sábado, 14 de febrero de 2026

COMO LEER EL LIBRO DEL GENESIS - p. Serafín Rose



1.             Una aproximación

 

En cierto sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se han llenado con tantas teorías y hechos supuestos fundados en la ciencia y la filosofía modernas sobre los orígenes del hombre y del universo que inevitablemente llegamos a este libro con nociones preconcebidas.

Algunos quieren que concuerde con sus teorías científicas particulares; otros buscan que entre en discrepancia con las suyas. Tanto unos como otros suponen que el texto encierra un contenido científico; pero hay quienes lo ven únicamente como poesía, un producto de la imaginación religiosa, ajeno por completo al ámbito de la ciencia.

La cuestión central que provoca nuestras dificultades para comprender este libro es: ¿hasta qué punto debemos leerlo “literalmente”?

Otros, algunos fundamentalistas protestantes nos dicen que todo es (o prácticamente todo es) “literal”. Pero semejante postura nos coloca ante dificultades imposibles: dejando de lado nuestra interpretación literal o no literal de diversos pasajes, la propia naturaleza de la realidad que se describe en los primeros capítulos del Génesis (la creación misma de todas las cosas) hace que sea completamente imposible que todo sea entendido “literalmente”; ni siquiera tenemos palabras, por ejemplo, para describir “literalmente” cómo algo pueda surgir de la nada.

¿Cómo es que “habla” Dios? ¿Produce un sonido que resuena en una atmósfera que todavía no existe? Esta explicación es, obviamente, un tanto demasiado simple: la realidad es más compleja.

Luego está el extremo opuesto. Algunas personas quisieran interpretar este libro (al menos los primeros capítulos, que presentan la mayor dificultad) como una alegoría, una manera poética de describir algo que en realidad está mucho más cerca de nuestra experiencia. Pensadores católicos romanos, por ejemplo, en años recientes han ideado algunos modos ingeniosos de “explicar” el Paraíso y la caída del hombre; pero al leer estas interpretaciones se tiene la impresión de que muestran tan poco respeto por el texto del Génesis que lo tratan como un comentario primitivo sobre ciertas teorías científicas recientes. Esto también es un extremo. San Juan Damasceno, el Padre del siglo VIII cuyas opiniones, por lo general, resumen la postura patrística de los primeros siglos cristianos, afirma explícitamente que la interpretación alegórica del Paraíso forma parte de una herejía temprana y no pertenece a la Iglesia.¹

Hoy en día se encuentra con frecuencia una vía de escape común entre estas dos posturas. Recientemente la declaración de una monja católica romana (que además es docente) fue difundida ampliamente bajo el título: «Dios ayudó a crear la evolución». Ella afirma:

«El relato bíblico de la creación tiene una finalidad religiosa. Contiene, pero no enseña, errores. La teoría evolutiva de la creación, en cambio, tiene una finalidad científica, y la búsqueda de la verdad es competencia de astrónomos, geólogos, biólogos y otros especialistas. Estos dos propósitos son distintos, y ambos ofrecen verdad a la mente y al corazón humanos»

Sostiene además que el Génesis procede de tradiciones orales que estaban limitadas por las concepciones científicas de aquella época.

Según esta postura, el Génesis pertenece a una categoría, y la verdad o la realidad científica a otra; el Génesis tiene poco o nada que ver con la verdad de ningún tipo, ya sea literal o alegórica. Por lo tanto, en realidad no sería necesario reflexionar sobre la cuestión: uno lee el Génesis para edificación espiritual o como poesía, y los científicos le dirán lo que necesita saber acerca de los hechos relativos al origen del mundo y del hombre.

en términos reales, equivale a no considerar la cuestión en absoluto, pues no toma al Génesis con seriedad. El objetivo fundamental de nuestro estudio del Génesis es, por el contrario, tomarlo en serio, y ver lo que lo que efectivamente dice. Ninguno de los enfoques señalados permite hacerlo. Debemos, por tanto, buscar en otro lugar la “clave” para la comprensión del Génesis.

Al acercarnos al Génesis debemos procurar evitar escollos como los que hemos mencionado más arriba mediante un cierto grado de autoconciencia: ¿qué clase de prejuicios o predisposiciones podemos tener al aproximarnos al texto?

Ya hemos señalado que algunos de nosotros pueden estar demasiado ansiosos por hacer que el significado del Génesis concuerde (o discrepe) con alguna teoría científica particular. Expresemos un principio más general acerca de cómo, con nuestra mentalidad del siglo XX, tendemos a proceder en este sentido. En reacción al extremo literalismo de nuestra perspectiva científica (un literalismo que es exigido por la propia naturaleza de la ciencia), cuando nos volvemos hacia textos no científicos de literatura o de teología, estamos muy predispuestos a buscar significados no literales o “universales”. Y esto es natural: queremos evitar que estos textos parezcan ridículos a los ojos de quienes han sido formados científicamente. Pero debemos darnos cuenta de que, con esta predisposición, a menudo saltamos a conclusiones que en realidad no hemos reflexionado con la debida seriedad.

Para tomar un ejemplo evidente: cuando oímos hablar de los “Seis Días” de la creación, la mayoría de nosotros ajusta automáticamente esos días a lo que la ciencia contemporánea enseña acerca del crecimiento y desarrollo gradual de las criaturas. “Deben de ser períodos de tiempo indefinidamente largos —millones o miles de millones de años—”, nos dice nuestra mente del siglo XX; “todos esos estratos geológicos, todos esos fósiles… no podrían haberse formado en un ‘día’ literal”. Y si oímos que un fundamentalista en Texas o en el sur de California insiste una vez más, en voz alta, en que esos días duran exactamente veinticuatro horas y no más, incluso podemos indignarnos y preguntarnos cómo puede la gente ser tan obtusa y anticientífica.

En este curso no pretendo decirles cuánto duraron esos días. Pero creo que deberíamos ser conscientes de que nuestra tendencia natural, casi subconsciente, a considerarlos como períodos indefinidamente largos —pensando de ese modo que hemos resuelto el “problema” que presentan— no es en realidad una respuesta bien pensada a este problema, sino más bien una predisposición o prejuicio que hemos absorbido del ambiente intelectual en el que vivimos. Cuando examinamos estos días con mayor detenimiento, veremos, sin embargo, que toda la cuestión no es tan simple y que nuestra predisposición natural, en este caso como en muchos otros, tiende más a oscurecer que a clarificar la cuestión real.

Examinaremos esta cuestión específica más adelante. Por ahora, quisiera exhortarnos a no estar demasiado seguros de nuestras maneras habituales de mirar el Génesis, y a abrirnos a la sabiduría de los teofóros del pasado, que han dedicado tanto esfuerzo intelectual a comprender el texto del Génesis tal como debía ser entendido. Estos Santos Padres son nuestra clave para comprender el Génesis.


 

 

 

 

2.             Los Santos Padres: nuestra clave para la comprensión del Génesis

 

En los Santos Padres encontramos la “mente de la Iglesia”: la comprensión viva de la revelación de Dios. Ellos son nuestro vínculo entre los textos antiguos que contienen la revelación divina y la realidad actual. Sin este vinculo, cada hombre queda entregado a sí mismo, y de ello nace una miríada de interpretaciones y de sectas.

 

Los comentarios patrísticos sobre el Génesis son abundantes, y esto es ya un signo claro de la importancia extraordinaria que este texto tuvo para los Padres de la Iglesia. Consideremos ahora qué Padres hablaron de él y qué obras escribieron al respecto.

A lo largo de este curso recurriré principalmente a cuatro comentarios de los Padres de la Iglesia antigua. Veamos ahora qué Padres hablaron de este texto y qué obras escribieron.

  1. San Juan Crisóstomo escribió un comentario mayor y otro menor sobre todo el libro del Génesis. El mayor, llamado Homilías sobre el Génesis, fue en realidad un ciclo de lecturas pronunciadas durante la Gran Cuaresma, ya que en ese tiempo el libro del Génesis se lee en la iglesia. Este libro contiene sesenta y siete homilías y tiene unas setecientas páginas. Otro año, san Juan pronunció otras ocho homilías, que comprenden varios cientos de páginas más. También escribió un tratado titulado Sobre la creación del mundo, de más de cien páginas. Así, en san Juan Crisóstomo tenemos mil páginas o más de interpretación del Génesis. Es uno de los principales intérpretes de este libro.
  2. San Efrén el Sirio, aproximadamente contemporáneo de san Juan Crisóstomo, también tiene un comentario sobre todo el libro. En su obra, llamada simplemente Interpretación de los libros de la Biblia, varios cientos de páginas están dedicadas al Génesis. San Efrén es valorado como intérprete del Antiguo Testamento porque conocía el hebreo, era un “oriental” (es decir, poseía una mentalidad oriental) y conocía las ciencias.
  3. San Basilio el Grande pronunció homilías sobre los Seis Días de la creación, llamadas el Hexaemerón, que significa “Seis Días”. Existen otros Hexaemera en la literatura de la Iglesia primitiva, algunos que se remontan al siglo II. El de san Basilio es, podría decirse, el más autorizado. No cubre todo el Génesis, sino solo el primer capítulo. Otro libro suyo que citaremos se llama Sobre el origen del hombre, que es como una continuación del Hexaemerón.
  4. En Occidente, san Ambrosio de Milán leyó las homilías de san Basilio y escribió él mismo homilías sobre los Seis Días. Su Hexaemerón es bastante más extenso, de unas trescientas páginas. San Ambrosio también escribió un libro completo sobre el Paraíso, continuación del Hexaemerón, así como un libro sobre Caín y Abel.

 

Además de estos comentarios básicos, examinaremos una serie de libros que no abarcan todo el Génesis ni todos los Seis Días. Por ejemplo, el hermano de san Basilio, san Gregorio de Nisa, tiene un libro titulado Sobre la creación del hombre, que trata en detalle el final del primer capítulo y el comienzo del segundo capítulo del Génesis.

También he recurrido a exposiciones del dogma ortodoxo. El libro de san Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, contiene muchos capítulos sobre cuestiones relativas a los Seis Días, la creación del hombre, la caída, el Paraíso, etc. Los catecismos de la Iglesia primitiva —el Gran Catecismo de san Gregorio de Nisa y las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén— también ofrecen algunos detalles sobre estas cuestiones.

Sobre una cuestión específica de la cosmovisión patrística he utilizado los tratados sobre la Resurrección de san Atanasio el Grande, san Gregorio de Nisa y san Ambrosio de Milán.

San Simeón el Nuevo Teólogo ha escrito homilías sobre Adán, la caída y el mundo primitivo, que tenemos en inglés en el libro El pecado de Adán.

Existen también diversos escritos de san Gregorio el Teólogo acerca de la creación del hombre, de la naturaleza humana y del alma. San Macario el Grande, san Abba Doroteo, san Isaac el Sirio y otros autores de la vida ascética hablan con frecuencia de Adán y de la caída. Dado que el objetivo fundamental de la vida ascética es retornar al estado de Adán antes de la caída, escriben acerca de lo que significó la caída, de lo que era el Paraíso y de aquello a lo que intentamos volver.

El bienaventurado Agustín trata el tema del Génesis en La ciudad de Dios; san Gregorio Palamás escribe sobre diversos aspectos en sus obras apologéticas; y san Gregorio del Sinaí escribe también sobre el Paraíso.

(Hay asimismo algunos comentarios posteriores que, lamentablemente, no he visto. Uno es de san Juan de Kronstadt sobre el Hexaemerón, y otro es del metropolita Filareto de Moscú sobre el Génesis).

Estos Padres no nos dan todas las respuestas a las preguntas que podamos tener sobre el Génesis; los leemos más bien para adquirir nuestra actitud frente al Génesis. A veces los Padres pueden parecer contradecirse entre sí o expresarse de un modo que quizá no consideremos muy útil para las cuestiones que tenemos hoy. Por lo tanto, debemos tener algunos principios básicos que gobiernen nuestra comprensión tanto del Génesis como de los Santos Padres.

