martes, 3 de febrero de 2026

II HOMILIA. CONTRA LOS JUDIOS - SAN JUAN CRISOSTOMO



El malvado e impuro ayuno de los judíos está ahora a nuestras puertas. Aunque se trata de un ayuno, no se sorprendan de que lo haya llamado impuro. Lo que se hace en contra del propósito de Dios, sea sacrificio o ayuno, es lo más abominable de todas las cosas. Su malvado ayuno comenzará dentro de cinco días. Diez días atrás, o más de diez, me anticipé a esto y ofrecí una exhortación con la esperanza de que asegurara a sus hermanos. Que nadie se queje ni diga que mi discurso fue inoportuno porque lo di con tantos días de antelación. Cuando una fiebre amenaza, o cualquier otra enfermedad, los médicos se anticipan y con muchos remedios protegen y aseguran el cuerpo del hombre que será atacado por la fiebre; se apresuran a arrebatar su cuerpo de los peligros que lo amenazan antes de que el paciente experimente su aparición.

Puesto que yo también veo que una enfermedad muy grave va a sobrevenir sobre ustedes, con mucha anticipación les di una advertencia solemne para que pudieran aplicar medidas correctivas antes de que el mal los atacara. Esta fue mi razón para no esperar hasta justo antes de los días de ayuno para exhortarlos. No quise que la falta de tiempo les impidiera buscar a sus hermanos; esperaba que, con el margen de muchos días, pudieran localizar con toda valentía a aquellos que sufren de esta enfermedad y devolverlos a la salud.

Los hombres que van a celebrar una boda o a preparar un banquete suntuoso hacen lo mismo. No esperan al mismo día. Mucho antes, hablan con los pescadores y cazadores de aves para que la brevedad del tiempo no represente obstáculo alguno para preparar el banquete. Pues bien, como yo también voy a presentar un banquete ante ustedes en contra de la obstinación de los judíos, me he anticipado a hablarles a ustedes, los pescadores, para que recojan en sus redes a sus hermanos más débiles y los traigan a escuchar lo que tengo que decir.

Los que ya han pescado y tienen su captura firmemente en las redes, permanezcan firmes y atenlos con fuerza mediante palabras de exhortación. Los que aún no han logrado esta buena captura, todavía tienen suficiente tiempo en estos cinco días para atrapar y vencer a su presa. Así que despleguemos las redes de la instrucción; como una jauría de perros de caza, rodeemos y cerquemos a nuestra presa; conduzcámosla desde todos los lados y sometámosla a las leyes de la Iglesia. Si les parece bien, enviemos en su persecución al mejor de los cazadores, el bendito Pablo, quien una vez clamó en voz alta y dijo: «Mirad, yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada».

Cuando las bestias salvajes y animales fieros se ocultan bajo una espesura y oyen el grito del cazador, saltan llenas de temor. El clamor fuerte las hace salir de su escondite y, aun contra su voluntad, el grito del cazador las obliga a salir, y muchas veces caen directamente en las redes. Así también, sus hermanos están escondidos en lo que podría llamar la espesura del judaísmo. Si oyen el grito de Pablo, estoy seguro de que fácilmente caerán en las redes de la salvación y dejarán de lado todo el error de los judíos. Porque no fue Pablo quien habló, sino Cristo, quien movía el alma de Pablo. Así que cuando oigan que él grita y dice: «Mirad, yo, Pablo, os digo», consideren que solo el grito es de Pablo; el pensamiento y la enseñanza son de Cristo, quien habla a Pablo desde dentro de su corazón.

Pero alguien podría decir: «¿Acaso hay tanto daño en la circuncisión...? »

«¿Acaso hay tanto daño en la circuncisión como para hacer inútil todo el plan de redención de Cristo? » Sí, el daño de la circuncisión es tan grande como eso, no por ella misma, sino por tu obstinación. Hubo un tiempo en que la Ley fue útil y necesaria, pero ahora ha cesado y es infructuosa. Si tú mismo decides circuncidarte ahora, cuando ya no es el momento apropiado, haces inútil el don de Dios. Es porque no estás dispuesto a acudir a Él que Cristo no te aprovechará en nada.

Supón que alguien fuera sorprendido en el acto de adulterio y en los crímenes más viles y luego fuera arrojado a prisión.

Supón también que se iba a emitir un juicio contra él y que iba a ser condenado. Supón que justo en ese momento llegara una carta del Emperador liberando de todo juicio o examen a todos los detenidos en prisión. Si el prisionero rehusara aceptar el perdón, permaneciera obstinado y eligiera ser llevado a juicio, dar cuentas y someterse al castigo, ya no podría después beneficiarse del favor del Emperador. Porque al hacerse responsable ante el tribunal, el juicio y la sentencia, eligió por su propia voluntad privarse del don imperial.

Esto es lo que ocurrió en el caso de los judíos. Observa cómo es. Toda la naturaleza humana fue atrapada en los males más viles. «Todos han pecado», dice Pablo. Estaban encerrados, por así decirlo, en una prisión por la maldición de su transgresión de la Ley. La sentencia del juez iba a ser pronunciada contra ellos. Una carta del Rey descendió del cielo. Más aún, el mismo Rey descendió. Sin juicio, sin exigir cuentas, liberó a todos los hombres de los cargos por sus pecados.

Todos, entonces, los que acuden a Cristo son salvados por su gracia y se benefician de su don. Pero aquellos que desean hallar justificación en la Ley también caerán de la gracia. No podrán gozar de la bondad del Rey porque están esforzándose por obtener la salvación por sus propios méritos; atraerán sobre sí mismos la maldición de la Ley porque por las obras de la Ley ninguna carne encuentra justificación. Por eso es que Pablo dice: «Si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada». Porque el hombre que se esfuerza por obtener la salvación por medio de las obras de la Ley no tiene nada en común con la gracia. Esto es lo que Pablo insinuaba cuando decía: «Y si es por gracia, ya no es por obras; de otro modo, la gracia ya no es gracia. Pero si es por obras, ya no es gracia; de otro modo, la obra ya no es obra». Y de nuevo: «Si la justicia viniera por la Ley, entonces Cristo murió en vano». Y otra vez: «Vosotros, los que os justificáis en la Ley, habéis caído de la gracia». Has muerto a la Ley, te has convertido en un cadáver; de aquí en adelante ya no estás bajo su yugo, ya no estás sujeto a su necesidad. ¿Por qué, entonces, te esfuerzas en traerte dificultades a ti mismo, cuando todo eso es inútil y en vano?

Cuando Pablo dijo: «Mirad, yo, Pablo, os digo», ¿por qué añadió su nombre? ¿Por qué no dijo simplemente: «Mirad, os digo»? Quiso recordarles el celo que él había mostrado respecto al judaísmo. Lo que está diciendo es esto: «Si yo fuera un gentil y no supiera nada de las cosas judías, tal vez alguien diría que, porque no tuve parte en el plan y la dispensación judíos, porque no conocí el poder de la circuncisión, rechazo los dogmas de la Iglesia». Por eso añadió su nombre. Quiso recordarles lo que había hecho en favor de la Ley. Es casi como si dijera: «No hago esto por odio a la circuncisión, sino con pleno conocimiento de la verdad. Yo, Pablo, lo digo, ese Pablo que fue circuncidado al octavo día, que soy israelita de nacimiento, hebreo de hebreos, de la tribu de Benjamín, fariseo según la Ley, que perseguí con celo a la Iglesia, que entraba en casas, sacaba a hombres y mujeres, y los entregaba a prisión. Todo esto puede persuadir incluso a los muy necios de que establezco esta enseñanza no por odio ni por ignorancia de las cosas judías, sino con pleno conocimiento de la verdad sobreeminente de Cristo».

«Y testifico de nuevo a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la Ley». ¿Por qué no dijo: «Exhorto», o «Ordeno», o «Digo»? ¿Por qué dijo: «Testifico»? Para que, con esta palabra, nos recordara el juicio futuro. Donde hay testigos que testifican, allí también hay juicios y sentencias. Está atemorizando al oyente, entonces, al recordarle el trono real y al mostrarle que esas mismas palabras serán su testigo en aquel día en que cada hombre dará cuenta de lo que ha hecho, de lo que ha dicho y de lo que ha oído. Los gálatas oyeron esas palabras en tiempos pasados. Que aquellos que están enfermos con la enfermedad de los gálatas las escuchen de nuevo hoy. Si no están presentes, que las escuchen por medio de ustedes, las palabras que Pablo exclamó y dijo: «Y testifico otra vez a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la Ley».

No me digas que la circuncisión es solo un único mandamiento; es precisamente ese mandamiento el que te impone todo el yugo de la Ley. Cuando te sometes a la norma de la Ley en una parte, también debes obedecer sus preceptos en todas las demás cosas. Si no la cumples, debes ser castigado y atraer sobre ti su maldición. Cuando un gorrión ha caído en la red del cazador, incluso si solo su pata ha quedado atrapada, todo el resto de su cuerpo está igualmente atrapado. Así también, el hombre que cumple un solo mandamiento de la Ley, sea la circuncisión o el ayuno, mediante ese único mandamiento ha entregado a la Ley pleno poder sobre sí; mientras esté dispuesto, y si está dispuesto a obedecer una parte de la Ley, no podrá evitar obedecer toda la Ley.

No decimos esto en acusación contra la Ley. ¡Dios no lo permita! Lo decimos porque deseamos mostrar las sobreabundantes riquezas de la gracia de Cristo. Porque la Ley no es contraria a Cristo. ¿Cómo podría serlo, si Él es quien dio la Ley, si la Ley nos conduce a Él? Pero nos vemos forzados a decir todas estas cosas a causa de la contención fuera de tiempo de aquellos que no utilizan la Ley como deberían. Los que ultrajan la Ley son aquellos que nos mandan apartarnos de ella de una vez por todas y venir a Cristo, y luego nos dicen que volvamos a aferrarnos a ella. La Ley ha beneficiado mucho a nuestra naturaleza. Estoy de acuerdo con eso y nunca lo negaría. Pero ustedes, judaizantes, se aferran a ella más allá del tiempo adecuado y no nos dejan ver cuán útil ha sido.

¿Por qué no dijo: «Exhorto», u «Ordeno», o «Digo»? ¿Por qué dijo: «Testifico»? Para que, con esta palabra, nos recordara el juicio futuro. Donde hay testigos que testifican, allí también hay juicios y sentencias. Está atemorizando al oyente, entonces, al recordarle el trono real y al mostrarle que esas mismas palabras serán su testigo en aquel día en que cada hombre dará cuenta de lo que ha hecho, de lo que ha dicho y de lo que ha oído. Los gálatas oyeron esas palabras en tiempos pasados. Que aquellos que están enfermos con la enfermedad de los gálatas las escuchen de nuevo hoy. Si no están presentes, que las escuchen por medio de ustedes, las palabras que Pablo exclamó y dijo: «Y testifico otra vez a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la Ley».

Sería el mayor motivo de elogio para un tutor que su joven alumno ya no necesitara que se vigilara su conducta, porque el muchacho hubiera avanzado a una virtud mayor. Así también, sería el mayor elogio para la Ley que ya no tuviéramos necesidad de su ayuda. Porque la Ley ha logrado precisamente eso para nosotros: ha preparado nuestra alma para recibir una filosofía más elevada.

Por eso, aquel que todavía se sienta a los pies de la Ley y no puede ver nada más grande que lo que está escrito en ella, no obtiene gran provecho. Pero yo dejé de lado la Ley y caminé hacia las enseñanzas más elevadas de Cristo; sin embargo, puedo conceder a la Ley la mayor dignidad, porque me hizo tal que pude ir más allá de las trivialidades escritas en ella y elevarme a la grandeza de la enseñanza que nos viene de Cristo.

