Fiódor Dosotyevski
¡Oh, no piensen que voy a comenzar a plantear la «cuestión
hebrea»! He escrito este encabezamiento de broma. Plantear una cuestión de tal
magnitud como la situación de los judíos en Rusia — y la situación de Rusia
misma, que cuenta entre sus hijos con tres millones de judíos — está muy por
encima de mis fuerzas. La cuestión supera mis límites. Pero puedo tener alguna
apreciación personal, y resulta que algunos de los hebreos de repente han
empezado a interesarse por ella.
Desde hace algún tiempo he estado recibiendo cartas suyas en
las que, con seriedad y con amargura, me reprochan que los «ataco», que «odio
al judío», y que no lo odio por sus vicios — no «como explotador» — sino
específicamente como raza; algo así como cuando se dice que «Judas vendió a
Cristo». Esto me lo escriben judíos «educados», es decir, aquellos que (esto lo
he observado, aunque de ningún modo quiero generalizar la observación, y lo
subrayo desde ahora) suelen esforzarse en hacerle saber a uno que, gracias a su
educación, hace tiempo que han dejado de compartir «los prejuicios» de su
nación; que no cumplen los ritos religiosos como los demás judíos sencillos;
que consideran tales prácticas indignas de su ilustración; y que, además, no
creen en Dios.
Haré aquí una observación de pasada: a todos esos señores
pertenecientes a la «élite judía», que son tan fervientes defensores de su
nación, les resulta demasiado pecaminoso olvidar a su Jehová de cuarenta siglos
y renegar de Él. Y esto es pecaminoso no sólo por un sentimiento nacional, sino
también por otras razones de gran peso. Y, sin embargo, hay algo extraño en
ello: un judío sin Dios es, de algún modo, inconcebible; un judío sin Dios no
puede imaginarse. Pero este tema es de los extensos, así que dejémoslo por
ahora.
Lo que más me sorprende es lo siguiente: ¿cómo, sobre qué
fundamento, se me ha clasificado como enemigo de los judíos como pueblo, como
nación? En cierta medida estos mismos señores me permiten condenar al judío
como explotador y por algunos de sus vicios, pero sólo en apariencia; en
realidad es difícil encontrar a alguien más irritable y susceptible que el
judío educado, más sensible que él cuando se trata de su condición de judío.
Pero, una vez más: ¿cuándo y cómo he declarado odio hacia los judíos como pueblo?
Tal odio jamás ha existido en mi corazón, y los judíos que me conocen y han
tratado conmigo lo saben. Por eso, desde ahora mismo, antes incluso de decir
una palabra más, rechazo esta acusación de una vez para siempre, para no tener
que volver a mencionarla después.
¿Se me acusa de odio porque a veces he llamado al hebreo
como «judío»[1]?
Pero, en primer lugar, yo no creía que esa palabra fuera tan ofensiva; y, en
segundo lugar, según recuerdo, siempre he usado el término «judío» para
designar cierta idea: «judío», «judaísmo», «dominio judío», etcétera. Con ello
me refería a una determinada concepción, una orientación, una característica de
la época. Se puede discutir esa idea y no estar de acuerdo con ella, pero no
hay razón para ofenderse por una palabra.
Citaré ahora algunos pasajes de una larga — y en muchos
aspectos hermosa — carta que me ha dirigido un judío muy culto, y que despertó
en mí gran interés. Se trata de una de las acusaciones más típicas de que yo
odiaría al judío como pueblo. Naturalmente, el nombre del señor N. K., autor de
esta carta, lo mantengo en el más estricto anonimato.
… pero tengo la intención de
aludir a una cosa, que decididamente no puedo explicar. Este odio suyo hacia
«el hebreo», que se manifiesta casi en cada edición de su Diario.
Querría saber por qué os
subleváis contra el hebreo, y no contra el explotador; Yo, no menos que usted,
no puedo soportar los prejuicios de mi nación — y no poco he sufrido por ellos —;
pero jamás admitiré que una explotación desvergonzada corra sobre la sangre de
este pueblo.
¿Es posible que usted no pueda
elevarse a la comprensión de la ley fundamental de toda vida social, según la
cual todos los ciudadanos de un Estado, sin excepción, si pagan los
impuestos necesarios para la existencia del Estado, deben gozar de todos
los derechos y ventajas que éste ofrece, y que para los transgresores de la
ley, para los miembros dañinos de la sociedad, debe existir una misma medida de
castigo, común para todos?
¿Por qué, entonces, deben todos
los judíos ver restringidos sus derechos, y por qué han de existir para ellos
leyes penales especiales? ¿En qué es mejor la explotación extranjera (pues los
judíos, al fin y al cabo, son súbditos rusos) ejercida por alemanes, ingleses o
griegos —de los cuales hay tantos en Rusia— que la explotación “hebrea”? ¿Acaso
un kulak ortodoxo ruso, explotador, tabernero, sanguijuela que se
propaga por toda Rusia, es mejor que los judíos que actúan en un entorno
limitado? ¿Por qué esto es mejor que aquello…?
[Aquí el respetable remitente compara algunos conocidos kulak
rusos con los kulak hebreos, donde los rusos no salen bien parados. Pero
¿qué demuestra esto? No alabamos a nuestros kulak, no los ponemos como
ejemplos a imitar sino, al contrario, nos conformaremos en gran medida, con que
unos y otros son malos.]
Podría exponerles miles de
preguntas como estas. Mientras tanto usted, al hablar de los judíos,
incluye en este concepto a toda la espantosamente pobre masa de tres millones
de población hebrea en Rusia, de la cual dos millones novecientos mil, al
menos, mantienen una desesperada lucha por una lamentable existencia,
moralmente más limpia no solo que otros pueblos, sino que el pueblo ruso
defendido por usted. Del mismo modo, usted incluye también bajo ese término a
ese número considerable de judíos con educación superior que se distinguen en
todos los ámbitos de la vida pública del Estado. Tomemos, por ejemplo…
[De nuevo, algunos nombres, de los cuales yo, además de
Goldstein no me considero autorizado a publicar, puesto que quizá algunos de
ellos se sentirían molestos al leer que se los presenta como de origen hebreo.].
