martes, 7 de abril de 2026

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; EL EVOLUCIONISMO (PARTE XI)


          Ahora tratamos este concepto fundamental, indispensable para comprender la mentalidad religiosa del hombre contemporáneo, tanto en su dimensión religiosa como secular. Dada la complejidad del tema, aquí sólo nos es posible ofrecer un esbozo esquemático de los problemas implicados en esta cuestión.

 


A partir de la época de Darwin y de su El origen de las especies − obra aparecida en 1859, aceptada de inmediato por muchos y que pronto alcanzó gran popularidad −, surgieron figuras, especialmente entre pensadores como T. H. Huxley y Herbert Spencer en Inglaterra y, en Alemania, Ernst Haeckel (1834–1919), autor de El enigma del universo (1899), que popularizaron las ideas de Darwin y convirtieron la evolución en el centro mismo de toda su filosofía.


Esta parecía explicarlo todo. Naturalmente, pensadores como Nietzsche retomaron estas ideas y las utilizaron para sus autoproclamadas “profecías espirituales”.

 

En consecuencia, quienes se hallaban circunscritos dentro de la corriente principal del pensamiento occidental − la de este racionalismo llevado hasta sus últimas consecuencias − aceptaron la evolución. Y hasta el día de hoy puede decirse que sigue siendo el dogma central de los pensadores más avanzados, de quienes se encuentran en armonía con el espíritu de la época.

 

Pero desde un comienzo existieron contraargumentos sólidos. En tiempos de Darwin existió un pensador católico, George Jackson Mivart (autor de Sobre la génesis de las especies, 1871), que creía en la evolución, pero no en la selección natural, lo que condujo a Darwin a la desesperación, cuando este último descubrió que no podía demostrar su idea. Especialmente en los últimos diez a treinta años han aparecido numerosos análisis críticos de la evolución desde un punto de vista objetivo. Como demuestran estas obras, la mayoría de los libros que respaldan a la evolución parten ya de una premisa determinada que dan por sentada: la perspectiva naturalista, u otras del mismo tipo.

         En la actualidad ha surgido también una sociedad en San Diego llamada el Instituto de Creacionismo Científico, que ha publicado varios buenos libros. Sus miembros son religiosos, pero cuentan con varias obras que abordan la cuestión de la evolución de manera bastante objetiva, y no desde un punto de vista religioso. Sostienen que existen dos modelos para comprender el universo: uno es el modelo evolutivo y el otro el modelo creacionista. Toman, por ejemplo, las evidencias de la historia de la Tierra − las capas geológicas y demás − e intentan ver a cuál de los dos modelos se ajustan mejor[1]. Y han descubierto que es necesario hacer menos ajustes si se sigue el modelo de la creación −si hubo un Dios que creó las cosas en el principio y si la Tierra no tiene miles de millones de años, sino sólo algunos miles de años de antigüedad − el modelo evolutivo, en cambio, requiere una gran cantidad de correcciones. En este sentido, puede compararse con el antiguo modelo del universo ptolomaico (frente al modelo copernicano). Al igual que el modelo ptolomaico, el modelo evolutivo se está mostrando hoy en día bastante engorroso.

De hecho, algunos miembros de este instituto viajan por diversas universidades y, en el último año o dos, ellos han sostenido varios debates ante miles de espectadores en la Universidad de Tennessee, en Texas, y en otros lugares. El interés fue considerable; sin embargo, los partidarios del evolucionismo no lograron aportar pruebas sólidas en respaldo de sus planteamientos y, de hecho, más aún, en varias oportunidades dejaron al descubierto su ignorancia acerca de algunos de los descubrimientos más recientes en el área de la paleontología.

Existen, pues, personas con cierta sofisticación y bien informadas que defienden ambos puntos de vista. Aquí ni siquiera discutiremos la cuestión de la evolución atea, porque es evidentemente una filosofía de necios y de personas capaces de creer, como decía Huxley, que si se coloca a un grupo de monos frente a máquinas de escribir, con el tiempo acabarán produciendo la Enciclopedia Británica, ya sea en millones o en miles de millones de años, según las leyes del azar.[2] Alguien calculó esto conforme a dichas leyes y descubrió que, en realidad, algo así nunca ocurriría. [3]  Pero cualquiera que pueda creer en eso puede creer en cualquier cosa.

 

La controversia más seria se da entre la evolución teísta − la idea de que Dios creó el mundo y luego este evolucionó − y el punto de vista cristiano. Aquí debemos decir que el punto de vista fundamentalista es incorrecto en muchos casos, porque los fundamentalistas no saben cómo interpretar la Escritura. Afirman, por ejemplo, que el libro del Génesis debe entenderse “literalmente”, y esto no puede hacerse. Los Santos Padres nos indican qué partes deben entenderse de manera literal y cuáles no.

 

El primer malentendido que debe aclararse incluso antes de discutir esta cuestión − y que hace que muchas personas pierdan de vista el punto central − es que debemos distinguir entre evolución y variación.

La variación es el proceso mediante el cual se obtienen, por ejemplo, diversos híbridos de arvejas, distintas razas de gatos, etc. Tras cincuenta años de experimentación, por ejemplo, lograron obtener una nueva raza de gato: una combinación del siamés y el persa, llamada gato himalayo, que tiene el pelo largo como el persa y la coloración del siamés. Al principio esto ocurrió de manera accidental, pero era incapaz de reproducirse de forma pura; y sólo ahora, después de todos estos años de experimentación, han conseguido una nueva raza que se reproduce fielmente.

De modo semejante, existen diversas razas de perros, múltiples tipos de plantas y distintas razas humanas muy diferentes entre sí − pigmeos, hotentotes, chinos, norte-europeos −, todos ellos distintos tipos de seres humanos que proceden de un mismo antepasado. En suma, la cuestión de la variación constituye un elemento aparte de la evolución. [4]

Sin duda existen muchas variaciones dentro de un mismo tipo de criatura, pero estas variaciones nunca producen nada nuevo; sólo producen una variedad diferente de perro, de gato, de oso o de ser humano. De hecho, esto constituye más bien una prueba en contra de la evolución que a favor de ella, ya que nadie ha sido jamás capaz de dar lugar a un nuevo tipo de criatura.

 

De hecho, las distintas “especies” − y este término es en sí mismo bastante arbitrario − en su mayor parte no pueden engendrar descendencia entre sí; y en los pocos casos en que pueden hacerlo y se puede dar esto, como, por ejemplo, en el caso de la mula, está a su vez no es capaz de reproducirse. San Ambrosio de Milán afirma: «Que esto te sirva de ejemplo, a ti, oh hombre, para que ceses de entrometerte en los asuntos de Dios. Dios ha querido que cada criatura sea distinta».[5]

 

 

1.   Antecedentes históricos

 

 

Durante la época de la Ilustración, la comprensión de la naturaleza, lo que suele denominarse como la cosmovisión ilustrada, gozaba de una considerable estabilidad. De hecho, justo antes de este período, el arzobispo anglicano Ussher de Armagh calculó todos los años consignados en las genealogías del Antiguo Testamento y llegó a la idea de que el mundo fue creado en el año 4004 a. C.[6] Newton aceptó esta cronología, y la cosmovisión ilustrada se inclinaba a favor de la idea de que Dios creó el mundo en seis días y luego lo dejó desarrollarse por sí mismo, y que todas las especies eran de forma idéntica a como las vemos hoy; esta era la visión aceptada por los científicos de la época.

 

Sin embargo, al final del período ilustrado, con el surgimiento de la fiebre revolucionaria, esta cosmovisión, hasta entonces estable, empezó a desintegrarse, y algunos científicos comenzaron a proponer teorías más radicales. A finales del siglo XVIII, Erasmus Darwin[7], abuelo de Charles Darwin, formuló la hipótesis de que toda la vida procede de un único filamento primordial, lo que coincide exactamente con lo que hoy se entiende por la teoría de la evolución. No se trata de una teoría limitada a una sola especie o tipo de criatura, sino de la idea de que todo procede de una especie de masa o filamento primordial que, mediante transmutaciones, dio origen a los distintos tipos de seres vivos.[8]

 

Este nuevo tipo de explicación propuesta por Erasmus Darwin constituyó un intento de continuar el espíritu de la Ilustración, el de la simplicidad y el del estricto racionalismo. A medida que el racionalismo penetraba más profundamente en la mente humana, le parecía − a su juicio − más sencillo explicar la vida como procedente de un único filamento viviente que aceptar la explicación más “complicada” según la cual Dios otorgó el ser de forma simultánea a todas las distintas clases de criaturas.

 

Hubo un naturalista, Chevalier de Lamarck, que poco después elaboró una teoría evolutiva definida; sin embargo, sostenía que los cambios necesarios para explicar la evolución de una especie en otra se debían a la herencia de características adquiridas. Esta idea nunca pudo demostrarse y, de hecho, ha sido claramente refutada. Por lo que, la idea de la evolución no se consolidó en ese momento.

 

No obstante, a comienzos del siglo XIX apareció un geólogo de gran importancia que le dio un impulso decisivo a la aceptación de la idea evolutiva: Charles Lyell, quien en 1830 formuló la teoría del uniformitarismo. Según esta teoría, los cambios que hoy vemos que tiene la Tierra no son el resultado de catástrofes repentinas − un diluvio repentino o algo semejante −, sino a los mismos procesos que vemos actuar en la actualidad, actuando a lo largo de siglos pasados, desde el comienzo del mundo, en la medida en que podemos constatarlos.

 

Por consiguiente, si miramos al Gran Cañón veremos que el río lo ha ido erosionando progresivamente, y nos es posible calcular, teniendo en cuenta la velocidad del agua, su volumen, la naturaleza del suelo y otros factores, cuánto tiempo habría sido necesario para producir ese desgaste. Lyell sostenía que, si se asume que estos procesos siempre han operado a la misma velocidad − lo cual resulta muy racional y fácilmente calculable −, se puede alcanzar una explicación uniforme de los fenómenos naturales. Sin embargo, no existe prueba alguna de ello; se trata simplemente de una hipótesis.[9]

 

Esta idea, unida a la creciente aceptación de que las especies evolucionan unas a partir de otras, condujo a la conclusión de que el mundo no tenía apenas unos pocos miles de años, como afirmaban los cristianos, sino que debía contar con decenas de miles, millones de años o incluso más. Así se introduce la noción de una Tierra de antigüedad cada vez mayor. No obstante, una vez más, esto no constituía una demostración, sino una presuposición: la creencia de que la Tierra debía ser muy antigua, sin que ello estuviera probado.

 

Sin embargo, esta idea ya se estaba instalando en la mente de los hombres cuando, en 1859, Charles Darwin publicó en 1859 su libro en el que proponía la idea de la selección natural y se oponía a Lamarck quien sostenía, por ejemplo, que la evolución de la jirafa se había dado por el hecho de que una criatura de cuello corto, al intentar alimentarse de hojas más altas, estiraba su cuello para alcanzarlas, de modo que sus descendientes heredaban un cuello ligeramente más largo; en la generación siguiente este se alargaba un poco más, y así, gradualmente, se habría llegado a la jirafa tal como hoy la conocemos. Esto va en contra de todas las leyes científicas, porque tales cosas no suceden. Un carácter adquirido no puede heredarse; del mismo modo que, aunque a las mujeres chinas se les vendaran los pies[10], sus hijas nacían siempre con pies normales.

 

Darwin, en cambio, propuso la idea de que quizá existían dos criaturas de cuello más largo que sobrevivieron precisamente porque tenían el cuello más largo; se unieron entre sí porque todas las demás habían perecido a causa de circunstancias adversas o de algún desastre; y su descendencia sí tuvo cuellos más largos porque en ellas había ocurrido un cambio interno: lo que los científicos actuales llaman una “mutación”. Al comienzo esto pudo haber sido algo fortuito, pero una vez que se produjo la reproducción entre dos criaturas de este tipo, el rasgo se habría transmitido a través del tiempo.

 

Por supuesto, esto no es más que una conjetura, ya que nadie ha observado jamás que algo así ocurra. Pero se trata de una conjetura que se incrustó en la conciencia de las personas: estaban predispuestos a aceptarla, ya preparados para ella, y ese fue el detonante. La idea sonaba tan plausible que la teoría de la evolución se impuso, aunque no hubiera sido demostrada.

 

De hecho, las especulaciones de Darwin se basaron casi por completo en sus observaciones sobre la variación, no sobre la evolución. Tras viajar a las Islas Galápagos, Darwin se preguntó por qué existían trece variedades diferentes de un mismo tipo de pinzón. Pensó que esto se debía a la existencia de una única especie ancestral que había experimentado cambios en respuesta a las condiciones ambientales. Esto no es evolución, sino variación. A partir de esta observación, concluyó que la acumulación continua de pequeños cambios acabaría dando lugar a una especie distinta. El problema de esta conclusión es que, desde el punto de vista científico, nunca se han observado tales cambios a gran escala; únicamente se han constatado variaciones dentro de un mismo tipo o especie.[11]

 

 

2.   Las “pruebas” de la Evolución

 

 

Examinemos, entonces, las llamadas «pruebas de la evolución» para ver de qué tipo son. No intentaremos refutarlas, sino simplemente evaluar la calidad de las pruebas que se emplean y determinar qué es lo que resulta convincente para quienes creen en la evolución.

 

1.   Existe, por ejemplo, un manual estándar de zoología utilizado hace unos

veinte años, General Zoology, de Tracy I. Storer[12], que enumera una serie de pruebas. La primera de ellas se denomina “morfología comparada” es decir, una comparación de las estructuras corporales. El hombre tiene brazos, las aves tienen alas, los peces tienen aletas; el libro presenta diagramas convincentes que los hacen parecer muy semejantes. Las aves tienen garras y nosotros tenemos dedos; el libro muestra cómo uno podría haberse desarrollado a partir del otro cómo unas estructuras podrían haberse desarrollado a partir de las otras.[13] Todas las criaturas son presentadas como si poseyeran una estructura muy semejante, y las distintas estructuras se distribuyen en diferentes filos, géneros, familias, y así sucesivamente. Desde luego, esto no constituye una prueba. Pero esto resulta muy lógico para quien ya cree en la evolución.

 

Por otra parte, los creacionistas científicos sostienen que, si se cree que Dios creó el universo, necesariamente debió existir un plan maestro básico de la creación; por lo tanto, todas las clases de criaturas presentarían semejanzas fundamentales. Si uno cree que Dios creó todas las criaturas, estos diagramas lo convencen de que, efectivamente, Dios las creó conforme a un plan. Si, en cambio, se cree que una criatura evolucionó a partir de otra, se observan los mismos diagramas y se concluye que una evolucionó en la otra. Pero en esto no hay prueba ni a favor ni en contra de la evolución. De hecho, las personas aceptan la evolución por otras razones y luego observan estas imágenes, lo cual refuerza aún más su convicción.

 

2.   En segundo lugar, está la “fisiología comparada”: El libro General Zoology

afirma: «Los tejidos y los fluidos de los organismos muestran numerosas similitudes básicas en sus propiedades fisiológicas y químicas que se corresponden estrechamente con las características morfológicas». Por ejemplo:

 

 

«a partir de la hemoglobina de la sangre de los vertebrados pueden obtenerse cristales de oxihemoglobina; su estructura cristalina (…) guarda paralelismo con la clasificación de los vertebrados que se basa en la estructura corporal. Los cristales correspondientes a cada especie son distintos, pero los de un mismo género presentan ciertas características comunes. Asimismo, los cristales de todas las aves muestran determinadas semejanzas entre sí, pero difieren de los cristales obtenidos de la sangre de los mamíferos o de los reptiles»[14]

 

 

Aquí podemos decir lo mismo que dijimos respecto de la morfología. Si se cree en la creación, se afirma que Dios hizo criaturas similares con sangre similar, y no hay ningún problema. Si uno cree en la evolución, dirá que una criatura evolucionó a partir de otra. Por cierto, un método de análisis de los sistemas bioquímicos de los organismos, basado en sedimentos sanguíneos, revela que estos sedimentos tienen ciertas similitudes dentro de un mismo género y que son completamente distintas entre géneros diferentes: por ejemplo, entre aves y monos. A partir de ello se realizan ciertos cálculos para determinar cuántos años, en la escala evolutiva, separan a estas criaturas diferentes. Sin embargo, tales cálculos entran en conflicto con todos los demás sistemas. Si este método ha de aceptarse, otros sistemas de datación deben modificarse; por ello, el asunto sigue siendo controvertido y, en realidad, no demuestra nada, ya que puede aceptarse tanto como una prueba de la evolución como de la creación divina.

 

3.   Existe un tercer argumento denominado «embriología comparada».

Manuales como este General Zoology solían incluir imágenes que muestran embriones de pez, salamandra, tortuga, pollo, cerdo, hombre, etc., en las que todos parecen muy similares y luego se desarrollan de manera diferente. Además, se observa que el embrión humano presenta las llamadas «hendiduras branquiales». Por lo tanto, se afirma que esto constituye un recuerdo de su ancestría.[15] Ernst Haeckel formuló la «teoría de la recapitulación» o «ley biogenética», según la cual «un organismo individual, en su desarrollo (ontogenia), tiende a recapitular las etapas atravesadas por sus antepasados (filogenia)»[16]. Hoy en día, esta teoría ya no es aceptada por los evolucionistas, quienes sostienen que dichas “hendiduras” no son “branquias” en absoluto, sino estructuras preparatorias de lo que posteriormente se desarrollará en el cuello del ser humano. Por ello, esta prueba ha sido en gran medida descartada. Una vez más, se recurre al argumento de que la similitud constituye una prueba, lo cual en realidad no lo es.

 

4.   Otra prueba que antes se consideraba más sólida de lo que se considera hoy

es la de los órganos vestigiales”. Existen ciertos órganos, como el apéndice en el ser humano, que parecen no tener función en la actualidad y que, por ello, se consideran restos de una etapa evolutiva previa, cuando un mono u otro ancestro del hombre utilizaba esos órganos. Sin embargo, cada vez más se descubre que estos órganos vestigiales cumplen alguna función; en el caso del apéndice, se ha observado que posee una función glandular. Por ello, este argumento también está perdiendo fuerza.[17] El simple hecho de que se desconozca la función de un órgano no significa que sea un vestigio de una forma de vida inferior.

 

5.   Luego están los argumentos provenientes de la paleontología, el estudio

de los fósiles. Uno de los aspectos que suele considerarse más convincente es el de los estratos geológicos, como los que se observan en el Gran Cañón, donde se distinguen múltiples capas; y cuanto más profundas son, más primitivas parecen las criaturas que contienen. Los estratos se datan según el tipo de criaturas que se encuentran en ellos. En el siglo XIX se descubrieron estos estratos y se determinó cuáles eran más antiguos y cuáles más recientes; hoy existe un sistema bastante sofisticado para establecer la antigüedad relativa de cada uno. Sin embargo, todo el sistema de datación es más bien circular. Puesto que a menudo estos estratos están “invertidos” es necesario introducir reajustes en conformidad con el modelo evolucionista. Del mismo modo que el sistema ptolemaico necesitó ciertos ajustes (epiciclos) porque los planetas no giraban uniformemente alrededor de la Tierra, así también los evolucionistas deben hacer ajustes cuando descubren que, de acuerdo con la teoría de la evolución, los estratos están “invertidos”. Deben datarlos según los fósiles que contienen. Pero ¿cómo saben que los fósiles presentes en esos estratos están en el orden correcto? Lo saben porque, en algún otro lugar, los fósiles se encontraban en el orden considerado “correcto” conforme al modelo evolucionista, y a partir de allí se construyó el sistema. Si se examina el asunto con atención, se advierte que se trata de un sistema circular.[18] Hay que tener fe de que esto realmente se corresponde a la realidad.

