1.
Una aproximación
En cierto
sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se
han llenado con tantas teorías y hechos supuestos fundados en la ciencia y la
filosofía modernas sobre los orígenes del hombre y del universo que inevitablemente
llegamos a este libro con nociones preconcebidas.
Algunos
quieren que concuerde con sus teorías científicas particulares; otros buscan
que entre en discrepancia con las suyas. Tanto unos como otros suponen que el
texto encierra un contenido científico; pero hay quienes lo ven únicamente como
poesía, un producto de la imaginación religiosa, ajeno por completo al ámbito
de la ciencia.
La
cuestión central que provoca nuestras dificultades para comprender este libro
es: ¿hasta qué punto debemos leerlo “literalmente”?
Otros,
algunos fundamentalistas protestantes nos dicen que todo es (o prácticamente
todo es) “literal”. Pero semejante postura nos coloca ante dificultades
imposibles: dejando de lado nuestra interpretación literal o no literal de
diversos pasajes, la propia naturaleza de la realidad que se describe en los
primeros capítulos del Génesis (la creación misma de todas las cosas) hace que
sea completamente imposible que todo sea entendido “literalmente”; ni
siquiera tenemos palabras, por ejemplo, para describir “literalmente” cómo algo
pueda surgir de la nada.
¿Cómo es
que “habla” Dios? ¿Produce un sonido que resuena en una atmósfera que todavía
no existe? Esta explicación es, obviamente, un tanto demasiado simple: la
realidad es más compleja.
Luego está
el extremo opuesto. Algunas personas quisieran interpretar este libro (al menos
los primeros capítulos, que presentan la mayor dificultad) como una alegoría,
una manera poética de describir algo que en realidad está mucho más cerca de
nuestra experiencia. Pensadores católicos romanos, por ejemplo, en años
recientes han ideado algunos modos ingeniosos de “explicar” el Paraíso y la
caída del hombre; pero al leer estas interpretaciones se tiene la impresión de
que muestran tan poco respeto por el texto del Génesis que lo tratan como un
comentario primitivo sobre ciertas teorías científicas recientes. Esto también
es un extremo. San Juan Damasceno, el Padre del siglo VIII cuyas opiniones, por
lo general, resumen la postura patrística de los primeros siglos cristianos,
afirma explícitamente que la interpretación alegórica del Paraíso forma parte
de una herejía temprana y no pertenece a la Iglesia.¹
Hoy en día
se encuentra con frecuencia una vía de escape común entre estas dos posturas. Recientemente
la declaración de una monja católica romana (que además es docente) fue difundida
ampliamente bajo el título: «Dios ayudó a crear la evolución». Ella
afirma:
«El
relato bíblico de la creación tiene una finalidad religiosa. Contiene, pero no
enseña, errores. La teoría evolutiva de la creación, en cambio, tiene una
finalidad científica, y la búsqueda de la verdad es competencia de astrónomos,
geólogos, biólogos y otros especialistas. Estos dos propósitos son distintos, y
ambos ofrecen verdad a la mente y al corazón humanos»
Sostiene
además que el Génesis procede de tradiciones orales que estaban limitadas por
las concepciones científicas de aquella época.
Según esta
postura, el Génesis pertenece a una categoría, y la verdad o la realidad
científica a otra; el Génesis tiene poco o nada que ver con la verdad de ningún
tipo, ya sea literal o alegórica. Por lo tanto, en realidad no sería necesario
reflexionar sobre la cuestión: uno lee el Génesis para edificación espiritual o
como poesía, y los científicos le dirán lo que necesita saber acerca de los
hechos relativos al origen del mundo y del hombre.
en
términos reales, equivale a no considerar la cuestión en absoluto, pues no toma
al Génesis con seriedad. El objetivo fundamental de nuestro estudio del Génesis
es, por el contrario, tomarlo en serio, y ver lo que lo que efectivamente dice.
Ninguno de los enfoques señalados permite hacerlo. Debemos, por tanto, buscar
en otro lugar la “clave” para la comprensión del Génesis.
Al
acercarnos al Génesis debemos procurar evitar escollos como los que hemos
mencionado más arriba mediante un cierto grado de autoconciencia: ¿qué clase de
prejuicios o predisposiciones podemos tener al aproximarnos al texto?
Ya hemos
señalado que algunos de nosotros pueden estar demasiado ansiosos por hacer que
el significado del Génesis concuerde (o discrepe) con alguna teoría científica
particular. Expresemos un principio más general acerca de cómo, con nuestra
mentalidad del siglo XX, tendemos a proceder en este sentido. En reacción al
extremo literalismo de nuestra perspectiva científica (un literalismo que es
exigido por la propia naturaleza de la ciencia), cuando nos volvemos hacia
textos no científicos de literatura o de teología, estamos muy predispuestos a
buscar significados no literales o “universales”. Y esto es natural: queremos
evitar que estos textos parezcan ridículos a los ojos de quienes han sido
formados científicamente. Pero debemos darnos cuenta de que, con esta
predisposición, a menudo saltamos a conclusiones que en realidad no hemos
reflexionado con la debida seriedad.