¿… Goldstein (que murió
heroicamente en Serbia por la idea eslava) y los que trabajaban en beneficio de
la sociedad y la humanidad? Su odio hacia los «judíos» se extiende incluso a
Disraeli, quien, seguramente, ni él mismo sabe que sus antepasados fueron
hebreos españoles, y que, desde luego, no dirige la política conservadora
inglesa desde el punto de vista de un “judío”. […]
No; por desgracia, usted no
conoce ni al pueblo judío ni su vida —ni su espíritu ni, en fin, su historia de
cuarenta siglos. Y es lamentable, porque usted es, en todo caso, un hombre
sincero, absolutamente sincero; sin embargo, de manera inconsciente está
causando daño a una enorme masa de personas indigentes, mientras que los “hebreos”
influyentes, que reciben en sus salones a los poderosos de este mundo,
naturalmente no temen ni a la prensa ni siquiera a la impotente cólera de los
explotados. Pero basta ya sobre este asunto. Difícilmente lograré convencerle
de mi punto de vista, aunque deseo vivamente que usted logre convencerme a mí.
He aquí los pasajes citados. Antes de responder a nada (pues
no quiero cargar con una acusación tan grave), llamaré la atención sobre la
vehemencia del ataque y sobre el grado de susceptibilidad que revela. Lo cierto
es que, durante todo el año de publicación de mi Diario, no ha habido
ningún ataque contra el «hebreo» de tal magnitud que pudiera justificar una
reacción tan violenta.
En segundo lugar, conviene observar también que mi estimado
corresponsal, al referirse en estas pocas líneas al pueblo ruso, no ha podido
evitar adoptar hacia el pobre pueblo ruso una actitud algo demasiado altiva. Es
cierto que en Rusia incluso los propios rusos no han dejado rincón sin manchar
(expresión de Schedrín), por lo que resulta tanto más excusable en un judío.
Sin embargo, en cualquier caso, este ánimo revela claramente cómo los propios
judíos ven a los rusos.
No hablo de esta acusación; todo esto es natural; yo solo
quiero señalar que en los motivos de nuestra desunión con los hebreos hay una
culpa, posiblemente, y no solo del pueblo ruso, y que estos motivos se han
acumulado, desde luego, por ambas partes, y todavía no se sabe qué parte tiene
más culpa. Una vez señalado esto, voy con unas palabras para justificar cómo
veo el asunto. Y aunque esta cuestión, repito, es superior a mis fuerzas, algo
podré manifestar.
PRO Y CONTRA
Supongamos que es muy difícil conocer los cuarenta siglos de
historia de un pueblo como el hebreo; en primer lugar, yo sé que seguramente no
hay en todo el mundo otro pueblo que se queje tanto de su propio destino, a
cada instante, a cada paso y a cada palabra, de su humillación, de su
sufrimiento, de su martirio. Se diría que no son ellos quienes reinan en
Europa, quienes allí dirigen al menos las bolsas y, por tanto, también la
política, los asuntos internos y hasta la moral de los Estados. Que el generoso
Goldstein muriera por la ideya eslava[2].
Aun así, si la ideya judía en el mundo no hubiera sido tan fuerte, quizá
esa misma «cuestión eslava» (la del año pasado) ya se habría resuelto desde
hace tiempo en favor de los eslavos y no de los turcos.
Estoy dispuesto a creer que lord Beaconsfield quizá haya
olvidado su ascendencia — en algún momento remoto — de judíos españoles
(aunque, desde luego, no la ha olvidado); pero que durante el año pasado
dirigió la política conservadora inglesa, al menos en parte, desde el punto de
vista de un judío, eso, en mi opinión, es imposible ponerlo en duda, «en
parte».
Pero todo esto, desde mi perspectiva, es una arbitrariedad,
con tono fácil y palabras fáciles. Lo concedo. Pero de cualquier modo no puedo
creer completamente en el grito de los hebreos, de que son los olvidados, los
torturados y los humillados. Desde mi perspectiva, un muzhik ruso, y en
general cualquier hombre del pueblo, sobrellevan mas dificultades que los
hebreos. Mi remitente me escribe en otra carta:
Ante todo es imprescindible
concederles (a los hebreos) todos los derechos civiles (pensad que hasta ahora
se han visto privados de los derechos básicos: la libre elección de domicilio,
del cual han surgido multitud de españoles aptos para toda la masa hebrea),
como a todos los demás pueblos en Rusia, y luego exigir de ellos el
cumplimiento de sus obligaciones hacia el Estado y hacia la población
autóctona.
Pero piense, señor remitente, usted, que me escribe en esa
misma carta, en la página siguiente, que «está mucho más entregado a la masa
trabajadora del pueblo ruso y siente más compasión por ella que por la masa
judía» (lo cual, por cierto, para un judío está expresado con demasiada fuerza),
usted también debería recordar que en el tiempo en que el judío «estaba
restringido en la libre elección de su lugar de residencia», veintitrés
millones de «masa trabajadora rusa» estaban soportando la servidumbre, que era,
por supuesto, más pesada que la simple «elección del lugar de residencia». Ahora
bien, ¿los judíos los compadecieron entonces? No lo creo: en las regiones
fronterizas occidentales y en el sur obtendrá una respuesta bastante completa a
esta pregunta. Más aún: en aquel tiempo los judíos también clamaban por
derechos que el propio pueblo ruso no tenía; gritaban y se quejaban de que
estaban oprimidos y eran mártires, y de que cuando se les concedieran más
derechos, «entonces exíjannos que cumplamos nuestros deberes hacia el Estado y
hacia la población autóctona».
