martes, 27 de agosto de 2024

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; LA REVOLUCIÓN FRANCESA. Parte VI






 padre Serafín Rose




«Se acostumbra representar a la Revolución como la bella joven de la tela de Delacroix, como la victoria de los altos ideales sobre la prosa de la existencia animal. Y sin embargo, la Revolución consiste exactamente en lo contrario: en el triunfo de la brutal fisiología sobre todo lo hermoso y digno que pueda haber en el ser humano» - Nicolas Kasanzew: El Zar y la revolución








Después de haber analizado las ideas que, desde la Edad Media hasta la época moderna, se han ido sucediendo unas a otras, llegamos ahora a nuestros días, es decir, a la historia de los últimos doscientos años. El periodo anterior a 1789 se llamaba el Antiguo Régimen y antes de la Revolución Francesa todo tenía otro espíritu, mientras que lo que viene después manifiesta un espíritu nuevo. La etapa previa a 1789 se la conoció como el “Antiguo Régimen”, y lo que vino luego constituye la “Época de las Revoluciones”, vigente hoy con el mismo espíritu que tenía a fines del siglo XVIII.

Esto demandará varias conferencias. Seguiremos describiendo históricamente la mentalidad moderna, pero al mismo tiempo emprenderemos otra tarea: examinar la unidad interna de estas ideas, la filosofía de fondo – y, más aún, la teología de fondo – de la mente revolucionaria.

¿Y qué queremos decir al hablar de la “teología” revolucionaria? Así como el cristianismo ortodoxo tiene su teología, toda una estructura dogmática que, cuando uno la cree, cambia cada aspecto de la vida de uno. Así también la mentalidad moderna, que ha alcanzado su forma final en la revolución, tiene todo un sistema de creencias que afecta la totalidad de la vida de uno y moldea la historia.

La idea de que la historia moderna es un juego de azar de fuerzas en conflicto es totalmente poco realista. Hay un esquema preciso, una filosofía o incluso una teología claramente delineada que se está llevando a cabo, tanto que ciertos “profetas” sagaces del modernismo han llegado a prever con anticipación cómo habrá de transformarse el hombre según esta “teología”.

Un poco más adelante daremos más y más ejemplos. Podemos citar, sin embargo, aquí a Nietzsche, quien dice, creo que en la Voluntad de poder: «lo que estoy describiendo aquí es la historia del siglo XX. El triunfo del nihilismo, porque cuando las masas obtengan las ideas que ahora estoy proclamando, habrá una revolución como el mundo nunca ha visto.»[i] Y de hecho las ideas se filtran desde los filósofos hacia las masas y luego se generan cambios tremendos.

O podríamos citar a otro, que también estaba loco, Heinrich Heine, un judío de Alemania, que estaba muy afín a todo este espíritu revolucionario. Y dice algunas cosas que muestran que está en sintonía con lo que se avecina. Escribió una Historia de la religión y la filosofía en Alemania en la que vio con bastante precisión lo que estaba detrás de Lutero, lo que estaba detrás de Kant, Hegel y estos filósofos modernos. Esto fue ya en 1834 cuando escribió esto. Dice, «notad esto, vosotros hombres orgullosos de acción, no sois más que peones inconscientes, trabajadores, de los hombres de pensamiento que, a menudo en la más humilde quietud, os han asignado vuestra inevitable tarea. Maximilian Robespiere fue simplemente la mano de Juan Jacobo Rousseau, la mano sangrienta que extrajo del vientre del tiempo el cuerpo cuya alma Rousseau había creado.»[ii]

En otro lugar incluso hace una profecía sobre su propio país. Les dice a los franceses que los alemanes también van a hacer una revolución. Dice, «los viejos dioses de piedra se levantarán entonces de las ruinas olvidadas y se limpiarán de los ojos el polvo de los siglos. Y Thor con su martillo gigante se levantará de nuevo, y destrozará las catedrales góticas. No sonrías ante la fantasía que prevé en la región de la realidad el mismo estallido de revolución que ha tenido lugar en la región del intelecto», esto lo dice porque Alemania fue de hecho la vanguardia de la filosofía. «El pensamiento precede a la acción como el relámpago al trueno. Claro está, el trueno alemán es alemán; no es muy ágil y su retumbo llega lentamente; con todo, llegará y, cuando oigáis un estampido como nunca se ha oído en la historia del mundo, estad bien seguros de que el trueno alemán ha llegado finalmente a su meta. Ese estrépito hará que las águilas caigan muertas del cielo y los leones del desierto africano más recóndito se vayan con el rabo entre las piernas para esconderse en sus regias cavernas. En comparación con la obra que se representará en Alemania, la Revolución francesa no parecerá sino un idilio inocente. Es verdad: hoy todo está bastante tranquilo y, aun cuando alguien gesticule con cierta vivacidad, no creáis que van a salir a escena los verdaderos actores. Sólo son perritos que corren por la palestra vacía hasta que llegue la hora señalada en que aparezca la tropa de gladiadores para luchar por la vida y la muerte. Y la hora llegará. Como en los escalones de un anfiteatro, las naciones se agruparán alrededor de Alemania para presenciar el terrible combate.»[iii]

Más adelante veremos qué sucede en Alemania cuando efectivamente se desató una gran tormenta revolucionaria.