Para tomar
un ejemplo evidente: cuando oímos hablar de los “Seis Días” de la creación, la
mayoría de nosotros ajusta automáticamente esos días a lo que la ciencia
contemporánea enseña acerca del crecimiento y desarrollo gradual de las
criaturas. “Deben de ser períodos de tiempo indefinidamente largos —millones o
miles de millones de años—”, nos dice nuestra mente del siglo XX; “todos esos
estratos geológicos, todos esos fósiles… no podrían haberse formado en un ‘día’
literal”. Y si oímos que un fundamentalista en Texas o en el sur de California
insiste una vez más, en voz alta, en que esos días duran exactamente
veinticuatro horas y no más, incluso podemos indignarnos y preguntarnos cómo
puede la gente ser tan obtusa y anticientífica.
En este
curso no pretendo decirles cuánto duraron esos días. Pero creo que deberíamos
ser conscientes de que nuestra tendencia natural, casi subconsciente, a
considerarlos como períodos indefinidamente largos —pensando de ese modo que
hemos resuelto el “problema” que presentan— no es en realidad una respuesta
bien pensada a este problema, sino más bien una predisposición o prejuicio que
hemos absorbido del ambiente intelectual en el que vivimos. Cuando examinamos
estos días con mayor detenimiento, veremos, sin embargo, que toda la cuestión
no es tan simple y que nuestra predisposición natural, en este caso como en
muchos otros, tiende más a oscurecer que a clarificar la cuestión real.
Examinaremos
esta cuestión específica más adelante. Por ahora, quisiera exhortarnos a no
estar demasiado seguros de nuestras maneras habituales de mirar el Génesis, y a
abrirnos a la sabiduría de los teofóros del pasado, que han dedicado tanto
esfuerzo intelectual a comprender el texto del Génesis tal como debía ser
entendido. Estos Santos Padres son nuestra clave para comprender el Génesis.
2.
Los Santos Padres: nuestra clave para
la comprensión del Génesis
En los
Santos Padres encontramos la “mente de la Iglesia”: la comprensión viva de la
revelación de Dios. Ellos son nuestro vínculo entre los textos antiguos que
contienen la revelación divina y la realidad actual. Sin este vinculo, cada
hombre queda entregado a sí mismo, y de ello nace una miríada de
interpretaciones y de sectas.
Los
comentarios patrísticos sobre el Génesis son abundantes, y esto es ya un signo
claro de la importancia extraordinaria que este texto tuvo para los Padres de
la Iglesia. Consideremos ahora qué Padres hablaron de él y qué obras
escribieron al respecto.
A lo largo
de este curso recurriré principalmente a cuatro comentarios de los Padres de la
Iglesia antigua. Veamos ahora qué Padres hablaron de este texto y qué obras
escribieron.
- San Juan Crisóstomo escribió
un comentario mayor y otro menor sobre todo el libro del Génesis. El
mayor, llamado Homilías sobre el Génesis, fue en realidad un ciclo
de lecturas pronunciadas durante la Gran Cuaresma, ya que en ese tiempo el
libro del Génesis se lee en la iglesia. Este libro contiene sesenta y
siete homilías y tiene unas setecientas páginas. Otro año, san Juan
pronunció otras ocho homilías, que comprenden varios cientos de páginas
más. También escribió un tratado titulado Sobre la creación del mundo,
de más de cien páginas. Así, en san Juan Crisóstomo tenemos mil páginas o
más de interpretación del Génesis. Es uno de los principales intérpretes
de este libro.
- San Efrén el Sirio,
aproximadamente contemporáneo de san Juan Crisóstomo, también tiene un
comentario sobre todo el libro. En su obra, llamada simplemente Interpretación
de los libros de la Biblia, varios cientos de páginas están dedicadas
al Génesis. San Efrén es valorado como intérprete del Antiguo Testamento
porque conocía el hebreo, era un “oriental” (es decir, poseía una
mentalidad oriental) y conocía las ciencias.
- San Basilio el Grande
pronunció homilías sobre los Seis Días de la creación, llamadas el Hexaemerón,
que significa “Seis Días”. Existen otros Hexaemera en la literatura
de la Iglesia primitiva, algunos que se remontan al siglo II. El de san
Basilio es, podría decirse, el más autorizado. No cubre todo el Génesis,
sino solo el primer capítulo. Otro libro suyo que citaremos se llama Sobre
el origen del hombre, que es como una continuación del Hexaemerón.
- En Occidente, san Ambrosio de
Milán leyó las homilías de san Basilio y escribió él mismo homilías sobre
los Seis Días. Su Hexaemerón es bastante más extenso, de unas
trescientas páginas. San Ambrosio también escribió un libro completo sobre
el Paraíso, continuación del Hexaemerón, así como un libro sobre
Caín y Abel.
Además de
estos comentarios básicos, examinaremos una serie de libros que no abarcan todo
el Génesis ni todos los Seis Días. Por ejemplo, el hermano de san Basilio, san
Gregorio de Nisa, tiene un libro titulado Sobre la creación del hombre,
que trata en detalle el final del primer capítulo y el comienzo del segundo
capítulo del Génesis.
También he
recurrido a exposiciones del dogma ortodoxo. El libro de san Juan Damasceno, Sobre
la fe ortodoxa, contiene muchos capítulos sobre cuestiones relativas a los
Seis Días, la creación del hombre, la caída, el Paraíso, etc. Los catecismos de
la Iglesia primitiva —el Gran Catecismo de san Gregorio de Nisa y las Catequesis
de san Cirilo de Jerusalén— también ofrecen algunos detalles sobre estas
cuestiones.
