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jueves, 13 de febrero de 2025

VIDA Y OBRA DE KONSTANTIN LEONTIEV



Konstantin Nikolaevich Leontiev (1831 - 1891)


Su vida

Konstantin Nikolaevich Leontiev nació el 13 de enero de 1831 en una familia noble que ya había perdido su esplendor de los días pasados. La casa de su familia estaba situada en el pueblo rural de Kudinovo, en la provincia de Kaluga, al suroeste de Moscú, y fue allí donde Konstantin, el menor de siete hijos, recibió su educación inicial de parte de su madre hasta que tuvo la edad suficiente para ingresar en el Gimnasio de Smolensk en 1841.

Su padre era distante y, al parecer, una figura que el joven despreciaba.

Su madre, por otro lado, fue una influencia formativa, un refugio al que regresaría en numerosas ocasiones. La idolatraba por su exquisito gusto y su devoción a la emperatriz María Fyodorovna (1759-1828), algo que ella había adquirido en el Instituto Catalina en San Petersburgo, donde fue la favorita de la emperatriz. Proveniente de la aristocrática y prestigiosa familia Karabanov, ella era naturalmente una firme defensora de la monarquía, a pesar de ser distante en lo que respecta a la religiosidad.

Así, Leontiev creció en un entorno que lo predisponía fuertemente a disfrutar del ritual exterior y el simbolismo del Estado ruso, sin transmitirle su contenido fundamental: el cristianismo ortodoxo. El poco sentimiento religioso que tenía le fue inculcado por una tía a la que admiraba mucho.

Los episodios de enfermedad durante su juventud le causaron problemas tempranos en su educación, pero cuando Leontiev encontró su lugar en el Gimnasio de Kaluga, se desempeñó excepcionalmente y obtuvo el derecho a ingresar a la universidad sin necesidad de presentar un examen de admisión. Para 1849, estaba estudiando en la facultad de medicina de la Universidad de Moscú, tratando de cumplir el deseo de su madre de que sea médico. Fue aquí donde desarrolló una pasión por la escritura. La pluma le sirvió como escape de los aspectos de la vida estudiantil que le desagradaban: el amor no correspondido, la soledad y la grosería de sus compañeros maleducados.

Le presentó su primera comedia, Matrimonio por amor, al prolífico novelista ruso Ivan Turgenev (1818-1883), quien casualmente vivía frente a su residencia en Moscú. Para su asombro, Turgenev respondió elogiando el relato de su comedia, avivando las ambiciones de Leontiev y revirtiendo su depresión.

Lamentablemente, los remezones de la Revolución de 1848 todavía se seguían sintiendo en Rusia, lo que hacia que los criterios aplicados por los censores del gobierno para aprobar o denegar la publicación de obras fueran extremadamente estrictos, por lo que Matrimonio por amor no fue aprobado cuando Leontiev intentó publicarlo en 1851. El joven estudiante no permitió que este temprano fracaso lo disuadiera de seguir escribiendo, ni mucho menos lo distrajera de sus estudios, y recibió su diploma en 1854, antes de lo previsto. Logró publicar algunos cuentos, principalmente comedias, que le generaron algunos ingresos modestos pero no aún el reconocimiento que deseaba.

Ahora como médico titulado, se ofreció como voluntario para servir como médico de batallón y regimiento en la brutal Guerra de Crimea, que había estallado el año anterior. Fue reasignado a varios regimientos y hospitales de campaña mientras los combates continuaban, encontrando poco respiro en sus deberes. Se dio de baja del servicio en 1857, poco después de que la guerra llegara a su fin, buscando algo más estable que le permitiera perseguir una carrera literaria. Apenas tenía espacio en su maletín médico para su equipo junto con los numerosos borradores de sus futuros libros.

Se mudó a San Petersburgo, con la esperanza de encontrar audiencias receptivas, pero pocos estaban interesados en sus obras y pronto cayó en dificultades económicas. Fue el año crucial y sombrío de 1861 que marcaría un punto de inflexión en la vida de Leontiev. Mientras trabajaba brevemente como médico familiar en algunas localidades rurales, continuó sintiendo la irresistible atracción del sur y pronto regresó a Crimea. Allí se casó con Elizabeth Pavlovna Politova, la hija semianalfabeta pero muy hermosa de un comerciante griego. Se había enamorado de ella durante su estancia en Simferopol. Su matrimonio fue generalmente turbulento, y su esposa sufrió una crisis de salud mental que la llevó a ser institucionalizada periódicamente a lo largo de su vida.

De regreso en San Petersburgo, publicó su primera novela, Podlipki. La historia de un joven que navega en el conflicto entre su nostalgia por la inocencia juvenil y las cosas infelices descubiertas en la adultez, Podlipki tuvo solo un éxito moderado, y Leontiev comenzó a buscar una nueva carrera. Más que su matrimonio y su primer libro, lo que hizo que 1861 fuera tan importante en la vida de Leontiev fue el surgimiento de su filosofía de la estética, que expondremos en detalle más adelante. Podemos comenzar a rastrear este desarrollo hasta 1861 porque, a la vez que publicaba Podlipki, Leontiev estaba planeando frenéticamente su próximo libro, En su tierra.

Es en esta novela donde encontramos a Leontiev hablando a través de sus personajes sobre la devaluación absoluta de la moral, el rechazo de las ideas liberales tan populares entre la juventud rusa y la glorificación de la estética como el ideal más alto. “La moralidad”, según el representante ficticio de Leontiev, “es el recurso de la gente mediocre”[1]. Para 1862, el desarrollo de esta idea – que florecía a la zaga de la desesperación del trabajo mundano y las necesidades financieras que lo forzaron a retornar a la propiedad de su madre en Kudinovo – estaba completo.

Saliendo una vez más de la oscuridad interior, Leontiev encontró una nueva vocación en el servicio diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores bajo el zar Alejandro II (1818-1881). Después del fallido levantamiento polaco de 1863, hubo una gran ola de patriotismo en el imperio, y muchos rusos estaban ansiosos por servir a su país. Este orgullo nacional no podía dejar de influir en Leontiev. La adoración eslavófila por los atributos únicos de Rusia, entonces en boga, también encontró eco en En su tierra, que aún estaba en progreso.

Nombrado dragomán (intérprete) para el consulado ruso en Kanea, en la isla de Creta, en octubre de 1863, Leontiev dejó su patria y asumió un rol que no solo le permitía aprovechar su talento para la argumentación, sino que también le daba tiempo libre para dedicarse a la escritura. Publicó En su tierra al año siguiente. Solo siete meses después de comenzar su trabajo en Creta, generó un pequeño incidente diplomático cuando, indignado por los comentarios despectivos sobre Rusia del cónsul francés, lo golpeó con un látigo. Leontiev recordaría la isla con cariño en su primera obra de no ficción, Bocetos de Creta (1866), pero el servicio lo trasladó a Adrianópolis inmediatamente después del incidente. Por un lado, la misantropía ocasional, la irritabilidad y las extrañas excentricidades de Leontiev (que incluían negarse a usar el uniforme diplomático en favor de un abrigo verdaderamente ruso que había hecho a medida) molestaban a sus superiores, pero, por otro lado, no querían perder a un intelecto tan evidente.

Sirvió en Adrianópolis durante dos años, después de lo cual se convirtió en vicecónsul en Tulcea (Rumania), donde publicó su siguiente novela, Las confesiones de un marido (1867). Su jornada laboral a menudo consistía en apenas una hora y media de recibir visitantes y firmar documentos, mientras recibía un generoso salario y alojamiento gratuito. En ese momento, estaba planeando su logro literario más ambicioso, una serie de novelas bajo el título El río del tiempo, pero nunca estuvo satisfecho con lo que escribió y posteriormente destruyó todo rastro de la obra. Otras novelas como Chryso (1868) y Hamid y Manoli (1869), ambas ambientadas en su amada Creta, le dieron a Leontiev cierta medida de reconocimiento, aunque no el que esperaba. Aun así, su producción literaria alcanzó su punto máximo durante este período, en el que generalmente se cree que sus posturas políticas anacrónicas y reaccionarias se consolidaron, derivadas del núcleo central de su filosofía de la estética. También cabe destacar que fue durante su nombramiento en Tulcea cuando su esposa comenzó trágicamente a mostrar los primeros signos de locura. Era una mujer celosa, y las numerosas aventuras extramaritales de Leontiev afectaron gravemente su estado mental.

Volviendo a actividades más académicas, Leontiev presentó un ensayo extenso, Literatura y nacionalidad, al embajador en Constantinopla, Nikolay Ignatiev (1832-1908), para su aprobación. Fue tan bien recibido que finalmente se le otorgó el cargo completo de cónsul, primero en la ciudad albanesa de Ioannina en 1869, y luego en Salónica, Grecia, en 1871. Se estaba preparando para el cargo de cónsul general de Bohemia cuando cayó gravemente enfermo. No está claro exactamente cuál era la naturaleza de la enfermedad (él sospechaba que era cólera), pero dejó a Leontiev postrado en cama y cerca de la muerte. Su madre también había muerto ese año, dejándolo en un estado mental frágil. Cuando un monje del Monte Athos le entregó un ícono de la Madre de Dios, Leontiev informó haber tenido una experiencia de la propia Theotokos junto a su cama, y prometió que se convertiría en monje si ella lo curaba. “¡Madre de Dios! ¡Es temprano! ¡Es demasiado pronto para que yo muera!”, exclamó, horrorizado ante la perspectiva de su muerte física, a la luz de la vida disoluta y pecaminosa que difícilmente había estado a la altura de su potencial.

Milagrosamente, Leontiev se recuperó por completo en tan solo dos horas y de inmediato emprendió una peregrinación al Monte Athos para cumplir su promesa. Los monjes le permitieron quedarse allí un año, pero le aconsejaron no precipitarse en seguir la vida religiosa. Percibían que aún no había escrito todo lo que deseaba escribir y que, una vez disipado el fervor encendido por su vivencia, lucharía en contra de las restricciones estéticas de la vida monástica. Quemó lo que quedaba de El río de los tiempos (de manera deliberada, aunque por razones desconocidas), ayunó y asistió a todos los servicios eclesiásticos que pudo, cayendo bajo la fuerte influencia del hierosquimonje Jerónimo Solomentsov (1805-1885). A los ojos de sus colegas, había perdido la cabeza.

Tras retirarse del servicio diplomático en 1873, debido tanto a su descontento cada vez mayor con la política exterior de Rusia en los Balcanes como a las crecientes exigencias de su observancia religiosa, se estableció en la isla de Halki, a las afueras de Constantinopla, y adoptó la vida de publicista a tiempo completo, escribiendo artículos para la revista conservadora Russki Vestnik (El mensajero ruso). Fue en este periodo cuando escribió sus obras de no ficción más influyentes, entre ellas El panslavismo y los griegos y Bizantinismo y eslavismo. También escribió otra novela, Odiseo Polícroniades.