No existe un autor, un libro de historia o un acontecimiento histórico que, por sí solo, contenga toda la filosofía o la teología que engendró a la modernidad y a la historia revolucionaria. Por eso tendremos que examinar muchos acontecimientos históricos distintos, muchos escritores y filósofos diferentes entre sí, e intentar captar el hilo subyacente que sostiene y guía a toda esta filosofía. Y de hecho es exactamente como acercarse a los Santos Padres. No existe un solo Santo Padre que podamos leer para adquirir toda la enseñanza del cristianismo, porque muchos Santos Padres expresan distintos puntos de vista y presentan diferentes aspectos. Los Padres, en su conjunto, contienen la sabiduría de la Tradición. Los historiadores modernos tienden a afirmar que existen contradicciones entre ellos, y cosas por el estilo. Pero, una vez que uno entra en el espíritu ortodoxo, ve que más bien se complementan entre sí. De este modo surge esa maravillosa armonía que se encuentra en los escritos de los Santos Padres.

De la misma manera, hay el mismo tipo de armonía en todos estos pensadores modernos, en aquellos que están verdaderamente en contacto con el espíritu de su tiempo. Puedes leer uno y obtener un aspecto, leer otro y obtienes un aspecto diferente. Puedes ver en la Revolución francesa un aspecto, en Napoleón un aspecto diferente. Cuando los juntas todos, ves que hay una armonía maravillosa en ello. Todo tiene sentido. Pero tal análisis no se ha hecho realmente antes. Y por lo tanto tendremos que examinar muchísimos aspectos diferentes.

Para comprender la revolución, tenemos que considerar dos dimensiones de la mentalidad moderna: la de los filósofos y la de los activistas. Los filósofos producen las ideas, mientras que los activistas producen los acontecimientos históricos. O, como expresó un temprano historiador de la Revolución Francesa, unos son los “filósofos corruptores”, los que conciben las ideas, y los otros son los “filósofos asesinos”, los que van y masacran al pueblo.

La época moderna, o época revolucionaria, es aquella en la que la filosofía moderna ejerce el impacto más profundo sobre la vida cotidiana. Antes, la filosofía era, en líneas generales, un asunto de las clases altas, de quienes tenían tiempo libre para dedicarse a la reflexión.

A partir de ahora, sin embargo, todos quedan arrastrados hacia la filosofía moderna, porque esta transforma cada detalle de la vida. La filosofía y el activismo, no están completamente separados, sino que se entrelazan. Y así tenemos que entender primero cómo es que se relacionan entre sí.

En primer lugar, la filosofía inspira el acto. Sin la filosofía moderna no habría habido revolución. De hecho, Napoleón incluso dijo, «Sin Jean Jacques Rousseau yo nunca habría existido». En segundo lugar, la filosofía no es algo que viene primero y luego actúan. La filosofía continúa mientras el acto está en marcha. Y podemos decir que consolida lo que el acto ha ganado y sigue empujando a los activistas a ir más lejos. Las acciones revolucionarias son casi siempre obra de un reducido grupo de personas, pero logran imponerse porque cuentan con el apoyo de la mentalidad colectiva, es decir, del espíritu de la época, dispuesta a disculpar cualquier tipo de exceso.

Sin este apoyo de la mentalidad colectiva de su tiempo, la revolución, todas las revoluciones se derrumbarían tan pronto como se eliminase a los conspiradores. Incluso hoy vemos con toda claridad que el comunismo sigue existiendo y dominando a la mitad del mundo precisamente porque Occidente comparte esas mismas ideas fundamentales y, por lo tanto, está dispuesto a exculpar los crímenes del comunismo.

Al examinar los actos de las revoluciones, no nos es posible desenredar con exactitud todo lo que sucede ni ver con precisión quién inspiró cada acción particular, qué sociedad secreta está actuando, dónde hay charlatanes y dónde alguien que simplemente intenta hacerse un nombre. Las propias sociedades secretas – muy implicadas en todas las revoluciones – hacen de su ocultamiento un motivo de orgullo. Por lo tanto, no tenemos ninguna posibilidad de descifrarlo todo y decir con precisión cómo sucedieron las cosas, ni de señalar cada lugar donde se desarrolla una conspiración comunista.

Las cosas son más profundas y no se desarrollan según un guion de tipo “John Birch”, donde alguien es visto con otra persona que es amiga de un comunista, y de ahí se concluye que allí mismo tiene lugar una conspiración comunista. El mundo no funciona necesariamente así. En absoluto.

Lo único que podemos hacer es mirar más profundamente y considerar las ideas que se expresan y las acciones que de ellas resultan. También debemos ver cuán relevantes son y hasta qué punto expresan fielmente la filosofía moderna – la filosofía revolucionaria – así como cuáles están en armonía con el espíritu de la época y están destinadas a generar consecuencias a futuro.