Sobre una
cuestión específica de la cosmovisión patrística he utilizado los tratados
sobre la Resurrección de san Atanasio el Grande, san Gregorio de Nisa y san
Ambrosio de Milán.
San Simeón
el Nuevo Teólogo ha escrito homilías sobre Adán, la caída y el mundo primitivo,
que tenemos en inglés en el libro El pecado de Adán.
Existen
también diversos escritos de san Gregorio el Teólogo acerca de la creación del
hombre, de la naturaleza humana y del alma. San Macario el Grande, san Abba
Doroteo, san Isaac el Sirio y otros autores de la vida ascética hablan con
frecuencia de Adán y de la caída. Dado que el objetivo fundamental de la vida
ascética es retornar al estado de Adán antes de la caída, escriben acerca de lo
que significó la caída, de lo que era el Paraíso y de aquello a lo que
intentamos volver.
El
bienaventurado Agustín trata el tema del Génesis en La ciudad de Dios; san
Gregorio Palamás escribe sobre diversos aspectos en sus obras apologéticas; y san
Gregorio del Sinaí escribe también sobre el Paraíso.
(Hay
asimismo algunos comentarios posteriores que, lamentablemente, no he visto. Uno
es de san Juan de Kronstadt sobre el Hexaemerón, y otro es del metropolita
Filareto de Moscú sobre el Génesis).
Estos
Padres no nos dan todas las respuestas a las preguntas que podamos tener sobre
el Génesis; los leemos más bien para adquirir nuestra actitud frente al
Génesis. A veces los Padres pueden parecer contradecirse entre sí o expresarse
de un modo que quizá no consideremos muy útil para las cuestiones que tenemos
hoy. Por lo tanto, debemos tener algunos principios básicos que gobiernen
nuestra comprensión tanto del Génesis como de los Santos Padres.
3.
Principios básicos de nuestro enfoque para
comprender el Génesis
1. Estamos buscando verdad. Debemos
respetar el texto del Génesis lo suficiente como para reconocer que contiene
verdad, aun cuando esa verdad pueda parecernos inusual o sorprendente.
Si parece
entrar en conflicto con lo que creemos saber por la ciencia, recordemos que
Dios es el Autor de toda verdad, y que nada que sea genuinamente verdadero en
la Escritura puede contradecir a nada que sea genuinamente verdadero en la
ciencia.
2. La Sagrada Escritura es Divina
en inspiración. Examinaremos más adelante con mayor detenimiento qué significa
esto; pero, para comenzar, significa que debemos buscar en ella verdades de un
orden superior, y que, si encontramos dificultad en comprender algo, debemos
sospechar primero de nuestra propia falta de conocimiento antes que de una
deficiencia en el texto inspirado.
3. No debemos apresurarnos a ofrecer
nuestras propias explicaciones de los pasajes “difíciles”, sino que bien
debemos intentar familiarizarnos primero con lo que los Santos Padres han dicho
sobre esos pasajes, reconociendo que ellos poseen una sabiduría espiritual que
nosotros no tenemos.
4. Debemos cuidarnos también de la
tentación de tomar citas aisladas, fuera de contexto, de los Santos Padres para
“probar” un punto que nos gustaría sostener. Por ejemplo, he visto a un ortodoxo que, queriendo
demostrar que no había nada “especial” en la creación de Adán, citaba la
siguiente afirmación de san Atanasio el Grande: «El primer hombre creado fue
hecho de polvo como todos los demás, y la mano que creó a Adán entonces está
creando también y siempre a aquellos que vienen después de él».
Esta es una afirmación general sobre la actividad creadora continua de Dios,
que nadie pensaría en contradecir. Pero el punto que esta persona quería
establecer era que no existía una distinción real entre la creación de todo
hombre viviente y la creación del primer hombre, y en particular, que el cuerpo
de Adán habría podido formarse por generación natural en el seno de alguna
criatura que aún no era plenamente humana. ¿Puede ser utilizada una afirmación de
tal índole de manera legitima como una “prueba” en esta cuestión?
Resulta
que podemos encontrar un pasaje en las obras de san Atanasio que refuta
específicamente esta idea. En otro lugar dice: «Aunque Adán fue formado
únicamente de la tierra, en él estaba implicada la sucesión de toda la raza».[1] Aquí él afirma de manera
muy específica que Adán fue creado de un modo diferente al de todos los demás
hombres, lo cual, como veremos, es en efecto la enseñanza general de los
Santos Padres. Por lo tanto, es ilegítimo tomar una sola cita suya y pensar que
con ello se prueba, o se abre el camino, a alguna idea predilecta propia. La
afirmación general de san Atanasio acerca de la naturaleza del hombre no dice
absolutamente nada sobre la naturaleza específica de la creación de Adán.
Un uso
indebido de citas de los Santos Padres como este es un tropiezo muy común en
nuestros días, cuando las polémicas sobre estos temas suelen ser muy
apasionadas. En este curso intentaremos, en la medida de lo posible, evitar
tales tropiezos, no imponiendo nuestras propias interpretaciones a los Santos
Padres, sino tratando simplemente de ver qué es lo que ellos mismos dicen.