La Ley benefició en gran medida nuestra naturaleza, pero solo si nos conducía sinceramente a Cristo. Si no es así, nos hizo daño al privarnos de cosas mayores por haber prestado demasiada atención a las menores; también nos perjudicó al mantenernos todavía en las innumerables heridas de nuestras transgresiones. Supongamos que hubiera dos médicos, uno más débil, otro más fuerte. Si el más débil aplicara medicamentos a las úlceras pero no pudiera liberar por completo al enfermo del dolor que proviene de sus llagas, entonces…

«Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego ven y presenta tu ofrenda». Cristo no dijo: «Presenta tu ofrenda y luego vete», sino: «Deja allí la ofrenda sin presentar y ve primero a reconciliarte con tu hermano».

Y no hizo esto solo aquí, sino también en otro lugar. Si un hombre tiene una esposa infiel, es decir, gentil, no está obligado a separarse de ella. Porque san Pablo dijo: «Si algún hombre tiene una esposa no creyente y ella consiente en vivir con él, no la repudie». Pero si tiene una esposa que es prostituta y adúltera, no hay nada que le impida separarse de ella. Porque Cristo dijo: «Todo el que repudia a su esposa, salvo por causa de inmoralidad, la hace cometer adulterio». Y por eso se le permite separarse de ella a causa de la inmoralidad. ¿Ves la bondad y el cuidado de Dios? Él dice: «Si tu esposa es gentil, no la repudies. Pero si es una prostituta, no te detengo para que lo hagas». Lo que quiere decir es esto: si ella se comporta escandalosamente hacia Mí, no la repudies; si te ultraja a ti, no hay quien te impida separarte de ella. Si Dios, entonces, nos mostró tal honor, ¿no lo consideraremos merecedor de igual honor? ¿Permitiremos que nuestras esposas lo ultrajen? ¿Permitiremos esto aun sabiendo que el mayor castigo y la mayor venganza se nos acumularán si descuidamos la salvación de nuestras esposas?

Por eso te hizo cabeza de la mujer. Por eso Pablo dio la orden: «Si las esposas desean aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa», para que tú, como maestro, como guardián, como protector, la impulsemos hacia la piedad. Sin embargo, cuando la hora fijada para los servicios te llama a la iglesia, no logras despertar a tu esposa de su indiferencia perezosa. Pero ahora que el diablo llama a tus esposas a la fiesta de las Trompetas y ellas prestan oído con disposición a esta convocatoria, tú no las detienes. Permites que se enreden en acusaciones de impiedad, permites que sean arrastradas a caminos licenciosos. Porque, por lo general, son las rameras, los afeminados y todo el coro del teatro quienes corren hacia esa festividad.

¿Y por qué hablo de la inmoralidad que allí ocurre? ¿No tienes miedo de que tu esposa no regrese de allí después de que un demonio haya poseído su alma? ¿No escuchaste en mi discurso anterior el argumento que nos demostró claramente que los demonios habitan en las propias almas de los judíos y en los lugares en los que ellos se congregan? Dime, entonces, ¿cómo tienen ustedes, judaizantes, la osadía, después de haber bailado con demonios, de regresar a la asamblea de los apóstoles? Después de haber salido y compartido con aquellos que derramaron la sangre de Cristo, ¿cómo es que no tiemblan al volver y participar de su banquete sagrado, al participar de su preciosa sangre? ¿No se estremecen, no tienen temor cuando cometen tales ultrajes? ¿Tienen tan poco respeto por ese mismo banquete?

 

Les he dicho estas palabras a ustedes. Ustedes las dirán a esos judaizantes, y ellos a sus esposas. «Fortaleceos unos a otros. Si un catecúmeno está enfermo de esta enfermedad, que se le mantenga fuera de las puertas de la iglesia. Si el enfermo es un creyente ya iniciado, que sea apartado de la mesa santa. Pues no todos los pecados necesitan exhortación y consejo; algunos pecados, por su misma naturaleza, exigen ser curados con una rápida y aguda extirpación. Las heridas que podemos tolerar responden a curas más suaves; aquellas que están ulceradas y no pueden ser curadas, aquellas que se alimentan del resto del cuerpo, necesitan ser cauterizadas con una punta de acero. Así también ocurre con los pecados. Algunos necesitan larga exhortación; otros requieren una reprensión severa.

Por eso Pablo no nos mandó exhortar en todos los casos, sino también reprender con severidad: «Por lo cual repréndelos con severidad». Por tanto, ahora los reprenderé con severidad, para que se acusen a sí mismos y sientan vergüenza por lo que han hecho. Entonces no volverán a ser heridos nunca más por ese ayuno pecaminoso.

Así que dejaré de lado la exhortación de ahora en adelante, pues testifico y exclamo: «Si alguno no ama al Señor Jesucristo, sea anatema». ¿Qué mayor prueba puede haber de que un hombre no ama a nuestro Señor, que participar en la festividad con aquellos que mataron a Cristo? No fui yo quien lanzó la maldición sobre ellos, sino Pablo. Más bien, no fue Pablo, sino Cristo, quien habló por medio de él y dijo anteriormente: «Los que se justifican en la Ley han caído de la gracia».

Así que díganles estas palabras, léanles estos textos. Muestren todo su celo por salvarlos. Cuando los hayan arrancado de las fauces del diablo, tráiganlos ante mí en el día del ayuno judío. Entonces, después de que haya cumplido con el resto de mi promesa hacia ustedes, unámonos, todos juntos y con una sola voz, a nuestros hermanos para dar gloria a Dios y al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque a Él sea la gloria por los siglos. Amén.

La Ley sí ayudó mucho a nuestra naturaleza, pero solo si genuinamente nos conduce a Cristo; de igual forma, si no lo hace, de hecho, nos ha perjudicado, al privarnos de cosas mayores por prestar atención a cosas menores, y al seguir manteniéndonos encerrados en las innumerables heridas de nuestras transgresiones. Imaginemos que hubiera dos médicos: uno menos poderoso y otro más poderoso; y el primero, aunque aplicaba medicinas a las llagas del paciente, no podía liberarlo de una vez por todas del dolor que le causaban, sino que solo le daba algo de alivio, mientras que el otro médico, el más poderoso, al llegar quitaba todas esas medicinas y simplemente lavaba al enfermo, pudiendo purificarlo de sus aflicciones, sin dejar huella alguna, ni siquiera la más mínima marca. Y entonces, supongamos que el primer médico intentara impedir que el paciente fuera tratado por ese [mejor médico]. ¿Qué ayuda podría brindar él con la aplicación de sus medicinas, que fuera tan grande como el daño que causó al impedir que el paciente tomara el camino breve, el camino más rápido hacia la salud?

Así también debes pensar tú en lo que respecta a Cristo y la Ley. La Ley aplica medicinas, trayendo en conjunto un alivio leve para nuestras llagas. Cristo, en cambio, cuando vino, quitó todas estas cosas y, al lavarnos con el agua del bautismo, no permitió que quedara rastro ni marca alguna de nuestras heridas anteriores. Así pues, quien todavía se aferra a la Ley no hace otra cosa que desconfiar de la habilidad del médico y negar que el bautismo sea suficiente para quitar sus pecados. Pues correr a la Ley es signo de quien teme que Cristo no sea lo bastante fuerte como para liberarnos de nuestros pecados pasados por su propia gracia, y esto es prueba de la peor incredulidad: tales personas cometen un ultraje tanto contra la Ley como contra Cristo, al no creer ni en lo uno ni en lo otro. Al aferrarse a la Ley, no creen en la gracia de Cristo; pero al aferrarse a ella solo en parte, la acusan de gran debilidad. Dime: ¿puede la Ley sola, por sí misma, justificar? ¿Sí? Entonces, ¿por qué no la cumples por completo? —Pero es bastante débil y endeble. —¡Obviamente eso piensas, si solo la cumples en parte! De nuevo, ¿puede Cristo otorgar el perdón de todos tus pecados? ¿Sí? Entonces, ¿por qué te aferras a la Ley y temes que serás juzgado como transgresor por no cumplir uno de sus mandamientos? Esto es señal de quienes no tienen verdadera confianza en la bondad de Cristo. En este punto, es oportuno decir: «¡Ay del corazón cobarde y de las manos perezosas y del pecador que camina por dos caminos!». Pues debes imaginar que lo dicho sobre la circuncisión también ha sido dicho sobre el ayuno, y sobre cualquier otro mandamiento de la Ley, si lo cumples ahora, en un tiempo indebido; tal como, si ahora alguien se circuncida, «Cristo no le aprovechará en nada». De hecho, para que no pienses que esta afirmación solo se refería a la circuncisión, sino que entiendas que se aplica a toda la Ley, si alguien la guarda ahora, en un tiempo indebido, debes escuchar lo que dice: «Los que se justifican por la Ley han caído de la gracia». ¿Qué castigo podría haber mayor que este? ¡Pero no sea esto para nuestros hermanos! Yo los llamo hermanos, aun si están enfermos en incontables maneras, por la esperanza que tengo en su salud.

Ahora, pues, despojémonos para el combate contra los mismos judíos, para que la victoria sea más gloriosa, para que aprendan que ellos son abominables, sin ley, asesinos y enemigos de Dios. Pues no hay prueba de maldad que pueda proclamar que sea igual a esta. Pero, para reunir discursos al estilo forense contra ellos, demostraré primero que aun si no hubieran sido privados de su modo de vida ancestral, incluso así su ayuno estaría contaminado e impuro, y proporcionaré las pruebas desde la propia Ley y desde Moisés. Porque si ya era impío cuando se observaba mientras la Ley estaba en vigor y en poder, cuánto más ahora que la Ley ha cesado. Y demostraré que no solo el ayuno, sino también todas las demás prácticas que ellos observan —sacrificios, purificaciones y festivales— son todas abominables. Y cuando la misma manera de purificación es ilegal como se practica y sería rechazada como detestable, ¿cuál de sus otros ritos puede purificarlos después?

El mejor punto de partida para la demostración será su observancia respecto al lugar. Pues Dios los sacó de todo el mundo y los confinó en un único lugar, Jerusalén. Y en ningún otro lugar se les permitió ayunar, sacrificar, celebrar festivales o tabernáculos, ni siquiera leer la Ley, en el tiempo en que la Ley estaba en vigor. Y si entonces, siempre que estos ritos se realizaban fuera de Jerusalén, el procedimiento constituía transgresión, ¡cuánto más ahora! Si deseas, leeré las leyes que se les establecieron respecto a estos asuntos. Primero, déjame recitar la ley establecida acerca de la festividad de la Pascua: «Porque no podrás celebrar la Pascua en ninguna de las ciudades que el Señor tu Dios te da, sino en el lugar que el Señor tu Dios escoja para que allí habite su nombre» —esto es, Jerusalén (pues su nombre fue invocado sobre esa ciudad, como también dejó claro Daniel cuando oró y dijo: «Mira la destrucción de nosotros y de tu ciudad, sobre la cual ha sido invocado tu nombre»). Usó este término para la ciudad no porque Dios tenga una ciudad —¡por supuesto que no!— sino para hacer el lugar más temible por la fuerza del temor inherente al apelativo. Así pues, esta ley es una que les prohíbe realizar los sacrificios de la Pascua en cualquier lugar fuera de Jerusalén, no solo en Siria y Cilicia y entre otros pueblos, sino incluso en la propia Palestina. «Porque no podrás celebrar la Pascua en ninguna de las ciudades que el Señor tu Dios te da» —y las ciudades que dio estaban en Judea—. ¿Ves cómo se los obligó a salir, no del mundo, sino de la misma provincia, hacia un único lugar?

