lunes, 5 de octubre de 2026

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; EL ANTICRISTO (PARTE XIII)

  padre Serafín Rose


Y esto nos lleva al estado espiritual del hombre moderno, que, aun sin encontrarse necesariamente bajo la influencia directa del ocultismo o del arte moderno, se halla, sin embargo, en ese mismo estado que el ocultismo y el arte moderno expresaron.

El fenómeno puede observarse en algunas breves páginas de un libro de otro alemán, que en realidad es un judío, que se convirtió al catolicismo, que quedó completamente desengañado de la Europa moderna, por lo que abandonó la ciudad y se trasladó a la orilla de un lago en Suiza, donde, según tengo entendido, todavía vive. Su nombre es Max Picard y escribió un libro, La huida de Dios, en el que describe cómo la vida del hombre moderno, especialmente la vida en las ciudades, se ha convertido en una verdadera evasión de la realidad y de Dios. Tras la Segunda Guerra Mundial, escribió un segundo libro, Hitler en nosotros mismos. En él, expone con gran claridad cual qué era lo que se encontraba detrás de todos estos movimientos.

Durante un viaje a Alemania en 1932, el dirigente de un influyente partido político vino a verme para preguntarme cómo había sido posible que Hitler adquiriese semejante relevancia y consiguiese tantos seguidores. Señalé una revista que estaba sobre la mesa y le dije que la mirara. En la primera página había una bailarina semidesnuda; en la segunda, unos soldados hacían ejercicios con una ametralladora y, más abajo, aparecía un científico en su laboratorio; la tercera mostraba la evolución de la bicicleta desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, y junto a ella se había impreso un poema chino; la página siguiente estaba dividida entre los ejercicios gimnásticos de unos obreros durante su descanso y la técnica de escritura mediante cuerdas anudadas de una tribu indígena sudamericana; en la página opuesta aparecía el senador Fulano de Tal durante sus vacaciones de verano.

»“Así”, dije, “es cómo el hombre moderno aprehende las cosas del mundo externo de sí. El hombre moderno arrastra todo hacia sí caóticamente y sin cohesión; esto muestra que su propia vida interna es un caos carente de cohesión. El hombre moderno ya no se enfrenta a las cosas del mundo como cosas que existen sólidamente, ni las cosas se registran individualmente en su mente; tampoco se dirige hacia una cosa determinada mediante un acto igualmente determinado. El hombre moderno, con su caótica vida interior, tiene frente a sí un mundo exterior correspondientemente caótico que se arremolina en torno a él. Lo que está por llegar ya no se observa con escrutinio; basta con que algo, cualquier cosa, esté por llegar. A este tumulto inconexo se le podría sumar cualquier cosa y cualquiera – Adolf Hitler, también: se mete en un hombre sin que éste se percate de cómo llegó ahí; a partir de ese momento, ya no depende de la víctima, sino de la habilidad de Adolf Hitler, que se limite a pasar por la mente de ese hombre o termine apoderándose de ella. (…)”

La naturaleza inconexa de una revista, empero, parece anticuada, casi artesana, comparada a la radio. En la radio, la producción de la inconexión se ha mecanizado: 6:00, ejercicios gimnásticos; 6:10, música grabada; 7:00, noticias; 8:00, curso de alfabeto Morse; 9:00, sermón matutino; 9:30, “En la aldea de los pueblos lacustres”; 10:00, sonata de Beethoven para flauta y piano; 10:30, lección de agricultura; 10:45, noticias del mundo; 11:00, obertura de Rienzi, de Wagner; y así sucesivamente hasta el curso de español de las 22:10 y la hora de jazz de las 22:30. (…)

Este mundo de la radio no es solo inconexo: produce desconexión. Presenta todas las cosas de tal manera que, desde el primer momento, ninguna guarda relación con las demás y, por ello, son olvidadas una tras otra antes incluso de haber desaparecido; desde el comienzo están envueltas en una bruma de olvido. Este mundo exterior presupone que la mente del hombre ya no es capaz de percibir las cosas del mundo dentro de contexto alguno – tal como son, es decir, tal como perduran y tal como, por su propia naturaleza, se encuentran relacionadas unas con otras – más bien opera primariamente hacia la discontinuidad interna, hacia la inconexión del hombre, y con ello trabaja. (…)

Ya no hay un mundo externo que pueda ser percibido, pues todo es amasijo – de forma similar, ya no hay en el hombre una mente capaz de percibir con claridad, porque su mundo interno es también un amasijo. Así, el hombre ya no se aproxima a los objetos mediante un acto de voluntad; ya no escoge los objetos del mundo externo y ya no los examina: el mundo es fluido; objetos inconexos fluyen a través del hombre inconexo. Ya no importa qué sea lo que pase ante él; lo único que importa es que pase algo. En este desfile puede colarse cualquier cosa, incluso Adolf Hitler; y se prefiere que al menos él, Adolf Hitler, aparezca antes que no aparezca nada. “Heil” a él; pues no sólo desfila como parte de la mezcolanza, sino que además procura que el desfile no se detenga: mecaniza el flujo de los acontecimientos y de las cosas como si se tratara de una cadena de montaje, y lo hace mejor que nadie. (…)

La Gran Ciudad es la expresión de lo inconexo como tal. En ella, lo inconexo se ha hecho piedra; más aún, hormigón. Las hileras de casas se ven constantemente interrumpidas por el movimiento de automóviles, tranvías y trenes que atraviesan todo a su paso como máquinas. Las figuras humanas parecen disolverse en manchas indistintas que se precipitan de un lado a otro entre las paredes de las casas y las calles, como peones de poderes malignos. El propio cielo parece hallarse más alejado de la tierra que en cualquier otro lugar, e incluso él ha perdido su continuidad consigo mismo, pues constantemente es acuchillado por aviones de siluetas cortantes. (…)

Desde este caos exterior, pues, Adolf Hitler podía introducirse fácilmente en el caos interior; en medio de esta inconexión podía aparecer junto a cualquier cosa porque encajaba con cualquier cosa: tal como era, encajaba perfectamente en todo lo inconexo. (…)

Y conforme se mostraba una y otra vez en este caos, devino más distinguido que el resto de partes del caos; uno se acostumbró a él y lo aceptó como uno acepta una pasta de dientes que aparece una y otra vez en el caos de las páginas de anuncios. Pronto apareció como la única realidad en un mundo en que todo lo demás se manifestaba tan solo para desvanecerse de nuevo inmediatemente. (…)

Sorel cree que, en una democracia moderna, es posible que un puñado de hombres se apodere de los instrumentos del poder y establezca una dictadura. Es cierto. Pero sólo es posible porque hoy todo el mundo se desliza hacia cualquier cosa; y así, uno puede deslizarse hacia los resortes del poder sin siquiera percatarse, mientras los demás se percatan aun menos. No es necesario realizar ningún esfuerzo especial; no es preciso luchar por los instrumentos del poder: basta con apoderarse de ellos, como uno se apodera de cualquier otra cosa en medio del caos por el que se va deslizando. Que esto ocurra precisamente en el terreno de la política es un mero accidente; en este mundo de lo momentáneo y lo inconexo bien podría haberse tomado cualquier otra cosa en lugar de la política y la dictadura. Aquí no existe una historia de la toma del poder; ninguna historia, ninguna teoría, ninguna doctrina cuenta, salvo la teoría y la doctrina del caos. (…)

Hitler no tuvo necesidad de conquistar nada; todo había sido conquistado de antemano para él por la propia estructura de la discontinuidad, por la inconexión general. Como consecuencia de ello, un dictador semejante lo intenta compensar con aquella farsa del Mein Kampf, que en realidad no había sido necesaria para alcanzar el poder: ahora que posee el poder, se esfuerza, mediante todos sus gestos, mediante todo el estrépito del poder, mediante la violencia y el asesinato, por demostrar que es dictador motu propio y no por un accidente del caos».1

Nosotros, hoy, vivimos en el mismo tipo de mundo. Nosotros, la gente corriente, vivimos en medio de esta fragmentación y nos hemos acostumbrado precisamente a este fenómeno, visible por todas partes a nuestro alrededor. Periódicos, radio, televisión, películas: un todo que se orienta como piezas que no encajan entre sí. No hay Dios: no hay un patrón subyacente y dominante en todas las cosas; sin Dios ya no hay orden. Y el orden que vemos en nuestra vida solo son las rémoras de un tiempo pasado en el que la gente aun creía en Dios. Por esta razón, Solzhenitsyn afirmó, contemplando a los Estados Unidos: «Esto llegará aquí también (la revolución comunista)».

Estáis desconectados, no lo veis. Pero está llegando aquí porque eso es lo que está sucediendo en el mundo. Y, por supuesto, los estadounidenses estamos cegados porque estamos acostumbrados a tener nuestra comida...

[Padre H]: Estamos protegidos.

[Padre S]: ... y muy desconectados de la realidad. La realidad es que lo que está ocurriendo a escala mundial ya está sucediendo también aquí2. Estos hombres locos, que en realidad no están locos, dicen aquello que el diablo nos está preparando.

En el arte moderno, como hemos visto, encontramos, por una parte, este caos, esta fragmentación; y, por otra, como también señaló Sedlmayr, la calma artificial de la arquitectura. Contemplamos la ciudad moderna y vemos esos enormes rascacielos —hay uno en San Francisco— construidos enteramente de cristal negro. He conocido personas que los contemplan y dicen: «¡Oh, es hermoso! Expresa el alma; eso es precisamente lo que buscamos». Y, por supuesto, quien habla así está perfectamente en sintonía con el espíritu de la época.

Lo que realmente expresa es: no hay Dios, todo está desconectado. Todo lo que queda es una suerte de inmenso mausoleo, ¿a qué?, a la ceguera. Y dentro cuelgan estos cuadros demenciales de alguien que se ha vuelto loco, o se llenan de cuadros de simios, de niños, de gentes primitivas, y así.