5. No necesitamos aceptar cada palabra que
los Padres escribieron sobre el Génesis; en ocasiones hicieron uso de la
ciencia de su tiempo como material ilustrativo, y esa ciencia estaba equivocada
en algunos puntos. Pero debemos distinguir cuidadosamente su ciencia de sus
afirmaciones teológicas, y debemos respetar su enfoque global, así como sus
conclusiones generales y sus intuiciones teológicas.
6. Si creemos que nosotros mismos podemos
añadir algo a la comprensión del texto para nuestros días (quizá basándonos en
los hallazgos de la ciencia moderna), que se haga con cautela y con pleno
respeto por la integridad del texto del Génesis y por las opiniones de los
Santos Padres. Y debemos ser siempre humildes en este intento: la
ciencia de nuestros propios días también tiene sus limitaciones y errores; y si
nos apoyamos excesivamente en ella, podemos acabar llegando a interpretaciones
erradas.
7. En este curso, en particular,
intentaremos primero comprender a los Padres, y solo después ofrecer nuestras
propias respuestas a algunas cuestiones, si es que las tenemos.
8. Finalmente, si es verdad que la
ciencia moderna es capaz de arrojar cierta luz sobre la comprensión de al menos
algunos pasajes del Génesis — pues no necesitamos negar que en algunas áreas
las verdades de estas dos esferas se superponen —, creo que no es menos cierto
que la comprensión patrística del Génesis también es capaz de arrojar luz sobre
la ciencia moderna y ofrecer indicios sobre cómo entender los hechos de la
geología, la paleontología y otras ciencias relacionadas con la historia
primitiva de la tierra y de la humanidad. Este estudio puede, por lo tanto, ser
fructífero en ambas direcciones.
9. El objetivo de este curso, sin embargo,
no es responder a todas las preguntas sobre el Génesis y la creación, sino,
ante todo, inspirar a los cristianos ortodoxos a pensar sobre este tema de una
manera más amplia de lo que suele hacerse, sin conformarse con las respuestas
simplistas que se oyen con tanta frecuencia.
4.
Interpretaciones literales versus
simbólicas
Esta
cuestión constituye un gran obstáculo para nosotros, los hombres modernos, que
hemos sido formados con una educación y una cosmovisión “científicas”, las
cuales nos han empobrecido en nuestra comprensión de los significados
simbólicos en la literatura. Con demasiada frecuencia, como resultado de ello,
sacamos conclusiones precipitadas: si existe un significado simbólico en alguna
imagen de la Escritura (por ejemplo, el árbol del conocimiento del bien y del
mal), estamos muy inclinados a decir: «es solo un símbolo»; la más
mínima indicación de un sentido figurado o metafórico suele llevarnos a
descartar el sentido literal.
A veces
esta actitud puede incluso conducir a conclusiones apresuradas sobre secciones
enteras o libros completos de la Escritura: si hay elementos simbólicos o
figurativos, por ejemplo, en el relato del Génesis sobre el Jardín del Edén, podemos
fácilmente caer en la conclusión de que todo el relato es un “símbolo” o una
“alegoría”.
Nuestra
clave para comprender el Génesis es esta: ¿cómo entendieron esta cuestión los
Santos Padres, específicamente en relación con pasajes concretos, y en general
con respecto al libro en su conjunto?
Tomemos
algunos ejemplos:
1. San
Macario el Grande de Egipto, un santo de la vida mística más elevada y a quien
ciertamente no se puede sospechar de un enfoque excesivamente literal de la
Escritura, escribe sobre Génesis 3,24:
«Que
el Paraíso fue cerrado y que se ordenó a un Querubín impedir que el hombre
entrara en él con una espada flamígera: de esto creemos que, de modo visible,
fue en verdad tal como está escrito, y al mismo tiempo encontramos que esto
ocurre místicamente en cada alma».[2]
Este es un
pasaje en el que muchos de nosotros habríamos esperado que tuviera solo
un significado místico, pero este gran contemplativo de las realidades Divinas
nos asegura que también es verdadero “tal como está escrito”, para quienes sean
capaces de verlo así.
2. San
Gregorio el Teólogo, célebre por sus profundas interpretaciones místicas de la
Escritura, dice del árbol del conocimiento del bien y del mal:
«este árbol representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era
segura sólo para quienes fueran de disposición perfecta. No era bueno,
por el contrario, para los demasiado simples ni para los en exceso deseosos,
al igual que no es conveniente una comida completa para
quienes son todavía pequeños y sólo necesitan leche».[3]
¿Significa esto que consideraba este árbol solo como un símbolo, y no también
como un árbol literal? En sus propios escritos no responde claramente a esta
cuestión, pero otro gran Santo Padre sí lo hace (pues cuando enseñan la
doctrina ortodoxa y no solo expresan opiniones privadas, todos los grandes
Padres concuerdan entre sí e incluso se ayudan mutuamente a interpretarse). San
Gregorio Palamás, el Padre hesicasta del siglo XIV, comenta este pasaje:
«Gregorio
el Teólogo ha llamado al árbol del conocimiento del bien y del mal
“contemplación” (…) pero no se sigue de ello que lo implicado sea una ilusión o
un símbolo sin existencia propia. Pues el divino Máximo (el Confesor) hace
también de Moisés el símbolo del juicio, y de Elías el símbolo de la pre-visión.