Pero llegó el libertador[3]
y liberó a la población autóctona. ¿Y quién se lanzó primero contra él como
sobre su víctima, quién se aprovechó principalmente de sus vicios, quién lo
envolvió con su eterno oficio del oro?, ¿quién sustituyó inmediatamente, donde
le dio tiempo, a los antiguos terratenientes, con la diferencia que los
terratenientes, aunque explotaban enormemente a la gente, se esforzaban en no
arruinar a sus propios campesinos, quizás en propio interés, para no agotar las
fuerzas de sus trabajadores; mientras que el judío no se preocupa por el
agotamiento del trabajo ruso: toma lo que es suyo y se marcha?
Sé que los judíos, cuando lean esto, inmediatamente
empezarán a gritar que es mentira, que es una calumnia, que miento, que, puesto
que creo estas tonterías, «no conozco la historia de cuarenta siglos» de estos
puros ángeles, que son incomparablemente más limpios moralmente no solo que
otros pueblos, sino también más que mi deficiente pueblo ruso (según palabras
del remitente, ver más arriba). Pero si son más limpios moralmente que todos
los pueblos del mundo, y que el ruso sin duda, y mientras solo he leído en el
número de marzo de El Mensajero de Europa noticias acerca de que los
judíos en Estados Unidos, en los estados del sur, ya se han abalanzado en masa
sobre los millones de negros liberados y ya los han sometido a su control a su
manera, mediante su bien conocido y ancestral «oficio del oro», utilizando la
inexperiencia y los vicios de las tribus explotadas.
Imagínense, al leer esto, recordé inmediatamente que hace
apenas cinco años se me había ocurrido esta misma idea: que los negros ahora
están liberados de los esclavistas, y sin embargo no sobrevivirán, porque los
judíos, de los que hay tantos en el mundo, se abalanzarán sobre esta nueva
víctima. Pensé en esto, y les aseguro que varias veces durante este período se
me ocurrió la idea: «¿Por qué no oímos nada sobre los judíos de allí, por qué
no escriben sobre ello en los periódicos? Después de todo, estos negros son un
tesoro para los judíos, ¿de verdad los van a dejar pasar?» Así que esperé, hasta
que lo leí cuando escribieron sobre ello en los periódicos.
Y hace diez días leí en Tiempo Nuevo[4]
(n.º 371) una información desde Kovno, muy característica: «Dicen que allí los
judíos han agobiado tanto a la población lituana local que casi la arruinaron
por completo con el vodka, y solo los kénaki[5]
salvaban a los pobres borrachos, amenazándolos con los tormentos del
infierno y organizando sociedades de abstinencia entre ellos»[6]
El ilustrado corresponsal, es cierto, se sonroja
profundamente por su población, que todavía cree en los sacerdotes y en los
tormentos del infierno, pero también informa que, siguiendo a los sacerdotes,
también se levantaron economistas locales ilustrados y comenzaron a organizar
bancos rurales, precisamente para salvar a la gente del prestamista judío, así
como mercados rurales donde «la masa trabajadora indigente» pudiera comprar artículos de primera necesidad
a precios reales, y no a los fijados por el judío.
Bien, he leído todo esto, y sé que inmediatamente empezarán
a gritar que esto no prueba nada; que todo esto se debe al hecho de que los
propios judíos están oprimidos; que ellos mismos son pobres; que todo esto no
es más que una «lucha por la existencia»; que solo un tonto puede no verlo; y
que si los hebreos no fueran los más pobres, sino, al contrario, los más ricos,
en ese momento mostrarían su lado humano, tanto que ciertamente en el mundo
todos se asombrarían. Pero, por supuesto, todos estos negros y lituanos son
incluso más pobres que los judíos que los explotan; y, sin embargo, los
primeros (basta leer la correspondencia) detestan el tipo de comercio por el
que tantas ansias tienen los hebreos.
En segundo lugar, no es difícil ser humanitario y ético,
cuando uno es el que nada en la abundancia, y apenas «lucha por la existencia»,
no os atreváis a reprochármelo. A mi modo de ver, esto no es un rasgo muy
angélico.
Y en tercer lugar, por supuesto, no presento estas dos
noticias de El mensajero de Europa y Tiempo Nuevo como hechos
capitales y decisivos.
Si uno empezara a escribir la historia de esta tribu
universal, podría encontrar de inmediato cien mil hechos semejantes, e incluso
más importantes, de modo que uno o dos hechos adicionales no añadirían nada
especial.
Pero lo curioso en todo esto es lo siguiente: que apenas
necesitéis — ya sea en una discusión o simplemente en un momento de reflexión
personal — una información acerca del judío y de sus actos, no vayáis a
bibliotecas públicas, no consulte libros viejos o vanos; no os toméis el
trabajo, no busquéis, ni os esforcéis; sino que, sin moveros de vuestro sitio,
sin siquiera levantaros de la silla, estiréis la mano hacia cualquier periódico
que tengáis a vuestro lado y miréis la segunda o la tercera página:
infaliblemente encontraréis algo sobre los judíos, e infaliblemente aquello que
os interesa; infaliblemente lo más característico, e infaliblemente siempre lo
mismo — es decir, ¡siempre las mismas hazañas!
Así que verdaderamente estará de acuerdo en que esto
significa algo, que algo indica, que algo os revela, aunque fuera usted un
completo ignorante en la historia de cuarenta siglos de esta tribu.
Sin duda me responderán que todos están dominados por el
odio, y por eso todos mienten. Desde luego, puede ser muy posible, que todos
hasta el último mientan. Pero en ese caso surge inmediatamente otra pregunta:
si todos hasta el último mienten y están poseídos por el odio, debe haber
venido de algún lugar, después de todo, este odio universal debe significar
algo, «¡Al fin y al cabo, la palabra “todo” debe significar algo!», exclamó
Belinsky en una ocasión.
«La libre elección de domicilio». Pero, ¿es el ruso nativo
realmente tan libre en su elección de residencia? ¿Acaso no persisten hasta el
día de hoy las mismas restricciones indeseadas a la plena libertad de
residencia del ciudadano ruso común, herencia de los tiempos de la servidumbre y
que desde hace tiempo han llamado la atención del gobierno?
