obtenidas en nuestra vida, aquella riqueza nuestra, ¿de qué podrían servirnos en el día del Juicio, a no ser para perjudicarnos? Además, ni la juventud ni la belleza que adornan nuestros cuerpos resistirán hasta el final sin marchitarse, sino que con el tiempo, a consecuencia de la vejez, o antes de tiempo, a consecuencia de la muerte, perecerán y se extinguirán.
A estos y muchos más razonamientos de Juan, respondía Simeón con otros e intentaba convencerle de las mismas cosas.
—Yo, hermano Juan —decía—, no tengo padre ni hermanos ni hermanas, sólo a aquella humilde anciana que me dio a luz, pero no considero mi sufrimiento tan grande como el temor que siento por tu corazón, no sea que la pasión por la mujer con la que te acabas de casar te aparte de este camino, que es el bueno.
<Simeón en el monasterio>
Mientras se intercambiaban estos y otros razonamientos, llegaron al monasterio llamado de aba Gerásimo. Y es que antes habían hecho esta súplica: «Señor Dios, ¡que encontremos abierta la puerta del monasterio en el que tú ordenas que renunciemos al mundo!». Y precisamente fue esto lo que ocurrió.
Había en ese monasterio un varón admirable llamado Nicón, que en verdad se había buscado un género de vida acorde con su nombre, pues vencía a todo batallón demoníaco; brillaba por sus milagros y prodigios y, como había sido honrado por Dios con el don de la profecía, conoció con antelación la llegada de estos benditos. Según dijo, el día en que llegaron había visto en sueños a alguien que le ordenó:
—Levántate y abre la puerta del rebaño para que entren mis ovejas —y eso fue justamente lo que hizo.
Llegaron pues y vieron la puerta abierta y a Nicón sentado y esperándolos.
—Buena señal, hermano, mira: ¡la puerta abierta y el portero sentado! —dijo Juan a Simeón.
—¡Bienvenidas sean las ovejas de Dios! —les dijo el higúmeno cuando se acercaron. Y añadió inmediatamente, dirigiéndose a Simeón—: ¡Bienvenido, Loco!, con razón has ganado [127] a Juan por diez, porque un diez es lo que te espera —lo decía refiriéndose a la perfección de la vida virtuosa.
Los acogió como enviados de Dios y los dejó descansar. Al día siguiente, antes de que ellos le hablaran —¡lo juro por el Señor!-, comenzó a decirles:
—Es bueno, es bueno y digno vuestro amor a Dios, a condición sólo de que no dejéis que el adversario de nuestra salvación lo extinga por desidia vuestra. Es buena vuestra carrera, pero no dejéis de correr hasta que os veáis coronados. Bueno vuestro propósito, pero no os adormiléis para que no se atenúe el fuego que ahora inflama vuestros corazones. Bueno que hayáis preferido lo que queda a lo que perece. Buenos, sí, vuestros padres carnales y bueno que les sirváis, pero mejor sin comparación que agradéis a vuestro Padre celestial. Buenos los hermanos corporales, pero más convenientes los espirituales. Buenos los amigos por amor a Cristo que tenéis en el mundo, pero mejor contar con los santos como amigos y defensores vuestros ante el Señor. Buenos los patronos de que disponéis ante los poderosos en caso de necesidad, pero nada como tener a los santos ángeles intercediendo por nosotros. Bueno y loable el reparto de dinero por parte de quien vive en la abundancia, así como su piedad por los pobres y su beneficencia, pero no hay ofrenda que Dios reclame más de nosotros que la que consiste en ofrecerle nuestras propias almas. Dulce, sí, el goce de los bienes de esta vida, pero no es igual que la delicia del paraíso. Agradable, sí, la riqueza y deseable para la mayoría, pero no es igual a lo que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre» <1 Co 2.9>. Agradable la belleza de la juventud, pero no es nada comparada con la del Esposo celestial, Cristo, pues dice de él David: «Más hermoso por tu belleza que los hijos de los hombres» <Sal 44.3>. Algo grande el servir al emperador terrenal en el ejército, pero semejante servicio es pasajero y peligroso.
Estos consejos y otros semejantes les daba el santo varón, y no quería ponerles fin al contemplar que de los ojos de los jóvenes manaban fuentes de lágrimas. Y es que escuchaban lo que les decía como si no hubieran oído todavía la palabra de Dios.
—No te aflijas —dijo de nuevo, volviéndose hacia Simeón—, ni llores las canas de tu señora madre, ya que mucho mejor que tú puede consolarla Dios, a quien han persuadido tus combates. En efecto, aunque [128] te quedaras con tu madre cuidándola hasta su muerte, podría ocurrir que tú dejaras esta vida antes que ella y te vieras huérfano de virtudes y sin la ayuda del que puede librarte de los males futuros. Sí, porque ni el amor a la madre o al padre, ni la multitud de hermanos, ni la riqueza, ni la gloria, ni el vínculo conyugal, ni el afecto por los hijos pueden persuadir al Juez; sólo la conducta virtuosa y las penalidades y fatigas sufridas por amor a Dios.
—Y a ti, hijo —prosiguió, dirigiéndose a Juan—, que no te susurre el enemigo de nuestras almas: «¿Quién cuidará de mis padres en su vejez?, ¿quién consolará a mi esposa?, ¿quién pondrá fin a sus lágrimas?». Si vosotros hubierais confiado a vuestros seres queridos a un dios y fuerais a servir a otro dios, os intranquilizaría, con razón, la duda de si aquél los cuidaría y consolaría o no. Por eso ahora es preciso que acudáis corriendo al Dios al que los habéis confiado, que os consagréis a Él, que tengáis valor y que penséis lo siguiente: si cuando nosotros estábamos en este mundo y al servicio de la vida, la bondad de Dios tenía un cuidado providencial por todo, ¿cuánto más cuidará de nuestras casas ahora que hemos salido del mundo para servirle y complacerle con toda nuestra alma? Por tanto, hijos, acordaos del Señor, que a quien le dijo: «Permíteme ir primero a enterrar a mi padre», le respondió: «Deja a los muertos sepultar a sus propios muertos» <Mt 8.21-22>. Con voluntad inalterable y corazón libre de remordimientos, corred tras Él. Pues ¿qué, si no? Si el emperador terrenal y perecedero, queriendo promoveros al rango de patricios o de cubicularios, os hubiera animado a gobernar su palacio terrenal —pasajero como es, y fugaz como una sombra o un sueño—, ¿no habríais despreciado todo lo que tenéis para seguirlo de cerca diligentemente y sin impedimento, deseando disfrutar de sus honores, de su contemplación y de la libertad de acceso a su persona? ¿No habríais elegido soportar cualquier penalidad y sufrimiento e incluso la muerte, sólo para haceros dignos de ver el día en el que el emperador, en presencia de todo el senado, os acogiera, os recibiera en su ejército, os honrara con obsequios? Cuando los dos jóvenes dijeron que sí, el gran Nicón prosiguió: —Pues con mayor motivo, [129] hijos, y con mayor diligencia y compunción, debemos correr nosotros, esclavos agradecidos, en pos del emperador de los emperadores, imperecedero y eterno, y seguir sus pasos. Recordemos que Dios nos mostró un amor tan grande que, por nosotros, no perdonó la vida de su hijo unigénito, sino que lo entregó en aras de nuestra salvación <Jn 3.16>. Ni aun cuando nosotros que, gracias a su preciosa sangre, nos hemos visto liberados de la destrucción y de la muerte y elevados al rango de hijos legítimos, derramáramos nuestra propia sangre, ni aun así podríamos ofrecerle un sacrificio equivalente. No, hermanos, porque no es lo mismo derramar sangre real que sangre esclava. Todos estos consejos y muchos más todavía les daba aquel varón inspirado por Dios, que le había transmitido el conocimiento previo y la certeza absoluta del combate y la carrera que los dos tenían por delante, es decir, la vida en el desierto, inhóspita por completo y solitaria. Entendía, en efecto, que ésta no era una cosa cualquiera que la mayoría pudiera practicar con éxito y llevar a cabo sin tacha, sobre todo cuando veía frente a él unos cuerpos tiernos y envueltos en suaves mantos y una juventud vivida en la molicie y habituada a toda relajación y engaño. Por eso aquel sapientísimo médico y maestro, tras armarlos y prepararlos con estas indicaciones y recomendaciones en virtud de su divina sabiduría y experiencia, les preguntó a ambos: —¿Queréis recibir la tonsura ya, o preferís seguir de momento con las ropas de laico que lleváis hoy? Y como impulsados por un solo pensamiento o, más bien, por un solo Espíritu Santo, ambos cayeron a los pies del higúmeno y le suplicaron que les cortara el pelo inmediatamente y sin demora. Simeón decía que si no lo hacía en el acto se irían de inmediato a otro monasterio. Y es que Simeón era cándido e inocente, mientras que Juan estaba dotado de más sabiduría y discreción. Entonces el bendito Nicón cogió a cada uno de los dos por separado, a fin de [130] probar el fervor con que renunciaban al mundo para seguir a Dios. Primero hablaba con uno, intentando disuadirle de recibir la tonsura ese mismo día, y cuando éste se manifestaba total y absolutamente en contra de aplazarla, Nicón se dirigía al otro y le decía:
—Mira, he convencido a tu hermano para que de momento siga un año más como laico. —Si quiere seguir, que siga —respondía inmediatamente aquel a quien Nicón intentaba engañar; pero yo, de verdad, padre, no aguanto más.
Simeón, cuando habló a solas con él, le dijo también:
—Apresúrate, padre, por el Señor, pues mi corazón tiembla mucho por mi hermano Juan. Este año se ha casado con una mujer muy rica y hermosa, y temo que el anhelo que siente por ella lo arrebate de nuevo y lo aleje de Dios.
Pero también Juan, a su vez, dijo a solas al virtuoso Nicón las siguientes palabras, acompañándolas de muchas súplicas y lágrimas (éstas, por naturaleza, le afluían a los ojos con más abundancia que a su hermano):
Padre, temo perder a mi hermano Simeón por tu culpa, pues su madre es lo único que le queda y se profesan un amor sobrenatural. ¡No puede pasar dos horas sin ella! ¡Si hasta hoy dormían los dos juntos, su madre y él, incapaces de separarse ni aun de noche! Nada me quemará y consumirá más que este temor hasta que lo vea tonsurado y deje de sufrir por él completamente. El gran Nicón conoció así la preocupación mutua del uno por el otro y, convencido de que Dios no deshonra ni mira mal a quienes acuden corriendo a Él con toda su alma y sin vacilación, cogió las tijeras, las puso sobre el altar con la ceremonia correspondiente y les practicó la tonsura. Después, aquel varón sabio y sumamente compasivo les cambió sus mantos por otros más pobres pero sagrados, mientras se apiadaba de ambos por la blandura de sus cuerpos y su falta de costumbre en el sufrimiento. Una vez tonsurados, Juan lloraba tanto que Simeón le daba con el codo para que parase, pues no comprendía en absoluto el motivo de sus lágrimas. [131] (Parecía que lloraba de pena por sus padres y de amor por su mujer.) El higúmeno, después de tonsurarlos y de celebrar la santa misa, se sentó de nuevo para seguir aconsejándoles durante casi todo el día, pues sabía que no pasarían mucho tiempo con él, ya que Dios lo había dispuesto así.
Nicón quería imponerles el hábito monástico al día siguiente, que coincidía con el santo domingo. Algunos hermanos les dijeron:
—¡Afortunados vosotros! Mañana volveréis a nacer y os veréis limpios de toda falta, como recién nacidos, como recién bautizados.
Los dos se quedaron estupefactos y el mismo sábado por la tarde corrieron a la celda del divino Nicón. —Te lo pedimos, padre —suplicaron tras echarse a sus pies—, ¡no nos bautices, que somos cristianos y de padres cristianos!
—¿Y quién quiere bautizaros, hijos? preguntó él, que ignoraba lo que habían oído de labios de los padres del cenobio.
—Nuestros señores y soberanos, los padres del monasterio, nos han dicho: «Mañana volveréis a recibir el bautismo».
Entonces comprendió el higúmeno que les habían hablado del santo hábito monástico. —Tienen razón, hijos —les advirtió. Si Dios quiere, mañana os impondremos el santo hábito angélico. Como estos inocentes hijos de Cristo creían que tenían ya todo el hábito monástico, preguntaron al higúmeno:
—¿Qué, padre?, ¿es que necesitamos todavía algo para ser revestidos con ese hábito angélico que dices?