Por lo tanto, en primer lugar, intentaremos trazar el progreso del pensamiento moderno en el seno de la revolución. Y por revolución entiendo, por supuesto, todo el concepto mismo de revolución, que es un concepto universal y que comienza con la Revolución Francesa. Intentaremos mostrar la unidad de todo el movimiento revolucionario y analizar su filosofía teológica y su psicología. Este método nos ofrecerá una perspectiva unificada de la era revolucionaria. Luego, en una conferencia posterior, nos volveremos hacia el aspecto interior, el llamado impulso “espiritual” del hombre moderno, que lo alienta a alcanzar el objetivo final de toda revolución.

Al examinar la Revolución Francesa – que es el punto donde comenzamos, porque es allí donde las ideas modernas tienen su primer gran estallido – tendremos que adoptar un enfoque distinto del que presentan la mayoría de las historias de la Revolución Francesa. Uno puede leer… [en los historiadores que explican estos eventos] que la revolución parece haber sido hecha por personas bien intencionadas, pero que, en ocasiones, algunos exaltados se involucraron en ella; y las circunstancias históricas cambiaron, los peligros externos causaron cambios de planes, todo simplemente no salió como se suponía que debía ser y los idealistas de alguna manera se frustraron y tuvieron que volver y empezar de nuevo. Sin embargo, si observamos cómo se desarrollaron en realidad los acontecimientos históricos, vemos que esta perspectiva esbozada más arriba es muy ingenua. Las cosas no fueron así en absoluto.

No pretendo sugerir que cada pequeño suceso fuera orquestado por conspiradores. Hubo otros motivos, numerosos individuos que querían apropiarse del poder para sí mismos, eliminar a otros y muchos caminos secundarios en los que la revolución se empantanó, para luego regresar a su propósito principal.

Así pues, debemos ver, como he señalado, cuál es la esencia de las diversas transformaciones que tienen lugar y seguir el hilo que se mantiene constante en todos los eventos revolucionarios.

Para profundizar en nuestro análisis, recurriremos a un libro muy interesante sobre este tema. Fue escrito en 1797 por un hombre que estuvo en París durante la Revolución de la década de 1790. Disponemos de una edición de 1818. Se titula Memorias para servir a una historia del jacobinismo de abate Barrúel. B-A-R-R-U-E-L. Sus memorias son invaluables porque estuvo en el centro mismo de los acontecimientos y se enfrentó a pensadores similares a quienes hoy en día siguen argumentando que todo fue un noble proyecto que no resultó.  Realizó un estudio completo basado en numerosos textos –veremos cuáles eran – y demostró que en el corazón de la Revolución había una idea o característica que no era accidental. Y numerosos hechos que ahora las personas y los historiadores tildan de fortuitos, él dice: «No, así lo planearon». Y aporta los textos que lo prueban.

Leeré parte de la introducción de su libro que demuestra este enfoque. El autor escribe:

 

«bajo el desastroso nombre de los Jacobinos [el padre Serafin Rose comenta: que son los radicales que inmediatamente se hicieron cargo de la revolución] apareció una secta en los primeros días de la Revolución francesa, enseñando que los hombres son todos iguales y libres, en nombre de esta igualdad y de esta libertad desorganizadora, pisoteando los altares y los tronos, en nombre de esta misma igualdad y de esta misma libertad, llamando a todas las naciones a los desastres de la rebelión y a los horrores de la anarquía.»

«Desde los primeros momentos de su aparición, esta secta se encontró con trescientos mil miembros fuertes, apoyados por dos millones de brazos que podía poner en movimiento en toda la extensión de Francia, armados de antorchas, picas, hachas y de todos los truenos de la Revolución.»

«Es bajo los auspicios, es por los movimientos, la impulsión, la influencia y la acción de esta secta que se cometieron todas las grandes atrocidades que han inundado un vasto imperio con la sangre de sus obispos, pontífices, sus sacerdotes, sus nobles, sus ricos, sus ciudadanos de todo rango, toda edad, todo sexo. Es por estos mismos hombres que el rey Luis XVI, la reina su esposa, su hermana la princesa Isabel, golpeados por ultrajes e ignominia durante un largo cautiverio, fueron solemnemente asesinados en el cadalso, y todos los soberanos del mundo fueron orgullosamente amenazados con el mismo destino. Es por estos hombres que la revolución francesa se ha convertido en el azote de Europa, el terror de los poderes vanamente unidos para poner fin al progreso de estos ejércitos revolucionarios, más numerosos y más devastadores que la inundación de los vándalos.»

«¿Quiénes son, pues, estos hombres que salen, por así decirlo, de las entrañas de la tierra, con sus dogmas y sus truenos, con todos sus proyectos, todos sus medios y toda la resolución de su ferocidad? ¿Qué es esta secta devoradora»

«¿Cuál podría ser su escuela y quiénes podrían ser sus maestros? ¿Cuáles son sus planes subsiguientes? ¿Esta revolución francesa llevada a término, cesará finalmente de atormentar la tierra, de asesinar a los reyes y de fanatizar a las naciones?»