Y en cuanto a los judíos, es evidente para todo el mundo que
en los últimos veinte años sus derechos en la elección del lugar de residencia
se han ampliado considerablemente. Al menos, han aparecido por toda Rusia en
lugares donde antes no se los veía. Sin embargo, todos los hebreos se quejan
del odio y la opresión.
Quizás con seguridad yo no comprenda el modo de vida hebreo;
pero una cosa sé con certeza, y estoy dispuesto a discutirla con cualquiera:
que entre nuestro pueblo sencillo no existe un odio religioso preconcebido, a
priori y brutal contra el judío, algo del tipo: «Judea traiciono a Cristo».
Incluso si a veces se oye algo así de boca de niños o de borrachos, nuestro
pueblo en su conjunto — lo repito — mira al judío sin un odio preconcebido. Lo
he observado durante cincuenta años.
Incluso me ha tocado vivir con el pueblo, en la masa del
pueblo, en unos cuarteles, dormir en los mismos petates[7].
Allí había algunos hebreos, y nadie los despreciaba, nadie los excluía, ni los
acosaba. Cuando rezaban (y los hebreos rezan a gritos, vistiendo un traje
especial), nadie lo encontraba extraño, no los ridiculizaba ni se reían de
ellos, lo que, además, habría que esperar de un pueblo tan rudo como el ruso,
según vuestra opinión. Al contrario, al observarlos, decían: «Esta es su fe,
así rezan», y pasaban junto a ellos con tranquilidad y casi con aprobación. Y,
en cambio, estos hebreos evitaban a todos los rusos, no querían comer con
ellos, los miraban casi con altivez (¿y esto dónde? ¡En el presidio!) y
manifestaban asco y aprensión hacia los rusos, hacia el pueblo «autóctono». Lo
mismo en los cuarteles militares, y por todas partes de Rusia: id a informaros,
a preguntar, si se ha ofendido a los hebreos como hebreos, como judíos, por su
fe, por sus costumbres. No se les ha ofendido en ninguna parte, igual que en
todo el pueblo. Al contrario, os aseguro que en los cuarteles y por todas
partes el labriego ruso ve y comprende (y no lo ocultan los mismos hebreos),
que los hebreos no quieren comer con él, sienten repugnancia, se apartan y se
protegen de él cuanto pueden, y en lugar de ofenderse por esto el labriego ruso
dice tranquila y claramente: «Esta es su fe, según su fe no comen con nosotros»,
y se apartan (es decir, no por maldad) al ser consciente de este sentimiento
elevado, perdona a los judíos de todo corazón.
Y mientras tanto, a veces se me pasa por la cabeza una
fantasía: bueno, si no hubiera en Rusia tres millones de hebreos, sino de
rusos; si los ochenta millones fueran los hebreos, ¿en qué se habrían
convertido los rusos entre ellos y cómo los tratarían? ¿Les concederían
igualdad de derechos? ¿Les dejarían rezar entre ellos libremente? ¿No los
habrían convertido directamente en esclavos? Y lo peor de todo: ¿no los habrían
desolado, golpeado hasta su total aniquilamiento, como habían hecho con pueblos
extranjeros en la antigüedad, en su propia historia antigua?
No, os aseguro que en el pueblo ruso no hay ningún odio
preconcebido hacia los judíos, sino que hay, puede ser, una antipatía hacia él,
especialmente por ciertas circunstancias, puede ser que muy fuerte. Oh, esto no
puede evitarse; esto existe; pero no surge en absoluto del hecho de que sea judío,
ni de algún odio racial o religioso, sino que proviene de otras causas de las
cuales no es culpable el pueblo nativo, sino el propio judío.
STATUS IN STATU.[8]
CUARENTA SIGLOS DE EXISTENCIA
Los judíos acusan a la población autóctona de odio, sobre
todo de aquel que está basado en prejuicios. Pero ya que hablamos de
prejuicios, ¿crees que un judío tiene menos prejuicios contra un ruso que un
ruso contra un judío? ¿O acaso no es más? Ya te he dado ejemplos de la actitud
del pueblo ruso hacia el judío. Y aquí tengo ante mí cartas de judíos, y no de
judíos comunes, sino de judíos instruidos. ¡Y cuánta hostilidad hay en estas
cartas contra la «población nativa»! Y lo principal es que escriben sin darse
cuenta de ello ellos mismos.
Y esto se da porque dice el judío; yo debo ser el primero en
el mundo; yo soy el elegido, yo soy el que posee la verdad. Yo soy el que debe
gobernar a todos los pueblos, porque así está escrito en la ley antigua.[9]
Verás, para existir durante cuarenta siglos sobre la tierra
— es decir, prácticamente durante todo el período histórico de la humanidad — y
además en una unidad tan compacta e inquebrantable unidad; perder tantas veces
el propio territorio, la independencia política, las leyes, casi la propia
religión; para perderlo todo y, sin embargo, reunirse nuevamente cada vez, renacer
de nuevo en la misma idea, y aunque bajo una forma distinta, recrear de nuevo
por sí mismo las leyes e incluso la fe; no, ese pueblo tan tenaz, un pueblo tan
extraordinariamente fuerte y enérgico, un pueblo sin precedentes en el mundo,
no podría haber existido sin un status in statu que siempre y en todas
partes ha conservado, incluso en medio de sus más terribles y milenarias
dispersiones y persecuciones.
Y al hablar de status in statu, no busco en absoluto
formular una acusación. Sin embargo, ¿qué significa ese status in statu?
¿Cuál es su idea eterna e inmutable? ¿En qué consiste la esencia de esa idea?