La semana anterior, la de la Elevación de la preciosa Cruz, el gran Nicón había entregado el santo hábito a un joven hermano que no había cumplido aún los siete días con él puesto y que, por tanto, lo llevaba completo, como es preceptivo. Pues bien, aquel gran varón ordenó que fueran a buscarlo y lo condujeran inmediatamente allí en medio. Cuando llegó, los dos, nada más verlo, se echaron a los pies del higúmeno, —Te lo pedimos —le suplicaron—, si vas a vestirnos así y a juzgarnos dignos de semejante honor y gloria, hazlo ya al atardecer, no sea que, como hombres que somos, nos sorprenda esta noche la muerte y nos vayamos sin semejante gloria y alegría, sin semejante cortejo y corona.
Cuando el higúmeno oyó que decían «sin semejante cortejo y corona», comprendió que habían tenido una visión en la persona del hermano que vestía el santo hábito, y ordenó a éste regresar a la celda donde vivía desde que lo había recibido. Al verlo marchar, los dos hijos de Cristo sintieron una gran pena.
[132] —En nombre del Señor, padre —rogaron al higúmeno—, levántate y haznos semejantes a aquél, porque en todo tu monasterio no existe nadie que goce de tanto honor.
—¿Qué honor? —preguntó el higúmeno.
Le respondieron:
—¡Por Aquel que nos ha juzgado dignos del hábito y del honor de este hermano, padre!, ¡dichosos nosotros si también vamos a tener un séquito tan numeroso de monjes con cirios y una corona tan brillante sobre nuestras cabezas!
Y es que creían que el higúmeno había tenido la misma visión que ellos. Pero éste, ante la evidencia del milagro, no les dijo que no había visto nada, sino que quedó callado, atónito por la integridad y pureza de ambos, y sobre todo de Simeón. Lo único que el gran Nicón les manifestó con la mayor amabilidad fue:
—Mañana os impondremos también a vosotros el hábito monástico por la gracia del Espíritu Santo.
El reverendísimo diácono me aseguró que el veraz Simeón afirmaba tajantemente:
—Aquella noche los dos nos podíamos ver la cara el uno al otro como si fuera de día.
Además, a semejanza del joven monje que habían visto antes, el uno distinguía sobre la cabeza del otro una corona.
—Era tal la alegría en que estaba sumida nuestra alma —dijo Simeón— que ni queríamos, de buen grado, comer ni beber.
<Salida del monasterio>
Dos días después de ser investidos con el santo hábito monástico, volvieron a ver al que lo había recibido una semana antes, es decir, al monje que habían contemplado con corona y cortejo. Ahora llevaba una túnica de saco y cumplía el servicio que tenía asignado, sin corona que le ciñera la cabeza, sin monjes que lo cortejaran con cirios. Se quedaron tan sorprendidos que Simeón dijo a Juan: —Créeme, hermano, también nosotros perderemos la majestad y gracia que tenemos ahora cuando hayamos cumplido los siete días reglamentarios.
—¿Qué quieres que hagamos, hermano? —preguntó Juan. —Escúchame: igual que hemos abandonado a los laicos y nos hemos alejado de ellos, apartémonos completamente de cualquier persona, pues es una vida distinta y un mundo fuera de lo común lo que veo en este hábito. Desde que aquel esclavo de Dios nos lo puso, mi interior se quema sin que yo sepa de dónde viene el fuego, y [133] mi alma me pide que ni vea ni hable ni escuche a nadie.
—¿Y qué vamos a comer, hermano?
Lo que comen los llamados monjes herbívoros, de los que nos habló ayer Nicón. Pues fue quizás por querer que nosotros llevemos su género de vida por lo que nos explicó cómo viven y duermen y todo lo relativo a ellos.
Pero ¿cómo vamos a hacerlo, cuando no hemos aprendido ni la salmodia ni la regla? o Entonces Dios abrió el corazón de aba Simeón: —El que ha salvado a quienes le complacieron antes de David —respondió— también nos salvará a nosotros. Si somos juzgados dignos, nos enseñará a nosotros como enseñó a David cuando estaba con su rebaño en el desierto. De modo que no ofrezcas resistencia a mi buena disposición, hermano; entregados a esta causa como estamos, no la echemos ya a perder.
—Hagamos lo que deseas, pero ¿cómo saldremos de aquí, puesto que la puerta está cerrada de noche?
—El que nos la abrió de día nos la abrirá también ahora.
Tan pronto como tomaron esta decisión, caída ya la noche, el higúmeno vio en sueños a un desconocido que abría la puerta del monasterio y decía:
—¡Salid a vuestro pasto, ovejas marcadas con el sello de Cristo!
Se despertó, bajó rápidamente al portal y lo encontró abierto. Creyendo que se habían marchado de allí los dos, se sentó lleno de tristeza. Decía entre gemidos:
—No he sido digno, ¡pecador de mí!, de ser bendecido por mis padres. Sí, verdaderamente, ellos han sido mis padres, mis soberanos y mis maestros, y ahora he perdido su bendición por mis pecados. ¡Caray!, cuántas piedras preciosas; como dice la Escritura <Za 9.16>, ruedan ocultamente sobre la tierra, visibles para muchos pero reconocidas por pocos.
Mientras se hacía estas reflexiones angustiado, he aquí que llegaron, dispuestos a salir del monasterio, los dos novios puros de Cristo. Delante de ellos, el purísimo higúmeno Nicón distinguió a varios eunucos, unos con antorchas y otros con cetros en la mano. Cuando vio a los dos, se alegró muchísimo de que su deseo no se viera frustrado; pero cuando ellos lo vieron a él, al no haberse percatado de que era el higúmeno, decidieron dar media vuelta. El venerable Nicón echó a correr tras los dos y los llamó para que fueran a donde estaba. Entonces [134] se dieron cuenta de quién los seguía y se pusieron más que contentos también ellos, sobre todo cuando vieron abierto el portal, pues comprendieron que una vez más Dios había revelado sus planes al higúmeno. Los dos quisieron arrodillarse ante él pero Nicón se lo impidió, asegurando que no les estaba permitido hacer nada semejante por el honor del hábito angélico con que los había investido.
—Te damos las gracias, padre —le dijeron inmediatamente—, pero no sabemos qué ofrenda hacer a Dios y a tu preciosa cabeza. ¿Quién habría esperado que nosotros seríamos dignos de tales obsequios?, ¿qué emperador podría honrarnos con semejante dignidad?, ¿qué tesoros terrenales podrían enriquecernos tan de repente?, ¿qué baños, a fuerza de disfrutarlos, podrían limpiar así nuestra alma?, ¿qué padres podrían amarnos y salvarnos así?, ¿qué presentes u obsequios podrían proporcionarnos la remisión de los pecados tan rápidamente como lo has hecho tú, precioso padre nuestro; tú, que por encima de todos nuestros antepasados y de nuestros progenitores eres nuestro padre, después de Cristo, y nuestra madre?
»Tú eres nuestro soberano; tú, nuestro protector; tú, nuestro guía y todo cuanto la lengua no podría decir. Por ti hemos obtenido este tesoro inmune al despojo; por ti hemos conseguido esta perla preciosa; por ti hemos aprendido de verdad el poder de ese bautismo del que los santos padres nos hablaban; por ti hemos conocido con certeza la consunción de nuestros pecados por el fuego que envuelve nuestros corazones.
»Pero precisamente por no poder soportar este fuego (Hasta tal punto abrasa nuestras entrañas), te rogamos, Beatitud, padre, que reces con fervor por nosotros, tus esclavos, y nos dejes marchar; así serviremos fielmente y con toda nuestra alma al Dios al que nos hemos consagrado. Tus indignos hijos te suplican que no los olvides nunca cuando extiendas tus dignos brazos. Están en tierra extranjera y te suplican ¡sí, sí!, que te acuerdes, santo padre, de su orfandad.
Y tras abrazar las rodillas del santo, dijeron finalmente:
—¡Acuérdate, padre, de tus ovejas, que has ofrecido como holocausto a Cristo! ¡Acuérdate de estas plantas foráneas, que tú te has apresurado a trasplantar al hermoso jardín del paraíso! ¡No te olvides de estos perezosos jornaleros que contrataste en la hora undécima para la viña de Cristo! <Mt 20.6-9>.
Aquel pastor se llenaba de estupor y admiración, al ver que quienes dos días antes eran laicos, se habían convertido en sabios tan de repente, gracias a la investidura del divino hábito monástico. Cuando ambos, al cabo de largo tiempo, acabaron de llorar, el santo Nicón se arrodilló y puso a Simeón a su derecha y a Juan a su izquierda; después se levantó, extendió los brazos al cielo y suplicó así:
—¡Dios justo y digno de alabanza!, ¡Dios grande y [135] fuerte!, ¡Dios eterno!, escucha en este momento crítico a un pecador. Escúchame, Dios, escúchame en tu fuerza, sin acordarte durante mi plegaria de las infinitas desobediencias nacidas de mi altivez. Escúchame, Señor, escucha en el fuego mi plegaria, como en otra ocasión escuchaste a tu profeta <3 R 18.36-37>. ¡Sí, Dios de los santos poderes!, ¡sí, Creador de los ángeles!, ¡sí, Tú, que dijiste: «Pedid y recibiréis»! <Jn 16.24>, no sientas aversión hacia mí, aunque esté revestido de unos labios impuros y sumido en el pecado. Escúchame, Tú que prometiste oír a quienes de verdad te invoquen, y dirige los pasos y los pies de tus esclavos hacia el camino de la paz. ¡Compadécete de tus inocentes hijos, que están en tierra extranjera, Tú que dijiste: «Sed puros como las palomas»! <Mt 10.16>. Te he invocado a gritos con todo mi corazón. ¡Oh Dios, Dios!, escúchame, esperanza de todos los confines de la tierra y de quienes se hallan lejos, en el extranjero <Sal 64.6>:
»Castiga a todos los espíritus impuros, expúlsalos lejos de estos hijos tuyos. Empuña tus armas y tu escudo y álzate en su ayuda. Descarga tu espada y cierra las filas contra quienes los persiguen. ¡Señor, Señor!, di a su alma: «Yo soy tu salvación» <Sal 34.2-3>. Que los espíritus del temor, de la pereza, del orgullo y de todo vicio se retiren uno tras otro de su pensamiento, y que se extinga en los dos toda fiebre y movimiento carnal suscitado por actividad diabólica. Que se ilumine su cuerpo, su alma y su espíritu con la luz de tu conocimiento, para que cuando lleguen a la unidad de la fe y del reconocimiento de la santa y venerable Trinidad, al estado del hombre adulto y a la medida de su talla <Ef 4.13>, alaben por los siglos de los siglos, con los ángeles y todos los que desde siempre te han complacido, ¡oh Dios!, tu nombre honorabilísimo y protector, tu nombre de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
»Concédeles juntamente con todos los bienes, Señor, que retengan siempre en su corazón las palabras de esta súplica mía, miserable e indigna de ti, para alabanza y loa de tu bondad.
[136] Y añadió con abundantes lágrimas:
—El Dios que habéis elegido, bondadosos hijos míos, Aquel al que habéis acudido con premura, os enviará a su ángel por delante y preparará su camino por delante de vuestros pies <Mc 1.2>. Ese ángel que, como dice el gran Jacob, «me ha librado de todos los poderes adversos» <Gn 48.16> precederá vuestros pasos. Quien libró a su profeta de las fauces del león <Dn 6.23> os librará también a vosotros de sus garras. El Dios que os ha elegido mantendrá libre de toda deshonra mi ofrenda.
Después de rezar por ellos estas y otras oraciones, aquel divino varón los abrazó y dijo:
Salva, ¡oh Dios!; salva a quienes aman tu nombre de todo corazón, pues no eres injusto, Señor, como para despreciar y abandonar a quienes han dejado las vanidades de esta vida —y dirigiéndose a ellos, prosiguió: Cuidado, hijos, os habéis entregado a un combate terrible y nunca visto; pero no temáis, pues Dios es poderoso y no permitirá que las pruebas superen vuestras fuerzas <1 Co 10.13>.
»Luchad, hijos, para no ser derrotados por el demonio. Permaneced firmes con gallardía, blandiendo el arma del santo hábito contra él. Recordad al que dijo: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás; no vale para el reino de los cielos» <Lc 9.62> —y entonces se refirió a la construcción de la torre <Lc 14.30>—: Cuando comencéis esa perfecta y sublime construcción, ese género de vida, no os abandonéis, para que no se cumpla en vosotros aquello de «han comenzado a construir y no han tenido fuerza ni ánimo para acabar los cimientos». Protegeos, hijos. El combate será pequeño; la corona, grande. El sufrimiento será pasajero; el descanso, eterno.
Como era una hora avanzada y ya estaban golpeando el madero, se dispusieron a salir del portal. Pero Simeón cogió aparte al higúmeno y le dijo:
—Por amor de Dios, padre, reza para que Él disipe el recuerdo que mi hermano Juan guarda de su esposa. Temo que me abandone, instigado por el Maligno, y que el dolor que me produzca su pérdida y separación acabe conmigo. Reza, te lo pido por el Señor, para que Dios consuele también a sus padres y no sufran por él.