¿Acaso se supone entonces que tampoco existieron realmente, sino que fueron
inventados “simbólicamente”?»[4]
3. Estas
son interpretaciones concretas. En cuanto a los enfoques generales sobre el
carácter “literal” o “simbólico” del texto del Génesis, veamos las palabras de
varios otros Santos Padres que escribieron comentarios sobre el Génesis. San
Basilio el Grande, en su Hexaemerón, escribe:
«Aquellos
que no admiten el sentido común de las Escrituras dicen que el agua no es agua,
sino otra naturaleza, y explican una planta y un pez según su propia opinión…
Pero cuando yo oigo “hierba”, pienso en hierba, y del mismo modo entiendo todo
tal como se dice: una planta, un pez, un animal salvaje y un buey. En verdad,
“no me avergüenzo del Evangelio” (Rom 1,16)… Algunos han intentado, mediante
argumentos falsos e interpretaciones alegóricas, conferir a la Escritura una
dignidad propia de su imaginación. Pero esta es la actitud de quien se
considera más sabio que las revelaciones del Espíritu e introduce sus propias
ideas bajo la apariencia de una explicación. Por tanto, entiéndase tal como ha
sido escrito».[5]
4. San
Efrén el Sirio nos dice de modo semejante en su Comentario al Génesis:
«Nadie
debe pensar que la Creación de los Seis Días es una alegoría; del mismo modo es
inadmisible decir que lo que, según el relato, fue creado en seis días, fue
creado en un solo instante, o que ciertos nombres presentados en este relato no
signifiquen nada o signifiquen otra cosa. Por el contrario, debemos saber que,
así como el cielo y la tierra que fueron creados en el principio son
verdaderamente el cielo y la tierra y no otra cosa entendida bajo esos nombres,
así también todo lo demás de lo que se habla como creado y ordenado después de
la creación del cielo y de la tierra no son nombres vacíos, sino que la esencia
misma de las naturalezas creadas corresponde a la fuerza de esos nombres».[6]
5. San
Juan Crisóstomo, hablando específicamente de los ríos del Paraíso, escribe:
«Quizá
alguien que ama hablar desde su propia sabiduría tampoco admitirá aquí que los
ríos sean verdaderamente ríos, ni que las aguas sean propiamente aguas, sino
que infundirá en quienes se dejan escuchar la idea de que ellos (bajo los
nombres de ríos y aguas) representaban otra cosa. Pero os ruego: no prestemos
atención a esas personas, tapemos nuestros oídos frente a ellas, y creamos en
la Divina Escritura; y siguiendo lo que está escrito en ella, esforcémonos por
conservar en nuestras almas dogmas sanos».[7]
Esto
muestra que los Santos Padres ya se enfrentaban a esta cuestión en su tiempo,
en el siglo IV. Eran muchos los que interpretaban el texto del Génesis de modo
alegórico, entregándose sin freno a interpretaciones simbólicas y negando que
tuviera significado literal alguno, especialmente en lo tocante a los tres
primeros capítulos que estudiaremos. Por esta razón, los Santos Padres
afirmaron de manera explícita que el texto posee un significado literal,
y que es necesario comprender con exactitud cuál es ese significado.
Esto
debería bastar para mostrarnos que los Santos Padres que escribieron sobre el
Génesis fueron, en general, bastante “literales” en su interpretación del
texto, aunque en muchos casos admitieran también un significado
simbólico o místico. Existen, por supuesto, en la Escritura, como en toda clase
de literatura, metáforas evidentes que nadie en su sano juicio pensaría tomar
“literalmente”. Por ejemplo, en el Salmo 103 se dice que “el sol conoce su
ocaso”. Con pleno respeto por el texto, no necesitamos creer que el sol tenga
conciencia y “sepa” literalmente cuándo debe ponerse; esto es simplemente un
recurso normal del lenguaje poético y no debería causarle dificultad a nadie.
Existe,
además, un tipo particularmente importante de afirmaciones en la Escritura
—abundantemente presentes en el Génesis — que los Santos Padres nos enseñan de
manera explícita a no comprender en sentido literal. Se trata de las
afirmaciones antropomórficas hechas acerca de Dios, como si fuera un
hombre que camina, habla, se enoja, etc. Todas estas afirmaciones debemos
entenderlas de un modo “conforme a Dios”; es decir, basándonos en el
conocimiento que poseemos, por la enseñanza ortodoxa, de que Dios es puramente
espiritual, carece de órganos corporales, y que Sus acciones son descritas en
la Escritura según la manera en que se nos manifiestan.
En este
punto, los Padres muestran una gran cautela respecto del texto del Génesis.
Así, san Juan Crisóstomo afirma:
«Cuando
oigas que “Dios plantó el Paraíso en Edén, en el oriente”, entiende la
expresión “plantó” de manera conforme a Dios, a saber, como un mandato suyo;
pero en lo tocante a lo que sigue en el texto, cree con plena certeza que el
Paraíso fue creado y que fue creado en el lugar mismo que la Escritura le
asigna.»[8]
En cuanto
a la información “científica” contenida en el libro del Génesis — y dado que
habla de la formación del mundo que conocemos —, no puede dejar de haber allí
cierta información científica. Contrariamente a una creencia popular, no hay
nada “desactualizado” en él. Sus observaciones, ciertamente, están hechas desde
el punto de vista de la tierra y en cuanto conciernen a la humanidad;
pero no formulan ninguna enseñanza particular, por ejemplo, acerca de la
naturaleza de los cuerpos celestes o de sus movimientos relativos. Por ello, el
libro puede ser leído por cada generación y comprendido a la luz de su propio conocimiento
científico. El descubrimiento, en siglos recientes, de la vastedad del espacio
y de la inmensidad de muchos cuerpos celestes no hace sino añadir grandeza, en
nuestra mente, al relato simple del Génesis.