En 1874, Leontiev regresó a su ciudad natal, abatido al encontrarla desolada y deteriorada. La reforma de emancipación de 1861, que había liberado a los siervos de Rusia, había terminado por afectar la economía de Kudinovo, y la visión de su deteriorada finca infantil empañó sus recuerdos de una infancia encantada. Era su propio Podlipki. Para entonces, su aversión a las reformas igualitarias no podía ser mayor.

Ya en sus cuarenta años, estaba decidido a comenzar su transición a la vida monástica, tal como había prometido. Viajó al renombrado centro de la espiritualidad rusa, Optina Pustyn, donde se reunió con san Ambrosio Grenkov (1812-1891), con quien había mantenido una correspondencia epistolar durante mucho tiempo, y con el hieromonje Clemente Zedergolm (1830-1878), quien también ejerció gran influencia sobre él. Sin embargo, en el último momento, cuando ya era novicio en el monasterio Nikolo-Ugreshsky, cerca de Moscú, decidió que aún tenía escritos pendientes en el mundo y pospuso su transición.

En 1879, aceptó un empleo en el periódico Varshavskii Dnevnik (Diario de Varsovia), pero las dificultades económicas lo obligaron a renunciar en menos de un año. Luego trabajó como censor en el Comité de Censura de Moscú entre 1880 y 1886. Durante este tiempo escribió El amor universal y el temor de Dios y El amor a la humanidad, que terminaron figurando en una vasta recopilación de sus escritos de no ficción, Rusia y los eslavos.

Un testimonio llamativo sobre Leontiev en su última etapa describe su presencia carismática:

"Delgado, nervioso, con unos ojos brillantes de juventud, Leontiev llamaba la atención con su apariencia. Su voz clara y juvenil, combinada con sus gestos enfáticos y siempre elegantes, hacían difícil creer que tenía cincuenta años. Hablaba, o mejor dicho, improvisaba. ¿Sobre qué? No puedo recordarlo. Absorbiendo la música de su elocuencia y su pasión, apenas podía seguir el fulgor de su pensamiento inquieto, que centelleaba como un relámpago. Tenía la impresión de que su pensamiento no cabía dentro de sí mismo, como si no lo escuchara, encendiendo aquí y allá un fuego, iluminando oscuros horizontes en los lugares más inesperados. Era una tormenta, un huracán que arrastraba a sus oyentes."

En el otoño de 1887, se trasladó a Optina y alquiló una casa de dos pisos junto a las murallas del monasterio. Se mantuvo implicado políticamente, carteándose con prominentes conservadores como la eminencia gris de la familia imperial, Konstantín Pobedonóstsev (1827-1907), y Lev Tijomírov (1852-1923) quien a otrora había sido un antiguo revolucionario terrorista no sin después haber pasado por un fuerte proceso de arrepentimiento o metanoia. Planeó formar una sociedad secreta de conservadores, pero los años que le quedaban de vida no fueron suficientes para concretarlo.

Fue en esta época en Optina cuando se encontró brevemente con el pacifista y gran novelista ruso Lev Tolstói (1828-1910), en un diálogo significativo no solo debido a sus radicales diferencias políticas, sino también dado el estatus que Leontiev poseía al ser uno de los mejores críticos literarios del autor. Su conversación no fue particularmente productiva. Tolstói anotó en su diario: “Visité a Leontiev. Tuvimos una charla encantadora. Él me dijo: «No tienes remedio»”. Sus últimas obras en este periodo terminaron de publicarse: Notas de un ermitaño, La política nacional como instrumento de la revolución mundial y una valoración del corpus literario de Tolstói.

El 23 de agosto de 1891, fue tonsurado como monje en una skite del monasterio de Optina, tomando el nombre de Clemente en honor a su mentor, y pasó sus últimos días bajo la disciplina ascética. Falleció de neumonía el 12 de noviembre de ese mismo año y fue enterrado en el monasterio de Getsemaní de la Laura de la Trinidad y San Sergio.

 

***

 

Su obra

Entre los intelectuales de su patria, Leontiev inspiraba un desprecio casi instintivo. Enigmático y paradójico, idolatraba la estética por encima de la moral y, sin embargo, se entregó a la severa austeridad de la vida monástica. Nunca encajó en ninguna escuela particular. Los liberales lo detestaban como un reaccionario ferviente, un defensor de los extremos más crueles del despotismo asiático, los cuales, incluso en Rusia, hacía tiempo que había perdido partidarios. Mientras tanto, los conservadores se lamentaban por su rechazo irrestricto al dogma eslavófilo, y en particular del paneslavismo que se había convertido en la hoja de ruta de los sueños imperiales de Rusia en los Balcanes.

 

Leontiev era un patriota ferviente, pero nunca convirtió al pueblo ruso en un fetiche, siendo a menudo tan crítico con él como el más encendido occidentalista. Mientras los conservadores elevaban a Fiódor Dostoievski (1821-1881) como su campeón literario, él despreciaba el cristianismo color rosa del autor por considerarlo demasiado optimista. Mientras los conservadores señalaban al islam de los turcos como su enemigo eterno, él hablaba de la belleza que se encontraba en el Corán. Mientras los conservadores atacaban al catolicismo romano, la religión de los pérfidos polacos, Leontiev afirmaba su evidente superioridad sobre el protestantismo (sin duda, la estética de este último le horrorizaba). Todas estas cosas hicieron de Konstantín Leontiev un solitario ideológico en la Rusia imperial tardía, pero ello contribuyó a su permanencia como una de las figuras más originales del conservadurismo ruso, de hecho, uno de los intelectos más fascinantes que el país había producido hasta entonces.

 

Las valoraciones negativas sobre Leontiev son numerosas. El teólogo Serguéi Bulgákov (1871-1944) lo describió como un “monstruo ético”. Según el ideólogo paneslavista Nikolái Strájov (1828-1896), “para él, la religión, el arte, la ciencia y el patriotismo [...] no eran más que pretextos para sus bajos instintos y su sed depravada de placer y autocomplacencia”. Tales reacciones son indicativas del grado en que Leontiev desafiaba las ideas sociopolíticas dominantes de su época. Las réplicas que recibió fueron sensacionalistas y a menudo personales. Se le acusó de transgresiones que iban desde la pederastia hasta el satanismo, y algunos afirmaban que había torturado psicológicamente a su esposa con los relatos lascivos de sus aventuras. Esta última acusación parece tener cierto fundamento, aunque cabe señalar que Leontiev pagó el cuidado de su esposa durante toda su vida, incluso en tiempos de dificultades económicas, y la mantuvo a su lado siempre que le fue posible.

Otros intérpretes de la obra de Leontiev fueron más benevolentes. El eminente teólogo, Vladímir Soloviov (1853-1900), por ejemplo, a pesar de sus desacuerdos, lo reconoció como un escritor e intelectual valioso. El filósofo Vasili Rozánov (1856-1919) lamentaría profundamente que Leontiev no fuera discutido en Rusia con la misma intensidad con la que Friedrich Nietzsche (1844-1900) lo era en Europa, pues consideraba que ambos eran reflejos el uno del otro en su manera de desafiar al mundo contemporáneo. Algunos han cuestionado esta comparación, argumentando que Leontiev nunca acuñó conceptos de la magnitud de los de Nietzsche (el Übermensch, el eterno retorno, etc.). Si bien esto es cierto, se podría decir que no fueron estos conceptos los que hicieron de Nietzsche un pensador tan fascinante, sino su proyecto central, que Leontiev anticipó en cierta medida: la apología de un ámbito de juicio más allá del bien y el mal.

D. S. Mirsky (1890-1939) estructuro el pensamiento de Leontiev en tres temas principales. El primero, un esteticismo amoral que reconocía el valor de la belleza como criterio más abarcador y universal que el de la moralidad. El segundo, una visión cíclica y naturalista sobre cómo los fenómenos sociales, incluidas las civilizaciones, evolucionan y decaen. Finalmente, un compromiso intelectual con la forma bizantina del cristianismo. Ahora pasaremos a discutir cada elemento por separado.

La peculiar doctrina del esteticismo amoral es algo sobre lo que Leontiev nunca ofreció una exposición formal, sino que solo permite vislumbrar en sus artículos menores y en las novelas en las que utiliza indirectamente a héroes narcisistas para exponer sus propios puntos de vista.

Si bien no estaba plenamente desarrollado en un sentido doctrinal y sistemático, este credo del esteta era claramente fundamental para la visión política de Leontiev. Su concepción del mundo no situaba al hombre como punto central de la creación, sino como un instrumento a través del cual podía alcanzarse la belleza. Mientras que otros reaccionarios rusos, en especial Pobedonostsev, llegaron a sus convicciones políticas por un compromiso práctico con el orden frente a todas las formas de caos, el razonamiento de Leontiev era distinto. Las formas de Estado autocráticas y jerárquicas eran preferibles no por su capacidad para mantener el orden, sino por su capacidad para extraer belleza de grandes contrastes, tanto internos como externos, y orquestarlos.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase.  Tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo era el llamado desafiante de Nietzsche, el pensamiento de Leontiev dio forma a una nueva corriente en el conservadurismo que, a pesar de su oscurantismo, se manifestaba como inexpugnable.

Sin duda, las observaciones de Leontiev al respecto se basaban en su comprensión de otros países. Relata explícitamente que encontraba una gran belleza en las comunidades arcaicas y pequeñas bajo el gobierno del sultán turco, la misma belleza que veía desvanecerse en su patria a medida que se modernizaba e imitaba a Europa. Atribuía esta belleza al gobierno autoritario, a las leyes étnicas y religiosas excluyentes y a las rígidas distinciones de clase. Sin duda, al ser tan ofensivo para el moralismo sentimental como lo fue el llamado desafiante de Nietzsche, Leontiev formuló una nueva vertiente del conservadurismo que era a la vez más oscurantista y, sin embargo, más inatacable.