[137] El anciano se quedó tan admirado del afecto que sentía por su hermano que no le respondió nada. Pero es que aba Juan, a su vez, también lo cogió de la misma manera que había hecho Simeón y le suplicó en privado por éste.
—Por amor de Dios, padre —dijo—, no abandones a mi hermano en tus oraciones para que no me deje por su madre, por la que siente tanta compasión. ¡No quisiera verme sufriendo un naufragio en pleno puerto!
Como se ha dicho, el anciano se quedó atónito por su mutuo amor; finalmente, les anunció lo siguiente:
—Marchad, hijos, que os doy esta buena noticia: Aquel que os ha abierto las puertas de aquí también os ha abierto por adelantado las de allí arriba —y tras hacerles la señal de la cruz en el pecho y en todo el cuerpo, los dejó ir en paz.
<Simeón, monje herbívoro>
Cuando se despidieron de él y salieron del monasterio, suplicaron:
—¡Oh Dios del gran Nicón, tu esclavo!, guíanos, porque somos extranjeros, estamos solos y no conocemos estos lugares ni este país. Por ir en tu busca, nos hemos entregado a la muerte en este mar de arena.
—¿Y ahora qué? —preguntó Juan a Simeón—, ¿adónde vamos?
—A la derecha —respondió éste—, porque todo lo que está a la derecha está bien.
Y caminaron hasta llegar al mar Muerto, al lugar llamado Arnonas. Por disposición de Dios, que nunca abandona a quienes confían en Él con toda su alma, encontraron un refugio en el que había vivido un monje fallecido pocos días antes. Había unos pocos utensilios y hierbas tiernas para comer, alimento del anciano cuyo cuerpo yacía allí. Aquellos dos ilustres, al ver este lugar, se alegraron como si hubieran encontrado un tesoro, pues comprendieron que Dios les había preparado y enviado todo aquello, y comenzaron a darle gracias a Él y al gran Nicón.
—Con seguridad —decían—, debemos a sus oraciones nuestro buen viaje.
A los pocos días de estar allí, el diablo, enemigo de nuestras almas, les declaró la guerra porque no soportaba la virtud de aquellos esclavos de Cristo; a Juan, le tentaba con su esposa, y a Simeón, con el profundo amor que sentía por su madre. Pero cuando uno de los dos se veía afligido, en seguida decía al otro:
—Levántate, hermano, vamos a rezar —y rezaban la oración del [138] gran Nicón.
Y es que éste había hecho la siguiente súplica: «Infúndeles en su corazón, Señor, las palabras de esta plegaria». Gracias a esto, los dos descubrieron en seguida que la sabían de memoria, hasta el punto de que la rezaban siempre cada vez que sufrían tentaciones o suplicaban a Dios.
Según explicaba el divino Loco, había veces que el diablo los inflamaba con el deseo de probar la carne y el vino. Al principio, también les infundía temor y pereza ante el ascetismo, de suerte que en distintas ocasiones estuvieron a punto de abandonar el desierto y volver al monasterio. Además, la serpiente multiforme les hacía ver en sueños o visiones a sus propios familiares cuando éstos lloraban o estaban fuera de sí; y así otras muchas pruebas que no es posible explicar a no ser que se hayan experimentado. Sin embargo, cuando recordaban las coronas con las que ambos se habían visto adornados y las enseñanzas y lágrimas de su anciano, entonces su corazón, como ungido por el santo óleo, los tranquilizaba y consolaba. También el señor Nicón se les aparecía en sueños; unas veces les aconsejaba, otras rezaba por ellos, otras incluso les enseñaba los salmos. Los dos se despertaban sabiendo de memoria las enseñanzas que recibían de él en sueños, y ante este prodigio sentían gran alegría. Sabían que se esforzaba por ellos, y el propio curso de los acontecimientos se lo demostró.
Antes que ninguna otra cosa, los dos habían pedido a Dios lo siguiente: Simeón, que el corazón de su madre se viera consolado y él tuviera constancia de ello; y Juan, que Dios se llevara consigo a su cónyuge, para extirpar de su pensamiento el afecto que sentía por ella. Pues bien, ambos fueron escuchados por Dios, que no en vano dijo: «Satisfará los deseos de los que le temen» <Sal 144.19>.
Al cabo de dos años, nuestro señor Simeón tuvo la certeza, por inspiración divina, de que su madre ya no sufría. El propio santo se le apareció una noche y le dijo en lengua siríaca:
—La dechre lich em —que significa: «no sufras, madre»—, porque estamos bien tanto yo como el [139] señor Juan, y con salud. Nos han reclutado en el palacio del emperador. Fíjate, llevamos unas coronas que nos ha puesto él mismo, y una ropa majestuosa. Venga, consuela a los padres de mi hermano Juan, porque está sirviendo conmigo. ¡Y no paséis ninguna pena!
Aba Juan, por su parte, vio a un desconocido vestido de blanco que le dijo:
A tu padre lo he librado de su sufrimiento, y a tu mujer me la llevaré uno de estos días.
Cuando se contaron el uno al otro las visiones que habían tenido, su corazón se llenó de gozo y alegría. Desde ese momento, Dios los libró sin más de la preocupación por sus padres y ya se quedaron tranquilos, sin sufrir en absoluto por ellos. Siguieron la carrera del ascetismo y del silencio sin esfuerzo, sin vacilación y sin interrupción, de noche y de día. No tenían otro trabajo que no fuera la distracción libre de distracción y la preocupación libre de preocupación: me refiero a la oración ininterrumpida, gracias a la cual estos diligentes trabajadores progresaron rápidamente. De hecho, muy pronto se hicieron dignos de visiones, certezas inspiradas por Dios y milagros.
Pasó algún tiempo. Un día ambos cultivaban el silencio separados entre sí por una distancia equivalente a un tiro de piedra (habían acordado aislarse cuando uno de los dos quisiera rezar a solas, y reunirse cuando fueran víctimas de malos pensamientos o de la pereza, para invocar juntos a Dios y librarse de la tentación). Simeón se encontraba en su lugar de costumbre cuando, de repente, se queda en éxtasis y se ve a sí mismo en Edesa (de allí era) junto a su madre, gravemente enferma.
—¿Cómo estás, madre? —le pregunta en lengua siríaca.
[140] —Bien, hijo —responde aquélla.
—Marcha a la corte del emperador —le dice él de nuevo, no tengas miedo, porque he intercedido por ti ante Él y te ha preparado una hermosa morada. Allí me reuniré contigo cuando Él quiera.
Entonces volvió en sí y comprendió que en ese preciso momento acababa de morir su madre. Fue corriendo a buscar a su hermano Juan y le dijo:
—¡Levanta, señor!, ¡vamos a rezar! —y como Juan se alteró (creía que le había sobrevenido alguna tentación), le advirtió: —No te alteres, hermano, por Dios, que no me pasa nada malo.
—¿Y por qué corres tanto, padre Simeón? —le preguntó Juan, pues lo estimaba y apreciaba mucho, como también Simeón a él. Entonces los ojos de aquél se humedecieron por las lágrimas, que comenzaron a caerle por el pecho como perlas. El Señor acaba de llevarse consigo a mi buena y bendita madre —respondió a Juan.
Le explicó la visión, y ambos se arrodillaron y empezaron a rezar. Se podía oír a Simeón dirigiendo a Dios palabras llenas, verdaderamente, de piedad y de súplica. Sus entrañas se retorcían y alteraban movidas por la naturaleza, mientras gritaba:
—¡Oh, Dios!, que aceptaste el sacrificio de Abraham <Gn 22.1-12>; que viste con buenos ojos el holocausto de Jefté <Je 11.30-39>; que no sentiste aversión por los presentes de Abel <Gn 4.4>; que por tu hijo Samuel designaste a Ana profetisa <1 R 2>. ¡Oh, Señor mío, Señor!, ¡acoge por mí, por tu esclavo, el alma de mi buena madre!
» Acuérdate, Señor, de las penalidades y sufrimientos que pasó por su hijo. Acuérdate, Señor, de sus lágrimas y gemidos cuando la abandoné por ti. Acuérdate, Señor, de los pechos con que me crió a mí, a su pobre hijo, para disfrutar de mi juventud, ¡y no la pudo disfrutar! No olvides, Soberano, que ella era incapaz de separarse de mí ni un momento, ¡y se vio separada para siempre! Recuerda, Soberano, Tú que todo lo sabes, que cuando quiso gozar de mi presencia, yo le privé de ella por tu nombre. No olvides, Juez justo, los desgarramientos de sus entrañas el día en que huí a ti en busca de protección. Sabes bien, Señor, cuántas noches pasó sin dormir desde que la abandoné, [141] porque se acordaba de mi juventud. Sabes, Soberano, cuántas estuvo insomne buscando la oveja que solía dormir con ella. No olvides, Tú que amas a la humanidad, qué dolor invadía su corazón mientras se consumía al ver mi ropa: ¡no estaba yo, su perla, para llevarla puesta! Recuerda, Soberano, que yo la privé de su consuelo, alegría y regocijo para servirte, por ser Tú mi Dios y el de ella, y Señor de todas las cosas.
»Dale ángeles que salven su alma de los espíritus y fieras del aire, esas criaturas malignas e inmisericordes que intentan devorar a todos los que pasan por sus dominios. Envíale, ¡Señor, Señor!, guardianes robustos que castiguen toda potencia impura que salga a su encuentro; y ordena, Dios mío, que su alma se separe de su cuerpo sin dolor ni tormentos. Y si como mujer pecó en palabra u obra en esta vida, perdona su alma, Soberano, por la víctima que dio a luz y te ofreció: yo, este indigno esclavo tuyo. Sí, ¡Señor, Señor Dios!, ¡Juez justo y benevolente!, no la lleves de pena en pena, de dolor en dolor y de gemido en gemido; antes bien, llévala del sufrimiento padecido a causa de su hijo único a la alegría; y de las lágrimas al júbilo que espera a todos tus santos. Te lo pido, ¡oh Dios!, ¡Dios mío por siempre! Amén.
Tras levantarse ambos de la oración, el hermano Juan comenzó a consolarlo así:
Mira, hermano Simeón, Dios te ha complacido, ya que ha oído tu oración y se ha llevado a tu madre. Ahora acompáñame tú en mi dolor. Recemos los dos en nombre del Señor, para que Dios se apiade también de la que por voluntad suya recibe el nombre de esposa mía; y que le haga pensar en el hábito monástico, o tenga compasión de ella y se la lleve.
Rezaron y al poco tiempo, una [142] noche, aba Juan tuvo una visión en la que la madre de Simeón se acercaba a su esposa, la cogía de la mano y le decía:
Levántate, hermana, ven junto a mí, porque el emperador que ha tomado a mi hijo a su servicio me ha regalado una hermosa morada. ¡Venga!, cámbiate de ropa y ponte otra limpia —y su esposa se levantó inmediatamente, según contó, y la siguió.
Así supo que su mujer había muerto también y que las dos estaban en un hermoso lugar; y le dio una alegría grandísima.
<Abandono del desierto>
Pasaron veintinueve años en el desierto. Durante ellos se ejercitaron en todas las prácticas ascéticas y mortificaciones, tanto bajo el frío como bajo el calor ardiente, y soportaron incontables tentaciones del diablo, hasta vencerlo. De esta manera alcanzaron altas cotas, sobre todo Simeón a causa de su candidez y pureza (éste, gracias al poder del Espíritu Santo que habitaba en él, no conocía el miedo al sufrimiento, al frío, al hambre o al calor ardiente, pues había rebasado casi la medida de la naturaleza humana). Llegados a este punto, dice Simeón a Juan:
—¿Qué provecho sacamos ya, hermano, quedándonos en este desierto? Venga, si me escuchas, ¡levántate!, ¡vamos a salvar a otros también! Aquí no buscamos sino nuestro propio beneficio y no recibiremos ningún salario de nadie <1 Co 3.8> —y comenzó a decirle también, remitiéndose a la Sagrada Escritura: «Que nadie busque su propio interés, sino el ajeno» <1 Co 10.24> —y también: «Con todos he llegado a ser todo para salvar a todos» <1 Co 9.22> y citó del evangelio: «Que alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen vuestro Padre del cielo» <Mt 5.16>, y así sucesivamente.
—Creo, hermano —le responde el señor Juan—, que a Satanás le ha entrado envidia de nuestra vida solitaria y te ha inspirado ese pensamiento. Yo digo lo contrario: quédate y completemos nuestra carrera en este desierto, donde la comenzamos y a donde fuimos llamados por Dios.
—Créeme —le replica Simeón—, yo no me quedo. Me marcho con el poder de Cristo; quiero burlarme del mundo.