 

Existen una serie de fallas en este planteamiento. En primer lugar, las criaturas aparecen de manera bastante repentina en cada estrato, sin que haya tipos intermedios que conduzcan gradualmente hasta ellas. Además, a medida que avanza la investigación, se están encontrando animales en estratos en los que, según la teoría, no deberían hallarse. Por ejemplo, en la actualidad, en el nivel precámbrico se están encontrando criaturas semejantes a medusas (tribráquidos) y toda clase de animales bastante complejos como estos, que no deberían estar allí, puesto que supuestamente no evolucionaron sino hasta unos cien millones de años más tarde.[19] En consecuencia, o bien tienes que cambiar tu idea sobre la evolución de tales criaturas, o bien tienes que decir que se trató de excepciones.[20]

 

En general, sin embargo, no existe prueba alguna de que estos estratos se hayan depositado a lo largo de millones de años. Los creacionistas que tratan el tema del Diluvio de Noé sostienen que es igualmente plausible que el Diluvio haya causado exactamente este tipo de fenómenos, ya que los animales más desarrollados se habrían dirigido hacia terrenos más elevados intentando escapar del diluvio. Los animales marinos menos evolucionados habrían sido los primeros en quedar sepultados, y la escasez de restos humanos se explicaría por el hecho de que el hombre habría intentando huir en barcos u otros medios.[21]

 

Además, solo bajo condiciones muy particulares puede formarse un fósil. Es necesario que el organismo sea enterrado repentinamente en cierto tipo de lodo que permita su preservación.[22] Toda la idea de la gradualidad de estos fenómenos está siendo cada vez más cuestionada. De hecho, ahora existe evidencia de que el petróleo, el carbón y sustancias similares pueden formarse en períodos extremadamente cortos, en cuestión de días o semanas. La propia formación de los fósiles favorece claramente la idea de una catástrofe.

 

Dentro del campo de la paleontología, el argumento más significativo en contra la evolución consiste en la dificultad de afirmar que alguna vez se haya descubierto siquiera un solo ejemplo que pueda denominarse especie intermedia. De hecho, Darwin que se mostró profundamente inquieto ante este problema, escribió:

 

«Pero el número de variedades intermedias que han existido en otro tiempo tiene que ser verdaderamente enorme, en proporción precisamente a la enorme escala en que ha obrado el proceso de exterminio. ¿Por qué, pues, cada formación geológica y cada estrato no están repletos de estos eslabones intermedios? La Geología, ciertamente, no revela la existencia de tal serie orgánica delicadamente gradual, y es esta, quizá, la objeción más grave y clara que puede presentarse en contra de mi teoría. La explicación está, a mi parecer, en la extrema imperfección de los registros geológicos»[23]

 

Los científicos actuales afirman que el registro fósil es extremadamente abundante que se conocen más especies fósiles que especies vivientes. Sin embargo, hasta ahora, no se han encontrado más que un par de individuos que puedan considerarse especies intermedias. Hablan del pterodáctilo, este reptil con alas, y dicen que es un reptil en proceso de convertirse en un ave. Pero ¿por qué no podríamos decir, simplemente, que es un reptil con alas?[24]

 

Existen ciertos fósiles, llamados «fósiles guía», que, cuando se observan en un estrato determinado, indican que dicho estrato no puede ser ni más antiguo ni más reciente que una fecha concreta, puesto que ese animal ya no existía en ese período. Sin embargo, recientemente se ha descubierto un animal de este tipo que se suponía extinto desde hacía quinientos millones de años, y que en realidad está nadando actualmente en el océano. Y debido a que se creía que era un fósil guía, esto desajustó todo el sistema, y la datación de ese estrato que en particular que había sido hecha en función de ese pez supuestamente extinto, dejo de considerarse correcta.[25]

 

¿Y por qué ciertas especies evolucionan y otras permanecen exactamente como eran? Hay muchas especies encontradas en el pasado que son idénticas a especies que viven actualmente. Se proponen ideas según las cuales algunas serían especies “reprobadas” que no avanzan por alguna razón, mientras que otras serían más progresivas porque tendrían la energía para sobrepujarse. Pero eso es fe, no prueba. Las especies fósiles conservadas son tan distintas entre sí como las especies vivientes.

 

6.   Existen además las llamadas pruebas “evidentes” de la evolución por

parentesco. En la mayoría de los textos de evolución se incluyen reconstrucciones artísticas que pretenden mostrar la evolución del caballo y del elefante.[26] Estas reconstrucciones implican un notable grado de subjetividad, como cuando se representa al hombre de Neandertal encorvado para hacerlo parecer un simio. Esto no constituye una prueba científica, sino una construcción imaginativa basada en una concepción filosófica previa.

 

Las pocas líneas de descendencia consideradas “claras” − las del caballo,

el cerdo, etc. − suponen o bien simples variaciones dentro de un mismo tipo (como los distintos tamaños de los caballos), o bien, cuando se trata de formas aparentemente distintas, asumen − sin poder probarlo − una relación de descendencia directa entre unas criaturas y otras. Aun si la evolución fuera verdadera, tales líneas de descendencia podrían ser verosímiles, pero en ningún caso constituyen una demostración de la evolución.

 

7.   En fin, la última llamada «prueba de la evolución» es la mutación.

De hecho, los científicos serios dirán que todo lo demás no constituye una prueba real. Pero la única prueba sería la mutación. Existen algunos evolucionistas, como Theodosius Dobzhansky, que afirman: «He demostrado la evolución porque he creado una nueva especie en el laboratorio». Y así, tras treinta años de experimentos con moscas de la fruta, que se reproducen muy rápidamente, se puede obtener el equivalente a cientos de miles de años de vida humana. Él experimentó irradiando las moscas de la fruta y finalmente obtuvo dos tipos que presentaban cambios y que ya no se cruzaban con el otro tipo de mosca de la fruta: carecían de alas y ya no eran capaces de reproducirse. Esta es su definición de especie: la ausencia de entrecruzamiento; por ello sostenía: «He hecho evolucionar una nueva especie».

 

En primer lugar, esto se llevó a cabo en condiciones extremadamente artificiales, mediante radiación; y para poder justificarlo sería necesario postular una nueva teoría sobre la acción de la radiación procedente del espacio exterior. En segundo lugar, sigue siendo una mosca de la fruta. Puede no tener alas o ser púrpura en lugar de amarilla, pero continúa siendo una mosca de la fruta y, en lo esencial, no se diferencia de ninguna otra; es simplemente otra variedad. Por consiguiente, en realidad no ha demostrado nada.

 

Además, las mutaciones son perjudiciales en un noventa y nueve por ciento de los casos. Todos los experimentos − incluidos aquellos realizados por evolucionistas que han trabajado en este campo durante muchas décadas − han fracasado a la hora de mostrar un cambio real de un tipo de criatura a otra, incluso en las formas más primitivas, que se reproducen cada diez días. Lejos de apoyar la evolución, la evidencia en ese terreno respalda la “fijeza” de las especies.[27]

 

Pero, en definitiva, debemos decir que no existe una prueba científica concluyente a favor de la evolución; y del mismo modo, tampoco existe una prueba concluyente en contra de ella. Aunque, a la luz de la evidencia disponible, la idea pueda no resultar especialmente lógica ni verosímil, no hay prueba alguna de que, dados mil millones o billones de años, no pudiera producirse un mono a partir de una ameba. ¿Quién lo sabe? Si por un momento no se tiene en cuenta lo que dicen los Santos Padres, uno podría pensar que quizá sea cierto, especialmente si existe un Dios. Pero si se piensa que ocurrió “por azar”, entonces no se tiene ningún argumento en absoluto.[28] Creer que sucedió tan solo por azar requiere mucha más fe que creer en Dios. En cualquier caso, la evidencia que acabamos de examinar tendrá sentido para cada cual según sea su filosofía. La filosofía creacionista requiere menos ajustes de la evidencia y, por ello, es más plausible.

 

8.   Otro recurso que suele presentarse como una “prueba de la evolución” es la

datación radiométrica: la de radiocarbono, potasio-argón, decaimiento del uranio, y otras.[29] Todos ellos desarrollados en el curso del siglo pasado, algunos incluso en fechas relativamente recientes. Según los evolucionistas, estos sistemas confirmarían la gran antigüedad del mundo. Se afirma que han supuesto una revolución en la datación, ya que habrían permitido pasar de estimaciones relativas a estimaciones consideradas absolutas. Así, mediante el método potasio-argón puede asignarse a una roca una edad de dos mil millones de años, con un margen de error aproximado del diez por ciento.

 

Sin embargo, la considerable antigüedad de la Tierra ya era tenida por cierta por la comunidad científica mucho antes del desarrollo de estos métodos. Desde sus comienzos, los sistemas de datación se fundamentaron en supuestos uniformitaristas no verificados, inspirados en las ideas de Charles Lyell, que postulaban una edad del mundo de muchos millones, cuando no miles de millones, de años. [30]

 

En segundo lugar, existen ciertos principios básicos, ciertas presuposiciones, que estos sistemas de datación deben asumir. Estos sistemas, que rastrean la tasa de desintegración de minerales radiactivos hacia componentes “hijos”, requieren: (1) que exista una uniformidad absoluta, es decir, que la tasa de desintegración haya sido siempre la misma durante todo el tiempo que el proceso ha estado en curso; (2) que no haya habido contaminación procedente de fuentes externas −algo que ellos mismos admiten que ocurre− (3) que el objeto que se está datando haya permanecido aislado, y que ninguna materia orgánica haya estado en contacto con él desde el exterior; y, finalmente, (4) que no existiera inicialmente ningún componente “hijo”, sino únicamente el componente “padre”. Todas estas cosas son suposiciones; no están demostradas.[31]

 

Muchas personas, incluso entre quienes no son evolucionistas, admitirán que el carbono 14 es el más confiable de todos los sistemas de datación. Incluso los creacionistas científicos admiten que puede tener una cierta precisión hasta quizás dos mil años. Ha sido probado en ciertos objetos cuya antigüedad ya se conocía, y en la mayoría de los casos no ha estado demasiado lejos del valor real. Pero más allá de dos o tres mil años se vuelve extremadamente dudoso. Y aun los defensores de este sistema admiten que, debido a que la vida media del carbono 14 es de unos 5700 años, no puede ser preciso más allá de 25.000 o 30.000 años como máximo.[32] Los otros sistemas, como el potasio-argón, la desintegración del uranio, etc., afirman medir vidas medias de 1,3 y 4,5 mil millones de años, respectivamente y por lo tanto, cuando se trata de determinar la edad de rocas antiguas, se utilizan estos sistemas.

 

El sistema del carbono 14 se usa únicamente sobre materia orgánica, es decir, sobre los propios fósiles, mientras que los sistemas de potasio-argón y uranio se aplican para las rocas.[33] Para estos últimos rigen las mismas condiciones que para el primero: debe suponerse una tasa de decaimiento constante a lo largo de miles de millones de años así como la ausencia de contaminación a lo largo de ese período y la inexistencia inicial de componentes “hijos”. En el método potasio-argón, por ejemplo, debe asumirse que inicialmente no existía argón-40, sino únicamente el componente “padre”, del cual procede el argón-40[34]. Todas estas cosas deben aceptarse por fe.

 

Y si se intenta medir algo relativamente “reciente”, por ejemplo, de apenas un millón de años atrás, utilizando un sistema cuya vida media es de mil millones de años, es como intentar medir un milímetro con una vara de un metro, y no resulta muy preciso, incluso si se supone que el sistema es válido. Ha habido numerosos casos en los que se ha aplicado este sistema a rocas recientes y se han obtenido edades de millones o incluso de miles de millones de años.[35] Por lo tanto, todo el planteamiento es muy endeble. Presupone desde el inicio la existencia de esos miles de millones de años.

 

Se han empleado también otros tipos de pruebas en distintos momentos, como la medición de la tasa a la que el sodio y diversos compuestos químicos ingresan en el océano. Se calcula la cantidad de elementos presentes actualmente en el mar, se estima cuánto se añade cada año y, a partir de ello, se infiere la antigüedad probable del océano, que sería semejante a la del mundo. Aplicando este método al sodio, se concluyó que la Tierra no tendría más de 260 millones de años.[36] No obstante, se comprobó que los resultados varían según el elemento utilizado: el plomo da una edad de 2.000 años; otros, 8.000 años; algunos, 18.000 años; otros, 11 millones. No hay en absoluto uniformidad.[37]

 

Existen además otras pruebas. Por ejemplo, un test basado en la tasa de entrada del helio en la atmósfera indicaba que la atmósfera terrestre tendría tan solo varios miles de años.[38] [39]

 

En consecuencia, estas pruebas son muy inciertas, y algunas de ellas hacen muy dudoso que el mundo tenga una antigüedad del orden de los 5 mil millones de años.

 

Cuando se examina todo esto, al final depende de cuál sea la fe de cada uno. Algunos científicos piensan que la tierra es muy antigua porque, de otro modo, la evolución sería inconcebible. Y si se cree en la evolución, se debe creer necesariamente que la tierra es muy antigua, ya que la evolución no funciona en escalas de tiempo cortas. Pero en lo que respecta a pruebas científicas, no existe prueba alguna que de manera concluyente determine que la tierra tenga cinco mil millones de años, ni tampoco de que tenga siete mil años. Podría ser cualquiera de las dos cosas. Todo depende de las suposiciones iniciales.

 

Por lo tanto, la evolución no es en realidad un problema científico, sino una cuestión filosófica. Y debemos darnos cuenta de que la teoría de la evolución resulta aceptable para ciertos científicos, ciertas personas y ciertos filósofos porque su formación previa los ha predispuesto a aceptarla.

 

 

3.   La teoría de la evolución es filosóficamente insostenible

 

 

Veamos de nuevo lo que dice Randall, quien creía en el evolucionismo y

observa el rol que la fe tiene en todo esto. Como ya hemos leído:

       

«Actualmente los biólogos admiten que en realidad, no sabemos nada de las causas del origen de las nuevas especies: la fe científica sostiene que ocurren oporque se producen cambios químicos en el plasma germinativo»[40]. Esta es la fe científica. Y si uno interroga al científico, él dirá que cualquier otra cosa es inconcebible; y ese “cualquier otra cosa” significaría que Dios creó el mundo hace 7000 u 8000 años.

 

Randall describe las consecuencias que el evolucionismo ha tenido en el mundo:

 

«No obstante estas dificultades, las creencias del presente totalmente saturadas de la concepción evolucionista. Los grandes conceptos e ideas subyacentes que tanto significaron para el siglo XVIII: naturaleza, razón y utilidad, en gran medida han cedido el paso a un nuevo conjunto que expresa mejor los ideales intelectuales del mundo evolucionista. Muchos factores sociales han conspirado para popularizar la idea del desarrollo y sus corolarios»[41]

 

«La evolución ha introducido toda una nueva escala de valores. Si para el siglo XVIII el ideal consistía en lo racional, en lo natural, y aun en lo primitivo e intacto, para nosotros lo deseable se identifica más bien con el fin último del proceso en desarrollo, y nuestros términos de elogio son “moderno”, “al día”, “adelantado”, “progresista”. Lo mismo que la Ilustración, tendemos a identificar lo que aprobamos con la naturaleza, pero para nosotros no se trata del orden racional de la naturaleza sino de la culminación de un proceso evolutivo que aprovechamos para influir en nuestra existencia. Para el siglo XVIII no podía concebir nada peor que llamar a un hombre “entusiasta antinatural”; hoy preferimos tildarlo de “fósil anticuado y envejecido”. En aquella época se creía en las teorías si se las llamaba racionales, útiles y naturales; hoy las aceptamos si son “el producto más reciente”. Preferimos ser modernistas y progresistas a ser buenos razonadores. Acaso sea un problema no resuelto el de saber si en nuestra nueva escala de valores no hemos perdido tanto como hemos ganado (..) La idea de evolución, tal como se ha llegado a entender, ha reforzado la actitud humanística y naturalista» [42]

 

 

 

4.   La perspectiva ortodoxa

 

Ahora tendremos que describir lo que dice la Ortodoxia acerca de los problemas tratados por el evolucionismo, en las cuestiones que conciernen a la filosofía y a la teología. Según la teoría de la evolución, el hombre proviene de la vida salvaje, y por esta razón en los libros de zoología se representa al hombre de Cro-Magnon y al hombre de Neandertal como seres evidentemente salvajes, listos para golpear a alguien en la cabeza y robarle su comida. Esto es claramente producto de la imaginación; no se basa en la forma de los fósiles ni en ningún otro dato objetivo.

 

        Si se cree que el hombre surge de la barbarie, entonces toda la historia pasada se interpretará en esos términos. Pero según la Ortodoxia, el hombre cayó del paraíso. En la filosofía evolucionista no cabe la idea de un estado sobrenatural en Adán. Y aquellos que desean conservar tanto el cristianismo como el evolucionismo se ven obligados a imponerle un paraíso artificial a una especie de criatura simiesca. Por supuesto, se trata de dos interpretaciones completamente diferentes que no pueden reconciliarse.

 

Lo que finalmente sucede es que quienes intentan hacer esto − como muchos católicos en las últimas décadas − terminan por enredarse y llegan a aceptar que la evolución debe ser verdadera y que el cristianismo es un mito. Para ellos, la caída del hombre no sería más que una suerte de inmadurez cósmica: cuando los homínidos, que vivían en un estado de ingenuidad, evolucionaron hasta convertirse en seres humanos, desarrollaron un complejo de culpa; y eso sería la caída.

 

Además, según estos evolucionistas, la humanidad no desciende de una sola pareja, sino de muchas parejas diferentes. La teoría recibe el nombre de poligenismo y una vez que se acepta la idea de que todo esto debe de examinarse racionalmente − sobre la base de la filosofía naturalista racional de los filósofos modernos − el cristianismo se ve obligado a ser relegado en un segundo plano o en transformarse en algo híbrido, al fusionarse con el evolucionismo y apoyarse en suposiciones no verificadas o apenas examinadas.

 

En cualquier caso, se entra en un ámbito de verdades muy relativas. En cambio, en la enseñanza de los Santos Padres hallamos verdades reveladas y verdades transmitidas por hombres divinamente inspirados.

 

Por lo tanto, examinaremos algunas de las cosas que dicen los Santos Padres. Hay una gran cantidad de material relacionado con la evolución, aunque no lo parezca a primera vista. Pero si uno reflexiona sobre lo que la evolución significa filosófica y teológicamente, y luego busca estas cuestiones en los escritos de los Santos Padres, se encuentra una gran cantidad de información. No podemos entrar en mucho detalle ahora, pero consideremos solo algunos puntos para ver si podemos caracterizar la evolución conforme a la enseñanza de los Padres.

 

En primer lugar, debemos señalar que la idea de la creación es algo completamente distinto del mundo que vemos hoy; se trata de un orden completamente distinto. Por eso, cuando leemos en un evolucionista cristiano moderno − un conocido teólogo griego conservador, Panagiotis Trempelas, supuestamente de orientación escolástica − que sostiene: «resulta más glorioso, más propio de la divinidad y más acorde con los métodos ordinarios de Dios que vemos diariamente manifestados en la naturaleza que las diversas formas hayan sido creadas por medio de procesos evolutivos, permaneciendo Él como la causa creadora primera y suprema de las causas secundarias e intermedias a las que se debe el desarrollo de la diversidad de las especies»[43]

 

Observaremos aquí que, con frecuencia, los teólogos suelen estar bastante rezagados respecto de los tiempos. En su intento de justificar el dogma científico, a menudo adoptan ideas que los propios científicos ya han dejado atrás, porque los científicos leen la literatura especializada, mientras que los teólogos con frecuencia temen parecer anticuados o decir algo que no esté de acuerdo con la opinión científica dominante. De este modo, un teólogo puede caer de manera inconsciente en una idea evolucionista por no haber reflexionado sobre el asunto en profundidad, por no poseer una filosofía coherente y completa, y por no estar al tanto de la evidencia y de las cuestiones científicas.

 

Pero esta misma idea que él expone − según la cual la creación debería ajustarse a los métodos que Dios utiliza constantemente − no tiene en absoluto nada de patrístico. Porque la creación es precisamente el momento en que el mundo llegó a la existencia. Y cualquier Santo Padre que haya escrito sobre este tema te dirá que los primeros seis días de la creación fueron algo completamente distinto de todo lo que haya ocurrido después en la historia del mundo.