De esto ha emergido, por cierto, en los últimos años – desde 1945 especialmente – un nuevo tipo de movimiento en el arte, este expresionismo salvaje del que empiezan a emerger personas, esto es, formas. Por desgracia, no tenemos ejemplos de él aquí.

Hay un artista llamado Francis Bacon. Esto se acerca mucho. Parece uno de los cuadros de Bacon... aunque éste es de Goya. Ya entonces Goya estaba anticipando algo semejante. Hay otro, llamado Giacometti, el escultor italiano, que hace esas figuras tremendamente altas; son, en cierto modo, muy semejantes a ésta de aquí: una especie de caos absoluto del que comienza a emerger algo parecido a una forma humana, sólo que es así: inhumana, como una máscara o una figura deforme; una especie de cosa encorvada, a la que quizá le falta un brazo o le faltan las piernas. Su rostro mira fijamente hacia delante, como hacia la nada. No hay expresión, ni esperanza, ni desesperación; solo un «¡Uh!». Hoy hay muchos pintores de este tipo.

Escultura de Alberto Giacometti (1901 – 1966) de nombre Walking Man I (1960)

Pero ésta es, aparte del surrealismo, la otra corriente persistente de la pintura que ha surgido, tanto en la pintura como, en menor medida, en la escultura. Y sus figuras son sencillamente aterradoras. Sólo mirarlas produce espanto, como si hubiesen sido desfiguradas por la guerra o algo semejante: son sencillamente horribles.

Aparece luego también este presentimiento de algo que ha de venir, una especie de expectativa quiliasta, la sensación de que quizá ahora entraremos finalmente en una nueva era. Hay un pintor católico cuyo nombre se me escapa en este momento3, sobre del cual, hace unos veinte años, – al mencionar lo que este hombre retrataba – Jacques Maritain, Gilson y todos los humanistas católicos decían algo así como: «Esto parece la nueva iconografía del catolicismo». Y observas la pintura, y es terrorífica. Es como un combine; bueno, es más expresionista, como una suerte de transfiguración. En todas estas figuras distorsionadas, en las que apenas se pueden reconocer seres humanos, que todos sus cuadros son considerados como arte religioso, así es que va a haber un nuevo arte religioso.

Los artistas de hoy abordan con frecuencia temas religiosos, y estas formas vuelven a aparecer, pero bajo la figura de una especie de seres demoníacos. Por ejemplo, cuando yo estudiaba en Claremont había allí un escultor. He olvidado su nombre, pero creó una escultura de Cristo ascendiendo. Era la figura de un muerto resucitado. Se podía ver que estaba completamente deformado, todavía muerto, pero que algo lo estaba levantando. En otras palabras, probablemente un demonio estuviera a punto de apoderarse del cuerpo.

Y algunos dicen: «Esto es hermoso. El artista retoma el tema religioso, demostrando así su creencia en la resurrección». Pero lo que cree, en si, es en una suerte de resurrección obrada por los demonios. El cuerpo se nos figura muerto y, deformado, como en transito hacia una vida distorsionada. Este escultor también creó otra obra: una crucifixión, que representaba fielmente la crucifixión de un demonio, que yacía sobre una imagen tenebrosamente retorcida en la cruz.

Quizás este movimiento no fue tan fuerte como el quiliasmo, pero sigue siendo una suerte de indicación de que, del nihilismo de las guerras y las revoluciones, la humanidad sigue alelando algún tipo de humanismo. Aunque ya es algo que bien se podría llamar como «subhumano».

Existe asimismo una corriente de esperanza entre los profetas de nuestro tiempo. Ya hemos analizado el optimismo de Teilhard de Chardin, quien afirma que el fascismo y el comunismo, a pesar de todos sus crímenes, son momentos pasajeros: La evolución no tiene en cuenta al individuo, solo la especie. Mientras el hombre sobreviva, ¿a quién importan los cien millones en campos de concentraciones? El hombre sobrevivirá y la especie evolucionará hacia algo más elevado.

Así que tenemos muchos profetas, pero hablaremos solamente de dos o tres. Ya he mencionado a Teilhard de Chardin. Otro es un personaje extraño de Rusia llamado Fiódorov, cuyos escritos pasaron casi inadvertidos en su época y sólo fueron publicados después de su muerte; sobrevivió hasta las primeras décadas del siglo XX. Dostoievski, Tolstói y Soloviov quedaron fascinados por este personaje.

Fiódorov era un hombre de ideas extrañas, y sus escritos apenas eran conocidos en inglés hasta que se publicaron selecciones de ellos en 1965, entre otras, en una antología de pensamiento religioso ruso editada por Alexander Schmemann. tradujo setenta páginas de este hombre, por primera vez en inglés. Debe pensar que es muy significativo.

Fiódorov es uno de quien se puede decir que está desilusionado con los ideales revolucionarios, con que todo esté en el futuro. Porque eso significa que la gente del presente y la gente que ha sufrido en el pasado son solo el estiércol para el paraíso futuro. Y no podía soportar eso. Y, por tanto, se le ocurrió que el deber de la humanidad es resucitar a sus ancestros mediante la ciencia. Naturalmente, no se sabe cómo habría de ponerse exactamente en práctica esta idea. En su opinión, había que tener confianza en la ciencia, en su desarrollo, y prepararse para el gran evento en el que todos los ancestros serán resucitados y todo el mundo entrará en este paraíso.

Y vemos que hoy en día tenemos la nueva ciencia de la criogenia, esto es, la gente se congela con esperanza de que serán resucitados en algún día futuro en que su enfermedad será curada. Pero, considerada en sí misma, esta es una idea quiliasta. Algunos se dicen: «volveré a la vida en el futuro». Fiódorov expresó este pensamiento en forma de una profecía: en el futuro, la gran tarea de la humanidad —su libro se llama La tarea común— será la resurrección de los antepasados. Por supuesto, es una fantasía disparatada, pero encaja mucho, ya sabés, con lo que hará el Anticristo: resucitará personas y conseguirá que parezca una resurrección; podrá introducir demonios en ellas y hacer que vuelvan a caminar, como cadáveres ambulantes.

Y observad, por cierto, que en la ciencia ficción se repite el mismo tema. En las películas de ciencia ficción hay una especie de extraterrestres procedentes del espacio exterior que vienen, se apoderan del cuerpo de alguien y luego andan por ahí como zombis. Se ven estas cosas incluso en los anuncios: esos niños venidos del espacio, o niños poseídos por algún ser del espacio exterior, con los ojos muy abiertos, mirando fijamente al frente: es el mismo espíritu. De hecho, la totalidad de la ciencia ficción es quiliástica: una raza superior, un Superhombre, que llegan del espacio exterior.

Así que ahí tenemos a Fiódorov, un profeta loco, pero muy en consonancia con el espíritu del nuevo reino de este mundo, fuera, por supuesto, de los límites del cristianismo, porque nosotros creemos en la verdadera resurrección, no por medio de la ciencia, sino por Dios mismo.

D.H. Lawrence, Henry Miller y la pornografía

Tenemos el caso también de D H. Lawrence que estaba imbuido de esta idea de una suerte de retorno al paganismo de la tierra. Y llegó incluso a proporcionar algo así como una fundamentación filosófica para la sexualidad, aunque sus novelas no son obscenas; bueno, con la excepción de El amante de Lady Chatterley, que no es precisamente muy buena. Pero lo que aparece constantemente en ellas es este énfasis en lo terrenal, en la expresión abierta de la sexualidad. Y tiene estos héroes. Siempre habla de matrimonios infelices porque uno de los dos es muy terrenal, mientras que el otro piensa demasiado; y esta es precisamente la enfermedad de los tiempos modernos: pensar demasiado.

Por eso tiene un relato acerca de un hombre y una mujer que se divorciaron; la mujer huyó, o algo así, a los Mares del Sur. Allí todo es soleado y luminoso. El Sur representa a lo terreno. El hombre parte en su busca y se establece entonces un contraste. Ella se encuentra en algún lugar, sobre una roca en los Mares del Sur, desnuda, tomando el sol, toda morena y semejante a una diosa. Él, por contraste, está completamente pálido; como la mayoría de los europeos del norte, es absolutamente pálido, demacrado y afeminado.

Ella posee fuerza porque pertenece a la tierra, porque es terrenal. Cree en la expresión plena de la sexualidad. Él, en cambio, tiene toda clase de inhibiciones: «No puedes hacer eso; no, no, no». De este modo, Lawrence presenta un contraste muy marcado con respecto a lo verdaderamente terrenal.

Leyó a Nietzsche; sabía que el nuevo Superhombre sería de la tierra, eso es lo que Nietzsche decía: el nuevo Superhombre vendrá de la tierra. Y, por tanto, todas estas historias, todo tiene que ver con considerar el cristianismo como afeminado, débil, como decía Nietzsche. Todo lo que tiene que ver con el paganismo es fuerte. De ahí que en sus obras recurría a toda clase de imágenes primitivas, especialmente — en ciertos casos — a las vinculadas al África negra. Lawrence sentía fascinación por los dioses africanos. Y sus héroes tienen estas estatuas, estas crudas estatuas africanas que simbolizan el hecho de que han despertado de todos estos prejuicios. Todas las inhibiciones del cristianismo son arrojadas, el hombre deviene libre. Y entonces se pude ver que no hay ninguna ley particular. Si uno está casado o soltero, da igual. No llegó a abrazar la homosexualidad. Simplemente pensaba que el sexo normal debería ser expresado libremente.