Cuando los
Santos Padres hablan del Génesis, por supuesto, intentan ilustrarlo con
ejemplos tomados de la ciencia natural de su tiempo; hoy nosotros hacemos lo
mismo. Todo ese material ilustrativo está abierto a la crítica científica, y
parte de él, de hecho, ha quedado obsoleto. Pero el texto mismo del Génesis
permanece indemne ante tal crítica, y no podemos sino admirar cuán siempre
nuevo y actual resulta para cada generación. Esta misma cualidad caracteriza
también al comentario teológico de los Santos Padres sobre el texto.
5.
La naturaleza del texto
Un último
punto importante a considerar antes de abordar el texto del Génesis mismo: ¿qué
clase de texto es?
Son bien
conocidos los argumentos antirreligiosos dirigidos contra la Escritura, y
especialmente contra el Génesis: que sería obra de pueblos atrasados,
ignorantes de la ciencia y del mundo; que estaría saturado de mitología
primitiva acerca de “dioses creadores” y de seres sobrenaturales; que habría
sido tomado íntegramente de la mitología babilónica, y cosas semejantes. Sin
embargo, nadie puede comparar seriamente el Génesis con los mitos cosmogónicos
de otros pueblos sin quedar impresionado por la sobriedad y la sencillez del
relato del Génesis. Los mitos de la creación están llenos de acontecimientos
fabulosos y de seres propios de cuentos, que ni siquiera pretenden ser tomados
según la letra del texto. No existe comparación posible entre tales escritos y
el Génesis; sencillamente, no son comparables.
Con todo,
se ha difundido ampliamente una opinión popular — carente de fundamento tanto
en la Escritura como en la Tradición de la Iglesia — según la cual Moisés
habría escrito el Génesis consultando antiguos relatos de la creación, o
limitándose a consignar tradiciones orales transmitidas hasta su tiempo; como
si hubiera recopilado y simplificado los relatos que le precedieron. Esto,
naturalmente, convertiría al Génesis en una obra de sabiduría y especulación
humanas, y haría vano estudiarlo como testimonio verdadero acerca del origen
del mundo.
Hay
diversas clases de conocimiento, y el conocimiento que procede directamente de
Dios es de naturaleza completamente distinta del que surge de las facultades
naturales del hombre. San Isaac el Sirio distingue estas clases de conocimiento
del siguiente modo:
«El
conocimiento que concierne a lo visible, o que recibe por medio de los sentidos
aquello que procede de lo visible, es llamado natural. El conocimiento que
concierne al poder de lo inmaterial y a la naturaleza de las entidades
incorpóreas dentro del hombre es llamado espiritual, porque las percepciones
son recibidas por el espíritu y no por los sentidos.
Puesto
que estos dos tipos de percepciones — las de lo visible y las de lo espiritual—
hacen que cada clase de conocimiento llegue al alma desde fuera, así ocurre con
ambos.
Pero
el conocimiento concedido por el poder divino se llama sobrenatural; es más
insondable y es superior al conocimiento. La contemplación de este conocimiento
llega al alma no a partir de la materia, que le es externa…, sino que se
manifiesta y se revela en las profundidades más íntimas del alma misma, de modo
inmaterial, repentino, espontáneo e inesperado, ya que según las palabras de
Cristo: «el Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).» [9]
San Isaac
expone en otro lugar cómo, en los hombres que han alcanzado la cumbre de la
vida espiritual, el alma puede elevarse hasta la visión del principio de todas
las cosas. Al describir cómo tal alma es
arrebatada ante el pensamiento de la futura edad de incorruptibilidad, san
Isaac escribe:
«Y
desde este estado su mente es ya elevada hacia lo que precedió a la formación
(composición) del mundo, cuando no existía criatura alguna, ni cielo, ni
tierra, ni ángeles, nada de lo que fue traído al ser; y hacía de cómo Dios,
únicamente por su buena voluntad, de pronto hizo surgir todas las cosas del
no-ser al ser, y todo permanecía ante Él en perfección.» [10]
Así, puede
creerse que Moisés y los cronistas posteriores hicieron uso de documentos
escritos y de la tradición oral cuando se trataba de consignar los hechos y la
cronología de los patriarcas y reyes históricos; pero un relato del comienzo
mismo de la existencia del mundo, cuando no había testigos de los poderosos
actos de Dios, solo puede proceder de la revelación divina: se trata de un
conocimiento sobrenatural revelado en directo contacto con Dios. Y esto es
precisamente lo que los Padres y la tradición de la Iglesia nos dicen que es el
libro del Génesis.
San
Ambrosio escribe:
«De
él atestigua la Sagrada Escritura que no ha vuelto a surgir en Israel un
profeta igual a Moises, que conoció al Señor cara a cara (Dt 34,10), no a través
de una visión o en un sueño, sino hablando con el Dios supremo de tú a tu, tras
haber recibido el privilegio de una clara y nítida presencia de Dios, no en
imagen o de forma velada. Así pues, Moises abrió la boca y anuncio lo que el Señor
por medio de él decía, de acuerdo con lo que le había prometido, cuando le envió
al rey faraón: Ve, y yo abriré tu boca y te enseñare lo que has de decirle.