 

Incluso san Agustín, que afirma que todo esto es un misterio, dice que en realidad ni siquiera podemos hablar de ello, porque es algo tan distinto de nuestra experiencia que está más allá de nuestra comprensión. Del mismo modo, no podemos proyectar las leyes actuales de la naturaleza hacia el pasado para explicar la creación. La creación es algo diferente: es el comienzo de todo esto, no el estado en que el mundo se encuentra ahora.

 

Algunos teólogos bastante ingenuos intentan decir que los seis días de la creación pueden ser períodos infinitamente largos y que corresponderían a las distintas capas geológicas. Pero esto, por supuesto, no tiene sentido, porque los estratos geológicos no se organizan en seis capas claramente identificables, ni en cinco, ni en cuatro. Hay una gran cantidad de capas y no corresponden en absoluto a los seis días de la creación. Por lo que no es más que un intento muy endeble de acomodar las cosas.

 

De hecho, si uno examina a los Santos Padres, aunque pueda parecer terriblemente fundamentalista decirlo, todos coinciden en afirmar que esos días fueron de veinticuatro horas. San Efrén el Sirio incluso los divide en dos períodos de doce horas a cada uno. San Basilio el Grande dice que el primer día en el Génesis no se llama “primer día”, sino “día uno”, porque es el día mediante el cual Dios midió todo el resto de la creación. En otras palabras, el primer día − que tenía veinticuatro horas − es el mismo día que se repite en toda la creación posterior.

 

Y si se reflexiona sobre ello, no hay nada particularmente difícil en esta idea, porque la creación de Dios está completamente fuera del alcance de nuestro conocimiento actual, la asimilación de los días con edades no tiene ningún sentido. No se pueden hacer coincidir. Por lo que, ¿para qué introducir la suposición de un día que dure mil o un millón de años? No existe ninguna necesidad de hacerlo.

 

En realidad, los Santos Padres enseñan unánimemente que los actos creadores de Dios son instantáneos. San Basilio el Grande, San Ambrosio el Grande, San Efrén y muchos otros dicen que, cuando Dios crea, Él pronuncia la Palabra, y ésta es más rápida que el pensamiento.

 

          Hay muchísimas citas, pero no podemos entrar en ellas ahora. No hay ningún Padre que diga que la creación fue lenta. Hay seis días de creación, y los Santos Padres explican que no se trata de un proceso prolongado ni de que el hombre haya evolucionado a partir de algo inferior, idea que es completamente ajena a los Santos Padres, sino que las criaturas inferiores aparecieron primero para preparar el mundo para el ser supremo, el hombre, quien debía encontrar su reino ya creado al llegar. Incluso san Gregorio el Teólogo utiliza la expresión de que el hombre fue creado por Dios en el sexto día y entró en la tierra recién creada.[44]

Había toda una enseñanza de los Santos Padres acerca del estado del mundo y de Adán antes de la caída de Adán. Adán era inmortal o, más bien, como dice Agustín, no fue creado inmortal; fue creado con la posibilidad de ser, en cuanto al cuerpo, mortal o inmortal, y por su caída eligió ser mortal en el cuerpo.

          La creación antes de la caída de Adán se encontraba en un estado diferente. Sobre esto los Santos Padres no dicen demasiado; en realidad, es algo que supera nuestra comprensión. Pero algunos Padres de carácter más contemplativo, como san Gregorio del Sinaí, describen el estado del paraíso. Él dice que es un estado que existe incluso ahora, pero que se ha vuelto invisible para nosotros; es el mismo estado que existía entonces. Se trata de un lugar situado entre la corrupción y la incorrupción, de modo que, cuando un árbol cae en el paraíso, no se pudre inmediatamente, como sabemos que ocurre de manera natural, sino que se transforma en una sustancia sumamente fragante. Esto es una indicación de que se trata de algo que está más allá de nuestra comprensión y que obedece a otro tipo de ley.

          Sabemos también de personas que han estado en el paraíso, como san Eufrosino, el cocinero, que fue al paraíso y trajo de allí tres manzanas. Estas manzanas fueron conservadas por un tiempo, luego divididas y comidas, y eran muy dulces. Las comieron como pan bendito, lo cual indica que hay algo relacionado con la materia y, al mismo tiempo, algo distinto de la materia. Hoy en día se especula sobre la materia, la antimateria y el origen de la materia, y se reconoce que no se sabe realmente qué es. Entonces, no debería sorprendernos que exista algún tipo diferente de materia.

 

Sabemos también que tendremos un cuerpo distinto, un cuerpo espiritual. Nuestro cuerpo resucitado será de una materia diferente de la que conocemos ahora. San Gregorio el Sinaíta dice que será como nuestro cuerpo actual, pero sin humedad y sin peso. Cómo será exactamente no lo sabemos; tal vez sólo quien haya visto un ángel pueda tener alguna idea de ello. Nuestros propios cuerpos están repletos precisamente de este tipo de pesadez.

 

Por lo tanto, no necesitamos especular sobre qué tipo exacto de materia será esta, porque eso nos será revelado cuando sea necesario, en la vida futura. Basta con saber que el paraíso, el estado de toda la creación antes de la caída de Adán, era muy diferente de lo que conocemos.

 

Uno puede especular, si quiere, sobre si alguna criatura murió antes de Adán. Adán trajo la muerte al mundo, por lo que es muy probable que ninguna criatura muriera antes de su caída. Pero los Santos Padres apenas hablan de cuestiones concretas como ésta. Por eso, no nos corresponde especular. Todo lo que sabemos es que el mundo era muy diferente. Y la ley de la naturaleza que conocemos ahora es la ley que Dios estableció cuando Adán cayó, cuando dijo: “Maldita será la tierra por tu causa” (Gen. 3:17), y “con dolor darás a luz hijos” (Gen. 3:16). Antes de la caída, Eva era virgen. Dios creó al varón y a la mujer sabiendo que el hombre podría caer y que necesitaría reproducirse.

         Hay un gran misterio en el estado de la creación antes de la caída de Adán, y no necesitamos indagar en ello porque no nos interesa el “cómo” de la creación. Sabemos que hubo una creación en seis días, y los Santos Padres dicen que fueron días de veinticuatro horas; no hay nada sorprendente en ello. Los actos fueron instantáneos: Dios quiere y se hace, Dios habla y se hace. Dado que creemos en un Dios todopoderoso, no hay ningún problema en ello. Cómo se veía, cuántas especies había, si existían todas las variedades actuales o solo tipos básicos, familias o géneros, no lo sabemos, y no es importante saberlo.

 

Superponer la teoría de la evolución a la idea de Dios, como hacen algunos evolucionistas cristianos, no ayuda en absoluto. O, mejor dicho, sólo ofrece una solución al problema de saber de dónde provinieron las cosas en un principio. En lugar de un gran cuenco de gelatina cósmica, se tiene a Dios. Bien, eso es más claro y parece una idea precisa. Si se habla de una sustancia cósmica primitiva en algún lugar del universo, es algo muy místico y difícil de comprender. Si uno es materialista, esa idea le parece razonable, pero sólo porque ya parte de ese presupuesto materialista. Pero, aparte de la cuestión de dónde surgió todo en un principio, nada se aclara al introducir a Dios en la idea de la evolución. Las dificultades de la teoría permanecen intactas, tanto si Dios esté detrás de ella como si no. Así pues, la idea de la evolución no se ve realmente fortalecida al añadirle a Dios.

 

Otra diferencia entre la filosofía moderna de la evolución y la enseñanza ortodoxa no se refiere solo al pasado del hombre, sino también al futuro de la humanidad. Si la creación es una gran línea continua de vida que evoluciona y se transmuta en nuevas especies, entonces

 

Si la creación es un único filamento que evoluciona y se transforma en nuevas especies, entonces surge un determinado tipo de filosofía del futuro, que examinaremos en breve al hablar de la evolución hacia el “superhombre”. Si la creación es una gran jerarquía de los entes, entonces se puede esperar algo distinto. No es necesario esperar una especie de ascenso continuo desde lo inferior hacia lo superior.

 

En lo que respecta a la transmutabilidad de las especies − o “géneros”, según la palabra utilizada en el Génesis, porque “especie” es un concepto muy arbitrario que no debe tomarse como una categoría estricta −, los Santos Padres tienen una enseñanza bastante definida. Citaremos brevemente a algunos Padres sobre este punto.

 

San Gregorio de Nisa, o más exactamente su hermana santa Macrina, a quien él cita en su lecho de muerte, aborda esta cuestión cuando refuta la idea de la transmigración de las almas y de la preexistencia de las almas que enseñaba Orígenes. Ella dice −o más bien, san Gregorio dice a través de ella −:


«Me parece que confunden las propiedades de la naturaleza aquellos a quienes place asegurar que el alma pasa y emigra a diversas naturalezas; y que los tales todo lo confunden y mezclan entre sí: lo que carece de razón y lo que está dotado de ella, lo que carece de sentidos y lo que está provisto de ellos, pues que las unas cosas están en las otras sin haberse separado entre sí inmutablemente en alguna cárcel o claustro de la naturaleza.




Porque decir que una misma alma, ahora dotada de razón y de inteligencia y de la facultad de pensar y cubierta por el ropaje del cuerpo, luego habite con los reptiles en las cavernas, o se congregue con los pajarillos, o lleve cargas, o coma carnes crudas, o que nada en la profundidades, o incluso degenere en una naturaleza carente de sentido, o eche raíces, o llegue a ser árbol y produzca ramas y se convierta en flor o en espina, o en algo dotado de facultad nutritiva, o se haga y llegue a ser venenosa; no es otra cosa sino estimar que todas las cosas sean una misma y que sea una misma la naturaleza de todas las cosas, mezclada en una comunión inconfusa, indistinta e indivisa, sin que lo uno se distinga de lo otro por alguna propiedad»[45]

 

Esto muestra con toda claridad que los Santos Padres creían en una verdadera jerarquía de los entes. No se trata, como pretendía Erasmo Darwin, de un único filamento que atraviesa toda la naturaleza de los seres existentes; hay naturalezas distintas.

 

         Si examinamos una de las obras fundamentales de la teología ortodoxa, La exposición de la fe ortodoxa de San Juan Damasceno, encontramos que antes de escribir esta obra, él compuso otros dos libros que consideraba parte de un conjunto. Uno es Sobre las herejías, donde explica exactamente qué creían los herejes y por qué nosotros no lo creemos. Y la primera parte de esta gran obra −que es uno de los textos clásicos de la teología ortodoxa − se titula Sobre la filosofía, y toda la obra completa recibe el nombre de La fuente del conocimiento.

 

Allí comienza con capítulos filosóficos en los que trata temas como qué es el conocimiento, qué es la filosofía, qué es el ser, qué es la sustancia, qué es el accidente, qué es la especie, qué es el género, cuáles son las diferencias y cuáles son las propiedades. Todo el sistema se basa en la idea de que la realidad está claramente dividida en distintos seres, cada uno con su propia esencia y su propia naturaleza, sin que uno se confunda con otro. Existe una jerarquía definida de seres, y él mismo dice que es necesario comprender estas nociones antes de poder leer su obra La exposición de la Fe Ortodoxa.

 

Estudiante: ¿De quién es esa obra?


P. S.: De san Juan Damasceno, del siglo VIII.

 

 

Existen, por cierto, varios libros fundamentales de los Padres ortodoxos dedicados precisamente a la Creación. Uno de ellos se llama Hexaemerón, es decir, “Los seis días”, y son comentarios sobre los seis días del Génesis. Hay uno de san Basilio el Grande en Oriente, otro de san Ambrosio el Grande en Occidente, y otros más breves. También hay comentarios sobre el Génesis de san Juan Crisóstomo, de san Efrén el Sirio, que además escribió tratados sobre Adán y Eva. Existen muchos escritos dispersos en los Padres sobre estos temas. Incluso san Juan de Kronstadt escribió un Hexaemerón.

 

         Estos libros son muy inspiradores porque no se limitan a un conocimiento abstracto, sino que están llenos de sabiduría práctica. Los Santos Padres recurren al amor por la naturaleza y al esplendor de la creación divina para ofrecernos ejemplos a nosotros los hombres. Dan numerosos ejemplos sencillos sobre cómo debemos imitar a la paloma en su amor por su compañero, cómo debemos aprender de los animales más prudentes y no imitar a los más torpes. Por ejemplo, se puede observar a las ardillas, que son muy avaras, y aprender que no debemos comportarnos así. En cambio, debemos ser mansos como el ciervo. Tenemos a nuestro alrededor innumerables ejemplos de este tipo.

 

San Basilio, por ejemplo, dice: «Que la tierra germine». Y añade que «Este simple mandato en un instante fue una gran naturaleza y una palabra del artífice, y más veloz que nuestro pensamiento, produjo miles de plantas.»[46] En otro lugar dice que, cuando se pronunció: «“Broten de la tierra árboles frutales que den fruto según su especie y cuya semilla este en ellos sobre la tierra” (Gen. 1:11) En un instante la tierra comenzó a germinar obediencia a las leyes del Creador (…) Había praderas feraces cubiertas de un césped tupido, llanuras fértiles llenas de sembrados (…) Todas las plantas, todas las especies de hortalizas, de malezas y legumbres, se elevaban de la tierra en abundancia» [47]

 

Y aquí tiene una cita sobre esta misma cuestión de la sucesión de las criaturas unas después de otras. Cita el Génesis:

 

 «“Que la tierra produzca seres vivientes”. (…) “Que la tierra produzca el alma viviente de los ganados, de los animales salvajes y de los reptiles” (Gen. 1:24).»

 

Y san Basilio dice a propósito de esto: «Piensa en la palabra de Dios que recorre la creación en sus comienzos y que hasta ahora sigue actuado y que se manifestará al final del mundo. Como una esfera que uno empuja, y no se detiene hasta que encuentra un declive y se desliza por la pendiente debido a su estructura y a la disposición del terreno y no se detiene hasta llegar a una superficie plana, de la misma manera la naturaleza de los entes, puesta en movimiento por una orden, conserva, desde el nacimiento hasta la muerte, la semejanza entre los individuos a través de las generaciones sucesivas de la especie hasta el final. Puesto que a un caballo le sucede otro caballo, a un león otro león, a un águila un águila, y conserva así a cada animal a través de las sucesiones ininterrumpidas hasta el final de todas las cosas. Ninguna duración del tiempo destruye o borra los caracteres particulares de los seres vivos; su naturaleza permanece tal cual fue constituida y sigue el curso del tiempo siempre joven»[48]

 

Esta es una afirmación filosófica, no científica. Es la forma en que Dios creó a las criaturas. Cada una tiene una semilla y una naturaleza propias que le transmite a su descendencia. Cuando ocurre alguna excepción, se trata de una anomalía, de algo monstruoso, y no invalida el principio de que cada naturaleza es distinta de las demás. Si no comprendemos toda la variedad de la creación de Dios la culpa es nuestra y no de Dios.

 

San Ambrosio tiene varias citas en el mismo sentido. Su Hexaemeron está muy cercano, en espíritu, al de san Basilio.

 

A continuación citaremos un texto de san Gregorio de Nisa que muestra algo muy interesante: que en la antigüedad existía una teoría parecida a la evolución, aunque naturalmente diferente de la teoría moderna. El santo refutaba la idea de la preexistencia de las almas.

 

San Juan Damasceno, cuya obra La exposición de la fe ortodoxa resume las enseñanzas teológicas de los Padres que le antecedieron, dice en un pasaje: «No pensemos como Orígenes y otros blasfemadores, que creen que Dios creó el alma y el cuerpo del hombre en momentos diferentes. Los creó al mismo tiempo.»[49]

Si leemos el relato del Génesis, allí se afirma claramente: «Entonces el Señor Dios tomó polvo de la tierra, formó al hombre y sopló en su rostro aliento de vida, y el hombre llegó a ser un ser viviente.» Los cristianos evolucionistas fundándose en este pasaje dicen: «¡Ah, perfecto! Eso significa que al principio existía algo que más tarde se convirtió en hombre»

 


Veamos lo qué dice San Gregorio de Nisa acerca de esto:

 

«Algunos anteriores a nuestro tiempo creen correcto decir que las almas tienen una existencia previa como pueblo en una sociedad propia. Esta es la idea de Orígenes de que el alma “cayó” a nuestro mundo. “y que entre ellas también hay normas de vicio y de virtud, y que el alma allí, que mora en la bondad, permanece sin experiencia de conjunción con el cuerpo, y que si se aparta de su comunión con el bien cae a esta vida inferior, y así llega a estar en un cuerpo. Otros, por el contrario, marcando el orden de la creación del hombre (como declaró Moisés), dicen que el alma es creada después del cuerpo en el orden del tiempo, ya que Dios primero tomó polvo de la tierra y formó al hombre, y luego animó al ser así formado con su aliento. Con este argumento, estos segundos prueban que la carne es más noble que el alma, pues dicen que el alma fue hecha para el cuerpo, para que la cosa formada no pudiera estar sin aliento y movimiento. También dicen que todo lo que está hecho para otra cosa es menos precioso que aquello para lo cual está hecho (como el evangelio, que nos dice que el alma es más que la comida y el cuerpo que el vestido), porque estas últimas cosas existen por causa de las primeras. En efecto, el alma no fue hecha para la comida, ni nuestros cuerpos para el vestido, sino que cuando las primeras ya estaban en existencia, las últimas fueron provistas para sus necesidades»[50]

 

Todo esto se asemeja mucho a la opinión de los evolucionistas modernos de que la materia es realmente lo primero y el alma algo secundario.

 

Ahora pasa a examinar la segunda postura, después de haber dejado de lado la idea de Orígenes de que las almas preexisten.

 

 «En segundo lugar, la verdadera doctrina tampoco está en que el hombre sea una figura de arcilla, y el alma surgió para ella, pues en ese caso la naturaleza intelectual se mostraría menos valiosa que la figura de arcilla.  Veamos, por tanto, en qué consiste dicha doctrina y verdad, acerca del alma.

 

Como el hombre es uno, compuesto de alma y cuerpo, debemos suponer que el comienzo de su existencia es uno, común a ambas partes, de modo que no se le encontraría antecedente ni posterior a sí mismo si el elemento corporal fuera primero en el tiempo y el otro una adición posterior. También debemos decir que, en el poder de la presciencia de Dios (según la doctrina expuesta un poco antes, en mi discurso), toda la plenitud de la naturaleza humana tuvo una preexistencia (y de esto da testimonio la escritura profética, que dice que Dios “conoce todas las cosas antes de que sean”). No obstante, en la creación de los individuos no se colocó un elemento antes del otro (ni el alma antes del cuerpo, ni lo contrario), para que el hombre no esté en conflicto contra sí mismo (al estar dividido por la diferencia, en el punto de tiempo).

 

2. Nuestra naturaleza humana es doble, y está compuesta del hombre visible y del hombre oculto. Si uno vino primero, y el otro sobrevino, el poder de Aquel que nos creó se mostraría en cierto modo imperfecto, al no ser lo suficientemente competente para hacer toda la tarea a la vez, y tener que dividir la obra, y ocuparse de cada una de las mitades por turno»[51]

 

Por supuesto, el fundamento último de la idea de la evolución es el hecho de no creer que Dios sea lo suficientemente poderoso como para crear el mundo entero por Su Palabra.

Se intenta de “ayudarle” transfiriendo la mayor parte del trabajo de la creación a la naturaleza.

 

Hay muchos otros pasajes, pero no tenemos tiempo para abordarlos ahora. Los Santos Padres discuten con considerable detalle cómo Adán fue creado del polvo de la tierra. Algunos toman lo que dice San Atanasio el Grande en una de sus obras: «El primer hombre creado fue hecho del polvo como cualquier otro, y la mano que formó a Adán forma de nuevo, y siempre, a los que vienen después de él»[52], y dicen: «¡Ajá, eso significa que Adán pudo haber descendido de alguna otra criatura. No es necesario que el polvo sea tomado de manera literal. No hay que interpretar literalmente esa parte del Génesis!»