La problemática modernización de Rusia, su período de revolución sangrienta y guerra civil, ciertamente otorgó una cualidad profética a aquellos reaccionarios que habían advertido lo que le ocurriría al imperio si seguía por el camino de la liberalización. Las predicciones del embajador saboyano en San Petersburgo, Joseph de Maistre (1753-1821), que establecieron el patrón de pesimismo seguido por Pobedonostsev, se hicieron realidad para Rusia. Sin embargo, los regímenes liberales en general han demostrado ser más resilientes y capaces de lo que sus primeros críticos habían anticipado. Eventos como la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique siguen siendo excepciones en la línea histórica, y podría argumentarse que las democracias liberales modernas han mantenido el orden con mayor continuidad que sus predecesores autoritarios. Por supuesto, el argumento depende de que es lo que se defina por orden. Aun así, deberíamos apreciar que el conservadurismo de Leontiev no sufre debilidad alguna. No se somete al compromiso programático de mantener el orden a cualquier costo, al reconocer de hecho al mal y al caos como elementos importantes que deben tener cabida en la vida pública. El principio rector de Pobedonostsev podría estipularse como “prevenir las revueltas por cualquier medio”, mientras que la réplica de Leontiev a tal lógica sería la siguiente: “dejad que ocurran las revueltas. ¡Pero dejad que también sean aplastadas!”[2]

El apasionado juego y la poesía de la vida eran, para Leontiev, forjado a través del conflicto entre el bien y el mal. Se regocijaba en las descripciones vívidas de la guerra, incluso del bandidaje y el asesinato. Milkeev, el héroe estudiante de la novela En su tierra, comenta: “La sangre no impide la benevolencia del cielo. ¡Has leído demasiado de esa empalagosa Fredrika Bremmer[3]! Juana de Arco derramó sangre, pero ¿acaso no era tan bondadosa como un ángel? ¿Cuál es el sentido de una humanidad lacrimógena y unidireccional? ¿Qué es nuestra mera existencia fisiológica? ¡No vale ni un solo centavo! Un árbol majestuoso de un siglo de antigüedad vale más que dos docenas de personas sin rostro; y no lo talaré para comprar medicina para los campesinos que sufren de cólera.”[4]

 

Tales declaraciones eran tan incómodas de escuchar en su propio tiempo como lo siguen siendo hoy, pero fue precisamente en tales desafíos audaces a la certeza moral donde Leontiev transmitió su diagnóstico del declive de la civilización. La marca de las culturas moribundas no es el tormento, el derramamiento de sangre o el sufrimiento, sino la vulgaridad y la uniformidad, y estas llegan precisamente en el momento en que una cultura se inclina hacia el moralismo, hacia una deificación del bienestar del hombre. Leontiev reconoció con fuerza al padre del socialismo ruso, Alexander Herzen (1812-1870), por su evaluación estética de Europa. Aunque recordado por su agitación de izquierda, Herzen estaba profundamente insatisfecho con Europa Occidental y criticaba con buen gusto su descenso hacia la cultura burguesa y de masas. Leontiev fue más allá.

Se lamentaba de un pueblo que, aunque desfrutase de la estética de la vida con todos sus peligros, inconvenientes y atrocidades en las novelas y en los escenarios, Dios no le permitiera que esta jamás se desarrollase en la vida real. En una vitalidad moribunda, en la debilidad, la falta de fe y el temor se enraizaría la causa la degeneración de tal pueblo. Como se le citó diciendo:

“La vida, que siempre fue considerada un «regalo» para el hombre, se ha convertido en una carga en el siglo XIX; ya no es una vida bendita, sino una maldita. Este es un fenómeno monstruoso, una distorsión increíble del orden de las cosas. Sin importar en qué época haya vivido el hombre, las persecuciones que haya soportado o las humillaciones que haya experimentado, nunca se habría atrevido a pensar las ideas que ahora expresa en medio de la prosperidad, la paz tangible y el bienestar general. Si las generaciones que hace mucho tiempo desaparecieron bajo tierra fueran reunidas cara a cara con las que ahora habitan la tierra, si se vieran y expresaran sus pensamientos, ¡cuán infelices, sombríos, lamentables y confundidos les pareceríamos! Y nosotros les mostraríamos nuestros chirriantes fotógrafos, rollos de cables telegráficos, placas de gelatina o nuestros ferrocarriles y diríamos: «He aquí nuestra felicidad». Pero ellos, sin necesidad de ver nada de eso, con solo mirarnos a la cara, dirían: «¿Qué se han hecho a sí mismos? ¿Qué han hecho...?»”[5][6]

Tal como lo evidencian estos sentimientos, Leontiev encaja firmemente en la tradición del romanticismo conservador, algo que fue afirmado por el filósofo ruso Nikolai Berdyaev (1874-1948), quien escribió una considerable evaluación de la visión del mundo de Leontiev. Podemos estar de acuerdo con Berdyaev en que Leontiev estaba impulsado por una obsesión con un pasado glorioso, las edades doradas de una gran cultura, y, sin embargo, rechazaba la corriente principal del romanticismo ruso. Si bien sería justo considerar a Leontiev en cierta medida eslavófilo, no le encontraba valor alguno a su idealización casi demótica del campesinado ruso, cuyos sus supuestos orígenes pacíficos y piadosos habían sido tan groseramente interrumpidos por el autoritario trono imperial.

 

La visión romántica de Leontiev era la de la arquitectura bañada por el sol de las capitales asiáticas, de bazares atestados de incienso y de harenes, de ejecuciones públicas, místicos y profetas, caballeros y nobles, y emperadores con una autoridad ilimitada. Muchos han descrito a Leontiev como un turcofilo, y sus puntos de vista geopolíticos, cuando se contrastan con los de la mayoría de los eslavófilos, parecen dar credibilidad a tal afirmación. Sin embargo, más allá de una fascinación por los pueblos que consideraba exóticos, incluidas las poblaciones rurales de los Balcanes, sus puntos de vista caen completamente dentro de los parámetros del esteticismo amoral. Leontiev reconocía el dominio turco sobre los eslavos del sur como un crimen ético. Sin embargo, dada la naturaleza de las fuerzas políticas que agitaban para la liberación de estos pueblos, todos ellos gradualmente perdiendo toda su distinción, todas las tradiciones (incluida la gradualidad misma) a las que se habían aferrado con tenacidad mientras estaban bajo el dominio otomano como una forma de resistencia a su brutalización, Leontiev creía que su liberación podría también resultar de que Rusia se infectara también del liberalismo. Esto, pensaba Leontiev, sería fatal para un Estado que ya temía podría estar entrando en una fase de decadencia terminal.

La visión cíclica de la historia de Leontiev se presenta en su forma más completa en Bizantinismo y Eslavismo, publicado en 1875. No fue el primer ruso en esbozar y defender formalmente tal concepción, ya que Nikolay Danilevskii (1822-1885) lo había adelantado cuatro años antes con Rusia y Europa. Sin embargo, Leontiev sostenía que había llegado a sus ideas de manera independiente, y leer el análisis histórico innovador de Danilevskii solo confirmó lo que ya creía. Dado su aislamiento del entorno intelectual ruso de la época y su historial personal en la práctica médica, que habría favorecido las conclusiones naturalistas a las que llegó, esto es completamente creíble. También debe señalarse que, mientras Danilevskii presentó la noción de que los estados ascienden y caen en un patrón cíclico predecible, no especificó exactamente los síntomas del declive, ni donde se podrían trazar los límites entre el apogeo cultural y la decadencia. Para esto, el mérito es de Leontiev.

Muchos comentaristas eslavófilos habían vilipendiado las reformas occidentalizadoras del zar Pedro I (1672-1725), que pasaron por encima de siglos de tradición rusa y debilitaron enormemente a la Iglesia Ortodoxa. Extrañamente, Leontiev restó importancia a tales preocupaciones. Siguiendo su propio modelo cíclico, basado en una evaluación estética de la grandeza cultural, Leontiev vio la era petrina como el florecimiento de Rusia, resultado de un largo proceso gestado por el cristianismo bizantino. Esta era se extendió hasta el reinado de Catalina II (1729-1796) y estuvo marcada por una mayor ostentación en la corte, el florecimiento de la pintura y la arquitectura rusa con diversas influencias contrastantes, así como victorias militares en el extranjero. Es importante destacar que también fue un período de maduración jerárquica. Si bien Catalina, en particular, predicaba los valores de la Ilustración, bajo su reinado, las distinciones de clase se hicieron más pronunciadas y la brecha entre la nobleza y el campesinado se amplió de manera inmensa.

La desintegración cultural, tal como la veía Leontiev, se instaló después, conforme a su modelo, con un periodo de creciente igualdad cívica, disminución creativa y un aumento del sentimiento revolucionario que ni los zaristas más conservadores pudieron restringir. La desastrosa invasión de Rusia por parte de Napoleón I (1769-1821) y repelida por Alejandro I (1777-1825) fue solo el presagio de la destrucción cultural por venir, primero en Europa, luego en Rusia. Las Revoluciones de 1848, que destrozaron la política tradicional en toda Europa, señalaron con desdén que el proceso de simplificación cultural había echado raíces y se estaba extendiendo sobre los bordes orientales del continente.

Como esbozó en el Capítulo VII de Bizantinismo y Eslavismo, Leontiev observó que los organismos están sujetos a una ley de desarrollo. Comenzando en un estado de simplicidad primitiva, se van complicando gradualmente a medida que alcanzan su plena floración, antes de descender de nuevo por la escalera en un proceso en cascada de simplificación, durante el cual sus características distintivas se desvanecen y se mezclan con elementos externos a ellos mismos. La expresión última de esta etapa terminal es la descomposición en materia orgánica inerte. Leontiev creía que las culturas estaban gobernadas por las mismas leyes. Esta base en leyes científicas casi darwinianas es un aspecto chocante y poco común de una mente tan romántica, pero encaja con el perfil de Leontiev como un hombre que existía en las fronteras de diversas corrientes de pensamiento. Presenta una convergencia interesante entre la corriente positivista del conservadurismo (bien representada por Danilevskii) y la corriente romántica, que encuentran una confluencia y coherencia agradable en el argumento de Leontiev.

Finalmente, llegamos a la tercera clave de la filosofía de Leontiev, la que se refleja de manera más completa en sus últimos años, cuando se apartó de su muy apreciada estética para tomar los votos monásticos.

El bizantinismo era lo que Leontiev vislumbraba como el principio organizador de cualquier futuro Estado paneslavo, un Estado que él, al igual que la mayoría de los rusos, veía como inevitable ante la decadencia del Imperio Otomano. La grandeza única de Rusia radicaba, para Leontiev, en la herencia de la Segunda Roma desaparecida, una civilización que consideraba sin igual, tanto en términos de su longevidad como por todo lo que le legó a Europa en su conjunto.