—¡No, mi buen hermano!, te lo pido por el Señor, no me dejes, pues yo, miserable de mí, no he llegado todavía al grado de virtud necesario para poder burlarme del mundo. ¡Por Aquel que nos ha unido! ¡no te separes de tu hermano! [143] Tú sabes que después de Dios no tengo a nadie sino a ti, hermano mío, ya que renuncié a todos para seguirte. ¡Y ahora tú quieres abandonarme en este desierto, que es como dejarme en el mar!
»Acuérdate de aquel día que echamos a suertes y bajamos al cenobio de nuestro señor Nicón: prometimos no separarnos el uno del otro. Acuérdate de aquel momento maravilloso en que tomamos el santo hábito y los dos éramos como una sola alma, hasta el punto de que todos se sorprendían de nuestro amor. No olvides los consejos que el gran Nicón nos dio la noche en que salimos de su monasterio. No, te lo pido, no sea que me muera y Dios te pida cuentas por mi alma.
—Imagínate —le dice de nuevo Simeón— que yo hubiera muerto: ¿a que tendrías que preocuparte de ti mismo a solas? Créeme: si vienes, mejor que mejor, porque yo no me quedo.
Su hermano Juan, cuando vio que insistía, comprendió que la seguridad con que se comportaba procedía de Dios, ya que nadie habría podido separarlos, a no ser la muerte, y quizás ni aun ésta. Muchas veces, en efecto, habían pedido a Dios que se llevara consigo a los dos al mismo tiempo, y creían que Él les había escuchado en esto como en todo lo demás.
—Ten cuidado, Simeón, no sea que el diablo quiera burlarse de ti, —Tú, solamente, no me olvides en tus oraciones, de la misma manera que yo tampoco me olvidaré de ti, y Dios y tus oraciones me salvarán.
Entonces su hermano comenzó a exhortarle otra vez con estas palabras:
—Cuidado, hermano Simeón, asegúrate de que todo lo que ha concentrado el desierto no lo disperse el mundo; de que todo el provecho obtenido del silencio no lo malogre el bullicio; para que todo el beneficio conseguido con las vigilias no lo eches a perder tú con el sueño. Asegúrate, hermano, de que la ilusión engañosa de las cosas del mundo no destruya la castidad de la vida monástica.
»Ten cuidado de que ese fruto que consiste en la privación de las mujeres, de las que Dios te ha salvado hasta hoy, no se pudra por tu trato con ellas. Ten cuidado de que la codicia no te despoje de tu pobreza, no sea que este cuerpo consumido por los ayunos engorde con los alimentos. Ten cuidado, hermano, de no echar a perder tu compunción por culpa de la negligencia. Ten cuidado, te lo ruego, de que cuando tu rostro se ría, no se disuelva al mismo tiempo tu mente; de que cuando tus manos palpen, no palpe también tu alma; de que cuando tu boca coma, no se complazca también el corazón; de que cuando tus pies se muevan, no baile con ellos desenfrenadamente tu silencio interior; y en resumen, de que cuanto haces tú por fuera no lo haga también tu alma por dentro.
»Pero si [144] has recibido de Dios toda la fuerza necesaria, hermano, para que tu mente y tu corazón, ante cualquier gesto, palabra o acción de tu cuerpo, permanezcan inmutables, inalterables y ajenos a toda contaminación o daño, en ese caso yo, de verdad, me alegraré por tu salvación. Reza a Dios, solamente, para que no nos separe al uno del otro allá arriba.
—No temas, hermano Juan —le responde Simeón—. No procede de mí la voluntad de obrar así; es Dios quien me lo ordena. Por la siguiente señal sabrás que mi obra ha complacido a Dios gracias a su ayuda: antes de morir, vendré a llamarte, te abrazaré y pocos días después tú te reunirás conmigo. ¡Ea!, levántate y recemos.
Y después de orar mucho tiempo, se besaron el pecho el uno al otro, regándolo con lágrimas. El hermano Juan lo dejó ir, aunque antes lo acompañó por el camino un buen rato. Su alma no aceptaba verse separada de él. Cada vez que aba Simeón le decía: «Regresa, hermano», él oía esas palabras con el mismo dolor que si una espada lo hubiera separado de su cuerpo, y volvía a pedirle permiso para acompañarlo otro poco. Finalmente, cuando aba Simeón le obligó, regresó a su lugar, humedeciendo la tierra con sus lágrimas.
<Regreso a Jerusalén>
Entonces Simeón echó a correr directamente a la Ciudad Santa de Cristo, nuestro Dios. Y es que tenía mucha sed, como él decía, y ardía en deseos de disfrutar de los Santos Lugares al cabo de tanto tiempo; pero cuando llegó al santo y vivificante Sepulcro de Cristo y al santo, salvador y victorioso Gólgota, satisfizo su anhelo. Permaneció tres días en la Ciudad Santa, consagrado a visitar y adorar los Santísimos Lugares del Señor y a suplicar. Su única súplica era que su labor espiritual permaneciera oculta hasta que él abandonara esta vida; quería evitar la gloria de los hombres, pues de ésta nacen en el ser humano el orgullo y la presunción, pecados que destruyeron incluso a los ángeles, privándolos del cielo.
Su súplica fue atendida por Aquel que dijo: «Gritaron los justos y el Señor los escuchó» <Sal 33.18>. De hecho, a pesar de tantos milagros [145] como hizo y de tantos prodigios como realizó, según se podrá comprobar después, la labor espiritual de este santo varón no llegó a ser conocida por los hombres. Y es que su súplica tuvo el efecto de un velo sobre los corazones de quienes contemplaron sus obras hasta el día de su muerte. Pues ¿cómo, si no hubiera sido por esto —es decir, por ocultar Dios a los hombres la virtud de este bendito para evitar que le glorificaran—, no habría saltado a la vista de todos que era capaz de curar endemoniados y de llevar carbones encendidos en las manos?, ¿que predecía el futuro y adivinaba los comentarios que se hacían sobre él a gran distancia?, ¿que sacaba de la nada en pleno desierto, de forma paradójica, todo tipo de alimentos deliciosos?, ¿que convirtió a la fe ortodoxa a hebreos y herejes?, ¿que curó enfermos y que salvó a otras gentes de diferentes peligros? Además, muchas veces a las mujeres indecentes y a las prostitutas les hacía contraer legítimo matrimonio gracias a sus trucos, o les imponía la castidad tras atraerlas con dinero, o les inspiraba mediante su propia pureza el camino de la vida solitaria.
Pero no me sorprende, amigos de Cristo, que lograra mantenerse en el anonimato a pesar de estos milagros que hizo con la ayuda de Dios. Pues Aquel que tantas veces dio a conocer públicamente las virtudes ocultas de sus siervos también acabó revelando, conforme a sus designios, las de este santo, que habían pasado desapercibidas a todos.
<Segunda parte: Simeón en Émesa>
<«¡Eh, un monje loco!»>
Después de pasar tres días en los Santos Lugares, como se ha dicho más arriba, Simeón llegó a Émesa. En esta ciudad entró de la siguiente manera: al encontrar el ilustre un perro muerto en el estercolero de las afueras de la ciudad, se desató su cinturón de cuerda, lo ató a una pata del perro y comenzó a arrastrar al animal a la carrera, entrando así por la puerta en cuyas proximidades estaba la escuela de los niños. Éstos, cuando lo vieron, comenzaron a gritar:
—¡Eh, un monje loco! —y se pusieron a correr detrás de él, dándole golpes.
Al día siguiente, que era domingo, cogió unas cuantas nueces y entró en la iglesia al comienzo de la liturgia cascándolas ruidosamente y apagando las velas. Cuando [146] corrieron tras él. para echarlo, se subió al púlpito y empezó a lanzar las nueces desde allí a las mujeres. Lo sacaron con mucho esfuerzo, pero al salir volcó las mesas de los pasteleros, y éstos lo golpearon a muerte. Viéndose roto por los golpes, se dijo a sí mismo: «Pobre Simeón, en verdad, así no duras en manos de éstos ni una semana».
Por disposición divina lo vio un vendedor de posca que no sabía que se hacía pasar por loco, y le dijo, creyendo que estaba en sus cabales:
—¿Quieres, mari abba [N. de e. - Mi señor padre, en siriaco], en vez de dar vueltas, quedarte aquí y vender altramuces?
Sí —respondió aquél.
Pero cuando le puso un día entero a vender, Simeón comenzó a repartir todo entre los transeúntes y a comer él mismo insaciablemente, pues llevaba en ayunas toda la semana. Entonces pregunta la mujer del vendedor a su marido:
—¿De dónde has sacado a este monje? De verdad, si come así, no hace falta que vendamos nada. ¡Casi una olla de altramuces se ha tragado desde que he empezado a observarlo!
Y eso que no sabían que también había repartido entre sus hermanos de pobreza y el resto de la gente todo el contenido de las demás ollas, es decir, las judías, las lentejas, los frutos secos y todo lo que había. ¡Creían que lo había vendido! Cuando abrieron la caja y no encontraron ni un folis, lo echaron a golpes, arrancándole hasta los pelos de la barba.
Al atardecer, quiso quemar incienso (no se había separado todavía del matrimonio aquella tarde, sino que se había echado allí, cerca de su puerta) y, como no encontró un trozo de cerámica, metió la mano en el fuego del hogar y, tras llenársela de brasas, quemó así el incienso. Pero como Dios quería salvar al vendedor de posca (era hereje, de los severianos acéfalos), su mujer sorprendió a Simeón quemando el incienso sobre la mano.
—¡Dios único!, aba Simeón —le dice, estupefacta—, ¿en tu mano quemas el incienso?
Cuando la oyó el monje, fingió que se estaba quemando y, sacudiéndose los carbones de la mano, los echó en el viejo manto que llevaba.
Si no quieres [147] que lo queme en mi mano —dice—, mira: lo hago en mi manto. Y —¡lo juro por el Señor, que mantuvo la zarza y a los tres niños sin consumirse por las llamas!— ni el santo varón ni su manto acusaron el ardor de las brasas, En cuanto a la manera en que se salvaron el vendedor de posca y su mujer, eso es algo que se contará en otro capítulo.
<«La rompió, aunque estaba llena de vino»>
El santo adquirió la costumbre de cambiar de vecindario tan pronto como realizaba un milagro, hasta que se olvidara el prodigio que había hecho. Pero también se apresuraba a hacer algún gesto intempestivo para ocultar sus buenas obras.
En cierta ocasión, se ganaba la comida sirviendo agua caliente en una taberna, El tabernero no tenía entrañas; muchas veces no le daba al Loco ni la comida, y eso pese a las muchas ventas que hacía gracias a él, porque los ciudadanos se decían unos a otros para distraerse:
—¡Venga, vamos a beber donde el Loco!
El caso es que un día entró una serpiente y, tras beber de una de las jarras de vino, dejó caer el veneno en el interior y se alejó. Aba Simeón no estaba dentro, sino bailando fuera con el populacho. En esto, entra el santo y ve escrito sobre la jarra con letras invisibles: «muerte». Inmediatamente, comprendió lo que había ocurrido con la jarra, así que cogió un madero y la rompió, aunque estaba llena de vino. Pero el amo, a su vez, le quitó el madero de la mano, le dio con él hasta quedar agotado y lo echó.
Sin embargo, al día siguiente aba Simeón volvió y se escondió detrás de la puerta. Y he aquí que la serpiente fue de nuevo a beber. El tabernero, al verla, cogió el mismo madero para matarla, pero falló el golpe y rompió todas las jarras y vasos. En ese momento, el Loco entró de un salto.
—¿Qué pasa, imbécil? —le dice—. Ya ves, ¡no soy el único inútil!
Entonces el tabernero comprendió que Simeón había roto la jarra por el mismo motivo, y se sintió tan edificado que lo consideró un santo.
<«¡Ha querido violarme!»>
Pero el santo quería anular semejante sentimiento para que no lo desenmascarara. [148] Así que un día en que la mujer del tabernero dormía sola y su marido servía vino, aba Simeón se acercó a ella e hizo ademán de quitarse el manto. La mujer lanzó un grito y su marido subió.
—¡Echa fuera a este individuo tres veces maldito! —le dice ésta—, ¡ha querido violarme!
Y lo echó a puñetazos de su taberna, arrojándolo al frío de la calle; había, en efecto, una fuerte tormenta y llovía.
Desde entonces, el tabernero no sólo lo tomaba por loco, sino que además, si alguien decía: «En realidad, quizás este monje está fingiendo», él replicaba en seguida:
—De verdad, está completamente poseído por el demonio. Si yo he visto lo que he visto, a mí no me engaña ese individuo, porque quiso inducir a mi mujer al adulterio, aunque no lo consiguió, y además come carne como si fuera ateo.
El justo, sí, comía carne a menudo, pero después de estar toda una semana sin probar ni pan. Sus ayunos pasaban desapercibidos a todos, pero comía la carne en público para engañarlos.