 

Sin embargo, sucede que precisamente esta cuestión es discutida por los Santos Padres hasta en los más mínimos detalles. Pero resulta que este mismo punto es tratado con gran detalle por muchos Padres. Y encuentran muchas formas distintas de expresarlo, dejando absolutamente en claro que Adán y Caín son dos tipos distintos de personas. Caín nació de hombre y Adán no tuvo padre. Adán fue creado del polvo directamente por la mano de Cristo. Y muchos Padres enseñaron lo mismo: Cirilo de Jerusalén, San Juan Damasceno y muchos otros.

 

Por lo tanto, cuando llegamos a preguntas como qué debe interpretarse literalmente en el Génesis y qué debe interpretarse de manera figurada o alegórica, los Santos Padres nos dan pautas muy claras. Y san Juan Crisóstomo, en su comentario, incluso señala en ciertos pasajes exactamente qué es figurado y qué es literal. Y dice que aquellos que intentan convertirlo todo en alegoría están tratando de destruir nuestra fe.

 

San Gregorio el Teólogo − que era célebre por sus interpretaciones muy elevadas − sostiene, con respecto al Árbol del Conocimiento, que «El árbol era, según mi opinión, la contemplación, en el que sólo están seguros los que ha alcanzado la madurez del hábito para entrar»[53]. Por lo que algunos dicen: «¡Ajá, eso significa que no creía en el Paraíso, que no creía que hubiera un árbol real». Como si se nos dijera que el árbol no era un árbol verdadero.

 

Pero un milenio después de san Gregorio el Teólogo apareció otro gran teólogo ortodoxo, san Gregorio Palamás. En su confrontación con el latinizante Barlaam, este último sostenía que la luz increada no era en realidad una luz divina real, y que la luz increada era en verdad una luz creada. Según Barlaam, solo se la llamaba divina de manera simbólica. A lo que le respondió san Gregorio Palamás:

 

«¿Del mismo modo, San Gregorio el Teólogo llamó al árbol de la ciencia del bien y del mal “la contemplación”, habiéndola considerado en su contemplación como un símbolo de esta contemplación que está destinada a elevarnos; pero no procede que lo que sea envuelto es una ilusión sin existencia en sí misma. Pues el divino Máximo también hace de Moisés el símbolo del juicio, y a Elías, el símbolo de la visión. ¿También, entonces, se supone que no han existido realmente, sino que han sido inventados “simbólicamente”?»[54]

 

Y, por supuesto, al leer a los Santos Padres, debemos tener en cuenta que un Padre puede complementar a otro, y también que no es tan fácil discernir qué es literal y que no lo es. Es necesario leer mucho y penetrar en el contexto total en el que hablan, para discernir con exactitud cómo deben ser interpretados. Y, por supuesto, en el libro del Génesis, la narración es principalmente de dos niveles. Es decir, contiene verdades literales, pero también − generalmente para nuestro beneficio espiritual − algunas verdades espirituales. De hecho, este libro tiene tres, incluso cuatro niveles de significado, pero nos basta con saber que existen significados más profundos en las Escrituras; el significado literal rara vez pasa a un segundo plano. Solo en ocasiones.

 

Bien, basta sobre este tema. En general, podemos caracterizar el evolucionismo, desde el punto de vista filosófico, como una herejía naturalista que se aproxima a ser el extremo opuesto de la antigua herejía de la preexistencia de las almas. Aquella afirmaba que una sola naturaleza anímica recorre toda la creación; la evolución afirma que una sola naturaleza material recorre toda la creación. Y del mismo modo, ambas suprimen la idea de la jerarquía de los seres y de las naturalezas propias de cada uno. Esta es una herejía que, en rigor, no existía en los tiempos antiguos. Por lo general, la Ortodoxia se sitúa en el justo medio entre dos errores que se hayan opuestos: entre la negación de la naturaleza divina en Arrio y la negación de la naturaleza humana en el monofisismo. En este caso particular la herejía opuesta no se encarnó en la antigüedad sino que aguardó hasta los tiempos modernos para tomar forma como un error específico. A continuación, veremos con mayor claridad este aspecto filosófico del evolucionismo cuando analicemos a algunos de los autoproclamados evolucionistas cristianos.

          En los últimos años han aparecido artículos, algunos breves y otros más extensos, en ciertos medios de prensa ortodoxos sobre esta misma cuestión de la evolución. De hecho, el periódico de la Arquidiócesis Griega, The Orthodox Observer, publicó varios artículos que resultan bastante sorprendentes por lo alejados que están de la Ortodoxia.

Uno de estos artículos en el periódico griego afirma que la evolución no puede ser realmente una herejía porque hay muchos cristianos que creen en ella. Y cita a dos. Estos son Lecomte du Nouy y Teilhard de Chardin. Por lo tanto, en primer lugar examinaremos a Lecomte du Nouy, de quien se supone que es un cristiano que cree en el evolucionismo.

 

Era un científico muy conocido y respetado, matemático y fisiólogo, que escribió varios libros de filosofía científica. Nació en París en 1883. Escribió un libro popular titulado El destino humano, donde expone sus conclusiones sobre la evolución. Resulta que no es muy cristiano, ya que sostenía que el hombre creó a su propio Dios, quien es en realidad «una formidable ficción»[55]. Se muestra muy condescendiente con el cristianismo, y cree que este ha sido mal entendido y mal interpretado, pero que sigue siendo útil para las masas y constituye una herramienta provechosa para la evolución continua del hombre en el plano moral y ético. Para él, por supuesto, el cristianismo no contiene ninguna verdad objetiva o absoluta.

 

Cristo no es Dios, sino un hombre perfecto. Pero la tradición cristiana, a ayuda a educar a la humanidad hacia una ulterior evolución. «Nos encontramos al comienzo de las transformaciones que culminarán en una raza superior»[56], afirma.

 

«La evolución continúa en nuestro tiempo, ya no en el plano fisiológico o anatómico, sino en el plano espiritual y moral. Estamos en el amanecer de una nueva fase de la evolución»[57]  [énfasis en el texto original]

 

Desde luego, si ya es difícil encontrar evidencia científica de la evolución, es sencillamente imposible hallar evidencia de una evolución espiritual. Y, sin embargo, él cree en ella y dice: «Nuestras conclusiones son idénticas a las expresadas en el capítulo segundo del Génesis, si este capítulo es interpretado de otro modo y considerado como una expresión altamente simbólica de una verdad percibida intuitivamente por su redactor o por los sabios que se la transmitieron»[58] afirma.

 

Por cierto, los Santos Padres dicen que Moisés oyó de Dios. Y uno de los Padres incluso dice que recibió una revelación del Arcángel Gabriel. De hecho, san Juan Crisóstomo dice que el libro del Génesis es una profecía del pasado; es decir, que vio una visión elevada de lo que era en el principio.

 

 Y san Isaac el Sirio también dice que, en su estado de éxtasis… san Isaac describe cómo, en los hombres de la más alta vida espiritual…

 

          Por cierto, los Santos Padres dicen que Moisés oyó de Dios. Y un Padre incluso dice que recibió una revelación del Arcángel Gabriel, san Juan Crisóstomo afirma de que se le confirió una visión elevada de lo que fue en el principio y de que el libro del Génesis es una profecía del pasado. Y san Isaac el Sirio también describe como en estado de éxtasis, el alma puede elevarse a una visión sobre origen de las cosas. Describiendo cómo tal alma se arrebata al pensar en la edad futura de incorruptibilidad, escribe: «Y luego se eleva desde esto con su mente hacia aquellas cosas que son anteriores a la fundación de este mundo, cuando no había ninguna creación, ni cielo, ni tierra, ni ángeles, ni nada de lo que acontece y de cómo Él llevó de repente todo del No-Ser al Ser, únicamente por Su benevolencia».[59]

          Pero el señor Lecomte du Nouy continúa diciendo: «Intentemos (…) analizar el texto sagrado como si fuera una descripción altamente simbólica y críptica de verdades científicas».[60] Es, por supuesto, una actitud de superioridad pensar que el pobre Moisés se esforzó al máximo por ofrecer una imagen científica de la realidad, y que no pudo alcanzar a expresar más que tan solo este tipo de imágenes. Explica Lecomte du Nouy que «La omnipotencia de Dios se manifiesta en el hecho de que el hombre», que «desciende de los gusanos marinos, es hoy capaz de concebir la existencia futura de un ser superior y de querer ser su antepasado. Cristo nos aporta la prueba de que esto no es un sueño irrealizable, sino un ideal accesible»[61] Es decir, Cristo sería una especie de superhombre, y este sería, de algún modo, el ideal hacia el cual ahora el hombre estaría evolucionando. Para este autor, tenemos un nuevo criterio del bien y del mal que es «absoluto en relación con el Hombre. El bien es aquello que contribuye al curso de la evolución ascendente (…) El mal es aquello que se opone a la evolución (…) La dignidad humana se basa en el reconocimiento del hombre mismo como agente de la evolución y colaborador de Dios»[62] «El único fin del hombre debería ser alcanzar la dignidad humana con todo lo que esto implica»[63]

 

         Si se puede llamar cristiano a este hombre, es algo sorprendente. Continúa diciendo que hay hombres pensantes en todas las religiones y, por lo tanto, todas las religiones tienen una inspiración única, un parentesco espiritual, una identidad originaria. Dice que «la unidad de las religiones debe buscarse en aquello que es divino, es decir, universal en el hombre» «No importa cuál sea nuestra religión, todos somos como personas al pie de un valle que buscan escalar una cumbre nevada que domina a las demás. Todos tenemos la vista fija en la misma meta. (…) Desgraciadamente diferimos en el camino que tomamos. (…) Un día, siempre que continúen ascendiendo, todos llegarán a encontrarse en la cima de la montaña (…) el camino para llegar a ella importa poco» Por supuesto, la cima de la montaña no es la salvación del alma, ni el Reino de los Cielos; es precisamente esta nueva era quiliasta.

 

Ese es uno de los autoproclamados “evolucionistas cristianos”. No es muy cristiano. De hecho, es un deísta.

 

A continuación, consideraremos a un segundo “cristiano evolucionista”. Sin embargo, haremos, de paso, algunos comentarios diversos sobre ciertos fragmentos de este periódico griego, The Orthodox Observer. En este periódico griego, − órgano oficial de la Iglesia Ortodoxa griega − escribe un sacerdote que vive en San Francisco, que una vez visitó nuestra librería, el padre Anthony Kosturos.

 

Tiene una columna de preguntas y recibió la siguiente: «Si Adán y Eva fueron los primeros seres humanos, ¿de dónde obtuvo esposa su hijo Caín? ¿Arroja nuestra Iglesia alguna luz sobre esta cuestión?»

El padre Kosturos responde: «El origen del hombre está demasiado lejos en la historia como para que alguien o algún grupo pueda saber cómo llego a conformarse el hombre».

 

¿Pero entonces para qué sirve el Libro del Génesis?

 

«La ciencia todavía está buscando respuestas. La palabra Adán significa tierra. La palabra Eva significa vida. En general, y solo en general, nuestros teólogos tradicionales sostienen la opinión de que todos descendemos de un varón y una mujer. Pero hay otros que piensan que la humanidad apareció en grupos; algunos aquí y otros allá. Ningún teólogo tiene la respuesta definitiva sobre el origen y el desarrollo del hombre. El amanecer de la humanidad sigue siendo un misterio»[64]

 

Más tarde, en otra respuesta a una pregunta similar, dice: «Quizás hubo muchos Adanes y Evas que aparecieron simultáneamente en diferentes regiones y luego se encontraron. Cómo fue creado el hombre y de cómo se reprodujo al principio es un misterio. No dejes que nadie te diga lo contrario. Nuestra Iglesia te da la posibilidad de reflexionar sobre los temas que mencionas y de formular tus propias conjeturas al respecto».[65]

 

La respuesta a la pregunta es muy sencilla: Adán y Eva tuvieron muchos hijos que no se mencionan en el Génesis. El libro presenta solo una exposición elemental de la historia.

Luego le plantearon una pregunta adicional: «¿Cómo es que Caín pudo casarse con su propia hermana? ¿No es esto contrario a las leyes de la Iglesia Ortodoxa?».

Por supuesto, se trata del comienzo de los tiempos; se regían por una ley diferente, no vivían bajo la ley que tenemos ahora. En aquellos días, los hombres vivían hasta novecientos años. Evidentemente, la humanidad era muy distinta de como la conocemos, incluso en el plano físico. Y si esto resulta sorprendente… no, no debería sorprender, puesto que entonces el mundo se hallaba en sus inicios.

 

          Bien ahora vamos a dedicar unos minutos a algunas especulaciones católicas recientes sobre este tema, ya que retoman cuestiones que hemos considerado brevemente, y así podremos ver que tipos de respuestas dan.

 

Existe un teólogo, Karl Rahner[66], jesuita, que propone una nueva teoría, la del «poligenismo», según la cual habrían existido múltiples Adanes y Evas. Plantea dos preguntas: «¿Cómo es compatible la evolución con la doctrina de los dones preternaturales de Adán?»[67] Él era inmortal. Y también la siguiente: «¿Podemos concebir seriamente que el primer hombre en evolucionar fuese capaz del primer pecado…?» Dice: «Los científicos prefieren concebir la hominización», es decir, la formación del hombre, «como un fenómeno que se produjo en numerosos individuos − una “población”− antes que en una única pareja». Aunque algunos científicos sostienen esto, mientras que otros no, nos dice que primera transgresión habría sido cometida por ese primer grupo de hombres reconocibles, es decir, por el hombre originario entendido como conjunto, a afirmar: «Es posible que la gracia haya sido ofrecida al grupo originario y que, al ser rechazada por su elección libre − aunque mutualmente influenciada − haya sido perdida para toda la humanidad posterior»[68]

 

Él dice: «¿Cómo pudo existir en el primer [énfasis de Rahner] hombre o grupo, tal como nos lo revela la paleontología» un «grado de libertad lo suficientemente desarrollado como para hacer posible una elección tan decisiva como la del pecado original? ¿Cómo podemos intentar conciliar la situación paradisíaca sobrenatural o preternatural de “Adán” (ya se entienda como individuo o como grupo) con lo que sabemos acerca de los orígenes del mundo biológico, antropológico y cultural?»[69]

 

Y responde a su propia pregunta diciendo: «no es fácil determinar exactamente dónde y cuándo una criatura terrenal se convirtió realmente en espíritu y, por tanto, en libre. (…) Podemos afirmar con seguridad que el pecado original se cometió, pero en un momento que no se puede determinar con exactitud. Ocurrió “en algún momento” pero en un momento que no puede determinarse con mayor precisión. Fue en algún momento dentro de un largo período de tiempo durante el cual muchos individuos ya pudieron haber existido y haber sido capaces de cometer el crimen, “simultáneamente”»[70], por así decirlo.  

 

En otras palabras, todo esto se vuelve muy confuso. Claramente, la próxima generación de pensadores resolverá este ambiguo debate.

 

Y hay otro libro, de un jesuita holandés, [Stephanus] Trooster, Evolution and the Doctrine of Original Sin, donde afirma claramente que «quienes toman en serio la doctrina científica de la evolución ya no pueden aceptar [la] enseñanza tradicional» Por lo que debemos de encontrar «una interpretación que sea relevante para nuestros tiempos».[71]

 

«Los partidarios de la doctrina de la evolución», − según sus palabras − «conciben a la humanidad como una realidad que, en el curso de la historia, ha madurado muy gradualmente hasta alcanzar un cierto grado de autorrealización. Su emergencia más temprana debe concebirse como constituida por formas transicionales vacilantes que aparecieron próximas a niveles extremadamente primitivos de existencia humana. Dichas formas primitivas intermedias de vida humana debían de estar íntimamente fusionadas con su estado animal (…) Pero en esta teoría evolucionista no hay cabida para una existencia “paradisíaca” de este hombre prehistórico. Situar a un hombre espiritual extremadamente agraciado y singularmente privilegiado al comienzo de la vida humana sobre la tierra parece estar en total contradicción con el pensamiento científico moderno sobre este asunto» [72] Esto por supuesto, es cierto.

 

Trooster continua:

 

«La aceptación del punto de vista moderno, sin embargo, elimina la posibilidad de explicar el origen del mal en el mundo sobre la base del pecado cometido por el primer hombre. Después de todo, ¿cómo podría un ser humano tan primitivo haber estado en condiciones de rechazar la oferta de salvación de Dios? ¿Cómo podría un ser tan primitivo haber sido capaz de quebrantar el pacto con Dios?»[73]

 

Dado que para Trooster la caída de Adán no constituye un hecho histórico, decide que la caída del hombre no es más que lo que él llama «el fenómeno de inmadurez cósmica»[74]. Adán no es un individuo en particular, sino «cualquier hombre»[75]. El libro del Génesis es:

 

«Una imagen idealizada (…) de un mundo sin pecado que el autor [del Génesis] sabe muy bien que no corresponde a la realidad (…) Él en ningún caso quiso decir que el estado original de gracia de Adan y Eva, en toda su pureza, haya sido alguna vez una realidad efectiva en la historia de la humanidad»[76]

 

Por supuesto, si crees en la evolución, no tiene sentido hablar del Paraíso. Y no haces más que engañarte a ti mismo al intentar combinar estas dos formas de pensamiento diferentes.

 

Los católicos, en tiempos pasados, tuvieron dificultades para fijar el momento en que el hombre comienza a ser tal, si es que se acepta la evolución. Existen distintas teorías según lo que uno piense − no sé qué está permitido ahora −, pero en otros tiempos no se permitía creer que el alma del hombre pudiera evolucionar a partir de la materia.

 

Había que sostener que al hombre le fue dada un alma en un momento determinado; y en ese momento se convirtió en hombre, y por ende dejó de estar sujeto a todas las leyes de la evolución. Evidentemente, este intento de hacer que la teoría de la evolución concuerde con la fe cristiana es otro caso de introducir un “epiciclo”. Tal conciliación no funciona. O bien crees en la evolución − en cuyo caso el hombre es una criatura muy primitiva, procedente de las bestias salvajes[1] − o bien crees que el hombre desciende de un ser que era superior a nosotros, que era en realidad un hombre perfecto a su modo, que no estaba sujeto a la corrupción,

los Santos Padres incluso nos hablan de esto; que el hombre no defecaba, no necesitaba alimento para subsistir, tenía el Árbol de la Vida, no como nosotros ahora que vivimos para comer.

 

En las Conversaciones con Motovilov san Serafin de Sarov san Serafín de Sarov tiene toda una sección sobre el estado de Adán: cómo no estaba sujeto a ser herido o dañado. Era completamente invulnerable a los elementos; no podía ahogarse, etc. 

 

 Y es interesante que incluso en la Edad Media Tomás de Aquino planteo justamente estas preguntas e intentara resolverlas: ¿cuál era ese estado?, ¿iba al baño?, ¿cómo era posible que no pudiera ser dañado? Y él ofrece explicaciones elaboradas. Primero, afirma que sí iba al baño, porque no podemos creer que estuviera hecho de una materia distinta de la nuestra. Y, en segundo lugar, que nunca era dañado y era inmune al ahogamiento, no porque esto fuera imposible, sino porque Dios había dispuesto apartar de su camino todos los obstáculos, evitando que las aguas crecieran demasiado, etc., en otras palabras, ordenaba el mundo de tal modo que Adán caminaba sin peligro y nunca llegaba a sufrir daño.[77]

 

Pero la Ortodoxia sostiene − como leemos en el primer capítulo del Abba Doroteo − que allí se nos presenta la imagen de Adán, para darnos una idea de aquello hacia lo cual debemos esforzarnos y a lo que debemos volver: nuestra naturaleza es inmortal. Estamos llamados a vivir eternamente en lo corpóreo, y así era al principio. Sólo después de la caída perdimos esa naturaleza y ese estado bienaventurado en el que Adán contemplaba a Dios.