Después de que el ascenso del emperador Constantino I (272-337) viera la tolerancia religiosa del cristianismo en 311 y la transferencia de la capital romana a la ciudad santa de Constantinopla en 330, surgió un tipo cultural e histórico único. Esto, según Leontiev, fue persistentemente ignorado y subestimado por los historiadores, particularmente respecto a su importancia para Rusia. Para el autor, Rusia no existe sin el bizantinismo. Es el principio formativo de la cohesión en el Estado ruso, el único propósito de la existencia de Rusia. Leontiev lleva esta idea a un extremo no explorado por otros filósofos rusos. Ciertamente, otros habían basado la Idea Rusa en la dimensión espiritual, en las cualidades espirituales inherentes al pueblo ruso o a los eslavos en general, pero no llegaron a ver a Rusia como un vehiculo para esta Idea, que materialmente se había originado fuera de la nación. Para Leontiev, el fracaso de Rusia para convertirse verdaderamente en la civilización que Danilevskii había identificado se debía a su fracaso de encarnar físicamente a Bizancio. Era casi como si Rusia estuviera atascada, ahogándose en el canal de parto civilizacional. Para sobrevivir, sería necesario que tomara Constantinopla (Tsargrad), no para convertirse en una federación eslava, sino más bien en un imperio cristiano oriental/bizantino.

Un aspecto clave de esta civilización era, por supuesto, la continuación y el fortalecimiento de la autocracia. Leontiev soñaba con el zar ruso como un déspota socialista gobernando desde su asiento de poder en el Bósforo. Sorprendentemente para sus contemporáneos, el socialismo no era anatema para Leontiev, incluso si lo veía como una especie de compromiso con las realidades impuestas por los cambios tecnológicos y sociales. El socialismo sería aceptable mientras sirviera al ideal bizantino y funcionara como un ácido correctivo contra el liberalismo. En resumen, Leontiev estaba silenciosamente fascinado por la idea de utilizar la economía socialista como arma contra la inminente podredumbre burguesa a la que una vez describió como Todo América. Hizo hincapié en que, en ausencia del augusto zar, el socialismo estaría dirigido en cambio a las grandes instituciones de la vida rusa, particularmente su Iglesia, pero, manejado por las manos adecuadas, podría devolver a Rusia, y quizás a toda Europa, a un estado de clases económicas rígidas. Esto, a su vez, sería la semilla de una nueva y floreciente complejidad. Apenas pudo contener su asombro cuando su buen amigo, Lev Tijomírov, predijo correctamente que el socialismo no cumpliría con lo que prometía, que la libertad socialista sería un nuevo despotismo. Si este despotismo pudiera obliterar la infección liberal del mundo, Leontiev creía, este abriría el camino para un expansivo imperio cristiano y una restaurada Edad Media.[7]

¿Como podrían reconciliarse el compromiso cristiano de Leontiev sin que este terminara por subyugar a su visión nietzscheana de la estética? Leontiev entendía con gran claridad el terror del cristianismo y sus enseñanzas sobre el pecado y el infierno, y junto al peculiar formalismo y ascetismo del rito bizantino y la vida monástica, el gran valor que el cristianismo había impartido al mundo era su absoluta exclusión de la perfección mundana. Esto aseguraba la existencia tanto del bien ultra-terreno como del mal ultra-terreno, atrapados en un conflicto perpetuo en la Tierra, del cual surgía la belleza y sobre el cual los hombres no tenían control absoluto. Era en tal clima que el hombre podía perseguir un egoísmo trascendental, es decir, podía centrarse en procurarse su propia salvación. Si la salvación, dedujo Leontiev, es primordial para el hombre, entonces, más a menudo de lo que se piensa, es más amiga de la estética que de la moralidad. En términos de la doctrina moral, lo que Leontiev rechazaba firmemente no era su sustancia, sino su universalización, que para él representaba elevar la caridad/empatía al estatus de un falso ídolo. El ideal bizantino no enfatizaba la caridad de Dios, sino la fuerza imperiosa, el poder más allá de la jurisdicción del hombre. Leontiev aquí no encuentra contradicción, sino el vehículo ideal para su rechazo tanto del moralismo como del progreso. Si la dicha, por su propia naturaleza, solo puede provenir de Dios, entonces esforzarse por alcanzar lo que el hombre percibe como dicha, el cese del sufrimiento humano, es un vano empeño.

En cuanto al destino final de la estética, Leontiev aceptaba que la muerte última de la cultura humana, con toda su multiplicidad, se desarrollaría en el Apocalipsis, donde para algunos sería sacrificada en el altar del cristianismo[8], y para otros, en el altar de la religión del Anticristo, que asumiría una forma moralista y utilitaria. Finalmente, la tecnología moderna llevaría a la humanidad a su destrucción universal.

Lejos de ser una forma de escapismo, la ortodoxia de Leontiev se muestra profunda, sentida y genuina. Nos recuerda cuánto tiempo dedicó a la vida religiosa, cómo abandonó su prometedora carrera diplomática en gran parte debido a esta búsqueda. La fe de Leontiev fue una fe torturada, sobre este punto no puede haber discusión. En sus escritos formales, poco consuelo se encuentra en su interpretación casi única del cristianismo gótico, y tal vez es el único tipo de cristianismo que podría haber apaciguado a Nietzsche. Del mismo hombre que escribió con aparente asombro sobre los carniceros albaneses desollando vivas a mujeres búlgaras, escuchamos la humilde proclamación de “muchos dolores para el pecador”. ¡Qué contraste! Un perfil altamente freudiano sobre Leontiev escrito en 1967 señaló:

“El que abogaba por la salud y la vitalidad estaba constantemente enfermo y al borde del colapso nervioso. Del mismo modo, quien predicaba un culto de virilidad era un afeminado lleno de culpa. Nuevamente, quien elogiaba la amoralidad y la violencia era un hombre dócil, compasivo y arrepentido. Finalmente, quien tenía la ambición de renovar la literatura rusa y que, a tal efecto, elaboró una nueva teoría literaria, fracasó como escritor. De esto [...] se hace claro que su ideología era la antítesis de su vida.”[9]

Tal vez el autor no comprendió la ironía de su propia crítica, que la vida de Leontiev en realidad afirmaba su creencia de que la belleza y el espectáculo emerge del contraste. Leontiev podía reconocer que fue un escritor fracasado, un mal esposo, un hombre que peco frente a Dios, pero nunca un mediocre, nunca un miembro del rebaño gris que ahora se dirige inexorablemente hacia el final que él predijo con asombrosa claridad.

El escritor conservador colombiano, Nicolás Gómez Dávila (1913-1994), escribió una vez “más que cristiano, quizás soy un pagano que cree en Cristo”[10]. Probablemente, tal vez no se pueda aplicar una mejor descripción a Leontiev, un hombre que frecuentaba y se deleitaba con todos los placeres estéticos y sangrientos del Este, los cuales su vida siempre estuvo involucrada, pero que murió bajo el nombre de Clemente, en una celda monástica, recordado por los monjes de Optina, quienes incluso hoy en día aún se refieren a la antigua morada que él habitaba como la casa consular.

K. Benois



[1] Leontiev, K. V svoyem krayu, san Petersburgo. p. 26

[2] Leontiev, K. Against the current, p. 134

[3] Federika Bremmer (1801-1865): Una autora sueca de novelas románticas

[4] Leontiev, K. V svoyem krayu, p. 36

[5] Nowak, P. A colloquy on the end of the World: The letters of Konstantin Leontiev and Vasily Rozanov. pág. 156

[6] En su artículo Soloviov contra Danilevskii, Leontiev mencionaría: “La diferencia es que en los horrores de la agonía de Roma había una especie de poesía gigantesca y demoníaca; La gente misma era numerosa; y en el desenfreno del utilitarismo científico del europeísmo burgués no hay nada más que prosa y una especie de mezquindad que degrada a la gente. ¡Hasta las tropas se suben a bicicletas! ¿No es esto una señal mortal: el triunfo del mundo inorgánico sobre el orgánico? ¿La química y la física sobre la vida animal y vegetal? ¿Máquinas por encima de caballos y humanos? [¿Alcaloides químicos en medicina sobre sustancias medicinales complejas y completas (antiguas) de las que se extraen estos alcaloides? (Morfina - del opio, digitalina - de la digital, quinina - de la corteza de la quina, etc.] Hierro feo sobre madera hermosa e incluso sobre piedra natural y también hermosa, aunque inorgánica, pero aún más compleja y lista, aún más viva. ¿No deberíamos esperar una reacción profunda y consciente contra todo esto?”

[7] Esto así como su postulado de la visión cíclica de las civilizaciones lo acercan a lo que décadas después desarrollaría Spengler con su “Decadencia de occidente” y  “Prusianismo y socialismo”

[8] Esto es, cuando toda la humanidad tuviera en común acceso a una cultura cristiana en común

[9] Lukashevich, S. (1967). Konstantin Leontev. 1831-1891, A Study in Russian “heroic vitalism”. Nueva York. Pageant Press. pág. 201.

[10] Gomez Davila, N. (2001). Escolios a un texto implícito. Bogotá. Villegas Editores, p. 52

jueves, 19 de enero de 2023

ALEXANDER DUGIN Y EL SIGNIFICADO DE LA HISTORIA RUSA


                                                Vladimir Moss



El “Rasputín de Putin”: ese es el nombre que le dio un comentarista a Alexander Dugin, el ideólogo más influyente de la Rusia contemporánea. Y así como fue difícil determinar exactamente quién fue Rasputín en vida, también ha sido difícil precisar y clasificar a Dugin. Profesor de sociología y geopolítica en la Universidad Estatal de Moscú, ha influido y en un momento se ha aliado con casi todos los principales políticos de Rusia. Se le ha relacionado con la extrema derecha y con la extrema izquierda, con el fascismo y con el comunismo, con la ortodoxia y con el paganismo; más constantemente - con el eurasianismo. Una cosa de la que nunca se le podría acusar es de liberal, y en un país donde el “extremismo” es un crimen, uno puede estar seguro de una cosa: que Dugin es un extremista (aunque se llame a sí mismo “un centrista radical”) …

 

Sin ser un extremista estúpido, y siendo uno vulgar tan solo de vez en cuando, uno podría pasar por alto el hecho reciente cuando apareció en las pantallas de la televisión en el este de Ucrania, incitando a los separatistas y diciendo “¡Putin es TODO!” uno podría no tomarlo en cuenta, al pensar de que aquí estamos tratando con un loco a quién se le puede descartar como de poca monta.

 

Pero eso sería un error; y, a juzgar por la cantidad de artículos académicos que han aparecido en los últimos años tratando de resumir su muy amplia y compleja visión del mundo, los comentaristas de todo el mundo se han dado cuenta de que para entender a Putin hay que entender a su Rasputín., Alexander Dugin.[1]

 

Una aproximación al enigma de Dugin es a través de una discusión de su poco conocida “eclesiología escatológica”, y en particular su comprensión del papel de la Iglesia Ortodoxa y de Rusia en los últimos tiempos. En 1999, Dugin se convirtió en vetero-creyente; no está claro si realmente se unió al cisma o solo a la sección yedinoverie (viejo creyente) del patriarcado oficial de Moscú. Lo que está claro es que la comprensión vetero-creyente de la historia rusa y mundial le ha influido profundamente en su pensamiento. De hecho, el presente escritor iría tan lejos como para decir de que con mayor precisión y utilidad se puede detectar que su pensamiento es producto de una especie de ideas viejo-creyentes modernizadas más que como una especie de corriente política sea de izquierda como de derecha. De ello se deduce que, para contrarrestar su indudable influencia maligna en el pensamiento ruso contemporáneo, es necesario dilucidar su escatologismo y someterlo a crítica sobre la base de la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa.