(Ex, 4, 12)
Y
si había recibido de Dios lo que había de decir sobre la liberación del pueblo,
¡cuanto más lo que había de decir sobre el cielo! Es así, sin fiarse de la sabiduría
humana ni de falaces disputas filosóficas, sino en la revelación del espíritu y
del poder (1 Co 2, 4), como se atrevió a afirmar, dando testimonio de la obra
divina: En el principio creo Dios el cielo y la tierra»[11]
De manera
semejante, san Basilio escribe al comienzo mismo de su Hexaemeron:
Este
hombre, hecho semejante a los ángeles y considerado digno de contemplar a Dios
cara a cara, nos transmite aquellas cosas que oyó de Dios.[12]
San Juan
Crisóstomo, en sus Homilías sobre el Génesis, vuelve una y otra vez a la
afirmación de que cada palabra de la Escritura está divinamente inspirada y
posee un significado profundo; que no son palabras de Moisés, sino de Dios:
«Veamos
ahora qué es lo que se nos enseña por medio del bienaventurado Moisés, que no
habla por sí mismo, sino por la inspiración de la gracia del Espíritu».[13]
A
continuación, ofrece una descripción particularmente reveladora de cómo Moisés
realiza esta tarea. Sabemos que los profetas del Antiguo Testamento anunciaron
de antemano la venida del Mesías. En el libro del Apocalipsis (Revelación), san
Juan el Teólogo profetizó acerca de los acontecimientos del fin del mundo y del
futuro de la Iglesia. ¿Cómo sabían lo que iba a suceder? Evidentemente, Dios se
lo reveló. San Juan Crisóstomo afirma que, así como san Juan el Teólogo fue
profeta de las cosas futuras, Moisés fue profeta de las cosas pasadas. Al
decir lo siguiente:
«Todos
los demás profetas hablaron o bien de lo que habría de suceder después de mucho
tiempo, o bien de lo que estaba a punto de acontecer entonces; pero él, el
bienaventurado Moisés, que vivió muchas generaciones después de la creación del
mundo, fue tenido por digno, por la guía de la diestra del Altísimo, de
proclamar lo que había sido hecho por el Señor antes de su propio nacimiento.
Por esta razón comienza a hablar así: “En el principio creó Dios el cielo y la
tierra”, como si nos llamara a todos con voz potente: no es por instrucción de
hombres que digo esto; Aquel que llamó al cielo y a la tierra del no-ser al ser
es Aquel quien ha movido mi lengua para hablar de estas cosas. Os exhorto,
pues, a que escuchemos estas palabras no como si procedieran de Moisés, sino
del mismo Señor del universo que habla por medio de la lengua de Moisés, y que
nos despidamos para siempre de nuestras propias opiniones».[14]
Así pues,
debemos acercarnos a los primeros capítulos del Génesis como nos acercaríamos a
un libro profético, sabiendo que en él se describen acontecimientos reales,
pero sabiendo también que a causa de su lejanía respecto de nosotros y que por
su misma naturaleza, al ser los primeros acontecimientos de la historia del
mundo solo podremos comprenderlos de manera imperfecta, del mismo modo que
tenemos una comprensión muy imperfecta de los acontecimientos del fin del mundo
tal como se describen en el Apocalipsis y en otros escritos del Nuevo
Testamento. El propio san Juan Crisóstomo nos advierte que no pensemos que
entendemos demasiado acerca de la creación:
«Con
gran gratitud, aceptemos lo que se nos relata por medio de Moisés, sin salir de
los límites de nuestra condición, y sin intentar examinar lo que está por
encima de nosotros, como hicieron los enemigos de la verdad cuando, queriendo
comprenderlo todo con su mente, no se dieron cuenta de que la naturaleza humana
no puede comprender la creación de Dios».[15]
Intentemos,
pues, entrar en el mundo de los Santos Padres y en su comprensión del texto del
Génesis divinamente inspirado. Amemos y respetemos sus escritos, que en
nuestros tiempos confusos son un faro de claridad que ilumina con mayor pureza al
propio texto inspirado. No nos apresuremos a pensar que “sabemos más” que
ellos; y si creemos haber alcanzado alguna comprensión que ellos no vieron,
seamos humildes y prudentes al proponerla, conscientes de la pobreza y
falibilidad de nuestras propias mentes. Que ellos abran nuestra mente para
comprender la revelación de Dios.
Conviene
añadir aquí una nota final acerca del estudio del Génesis en nuestros propios
tiempos. Los Santos Padres de la Iglesia primitiva, al escribir sobre los seis
días de la creación, consideraron necesario en diversos momentos tomar nota de
las especulaciones científicas o filosóficas no cristianas de su época —como,
por ejemplo, la idea de que el mundo es eterno, que se produjo a sí mismo, o
que fue creado a partir de una materia preexistente por un dios artesano
limitado (demiurgo), y otras semejantes.
También en
nuestros tiempos existen especulaciones no cristianas acerca del origen del
universo, de la vida en la tierra y temas afines, y no podemos dejar de
mencionarlas en distintos momentos de nuestro comentario. Las ideas más
difundidas hoy son las que están ligadas a la llamada teoría de la “evolución”.