 

 Según la Ortodoxia, el estado del hombre en el Paraíso es el de su misma naturaleza. Nuestra naturaleza ahora está cambiada; entonces éramos inmortales. Pero ahora nos hemos convertido en seres mortales, es decir, mortales en cuanto al cuerpo.

 

En cambio, los católicos enseñan lo contrario: que el estado del hombre en el Paraíso era un estado sobrenatural; que el hombre era, en realidad, tal como lo conocemos hoy, pero que Dios le concedió un estado especial de gracia. Y cuando cayó, simplemente se apartó de esa gracia adicional que se le había sido otorgada. Por lo que, su naturaleza no habría cambiado: era el mismo hombre, hombre mortal, sólo que al comienzo había recibido una especie de don adicional. Pero según la Ortodoxia, nuestra propia naturaleza quedó arruinada, quedó transformada.

 

Padre Herman: Ese es el punto clave.

 

Padre Serafin Rose: Cristo es el nuevo Adán; y en Él somos restaurados a nuestra naturaleza original.

 

Algunos Padres, como San Simeón el Nuevo Teólogo, han planteado la cuestión: ¿por qué, pues, no nos hicimos inmediatamente inmortales cuando Cristo murió y resucitó? San Simeón dice que fue así para que no forzarnos a ser salvados, para no obligarnos a llevar la Cruz como Él: aún nos corresponde llevar a cabo nuestra propia salvación.

 

Y la creación entera está esperando que alcancemos nuestra salvación, porque entonces también ella se levantará al estado que tenía antes de la Caída, e incluso a un estado más alto.

 

Todo esto está lleno de misterios; está más allá de nosotros, pero aun así sabemos bastante acerca de ellas por los Santos Padres. San Simeón tiene un largo pasaje sobre el estado del hombre antes de la Caída. Toda la creación, dice él, era incorruptible, al igual que el hombre, y sólo después de la Caída las criaturas comenzaron a morir.

 

Cuando llegue el mundo nuevo, «el cielo nuevo y la tierra nueva» (Apoc. 21, 1), entonces «los mansos… heredarán la tierra» (Mt. 5, 5). ¿Qué tierra es esa? Es esta misma tierra que ves aquí, sólo que será consumida por el fuego y restaurada, a fin de que todas las criaturas lleguen a ser incorruptibles.

Eso es aquello hacia lo cual tiende toda la creación, aquello por lo que las criaturas gimen; cuando san Pablo dijo que «fueron sujetadas a la vanidad» (Rom. 8, 20), quiso decir que estas quedaron sujetas a la corrupción a causa de la Caída del hombre.[78]

 

 

Dobzhansky

 

Veremos a un último evolucionista cristiano antes de llegar al gran profeta de nuestra época. Este es, por desgracia, un científico ortodoxo ruso. Se llama Theodosius Dobzhansky y, según lo último que supimos, vive en Davis, California. Enseña genética y según parece aún continúa realizando experimentos con moscas de la fruta para demostrar el evolucionismo. Dobzhansky: D-O-B-Z-H-A-N-S-K-Y. Nació el año de la canonización de san Teodosio de Chernígov, en respuesta a las oraciones de sus padres; por eso le pusieron el nombre Teodosio. Desgraciadamente, se convirtió en un apóstata. Emigró a América en la década de 1920 y desde entonces es estadounidense.

 

Ha estado absolutamente prohibido en la Rusia soviética, aunque los científicos soviéticos sabían de él. En una ocasión, cuando en una reunión científica en Rusia se proyectó por error una película en la que también aparecía él, todos los científicos aplaudieron, aunque luego la película fue retirada de circulación. Se le considera inexistente, como si fuera una no-persona, por haber abandonado Rusia. Sin embargo, piensa como un comunista.

 

          Es tan “religioso” que, cuando su esposa murió, la cremó, tomó las cenizas y las esparció en la Sierra Nevada. Como es de suponer, no asiste a la iglesia y está bastante alejado de la fe. Y, sin embargo, por sus destacadas opiniones evolucionistas cristianas, se le concedió un doctorado en teología por la Academia San Vladimir de Nueva York. Y dio una conferencia ante − creo que así se llama − la Sociedad Teológica Ortodoxa de América. Allí se reúnen todos los grandes teólogos, teólogos ortodoxos de todas las jurisdicciones, excepto la nuestra, en Estados Unidos, y lo escucharon dar su charla, que luego se publicó en una revista ortodoxa llamada Concern.

 

Fue titulada bajo el nombre Evolution: God's Special Method of Creation.[2] (Concern, primavera de 1973), en el que afirma que cualquiera que diga algo en contra de la teoría de la evolución es un blasfemo, porque así es como Dios actúa y así es como son las cosas.

 

Dice en este artículo: «La selección natural es un proceso ciego y creativo (...) La selección natural no opera según un plan preordenado...».[79] Si es así entonces, ¿dónde está la providencia de Dios si eres cristiano? Señala la extraordinaria diversidad de la vida en la Tierra, pero él dice: «¡Qué operación tan absurda» sería si Dios «creara muchas especies ex nihilo y luego permitiera que la mayoría se extinguiera! ¿Qué sentido tiene permitir que dos o tres millones de especies vivan en la Tierra? ¿Acaso el Creador estaba de humor cuando hizo esto? ¿Se estaba “divirtiendo a nuestra costa”?»

 

«No», razona Dobzhansky: «La diversidad orgánica se vuelve, sin embargo, racional y comprensible si el Creador ha creado el mundo viviente no por un capricho gratuito, sino mediante la selección natural. Es erróneo considerar que la creación y la evolución se excluyen mutuamente».[80]

 

Por esto quiere decir que, en realidad, no importa si existe o no un Dios. Y si es que Dios “crea” a dos o tres millones de especies mediante la selección natural, ¿no es igual de absurdo que si las creara a todas de una vez?

 

Dobzhansky esta imbuido de las ideas habituales del cristianismo liberal, a saber: que el Génesis es simbólico, que el despertar de la conciencia en el hombre es la causa de la trágica falta de sentido que hay en el mundo actual, y que la única salida consiste en que el hombre comprenda que puede cooperar con esta obra de la creación que Dios ordenó; pues la participación en ella hace al hombre mortal partícipe del eterno designio de Dios. Y añade: «El intento más audaz y exitoso hasta la fecha en hacer esto − participar en el designio eterno de Dios − fue el de Teilhard de Chardin»[81]

 

Teilhard de Chardin





Ahora pasamos al último evolucionista, el mayor profeta del evolucionismo de nuestro tiempo, Teilhard de Chardin. Murió en 1955 a la edad de 74 años.

 

Fue un paleontólogo que participó en el descubrimiento de muchos, en realidad de la mayoría, de los grandes “hombres” fósiles de nuestro siglo. También fue él quien participó, junto con otras dos personas, en el descubrimiento del Hombre de Piltdown. Fue él quien descubrió el diente, que había sido teñido. Se desconoce si participo en el fraude. A una de las otras dos personas se las acusa de haber sido quienes fabricaron el Hombre de Piltdown; y se ha silenciado que Teilhard de Chardin tuviera algo que ver con ello. Pero ya es sabido, por las primeras obras sobre el tema, que él fue quien descubrió el diente.

 

Teilhard estuvo presente en los nuevos descubrimientos del Hombre de Java (Pithecanthropus), los cuales, por cierto, quedaron guardados bajo llave en algún lugar en Holanda, volviendo imposible su reanálisis. Estuvo presente en muchos de los descubrimientos relativos al Hombre de Pekín (Sinanthropus), aunque no desde el principio. Detrás de estos descubrimientos también hay mucho misterio, ya que el investigador principal que descubrió al Sinanthropus falleció repentinamente y su cuerpo fue hallado en una zanja. Él [Teilhard] también presente cuando los fósiles del Hombre de Pekín desaparecieron. De modo que no nos ha quedado ningún fósil del Hombre de Pekín; sólo existen algunos dibujos y modelos.

 

Pero es él quien, ante todo, es el responsable de la interpretación de todos estos hallazgos. Como él mismo afirmó: «Dondequiera que iba, solo encontraba pruebas de lo que buscaba»[82] Él articuló todo esto como evidencia en favor de la evolución humana. No examinaremos ahora esta evidencia, salvo para decir que es muy precaria. Un escritor evolucionista, F. Clark Howell (autor de Early Man), ha dicho: Una de las dificultades principales es que los cráneos fósiles humanos realmente significativos son excepcionalmente raros: todo lo que se ha encontrado hasta la fecha podría meterse en un ataúd grande. El resto debe ser atribuido a otra cosa»[83] Y no sabemos cuál es la relación real de esas piezas entre sí.

 

Este hombre, Pierre Teilhard de Chardin, es muy notable porque es a la vez científico y místico. Lo sorprendente no es tanto que sea ambas cosas − al fin y al cabo, era jesuita −, sino que sea muy respetado tanto por los teólogos católicos − e incluso por muchos supuestos “teólogos” ortodoxos − como por los científicos.

 

Su libro, El fenómeno humano, tiene una introducción escrita por Julián Huxley, nieto del célebre contemporáneo y partidario de Charles Darwin, Thomas Henry Huxley.

Julián Huxley es un absoluto evolucionista ateo. No puede estar plenamente de acuerdo con el intento de Pierre Teilhard de Chardin de conciliar al evolucionismo con el catolicismo, pero, en lo esencial, está de acuerdo con su filosofía.

 

Esto nos introduce en un ámbito que ya hemos considerado brevemente antes. Como recordarán, los primeros científicos de Occidente, en el renacimiento de la ciencia moderna − en realidad, en su nacimiento en la época del Renacimiento − tenían toda una orientación mística. Se hallaban penetrados por la filosofía pitagórica. Giordano Bruno era un panteísta místico y creía que «el mundo entero es Dios»[84] y que Dios es el alma del mundo. Por otro lado, recordemos a Saint-Simon, el profeta socialista, que en el siglo XIX habló de un tiempo venidero en el que no solo el orden social se convertiría en una institución religiosa, sino en el que la ciencia y la religión se fusionarían y la ciencia dejará de ser atea. Pierre Teilhard de Chardin era el tipo de pensador que él buscaba: uno que habría de unir a la ciencia con la religión.


Tomemos otra cita de un filósofo estadounidense del siglo XIX, Ralph Waldo Emerson, quien habló sobre lo mismo: sobre cómo restaurar la unidad en el ser humano tras encontrarse en una situación en la que la fe se había separado del conocimiento debido a la Ilustración moderna, y cómo podemos restaurar esta unidad entre la fe y conocimiento. Dice en su ensayo Sobre la naturaleza:



 

«La razón por la cual el mundo carece de unidad, y yace roto y amontonado en montículos, es porque el hombre está desunido consigo mismo. No podrá ser un naturalista hasta que satisfaga todas las demandas del espíritu; y este demanda amor no menos que percepción. (…) Hay hombres inocentes que veneran a Dios, siguiendo la tradición de sus antepasados, sin haber hecho extensivo su sentido del deber al uso de todas sus facultades; [es decir, cumplen con su religión, pero no cultivan con el mismo celo la ciencia y la filosofía] y hay naturalistas tesoneros que congelan con la luz invernal del entendimiento lo que examinan. [es decir, separan a la filosofía de la religión] (…) El día en que un fiel pensador, resuelto a apartar cada objeto de las relaciones personales y verlo a la luz del pensamiento, avive al mismo tiempo a la ciencia con el fuego de los sentimientos más sagrados, Dios emergerá otra vez en la creación»[85]

 

 

Así pues, él es un profeta de, por así decirlo, Teilhard de Chardin, de alguien que descubre que la ciencia y la religión son de nuevo compatibles.

 

El propio Dobzhansky resume lo que Teilhard de Chardin intentó hacer en sus libros. Teilhard describe las etapas por las que avanza el desarrollo evolutivo.

Y utiliza términos técnicos; nosotros emplearemos solo algunos de ellos. Dice:

 

«Primero, está la cosmogénesis, la evolución de la naturaleza inanimada; segundo, la biogénesis, la evolución biológica; y tercero, la noogénesis, el desarrollo del pensamiento humano».

 

Y Teilhard habla también a estas “esferas”: la “biosfera”, esto es, la esfera de la vida; y la “noosfera”, la esfera del pensamiento. Sostiene que el conjunto del globo está siendo actualmente atravesado por una red de pensamiento a la que llama “noosfera”.

 

«Hasta aquí − dice Dobzhansky − Teilhard se mantiene firmemente sobre la base de hechos demostrables. Para completar su teología de la naturaleza, emprende entonces una profecía basada en su fe religiosa. Habla de su “convicción, estrictamente indemostrable para la ciencia, de que el universo tiene una dirección y de que podría − de hecho, si somos fieles, debería − conducir a una suerte de perfección irreversible”»[86]

 

Dobzhansky cita con plena aprobación la siguiente afirmación de Teilhard de Chardin acerca de qué es la evolución:

 

«La Evolución, ¿una teoría, un sistema, una hipótesis? De ninguna manera, mucho más que esto: una condición general a la cual deben doblegarse y, además, para ser posibles y verdaderas, todas las teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas. Una luz esclareciendo todos los hechos, una curvatura a la cual deben amoldarse todos los rasgos: he aquí lo que es la Evolución»[87]

 

Es decir, en el pensamiento de Teilhard − al que sigue una multitud de personas, sean cristianos, ateos o lo que fueren − la evolución se convierte en una especie de nueva revelación universal para la humanidad y todo, incluida la religión, debe entenderse en los términos de la evolución.

        Brevemente, la enseñanza de Teilhard de Chardin es la siguiente.

        Lo que inspiró a Teilhard de Chardin y continúa inspirando hoy a sus seguidores es esa visión unitaria de la realidad, la unificación de Dios con el mundo, de lo espiritual con lo profano, en un único proceso armonioso y que lo abarca todo que no sólo puede ser alcanzado por el intelectual moderno, sino también sentido por el alma sensible que está en estrecho contacto con el espíritu de la vida moderna; de hecho y por eso Teilhard de Chardin es tan prontamente aceptado como un “profeta”, incluso por quienes no creen en Dios: él anuncia, de una manera muy “mística”, el futuro que todo hombre pensante de hoy (salvo los cristianos ortodoxos conscientes) espera. Es decir, por todo aquel que se encuentra en esta tradición del racionalismo, que proviene de la época de la Ilustración y, en última instancia, de la Edad Media.

El pensamiento unitario de Teilhard de Chardin posee dos caras: la mundana, con la que atrae y retiene incluso a ateos completos como Julian Huxley, y la espiritual, con la cual atrae a los “cristianos” y les proporciona una religión a los incrédulos. Las propias palabras de Teilhard de Chardin no dejan duda de que, ante todo, estaba apasionadamente enamorado del mundo, de la tierra:

 

«El mundo (su valor, su infalibilidad y su bondad) es la primera, la última y la única cosa en la que creo»[88]

 

Luego dice: «Ahora la tierra, ciertamente, puede estrecharme en sus brazos gigantes. Puede henchirme con su vida, o devolverme a su polvo. Puede adornarse para mí con todos sus encantos, con todos sus horrores, con todos sus misterios. Puede embriagarme con el perfume de su realidad y de su unidad»[89]

 

Y después dijo: «La salvación ya no debía buscarse en “abandonar el mundo”, sino ahora en la “participación” activa en edificarlo»[90] [91]

 

Estaba en contra de las antiguas formas de espiritualidad cristiana; desdeñaba, cito:

 

«¡Todas esas novelitas moralistas sobre los santos y los mártires! ¿Qué niño normal querría pasar una eternidad en tan aburrida compañía?»[92] (Esto lo dice un sacerdote jesuita)

 

«Lo que a todos, más o menos, nos falta en este momento es una nueva definición de santidad»[93]

 

«El mundo moderno es un mundo en evolución; por lo tanto, los conceptos estáticos de la vida espiritual deben repensarse y las enseñanzas clásicas de Cristo deben reinterpretarse»[94]

 

Tenemos aquí el reflejo del abandono del antiguo universo newtoniano. Pierre Teilhard de Chardin quiere incluir también al cristianismo en esa misma categoría, ya que también está ligado a la manera clásica y estática de pensar. Ahora tenemos una nueva manera de pensar; y, por lo tanto, así como tenemos una nueva física, también debemos tener un nuevo cristianismo.

 

Lo más característico y potente en la visión de Teilhard de Chardin es la idea de espiritualizar el mundo y la actividad en él. Él no estaba simplemente enamorado del mundo y de todo el “progreso moderno” y del desarrollo científico; lo que lo distinguía era que le daba a todo esto de un significado marcadamente “religioso”.

 

Como él mismo escribe: «¿Es esto verdad, Señor?... Divulgando la Ciencia y la Libertad, puedo densificar, tanto en sí misma como para mí, la atmósfera divina, en la que deseo siempre sumergirme más y más. Adueñándome de la Tierra es como puedo vincularme a Ti...»[95]

 

«Que las energías del mundo, dominadas por nosotros, se inclinen ante nosotros y acepten el yugo de nuestro poder.

 

 Que la raza de los hombres, una vez hechos más conscientes y más fuertes, se agrupen en organizaciones ricas y felices, en las que la vida, mejor utilizada, produzca el ciento por uno»[96]

 

 «No hablo metafóricamente», dice, «cuando afirmo que es a lo largo y ancho y profundo del mundo en movimiento donde el hombre puede alcanzar la experiencia y la visión de su Dios»[97]

 

Luego escribió: «Ha pasado el tiempo en que Dios podía imponerse a nosotros desde fuera, simplemente, como un Maestro o un propietario. El Mundo no se arrodillará en adelante más que ante el centro orgánico de su evolución»[98]

 

«El cristianismo y la evolución no son dos visiones irreconciliables, sino dos perspectivas destinadas a encajar y complementarse mutuamente»[99]

 

«el Cristianismo, a pesar de todas las apariencias contrarias, se aclimata y se engrandece dentro de un Mundo prodigiosamente ampliado por la Ciencia, (…) La evolución viene a infundir, en cierta manera, una nueva sangre a las perspectivas y a las aspiraciones»[100]

 

La tierra, dice: «Puede embriagarme por su perfume de tangibilidad y de unidad. Puede hacer que me arrodille en la espera de lo que madura en su seno. Ya no me perturban los sortilegios de la Tierra desde que, para mí, se ha hecho allende ella misma Cuerpo de Aquel que es y de Aquel que viene»[101]

 

Sobre Teilhard de Chardin y lo que había detrás de él. Debemos tener presente que no es, en absoluto, alguna especie de excepción, ni algo sustraído de la tradición católica romana. Tenía una piedad extremadamente tradicional. Por ejemplo, era sumamente devoto del Sagrado Corazón de Jesús. Y tiene la siguiente meditación mística al respecto:

 

«Cuando hace dos siglos» es decir, el catolicismo romano, «comenzó a dejarse sentir en tu Iglesia la atracción precisa de tu Corazón»

 

Según él: «pudo parecer que lo que seducía a las almas era el descubrir en ti un elemento más determinado, más circunscrito que tu misma Humanidad. Mas he aquí que ahora, ¡por un cambio súbito!, resulta evidente que, mediante la «revelación» de tu Corazón, has querido, Jesús, proporcionar a nuestro amor el medio de sustraerse a lo que había de excesivamente limitado en la imagen que nos sabíamos formado de ti. En el centro de tu pecho no descubro más que un horno, y cuanto más contemplo este foco ardiente más me parece que los contornos de tu Corazón se funden en su totalidad, que se van agrandando, más allá de toda medida, hasta el extremo de que ya no distingo en Ti otros rasgos más que la figura de un Mundo inflamado»[102]

 

Según esta concepción, la “revelación” del “Sagrado Corazón” constituye simplemente una preparación para la revelación, aún más universal, de la “evolución” en nuestros tiempos.[3]

 

De hecho, no hemos examinado en detalle a los místicos católicos, pero no dudamos de que, de haberlo hecho, habríamos encontrado todo tipo de paralelismos con lo que ocurre en el mundo científico y racionalista. Todos se preparan para una sola cosa: el quiliasmo.