Incluso tiene una historia terriblemente blasfema que yo, incluso antes de convertirme a la ortodoxia, no pude terminar de leer. Es la historia de la resurrección de Jesucristo. O mejor dicho, la historia de si resucitó de entre los muertos o simplemente bajó de la cruz y se dio cuenta de que no había funcionado. Y entonces empieza una aventura con María Magdalena y descubre el sentido de la vida. Esta historia está escrita con tanta crueldad y blasfemia que incluso a un no cristiano le resulta difícil de leer. Ese es el nivel al que llega, pero es un escritor muy poderoso. Casualmente, hice un curso sobre seis u ocho escritores famosos, y él estaba entre ellos. Creo que ni siquiera Hemingway estaba en la lista, pero Lawrence sí. Su obra es importante para nosotros porque es muy reveladora. Es un ejemplo paradigmático de la predicación neopagana.

Y tuvo un seguidor, otro escritor llamado Henry Miller, que era un tipo muy pragmático. Era un americano que murió hace unos pocos años. Vivía en Big Sur y era el típico bohemio moderno, libre de todo tipo de prejuicio, etc. En la década de 1920, si no me equivoco, fue a París, como muchos jóvenes intelectuales occidentales, incluido Hemingway. París era entonces considerada la capital mundial del arte. Allí se aprendían las tendencias artísticas. Miller ya no era joven. Tenía unos treinta y cinco años cuando decidió dedicarse al arte, fue a París y comenzó una vida de exilio, escribiendo novelas. Su principal influencia fue D.H. Lawrence. En esencia, estuvo influido por D. H. Lawrence, quien acentuaba la idea de la realidad material de este mundo, de la tierra, del paganismo, del sexo, y empezó a escribir estas novelas que fueron prohibidas en América hasta muy recientemente. Fueron publicadas en Francia. De hecho, creo que conocí a alguien que tenía una librería en San Diego que fue arrestado por venderlas debajo del mostrador hará unos quince años. Naturalmente, desde entonces las cosas han cambiado y hoy se publican sin problemas, considerándose incluso algo anticuadas.

D. H. Lawrence murió hacia 1930, pero Henry Miller seguía activo en la década de 1960, cuando yo vivía en California. Por entonces yo todavía no había ingresado en el monasterio. Mi madre vivía en Carmel, y él seguía siendo en aquellos años una atracción turística en Big Sur. Se había retirado allí con algunos discípulos a su alrededor, que lo veneraban como a una especie de rey.

Lo que escribe Henry Miller no es, en realidad, mucho más que novela pornográfica, compuesta de palabras de cuatro letras y de experiencias sexuales descritas de manera explícita. Este tipo de literatura se ha vuelto hoy común, y todo el mundo escribe de esta manera. Desde este punto de vista, es un hombre típicamente moderno e ilustrado, un paso por delante de Hemingway y lleno de este espíritu anárquico, el mismo del que hablara Fourier: dad rienda suelta a las pasiones y llegará el paraíso.

Pero esto es muy interesante porque, en aquel mismo tiempo en París, Nicolás Berdiaev lo conoció, o leyó sus libros. Berdiaev vivía en París como exiliado, y estaba muy interesado en todas las manifestaciones modernas de la cultura. Así que leyó a Henry Miller, no sé cómo, si en inglés o no. Berdiaev era un anarquista consumado, sabéis. Deseaba el derrocamiento de la Iglesia y la liberación del hombre espiritual.

Así pues, leyó a este anarquista estadounidense, Henry Miller, que creía en la libre expresión de uno mismo: sin importar qué hubiera dentro, basura o cualquier otra cosa, había que expresarlo. Creo que Berdiaev sólo leyó uno de sus libros, pero después de hacerlo exclamó: «Al terminar esta novela, siento como si mi mundo se estuviera disolviendo. ¡Anarquía absoluta! ¡A este hombre habría que quemarlo!».

Berdiaev no podía soportarlo, porque afirmaba que allí todas las pasiones quedaban liberadas. Para el filósofo ruso era demasiado, porque desde esa perspectiva el hombre no es más que la expresión absoluta de cualquier cosa que emerja de su propia naturaleza. Una vez que se adopta semejante filosofía, todo comienza a disolverse. Ya no queda nada y uno mismo termina disolviéndose también.

A veces Berdiaev tenía observaciones bastante certeras. Por ejemplo, asistió en Berlín a una conferencia de Rudolf Steiner y, después de aquella experiencia, afirmó que había percibido algo aterrador en aquel hombre: que intentaba conquistar a Dios desde abajo. Lo que vio era preciso, pero él mismo era también un falso profeta.

Henry Miller vivía una vida en la que las pasiones estaban completamente desatadas. Hacía el amor sin ningún freno. Tenía la convicción, al igual que D. H. Lawrence, de que especialmente la pasión sexual debía ser liberada para que el hombre será de alguna forma nuevo, renovado, lo cual es, por supuesto, un mito que puede realmente destruir a las personas.

Sin embargo, Miller escribió algunos ensayos que demuestran que era consciente de lo que estaba sucediendo. Pensaba muy profundamente acerca de la condición del hombre moderno, de la dirección en la que se encaminaban las cosas, del desenfreno de la sexualidad, del abandono de los prejuicios del pasado, etc.

Creía en la astrología y en toda clase de artes mágicas. Asimismo, opinaba que se aproximaba una nueva era, la época de Acuario, cuando los astrólogos volverían a ocupar un lugar de primer orden y la alquimia del Renacimiento conocería un nuevo florecimiento. Miller tomó todas estas cosas del espíritu de la época, del mismo modo que Hitler afirmaba: «Soy uno de los magos»,

Sin embargo, Miller escribió algunos ensayos que demuestran que era consciente de lo que estaba sucediendo. Pensaba muy profundamente acerca de la condición del hombre moderno, de la dirección en la que se encaminaban las cosas, del desenfreno de la sexualidad, del abandono de los prejuicios del pasado, etc.

Creía en la astrología y en toda clase de artes mágicas. Asimismo, opinaba que se aproximaba una nueva era, la época de Acuario, cuando los astrólogos volverían a ocupar un lugar de primer orden y la alquimia del Renacimiento conocería un nuevo florecimiento. Miller tomó todas estas cosas del espíritu de la época, como Hitler del mismo modo afirmaba: «Soy uno de los magos de la nueva era de la magia».

Y tiene un artículo en que habla de la necesidad de que la humanidad sea regida por un solo gobierno mundial, y dice «¿Quién regirá este gobierno mundial? Llegará el tiempo en que un hombre se alzará por sí mismo, y poseerá una fuerza carismática sin precedentes, llena de voluntad; todos se apiñarán a su alrededor y verán en él las esperanzas de una nueva religión, de una nueva era de la humanidad, convirtiéndose, al igual que Napoleón, en un símbolo de los hombres. Creo que toda edad tiene una persona que la representa». Así pues, nuestra era producirá un hombre tremendo, una nueva figura mágico-política, que vendrá y gobernará el mundo, y representará para nosotros todos los sentimientos de la tierra, y todas estas cosas prohibidas que no se podían liberar antes, lo cual parece ser una profecía bastante exacta; de hecho, es otra profecía acerca del Anticristo y del nuevo milenio que habrá de venir, en el cual las pasiones serán liberadas, los hombres quedarán libres de todas las restricciones, de las antiguas creencias en Dios y de la moral, y disfrutarán del milenio.4

Y, por supuesto, éste es un ejemplo perfecto de ese culto al propio yo que Kant desencadenó en el plano literario y popular. Una vez que esta idea tuvo rienda suelta, entonces, por supuesto, todo se volvió permisible. Y ahora difícilmente se encuentra una película que no esté plagada de escenas de sexo.

Y es muy interesante cómo este sujeto está tratado en escritores clásicos de la literatura. Por ejemplo, hace poco vi la película Nicholas Nickleby, que aborda escenas sexuales, aunque no de manera explícita, sino de una forma que permite comprender perfectamente de qué se trata. El sentido es claro: el noble decadente y la muchacha mantienen una relación que se deja entrever por la manera en que se miran mutuamente. Todo el cuadro queda revelado ante uno, pero de una forma muy elegante, incluso en la película. Y no hay ningún estímulo de la pasión; uno simplemente ve que eso forma parte de la vida. Así pues, la sexualidad, como parte de la vida, está presentada de una manera muy realista. ¿Y cómo se la presenta hoy? Ya saben: se entra en todos los detalles más crudos. Así que, por lo visto, uno tiene que quedarse ahí sentado mirando. Incluso Anna fue al cine con su padre, y tuvo que quedarse sentada mirando cómo se retorcían bajo las sábanas e imaginando lo que estaban haciendo. Claro que, en muchos casos, directamente se quitan toda la ropa y te lo muestran. ¿Qué produce eso? A eso se lo llama una actitud realista ante la vida, ¿no es así? ¿Lo es realmente?

Estudiante: Bueno, depende de cómo se mire la película, de cuál sea tu punto de vista. Incluso en la literatura clásica tenían una perspectiva mucho más realista que la que encontramos hoy.

[P. S.]: Tenían tabúes y no podían hablar de ciertas cosas.

Bueno, este elemento siempre ha formado parte de la vida y siempre se lo ha expresado. De hecho, en las vidas de los santos ortodoxos aparece con frecuencia este aspecto. De hecho, son bastante escandalosas si uno está acostumbrado a los estándares victorianos de literatura. Sin embargo, aunque este tema se trate con bastante franqueza, se lo presenta se presenta de una manera que no inflama las pasiones, sino que simplemente muestre la realidad.

Y ahora todo está sucediendo al revés. La moda de los últimos diez o quince años es la de revelar lo que antes estaba prohibido, con tal de despertar a las pasiones deliberadamente. Como consecuencia, ya no se transmite ningún sentido; es decir, no ofrece ninguna orientación acerca de cómo abordar todo esto, porque la atención queda enteramente absorbida por aquello que se está contemplando. Por supuesto, uno estará pendiente de cómo se quitan la ropa y de todo lo demás; se sentirá excitado e interesado. Pero ¿qué aporta todo eso al argumento, al sentido global de la vida? Nada. No hace más que provocar y excitar. Y eso es lo que Kant produjo.