 

3.              Principios básicos de nuestro enfoque para comprender el Génesis

 

1.         Estamos buscando verdad. Debemos respetar el texto del Génesis lo suficiente como para reconocer que contiene verdad, aun cuando esa verdad pueda parecernos inusual o sorprendente.

Si parece entrar en conflicto con lo que creemos saber por la ciencia, recordemos que Dios es el Autor de toda verdad, y que nada que sea genuinamente verdadero en la Escritura puede contradecir a nada que sea genuinamente verdadero en la ciencia.

2.         La Sagrada Escritura es Divina en inspiración. Examinaremos más adelante con mayor detenimiento qué significa esto; pero, para comenzar, significa que debemos buscar en ella verdades de un orden superior, y que, si encontramos dificultad en comprender algo, debemos sospechar primero de nuestra propia falta de conocimiento antes que de una deficiencia en el texto inspirado.

3.         No debemos apresurarnos a ofrecer nuestras propias explicaciones de los pasajes “difíciles”, sino que bien debemos intentar familiarizarnos primero con lo que los Santos Padres han dicho sobre esos pasajes, reconociendo que ellos poseen una sabiduría espiritual que nosotros no tenemos.

 

4.         Debemos cuidarnos también de la tentación de tomar citas aisladas, fuera de contexto, de los Santos Padres para “probar” un punto que nos gustaría sostener. Por ejemplo, he visto a un ortodoxo que, queriendo demostrar que no había nada “especial” en la creación de Adán, citaba la siguiente afirmación de san Atanasio el Grande: «El primer hombre creado fue hecho de polvo como todos los demás, y la mano que creó a Adán entonces está creando también y siempre a aquellos que vienen después de él».


Esta es una afirmación general sobre la actividad creadora continua de Dios, que nadie pensaría en contradecir. Pero el punto que esta persona quería establecer era que no existía una distinción real entre la creación de todo hombre viviente y la creación del primer hombre, y en particular, que el cuerpo de Adán habría podido formarse por generación natural en el seno de alguna criatura que aún no era plenamente humana. ¿Puede ser utilizada una afirmación de tal índole de manera legitima como una “prueba” en esta cuestión?

Resulta que podemos encontrar un pasaje en las obras de san Atanasio que refuta específicamente esta idea. En otro lugar dice: «Aunque Adán fue formado únicamente de la tierra, en él estaba implicada la sucesión de toda la raza».[1] Aquí él afirma de manera muy específica que Adán fue creado de un modo diferente al de todos los demás hombres, lo cual, como veremos, es en efecto la enseñanza general de los Santos Padres. Por lo tanto, es ilegítimo tomar una sola cita suya y pensar que con ello se prueba, o se abre el camino, a alguna idea predilecta propia. La afirmación general de san Atanasio acerca de la naturaleza del hombre no dice absolutamente nada sobre la naturaleza específica de la creación de Adán.

Un uso indebido de citas de los Santos Padres como este es un tropiezo muy común en nuestros días, cuando las polémicas sobre estos temas suelen ser muy apasionadas. En este curso intentaremos, en la medida de lo posible, evitar tales tropiezos, no imponiendo nuestras propias interpretaciones a los Santos Padres, sino tratando simplemente de ver qué es lo que ellos mismos dicen.

5.         No necesitamos aceptar cada palabra que los Padres escribieron sobre el Génesis; en ocasiones hicieron uso de la ciencia de su tiempo como material ilustrativo, y esa ciencia estaba equivocada en algunos puntos. Pero debemos distinguir cuidadosamente su ciencia de sus afirmaciones teológicas, y debemos respetar su enfoque global, así como sus conclusiones generales y sus intuiciones teológicas.

6.         Si creemos que nosotros mismos podemos añadir algo a la comprensión del texto para nuestros días (quizá basándonos en los hallazgos de la ciencia moderna), que se haga con cautela y con pleno respeto por la integridad del texto del Génesis y por las opiniones de los Santos Padres. Y debemos ser siempre humildes en este intento: la ciencia de nuestros propios días también tiene sus limitaciones y errores; y si nos apoyamos excesivamente en ella, podemos acabar llegando a interpretaciones erradas.

7.         En este curso, en particular, intentaremos primero comprender a los Padres, y solo después ofrecer nuestras propias respuestas a algunas cuestiones, si es que las tenemos.

8.         Finalmente, si es verdad que la ciencia moderna es capaz de arrojar cierta luz sobre la comprensión de al menos algunos pasajes del Génesis — pues no necesitamos negar que en algunas áreas las verdades de estas dos esferas se superponen —, creo que no es menos cierto que la comprensión patrística del Génesis también es capaz de arrojar luz sobre la ciencia moderna y ofrecer indicios sobre cómo entender los hechos de la geología, la paleontología y otras ciencias relacionadas con la historia primitiva de la tierra y de la humanidad. Este estudio puede, por lo tanto, ser fructífero en ambas direcciones.

9.         El objetivo de este curso, sin embargo, no es responder a todas las preguntas sobre el Génesis y la creación, sino, ante todo, inspirar a los cristianos ortodoxos a pensar sobre este tema de una manera más amplia de lo que suele hacerse, sin conformarse con las respuestas simplistas que se oyen con tanta frecuencia.

 

4.             Interpretaciones literales versus simbólicas

 

Esta cuestión constituye un gran obstáculo para nosotros, los hombres modernos, que hemos sido formados con una educación y una cosmovisión “científicas”, las cuales nos han empobrecido en nuestra comprensión de los significados simbólicos en la literatura. Con demasiada frecuencia, como resultado de ello, sacamos conclusiones precipitadas: si existe un significado simbólico en alguna imagen de la Escritura (por ejemplo, el árbol del conocimiento del bien y del mal), estamos muy inclinados a decir: «es solo un símbolo»; la más mínima indicación de un sentido figurado o metafórico suele llevarnos a descartar el sentido literal.

A veces esta actitud puede incluso conducir a conclusiones apresuradas sobre secciones enteras o libros completos de la Escritura: si hay elementos simbólicos o figurativos, por ejemplo, en el relato del Génesis sobre el Jardín del Edén, podemos fácilmente caer en la conclusión de que todo el relato es un “símbolo” o una “alegoría”.

Nuestra clave para comprender el Génesis es esta: ¿cómo entendieron esta cuestión los Santos Padres, específicamente en relación con pasajes concretos, y en general con respecto al libro en su conjunto?

Tomemos algunos ejemplos:

 

1. San Macario el Grande de Egipto, un santo de la vida mística más elevada y a quien ciertamente no se puede sospechar de un enfoque excesivamente literal de la Escritura, escribe sobre Génesis 3,24:

 

«Que el Paraíso fue cerrado y que se ordenó a un Querubín impedir que el hombre entrara en él con una espada flamígera: de esto creemos que, de modo visible, fue en verdad tal como está escrito, y al mismo tiempo encontramos que esto ocurre místicamente en cada alma».[2]

 

Este es un pasaje en el que muchos de nosotros habríamos esperado que tuviera solo un significado místico, pero este gran contemplativo de las realidades Divinas nos asegura que también es verdadero “tal como está escrito”, para quienes sean capaces de verlo así.

 

2. San Gregorio el Teólogo, célebre por sus profundas interpretaciones místicas de la Escritura, dice del árbol del conocimiento del bien y del mal:


«este árbol representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era segura sólo para quienes fueran de disposición perfecta. No era bueno, por el contrario, para los demasiado simples ni para los en exceso  deseosos, al igual que no es conveniente una comida completa para 
quienes son todavía pequeños y sólo necesitan leche».[3]


¿Significa esto que consideraba este árbol solo como un símbolo, y no también como un árbol literal? En sus propios escritos no responde claramente a esta cuestión, pero otro gran Santo Padre sí lo hace (pues cuando enseñan la doctrina ortodoxa y no solo expresan opiniones privadas, todos los grandes Padres concuerdan entre sí e incluso se ayudan mutuamente a interpretarse). San Gregorio Palamás, el Padre hesicasta del siglo XIV, comenta este pasaje:

 

«Gregorio el Teólogo ha llamado al árbol del conocimiento del bien y del mal “contemplación” (…) pero no se sigue de ello que lo implicado sea una ilusión o un símbolo sin existencia propia. Pues el divino Máximo (el Confesor) hace también de Moisés el símbolo del juicio, y de Elías el símbolo de la pre-visión. ¿Acaso se supone entonces que tampoco existieron realmente, sino que fueron inventados “simbólicamente”?»[4]

 

3. Estas son interpretaciones concretas. En cuanto a los enfoques generales sobre el carácter “literal” o “simbólico” del texto del Génesis, veamos las palabras de varios otros Santos Padres que escribieron comentarios sobre el Génesis. San Basilio el Grande, en su Hexaemerón, escribe:

 

«Aquellos que no admiten el sentido común de las Escrituras dicen que el agua no es agua, sino otra naturaleza, y explican una planta y un pez según su propia opinión… Pero cuando yo oigo “hierba”, pienso en hierba, y del mismo modo entiendo todo tal como se dice: una planta, un pez, un animal salvaje y un buey. En verdad, “no me avergüenzo del Evangelio” (Rom 1,16)… Algunos han intentado, mediante argumentos falsos e interpretaciones alegóricas, conferir a la Escritura una dignidad propia de su imaginación. Pero esta es la actitud de quien se considera más sabio que las revelaciones del Espíritu e introduce sus propias ideas bajo la apariencia de una explicación. Por tanto, entiéndase tal como ha sido escrito».[5]

 

4. San Efrén el Sirio nos dice de modo semejante en su Comentario al Génesis:

 

«Nadie debe pensar que la Creación de los Seis Días es una alegoría; del mismo modo es inadmisible decir que lo que, según el relato, fue creado en seis días, fue creado en un solo instante, o que ciertos nombres presentados en este relato no signifiquen nada o signifiquen otra cosa. Por el contrario, debemos saber que, así como el cielo y la tierra que fueron creados en el principio son verdaderamente el cielo y la tierra y no otra cosa entendida bajo esos nombres, así también todo lo demás de lo que se habla como creado y ordenado después de la creación del cielo y de la tierra no son nombres vacíos, sino que la esencia misma de las naturalezas creadas corresponde a la fuerza de esos nombres».[6]

 

5. San Juan Crisóstomo, hablando específicamente de los ríos del Paraíso, escribe:

 

«Quizá alguien que ama hablar desde su propia sabiduría tampoco admitirá aquí que los ríos sean verdaderamente ríos, ni que las aguas sean propiamente aguas, sino que infundirá en quienes se dejan escuchar la idea de que ellos (bajo los nombres de ríos y aguas) representaban otra cosa. Pero os ruego: no prestemos atención a esas personas, tapemos nuestros oídos frente a ellas, y creamos en la Divina Escritura; y siguiendo lo que está escrito en ella, esforcémonos por conservar en nuestras almas dogmas sanos».[7]

Esto muestra que los Santos Padres ya se enfrentaban a esta cuestión en su tiempo, en el siglo IV. Eran muchos los que interpretaban el texto del Génesis de modo alegórico, entregándose sin freno a interpretaciones simbólicas y negando que tuviera significado literal alguno, especialmente en lo tocante a los tres primeros capítulos que estudiaremos. Por esta razón, los Santos Padres afirmaron de manera explícita que el texto posee un significado literal, y que es necesario comprender con exactitud cuál es ese significado.

Esto debería bastar para mostrarnos que los Santos Padres que escribieron sobre el Génesis fueron, en general, bastante “literales” en su interpretación del texto, aunque en muchos casos admitieran también un significado simbólico o místico. Existen, por supuesto, en la Escritura, como en toda clase de literatura, metáforas evidentes que nadie en su sano juicio pensaría tomar “literalmente”. Por ejemplo, en el Salmo 103 se dice que “el sol conoce su ocaso”. Con pleno respeto por el texto, no necesitamos creer que el sol tenga conciencia y “sepa” literalmente cuándo debe ponerse; esto es simplemente un recurso normal del lenguaje poético y no debería causarle dificultad a nadie.

