Después
de haber analizado las ideas que, desde la Edad Media hasta la época moderna,
se han ido sucediendo unas a otras, llegamos ahora a nuestros días, es decir, a
la historia de los últimos doscientos años. El periodo anterior a 1789 se
llamaba el Antiguo Régimen y antes de la Revolución Francesa todo tenía otro
espíritu, mientras que lo que viene después manifiesta un espíritu nuevo. La
etapa previa a 1789 se la conoció como el “Antiguo Régimen”, y lo que vino
luego constituye la “Época de las Revoluciones”, vigente hoy con el mismo
espíritu que tenía a fines del siglo XVIII.
Esto
demandará varias conferencias. Seguiremos describiendo históricamente la
mentalidad moderna, pero al mismo tiempo emprenderemos otra tarea: examinar la
unidad interna de estas ideas, la filosofía de fondo – y, más aún, la teología
de fondo – de la mente revolucionaria.
¿Y qué
queremos decir al hablar de la “teología” revolucionaria? Así como el
cristianismo ortodoxo tiene su teología, toda una estructura dogmática que,
cuando uno la cree, cambia cada aspecto de la vida de uno. Así también la
mentalidad moderna, que ha alcanzado su forma final en la revolución, tiene
todo un sistema de creencias que afecta la totalidad de la vida de uno y moldea
la historia.
La idea
de que la historia moderna es un juego de azar de fuerzas en conflicto es
totalmente poco realista. Hay un esquema preciso, una filosofía o incluso una
teología claramente delineada que se está llevando a cabo, tanto que ciertos
“profetas” sagaces del modernismo han llegado a prever con anticipación cómo
habrá de transformarse el hombre según esta “teología”.
Un poco
más adelante daremos más y más ejemplos. Podemos citar, sin embargo, aquí a
Nietzsche, quien dice, creo que en la Voluntad de poder: «lo que estoy
describiendo aquí es la historia del siglo XX. El triunfo del nihilismo, porque
cuando las masas obtengan las ideas que ahora estoy proclamando, habrá una
revolución como el mundo nunca ha visto.»[i] Y
de hecho las ideas se filtran desde los filósofos hacia las masas y luego se generan
cambios tremendos.
O
podríamos citar a otro, que también estaba loco, Heinrich Heine, un judío de
Alemania, que estaba muy afín a todo este espíritu revolucionario. Y dice
algunas cosas que muestran que está en sintonía con lo que se avecina. Escribió
una Historia de la religión y la filosofía en Alemania en la
que vio con bastante precisión lo que estaba detrás de Lutero, lo que estaba
detrás de Kant, Hegel y estos filósofos modernos. Esto fue ya en 1834 cuando
escribió esto. Dice, «notad esto, vosotros hombres orgullosos de acción, no
sois más que peones inconscientes, trabajadores, de los hombres de pensamiento
que, a menudo en la más humilde quietud, os han asignado vuestra inevitable
tarea. Maximilian Robespiere fue simplemente la mano de Juan Jacobo Rousseau,
la mano sangrienta que extrajo del vientre del tiempo el cuerpo cuya alma
Rousseau había creado.»[ii]
En otro
lugar incluso hace una profecía sobre su propio país. Les dice a los franceses
que los alemanes también van a hacer una revolución. Dice, «los viejos dioses
de piedra se levantarán entonces de las ruinas olvidadas y se limpiarán de los
ojos el polvo de los siglos. Y Thor con su martillo gigante se levantará de
nuevo, y destrozará las catedrales góticas. No sonrías ante la fantasía que
prevé en la región de la realidad el mismo estallido de revolución que ha
tenido lugar en la región del intelecto», esto lo dice porque Alemania fue de
hecho la vanguardia de la filosofía. «El pensamiento precede a la acción como
el relámpago al trueno. Claro está, el trueno alemán es alemán; no es muy ágil
y su retumbo llega lentamente; con todo, llegará y, cuando oigáis un estampido
como nunca se ha oído en la historia del mundo, estad bien seguros de que el
trueno alemán ha llegado finalmente a su meta. Ese estrépito hará que las
águilas caigan muertas del cielo y los leones del desierto africano más
recóndito se vayan con el rabo entre las piernas para esconderse en sus regias
cavernas. En comparación con la obra que se representará en Alemania, la
Revolución francesa no parecerá sino un idilio inocente. Es verdad: hoy todo
está bastante tranquilo y, aun cuando alguien gesticule con cierta vivacidad,
no creáis que van a salir a escena los verdaderos actores. Sólo son perritos
que corren por la palestra vacía hasta que llegue la hora señalada en que
aparezca la tropa de gladiadores para luchar por la vida y la muerte. Y la hora
llegará. Como en los escalones de un anfiteatro, las naciones se agruparán
alrededor de Alemania para presenciar el terrible combate.»[iii]
Más
adelante veremos qué sucede en Alemania cuando efectivamente se desató una gran
tormenta revolucionaria.
No
existe un autor, un libro de historia o un acontecimiento histórico que, por sí
solo, contenga toda la filosofía o la teología que engendró a la modernidad y a
la historia revolucionaria. Por eso tendremos que examinar muchos
acontecimientos históricos distintos, muchos escritores y filósofos diferentes
entre sí, e intentar captar el hilo subyacente que sostiene y guía a toda esta
filosofía. Y de hecho es exactamente como acercarse a los Santos Padres. No
existe un solo Santo Padre que podamos leer para adquirir toda la enseñanza del
cristianismo, porque muchos Santos Padres expresan distintos puntos de vista y
presentan diferentes aspectos. Los Padres, en su conjunto, contienen la
sabiduría de la Tradición. Los historiadores modernos tienden a afirmar que
existen contradicciones entre ellos, y cosas por el estilo. Pero, una vez que
uno entra en el espíritu ortodoxo, ve que más bien se complementan entre sí. De
este modo surge esa maravillosa armonía que se encuentra en los escritos de los
Santos Padres.
De la
misma manera, hay el mismo tipo de armonía en todos estos pensadores modernos, en
aquellos que están verdaderamente en contacto con el espíritu de su tiempo.
Puedes leer uno y obtener un aspecto, leer otro y obtienes un aspecto
diferente. Puedes ver en la Revolución francesa un aspecto, en Napoleón un
aspecto diferente. Cuando los juntas todos, ves que hay una armonía maravillosa
en ello. Todo tiene sentido. Pero tal análisis no se ha hecho realmente antes.
Y por lo tanto tendremos que examinar muchísimos aspectos diferentes.
Para
comprender la revolución, tenemos que considerar dos dimensiones de la
mentalidad moderna: la de los filósofos y la de los activistas. Los filósofos producen las ideas,
mientras que los activistas producen los acontecimientos históricos. O, como expresó un temprano
historiador de la Revolución Francesa, unos son los “filósofos corruptores”,
los que conciben las ideas, y los otros son los “filósofos asesinos”, los que
van y masacran al pueblo.
La época
moderna, o época revolucionaria, es aquella en la que la filosofía moderna
ejerce el impacto más profundo sobre la vida cotidiana. Antes, la filosofía
era, en líneas generales, un asunto de las clases altas, de quienes tenían
tiempo libre para dedicarse a la reflexión.
A partir
de ahora, sin embargo, todos quedan arrastrados hacia la filosofía moderna,
porque esta transforma cada detalle de la vida. La filosofía y el activismo, no
están completamente separados, sino que se entrelazan. Y así tenemos que
entender primero cómo es que se relacionan entre sí.
En
primer lugar, la filosofía inspira el acto. Sin la filosofía
moderna no habría habido revolución. De hecho, Napoleón incluso dijo, «Sin Jean
Jacques Rousseau yo nunca habría existido». En segundo lugar, la filosofía no
es algo que viene primero y luego actúan. La filosofía continúa mientras el acto
está en marcha. Y podemos decir que consolida lo que el acto ha ganado y sigue
empujando a los activistas a ir más lejos. Las acciones revolucionarias son
casi siempre obra de un reducido grupo de personas, pero logran imponerse
porque cuentan con el apoyo de la mentalidad colectiva, es decir, del espíritu
de la época, dispuesta a disculpar cualquier tipo de exceso.
Sin este
apoyo de la mentalidad colectiva de su tiempo, la revolución, todas las
revoluciones se derrumbarían tan pronto como se eliminase a los conspiradores. Incluso
hoy vemos con toda claridad que el comunismo sigue existiendo y dominando a la
mitad del mundo precisamente porque Occidente comparte esas mismas ideas
fundamentales y, por lo tanto, está dispuesto a exculpar los crímenes del
comunismo.
Al
examinar los actos de las revoluciones, no nos es posible desenredar con
exactitud todo lo que sucede ni ver con precisión quién inspiró cada acción
particular, qué sociedad secreta está actuando, dónde hay charlatanes y dónde
alguien que simplemente intenta hacerse un nombre. Las propias sociedades
secretas – muy implicadas en todas las revoluciones – hacen de su ocultamiento
un motivo de orgullo. Por lo tanto, no tenemos ninguna posibilidad de
descifrarlo todo y decir con precisión cómo sucedieron las cosas, ni de señalar
cada lugar donde se desarrolla una conspiración comunista.
Las
cosas son más profundas y no se desarrollan según un guion de tipo “John
Birch”, donde alguien es visto con otra persona que es amiga de un comunista, y
de ahí se concluye que allí mismo tiene lugar una conspiración comunista. El
mundo no funciona necesariamente así. En absoluto.
Lo único
que podemos hacer es mirar más profundamente y considerar las ideas que se
expresan y las acciones que de ellas resultan. También debemos ver cuán
relevantes son y hasta qué punto expresan fielmente la filosofía moderna – la
filosofía revolucionaria – así como cuáles están en armonía con el espíritu de
la época y están destinadas a generar consecuencias a futuro.
Por lo
tanto, en primer lugar, intentaremos trazar el progreso del pensamiento moderno
en el seno de la revolución. Y por revolución entiendo, por supuesto, todo el
concepto mismo de revolución, que es un concepto universal y que comienza con
la Revolución Francesa. Intentaremos mostrar la unidad de todo el movimiento
revolucionario y analizar su filosofía teológica y su psicología. Este método
nos ofrecerá una perspectiva unificada de la era revolucionaria. Luego, en una
conferencia posterior, nos volveremos hacia el aspecto interior, el llamado
impulso “espiritual” del hombre moderno, que lo alienta a alcanzar el objetivo
final de toda revolución.
Al
examinar la Revolución Francesa – que es el punto donde comenzamos, porque es
allí donde las ideas modernas tienen su primer gran estallido – tendremos que
adoptar un enfoque distinto del que presentan la mayoría de las historias de la
Revolución Francesa. Uno puede leer… [en los historiadores que explican estos
eventos] que la revolución parece haber sido hecha por personas bien
intencionadas, pero que, en ocasiones, algunos exaltados se involucraron en
ella; y las circunstancias históricas cambiaron, los peligros externos causaron
cambios de planes, todo simplemente no salió como se suponía que debía ser y
los idealistas de alguna manera se frustraron y tuvieron que volver y empezar
de nuevo. Sin embargo, si observamos cómo se desarrollaron en realidad los
acontecimientos históricos, vemos que esta perspectiva esbozada más arriba es
muy ingenua. Las cosas no fueron así en absoluto.
No
pretendo sugerir que cada pequeño suceso fuera orquestado por conspiradores.
Hubo otros motivos, numerosos individuos que querían apropiarse del poder para
sí mismos, eliminar a otros y muchos caminos secundarios en los que la
revolución se empantanó, para luego regresar a su propósito principal.
Así
pues, debemos ver, como he señalado, cuál es la esencia de las diversas
transformaciones que tienen lugar y seguir el hilo que se mantiene constante en
todos los eventos revolucionarios.
Para
profundizar en nuestro análisis, recurriremos a un libro muy interesante sobre
este tema. Fue escrito en 1797 por un hombre que estuvo en París durante la
Revolución de la década de 1790. Disponemos de una edición de 1818. Se
titula Memorias para servir a una historia del jacobinismo de
abate Barrúel. B-A-R-R-U-E-L. Sus
memorias son invaluables porque estuvo en el centro mismo de los
acontecimientos y se enfrentó a pensadores similares a quienes hoy en día
siguen argumentando que todo fue un noble proyecto que no resultó.
Realizó un estudio completo basado en numerosos textos –veremos cuáles
eran – y demostró que en el corazón de la Revolución había una idea o
característica que no era accidental. Y numerosos hechos que ahora las personas
y los historiadores tildan de fortuitos, él dice: «No, así lo planearon». Y
aporta los textos que lo prueban.
Leeré
parte de la introducción de su libro que demuestra este enfoque. El autor
escribe:
«bajo
el desastroso nombre de los Jacobinos [el padre Serafin Rose comenta: que son
los radicales que inmediatamente se hicieron cargo de la revolución] apareció
una secta en los primeros días de la Revolución francesa, enseñando que los
hombres son todos iguales y libres, en nombre de esta igualdad y de esta
libertad desorganizadora, pisoteando los altares y los tronos, en nombre de
esta misma igualdad y de esta misma libertad, llamando a todas las naciones a
los desastres de la rebelión y a los horrores de la anarquía.»
«Desde
los primeros momentos de su aparición, esta secta se encontró con trescientos
mil miembros fuertes, apoyados por dos millones de brazos que podía poner en
movimiento en toda la extensión de Francia, armados de antorchas, picas, hachas
y de todos los truenos de la Revolución.»
«Es
bajo los auspicios, es por los movimientos, la impulsión, la influencia y la
acción de esta secta que se cometieron todas las grandes atrocidades que han
inundado un vasto imperio con la sangre de sus obispos, pontífices, sus
sacerdotes, sus nobles, sus ricos, sus ciudadanos de todo rango, toda edad,
todo sexo. Es por estos mismos hombres que el rey Luis XVI, la reina su esposa,
su hermana la princesa Isabel, golpeados por ultrajes e ignominia durante un
largo cautiverio, fueron solemnemente asesinados en el cadalso, y todos los
soberanos del mundo fueron orgullosamente amenazados con el mismo destino. Es
por estos hombres que la revolución francesa se ha convertido en el azote de
Europa, el terror de los poderes vanamente unidos para poner fin al progreso de
estos ejércitos revolucionarios, más numerosos y más devastadores que la
inundación de los vándalos.»
«¿Quiénes
son, pues, estos hombres que salen, por así decirlo, de las entrañas de la
tierra, con sus dogmas y sus truenos, con todos sus proyectos, todos sus medios
y toda la resolución de su ferocidad? ¿Qué es esta secta devoradora»
«¿Cuál
podría ser su escuela y quiénes podrían ser sus maestros? ¿Cuáles son sus
planes subsiguientes? ¿Esta revolución francesa llevada a término, cesará
finalmente de atormentar la tierra, de asesinar a los reyes y de fanatizar a
las naciones?»
«Los
hemos visto intentar persuadir a la gente de que toda la secta revolucionaria y
conspiradora, anterior incluso a la revolución misma, no es más que una secta
imaginaria. Para esas personas, todos los males de Francia y todos los terrores
de Europa se suceden unos a otros y están conectados únicamente por la simple
concurrencia de circunstancias imprevistas, imposibles de prever. Les parece
inútil buscar las conspiraciones y los agentes que han tramado las
conspiraciones y dirigido la cadena de acontecimientos. Los que, actores,
gobiernan hoy no conocen los planes de los que les han precedido. Y los que
vendrán después ignorarán igualmente los planes de sus predecesores.»
«Preocupados
por una opinión tan falsa, llenos de un prejuicio tan peligroso, estos
pretendidos observadores dirán fácilmente a las diversas naciones: que la
Revolución francesa no os alarme ya. Es un volcán que se ha abierto sin que
nadie pudiera conocer el foco donde fue preparado; pero se agotará, junto con
su propio combustible, al chocar con las contrafuerzas que la han visto surgir.