¿Y por qué todo esto resulta tan atractivo? Porque somos egocéntricos. Cada uno contempla esas imágenes y, de algún modo, se ve a sí mismo en ellas. Porque, en la realidad, la experiencia sexual suele ser mucho menos satisfactoria de lo que aparece representada en las películas o en los libros. Uno no vive esas experiencias intensas y perfectas que allí se le presentan.

Por eso va al cine y ve que, aunque quizá su propio cuerpo no sea particularmente hermoso, allí aparecen cuerpos hermosos. Y mientras contempla esas bellas imágenes, en realidad se está adora a sí mismo. Es como mirarse en un espejo. Todas las insuficiencias que uno percibe en sí mismo —en cuanto a la belleza, la experiencia sexual o cualquier otra cosa— quedan imaginariamente subsanadas con tal de que aparezca alguien suficientemente atractivo que lo haga todo con perfecta desenvoltura. En realidad, es como si uno se contemplara a sí mismo en un espejo y se adorara a sí mismo. De ahí la enorme fascinación que todo esto despierta. Porque ya no hay literatura, ni valor superior alguno. Se trata, indudablemente, de una forma de culto al Yo.

Alumno: Bueno, es lo mismo que cuando nos hablaba de aquel hombre del desierto de Arizona. No sé si fue el P. Herman u otra persona quien nos lo contó: uno lo ve mirándose en el espejo, como diciendo: «Sí, ése soy yo...» Todo es culto de sí mismo.

[P. S.]: Sí. Ésa es una de las formas fundamentales del error en la vida espiritual: estar mirándose siempre a uno mismo. Y es algo sumamente característico de los tiempos modernos. Toda nuestra espiritualidad moderna es profundamente narcisista. Esa clase de personas que hablan continuamente de «ser espirituales» son, por lo general, profundamente egocéntricas: no hacen más que contemplarse en un espejo. Así es.

En un plano inferior, esta misma tendencia se manifiesta también en el arte contemporáneo. Yo no he visto esas películas recientes, aunque las últimas que vi, hace unos doce años, ya eran bastante malas.

Creo que llegué a ver dos particularmente atroces. Lo que esto significa es que hoy las cosas se muestran de una manera todavía más abierta. Los valores superiores quedan ahogados por ese elemento inferior. Y, por lo visto, hoy resulta prácticamente imposible hacer una película —salvo que se trate directamente de una película infantil— sin introducir alguna clase de escena sexual. Entonces recibe una clasificación «R», y en cuanto aparece esa «R» la reacción es: «¡Ajá! ¡Esto es picante! Vamos a verla». Todo ello forma parte del mismo culto al Yo.

Y todo esto se ha ido filtrando desde la época de Kant. Él escribía hacia 1790, y ahora, en 1980, casi doscientos años después, esas ideas han descendido hasta este nivel más bajo. Éste es el resultado. Es uno de los aspectos más extendidos de nuestra sociedad; en realidad, está presente por todas partes: en la publicidad, en todo el elemento sugestivo de la televisión. La idea fundamental consiste en excitarte, despertar tus emociones, despertar tus pasiones y presentarte alguna figura hermosa en la que puedas contemplarte como en un espejo: «Tengo que tener ese perfume; tengo que tener ese desodorante...».

Dostoievski escribió también varios pasajes interesantes sobre este tema. En uno de ellos —ahora no recuerdo dónde ni en qué libro— habla de un sueño...

[P. H.]: ¿El adolescente?

[P. S.]: No, creo que ése es otro; me parece que son dos textos diferentes. En uno de ellos aparece la idea, tan atractiva para nuestra naturaleza humana, de que todos se quiten la ropa y hagan sencillamente lo que les dé la gana.

[P. H.]: Bobok.

[P. S.]: ¿Bobok? Porque se trata exactamente de la misma idea que encontramos en Henry Miller y que tanto atraía a Fourier: la liberación de las pasiones.

De hecho, hace unos diez años tuvimos un ejemplo de esto. No recuerdo exactamente dónde lo leí, creo que fue en un periódico. Un crítico hablaba de una especie de compañía de ballet de San Francisco que había ido a Nueva York y que, en uno de sus números, hacía que todos los bailarines se quitaran la ropa, saltaran desnudos por el escenario durante un par de minutos y después volvieran a vestirse. El crítico decía que, en aquel instante, había experimentado una sensación de liberación tan intensa que no podía explicarla: que le sobrevino una misteriosa sensación de absoluta liberación.

Naturalmente, por entonces aquello era algo muy vanguardista; hoy semejantes cosas ocurren continuamente. Pero esto vuelve a manifestar ese deseo quiliástico: una vez eliminadas todas las restricciones, sobreviene la sensación de una nueva liberación. Quizá no dure más que un instante, pero ese instante basta. Solo necesitas unos años más para estar en el reino del Anticristo.

Y en El adolescente Dostoievski había una profecía muy buena sobre el futuro, por desgracia no tenemos la cita, pero habla sobre el día en que el sol se puso, es decir, que Dios se fue de la vida del hombre. Y dijo que en ese día los hombres se darán cuenta de que están completamente solos, de que el sol se ha ido completamente de sus vidas, y ahora están solos en este planeta, ¿y qué les sucederá? Dijo que entonces los hombres estarán llenos a rebosar de amor el uno por el otro y por cada brizna de hierba porque saben que todo se acaba. Todo se acaba, se va, se marcha, por siempre. Solo este momento permanece. No hay Dios, nada allende la vida. Debemos aferrarnos a este instante y vivirlo plenamente. Y entonces se estrecharan los unos a los otros y se abrazarán, movidos por su soledad.5

Dostoievski dice sobre esto:

«Los hombres, habiendo rechazo a Dios, veneran a la “Humanidad”, y aman todo lo que la Humanidad ama; así que incluso la Biblia, que ha iluminado a los hombres como el sol, aunque su sentido se haya ahora perdido, uno no puede dejar de agradecer los favores que ha hecho a la humanidad». «¿Por qué, pues, besan la Biblia, escuchando reverentemente lo que se lee en ella y llorando por ello? Porque, habiendo rechazado a Dios, veneran a la “Humanidad”. Ahora creen en la Humanidad, la deifican y adoran. ¿Y qué ha sido más sagrado para la humanidad, a través de largos siglos, que el Buen Libro? Ahora lo veneran por su amor a la humanidad y por el amor a él de parte de la humanidad; ha beneficiado a la humanidad durante tantos siglos – justo como el sol, la ha iluminado; le ha dado a la humanidad su fuerza, su vida. Y aunque “su sentido está ahora perdido”, aun así, en amando y adorando a la humanidad, ven imposible no estar agradecidos y olvidar los favores que le ha dado a la humanidad».

En esto hay algo muy conmovedor y también mucho entusiasmo. Aquí está la verdadera deificación de la humanidad y una necesidad apasionada de mostrar su amor. Aun así, qué sed de plegaria, de veneración: ¡qué ansia de Dios, y fe entre estos ateos, y cuánta desesperación y tristeza; qué procesión funeraria en lugar de una vida serena, con su ansioso beber de la fuente de la juventud, de la fuerza y de la esperanza! Pero si es un funeral o una fuerza nueva que llega – para mucha gente esto debe preguntarse.

Me figuro... que la batalla ha concluido y todo se ha aquietado. Tras maldiciones, trozos de barro y silbatos, la noche ha llegado y los hombres se hayan solos, como deseaban; la antigua gran idea los ha abandonado; la gran fuente de energía, que hasta ahora los alimentaba, ha comenzado a retroceder como un Sol elevado, invitante, pero esto es, como si fuera, el último día del hombre. Y de repente los hombres se percataron de que se habían quedado solos, y en adelante fueron sobrecogidos por una sensación de gran orfandad. Nunca pensé que la gente se hubiese hecho desagradecida y estúpida. Los hombres huérfanos empezarían a una vez a acercarse más los unos a los otros y con más afecto. Se agarrarían los unos a los otros de las manos, percatándose de que ahora ellos solos lo eran todo los unos para los otros. La gran idea de la inmortalidad se desvanecería también, y sería necesario reemplazarla, y toda la inmensa sobreabundancia de amor por Él que, de hecho, ha sido la Inmortalidad, se centraría en la naturaleza, en el universo, en los hombres, en cada partícula de la materia. Empezarían a amar la tierra y la vida irresistiblemente, a medida que fuesen percatándose de su transitoriedad y mortalidad, y su amor sería ahora uno muy distinto – no como el de antaño. Discernirían y descubrirían en la naturaleza tales fenómenos y misterios como no habían sido sospechados hasta entonces, pues verían la naturaleza con ojos nuevos, con los ojos de un enamorado mirando a su amada. se despertarían y correrían a abrazarse, se apresurarían a amar, comprendiendo que los días son cortos y esto es todo lo que les queda. Trabajarían los unos por los otros, y todo hombre rendiría a todos los hombres todas sus posesiones, y con tan solo esto sería feliz. Todo niño sabría y sentiría que todo el mundo sobre la tierra es su padre y su madre. “Que mañana sea mi último día” - pensarían todos, mirando al sol poniente - “pero da igual, moriré, pero todos ellos permanecerán, y tras ellos, sus hijos”- y este pensamiento de que permanecerán, siempre amando, latiendo sus corazones tan ansiosamente por los otros, reemplazaría el pensamiento de la unión allende la tumba. Oh, no perderían tiempo en amar, para acallar la gran tristeza de sus corazones. Serían audaces y soberbios por sí mismos, pero tímidos a cuenta de los otros; todos temblarían por la vida y felicidad de todo hombre. Se harían tiernos los unos con los otros, y no les avergonzaría, se mimarían, como niños. Conociéndose los unos a los otros, se mirarían con miradas profundas y significativas, y en esas miradas habría amor y tristeza...»6

¿Acaso esta fantasía no se asemeja a esa «Iglesia Ateísta» que existe en la actualidad?