 

Eclesiología escatológica de Dugin

 

La “eclesiología escatológica” de Dugin se expone en su libro Absoliutnaia Rodina (La patria absoluta)[2]. Divide la historia de la Iglesia en tres fases: la fase preconstantiniana (hasta el Edicto de Milán en 312), la fase bizantina (hasta la caída de Constantinopla en 1453), que acorde a Dugin es el “reinado de Cristo de mil años”, mencionado en el capítulo 20 del Apocalipsis, y la fase moderna posbizantina. En esencia, la tercera, fase contemporánea a la historia de la Iglesia, que viene después del "reino de mil años de Cristo", es el reinado del Anticristo...

 

En la segunda fase bizantina de la historia de la Iglesia, según Dugin, hubo una relación casi ideal entre la Iglesia y el Estado que hizo posible el máximo número de conversos a la fe y la preservación de una vida verdaderamente cristiana tanto en esferas públicas como privadas. Cierto, la Iglesia Occidental de la Antigua Roma cayó en 1054, convirtiéndose a partir de entonces en la cuna de la civilización anticristiana de Occidente. Pero en Oriente se preservó la verdadera piedad, y los emperadores bizantinos, actuando como los “restrictores” de la profecía de San Pablo (II Tesalonicenses 2.7), retuvieron la aparición del Anticristo.

 

Sin embargo, en 1453 el Imperio Bizantino cayó, después de lo cual, según la profecía, no hubo “restrictor” y debería haber aparecido el Anticristo. Pero luego, acorde a la gran misericordia de Dios, hubo una especie de “veranillo” de un Estado verdaderamente ortodoxo, la “Tercera Roma” de Moscú, prolongo el “reinado de Cristo de mil años” hasta el período moderno. Pero solo por un corto tiempo, hasta 1656, con la introducción del Patriarca Nicón del Nuevo Rito, o hasta en el concilio de 1666-67, que declaró anatema al Rito Antiguo, o bien hasta en el reinado de Pedro el Grande, quien con la remoción del Patriarcado daría rienda suelta a las influencias anticristianas occidentales en Rusia.

 

Al ser un viejo creyente, Dugin puede ver muy pocas cosas buenas en el período de San Petersburgo de la historia rusa. Para él, este es el período de la “Iglesia de Laodicea”, que no es ni fría ni caliente, sino tibia. Es cierto que hay destellos de piedad “filadelfiana” aquí, especialmente entre los viejos creyentes. E incluso en la Iglesia Ortodoxa Rusa oficial hay “una comprensión de la necesidad de dar una respuesta eclesiológica teológica adicional al poder cada vez mayor del Anticristo, y a su penetración profunda en la realidad social y natural” (p. 517). Sin embargo, Dugin no reconoce en absoluto el sorprendente hecho de que se registran muchos más santos en el periodo de San Petersburgo que en el período de Moscú[3], que el imperio de San Petersburgo, a pesar de todas sus tendencias occidentalizadoras, llevó la luz de la ortodoxia a muchos pueblos nuevos y protegió a la totalidad de la vasta comunidad ortodoxa, y que la gran gloria del siglo XX, el coro de los santos nuevos mártires y confesores del yugo soviético, fue en gran parte fruto del Imperio y la Iglesia de San Petersburgo.

 

La actitud de Dugin hacia la era soviética es ambigua. Por un lado, no niega los horrores de las persecuciones y el intento de destruir los últimos vestigios de la fe y la piedad ortodoxa. Por otro lado, en marcado contraste con la escatología de la Iglesia Ortodoxa Verdadera, él no ve la revolución de 1917 como el comienzo de los últimos días dada la remoción de “aquel que retiene” y la aparición del “Anticristo colectivo”. (a pesar de que ese término es en origen vetero-creyente). La revolución le parece menos trágica que la fecha que contiene los fatídicos números “666”; el comienzo del cisma de vetero-creyente de 1666. De hecho, ve elementos positivos en el período posterior a 1917, especialmente porque en 1971 el Patriarcado de Moscú (seguido por la Iglesia Rusa en el Extranjero en 1974) eliminó los anatemas sobre el Antiguo Rito.

 

En general, Dugin trata de suavizar las grandes diferencias entre la realidad ortodoxa zarista y la soviética. Por lo tanto, discierne características positivas similares en los eslavófilos prerrevolucionarios y sus seguidores, por un lado, y en los revolucionarios social-revolucionarios, euroasiáticos y bolcheviques nacionales, por el otro. El hecho de que los eslavófilos fueran súbditos fieles del zar ortodoxo, mientras que los euroasiáticos y los bolcheviques nacionales lo fueran de los bolcheviques antiortodoxos no parece ser una distinción importante a los ojos de Dugin, quien, a pesar de su reconocimiento del rol vital del “restrictor” en la historia cristiana, no ha mostrado celo por el monarquismo contemporáneo, sino que ha pertenecido en diferentes momentos al Partido Comunista, a los nacional-bolcheviques y a los euroasiáticos (especialmente a estos últimos, su lealtad más constante)… En cuanto al régimen soviético en sí, Dugin admite que “derrocó a la monarquía y puso a la Iglesia prácticamente al margen de la ley. Pero aquí nuevamente apareció esa idea providencial que es compleja y a menudo inaccesible al humilde razonamiento humano: que los bolcheviques a el nivel secular y con el uso de consignas profundamente ajenas al pueblo establecen de forma extrema un orden marcadamente antioccidental, y la contradicción entre el Imperio Romano de Oriente y Occidente estalló con renovada fuerza en el enfrentamiento entre el socialismo y capitalismo. Por un lado, los bolcheviques eran incluso peores que los Romanov, ya que el ateísmo, el mecanicismo, el materialismo y el darwinismo están mucho más lejos de la verdad que de una cuasi mutilada, Ortodoxia. Por otro lado, incluso a través de los bolcheviques funcionó un poder extraño que asombrosamente recordaba en algunos aspectos al reinado de Iván el Terrible, la oprichnina y el retorno a elementos popular-religiosos arcaicos” (p. 517).

 

Está claro que Dugin tiene una actitud positiva hacia este “poder extraño”. Incluso parece ver en él la trama unificadora de la historia rusa. Aquí llegamos al meollo de la comprensión de Dugin de la historia rusa: que la verdadera ruptura en esa historia se produjo, no en 1917, sino dos siglos y medio antes, y que el "Imperio Romano de Oriente" no solo no llegó a terminó en 1917, sino que de alguna manera misteriosa continuó existiendo bajo el poder soviético y continuó sirviendo a Dios y a la Iglesia Verdadera al oponerse al verdadero Anticristo: el poder estadounidense.

 

Con respecto a la Iglesia, mientras que Dugin les da una ligera regañina a los patriarcas soviéticos comenzando con Sergio (Stragorodsky) por colocar a la Iglesia ortodoxa en sujeción al poder soviético, este acto es considerado no tanto peor que el “completo conformismo espiritual” de los jerarcas de la Iglesia que condenaron el Antiguo Rito en 1666-67 (p. 518). Habiendo absuelto a la Iglesia Ortodoxa Rusa oficial (sergianista) de todo pecado mortal, Dugin considera que la Verdadera Iglesia de Filadelfia del futuro debería combinar la Iglesia oficial, a los Viejos Creyentes y a la Iglesia Rusa en el Extranjero (esto fue antes de la rendición de la Iglesia en el Extranjero a Moscú en 2007): “Por sí solas, las tres corrientes principales de la ortodoxia rusa contemporánea… son insuficientes, pero llevan dentro de sí aspectos separados de la verdad eclesiológica. Los Viejos Creyentes poseen una evaluación correcta del cisma. La ROC[4] tiene el hecho de la presencia del patriarcado ruso, la plenitud jerárquica y la solidaridad nacional con los destinos del Estado ruso a toda costa. Los ‘extranjeros’ poseen el énfasis sobre el papel de la monarquía como ‘aquello que restringe’”. (pág. 519).

 

Y así, más de 560 años después del final del supuesto “reino de mil años de Cristo”, Dugin cree que todos estos elementos sobrevivientes del pasado apóstata soviético han “permanecido fieles a pesar de todo a la Iglesia Verdadera y al Reino Verdadero, el Último Reino de la Santa Rus invicta e indestructible” (p. 521), todo bajo el liderazgo del agente de la KGB que es “todo”, ¡Vladimir Vladimirovich Putin!

 

Es obvio que la "eclesiología escatológica" de Dugin está plagada de inconsistencias. Sin embargo, podemos ver en él una idea general que ha sido adoptada por Putin y que parece haberse convertido en una especie de "ortodoxia" entre los comentaristas y analistas políticos rusos: que el estado actual de la Federación Rusa está legitimado y fortalecido por su unión dentro de sí de todo lo mejor de la historia de Rusia de antes y después de la revolución.

 

Putin, siguiendo la concepción general de Dugin bajo una forma secularizada, se ve a sí mismo como el heredero tanto de los zares rusos como de los comisarios soviéticos, tanto de los comunistas como de los demócratas; él es todo para todos los hombres: un ortodoxo con los ortodoxos, un nacionalista con los nacionalistas, un estalinista con los estalinistas y un demócrata con los demócratas.

 

Sin embargo, hay que hacer una matización importante a esta afirmación. Ni Putin ni Dugin son demócratas liberales. Putin llama a su tipo de democracia “democracia soberana”, en otras palabras, democracia controlada y limitada por un soberano, es decir, él mismo; mientras que Dugin cree en una especie de democracia elemental y “orgánica” que puede tener algunas raíces en la “democracia teocrática” de las comunidades sin sacerdotes[5] del Viejo Creyente, pero que es bastante compatible con una forma de gobierno totalitaria. Porque, como escribe Laruelle,

 

“este tipo de democracia se expresaría tanto en la unanimidad política como en el retorno a una 'jerarquía natural' de castas sociales, y en una corporación (profesional, regional o confesional) que no dejaría espacio para el individuo más allá de la colectividad”.[6]

 

Lo que ninguno de los dos puede tolerar es la forma liberal de democracia basada en los derechos humanos que domina en Europa Occidental y Estados Unidos. Putin ha expresado su apoyo superficial a la democracia liberal y los derechos humanos en el pasado, cuando intentaba unirse a clubes liberales como el G8 y la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, siempre ha sostenido que de la caída de la Unión Soviética a la democracia liberal en 1991 ha habido “una tragedia geopolítica” de primer orden. Que ahora ha entrado en curso de colisión con Occidente en Crimea y Ucrania, su desprecio por el liberalismo occidental es evidente...