Causas
desconocidas en vuestros climas, elementos menos propensos a fermentar, leyes
más acordes con vuestro carácter, y una fortuna pública más segura, os anuncian
que el destino de Francia no puede convertirse en el vuestro, y en caso que os
haya de tocar, será en vano cuanto practiquéis para impedirla, pues que el
concurso y fatalidad de las circunstancias os arrastrarán , venciendo toda
vuestra repugnancia y resistencia; y no sería de admirar, que las mismas
diligencias que practicaréis para alejar el mal, sirvan más para acelerarle y
aumentarle.
Tengo
en mis manos la memoria de un exministro de Luis XVI, al que se consultó sobre
las causas de esta revolución, y en particular sobre los principales
conspiradores que sería bueno conocer, y sobre el plan de la conspiración. He
leído como pronuncia que sería inútil buscar hombres o una asociación de
hombres que pudieran haber planeado la ruina del trono y del altar, o formado
algún plan que pudiera llamarse conspiración. ¡Desgraciado Monarca! Cuando los
mismos que deberían haber estado velando por ti ignoran incluso el nombre e
incluso la existencia de tus enemigos y los de tu pueblo. Es muy sorprendente
que tú y tu pueblo seáis las víctimas de ello.»
«Les
diremos. En esta revolución francesa, todo, incluyendo sus crímenes más
horribles, todo ha sido previsto, planeado, tramado, resuelto, decretado. Todo
ha sido el resultado de la infamia más profunda, ya que todo ha sido preparado,
provocado por los hombres que solos poseían el hilo de las conspiraciones
tramadas hace tiempo en las sociedades secretas, y que han sabido elegir y
acelerar los momentos propicios de sus complots.»
«Sí,
en estos acontecimientos diarios, existen ciertas circunstancias que parecen
ser menos el resultado de complots. No deja de haber una causa de ellos en los
agentes secretos que invocarían estos acontecimientos. Que sabrían aprovecharse
de estas circunstancias o incluso hacerlas existir. Y que los dirigirían todos
hacia el objeto principal. Todas estas circunstancias bien podrían servir de
pretexto y ocasión. Pero la gran causa de la revolución, de sus grandes
crímenes, de sus grandes atrocidades, sería siempre independiente de estas
circunstancias incidentales. Y esta gran causa existe toda dentro de las
conspiraciones tramadas hace mucho tiempo.»
«[Al
descubrir el objeto y el alcance de estas conspiraciones, debo disipar un error
aún más peligroso.] Existe una fatal ilusión entre los hombres que no tendrían
dificultad en aceptar que esta revolución francesa ha sido planeada. Pero no
tienen miedo de añadir que en la intención de sus autores originales estaba
destinada a conducir sólo a la felicidad y a la regeneración de los imperios. Que,
si grandes desgracias han venido a interferir con sus planes, es porque se
encontraron con grandes obstáculos. Y, además, que no se regenera a un gran
pueblo sin grandes agitaciones. Pero que, después de todo, estas tormentas no
son eternas. Que las olas se calmarán y la calma volverá. Que entonces las
naciones asombradas, en lugar de tener que temer a la revolución francesa, la
imitarán aferrándose a sus principios.
Este
error es sobre todo lo que los líderes de los jacobinos se esfuerzan aún más
por confirmar. Esta explicación fue dada – como los primeros instrumentos de la
rebelión – por toda esa banda de constitucionalistas que aún consideran sus
decretos sobre los derechos del hombre como una obra maestra del derecho
público, y que aún no pierden la esperanza de ver un día al universo entero
regenerado por esta rapsodia política. Esta explicación se dio a todos aquellos
hombres cuya estúpida credulidad, con todas sus buenas intenciones, no ve más
que una desgracia necesaria en los horrores del 10 de agosto y en la masacre
del 2 de septiembre, de las que hablaremos. Se la da finalmente a todos
aquellos hombres que incluso hoy se consuelan con trescientos o cuatrocientos
mil asesinatos, con esos millones de víctimas que la guerra, el hambre, la
guillotina, las tribulaciones revolucionarias han costado a Francia. Todos aquellos
hombres que aún hoy se consuelan con esta inmensa despoblación, bajo el
pretexto de que todos estos horrores acabarán por traer un mejor orden de
cosas.»
«Contra
esta falsa esperanza, contra todas estas supuestas intenciones de la secta
revolucionaria, expongo sus verdaderos planes y sus conspiraciones para
realizarlos. Diré, y debo decirlo, pues las pruebas lo demuestran, que la
revolución francesa ha sido lo que debía ser, según la intención y espíritu de
la secta; Todo el mal que ha hecho, tenía que hacerlo. Todos sus crímenes y
todas sus atrocidades no fueron más que un resultado necesario de sus
principios y de sus sistemas.
Diré
aún más, lejos de prepararnos un orden mejor de cosas, no es más que un ensayo
de la fuerza de la secta, pues sus conspiraciones tienen por objeto a todo el
mundo.»
«Si
entre mis lectores hubiese algunos que dijesen: “Si la secta es lo que dice
este escritor, es preciso o acabar con los jacobinos, o perecerán todas las
sociedades; pues en todas, sin excepción, a los gobiernos actuales sucederán
las convulsiones, los trastornos, los asesinatos y la infernal anarquía de
Francia”; responderé que así es: una de las dos cosas ha de suceder, o el
desastre universal, o el aniquilamiento de la secta.»
«Aquello
que los jacobinos ya han destrozado una primera vez, lo volverán a destrozar.
Perseguirán en las tinieblas el gran objeto de sus conspiraciones; y con nuevos
desastres enseñarán a las naciones que toda la Revolución francesa no fue sino
el comienzo de la disolución universal que esta secta planea.»
«[Si
se ha] visto el delirio, la rabia y la ferocidad de las legiones de la secta.
Se las reconoce fácilmente como los instrumentos de todos los crímenes, de
todas las devastaciones, de todas las atrocidades de la Revolución Francesa,
pero no todos saben que maestros, que escuelas, que instrucciones y que manejos
los han hecho tan feroces.»
Su
resultado, y el de las pruebas que me han suministrado los archivos de los
jacobinos y de sus principales maestros, es que su secta y conspiraciones son
el conjunto, o coalición de tres sectas y tres conspiraciones, que muchos años
antes de la revolución francesa se reunieron contra los altares, los tronos y
las sociedades.»
Ya
estaba planeado. Los tres elementos que tiene en mente son los filósofos, los
masones y los iluminados.
«Habéis
creído que la Revolución había terminado en Francia, pero la revolución en
Francia no es más que un primer intento de los jacobinos; y los votos, los
juramentos y los complots del jacobinismo se extienden a Inglaterra, Alemania,
Italia, a todas las naciones, así como a la nación francesa.»[iv]
Voltaire
Ahora
intentaremos examinar estas ideas que, antes de la Revolución Francesa,
prepararon el camino para la Revolución. Ante todo, se trata de aquello que ya
mencionamos brevemente en las conferencias anteriores, a saber, la filosofía de
la Ilustración. Barruel considera que el filósofo más importante de la
Ilustración, en este respecto, es Voltaire, ya que, cuando aún era joven
estando en Inglaterra, se comprometió mediante un juramento a dedicar toda su
vida a destruir el cristianismo. De
él proviene aquella célebre expresión: «Écrasez l’infâme!», es decir, «¡aplastad
lo infame!», refiriéndose a la religión de Cristo, al querer reemplazarla,
por supuesto, con su propia religión, es decir, la religión del deísmo.
Él y sus
seguidores, como dije, son los que Barruel llama los “philosophes
corrupteurs”, los filósofos corruptores. Y los jacobinos son los “philosophes
massaceurs”, los filósofos masacradores, los que aún tienen ideas, pero
salen y decapitan a la gente. Considera también especialmente significativos a
Diderot y D’Alembert, entre los demás filósofos deístas franceses, y a Federico
II, rey de Prusia, quien se reunía con frecuencia con Voltaire. Y vemos en esa
época – como más tarde con el bolchevismo – que los revolucionarios más
desbocados poseen la capacidad de persuadir a príncipes y altos gobernantes
para que se sumen a sus planes. Otros pensadores igualmente importantes dentro
de los filósofos deístas franceses son, en opinión de Barruel, Diderot y
D’Alembert, así como Federico II, rey de Prusia, quien se reunía con frecuencia
con Voltaire.
Más
adelante diremos algo sobre los judíos, pero por ahora sólo mencionaremos que
es interesante que tanto de D’Alambert como Voltaire, en su odio por el
cristianismo, intentaron persuadir a varios príncipes para reconstruir el
templo en Jerusalén con el fin de demostrar que el cristianismo era falso, de
la misma manera que Juliano el Apóstata intentó hacerlo. Incluso escribió una
carta a Catalina II. «Por favor, construya el templo en Jerusalén». Pero
Catalina era más inteligente que eso.
Muchos
de los gobernantes, los pequeños duques en Alemania y los nobles en Francia
estaban muy intrigados por estas ideas. Incluso de las más salvajes ideas
revolucionarias que eliminaban el cristianismo. Y esa es, por supuesto, una
gran razón por la cual la revolución tuvo tanto apoyo.
Pero
Catalina II en Rusia, aunque era alemana y demás, era mucho más inteligente que
los otros gobernantes. Hasta llego a comentarle a Voltaire que no podía seguir
todas sus ideas, aunque fueran muy amigos; y que, si tales ideas se llevaban a
la práctica, ya no podría tener su salón ni invitarlo a disertar. Más tarde,
cuando comenzó la Revolución Francesa, naturalmente mandó arrestar a todos los
masones; y así, para ella, la revolución llegó a su fin.
Rousseau
Otra
corriente filosófica decisiva – la primera está representada por Voltaire y los
filósofos deístas, racionalistas que reducían todo a su capacidad de
comprensión – y que desempeñó un papel clave en la Revolución fue encarnada por
Jean-Jacques Rousseau, el filósofo del sentimiento. Afirmaba tener un espíritu
romántico. Rebosaba de emociones sublimes. Siempre encontraba a alguien que lo
apoyara en sus aventuras amorosas y en todo lo demás. Se iba al bosque, algún
gran príncipe lo mantenía, y él deambulaba por los bosques, y su corazón se
henchía de grandes emociones, y esa era su religión. Vivía instalado en sus
emociones, en el terreno de lo vago e indefinido.
Pero así
como Voltaire reducía todo a la razón, Rousseau reducía todo al sentimiento.
Ambas dimensiones – muy fuertes en el ser humano, las dos caras de nuestra
naturaleza – penetraron en el espíritu revolucionario. Y la religión del
sentimiento es, por supuesto, mucho más accesible a la gente común que la
religión de la razón.
Él tenía
una filosofía de la naturaleza que fue extremadamente influyente en la
Revolución. Con él obtenemos la idea de volver a la naturaleza, alejarse de la
artificialidad y la civilización. Aunque no proclamaba tajantemente que hubiera
que desechar la civilización, ya que – llegó a decir – puesto que ya estamos
corrompidos, más vale estar algo instruidos que ser completamente ignorantes.
Sin embargo, oponía la artificialidad de la vida civilizada a la simplicidad
que él creía que se encontraba en una vida primitiva. De hecho, llegó a afirmar
que el origen de nuestra decadencia se halla en aquel primer momento en que
alguien dijo: “Esto es mío”. Incluso estaba en contra de la idea de la
propiedad privada.
Escribió
un libro, el Emilio, donde expone la educación de un muchacho al
que, en teoría, casi no se le debe enseñar nada, pues su naturaleza debe
abrirse paso por sí sola. Y el maestro sólo elimina obstáculos para el
desarrollo de la naturaleza en el niño. No hay autoridad externa. No se le
imparte ninguna religión; al llegar a la adultez, será él quien escoja la suya,
libre de prejuicios, hábitos o creencias previas.
No hay
autoridad externa. No se le da religión. Cuando crezca, es el momento de que
elija su propia religión. No tendrá prejuicios ni hábitos ni religión. Llego
incluso a afirmar que el niño hasta la edad de doce años debería de ser capaz
de decir cuál es la diferencia entre su mano izquierda y su mano derecha, con
el motivo de no ser corrompido por el conocimiento
Voltaire,
cuando leyó este libro, le escribió a Rousseau que al leer el libro le hizo
sentir como si caminara en cuatro patas, «pero, dado que han pasado más de
sesenta años desde la última vez que hice eso, me es imposible retomar el hábito».
Pese a estas ironías, a un nivel profundo estaban de acuerdo: uno destruía todo
salvo la razón, y el otro destruía todo salvo el sentimiento. Así pues, aunque
sus puntos de vista fueran distintos – sobre todo porque a Rousseau no le
agradaba ese racionalismo complicado – su impacto repercutió en mayor grado, ya
que ambas corrientes confluirían y serian proyectadas sobre los activistas
revolucionarios, que tomarán inspiración de ambas.
En
política desarrolló la idea de que la soberanía no proviene de Dios,
no de las clases altas, sino que proviene del pueblo. Por supuesto,
esta es la gran idea de la revolución. Pero, como veremos más adelante, su
propia filosofía ya justifica el extraño hecho de que aquellos inspirados por
esta idea terminan estableciendo la tiranía. Porque dijo que la voluntad
general es superior a la voluntad individual. Pensó que una vez que los
reyes fueran derrocados, todos serían espontáneamente felices y tendrían la
misma voluntad. Pero si no sucede, entonces las masas deben dictar al
individuo.
Rousseau
afirmó que «el hombre nace libre, y sin embargo, está encadenado por todas
partes». Por supuesto, esta idea revolucionaria armonizaba perfectamente con
Marx. Era tan deísta como Voltaire, pero su deísmo no era tan profundo y
consistía únicamente en sus propios sentimientos hacia Dios. Rousseau también creía en la inmortalidad.
Pero esta fe era meramente subjetiva. Todos los dogmas estaban subordinados a
su corazón. Y su oración nunca fue una petición, porque no creía que ningún
Dios respondiera a las oraciones, era más bien un estallido de entusiasmo, de
alegría en la naturaleza que se convertía en un himno de alabanza al Gran Ser,
es decir, el gran Dios del Deísmo.
En su
República Ideal dijo que no se debería permitir ninguna religión intolerante,
incluido el cristianismo. Según su plan, debía proclamarse una fe completamente
civil, formulada en artículos que serán los de los sentimientos cívicos,
sin los cuales es imposible ser un buen ciudadano o un súbdito fiel. En otras palabras, nos
encontramos ante una nueva religión, más bien autocrática. Puesto que toda la
sociedad debe tener una sola religión, quienes no acepten esta religión tendrán
que emigrar. Y si alguien acepta la religión, pero luego actúa en contra de
ella, deberá ser ejecutado.
De modo
que estas son las dos corrientes filosóficas constituyentes de la mentalidad
revolucionaria: por una parte, la convicción de que uno puede, por sí solo,
diseñar un sistema capaz de organizar la sociedad de manera más armoniosa; y
por otra, la confianza en que los sentimientos personales me conducirán hacia
la verdad. En ninguno de ambos casos existe salvaguarda alguna: la revelación,
la tradición y Dios han desaparecido. El único Dios que queda es un Dios
nebuloso, el Dios del deísmo.
Y
nosotros, los cristianos ortodoxos, sabemos que aquel quien rechaza la
revelación, la tradición y la Iglesia, y acepta cualquier cosa que le diga su
mente o que le dicten sus sentimientos, ¿le abre el camino a qué?; a que
Satanás entre, porque Satanás entra por medio de los pensamientos, por medio de
los sentimientos. Y veremos que estos estallidos revolucionarios no pueden
explicarse a menos que reconozcamos de que es Satanás quién está dirigiendo las
cosas. Él inspira a estas personas con cualquier tipo de ideas, a urdir toda
clase de complots.