«Los hemos visto intentar persuadir a la gente de que toda la secta revolucionaria y conspiradora, anterior incluso a la revolución misma, no es más que una secta imaginaria. Para esas personas, todos los males de Francia y todos los terrores de Europa se suceden unos a otros y están conectados únicamente por la simple concurrencia de circunstancias imprevistas, imposibles de prever. Les parece inútil buscar las conspiraciones y los agentes que han tramado las conspiraciones y dirigido la cadena de acontecimientos. Los que, actores, gobiernan hoy no conocen los planes de los que les han precedido. Y los que vendrán después ignorarán igualmente los planes de sus predecesores.»

«Preocupados por una opinión tan falsa, llenos de un prejuicio tan peligroso, estos pretendidos observadores dirán fácilmente a las diversas naciones: que la Revolución francesa no os alarme ya. Es un volcán que se ha abierto sin que nadie pudiera conocer el foco donde fue preparado; pero se agotará, junto con su propio combustible, al chocar con las contrafuerzas que la han visto surgir.

Causas desconocidas en vuestros climas, elementos menos propensos a fermentar, leyes más acordes con vuestro carácter, y una fortuna pública más segura, os anuncian que el destino de Francia no puede convertirse en el vuestro, y en caso que os haya de tocar, será en vano cuanto practiquéis para impedirla, pues que el concurso y fatalidad de las circunstancias os arrastrarán , venciendo toda vuestra repugnancia y resistencia; y no sería de admirar, que las mismas diligencias que practicaréis para alejar el mal, sirvan más para acelerarle y aumentarle.

Tengo en mis manos la memoria de un exministro de Luis XVI, al que se consultó sobre las causas de esta revolución, y en particular sobre los principales conspiradores que sería bueno conocer, y sobre el plan de la conspiración. He leído como pronuncia que sería inútil buscar hombres o una asociación de hombres que pudieran haber planeado la ruina del trono y del altar, o formado algún plan que pudiera llamarse conspiración. ¡Desgraciado Monarca! Cuando los mismos que deberían haber estado velando por ti ignoran incluso el nombre e incluso la existencia de tus enemigos y los de tu pueblo. Es muy sorprendente que tú y tu pueblo seáis las víctimas de ello.»

«Les diremos. En esta revolución francesa, todo, incluyendo sus crímenes más horribles, todo ha sido previsto, planeado, tramado, resuelto, decretado. Todo ha sido el resultado de la infamia más profunda, ya que todo ha sido preparado, provocado por los hombres que solos poseían el hilo de las conspiraciones tramadas hace tiempo en las sociedades secretas, y que han sabido elegir y acelerar los momentos propicios de sus complots.»

«Sí, en estos acontecimientos diarios, existen ciertas circunstancias que parecen ser menos el resultado de complots. No deja de haber una causa de ellos en los agentes secretos que invocarían estos acontecimientos. Que sabrían aprovecharse de estas circunstancias o incluso hacerlas existir. Y que los dirigirían todos hacia el objeto principal. Todas estas circunstancias bien podrían servir de pretexto y ocasión. Pero la gran causa de la revolución, de sus grandes crímenes, de sus grandes atrocidades, sería siempre independiente de estas circunstancias incidentales. Y esta gran causa existe toda dentro de las conspiraciones tramadas hace mucho tiempo.»

«[Al descubrir el objeto y el alcance de estas conspiraciones, debo disipar un error aún más peligroso.] Existe una fatal ilusión entre los hombres que no tendrían dificultad en aceptar que esta revolución francesa ha sido planeada. Pero no tienen miedo de añadir que en la intención de sus autores originales estaba destinada a conducir sólo a la felicidad y a la regeneración de los imperios. Que, si grandes desgracias han venido a interferir con sus planes, es porque se encontraron con grandes obstáculos. Y, además, que no se regenera a un gran pueblo sin grandes agitaciones. Pero que, después de todo, estas tormentas no son eternas. Que las olas se calmarán y la calma volverá. Que entonces las naciones asombradas, en lugar de tener que temer a la revolución francesa, la imitarán aferrándose a sus principios.

Este error es sobre todo lo que los líderes de los jacobinos se esfuerzan aún más por confirmar. Esta explicación fue dada – como los primeros instrumentos de la rebelión – por toda esa banda de constitucionalistas que aún consideran sus decretos sobre los derechos del hombre como una obra maestra del derecho público, y que aún no pierden la esperanza de ver un día al universo entero regenerado por esta rapsodia política. Esta explicación se dio a todos aquellos hombres cuya estúpida credulidad, con todas sus buenas intenciones, no ve más que una desgracia necesaria en los horrores del 10 de agosto y en la masacre del 2 de septiembre, de las que hablaremos. Se la da finalmente a todos aquellos hombres que incluso hoy se consuelan con trescientos o cuatrocientos mil asesinatos, con esos millones de víctimas que la guerra, el hambre, la guillotina, las tribulaciones revolucionarias han costado a Francia. Todos aquellos hombres que aún hoy se consuelan con esta inmensa despoblación, bajo el pretexto de que todos estos horrores acabarán por traer un mejor orden de cosas.»