<Simeón en el baño de mujeres>
Todo él era como incorpóreo y no tenía vergüenza ni de los hombres ni de las cosas de la naturaleza. De hecho, muchas veces, cuando el vientre le pedía hacer sus necesidades, él, de inmediato, sin enrojecer ante nadie, se sentaba y las hacía en plena ágora delante de todos, queriendo convencerlos así de que actuaba fuera del estado natural de su mente.
Como estaba protegido, según se ha dicho a menudo, por la fuerza del Espíritu Santo que habitaba en él, estaba por encima de la inflamación diabólica, que no le causaba el mínimo daño. Por ejemplo, un día el antes mencionado Juan, el virtuoso amigo de Dios que nos relató la vida del santo, lo vio consumido por el ascetismo (había acabado la Pascua y Simeón había ayunado toda la Santa Cuaresma); entonces, movido por la compasión y admiración que sentía ante su indescriptible austeridad —pese a que vivía en una ciudad y tenía trato con hombres y mujeres—, quiso reanimarle el cuerpo simulando que se trataba de un juego.
—¿Vienes a bañarte, Loco? —le pregunta.
—¡Sí!, ¡vamos, vamos! —le responde aquél riendo. Y con la palabra en la boca todavía, se quita el manto y se lo pone en la cabeza, atándoselo a modo de turbante.
—¡Póntelo, hermano! [149] —le dice el señor Juan—, que de verdad, si te paseas desnudo, no voy contigo.
—¡Vete, imbécil! —le replica aba Simeón—, sólo he hecho una cosa antes que la otra. Si no vienes conmigo, mira, te tomo un poco la delantera —y lo dejó, adelantándose un poco.
Había dos baños, próximos entre sí, uno para hombres y otro para mujeres, Pues bien, el Loco pasó de largo por el de hombres e irrumpió a propósito en el de mujeres.
—¿Adónde vas, Loco? —le gritó el señor Juan—. ¡Espera, el de hombres es aquél!
El admirable se dio la vuelta y respondió:
—¡Vete, imbécil! Allí, agua caliente y agua fría; aquí, agua caliente y agua fría. No hay nada de más ni allí ni aquí.
Y echando a correr, se metió entre las mujeres, ¡lo juro por el Señor de la gloria! Pero todas se lanzaron contra él y lo sacaron a golpes.
Cuando el santo le contó toda su vida a aquel piadoso diácono, éste le preguntó: —En nombre del Señor, padre, ¿cómo te sentías cuando entraste en el baño de mujeres?
—Créeme, hijo —respondió Simeón—, lo mismo que un madero con otros maderos, así estaba yo en aquellos momentos. No sentía que llevase un cuerpo ni que hubiese entrado donde había otros cuerpos; toda mi mente estaba puesta en la obra de Dios y no me aparté de Él.
Y es que en lo que se refiere a las acciones de Simeón, unas las realizaba el justo para la salvación de los hombres y por compasión hacia ellos, y otras para ocultar su forma de vida.
<«Se lanzó contra el muchacho endemoniado»>
En otra ocasión unos muchachos jugaban fuera de la ciudad a «abre la puerta». Uno de ellos era el hijo del señor Juan, el diácono amigo de Simeón. Este muchacho pocos días antes había estado fornicando con una mujer casada y, al salir de casa de ella, lo poseyó el demonio sin que nadie lo advirtiera. El santo, que se había propuesto a la vez enseñarle a ser casto y curarlo, dijo a los muchachos que estaban corriendo:
—De verdad, si no puedo jugar yo también con vosotros, no os dejaré correr —y empezó a tirarles piedras.
Entonces decidieron ponerlo en el lado donde corría el muchacho al que iba a curar. Pero aba Simeón, al verlo, prefirió ponerse en el lado contrario, pues tenía sus planes. Cuando empezaron a correr, el santo se lanzó contra el muchacho endemoniado y, tras alcanzarlo, le dio un puñetazo en la mandíbula sin que nadie lo viera; y dice: —¡Deja de fornicar, miserable, y no se te acercará el demonio! Inmediatamente, [150] el demonio estrelló al muchacho contra el suelo y todos se amontonaron sobre él. Entonces el endemoniado, mientras yacía en el suelo echando espuma, vio al Loco expulsando un perro negro de su cuerpo y golpeándolo con un crucifijo de madera. Cuando, al cabo de muchas horas, volvió en sí y comenzaron a preguntarle qué le había pasado, no podía responder sino lo siguiente: —Un desconocido me ha dicho: «¡Deja de fornicar!». Después de morir en paz aba Simeón, el muchacho recobró el juicio, por así decirlo, y contó a todos con detalle lo sucedido.
<El prestidigitador>
En otra ocasión, unos mimos hacían una representación en el teatro y uno de ellos era prestidigitador. El justo, que quería poner fin a una actividad tan perniciosa como la del mencionado prestidigitador (pues éste tenía en su haber algunas buenas obras), no consideró indigno de él acudir al teatro; de hecho, fue y se puso abajo, en la arena, donde actuaban los mimos. Cuando vio que el prestidigitador empezaba con sus impíos trucos, hizo la señal de la cruz sobre una piedrecita, se la tiró y le dio en la mano derecha, dejándosela atrofiada. Nadie vio quién le había lanzado la piedra.
Por la noche, el santo se le aparece en sueños. —Sí, he dado en el blanco —le dice—, y si no juras que dejarás de hacer este tipo de cosas, no te curarás.
Aquél le juró por la Madre de Dios: —Jamás me dedicaré ya a una diversión como ésta.
Se levantó y, al encontrar que su mano estaba sana, contó todo lo que había visto, salvo que fue el Loco el que le había dicho aquellas palabras en sueños. Era incapaz de dar otra explicación que no fuera:
—Esas palabras me las dijo un monje con una corona de palmas.
<«Empezó a azotar las columnas»>
Una vez la ciudad estaba a punto de sufrir un fuerte terremoto; fue cuando Antioquía se vino abajo, en tiempos del difunto emperador Mauricio (en tiempos de éste llegó el santo al mundo habitado, tras abandonar el desierto). Simeón robó un látigo de la escuela y empezó a azotar las columnas, mientras decía a cada una de ellas:
—Tu señor ha dicho: mantente en pie —y cuando sobrevino el terremoto, ninguna de las columnas que había golpeado cayó al suelo.
Pero también se había acercado a una columna para decirle:
—Tú, ni te caigas, ni te quedes de pie —y esa columna se resquebrajó desde arriba hasta abajo, se inclinó un poco y se quedó así.
Nadie comprendió lo que había hecho el bendito, todos decían que había azotado las columnas por tener la mente extraviada.
<«Que te vaya bien, precioso mío»>
Había motivos para alabar y admirar a Dios, porque los gestos que hacían pensar a algunos [151] que llevaba una vida disoluta eran muchas veces los mismos que le servían para realizar abiertamente sus milagros. Por ejemplo, una vez, cuando una peste estaba a punto de invadir la ciudad, pasó por todas las escuelas y empezó a abrazar a los niños diciéndoles a cada uno, como en broma:
Que te vaya bien, precioso mío.
Pero no abrazó a todos, sólo a los que la gracia de Dios le dio a conocer. Y advertía a los maestros de cada escuela:
—En nombre de Dios, no se te ocurra zurrar a los niños que estoy abrazando, imbécil, porque tienen un largo camino que recorrer.
Los maestros se burlaban de él y le daban latigazos o hacían una señal a los niños para que le pincharan con sus punzones. Finalmente, llegó la peste y no quedó con vida ninguno de los niños a los que había abrazado aba Simeón: murieron todos.
<«¡Tendrás un pequeño Simeón!»>
Tenía también el santo la costumbre de entrar en las casas de los ricos para burlarse de ellos, fingiendo muchas veces que besaba a sus criadas. Un día, un ciudadano notable dejó embarazada a la criada de uno de esos ricos ilustres y ésta no quiso delatarlo. Cuando su señora le preguntó quién la había seducido, respondió:
—¡Me ha violado Simeón el Loco! En esto, llega el santo, según su costumbre, a aquella casa.
—Muy bonito, aba Simeón —le dice la señora—, has violado y dejado embarazada a la muchacha. Inmediatamente, éste se echó a reír y apoyó la cabeza en la mano derecha mientras juntaba los cinco dedos. —Deja, deja, miserable —le dijo—, ahora te dará un niño, ¡tendrás un pequeño Simeón! Hasta que llegó el día del parto, aba Simeón no dejó de llevarle pan de trigo, carne y pescado.
—Come, querida esposa —le decía.
Pero cuando llegó el momento y la hora crítica de dar a luz, La criada tuvo unos dolores de parto mortales durante tres días.!
—Reza, aba Simeón, porque tu mujer no puede dar a luz —dijo la señora.
—Por Jesús, por Jesús te lo digo, miserable: el niño no saldrá hasta que [152] ella no diga quién es el padre —replicó él, mientras bailaba y daba palmadas. La moribunda, cuando lo oyó, confesó: —Lo he calumniado. El niño es de tal ciudadano notable —y en ese mismo momento dio a luz.
Todos se quedaron asombrados, pero mientras los de la casa lo tenían por santo, los demás seguían diciendo: «Es Satanás quien inspira sus profecías, está completamente loco».
<Simeón y los monjes>
Dos monjes que por entonces vivían en un monasterio cercano a Émesa examinaban e investigaban, para satisfacer su propia curiosidad, la causa por la que el hereje Orígenes había caído en desgracia, a pesar de ser tan grande el conocimiento y la sabiduría con que Dios le había honrado.
—No procedía de Dios su sabiduría —decía uno de los dos—, sino que era un talento suyo natural. Por lo demás, como era de fina inteligencia y dedicó muchísimo tiempo a la lectura de la Sagrada Escritura y de los santos padres, agudizó su intelecto y gracias a esto pudo escribir sus libros.
—Nadie que esté inspirado sólo por un talento natural puede expresar los razonamientos que expuso aquél, sobre todo en sus Hexapla —le contradecía el otro— (y, de hecho, la Iglesia católica ha considerado indispensable este libro hasta el día de hoy).
—Créeme —replicó el primero otra vez—, hay paganos dotados de mayor sabiduría que él y con más libros escritos que él. Entonces ¿qué?, ¿es preciso alabarlos también a ellos por su tonta verborrea?
Finalmente, como permanecían irreconciliables, le dijo uno al otro:
—Solemos oír comentar a los que vienen de los Santos Lugares que el desierto del santo Jordán tiene grandes monjes. ¡Ea!, sepamos por ellos la verdad.
Tras llegar a los Santos Lugares y rezar, se dirigieron al desierto del mar Muerto, a donde se habían retirado en su día Juan y Simeón, de eterna memoria. Y como Dios no quiso echar en saco roto su esfuerzo, encontraron a aba Juan, que, por lo demás, ya había alcanzado, también él, las cotas de la perfección.
—Bienvenidos sean —les dice al verlos— quienes han abandonado el mar para venir a sacar agua de un lago seco.
Después de mantener los tres una conversación larga y grata a Dios, le revelaron el motivo por el que habían hecho un camino tan largo. —Todavía, padres —les responde aquél—, no he recibido el don del discernimiento de los designios de Dios, pero id a ver a Simeón el Loco, que vive en vuestra tierra, y él podrá resolver eso y todo lo que [153] queráis; y decidle de mi parte: «Reza también por Juan, para que le salga un diez». Pues bien, cuando llegaron a Émesa y preguntaron dónde estaba un loco llamado Simeón, todos se reían de ellos.
—¿Qué queréis de él, padres? —les preguntaban—. Está fuera de sus cabales, nos maltrata y se burla de todos, especialmente de los monjes.
No obstante, se pusieron a buscarlo y lo encontraron en la tienda del vendedor de posca; estaba comiendo altramuces como un oso. Uno de ellos se escandalizó en el acto.
«¡Menudo asceta consagrado a la contemplación hemos venido a ver!», se dijo. «¡Éste sí que tendrá muchas cosas que explicarnos!»
Se acercaron y le dijeron:
—Bendícenos.
—Vosotros habéis venido en mal momento y el que os ha enviado es un imbécil —replicó; y, tras coger por la oreja al que se había escandalizado, le dio tal bofetada que llevó la señal durante tres días. Luego añadió—: En cuanto a mis altramuces, ¿qué tenéis en contra? Han estado en remojo cuarenta días, pero Orígenes no comerá de ellos porque se adentró en el mar y, como no tuvo fuerzas para salir, se ahogó en el abismo. —Y los monjes se quedaron sorprendidos de que se adelantara a decirles todo esto; luego siguió diciendo—: ¿Conque aquel loco quiere un diez? Es tan imbécil como vosotros. Y tú —dijo—, ¿quieres una patada en la espinilla? ¡Venga, venga, marchaos!
En ese mismo instante levantó la olla de posca caliente y les quemó los labios para que no pudieran contar a nadie lo que les había dicho.