Sociedades
secretas
Pero a
estos dos elementos filosóficos se añade ahora un tercer elemento, que es el de
las sociedades secretas. Por supuesto, las sociedades secretas
tienen una existencia subterránea a lo largo de todo el período anterior a la
Ilustración, pero es especialmente en el siglo XVIII cuando nace una nueva
secta, o al menos una reorganizada, y esa es la masonería, que nació en
Inglaterra en 1717 y muy pronto se extendió sobre Francia, América y el resto
de Europa. Más adelante veremos que la masonería de Inglaterra y de América
llegó a ser algo bastante distinto a la masonería del continente, en específico
a la de los países católicos. Y la razón de esto no es tan difícil de entender.
La
mentalidad inglesa, que ya había aportado al mundo la filosofía del deísmo, es
lo que se suele llamar una mentalidad “conservadora”. En otras palabras, es
capaz de aceptar casi cualquier creencia y quedar satisfecha, sin llevarla a
sus últimas conclusiones lógicas. Como David Hume de quien más adelante veremos como
reduce a la nada el mundo entero, luego se recuesta satisfecho, toma su café y
fuma su pipa, sin percatarse de que ha engendrado ideas que conducirán a las
personas a la desesperación.
De la
misma manera, la masonería inglesa nació del espíritu de tolerancia y de la
búsqueda de algún tipo de creencia religiosa que no fuera ni católica ni
protestante, sino que uniera a todos los hombres de buena voluntad. Y con eso
quedaron satisfechos. Tenían una religión deísta, el Gran Arquitecto. No se
discutían diferencias religiosas en la logia. En la Logia no se discutían
diferencias religiosas. La religión debía quedar afuera. Para los ingleses y,
más tarde, para los estadounidenses, eso era suficiente. Si crees en Dios, vas
a tu iglesia protestante o a tu iglesia anglicana y eres feliz.
b.
Illuminatis: (Adam) Weischaupt, nacido en 1748, Jesuita, pero que luego los
odió, se volvió hacia los filósofos franceses, los maniqueos y las doctrinas
ocultas. Filosofía muy similar a la de Rousseau, pero añadió una sociedad secreta
revolucionaria, el 1 de mayo de 1776, una combinación de masonería y
jesuitismo.
Las
mismas ideas de la masonería, las ideas de una hermandad de hombres, que es
algo por encima del catolicismo o el protestantismo, cuando fueron al
continente inflaron las mentes de los hombres y los hicieron bastante
radicales.
Existe
en particular un tipo de masonería que, al parecer, se desarrolló por separado.
Se trata de la secta de los Iluminados, que constituye la creación de un solo
hombre, llamado Adam Weishaupt. Nació en 1748, recibió una educación jesuita y,
más tarde, llegó a aborrecer a los jesuitas; se volcó hacia los filósofos
franceses, hacia la filosofía maniquea y, por lo visto, recibió algún tipo de
iniciación ocultista en una de las muchas sectas esotéricas.
Examinemos
aquí algunas de sus opiniones. Weishaupt sostiene, al igual que Rousseau, que
la civilización constituye un gran error del cual se derivan todas las
desigualdades de la vida humana. Dice, «El hombre ha caído del estado de su
libertad e igualdad originales, del estado de pura naturaleza. Se halla bajo
subordinación y servidumbre civil, surgidas de los vicios del hombre. Esta es
la caída y el pecado original»[v].
Nótese que usa el término cristiano aquí de “pecado original”. Más adelante
veremos cómo todo esto es una imitación del cristianismo.
Según
él, todas las artes y ciencias deben ser abolidas. Dice, «¿proporcionan las
ciencias comunes una verdadera iluminación, una verdadera felicidad humana? ¿O
no son más bien hijas de la necesidad, de las necesidades complicadas de un
estado contrario a de la naturaleza, las invenciones de cerebros vanos y
vacíos?»[vi]
«¿Por
qué, [se pregunta Weischaupt], debería ser imposible para la raza humana
alcanzar su máxima perfección, la capacidad de gobernarse a sí misma?»[vii]
Por esta razón, enseñó que «no sólo deberían abolirse los reyes y nobles, sino
que incluso una república no debería ser tolerada, y se debería enseñar a la
gente a prescindir de cualquier autoridad controladora, cualquier ley o
cualquier código civil».[viii]
Para que
este sistema tenga éxito, sólo sería necesario inculcar en el hombre «una
moralidad justa y constante»[ix],
y dado que Weischaupt profesaba compartir la creencia de Rousseau en la bondad
inherente de la naturaleza humana, esto no sería difícil. Y la sociedad «podría
entonces, seguir pacíficamente en un estado de perfecta libertad e igualdad.»[x]
Porque dado que el único obstáculo real para la perfección humana residía en
las restricciones impuestas al hombre por las condiciones artificiales de la
vida, la eliminación de éstas inevitablemente lo restauraría a su virtud
primitiva. «El hombre no es malo excepto en la medida en que es hecho así por
la moralidad arbitraria. Es malo porque la religión, el Estado y los malos
ejemplos lo pervierten.»[xi]
Por lo tanto, era necesario erradicar de su mente toda idea de un Más Allá,
todo temor a la retribución por las malas acciones, y sustituir estas
supersticiones por la religión de la Razón. «Cuando al menos la razón se
convierta en la religión de los hombres, entonces se resolverá el problema.[xii]
Después
de la liberación de la esclavitud de la religión, debe seguir el aflojamiento
de todos los lazos sociales. Tanto la vida familiar como la nacional deben
dejar de existir para hacer de la raza humana «una buena y feliz familia.» Los
orígenes del patriotismo y el amor a los parientes son descritos así por
Weischaupt en las instrucciones dadas a sus hierofantes para la instrucción de
los iniciados:
«En
el momento en que los hombres se unieron en naciones dejaron de reconocerse
bajo un nombre común. El nacionalismo o el amor nacional tomaron el lugar del
amor universal. Con la división del globo y sus países, la benevolencia se
restringió detrás de fronteras que nunca más debía transgredir. Entonces se
convirtió en una virtud expandirse a expensas de aquellos que no estaban bajo
nuestro dominio. Entonces, para alcanzar este objetivo, se volvió permisible
despreciar a los extranjeros, y engañarlos. Esta virtud se llamó patriotismo.
Ese hombre fue llamado patriota, quien, mientras era justo con su propio
pueblo, era injusto con los demás, quien se cegaba a los méritos de los
extranjeros y tomaba por perfecciones los vicios de su propio país. Así se ve que
el patriotismo dio origen al localismo, al espíritu de familia, y finalmente al
egoísmo. Así, el origen de los estados o gobiernos de la sociedad civil fue la
semilla de la discordia y el patriotismo encontró su castigo en sí mismo. Disminuid,
eliminad este amor a la patria, y los hombres volverán a conocerse y amarse
unos a otros como hombres. No habrá más parcialidad. Los lazos entre los
corazones se desenrollarán y se extenderán.»[xiii]
«Con
estas palabras, pura expresión del internacionalismo tal como se expone hoy,
Weischaupt mostró una ignorancia de las condiciones de vida primigenias tan
profunda como la de Rousseau. La idea de que el hombre paleolítico –cuyo
esqueleto suele ser exhumado con un instrumento de sílex u otra arma de guerra
aferrada en la mano – haya pasado su existencia en un estado de “amor
universal” es sencillamente ridícula. Sin embargo, no fue en sus diatribas contra la
civilización donde Weischaupt superó a Rousseau, sino en el plan que ideó para
derrocarla. Rousseau simplemente había allanado el camino para la revolución.
Weischaupt construyó la maquinaria real de la revolución misma.»[xiv]
«El
1.º de mayo de 1776, después de cinco años de meditación, Weishaupt dio
finalmente forma a la sociedad secreta que bautizó, en memoria de antiguos
sistemas filosóficos, como los Iluminati.»[xv]
Webster
págs. 11-12,13.[1]
Abolición de la religión, obediencia absoluta
«Los
grados de la Orden eran una combinación de los grados de la masonería y los
grados pertenecientes a los jesuitas. Weischaupt, como ya se ha dicho,
detestaba a los jesuitas, pero reconociendo la eficiencia de sus métodos para
adquirir influencia sobre las mentes de sus discípulos, concibió la idea de
adoptar su sistema para su propio propósito. “Admiraba”, dice el Abbé Barruel, “las
instituciones de los fundadores de esta Orden, admiraba sobre todo esas leyes,
ese régimen de los jesuitas, que bajo una sola cabeza hacía que tantos hombres
dispersos por todo el universo tendieran hacia el mismo objetivo. Sentía que
uno podría imitar sus métodos mientras se proponía a sí mismo objetivos
diametralmente opuestos. Se decía a sí mismo:
‘Lo
que todos estos hombres han hecho por los altares y los imperios, ¿por qué no
habría de hacerlo yo contra los altares y contra los imperios? Mediante el
atractivo de los misterios, de las leyendas, de los adeptos, ¿por qué no
destruiría yo en la oscuridad lo que ellos erigen a la luz del día?’ ”»
«Weishaupt
reveló su mayor sutileza en la formación de adeptos.
Los nuevos prosélitos no podían ser introducidos de golpe en los objetivos
secretos de los iluminados, sino gradualmente, a través de una iniciación
escalonada en los misterios superiores. Era indispensable extremar la cautela
para evitar que el novicio conociera doctrinas capaces de escandalizarlo.
Con
este fin, quienes los iniciaban debían cultivar la práctica de “hablar en
sentidos opuestos”, de modo que no se comprometieran a nada.
“Hay
que hablar”, instruyó Weishaupt a los Superiores de la Orden, “unas veces de un
modo, otras veces de otro, para que nuestro verdadero fin permanezca
impenetrable para quienes nos están subordinados.”»
«Así,
a ciertos novicios, (los novices ecossais) los Illuminati debían
profesar su desaprobación a las revoluciones y demostrar las ventajas de
proceder por métodos pacíficos hacia la consecución de la dominación
mundial.»
«Más
adelante, el pasaje afirma vagamente que este no es el caso y que la Orden no
exige del iniciado más que el cumplimiento de sus obligaciones. No se permitían
ataques a la religión; por el contrario, Cristo debía ser presentado como el
padre espiritual del Iluminismo, cuya misión secreta era restaurar a los
hombres la libertad y la igualdad originales perdidas por la humanidad con su
caída. Se le explicaba al novicio que «nadie ha allanado el camino a la
libertad con tanta seguridad como nuestro Gran Maestro Jesús de Nazaret, y si
Cristo llamó a sus discípulos a despreciar la riqueza, fue solo para preparar a
los hombres para esa comunidad de bienes que pondría fin a la propiedad»
Webster
págs. 13-14. Novicios iniciados paso a paso en los “misterios elevados”
«El
adepto no conocía los verdaderos fines de los Iluminati respecto de la religión
hasta que no era recibido en los grados superiores.
Cuando
alcanzaba el grado de Iluminado Mayor o Menor, de Caballero Escocés o de
Sacerdote, entonces conocía todos los secretos de la Orden mediante un discurso
pronunciado por quien lo había iniciado:
“Recuerda
que desde las primeras invitaciones que te hemos dado para atraerte a nosotros,
comenzamos diciéndote que en los proyectos de nuestra Orden no entraban diseños
contra la religión. Recuerda con cuánta destreza, con cuánta reverencia fingida
te hablamos de Cristo y de Su evangelio.
Pero
en los grados superiores de los Iluminados – el de Caballero Escocés o el de
Sacerdote – debemos saber cómo convertir el evangelio de Cristo en nuestro
propio evangelio, y su religión en una religión de la naturaleza; y de la
religión, la razón, la moralidad y la naturaleza, hacer la religión y la
moralidad de los derechos del hombre, de la igualdad y de la libertad.
Tuvimos
que superar muchos de tus prejuicios antes de poder convencerte de que la
religión de Cristo no es otra cosa que obra de sacerdotes, de la impostura y de
la tiranía.
Si así ocurre con una religión tan celebrada y admirada, ¿cómo debemos ver,
entonces, a las demás religiones?
Entiende
entonces que todas tienen las mismas ficciones por origen, que todas están
igualmente fundadas en la mentira, el error, la quimera y la impostura.
Contempla nuestro secreto... Si para destruir a toda la cristiandad, a toda
religión, hemos pretendido tener la única religión verdadera, recuerda que el
fin justifica los medios, y que los sabios deben usar todos los medios para
hacer el bien que los malvados usan para hacer el mal. Los medios que hemos
utilizado para liberarte, los que hemos utilizado para liberar un día a la raza
humana de toda religión, no es sino una mentira piadosa que revelaremos llegado
el momento, en el grado de Magus o de Filósofo Iluminado.”
Pero
nada de esto era dado a conocer al novicio, cuya confianza – una vez ganada
mediante la simulación de religiosidad – era orientada hacia una obediencia
estricta. Entre las preguntas que se le hacían estaban las siguientes:
“Si descubrieras que se hace
algo incorrecto o injusto bajo la Orden, ¿qué actitud tomarías?
· ¿Considerarás y
podrás considerar el bien de la Orden como tu propio bien?
· ¿Cederás a nuestra Sociedad el
derecho sobre tu vida y tu muerte?
· ¿Te comprometes a
una obediencia absoluta y sin reservas? ¿Y conoces la fuerza de este
compromiso?”
A
modo de advertencia sobre las consecuencias de traicionar a la orden, se
incluía una ilustración contundente en la ceremonia de iniciación. Tomando una
espada desnuda de la mesa, el Iniciador sostenía la punta contra el corazón del
novicio con estas palabras:
“Si
eres solo un traidor y perjuro, aprende que todos nuestros hermanos están
llamados a armarse contra ti. No esperes escapar ni encontrar un lugar seguro.
Dondequiera que estés, la vergüenza, el remordimiento y la ira de nuestros
hermanos te perseguirán y te atormentarán hasta los recovecos más profundos de
tus entrañas.”
Un
punto de gran importancia inculcado a los adeptos – cuya relevancia veremos más
adelante – era que no debían ser conocidos como Iluminados; esta regla se
aplicaba con especial rigor en el caso de aquellos descritos como
“reclutadores”»
Las
mujeres y los ricos ingenuos debían ser utilizados.
«Las
mujeres, igualmente, debían ser reclutadas como illuminatis mediante “promesas
veladas de emancipación”. “A través de las mujeres”, escribió Weishaupt, “con
la ayuda de las mujeres pueden lograrse las mejores cosas del mundo, y
convertirlas en aliadas y ganarlas para la causa de la Orden debería ser una de
las preocupaciones más importantes. En mayor o menor medida, todas pueden ser
orientadas hacia un cambio por medio de la vanidad, la curiosidad, la
sensualidad y sus inclinaciones. De todo ello, nuestra causa puede obtener
muchísimo provecho. Este sexo tiene una gran parte del mundo en sus manos.”
Las
mujeres Illuminati se dividirían en dos categorías, cada una con su propio
propósito: la primera, compuesta por mujeres virtuosas, que habrían de dar un
aire de respetabilidad a la Orden; la segunda, por “mujeres ligeras”, “que
ayudarían a satisfacer a aquellos hermanos inclinados al placer”.
Además,
mujeres de ambos tipos podían ser utilizadas para financiar la orden. Tontos
con dinero, ya sean hombres o mujeres, debían ser especialmente bienvenidos. “Estás
buenas personas”, escribió Espartaco a Hayax y Catón, “inflan nuestros números
y llenan nuestra caja de dinero. Pónganse a trabajar. Estos caballeros deben
ser llevados a picar el anzuelo. Pero cuidemos de no contarles nuestros
secretos. A este tipo de gente siempre se les debe hacer creer que el
grado que han alcanzado es el último”»
págs.