«Contra esta falsa esperanza, contra todas estas supuestas intenciones de la secta revolucionaria, expongo sus verdaderos planes y sus conspiraciones para realizarlos. Diré, y debo decirlo, pues las pruebas lo demuestran, que la revolución francesa ha sido lo que debía ser, según la intención y espíritu de la secta; Todo el mal que ha hecho, tenía que hacerlo. Todos sus crímenes y todas sus atrocidades no fueron más que un resultado necesario de sus principios y de sus sistemas.

Diré aún más, lejos de prepararnos un orden mejor de cosas, no es más que un ensayo de la fuerza de la secta, pues sus conspiraciones tienen por objeto a todo el mundo.»

«Si entre mis lectores hubiese algunos que dijesen: “Si la secta es lo que dice este escritor, es preciso o acabar con los jacobinos, o perecerán todas las sociedades; pues en todas, sin excepción, a los gobiernos actuales sucederán las convulsiones, los trastornos, los asesinatos y la infernal anarquía de Francia”; responderé que así es: una de las dos cosas ha de suceder, o el desastre universal, o el aniquilamiento de la secta.»

«Aquello que los jacobinos ya han destrozado una primera vez, lo volverán a destrozar.
Perseguirán en las tinieblas el gran objeto de sus conspiraciones; y con nuevos desastres enseñarán a las naciones que toda la Revolución francesa no fue sino el comienzo de la disolución universal que esta secta planea.»

«[Si se ha] visto el delirio, la rabia y la ferocidad de las legiones de la secta. Se las reconoce fácilmente como los instrumentos de todos los crímenes, de todas las devastaciones, de todas las atrocidades de la Revolución Francesa, pero no todos saben que maestros, que escuelas, que instrucciones y que manejos los han hecho tan feroces.»

Su resultado, y el de las pruebas que me han suministrado los archivos de los jacobinos y de sus principales maestros, es que su secta y conspiraciones son el conjunto, o coalición de tres sectas y tres conspiraciones, que muchos años antes de la revolución francesa se reunieron contra los altares, los tronos y las sociedades.»

 

Ya estaba planeado. Los tres elementos que tiene en mente son los filósofos, los masones y los iluminados.

 

«Habéis creído que la Revolución había terminado en Francia, pero la revolución en Francia no es más que un primer intento de los jacobinos; y los votos, los juramentos y los complots del jacobinismo se extienden a Inglaterra, Alemania, Italia, a todas las naciones, así como a la nación francesa.»[iv]

 

Voltaire

 

Ahora intentaremos examinar estas ideas que, antes de la Revolución Francesa, prepararon el camino para la Revolución. Ante todo, se trata de aquello que ya mencionamos brevemente en las conferencias anteriores, a saber, la filosofía de la Ilustración. Barruel considera que el filósofo más importante de la Ilustración, en este respecto, es Voltaire, ya que, cuando aún era joven estando en Inglaterra, se comprometió mediante un juramento a dedicar toda su vida a destruir el cristianismo. De él proviene aquella célebre expresión: «Écrasez l’infâme!», es decir, «¡aplastad lo infame!», refiriéndose a la religión de Cristo, al querer reemplazarla, por supuesto, con su propia religión, es decir, la religión del deísmo.

Él y sus seguidores, como dije, son los que Barruel llama los “philosophes corrupteurs”, los filósofos corruptores. Y los jacobinos son los “philosophes massaceurs”, los filósofos masacradores, los que aún tienen ideas, pero salen y decapitan a la gente. Considera también especialmente significativos a Diderot y D’Alembert, entre los demás filósofos deístas franceses, y a Federico II, rey de Prusia, quien se reunía con frecuencia con Voltaire. Y vemos en esa época – como más tarde con el bolchevismo – que los revolucionarios más desbocados poseen la capacidad de persuadir a príncipes y altos gobernantes para que se sumen a sus planes. Otros pensadores igualmente importantes dentro de los filósofos deístas franceses son, en opinión de Barruel, Diderot y D’Alembert, así como Federico II, rey de Prusia, quien se reunía con frecuencia con Voltaire.

Más adelante diremos algo sobre los judíos, pero por ahora sólo mencionaremos que es interesante que tanto de D’Alambert como Voltaire, en su odio por el cristianismo, intentaron persuadir a varios príncipes para reconstruir el templo en Jerusalén con el fin de demostrar que el cristianismo era falso, de la misma manera que Juliano el Apóstata intentó hacerlo. Incluso escribió una carta a Catalina II. «Por favor, construya el templo en Jerusalén». Pero Catalina era más inteligente que eso.

Muchos de los gobernantes, los pequeños duques en Alemania y los nobles en Francia estaban muy intrigados por estas ideas. Incluso de las más salvajes ideas revolucionarias que eliminaban el cristianismo. Y esa es, por supuesto, una gran razón por la cual la revolución tuvo tanto apoyo.