De nuevo, respecto a la festividad que ahora se avecina, él advierte: «Por siete días celebrarás la Fiesta de los Tabernáculos, cuando recojas de tu era y de tu lagar». Pues porque eran ingratos y olvidadizos de su benefactor, ató sus recuerdos de la bondad de Dios a las necesidades de sus festividades. Y al mismo tiempo, aprenderían la razón de la festividad. Pues cuando la cosecha esté completa, dice, celebren días de acción de gracias al dador del sustento solicitado: «Por siete días celebrarás la festividad, tú y tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el prosélito / extranjero que esté contigo, el huérfano y la viuda; por siete días guardarás la festividad al Señor tu Dios en el lugar que el Señor tu Dios escoja». Y respecto al hecho de que ni siquiera se les permitía leer la Ley fuera de Jerusalén, escucha esto: «Después de siete años, en el tiempo del año de la Remisión, la Fiesta de los Tabernáculos, cuando todo Israel venga a presentarse ante el Señor tu Dios en el lugar que él escoja, allí leerás la Ley»; allí ayunarás para la Fiesta de los Tabernáculos. ¿Ves cómo también preserva esta disposición en el caso del ayuno?

Luego, para no pasar por cada cosa individualmente, añadió de forma resumida que de ningún modo les estaba permitido llevar a cabo sus ritos acostumbrados de culto en otro lugar, diciendo: «Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que veas; sino en el lugar que el Señor tu Dios escoja para que su nombre sea invocado allí; allí ofrecerás tus sacrificios, allí harás todo lo que yo te mando hoy». Pues cuando dijo «todo», incluyó, al usar esta palabra, las festividades, los sacrificios, las abluciones, las purificaciones y todo lo demás que estaba en la Ley. Luego, porque eran desconsiderados e insensatos, y su exhortación no fue suficiente para persuadirlos, también añadió un castigo inexorable para quienes desobedecieran: «El Señor habló a Moisés diciendo: Habla a Aarón y a los hijos de Israel, diciendo: Cualquiera de entre ustedes, o de entre los prosélitos / extranjeros que estén con ustedes, que inmole un becerro, una oveja o una cabra fuera del campamento o incluso dentro del campamento, y no traiga su sacrificio a las puertas del Tabernáculo del Testimonio, sangre le será imputada; ese hombre ha derramado sangre». ¿Qué significa que «sangre le será imputada»? Será condenado como homicida, habiéndose hecho como un asesino —porque Dios no estaba prestando atención a la naturaleza de lo que se sacrificaba, sino a la disposición de quien sacrificaba—. Por esta razón, se le consideró como asesinato: porque el sacrificio se llevó a cabo contra la voluntad de Dios. ¿Ves cuán estrictamente se guardaba la cuestión del lugar? El que no sacrifica a las puertas del Tabernáculo del Testimonio, dice, será castigado como si hubiera matado a un ser humano, aun si está sacrificando una oveja. Y estrechando aún más el castigo, dice: «Esa alma será cortada de su pueblo». ¿Por qué? Porque no llevó sus sacrificios a las puertas del Tabernáculo del Testimonio, dice luego. ¿Y por qué ordena que se sacrifique allí? Para que no sacrifiquen a sus ídolos y «a las cosas vanas con las que ellos mismos se prostituyen». ¿Ves que esta misma razón es una acusación de su impiedad y prostitución? (Porque siempre llama a su impiedad prostitución.) Los reunió desde todos los rincones en un solo lugar por esta razón: para que no tuvieran ocasión de impiedad.

Cuando un hombre noble y libre tiene una esclava que es licenciosa y atrae a todos los transeúntes para relaciones inmorales, no le permite salir al vecindario, mostrarse en la calle, apresurarse al mercado; en cambio, la encierra en el piso alto de la casa, la encadena con hierro y le ordena permanecer siempre en casa, para que tanto las restricciones espaciales del lugar como la coerción de las cadenas sean su punto de partida para la castidad. Dios actuó de la misma manera: la Sinagoga, siendo su esclava licenciosa, que abría la boca tras cada demonio y cada ídolo, y corría a hacer sacrificios a los ídolos en todo sitio y lugar, Él la confinó en Jerusalén y el templo, como en la casa del amo, y ordenó que sacrificara y celebrara festividades solo en los tiempos señalados allí, para que tanto las restricciones espaciales del lugar como la observancia de los tiempos la mantuvieran, aun contra su voluntad, en la ley de la piedad. «Siéntate allí y sé modesta», dice; «que el lugar te eduque, ya que tu carácter no lo hizo».

Y para confirmar que esta es la razón por la cual mandó que se sacrificara solo allí: has oído la Ley que ahora ha sido leída entre nosotros —dice así—: «Porque llevarán sus sacrificios a las puertas del Tabernáculo del Testimonio», y luego añade la razón: «Para que no sacrifiquen a sus ídolos y a las cosas vanas con las que ellos mismos se prostituyen». Pues no había rincón en Palestina que no estuviera contaminado por su impiedad; más bien, cada colina, cada barranco y cada árbol eran cómplices de esta impiedad suya. Por esta razón, Oseas clamó y dijo: «Sacrificaron sobre las colinas; hicieron sacrificios sobre las cimas de las montañas, bajo la encina, el pino y el árbol de sombra, porque era bueno el abrigo». Y Jeremías dijo: «Alza tus ojos y mira alrededor: ¿dónde no se prostituyeron?». Fue por esta razón que Dios, viendo que se habían descarriado, los confinó en un solo lugar: el templo. Pero ni siquiera esto puso fin a su licenciosidad; más bien, como si obstinadamente quisieran demostrarle a su Señor que hiciera lo que hiciera no abandonarían su locura, llevaron amantes adúlteros a la casa del Señor, en un momento instalando allí un ídolo de cuatro caras, en otro momento pintando en la pared las abominaciones de reptiles y ganado. Ezequiel nos hizo saber esto; pues fue llevado desde Babilonia al templo y, al verlos llorando por Adonis y adorando a todos los otros ídolos en el mismo templo, y cuando los vio quemando incienso al sol, clamó con angustia.

Pero el profeta no señaló solo esta rampante impiedad, sino que también se acercó al asunto de otra manera, hablando así: «Se halló en ti una perversión mayor que en todas las mujeres». ¿Cómo es que se paga a todas las prostitutas, dice, «pero tú diste pagos»? Porque se prostituyeron y pagaron dinero por su propia prostitución, lo cual es la mayor prueba de un alma que está siendo enloquecida por el aguijón de su propia depravación. Así pues, como la casa no los hizo modestos —más bien, instalaron allí sus ídolos— al final Dios arrasó el mismo templo hasta sus cimientos. Porque ¿qué necesidad había de ese lugar, dado que allí se erigían ídolos y se servía a demonios?

Ahora quiero hacer el recuento de lo que les prometí al principio. ¿Qué fue, entonces, lo que prometí? Mostrar que ellos están transgrediendo en todo lo que hacen ahora y, en primer lugar, en la festividad de la Pascua. El hecho de que no solo están transgrediendo la Ley, sino que manifiestamente también son asesinos cuando celebran esta festividad fuera de Jerusalén, queda claro por lo que he dicho. Esto ha sido probado con creces, por la gracia de Dios. Por tanto, siempre que sacrifican el cordero pascual, ya sea aquí o en cualquier otro lugar, son evidentemente asesinos. Porque si, cuando alguien no lleva su sacrificio a las puertas del Tabernáculo del Testimonio, el sacrificio se considera como sangre y asesinato, y si estas personas hacen sus sacrificios no solo fuera del templo, sino incluso fuera de la ciudad, de hecho, en todas partes del mundo, entonces es bastante obvio que están enredados en la contaminación del asesinato en un grado enorme.

De la misma manera, cuando celebran la Fiesta de los Tabernáculos y sus otras festividades, nuevamente están impuros y contaminados. Porque si todo se purifica mediante los sacrificios, y «sin derramamiento de sangre no hay perdón», entonces, una vez que todos los sacrificios fueron quitados con la destrucción del templo, se sigue necesariamente que también los métodos de purificación y las costumbres de todas las festividades han sido quitados, o que, si se practican, causan una contaminación aún mayor porque se realizan de manera ilegal.

No solo no se les permitía sacrificar fuera del templo; ni siquiera se les permitía cantar en otro lugar, como también lo deja claro el profeta. Porque cuando fueron llevados cautivos a Babilonia, y aquellos que los habían capturado querían oír cantos judíos, y les decían: «Cantadnos algunos de los cantos de Sion», ellos respondían, para informarles que no era lícito cantar fuera de Jerusalén: «¿Cómo cantaremos el canto del Señor en tierra extraña?». Pero tampoco ayunaban en tierra extraña; escucha lo que Dios les dijo por medio de Zacarías: «Durante setenta años, ¿acaso habéis ayunado para mí un ayuno?», refiriéndose indirectamente al tiempo del cautiverio. También se ha demostrado que solo se les permitía hacer sacrificios allí. Por esta razón dijeron los tres jóvenes: «No hay príncipe, ni profeta, ni lugar donde ofrecer sacrificios y hallar misericordia». Ahora bien, por supuesto había un lugar en Babilonia, pero no era el lugar acostumbrado. Porque ellos escucharon a Moisés, quien dijo: «Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que veas; sino en el lugar que el Señor tu Dios elija…»

Así, cuando no se les permitía ni sacrificar ni cantar ni purificarse ni leer la Ley (porque, en verdad, otro profeta también hizo la misma acusación cuando dijo —y la presentó como una gran denuncia—: «Leían la Ley fuera y hacían confesión»), cuando, por tanto, no se les permitía hacer ninguna de estas cosas, ¿qué defensa podrán tener en lo sucesivo? Ellos mismos se condenan y contaminan por sus innumerables caminos de transgresión. Y por eso llamé a su ayuno impuro desde el principio: porque se lleva a cabo ilegalmente. En efecto, su Pascua y Fiesta de los Tabernáculos, y cualquier otra cosa que hagan, son profanas y abominables; lo que realizan no es culto, sino ilegalidad y transgresión y ultraje cometido contra Dios.

Verás, si no se atrevieron a hacer ninguna de estas cosas durante su estadía en tierra extranjera (como lo demuestra su deseo de abandonar esa tierra, recuperar su ciudad ancestral y regresar al templo), entonces ahora están mucho más obligados a mantenerse inactivos, a abstenerse de actuar y a no llevar a cabo ninguna de estas cosas ahora que ya no hay ninguna esperanza de que recuperen Jerusalén, porque esa ciudad no se levantará de nuevo en el futuro, ni ellos volverán a su forma anterior de culto.

Fue para dejar esto claro que Dios les abrió todo el mundo y dejó ese único lugar inaccesible, y así existen leyes imperiales que los mantienen alejados y no les permiten poner un pie en el umbral de la ciudad; esa ciudad está y permanecerá vedada para ellos en todo momento. Pero en el mismo día de su ayuno, demostraré que esa ciudad no se levantará de nuevo, si ustedes están presentes otra vez con el mismo entusiasmo y veo esta sala hecha tan magnífica como ahora con la multitud de oyentes.