Existe, además, un tipo particularmente importante de afirmaciones en la Escritura —abundantemente presentes en el Génesis — que los Santos Padres nos enseñan de manera explícita a no comprender en sentido literal. Se trata de las afirmaciones antropomórficas hechas acerca de Dios, como si fuera un hombre que camina, habla, se enoja, etc. Todas estas afirmaciones debemos entenderlas de un modo “conforme a Dios”; es decir, basándonos en el conocimiento que poseemos, por la enseñanza ortodoxa, de que Dios es puramente espiritual, carece de órganos corporales, y que Sus acciones son descritas en la Escritura según la manera en que se nos manifiestan.

En este punto, los Padres muestran una gran cautela respecto del texto del Génesis. Así, san Juan Crisóstomo afirma:

 

«Cuando oigas que “Dios plantó el Paraíso en Edén, en el oriente”, entiende la expresión “plantó” de manera conforme a Dios, a saber, como un mandato suyo; pero en lo tocante a lo que sigue en el texto, cree con plena certeza que el Paraíso fue creado y que fue creado en el lugar mismo que la Escritura le asigna.»[8]

 

En cuanto a la información “científica” contenida en el libro del Génesis — y dado que habla de la formación del mundo que conocemos —, no puede dejar de haber allí cierta información científica. Contrariamente a una creencia popular, no hay nada “desactualizado” en él. Sus observaciones, ciertamente, están hechas desde el punto de vista de la tierra y en cuanto conciernen a la humanidad; pero no formulan ninguna enseñanza particular, por ejemplo, acerca de la naturaleza de los cuerpos celestes o de sus movimientos relativos. Por ello, el libro puede ser leído por cada generación y comprendido a la luz de su propio conocimiento científico. El descubrimiento, en siglos recientes, de la vastedad del espacio y de la inmensidad de muchos cuerpos celestes no hace sino añadir grandeza, en nuestra mente, al relato simple del Génesis.

Cuando los Santos Padres hablan del Génesis, por supuesto, intentan ilustrarlo con ejemplos tomados de la ciencia natural de su tiempo; hoy nosotros hacemos lo mismo. Todo ese material ilustrativo está abierto a la crítica científica, y parte de él, de hecho, ha quedado obsoleto. Pero el texto mismo del Génesis permanece indemne ante tal crítica, y no podemos sino admirar cuán siempre nuevo y actual resulta para cada generación. Esta misma cualidad caracteriza también al comentario teológico de los Santos Padres sobre el texto.

 

5.              La naturaleza del texto

 

Un último punto importante a considerar antes de abordar el texto del Génesis mismo: ¿qué clase de texto es?

Son bien conocidos los argumentos antirreligiosos dirigidos contra la Escritura, y especialmente contra el Génesis: que sería obra de pueblos atrasados, ignorantes de la ciencia y del mundo; que estaría saturado de mitología primitiva acerca de “dioses creadores” y de seres sobrenaturales; que habría sido tomado íntegramente de la mitología babilónica, y cosas semejantes. Sin embargo, nadie puede comparar seriamente el Génesis con los mitos cosmogónicos de otros pueblos sin quedar impresionado por la sobriedad y la sencillez del relato del Génesis. Los mitos de la creación están llenos de acontecimientos fabulosos y de seres propios de cuentos, que ni siquiera pretenden ser tomados según la letra del texto. No existe comparación posible entre tales escritos y el Génesis; sencillamente, no son comparables.

Con todo, se ha difundido ampliamente una opinión popular — carente de fundamento tanto en la Escritura como en la Tradición de la Iglesia — según la cual Moisés habría escrito el Génesis consultando antiguos relatos de la creación, o limitándose a consignar tradiciones orales transmitidas hasta su tiempo; como si hubiera recopilado y simplificado los relatos que le precedieron. Esto, naturalmente, convertiría al Génesis en una obra de sabiduría y especulación humanas, y haría vano estudiarlo como testimonio verdadero acerca del origen del mundo.

Hay diversas clases de conocimiento, y el conocimiento que procede directamente de Dios es de naturaleza completamente distinta del que surge de las facultades naturales del hombre. San Isaac el Sirio distingue estas clases de conocimiento del siguiente modo:

 

«El conocimiento que concierne a lo visible, o que recibe por medio de los sentidos aquello que procede de lo visible, es llamado natural. El conocimiento que concierne al poder de lo inmaterial y a la naturaleza de las entidades incorpóreas dentro del hombre es llamado espiritual, porque las percepciones son recibidas por el espíritu y no por los sentidos.

Puesto que estos dos tipos de percepciones — las de lo visible y las de lo espiritual— hacen que cada clase de conocimiento llegue al alma desde fuera, así ocurre con ambos.

Pero el conocimiento concedido por el poder divino se llama sobrenatural; es más insondable y es superior al conocimiento. La contemplación de este conocimiento llega al alma no a partir de la materia, que le es externa…, sino que se manifiesta y se revela en las profundidades más íntimas del alma misma, de modo inmaterial, repentino, espontáneo e inesperado, ya que según las palabras de Cristo: «el Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).» [9]

 

San Isaac expone en otro lugar cómo, en los hombres que han alcanzado la cumbre de la vida espiritual, el alma puede elevarse hasta la visión del principio de todas las cosas.  Al describir cómo tal alma es arrebatada ante el pensamiento de la futura edad de incorruptibilidad, san Isaac escribe:

 

«Y desde este estado su mente es ya elevada hacia lo que precedió a la formación (composición) del mundo, cuando no existía criatura alguna, ni cielo, ni tierra, ni ángeles, nada de lo que fue traído al ser; y hacía de cómo Dios, únicamente por su buena voluntad, de pronto hizo surgir todas las cosas del no-ser al ser, y todo permanecía ante Él en perfección.» [10]

 

Así, puede creerse que Moisés y los cronistas posteriores hicieron uso de documentos escritos y de la tradición oral cuando se trataba de consignar los hechos y la cronología de los patriarcas y reyes históricos; pero un relato del comienzo mismo de la existencia del mundo, cuando no había testigos de los poderosos actos de Dios, solo puede proceder de la revelación divina: se trata de un conocimiento sobrenatural revelado en directo contacto con Dios. Y esto es precisamente lo que los Padres y la tradición de la Iglesia nos dicen que es el libro del Génesis.

San Ambrosio escribe:

 

«De él atestigua la Sagrada Escritura que no ha vuelto a surgir en Israel un profeta igual a Moises, que conoció al Señor cara a cara (Dt 34,10), no a través de una visión o en un sueño, sino hablando con el Dios supremo de tú a tu, tras haber recibido el privilegio de una clara y nítida presencia de Dios, no en imagen o de forma velada. Así pues, Moises abrió la boca y anuncio lo que el Señor por medio de él decía, de acuerdo con lo que le había prometido, cuando le envió al rey faraón: Ve, y yo abriré tu boca y te enseñare lo que has de decirle. (Ex, 4, 12)

Y si había recibido de Dios lo que había de decir sobre la liberación del pueblo, ¡cuanto más lo que había de decir sobre el cielo! Es así, sin fiarse de la sabiduría humana ni de falaces disputas filosóficas, sino en la revelación del espíritu y del poder (1 Co 2, 4), como se atrevió a afirmar, dando testimonio de la obra divina: En el principio creo Dios el cielo y la tierra»[11]

 

De manera semejante, san Basilio escribe al comienzo mismo de su Hexaemeron:

 

Este hombre, hecho semejante a los ángeles y considerado digno de contemplar a Dios cara a cara, nos transmite aquellas cosas que oyó de Dios.[12]

 

San Juan Crisóstomo, en sus Homilías sobre el Génesis, vuelve una y otra vez a la afirmación de que cada palabra de la Escritura está divinamente inspirada y posee un significado profundo; que no son palabras de Moisés, sino de Dios:

 

«Veamos ahora qué es lo que se nos enseña por medio del bienaventurado Moisés, que no habla por sí mismo, sino por la inspiración de la gracia del Espíritu».[13]

 

A continuación, ofrece una descripción particularmente reveladora de cómo Moisés realiza esta tarea. Sabemos que los profetas del Antiguo Testamento anunciaron de antemano la venida del Mesías. En el libro del Apocalipsis (Revelación), san Juan el Teólogo profetizó acerca de los acontecimientos del fin del mundo y del futuro de la Iglesia. ¿Cómo sabían lo que iba a suceder? Evidentemente, Dios se lo reveló. San Juan Crisóstomo afirma que, así como san Juan el Teólogo fue profeta de las cosas futuras, Moisés fue profeta de las cosas pasadas. Al decir lo siguiente:

 

«Todos los demás profetas hablaron o bien de lo que habría de suceder después de mucho tiempo, o bien de lo que estaba a punto de acontecer entonces; pero él, el bienaventurado Moisés, que vivió muchas generaciones después de la creación del mundo, fue tenido por digno, por la guía de la diestra del Altísimo, de proclamar lo que había sido hecho por el Señor antes de su propio nacimiento. Por esta razón comienza a hablar así: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, como si nos llamara a todos con voz potente: no es por instrucción de hombres que digo esto; Aquel que llamó al cielo y a la tierra del no-ser al ser es Aquel quien ha movido mi lengua para hablar de estas cosas. Os exhorto, pues, a que escuchemos estas palabras no como si procedieran de Moisés, sino del mismo Señor del universo que habla por medio de la lengua de Moisés, y que nos despidamos para siempre de nuestras propias opiniones».[14]

 

Así pues, debemos acercarnos a los primeros capítulos del Génesis como nos acercaríamos a un libro profético, sabiendo que en él se describen acontecimientos reales, pero sabiendo también que a causa de su lejanía respecto de nosotros y que por su misma naturaleza, al ser los primeros acontecimientos de la historia del mundo solo podremos comprenderlos de manera imperfecta, del mismo modo que tenemos una comprensión muy imperfecta de los acontecimientos del fin del mundo tal como se describen en el Apocalipsis y en otros escritos del Nuevo Testamento. El propio san Juan Crisóstomo nos advierte que no pensemos que entendemos demasiado acerca de la creación:

 

«Con gran gratitud, aceptemos lo que se nos relata por medio de Moisés, sin salir de los límites de nuestra condición, y sin intentar examinar lo que está por encima de nosotros, como hicieron los enemigos de la verdad cuando, queriendo comprenderlo todo con su mente, no se dieron cuenta de que la naturaleza humana no puede comprender la creación de Dios».[15]

 

Intentemos, pues, entrar en el mundo de los Santos Padres y en su comprensión del texto del Génesis divinamente inspirado. Amemos y respetemos sus escritos, que en nuestros tiempos confusos son un faro de claridad que ilumina con mayor pureza al propio texto inspirado. No nos apresuremos a pensar que “sabemos más” que ellos; y si creemos haber alcanzado alguna comprensión que ellos no vieron, seamos humildes y prudentes al proponerla, conscientes de la pobreza y falibilidad de nuestras propias mentes. Que ellos abran nuestra mente para comprender la revelación de Dios.

Conviene añadir aquí una nota final acerca del estudio del Génesis en nuestros propios tiempos. Los Santos Padres de la Iglesia primitiva, al escribir sobre los seis días de la creación, consideraron necesario en diversos momentos tomar nota de las especulaciones científicas o filosóficas no cristianas de su época —como, por ejemplo, la idea de que el mundo es eterno, que se produjo a sí mismo, o que fue creado a partir de una materia preexistente por un dios artesano limitado (demiurgo), y otras semejantes.

También en nuestros tiempos existen especulaciones no cristianas acerca del origen del universo, de la vida en la tierra y temas afines, y no podemos dejar de mencionarlas en distintos momentos de nuestro comentario. Las ideas más difundidas hoy son las que están ligadas a la llamada teoría de la “evolución”. Tendremos que tratar brevemente algunas de estas ideas; pero, para evitar malentendidos, conviene precisar qué entendemos por este término.

El concepto de “evolución” tiene muchos niveles de aplicación tanto en el lenguaje científico como en el popular: a veces no es más que un sinónimo de “desarrollo”; otras veces se usa para describir las “variaciones” que ocurren dentro de una especie; y, nuevamente, se emplea para referirse a cambios reales o hipotéticos en un orden natural más general. En este curso no nos ocuparemos de estas clases de “evolución”, que pertenecen en gran medida al ámbito del hecho científico y de su interpretación.