 

En Absoliutnaia Rodina, Dugin expresa un odio hacia Estados Unidos tan intenso como para demostrar que, si bien él, junto con la mayoría de sus compatriotas, puede haber abandonado la ideología de la era soviética, de ninguna manera ha sido exorcizado de su espíritu dominante, su odio al enemigo colectivo: “Un país ominoso y alarmante al otro lado del océano. Sin historia, sin tradición, sin raíces. Una realidad artificial, agresiva, impuesta, completamente desprovista de espíritu, concentrada sólo en el mundo material y la eficacia técnica, fría, indiferente, un anuncio que brilla con luces de neón y un lujo sin sentido; oscurecido por la pobreza patológica, la degradación genética y la ruptura de todas y cada una de las cosas y las personas, de la naturaleza y de la cultura. Es el resultado de un puro experimento de los utopistas racionalistas europeos.



Tapa del libro "Absoliutnaia Rodina" (La patria absoluta)


“Hoy está estableciendo su dominio planetario, el triunfo de su forma de vida, su modelo civilizatorio sobre todos los pueblos de la tierra. Y sobre nosotros. En sí mismo y sólo en sí mismo ve ‘progreso’ y ‘normas civilizatorias’, negando a todos los demás el derecho a su propio camino, su propia cultura, su propio sistema de valores.

 

Cuan sorprendentemente preciso nos parece todo esto al recordarnos la profecía acerca de la venida al mundo del Anticristo… El rey del ‘país verde’ de los muertos, que surge del abismo del antiguo crimen…

Terminar con América es nuestro deber religioso…” (pp. 657-658)

 

No en vano Dugin procedía de la familia de un Coronel General del Ejército Soviético, estudiaba en un Instituto de Aviación militar (hasta su expulsión por sus inclinaciones ocultistas) y escribió el manifiesto del líder del Partido Comunista Ruso, Gennady Ziuganov. Su odio por América lo bebe de la leche materna; es el espíritu soviético “puro” que, si bien reconoce la derrota de la Rusia soviética en la Guerra Fría, arde con el deseo de vengar esa derrota, si es necesario en la más caliente de las guerras calientes, el Armagedón nuclear (como Dmitri Kiselev recientemente lo dejó bien claro en la televisión rusa). La única diferencia significativa entre este espíritu y el espíritu de la era soviética es que en esta mutación del virus el “termino” (en otro lugar dice abiertamente “destrucción”) de América no es el “deber patriótico”, sino nuestro “deber religioso”. Porque la principal diferencia entre la Rusia soviética y postsoviética es que la religión ahora se ha integrado en la ideología antiestadounidense dominante. Tal unión antinatural entre el ateísmo militante y la religión fue prefigurada por la alianza de Stalin con la Iglesia ortodoxa oficial en 1943; pero es solo desde 1991, y especialmente desde que Putin (y Dugin) adquirieron mayor relevancia a principios de siglo, que la religión y la política realmente han crecido juntas en la conciencia soviética rusa.

 

Pero, ¿qué religión exactamente? Como hemos visto, Dugin probablemente pertenece a la Iglesia Ortodoxa oficial, pero en su espiritualidad es vetero-creyente (con abundantes mezclas de tonterías esotéricas ocultistas). Este vetero-ritualismo le da a su pensamiento un matiz escatológico, del fin del mundo. Debido a que, a fines del siglo XVII, los viejos creyentes huyeron a los bosques y se inmolaron precisamente para escapar del “Anticristo”: el Estado ruso.

 

Como el p. George Florovsky escribe, “la nota clave y el secreto del Cisma de Rusia no fue el 'ritual' sino el Anticristo, y por lo tanto puede denominarse una utopía socio-apocalíptica. Todo el significado y el pathos de la primera oposición cismática radica en su intuición apocalíptica subyacente (“el tiempo se acerca”), más que en cualquier apego ‘ciego’ a ritos específicos o a pequeños detalles de costumbres. Toda la primera generación de raskolouchitelei [‘maestros del cisma’] vivió en esta atmósfera de visiones, señales y premoniciones, de milagros, profecías e ilusiones. Estos hombres estaban más llenos de éxtasis o poseídos, que de pedantería… Basta leer las palabras de Avvakum, dichas jadeantemente a causa de la exaltación: ‘¿Qué Cristo es este? Él no está cerca; sólo huestes de demonios’. No solo Avvakum sintió que la Iglesia ‘Nikon’ se había convertido en una cueva de ladrones. Tal estado de ánimo se volvió universal en el Cisma: ‘el incensario es inútil; la ofrenda abominable’.

 

El Cisma, un estallido de hostilidad y oposición sociopolítica, fue un movimiento social, pero derivado de la autoconciencia religiosa. Es precisamente esta percepción apocalíptica de lo que ha venido sucediendo, lo que explica el extrañamiento rápido o decisivo entre los cismáticos. ‘Fanatismo en pánico’ es la definición de Kliuchevskii, pero también era pánico ante ‘la última apostasía’…

 

El Cisma soñaba con una Ciudad actual, terrenal: una utopía teocrática y milenarista. Se esperaba que el sueño ya se hubiera cumplido y que el ‘Reino de Dios’ se hubiera realizado en el Estado moscovita. Puede haber cuatro patriarcas en Oriente, pero el único zar ortodoxo está en Moscú. Pero ahora incluso esta expectativa había sido engañada y destrozada.  La ‘apostasía’ de Nikon no inquietó tanto a los vetero-creyentes como la apostasía del Zar, que en su opinión impartió una final desesperanza apocalíptica a todo el conflicto.

 

 ‘En este momento no hay Zar. Un zar ortodoxo se había quedado en la tierra y, mientras él no lo sabía, los herejes occidentales, como nubes oscuras, extinguieron este sol cristiano. Amados, ¿no prueba esto claramente que el engaño del Anticristo está mostrando su máscara?’

 

La historia había llegado a su fin. Más precisamente, la historia sagrada había llegado a su fin; había dejado de ser sagrada y se había vuelto desprovista Gracia. En adelante el mundo parecería vacío, abandonado, abandonado por Dios, y así seguiría. Uno se vería obligado a retirarse de la historia al desierto. El mal había triunfado en la historia. La verdad se había retirado a los cielos brillantes, mientras que el Reino Santo se había convertido en el Zarato del Anticristo…”[1]

 

Sin embargo, a pesar de este apocalipticismo, algunos de los vetero-creyentes llegaron a aceptar el Estado ruso como el imperio ortodoxo legítimo. Es así que, un investigador del Antiguo Rito en la década de 1860, V.I. Kel'siev, afirmó que “la gente sigue creyendo hoy que Moscú es la Tercera Roma y que no habrá una cuarta. Rusia es, pues, el nuevo Israel, un pueblo elegido, una tierra profética, en la que se cumplirán todas las profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento, y en la que aparecerá incluso el Anticristo, como apareció Cristo en la anterior Tierra Santa. El representante de la ortodoxia, el zar ruso, es el emperador más legítimo de la tierra, pues ocupa el trono de Constantinopla…”[2]

 

Dugin ha adoptado esta versión del Antiguo Ritualismo apocalíptico que ha llegado a un acuerdo con el Zar. Solo que el Zar ahora es Putin, y es la Federación Rusa moderna el último reino verdadero en la tierra. Estados Unidos es el Anticristo, y será destruido, si no por las armas nucleares rusas, al menos por la Segunda Venida de Cristo...

 

Si esto parece suicida, entonces debemos recordar que el suicidio en masa era parte de la cultura del Antiguo Ritualismo temprano, como se dramatiza en la ópera Jovánschina de Músorgski … Además, hace algunos años, en Munich, Putin hizo algo que no hizo ninguno de los primeros ni de los más cautelosos líderes soviéticos; reivindicó el derecho de primer golpe en una guerra nuclear… No en vano el presidente ucraniano dijo recientemente que las acciones de Putin podrían conducir al estallido de la Tercera Guerra Mundial; Dugin ha dicho algo similar.

 

 

 

El anticristo americano

 

Dugin presta mucha atención a “la idea americana”, y la analiza en dos componentes: el liberalismo, cuya esencia es el individualismo, y el mesianismo o escatologismo protestante, que es una especie de imagen especular de su escatologismo ruso. El análisis de Dugin del liberalismo estadounidense es interesante. Él lo ve como el enemigo final, algo mucho más que la simple economía del laissez-faire y la democracia política, una ideología que se ha venido insinuando sutil, hábil y persistentemente en todos los países. Su esencia es la promoción del individuo por encima del colectivo en todas sus formas; Los “derechos humanos” son siempre los derechos del individuo frente al colectivo.

 

En una reciente conferencia dada en Suecia[3], Dugin mostró cómo incluso algunos desarrollos sorprendentemente recientes en la ideología liberal, como los derechos de los homosexuales, pueden explicarse en términos de esta enemistad liberal hacia el colectivismo y los colectivos. Ya que el individualismo llevado al extremo niega la relevancia de cualquier hecho que haga que un individuo no sea solo un individuo como cualquier otro, sino también un miembro de un grupo que lo diferencia de otros individuos. Entonces, la religión es irrelevante para los derechos humanos porque diferencia a las personas; también lo es la nacionalidad; también lo es el sexo… Estas identidades colectivas o grupales no sólo son irrelevantes sino que deben ser destruidas: la religión es reemplazada por el ecumenismo, la nacionalidad por el internacionalismo, el sexo por el unisex… “El hombre es la medida de todas las cosas”, como dijo una vez Protágoras, y “el hombre” aquí, según la ideología liberal, se entiende a el hombre como individuo despojado de toda característica diferenciadora…

 

Dugin ve el fascismo y el comunismo como intentos fallidos de contrarrestar al liberalismo al exaltar las nociones colectivistas de la clase trabajadora y la raza aria, respectivamente. El fascismo fue destruido en 1945 y el comunismo en 1991. Dugin afirma no querer volver a ninguna de estas alternativas fallidas. Habla en cambio de una “cuarta vía” o “cuarta teoría”, que está en proceso de desarrollar. Sin embargo, se puede perdonársele a los comentaristas el que piensen que se engaña a sí mismo o a los demás o a ambos en esta afirmación; porque no es solo que su “cuarta vía” hasta ahora desarrollada no contenga alternativas claras y consistentes al individualismo estadounidense o al colectivismo nazi o soviético: él mismo es el que ha hablado sobre crear un “fascismo verdaderamente fascista”…

 

También contenida en la idea americana, según Dugin, está la idea mesiánica de “América, la tierra prometida”, “América, el Nuevo Israel” (las diez tribus perdidas en lugar de los judíos de Judá), “América la Nueva Jerusalén” (George Washington), la “república pura y virtuosa” cuyo “destino manifiesto” es “gobernar el mundo y llevar a la gente a la perfección” (John Adams).