Pero Catalina II en Rusia, aunque era alemana y demás, era mucho más inteligente que los otros gobernantes. Hasta llego a comentarle a Voltaire que no podía seguir todas sus ideas, aunque fueran muy amigos; y que, si tales ideas se llevaban a la práctica, ya no podría tener su salón ni invitarlo a disertar. Más tarde, cuando comenzó la Revolución Francesa, naturalmente mandó arrestar a todos los masones; y así, para ella, la revolución llegó a su fin.

 

Rousseau

 

Otra corriente filosófica decisiva – la primera está representada por Voltaire y los filósofos deístas, racionalistas que reducían todo a su capacidad de comprensión – y que desempeñó un papel clave en la Revolución fue encarnada por Jean-Jacques Rousseau, el filósofo del sentimiento. Afirmaba tener un espíritu romántico. Rebosaba de emociones sublimes. Siempre encontraba a alguien que lo apoyara en sus aventuras amorosas y en todo lo demás. Se iba al bosque, algún gran príncipe lo mantenía, y él deambulaba por los bosques, y su corazón se henchía de grandes emociones, y esa era su religión. Vivía instalado en sus emociones, en el terreno de lo vago e indefinido.

Pero así como Voltaire reducía todo a la razón, Rousseau reducía todo al sentimiento. Ambas dimensiones – muy fuertes en el ser humano, las dos caras de nuestra naturaleza – penetraron en el espíritu revolucionario. Y la religión del sentimiento es, por supuesto, mucho más accesible a la gente común que la religión de la razón.

Él tenía una filosofía de la naturaleza que fue extremadamente influyente en la Revolución. Con él obtenemos la idea de volver a la naturaleza, alejarse de la artificialidad y la civilización. Aunque no proclamaba tajantemente que hubiera que desechar la civilización, ya que – llegó a decir – puesto que ya estamos corrompidos, más vale estar algo instruidos que ser completamente ignorantes. Sin embargo, oponía la artificialidad de la vida civilizada a la simplicidad que él creía que se encontraba en una vida primitiva. De hecho, llegó a afirmar que el origen de nuestra decadencia se halla en aquel primer momento en que alguien dijo: “Esto es mío”. Incluso estaba en contra de la idea de la propiedad privada.

Escribió un libro, el Emilio, donde expone la educación de un muchacho al que, en teoría, casi no se le debe enseñar nada, pues su naturaleza debe abrirse paso por sí sola. Y el maestro sólo elimina obstáculos para el desarrollo de la naturaleza en el niño. No hay autoridad externa. No se le imparte ninguna religión; al llegar a la adultez, será él quien escoja la suya, libre de prejuicios, hábitos o creencias previas.

No hay autoridad externa. No se le da religión. Cuando crezca, es el momento de que elija su propia religión. No tendrá prejuicios ni hábitos ni religión. Llego incluso a afirmar que el niño hasta la edad de doce años debería de ser capaz de decir cuál es la diferencia entre su mano izquierda y su mano derecha, con el motivo de no ser corrompido por el conocimiento

Voltaire, cuando leyó este libro, le escribió a Rousseau que al leer el libro le hizo sentir como si caminara en cuatro patas, «pero, dado que han pasado más de sesenta años desde la última vez que hice eso, me es imposible retomar el hábito». Pese a estas ironías, a un nivel profundo estaban de acuerdo: uno destruía todo salvo la razón, y el otro destruía todo salvo el sentimiento. Así pues, aunque sus puntos de vista fueran distintos – sobre todo porque a Rousseau no le agradaba ese racionalismo complicado – su impacto repercutió en mayor grado, ya que ambas corrientes confluirían y serian proyectadas sobre los activistas revolucionarios, que tomarán inspiración de ambas.

En política desarrolló la idea de que la soberanía no proviene de Dios, no de las clases altas, sino que proviene del pueblo. Por supuesto, esta es la gran idea de la revolución. Pero, como veremos más adelante, su propia filosofía ya justifica el extraño hecho de que aquellos inspirados por esta idea terminan estableciendo la tiranía. Porque dijo que la voluntad general es superior a la voluntad individual. Pensó que una vez que los reyes fueran derrocados, todos serían espontáneamente felices y tendrían la misma voluntad. Pero si no sucede, entonces las masas deben dictar al individuo.

Rousseau afirmó que «el hombre nace libre, y sin embargo, está encadenado por todas partes». Por supuesto, esta idea revolucionaria armonizaba perfectamente con Marx. Era tan deísta como Voltaire, pero su deísmo no era tan profundo y consistía únicamente en sus propios sentimientos hacia Dios.   Rousseau también creía en la inmortalidad. Pero esta fe era meramente subjetiva. Todos los dogmas estaban subordinados a su corazón. Y su oración nunca fue una petición, porque no creía que ningún Dios respondiera a las oraciones, era más bien un estallido de entusiasmo, de alegría en la naturaleza que se convertía en un himno de alabanza al Gran Ser, es decir, el gran Dios del Deísmo.