El único tipo de “evolución” con el que tendremos que tratar es la evolución entendida como cosmogonía, es decir, como una teoría sobre el origen del mundo. Este tipo de teoría evolutiva ocupa para los estudiantes contemporáneos del libro del Génesis el mismo lugar que ocuparon las antiguas especulaciones sobre el origen del mundo para los primeros Padres de la Iglesia. Hay, por supuesto, quienes insistirán en que incluso este tipo de evolución es perfectamente científica; de hecho, algunos de ellos son bastante “dogmáticos” al respecto.[16] Pero cualquier enfoque razonablemente objetivo deberá admitir que la cosmogonía evolutiva, a menos que pretenda ser divinamente revelada, es tan especulativa como cualquier otra teoría de los orígenes y puede discutirse en el mismo plano que ellas. Aunque afirme tener su fundamento en hechos científicos, pertenece en sí misma al ámbito de la filosofía e incluso roza la teología, en la medida en que no puede evitar la cuestión de Dios como Creador del mundo, ya sea que lo acepte o lo niegue.

En este curso, por lo tanto, abordaremos la “evolución” únicamente como una teoría universal que intenta explicar el origen del mundo y de la vida.



[1] San Atanasio el Grande, Four Discourses against the Arians 2.48, NPNF 2 4, p. 375

[2] San Macario el Grande, On patient endurance and discrimination 5 /Seven homilies 4.5), en Dukhovniya besedy, poslaniye I slova (Discursos espirituales, epistolas y homilias) p. 385 [Opuscula Ascetica 4.5, PG 34.869A; Phiokalia 3, p. 300 (37)] 

[3] San Gregorio el Teologo, Oration 38: On the Theophany, or the Nativity of Christ 12, NPNF 2 7, p. 348.

[4] San Gregorio Palamas, In Defense of the Holy Hesychast (The Triads) 2.3.22 edición y traduccion por el padre John Meyendorff, p. 432.

[5] San Basilio el Grande, Hexameron 9.1, FC 46, pp. 135 y 136

[6] San Efren el Sirio, Commentary on Genesis 1, Tvoreniya izher vo suyatyhj” otsa nashego Yefrema Sirina (Las obras de nuestro padre entre los santos Efrain el Sirio) 6, p. 282 [FC 91, p. 74 (1.1.)] 

[7] San Juan Crisostomo, Homilies on Genesis 13.4, Tvoreniya 4, p. 107 [FC 74, págs. 177-178 (13.15-16)] 

[8] Ibid. 13.3, p. 106 [FC 74, pág. 175 (13.13)] 

[9] San Isaac el Sirio, Directions on Spiritual Training 49, Dobrotolyubiye 2, 3rd ed. (1913), p. 660, en Early Fathers from the Philokalia, p. 196.

[10] San Isaac el Sirio, Ascetical Homilies 21, Tvoreniya izher vo svyatikh” otsa nashego avvy Isaaka Siriyanina, podvizhnika I otshel’nika (Las obras de Nuestro padre entre los santos el Abba Isaac el Sirio el asceta y heremita), pag, 108 [también hay al inglés una traducción hecha por el Holy Trasnfiguration Monastery, Homily 37, p. 180] 

[11] San Ambrosio de Milan, Hexameron 1.2. FC 42, pags 6-7

[12] San Basilio el Grande, Hexameron 1., FC 46, p. 4.

[13] San Juan Crisóstomo, Homilies on Genesis 14.2, Tvoreniya 4, p. 110 [FC 74, p 183 (14.6)] 

[14] Ibid. 2.2., p. 9 [FC 74, pág. 31-32 (2.5)] 

[15] Ibid. [FC 74, pa. 32] 

[16] Nota de traductor – sobre estas teorías que se estaban postulando en el mundo antiguo y que de hecho guardan una gran similitud con la actual teoría evolucionista san Atanasio de Alejandría nos dice: “La creación del mundo y la formación del universo ha sido entendida por muchos de manera diferente y cada cual la ha definido según su propio parecer. En efecto, unos dicen que el universo llegó al ser espontáneamente y por azar, como los epicúreos, quienes cuentan en sus teorías que no existe providencia en el mundo y hablan en contra de los fenómenos evidentes de la experiencia. Pues si, como ellos dicen, todo se originó espontáneamente y sin providencia, sería necesario que todo hubiera nacido simple, semejante y no diferente.” San Atanasio, La encarnación del verbo, pág. 41. editorial Ciudad Nueva, Madrid, España. 1997.

SEPTUAGINTA: VERSION COMPLETA ONLINE DE LOS 4 VOLUMENES AL CASTELLANO

Presentamos en nuestro blog los cuatro volúmenes del Antiguo Testamento completo versión Septuaginta, que fue traducido por primera vez al castellano hace algunos años por la editorial Sigueme. 

Este Antiguo Testamento eran el que usaban los mismismos Apóstoles en su lucha en contra de la sinagoga y fue el mismo Antiguo Testamento al que acudieron la amplia mayoría de todos los Padres de la Iglesia. Como verán, y en concreto en los textos proféticos, varia muchísimo de la versión que nosotros contamos de la que ellos usaban, ya que nuestras biblias modernas (Reina Valera, King James, etc) derivan de la Vulgata, que fue traducida al latín en base no a la Septuaginta sino al texto masorético que confeccionaron y pervirtieron los j. para hacer quedar que el Mesías esperado no era Cristo sino otro.

San Justino en su Dialogo a Tifón como muchos otros Santos Padres nos cuenta como los judíos, además de rechazar la traducción de los LXX (la Septuaginta), se dedicaron a mutilar y extirpar versículos que proclamaban la divinidad y cruxifición de Cristo (y otros más) de la Sagrada Escritura. (véase para esto en concreto el siguiente link: https://x.com/ObscvratvsSol/status/1941672483586793698/photo/2 )





Para acceder a la Septuaginta completa, haga clic en este enlace: Septuaginta 4 volúmenes al castellano

miércoles, 4 de febrero de 2026

VIII HOMILIA. CONTRA LOS JUDIOS - SAN JUAN CRISOSTOMO


Ha terminado el ayuno de los judíos, o mejor dicho, la embriaguez de los judíos. Sí, es posible embriagarse sin vino; es posible que un hombre sobrio actúe como si estuviera ebrio y se entregue a los excesos como un pródigo. Si no fuera posible embriagarse sin vino, el profeta no habría dicho: «¡Ay de los que están ebrios, pero no de vino!»; si no fuera posible, Pablo no habría dicho: «No os embriaguéis con vino». Pues lo dijo dando a entender que hay otra forma de embriaguez. Y sí, la hay. Un hombre puede embriagarse de ira, de deseo impuro, de codicia, de vanagloria, y de diez mil pasiones más. Porque la embriaguez no es más que una pérdida del juicio recto, un trastorno, una privación de la salud del alma.

Por tanto, no exagero al decir que encontramos a un borracho no solo en quien bebe en exceso vino fuerte, sino también en quien cultiva alguna otra pasión en su alma. El hombre que ama a una mujer que no es su esposa, el que frecuenta prostitutas, también es un borracho. El bebedor empedernido no camina recto, su habla es grosera, sus ojos no perciben la realidad tal como es. Del mismo modo, el embriagado por la pasión indisciplinada tiene también la palabra corrompida; todo lo que dice es vergonzoso, vulgar, ridículo; él tampoco ve la realidad, pues está ciego a lo que observa. Como un loco o fuera de sí, imagina ver por todas partes a la mujer que desea poseer. No importa cuántos le hablen en reuniones o banquetes, parece no escuchar; se aferra a ella en pensamiento y sueña con su pecado; desconfía de todo y teme todo; no está mejor que un animal asustadizo y cauteloso.

Asimismo, el hombre dominado por la ira está ebrio. Como cualquier otro borracho, su rostro se hincha, su voz se vuelve áspera, sus ojos se enrojecen, su mente se oscurece, su razón se ahoga, su lengua tiembla, su vista se desenfoca, y no escucha con claridad. La ira agita su cerebro peor que el vino fuerte; provoca una tormenta y una angustia que no se puede calmar.

Pero si el hombre que cede ante la pasión o la ira está ebrio, lo está aún más el impío que blasfema contra Dios, que se rebela contra sus leyes y no está dispuesto a renunciar a su obstinación. Ese hombre está borracho, enloquecido, y en peor estado que los juerguistas dementes, incluso si no es consciente de su estado. Y esa es precisamente la característica del borracho: no tiene conciencia de su conducta vergonzosa. Esa es la mayor desgracia de la locura: los que la padecen no saben que están enfermos. Así también los judíos están borrachos, pero no lo saben.

En efecto, el ayuno de los judíos, más vergonzoso que cualquier embriaguez, ha terminado y ha desaparecido. Pero no por ello debemos dejar de preocuparnos por nuestros hermanos ni pensar que nuestra responsabilidad ha cesado. Vean lo que hacen los soldados: si enfrentan al enemigo y lo derrotan, al volver no regresan directamente al campamento. Primero vuelven al campo de batalla para recoger a los camaradas caídos. Entierran a los muertos, pero si ven entre los cuerpos a hombres que aún respiran, aunque heridos de muerte, les dan auxilio, los recogen y los llevan al campamento. Luego extraen la flecha, llaman a los médicos, limpian la sangre, aplican remedios y, con todos los cuidados posibles, los devuelven a la salud.

Así debemos actuar nosotros. Por la gracia de Dios, hicimos de los profetas nuestros combatientes contra los judíos y los derrotamos. Al volver de la batalla, miremos en derredor para ver si alguno de nuestros hermanos ha caído, si el ayuno arrastró a alguno, si alguno participó en la festividad judía. No enterremos a nadie, sino recojamos a cada caído y démosle el tratamiento necesario. En las guerras de este mundo, un soldado no puede devolver la vida ni recuperar a un camarada que ha muerto. Pero en esta guerra nuestra, aunque alguien haya sido herido de muerte, si tenemos buena voluntad y la gracia de Dios, podemos tomarlo de la mano y devolverle la vida. Porque aquí no muere el cuerpo, sino la voluntad y la resolución. Y es posible resucitar una voluntad muerta; es posible persuadir a un alma muerta a volver a la vida verdadera y a reconocer a su Señor.

No debemos cansarnos, hermanos míos, no debemos agotarnos ni desanimarnos. Que nadie diga: «Deberíamos haberlos advertido antes del ayuno. Ahora que ayunaron, ahora que pecaron, ahora que su transgresión se ha cumplido, ¿de qué sirve ayudarles ahora?»

El que sabe preocuparse por sus hermanos, sabe también que ahora es cuando más debe actuar. No solo debemos prevenir antes del pecado, sino también extender la mano después de la caída. Supongamos que Dios hubiera hecho eso desde el principio: que nos advirtiera solo antes del pecado, pero que, una vez caídos, nos abandonara y nos dejara donde habíamos caído. Entonces, ninguno de nosotros se habría salvado jamás.

Pero Dios no actúa así. Él ama al hombre, le muestra benignidad, y desea por encima de todo su salvación. Por eso lo busca incluso después del pecado. Dijo a Adán: «De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás». Dios previno a Adán con todas las advertencias necesarias: le mostró lo fácil que era cumplir la ley, la generosidad de lo permitido, la dureza del castigo y su inmediatez. Porque no dijo: «Después de uno, dos o tres días morirás», sino: «el mismo día en que comas de él, ciertamente morirás».

Dios cuidó mucho de Adán: lo instruyó, lo exhortó, lo colmó de bienes. Y aun así, Adán desobedeció y pecó. Pero Dios no dijo: «¿De qué sirve ahora? Ya comió, ya pecó, ya transgredió, creyó al diablo, deshonró mi mandato; fue herido, murió, está condenado. ¿Qué sentido tiene hablarle ahora?»