15-16. Sistema de espionaje universal
«El
espionaje formaba una gran parte del programa de Weishaupt. Se instaba a los
adeptos conocidos como los “hermanos insinuantes” a asumir el papel de “observadores”
y “reporteros”. “Cada persona será hecha una espía de otra y de todos a su
alrededor”. “Amigos, parientes, enemigos, desconocidos, todos, sin excepción,
deben convertirse en objeto de la atención del ‘observador’; este debe
esforzarse por descubrir sus fortalezas y debilidades, sus pasiones, sus
prejuicios, sus conexiones, rastrear sus acciones; en una palabra, recopilar la
información más detallada sobre ellos”. Esta información se registraba en un
cuaderno que el espía llevaba consigo y que contenía todos los datos de los
informes que se presentaban dos veces al mes a los ancianos para que la Orden
pueda saber a qué personas en cada ciudad y pueblo puede recurrir para obtener
apoyo.»
Anticiencia
y civilización en general: Las ciencias son “las necesidades complicadas de un
estado contrario a la naturaleza. Las invenciones de cerebros vanidosos y
vacíos” Envió “apóstoles” – Barruel IV, pág. 9.[2].
«En
el primer año de la creación de la secta Illuminati, el cruel ateo Weishaupt, imitando
al Dios del cristianismo, concibió en estos términos las órdenes que daría a Massenhausen
para propagar su nuevo Evangelio, “¿no envió Jesucristo a sus apóstoles a
predicar por todo el universo? Tú eres mi Pedro ¿Por qué te permitiría estar
ocioso y tranquilo en casa? Ve, entonces, y predica.”»
El
martinismo también es importante: En 1775 el libro de Saint Martin, llamado
“Libertad, Igualdad y Fraternidad” la “ternaria sagrada”[3]
«En
el libro de San Martín, Sobre el error y la verdad, publicado en 1775, la
fórmula “Libertad, Igualdad y Fraternidad” se la menciona como la “santísima
trinidad”[xvi]».
«Los
martinistas, a menudo referidos en los registros contemporáneos franceses como
los Iluminados, eran en realidad soñadores y fanáticos y no deben ser
confundidos con la orden de los Iluminados de Baviera que comenzó a existir
veintidós años después. Fue por esta, terrible y formidable secta, que el plan
gigantesco de la Revolución Mundial se trabajó bajo el liderazgo del hombre a
quien Lois Blanc ha descrito verdaderamente como «el conspirador más profundo
que ha existido. [Weishaupt]»
c.
1782. Congreso de Wilhelmsbod, Iluminismo y masonería unidos para perseguir un
fin común. Se atributan 3 millones de miembros. Cita de “el trágico secreto”
Webster. p. 19
«Pero
no fue hasta el Congreso de Wilhelmsbad que la alianza entre el Iluminismo y la
Masonería se selló finalmente. Esta asamblea, cuya ulterior importancia para la
historia del mundo nunca fue contemplada por los historiadores, se reunió por
primera vez el 16 de julio de 1782, e incluyó representantes de todas las
Sociedades Secretas – Martinistas, así como Masones e Illuminatis – que ahora
contaban con no menos de tres millones de miembros en todo el mundo. Entre
estas diferentes órdenes, solo los Illuminati de Baviera habían formulado un
plan de campaña definitivo, y fueron ellos quienes a partir de entonces tomaron
el liderazgo. Fuera del mundo, nunca se conocerá lo que ocurrió en este
terrible Congreso, ya que incluso aquellos hombres que habían sido atraídos de
manera inadvertida al movimiento, y ahora escuchaban por primera vez los
verdaderos designios de los líderes, estaban bajo juramento de no revelar nada.
Uno de estos masones honestos, el conde de Virieu, miembro de una logia
martinista en Lyon, al regresar del Congreso de Wilhelmsbad no pudo ocultar su
alarma, y cuando se le preguntó sobre los “trágicos secretos” que había traído
consigo, respondió: “No los confiaré a usted. Solo puedo decirle que todo esto
es mucho más serio de lo que piensa. La conspiración que se está tejiendo está
tan bien pensada que será, por así decirlo, imposible que la Monarquía y la
Iglesia escapen de ella.” Desde ese momento, el conde de Virieu sólo podía
hablar de la masonería con horror.»
d.
1784. El elector de Baviera prohibió todas las sociedades secretas. 1785. Los
Illuminati fueron arrestados y juzgados, y sus documentos se hicieron públicos:
recetas para bombas, una descripción de su objetivo, etc. [Webster] pág. 25.
«Sin
embargo, la opinión pública se había movilizado por completo respecto al tema
de la sociedad. El elector de Baviera, informado del peligro que constituían
para el Estado sus adeptos – quienes, se decía, habían declarado que “los
Iluminados deben gobernar el mundo en algún momento” – publicó un edicto
prohibiendo todas las sociedades secretas. En abril del año siguiente, 1785
cuatro otros Iluminados, descontentos por la tiranía de Weishaupt, fueron
citados ante un tribunal de investigación para dar cuenta de las doctrinas y
métodos de la secta. El testimonio de estos hombres no dejó lugar a dudas sobre
la naturaleza diabólica del iluminismo. Toda religión, declararon, todo amor
por la patria y lealtad a los soberanos, debían ser aniquilados, un lema favorito
de la Orden era:
“Tous les rois et tous les
prêtres,
sont des fripons et des traîtres”[xvii]
Además,
se haría todo lo posible para crear discordia no sólo entre los príncipes y sus
súbditos, sino entre los ministros y sus secretarios, e incluso entre padres e
hijos. Mientras que el suicidio debía ser fomentado, inculcando en la mente de
las personas la idea de que el acto de matarse a uno mismo proporcionaba un
cierto placer voluptuoso. El espionaje se extendería incluso al correo mediante
la colocación de adeptos en las oficinas de correos que poseían el arte de
abrir cartas y volver a cerrarlas sin temor a ser detectados. Robison, quien
estudió toda la evidencia de los cuatro profesores, resume así el plan de
Weishaupt tal como fue revelado por ellos:
“La
Orden de los Iluminados abjuro del Cristianismo y abogó por los placeres
sensuales. En las logias, la muerte fue declarada un sueño eterno. El
patriotismo y la lealtad se calificaban como inherentes a la estrechez mental e
incompatibles con la benevolencia universal. Además, consideraban a todos los
monarcas como usurpadores y tiranos, y a todas las clases privilegiadas de la
sociedad como sus cómplices. Pretendían abolir las leyes que protegían la
propiedad acumulada mediante esfuerzos prolongados y exitosos, y evitar en el
futuro la existencia de tales riquezas. Tenían la intención de establecer la
libertad y la igualdad universales, considerándolas derechos inalienables del
hombre… y como primer paso en esta dirección querían erradicar por completo la
religión y la moral convencional e incluso cortar los lazos familiares,
destruyendo el sacramento del matrimonio y eliminando a los padres del proceso
de crianza de los hijos.”»
«Reducidos
a una fórmula simple, los objetivos de los Iluminados pueden resumirse en los
siguientes seis puntos.
- 1.
Abolición de la monarquía y de todo gobierno ordenado.
- 2.
Abolición de la propiedad privada.
- 3.
Abolición de la herencia.
- 4.
Abolición del patriotismo.
- 5.
Abolición de la familia, (es decir, del matrimonio y de toda moralidad, y de la
institución de la educación comunitaria de los niños).
- 6.
Abolición de toda religión.»
«Ahora bien, seguramente se admitirá que lo anterior constituye un programa sin
precedentes en la historia de la civilización. Las teorías comunistas habían
sido sostenidas por pensadores aislados o grupos de pensadores desde los días
de Platón. Pero nadie, hasta donde sabemos, había propuesto seriamente destruir
todo aquello sobre lo cual se asienta la civilización. Además, si consideramos
que, como veremos más adelante, el programa del Iluminismo, esbozado en estos
seis puntos, se presenta hoy como un programa para la Revolución Mundial, ¿cabe
duda de que tras él se esconde un movimiento originado con los Illuminati o
formado bajo su influencia secreta?
El
11 de octubre de 1786, las autoridades bávaras entraron en la casa de Zwack y
confiscaron documentos que revelaban los métodos de operación de los
conspiradores. Allí se encontraron descripciones de una caja fuerte para
guardar documentos con elementos de "autodefensa" (al ser abierta por
un extraño, explotaba con la ayuda de una máquina infernal); así como de una
sustancia que, al ser lanzada al rostro, podía cegar o matar. También se
encontraron instrucciones para falsificar sellos, recetas de una variedad
especialmente mortífera de “aqua toffana”, de perfumes ponzoñosos capaces de
llenar una alcoba con vapores pestilentes, y de un té preparado para provocar
el aborto. También descubrieron un panegírico al ateísmo titulado Mejor que
Horus y un manuscrito de Zwack que describe el plan antes mencionado para
reclutar dos categorías de mujeres:
“Serán
de gran ayuda y nos proporcionarán mucha información y fondos, y al mismo
tiempo estarán al gusto de muchos de nuestros miembros más devotos, que son
amantes de los placeres carnales.
Habrá dos clases: las virtuosas y las libertinas… No deben conocerse entre sí y
deben estar bajo la dirección de los hombres, pero sin saberlo… las primeras
por medio de buenos libros, las otras mediante la satisfacción secreta de sus
pasiones.”
El
peligro temible presentado por los Illuminati ahora se hizo evidente, y el
gobierno de Baviera, juzgando que la mejor manera de transmitir una advertencia
al mundo civilizado sería permitir que los documentos hablaran por sí mismos.
Ordenó que se imprimieran de inmediato y se distribuyeran lo más ampliamente
posible. Una copia de esta publicación, titulada Escritos originales de
la orden de los Illuminati, fue enviada a cada gobierno de Europa. Pero,
extrañamente, atrajo poca atención, siendo la verdad sin duda – como indica el
abate Barruel – que la extravagancia del plan allí propuesto lo volvía
inverosímil, y los gobernantes de Europa, rehusando conceder seriedad al
iluminismo, lo descartaron como una mera quimera.»
C. La
revolución.
1. La
convocatoria de los Estados Generales debido a las dificultades financieras fue
el pretexto para que las ideas de la Ilustración se pusieran en marcha. La
Revolución fue radical desde el principio y contó con un inmenso apoyo del “espíritu
de la época.”
2. Jacobinos:
Tomaron la delantera desde el principio, el único partido real. Acordaron de
antemano la política en la Asamblea Nacional. Bien organizados, 406 sociedades
afiliadas en las provincias con 500.000 miembros para 1793, tomaron el control,
el poder de las sociedades secretas.
«Concebido
no muchos años antes de la Revolución Francesa, en la mente de un hombre cuya
ambición entera parecía consumirse en Ingolstadt entre el polvo de tiza de las
escuelas, ¿cómo es que el Iluminismo, en menos de veinte años, se convirtió en
esa formidable secta que, bajo el nombre de los Jacobinos, cuenta hoy como sus
trofeos tantos altares caídos en pedazos, tantos cetros rotos o mutilados, tantas
constituciones derrocadas, tantas naciones subyugadas, tantos Potentados caídos
bajo sus dagas, sus venenos o sus verdugos, y tantos otros Potentados
humillados bajo el yugo de una servidumbre llamada “paz”, o de una servidumbre
aún más deshonrosa llamada “alianza”?
Bajo
este mismo nombre de Jacobinos, absorbiendo simultáneamente todos los secretos,
todas las conspiraciones, todas las sectas de infieles juramentados, de
intrigantes sediciosos, de conspiradores desorganizadores, ¿cómo es posible que
el Iluminismo erija un dominio tal de temor que, teniendo al universo
sobrecogido, no permita que ni un solo rey diga: “mañana seguiré siendo rey”;
ni un solo pueblo: “mañana aún tendré mis leyes y mi religión”; ni un solo
ciudadano: “mañana mi fortuna y mi casa seguirán siendo mías; mañana no
despertaré bajo el árbol de la Libertad a un lado, y el árbol de la muerte, la
ávida guillotina, al otro”?.
Autores
invisibles, ¿cómo es posible que el secreto de los adeptos del Espartaco de
nuestros días presida sobre todos los crímenes, todos los desastres de esta
peste de vilezas y ferocidades llamada Revolución? ¿Cómo es que sigue dominando
todas las acciones de la secta, con el fin de llevar a la desesperación y a la
destrucción a las sociedades humanas?»
Las
órdenes de los jacobinos fueron obedecidas instantáneamente. Beben la sangre de
los demás “hasta la muerte de los reyes”. La caída de la monarquía en Occidente
en 1792. La destrucción comienza en serio.
«Encontré
la carta. Estaba compuesta en estos términos. “Tu carta, mi querido amigo, ha
sido leída en presencia de todo el club. Fue sorprendente encontrar tanta
filosofía en un cura de aldea. No temas, mi querido cura. Somos trescientos.
Marcamos las cabezas, y ellos caen. En cuanto a lo que hablas, aún no es el
momento. Sólo mantén a tu gente lista. Dispone a tus feligreses para ejecutar
las órdenes, y se te darán a su debido tiempo.”
Esta
carta estaba firmada: – Dietrich, secretario. –
En
cuanto a las reflexiones que sugiere esta carta añadiré únicamente que la
organización desde la cual fue enviada había cambiado su lugar de reunión para
trasladarse al suburbio de Saint-Honoré, y allí permaneció sin conocimiento de
la Corte; hasta el momento de que se diera una vez más una orgía convocada con
el propósito de comunicarle de nuevo al Rey el destino que le esperaba.
Después
de uno de esos festines celebrados en nombre de la fraternidad,
todos los Hermanos se pinchaban los brazos y vertían su sangre en sus vasos;
todos bebían de esta sangre, después de haber gritado, “Muerte a los reyes”, y
este sería el último brindis de su banquete fraternal. La carta identifica
además a los hombres que formaban la legión de los Mil Doscientos propuesta por
Jean de Brie ante la Convención, cuyo fin era diseminarse por los distintos
Estados para asesinar a todos los monarcas.»
3. Violencia:
la interpretación común — incidental, pasiones exacerbadas, defensa nacional,
etc. Pero la evidencia apunta a un uso deliberado: cuando hay
verdaderos agravios, son explotados por políticos astutos para
promover la Revolución. El gran rol de los agitadores.
(1) El
“Gran Miedo”, julio de 1789:
Webster
págs. 32-33.
«Pero,
sea cual fuere la causa que se le atribuya, el mecanismo de la Revolución
Francesa la distingue de todas las revoluciones precedentes. Hasta ahora, las
revoluciones aisladas que habían tenido lugar a lo largo de la historia del
mundo pueden reconocerse claramente como movimientos espontáneos provocados por
la opresión o por una facción política que gozaba de cierto apoyo popular. Y
por lo tanto se esforzaban por satisfacer las demandas del pueblo. Pero en la
Revolución Francesa vemos por primera vez que el plan en operación, que se ha
llevado a cabo hasta el momento presente, es el intento sistemático de
fabricar agravios para luego explotarlos.
El
ejemplo más notable de agitación orquestada durante las primeras etapas de la
Revolución fue el extraordinario incidente conocido en la historia como “el
Gran Miedo”. Cuando el mismo día, el 22 de julio de 1789, y casi a la misma
hora, en ciudades y pueblos de toda Francia, se creó un pánico con el anuncio
de que se acercaban bandidos, y por lo tanto, todos los buenos ciudadanos
debían tomar las armas. Los mensajeros, que llegaban al galope difundiendo la
noticia, portaban con frecuencia edictos con el encabezado Edicto del Rey,
seguidas de las palabras: “¡El Rey ordena que todos los castillos sean
incendiados; sólo desea conservar el suyo!”. Y el pueblo, obediente a estos
mandatos, se apoderó de todas las armas que pudo encontrar y se dedicó a la
tarea de destrucción. El objetivo de los conspiradores se logró así. Armar a la
población contra la ley y el orden, estrategia que desde 1789 hasta hoy ha
constituido siempre el primer punto en el programa de la revolución social.»