En su República Ideal dijo que no se debería permitir ninguna religión intolerante, incluido el cristianismo. Según su plan, debía proclamarse una fe completamente civil, formulada en artículos que serán los de los sentimientos cívicos, sin los cuales es imposible ser un buen ciudadano o un súbdito fiel. En otras palabras, nos encontramos ante una nueva religión, más bien autocrática. Puesto que toda la sociedad debe tener una sola religión, quienes no acepten esta religión tendrán que emigrar. Y si alguien acepta la religión, pero luego actúa en contra de ella, deberá ser ejecutado.

De modo que estas son las dos corrientes filosóficas constituyentes de la mentalidad revolucionaria: por una parte, la convicción de que uno puede, por sí solo, diseñar un sistema capaz de organizar la sociedad de manera más armoniosa; y por otra, la confianza en que los sentimientos personales me conducirán hacia la verdad. En ninguno de ambos casos existe salvaguarda alguna: la revelación, la tradición y Dios han desaparecido. El único Dios que queda es un Dios nebuloso, el Dios del deísmo.

Y nosotros, los cristianos ortodoxos, sabemos que aquel quien rechaza la revelación, la tradición y la Iglesia, y acepta cualquier cosa que le diga su mente o que le dicten sus sentimientos, ¿le abre el camino a qué?; a que Satanás entre, porque Satanás entra por medio de los pensamientos, por medio de los sentimientos. Y veremos que estos estallidos revolucionarios no pueden explicarse a menos que reconozcamos de que es Satanás quién está dirigiendo las cosas. Él inspira a estas personas con cualquier tipo de ideas, a urdir toda clase de complots.

 

Sociedades secretas

 

Pero a estos dos elementos filosóficos se añade ahora un tercer elemento, que es el de las sociedades secretas. Por supuesto, las sociedades secretas tienen una existencia subterránea a lo largo de todo el período anterior a la Ilustración, pero es especialmente en el siglo XVIII cuando nace una nueva secta, o al menos una reorganizada, y esa es la masonería, que nació en Inglaterra en 1717 y muy pronto se extendió sobre Francia, América y el resto de Europa. Más adelante veremos que la masonería de Inglaterra y de América llegó a ser algo bastante distinto a la masonería del continente, en específico a la de los países católicos. Y la razón de esto no es tan difícil de entender.

La mentalidad inglesa, que ya había aportado al mundo la filosofía del deísmo, es lo que se suele llamar una mentalidad “conservadora”. En otras palabras, es capaz de aceptar casi cualquier creencia y quedar satisfecha, sin llevarla a sus últimas conclusiones lógicas. Como David Hume de quien más adelante veremos como reduce a la nada el mundo entero, luego se recuesta satisfecho, toma su café y fuma su pipa, sin percatarse de que ha engendrado ideas que conducirán a las personas a la desesperación.

De la misma manera, la masonería inglesa nació del espíritu de tolerancia y de la búsqueda de algún tipo de creencia religiosa que no fuera ni católica ni protestante, sino que uniera a todos los hombres de buena voluntad. Y con eso quedaron satisfechos. Tenían una religión deísta, el Gran Arquitecto. No se discutían diferencias religiosas en la logia. En la Logia no se discutían diferencias religiosas. La religión debía quedar afuera. Para los ingleses y, más tarde, para los estadounidenses, eso era suficiente. Si crees en Dios, vas a tu iglesia protestante o a tu iglesia anglicana y eres feliz.

 

b. Illuminatis: (Adam) Weischaupt, nacido en 1748, Jesuita, pero que luego los odió, se volvió hacia los filósofos franceses, los maniqueos y las doctrinas ocultas. Filosofía muy similar a la de Rousseau, pero añadió una sociedad secreta revolucionaria, el 1 de mayo de 1776, una combinación de masonería y jesuitismo.

 

Las mismas ideas de la masonería, las ideas de una hermandad de hombres, que es algo por encima del catolicismo o el protestantismo, cuando fueron al continente inflaron las mentes de los hombres y los hicieron bastante radicales.

Existe en particular un tipo de masonería que, al parecer, se desarrolló por separado. Se trata de la secta de los Iluminados, que constituye la creación de un solo hombre, llamado Adam Weishaupt. Nació en 1748, recibió una educación jesuita y, más tarde, llegó a aborrecer a los jesuitas; se volcó hacia los filósofos franceses, hacia la filosofía maniquea y, por lo visto, recibió algún tipo de iniciación ocultista en una de las muchas sectas esotéricas.

Examinemos aquí algunas de sus opiniones. Weishaupt sostiene, al igual que Rousseau, que la civilización constituye un gran error del cual se derivan todas las desigualdades de la vida humana. Dice, «El hombre ha caído del estado de su libertad e igualdad originales, del estado de pura naturaleza. Se halla bajo subordinación y servidumbre civil, surgidas de los vicios del hombre. Esta es la caída y el pecado original»[v]. Nótese que usa el término cristiano aquí de “pecado original”. Más adelante veremos cómo todo esto es una imitación del cristianismo.