Sería demasiado largo e imposible exponer esto en un
artículo breve; además, sería imposible por la misma razón de que, a pesar de
los cuarenta siglos, no han llegado todavía todos los tiempos y momentos,
y la última palabra de la humanidad sobre esta gran tribu aún está por venir. Sin
embargo, sin penetrar en la esencia y profundidad del asunto, es posible
esbozar, al menos, ciertos rasgos de este status in statu, al menos,
exteriormente. Estos rasgos son: el alejamiento y el extrañamiento en materia
de dogma religioso; la imposibilidad de fusión; fe en que solo existe en el
mundo una singularidad, la judía, y aunque los demás existen, de cualquier modo,
hay que considerar que no existen. «Sal de este pueblo, une tu individualidad y
conoce que desde este momento eres uno con Dios, destruye a los demás, o
llévalos a la esclavitud, o explótalos. Cree en la victoria sobre todo el
mundo, cree que todos se someterán a ti. Doblega severamente a todos, sin
comunicar a nadie nada sobre su existencia. E incluso cuando perdáis
vuestra tierra, vuestra identidad política, incluso cuando estéis dispersos por
la faz de la tierra, entre todos los pueblos, creed en todo lo que se os ha
prometido, creed de una vez por todas que todo se hará realidad, pero por ahora
vivid, despreciad, uníos y explotad y ... esperad, esperad...» He aquí la
esencia de la idea de este status in statu, pues, desde luego, hay leyes
internas, y quizás misteriosas, que protegen esta idea.
Ustedes dicen, señores, judíos instruidos y opositores, que
todo esto es un disparate, y que «si existe un status in statu (es
decir, habría, ahora solo quedan débiles huellas), únicamente las persecuciones
lo provocaron, las persecuciones lo engendraron, las religiosas, desde la Edad
Media y antes, y este status in statu surgió únicamente de un instinto
de autoconservación. Si persiste, especialmente en Rusia, es porque el judío
aún no ha alcanzado la igualdad de derechos con la población nativa». Pero
esto es lo que me parece: incluso si alcanzara la igualdad de derechos, jamás
habría renunciado a su status in statu. Es más: atribuir el estatus
dentro del estatus únicamente a la persecución y al instinto de
autoconservación es insuficiente.
Y la tenacidad de la autoconservación no duraría cuarenta
siglos; uno se cansaría de preservarse durante tanto tiempo. Ni las
civilizaciones más fuertes del mundo lo consiguieron y antes de la mitad de los
cuarenta siglos perdieron la fuerza política y el semblante tribal. No solo la
autoconservación es la causa principal, sino cierta ideya, impulsora y
convincente, algo universal y profundo, sobre la cual la humanidad, como dije
antes, tal vez aún no sea capaz de pronunciar su última palabra. Que el
carácter religioso es lo primordial, es indudable. Que su Proveedor, bajo el
nombre del antiguo primigenio Jehová, con su ideal y con su promesa continúa
conduciendo a su pueblo hacia un objetivo firme, está claro. No se puede, repito,
siquiera imaginarse a los judíos sin Dios, además, no creo siquiera en que los judíos
educados sean ateos; todos ellos tienen una única esencia, y solo Dios sabe qué
puede esperar el mundo de los judíos educados.
Ya en mi infancia leía y escuchaba leyendas acerca de los judíos,
acerca de que ellos ahora esperan impacientes al Mesías, todos desde el más
pobre de los judíos hasta el más elevado y genial de ellos, el filósofo y el
rabino estudioso de la Cábala, que todos creen que el Mesías los reunirá de
nuevo en Jerusalén y destronará a todos los pueblos con su espada y los pondrá
bajo sus pies; que, por ello, los judíos, al menos en su gran mayoría,
prefieren solo una profesión: el comercio de oro y de todo lo que con él se
fabrica, todo esto sería para que, cuando apareciera el Mesías, , no necesiten
tener una nueva patria ni estar ligados a la tierra – aun poseyéndola – de los
extranjeros, sino tenerlo todo consigo únicamente en oro y en objetos
preciosos, para poder llevárselo más fácilmente cuando:
El rayo del alba comience a
brillar;
nuestra flauta, nuestro tambor y el címbalo,
nuestras riquezas y nuestro símbolo sagrado
los llevaremos de regreso a nuestro antiguo santuario,
a nuestro antiguo hogar — a Palestina.
Repito, todo esto lo escuché como una leyenda, pero creo que
la esencia del asunto ciertamente existe, especialmente entre la gran mayoría
de los judíos, en forma de una atracción instintiva e irresistible. Pero
para que tal esencia pueda conservarse, es necesario, desde luego, que se
conserve el status in statu en su forma más estricta. Al parecer, no
solo la persecución es la causa, sino otra ideya...
Si, sin embargo, entre los judíos existe realmente una
organización interna tan rígida que los une en algo compacto y separado,
entonces casi cabría plantearse la cuestión de si deben concedérseles derechos
iguales a los de la población autóctona.
Es evidente que todo lo que exige la humanidad y la
justicia, todo lo que reclama la compasión y la ley cristiana, debe hacerse en
favor de los judíos. Pero si ellos, completamente armados con su organización y
su separación, con su aislamiento racial y religioso; plenamente armados con
sus normas y principios, totalmente opuestos a aquella ideya conforme a
la cual se ha desarrollado todo el mundo europeo, al menos hasta el presente —,
si exigen una completa igualdad en todos los derechos posibles con la población
autóctona, ¿no recibirían entonces algo mayor, algo excesivo, algo que los
colocaría por encima de la población autóctona?
En este punto, los judíos, naturalmente, señalarán a otros
extranjeros: «a estos se les han concedido derechos iguales, o casi iguales,
mientras que los judíos tienen menos derechos que todos los demás extranjeros;
y esto; porque se nos teme, a nosotros los judíos: porque, supuestamente, somos
más perjudiciales que todos los demás extranjeros. ¿Y, sin embargo, en qué
sentido es perjudicial el judío? Si hay defectos en el pueblo judío, es solo
porque el propio pueblo ruso contribuye a ellos, a través de su propia
ignorancia rusa, su falta de educación, su incapacidad para ser independiente,
su bajo desarrollo económico. El mismo pueblo ruso exige un intermediario,
un dirigente, un tutor de los asuntos económicos, un acreedor; ellos mismos lo
llaman y se entregan a él. Ved, al contrario, en Europa: allí los pueblos
fuertes, y con espíritu independiente, con un fuerte desarrollo nacional, con
un antiguo hábito de trabajo y con capacidad de trabajo, allí no se asustan de
dar todos los derechos a los hebreos. ¿Se oye en Francia algo acerca de los
perjuicios derivados del status in statu de los judíos locales?»