<«Pasó disfrazado de etíope»>
Un día en que estaba en la tienda de posca cogió una pandura y empezó a tocarla en un callejón donde había un espíritu impuro. La tocaba y rezaba la oración del gran Nicón para expulsar al espíritu de aquel lugar, pues había maltratado a muchos. Cuando el demonio huyó, pasó disfrazado de etíope a través de la tienda y rompió todo. Entonces, el admirable regresa allí y pregunta a la dueña:
[154] —¿Quién ha roto esto?
Un maldito negro que ha venido y ha roto todo.
—¿Uno bajito, bajito? —le pregunta él riendo.
—Sí, eso es, Loco. —La verdad es que lo he enviado yo para que rompa todo —dice Simeón.
Cuando la mujer oyó esto, quiso golpearlo; pero el santo se agachó y, tras coger un puñado de tierra, se lo echó a los ojos y la cegó.
No, no me pescarás —le dijo; es más: o comulgáis los dos con mi Iglesia, o el negro lo romperá todo cada día —y es que eran de la secta herética de los acéfalos.
El santo dejó a la mujer. Pero he aquí que al día siguiente, a la misma hora, volvió el negro y, dejándose ver, rompió todo de nuevo. Sintiéndose acorralados, ella y su marido abrazaron la recta fe, ya que tomaban a Simeón por hechicero. Ni siquiera se atrevían a decir nada a nadie sobre él, aunque el Loco pasaba cada día por allí para burlarse de ellos.
<«El hebreo quería desenmascararlo»>
Uno de los artesanos de la ciudad quiso desenmascararlo después de haber descubierto su virtud. Un día, en efecto, lo había visto en el baño hablando con dos ángeles. Este artesano era hebreo y blasfemaba mucho contra Cristo.
El santo se le apareció en sueños prohibiéndole contar a nadie nada de lo visto, pero al amanecer el hebreo quería desenmascararlo públicamente. Entonces aquél se presentó ante él de inmediato, le tocó los labios y le selló la boca; y el hebreo enmudeció y ya no pudo hablar con nadie. Solía acercarse al Loco y hacerle gestos con la mano para que le devolviese el habla. Pero aba Simeón se hacía el loco; unas veces respondía a sus gestos con otros, como si estuviera fuera de sí, y otras veces le hacía señas para que se persignara. Era posible ver a los dos haciéndose gestos el uno al otro. ¡Un espectáculo extraordinario!
El monje se le apareció de nuevo en sueños. Dice:
—O te bautizas o tendrás que mendigar. En aquella ocasión, es cierto, no le quiso obedecer. Pero cuando aba Simeón murió, el judío se sintió tan angustiado —sobre todo en el momento de trasladar su cadáver— que se bautizaron tanto él como su familia; y tan pronto como salió de la santa fuente bautismal, recuperó el habla. A partir de entonces, empezó a conmemorar cada año la memoria del Loco agasajando a los pobres.
<«Le metían mano en el bajo vientre»>
A tal grado de pureza y de impasibilidad llegó el bendito que muchas veces saltaba y bailaba cogiendo a una bailarina por la derecha [155] y a otra por la izquierda, y las acompañaba y jugaba con ellas en medio de toda la masa; incluso había ocasiones en que las prostitutas le metían mano en el bajo vientre y le provocaban dándole golpes y pellizcos. Pero el monje, como el oro puro, permanecía totalmente impoluto ante estas provocaciones.
Según él contaba, cuando sufría la inflamación de la carne y los ataques del demonio en el desierto, suplicaba a Dios y a Nicón, aquel gran monje, que le libraran del combate de la fornicación. Un día vio al ilustre varón acercarse.
—¿Cómo estás, hermano? —le pregunta Nicón.
—Si no te apresuras, mal, porque la carne me fastidia, y no sé por qué —respondió Simeón, según reveló él mismo a Juan.
Entonces, según contó el santo, el admirable Nicón sonrió y, tras coger agua del santo Jordán, se la echó debajo del ombligo mientras le hacía la señal de la preciosa cruz. —Mira, te has curado —le dijo.
Desde ese momento Simeón, según juró, no sintió ya, ni en sueños ni en vigilia, ninguna inflamación o movimiento carnal. Gracias a este milagro, el noble monje adquirió la confianza necesaria y regresó al mundo con el propósito de compadecer y salvar a quienes sufrían los ataques del demonio.
Por ejemplo, había ocasiones en que decía a alguna de las cortesanas:
—¿Quieres ser mi amiga a cambio de cien monedas de oro?
Muchas, excitadas, le obedecían, ya que, además, les enseñaba el dinero; y es que tenía todo el que deseaba, pues Dios se lo proporcionaba de manera invisible para su divina misión. Pero a todas las que le cogían las monedas les obligaba a jurar que no lo traicionarían.
<Trucos de Simeón>
Todo lo hacía por medio de gestos tan alocados e indecorosos que las palabras no pueden dar una imagen de sus acciones. Por ejemplo, unas veces fingía que cojeaba, otras veces saltaba, otras se arrastraba por el suelo apoyándose en las nalgas, otras ponía la zancadilla a algún transeúnte con prisas para tirarle al suelo. Cuando había luna nueva, fingía que se quedaba contemplando el cielo y luego se dejaba caer y se contraía convulsivamente. También había ocasiones en que imitaba a los que iban pregonando. Decía, en efecto, que de todos los recursos, éste era el más adecuado y conveniente para los que fingían locura [156] por causa de Cristo. Mediante este procedimiento muchas veces censuraba y reprimía los pecados, enviaba la ira de Dios contra algún malhechor para corregirlo, hacía predicciones y llevaba a cabo cuanto se proponía; y todo eso, cambiando sólo la voz o el movimiento de sus miembros. Hiciera lo que hiciera, siempre lo confundían con esa multitud de individuos que pregonan y profetizan inspirados por los demonios.
Si, llegado el caso, alguna de las que él llamaba amigas suyas le traicionaba, veía inmediatamente en su espíritu que había fornicado, y comenzaba a pregonar con la boca desencajada y a gritos:
—Me has engañado, me has engañado. ¡Santa, santa!, ¡dale!
Y suplicaba que le sobreviniera una enfermedad mortal o, muchas veces, si aquélla insistía en no cultivar la castidad, incluso le enviaba un demonio. De esta manera, conseguía que todas las que se habían comprometido con él se mantuvieran castas y no le engañaran en lo sucesivo.
<«Una prostituta lo llevaba a cuestas: y otra lo azotaba»>
Había cerca de Émesa una aldea cuyo jefe, cuando oyó contar la vida de Simeón, dijo:
—Seguramente, si lo veo, sabré si es un impostor o si en realidad está loco.
Fue a la ciudad y, casualmente, lo encontró cuando una prostituta lo llevaba a cuestas y otra lo azotaba. Aquél se escandalizó en el acto y, reflexionando consigo mismo, decía en lengua siríaca:
—¿Acaso no está convencido hasta el mismo Satanás de que este pseudomonje fornica con esas mujeres?
Entonces el Loco las dejó de inmediato, se acercó a él, que estaba a un tiro de piedra de distancia, y le dio una bofetada; después se quitó el manto y le dijo mientras bailaba y silbaba:
—¡Vamos!, diviértete, miserable, aquí no hay engaño.
Aquél comprendió que el santo había leído en su corazón, y se quedó admirado. Pero cada vez que iba a contarle a alguien lo sucedido, se le trababa la lengua y no podía articular palabra:
<En la pastelería>
Simeón tenía también como pocos santos el don de la abstinencia. Cada vez que llegaba la Cuaresma con los santos ayunos, no comía nada hasta el Jueves Santo. Pero el Jueves Santo se sentaba inmediatamente a comer en la pastelería desde el amanecer, de modo que los que lo veían se escandalizaban de su conducta: —¡Éste —decían— no ayuna ni el Jueves Santo!
Sin embargo, el señor Juan, el diácono, [157] sabía que su género de vida estaba inspirado por Dios. Un Jueves Santo vio cómo comía sentado en la pastelería desde el amanecer.
—¿Cuánto cuesta esto, Loco? le preguntó.
Aquél cogió cuarenta numos y respondió:
Esto hace un folís, necio —y así le daba a entender que comía al cabo de cuarenta días de ayuno.
<«¡Pasad ahora, imbéciles!»>
En otra ocasión, un demonio se encaprichó con otra calle de la ciudad. Un día el santo pasó por allí y vio que quería golpear a alguno de los viandantes. Entonces amontonó piedras en su regazo y empezó a tirarlas a ambos lados del ágora, apartando a todos los que querían atravesarla. En esto, pasó un perro y el demonio lo golpeó; el animal empezó a echar espuma por la boca.
—¡Pasad ahora, imbéciles! —gritó el santo a todos en ese preciso momento.
Y es que, tan sabio como era, sabía que si hubiera pasado algún transeúnte, el demonio lo habría golpeado a él en vez de al perro; por ese motivo les había impedido durante unos instantes pasar por allí.
<«¡Bésanos también a nosotras!»>
El objetivo que se había puesto el sapientísimo Simeón era, como ya se ha dicho antes, doble: en primer lugar, salvar almas, ya fuera por medio de castigos impuestos con gracia o con astucia, o mediante milagros realizados de forma insensata, o a través de órdenes dadas a los ciudadanos mientras representaba su papel de loco; y en segundo lugar, mantener oculta su virtud para no recibir honra ni alabanza de los hombres.
Por ejemplo, un día en que unas muchachas bailaban y cantaban canciones de escarnio, decidió pasar por la calle donde estaban. Ellas, cuando lo vieron, empezaron a cantar contra los monjes. Entonces el justo se puso a rezar para hacerlas entrar en razón, y Dios las volvió bizcas a todas de forma inmediata.
Cuando comenzaron a decirse unas a otras la desgracia sufrida, comprendieron que había sido el santo el que las había dejado bizcas, y corrieron tras él, —¡Rompe el hechizo, Loco, rompe el hechizo! —gritaban entre sollozos, pues pensaban que las había vuelto bizcas mediante un encantamiento.
Cuando lo alcanzaron, lo cogieron por la fuerza y le conminaron a que, como decían ellas, desencantara lo que había encantado:
—La que quiera se curará —dijo, burlándose de ellas—: yo le besaré el ojo bizco, y quedará curada.
Todas las que Dios quiso curar, según contó el santo, dieron su consentimiento; pero las demás, las que no consintieron que las besara, se quedaron como estaban y no dejaban de llorar. Cuando el santo [158] se alejó un poco de ellas, empezaron otra vez a correr tras él: —¡Espera, Loco! —gritaban—, ¡por Dios espera!, ¡bésanos también a nosotras!
Era posible ver al monje corriendo y a las muchachas persiguiéndolo. Unos decían que jugaban con él, otros pensaban que también las muchachas se habían vuelto locas. El caso es que no se curaron y se quedaron así para siempre.
Si Dios no las hubiese vuelto bizcas —explicaba el santo; habrían superado a todas las mujeres de Siria en lujuria. Pero gracias a la enfermedad de sus ojos no cometieron muchas de las malas acciones que habrían realizado.
<«El señor Juan lo invitó a comer»>
Una vez su amigo el señor Juan lo invitó a comer en su casa, donde había unos trozos de tocino colgados. Aba Simeón empezó a cortar el tocino y a comerlo crudo. El sapientísimo Juan, que no quería hablarle a gritos, se le acercó y le dijo al oído:
—De verdad, no me escandalizarás ni aunque te comas crudo un filete de camello. Así que haz lo que quieras.
Y es que conocía la virtud del Loco, porque también él era un hombre espiritual.
<«El Loco lo llevó a su cabaña»>
Una vez, unos habitantes de Émesa fueron a Jerusalén en Semana Santa para celebrar allí la Pascua. Uno de ellos bajó a rezar al santo Jordán, y allí visitó las cuevas y dio limosna a los padres. Por disposición divina, ocurrió que aba Juan, el hermano de aba Simeón, encontró a este peregrino, que era mercader en el desierto. El mercader, cuando lo vio, se arrodilló y pidió su bendición.
—¿De dónde eres? le preguntó aba Juan.
—De Émesa, padre.
—Y teniendo allí a aba Simeón, el llamado Loco —replicó aba Juan-, ¿qué quieres de mi humilde persona? También yo necesito sus oraciones, como todo el mundo.
Aba Juan llevó al mercader a su cueva y le puso una mesa con abundante comida. (Todo lo que tenía procedía de Dios, pues ¿dónde, si no, habría podido encontrar en el seco desierto [159] pan blanco, pescado recién frito y vino de primera calidad, una jarra llena?) Cuando comieron hasta saciarse, le dio tres panes calientes, también éstos procedentes de Dios.
—Dáselos al Loco —le dice—, con este mensaje de mi parte: «En nombre del Señor, reza por tu hermano Juan».