No, Dios no dijo nada de esto. Más bien, fue inmediatamente a su encuentro, le habló y lo consoló. Luego le dio otro remedio: el trabajo y el sudor. Dios continuó haciendo todo lo posible hasta levantar la naturaleza caída, rescatarla de la muerte, conducirla de la mano hasta el cielo y concederle bienes mayores que los perdidos. Con sus obras, Dios mostró al diablo que no obtendría ningún provecho de su trampa. Satanás había logrado expulsar a los hombres del Paraíso, pero pronto los vería en el cielo, mezclados con los ángeles.

En el caso de Caín, Dios actuó de la misma manera. Antes de que cometiera su gran pecado, Dios le habló con claridad, lo advirtió y le dijo: «Has pecado; detente. Su refugio (el de Abel) está en ti, y tú lo dominarás». Mira la sabiduría y comprensión de Dios. Le dijo: «Porque he honrado a Abel, temes que te quite el privilegio del primogénito; temes que tome el primer lugar que te corresponde». Pues el primogénito necesariamente ocupaba una posición más honorable que el segundo. Así que Dios le dijo: «Anímate, no tengas miedo, no te angusties por esto. Su refugio está en ti, y tú lo dominarás». Es decir: «Permanece en la posición honorable del primogénito; sé un refugio, un abrigo y una protección para tu hermano. Pero no recurras al derramamiento de sangre; no cometas ese acto impío de asesinato». Sin embargo, Caín no escuchó, no se detuvo, sí cometió ese asesinato, y sí bañó sus manos en la sangre que brotó del cuello de su hermano.

¿Qué ocurrió entonces? ¿Acaso dijo Dios: “Déjalo ir”? ¿De qué sirve ya ayudarle? Cometió el asesinato, mató a su hermano. Despreció mi consejo; se atrevió a realizar ese acto demencial e imperdonable. A pesar de que yo velaba por él, lo instruía y le daba mis beneficios, rechazó todo eso sin prestar atención. Que se vaya, entonces, y sea para siempre arrojado de mi presencia. ¿No merece mi consideración?

No, Dios no dijo ni hizo nada de eso. Al contrario, vino nuevamente a él, lo corrigió y le dijo: «¿Dónde está tu hermano Abel?». Cuando Caín dijo que no lo sabía, Dios aun así no lo abandonó, sino que lo llevó, aunque fuera contra su voluntad, a confesar lo que había hecho. Después de que Caín dijera: «No lo sé», Dios le respondió: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí». Con esto, Dios le estaba diciendo a Caín que el mismo acto proclamaba quién era el asesino.

¿Qué dijo Caín? «Mi culpa es demasiado grande para ser perdonada. Si me expulsas de la tierra, también quedaré escondido de tu rostro».

Lo que Caín quiso decir fue esto: «He cometido un pecado demasiado grande para recibir perdón, defensa o justificación; si es tu voluntad castigar mi crimen, estaré expuesto a todo daño porque tu mano protectora me ha abandonado».

¿Y qué hizo Dios entonces? Dijo: «¡No será así! Quien mate a Caín sufrirá un castigo siete veces mayor». Es decir: «No temas eso. Vivirás una larga vida. Si alguien llega a matarte, recibirá muchos castigos». Porque el número siete en la Escritura significa una cantidad indefinida y extensa.

Así, Caín fue golpeado con muchos castigos: tormento y temblor, aflicción y desaliento, parálisis de su cuerpo. Después de haber soportado estas penas, como dijo Dios: «Quien te mate y te libre de estos castigos, atraerá sobre sí la misma venganza».

El castigo del que habló Dios puede parecer excesivamente severo, pero nos da una muestra de su gran solicitud. Dios quería que los hombres de épocas posteriores ejercieran dominio propio; por eso diseñó un castigo que pudiera liberar a Caín de su pecado. Si Dios lo hubiera destruido de inmediato, Caín habría desaparecido, su pecado habría quedado oculto y sería desconocido para las generaciones futuras. Pero Dios permitió que viviera largo tiempo con aquel temblor corporal. Ver los miembros temblorosos de Caín era una lección para todos los que lo encontraban; servía para enseñar y exhortar a todos a no atreverse jamás a hacer lo que él había hecho, para no sufrir el mismo castigo.

Y el mismo Caín se volvió un hombre mejor. Su temblor, su miedo, el tormento mental que nunca lo abandonaba, la parálisis física, lo mantenían, por decirlo así, encadenado. Lo apartaban de volver a cometer otro acto temerario similar; le recordaban constantemente su crimen anterior; gracias a ellos logró un mayor dominio sobre su alma.

Mientras hablaba, se me ocurrió plantear una cuestión adicional. Caín confesó su pecado y condenó lo que había hecho; dijo que su crimen era demasiado grande para ser perdonado y que no merecía defensa alguna. Entonces, ¿por qué no pudo lavar sus pecados? El profeta Isaías dijo: «Sé el primero en confesar tus iniquidades, para que seas justificado». Entonces, ¿por qué fue condenado Caín? Porque no confesó sus pecados como lo ordenó el profeta. Isaías no dijo simplemente: «Confiesa tus iniquidades». ¿Qué dijo? Dijo: «Sé el primero en confesar tus iniquidades».

En el caso de Caín, Dios actuó de la misma manera. Antes de que cometiera su gran pecado, Dios le habló con claridad, lo advirtió y le dijo: «Has pecado; detente. Su refugio (el de Abel) está en ti, y tú lo dominarás». Mira la sabiduría y comprensión de Dios. Le dijo: «Porque he honrado a Abel, temes que te quite el privilegio del primogénito; temes que tome el primer lugar que te corresponde». Pues el primogénito necesariamente ocupaba una posición más honorable que el segundo. Así que Dios le dijo: «Anímate, no tengas miedo, no te angusties por esto. Su refugio está en ti, y tú lo dominarás». Es decir: «Permanece en la posición honorable del primogénito; sé un refugio, un abrigo y una protección para tu hermano. Pero no recurras al derramamiento de sangre; no cometas ese acto impío de asesinato». Sin embargo, Caín no escuchó, no se detuvo, sí cometió ese asesinato, y sí bañó sus manos en la sangre que brotó del cuello de su hermano.

La cuestión aquí es la siguiente: no se trata simplemente de confesar, sino de ser el primero en confesar y no esperar a que un acusador te delate. Pero Caín no fue el primero en hacerlo; esperó a que Dios lo acusara. Y luego, cuando Dios lo acusó, lo negó. Solo después de que Dios presentó una prueba irrefutable de lo que había hecho, Caín confesó su pecado. Pero eso ya no era una verdadera confesión.

Por tanto, amados, cuando pequen, no esperen a que otro los acuse, sino que, antes de ser acusados y condenados, sean ustedes mismos quienes condenen lo que han hecho. Entonces, si más tarde alguien los acusa, ya no será cuestión de que han hecho bien en confesar, sino de que han refutado la acusación por haberla reconocido antes. Así lo expresó también otro: «El justo comienza su discurso acusándose a sí mismo». No se trata, pues, de ser acusado, sino de ser el primero en acusarse, sin esperar a los demás.

Pedro ciertamente pecó gravemente al negar a Cristo. Pero fue rápido en recordar su falta y, antes de que alguien lo acusara, reconoció su error y lloró amargamente. Se lavó tan eficazmente del pecado de la negación que llegó a ser el jefe de los apóstoles y se le confió el mundo entero.

Pero debo volver a mi tema principal. Lo dicho ya nos ha dado suficiente prueba de que no debemos descuidar ni despreciar a nuestros hermanos que caen en pecado. Debemos advertirles antes de que pequen y mostrar gran preocupación por ellos después de su caída. Esto es lo que hacen los médicos. Indican a quienes gozan de buena salud qué cosas la conservan y qué pueden prevenir toda enfermedad. Pero si las personas desoyen sus instrucciones y caen enfermas, los médicos no las abandonan, sino que, especialmente en ese momento, velan por ellas para librarlas de sus males.

Y Pablo ciertamente también actuó así. El incesto es un pecado y una transgresión tan grave que ni siquiera se encuentra entre los paganos. Pero Pablo no despreciaba al hombre que había cometido incesto. Aunque este se rebelaba y no quería ser curado, aunque se agitaba y resultaba intratable, Pablo lo condujo nuevamente a la salud, y lo hizo de tal manera que lo reintegró al cuerpo de la Iglesia. Pablo no pensó: «¿Qué utilidad tendría? ¿Qué caso tiene? Cometió incesto, ha pecado; no quiere abandonar su vida libertina; está envanecido y orgulloso, ha hecho incurable su herida. Así que abandonémoslo y dejémoslo a su suerte».

Pablo no dijo nada de eso. Precisamente la razón por la que mostró tanta preocupación por ese pecador fue porque vio que el hombre había caído en una maldad indescriptible. Así que Pablo no cesó de aterrorizarlo, amenazarlo, castigarlo tanto con sus propios esfuerzos como con la ayuda de otros. No dejó nada sin hacer, nada sin intentar, hasta que logró que el hombre reconociera su pecado, viera su transgresión. Y, al final, Pablo lo liberó de toda mancha de pecado.

Ahora haz tú lo mismo que hizo Pablo. Imita al samaritano del Evangelio que mostró tanta compasión por el hombre herido. Pues un levita pasó por allí, un fariseo también, pero ninguno se acercó al hombre caído; simplemente siguieron su camino y, como hombres crueles y sin piedad, lo dejaron allí. Pero un samaritano, que no tenía ninguna relación con aquel hombre, no pasó de largo, sino que se detuvo, tuvo compasión de él, le derramó aceite y vino en las heridas, lo puso sobre su propia bestia y lo llevó a una posada. Allí entregó dinero al posadero y le prometió más si cuidaba al herido, un hombre que no le era cercano en modo alguno.

No se dijo a sí mismo: «¿Qué me importa? Soy samaritano. No tengo nada en común con él. Estamos lejos de la ciudad y ni siquiera puede caminar. ¿Y si no es lo bastante fuerte para soportar el viaje? ¿Llevaré conmigo un cadáver? ¿Seré arrestado por asesinato? ¿Me harán responsable de su muerte?». Muchas veces, la gente que transita por el camino ve a hombres heridos, pero aún con vida, y los dejan allí, no por tacañería, sino por miedo a ser arrastrados ante los tribunales y acusados de asesinato.

Aquel samaritano bondadoso y gentil no temió nada de eso. Despreció todos esos temores, puso al herido en su bestia y lo llevó a una posada. No pensó en el peligro, ni en el gasto, ni en otra cosa. Si el samaritano mostró tal gentileza y compasión por un extraño, ¿qué excusa podríamos tener nosotros si descuidamos a nuestros hermanos en necesidad aún más grave? Porque aquellos que acaban de observar el ayuno han caído entre salteadores, los judíos. Y los judíos son más salvajes que cualquier bandido; causan un daño mayor a quienes caen en sus manos. No despojaron a su víctima de ropas ni hirieron su cuerpo, como los salteadores en el camino a Jericó; los judíos han herido mortalmente el alma de su víctima, le han infligido diez mil heridas y la han dejado tendida en el abismo de la impiedad.

No pasemos por alto semejante tragedia. No pasemos de largo ante una visión tan lastimosa sin sentir compasión. Incluso si otros lo hacen, tú no lo hagas. No digas: «No soy sacerdote ni monje; tengo esposa e hijos. Esta es tarea para los sacerdotes, esto es trabajo para los monjes». El samaritano no dijo: «¿Dónde están ahora los sacerdotes? ¿Dónde están los fariseos? ¿Dónde están los maestros de los judíos?». Más bien, fue como un hombre que encontró un gran tesoro y obtuvo la ganancia.

Así que cuando veas a alguien necesitado de atención para una dolencia del cuerpo o del alma, no digas: «¿Por qué no lo cuido tal o cual persona?». Líbralo tú de su mal; no pidas cuentas a otros por su negligencia. Dime esto: si encuentras una moneda de oro en el suelo, ¿acaso te preguntas por qué no la recogió alguien más? ¿No te apresuras a tomarla antes que otro?