El argumento parece convincente, pero una observación entre
paréntesis en particular parece ser lo primero que viene a la mente: «Así pues,
el judaísmo prospera donde la gente aún es ignorante, o carece de libertad, o
está económicamente subdesarrollada; ¡ahí es donde reside su poder!». Y en
lugar de, por el contrario, usar su influencia para elevar el nivel educativo,
fortalecer el conocimiento y generar capacidad económica en la población
nativa, el judío, dondequiera que se asentaba, humillaba y corrompía aún más al
pueblo; allí la humanidad se abatía todavía más, aún más descendía el nivel de
educación; allí se difundía de manera aún más repugnante la miseria sin salida,
inhumana, y con ella la desesperación»
En nuestras regiones fronterizas, preguntad a la población
autóctona: ¿qué mueve al judío y qué lo ha movido durante tantos siglos?
Recibiréis una respuesta unánime: la falta de compasión. «Lo ha movido
durante tantos siglos una sola cosa: la falta de compasión hacia nosotros y la
sed de saciarse con nuestro sudor y nuestra sangre».
Y, en efecto, toda la actividad de los judíos en estas
nuestras regiones fronterizas consistía únicamente en colocar a la población
autóctona en la mayor dependencia posible respecto de ellos, aprovechándose de
las leyes locales. ¡Oh, allí siempre encontraban la manera de servirse
de los derechos y de las leyes!
Siempre han sabido entablar amistad con aquellos de los que
dependía el pueblo, y ni siquiera aquí se quejarían de sus escasos derechos
en comparación con la población indígena. Ya habían obtenido suficientes
derechos sobre la población indígena de la zona.
¿Qué fue del pueblo ruso, a lo largo de décadas y siglos, en
los lugares donde se asentaron los judíos? La historia de nuestras regiones
periféricas rusas lo atestigua. ¿Y qué nos dice la misma? Indicad algún otro
pueblo entre los extranjeros del Imperio ruso que, por la terribilidad de su
influencia, pudiera compararse en este sentido con el judío. No encontraréis
ninguno; en esto el judío conserva toda su originalidad frente a los demás extranjeros
del Imperio, y la causa de ello es, sin duda, ese status in statu suyo,
cuyo espíritu respira precisamente esa falta de compasión hacia todo lo que no
es judío, ese desprecio por todo pueblo y tribu y por todo ser humano que no
sea judío.
¿Y qué clase de justificación es esta: la de que en Europa
occidental los pueblos no se dejaron avasallar y que, por lo tanto, el propio
pueblo ruso sea el culpable? ¿Porque el pueblo ruso, en las regiones
fronterizas de Rusia, resultó más débil que los pueblos europeos (y únicamente
a causa de sus durísimas circunstancias políticas seculares), por solo por eso
había que aplastarlo definitivamente mediante la explotación, en lugar de
ayudarlo?
Si se apela a Europa, a Francia, por ejemplo, difícilmente
puede afirmarse que también allí el status in statu fuera inofensivo. Desde luego, allí el cristianismo y su idea
han decaído y siguen decayendo no por culpa del judío, sino por su propia
culpa; sin embargo, no se puede dejar de señalar también en Europa el gran
triunfo del judaísmo, que ha sustituido muchas de las antiguas ideas por las
suyas.
¡Oh, desde luego, el hombre siempre, en todas las épocas, ha
adorado el materialismo y ha tendido a percibir y comprender la libertad
únicamente en el sentido de asegurarse la vida mediante el dinero acumulado a
fuerza de todos los esfuerzos y reunido por todos los medios posibles! Sin
embargo, en ningún tiempo anterior estas tendencias fueron elevadas de manera
tan cínica y tan evidente al rango de principio supremo como en nuestro siglo
XIX.
«cada uno para sí mismo y solo para sí mismo y cualquier
relación con la gente únicamente para sí mismo»; tal es el principio moral de
la mayoría de los hombres actuales (la idea básica de la burguesía, que ha
barrido a finales del pasado siglo el antiguo régimen mundial, y que se
convirtió en la idea básica del presente siglo en todo el mundo europeo) incluso
no de los peores, sino, por el contrario, de hombres trabajadores, que no matan
ni roban.
Y la falta de compasión hacia las clases inferiores, y la
decadencia de la fraternidad, y la explotación del pobre por el rico — ¡oh,
todo esto ha existido antes y siempre! —; sin embargo, no se elevaba al rango
de verdad suprema ni de ciencia, sino que era condenado por el cristianismo;
mientras que ahora, por el contrario, se anuncia como virtud.
De ahí que no sea en vano que allí los judíos dominen por
todas partes en las bolsas; no es en vano que controlen los capitales, que sean
los dueños del crédito, y no es en vano —lo repito — que sean también los
dueños de la política internacional; y lo que pasará después, desde luego, solo
es conocido por los mismos hebreos: ¡se aproxima su reinado, su completo
reinado!
Se vislumbra un triunfo absoluto de las ideas, ante el cual
los sentimientos de humanidad, la sed de verdad, el orgullo cristiano, nacional
e incluso nacional de los pueblos europeos quedan prácticamente anulados.
Se impone, por el contrario, el materialismo: una ciega y
voraz ansia de bienestar material personal, un ansia de acumulación de dinero
por todos los medios — la libertad, lo racional; esto es lo que se ha sido elevado
como fin supremo —, en lugar de la idea cristiana de la salvación únicamente
mediante la más estrecha unión moral y fraterna de los hombres.
Se reirán y dirán que todo esto no procede de los judíos.