Esta utopía forma parte, por supuesto, de nuestra mentalidad contemporánea. Incluso la revolución sexual se explica en parte por el deseo de desenfreno, pero también, y no en menor medida, por el deseo de los hombres de encontrar amor. No encuentran amor en Dios, en la familia, en la Iglesia ni en la sociedad, y por eso persiguen este ideal del amor sexual, que les proporciona un calor pasajero y luego se desvanece sin dejar nada tras de sí.

Y esto es precisamente lo que se necesita para construir el milenio: hombres «iluminados» y liberados de toda norma. De este modo se dará la apariencia, por ello, de un reinado de amor, y el Anticristo será al que adoraran, adorándose a sí mismos, porque su dios son ellos mismos.

Berdiaev

Y de Berdiaev ya hemos hablado bastante, pero él esta en la misma línea por lo que quiero repetir una cita más suya, tomada de un artículo sobre el movimiento carismático:

«El mundo se encamina hacia una nueva espiritualidad y hacia un nuevo misticismo; en ellos ya no habrá lugar para la concepción ascética del mundo».7 «El éxito del movimiento hacia la unidad cristiana presupone una nueva era en el propio cristianismo, una espiritualidad nueva y profunda, lo que significa una nueva efusión del Espíritu Santo».8

En cierto sentido, esto resume todas las esperanzas quiliásticas del pasado, desde Joaquín de Fiore —que era su ídolo—, e inspira a los hombres de nuestro tiempo a buscar alguna especie de nueva era. Y aunque semejante expectativa parezca imposible, aunque el futuro se presente oscuro y difícil, marcado por la tiranía y el gulag, al pensar en las ideas de Berdiaev uno puede sentirse de pronto, como Rousseau, invadido por un poderoso sentimiento místico: sí, tiene que haber algo más en la realidad que simples campos de concentración: Creemos en la armonía futura.

Y así dice Berdiaev:

«El mundo avanza a través de las tinieblas hacia una nueva espiritualidad y un nuevo misticismo [...]. El nuevo misticismo no considerará este mundo objetivado como la realidad última».

Es decir, habrá una nueva ciencia; la realidad espiritual irrumpirá en escena.

«En ella se revelará la verdadera gnosis [...]. Y todas las contradicciones y divisiones desgarradoras» de la vida moderna, que fragmenta al hombre, «serán resueltas en el nuevo misticismo, que será más profundo que todas las religiones y habrá de unirlas». Será «la victoria sobre las formas falsas del misticismo social, la victoria del reino del espíritu sobre el reino del César».9 «El triunfo final del reino del espíritu presupone un cambio en la estructura de la conciencia humana [...]. Esto sólo puede concebirse escatológicamente».10

Por supuesto, la evolución viene en auxilio de esta idea al afirmar que, en efecto, la humanidad está evolucionando hacia una forma superior de conciencia, en la que la realidad espiritual habrá de revelarse.

Soloviev

Llegamos finalmente a un hombre que está estrechamente ligado a todos estos movimientos. Su nombre es Vladimir Soloviov. De hecho, probablemente más que a ningún otro se deba a él que la intelligentsia rusa se desviara de su camino, porque Kireyevsky intentó traer a la intelligentsia de vuelta a la Ortodoxia, mientras que Soloviov se dejó influir por el panteísmo y por diversas influencias extranjeras, y tuvo una visión de Sophia. De hecho, se encontró con Sophia en el desierto de Egipto. Probablemente se tratara de aquella misma mujer-mesías que los saint-simonianos habían ido a buscar en la década de 1830. Ella estaba allí, en el desierto, y Soloviov se internó en él y tuvo una visión de Sofía. Los saint-simonianos habían ido allí en la década de 1830, y Soloviov fue, creo, hacia 1880.

No vivió mucho tiempo. Murió en 1900, con unos cuarenta y cinco años; fue, más o menos, contemporáneo de Nietzsche. Era otro de esos pensadores desbocados. Ideó toda clase de cosas fantásticas. El mundo habría de ser gobernado por el Papa y el Zar: el mundo entero, un imperio mundial regido por el Zar y del Papa. Y estaba repleto de todo este tipo estas nuevas ideas; Sophia como carta persona de la Santa Trinidad, y todas estas cosas fantásticas que impresionaron a Bulgakov, inspiraron a Berdyayev, Florensky, y a todos esos pensadores desenfrenados.

[Padre H]: De toda la Escuela de París surgió de esta idea de Sofía.

[Padre S]: En su artículo sobre Soloviov y Bulgákov, el Vladyka Juan [san Juan Maximóvich — n. del trad.] afirma que la sofiología resulta en una adoración del hombre y e implica rechazo a la veneración de Dios, sustituyéndolo por el culto al hombre. Sin embargo, hacia el final de su vida, Soloviov fue animado por un nuevo espíritu y ya no depositaba esperanza alguna en la idea de un imperio mundial que uniera la Ortodoxia y el catolicismo.

[P. H.]: Sin embargo, no se hizo católico.

[P. S.]: Durante un tiempo comulgó en una iglesia católica.

Alumno: ¿Entonces se hizo católico?

[P. S.]: Sí, pero él no consideraba que se hubiese hecho católico. Creía que había unido las dos religiones. Durante el último año de su vida estuvo atormentado por sombríos presentimientos acerca del futuro. De pronto comenzó a leer profecías sobre el Anticristo, y ese oscuro presentimiento adquirió tal intensidad que empezó a decirles a algunas personas que le resultaba difícil seguir yendo a la iglesia, porque tenía la fuerte impresión de que, dentro de muy poco tiempo, todas las iglesias serían cerradas y las catacumbas volverían a abrirse.

[P. H.]: Sin duda tuvo alguna especie de clarividencia, no hay duda.

[P. S.]: Y entrevió el fin de la historia, el fin de la vida moderna, el fin de la historia moderna: la venida del Anticristo. Así que se sentó y escribió un relato presentado como un diálogo entre tres personajes. Uno de ellos es una especie de monje que nos cuenta la historia del Anticristo...

Tres conversaciones sobre la guerra y el futuro de la humanidad. En ella se ríe del tolstoyano que piensa que deberíamos ser pacíficos y resistir sin importar lo que pase. Al final de estas Tres conversaciones está una historia del Anticristo. La mayoría de detalles los saca de la Biblia y los Padres, y algunas cosas las añade él, no demasiado buenas, pero la historia básica es bastante precisa. Y añade a esto las cosas él mismo aprendió en sus propias experiencias ocultistas y de su comprensión del espíritu de su época.

En cierto sentido, podéis ver que es paralela a la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski.

«Vivió en cierto tiempo un hombre notable – muchos lo llamaban un superhombre – que estaba tan lejos de ser un niño tanto en intelecto como en corazón. Era joven, pero su genialidad lo hizo muy famoso como gran pensador, escritor y humanista para cuando tenía 33 años. Consciente de su gran poder espiritual, siempre había sido un convencido idealista, y su clara inteligencia siempre lo mostró la verdad de aquello en que debía creerse: el bien, Dios, el Mesias. Creía en todo esto, pero solo se amaba a sí mismo. Creía en Dios, pero en el fondo de su corazón inconsciente e instintivamente se prefería a sí mismo a Dios.

La descarada soberbia del gran idealista parecía justificada tanto por su genio excepcional, belleza y nobleza, como por su elevado asceticismo, desinterés y filantropía. Estaba tan abundantemente bendecido con regalos de lo alto que no se le culpaba de verlos como signos excepcionales de un especial favor divino; se consideraba a sí mismo cercano a Dios, como el hijo de Dios de forma única». Todo esto no es muy distinto a estos profetas socialistas, por cierto. «Resumidamente, reconocía en sí mismo lo que verdaderamente era Cristo. Pero esta conciencia de su dignidad superior se expresaba no como un sentido de obligación moral a Dios y el mundo, sino como una convicción de que tenía derechos y privilegios sobre los demás, especialmente sobre Cristo. Al principio no tenía hostilidad hacia Cristo. Admitía su dignidad y significación mesiánicas, pero en el fondo veía Él tan solo al más grande de tus predecesores». Así es como hablan los sansimonianos de «la transformación sansimoniana del cristianismo». «Su mente, nublada por el orgullo, no podía comprender el logro moral de Cristo y su absoluta singularidad. Razonaba así: “Cristo vino antes de mí, yo vine después, pero aquello que llega posterior en el tiempo es lo primordial. Llego al final, en el fin de la historia, porque yo soy el salvador final y perfecto. El primer Cristo era mi predecesor. Su misión era anticiparme y preparar para mi llegada”. Con esta idea en mente, el gran hombre del siglo XXI se aplicó a todo lo que se dice en el Evangelio sobre la segunda venida, entendiendo en ello no el regreso del mismo Cristo, sino el remplazo del Cristo previo por el final, esto es, él mismo.

Este hombre también justificaba su soberbia preferencia de sí mismo sobre Cristo con el argumento siguiente: “Cristo, enseñando el bien moral y manifestándolo en su vida, fue el reformador de la humanidad, pero yo estoy destinado a ser el benefactor de esta parcialmente reformada, parcialmente incorregible humanidad. Daré a todos los hombres lo que necesitan. Cristo, como moralista, dividió a los hombres en buenos y malos, pero yo los uniré con bendiciones que son necesitadas tanto por buenos como por malos. Seré el verdadero representante de Dios, que hace Su sol alzarse sobre el malvado y el pío, y envía lluvia sobre el justo y el injusto. Cristo trajo la espada, yo traeré la paz. Amenazó la tierra con un terrorífico juicio final. Pero yo seré el último juez, y mi juicio será uno de compasión y de justicia. Habrá justicia en mi juicio también, pero no retributiva, sino distributiva. Distinguiré entre las personas y daré a cada uno lo que le corresponde.