          La evolución es, para Teilhard, un proceso que implica la edificación del cuerpo cósmico de Cristo en el cual todas las cosas están unidas con Dios. Su idea más profunda, que constituye un nuevo desarrollo en el pensamiento católico − similar en cierta medida al desarrollo de la devoción al Sagrado Corazón −, es la de la “transubstanciación de la tierra”, formulada cuando se encontraba en el desierto chino, cerca del Gobi, en las décadas de 1920 o 1930.

Y tiene un breve artículo titulado “La Misa sobre el Mundo”. escrito después de haber celebrado la liturgia en el desierto.

«Al asimilar nuestra humanidad el Mundo material, y al asimilar la Hostia nuestra humanidad», es decir, la Hostia católica romana, «la Transformación eucarística desborda y completa la Transustanciación del pan del altar. Poco a poco, invade irresistiblemente el Universo. Es el fuego que corre por encima de los brezos. Es el choque que hace vibrar al bronce. En un sentido segundo y generalizado, pero un sentido verdadero, las Especies sacramentales están formadas por la totalidad del Mundo, y la duración de la Creación es el tiempo requerido para su consagración».[103] En este proceso evolutivo, se está creando en el mundo el «Cuerpo de Cristo», no el Cristo de la Ortodoxia, sino un Cristo «universal», o «Supercristo», como él lo llama.

El Super-Cristo es definido por Teilhard como la síntesis entre Cristo y el universo. Este Cristo “evolucionador” llevará a la unión de todas las religiones. Como él dice, cito:

 

«Una convergencia general de las religiones hacia un Cristo universal que las satisfaga fundamentalmente a todas: esto me parece la única conversión posible del mundo, y la única forma en que puede concebirse una religión del futuro»[104]

 

Así, para Teilhard de Chardin, el cristianismo no constituye la Verdad única, sino que es más bien, como él mismo lo expresa, «un phylum evolutivo emergente»[105], sujeto al cambio y a la transformación como todo lo demás dentro del mundo en evolución.

 

Al igual que los Papas de hoy, Teilhard no desea convertir al mundo, sino ofrecer el papado como centro místico de la búsqueda religiosa humana, un oráculo délfico supradenominacional.

 

          Tal como lo sintetiza uno de sus admiradores: «Si el cristianismo (…) ha de convertirse verdaderamente en la religión del mañana, sólo hay una forma en que puede estar a la altura de las grandes tendencias humanitarias de nuestro tiempo y asimilarlas: mediante el eje vivo y orgánico de su catolicismo centrado en Roma»[106]

 

Mientras el universo “evoluciona” hacia el “Cuerpo de Cristo”, el hombre mismo alcanza el apogeo de su desarrollo evolutivo: la “Superhumanidad”. Él dice:

 

«Si, después, se impone a nuestra razón la evidencia (como acabamos de verlo) de que está en gestación sobre la Tierra algo que es más grande que el Hombre actual, esto quiere decir, por consiguiente, para poder seguir adorando como antaño, tenemos que poder repetir con la mirada fija en el Hijo del Hombre: “Apparuit Super- Humanitas”»[107]que aparezca la Super-Humanidad.

 

Como dice uno de sus biógrafos: «La humanidad está destinada a alcanzar un punto de desarrollo en el que se desprenderá por completo de la tierra y se unirá con Omega (…), un fenómeno exteriormente semejante quizás a la muerte, pero en realidad simple metamorfosis y acceso a la síntesis suprema»[108] Es decir, este nuevo estado que está viniendo. Teilhard de Chardin lo llama Punto Omega, el punto hacia el cual toda la creación está ahora ascendiendo.

 

 «Un día − nos lo anuncia el Evangelio − la tensión lentamente acumulada entre la Humanidad y Dios alcanzará los límites fijados por las posibilidades del Mundo. Entonces será el fin. Como un relámpago que partiera de un polo a otro polo, la Presencia de Cristo, silenciosamente acrecentada en las cosas, se revelará bruscamente. Rompiendo todas las barreras en donde, sólo en apariencia, la contenían los velos de la Materia y el estancamiento mutuo de las almas, invadirá la faz de la Tierra. Y bajo la acción, al fin liberada, de las auténticas afinidades del Ser, los átomos espirituales del Mundo, llevados por una fuerza en la que se manifestarán las potencias de cohesión propias del mismo Universo, vendrán a ocupar, en Cristo o fuera de Cristo (más siempre bajo la influencia de Cristo), el lugar de felicidad o de dolor que les designe la estructura viviente del Pleroma»[109]; la plenitud de las cosas.

 

«La culminación de la evolución se identifica con el Cristo resucitado de la Parusía»[110]

 

Todos los hombres, cree Teilhard, deben desear esta meta, pues «Lo que hará estallar la Parusía es una acumulación de deseos»[111]

 

Y dice: «Cooperar en la Evolución cósmica total es el único gesto en el que se puede expresar adecuadamente, nuestra devoción a un Cristo evolucionador y universal» [112]

 

«La tarea única del Mundo consiste en la incorporación física de los fieles a Cristo en Dios. Ahora bien, esta obra capital se prosigue con el rigor y la armonía de una evolución natural»[113]

 

Desde luego, está dejando de lado por completo todas las ideas tradicionales del cristianismo. El cristianismo ya no es, para él, el intento de un individuo por salvar su alma, sino que es el conjunto de todos los hombres del mundo que evolucionan, mediante un proceso natural, hacia el Punto Omega.

 

 Luego nos dice: «El cristiano, asustado durante un instante por la Evolución, se da cuenta ahora de que ella le aporta simplemente un medio magnífico de sentirse y de darse más a Dios. En el seno de una Naturaleza hecha a base de una trama pluralista y estática, la dominación universal de Cristo podía aún, en rigor, confundirse con un poder extrínseco y sobre-impuesto» Pero «en un mundo espiritualmente convergente, adquiere una urgencia y una intensidad de un orden completamente distinto»[114] Es decir, no es Cristo que desde fuera nos dice: “Obedecedme, venid a mí”; sino que nos impulsa desde nuestro interior.

 

Hay aún algunas otras opiniones de Teilhard de Chardin que debemos mencionar. En este folleto − aquí hay una imagen suya [portada de Cross Currents] − se exponen sus puntos de vista. Curiosamente, él busca un estado de cosas que nos lleve más allá del callejón sin salida del comunismo. En realidad, estos tres sistemas − sobre los que escribió, al parecer, durante la guerra −, el comunismo, el fascismo y la democracia, están en guerra entre sí. En su opinión, debemos trascender esta guerra. «La tarea principal de la humanidad moderna», escribe, «es encontrar una vía de escape que permita traspasar algún umbral de mayor conciencia. Cristianos y no cristianos, personas animadas por esta convicción, pertenecen a una categoría homogénea».[115]

 

«El gran acontecimiento que esperamos» es este: «el descubrimiento de un acto sintético de adoración en el que se unan y se exalten mutuamente el deseo apasionado de conquistar el mundo y el deseo apasionado de unirnos con Dios; el acto vital, específicamente nuevo, correspondiente a una nueva era de la Tierra»[116]

 

Por cierto, ahora se ve con qué fuerza se manifiesta en él el quiliasmo, el New Age aparece. «En el comunismo (especialmente en sus etapas iniciales), la fe en la humanidad, unida en un único organismo universal, alcanzó un magnífico estado de exaltación»[117]. «Por otro lado, en su desequilibrada veneración de las fuerzas externas del universo, el comunismo destruye sistemáticamente la esperanza de una posible transformación espiritual del mundo»[118]


 La respuesta, entonces, es que la espiritualidad debe sumarse al comunismo.

 

«Debemos unirnos. No en frentes políticos, sino en el frente común del progreso humano (…) El demócrata, el comunista y el fascista deben desechar las desviaciones y limitaciones de sus sistemas y perseguir plenamente las aspiraciones positivas que inspiran su entusiasmo, y entonces, de manera natural, el nuevo espíritu romperá los lazos exclusivos que todavía lo aprisionan; las tres corrientes se encontrarán fundiéndose en la concepción de una tarea común: promover el futuro espiritual del mundo entero (…) La función del hombre es construir y dirigir la totalidad de la Tierra»[119]

 

«Terminaremos por comprender que el gran objetivo que la ciencia persigue de manera inconsciente no es otro que el descubrimiento de Dios»[120] He aquí cómo la mística penetra directamente en el núcleo mismo de la ciencia. Es evidente que la ciencia actual está perdiendo todos sus fundamentos; se ha vuelto indeterminada, configurándose como un universo de antimateria que desconcierta a los científicos. Todo desemboca en la mística.

 

«La única unidad verdaderamente natural y real de la humanidad», escribe Teilhard de Chardin, «es el Espíritu de la tierra (...) Comienza a manifestarse una pasión conquistadora que barrerá o transformará lo que hasta ahora ha sido la inmadurez de la tierra (…) El llamado hacia la gran unión [es decir, la unidad universal de la humanidad] cuya realización es la única obra que ahora está en marcha en la naturaleza…»[121] «El Espíritu de la Tierra es la presión irresistible que vendrá en el momento justo para unirlos a todos en una pasión común»[122]

 

«La edad de las naciones ha pasado. La tarea que tenemos ante nosotros, si no queremos perecer, es dejar de lado los antiguos prejuicios y construir la Tierra»[123]

 

«…El gran conflicto del que habremos salido no habrá hecho más que consolidar en el mundo la necesidad de creer. Una vez alcanzado un grado más alto de dominio de sí, el Espíritu de la Tierra experimentará una necesidad cada vez más intensa de adoración; de la evolución universal emerge Dios [énfasis en el original] en nuestra conciencia como más grande y más necesario que nunca»[124]

 

Tenemos una «necesidad urgente de encontrar una fe, una esperanza que dé sentido y alma al inmenso organismo que estamos construyendo»[125] Esto, naturalmente, quiere decir que toda esta revolución moderna ha perdido su rumbo. Cuando intenta edificar un nuevo paraíso, lo destruye todo y lo que necesita es un sentido religioso. Así, todo en la vida moderna es bueno, siempre que se añada que todo tiende hacia una especie de reino espiritual, hacia un nuevo reino.

 

 «Aún no podemos comprender exactamente hacia donde nos llevará todo esto, pero sería absurdo dudar de que nos conducirá hacia algún fin de valor supremo»[126] Con esto intenta ser un profeta, aunque no está muy seguro de hacia dónde se dirige todo.

 

 «El principio que engendra nuestra unificación no reside, en última instancia, en la contemplación de una misma verdad ni en un deseo único despertado por algo, sino en la atracción única ejercida por un mismo Alguien».[127]

 

Es decir, tendemos hacia la adoración de un Alguien.

 

«Por consiguiente, a pesar de todas las improbabilidades aparentes, nos dirigimos inevitablemente hacia una nueva era en la que el mundo se despojará de sus cadenas y se entregará, por fin, al poder de sus afinidades más íntimas»[128]

 

 «Con dos mil años de experiencia mística a nuestras espaldas», la del catolicismo romano, «el contacto que podemos establecer con el foco personal del universo ha ganado tanta riqueza explícita como el contacto que podemos establecer, después de dos mil años de Ciencia, con las esferas naturales del mundo. Considerado como un “phylum” de amor, el cristianismo es tan vital que, en este mismo momento, podemos verlo experimentar una mutación extraordinaria al elevarse a una conciencia más consolidada de su valor universal. (…)

 

«¿No está ya en marcha otra metamorfosis; la definitiva (…)  la realización de Dios en el corazón de la Noosfera» del mundo mental, «el tránsito de todos los círculos» de todas las esferas «hacia su Centro común (…), la aparición, por fin, de la “Teosfera”?»[129] cuando el hombre y el mundo se conviertan Dios.

 

Esto cala muy hondo en el hombre moderno, porque es precisamente lo que él quiere. Todos estos sistemas − filosóficos, quiliastas o socialistas − terminan en lo mismo: Dios se deja de lado, el cristianismo se deja de lado y el mundo es divino. El mundo es, de algún modo, el cuerpo de Dios. Y el hombre quiere ser un dios. Ahora ha perdido a Dios, Dios ha muerto. El Superhombre quiere nacer; y él es quien, siendo científico al mismo tiempo, es un místico. Teilhard expresa el deseo del hombre moderno, el deseo del Gran Inquisidor, de unir la esfera de lo espiritual con la de lo político, la unión de la religión y la ciencia, y por supuesto el deseo de nuevo orden que también será político. Él es un profeta del Anticristo.

 

Así, pues, mediante esto el racionalismo moderno en nuestro tiempo llega a su fin. La razón finalmente llega, finalmente, a dudar de sí misma o incluso a negarse. La ciencia está desconcertada, no sabe qué es, qué puede conocer, qué no puede conocer; por todas partes hay relativismo. Ya vimos esta mañana algo sobre la filosofía del absurdo[4]. Se pone de manifiesto que, después de haber pasado por todos los experimentos de la apostasía, el hombre no puede desarrollar nada más por sí mismo. Probó de todo y cada vez que estuvo convencido de que por fin había encontrado la respuesta, todo lo que hacía era superado por la siguiente generación, y al hacerlo se alejaba cada vez más del pasado. Ahora llega finalmente a dudar incluso de si el mundo existe y de lo que él mismo es. Muchos se suicidan. Muchos destruyen. ¿Qué le queda al hombre? No le queda otra que esperar una nueva revelación. Y el hombre moderno ha llegado a tal punto − sin sistema de valores y sin una religión propia − que no puede sino aceptar cualquier cosa que se le presente como esa nueva revelación.

 

Mañana daremos una última mirada a las perspectivas de esta nueva revelación, y al esfuerzo de la humanidad por alcanzarla.[5]

 

Sobre Teilhard de Chardin podemos añadir que su libro El fenómeno humano fue publicado en 1965 en Moscú: el primer libro de un pensador cristiano − exceptuando el volumen propagandístico del “deán rojo” de Canterbury, [Hewlett Johnson] − que se haya publicado en la URSS.


Sobre Teilhard de Chardin, podemos añadir que su libro El Fenómeno Humano fue publicado en 1965 en Moscú. El primer libro de un pensador cristiano, aparte del volumen propagandístico del “decano rojo” de Canterbury [Hewlett Johnson], que se publicaba en la URSS. Tras esta publicación, el padre John Meyendorff de la Metropolia americana escribió lo siguiente:


 «La comprensión cristocéntrica del hombre y del mundo que, según Teilhard de Chardin, se hallan en un estado de cambio constante y de aspiración hacia el “Punto Omega”, es decir, el punto más alto del ser y de la evolución, que el autor identifica con Dios mismo, conecta a Teilhard con la profunda intuición de los Padres ortodoxos de la Iglesia»[130]

 

Y Nikita Struve escribe: «Debe notarse que la característica principal del teilhardismo no es en absoluto la aceptación de la evolución; este hecho ha dejado desde hace tiempo de ser una novedad entre los teólogos y los filósofos religiosos. El núcleo de la enseñanza del pensador francés es un nuevo abordaje del problema del mundo y de la creación». En su enseñanza sobre estos temas, Teilhard «solo presenta, en un lenguaje contemporáneo, la enseñanza del apóstol Pablo sobre la naturaleza, que no está excluida del plan de la Salvación»[131]

 

P. Herman (irónicamente): Un erudito puramente ortodoxo.

 

     Padre Serafin Rose: Reflexionando sobre la «Misa sobre el Mundo», las experiencias de Teilhard fueron para él algo así como «una liturgia cósmica que se celebra invisiblemente en el mundo. Aquí está el mismo corazón de la proclamación teilhardiana que nos devuelve la comprensión cristiana olvidada, inmemorial, del universo y de la Encarnación divina. Precisamente esto permitió a Teilhard comprender la evolución como el movimiento de todo el cosmos hacia el Reino de Dios y superar ese enfoque negativo del mundo que está profundamente arraigado entre los cristianos»[132]

 

P. Herman: Ahora vemos quiénes son nuestros enemigos. La Metropolia, el primer enemigo.

 

Padre Serafin Rose: Y hay todo un artículo en el periódico de París, el de París, ¿cómo se llama?, Vestnik[133], escrito por un teólogo ortodoxo polaco [el padre George Klinger], en el cual convierte a Teilhard de Chardin en un Padre de la Iglesia, dentro de la tradición de los “grandes Padres ortodoxos”, que según él serían Montano, Joaquín de Fiore, y toda la escuela “parisino-moderna” de Bulgakov, Berdiaev y sus seguidores “liberales”.

 

El padre Kilinger en este articulo escribe:

 

«El padre Teilhard habla mucho del papel cósmico de Cristo, del Medio Divino, y muy poco de la Iglesia. También en este punto “converge” con tendencias afines dentro de la teología ortodoxa (...) En el padre Teilhard, la Iglesia se identifica con la acción de Cristo en el cosmos»[134]

 

  «Según el P. Teilhard, por medio de la comunión de los Santos Misterios, el mundo, al ser santificado, se convierte en el Cuerpo de Cristo (…) Estos son, quizás, los pensamientos más profundos que se han expresado en los últimos años sobre el principal sacramento cristiano»[135]

 

Puntos contra la evolución

 

0.    El alma no puede surgir de la evolución

 

1.    El Paraíso no encaja con la evolución.

 

2.    Dos tipos distintos de mundo: antes y después de la Caída (Adán vivió 900 años).

 

3.    Un solo Adán vs. muchos “Adanes”.

 

4.    La tierra y la hierba antes que el sol.

 

5.    La costilla de Adán.

 

6.    Los años: miles vs. millones. ¿Patriarcas reales o no?

 

7.    La Escritura: ¿historia real o alegoría?


 



[1]   El padre Serafin Rose comenta al respecto: “Es una visión inequívoca:  los manuales de evolución te dirán que el hombre aún lleva dentro de sí la bestia, y todas las ilustraciones lo muestran evolucionando a partir de una criatura de tipo simiesco”

[2] N. de T. – La evolución: el método de la creación de Dios, al castellano

[3]  Ya en el siglo XIX el papa “reaccionario” Pío IX, lejos de condenar las ideas evolucionistas de George Jackson Mivart, le otorgó un doctorado honoris causa en filosofía tras la publicación de sus obras en 1876.

[4]

[5]



[1] Nota de traductor – Es decir, muchas menos hipótesis auxiliares

[2] En realidad, el científico inglés James Jeans le atribuyó en 1931 esta idea – que ahora se conoce como el “Teorema del mono infinito” – a T. H. Huxley de manera errónea. Aun así, la noción del “mono mecanógrafo” sigue siendo utilizada hoy por los evolucionistas como argumento en favor del gradualismo darwiniano; véase, por ejemplo, Richard Dawkings, The Blind Watchmaker (1986), págs 141 y 142.

[3] Véase por ejemplo, la obra Mathematical Challenges to the Neo-Darwinian Interpretation of Evolution, Paul S. Moorhead y Martín M. Kaplan editores. Witmar Institute Symposium Monograph, número 5 (1967); y Lee Spetner, Not by Chance! (1997), capitulo 4, págs. 85 a 124.

[4] En sus notas, el padre Serafín escribe:

 

«La mentalidad popular acepta la mera “variación” como prueba de una cuestión mucho más amplia: la de la “evolución”. Dejamos a los científicos la tarea de definir los límites del cambio que les resulta observable. Por el carácter desmesurado de su concepción, la evolución como tal no puede ser demostrada a partir de las pequeñas variaciones observables por la ciencia actual (…)

Que los científicos definan los límites de la variación, y que usen la palabra y el concepto de “evolución” al explicar el cambio; pero que abandonen los esquemas metafísicos que se esfuerzan por extrapolar pequeños cambios en un principio que todo lo abarca. Si esto último es cierto, que se manifieste de manera natural a partir de los datos, sin violentar los hechos mediante una interpretación forzada»

[5] San Ambrosio, On the decease of his Brother Satyrus 2.63, 70, NPNF 2 10, págs. 184-185.