Hoy, por otro lado, es necesario decirles por qué Dios les abrió el mundo entero, pero dejó esa ciudad sola inaccesible para ellos. ¿Por qué hizo esto entonces? Sabía de su obstinación y desvergüenza, su voluntarismo y desobediencia; sabía que no escogerían fácilmente abandonar su antigua forma de vida, llevada a cabo con sacrificios y holocaustos, e ir hacia la vida más elevada y espiritual del Evangelio. ¿Qué hizo entonces? Después de atar su culto a la necesidad de los sacrificios, además confinó los sacrificios al templo, y tras hacer esto, volvió el lugar inaccesible para ellos, para que, a partir del hecho de que no se les permitía poner pie en Jerusalén, se hicieran conscientes de que ya no les era lícito sacrificar; y a partir de la ausencia del sacrificio, se les enseñara a no aferrarse más al resto de sus formas de culto, y pudieran ver que ya no era el tiempo apropiado para ese modo de vida, que en cambio Dios los estaba llamando a una filosofía distinta y mayor.

Una madre amorosa que tiene un niño lactante, pero luego desea destetarlo del alimento lácteo y llevarlo hacia otros tipos de alimento —cuando ve que él no quiere y se resiste, y sigue buscando su pecho y se insinúa en su seno maternal—, ella unta hiel o algún otro tipo de jugo muy amargo en el pezón mismo de su pecho, y así lo obliga, aunque no quiera, a apartarse de la fuente de leche en el futuro. De la misma manera, Dios, queriendo guiarlos hacia un alimento más sólido, pero viendo que continuamente corrían de vuelta a Jerusalén y a su modo de vida, cercó la ciudad como el pezón de una madre con hiel y el jugo más amargo: el temor a los romanos; y mediante decretos imperiales la hizo inaccesible para ellos. Su intención era que, debido a la desolación y a las armas de los soldados, se alejaran de esa patria y poco a poco se acostumbraran a rechazar su deseo de leche y a deslizarse hacia un amor y deseo por el alimento sólido.

Porque, aunque los emperadores causaron la desolación, fueron movidos por Dios para hacerlo, y esto queda claro por comparación con períodos anteriores, cuando ni siquiera el gobernante de todo el mundo fue lo suficientemente fuerte como para tomar la ciudad, ya que Dios estaba favorable a ellos. El templo fue destruido por esta razón: para que ya no buscaran a Dios en un lugar, sino que alzaran la vista hacia los cielos. Los sacrificios fueron quitados por esta razón: para que pudieran ver también el verdadero sacrificio, que quitó el pecado del mundo. Pero si no quieren cambiar, entonces Dios, por su parte, ha mostrado su bondad hacia ellos, mientras que ellos, habiéndose hecho indignos de su bondad, traerán sobre sí un castigo inexorable.

Pero ahora, es tiempo de dejar de lado mi discurso con ellos y dirigir mi crítica contra aquellos que han ido a escuchar las Trompetas. De hecho, ni siquiera debería haberlos considerado dignos de tomar en cuenta en este punto, ya que después de tanta exhortación y consejo, aún persisten en la misma necedad. Pero sí espero corregir sus caminos con esta segunda exhortación, y persuadirlos a condenar su propia necedad respecto a su comportamiento anterior. Así, emprendo con entusiasmo estas observaciones dirigidas a ellos. Porque en verdad, sé que, por la gracia de Dios, muchos de los que acostumbraban a hacer estas cosas han abandonado su costumbre malvada; y si no todos han sido persuadidos, aun así serán persuadidos por todos los medios. Un cuerpo que empieza a sanar progresa en un camino que lo lleva a desechar toda su enfermedad y finalmente regresar a un estado de salud pura.

¿Corriste a escuchar las Trompetas? Dime (quiero tener una conversación con ellos en su ausencia, como si estuvieran presentes. Porque así también hace el alma que está afligida: conversa con las personas como si estuvieran presentes y escuchando, incluso si aquellos contra quienes habla no están escuchando): ¿entonces corriste a oír las Trompetas? Dime: ¿con esos asesinos? ¿con esos farsantes? ¿con esos delirantes y frenéticos judíos? ¿No escuchaste a Cristo, quien dijo: «El que mira a una mujer para desearla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón»? Pues, así como una mirada lasciva produce adulterio, también el oír intempestivo produce impiedad. Pero tú deseas oír una trompeta. Entonces escucha la trompeta de Pablo, la trompeta espiritual que resuena desde los cielos y dice: «Revestíos de toda la armadura de Dios. Ceñid vuestros lomos con la verdad, poneos la coraza de la justicia, calzad vuestros pies con el apresto del Evangelio de la paz, tomad el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del espíritu».

¿Ves cómo una trompeta espiritual te arma y te conduce a la batalla contra los demonios? Escucha el trueno de Juan, diciendo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Espera la trompeta que sonará desde los cielos: «Porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán». Los que oyen esta trompeta terrenal no oirán aquella celestial; o más bien, la oirán, pero para su propia condena. Porque la participación en la festividad judía significará participación en su castigo. En ese tiempo, los judíos «mirarán a aquel a quien traspasaron». ¿Qué ocurrirá entonces, si tú apareces en compañía de ellos? ¿No está claro en abundancia lo que queda implícito? Temo decirlo, pero lo comunico a tu conciencia. Ahora haces sonar la trompeta con ellos; entonces llorarás con ellos. ¡Pero no suceda jamás que alguno de los hijos de las iglesias sea hallado en el lugar de reunión de ese pueblo asesino —ni ahora ni nunca—! Y por eso he dicho esto ahora: para que estas cosas ya no sucedan.

Pero no solo me dirijo con estos comentarios a los hombres, sino también a las mujeres, por medio de sus esposos. Pues en verdad, sé que la mayor parte del público que es atraído a ir allí está compuesto por mujeres. Ahora bien, el bienaventurado Pablo dice: «Maridos, amad a vuestras mujeres»; y también: «La mujer debe temer a su marido». Pero no veo ni temor de las esposas ni amor de los maridos. Porque si la esposa temiera a su marido, no se habría atrevido a ir. Si el marido amara a su esposa, nunca habría permitido ni tolerado que ella fuese. Porque, ¿qué hay peor que esta atrocidad, te pregunto? ¿Una mujer libre y creyente sale de su casa y se va a una sinagoga? ¿Conoce acaso algún otro lugar fuera de la iglesia y del tiempo que allí pasa? Pero si se estuviese yendo con un amante, ¿no te habrías levantado? ¿No te habrías encendido? ¿No habrías puesto guardias por todos lados? Pero tal como están las cosas, no la ves yéndose a cometer adulterio con un hombre, sino yéndose a estar con demonios —¿y permites esta impiedad?—. Si ella comete una transgresión contra ti, la castigas; pero si comete un ultraje contra su Señor, ¿lo pasas por alto? Si abusa con desenfreno de tu matrimonio, eres un juez severo e inexorable; pero si pisotea los pactos con Dios, ¿eres negligente y despreocupado? ¿Cómo pueden estas ofensas ser dignas de perdón? Y, sin embargo, Dios no actúa de esa manera, sino justamente de la opuesta: cuando él mismo es ultrajado, lo pasa por alto; cuando tú eres tratado de esa manera, él castiga. ¿Quieres aprender que él honra tus asuntos más que los suyos? «Si ofreces tu ofrenda en el altar, y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve primero reconcíliate con tu hermano, y luego ven y presenta tu ofrenda».

 

viernes, 16 de enero de 2026

I HOMILIA. CONTRA LOS JUDIOS - SAN JUAN CRISOSTOMO

 



ANALISIS

 

            San Juan Crisóstomo interrumpe la continuación de sus homilías contra los Anomeos para combatir a los judaizantes-Los Cristianos no deben participar en los ayunos ni en fiestas de judíos: 1° Porque los judíos son unos miserables que hacen todo en contrasentido; no ayunaban cuando se debía ayunar, y ahora ayunan cuando ya no debería hacerse más; además fueron expulsados y en su lugar fueron puestos los cristianos; 2° porque su sinagoga ya no es más respetable que un teatro, un lugar de libertinaje y una caverna de forajidos; es la hotelería de demonios, mientras que la iglesia es la casa de Dios.

            La posesión de libros santos no vuelve venerable a la sinagoga y no puede ser una excusa para los que van corriendo hacia ella, 1°porque los judíos ultrajan esos libros diciendo que en ellos no se habla de Jesucristo 2° porque se sirven de ellos para engañar más fácilmente a los débiles; 3° porque, no solo la sinagoga, sino el alma misma de los judíos es la casa de los demonios; tanto que Dios rechazó sus sacrificios, sus fiestas y hasta su templo, librándolo en manos de los gentiles.

            La esperanza de obtener la sanación de alguna enfermedad tampoco es una razón para ir a la sinagoga: 1° porque los demonios que la habitan no pueden curar; 2° porque, aún si lo pudieran, no hay que perder el alma para sanar el cuerpo- Entonces hay que recurrir a todos los medios para impedir a los hermanos de judaizarse, principalmente porque, al callarlo, se participa del crimen y los hace pasibles del mismo castigo que ellos.

 

 

I


 

            Me proponía completar hoy lo que me queda por decir sobre el tema del cual os he hablado recientemente y mostraros con más evidencia que Dios es incomprensible. Es sobre este tema, en efecto, que el domingo anterior, os hablé larga y abundantemente trayendo el testimonio de Isaías, de David y de Pablo. ¿Quién contará a su generación (Isaías, LIII,8)? Exclamaba el primero. El segundo le rendía gracias por ser incomprensible, diciendo: Os alabaré, porque os has mostrado admirable de modo atemorizante: admirables son vuestras obras (Salmo CXXXVIII, 14) Y aún; Vuestra ciencia es elevada de forma maravillosa, por encima de mí: es tan sublime que yo no podría alcanzarla (Id. 6.) Pablo, no llevaba su búsqueda hacia la esencia misma de Dios, pero, solo sobre su providencia, y aún abrazando solo una pizca de providencia pudo demostrar su vocación por los Gentiles, viéndolos como un enorme y vasto mar, expresaba: ¡Oh profundidad de riqueza, de sabiduría y de ciencia de Dios! ¡que sus juicios son incomprensibles y sus caminos impenetrables! (Rom. XI, 33.)

            Esas pruebas, en verdad, eran suficientes; sin embargo, no me he contentado con los profetas, no me sostuve en los apóstoles, he subido al cielo y os he mostrado el coro de los ángeles, que decía: ¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz sobre la tierra, bienaventuranza a los hombres! (Lucas, XI,14). Han oído a los serafines clamar en el estupor y el temor: Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, ¡toda la tierra está plena de su gloria! (Is. VI,3) y agrego a los querubines exclamando: Bendita sea la gloria del lugar donde reside. (Ezequiel III, 12) Sobre la tierra, tres testigos, tres testigos al cielo os han demostrado pues, la inaccesibilidad de la gloria de Dios. También, la demostración alcanzó una clarísima evidencia y los aplausos eran numerosos, la escena se acaloraba y la asamblea estaba en brasas. En cuanto a mí, yo daba las gracias, no por alabarme a mí mismo, sino porque mi Maestro era glorificado. Pues, esos aplausos y elogios mostraban el amor de vuestras almas hacia Dios. Sinceros servidores atados a su maestro, expresando tan vivo afecto por aquel que ellos escuchan hacer el elogio de tal maestro; así, habéis hecho que el ardor de los aplausos demostrara la grandeza de vuestro amor por el divino Maestro. Me propuse entonces continuar hoy los mismos combates. Pues, si los enemigos de la verdad no se saciaban de blasfemar contra el Bienhechor de la humanidad, ¡cuánto más es necesario que nos inflamemos del deseo insaciable de expresar la alabanza al Dios del universo!

            -Pero, ¿qué hacer? Otra enfermedad, la más grave que podamos imaginar, exige todos nuestros cuidados: hay que aplicarle el remedio de nuestras instrucciones; se trata de una enfermedad que afecta al cuerpo de la Iglesia. Hay que sanarla, ante todo; los enfermos de afuera vendrán luego. Nuestros primeros cuidados deben ser por los de la familia, los extraños solo tendrán derecho mas tarde.