Protesta
de mujeres 5 de octubre de 1789: Mujeres también vestidas como hombres, muchas
forzadas convertirse en participes.
(2) El
Reinado del Terror bajo Robespierre supuestamente invocado por la invasión
extranjera, buscando “enemigos del pueblo” en el interior; Esto como un medio
de gobernar, (cf. Comunismo). Pero de forma más profunda, había un plan poco
publicitado de “despoblación”.
Informe
del Comité de Salvación Pública, 8 de agosto de 1795:
“Sed pacíficos; Francia tiene suficiente para doce millones de hombres; los
demás (los otros doce millones) deberán ser ejecutados. Y entonces ya no os
faltará pan.”[4]
(Barruel IV. p. 335)
«Fue
ella, [la secta], la que extinguió incluso el afecto del hermano por el
hermano, del hijo por el padre, cuando, por ejemplo, Chénier, al ver a su
propio hermano entregado en manos de sus verdugos, replicó con frialdad: “Si mi
hermano no está en el sentimiento de la Revolución, que sea sacrificado”,
cuando el adepto Philip llevó en triunfo a los jacobinos las cabezas de su
padre y de su madre. Esta es la sed insaciable de sangre de la secta, que, por
la boca de Marat, pidió 270.000 cabezas, y no pasó mucho tiempo hasta que se
contaron por millones. Ella, [la secta], lo sabía. Todos los secretos de su
igualdad no podían alcanzarse sino mediante la despoblación del mundo. Así lo
demuestra la respuesta dada por Le Bo a las Comunas de Montauban, horrorizadas
ante la falta de provisiones: “No temáis, Francia tiene suficiente para 12
millones de personas. Por esta razón es necesario que los otros 12 millones de
franceses sean asesinados, y entonces ya no careceréis de pan.” (Reporte al
Comité de la Seguridad Publica, reunido el 8 de agosto de 1795)»
El
Tribunal Revolucionario discutió la reducción de la población a 1/3 o ½; El
Comité de Seguridad Pública calculó cuántas cabezas debía haber en cada ciudad
y distrito. Ahogados, guillotinados o fusilados quizás 300.000, de los cuales
sólo 3.000 nobles, la mayoría campesinos y trabajadores. En Nantes, 500 niños
de personas pobres fueron asesinados en una sola carnicería. 144 mujeres pobres
arrojadas al río. etc.
(3) Asesinatos y destrucción
especialmente feroces: las masacres de septiembre de 1792 de sacerdotes y otros
en las prisiones — canibalismo y tortura. La violencia era calculada — y la
idea de Marx. Sieyès responde (Barruel IV, 335): “Usted siempre nos habla de
nuestros medios, ¿eh, Monsieur? Es el fin, es el objeto y la meta lo que uno
debe aprender a ver.”
«“Usted
siempre nos habla de nuestros medios, ¿eh, Monsieur? Es el fin, es el objeto y
la meta lo que uno debe aprender a ver”
Saint-Just:
“Caminaré de buena gana con mis pies en la sangre y en las lágrimas.” dijo
Saint-Just, el colaborador de Robespierre; y esto, lo admita o no, debe ser la
máxima de todo socialista revolucionario que crea que cualquier método es
justificable para alcanzar su objetivo.»
(4)
Babeuf, “Conspiración de los Iguales.”
a. Discípulo de Weishaupt, siguió las ideas comunistas de Robespierre. Dijo que
la despoblación era el “inmenso secreto” del Terror (afirmó que cobró 1 millón
de vidas). Formó su propia organización masónica para lograr la “igualdad.” Un
comunista (Webster pág 56).
«Desgraciadamente,
la confusión mental que reinaba entre los defensores de la “Igualdad” era tan
grande que las asambleas – que antes de mucho llegaron a estar compuestas por
dos mil personas – se volvieron “como una Torre de Babel”. Nadie sabía con
precisión qué quería y no se podía llegar a ninguna decisión; por lo tanto, se
decidió complementar estas enormes asambleas con pequeños comités secretos
… y fue allí donde se
elaboró el plan de revolución social. Partiendo de la premisa de que toda
propiedad es robo, se decidió que el proceso conocido en el lenguaje
revolucionario como “expropiación”; es decir, que toda propiedad debía ser
arrebatada a sus actuales propietarios por la fuerza; la fuerza de una turba
armada. Pero Babeuf, aunque defendía la violencia y el tumulto como medios para
un fin, de ningún modo deseaba la anarquía como condición permanente; el Estado
debía mantenerse, y no solo mantenerse, sino volverse absoluto, el único
dispensador de las necesidades de la vida. “En mi sistema de Felicidad Común”,
escribió, “deseo que no exista ninguna propiedad individual. La tierra es de
Dios y sus frutos pertenecen a todos los hombres en general.”.
Otro
babuvista, el marqués d’Antonelle, anteriormente miembro del Tribunal
Revolucionario, había expresado el asunto en términos muy semejantes: “El
Estado de Comunismo es el único justo, el único bueno; sin este estado de cosas
no pueden existir sociedades pacíficas y verdaderamente felices”»
Terminó su Manifiesto de los iguales para abril de 1796.
Webster pág. 57-8.
«Babeuf
decidió entonces que debía formarse un «Directorio secreto», cuyo
funcionamiento guarda una curiosa semejanza con el de los Illuminati. Así como
Weishaupt había empleado a doce adeptos principales para dirigir las
operaciones en toda Alemania, y había ordenado estrictamente a sus seguidores
que no se conocieran entre sí como Illuminati. Bebeuf instituyó ahora doce
agentes principales para trabajar en los diferentes distritos de París, y estos
hombres no debían conocer los nombres de los miembros del Comité Central de
Cuatro, sino sólo comunicarse con ellos a través de intermediarios
parcialmente iniciados en los secretos de la conspiración.
Al
igual que Weishaupt, también Babeuf adoptó un tono dominador y arrogante hacia
sus subordinados, y a cualquiera a quien sospechara de traición lo amenazaba,
al modo de las sociedades secretas, con las más terribles venganzas. “¡Ay de
aquellos de quienes tengamos motivo para quejarnos!”, escribió a uno de cuya
lealtad había comenzado a dudar; “reflexiona en que los verdaderos
conspiradores nunca pueden abandonar a aquellos que una vez han decidido
emplear”»
Para
abril de 1796, el plan de la revolución estaba completo y el célebre Manifiesto
de los Iguales estaba listo para ser publicado.»
La proclama anunciaba:
“Durante
quince siglos has vivido en esclavitud y, por lo tanto, en infelicidad. Durante
seis años, (es decir, durante el curso de la Revolución), apenas habéis podido
tomar aliento, esperando independencia, felicidad e igualdad. ¡Igualdad! ¡El
primer deseo de la Naturaleza, la primera necesidad del hombre y el principal
vínculo de toda asociación legal!
¡Pues
bien! Desde ahora tenemos la intención de vivir y morir iguales, como nacimos;
queremos la igualdad real o la muerte, eso es lo que debemos obtener. Y
tendremos esa igualdad real, cueste lo que cueste. ¡Ay y desdicha de quienes se
interpongan entre este ideal y nosotros! Si es necesario, ¡perezcan todas las
artes, con tal de que la igualdad real nos quede!”
“La
ley agraria y la división de tierras fueron el deseo momentáneo de unos pocos
soldados sin principios movidos por el instinto más que por la razón. Nos
inclinamos hacia algo más sublime y equitativo, la Felicidad Común o
la Comunidad de Bienes. No más propiedad privada en la tierra,
la tierra no pertenece a nadie. Reclamamos, deseamos el disfrute comunal de los
frutos de la tierra. Los frutos de la tierra pertenecen a todos.”
“Declaramos
que ya no podemos soportar que la gran mayoría de los hombres deba trabajar y
sudar al servicio y para el buen placer de una minoría ínfima. Durante
demasiado tiempo – y por demasiado tiempo – menos de un millón de individuos
han dispuesto de lo que pertenece a más de veinte millones de sus semejantes,
de sus iguales. Que cese por fin esto, este inmenso escándalo que nuestros
nietos no serán capaces de creer.
Desaparezcan
al fin las distinciones repugnantes de ricos y pobres, de grandes y pequeños,
de amos y sirvientes, de gobernantes y gobernados. Que no haya otra diferencia
entre los hombres que la de la edad y el sexo. Las personas se contentan con un
solo sol y un solo aire para todos. ¿Por qué no habrían de contentarse con la
misma porción y la misma calidad de alimento para cada uno de ellos? (...)
Pueblo
de Francia, os decimos. La santa empresa que estamos organizando no tiene otro
objeto que poner fin a las disensiones civiles y a la miseria pública. Nunca se
ha concebido y ejecutado un diseño más vasto. De vez en cuando, unos pocos
hombres de genio, unos pocos sabios han hablado en voz baja y temblorosa.
Ninguno de ellos ha tenido el valor de decir toda la verdad. Ha llegado el
momento de grandes medidas. El mal está en su apogeo, cubre la faz de la
tierra. El caos bajo el nombre de política ha reinado durante demasiados
siglos. Ha llegado el momento de fundar la República de los Iguales, el gran
albergue abierto a todos los hombres…
Familias
que gimen, venid y sentaos en la mesa común puesta por la naturaleza para todos
sus hijos.
Pueblo
de Francia, abrid vuestros ojos y corazón a la plenitud de la felicidad.
Reconoced y proclamad con nosotros la República de los Iguales.”
No
obstante, este documento estaba destinado a permanecer oculto al público, ya
que el Comité Secreto concluyó finalmente que no convenía revelar al pueblo
todo el plan de la conspiración; particularmente juzgaron inadmisible publicar
la frase que había sido expresada en un lenguaje casi idéntico por Weishaupt. “¡Perezcan
todas las artes, con tal de que se instituya la igualdad real entre nosotros!”.
Los franceses no debían saber que se les preparaba un retorno a la barbarie. En
consecuencia, se redactó una segunda proclamación bajo el título de “Análisis
de la doctrina de Babeuf”. Un llamamiento mucho menos inspirador que el
anterior manifiesto, y principalmente ininteligible para las clases
trabajadoras, pese a que – como observa M. Fleury – se trataba de “la verdadera
Biblia o Corán del sistema despótico conocido como comunismo”. Aquí se halla la
clave del problema. Nadie entre quienes leen estos dos documentos de los
babuvistas podrá dejar de advertir la realidad de ciertas denuncias sociales:
la flagrante disparidad entre ricos y pobres, la distribución desigual del
trabajo y del ocio, la injusticia de un sistema industrial que, en gran medida
debido a la supresión de las asociaciones obreras por los dirigentes
revolucionarios, permitía a los empleadores disfrutar del lujo mientras se
beneficiaban del trabajo extenuante; pero el punto clave es: ¿cómo pensaba
Babeuf corregir estos males?
En
resumen, su sistema, fundado en la doctrina de “comunidad de bienes y de
trabajo”, puede resumirse de la siguiente manera:
Todas
las personas deben ser obligadas a trabajar un número de horas al día a cambio
de una remuneración igual. El hombre que se mostrase más hábil o industrioso
que sus compañeros sería recompensado únicamente con un “reconocimiento público”.
El trabajo forzoso no habría de pagarse en dinero, sino en especie, pues el
derecho de propiedad privada – considerado la plaga fundamental de la sociedad
presente – debía ser abolido: desaparecida la distinción entre “lo mío” y “lo
tuyo”, nadie podría poseer nada en propiedad.
La
remuneración se efectuaría exclusivamente mediante los productos del trabajo,
que serían almacenados en grandes depósitos comunales y distribuidos en
raciones iguales a los trabajadores.
Inevitablemente, desaparecería todo comercio, y el dinero dejaría de acuñarse y
de ser aceptado; el comercio exterior se realizaría con el dinero aún en
circulación y, una vez agotado, mediante un sistema de trueque.»
Pero
no se informó de esto a la gente (a la manera de Weishaupt), sino que solo se
les dijo que los bienes de los enemigos del pueblo serían entregados a los
necesitados.
«Pero
el pueblo no conocía el secreto del movimiento. Así como en los grandes
estallidos de la Revolución la muchedumbre de París había sido empujada
ciegamente hacia adelante con falsos pretextos suministrados por los
agitadores, del mismo modo una vez más se pretendía convertir al pueblo en
instrumento de su propia ruina.
El
“Comité Secreto de Dirección” sabía bien que el llamamiento al comunismo nunca
atraería al pueblo; por lo tanto, sus miembros se cuidaron de no iniciar en sus
planes a sus simplistas partidarios de la clase obrera. Conscientes de que solo
ganarían adeptos apelando a la codicia y el egoísmo del pueblo, los
conspiradores jugaron hábilmente con las pasiones humanas, prometiendo un rico
botín, que en realidad no tenían intención de compartir. Así, en el “Acta
Insurreccional” redactada entonces por el Comité, se anunciaba que “los bienes
de los emigrados, de los conspiradores (es decir, los realistas) y de los
enemigos del pueblo serían distribuidos entre los defensores del país y los
necesitados”; no se les dijo que, en realidad, esos bienes no pertenecerían a
nadie, sino que se convertirían en propiedad del Estado administrado por ellos
mismos. El pueblo entonces no debía conocer la verdad sobre la causa en la que
se les pedía derramar su sangre, y de que estarían obligados a derramarla en
torrentes, ningún hombre sensato podría dudar.»
Su
admiración por Robespierre. Webster pág 64.
«Cuando
se trató de organizar la insurrección requerida, Bebeuf adoptó un lenguaje muy
diferente. De hecho, el antiguo denunciante del “sistema de despoblación” de
Robespierre ahora afirmaba que no sólo los objetivos de Robespierre sino
también sus métodos eran dignos de elogio.
“Ahora
admito sinceramente que me reprocho haber denigrado en su momento al gobierno
revolucionario, a Robespierre, a Saint-Just y a otros. Creo que estas personas
valían más que todos los demás revolucionarios juntos y que su régimen
dictatorial estaba endemoniadamente bien concebido... No estoy en absoluto de
acuerdo en que cometieron grandes crímenes e hicieron perecer a muchos
republicanos. La salvación de veinticinco millones de hombres no debe ponerse
en la balanza frente a la consideración debida a unos pocos individuos
equívocos. El regenerador de una nación debe ver las cosas con una perspectiva
amplia. Debe arrasar con todo lo que se interponga en su camino, con todo lo
que obstruya su camino, con todo lo que pueda impedir el rápido logro de la meta
que se ha fijado. Canallas o imbéciles, o personas presuntuosas o ansiosas de
gloria, es lo mismo, tant pis pour eux, [tanto peor para ellos],
¿para qué están ahí? Robespierre sabía todo eso y es en parte lo que me hace
admirarlo.”
Pero
donde Babeuf se mostró intelectualmente inferior a Robespierre fue en la manera
en que se propuso destruir la resistencia frente a su plan de instaurar un
Estado socialista.
Robespierre, como bien sabía él, había pasado catorce meses “segando a aquellos
que obstaculizaban su paso”, había mantenido la guillotina trabajando sin
descanso en París y en las provincias, y aun así no había logrado silenciar a
los objetores.
Pero
Babeuf esperaba lograr su propósito en un solo día, ese «gran día del pueblo»
en el que toda oposición debía ser suprimida instantáneamente, todo el orden
social existente aniquilado, y la República de la Igualdad erigida sobre sus
ruinas. Sin embargo, si el proceso debía ser breve, necesariamente debía ser
aún más violento, y fue así que, sin la calma precisión de Robespierre al
señalar las cabezas que debían caer, Babeuf se dispuso a su tarea.»
Su
frenesí. Webster pág 65.