Piensa lo mismo de tu hermano caído; considera que curar sus heridas es como hallar un tesoro. Si viertes sobre sus llagas la palabra de instrucción como aceite, si los vendajes con tu mansedumbre y las sanas con tu paciencia, tu hermano herido te ha hecho más rico que cualquier tesoro. Jeremías dijo: «El que saque lo precioso de lo vil será como mi boca». ¿Qué podría compararse a eso? Ningún ayuno, ningún dormir en el suelo, ningún velar ni orar toda la noche, ni ninguna otra obra puede darte tanto como salvar a tu hermano.

Considera cuán frecuentes y numerosas son las faltas que cometes con la boca. ¿Cuántas cosas obscenas ha pronunciado? ¿Cuántas blasfemias, cuántos insultos ha proferido? Si reflexionas sobre esto, seguramente no dudarás en cuidar de tu hermano caído. Con una sola buena acción puedes limpiar toda mancha de tu boca. ¿Por qué digo “limpiar”? Porque harás de tu boca como la boca de Dios. ¡Y qué honor puede igualarse a eso! No soy yo quien te promete esto; es Dios mismo quien lo dijo: si haces volver a uno solo, tu boca será limpia y santa, como mi boca.

Por tanto, no descuidemos a nuestros hermanos, no andemos diciendo: «¿Cuántos guardaron el ayuno? ¿Cuántos nos fueron arrebatados?». Más bien, mostremos preocupación por ellos. Incluso si son muchos los que guardaron el ayuno, tú, amado, no debes hacer de esta calamidad un espectáculo en la Iglesia; debes remediarla. Si alguien te dice que muchos guardaron el ayuno, impide que siga hablando, para que el rumor no se propague ni llegue a oídos de todos. Dile: «Por mi parte, no conozco a nadie que lo haya hecho. Te equivocas, señor, estás engañado. Si ves a dos o tres que se han apartado, dices que esos pocos son muchos». Así, detén la lengua del acusador. Pero además, preocúpate por aquellos que fueron arrebatados. Así protegerás a la Iglesia de un doble daño: primero, evitando que el rumor se difunda; y segundo, trayendo de vuelta al redil sagrado a las ovejas extraviadas.

Por tanto, no andemos preguntando: «¿Quién pecó?». Que nuestro único celo sea corregir a los que han pecado. Es una práctica peligrosa y temeraria limitarse a acusar a los hermanos y no socorrerlos, exhibir públicamente los pecados de los enfermos y no sanarlos. Así que desterremos esta mala costumbre, amados, porque causa no poco daño.

Déjame explicarte cómo ocurre esto. Alguien te oye decir que muchos guardaron el ayuno con los judíos y, sin investigar más, pasa el comentario a otro. Y ese segundo, también sin verificar la verdad del rumor, lo repite a un tercero.

Entonces, poco a poco, el rumor maligno se magnifica y extiende una gran vergüenza sobre la Iglesia. Y esto no ayuda en nada a los que cayeron; de hecho, les causa un daño considerable, tanto a ellos como a muchos otros.

Incluso si los que cayeron fueran pocos, los convertimos en multitud con la cantidad de rumores; debilitamos a los que resistieron y empujamos a caer a los que están al borde. Si uno de nuestros hermanos escucha el rumor de que muchos participaron en el ayuno, se inclinará más fácilmente a la negligencia; y si lo escucha uno de los más débiles, correrá a unirse a los “fuertes” caídos. Incluso si muchos han pecado, no nos unamos a quienes se alegran del mal. Si lo hacemos, hacemos un desfile de los pecadores y decimos que su número es legión. En cambio, detengamos a los chismosos y no permitamos que difundan la noticia.

No me digas que los que guardaron el ayuno son muchos. Aunque así fuera, debes corregirlos. No he pronunciado todas estas palabras para que acuses a muchos, sino para que reduzcas a pocos el número de los muchos y salves incluso a esos pocos. Por eso, no exhibas sus pecados, sino cura sus heridas. Algunos solo se dedican a propagar rumores; se aseguran de que se juzgue grande el número de los que pecaron, aunque solo hayan sido unos pocos. De la misma forma, si alguien reprende a los chismosos y les cierra la boca, si se preocupa por los que cayeron, no importa cuántos sean, no le será difícil corregir al pecador. Y, además, evitará que esos rumores perjudiquen a otros.

Has oído el lamento de David por Saúl cuando dijo: «¡Cómo han caído los valientes! No lo cuentes en Gat, no lo publiques en las calles de Ascalón, para que no se alegren las hijas de los filisteos, para que no se regocijen las hijas de los incircuncisos». Si David no quiso que se hiciera público lo sucedido para no dar alegría a sus enemigos, con mucha más razón debemos nosotros evitar difundir tales historias a oídos ajenos. Más aún: no debemos difundirlas ni entre nosotros, por miedo a que nuestros enemigos se enteren y se alegren, o que los nuestros las escuchen y caigan. Debemos silenciar esto y mantenerlo resguardado por todos lados. No me digas: «Se lo conté a tal persona». Guárdalo para ti. Si tú no pudiste callar, tampoco él podrá contener su lengua.

Lo que digo no se aplica solo a la observancia del ayuno, sino a diez mil pecados más. No solo preguntemos si muchos cayeron, sino cómo podemos traerlos de vuelta. No exaltemos el bando enemigo y destruyamos el nuestro. No mostremos que ellos son fuertes y que el nuestro es débil. Hagamos todo lo contrario. El rumor puede destruir un alma, pero también puede levantarla; puede encender el celo donde no lo había, y también puede apagarlo donde existía.

Por eso, te exhorto a propagar los rumores que exalten nuestra causa y muestren su grandeza, pero no los que deshonren a la comunidad de nuestros hermanos. Si escuchamos algo bueno, divulguémoslo a todos; si escuchamos algo malo o vergonzoso, guardémoslo entre nosotros y hagamos todo lo posible por erradicar ese mal. Por tanto, salgamos ahora, pongámonos en marcha y busquemos al pecador; no nos echemos atrás aunque tengamos que entrar en su casa. Si no lo conoces, si no tienes conexión con él, busca algún amigo o pariente suyo, alguien a quien él preste especial atención. Llévate contigo a ese hombre y entra en su casa.

No te sonrojes ni te avergüences. Si fueras allí a pedir dinero o algún favor, tendrías razones para sentirte avergonzado. Pero si te apresuras a salvar a ese hombre, nadie podrá criticar tu motivo para entrar en su hogar. Siéntate y habla con él. Pero comienza la conversación con otros temas, para que no sospeche que el propósito real de tu visita es corregirlo.

Considera cuán frecuentes y numerosas son las faltas que cometes con la boca. ¿Cuántas cosas obscenas ha pronunciado? ¿Cuántas blasfemias, cuántos insultos ha proferido? Si reflexionas sobre esto, seguramente no dudarás en cuidar de tu hermano caído. Con una sola buena acción puedes limpiar toda mancha de tu boca. ¿Por qué digo “limpiar”? Porque harás de tu boca como la boca de Dios. ¿Qué honor puede igualarse a eso? No soy yo quien te promete esto; es Dios mismo quien lo dijo: si haces volver a uno solo, tu boca será limpia y santa, como mi boca.

Dile lo siguiente: «Dime, ¿apruebas tú a los judíos por haber crucificado a Cristo, por blasfemar contra Él como lo hacen, y por llamarlo transgresor de la ley?». Si el hombre es cristiano, jamás tolerará eso; aunque sea un judaizante muchas veces, nunca se atreverá a decir: «Sí, lo apruebo». Más bien, se tapará los oídos y te dirá: «¡Dios no lo permita! Calla, por favor». Luego, al ver que está de acuerdo contigo, retoma el tema y dile: «¿Cómo es entonces que asistes a sus ceremonias? ¿Cómo es que participas en sus festividades? ¿Cómo es que observas el ayuno con ellos?». Entonces acusa a los judíos de obstinación. Cuéntale todas las transgresiones que ya narré ante vuestra piadosa asamblea en días recientes. Recuérdale sus faltas respecto al lugar, al tiempo y al templo, y cómo los profetas probaron esto con sus profecías. Muéstrale que todo el ritual de los judíos es inútil e ineficaz. Enséñale que nunca volverán a su antigua comunidad ni a su modo de vida, y que tienen prohibido cumplir, salvo en Jerusalén, lo que aquella vida exigía.

Además, recuérdale la Gehena. Recuérdale la prueba que afrontará ante el temible tribunal del Señor. Recuérdale que daremos cuenta de todas estas cosas, y que no hay pequeño castigo para los que osan hacer lo que él está haciendo. Recuérdale que Pablo dijo: «Vosotros que pretendéis ser justificados por la Ley, habéis caído de la gracia». Y también la advertencia de Pablo: «Si os circuncidáis, Cristo de nada os aprovechará». Dile que, al igual que con la circuncisión, el ayuno de los judíos expulsa del cielo a quien lo observa, aun si tiene a su favor diez mil buenas obras. Dile que llevamos el nombre de cristianos porque creemos en Cristo, no porque acudamos a aquellos que son sus enemigos.

Supón que él usa como excusa las curaciones que los judíos dicen realizar, supón que dice: «Ellos prometen curarme, y por eso voy con ellos». Entonces debes revelarle los trucos que emplean: sus encantamientos, sus amuletos, sus hechizos y conjuros. Es solo por esto que tienen fama de curanderos; no hacen curaciones reales. ¡Dios no lo permita! Me atrevo a decir que, aun si realmente pudieran curarte, sería mejor morir que correr hacia los enemigos de Dios para obtener una cura de esa manera. ¿De qué sirve que sanes el cuerpo si pierdes el alma? ¿Qué provecho hay en hallar alivio a tu dolor presente si vas a ser entregado al fuego eterno?

Para que ningún judío diga que puede curarte, escucha lo que dijo Dios: «Si se levanta en medio de ti un profeta o soñador de sueños, y te anuncia una señal o prodigio, y se cumple la señal que te anunció, pero luego te dice: “Vayamos y sirvamos a otros dioses”, no escuches las palabras de ese profeta; porque el Señor, tu Dios, te está probando para ver si lo amas con todo tu corazón y con toda tu alma».

Lo que Dios quiere decir es esto: supón que un profeta te dice: «Puedo resucitar a un muerto o sanar a un ciego. Pero debes obedecerme cuando te diga: “Vayamos a adorar a los demonios o sacrifiquemos a los ídolos”». Y supón que en efecto puede sanar o resucitar. Dios ha dicho que no debes escucharlo por los prodigios que haga. ¿Por qué? Porque Dios te está probando; Él permitió que ese hombre tuviera ese poder. No es que Dios no conozca tus pensamientos, sino que te da la oportunidad de demostrar si lo amas verdaderamente. Y hay hombres que se esfuerzan por alejarnos de nuestro Amado. Aun si muestran muertos que reviven, quien realmente ama a Dios no se apartará de Él por haber visto tales prodigios.

Si Dios dijo esto a los judíos, mucho más nos lo dice a nosotros. A nosotros nos condujo a una vida más elevada de virtud. A nosotros nos abrió la puerta para resucitar. A nosotros nos mandó no amar esta morada terrena, sino dirigir toda esperanza a la vida futura.

¿Pero qué dices? ¿Que una dolencia corporal te aflige y te aplasta? No has sufrido tanto como el bienaventurado Job. No has soportado ni siquiera una parte mínima de su dolor. Primero, perdió todos sus rebaños, ganados y demás posesiones. Luego, perdió en un solo día a todos sus hijos. Y todo esto ocurrió en un solo día, para que no solo el tipo de calamidades, sino también la sucesión ininterrumpida de sus pérdidas, abatieran a este atleta espiritual hasta la tierra.