            Pero ¿cuál es esta enfermedad? Las fiestas de esos desgraciados judíos llegarán; fiestas continuas, incesantes: las trompetas, los tabernáculos, los ayunos; y muchos que están con nosotros en la misma sociedad, que dicen tener los mismos sentimientos que nosotros, asisten a esas fiestas: algunos van a ver, otros hasta toman parte de ellas y observan los ayunos judaicos. Es esta costumbre perversa la que quiero liberar ahora a la Iglesia. Pues los discursos contra los Anomeos pueden muy bien decirse en otro momento, sin que vosotros tenga que lamentar de ninguna manera el retraso; pero nuestros hermanos, los que están atacados por el mal judaico, si no se les da cuidados, ahora que las fiestas judaicas se aproximan, y que tocamos en el tiempo en que se celebran, sería de temer que algunos, por causa de un mal hábito y de una muy grande ignorancia, participaran en sus iniquidades, y entonces, ¿de qué servirían nuestras homilías? En efecto, si no son prevenidos hoy, ayunarán con los judíos y cuando el pecado haya sido cometido, vanamente vendremos a aplicar el remedio.  Es por esto que me apuro en adelantarme. Los médicos así actúan; las enfermedades más urgentes y las más agudas son las primeras en atacarse. Hay, además, una afinidad perfecta entre las dos controversias que sostenemos. Hay una relación entre la impiedad de los Anomeos y la de los judíos: hay en consecuencia entre nuestros combates precedentes y los de hoy. Los Anomeos se golpean hoy contra la misma piedra de tropiezo que partió a los judíos. ¿De qué acusaban los judíos a Jesucristo? De decir que Dios es su propio Padre, haciéndose él mismo igual a Dios. (Juan, V,18). Es la misma cosa que le reprochan hoy los Anomeos, o más bien no es un reproche que hacen, sino que borran las palabras y el sentido de las Escrituras, sino con las manos, al menos con el pensamiento y la voluntad.

 




 

II


 

            y no os sorprendáis que haya llamado desgraciados a los judíos. Lo son en efecto, infelices y dignos de lástima, ellos que han rechazado tantos bienes venidos del cielo a sus manos, y que los repelieron con la más criminal obstinación. El sol naciente de justicia se elevó sobre ellos, pero ellos rechazaron los rayos y se sentaron en las tinieblas; nosotros, al contrario, alimentados en las tinieblas, hemos atraído la luz hacia nosotros, y fuimos liberados de la oscuridad del error. Ellos eran las ramas de la raíz santa, y las rompieron (Rom. XI, 16,17); mas nosotros, que no sosteníamos la raíz, hemos conseguidos frutos plenos de piedad. Ellos conocieron a los profetas desde el primer momento, y crucificaron a Aquel que fue anunciado por los profetas; nosotros, que no escuchamos los divinos oráculos, hemos adorado a Aquel que los profetas anunciaban. Ellos son infelices, porque los bienes que les fueron enviados, los han rechazado, mientras que otros estaban maravillados y atraídos a ellos. Aquellos mismos judíos, que fueron llamados hijos por adopción, descendieron en familia de perros; pero nosotros que no éramos más que perros, hemos podido, por gracia de Dios, deponer nuestra irracionalidad primera, y elevarnos a la dignidad de hijos. Os probaré por la Escritura. No es bueno quitar el pan de los hijos para arrojarlo a los perritos (Mateo XV,26), decía Cristo a la Cananea. Acá son los judíos los llamados hijos y el nombre de perros fue dado a aquellos que venían de otras naciones. Pero, mirad cómo este orden fue revertido, cómo se volvieron perros, y nosotros los hijos. Cuidaos de los perros, dijo acerca de ellos san Pablo (Filip. III, 2,3.); cuidaos de los malos obreros, cuidaos de los falsos circuncisos, pues nosotros somos los verdaderos circuncisos. (Filip. III, 2,3). Ya lo veis, san Pablo trata de perros a los que, en el Evangelio, son llamados hijos. ¿Queréis ver el nombre de hijos acordado a los tristes Gentiles antes llamados con el epíteto de perros? Escuchad: Todos los que lo recibieron, está dicho (Juan, ¡, 12) les fue dada la facultad de volverse hijos de Dios. Nada más miserable que esos judíos, corriendo en todo momento a su pérdida. Cuando había que observar la ley, la pisotearon, y ahora que la ley no existe, muestran celo excesivo en la observancia. Nada más digno de piedad que ese pueblo que, no solo por la transgresión, sino también por la observación la ley, siempre ha incitado la cólera de Dios. Por eso está dicho: vosotros tenéis la cabeza dura y el corazón incircunciso, siempre habéis resistido al Espíritu Santo (Hechos, VII, 51), no solo violando las leyes, también queriendo cumplirlas a contratiempo.


            ¡Cabezas duras! Nada más justo que esta calificación; pues no llevaron el yugo de Jesucristo, por más que fuese suave y que no tuviera nada de oneroso ni penoso. Aprended de mí, dijo en efecto, que soy manso y humilde de corazón, y poned mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo, XI, 29,30). Sin embargo, a causa de la dureza de sus cabezas ellos rechazaron cargarlo; y no solo que no lo llevaron, sino que hasta lo quebraron y lo rompieron. Pues, desde el principio, está dicho, vosotros rompieron mi yugo, rompieron mis lazos. (Jeremías, II, 20; V,5; y Salmos II, 3) Y no es san Pablo quien habla así, sino el Profeta que profiere este grito de dolor; por los términos de yugo y lazos, interpreta los símbolos de la autoridad; o, los judíos rechazaron la realeza de Cristo cuando dijeron: No tenemos otro rey que César (Juan, XIX, 15)


            Por esta palabra, pueblo judío, rompiste el legítimo yugo, rompiste el vínculo con Dios; te excluiste a ti mismo del reino de los cielos, te sometiste a las potencias humanas. Considerad, hermanos míos, con qué precisión el Profeta hace comprender que son impacientes ante todo freno. No dice, en efecto: has rechazado el yugo sino: has quebrado el yugo, lo que es vicio propio de animales fogosos, indisciplinados y rebeldes a toda orden. Pero, ¿de dónde les viene esta dureza? De la glotonería y de la borrachera. ¿Quién lo dice? El propio Moisés. Israel ha comido, se ha llenado y henchido de grasa, y el bienamado se ha rebelado. (Deut. XXXII,15). Los animales irracionales, que engordaron con alimento abundante, se vuelven más esquivos e indóciles: no aguantan ni el yugo, ni el freno ni la mano del conductor; así el pueblo judío, borracho y demasiado gordo, se precipitó en la malicia extrema, se descarriló, no aceptó el yugo de Jesucristo, ni tiró dócilmente de la carreta de la doctrina. Es entonces que otro profeta se hizo escuchar, diciendo: Israel se libró a inconductas frenéticas como una novilla furiosa. (Oseas, IV, 16). Otro más que los llama: un joven toro no adiestrado. (Jerem. XXXI,18). Cosa similar les pasó a los judíos; habiéndose vueltos renuentes al trabajo, pasaron a ser buenos para el matadero. Es porque el mismo Jesucristo dijo: Traed aquí a mis enemigos, los que no quieren que yo reine sobre ellos, e inmoladlos. (Lucas XIX, 27). Era entonces, oh judíos, que debían ayunar, era cuando tu ebriedad te empujaba al abismo de todos los males, cuando la glotonería te conducía a la impiedad y no ahora, pues ahora tu ayuno es inoportuno y abominable. ¿Quién pronunció esta sentencia? El propio Isaías, gritando con fuerza: ¿No he aceptado tu ayuno, dijo el Señor, ¿por qué? Porque uds ayunan para librarse de juicios y querellas, pero golpean con puñetazos a sus subordinados. (Is.LVIII 4,5) Si, cuando golpeabas a tus compañeros de esclavitud, tu ayuno ya era entonces abominable, después que inmolaste a tu Maestro, ¿tu ayuno acaso se volvería agradable? ¿Sería posible y verosímil?


            Los que ayunan deben ser reservados, contritos, humildes, no borrachos de cólera; ¿y tú golpeas a tus compañeros de infortunio? Antes, los judíos ayunaban para liberarse de los juicios y querellas; ahora, es para entregarse al libertinaje y a extremas licencias, bailando pies desnudos en las plazas públicas. Es verdad, el pretexto, es que se está ayunando, pero la acción es la de gente ebria. Entiendan de qué manera el Profeta ordena ayunar: Santificad el ayuno, dijo. No ha dicho: Ofreced el ayuno como espectáculo; haced público el divino culto, reunid a los ancianos. (Joel, I, 14.) Pero en su lugar reúnen a tropas de afeminados, recolectan prostitutas, introducen en la sinagoga el teatro entero con comediantes; pues entre la sinagoga el teatro, no hay diferencia; pero a mí mismo me acusarían de temeridad aquellos que no piensan como yo; si la acusación viene de mí solo, que se me condene, lo acepto; pero, si yo no hago más que reportar las palabras del Profeta, que den crédito a mi declaración.

 

 

III

 

 

            Sé que hay muchos que respetan a los judíos, y piensan que sus ritos son honestos, incluso hoy en día; por eso me apresuro en sacar de raíz esta perniciosa opinión. Dije que la sinagoga no ofrece nada que la haga preferible al teatro, y cito al Profeta como testigo: los judíos no son más dignos de fe que los profetas. Entonces, ¿qué dijo el Profeta? Tu rostro se ha vuelto el de una prostituta; ya no te sonrojas ante nadie. (Jerem. III,3.) El lugar de una prostituta es un lugar de desenfreno; pero es poco decir que la sinagoga sea un lugar de libertinaje y un teatro; es más bien una caverna de ladrones y un refugio de bestias salvajes. Pues, está dicho: Tu casa llegó a ser para mí una caverna de hienas (Jerem. VII, 11), no solo por animal feroce, sino también animal impuro. Y además: He dejado mi casa, he abandonado mi herencia. (Ídem, XII, 7) Entonces, cuando Dios abandona, ¿qué esperanza de salud nos queda? Cuando Dios abandona un lugar, ese sitio se vuelve morada de demonios. En verdad, ellos afirman absolutamente que adoran, también, al verdadero Dios; pero ¡A Dios no le agrada que digamos eso! Ningún judío adora a Dios. Así lo declaró el propio Hijo de Dios. Pues, dijo, si Uds. conociesen a mi Padre, Uds. me conocerían, pero Uds. no conocen ni a mí ni a mi Padre. (Jn, VIII,19) ¿Qué testimonio agregaré yo más digno de fe que este?


            Si entonces, no conocen al Padre, si crucificaron al Hijo y rechazaron la asistencia del Espíritu, ¿quién se atrevería a negar que la sinagoga es un hospedaje de demonios? Dios no es adorado allí, ¡Lejos de eso!, sino que en adelante es el templo de la idolatría; aún cuando algunos se acerquen a esos lugares como si fuese un santuario.