 

Las ideas mesiánicas estadounidense y rusa son diametralmente opuestas, estando “arraigadas en la oposición entre el catolicismo (+protestantismo) y la ortodoxia, el Imperio Romano Occidental y Bizancio. Las formas occidental y oriental del cristianismo constituyen dos opciones, dos caminos, dos ideales mesiánicos incompatibles, mutuamente excluyentes. La ortodoxia se orienta en la transfiguración espiritual del mundo dentro de los rayos de la luz increada del Tabor, y el catolicismo en la reestructuración material de la tierra bajo la dirección administrativa del Vaticano. Los ortodoxos valoran sobre todo la contemplación, los católicos – la acción. La enseñanza política ortodoxa insiste en ‘la sinfonía de los poderes’, que separa estrictamente los principios seculares (el basileo, el zar) y los principios espirituales (el patriarca, el clero). Pero el catolicismo se esfuerza por difundir el poder del Papa en la vida secular, provocando un movimiento inverso y usurpador por parte de los monarcas seculares, que están ansiosos por someter el Vaticano a sí mismos. Los ortodoxos consideran a los católicos como ‘apóstatas’ que se han entregado a la ‘apostasía’; los católicos ven a los ortodoxos como ‘una secta espiritualista bárbara’.

 

Los rasgos más antiortodoxos –hasta el punto de rechazar el servicio [¿obras?] y muchos dogmas– han sido desarrollados hasta el límite por los protestantes…

La historia no es lineal, a menudo hace desvíos, se va al costado, fuerza los detalles, acentúa las paradojas y las anomalías. Sin embargo, una línea axial es evidente. Sin duda existe un cierto ‘Destino Manifiesto’ en el amplio sentido. – Occidente lo atribuye al modelo americano, al estilo de vida americano, a una superpotencia, mientras que en Oriente (en todo caso el Oriente cristiano) se encarna a lo largo de los siglos en Rusia [la sucesora de Bizancio]. La fe socialista en la edad de oro de los soviéticos rusos es como una antítesis absolutamente simétrica del escatologismo de mercado. ‘El fin del mundo’ según el escenario liberal y su opuesto: ‘el fin del mundo’ según el escenario ortodoxo ruso, socialista, euroasiático, oriental. Para ellos este es una completa esclavización y racionalización, para nosotros es una transfiguración y liberación completa.

 

“La lógica de la historia en los más variados niveles ilumina constante e insistentemente el dualismo básico: Estados Unidos y la URSS, Occidente y Oriente, América y Rusia…” (págs. 665, 666)

 

Hay mucho en lo que el cristiano ortodoxo puede estar de acuerdo con Dugin en su análisis de la polaridad entre Oriente y Occidente, y especialmente entre el cristianismo oriental y occidental. Pero cuando en “Oriente” llega a incluir, no solo a Bizancio y la Santa Rusia, sino también al socialismo soviético, esa construcción utópica completamente occidental soñada por un judío alemán en la Sala de Lectura de la Biblioteca Británica, entonces comenzamos a sospechar que esta es la retórica de la Guerra Fría reelaborada para atraer a lectores ortodoxos semi-educados. Y, de hecho, se podría decir sobre todo el proyecto y la ideología de Putin-Dugin lo mismo: es esencialmente una resurrección de la Guerra Fría, su recalentamiento, reencendido y reformulación ideológica como resultado de circunstancias políticas cambiantes. Al romper con el marxismo-leninismo y todo el bagaje del materialismo dialéctico, en el que ya nadie cree más allá de Corea del Norte. Llegan a pensamientos semi-digeridos sobre la luz increada y la sinfonía de poderes, condimentados con la nostalgia por los ‘buenos viejos tiempos’ de las salchichas soviéticas y con una gran dosis de ‘fascismo verdaderamente fascista’ y de histeria colectiva del Viejo Creyente...

 

La ironía, y la hipocresía, es que la Federación Rusa de hoy parece estar muy lejos de proporcionar algún tipo de alternativa ideológica creíble al americanismo. Todos los vicios de Occidente están allí en abundancia. En casi todos los índices sociales (corrupción, desigualdad, suicidio, embriaguez, consumo de drogas, mortalidad infantil, incluso ateísmo), Rusia está muy por debajo de los Estados Unidos y al mismo nivel que los peores países del Tercer Mundo. La iglesia oficial contempla, no a la Luz Divina, sino sus propios saldos bancarios obscenamente inflados. En cuanto a una “sinfonía de poderes” con el Estado, es una broma de mal gusto: la iglesia dirigida por la KGB está completamente subordinada al Estado dirigido por la KGB...

 

Dispensacionalismo protestante

 

Dugin completa su análisis de la idea estadounidense con un estudio esclarecedor del lugar del “dispensacionalismo” en la psique político-religiosa estadounidense. “Existe una enseñanza escatológica protestante especial llamada ‘dispensacionalismo’, de la palabra latina dispensatio, que podría traducirse como ‘providencia’ o ‘plan’. Según esta teoría, Dios tiene un “plan” en relación con los cristianos anglosajones, otro en relación con los judíos y un tercero en relación con todos los demás países. Se considera que los anglosajones son “los descendientes de las diez tribus de Israel, que no regresaron a Judea del cautiverio en Babilonia”. Estas diez tribus “recordaron su origen y aceptaron al protestantismo como su principal confesión”.

 

“El ‘plan’ para los protestantes anglosajones, en opinión de los seguidores del dispensacionalismo, es el siguiente. – Antes del fin de los tiempos debe venir una época de inestabilidad (‘el gran dolor’ o tribulación). En este punto las fuerzas del mal, del 'imperio del mal' (cuando Reagan llamó a la URSS 'el imperio del mal', tenía en mente precisamente este sentido bíblico escatológico), caerán sobre los protestantes anglosajones (y también sobre los demás que han 'nacido de nuevo') y por un corto tiempo reinará la 'abominación desoladora'. El principal antihéroe del 'período de la tribulación' es el 'Rey Gog'. Ahora aquí hay un punto muy importante: esta persona es persistente y constantemente identificada en la escatología de los dispensacionalistas con Rusia.

 

Esto fue claramente formulado por primera vez durante la guerra de Crimea, en 1855, por el evangelista John Cumming. En ese momento identificó al zar ruso Nicolás I con el bíblico 'Gog, príncipe de Magog', líder de la invasión de Israel predicha en la Biblia [Ezequiel 38-39]. Este tema volvió a explotar con particular fuerza en 1917, mientras que en la era de la ‘Guerra Fría’ se convirtió de facto en la posición oficial de la ‘mayoría moral’ de la América religiosa.

 

Dios tiene otro ‘plan’, en la enseñanza de los dispensacionalistas, con respecto a Israel. Por ‘Israel’ entienden el restablecimiento literal de un estado judío antes del fin del mundo. A diferencia de los ortodoxos y todos los demás cristianos normales, los fundamentalistas protestantes están convencidos de que las profecías bíblicas relativas a la participación del pueblo de Israel en los acontecimientos de ‘los últimos tiempos’ deben entenderse literalmente, en un sentido estrictamente del Antiguo Testamento, y que se refieren a aquellos judíos que continúan confesando el judaísmo aún en nuestros días. Los judíos en los últimos tiempos deben volver a Israel, restablecer su estado (esta ‘profecía dispensacionalista’ se cumplió de manera extraña literalmente en 1947) y luego ser sometidos a la invasión de Gog, es decir, los ‘rusos’, ‘los euroasiáticos’.

 

Entonces comienza la parte más extraña del ‘dispensacionalismo’. En el momento de la ‘gran tribulación’ se supone que los cristianos anglosajones serán ‘llevados’ al cielo (el arrebatamiento) – ‘como en una nave espacial o en un platillo’ – y allí esperarán el final del guerra entre Gog (los rusos) e Israel. Entonces ellos (los anglosajones), junto con el 'Cristo' protestante, descenderán de nuevo a la tierra, donde serán recibidos por los israelitas que habían conquistado a Gog e inmediatamente se convertirían al protestantismo. Entonces comenzará el ‘reino de los mil años’ y Estados Unidos junto con Israel gobernarán sin límites en un paraíso estable de ‘la sociedad abierta’ y ‘un mundo uniforme’[4]”. (págs. 667-668)

 

Dugin continúa explicando cómo el dispensacionalismo ha sido difundido y fortalecido por figuras como Cyrus Scofield (de la Biblia de referencia Scofield), Hal Lindsey y Jerry Falwell.

 

 Luego concluye su diatriba contra el Anticristo estadounidense de la siguiente manera: “Llegamos a una imagen terrible (para los rusos). Los poderes, grupos, cosmovisiones y conformaciones estatales que en su conjunto se denominan 'Occidente', y que tras su victoria en la 'Guerra Fría' son los únicos gobernantes del mundo, detrás de la fachada del 'liberalismo' confiesan una armónica doctrina teológica escatológica en la que los acontecimientos de la historia secular, el progreso tecnológico, las relaciones internacionales, los procesos sociales, etc. se interpretan bajo una perspectiva escatológica. Las raíces civilizatorias de este modelo occidental se remontan a la más profunda antigüedad y, en cierto sentido, aquí se ha conservado un definido arcaísmo hasta nuestros días en paralelo a la modernización tecnológica y social. Y estos poderes nos identifican persistente y consistentemente, los rusos, con ‘los espíritus del infierno’, con las ‘hordas demoníacas del rey Gog de la tierra de Magog’, con los portadores del ‘mal absoluto’. La referencia bíblica a los apocalípticos ‘príncipes de Ros, Mesech y Tubal’ se interpreta como una referencia inequívoca a Rusia: 'Ros' (= ‘Rusia’), 'Meshech' (= ‘Moscú’) y ‘Tubal’ (= el antiguo nombre de Escitia). En otras palabras, la rusofobia de Occidente y especialmente de los EE.UU. de ninguna manera procede de una preocupación farisaica por “las víctimas del totalitarismo” o los notorios “derechos del hombre”. Estamos hablando de una demonización doctrinal consistente y ‘justificada’ de la civilización de Europa del Este en todos sus aspectos: histórico, cultural, teológico, geopolítico, social, económico, etc.” (págs. 669-670)

 

Dugin ha llevado a cabo una talentosa crítica feroz sobre el escatologismo protestante estadounidense. Sin embargo, si rechaza la interpretación protestante de la profecía, debería, como supuesto creyente ortodoxo, tiene que poder darnos una interpretación ortodoxa; pero él no lo hace. Además, no tiene en cuenta el hecho llamativo de que, cualesquiera que sean los defectos de la visión escatológica estadounidense, la profecía de Ezequiel sobre Gog y Magog parece señalar a Rusia dentro de su contexto geográfico...