«Cuando
ponía por escrito sus planes de insurrección – relataba luego en el juicio su
secretario, Pillé – Babeuf caminaba de un lado a otro de la habitación con los
ojos centelleantes, murmurando y haciendo toda clase de muecas, chocando contra
los muebles, golpeando las sillas mientras gritaba con voz ronca: “¡A las
armas! ¡A las armas! ¡Revolución! ¡Empieza la Revolución!”.
“Era una revolución contra las sillas”, afirmó secamente Pillé.
Después
Babeuf se lanzaba sobre la pluma, se hundía en la tinta y comenzaba a escribir
con una rapidez espantosa, mientras todo su cuerpo temblaba y el sudor corría
por su frente.
“Ya no era locura. ¡Era frenesí!”
Este
frenesí, explicó Babeuf, era necesario para elevarse al grado requerido de
elocuencia, y en sus llamamientos a la insurrección es difícil ver dónde su
programa difería del bandolerismo y la violencia que había deplorado.»
El
“Gran Día” de la revolución. Webster págs. 67-8.
«El
siguiente programa para el “Gran Día” fue entonces redactado por el Directorio
Secreto: en un momento señalado, el ejército revolucionario debía marchar sobre
la Asamblea Legislativa, sobre el cuartel general del Ejército y sobre las
casas de los Ministros.
Las
tropas mejor entrenadas debían ser enviadas a los arsenales y las fábricas de
municiones, y también a los campamentos de Vincennes y Grenelle con la
esperanza de que los ocho mil hombres acampados allí se unieran al movimiento.
Mientras tanto, los oradores debían dirigirse a los soldados, y las mujeres
debían ofrecerles refrigerios y coronas cívicas. Si esto no conseguía
quebrantar la posición del ejército, se tomarían medidas para bloquear las
calles con barricadas, y se les debía arrojar piedras, ladrillos, agua
hirviendo y vitriolos sobre las cabezas de las tropas. Todos los suministros
para la capital debían ser entonces incautados y puestos bajo el control de los
líderes. Al mismo tiempo, las clases acomodadas debían ser expulsadas de sus
casas, las cuales serían convertidas inmediatamente en alojamientos para los
pobres. Los miembros del Directorio debían ser entonces degollados, al igual
que todos los ciudadanos que ofrecieran resistencia a los insurgentes.
La insurrección, así “felizmente terminada”, como expresaba ingenuamente
Babeuf, debía culminar con la reunión de todo el pueblo en la Place de la
Révolution, donde sería invitado a cooperar en la elección de sus
representantes.
“El
plan” escribe Buonarotti, “era hablar al pueblo sin reservas y sin digresiones,
y rendir el homenaje más impresionante a su soberanía.” Pero si el pueblo, de
algún modo cegado respecto de sus verdaderos intereses, no lograba reconocer a
los conspiradores como sus salvadores, los babubistas proponían seguir su
homenaje a la soberanía del pueblo exigiendo que “el poder ejecutivo fuera
confiado exclusivamente a ellos”. Porque, como observaba Buonarotti, “al comienzo
de la revolución es necesario – al menos por respeto a la soberanía real del
pueblo – preocuparse menos por los deseos de la nación y más por colocar la
autoridad suprema en manos revolucionarias firmes”. Una vez que el poder
quedara en tales manos, desde luego allí permanecería, y los babuvistas,
sustentados por todas las fuerzas civiles y militares, podrían imponer su
régimen de servidumbre estatal a un pueblo reducido a la sumisión.»
Violencia.
p. 70.
«En
una reunión del comité se leyó en voz alta el plan terminado de la
insurrección, al cual se le habían añadido nuevos y atroces detalles: todo
aquel que intentara ejercer cualquier autoridad debía ser ejecutado
instantáneamente; los armeros debían ser obligados a entregar sus armas; los
panaderos, sus reservas de pan; y quienes opusieran resistencia debían ser
colgados de la farola más cercana. El mismo destino estaba reservado para todos
los comerciantes de vino y licores que se negaran a proporcionar el aguardiente
necesario para inflamar al populacho y empujarlo a la violencia. “Toda
reflexión por parte del pueblo debe ser evitada”, decían las instrucciones
escritas a los líderes. “Deben cometer actos que les impidan retroceder”.
En
el contexto general, el más sanguinario fue Rossignol, exgeneral de los
ejércitos revolucionarios en la Vendée. “No quiero tener nada que ver con
vuestra insurrección – gritó – a menos que las cabezas caigan como granizo… a
menos que inspire un terror tan grande que haga estremecer a todo el
universo…”, un discurso que fue acogido con aplausos unánimes.
El
11 de mayo había sido señalado como el gran día de la explosión social: en esa
fecha no solo París, sino todas las principales ciudades de Francia agitadas
por los agentes de Babeuf debían levantarse y abatir por completo la estructura
de la civilización. [Entretanto, había un informante], y el Gobierno, advertido
del inminente ataque, estaba preparado para afrontarlo.
En la mañana de aquel día, en todos los muros de París fue colocado un cartel
en el que estaban escritas las siguientes palabras:
“El
Directorio Ejecutivo a los ciudadanos de París.
Ciudadanos,
un espantoso complot está a punto de estallar esta noche o mañana al despuntar
el día. Una banda de ladrones y asesinos ha concebido el proyecto de masacrar a
la Asamblea Legislativa, a todos los miembros del Gobierno, al Estado Mayor del
Ejército y a todas las autoridades constituidas en París.
Se
proclamará la Constitución del 93. Esta proclamación será la señal para un
saqueo general de París, tanto de casas como de tiendas y comercios, y al mismo
tiempo se llevará a cabo la masacre de un gran número de ciudadanos. Pero
tranquilícense, buenos ciudadanos. El gobierno está vigilante, conoce a los
líderes del complot y sus métodos. Mantengan la calma, por lo tanto, y
continúen con sus actividades habituales. El gobierno ha tomado medidas
infalibles para frustrar sus planes y entregarlos, junto con sus partidarios, a
la venganza de la ley.”
Entonces,
sin más advertencia, la policía irrumpió en la casa donde Babeuf y Buonarotti
estaban redactando un cartel llamando al pueblo a la revuelta. En medio de su
tarea, el brazo de la ley lo sorprendió y capturó, y a la mañana siguiente,
otros cuarenta y cinco líderes de la conspiración fueron igualmente arrestados
y arrojados a la Abadía. ¡Ay del apoyo que habían esperado del populacho! El
ejército revolucionario en el que habían confiado, impresionado – como siempre
lo está la gente – por una demostración de autoridad, se pasó al lado de la
policía en defensa de la ley y el orden.
Con
la eliminación de los agitadores, toda la población recobró el juicio y
comprendió todo el horror del complot en el que había sido enredada.»
Napoleón
advirtió de ellos y puso fin al último gran intento en la Revolución francesa
de realizar el objetivo del iluminismo.
(5)
Los revolucionarios se devoran entre ellos – Barruel, libro IV[5]
«Jesucristo
quedó sin altares en Francia, así como ya no hubo trono para los reyes. Los
mismos que habían derribado el altar y el trono, conspiraron unos contra otros.
Los intrusos, los deístas y los ateos habían degollado a los católicos, y los
intrusos, los deístas y los ateos se degollaron unos a otros. Los
constitucionales proscribieron a los realistas, y los republicanos expatriaron
a los constitucionales. Los demócratas de la república una e indivisible
federal. La facción de la Montaña guillotinó a la facción de la Gironda.
La
facción de la Montaña se dividió en la facción de Hébert y de Marat, en la
facción de Danton y de Chabot, en la facción de Cloots y de Chaumette, y en la
facción de Robespierre que a todas devoró, y que a su tiempo fue devorada por
la facción de Tallien y de Fréron. Brissot, Gensonné, Guadet, Fauchet, Rabaud,
Barbaroux y otros treinta fueron juzgados por Fouquier-Tinville, del mismo modo
que estos habían juzgado a Luis XVI. El mismo Fouquier-Tinville fue juzgado
como él había juzgado a Brissot. Péthion y Buzot, errantes por los bosques,
murieron de hambre y fueron devorados por las fieras. Perrin murió cargado de
cadenas; Condorcet se envenenó en la cárcel; Valage y Labat se dieron de
puñaladas; Charlotte Corday mató a Marat; Robespierre fue guillotinado;
sobrevive Sieyès como azote de Francia. El infierno parece que fortalecía el
reino de su impiedad; pero el cielo, para castigar a Francia, le dio, bajo el
nombre de Directores, los cinco tiranos o Pentarcas y su doble Senado. Rewbel,
Carnot, Barras, Letourneur, La Réveillère-Lepaux se apoderaron de sus
ejércitos, removieron a los diputados de su igualdad y de su libertad, lanzaron
rayos sobre sus secciones, la apretaron con sus garras, y pusieron sobre su
cuello un yugo de hierro.
Todos
temblaban a su presencia; pero ellos mismos se temían mutuamente, se recelaban,
y unos a otros se desterraron. Sobrevinieron nuevos tiranos y se reunieron.
Entonces los dioses que reinaban en Francia fueron los destierros, el susto, el
terror y sus Pentarcas. Todo estaba en silencio; el espanto hacía que en aquel
vasto imperio, o en aquella vasta cárcel, callasen veinte millones de esclavos
bajo la vara de hierro de Merlin o de Rewbel, al solo nombre de la Guayana, y
en esto paró aquel pueblo tantas veces proclamado igual, libre y soberano.»
Francia
arruinada por la revolución – Webster pág. 49-50[6]
«la
condición de Francia al final del terror. (…)
Francia
está desmoralizada. Está exhausta, este es el último rasgo de este país en
ruinas. Ya no hay opinión pública, o más bien esta opinión solo se reduce al
odio. Odian a los Directores (miembros del directorio) y odian a los diputados,
odian a los terroristas y odian a los chouans (los realistas
de la Vendée), odian a los ricos, y odian a los anarquistas. Odian a la
revolución y odian a la contrarrevolución. Pero donde el odio alcanza hasta
paroxismo es en el caso de los nuevos ricos. ¿De qué sirve haber destruido a
reyes, nobles y aristócratas si en su lugar toman el poder diputados,
campesinos y comerciantes? ¡Qué clamores de odio!
De
todas las ruinas descubiertas y amplificadas por el Directorio –ruinas de
partidos, ruinas de poder, ruinas de hogares, ruinas de conciencias, ruinas de
intelectos – nada hay más digno de lástima que esto: La ruina del
carácter nacional. (…)»
«Ocho
años después del fin del Terror, Francia aún no se había recuperado de sus
estragos. El testimonio de Redhead Yorke nos convence de que las ideas
generalmente aceptadas sobre el auge de la agricultura son falsas:
“Nada
puede superar la miseria de los instrumentos agrícolas utilizados, salvo la
lamentable apariencia de quienes los emplean. Mujeres arando y de muchachas
guiando el ganado; todo habla de la total indiferencia hacia la agricultura
durante los años de la República. No hay casas de labranza dispersas por los
campos.
Los campesinos viven juntos en aldeas remotas, circunstancia que necesariamente
retrasa las labores de cultivo.
El interior de las casas es inmundo, los corrales están en completo desorden, y
el mísero estado del ganado habla suficientemente de la pobreza de su
propietario.”
Por
todas partes, Yorke era acosado por mendigos que pedían limosna; A pesar del
declive poblacional, el desempleo en el país era rampante. La educación estaba
paralizada, y debido a la destrucción de la antigua nobleza y el clero, y al
hecho de que los nuevos ricos que ocupaban sus propiedades eran terratenientes
ausentes, el sistema de beneficencia prácticamente había desaparecido»
Yorke
finalmente se ve obligado a declarar:
“La
revolución, que se llevó a cabo ostensiblemente para el beneficio de las clases
inferiores, las ha sumido en un nivel de degradación y miseria al que jamás
habían descendido bajo la antigua monarquía. Han sido desheredadas, despojadas
y privadas de todo recurso para subsistir, salvo el de la amarga herencia de
las derrotas de las armas y el del fugaz expolio a las naciones conquistadas”
En
otro pasaje Yorke se plantea la inevitable pregunta que surge de las mentes de
todos los contemporáneos pensantes: “Francia aún sangra por cada poro, es una
familia numerosa en luto, se cubre la cabeza de ceniza. En estos tiempos es
imposible que una persona contemplativa sea feliz en Francia.
A
cada paso, las huellas de los bárbaros fanáticos, crueles y sanguinarios
repugnan la vista y hieren a la humanidad; dondequiera que uno mire, las ruinas
destacan y te obligan a preguntarte: ¿por qué y para quién toda esta
devastación y esta desolación?”»
(6)
Religión
a.
Descristianización: Noviembre de 1793. Lefebvre. Vol II, págs. 77-8[7]
…la
Iglesia es profanada. Lo mismo ocurrió durante esta revolución. Pero en 1793
una nueva revolución llegó para reemplazar al catolicismo. Aquí está uno de los
libros de Lefebvre, escrito objetivamente, que aborda este tema.
«En 1793,
“el festival del 10 de Agosto” – la proclamación de la república – «fue
puramente secular.
La nueva religión se dotó de símbolos y de una suerte de liturgia, se inclinó
ante la Montaña Sagrada» – es decir, el lugar del partido de la Montaña – «y
veneró a sus mártires: Lepeletier, Marat y Chalier.
El 3 de
Brumario, en el segundo año (24 de octubre de 1793), la Convención adoptó el
calendario revolucionario.»
El
primer año comenzó el 10 de agosto de 1792, día de la creación de la República.
Todos los meses fueron renombrados de acuerdo con los fenómenos naturales; por
ejemplo diciembre creo que se llamaba Pluvioso (Pluviôse), que
significa lluvia, el mes lluvioso, y así sucesivamente.
«Consistía
en un intento de descristianizar el estilo de vida sustituyendo las referencias
a eventos religiosos y santos por otros nombres tomados de objetos cotidianos
familiares para los franceses.» Se
abolieron todos los días festivos, y la semana de siete días también se abolió
en favor de una semana de diez días. Es decir, sin domingo. En noviembre de
1793 “un informe” respectivo «a los “Festivales cívicos” constituyó el preludio
a la organización oficial de la nueva “religión nacional”».
«En
Nevers, el 22 de septiembre de 1793, se celebró en la catedral un festival en
honor de Bruto.»
En esta
provincia, en octubre de 1793, todas las festividades, «todas las ceremonias
religiosas fuera de la iglesia fueron abolidas, y los oficios funerarios y los
cementerios fueron secularizados.»
Otras
provincias locales adoptaron políticas similares.
«El
distrito de Corbeil declaró que la mayoría de las personas bajo su jurisdicción
ya no deseaban la religión católica.»
El 6 de
noviembre de 1793, el obispo de París renunció bajo coacción y dijo que había
sido engañado. «El 17 de noviembre acudió junto con sus vicarios a la
Convención para confirmar oficialmente su decisión.» El 20 de Brumario, año II
(10 de noviembre de 1793), fue planificada una Fiesta de la Libertad.
Para
celebrar la victoria de la filosofía sobre el fanatismo, la Comuna requisó la
Catedral de Notre Dame:
«Se
construyó una “montaña” en el coro, y una actriz personificó a la libertad. Cuando
la Convención tuvo noticia de esto, se dirigió a la catedral – rebautizada
ahora como el Templo de la Razón – y participó en una segunda celebración del
festival cívico.»
Casualmente,
quemaron una efigie que representaba el ateísmo, porque la revolución no era
atea, sino deísta.
«Algunas
secciones (provincias) siguieron este ejemplo. El día 30 (20 de noviembre), los
ciudadanos del departamento de la Unidad… vestidos con símbolos sacerdotales,
desfilaron ante la Convención, cantando y bailando» y el 23 de noviembre de
1793 se cerraron las iglesias.