Con esta hermosa mentalidad esperó alguna clara llamada de Dios, algún testimonio manifiesto y sobrecogedor de ser su hijo mayor, el primogénito amado de Dios esperó, y mientras tanto alimentó su yo contemplando sus dotes y virtudes sobrehumanas – como he dicho, era un hombre de moralidad irreprochable y genio extraordinario. El hombre justo y soberbio esperó y esperó por una sanción de los cielos para comenzar su labor de salvar a la humanidad – y la sanción no llegaba”».

Cuánte gente así hay, por cierto, gente que se cree grandes genios. Esperan a que se les aparezca algún demonio para decirles que salgan y enseñen al mundo. Esperó hasta tener 33 años.

«Otros tres años pasaron. Y de repente pasó por su mente un pensamiento que envió un temblor caliente hasta su tuétano, “¿Y si...? ¿Y si no yo, pero ese otro... el Galileo...? ¿Y si no es mi predecesor, sino el verdadero, el primero y el último? Entonces debe estar vivo... ¿Dónde está? Y si viene a mí, ahora... ¿qué le diré? Tendré que arrodillarme ante Él como el más estúpido de los cristianos, tendré que murmurar incesantemente como un campesino ruso, ‘Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador’ o arrastrarme como una campesina polaca. ¡Yo, el genio brillante, el superhombre! ¡No, nunca!” Y en lugar del antiguo respeto frio y racional por Dios y Cristo nació y creció en su corazón, primero una suerte de terror, y luego un odio ardiente, asfixiante, corrosivo, envidioso, furioso y desalentador. “¡Yo, Yo y no Él! Él no vive. No vive y no vivirá. No se ha alzado, ¡no se ha alzado de entre los muertos! Se pudre en la tumba, se pudre como lo más bajo...”

Espumeando por la boca, salió corriendo de la casa y jardín y, saltando y haciendo muecas, corrió hacia la profunda oscuridad de la noche a lo largo del camino rocoso... Se calmó la furia, y la desesperación, dura y pesada como las rocas y oscura como la noche, tomó su lugar. Paró justo al borde del precipicio y escuchó el vago ruido del riachuelo a través de las rocas allá abajo. Insoportable angustia pesaba sobre su corazón. De repente, algo se agitó en él. “¿Y si Lo llamo – Le pregunto qué he de hacer?”. Y la triste y amable figura pareció emerger ante él en la oscuridad. “Se compadece de mí... ¡No, nunca! No lo hizo, ¡No Se levantó de entre los muertos!”.

Y se arrojó del acantilado. Pero algo resiliente como un manantial lo sostuvo en el aire, sintió una especie de shock eléctrico, y un poder lo elevó de nuevo. Perdió conciencia por un momento y cuando volvió en sí estaba arrodillándose a unos pasos del borde del precipicio. Vio el contorno de una figura brillando con una luz fosforescente, nebulosa y sus ojos penetraron en su alma con su intolerable brillo agudo. (…)

Vio esos ojos penetrantes y escuchó - no sabía si dentro de sí mismo o afuera – una voz extraña, sin tono y, como si fuese, apagada, y aun así clara, metálica, y absolutamente desalmada, como si fuese emitida por un fonógrafo. Y la voz decía: “Eres mi hijo amado del que estoy muy satisfecho. ¿Por qué no me has buscado? ¿Por qué reverenciabas al otro, al malo, y Su Padre? Yo soy tu dios y tu padre. Y ese otro, el mendigo, el crucificado, es extraño tanto a mí como a ti. No tengo otro hijo que tú. Eres mi único, igual a mí. Te amo y no pido nada de ti. Eres hermoso, poderoso y grande. Haz tu labor en nombre propio, no en mi nombre. No albergo envidia, te amo. No quiero nada de ti. Aquel al que amabas como Dios pedía de Su hijo obediencia ciega, obediencia hasta la muerte, incluso muerte en la cruz, y no Le ayudó en la cruz. No pido nada de ti, y te ayudaré. Te ayudaré por tu propio bien, por el bien de tu propia dignidad y la excelencia de mi puro amor desinteresado por ti. Recibe mi espíritu. Una vez mi espíritu te dio a luz en belleza, ahora te da a luz en poder”.

Ante estas palabras del ser desconocido los labios del superhombre se abrieron por sí mismos, dos ojos penetrantes se acercaron mucho a su cara, y sintió el agudo, gélido torrente entrar en él, llenar todo su ser. Y al mismo tiempo era consciente de fuerza extraordinaria, energía, levedad y arrobo. En ese instante la silueta luminosa de los ojos desapareció de repente, algo lo alzó en el aire y lo depositó prontamente en el jardín junto a la puerta de la casa».

Y esto es muy similar a muchas experiencias ocultistas.

«El próximo día no solo los visitantes del gran hombre, sino incluso sus sirvientes, fueron sorprendidos por su peculiar, inspirada expresión. Habrían estado más impresionados si hubiesen visto con qué sobrenatural calma y velocidad escribió, encerrado en su estudio, su famosa obra titulada El camino abierto para la paz universal y el bienestar.

Ese libro, escrito tras la aventura en el acantilado, mostró en él un poder de genio sin precedentes. Abarcaba y reconciliaba todo. Combinaba noble reverencia por las tradiciones y los símbolos antiguos con un amplio y audaz radicalismo en las demandas y los preceptos sociales y políticos; libertad absoluta de pensamiento con el más profundo entendimiento de los asuntos místicos; absoluto individualismo con ardiente devoción por el bien común; el más elevado idealismo en los principios rectores con soluciones prácticas y concretas. Y todo estaba expuesto con tal consumado arte que todo pensador de miras parciales podía ver y aceptar fácilmente la totalidad desde su propio punto de vista, sin sacrificar nada por la verdad misma, o erigiéndose por encima de sí mismo por ella, o abandonando sus miras parciales, o corrigiendo sus vistas y aspiraciones erróneas, o intentando compensar su insuficiencia.

Nadie puso ninguna objeción a este libro, pues parecía a todos una revelación de la verdad que lo abarca todo. Hizo tal justicia al pasado, emitió tan desapasionado juicio sobre cada aspecto del presente, trajo el futuro mejor tan concreta y tangiblemente al alcance, que todo el mundo dijo: “Esto mismo es lo que queremos; aquí hay un ideal que no es utópico, un plan que no es una quimera”. El maravilloso escritor llevaba todo en sí era aceptable para todo el mundo, así que las palabras de Cristo fueron cumplidas:

“He venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís: si otro viene en nombre propio, a él lo aceptaréis”. Lo cual, por cierto, se refiere al Anticristo. “Pues para ser recibido, uno debe ser aceptable”.

Cierto es, alguna gente pía, aunque aplaudía cálidamente el libro, preguntaba por qué Cristo no estaba mencionado una sola vez en él, pero otros cristianos respondían: “¡Y eso es también bueno! En el pasado, todo lo sagrado estaba tan manchado por toda clase de fanáticos autoproclamados que hoy en día un escritor profundamente religioso tiene que andar con mucho tiento. Y puesto que todo el libro está permeado de un espíritu de amor activo y benevolencia que abarca todo, ¿qué más se puede pedir?” Y todos estuvieron de acuerdo con esto.

Poco tiempo tras la publicación de El camino abierto, que hizo a su autor el hombre más popular del mundo, tuvo lugar en Berlín la asamblea constituyente internacional de la Unión de Estados Europeos.

Los “iniciados” decidieron concentrar el poder ejecutivo en las manos de una persona, invistiéndola de autoridad suficiente. El hombre del futuro fue electo casi unánimemente presidente vitalicio de los Estados Unidos de Europa. Cuando apareció en el estrado con todo el fulgor de su suprahumana fuerza y belleza y, con inspirada elocuencia, expuso su programa universal, la asamblea, encantada y completamente llevada por sus palabras, en un estallido de entusiasmo decidió sin votación rendirle el más alto tributo eligiéndolo emperador romano. La asamblea terminó con alegría generalizada, y el gran electo publicó un manifiesto que comenzaba: “¡Gentes de la tierra! Mi paz os doy” y acababa “¡Gentes de la tierra! ¡Las promesas han sido cumplidas! La paz universal y eterna está asegurada. Cada intento de perturbarla será inmediatamente enfrentado con oposición sobrecogedora. En adelante, hay en el mundo un poder central más fuerte que todo el resto, tanto por separado como conjuntamente. Este poder invencible y todopoderoso me pertenece, el plenipotenciario Emperador de Europa y regente de todas sus fuerzas. El derecho internacional está al fin apoyado por las sanciones que hasta ahora han faltado. En adelante, ningún país osará decir ‘guerra’ cuando yo diga ‘paz’. ¡Naciones del mundo, la paz sea con vosotras!” El manifiesto tuvo el efecto deseado.

En el curso de un año, una monarquía mundial en el sentido preciso del término fue instituida. Las semillas de la guerra fueron arrancadas de raíz. La Liga de la Paz Universal se reunió por última vez y, habiendo dirigido un elogio entusiasmado al gran pacificador, se disolvió al ser innecesaria. Al segundo año de su reino el emperador romano y universal publicó otro manifiesto: “¡Gentes de la tierra! Os prometí la paz y os la he dado. Pero la paz solo deviene dulce con la prosperidad. No hay felicidad para aquellos a que amenaza la destitución. Venid a mí, todos aquellos que estéis fríos y hambrientos, y os daré comida y calor”. Entonces anunció una reforma social sencilla e inclusiva que ya venía indicada en su libro y había cautivado en su tiempo a todas las mentes nobles y claras. Ahora que las finanzas del mundo y grandes propiedades estaban concentradas en sus manos, llevaría a cabo esta reforma y satisfaría los deseos de los pobres sin injusticia hacia los ricos. Todo el mundo era pagado de acuerdo a su capacidad, y toda capacidad fue compensada acorde a sus méritos y resultados.