Dile lo siguiente: «Dime, ¿apruebas tú a los judíos por haber crucificado a Cristo, por blasfemar contra Él como lo hacen, y por llamarlo transgresor de la ley?». Si el hombre es cristiano, jamás tolerará eso; aunque sea un judaizante muchas veces, nunca se atreverá a decir: «Sí, lo apruebo». Más bien, se tapará los oídos y te dirá: «¡Dios no lo permita! Calla, por favor». Luego, al ver que está de acuerdo contigo, retoma el tema y dile: «¿Cómo es entonces que asistes a sus ceremonias? ¿Cómo es que participas en sus festividades? ¿Cómo es que observas el ayuno con ellos?». Entonces acusa a los judíos de obstinación. Cuéntale todas las transgresiones que ya narré ante vuestra piadosa asamblea en días recientes. Recuérdale sus faltas respecto al lugar, al tiempo y al templo, y cómo los profetas probaron esto con sus profecías. Muéstrale que todo el ritual de los judíos es inútil e ineficaz. Enséñale que nunca volverán a su antigua comunidad ni a su modo de vida, y que tienen prohibido cumplir, salvo en Jerusalén, lo que aquella vida exigía.

Además, recuérdale la Gehena. Recuérdale la prueba que afrontará ante el temible tribunal del Señor. Recuérdale que daremos cuenta de todas estas cosas, y que no hay pequeño castigo para los que osan hacer lo que él está haciendo. Recuérdale que Pablo dijo: «Vosotros que pretendéis ser justificados por la Ley, habéis caído de la gracia». Y también la advertencia de Pablo: «Si os circuncidáis, Cristo de nada os aprovechará». Dile que, al igual que con la circuncisión, el ayuno de los judíos expulsa del cielo a quien lo observa, aun si tiene a su favor diez mil buenas obras. Dile que llevamos el nombre de cristianos porque creemos en Cristo, no porque acudamos a aquellos que son sus enemigos.

Después de todo eso, recibió un golpe mortal en su cuerpo, vio cómo los gusanos brotaban de su carne, se sentó desnudo sobre un montón de estiércol, siendo un espectáculo público de desastre para todos los hombres que lo veían: Job, el justo, veraz, temeroso de Dios, que se mantenía alejado de toda mala acción. Y sus tribulaciones no terminaron allí. Día y noche sufrió aflicciones, y un hambre extraña y fuera de lo común lo asaltó. Dijo: «Mi alimento me resulta nauseabundo». Cada día era reprochado, ridiculizado, burlado y escarnecido. Dijo: «Mis siervos y los hijos de mis concubinas se han levantado contra mí; mis sueños están llenos de terror, mis pensamientos son sacudidos por tormentas constantes».

Pero su esposa le prometió liberación de todas esas cosas cuando le dijo: «Maldice a Dios y muere». Con eso quería decir: «Blasfema contra Dios y quedarás libre de las angustias que te oprimen». ¿Cambió ese consejo la mente de aquel hombre santo? Todo lo contrario: le dio gran fortaleza, hasta el punto de reprender a su esposa. Eligió sentir dolor, soportar dificultades y sufrir diez mil males antes que maldecir a Dios y obtener así alivio de sus terribles tribulaciones.

Aquel hombre que estuvo treinta y ocho años bajo el dominio de su enfermedad solía apresurarse cada año hacia el estanque, y cada año era rechazado y no hallaba cura. Cada año veía a otros curarse, porque tenían quienes los ayudaran. Pero él no tenía a nadie que lo pusiera en el agua antes que los demás, y por ello permanecía bajo el dominio constante de su parálisis. Sin embargo, no recurrió a adivinos, no fue con encantadores, no se colgó amuletos al cuello, sino que esperó a que Dios lo ayudara. Por eso, finalmente, recibió una cura maravillosa e inesperada.

Lázaro luchó todos sus días con el hambre, la enfermedad y la pobreza, no solo durante treinta y ocho años, sino durante toda su vida. De hecho, murió tendido junto a la puerta del rico, despreciado, burlado, hambriento, expuesto a los perros como comida. Su cuerpo se había debilitado tanto que ya no podía espantar a los perros que venían a lamerle las llagas. Sin embargo, no buscó adivinos, no se colgó amuletos, no acudió a encantadores, no llamó a hechiceros ni hizo nada que le estuviese prohibido. Prefirió morir con esas aflicciones antes que traicionar, ni siquiera en lo más mínimo, su vida de piedad.

¡Mira los tormentos y sufrimientos que soportaron esos hombres! ¿Qué excusa tendremos nosotros si por nuestras fiebres y dolencias corremos hacia las sinagogas, si hacemos entrar en nuestras casas a estos hechiceros y practicantes de brujería? Escucha lo que dice la Escritura: «Hijo mío, si vienes a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba, endereza tu corazón y mantente firme. Sé obediente con Él en la enfermedad y en la pobreza. Así como el oro se prueba en el fuego, así el hombre escogido es probado en el horno de la humillación».

Supón que azotas a tu siervo. Supón que, después de haberle dado treinta o cincuenta latigazos, él exige a gritos su libertad, o que huye de tu autoridad para refugiarse entre quienes te odian. Supón que incita a esos hombres contra ti. Dime, ¿puede lograr que lo perdones? ¿Puede alguien defenderlo ante ti? Por supuesto que no.

¿Por qué? Porque es deber del amo castigar a su siervo. Y esta no es la única razón. Si el esclavo tenía que huir, no debía ir con los enemigos de su amo, sino con los verdaderos amigos del amo. Tú debes hacer lo mismo. Cuando veas que Dios te castiga, no huyas a sus enemigos, los judíos, para no provocar más aun su ira contra ti. Corre más bien hacia los mártires, hacia los santos, hacia aquellos en quienes Él se complace y que pueden hablarle con gran confianza y libertad.

Pero ¿por qué hablar de esclavos y amos? Si un padre azota a su hijo, el hijo no puede hacer lo que hizo el esclavo, ni puede negar su relación con su padre. Supón que el padre azota a su hijo, que lo mantiene lejos de su mesa, que lo expulsa de su casa y lo castiga de todas las maneras posibles. Las leyes de la naturaleza y las establecidas por los hombres mandan al hijo que sea valiente y lo soporte todo. Nadie excusa jamás a un hijo si se niega a obedecer a su padre y a soportar el castigo. Aunque el muchacho azotado se queje en mil formas, todos le dirán que fue su padre quien lo azotó, que su padre es el señor y tiene el poder de hacer lo que quiera, que el hijo debe soportarlo todo con mansedumbre.

Así pues, si los siervos soportan a sus amos, y los hijos a sus padres, aun cuando los castigos no siempre se correspondan con las faltas, ¿rechazarás tú soportar a Dios cuando Él te corrija? ¿No es Él más tu Señor que cualquier otro? ¿No te ama más que cualquier padre? Cuando interviene y hace algo, no lo hace por ira. Todo lo que hace es para tu bien. Si padeces una leve enfermedad, ¿vas a rechazarlo como tu Señor y correrás hacia los demonios y a las sinagogas? ¿Qué perdón hallarás después de eso? ¿Cómo podrás volver a invocarlo en busca de ayuda? ¿Quién más podrá interceder por ti, aun si pudiera hablar con la libertad y la confianza de Moisés? No hay nadie.

¿No oyes lo que Dios le dijo a Jeremías acerca de los judíos? «No intercedas por este pueblo, porque, aunque Moisés y Samuel se presentaran ante mí, no los escucharía». Así de lejos pueden llegar algunos pecados, más allá del perdón y sin posibilidad de defensa. Por tanto, no provoquemos semejante ira sobre nosotros. Aun si los judíos parecen aliviar tu fiebre con sus conjuros, en realidad no la están aliviando. Están trayendo sobre tu conciencia otra fiebre, más peligrosa. Cada día sentirás el aguijón del remordimiento; cada día tu conciencia te azotará.

¿Qué te dirá tu conciencia? «Has pecado contra Dios, has transgredido su ley, has violado tu pacto con Cristo. Por una dolencia insignificante traicionaste tu fe. ¿Acaso eres tú el único que ha sufrido esta dolencia? ¿Acaso no ha habido otros mucho más gravemente enfermos que tú? Y aun así, ninguno de ellos se atrevió a cometer semejante pecado. Pero tú fuiste tan débil y blando que sacrificaste tu alma. ¿Qué defensa presentarás ante Cristo? ¿Cómo pedirás su ayuda en tus oraciones? ¿Con qué conciencia pondrás el pie en la iglesia? ¿Con qué ojos mirarás al sacerdote? ¿Con qué manos tocarás el sagrado banquete? ¿Con qué oídos escucharás la lectura de las Escrituras allí?».

Cada día tu razón te aguijoneará y tu conciencia te azotará con estas palabras. ¿Qué clase de salud es esa, si tienes pensamientos en tu mente que te acusan así? Pero si soportas tu fiebre por un poco de tiempo, si desprecias a los que quieren recitar conjuros sobre ti o atarte un amuleto al cuerpo, si los insultas abiertamente y los echas de tu casa, tu conciencia te traerá de inmediato alivio, como si bebieras agua fresca. Incluso si la fiebre regresa una y otra vez, incluso si consume tu cuerpo, tu alma te dará un consuelo mejor y más provechoso que cualquier alivio obtenido por agua o sudor.

Incluso si recuperas la salud después del conjuro, el recuerdo del pecado cometido te dejará peor que aquellos que están atormentados por la fiebre. Y si tú eres el que ahora padece la fiebre, si tú sufres diez mil tormentos, estarás mejor que cualquier hombre sano, porque te has librado de esos sucios hechiceros. Tu razón se regocijará, tu alma se alegrará, tu conciencia te elogiará y expresará su aprobación.

¿Qué dirá tu conciencia? «Bien hecho, bien hecho, buen hombre. Eres siervo de Cristo, hombre de fe, atleta de la vida piadosa. Elegiste morir en tormento antes que traicionar la vida de piedad que te fue encomendada. Estarás con los mártires en aquel día. Los mártires eligieron ser azotados y desgarrados en el potro para ser honrados por Dios. Así tú elegiste hoy ser azotado y consumido por la fiebre y las heridas antes que someterte a conjuros profanos y amuletos. Porque te alimentas de estas esperanzas, no sentirás los tormentos que te asaltan».

Si esta fiebre no te lleva, otra sin duda lo hará; si no morimos ahora, ciertamente moriremos después. Nuestro destino es tener un cuerpo destinado a la muerte. Pero no tenemos este cuerpo para obedecer sus pasiones y entregarnos a una vida impía, sino para usar esas pasiones en servicio de una vida piadosa. Si vivimos sobriamente, esta corrupción, este cuerpo mortal, se convertirá en la base de nuestro honor y nos dará gran confianza no solo en aquel día, sino también en esta vida presente.

Así que adelante: insulta abiertamente a esos hechiceros y échalos de tu casa. Todos los que lo escuchen te alabarán y se asombrarán de ti. La gente se dirá unos a otros: «Fulano estaba enfermo y sufría. Una y otra vez acudieron a él, lo instaron y aconsejaron someterse a conjuros mágicos. Pero él no cedió, sino que dijo: “Es mejor morir así que traicionar mi fe y la vida piadosa”». Quienes escuchen estas palabras lo aplaudirán larga y fuertemente; se asombrarán y darán gloria a Dios.

¿No crees que esto será más honroso que muchas estatuas, más brillante en su esplendor que muchos retratos, más notable en su distinción que muchos cargos? Todos te alabarán, todos te considerarán dichoso, todos te coronarán con la guirnalda del vencedor. Y ellos mismos serán mejores, experimentarán un renacer del fervor, imitarán tu valor. Si alguien más hace lo que tú hiciste, tú recibirás la recompensa, porque fuiste tú quien lo inspiró, tú a quien él emuló.

Tus buenas obras no solo te traerán alabanza, sino también una rápida liberación de tu enfermedad. La nobleza de tu elección hará que Dios te mire con aun mayor benevolencia; todos los santos se alegrarán por lo que has hecho y orarán por ti desde lo más profundo de sus corazones. Si tal valentía trae estas recompensas en esta vida, considera cuál será tu recompensa en el cielo. En presencia de todos los ángeles y arcángeles, Cristo se adelantará, te tomará de la mano y te conducirá al centro de ese escenario. Todos escucharán cuando Él diga:

«Este hombre estuvo alguna vez afligido por una fiebre. Muchos le instaron a librarse de su dolencia, pero, por mi nombre y porque temía ofenderme de algún modo, los despreció y rechazó a quienes le prometían curarse por tales medios. Eligió morir de su enfermedad antes que traicionar su amor por mí».