Templo
de la Razón. Philip Dawson págs. 121-122[8]
Tenemos
algunas fuentes que muestran y dan una idea del espíritu de estas celebraciones
de la Razón. Por ejemplo en la ciudad de Chalonsur-Marne. Existe la siguiente
descripción de la inauguración de un Templo de la Razón:
«El
festival fue anunciado en toda la comuna la noche anterior. Para este
propósito, se tocó la retirada por todos los tamborileros y trompetistas de las
tropas en los cuarteles de Chalons, y en todas partes de la ciudad. Al día
siguiente al amanecer, se anunció nuevamente con un toque de diana que también
se escuchó en todas partes. La antigua iglesia de Notre-Dame, por falta de
tiempo y medios, fue limpiada y preparada sólo provisionalmente para su nuevo
uso. Y en su antiguo santuario se erigió un pedestal que sostenía la estatua
simbólica de la Razón. Según un testigo ocular, tenía un diseño simple y
libre, “decorada solamente con una inscripción: ‘Haz a los demás lo que quieres
que te hagan a ti’ ”.
A
ambos lados de la estatua se alzaban dos columnas, flanqueadas por dos antiguas
cajas de perfume de bronce, de las que emanaba humo de incienso durante toda la
ceremonia. Delante, al pie de tres escalones, se alzaba un trono de diseño
antiguo, sobre el cual se colocarían los emblemas de los distintos grupos que
formaban la procesión.
Sobre
los cuatro pilares situados en las esquinas del altar había cuatro pedestales
sobre los que habrían de colocarse los bustos de Bruto, “pues él es el enemigo
de la tiranía, el padre de la república y el modelo de los republicanos”, de
Marat – “el fiel amigo del pueblo”, aunque este era un criminal empedernido –
de “Lepelletier”, que murió por la república, y del inmortal Chalier.
A las nueve en punto de la mañana, la congregación se reunió en la avenida del
cementerio, conocida también como la Promenade de la Liberté. Los
destacamentos militares y otros grupos que participaban en la procesión
ocuparon los lugares que se les indicaban. Fueron alineados por los comisarios
públicos. Un destacamento de caballería, de la gendarmería nacional y de
húsares, mezclados para fortalecer los lazos de fraternidad, encabezaba la
marcha; y en su estandarte estaban estas palabras: “La Razón nos guía y nos
ilumina”.
Le seguía la compañía de artilleros de Chalons, precedida por un estandarte con
esta inscripción: “Muerte a los tiranos”.
Esta
compañía fue seguida por un carro cargado con cadenas rotas en el que había
seis prisioneros de guerra y algunos heridos, siendo atendidos por un médico.
Este carro llevaba dos pancartas al frente y atrás con estas dos inscripciones.
“La humanidad es una virtud republicana” y “Se (es decir, los prisioneros de
guerra) equivocaron mucho al luchar por los tiranos”.
Esta
carreta estaba acompañada por dos destacamentos de la guardia nacional y tropas
regulares armadas con todo su arsenal.
Otros hombres del pueblo llevaban estandartes en los que estaba escrito:
“¡Estemos unidos!” y la bandera tricolor con la inscripción: “¡Nada puede
vencernos!”.
Cuarenta
ciudadanas vestidas de blanco y decoradas con cintas tricolores llevaban una
gran cinta tricolor atada a la cabeza de cada una. Un gorro de la libertad
coronaba dicho estandarte, y jóvenes de la guardia nacional las seguían
portando varios pendones con diversos lemas escritos en ellos. Tras ellas,
grupos de niños de ambos sexos llevaban cestas de frutas y vasos de flores,
acompañando una carreta tirada por dos caballos blancos.
En la carreta había una joven amamantando a un bebé, y junto a ella un grupo de
niños de distintas edades.
La carreta iba precedida por un estandarte con esta inscripción: “Ellos son la
esperanza de la patria”
De
la carreta ondeaba una cinta tricolor con esta inscripción: “La madre virtuosa
producirá defensores para la patria”.
A este carro le seguía un carro de tipo antiguo, decorado con ramas de roble y
que llevaba a una pareja sexagenaria con una cinta en la que estaban escritas
estas palabras: “¡Respeta a los ancianos!”
A
continuación, otro grupo de guardias nacionales, agarrados del brazo. Cantaban
himnos a la libertad y portaban dos pancartas con las inscripciones: “Nuestra
unidad es nuestra fuerza” y “Exterminaremos a los últimos déspotas”.
Luego
marchaba un grupo de mujeres con cintas tricolores llevando un estandarte con
esta inscripción. “La moral austera fortalecerá la República”.
Todos
los que componían este grupo estaban vestidos de blanco, al igual que los
conductores del carro, y todos estaban adornados con cintas tricolores. Luego,
uno tras otro, llegaron los miembros de los comités de vigilancia»
Es
decir, el GPU[9].
«Delante
de ellos se alzaban cuatro pancartas, cada una con el nombre del grupo y un
emblema que representaba un dedo sobre los labios, indicando secretismo, y otra
pancarta con la inscripción: “Nuestro instituto limpia la sociedad de muchas
personas sospechosas”.
Primero
iba el grupo de republicanos; acompañaban un carro tirado por dos caballos
blancos, seguidos por dos hombres a pie, vestidos a la romana. Una mujer,
vestida de forma similar y simbolizando la República, iba sentada en él. Una
bandera tricolor ondeaba en la parte delantera del carro con la inscripción: “Gobierno
de los Sabios”. Detrás de los republicanos iba el grupo de la “Igualdad”,
acompañado de un arado tirado por dos bueyes. Lo conducía un granjero con ropa
de trabajo.
Una
pareja sentada en él llevaba un estandarte en el que estaban escritas en un
lado “Honra el arado” y en el otro lado “Respeta el amor conyugal”.
El
inspector jefe y todos los trabajadores del depósito militar formaban un grupo
aparte detrás del arado. Llevaban dos pancartas.
El
primero tenía las palabras “suministros militares” y el segundo “nuestra
actividad produce abundancia en nuestros ejércitos”. Luego marchaba la sección
de la Fraternidad, consolando a grupos de convalecientes cuyos médicos estaban
cerca.
En
medio de ellos, viajaba una carreta abierta del Hospital de Montaña, que
transportaba a hombres heridos en defensa de la patria, junto con médicos que
curaban sus heridas sangrantes. Estaban parcialmente cubiertos de vendajes
ensangrentados. Al frente de la carreta, una pancarta decía: “Nuestra sangre
nunca dejará de fluir por la defensa de la patria”. Después de los comités
seguían cuatro mujeres ciudadanas vestidas de blanco y adornadas con cinturones
tricolores decorados con los atributos de las cuatro estaciones. Detrás de
ellas, caminaba el representante del pueblo, entre los funcionarios estatales,
civiles y judiciales, con sus respectivas insignias, cada ciudadano sostenía en
su mano una espiga de trigo, y en la pancarta que precedía a las autoridades
constituidas estaba esta inscripción. “De la aplicación de las leyes provienen
la prosperidad y la abundancia”. Varios oficiales del Estado Mayor de la
Guardia Nacional los seguían, portando la pancarta: “Destruye a los tiranos o
muere”. Tras ellos, una mujer guiaba a los hijos ilegítimos de la patria. En
sus manos sostenía una pancarta que decía: “La Patria nos ha adoptado, estamos
dispuestos a servirla”.
Al
final de la procesión marchaban veteranos desarmados, símbolo de la vejez.
Llevaban una pancarta con dos inscripciones: “El amanecer de la razón y la
libertad adorna el final de la vida” y “La República Francesa honra la lealtad,
el coraje, la vejez, la gratitud filial y la desgracia. Pone la Constitución
bajo la protección de todas las virtudes”.
Finalmente
hubo una pausa para cantar canciones patrióticas.
En
los escalones del ayuntamiento se construyó y pintó una montaña, en cuya cima
fue colocado un Hércules defendiendo una figura (una facies) de catorce
pies de altura. Una bandera tricolor ondeaba sobre ella, en la que estaba
escrito con grandes letras: “A la Montaña, de parte de los franceses
generosos.”»
Sería
como decir “a los bolcheviques”:
«Al
pie de la montaña brotaba un manantial de agua cristalina, que caía en varias
cascadas. Doce hombres vestidos de montañeses, con lanzas en mano y coronas en
la cabeza, estaban escondidos en las cuevas de la montaña.
Mientras
la procesión entraba cantando la última estrofa de La Marsellesa, los
montañeses emergieron sigilosamente de sus cavernas sin dejarse ver del todo y
en cuanto se empezó a cantar ¡!A las armas ciudadanos!”, salieron corriendo y,
tomando hachas para defenderse, se posicionaron en diferentes puntos de la
montaña. Al ver pasar el carro con el feudalismo y el fanatismo, tirado por
burros con mitras en la cabeza, se lanzaron sobre ellos con las hachas en la
mano, les arrancaron las mitras y todos los accesorios que los adornaban, así
como al Papa y a sus acólitos, a quienes encadenaron al carro de la Libertad.
Durante este acto, la banda tocó una canción que describía una carga militar.
Los
montañeses al ver llegar otros carros y fingiendo creer que sólo eran el tren
que seguía al que contenía el fanatismo, avanzaron en su columna para
encontrarse con el primero que vieron, que era el carro de la Libertad.
Los
montañeses, al ver llegar otros carros y aparentando creer que no eran sino los
del cortejo del carro que contenía al Fanatismo, avanzaron en columna para
encontrarse con el primero que apareció ante ellos, pero este era el carro de
la Libertad; bajaron sus hachas en señal de respeto y la banda tocó una
marcha.
Luego
apareció una silla de manos[10] que
sostenía una silla decorada con guirnaldas. La diosa descendió de su carro, se
sentó en la silla y fue llevada por ocho montañeses hasta el pie de la montaña.
La seguían dos ninfas, una de las cuales llevaba una bandera tricolor y la otra
la Declaración de los Derechos del Hombre. Avanzaron sobre los despojos de
nobleza y superstición, que luego fueron quemados para gran alegría de todos
los habitantes del pueblo. Luego subieron la montaña con el representante del
pueblo, Pleger, quien también participaba en el festival, y los montañeses,
quienes actuaron como sus asistentes al ritmo de la música orquestal de “¿Dónde
mejor puede uno estar que en el seno de su familia?”, y alcanzaron la cima.
Se
colocó una corona decorada en la cabeza de la diosa. Se desplegó la bandera
tricolor y todos cantaron: “Nuestro país de tres colores”. Y en la montaña
cantaron: “Cuando el sol se asoma desde la montaña.”. Entonces la procesión
descendió, la diosa se detuvo en un manantial y el presidente de la Comuna le
dio un jarrón. Lo llenó de agua, bebió un poco y luego dio de beber al
representante del pueblo, luego a todos los representantes del gobierno, a los
ciudadanos y a los oficiales de las diversas tropas presentes. Todos brindaron
por la salud de la república, una e indivisible, y por la Montaña.» es decir,
por el partido.
«De
nuevo, ocho montañeses llevaron a la diosa en una silla hasta el carro. Otros
cuatro permanecieron junto a ella, alzando sus hachas para ahuyentar a los
profanos. Los demás se ubicaron junto a las autoridades administrativas para
mostrar que quienes ostentan cargos públicos sólo se legitiman por su virtud.
Desde allí se dirigieron al Templo de la Razón. Todos los músicos se reunieron
detrás del altar junto con los cantores. En el momento en que la procesión
entró en el templo, el órgano tocó una obertura, y la societé populaire,
las autoridades constituidas los comités de vigilancia”»
el GPU,
«y
los grupos mencionados anteriormente ocuparon sus lugares, alineados en filas
ante el altar de la Razón, guardando cierta distancia de él. La banda militar
ejecutó himnos dedicados a la Razón, a la Libertad, al odio contra los tiranos
y al amor sagrado por la patria. A continuación, el presidente de la société
populaire pronunció el discurso inaugural. El presidente de la Comuna,
junto con otros oradores, también dirigió palabras al público. Tras sus
arengas, distintos himnos patrióticos fueron repetidos, acompañados por la
banda militar; después de lo cual, frente a la entrada del templo, los
trompetistas anunciaron que el festival de inauguración y la ceremonia habían
concluido.
Por
la noche se exhibieron fuegos artificiales en la montaña. Un estallido en forma
de ramillete simbolizó la gratitud de todos los franceses hacia los montañeses
presentes, que fueron públicamente reconocidos como los salvadores de la
república. Luego se celebró un baile, y así la fraternidad se celebró dos veces
en un solo día. Cada ciudadano que participó en esta hermosa jornada dio
muestra de este espíritu cívico. Todos prestaron el juramento de vivir en
libertad o morir.»
Pero
esto está muy en armonía con, por supuesto, las diversas formas que presentan
las celebraciones comunistas: muy racionales, muy ordenadas, muy artificiales.
El triunfo de la mente abstracta, que es la señal de la razón, es la realidad
más alta.
Uno se
pregunta cómo encaja todo esto, y veremos más adelante cómo encaja todo. Porque
queremos examinar tanto la reacción contra esto en el siglo XIX, como el
desarrollo ulterior de las ideas revolucionarias.
Ya
podemos obtener una idea que es muy central en todo esto. Y es que toda esta
Revolución, con estos diversos elementos, se asemeja mucho a lo que es una
forma secular de algo que ya encontramos en el Renacimiento, a saber, las
sectas quiliastas. Ahora existe una diosa de la Razón, aparece la idea de que
hay un nuevo orden de los siglos, y que la historia ahora llega a un final. Por
el momento no vemos hablar de la tercera edad del Espíritu Santo. Porque todo
está expresado en términos racionalistas, pero estamos ante la irrupción de ese
mismo espíritu. Ahora es mucho más amplio y se apodera de toda la sociedad.
Veremos más adelante cuán profundo llega este rasgo quiliasta en la mentalidad del
hombre moderno.
Napoleón
Ahora
llegamos al último episodio de la Revolución: Napoleón. Con Napoleón, la
Revolución llega a su fin, un fin sangriento. Toda Europa está agitada; los
habitantes de media Europa recibieron con alegría la revolución hasta que
presenciaron las sangrientas represalias, y solo entonces comenzaron a
desilusionarse gradualmente. Pero aún así, muchos siguen aceptando en buena
medida lo que acontecía durante la revolución, mientras que la otra mitad,
horrorizada por todo lo que ocurría, comenzó a resistirse, a medida que el
movimiento revolucionario se extendía gradualmente más allá de las fronteras
del país. Vieron cómo... Goethe, Beethoven y otros alababan la revolución, que
supuestamente trajo libertad e igualdad a toda la humanidad.
Y luego
viene un hombre muy talentoso e inteligente, Napoleón, que se apodera de todo y
se convierte en dictador de Francia durante quince años. En muchos aspectos,
ofrece un compromiso, es decir, restaura la Iglesia. Tiene un concordato con el
Papa, que le da al Papa mucho más poder sobre la Iglesia francesa del que tenía
antes. Restaura las Iglesias, incluso restaura un nuevo tipo de nobleza y
establece un imperio, una nueva monarquía, pero preservando las ventajas de la
Revolución. Es decir, tiene un nuevo código de leyes, disuelve la idea de que
hay diferentes castas en la sociedad. Todos se supone que son iguales al menos
teóricamente ante la ley. Y veremos algunos aspectos de su vida, de los que no
se hablan con demasiada frecuencia.
Hay un
libro de Dmitri Merezhkovski. Un ruso, un ruso loco, que sin embargo estaba muy
sintonizado con las ideas místicas de Napoleón, por las citas que extraemos de
muchas de sus cartas. Para empezar, comienza el libro con una cita que marca el
tono de todo el libro, es una cita de Pushkin, que llama a Napoleón «el
ejecutor fatídico de un mandato desconocido»[xviii].