[6] La conclusión del arzobispo se publicó en 1650 y apareció como una nota marginal en el libro del Génesis de la Authorized Version de la Biblia. Su cálculo se basaba en el texto hebreo masorético del Antiguo Testamento. Según la cronología del Antiguo Testamento de la Septuaginta (texto griego), utilizada por los cristianos ortodoxos, la Tierra es aproximadamente unos 1500 años más antigua que lo calculado por el arzobispo Usher.

[7] La teoría evolutiva de Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, fue presentada en 1794, en un clima intelectual marcado por la reciente Revolución Francesa. Numerosos amigos y colaboradores de Erasmus compartían simpatías con los revolucionarios franceses. Como fundador de la Lunar Society, Darwin formó parte de un entorno cuyos miembros coincidían en gran medida con los de la “Revolution Society”, liderada por el radical Charles Stanhope (tercer conde de Stanhope). Erasmus admiraba de manera especial a Jean-Jacques Rousseau, considerado el filósofo que abrió el camino a la Revolución. Además, fue masón − miembro de la logia Canongate Kilwinning n.º 2 de Edimburgo −, condición que compartía con su hijo Robert, el padre de Charles Darwin.

[8] El libro de Erasmus Darwin, Zoonomia, en el que propuso esta teoría, fue publicado en Londres en 1794. En él escribió: «A partir de esta reflexión sobre la gran similitud de la estructura de los animales de sangre caliente, y al mismo tiempo sobre los grandes cambios que experimentan tanto antes como después de su nacimiento; y al considerar en cuán reducido lapso de tiempo se han producido muchos de los cambios de los animales antes descritos; ¿sería demasiado atrevido imaginar que, a lo largo del inmenso período transcurrido desde que la Tierra comenzó a existir − quizá millones de edades antes del inicio de la historia de la humanidad −, todos los animales de sangre caliente hayan surgido de un filamento viviente, al que la GRAN PRIMERA CAUSA [Nota de traductor – mayúsculas en la obra original] dotó de animalidad, con el poder de adquirir nuevas partes, junto con nuevas propensiones, dirigidas por irritaciones y sensaciones, voliciones y asociaciones; y que, poseyendo así la facultad de continuar perfeccionándose por su propia actividad inherente, haya transmitido esas mejoras por generación a su descendencia, hasta el mundo actual, sin fin?» Erasmus Darwin. Zoonomia; or the Laws of Organic Life, pág. 505. Londres, Inglaterra. 1794.

[9] En 1831, un año después de que se publicara Principles of Geology de Lyell, Darwin lo leyó durante su viaje a bordo del Beagle. Tras el viaje, Lyell se convirtió en mentor de Darwin, y de las declaraciones posteriores de este último se desprende con claridad que las ideas de Lyell lo llevaron a pensar en aplicar los principios del uniformitarismo a la historia pasada de los seres vivos. En sus cartas privadas, Lyell dejó claro que tenía la intención de abolir lo que él llamaba la “geología mosaica”, es decir, la interpretación de los estratos geológicos en función del Diluvio del Génesis.

El paleontólogo Stephen Jay Gould, figura central del evolucionismo contemporáneo, acusó a Lyell de proceder de manera engañosa a la hora de promover su sistema, al afirmar que: «Lyell se apoyó en dos pequeñas astucias para establecer su uniformitarianismo como única geología verdadera. (…) Lyell impuso su imaginación sobre la evidencia.» Stephen Jay Gould. Ever Since Darwin, págs. 149 y 150. ed. Norton, Nueva York, Estados Unidos, 1979.

[10] Nota de traductor – Este ejemplo alude a la antigua práctica china del vendado de pies, vigente durante siglos y abolida definitivamente a comienzos del siglo XX. Dicha práctica consistía en deformar deliberadamente los pies de las niñas desde la infancia por razones estéticas y sociales.

[11] Esto se debe a que, como ha demostrado la investigación genética contemporánea, la capacidad de variación de un organismo determinado está limitada por la variabilidad inherente del acervo genético de ese organismo. «En otras palabras − escribe Phillip E. Johnson −, la razón por la cual los perros no llegan a ser tan grandes como los elefantes, y mucho menos se transforman en elefantes, no es que simplemente no los hayamos criado durante el tiempo suficiente. Los perros no poseen la capacidad genética para ese grado de cambio, y dejan de aumentar de tamaño cuando se alcanza el límite genético» Phillip E. Johnson, Darwin on Trial, pág. 18. tercera edición. InterVarsity press. Illinois, Estados Unidos, 2010.

[12] El padre Serafin Rose utiliza la obra de Tracy I. Storer, General Zoology. editorial McGraw-Hill, Nueva York, Estados Unidos, 1951.

[13] En esta ilustración, en la p. 215 de General Zoology, se muestra un “intermedio hipotético” (así denominado en el pie de imagen) entre la aleta de un pez y la extremidad de un anfibio. En otras palabras, ante la ausencia de una estructura intermedia real, el autor tuvo que inventar una.

[14] Tracy I. Storer, General Zoology, pág. 216.

[15] Es decir, una prueba de que el ser humano evolucionó a partir de animales acuáticos dotados de branquias.

[16] Tracy I. Storer, General Zoology, pág 220.

[17] En 1890, los evolucionistas afirmaban que existían alrededor de 180 órganos vestigiales en el hombre, pero hoy prácticamente no se sostiene la existencia de ninguno. Los órganos que antes se consideraban vestigiales − entre ellos el apéndice, la glándula tiroides, el timo, el coxis, la glándula pineal, los músculos del oído y las amígdalas − se sabe ahora que cumplen funciones útiles y, a menudo, esenciales. Para un tratamiento detallado de este tema, véase el libro “Vestigial Organs” Are Fully Functional de los doctores Jerry Bergman y George Howe (1990).

[18] Algunos paleontólogos evolucionistas han reconocido el problema de este razonamiento circular. El Dr. Ronald R. West (profesor asistente de Paleobiología, Kansas State University) escribe: «Contrariamente a lo que la mayoría de los científicos afirma, el registro fósil no respalda la teoría darwiniana de la evolución, porque es esta teoría (hay varias) la que utilizamos para interpretar el registro fósil. Al hacerlo, incurrimos en un razonamiento circular si luego decimos que el registro fósil respalda dicha teoría» (“Paleontology and Uniformitarianism”, Compass, vol. 45 [mayo de 1968], p. 216).

 

Asimismo, el Dr. David G. Kitts (curador jefe del Departamento de Geología del Museo Stovall, University of Oklahoma) afirma: «No obstante, el peligro de la circularidad sigue latente. Para la mayoría de los biólogos, la razón más poderosa para aceptar la hipótesis evolutiva es la adhesión a alguna teoría que la implica de antemano. Existe además otra dificultad: la ordenación temporal de los acontecimientos biológicos más allá del ámbito local puede depender de manera crucial de la correlación paleontológica, la cual presupone necesariamente la irrepetibilidad de los acontecimientos orgánicos en la historia geológica. Hay diversas justificaciones para esta suposición, pero para casi todos los paleontólogos contemporáneos esta descansa en la aceptación de la hipótesis evolutiva» (“Paleontology and Evolutionary Theory”, Evolution, vol. 28 [septiembre de 1974], p. 466).

[19] Los organismos de cuerpo blando descubiertos en rocas precámbricas son tan inusuales que algunos paleontólogos evolucionistas han sostenido que no pueden ser antepasados de los grupos del Cámbrico (cf. Stephen Jay Gould, “The Ediacaran Experiment”, Natural History, vol. 93, n.º 2 [1984], pp. 14–23; Adolf Seilacher, “Vendobionta and Psammocorallia…”, Journal of the Geological Society, Londres, vol. 149, n.º 4 [1992], pp. 607–13). El descubrimiento de estas criaturas en estratos precámbricos derriba la explicación darwinista estándar para la ausencia de ancestros precámbricos, a saber, la de que los organismos de cuerpo blando no podrían fosilizarse. De hecho, existen numerosos fósiles de organismos de cuerpo blando en rocas precámbricas; sin embargo, los científicos de orientación secular no han podido establecer su relación evolutiva con los organismos “posteriores”. Véase Johnson, Darwin on Trial, pp. 54–55.

[20] Véase John Woodmorappe, “The Fossil Record: Becoming More Random All the Time” Creation Ex Nihilo Technical Journal (El nombre de esta publicación ahora es el de Journal of Creation), vol. 14, numero 1 (año 2000), págs 110 a 116; y Brian Thomas, “Fossil Discoveries Disrupt Evolutionary Timescales”, sitio web del Institute for Creation Research, posteado el dia 28 de enero del 2010. (http://www.itc.org/article/5501/)

[21] Para una discusión adicional de este modelo creacionista de interpretación de la secuencia fósil, véanse Earth’s Catastrophic Past de Andrew A. Snelling, vol. 2, pp. 727–44; íd., «Doesn’t the Order of Fossils in the Rock Record Favor Long Ages?», en The New Answers Book 2, ed. Ken Ham, cap. 31, pp. 341–54; íd., «Order in the Fossil Record», Answers, enero–marzo de 2010, pp. 64–68; Don Batten et al., The Creation Answers Book, cap. 15, pp. 193–200; Ariel A. Roth, Origins: Linking Science and Scripture, pp. 153–77; y Gary Parker, Creation: Facts of Life, pp. 191–213. Para un tratamiento más técnico, véase John Woodmorappe, Studies in Flood Geology, pp. 23–75 y 177–97.

 

El Dr. David M. Raup, paleontólogo de renombre mundial que se desempeñó como curador y decano de Ciencias en el Field Museum of Natural History de Chicago (que alberga la mayor colección de fósiles del mundo), ha admitido que el registro fósil puede interpretarse mediante distintos modelos, incluso uno basado en la deposición aleatoria de fósiles. En sus palabras:

 

«El registro fósil es compatible con una amplia gama de modelos, que abarcan desde enfoques totalmente deterministas [es decir; en los que las secuencias vienen dadas por el proceso evolutivo] hasta enfoques completamente estocásticos, [es decir; donde las secuencias son fortuitas]». (David M. Raup, «Probabilistic Models in Evolutionary Paleobiology», American Scientist, vol. 65, n.º 1 [enero–febrero de 1977], p. 57).

 

Raup, evolucionista, incluso señala las implicaciones irónicas que esto tiene para los creacionistas: «En los años posteriores a Darwin, sus defensores esperaban encontrar progresiones predecibles. En general, estas no se han encontrado; sin embargo, el optimismo ha sido difícil de erradicar, y cierta fantasía ha terminado infiltrándose en los manuales… Una de las ironías del debate entre evolución y creación es que los creacionistas han asumido la idea equivocada de que el registro fósil presenta una progresión minuciosa y ordenada, y han realizado grandes esfuerzos para encajar ese “hecho” dentro de su geología del Diluvio» (Raup, «Evolution and the Fossil Record», Science, vol. 213, n.º 4505 [17 de julio de 1981], p. 289).

[22] Es decir, para impedir la descomposición por bacterias o el ataque de depredadores. Además, este sedimento debe ser de una profundidad considerable para evitar que los restos sean dispersados por los procesos naturales.

[23] Charles Darwin, The Origin of Species. Capitulo 10, págs. 292 y 293. edición facsimilar publicada en 1972 de sexta edición de la misma obra impresa por J.M. Dent en 1882 en Londres.

[24] El animal que los evolucionistas han citado con mayor frecuencia como una transición de reptil a ave no es, en realidad, el pterodáctilo, sino Archaeopteryx. Phillip E. Johnson se pregunta si Archaeopteryx «no es simplemente una de esas variantes extrañas, como el ornitorrinco actual de pico de pato» (Darwin on Trial, p. 80); e incluso los evolucionistas Stephen Jay Gould y Niles Eldredge reconocen que «mosaicos curiosos como Archaeopteryx no cuentan» como intermediarios graduales en el registro fósil («Punctuated Equilibria: The Tempo and Mode of Evolution Reconsidered», Paleobiology, vol. 3 [primavera de 1977], p. 147).

Michael Denton señala que «no cabe duda de que esta ave arcaica no está precedida por una serie de formas transicionales que partiendo desde un reptil terrestre ordinario, vayan pasando por diversos tipos planeadores con plumas progresivamente más desarrollados, hasta alcanzar la condición aviar» (Evolution: A Theory in Crisis, p. 176).

[25] El celacanto, descubierto en 1938 frente a la costa de Madagascar, se consideraba estrechamente emparentado con los ancestros inmediatos de los anfibios. Sin embargo, cuando fue disecado, «sus órganos internos no mostraron signos de estar preadaptados a un entorno terrestre ni ofrecieron indicio alguno de cómo podría ser posible que un pez llegara a convertirse en un anfibio» (Johnson, Darwin on Trial, pp. 76–77; véase también Denton, pp. 157, 179–80).

 

[26] Gene Edward Veith escribe en la revista World acerca del otrora muy promocionado escenario de la evolución del caballo:

 

«El Field Museum of Natural History [de Chicago] es la fuente de esa exhibición tantas veces reproducida que supuestamente muestra la evolución del caballo. Pequeños esqueletos son seguidos por otros ligeramente mayores y cada vez más “equinizados”, mutando de manera continua hasta llegar al caballo moderno. A primera vista, esto parece ofrecer una prueba visual vívida de la evolución, sin eslabones perdidos desde la diminuta criatura parecida a un hurón hasta el magnífico semental, y así ha sido utilizada en innumerables manuales de ciencias. Sin embargo, resulta que los animales cuyos esqueletos se disponen de ese modo no tienen nada que ver entre sí. Representan especies distintas, ramas diferentes y períodos que se superponen, como incluso los evolucionistas − interpelados al respecto por críticos del darwinismo − se han visto obligados a admitir. El Field Museum, en su haber, retiró la vitrina y la sustituyó por una fotografía de la antigua exhibición, junto con un relato de la controversia». (Gene Edward Veith, «Admitting Its Mistakes», World, vol. 14, n.º 27 [17 de julio de 1999]).

[27] En una sinopsis de su libro pionero Not by Chance!, el biofísico Lee Spetner observa: «Si las mutaciones aleatorias pudieran dar cuenta de la evolución de la vida, entonces habrían tenido que añadir una enorme cantidad de información al genoma desde la época del primer organismo hipotético hasta la aparición de toda la vida actual. Si esta vasta cantidad de información se hubiera construido mediante la acumulación de una larga serie de mutaciones aleatorias y selección natural, entonces cada una de esos muchos miles de millones de mutaciones debería haber añadido, en promedio, alguna información. Sin embargo, tras todos los estudios moleculares realizados sobre las mutaciones, no se ha encontrado una sola que añada información genética. ¡Todas pierden información!».

[28] Al decir “por azar”, el padre Serafín se refiere a algo que ocurre sin una Causa intencional ni un Diseñador inteligente. De acuerdo con la teoría neodarwiniana, el mecanismo fundamental de la evolución es la selección natural que actúa junto con ciertas mutaciones que se dan por azar.

[29]  El sistema de desintegración del uranio fue el primer método radiométrico empleado históricamente, y además con el que se han calibrado los otros, y constituye el principal apoyo de la idea ampliamente aceptada de que la Tierra tiene 4,6 mil millones de años.

[30] Como escribe William B. N. Berry en su libro Growth of a Prehistoric Time Scale:

 

«La evolución es, por tanto, la base misma de la escala del tiempo geológico, aunque la escala en sí fue construida antes de que Darwin y Wallace presentaran su sistema de selección natural al mundo científico». (William B. N. Berry, Growth of a Prehistoric Time Scale, pág 42. ed. W.H. Freeman, San Francisco, Estados Unidos. 1968.)

 

La columna geológica y las edades aproximadas de todos los estratos que contienen a los fósiles también fueron elaboradas conforme a la teoría evolucionista mucho antes de que siquiera se oyera hablar de la datación radiométrica. Cualquier libro científico objetivo sobre el tema le dirá que es un requisito indispensable el aceptar la teoría de la evolución en aras de asignarle cifras absolutas a los años de los distintos estratos.

 

Por lo tanto, se trata de otro argumento circular. La teoría de la evolución no queda demostrada por los “millones de años”, porque los millones de años dependen de la teoría de la evolución. Si la evolución no es verdadera, no hay necesidad de millones de años.

[31] El evolucionista William B. N. Berry escribe acerca de las suposiciones uniformitaristas no probadas en las que se apoyan los sistemas de datación radiométrica y, en efecto, todos los aspectos de la geología y la paleontología evolucionistas:

 

«Todos los fenómenos relacionados con la historia pasada de la Tierra dependen, para su interpretación, del principio de uniformidad de los procesos de la naturaleza a lo largo del tiempo. Todo, desde la interpretación de conchas preservadas en las rocas como restos de organismos que alguna vez vivieron, hasta el establecimiento del paso del tiempo mediante el uso de las tasas de desintegración de isótopos inestables como el potasio-40 y el carbono-14, depende de este principio. Por ejemplo, el método del carbono-14 depende de este principio tal como se expresa en las suposiciones de que la radiación cósmica ha tenido la misma intensidad al menos durante los últimos 35.000 años (el lapso de tiempo para el cual este método es más eficaz), y de que la tasa de desintegración del carbono-14 ha sido siempre la misma que la actual. Evidentemente, sin un principio de uniformidad en los procesos naturales, las determinaciones de edad basadas en la desintegración del carbono-14 ni siquiera podrían ser consideradas.» William B. N. Berry, Growth of a Prehistoric Time Scale, pág 23. ed. W.H. Freeman, San Francisco, Estados Unidos. 1968.

[32]Un hecho llamativo para los creacionistas desde finales de los años setenta − a raíz del desarrollo de la espectrometría de masas con acelerador (AMS) − ha sido la detección de carbono-14 en capas geológicas con fósiles que se consideran de cientos de millones de años. Dado que el C-14 se desintegra con una vida media de solo 5.700 años, cualquier material que contenga carbono y tenga más de 100.000 años debería haber perdido todo su C-14 medible. Por ello, encontrar C-14 en materiales supuestamente muy antiguos pone seriamente en cuestión la idea de edades geológicas extremadamente largas.

 

Véase: Thousands… Not Billions de Don DeYoung, pp. 45–62; para un tratamiento más exhaustivo y técnico, véase Radioisotopes and the Age of the Earth, vol. 2, de Larry Vardiman et al., pp. 587–630 Véanse también los comentarios del geólogo Alexander Lalomov sobre la presencia de C-14 en yacimientos petrolíferos que se presumen de millones de años de antigüedad, p. 878 infra.

[33] Por lo general, únicamente las rocas ígneas y metamórficas pueden fecharse con métodos radioisotópicos. Las rocas sedimentarias, en cambio, están constituidas por fragmentos de rocas u otros materiales que se formaron en lugares distintos, fueron erosionados o disueltos y más tarde se depositaron en su ubicación actual, cualquier datación radioisotópica aplicada a ellas carece de precisión.

[34] Esta es una gran suposición. «El argón-40 es un isótopo muy común en la atmósfera y en las rocas de la corteza terrestre. De hecho, el argón es el duodécimo elemento químico más abundante de la Tierra, y más del 99 % de él es argón-40. No existe ningún método físico ni químico para determinar si una muestra dada de argón-40 es el residuo de una desintegración radiactiva o si ya estaba presente en las rocas cuando estas se formaron» (Richard Milton, Shattering the Myths of Darwinism, p. 47).

[35] Por ejemplo, se comprobó que rocas ígneas que se sabe se formaron hace menos de 200 años en el Volcán Kīlauea (Hawái) arrojaban edades potasio-argón de hasta 21 millones de años, mientras que rocas formadas hace menos de 1.000 años en el mismo volcán fueron datadas con edades de hasta 43 millones de años (C. S. Noble y J. J. Naughton, “Deep Ocean Basalts: Inert Gas Content and Uncertainties in Age Dating”, Science, vol. 162, n.º 3850 [11 de octubre de 1968], p. 265; y G. B. Dalrymple y J. G. Moore, “Argon 40: Excess in Submarine Pillow Basalts from Kilauea Volcano, Hawaii”, Science, vol. 161, n.º 3846 [13 de septiembre de 1968], pp. 1132–35).