            Y no hablo de esta manera como una simple conjetura, sino instruido por la experiencia misma. Hace tres días, (créanme, no miento), vi un hombre infame y estúpido, un auto proclamado cristiano, pues jamás un verdadero cristiano haría lo que yo vi hacer; lo vi, decía, obligando a una mujer libre, honesta, distinguida, a entrar a una sinagoga; estaba comprometido en un proceso y quería obtener de esta mujer testimonio favorable a su situación.  Acercándose al lugar donde la llevaba a pesar de su negativa, la mujer pedía auxilio y rechazaba esta injusta violencia con indignación, porque a él no le estaba permitido entrar en tal lugar, a la que había participado en los divinos misterios; entonces, yo volé en su ayuda, inflamado de celo y me opuse a la injusta violencia y la arranqué de las manos de este insolente. Pregunté a continuación al autor de esta agresión si era cristiano, y lo reconoció, en tanto que yo lo empujé fuertemente, reprochándole su locura y extrema demencia, y llegué hasta a decirle que un burro tenía más criterio que él, pues, llamándose adorador de Jesucristo, arrastraba a alguien al antro de los judíos que crucificaron a Jesús. Yendo más lejos, le mostré primero, por los divinos Evangelios (Mat. V,34) que no está permitido jurar, ni poner a nadie en la necesidad de hacer juramentos; que era un crimen llegar a este extremo, a una fiel e iniciada, aún a cualquier otro no iniciado. Cuando, a fuerza de sermones y pruebas, erradiqué de su alma la detestable opinión que lo enceguecía, cuando fue convencido que no había que jurar ni hacer que los otros juren, le pregunté por qué razón había querido llevar a esta mujer a la asamblea de judíos y no a una iglesia: muchos, me respondió, me aseguraron que los juramentos hechos en ese lugar (la iglesia) son más dudosos que los realizados en otros lugares (la sinagoga). Semejante respuesta, después de despertar en mí sentimientos de dolor e indignación, terminó por hacerme reír. Viendo la astucia del diablo, lamenté que tuviera el poder de persuadir tales cosas a los hombres, imaginando luego la estupidez de los que se dejan caer en esas trampas, me inflamé de cólera; luego, considerando lo que había de burlesco y loco en semejante opinión, me eché a reír.


            Los hechos de esta naturaleza no hacen nacer en uno el sentimiento de indignación o de piedad que deberían inspirar hacia aquellos que son autores o víctimas, y era para tener la ocasión de tal reproche que yo les hice el relato que acaban de escuchar. Cuando vean a alguno de sus hermanos caer en faltas similares, Uds. creen que eso es una desgracia que no les roza y en la cual Uds. son completamente ajenos, y piensan justificarse de los reproches que se les haga, diciendo: ¿qué me importa eso? ¿Qué tengo en común con esa persona? Palabras que respiran odio mortal hacia los hombres y diabólica crueldad. ¿qué dicen ustedes? Ustedes son hombres, miembros de la familia humana, de ese gran cuerpo que tiene por jefe a Jesucristo, ¡y se atreven a decir que no tienen nada que ver con los otros miembros de ese mismo cuerpo! Jesucristo acaso no es la cabeza de la Iglesia? Y la cabeza, ¿no une naturalmente a todos los miembros? ¿No es el centro común donde todos convergen? Si no tienen nada en común con su hermano, no tienen a Jesucristo como jefe. Los judíos los asustan como a niños, y no se dan cuenta. Ustedes conocen esas máscaras, espantajos ridículos, cuyos valets bufones son usados para dar miedo a los pequeños niños, no tienen nada de terrible en realidad, y no pueden ver sin reír el efecto que producen sobre las imaginaciones infantiles: ¡y bien! Los espectros que usan los judíos para asustar a los cristianos débiles no son serios; y los terrores que inspiran son también vanos y también ridículos. En lugar de inspirar temor, más bien merecen nuestra risa o la vergüenza, ese judaísmo, con sus sectarios odiosos, hombres condenados por los juicios de la justicia divina.

 

 

IV

 

 

            No es así en nuestras Iglesias; ellas son realmente terribles y llenas de un santo horror. El lugar donde reside el Dios que ordena la vida y la muerte, es un lugar terrible.(Mat. X, 28.) Es allí donde Uds. escuchan estas instrucciones salutíferas sobre los castigos eternos, sobre los ríos de fuego, sobre el gusano de mordedura venenosa, sobre los lazos que no se pueden romper, sobre las tinieblas externas. (Mat. XXII, 13).) Los judíos no saben nada de estas cosas, la ínfima idea de este destino ni siquiera atravesó sus pensamientos; solo viven para su estómago, solo aspiran a las cosas presentes, no tienen nada que los haga superiores a los cerdos o a las cabras, tanto son así de lascivos y glotones. Solo saben una cosa: llenar su vientre y emborracharse, golpearse por unos bailarines y herirse por los cocheros. ¿acaso son estas cosas santas y terribles? ¿quién sería capaz de decirlo? ¿qué ven Uds. de terrorífico en eso, a menos que no se diga que unos miserables esclavos, sin el menor crédito ante Dios, que huyeron de la casa de su amo, son horrorosas para los hombres que gozan de público reconocimiento y con libertad de hablar? Pero no es así; no, no es así. Una posada, en efecto, es menos digna de respeto que las cortes reales, y la sinagoga es todavía menos honorable que una posada cualquiera. Es un albergue de ladrones, de pícaros y hasta de demonios; y mucho más diría sobre las almas de los judíos. Es lo que trataré de demostrarles al final de mi homilía. Os exhorto, pues, a recordar sobre todo esta parte de mi enseñanza. Pues, no es por ostentación ni por aplausos que estamos hablando ahora, sino para la curación de vuestras almas. ¿qué os quedará todavía para decir en justificación, cuando con tantos médicos, algunos de Uds. aún permanezcan enfermos?


            Los apóstoles, en número de doce, atrajeron al mundo entero al Evangelio; la mayor parte de la ciudad es cristiana y todavía hay algunos enfermos de judaísmo. ¿qué excusa daremos nosotros, los que estamos sanos? Sin dudas, los que están enfermos de esta peste son muy culpables, pero nosotros mismos tampoco estamos exentos de condena, al abandonarlos a su enfermedad. Nuestros cuidados necesariamente los curaría si no fuesen mezquinados. Es por esto que cada uno de Uds. impida a su hermano el frecuentar a los judíos: os exhorto, hacedlo aún si hay que obligarlo, golpearlo, maltratarlo; no escatimen en nada con tal de arrancarlo de la red del diablo, y liberarlo de cualquier relación con los asesinos de Jesucristo. Díganme, si en una plaza pública, veis conducir al suplicio a un hombre condenado por una justa sentencia, y si fueseis el dueño de arrancarlo de las manos del verdugo, ¿no harían lo imposible por liberarlo? Ahora, ven a su hermano arrastrado injustamente, cruelmente, no por el verdugo, sino por el diablo, al abismo de la perdición, ¿y aún no os decidís a ofrecerle vuestro patrocinio para liberarlo de los lazos de iniquidad? ¡Qué imperdonable negligencia! -pero es más fuerte que yo, dirán Uds.-Mostrádmelo, y dejaré más bien la vida antes que permitir es ese mentiroso la entrada al vestíbulo sagrado, si se resiste y se obstina en los mismos sentimientos. Pues, ¿qué hay en común entre Uds., cristianos judaizantes, y la libre, la celeste Jerusalén? Han elegido la terrestre, sed esclavos en ella; pues ella es esclava junto a sus hijos, según la palabra del Apóstol. (Gal. IV, 25) Uds. ayunan con los judíos: ¡bueno pues! Sacudid vuestras sandalias con ellos, id descalzos, en la vía pública y formad parte de sus actos indecentes y en su ridiculez. Pero Uds. no se atreverían, pasarían vergüenza, ¡enrojecerían! ¡Y qué! ¡Os avergonzáis de sus gestos, pero no os avergonzáis de su impiedad! No esperen que Dios os perdone por haber sido cristianos a medias. Creedme, sacrificaría mi vida, antes de ignorar al que sufre esta enfermedad, si llegara a verlo; pero si no los viera, Dios no me imputaría el haber ignorado a los que no veo.

 Que cada uno reflexione y que no crea que se trate de algo sin importancia esto de la responsabilidad recíproca, esta solidaridad humana. No prestaron atención a las palabras que el diácono pronuncia a menudo y en alta voz en los misterios: conózcanse unos a otros; noten cómo él os encarga el atento examen de vuestros hermanos. Seguid el consejo con respecto a los judaizantes. Cuando conozcan alguno que judaíza, deténganlo, denúncienlo, por temor a que Uds. sean parte de eso en cuanto al peligro. En los campos, cuando, entre los soldados, se encuentra alguno que favorece a los Bárbaros, y que participa del pensamiento de los Persas, no es él solamente quien está bajo pena de condena capital, sino también los que tuvieron conocimiento del hecho y no lo denunciaron al general. Ya que Uds. son los soldados de Cristo, examinad entonces con cuidado y buscad si algún extraño se mezcló con Uds. y denunciadlo no para que le demos muerte, no para que lo castiguemos y le inflijamos suplicio, sino para que saquemos del error y de la impiedad y lo hagamos absolutamente de los nuestros. Si Uds. no lo quieren y lo ocultan firmemente, sepan bien que Uds. incrementan la misma pena que a él. San Pablo también (Rom. I,32), somete a la pena y al suplicio no solo a los que actúan mal, sino también a los que los aprueban. Y el Profeta (Sal. XLIX, 18) sujeta el mismo castigo a los ladrones y sus cómplices, y eso es lo justo. Pues, aquel que conoce al hombre que delinque, y lo encubre, alienta su malicia y le asegura cometer el mal con más seguridad.

 

 

V

 

 

            Pero volvamos a nuestros enfermos. Imaginad pues con quién queréis ayunar: es con los que gritaban: Crucifícalo, crucifícalo (Luc. XXIII,21) ; con los que decían: Que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos. (Mat. XXVII, 23,25) Si alguien es condenado por delito de alta traición, ¿se atreverían a acercarse y hablar con él? No lo creo. ¿no sería absurdo huir con tanto cuidado de esos culpables hacia un hombre, y hacer alianza con los que ultrajaron al mismo Dios? Uds. adoran al Crucificado y ¡van corriendo a las fiestas que los que lo pusieron en la cruz! No es solo locura, sino locura al grado supremo.

            Puesto que hay quienes piensan que la sinagoga es un lugar santo, es preciso decir algunas palabras para desengañarlos. ¿por qué, en efecto, veneran ese sitio que debe ser despreciado, execrado, y del cual hay que alejarse? La ley, dicen ellos, está allí, al igual que los libros proféticos. ¿Y eso qué? ¿Acaso porque los Libros santos estén en un lugar lo convierten a su vez en un santo lugar? De ninguna manera. Para mí, por eso mismo, la sinagoga es más detestable; tiene a los profetas y no cree en ellos; conoce las Escrituras y no acepta el testimonio: ¿no sería acaso llevan la injuria al límite máximo? Díganme, si vieran a un hombre venerable, célebre, ilustre, ser conducido a un cabaret o a un nido de forajidos, y que, en ese lugar, fuese injuriado, golpeado y debido sufrir los últimos ultrajes, ¿admirarían la posada o la taberna, en razón de que ese gran hombre, ese hombre distinguido entró allí y fue humillado e insultado? No lo creo; sería principalmente por eso que Uds. lo odiarían y sentirían aversión por ese lugar. Piensen igual de la sinagoga. Los judíos llevaron con ellos a ese lugar a los profetas y a Moisés, pero no para honrarlos, al contrario, para ofenderlos y deshonrarlos. Ellos dicen que esos santos personajes no conocieron a Jesucristo, y que ellos no hablaron de su llegada, ¿puede haber injuria más grande que esa? ¡Tienen el coraje de hacer de esos grandes hombres los cómplices de su impiedad! Entonces hay que odiarlos, a ellos y a su sinagoga sobre todo porque ultrajaron los santos profetas.