Es decir, la idea de que está representando algo que no sabe lo que es. Él
mismo se da cuenta de que se encuentra en la cúspide de un movimiento histórico
y que, mientras ese movimiento lo sostenga, puede seguir adelante y conquistar
el mundo; pero cuando éste se aparte de él, sentirá que lo pierde todo[xix].
Merezhkovski, llama a Napoleón «el Titán que puso freno al caos de la
Revolución»[xx]
Se apoderó de ella y le dio orden.
Hay un
pensador católico del siglo XIX, León Bloy, que habla sobre Napoleón. Dice que
Napoleón «no puede ser explicado, es el más inescrutable de los hombres, porque
es principalmente y sobre todo el prototipo de aquel que debe venir y que,
quizás, no está lejos, es el prototipo y precursor, muy cercano a nosotros.
¿Quién entre nosotros, franceses o incluso extranjeros, viviendo a finales del
siglo XIX, no ha sentido la tristeza ilimitada de la consumación de esta
incomparable épica? ¿Quién poseído con sólo un átomo de alma no fue abrumado
por el pensamiento de la caída demasiado repentina del gran imperio y su líder?
¿Quién no se sintió oprimido por el recuerdo de que, hasta ayer, así parecía,
los hombres estaban en la cúspide más alta posible para la humanidad, debido a
la mera presencia de este ser amado, milagroso y terrible, como nunca antes se
había visto en el mundo? Y podían, como los primeros seres humanos en el
paraíso, considerarse señores de toda la creación de Dios, y ahora
inmediatamente después deben ser arrojados de nuevo al barro milenario de la
dinastía de los Borbones»[xxi],
porque después de Napoleón se restauró la monarquía.
El
[Napoleón] mismo se describe como alguien que es muy del pueblo, aunque el
mismo provenía de la pequeña nobleza. Él dice «que la fibra popular responde a
la mía, vengo de las filas del pueblo, y mi voz tiene influencia sobre ellos»[xxii].
«Grande era mi poder material»[xxiii],
dijo, «pero mi poder espiritual era infinitamente mayor, ¡rozaba la magia!»[xxiv].
Cuando los hombres entregaban su vida por Napoleón, morían por alguien que,
como habría de escribir Victor Hugo, era una deidad: «entendiendo que iban a
morir, saludaban a su Dios que estaba en medio de la tempestad»[xxv],
«A su
regreso a París desde Elba» Es decir, cuando fue desterrado por primera vez a
Elba, frente a la costa de Francia, y luego regresó por un breve periodo antes
de Waterloo, «entró en el palacio de las Tuyerías» en París, «los que lo
llevaban estaban frenéticos, fuera de sí de alegría, y miles de otros se
consideraban felices de poder besar o incluso tocar el borde de sus vestiduras.
«Me pareció estar presente en la resurrección de Cristo»[xxvi],
dice un testigo.
Cuando
era niño, escribe este mismo León Bloy, «conocí a viejos veteranos que no
podían distinguirlo, (a Napoleón), del Hijo de Dios.»[xxvii] Napoleón
mismo escribe en su testamento que dejó, «Muero en la religión apostólica
romana en cuyo seno nací.»[xxviii] Y
de hecho vivió, fue miembro de la Iglesia católica romana, pero en ideas, era totalmente
ajeno a ella. Ya que dijo, de hecho, «prefiero al Islam. Al menos no es tan
absurdo como nuestra religión»[xxix].
«Napoleón es un ser daimoníaco, dijo Goethe usando la palabra daimon en
su sentido pagano antiguo, ni Dios ni diablo, sino alguien entre los dos»[xxx].
Había
una «corriente apocalíptica que recorre todo el misterio napoleónico. Se
originó aún antes con la Revolución, cuando a veces alcanzó tal intensidad que
es casi similar a la escatología cristiana primitiva, una premonición del fin
del mundo.»[xxxi] Esto,
por supuesto, es muy preciso porque este es un movimiento milenarista. «El fin
de todas las cosas está cerca, habrá un nuevo cielo y una nueva tierra»[xxxii].
«El
antiguo sueño del paraíso perdido, del reino de Dios en la tierra como en el
cielo, junto con una nueva visión de un reino humano de libertad, igualdad y
fraternidad atrajo a los hombres hacia Napoleón. (…) Napoleón es el alma de la
revolución. “Yo soy la revolución”, él dijo en el comienzo del Imperio, y para
su final dijo “El Imperio es la revolución”».[xxxiii]
«Era un
hombre malo, ¡un hombre malvado!». Dice de Rousseau mientras está de pie sobre
su tumba. «Sin él no hubiera habido revolución francesa. Es cierto que yo
tampoco habría existido. Quizás eso habría sido mejor para la felicidad de
Francia. Tu Rousseau es un loco, es el quien me ha llevado a esto» (…) El
tiempo mostrará si no habría sido mejor para la paz del mundo si ni Rousseau ni
yo hubiéramos vivido.»[xxxiv]
Aun así,
él era en gran medida el portavoz de la Revolución.
Él dice
de sí mismo, «Cerré el abismo de la anarquía. Puse fin al Caos. Limpié la
revolución»[xxxv].
«A pesar
de todas sus atrocidades, la revolución fue la verdadera causa de nuestra
regeneración moral. Así, el estiércol más maloliente produce la vegetación más
noble. Los hombres pueden restringir o suprimir temporalmente este progreso,
pero son impotentes para aplastarlo. Nada puede destruir o borrar los grandes
principios de la revolución. Sus sublimes verdades perdurarán para siempre a la
luz de las maravillosas hazañas que hemos hecho, en el halo de gloria con el
que las rodeamos, ya son inmortales. Viven en Gran Bretaña, y radian su luz en
América, se han convertido en el patrimonio de la nación francesa. Son la
antorcha que iluminará el mundo. Se convertirán en la religión de todas las
naciones, y digan lo que digan, esta nueva época estará asociada con mi nombre,
porque encendí la antorcha y arrojé luz sobre sus comienzos y ahora, a través
de la persecución, seré aclamado para siempre como su Mesías. Amigos y enemigos
por igual me llamarán el primer soldado de la Revolución, su líder campeón. Cuando
ya no esté, seguiré siendo para todas las naciones la estrella guía de sus
derechos, y mi nombre será su grito de batalla, el lema de sus esperanzas.»[xxxvi]
En
cuanto a la dicotomía entre libertad e igualdad que, como cualquiera sabe, se
excluyen mutuamente, él dice, «Mejor abolir la libertad que la igualdad. Es el
espíritu de los tiempos, y deseo ser un hijo de mis tiempos. La libertad es la
necesidad de unos pocos elegidos. Puede ser restringida impunemente, pero la
igualdad agrada a la mayoría»[xxxvii].
Merezhkovski
señala con razón que la Revolución se separó del cristianismo en todo, salvo en
la idea de universalidad. Dostoyevsky escribe, «de hecho, la Revolución
francesa no fue más que la última variación y reencarnación de la misma antigua
fórmula romana de la unidad universal»[xxxviii],
que por cierto descubrimos antes es uno de los temas principales del
pensamiento moderno.
Napoleón
lo dice él mismo, «¿Mi ambición? Era del tipo más alto y noble que quizás haya
existido, la de establecer y consagrar el imperio de la razón y el pleno
ejercicio y disfrute de todas las facultades humanas.»[xxxix]
Y quería
marchar hacia Asia. Antes de convertirse en emperador, estuvo en Egipto y
regresó para tomar el control de Francia. Para él, era más que la ruta hacia
Asia. Dijo, «¡Vuestra Europa no es más que un montículo insignificante! Sólo en
el Este ha habido grandes imperios y grandes convulsiones, en el Este, donde
habitan seiscientos millones de personas.»[xl]
«La
atracción del Este» dice Merezhkovski, «lo atrapa toda su vida. En Egipto,
antes de la campaña siria, el joven general Bonaparte, estudiando durante horas
en el suelo sobre enormes mapas desplegados, sueña con una marcha hacia la
India a través de Mesopotamia siguiendo la ruta de Alejandro Magno.»[xli]
Mencionando: «con fuerzas abrumadoras, entraré en Constantinopla, derrocaré al
sultán y fundaré el nuevo y gran imperio de Oriente. Esto me traerá fama
inmortal.»[xlii]
Ahora
vemos cómo se rodea de un misticismo. En Santa Elena, cuando está en su exilio
final, él dice, «Siempre me di cuenta de la necesidad del misterio. Siempre me
di cuenta de que mis fines se servirían mejor rodeándome de un halo de misterio
que tiene una fuerte fascinación para la multitud. Enciende la imaginación,
allana el camino para esos efectos brillantes y dramáticos que dan a uno tal
poder sobre los hombres. Esta fue la causa de mi desafortunada marcha hacia
Moscú. Si hubiera sido más deliberado, podría haber evitado todo mal, pero no
podía retrasarlo. Era necesario que mi movimiento y éxito parecieran, por así
decirlo, sobrenaturales.»[xliii]
Y sobre
la religión dice, «creé una nueva religión. Ya me imaginaba en el camino hacia
Asia, montado en un elefante con un turbante en la cabeza y llevando un nuevo
al Al-Corán escrito por mí mismo»[xliv],
un nuevo libro sagrado. Napoleón se dio cuenta de que, como dijo, «tan pronto
como un hombre se convierte en rey, es un ser separado de sus semejantes.
Siempre admiré el instinto político de Alejandro (el Grande), que lo llevó a
proclamar su origen divino»[xlv].
«Si hubiera regresado de Moscú» – dice – «como conquistador, habría tenido al
mundo a mis pies, todas las naciones me habrían admirado y bendecido. Podría
haberme retirado misteriosamente del mundo, y la credulidad popular habría
revivido la fábula de Rómulo, habría dicho que fui llevado al cielo para tomar
mi lugar entre los dioses»[xlvi].
Se dio
cuenta de que aquellos tiempos no eran propicios para proclamarse a sí mismo
Dios. Él dice «ahora, si declarara ser el hijo del Padre Todopoderoso y
ordenara un servicio de acción de gracias por la ocasión, cada pescadera en
París se burlaría de mí en mi cara. No, la gente es demasiado civilizada hoy en
día. No queda nada grande para mí por hacer.»[xlvii]
Él uso
la fe católica, como dice, «¿te gustaría que inventara alguna religión nueva y
desconocida según mi fantasía? No, tengo una visión diferente sobre el asunto.
Necesito la antigua fe católica, sólo ella retiene su control sobre todos los
corazones, y sólo ella puede volver los corazones de la gente hacia mí y
eliminar todos los obstáculos de mi camino.»[xlviii]
Pero en
Santa Helena nota que tenía objetivos más allá de conquistar el mundo. Él dice,
«debería haber gobernado a los religiosos con la misma facilidad que al mundo
político»[xlix].
«Tenía la intención de exaltar al Papa más allá de toda medida, rodearlo de
grandeza y honores. Habría logrado suprimir toda su ansiedad por la pérdida de
su poder temporal. Habría hecho de él un ídolo, habría permanecido
cerca de mi persona. París se habría convertido en la capital de la
cristiandad, y yo habría gobernado el mundo religioso, así como el político.»[l]
Y así
vemos algunas de estas ideas místicas de Napoleón y otras cosas importantes. En
él tenemos, por primera vez en la edad moderna, a un conquistador del mundo,
alguien que deseaba conscientemente conquistar el mundo e incluso quizá
erigirse como un dios. Él se veía a sí mismo como el sucesor del Imperio
Romano, después de haber derrotado a los rusos en Austerlitz en 1807 y a los
alemanes en 1806; de hecho, los alemanes estaban tan asustados ante la
posibilidad de que tomara la corona del Sacro Imperio Romano, que el emperador
de Austria abolió en 1806 el Sacro Imperio Romano. Napoleón anunció en 1807,
tras derrotar a los rusos, que «Yo ahora soy el emperador romano ya que he
derrotado, a la primera Roma, el sacro imperio romano, y a la tercera Roma, que
es Moscú, y ahora soy el heredero de ambas»[li].
Y un
tercer aspecto es su actitud hacia los judíos. La era de la Revolución fue
precedida inmediatamente por mucha agitación en favor de los judíos,
especialmente por parte de filósofos judíos ilustrados, como Moisés
Mendelssohn, y de los judíos liberales radicales que querían abolir los guetos
y demás. De hecho, la revolución efectivamente otorgó a los judíos la
autoproclamada “libertad” ya que en todos los lugares la Revolución suele ir
acompañada de la emancipación de los judíos. Volveremos sobre ese aspecto más
adelante.
Lo más
interesante acerca de Napoleón y los judíos es que, después de haberse
proclamado emperador, convocó desde todas partes del mundo una reunión del
Sanedrín, que era el alto tribunal judío que condenó a Cristo a muerte y que no
había existido desde la caída de Jerusalén tras la muerte de Cristo. Hizo
renacer esta organización en procura de un único fin: el de que el pueblo judío
lo proclamara emperador. Incluso hay una ilustración de él en esa reunión del
Sanedrín proclamándolo emperador.
El gran Sanedrín de 1807 por
Édouard Moyse (1867)
Uno se
pregunta cómo encaja todo esto – hay aquí muchas ideas ilustradas y modernas;
él es claramente un hijo de la Ilustración –, cómo puede cuadrar la idea de un
imperio, de una monarquía restaurada, con los ideales de la Revolución, que son
los de la democracia y la igualdad. ¿Cómo puede ser? ¿Y cómo pudo ser visto
como el portador del ideal revolucionario?
De hecho, dondequiera que iba, sus ejércitos estaban tremendamente
entusiasmados porque sentían que tenían una ideología; estaban llevando el
mensaje de la verdad a otros pueblos. Obviamente, esto está ligado a este ideal
revolucionario quiliástico.
Por
ahora no diremos mucho más al respecto. Pero más adelante encontraremos otros
ejemplos de este mismo fenómeno ocurriendo nuevamente. Ahora bien, existen
distintos hilos dentro de la Revolución, y el que Napoleón evocó con más fuerza
fue éste del que hemos hablado antes: el ideal de la monarquía universal, lo
cual lo convierte en uno de los precursores del Anticristo. El solo hecho de
pensar que podía ser proclamado dios después de conquistar el mundo, que sería
el gobernante único del mundo, el Emperador Romano, y que los judíos lo
proclamarían emperador – casi como un Mesías – muestra claramente que él fue,
más que cualquiera antes que él en la época moderna, un precursor del
Anticristo. Más adelante veremos que hubo otra figura en la historia moderna
con un papel parecido: Hitler.
Y toda
la Revolución, que comienza con la proclamación de los derechos del hombre y
con la imposición de la igualdad mediante masacres sangrientas y una
despoblación deliberada, la proclamación del comunismo y la llegada al poder de
un gobernante que deseaba ser el gobernante del mundo: todo esto, por lo tanto,
no es sino un ensayo para el futuro reino de este mundo.
Y una
vez que Napoleón fue removido y la monarquía fue restaurada, – veremos que no fue una restauración real –, estas
ideas revolucionarias comienzan a hacerse cada vez más fuertes, y toda la clase
intelectual europea las absorbe con avidez. Cambian algunas ideas, pero el
ideal básico sigue siendo el mismo. Hay algunos pensadores que profundizan un
poco más en la cuestión, algunos son más superficiales. Examinaremos las
perspectivas de diversos autores, así como los episodios revolucionarios que
inspiraron. Pero para entender a la Revolución tenemos que verla no como algo
completo en sí mismo, sino como un intento de irrupción de nuevas fuerzas, de
nuevas fuerzas quiliastas. Más adelante estas fuerzas serán capaces de
apoderarse no solo de la mayor parte de Europa, sino, ahora, de la mayor parte
del mundo, porque entretanto este proceso de apostasía, el Misterio de la
Iniquidad, ha ido mucho más lejos y ha penetrado en la vida de prácticamente
todos los hombres del mundo.




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