 

Asimismo, coladas de lava de cincuenta años de antigüedad en el Monte Ngauruhoe, en Nueva Zelanda, produjeron “edades modelo” de hasta 3.5 millones de años.

[36] Estudios más recientes han indicado una edad máxima de 62 millones de años. Véase Steven A. Austin y D. Russell Humphreys, «The Sea’s Missing Salt: A Dilemma for Evolutionists», en Proceedings of the Second International Conference on Creationism, vol. 2 (1991), pp. 17–33.

[37] Véase J. P. Riley y G. Skirrow, editores. Chemical Oceanography, vol. 1 (1965) pág. 164.

[38] Teniendo en cuenta la tasa de escape del helio desde la atmósfera hacia el espacio, estudios más recientes establecen dos millones de años como límite superior para la edad de la atmósfera, lo cual sigue siendo dos mil veces menor que la presunta edad de la Tierra. En 1987, J. W. Chamberlain, astrónomo de la NASA y especialista en atmósferas planetarias, afirmó que este problema «no desaparecerá y permanece sin resolver» (Chamberlain y Hunten, Theory of Planetary Atmospheres, 2.ª ed., p. 372). Véase Larry Vardiman, The Age of the Earth’s Atmosphere (1990), y John Morris, The Young Earth (2007), pp. 87–89.

[39] Melvin A. Cook, “Where Is the Earth’s Radiogenic Helium?” Nature, vol. 179 (26 de enero, 1957), pág 213 y Henry Faul, Nuclear Geology (1954)

[40] John Randall, The Making of the Modern Man, Houghton Mifflin Co., 1926, Boston, pág. 489. [Nota de Traductor – Extraído de la versión en castellano de la misma obra citada por el padre Serafín Rose al inglés. La formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina 496. Editorial Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]

[41] Ibid. pág. 490 [Nota de Traductor – Extraído de La formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina 497. Editorial Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]

[42] Ibid. pág. 493 [Nota de Traductor – Extraído de La formación del pensamiento moderno, John Randall, pagina 500 y 501. Editorial Mariano Moreno. Buenos Aires, Argentina]

[43] Orthodox Observer, 8 de agosto de 1973.

[44] San Gregorio el Teologo, Homilia 44, On New Week, Spring, and Commemoration of the Martyr Mamas: «Si el hombre apareció en el mundo en último lugar, honrado por la obra y la imagen de Dios, esto no tiene nada de sorprendente, pues para él, como para un rey, debía prepararse primero la regia morada, y sólo entonces debía ser introducido el rey, acompañado de todas las criaturas»

[45] San Gregorio de Nisa, Dialogo sobre el alma y la resurrección, 55

[46] San Basilio, Hexameron, V, 10. pág. 82. The Fathers of the Church, vol. 46. Washington, D.C.: The Catholic University of America Press, Estados Unidos. 1963. [Nota de traductor – Hemos extraído este pasaje de la versión en castellano del Hexameron de san Basilio. Véase: san Basilio el Grande, Hexamerón. Homilías sobre los Seis Días de la Creación. pág. 87, traducción del Dr. Horacio Boló. editado por la Diócesis de Buenos Aires, Sur y Centro America de la Iglesia Católica Apostólica del Patriarcado Serbio, Buenos Aires, Argentina. 2017]

[47] San Basilio, Hexameron, V, 5-6. pág. 74 . [N. de T.  – Extraído de la antemencionada edición al castellano del Hexamerón de san Basilio, pagina 79 y 80]

[48] Ibid, IX, 2, pág. 137 [N. de T. – fragmento extraído de la edición al castellano, véase san Basilio el Grande, Hexamerón. Homilías sobre los Seis Días de la Creación. págs. 138 y 139]

[49] San Juan Damasceno, Writings. Orthodox Faith, II, pág. 235. The Fathers of the Church, vol. 37. Washington, D.C.: The Catholic University of America Press, Estados Unidos 1958.

[50] St. Gregory of Nyssa, On the Soul and the Resurrection; On the Making of Man; On Virginity; Against Eunomius; Answer to Eunomius’ Second Book. On the Making of Man, Capitulos 28, 29, págs. 419 a 421. Nicene and Post-Nicene Fathers, second series, vol. 5. Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos, reeditado en 1983. [Nota de Traductor – Extraído de la traducción al castellano Sobre la creación del hombre, de san Gregorio de Nisa, pagina 115. Amazon Kindle Published. 2026]

[51] Ibid.

[52] San Atanasio el Grande, The Nicene and Post-Nicene Fathers, Second Series, vol. IV: Athanasius; “Four Discourses Against the Arians, Discourse II”, [Cuatro discursos contra los arrianos, Discurso II] Wm. B. Eerdmans Publishing Co., Grand Rapids, Michigan, 1980, p. 375: «Pues, aunque solo Adán fue formado de la tierra, sin embargo, en él estaba implicada la sucesión de toda la raza»

[53] San Gregorio el Teólogo, Oration 38: On the Theophany, or the Nativity of the Savior, §12, en Nicene and Post-Nicene Fathers, Second Series, Vol. 7, ed. Philip Schaff y Henry Wace (Buffalo, Nueva York: Christian Literature Publishing Co., 1894), p. 348.

[54] San Gregorio Palamas, The Triads (In Defense of the Holy Hesychasts), II.2.21–22, ed. y trad. por John Meyendorff (Mahwah, NJ: Paulist Press, 1983), pp. 430–432.

[55] Pierre Lecomte du Noüy, Human Destiny (Nueva York: Longmans, Green and Co., 1947), p. 167.

[56] Ibid., pág. 177.

[57] Ibid., pág. 104.

[58] Ibid., pág. 112.

[59] San Isaac el Sirio, Ascetical Homilies, Homilía 21 (ed. rusa: Tvoreniya, p. 109); cf. Homilía 37 en la trad. en inglés del Holy Transfiguration Monastery, The Ascetical Homilies of St. Isaac the Syrian (Boston, MA, 1984), p. 180.

[60] Pierre Lecomte du Noüy, Human Destiny. 113.

[61] Ibid., pág. 197.

[62] Ibid., pág. 133.

[63] Ibid., pág. 224.

[64] padre Anthony Kosturos, “Questions and Answers” [Preguntas y respuestas] The Orthodox Observer, 6 de febrero, 1974.

[65] padre Anthony Kosturos, “Questions and Answers” [Preguntas y respuestas] The Orthodox Observer, 20 de febrero de 1974

[66] N. de T. – Conviene aclarar que las citas que se presentan a continuación son en realidad de un resumen que realizó la revista Theology Digest de un artículo de Karl Rahner titulado Pecado Original y evolución. Este articulo en cuestión puede consultarse en castellano ya que fue traducido y publicado por la revista Concilium, número 26; “Cuestiones Fronterizas”, Ediciones Cristiandad, Madrid, España. 1967, páginas 400 a 414.

[67] Theology Digest. Volumen 21, numero 1.  “Original Sin, Polygenism, and Freedom” [Pecado Original, Poligenismo y Libertad] Primavera de 1973.

[68] Ibid.

[69] Ibid.

[70] Ibid.

[71] Trooster, Stephanus, S.J. Evolution and the Doctrine of Original Sin. páginas 2 y 3. traducido al ingles por John A. Ter Haar, Newman Press. Glen Rock, New Jersey. Estados Unidos, 1968.

[72] Ibid., pág. 18.

[73] Ibid.

[74] Ibid., pág. 130.

[75] Ibid., pág. 44.

[76] Ibid., pág. 54-55 y 132.

[77] En otro texto del padre Serafin Rose que se trata de una carta que él le escribiera en su momento al Dr. Alexander Kalomiros y que fue recopilado en la obra Genesis, Creation, and Early Man y titulado como The Patristic Doctrine of Creation [La Doctrina Patrística de la Creación], el padre Serafin desarrolla en un fragmento de la mencionada carta más en profundidad al respecto de la escolástica:

 

«La tradición escolástica católica romana, incluso en el apogeo de su esplendor medieval, ya enseñó una falsa doctrina de hombre, y una que indudablemente allanó el camino para la última aceptación del evolucionismo, primero en el apóstata Occidente, y luego en las mentes de los cristianos ortodoxos que no son suficientemente conscientes de su tradición patrística y que así, han caído bajo esta extraña influencia. De hecho, la enseñanza de Tomás de Aquino, a diferencia de la enseñanza patrística ortodoxa, en su doctrina del hombre es muy compatible con la idea de evolución que defiendes.

 

Tomás de Aquino enseña que:

 

“En efecto, su cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios.”

(Summa Theologiae, I, q. 97, a. 1)

 

De nuevo: “Pertenece al hombre engendrar hijos, a causa de su cuerpo natural y corrupto” (Summa Theologiae, I, q. 98, a. 1).

 

Y de nuevo:

 

“En efecto, su cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios. Esto fue razonablemente otorgado. Pues, porque el alma racional supera la proporción de la materia corporal, como dijimos (q.76 a.1), era necesario que desde el principio le fuese dada una virtud por la que pudiese conservar el cuerpo por encima de la naturaleza material corporal.” (Summa Theologiae, I, q. 97, a. 1)

 

Y además:

 

“La virtud de preservar el cuerpo de corrupción no era natural al alma, sino un don de la gracia. Aun cuando recuperara la gracia por la remisión de la culpa y para el merecimiento de la gloria, no así para el efecto de la inmortalidad. Esto se reservaba a Cristo, quien repararía sobreabundantemente los defectos de la naturaleza, como veremos más adelante (3 q.14 a.4 ad 1).” (Summa Theologiae, I, q. 97, a. 1, ad 3)

 

Esta última cita muestra claramente que Tomás de Aquino no sabe que la naturaleza del hombre fue cambiada después de la transgresión. Tan lejos está Tomás de Aquino de la verdadera visión ortodoxa del primer mundo creado que sólo lo entiende, así como lo hacen los modernos “evolucionistas cristianos”, desde el punto de vista del mundo caído; y así es forzado a creer, en contra del testimonio de los santos padres ortodoxos, que Adán durmió naturalmente en el paraíso y que expulsó materia fecal, como signo de corrupción:

 

“Algunos dicen que en este estado de inocencia el hombre no habría tomado más que el necesario alimento, para que no hubiera tenido nada superfluo. Esto, sin embargo, es inadmisible de suponer, pues dan a entender que no habría habido materia fecal. Por eso había necesidad de expulsar el excedente, y sin embargo dispuesto por Dios para no ser impropio” (Summa Theologiae, I, q. 97, a. 3, ad 4)

¡Cuán débil es la visión de los que intentan entender la creación de Dios y el paraíso cuando su punto inicial en su observación cotidiana es el presente mundo caído!» fr. Seraphim, Rose, Genesis, Creation, and Early Man pág. 493. Segunda edición. St. Herman of Alaska Brotherhood. Platina, California, Estados Unidos. 2011.

[78] San Simeon el Nuevo Teólogo, Homilía 45.3, en Slova prepodobnago Simeona Novago Bogoslova, vol. 1 (Moscú: [ed. no indicada], [año no indicado]), p. 378; cf. The Discourses, trad. Holy Transfiguration Monastery (Boston, MA, 1980), p. 100.

[79] Theodosius Dobzhansky. “Evolution: God’s Method of Creation”. Concern, Primavera. 1973.

[80] Ibid.

[81] Theodosius Dobzhansky. “On human life”, St. Vladimir’s Theological Quarterly, vol. 17, números 1-2. pág. 102. (1973)

[82]Teilhard de Chardin. Letters from a Traveller. pág. 152. ed. Harper & Row, Nueva York y Evanston. 1962. [Nota de Traductor – La frase citada no constituye una cita textual, sino una paráfrasis de un pasaje de la parte especifica que el padre Serafin Rose extrajo de la obra de Pierre Teilhard de Chardin del cual él ha trasmitido exactamente su mismo sentido]

[83] F. Clark Howell, “Early Man,” New Scientist, vol. 25, no. 435 (25 de marzo de 1965), p. 798: “Una de las principales dificultades es que los cráneos fósiles humanos realmente significativos son excepcionalmente raros: todo lo que se ha encontrado hasta la fecha podría caber en un ataúd grande. Todo lo demás debe atribuirse a otra cosa”

[84] Cf. Giordano Bruno, citado en John Herman Randall Jr., pág. 243

[85] Emerson, Ralph Waldo. The Selected Writings of Ralph Waldo Emerson. pág. 38. Atkinson, Brooks, ed., The Modern Library, New York, Random House, 1968, 1992.

[86] St. Vladimir’s Theologican Quarterly, Vol. 17, pág. 100. 1973.

[87] Concern, Primavera, 1973. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de Chardin; El fenómeno humano. págs. 222 y 223. Taurus Ediciones. Barcelona, España. 1974]

[88]Chardin, Teilhard de Chardin, Christianity and Evolution. pág. 99. Harcourt Brace Jovanovich, Inc., Nueva York, A Harvest Book, 1969.

[89] Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, págs. 154 y 155. Harper & Row editores, Nueva York, 1960

[90] N. de T. – La cita extraída pertenece al sacerdote jesuita Pierre Leroy prologuista de la edición en inglés de la obra de Teilhard de Chardin Le milieu divin [El medio divino], The Divine Milieu en inglés, en la que parafrasea a su maestro Teilhard en una parte del prólogo que realizó.

 

Véase; Pierre Leroy, S.J. “Teilhard de Chardin: The Man” [Teilhard de Chardin: El hombre], prólogo a The Divine Milieu. traducido al inglés por Bernard Wall. Harper & Row editores, Nueva York, Estados Unidos. 1960.

[91] de Chardin, The Divine Milieu, págs. 60 y 61. Harper & Row editores, Nueva York, Estados Unidos. 1960: «cada hombre, en el curso de su vida presente, no sólo ha de mostrarse obediente y dócil. Por su fidelidad debe construir comenzando por la zona más natural de sí mismo una obra, un opus, en la que entre algo de todos los elementos de la Tierra. A lo largo de todos sus días terrestres, el hombre se hace su alma; y a la vez colabora a otra obra, a otro opus, que desborda de modo infinito, al mismo tiempo que las domina estrechamente, las perspectivas de su éxito individual: la culminación del Mundo. Porque tampoco hay que olvidar esto al presentar la doctrina cristiana de la salvación: en su conjunto, es decir, en la medida en que constituye una jerarquía de almas – que no aparecen sino sucesivamente, que no se desarrollan sino colectivamente, que no se terminarán sino unitariamente – , el Mundo también experimenta una especie de vasta “ontogénesis” con respecto a la cual el desarrollo de cada alma, a favor de las realidades sensibles, es sólo un armónico reducido» [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le milieu divin: Teilhard de Chardin; El medio divino. págs. 48 y 49. Taurus Ediciones. Madrid, España. 1965]

[92] Cita de la obra de Robert Speaight Teilhard de Chardin: A Biography, pág. 27. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1967.

[93] Teilhard de Chardin, Human Energy, pág. 110. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1969.

[94] Frank N. Magill (ed.), Masterpieces of Catholic Literature, vol. 2, pág. 1054. ed Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1965.

[95] Teilhard de Chardin, Hymn of the Universe. pág 11. Harper & Row, Nueva York, 1965. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Hymne de l’univers: Teilhard de Chardin; Himno del Universo. pág. 120. Taurus Ediciones. Madrid, España. 1967]

[96] Teilhard de Chardin, Hymn of the Universe. pág. 115. Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1965. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano antemencionada: Teilhard de Chardin; Himno del Universo. pág. 121]

[97] Teilhard de Chardin, The Divine Milieu. pág. 36. Wm. Collins Sons & Co., London, and Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1960.

[98] Teilhard de Chardin, Human Energy, pág. 110.

[99] Cita extraída del libro de Henri de Lubac, Teilhard Explained. pág 61. Paulist Press, Nueva York, Estados Unidos. 1968.

[100] Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man. pág. 297. Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1959. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de Chardin; El fenómeno humano. pág. 299. Taurus Ediciones. Barcelona, España. 1974]

[101] Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, pág. 155. Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio divino. pág. 179. Taurus Ediciones. Madrid, España. 1965]

[102] Teilhard de Chardin, Hymn of the Universe. pág. 34. Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1961.

[103] de Chardin, The Divine Milieu, págs. 125-126. Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1960. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio divino. pág. 134.]

[104] Pierre Teilhard de Chardin, Christianity and Evolution, pág. 130, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, Estados Unidos. 1969.

[105] Frank N. Magill (ed.), Masterpieces of Catholic Literature, pág. 1021, Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1964. Véase también; Pierre Teilhard de Chardin, The Divine Milieu, pág. 15 y la obra de Teilhard de Chardin, Let Me Explain, p. 104, Harper & Row, San Francisco, Estados Unidos. 1966.

[106] Thomas Corbishley, The Spirituality of Teilhard de Chardin, pág 100, Paulist Press. Nueva York, Estados Unidos. 1971.

Teilhard de Chardin en su obra Christianity and Evolution, escribiría: «Todo parece indicar que, si el cristianismo está en verdad destinado a ser, tal como profesa y como es consciente de ser, la religión del mañana, sólo a través del eje vivo y orgánico de su catolicismo romano puede esperar estar a la altura de las grandes corrientes humanistas modernas y llegar a unificarse con ellas»; Pierre Teilhard de Chardin, Christianity and Evolution, pág. 168. A Harvest Book, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, Estados Unidos. 1969.

[107] de Chardin, Teilhard, Science and Christ. pág. 164. ed. Collins, Londres, Inglaterra, 1968. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Science et Christ: Teilhard de Chardin; Ciencia y Cristo. págs. 190 y 191. Taurus Ediciones. Madrid, España. 1968]

[108] Robert Speaight. Teilhard de Chardin: A Biography. pág. 266. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1967.

[109] de Chardin, The Divine Milieu, pp. 150–151, Harper & Row, Nueva York, Estados Unidos. 1960. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio divino. pág. 170]

[110] Speaight, pág. 337.

[111] de Chardin, Teilhard, The Divine Milieu, p. 151. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano antemencionada de la obra de Pierre Teilhard de Chardin; El medio divino. pág. 171]

[112] de Chardin, Teilhard, Science and Christ, p. 169. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Science et Christ: Teilhard de Chardin; Ciencia y Cristo. pág. 196]

[113] de Chardin, Teilhard. The Future of Man. pág. 304. ed. Collins, Londres, Inglaterra. 1965.

[114] de Chardin, The Phenomenon of Man. pág. 297. Harper & Row editores. Nueva York, Estados Unidos. 1955. [N. de T. – fragmento extraído de la versión al castellano de la obra de Pierre Teilhard de Chardin Le Phénomène humain: Teilhard de Chardin; El fenómeno humano. págs. 298. Taurus Ediciones. Barcelona, España. 1974]

[115] Pierre Teilhard de Chardin, Building the Earth, pp. 119–120, Dimension Books, Wilkes-Barre, Pensilvania, Estados Unidos. 1965.

[116] Ibid., pp. 124-125.

[117] Ibid., p. 27.

[118] Ibid., p. 28.

[119] Ibid., pp. 34-35.

[120] Ibid., p. 38.

[121] Ibid., pp. 43-45.

[122] Ibid., p. 52.

[123] Ibid., p. 54.

[124] Ibid., p. 59.

[125] Ibid., p. 60.

[126] Ibid., p. 67.

[127] Ibid., p. 111.

[128] Ibid., p. 97.

[129] Ibid., pp. 98-99.

[130] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de Estudiantes Rusos), no. 95–96, p. 32, Paris, Francia, 1970.

[131] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 110–111, Paris, Francia, 1972.

[132] Ibid.

[133] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 111–132, 1972.

[134] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de Estudiantes Rusos), no. 106, p. 128.

[135] Vestnik Russkogo Studencheskogo Khristianskogo Dvizheniya (Boletín del Movimiento Cristiano de Estudiantes Rusos), no. 106, pp. 124–125.

 

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; EL EVOLUCIONISMO (PARTE XI)

          Ahora tratamos este concepto fundamental, indispensable para comprender la mentalidad religiosa del hombre contemporáneo, tanto ...