 

            En tiempos de persecuciones, los verdugos tienen en sus manos los cuerpos de los mártires, los despedazan, los flagelan, ¿y sus manos son entonces santas sólo por haber torturado los cuerpos de los santos? ¡Lejos de eso! Las manos que tocaron los cuerpos de los santos permanecen manchadas, por haberlos tocado para maltratarlos, y los que retienen los escritos de los santos para ultrajarlos, ¡no menos que los verdugos ultrajando cuerpos de mártires, serán venerables! ¡Pero qué absurdo!  Si los cuerpos retenidos para martirizar no solo no santifican a los que los retienen sino al contrario, aumentan su deshonra, los escritos leídos sin fe, serán inútiles a los que los leen. Nada muestra mejor la impiedad de los judíos, que retener como lo hacen a los Libros santos tomando ese partido. No serían tan culpables como lo son, si no hubiesen tenido a los profetas; su impiedad sería menor, si no hubiesen leído los Libros santos; ahora, no tienen ningún perdón que esperar porque, poseyendo a los heraldos de la verdad, fueron contra ellos y contra la verdad con sentimientos hostiles.  Si solo guardan a sus profetas para tratarlos como enemigos, está claro que esta circunstancia agrava su culpabilidad. Os exhorto entonces, a huir de sus reuniones y mantenerse alejados lo más que puedan. Concurrir a ellas los convierte en sujeto de grave escándalo entre sus hermanos, al mismo tiempo que les dan a los judíos la ocasión de ensalzarse. Pues al verlos a Uds., a Uds., los adoradores de Jesucristo a quien los judíos crucificaron, frecuentar las ceremonias de esos mismos judíos y respetarlas, ¿cómo los débiles cristianos no se percatarían de que eso que se hace en esas reuniones está muy bien y que nuestros misterios no tienen ningún valor, ya que Uds. los veneran y los observan, corren a mezclarse con los más irreconciliables enemigos? Si alguien los ve, se ha dicho, a Uds. que poseen la ciencia, sentarse a la mesa en un lugar de idólatras, la conciencia del débil, ¿no sería tentada a comer de lo que fue consagrado a los ídolos? (Cor, VIII, 10) Y yo les digo: si alguien los ve, a Uds. que poseen la ciencia, irse a la sinagoga y mirar las trompetas, ¿la conciencia del débil no sería tentada a admirar las ceremonias judaicas? Aquel que cae no solo soporta el castigo de su propia caída sino también por haber hecho caer a los otros con su ejemplo. Por lo mismo, aquel que permanece firme en su deber no solo es coronado por su fortaleza personal, sino que también se lo alaba porque ha despertado la emulación en los otros. Huyan entonces de los lugares de reunión de los judíos, y que nadie sienta veneración por la sinagoga por causa de los libros que allí se guardan es una razón de más, al contrario, para odiarla y alejarse, porque si los retienen es para injuriarlos, para no creer en su palabra, porque esos mismos escritos solo ponen en descubierto la impiedad de la sinagoga.

 

 

VI

 

 

            Y para que sepan que los Libros santos no santifican los lugares donde se conservan, sino que la intención de aquellos que, al allí reunirse solo los profana y deshonra, les contaré un hecho ya antiguo. Tolomeo Filadelfo, habiendo reunido una colección de libros de todos los países, se enteró que había también entre los judíos algunos escritos sobre Dios, y atento a los mejores preceptos de moral y política, hizo llegar a hombres de Judea, y les encargó traducir esos libros que fueron dispuestos en el santuario de Serapis, pues este hombre era un pagano, y la traducción de los libros de los profetas allí quedó hasta hoy.[1]entonces, ¿qué? ¿El templo de Serapis es santo por contener Libros santos? ¡Evidentemente no! Las Escrituras tienen santidad propia que no se comunican al lugar donde se encuentran, dada la maldad de los que allí se reúnen. Lo mismo pasa en la sinagoga. Si no hay ídolos, los mismos demonios las habitan. Lo digo por la sinagoga que está acá y también la que está en Dafne: allá se encuentra el más horroroso respiradero del infierno, llamado la Matrona. He oído que muchos fieles suben a ese lugar y pernoctan cerca. Pero, ¡Dios no quiera que se les dé el nombre de fieles! En mi opinión, el santuario de la Matrona y el de Apolo son igualmente impuros. Y si alguno me reprocha mi temeridad, en cambio le reprocharé su extrema locura. Un lugar habitado por demonios, ¿no sería acaso un lugar de impiedad, aún sin estatuas erigidas? Un lugar donde los asesinos de Jesucristo se reúnen, donde la cruz es invertida, donde se blasfema a Dios, donde el Padre no es reconocido, donde el Hijo es ultrajado, donde la gracia del Espiritu Santo es expulsada; peor aún, un lugar frecuentado por hombres peores que los demonios, tal lugar ¿no es excesivamente peligroso visitar? En los templos de los ídolos, al menos la impiedad es visible y descarada, y no podrían atraer fácilmente ni engañar a un hombre dotado de algo de inteligencia y sano de espíritu; pero los judíos, diciendo que adoran a Dios y odian los ídolos, que tienen a los profetas y los honran, los judíos ofrecen a la credulidad un cebo más decepcionante y envuelven en sus redes a los simples y a los tontos incautos. Su impiedad se iguala a la de los paganos, pero sus artificios los hace aún más peligrosos. Entre ellos se levanta también el altar oculto del fraude, sobre el cual inmolan, no a corderos ni terneros, sino a las almas de los hombres. En fin, si Uds. tienen un supersticioso respeto por su culto, ¿qué hay en común entre Uds. y nosotros? Entonces, si el judaísmo es venerable y santo, el cristianismo es falso; si el cristianismo es verdadero, tal como es en efecto, el judaísmo no es más que una indigna superchería. No digo las Escrituras, ¡Dios no quiera! Pues, son ellas las que me conducen de la mano a Jesucristo, sino que hablo de la impiedad de los judíos y su actual locura.  Por lo demás, llegó el tiempo de probarles que los demonios habitan en la sinagoga, no solo en la sinagoga sino también en las almas de los judíos. Pues, está dicho, cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, éste erra por lugares áridos, buscando descanso y no lo encuentra y dice: regresaré a mi casa, y al llegar la encuentra vacía, limpia y ordenada; y se aparta y toma con él a siete demonios aun más malo que él y regresa a este hombre, cuyo estado será peor que el anterior. Así sucederá con esta generación (Mat XII, 43,45; Luc,XI, 24,26)

 

            Uds. ven que los demonios habitan en las almas de los judíos y que los de hoy son peores que los primeros; y no hay que sorprenderse. Antes, en efecto, solo cometían su impiedad contra los profetas; pero hoy, es contra el propio Maestro de los profetas objeto de sus ultrajes. Y, ¿es con esos demoniacos, díganme, con esos hombres poseídos por tantos espíritus impuros, alimentados entre matanzas y masacres, Uds. se reúnen y no los horroriza? ¿está permitido hasta intercambiar saludo y conversar simplemente con ellos? ¿no se debería voltear la cabeza como a un pueblo de leprosos, como un látigo del género humano? ¿a qué clase de crimen no se han entregado aún? Las acusaciones contra ellos, ¿no llenan lo suficiente las páginas de los escritos de los profetas? ¿qué tragedia sangrienta, qué género de iniquidad no eclipsaron esos habladores homicidas? Inmolaron a sus hijos e hijas a los demonios (Sal CV, 37); desconocieron la naturaleza; olvidaron los dolores de parto; pisotearon los cuidados que se deben a los niños; dieron vuelta hasta los fundamentos las leyes de la paternidad; se hicieron más animales que todos los animales; pues los animales a menudo dan hasta su vida, despreciando su propia conservación para defender a sus pequeños. Pero los judíos, sin ninguna necesidad, inmolan con sus propias manos, a los que les nacieron para honrar a los enemigos de nuestra vida, los demonios criminales. ¿De qué nos sorprenderemos más: de su impiedad o de su crueldad e inhumanidad; de que inmolan a sus hijos o de que los inmolan a los demonios? Y en cuanto a su libertinaje, ¿acaso no sobrepasaron hasta la lubricidad de los brutos? Escuchen lo que dice el Profeta de sus degradaciones: llegaron a ser caballos que corren y relinchan detrás de las yeguas; cada uno ha relinchado detrás de la mujer de su prójimo. (jerem V, 8). Él no dice: Cada uno ha deseado la mujer de su prójimo; sino que lo ha expresado por un grito de bestia, la locura donde el libertinaje los condujo.

 

 

 

VII

 

 

            ¿qué más diré? ¿Hablaré de sus rapiñas, de su avaricia, de los pobres a quienes engañan, de los robos que cometen, de los cabarets y otros lugares infames que mantienen? Pero no alcanzaría el día entero para esta narración. -sin embargo, dicen algunos ¿sus fiestas son cosas graves? Escuchen entonces a los profetas, o mejor escuchen con qué energía Dios mismo los rechaza “He odiado, he repudiado sus fiestas” (Amos V, 21) Dios odia esas fiestas ¿y Uds. participan en ellas? Y no dice: tal y tal fiesta, sino todas por igual. Odia además el culto que le ofrecen con tambores, harpas, salterios y otros instrumentos: ¿quieren la prueba de esto? Alejad de mí los ruidos, los cantos, dijo (Id. V, 23) y no escucharé los acordes de sus instrumentos. Dios dijo: Alejad de mí, y Uds., ¿Uds. corren para escuchar sus trompetas? Entonces los sacrificios y hasta las ofrendas ¿no son abominables? Si me traen la flor de harina, es en vano; el olor de su incienso me es abominable (Is. I, ¿13) El olor del incienso es abominación, ¿y el lugar donde se llena de su humo no es abominable? ¿Y cuándo, en abominación? ¿En abominación antes que hayan cometido su crimen capital, antes que hayan dado muerte a su Maestro, antes de la cruz, antes del deicidio; no es acaso hoy mucho más? – Sin embargo, ¿hay algo más perfumado que el incienso encendido? – Sí, no es la naturaleza de los dones, es la intención de los que las presentan lo que Dios mira, y por allí es que juzga las ofrendas. El miró a Abel y al mismo tiempo sus dones con complacencia; vio también a Caín, pero rechazó sus sacrificios. No miró a Caín, está dicho, ni sus sacrificios. (Gen. IV, 5). Noé ofreció en sacrificio a Dios corderos, terneros y aves; y la Escritura dice: Que el Señor respiró el olor suave de ellos (Gen. VIII, 21) es decir que le agradó lo que se le había ofrecido: pues Dios no tiene narinas, la Divinidad es incorpórea. Lo que subía era un olor y un humo de cuerpos quemados y no hay nada más de infecto que eso; pero para que Uds. sepan que Dios acepta o rechaza las oblaciones teniendo en cuenta solamente la intención de aquellos que ofrecen, la Escritura llama olor suave a este olor y este humo de holocausto, y abominación al humo del incienso, porque la intención de los que lo ofrecen era como infecta y corrompida.