Desde luego, no procede solo de ellos; pero si los judíos han triunfado
plenamente y han prosperado en Europa precisamente en el momento en que estos
nuevos principios triunfaban allí hasta elevarse al rango de principio moral,
no puede dejar de concluirse que también los judíos han contribuido con su
influencia a este estado de cosas.
Nuestros oponentes muestran que los judíos, al contrario,
son pobres, que solo la cúspide de los judíos es rica —los banqueros y los
reyes de la bolsa—, mientras que el resto, casi las nueve décimas partes de
ellos, son literalmente mendigos, , ofrecen corretajes, buscan donde conseguir
un kopek para comer.
Sí, eso parece ser así; pero ¿qué significa esto? ¿No quiere
decir precisamente que en el propio trabajo de los judíos (es decir, al menos
de su inmensa mayoría), en su misma explotación, hay algo incorrecto, anormal,
algo antinatural que lleva en sí mismo su castigo?
El judío representa la mediación, comercia con el trabajo de
otros. El capital es trabajo ahorrado; el judío ama comerciar con el trabajo de
otros. Pero todo esto no cambia nada; después la élite de los judíos se
entronizará sobre toda la humanidad más fuerte y más firmemente y se esforzará
en dar al mundo su propio semblante y su esencia. Todos los judíos gritan que
entre ellos hay gente buena. Oh, Dios, ¿acaso en esto consiste el asunto? Si
nosotros no estamos hablando ahora de buenos o malos. ¿Y acaso
entre nosotros no hay gente buena? ¿Acaso el difunto parisino James Rotschild
era una mala persona? Hablamos del conjunto y de su idea; hablamos del judaísmo
y de la ideya judaica, que abarca el mundo entero en lugar del
cristianismo «fracasado»…
¡PERO QUE VIVA LA
FRATERNIDAD!
Pero ¿para qué voy a hablar? ¿Soy un enemigo de los judíos?
Es posible que sea verdad, como me ha escrito una, sin ninguna duda (lo que ya
es evidente por su carta y sinceramente, que era una carta ardientemente
sincera), una muy noble y educada muchacha judía, es posible que yo, según sus
palabras, sea enemigo de esta «desdichada» tribu, a la que «en cualquier
ocasión que se me presenta ataco cruelmente». «Su desprecio hacia la tribu
judía que “no piensa en nada, sino en sí misma”, etcétera, etcétera, es evidente».
No me rebelo contra esta evidencia, discuto el mismo hecho.
Al contrario, precisamente hablo y escribo que «todo lo que exige la humanidad
y la justicia, todo lo que exige la humanidad y la ley cristiana, todo debe ser
hecho también para los judíos». He escrito estas palabras más arriba, pero
ahora añado algo más a pesar de todas las razones, ya presentadas por mí,
finalmente estoy a favor, sin embargo, de la propia expansión de los derechos
de los hebreos en la legislación formal y, si es posible, la plena equiparación
de derechos con la población autóctona (Nota bene: Aunque, puede ser, en otros
casos tienen ya ahora más derechos o, mejor dicho, más posibilidades de
utilizarlos que la misma población autóctona). Desde luego, me viene a la
cabeza, por ejemplo, esta fantasía: que si se tambalea por alguna razón, por
algo, nuestra aldea comunal, que protege a nuestro pobre muzhik de
tantos males, si sobre este liberado muzhik tan inexperto, que tan poco
sabe resistir la tentación y al que precisamente tenía que tutelar esa comuna,
se le echara encima el kahal de los hebreos, ese momento sería su final:
toda su propiedad, toda su fuerza pasará mañana a dominio judío,
Pero, a pesar de toda la «fantasía» y de todo lo que he
escrito, de cualquier modo soy partidario de una completa y final igualdad de
derechos, porque es la ley de Cristo, porque es un principio cristiano. Pero si
para esto he tenido que llenar tantas páginas, ¿qué quería expresar, si me
contradigo tanto? Y precisamente en lo que no me contradigo, por la parte
autóctona rusa, es en que no hay ni veo obstáculos en la ampliación de los
derechos hebreos, pero confirmo después que estos obstáculos yacen incomparablemente
más en la parte hebrea que en la parte rusa y que si hasta ese momento se crea
lo que desea el corazón de todos, el ruso es incomparablemente menos culpable
de esto que el mismo hebreo.
Lo mismo que saqué del villano judío, que no quería
comunicarse ni comer con los rusos, y no solo no se enfadan ni se vengaban por
ello, sino, al contrario, lo entendían y lo disculpaban, diciendo: «Es por su
fe», lo mismo que a ese villano hebreo, vemos en el hebreo inteligente
muchísimo más a menudo ese desmesurado y altivo prejuicio contra el ruso. Oh,
gritan que aman al pueblo ruso; uno me escribió que precisamente se lamentaba
de que el pueblo ruso no tiene religión y no comprende nada de su cristianismo.
Esto que se ha dicho es extremadamente fuerte para los hebreos, surge solamente
una pregunta: ¿qué comprende sobre el cristianismo el mismo hebreo instruido?
Pero la presunción y la altanería es uno de los rasgos del carácter hebreo más
duros para nosotros, los rusos.
¿Quién de nosotros, ruso o judío, es más incapaz de
comprenderse uno a otro? Lo juro, justificaré antes al ruso: el ruso, al menos,
no (positivamente, no!) tiene odio religioso hacia el hebreo. Y respecto a los
restantes prejuicios, ¿quién tiene más? Los hebreos gritan que han pasado
siglos de opresión y persecución, opresión y persecución también ahora; al
menos, lo que se necesita es tener en cuenta la apreciación rusa acerca del
carácter hebreo. Está bien, podemos tener en cuenta y demostrar esto: en una
inteligente capa del pueblo ruso ni una vez ha sonado una voz a favor de los
hebreos. Bueno y los hebreos: ¿han tomado en cuenta, al acusar a los rusos,
tantos siglos de opresión y persecución, que ha pasado el mismo pueblo ruso?
¿Es posible que se pueda confirmar que el pueblo ruso ha
soportado menos desgracias y maldades «en su historia» que los mismos hebreos?