 

Los más antiguos exegetas colocaron a Gog en la región al norte del Mar Negro, que ahora es el sur de Rusia y Ucrania.[5] Algunos colocan a Gog en Armenia. De ahí que Plumptre escribe: “El nombre Gog parece encontrarse en el nombre Gogarene, un distrito de Armenia, al oeste del Caspio (Estrabón, XI, 528)”.[6] En todo caso, “Gog” parece ser el nombre de un hombre, el Anticristo, según el bienaventurado Jerónimo, mientras que “Magog” (el nombre aparece por primera vez en Génesis 10,2 como hijo de Jafet) es su pueblo o su ejército.[7] Josefo, seguido por San Andrés de Cesarea, dice que Magog fue el antepasado de los escitas, quienes también habitaron originalmente el área del Mar Negro.[8]

 

Las tierras sobre las que Gog gobierna se llaman “Ros, Mesec y Tubal”. “Ros” en el griego del Antiguo Testamento griego, la Septuaginta, es el nombre antiguo de Rusia.[9] La identificación con Rusia se ve reforzada por el hecho de que se dice que Gog y Magog provienen del “extremo norte” “durante los últimos tiempos” (Ezequiel 38.6, 39.2). “Meshech” puede referirse a Moscú, según algunos comentaristas[10], y “Tubal”, según el bienaventurado Teodoreto de Ciro, a Georgia.[11]

 

En su comentario sobre Ezequiel, M. Skaballanovich cita, contra la identificación con Rusia, la observación de un erudito alemán: “Los rusos no pueden ser incluidos entre los enemigos del Reino de Dios”. Pero esa observación se hizo antes de la Primera Guerra Mundial: un siglo después, tras la mayor persecución de los cristianos ortodoxos de la historia, la idea de que los rusos del régimen neosoviético de Putin o su sucesor pudieran ser incluidos entre los enemigos de Dios es mucho más plausible, y especialmente desde un punto de vista ortodoxo. Además, los aliados y oponentes de Gog en su invasión del Medio Oriente encajan bastante bien con el actual sistema de alianzas en la región. Por lo tanto, se puede discernir una correspondencia aproximada entre los aliados de Gog en forma de los armenios (“Togarmah”[12]), los persas chiítas y los libios, por un lado, y sus enemigos en forma de Israel y los musulmanes sunitas de Turquía. y la península arábiga (“Sheba” y “Dedan”[13]), por el otro. Estas dos coaliciones ya están librando una sangrienta guerra de poder en Siria, y es completamente factible que Putin, quien declaró en agosto de 2013 que “destruiría” a Arabia Saudita, intente llevar a cabo su amenaza con una invasión al Medio Oriente..

 

Los nombres “Gog y Magog” también aparecen en el capítulo veinte del Apocalipsis de San Juan. Hay dos diferencias importantes entre las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento. La primera es que mientras el Gog y el Magog de Ezequiel provienen del “extremo norte”, los de San Juan provienen de “las cuatro partes de la tierra”. La segunda es que mientras que a la destrucción de Gog y Magog de Ezequiel le siguen varios años más de vida terrestre, a la descripta en San Juan le sigue el Juicio Final. Así que el Gog y Magog de Ezequiel vienen antes en la historia terrestre que San Juan. Evidentemente, sin embargo, son espiritualmente afines; ambos representan poderes anticristianos, quizás los anticristos, el colectivo (soviético) y el personal (judío) respectivamente.

 

Conclusión: La Amenaza

 

Estas interpretaciones son, por supuesto, especulativas; pero la amenaza planteada por el escatologismo Neofascista-Neosoviético-Neoviejo Ritualista de Dugin no lo es. Putin es casi con certeza un hombre más pragmático, menos motivado ideológicamente que Dugin, quién no lanzara a sus ejércitos sobre el Medio Oriente o contra Occidente tan solo para justificar la interpretación de las profecías de Dugin o de cualquier otra persona. Sin embargo, ha favorecido a Dugin y ciertamente está muy contento de utilizar el sentimiento religioso, por muy equivocado que sea, para fortalecer su propia popularidad. No hay duda de que le encantaría vestirse con las vestiduras de un Zar Blanco Ortodoxo Ruso que va a la batalla por la Santa Rusia en contra el Anticristo judeoamericano. Y tampoco hay duda, lamentablemente, de que muchos ortodoxos, tanto en Rusia como en el extranjero, estarán felices de verlo cumpliendo en ese papel. Los comentaristas occidentales han reconocido que el escatologismo evangélico estadounidense es un factor importante que influye en la política exterior estadounidense.[14] No hay razón para que el escatologismo ortodoxo ruso (o soviético o viejoritualista) no reciba la misma atención y reconocimiento.

 

19 de abril / 2 de mayo de 2014.

  Nuevo Hieromártir Víctor, Arzobispo de Vyatka





[1] El mejor de estos artículos que el presente escritor ha leído es el de Marlene Laruelle. “Aleksandr Dugin: A Russian Version of the European Radical Right?”, Occasional Paper # 294 (2005), Woodrow Wilson International Center for Scholars, Washington, D.C.

[2] Moscú: Arktogeia, 1999.

[3] El arzobispo Natanael (Lvov) de Viena escribió: “En el siglo del blasfemo Pedro, hubo muchos más santos en Rusia que en el siglo de los piadosos zares Alexis Mijáilovich y Teodoro Alexeyevich. En la segunda mitad del siglo XVII, casi no hubo santos en Rusia. Y la presencia o ausencia de santos es el signo más confiable del florecimiento o, por el contrario, de la caída del nivel espiritual de la sociedad, el pueblo o el Estado”; “O Petre Velikom” (“Sobre Pedro el Grande”), Epokha (La Época), № 10, 2000, no. 1, pp. 39-41)

[4] Nota de traductor – Russian Orthodox Church; siglas en inglés para la Iglesia Ortodoxa rusa

[5] Las comunidades de los Vetero-creyentes sin sacerdote, como las del Rio Vyg en el norte, eran casi comunas democráticas, al no tener sacerdotes y sin reconocer autoridad política alguna, no muy diferentes de las comunidades puritanas contemporáneas en América del Norte. Y gradualmente, en los escritos, por ejemplo de Semeon Denisov, uno de los líderes de la comunidad de Vyg, desarrollarían una nueva concepción de la Rusia Santa, según la cual la verdadera Rusia residía, no en el Zar y la Iglesia, ya que ambos habían apostatado, sino en el pueblo llano. Como escribe Sergio Zenkovsky, Denisov “transformó la antigua doctrina de un Estado cristiano autocrático en un concepto de una nación cristiana democrática”; Geoffrey Hosking, Russia: People and Empire, 1552-1917, Londres: Harper Collins, 1997, p. 72).

[6] Laruelle, op. cit., p. 14

[7] Florovsky, Ways of Russian Theology, Belmont, Mass.: Nordland, parte I, 1979, pp. 98, 99.

[8] Hosking, op. cit., p. 73.

[9] Dugin, “Eurasianism and the political evolution to the Fourth Theory”, http://www.youtube.com/watch?v=JZxLxN77lF0.

[10] Nota del traductor – “Open Society” como “One World” son emblemas del globalismo, el primero hace alusión a la Sociedad Abierta que proponía Karl Popper, y el segundo, que puede traducirse como “Un mundo único” o simplemente “Un mundo”; donde se hace explicito el paradigma surgido de la caída del muro de Berlín y al fin de las brechas ideológicas y económicas entre las naciones a partir del fin de la Guerra Fría, donde ya no existe “segundo mundo” o “tercer mundo”; sino un mundo uniforme, único, donde la democracia y el librecambio irrestrictos reinan sobre todo el orbe.

[11] Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, VI, 1; San Proclo de Constantinopla, en Socrates, Historia Eclesiástica, VII, 41.

[12] Plumptre, The Bible Educator, Londres: Cassell, Petter & Green, vol. III, p. 251.

[13] Bienaventurado Jerónimo, Interpretación del Apocalipsis, 20.7

[14] Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, VI, 1. “Algunos piensan – escribe san Andrés de Cesarea en su comentario sobre el Apocalipsis – que Gog y Magog son los pueblos lejanos de los Escitas, o, como los llamamos, los hunos”. Los hunos también provienen de las estepas euroasiaticas. 

[15] Es así que san Focio el Grande usa la misma palabra cuando se refiere al ataque ruso sobre Constantinopla en el año 860. Véase también lo expresado por el obispo san Ignacio Brianchaninov: “En los capítulos 38 y 39 del Profeta Ezequiel se describe el poder y la numerosidad de un pueblo del norte llamado Ros; este pueblo debe alcanzar un enorme nivel de desarrollo material antes del fin del mundo y, para tal fin, acabará con la historia errante de la raza humana en la Tierra...” (Carta a N.N. Muraviev-Karsky, 14 de mayo de 1863)” (Letter to N.N. Muraviev-Karsky, May 14, 1863)

[16] Plumptre (op. cit.) escribe: “[Mesec se] identifica generalmente con los Moschi, una raza que habitaba parte del país entre el Mar Negro y el Mar Caspio y que fue sometida por Tiglatpileser I. Eran vecinos de Tubal, una raza dedicada al comercio del hierro, una rama del comercio por la cual la costa sureste del Mar Negro fue famosa desde la antiguedad. Se piensa con justa probabilidad que el nombre Moscovia se derive de Mesec (Rawlinson, Ancient Monuments ii. 65).” Henry Morris (The Genesis Record, Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1976, pp. 247-248) creé que Mesec (or Mosoch) se refiere a Moscu.

 bienaventurado Teodoreto, Comentario sobre Isaías, 66.19.

[17] Hengstenberg, en A. Lopukhin et alli, Tolkovaia Biblia, vol. I, San Petersburgo, 1904-13, Estocolmo, 1987, p. 446.

[18] Gary Stearman, “The Mystery of Sheba and Dedan”, http://www.theendtimesobserver.org/archives/index.php?id=39

[19] Stearman, op. cit.; Fred Zaspel, “The Nations of Ezekiel 38-39”, http://www.biblicalstudies.com/bstudy/eschatology/ezekiel.htm.

[20] Véase Walter Russell Mead, “God’s Country?”, Foreign Affairs, Septiembre/Octubre, 2006, p. 39; Philip Giraldi, “Old Testament Armed Forces”, The American Conservative, 12 de Febrero, 2014, http://www.theamericanconservative.com/articles/old-testament-army.

 

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