Tendremos que tratar brevemente algunas de estas ideas; pero, para evitar
malentendidos, conviene precisar qué entendemos por este término.
El
concepto de “evolución” tiene muchos niveles de aplicación tanto en el lenguaje
científico como en el popular: a veces no es más que un sinónimo de
“desarrollo”; otras veces se usa para describir las “variaciones” que ocurren
dentro de una especie; y, nuevamente, se emplea para referirse a cambios reales
o hipotéticos en un orden natural más general. En este curso no nos ocuparemos
de estas clases de “evolución”, que pertenecen en gran medida al ámbito del
hecho científico y de su interpretación.
El único
tipo de “evolución” con el que tendremos que tratar es la evolución entendida
como cosmogonía, es decir, como una teoría sobre el origen del mundo. Este tipo
de teoría evolutiva ocupa para los estudiantes contemporáneos del libro del
Génesis el mismo lugar que ocuparon las antiguas especulaciones sobre el origen
del mundo para los primeros Padres de la Iglesia. Hay, por supuesto, quienes
insistirán en que incluso este tipo de evolución es perfectamente científica;
de hecho, algunos de ellos son bastante “dogmáticos” al respecto.[16] Pero cualquier enfoque
razonablemente objetivo deberá admitir que la cosmogonía evolutiva, a menos que
pretenda ser divinamente revelada, es tan especulativa como cualquier otra
teoría de los orígenes y puede discutirse en el mismo plano que ellas. Aunque
afirme tener su fundamento en hechos científicos, pertenece en sí misma al
ámbito de la filosofía e incluso roza la teología, en la medida en que no puede
evitar la cuestión de Dios como Creador del mundo, ya sea que lo acepte o lo
niegue.
En este
curso, por lo tanto, abordaremos la “evolución” únicamente como una teoría
universal que intenta explicar el origen del mundo y de la vida.
[1] San Atanasio el Grande, Four
Discourses against the Arians 2.48, NPNF 2 4, p. 375
[2] San
Macario el Grande, On patient endurance and discrimination 5 /Seven
homilies 4.5), en Dukhovniya besedy, poslaniye I slova (Discursos
espirituales, epistolas y homilias) p. 385 [Opuscula Ascetica 4.5, PG
34.869A; Phiokalia 3, p. 300 (37)]
[3] San Gregorio el Teologo, Oration
38: On the Theophany, or the Nativity of Christ 12, NPNF 2 7, p. 348.
[4] San Gregorio Palamas, In Defense
of the Holy Hesychast (The Triads) 2.3.22 edición y traduccion por el padre
John Meyendorff, p. 432.
[5] San
Basilio el Grande, Hexameron 9.1, FC 46, pp. 135 y 136
[6] San
Efren el Sirio, Commentary on Genesis 1, Tvoreniya izher vo suyatyhj” otsa
nashego Yefrema Sirina (Las obras de nuestro padre entre los santos Efrain
el Sirio) 6, p. 282 [FC 91, p. 74 (1.1.)]
[7] San Juan Crisostomo, Homilies
on Genesis 13.4, Tvoreniya 4, p. 107 [FC 74, págs. 177-178 (13.15-16)]
[8] Ibid. 13.3, p. 106 [FC 74, pág.
175 (13.13)]
[9] San Isaac el Sirio, Directions
on Spiritual Training 49, Dobrotolyubiye 2, 3rd ed. (1913),
p. 660, en Early Fathers from the Philokalia, p. 196.
[10] San
Isaac el Sirio, Ascetical Homilies 21, Tvoreniya izher vo svyatikh”
otsa nashego avvy Isaaka Siriyanina, podvizhnika I otshel’nika (Las obras
de Nuestro padre entre los santos el Abba Isaac el Sirio el asceta y heremita),
pag, 108 [también hay al inglés una traducción hecha por el Holy
Trasnfiguration Monastery, Homily 37, p. 180]
[11] San
Ambrosio de Milan, Hexameron 1.2. FC 42, pags 6-7
[12] San
Basilio el Grande, Hexameron 1., FC 46, p. 4.
[13] San Juan Crisóstomo, Homilies
on Genesis 14.2, Tvoreniya 4, p. 110 [FC 74, p 183 (14.6)]
[14] Ibid. 2.2., p. 9 [FC 74, pág.
31-32 (2.5)]
[15] Ibid. [FC 74, pa. 32]
[16]
Nota de traductor – sobre estas teorías que se estaban postulando en el mundo
antiguo y que de hecho guardan una gran similitud con la actual teoría evolucionista
san Atanasio de Alejandría nos dice: “La creación del mundo y la formación del
universo ha sido entendida por muchos de manera diferente y cada cual la ha
definido según su propio parecer. En efecto, unos dicen que el universo llegó
al ser espontáneamente y por azar, como los epicúreos, quienes cuentan en sus
teorías que no existe providencia en el mundo y hablan en contra de los
fenómenos evidentes de la experiencia. Pues si, como ellos dicen, todo se
originó espontáneamente y sin providencia, sería necesario que todo hubiera
nacido simple, semejante y no diferente.” San Atanasio, La encarnación del verbo,
pág. 41. editorial Ciudad Nueva, Madrid, España. 1997.