Entonces —y la Verdad del Señor puede dar fe de esto-, cuando el mercader llegó a Émesa, aba Simeón sale a su encuentro en la puerta de la ciudad y le pregunta:
—¿Qué hay, imbécil? ¿Cómo le va a aba Juan, que está tan loco como tú? ¿No te has comido los panes que te dio? De verdad, de verdad, si te has comido los tres, harás una mala digestión —y el otro se quedó estupefacto cuando le oyó decir todo lo que él mismo se había propuesto contarle.
El Loco lo llevó inmediatamente a su cabaña; y esto es lo que aseguró después el mercader:
—Me puso toda la mesa exactamente como me la había puesto aba Juan —coincidía hasta el tamaño de la jarra—. Después de comer, le di los tres panes y me retiré a mi casa, enrojeciendo ante la idea de decir nada a nadie, ya que todos aseguraban que estaba fuera de sus cabales.
<«Sentenciaron a aba Juan a la horca»>
Hemos dicho más arriba que Simeón hizo un milagro por Juan el diácono, aquel hombre grato a Dios que nos narró la vida del santo. Este milagro ocurrió de la siguiente manera:
Unos malhechores cometieron un asesinato y, tras recoger el cadáver, lo metieron en la casa del mencionado amigo de Dios por la ventana. Se produjo un enorme revuelo; el asunto llegó hasta el gobernador y sentenciaron a aba Juan a la horca. Cuando ya iba al patíbulo a morir, sólo decía para sus adentros:
—¡Dios del Loco, ayúdame! ¡Dios del Loco, socórreme en este trance!
Como Dios quería salvarlo de semejante calumnia, un desconocido fue a decirle a Simeón:
—¡Eh, pobre hombre!, aquel amigo tuyo, el señor Juan, va a ser ejecutado en la horca y, de verdad, si él muere, tú vas a morir también de hambre porque nadie te va a cuidar como aquél —y le contó la forma en que lo inculparon por error del [160] asesinato.
Aba Simeón se fingió loco según su costumbre y, tras dejar al que le había dado la noticia, se retiró al escondite donde solía rezar siempre, un lugar que nadie conocía a no ser su querido Juan, el amigo de Dios. Una vez de rodillas, suplicó a Dios que librara a su siervo de semejante peligro. Cuando los que lo conducían a la horca alcanzaron el lugar donde debían instalar el patíbulo, he aquí que llegaron a galope unos jinetes con la orden de que soltaran al reo, porque habían encontrado a los verdaderos autores del crimen. Tan pronto como éste fue liberado, corrió directamente al lugar donde sabía que aba Simeón iba a rezar. Pero al ver de lejos al santo con las manos extendidas hacia lo alto, tuvo miedo porque, según me juró, podía contemplar unas bolas de fuego que subían desde él hasta el cielo.
«—En torno a él veía como un horno encendido, y él estaba allí, en medio, de modo que no me atreví a acercarme hasta que acabó la oración. Finalmente, se volvió a mí y, al verme, me dijo en seguida:
»—¿Qué hay, diácono? ¡Por Jesús, por Jesús!, ¡casi has bebido el cáliz! <Mt 26.24>. ¡Ea!, ve a rezar. La prueba que acabas de pasar te ha llegado porque ayer se acercaron a ti dos mendigos y, a pesar de que tenías dinero para darles, los rechazaste. ¿Es que es tuyo lo que das, hermano? ¿O no crees a Aquel que dijo: «Recibiréis el céntuplo en este siglo y la vida eterna en el siglo venidero?» <Mt 19.29>. Si le crees, da; y si no das, será evidente que no crees en el Señor.
Tales fueron las palabras del Loco o, más bien, del sapientísimo santo. Y es que con el mencionado señor Juan, cuando se encontraban los dos a solas, el anciano no representaba el papel de loco; por el contrario, conversaba con él con tal compostura y compunción que muchas veces salía fragancia de su boca, como aseguraba el señor Juan.
—Así que yo —decía— apenas creía que aquél era el loco que había visto momentos antes.
<«Ve a lavártelos con ajo y vinagre, imbécil»>
Con todos los demás se comportaba de otra manera. Por ejemplo, había veces en que, cuando llegaba el santo domingo, cogía una ristra de salchichas y, tras colgársela del cuello como una estola, [161] se ponía mostaza en la mano izquierda y empezaba a mojarlas y a comerlas así desde por la mañana. Además, a algunos de los que iban a divertirse con él les untaba la boca con mostaza.
Un día fue a unirse a la diversión un campesino que tenía leucoma en los dos ojos y Simeón se los untó con mostaza. El hombre se contrajo de dolor hasta casi morir.
—Ve a lavártelos con ajo y vinagre, imbécil —le dijo Simeón—, y te curarás en seguida.
Pero aquél salió corriendo inmediatamente a buscar un médico, creyendo que hacía algo con sentido, y se quedó más ciego todavía. Finalmente, ya fuera de sí, juró en lengua siríaca:
—¡Por el Dios del cielo!, aunque me salten ahora mismo los ojos de las órbitas, voy a hacer lo que me ha dicho el Loco —y tan pronto como se lavó los ojos de la manera que le había indicado, se le curaron y quedaron tan limpios como el día en que nació; por todo ello, el campesino dio gloria a Dios.
En esto, Simeón sale a su encuentro y le dice: —Mira, te has curado, imbécil. Ahora deja de robar las cabras de tu vecino.
<«La mano se le entumecía»>
A un habitante de Émesa le robaron una suma de quinientas monedas de oro. Mientras buscaba el dinero, sale a su encuentro aba Simeón. Aquél, queriendo cambiar de suerte, le pregunta:
—¿Puedes hacer algo para encontrar mis monedas, Loco?
—Si quieres, sí.
—Hazlo y, si las encuentro, te daré diez monedas de oro.
Haz lo que yo te diga, y esta noche encontrarás el dinero en la caja —y después de prometerle aquél bajo juramento que cumpliría lo que le mandara, a no ser que fuera algo inoportuno, le dijo—: Vete, el dinero lo ha cogido tu esclavo el escanciador. Pero ¡cuidado!, dame tu palabra de que no vas a azotar ni a ese esclavo ni a ningún otro de tu casa —efectivamente, tenía la costumbre de azotarlos con fuerza.
Aquél creyó que Simeón le ordenaba que no azotara a ningún esclavo sólo en relación con ese dinero; [162] pero Simeón se refería a que no volviera a azotar a ninguno nunca más. El caso es que le dio su palabra, acompañándola de terribles juramentos. Luego se fue a su casa, consiguió que el esclavo mostrara buena disposición y obtuvo de él la cantidad robada.
Desde ese día, cada vez que intentaba azotar a algún esclavo, no podía hacerlo; la mano se le entumecía en el acto. Comprendiendo el motivo, decía:
—En verdad, esto me pasa por culpa del Loco —y entonces iba a buscarlo y le rogaba— ¡Deshaz el juramento, Loco! —pero éste, inmediatamente, empezaba a hacer tonterías, como si no supiera de qué le hablaba.
El hombre siguió molestando al santo, hasta que éste se le apareció en sueños y le dijo:
De verdad te digo que, si deshago el juramento, desharé también tu capital y desparramaré todo el dinero. ¿Es que no tienes vergüenza? ¿Por qué quieres pegar a tus compañeros de esclavitud, que te precederán en el siglo venidero? Después de tener esta visión, se mantuvo alejado de él.
<Simeón y los endemoniados>
Sentía una compasión sobrenatural por los endemoniados, hasta el punto de que iba a menudo a donde estaban y, fingiendo que era uno de ellos, pasaba el tiempo en su compañía y curaba a casi todos mediante sus oraciones; por eso, algunos endemoniados pregonaban a gritos: —¡Qué abuso, Loco!, te burlas de todo el mundo ¿y ahora has venido también junto a nosotros para molestarnos? ¡Vete de aquí!, ¡tú no eres de los nuestros! ¿Por qué pasas toda la noche atormentándonos y quemándonos? Mientras vivió en Émesa, también el santo solía censurar a muchos como pregonando, bajo la inspiración del Espíritu Santo: a unos por robar, a otros por fornicar; a éstos les reprochaba a gritos que no comulgaban regularmente, a aquéllos los tachaba de perjuros. Y así, por medio de este truco, impidió pecar a casi toda la ciudad.
<La adivina>
Vivía allí en aquella época una adivina que hacía amuletos y encantamientos. El justo maquinó hacerla amiga suya dándole las limosnas que recogía, ya fuera dinero, pan o incluso ropa.
[163] —¿Quieres que te haga un amuleto para que nunca seas víctima del mal de ojo? —le pregunta un día.
—Sí, Loco —respondió aquélla pensando que, aunque estuviera loco, quizás podría acertar.
El santo se fue y escribió en una tablilla, en lengua siríaca: «Que Dios te vuelva ineficaz y ya no te permita apartar a los hombres de Él para atraerlos a ti». Se la dio a la adivina, y ella se la puso y ya no fue capaz de hacer a nadie ni una profecía ni un amuleto.
<«¿Queréis que os haga reír?»>
En otra ocasión estaba sentado con sus hermanos los pobres al calor del horno de un vidriero. El vidriero era judío. —¿Queréis que os haga reír? —dice Simeón a los mendigos bromeando—. Mirad, sobre cada vaso que haga este artesano, yo haré la señal de la cruz y se romperá.
Cuando rompió unos siete, uno tras otro, los mendigos se echaron a reír y se lo contaron al vidriero, que lo echó quemándole con el hierro. —De verdad, hijo de puta —le dijo el santo a gritos mientras huía-, hasta que no te hagas la señal de la cruz en la frente, se te irán rompiendo todos.
El vidriero, después de romper otros trece vasos consecutivamente, se rindió y se santiguó en la frente, y ya no rompió ninguno más. De esta manera, se convirtió y se hizo cristiano.
<«Os voy a preparar un almuerzo magnífico»>
Un día diez ciudadanos lavaban su ropa fuera de la ciudad y el bendito pasó por allí.
—Venid aquí, imbéciles —les dice—, que os voy a preparar un almuerzo magnífico.
—¡Sabe Dios!, ¡vamos allá! —respondieron cinco de ellos.
Sí, de las tinieblas va a sacaros el almuerzo —decían los demás, intentando impedir que fueran—. ¡Si va pidiendo de puerta en puerta! ¿De dónde va a sacar nada? Sólo quiere hacernos perder el tiempo. Aquellos cinco, sin embargo, creyeron al santo y se fueron con él.
—Esperad aquí —les dice—, y se alejó de ellos a una distancia equivalente más o menos a un tiro de flecha, para rezar en secreto.
—Es cierto, se ha burlado de nosotros —comentan aquéllos entre sí mientras tanto—. Me parece que aba Simeón quiere traernos hierba para que pastemos. Pero he aquí que, [164] en plena conversación, ven que les hace señales para que se acerquen. Aparte de haber rezado, como se ha dicho, había preparado toda la comida con la ayuda de Dios. Al llegar encontraron delante de él, sobre una mesa —¡lo juro por el Señor!—, pan blanco, galletas, albóndigas, pescado, vino selecto, pasteles fritos, dulces y, sencillamente, todo lo que tiene la vida de sabroso. —Coged también para vuestras mujeres, miserables —les dijo cuando acabaron de comer—. Y si dejáis de formar parte del populacho imbécil, no faltará en vuestras casas este pan blanco, hasta que me muera. —Probemos durante una semana —se dijeron cuando se iban—, y si no nos falta, dejemos de ir ya con nuestros compañeros a los espectáculos públicos. Cuando vieron que no les faltaba el pan por mucho que comieran cada día, ya no quisieron cometer ninguna mala acción; por el contrario, tres de ellos se hicieron monjes, compungidos por el género de vida del Loco. Pero mientras el Loco vivió en carne, no pudieron contar nada a nadie.
<«¿Qué hay, imbécil?, ¿me has traído la menta?»>
Lo que el santo hizo para ayudar a un mulero digno de lástima o, más bien, de honor debe figurar por escrito en está obra dedicada a él.
El mulero era caritativo pero, por circunstancias imprevistas, cayó en la pobreza. Un día en que fue por vino para su casa y para venderlo, el bendito se lo encontró.
—¿Adónde vas, imbécil? —le pregunta—; y es que siempre tenía esta palabra en la boca, invariablemente.
—Por vino, Loco.
—Trae menta también cuando vengas. El mulero consideró estas palabras como un mal augurio y se dijo a sí mismo mientras se alejaba: «¿Qué satanás me habrá enviado de buena mañana a este monje para que me diga: «Tráeme menta»? De verdad, voy a tener mala pata con este vino; se convertirá en vinagre o qué sé yo».
Cuando el mulero emprendió el regreso, como transportaba un vino muy bueno, se olvidó, de puro contento, de coger la menta para aba Simeón. Éste se lo encuentra en la puerta de su casa y le pregunta:
—¿Qué hay, imbécil?, ¿me has traído la menta?