Y ¿es posible que se pueda confirmar que ningún hebreo, extremadamente a
menudo, se unió a sus perseguidores, que compró al pueblo ruso y él mismo se
habría convertido en su perseguidor? Todo esto ha existido, esto es historia,
un hecho histórico, pero no hemos escuchado en ninguna parte que el pueblo
hebreo se arrepintiera de esto, y que el pueblo ruso acusara de algún modo de
amarle menos.
¿Y será una completa y espiritual unidad de tribus y no
habrá ninguna diferencia de derechos? Y para esto, ante todo, debo implorar a
mis oponentes y remitentes hebreos que sean, al contrario, con nosotros, más
indulgentes y más justos. Si su altanería, si el permanente «desprecio
dolorido» de los hebreos hacia las tribus rusas es solo un prejuicio, «un
vestigio histórico», y no se oculta en cualquier secreto extremadamente más
profundo de su ley y su esencia, más rápidamente nos encontraremos con un espíritu
unido, en completa fraternidad, ayudándonos mutuamente y con una gran tarea de
servicio a nuestra tierra, al Estado y a nuestra patria. Si se mitigan las
mutuas acusaciones, desaparece la permanente explotación de de estas
acusaciones, que mezcla una clara comprensión de las cosas.
Y se puede responder a favor del pueblo ruso: oh, admitirá
al hebreo en la misma completa fraternidad consigo mismo, a pesar de la
diferencia en la fe, y con un absoluto respeto hacia el hecho histórico de esta
diferencia, y de cualquier modo para la fraternidad, para una completa
fraternidad es necesaria la fraternidad por ambas partes. Que el judío le
muestre aunque sea un poco de sentimiento de fraternidad para animarle.
Sé que en el pueblo hebreo ahora pueden existir bastantes
personas que buscan y están sedientas de un alejamiento de la discrepancia, son
filántropos, y no voy a callar esto, ocultando la verdad. Para esto, para no
desalentar a estas útiles y humanas personas y que no decaiga su espíritu y
para debilitar sus prejuicios y aligerar el inicio del asunto, yo desearía una
completa expansión de los derechos de la tribu hebrea, al menos en la medida de
lo posible, precisamente en cuanto que el mismo pueblo hebreo demuestre la
capacidad de aceptar y aprovecharse de estos derechos sin perjuicio hacia la
población autóctona.
Incluso si pudiera ceder, dar más pasos hacia adelante con
la parte rusa… La cuestión sería esta: ¿Logrará hacer mucho esta nueva y buena
gente hebrea? Y ¿cuánta capacidad tienen para el nuevo y hermoso asunto de
la verdadera unidad fraternal con gente ajena por su fe y por su sangre?
[1] Nota
de traductor –Dostoievski utiliza el termino “жид” (zhid) que se traduce como judío,
pero en el idioma ruso reviste una connotación despectiva y peyorativa, el
termino estándar que se emplea en el idioma ruso para referirse a los judíos es
el de “еврей” (yevrey), que se traduce como hebreo.
[2]
Nota de traductor - No hemos traducido al español la palabra rusa “Ideya”, pues
si bien la traducción literal al español sería “idea”, en este contexto su
significado es mucho mayor pues en este sentido esta palabra significaría, una
idea motora que condiciona la vida de un determinado grupo de individuos unidos
bajo una mata en común. De ahí que a lo largo de la historia del pensamiento
ruso muchos pensadores (Soloviev, Berdaiev, etc) hayan formulados sus
apreciaciones sobre la “Ideya rusa”. Los hebreos también como otros pueblos, - según
reputados autores como el coronel Vladimir Shapkin - , tienen su propia “Ideya”.
[3] N.
de T. – Hace referencia al zar Alejandro II. Alejandro II recibió ese
sobrenombre porque en 1861 abolió la servidumbre en el Imperio ruso. Con el
edicto de emancipación, unos 23 millones de campesinos siervos dejaron de
pertenecer legalmente a los terratenientes. También se lo consideró libertador
por haberle concedido una gran autonomía política al ducado de Finlandia, en
aquel entonces parte del Imperio Ruso, al restaurar su parlamento (en 1863), permitir
el desarrollo del idioma fines y por haber derrotado al imperio otomano y haber
desencadenado el proceso emancipatorio de países como Serbia, Rumania,
Montenegro y Bulgaria; en esta ultima nación también se lo recuerda como libertador.
Fue asesinado en un atentado terrorista el 13 de marzo de 1881 (según el
calendario gregoriano) por la organización terrorista Narodnaya Volya, cuyos
elementos eran en gran medida de origen judío.
[4] N.
de T. – En ruso Novoye Vremya
[5] N.
de T. – El termino en ruso es Ксёндз que se puede transliterar como “kénaki”.
El origen de esta palabra proviene del polaco ksiądz que significa
sacerdote. En concreto Dostoievski utiliza este término porque alude en especifico
a los sacerdotes católicos de rito latino.
[6] N.
de T. – Hay un pasaje añadido en la versión en castellano de este articulo que
no se encuentra en el la versión del artículo en ruso que aparece online ni en
la traducción al inglés del mismo artículo de Boris Brasol, el texto al
castellano continua de la siguiente manera: “El horrendo régimen de las
tabernas se arraigó enormemente por su pobreza, que hasta ese momento no había
crecido en los khmél, y en lo tocante al alcoholismo que surgiera en la
humilde población campesina rusa, comenzó a fundar las tabernas por doquier, y
empezó a vender al pueblo el veneno de vodka.
Naturalmente, este pueblo no se salvó de ello, y los
más pobres comenzaron a beber más y más.”
[7] Alusión
a su estancia en prisión.
[8] N.
de T. – Expresión en latín que da a entender el concepto: “el Estado dentro de
un Estado”
[9] N.
de T. – Este párrafo de tres reglones figura en la traducción al castellano de
la obra, pero no en la versión en ingles de Boris Brasol ni en el texto en ruso
online de este mismo artículo.