Quedó firmemente establecida en toda la humanidad la más importante forma de igualdad – la igualdad de la saciedad general. Eso fue conseguido en el segundo año de su reino. La cuestión económica y social fue resuelta de una vez por todas. Pero aunque la comida es de la primera importancia para los hambrientos, aquellos que tienen suficiente comida quieren algo más.

Incluso los animales, cuando han tenido bastante para comer, quieren no solo dormir sino también jugar. Esto es aún más cierto de los hombres, que post panem siempre han exigido circos.

El emperador-superhombre entendió lo que la gente necesitaba. En ese tiempo un gran mago rodeado de un halo de hechos extraordinarios y salvajes cuentos de hadas vino a él en Roma desde el lejano Oeste.

Este mago, Apolonio de nombre, incuestionablemente un hombre de genio, semiasiático y semieuropeo, era un obispo católico in partibus infidelium. Combinaba de forma maravillosa el dominio de los más recientes descubrimientos y aplicaciones técnicas de la ciencia occidental con un conocimiento tanto teórico como práctico de todo lo que es real y significativo en el misticismo tradicional del Oriente. Los resultados de esta combinación eran asombrosos. Apolonio dominaba, por ejemplo, el arte mitad-ciencia mitad-magia de atraer y dirigir a voluntad la electricidad atmosférica, así que la gente decía que ordenaba al fuego descender de los cielos. Pero, aunque sorprendiese la imaginación del vulgo mediante toda suerte de novedades inauditas, se abstuvo durante un tiempo de abusar de su poder para cualquier propósito especial. Así que este hombre llegó al gran emperador, lo veneró como el verdadero hijo de Dios, y, declarando en los libros ocultos de Oriente había encontrado profecías directas sobre él como último salvador y juez de la tierra, se ofreció a sí mismo y a su arte en servicio a él. El emperador se sintió halagado, lo aceptó como un regalo de lo alto e, invistiéndolo de espléndidos títulos, mantuvo al mago permanentemente de su lado. Las gentes de la tierra, habiendo recibido de su señor las bendiciones de la paz universal y abundante comida para todos, recibieron también la oportunidad de disfrutar permanentemente los más diversos e inesperados signos y milagros. El tercer año del reino del superhombre estaba tocando a su fin.»

Los problemas sociales y políticos fueron felizmente resueltos; ahora quedaba la cuestión religiosa», que tanto Napoleón como Hitler vieron como la coronación de su propia carrera, si hubiesen llegado tan lejos.

«El emperador la suscitó, en primer lugar en referencia al cristianismo. La situación del cristianismo era entonces la siguiente. Había decrecido considerablemente en número - no había más que cuarenta y cinco millones de cristianos en toda la tierra - pero se había recompuesto moralmente y alcanzado un nivel más elevado, así que ganó en calidad lo que había perdido en cantidad. Los hombres que no tenían intereses espirituales en común con el cristianismo ya no eran contados entre los cristianos. Las diferentes denominaciones habían perdido más o menos la misma proporción de miembros, y las hostilidades entre ellas habían disminuido considerablemente, y las diferencias habían perdido su antiguo filo.

Durante los dos primeros años del nuevo reino la actitud de los cristianos hacia el emperador y sus reformas pacíficas fue una de resuelta simpatía e incluso entusiasmo. Pero en el tercero año, cuando apareció el gran mago, muchos empezaron a sentirse intranquilos y desaprobar. Los pasajes en los Evangelios y las Epístolas sobre el príncipe de este mundo y el anticristo se leían más atentamente que antes y excitaron vivos comentarios. De ciertas señas el emperador dedujo que una tormenta se estaba formando, y decidió apresurarse y arreglar los asuntos. A principios del cuarto año de su reino, dirigió un manifiesto para todos los fieles cristianos de cualquier denominación, invitándolos a elegir o nombrar representantes plenipotenciarios para un concilio ecuménico durante su presidencia. En ese tiempo, había transferido su residencia de Roma a Jerusalén. Palestina era entonces un estado autónomo, poblado y regido principalmente por judíos. Jerusalén había sido una ciudad libre y ahora se había convertido en una imperial. Los lugares santos cristianos se mantuvieron intactos, pero la amplia explanada de Harm-ash-Sharif, desde Birket-Israin y los cuarteles por un lado, hasta la mezquita de Al-Aqsa y los Establos de Salomón por el otro, estaba ocupada por un gran nuevo edificio. Contenía, además de dos pequeñas mezquitas, un gran templo “Imperial” para la unión de todos los cultos, y dos lujosos palacios imperiales con bibliotecas, museos y estancias especiales para experimentos y ejercicios mágicos. El concilio ecuménico se celebraría en este semi-templo y semi-palacio el 14 de septiembre. Ya que la denominación evangélica no tenía sacerdocio como tal, los jerarcas católicos y ortodoxos, de acuerdo con los deseos del emperador decidieron, en pos de la uniformidad entre los delegados, admitir al concilio algunos de sus laicos conocidos por su piedad y devoción a los intereses de la Iglesia. Así, el número general de miembros del concilio excedía los tres mil, y en torno a medio millón de peregrinos cristianos llenaron Jerusalén y Palestina...

La ceremonia de apertura fue impresionante. Dos tercios del gran templo dedicado a “la unidad de todos los cultos” estaban ocupados por bancos y otros aposentos para los miembros del concilio, y un tercio estaba ocupado por una alta plataforma; había dos tronos en ella, uno para el emperador, y uno más pequeño para el gran mago (canciller y cardenal imperiales), y tras ellos largas hileras de sofás para los ministros, cortesanos y secretarios de Estado, además de hileras más largas a los lados con propósito desconocido. Los miembros ya habían celebrado sus servicios religiosos en las distintas iglesias, y la apertura del congreso habría de ser enteramente secular. Cuando el emperador llegó con su traje y el gran mago, y la orquesta tocó “el himno de la humanidad unida”, que era usado como himno imperial internacional, todos los presentes se pusieron en pie y, levantando sus sombreros gritaron tres veces ¡Vivat! ¡Hurra! ¡Hoch!» El emperador, levantándose de su trono con majestuosa benignidad y alargando la mano, dijo de forma agradable y sonora:

“¡Cristianos de todas las denominaciones! ¡Mis amados súbditos y hermanos! Desde el principio de mi reino que el Más Alto ha bendecido con tan maravillosos y gloriosos hechos, no he tenido una sola ocasión de estar insatisfecho con vosotros; habéis hecho siempre vuestro deber con plena fe y conciencia. Pero esto no es suficiente para mí mi sincero amor por vosotros, amados hermanos, exige reciprocidad. Quiero, no por una sensación de deber, sino por el amor de vuestros corazones, que me reconozcáis como vuestro verdadero líder en toda labor emprendida por el bien de la humanidad. Así que, además de lo que hago por todos, me gustaría concederos favores especiales. Cristianos, ¿qué puedo hacer para haceros felices? ¿Qué puedo daros, no como súbditos sino como hermanos y compañeros en la fe? Cristianos, decidme lo que es más precioso para vosotros en el cristianismo, que pueda dirigir mis esfuerzos hacia ello...”

Tras escuchar a los católicos, dijo, “¡Queridos hermanos católicos! ¡Oh, cuán bien entiendo vuestra perspectiva y cómo me gustaría encontrar soporte para mi poder en la autoridad de vuestro líder espiritual! Para que veáis que esto no es mera palabrería y halagos, declaro solemnemente: de acuerdo con mi voluntad autocrática, el obispo en jefe de todos los católicos, el Papa de Roma, está en adelante restaurado a su sede en Roma con todos los derechos y privilegios que le han sido concedidos alguna vez por mis predecesores, empezando por el emperador Constantino el Grande. Y todo lo que quiero de vosotros, hermanos católicos, es que me reconozcáis de corazón como vuestro único defensor y patrón. Que aquellos que me vean así en su corazón y conciencia vengan a mí”». Y la mayoría de católicos se levantan y van a los bancos.

Luego habla de nuevo, «“¡Queridos hermanos! Sé que hay entre vosotros algunos que valoran por encima de todo en el cristianismo su sagrada tradición, sus antiguos símbolos, himnos y plegarias, íconos y ritos sagrados. Y, en efecto, ¿qué puede ser más preciado para una mente religiosa? Sabes pues, amados, que hoy he firmado el estatuto, y destinado grandes sumas de dinero, para el museo mundial de la arqueología cristiana en nuestra gloriosa ciudad imperial de Constantinopla con objetivo de recolectar, estudiar y preservar todas las reliquias de la antigua Iglesia, especialmente la oriental. Os pido que escojáis mañana de entre vosotros un comité para discutir conmigo las medidas que deben ser tomadas para hacer que las presentes formas, costumbres y modos de vida sean lo más conforme posible a la tradición y ordenanzas de la santa Iglesia Ortodoxa. ¡Hermano ortodoxo! ¡Venid a mí, aquellos que apreciéis mi acción y podáis llamarme de corazón vuestro verdadero líder y señor!”»

Entonces, recto y esbelto como un cirio eclesial, el Viejo Juan entre los ortodoxos, se irguió y respondió amablemente: “¡Gran emperador! Lo más precioso del cristianismo para nosotros es Cristo mismo – Él mismo, sobre Quien todo se sustenta, pues sabemos que en Él mora corporalmente toda la plenitud de la Deidad. Mas de vos también, majestad, estamos prestos a recibir toda bendición, con tal de que reconozcamos en vuestra pródiga mano la sagrada mano de Cristo. Y aquí está nuestra respuesta a vuestra pregunta sobre qué podéis hacer por nosotros: confesad aquí y ahora que Jesucristo es el Hijo de Dios, que vino en la carne, resucitó de entre los muertos y ha de volver - confiéselo a Él, y os recibiremos con amor como un verdadero precursor de su gloriosa segunda venida”.

Pero «algo malvado estaba» ahora «sucediendo al gran hombre» emperador.