—De verdad, pobre hombre, se me ha olvidado —responde el otro. [165] —Vete ya, lo tuyo se ha arreglado —le dice el monje sonriendo—. Cuando el mulero fue a descargar los odres, encontró dentro un vinagre tan pestilente que sólo con olerlo se moría. Entonces comprendió que el causante de aquella desgracia había sido aquel monje, el Loco, y empezó a decir:
—De verdad, ahora, ahora mismo voy por la menta —y entonces echó a correr en busca del Loco y le suplicó así (pues creía que había actuado de la misma manera que un prestidigitador cuando crea una ilusión óptica): —Deshaz lo que has hecho, Loco.
—¿Qué he hecho?
—He comprado un buen vino y ¡en dos horas se ha convertido en vinagre!
Vete, vete, no importa, abre este año un local para vender posca y saldrás ganando.
El objetivo del anciano y lo que suplicaba era que las penalidades de aquel hombre se vieran bendecidas, porque era caritativo; pero no quería hacer nada abiertamente, sino todo a escondidas, mediante trucos. El caso es que el mulero se rindió. —¡Bendito sea Dios! —dice, abriré un local para vender posca. Abrió el local y Dios le bendijo. Pero por lo que respecta al Loco, no sólo no le daba las gracias, a pesar de los motivos que tenía para hacerlo, sino que incluso le guardaba rencor, por no comprender lo que había hecho por él. Y es que en todo este asunto, Dios había disimulado el objetivo perseguido por aba Simeón.
<«Si no sacaba un seis triple, perdía»>
En cierta ocasión, uno de los ciudadanos importantes de la ciudad contrajo una enfermedad; el santo tenía la costumbre de ir a su casa a hacer bromas. Cuando ya estaba a punto de morir, se vio a sí mismo en sueños jugando a los dados con un etíope; era la muerte. Le llegó el turno de lanzar los dados; si no sacaba un seis triple, perdía. Entonces, en pleno sueño, se le apareció aba Simeón y le dijo:
—¿Qué hay, imbécil? Sí, ahora te va a ganar ese negro; pero si me das tu palabra de que no mancillarás más el lecho de tu mujer, yo echaré por ti los dados y lo evitaré. Esto fue lo que dijo el enfermo que tuvo la visión:
—Entonces yo se lo juré, y él me cogió los dados, [166] los lanzó y ¡sacó un triple seis!
Cuando el enfermo se despertó, Simeón se presentó otra vez inmediatamente y le dijo:
¡Menudo triple seis has sacado, idiota! Pero créeme, si infringes tu juramento, aquel negro te ahogará.
Y tras insultarle a él y a todos los de su casa, se alejó corriendo.
<«¡Victorias para el emperador y para la ciudad!»>
Este sabio no tenía nada, verdaderamente, en su cabaña (pues tenía una cabaña para dormir o, más bien, para hacer vigilia por la noche), a no ser un montón de sarmientos. Muchas veces pasaba en vela toda la noche hasta el amanecer, sin dejar de rezar ni de regar el suelo con sus lágrimas; tan pronto como llegaba la mañana, salía a cortar una rama de olivo, o bien plantas; entonces se hacía una corona, se la ponía y, tras coger una vara en la mano, comenzaba a bailar mientras gritaba:
¡Victorias para el emperador y para la ciudad!
Decía «ciudad» refiriéndose al alma, y «emperador» refiriéndose a la mente.
<«Nadie vio que le creciera el pelo»>
Una cosa pedía también el santo a Dios: que no le creciera el pelo de la cabeza ni del mentón, no fuera que por cortárselo se pusiera de manifiesto que se fingía loco, Por eso durante todo el tiempo que pasó entregado a este género de vida nadie vio que le creciera el pelo de la cabeza o que se lo cortara.
<Últimas palabras del santo>
El santo solía sostener en privado largas conversaciones edificantes con el señor Juan, el diácono, pero le amenazaba con que si le desenmascaraba sufriría un terrible tormento en el siglo venidero. Cuando le narró toda su vida —es decir, dos días antes de abandonar este mundo, le dijo: —Hoy he ido a ver a mi hermano Juan y he comprobado que, gracias a Dios, ha hecho grandes progresos, cosa de la que me he alegrado. He visto, en efecto, que llevaba su corona y que ésta tenía la siguiente inscripción: «Corona de la paciencia en el desierto». Aquel bendito, a su vez, me ha dicho:
»-Cuando venías, he visto a alguien que te dirigía estas palabras: «Ven, ven, Loco, para que te lleves no una corona solamente, sino todas las coronas de las almas que me has ofrecido».
»Pero yo, señor archidiácono, estoy seguro de que no ha tenido ninguna visión de este tipo relacionada conmigo, sino que ha querido darme una satisfacción; pues un hombre loco e imbécil ¿qué recompensa puede llevarse?
»Te suplico —añadió— que nunca desprecies el alma de nadie como si tal cosa, y mucho menos [167] de un monje o de un pobre. Pues Tu Caridad sabe que entre los pobres y sobre todo entre los ciegos hay personas que, como el sol mediante el fuego, se han purificado gracias a su paciencia y a sus mortificaciones. ¡A cuántos campesinos de este país he visto acudir regularmente a la ciudad para comulgar, y eran más puros que el oro por su inocencia y sencillez y por comer el pan con el sudor de su frente! <Gn 3.19>.
»No me hagas ningún reproche, señor, por lo que te he contado. Es el amor que siento por ti lo que me ha impulsado a revelarte todo el abandono que ha acompañado a mi miserable vida.
»Has de saber que también a ti el Señor te acogerá pronto en su seno. Así, pues, mientras tengas fuerza y poder, preocúpate de tu alma, para que puedas pasar sin tormentas a través de los dueños de las tinieblas del aire <Ef 6.12>. El Señor sabe que no dejarán de causarme gran preocupación y miedo hasta que me vea libre de ellos. Y es que éste es el día malo del que hablaron el apóstol y David <Ef 6.13; Sal 40.2>.
»Por eso, te pido, hijo y hermano Juan, que con todas tus fuerzas y, si es posible, más allá de tus fuerzas, ames a tu prójimo mediante la caridad. Esta virtud, en efecto, nos ayudará más que ninguna otra en aquel trance, pues está dicho: «Bienaventurado el que se preocupa por el pobre y el desvalido; en el día malo le salvará el Señor» <Sal 40.2>. Y otra cosa te pido: no te acerques nunca al santo altar si tienes algo contra alguien, para que tu impiedad no haga a otros indignos de la visita del Espíritu Santo.
Estas y otras muchísimas recomendaciones le hizo, algunas de las cuales le pidió que no se las dijera nunca a nadie porque no todos aceptarían con fe sus palabras.
—Pero consuélate, porque en el plazo de tres días el Señor acogerá en su seno a este Loco, el más insignificante de los hombres, y a su hermano el señor Juan. Por eso yo mismo he ido a decirle: «Hermano Juan, ¡ea!, ¡vamos!, ya es la hora».
»Ven a mi cabaña dentro de dos días a ver qué encuentras; quiero que tengas un recuerdo de este pobre Loco pecador. Y después de decirle estas y otras palabras, fue a su cabaña y se encerró.
<Muerte de Simeón>
El momento presente nos invita, amigos míos, a contaros la admirable muerte, o mejor, [168] sueño, del santo, porque no será pequeño el sentimiento de edificación que os proporcionará. Su muerte es lo más excepcional de cuanto se ha contado hasta ahora: fue sello y confirmación de sus conquistas, y prueba de su conducta inmaculada.
Cuando aquel gran varón presintió la hora común a todos, como no quería recibir honores de los hombres ni después de muerto, ¿qué hizo? Entró en su santa cabaña, se cubrió con un montón de sarmientos y, tras quedarse dormido, entregó serenamente su espíritu al Señor.
Sus conocidos, cuando llevaban dos días sin verlo, dijeron:
—¡Ea!, vamos a ver si es que está enfermo el Loco —y al llegar lo encontraron muerto bajo el montón de sarmientos; entonces dijeron: —Ahora sí que creerán todos que no estaba en sus cabales. Fijaos, ¡hasta su propia muerte es inusitada!
Dos de ellos transportaron el cadáver y, sin lavarlo, sin cantar la salmodia, sin cirios, sin incienso, fueron a enterrarlo al cementerio de los extranjeros. Cuando pasaron por la casa del vidriero hebreo al que el santo, según hemos relatado más arriba, había convertido, aquél oyó una salmodia maravillosa, un cántico imposible de cantar por labios humanos, y un coro tan numeroso que ni toda la humanidad reunida lo habría igualado. Atónito por aquella salmodia y aquella multitud, se asoma y ve al santo transportado por dos hombres y sólo dos, que llevaban su precioso cuerpo.
Bienaventurado tú, Loco —dijo quien había oído aquella melodía invisible, porque no tienes hombres que te canten la salmodia, pero tienes a las potencias celestiales para honrarte con sus himnos —y dicho esto, bajó para enterrarlo con sus propias manos y explicó a todos los cánticos angélicos que había escuchado. También el señor Juan, el diácono, se enteró de la noticia y acudió corriendo con otros muchos al lugar donde el santo había sido enterrado, a fin de recoger sus preciosas reliquias y dispensarle unos dignos funerales. Pero cuando abrieron la sepultura, no lo encontraron; el Señor se lo había llevado consigo para darle gloria. Entonces todos volvieron en sí, como si se despertaran de un sueño, y comenzaron a contarse unos a otros los milagros que el santo había hecho por cada uno de ellos; y decían que se había fingido loco por amor a Dios.
<Epílogo>
[169] Tal fue, amigos de Cristo, la vida y la conducta del admirable Simeón. Tales fueron sus virtudes —las pocas que, entre muchas, hemos seleccionado—. Tal fue su carrera ascética, verdaderamente secreta y celestial, que nadie había visto y que todos descubrieron de repente. Tal fue este nuevo Lot; como aquél en Sodoma, también éste pasó secretamente por el mundo sin ser visto <Gn 19>.
Nos hemos apresurado a escribir sus milagros y celebradísimos premios en la medida en que, indignos como somos, hemos podido, aunque aparte de esta obra ya compusimos otra pero muy breve, por no haber llegado todavía a nuestro conocimiento los detalles de este maravilloso relato. Honrarle con encomios sobrepasa nuestras facultades, ya que eso está reservado a los que puedan escribir un discurso que rivalice con la virtud del santo. Y es que ¿cómo podría alabar la palabra a quien fue honrado más allá de toda palabra?, ¿o unos labios de carne, a quien se mostró sin carne en la carne?, ¿o la sabiduría de la lengua, a quien borró toda sabiduría y prudencia mediante la locura grata a Dios?
En verdad, el hombre mira a la cara, pero Dios al corazón. En verdad, Dios no mirará como mirará el hombre <1 R 16.7>. En verdad, nadie conocerá la manera de ser del hombre si no conoce el espíritu del hombre <1 Co 2.11>. En verdad, no juzguemos a nadie antes de tiempo, amigos de Cristo, hasta que no venga el Señor, que todo lo iluminará. ¿Quién hubiera dicho, amigos de Cristo, que Judas, que vivía en cuerpo con los discípulos, estaba en su corazón con los judíos? ¿Quién hubiera creído que Rahab, que se encontraba en cuerpo en el prostíbulo de Jericó, estaba espiritualmente en el Señor? <Jos 2.1>. ¿Quién hubiera esperado que aquel Lázaro, el mendigo, que vivía sumido en semejante sufrimiento por sus llagas, llegaría a gozar de tal prosperidad en el seno de Abraham? <Lc 16.20-22>. Sabedores de esto, queridos amigos, obedezcamos también nosotros a quien dio aquel sabio consejo de «cuida sólo de ti mismo», no de los tuyos, ni de los que te rodean, sino sólo de ti mismo; porque cada uno [170] llevará su propia carga <Gál 6.4-5> y recibirá su propio salario <1 Co 3.8> del emperador celestial, Cristo, de quien es la gloria y el poder con el Padre y el Santísimo Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.
Después de haber llevado sobre la tierra una vida angélica y digna de toda alabanza, Simeón, el llamado «Loco por causa de Cristo», murió un veintiuno de julio, habiendo brillado mucho más que un relámpago en sus conquistas gratas a Dios y habiendo anonadado por sus virtudes incluso a las potencias sobrenaturales de los ángeles. Está situado junto al trono de insoportable fulgor donde se sienta Dios, padre de las luces, cuya confianza ha merecido y a quien honra con himnos incesantes acompañado de todas las potencias celestiales. Que el Señor nos conceda tener la parte y el lote de san Simeón en su reino imperecedero, en compañía de todos los santos, porque suya es la gloria por los siglos de los siglos. Amén.