            Además de los sacrificios, los instrumentos, las fiestas y el humo de las aromáticas, El tiene también aversión al templo, ¿a causa de los que allí concurren? Lo ha probado por los efectos, librándolo, un día, a las manos de los Bárbaros, y finalmente, al revolver sus cimientos. Aun antes de la destrucción del templo, Dios publicaba por la boca del Profeta: No se dejen abusar por palabras engañosas, porque ellas no les servirán de nada cuando Uds. digan: el templo del Señor, el templo del Señor (Jer. VII,4). No es el templo quien santifica a los que allí se reúnen; sino los que se reúnen hacen santo al templo, si son santos. Que, si el templo no servía de nada, cuando los querubines, cuando el arca estaban allí, mucho menos serviría (el templo) luego que todos esos símbolos preciosos fueron destruidos; cuando la aversión de Dios llegó a su colmo, cuando una nueva y más grande causa de odio se agregó a todas las otras. ¡Qué demencia es esa y qué locura, cuando los hombres se marchitan abandonados por Dios; cuando irritaron a su maestro, ¡y hacer amigos para celebrar! Díganme, si alguien mató a tu hijo, ¿consentirían Uds. en verlo, escucharlo, dirigirle la palabra? ¿no huirían Uds. como si fuese un demonio, como el propio diablo? Ellos mataron al hijo de vuestro Maestro, ¿y se atreven a unirse a ellos? Jesucristo al que ellos dieron muerte los ha honrado a Uds. hasta hacerlos sus hermanos y coherederos, y Uds. lo ultrajan al punto de honrar y servir a sus asesinos, a los que lo crucificaron, participando de sus fiestas; a correr a sus infames reuniones, a entrar en sus impuros vestíbulos y participar de la mesa de demonios, ya que su deicidio me lleva a así llamar al ayuno de los judíos. ¿Cómo no serían demonios, en efecto, aquellos que combaten a Dios?

            ¿Uds. piden salud a los demonios? Cuando Jesucristo les permitió entrar en los cerdos, éstos los precipitaron inmediatamente al mar, ¡y salvaron los cuerpos de los hombres! (Mat. VIII, 31 y sig) ¡quiso Dios solamente que no fueran homicidas! ¡Quiso Dios que no tendieran emboscadas! Ellos hicieron arrojar fuera del paraíso a nuestro primer padre, han excluido a los hombres de la herencia de los cielos tanto como pudieron, ¿y esos curarán los cuerpos? ¡qué fábulas ridículas! Los demonios saben levantar trampas y dañar, pero no curar. Díganme, ellos no salvan el alma ¿y piensan que salvarán los cuerpos? Hacen todo su esfuerzo para privarnos de la realeza celestial a la cual Dios nos llama, ¿y se aprestarían a librarnos de nuestras enfermedades? Uds. no oyeron al Profeta que dijo, o más bien Dios por el Profeta, que ellos no pueden hacer ni el bien ni el mal.  Y aún así si lo pudieran y quisieran (lo cual es imposible) tampoco lo deben hacer, por un interés de poco valor y perecedero, atraer hacia sí un suplicio imprescriptible y eterno. ¿Uds. sanarían el cuerpo para perder el alma? El cálculo no es bueno: irritan a Dios quien hizo el cuerpo, ¿y Uds. imploran sanación al que le tiende emboscadas? Mas un hombre supersticioso los arrastrará fácilmente, por esta misma ciencia médica, a adorar los dioses de los Gentiles. Los paganos sanaron a menudo muchas enfermedades por su arte, y devolvieron la salud a los enfermos. ¿y qué? ¿por eso hay que participar de la idolatría? ¡que Dios no lo permita! Escuchen lo que Moisés dijo a los judíos: si se eleva entre Uds. un profeta, alguien que tuvo un sueño y que hace signos o prodigios, y si el signo o prodigio anunciado se presenta, y si este hombre toma la palabra y les dice: vayamos y adoremos a dioses extranjeros que no conocieron nuestros padres, Uds. no harán caso a la voz del profeta o del oniromante. (Deut. XIII, 1). Lo que quiere decir es: si, elevándose un profeta, hace un milagro, o resucita un muerto, o purifica un leproso, o cura un enfermo, y que, haciendo milagros, os invita a la impiedad, no se dejen persuadir por el cumplimiento del milagro. ¿por qué? Porque el Señor vuestro Dios os tienta para saber si lo aman con todo su corazón y toda su alma. (Id. V,3) Es cierto que los demonios no curan. Que si, alguna vez con el permiso de Dios, lo realizan, al igual que los mismos hombres curan a las personas, este permiso les fue otorgado para probarlos a Uds., no porque Dios ignore cualquier cosa, sino para que Uds. aprendan a rechazar a todos los demonios, aún a los que sanan.

 

            Pero, ¿qué digo de la sanación del cuerpo? Si alguien los amenaza con el infierno para llevarlos a renegar de Jesucristo, Uds. no deben aceptarlo. Si alguien les prometiera la realeza, el poder, para hacerlos renunciar al Hijo único de Dios, rechácenlo, ódienlo, sean discípulos de Pablo, y muéstrense fieles a esas palabras, a ese grito proferido por esa bienhechora y gran alma: pues, estoy persuadido, dijo, que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potencias, ni las cosas presentes, ni las cosas futuras, ni la altura ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos de la caridad de Dios que está en Jesucristo Nuestro Señor (Rom. VIII, 38,39). Ni los ángeles, ni las potencias, ni las cosas presentes, ni las cosas futuras, ni ninguna otra criatura no los separa de la caridad de Jesucristo, y a Uds., ¿la sanación del cuerpo los arrastra a renunciar a esto? ¿Qué perdón podrían esperar? Necesitamos, en verdad, temer a Jesucristo más que el propio infierno, y más anhelable que las realezas; y, cuando nos enfermemos, mejor será permanecer en nuestra enfermedad antes que caer en la impiedad, para ser liberados de ella. Cuando el demonio nos cura, hará más daño que utilidad. Ciertamente, será útil al cuerpo, que morirá de igual manera y será podredumbre, pero ya dañó el alma, la que es inmortal. Al igual que los mercaderes de esclavos que atraen a los niños con regalos de golosinas y otros objetos para atraerlos al cebo, privarlos de su libertad y a veces hasta de su vida; así los demonios prometen la cura de un miembro, para perder definitivamente la salud del alma. Nosotros, mis bienamados, rechazamos tales promesas y procuremos ante todo preservarnos de la impiedad. ¿acaso Job no habría podido, cediendo a los pedidos de su esposa, blasfemar contra Dios, y liberarse de la adversidad que le oprimía? Ya que, le decía ella, Di una palabra contra Dios y termina con todo. (Job, II, 9) Pero Job amó más sufrir, consumirse y prolongar la espantosa llaga que cubría todo su cuerpo a liberarse de todos los males que lo aplastaban por medio de una blasfemia. Imítenlo; Uds. están afligidos, el demonio les ofrece su ayuda para salir de la prueba que les oprime, no se dejen engañar, y, a ejemplo de este hombre justo a quien su esposa no pudo convencerlo de ofender a Dios, rechacen las lisonjeras sugestiones del demonio; soporten pacientemente una enfermedad corporal antes que perder la fe y la salud de sus almas. Dios no los abandona. Él quiere purificar cada vez más la virtud en el crisol del sufrimiento. Sopórtenla con perseverancia, para que al final puedan comprender estas palabras: ¿Crees que te envié un oráculo para otra causa que para hacerte parecer justo? (Job, XI 3

 

 

VII

 

 

            Podría extenderme más en este tema, pero para no sobrecargar vuestra memoria, lo terminaré aquí, con estas palabras de Moisés: Tomo por testigos contra Uds. al cielo y la tierra. (Deut. XXX; 19) Que si alguno de Uds., presente o ausente, se marcha a ver las trompetas de los judíos, o se presenta en la sinagoga, o sube al monte de la Matrona, o participa del ayuno, o toma parte del Sabbat, u observa cualquier otro rito judaico, pequeño o grande, que sepa que soy inocente de su pérdida y que su sangre no caerá sobre mí. Esas enseñanzas nos serán recordadas a Uds. y a mí el día de Jesucristo Señor Nuestro, y, si obedecen, serán para Uds. motivo de gran confianza, en aquel terrible día, pero, si no escuchan o si ocultan a algunos culpables, se levantarán contra Uds. como flamas acusadoras; pues, no evité el anunciarles toda la voluntad de Dios (Hechos, XX, 27), sino que pagué el dinero a los banqueros. Depende de Uds. en adelante el aumentar lo que fue depositado, y usarlo, para la salud de sus hermanos, de la ganancia que hicieron escuchándolas. - ¿Es imprudente y vergonzoso denunciar a los que cometen tales faltas? - ciertamente también es enojoso y vergonzoso el callar. Pues, ese silencio causa la pérdida de Uds. que lo guardan y la de aquellos que favorecen: los convierte en enemigos de Dios. ¡Cuán preferible es atraerse el odio de los hombres, compañeros de esclavitud, para su salvación, que irritar a Dios, nuestro Maestro! La cólera del hombre no puede dañarnos; cambiará tarde o temprano a reconocimiento por el servicio que prestaron; mientras que, si callan sobre los desórdenes de su hermano, para arrojarlo a su propia ruina, Dios los hará sufrir el peor castigo. De tal suerte que el silencio les atraerá la enemistad de Dios, al mismo tiempo que será dañino a su hermano, mientras que al denunciarlo declarándolo, Uds.  volverán propicio a Dios, ganarán con la verdad a este hombre el cual llegará a ser su amigo y comprenderá con el tiempo el beneficio hecho.

            No piensen entonces que uds. obligan a sus hermanos, si, cuando los ven hacer algo inconveniente, no lo reprenden con la mayor vehemencia. Si Uds. pierden su abrigo, no es solamente el que lo hurtó, sino también aquel que conoce al ladrón y no lo denuncia, tales son sus enemigos.  Nuestra madre en común perdió, no solo un manto, sino un hijo; el diablo lo secuestró y lo retiene ahora en el judaísmo; Uds. conocen al ladrón, conocen al que fue secuestrado; Uds. me ven iluminar como una llama la enseñanza de la palabra, y todo exhausto, buscar en todas partes, ¿y Uds. se quedan en silencio? ¿Y no denuncian? ¿Qué perdón pueden esperar? ¿Cómo la Iglesia no los contará entre sus mayores enemigos y no los mirará como adversarios y una plaga? ¡Pero Dios no permita que ninguno de los que escuchan estos consejos cometer nunca este pecado de traición a un hermano por quien Jesucristo murió! Jesucristo vertió su sangre por él; y uds., ¿Uds. no tendrían el coraje de proferir ni una palabra por él? Eso no sucederá, se los conjuro, sino que, al salir de aquí, líbrense con entusiasmo a esta caza de almas y que cada uno de Uds. me traiga un enfermo. Pero, sobre todo, que Dios no permita que haya tantos enfermos como acá de oyentes. Reúnanse de dos o tres, de diez o veinte para traerme uno al final de este día, viendo en la red la pesca realizada, les ofreceré una comida más abundante. Ya que, si veo que el consejo de hoy fue llevado a la práctica, me abocaré con más celo en la sanación de esos hombres y el provecho será mucho mayor para Uds. que para ellos. No rechacen este consejo; pero que las mujeres persigan a las mujeres, y los hombres a los hombres, y los esclavos a los esclavos, y los libres a los libres, y los niños a los niños; que todos, en una palabra, librándose con el mayor empeño, a la búsqueda de aquellos que tienen esta enfermedades, se presenten en la próxima reunión de tal suerte que acordemos alabanzas y sobrepasando por mucho a las fatigas de la virtud; Dios quiera que todos nosotros lleguemos a eso por la gracia y el amor hacia los hombres de Nuestro Señor Jesucristo, por quien y con quien sea gloria al Padre y todo junto al Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

 



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[1] El griego lleva quinientos años; es un error evidente. Solo se cuenta alrededor de trescientos dieciséis años desde la última destrucción de Jerusalén bajo Vespasiano hasta el tiempo de san Juan Crisóstomo; y este mismo orador, en la homilía que precede, solo habla de un espacio mayor a trescientos años.


II HOMILIA. CONTRA LOS JUDIOS - SAN JUAN CRISOSTOMO

El malvado e impuro ayuno de los judíos está ahora a nuestras puertas. Aunque se trata de un ayuno, no se sorprendan de que lo haya llamado ...