«La misma infernal tormenta rugía en él que en aquella noche aciaga. Perdió por completo su temple, y todos sus pensamientos se concentraron en no perder el autocontrol y no delatarse demasiado pronto. Estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos para no lanzarse al Viejo con un rugido salvaje y despellejarlo con los dientes. De repente, escuchó una voz familiar ultraterrena: “Quédate quieto y no temas nada”.

Se mantuvo en silencio...

«Mientras el Viejo Juan hablaba, el gran mago, que estaba sentado envuelto en una túnica tricolor voluminosa que cubría por completo su sotana roja de cardenal, parecía estar haciendo algunas manipulaciones bajo ella; había una mirada de concentración en sus ojos brillantes, y sus labios se movían. A través de las ventanas abiertas del templo una gran nube negra se podía ver formarse, y pronto todo parecía haberse hecho oscuro. El Viejo Juan aún miraba con miedo y sorpresa al emperador silencioso; de repente retrocedió horrorizado y, volviéndose, exclamó con voz ahogada: “¡Hijos míos, es el Anticristo!” entonces se oyó un trueno ensordecedor, un gran relámpago se despertó en el templo y rodeó al Viejo... Cuando los cristianos se recuperaron del shock, el Viejo Juan yacía muerto.

El emperador, pálido pero calmado, se dirigió a la asamblea: “Habéis visto el juicio de Dios. No deseo la muerte de nadie, pero mi Padre celestial venga a su hijo querido. El caso está sentado. ¿Quién osaría oponerse al Todopoderoso? ¡Secretarios, escribid!: El concilio ecuménico de todos los cristianos, cuando el fuego de los cielos golpeó al malsano oponente de la majestad divina, unánimemente reconocieron al poderoso emperador de Roma y del mundo como su supremo líder y señor”»

Entonces el Papa es también atacado y se celebra una elección para un nuevo Papa.

«Mientras la elección se celebraba, el emperador persuadía amable, sabia y elocuentemente a los delegados ortodoxos y evangélicos de rematar sus viejas disensiones ante la nueva gran era de la historia cristiana; dio su palabra de que Apolonio sabría eliminar por siempre todos los abusos históricos del papado». El mago fue elegido Papa. «Los delegados ortodoxos y protestantes, convencidos por su discurso, diseñaron un decreto de unión entre las iglesias, y cuando, entre proclamas felices, Apolonio desapareció sobre la plataforma con los cardenales, el arzobispo griego y un ministro evangélico le presentaron su escrito.

“Accipio et approbo et laetificatur cor meum”, dijo Apolonio, firmando el documento, “Soy un verdadero ortodoxo y un verdadero católico tanto como soy un verdadero católico”, añadió, intercambiando amistosos besos con los griegos y alemanes. Entonces se acercó al emperador, que puso sus brazos en torno a él y lo sostuvo abrazado unos minutos.

Mientras tanto, curiosos puntos de luz flotaban en todas direcciones por el palacio y templo, crecían y se transformaban en luminosas formas de seres extraños, flores nunca vistas sobre la tierra caían desde lo alto, llenando el aire de una misteriosa fragancia. Acordes encantadores y enternecedores flotaban desde lo alto, y voces angelicales de cantantes invisibles glorificaron a los nuevos señores del cielo y la tierra. Entretanto, un rugido subterráneo terrible fue oído en la esquina noroeste del palacio central bajo la Cúpula de las Almas [Qubbat al-Arwah], donde según la tradición musulmana yace la entrada al Hades. Cuando, ante la invitación del emperador, la asamblea se movió en esa dirección, todos oyeron claramente innumerables voces y agudas y acuchillantes – de niños o de demonios – gritando: “¡Ha llegado el tiempo, liberadnos, salvadores, salvadores!” Pero cuando Apolonio, acercándose al muro, gritó tres veces algo a los que estaban bajo la tierra en una lengua ignota, sus voces fueron acalladsas y el rugido subterráneo se calmó».11

Tenemos una imagen realista que necesita corregir, quizás, solo unos pequeños detalles para ser una visión realista de un millennium que es posible justo en nuestro tiempo.

Así que, resumamos los puntos principales de la nueva religión que está preparando para el reino del Anticristo. La primera es la «muerte de Dios», que implica la abolición del cristianismo, esto es, de la ortodoxia, pero esto comenzó en el siglo once, lo que llamamos la apostasía. La «muerte de Dios» es una forma poética de decir apostasía. Si Dios ha muerto, todo está permitido, lo que significa que un orden enteramente nuevo del universo y los demonios vienen al mundo del hombre. Si no hay Dios, entonces...

Resumen: doctrinas de una nueva teología:

Muerte de Dios = Apostasía

Todo está permitido = Irrupción de los demonios

Superhombre = Subhumano: veneración de uno mismo

El hombre y el mundo devienen divinos: último engaño del diablo.

Monarquía mundial, nueva revelación, milenarismo – por un breve tiempo.

La respuesta: salvarse a uno mismo. Dios está con nosotros. Nuestra es la verdad.


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REFERENCIAS

1. Max Picard, Hitler in Ourselves, Henry Regnery Co., Chicago, 1947, pp. 27–32. ↩

2. Es posible que el padre Serafín esté mostrando la revista de los Hare Krishna mencionada en la primera parte de la lección. [Nota del aparato del original inglés.] ↩

3. N. de T. - El aparato referencial del original inglés propone, de manera tentativa, que se trate de Eric Gill. La identificación no está confirmada. ↩

4. De las notas del padre Serafín para su libro inédito Kingdom of Man: Henry Miller, Remember to Remember, Grey Walls Press, Londres, 1952, p. 32:
«En el amanecer de cada época se distingue una figura radiante en la que se encarna el espíritu del nuevo tiempo. Llega en la hora más oscura, se alza como un sol y disipa la oscuridad y el estancamiento que aprisionaban al mundo. En algún lugar de los negros pliegues que ahora nos envuelven, estoy seguro de que otro ser se está gestando, de que sólo espera la hora cero para anunciarse [...]. Si la oruga puede, durante el sueño, metamorfosearse en mariposa, sin duda el hombre, durante su larga noche de sufrimiento, ha de descubrir el conocimiento y el poder para redimirse».
También en Remember to Remember:
«Francamente, no creo que la raza humana pueda retroceder de esta manera. Creo que, cuando llegue el momento crucial, surgirá un líder más grande que cualquiera de los que hemos conocido en el pasado, para sacarnos del actual atolladero». Pero, para que surja semejante figura, la humanidad habrá de alcanzar un grado de desesperación tan profundo que por fin estemos dispuestos a asumir toda la responsabilidad de nuestra condición humana. Eso significa vivir los unos para los otros en el sentido absolutamente religioso de la expresión; tendremos que convertirnos en ciudadanos planetarios de la tierra, vinculados entre sí no por el país, la raza, la clase, la religión, la profesión o la ideología, sino por un ritmo común e instintivo del corazón.
Véase también Henry Miller, The Wisdom of the Heart, «The Absolute Collective», New Directions Publishing Corporation, Nueva York, 1941, pp. 85–86:
«Nos encontramos en el umbral de una nueva forma de vida, en la que el HOMBRE está a punto de realizarse. Las perturbaciones que caracterizan esta época de transición indican claramente los comienzos de un nuevo clima, un clima espiritual en el que ya no se negará el cuerpo; por el contrario, el cuerpo del hombre encontrará su lugar propio en el cuerpo del mundo. Sólo ahora comienza a comprenderse el dominio del hombre sobre la naturaleza como algo más que un mero triunfo técnico; detrás de la brutal afirmación del poder y de la voluntad arde latente un sentimiento de lo sobrecogedor, de la majestad y de la grandeza de su responsabilidad. ¿Acaso empieza a comprender, siquiera vagamente, que “todos los caminos de la tierra conducen al cielo”? (…)
Así, la completa destrucción de nuestro mundo cultural, que ahora parece más segura que nunca ante el inminente derrumbe, es en realidad una bendición encubierta. Las antiguas divisiones de raza, religión y nacionalidad están destinadas a desaparecer, y en su lugar veremos, por primera vez en la historia del hombre, una comunidad de intereses fundada no en el animal que lleva dentro, sino en el ser humano que durante tanto tiempo ha negado [...]. El hombre ideal debe perecer, y ciertamente perecerá, pues los últimos soportes del mundo están cediendo. El hombre debe abrirse, dispuesto a vivir la vida del mundo en toda su mundanidad, si quiere sobrevivir». ↩

5. De las notas del padre Serafín para su libro sobre el anarquismo, tomadas de Diario de un escritor: Dostoievski cita El adolescente, el sueño de un idealista de los años cuarenta acerca del futuro de la humanidad. El padre Serafín está parafraseando el pasaje que sigue. ↩

6. Fiódor Dostoievski, The Diary of a Writer, parte III, cap. 7, traducción de Boris Brasol, George Braziller, Nueva York, 1954, pp. 265–267. ↩

7. J. Gregerson, «Nicholas Berdyaev, Prophet of a New Age», Orthodox Life, Jordanville, Nueva York, 1962, n.º 6; citado en Seraphim Rose, Orthodoxy and the Religion of the Future, St. Herman of Alaska Brotherhood, Platina, California, 1983, p. 22. ↩

8. Nicolas Berdyaev, The Realm of Spirit and the Realm of Caesar, traducción de Donald A. Lowrie, Harper & Brothers, Nueva York, 1952, pp. 181–182. ↩

9. Berdyaev, The Realm of Spirit and the Realm of Caesar, p. 178. ↩

10. Ibid., p. 178. ↩

11. Vladimir S. Solovyov, A Solovyov Anthology, selección de S. L. Frank, Greenwood Press, Westport, Connecticut, 1950, pp. 229–246. ↩

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; UNA NUEVA RELIGIÓN (PARTE X)

Introducción Después de haber examinado el avance concreto de la Revolución en la época moderna, dirigiremos ahora la atención hacia sus ca...