Si Cristo conduce al centro de este escenario a aquellos que le dieron de beber, que lo vistieron y alimentaron, con mayor razón lo hará con quienes soportaron enfermedades por su causa. Dar alimento y ropa no es lo mismo que someterse a una enfermedad prolongada. Soportar una enfermedad es algo mucho mayor. Y cuanto mayor es el sufrimiento, más gloriosa será la recompensa.

Tanto en la salud como en la enfermedad, debemos prepararnos para ese día y hablarlo entre nosotros. Si nos hallamos atrapados por una fiebre que no podemos soportar, digámonos: «¿Y qué? Si alguien me acusara y fuera llevado a juicio, si me ataran al poste de azotes y desgarraran mis costados con látigos, ¿no tendría que soportarlo de todos modos, aun sin ninguna ganancia o recompensa?».

Ahora reflexionemos sobre esto. Supón que se te ofrece una recompensa por tu paciencia y resistencia; supón que la recompensa es lo bastante grande como para animar tu espíritu abatido. «Pero mi fiebre es grave», dices, «y difícil de soportar». Entonces compara tu fiebre con el fuego de la Gehena. Ciertamente escaparás de ese fuego si muestras gran paciencia soportando tu fiebre.

Recuerda cuántos sufrimientos soportaron los apóstoles. Recuerda que los justos eran constantemente afligidos. Recuerda que el bienaventurado Timoteo no halló descanso de su enfermedad, sino que vivió con ella toda su vida. Pablo dejó esto claro cuando dijo: «Usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades». Aquel justo y santo varón asumió el cuidado del mundo, resucitó muertos, expulsó demonios y curó a otros de diez mil males. Si él soportó tal sufrimiento, ¿qué excusa tendrás tú por gemir y lamentarte por dolencias que solo duran un tiempo?

¿No has escuchado las Escrituras? Dice: «Al que ama el Señor, lo corrige, y azota a todo hijo que recibe». ¿Cuántas veces y cuántos hombres han anhelado recibir la corona del martirio? En esto tienes una corona perfecta de mártir. Un mártir no se forja solo cuando alguien es obligado a ofrecer sacrificios y prefiere morir antes que hacerlo. Si un hombre rechaza una práctica que solo puede evitarse a costa de la muerte, sin duda es un mártir.

Para que sepas que esto es cierto, recuerda cómo murió Juan (el Bautista), con qué motivo y por qué. Recuerda también cómo murió Abel. Ni Juan ni Abel vieron un altar con fuego, ni una estatua ante ellos. No escucharon una voz que les ordenara ofrecer sacrificios. Juan solo reprochó a Herodes y le cortaron la cabeza; Abel simplemente honró a Dios con un sacrificio más excelente que el de su hermano, y Caín lo mató. ¿Se les privó de la corona del martirio? ¿Quién se atrevería a decirlo? El modo en que murieron basta para que todos estén de acuerdo en que pertenecen a las filas más altas de los mártires.

Si buscas alguna proclamación divina sobre estos dos hombres, escucha lo que dijo Pablo. Dejó claro que sus palabras son del Espíritu Santo cuando dijo: «Pienso que yo también tengo el Espíritu de Dios». ¿Qué dijo entonces Pablo? Comenzó con Abel y dijo cómo ofreció a Dios un sacrificio más excelente que el de Caín, y que, por su fe, aunque muerto, aun habla.

Luego Pablo continuó su relato pasando por los profetas y llegó a Juan. Después de decir: «Fueron muertos a espada y otros torturados», tras relatar muchos y diversos modos de martirio, añadió: «Por tanto, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y corramos con paciencia». ¿Ves cómo también llamó mártir a Abel, junto con Noé, Abraham, Isaac y Jacob? Algunos de ellos murieron por Dios tal como Pablo dijo: «Muero cada día»; murieron no por una muerte física, sino por su disposición a soportarla.

Si haces esto, si rechazas los conjuros, los hechizos y los amuletos, y si luego mueres a causa de tu enfermedad, serás un mártir perfecto. Aunque otros te prometieran alivio con una vida impía, tú elegiste la muerte con piedad. Y he dicho estas palabras para aquellos fanfarrones que dicen que los demonios efectúan curaciones. Para aprender cuán falso es eso, escucha lo que dijo Cristo sobre el diablo: «Él fue homicida desde el principio». Dios dice que es un asesino; ¿acudes tú a él como si fuera un médico?

Dime esto. Cuando estés acusado ante el tribunal de Dios, ¿qué justificación darás por haber considerado la brujería de los judíos más digna de tu confianza que la palabra de Cristo? Dios dice que el diablo es un asesino; ellos dicen que puede curar enfermedades, en contradicción con la palabra de Dios. Cuando aceptas sus hechizos e invocaciones, tus acciones demuestran que consideras más dignos de confianza a los judíos que a Dios, incluso si no lo dices con palabras.

Si el diablo es un asesino, está claro que los demonios que le sirven también lo son. Lo que hizo Cristo te ha enseñado esta lección. De hecho, permitió que los demonios entraran en la piara de cerdos, y los demonios precipitaron a todo el hato por el acantilado y los ahogaron. Hizo esto para que supieras que los demonios habrían hecho lo mismo con los seres humanos si Dios se lo hubiese permitido. Pero Él los contuvo, los detuvo, y no les permitió hacerlo. Una vez que obtuvieron poder sobre los cerdos, los demonios dejaron bien claro lo que habrían hecho con nosotros. Si no perdonaron a los cerdos, con mayor razón no habrían perdonado a los hombres. Por tanto, amados, no os dejéis arrastrar por los engaños de los demonios, sino manteneos firmes en el temor de Dios.

Pero ¿cómo entrarás en la sinagoga? Si haces la señal de la cruz en tu frente, el poder maligno que habita en la sinagoga huye inmediatamente. Pero si no marcas tu frente, has arrojado tu arma justo en la puerta. Entonces el diablo se apoderará de ti, desnudo y desarmado como estás, y te herirá con diez mil llagas terribles.

¿Qué necesidad hay de que yo diga esto? Tu conducta al llegar a la sinagoga muestra claramente que tú mismo consideras que es un pecado gravísimo acudir a ese lugar impío. Te inquieta que alguien note tu llegada allí; pides a los de tu casa, a tus amigos y vecinos que no te denuncien ante los sacerdotes. Si alguien lo hace, te enfureces. ¿No sería la cumbre de la necedad intentar ocultar a los hombres tu osadía y desvergüenza, cuando Dios, que está presente en todas partes, la ve?

¿No temes a Dios? Entonces, al menos, ten algo de respeto y temor ante los mismos judíos. ¿Cómo los mirarás a los ojos? ¿Cómo les hablarás? Dices ser cristiano, pero corres a sus sinagogas y les ruegas que te ayuden. ¿No te das cuenta de que se ríen de ti, se burlan, te menosprecian y te deshonran? Aunque no lo hagan abiertamente, ¿no entiendes que lo hacen en lo profundo de sus corazones?

Dime entonces: ¿soportarás sus burlas? ¿Las tolerarás? Supón que tuvieras que sufrir males incurables, supón que tuvieras que morir diez mil muertes. ¿No sería mucho mejor soportar todo eso que permitir que esas personas abominables se rían y se burlen de ti, o que tú vivas con una mala conciencia?

Mi intención al hablar no es solo que ustedes escuchen esto por sí mismos; también quiero que trabajen por corregir a los que sufren esta enfermedad. Son débiles en la fe, y por eso los culpo. Pero también los culpo a ustedes por no querer corregir a los enfermos. No está en discusión que, cuando vienen a la iglesia, escuchan lo que se dice; pero ustedes mismos se exponen a condena cuando no ponen en práctica las palabras que escuchan. ¿Por qué eres cristiano? ¿No es para imitar a Cristo y obedecer sus leyes? ¿Qué hizo Cristo? No se quedó sentado en Jerusalén llamando a los enfermos para que vinieran a Él. Iba por las ciudades y pueblos curando enfermedades tanto del cuerpo como del alma. Podría haberse quedado en un solo lugar y aun así habría atraído a todos hacia Él. Pero no lo hizo. ¿Por qué? Para darnos el ejemplo de salir en busca de los que se pierden.

Nos dio otro ejemplo en la parábola del pastor. El pastor no se quedó con las noventa y nueve ovejas esperando que la oveja perdida regresara. Él mismo salió y la buscó. Y cuando la encontró, la cargó sobre sus hombros y la llevó de regreso. ¿No ves que un médico hace lo mismo? No obliga a los enfermos confinados en cama a que los lleven a su casa. El médico mismo se apresura a ir al hogar del enfermo.

Tú también debes hacer esto, amado. Sabes que la vida presente es breve; si no conseguimos nuestras ganancias aquí, no tendremos salvación en el más allá. Ganar una sola alma puede borrar el peso de innumerables pecados y ser el precio que nos compre la vida en aquel día. Reflexiona sobre esto: ¿por qué se nos enviaron profetas, apóstoles, justos, y a menudo incluso ángeles? ¿Por qué el Hijo unigénito de Dios vino entre nosotros? ¿No fue para salvar a los hombres? ¿No fue para hacer volver a los extraviados?

Tú debes hacer esto con todas tus fuerzas. Debes consagrar todo tu celo y preocupación a hacer volver a los que se han desviado. En cada servicio religioso seguiré exhortándolos a esto; presten atención o no, no dejaré de decirlo. Me escuchen o no, es ley de Dios que cumpla este ministerio. Si me escuchan y hacen lo que digo, seguiré haciéndolo con gran gozo. Si lo descuidan y se vuelven indiferentes, seguiré diciéndolo, pero con gran temor en lugar de alegría. Si desobedecen, no correré ningún riesgo después. He cumplido con mi parte. Incluso si no hay peligro para mí porque he hecho mi parte justa, sentiré dolor por ustedes cuando sean acusados en aquel día. Incluso escucharme será riesgoso si no siguen mis palabras con hechos.

Escuchen al menos cómo Cristo reprendió a los maestros que enterraron el sentido de su mensaje y cómo también atemorizó a quienes enseñaban. Porque después de decir: «Debías haber depositado mi dinero con los banqueros», añadió: «Y al volver yo, habría recibido lo mío con intereses».

Lo que Cristo mostró con la parábola fue esto: después de oír una prédica (pues eso es depositar el dinero), quienes han recibido la instrucción deben hacerla producir intereses. El interés de la enseñanza no es otra cosa que probar con obras lo que se ha aprendido con palabras. Ya que he depositado mi dinero en sus oídos, ahora deben devolverle a su maestro el interés: es decir, deben salvar a sus hermanos. Por tanto, si solo retienen lo que he dicho y no producen interés mediante la acción, temo que sufran la misma pena que el siervo que enterró su talento. Y por eso fue atado de pies y manos y arrojado a las tinieblas exteriores, porque las palabras que escuchó no sirvieron de provecho para otros.

Para que esto no nos suceda, imitemos al siervo que recibió cinco talentos y al que recibió dos. Cualquier cosa que se te pida gastar para salvar a tu prójimo —ya sean palabras, dinero, dolor corporal o cualquier otra cosa— no debemos rehuir ni dudar. Entonces, cada uno de nosotros, en toda forma, multiplicará proporcionalmente el talento que Dios le ha dado. Entonces, cada uno podrá oír aquellas felices palabras: «Bien, siervo bueno y fiel; por cuanto fuiste fiel en lo poco, te pondré sobre mucho; entra en el gozo de tu Señor». Que todos podamos alcanzar esto por la gracia y la bondad amorosa de nuestro Señor Jesucristo, por quien, y con quien sea la gloria y el poder al Padre, junto con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 


 Para ver el resto de las Homilías, haga clic aquí: Homilías contra los judíos - san Juan Crisóstomo

COMO LEER EL LIBRO DEL GENESIS - p. Serafín Rose

1.              Una aproximación   En cierto sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se han llenado...