Según él, todas las artes y ciencias deben ser abolidas. Dice, «¿proporcionan las ciencias comunes una verdadera iluminación, una verdadera felicidad humana? ¿O no son más bien hijas de la necesidad, de las necesidades complicadas de un estado contrario a de la naturaleza, las invenciones de cerebros vanos y vacíos?»[vi]

«¿Por qué, [se pregunta Weischaupt], debería ser imposible para la raza humana alcanzar su máxima perfección, la capacidad de gobernarse a sí misma?»[vii] Por esta razón, enseñó que «no sólo deberían abolirse los reyes y nobles, sino que incluso una república no debería ser tolerada, y se debería enseñar a la gente a prescindir de cualquier autoridad controladora, cualquier ley o cualquier código civil».[viii]

Para que este sistema tenga éxito, sólo sería necesario inculcar en el hombre «una moralidad justa y constante»[ix], y dado que Weischaupt profesaba compartir la creencia de Rousseau en la bondad inherente de la naturaleza humana, esto no sería difícil. Y la sociedad «podría entonces, seguir pacíficamente en un estado de perfecta libertad e igualdad.»[x] Porque dado que el único obstáculo real para la perfección humana residía en las restricciones impuestas al hombre por las condiciones artificiales de la vida, la eliminación de éstas inevitablemente lo restauraría a su virtud primitiva. «El hombre no es malo excepto en la medida en que es hecho así por la moralidad arbitraria. Es malo porque la religión, el Estado y los malos ejemplos lo pervierten.»[xi] Por lo tanto, era necesario erradicar de su mente toda idea de un Más Allá, todo temor a la retribución por las malas acciones, y sustituir estas supersticiones por la religión de la Razón. «Cuando al menos la razón se convierta en la religión de los hombres, entonces se resolverá el problema.[xii]

Después de la liberación de la esclavitud de la religión, debe seguir el aflojamiento de todos los lazos sociales. Tanto la vida familiar como la nacional deben dejar de existir para hacer de la raza humana «una buena y feliz familia.» Los orígenes del patriotismo y el amor a los parientes son descritos así por Weischaupt en las instrucciones dadas a sus hierofantes para la instrucción de los iniciados:

 

«En el momento en que los hombres se unieron en naciones dejaron de reconocerse bajo un nombre común. El nacionalismo o el amor nacional tomaron el lugar del amor universal. Con la división del globo y sus países, la benevolencia se restringió detrás de fronteras que nunca más debía transgredir. Entonces se convirtió en una virtud expandirse a expensas de aquellos que no estaban bajo nuestro dominio. Entonces, para alcanzar este objetivo, se volvió permisible despreciar a los extranjeros, y engañarlos. Esta virtud se llamó patriotismo. Ese hombre fue llamado patriota, quien, mientras era justo con su propio pueblo, era injusto con los demás, quien se cegaba a los méritos de los extranjeros y tomaba por perfecciones los vicios de su propio país. Así se ve que el patriotismo dio origen al localismo, al espíritu de familia, y finalmente al egoísmo. Así, el origen de los estados o gobiernos de la sociedad civil fue la semilla de la discordia y el patriotismo encontró su castigo en sí mismo. Disminuid, eliminad este amor a la patria, y los hombres volverán a conocerse y amarse unos a otros como hombres. No habrá más parcialidad. Los lazos entre los corazones se desenrollarán y se extenderán.»[xiii]

«Con estas palabras, pura expresión del internacionalismo tal como se expone hoy, Weischaupt mostró una ignorancia de las condiciones de vida primigenias tan profunda como la de Rousseau. La idea de que el hombre paleolítico –cuyo esqueleto suele ser exhumado con un instrumento de sílex u otra arma de guerra aferrada en la mano – haya pasado su existencia en un estado de “amor universal” es sencillamente ridícula.  Sin embargo, no fue en sus diatribas contra la civilización donde Weischaupt superó a Rousseau, sino en el plan que ideó para derrocarla. Rousseau simplemente había allanado el camino para la revolución. Weischaupt construyó la maquinaria real de la revolución misma.»[xiv]

«El 1.º de mayo de 1776, después de cinco años de meditación, Weishaupt dio finalmente forma a la sociedad secreta que bautizó, en memoria de antiguos sistemas filosóficos, como los Iluminati.»[xv]

 

Webster págs. 11-12,13.[1] Abolición de la religión, obediencia absoluta

 

«Los grados de la Orden eran una combinación de los grados de la masonería y los grados pertenecientes a los jesuitas. Weischaupt, como ya se ha dicho, detestaba a los jesuitas, pero reconociendo la eficiencia de sus métodos para adquirir influencia sobre las mentes de sus discípulos, concibió la idea de adoptar su sistema para su propio propósito. “Admiraba”, dice el Abbé Barruel, “las instituciones de los fundadores de esta Orden, admiraba sobre todo esas leyes, ese régimen de los jesuitas, que bajo una sola cabeza hacía que tantos hombres dispersos por todo el universo tendieran hacia el mismo objetivo. Sentía que uno podría imitar sus métodos mientras se proponía a sí mismo objetivos diametralmente opuestos. Se decía a sí mismo:

‘Lo que todos estos hombres han hecho por los altares y los imperios, ¿por qué no habría de hacerlo yo contra los altares y contra los imperios? Mediante el atractivo de los misterios, de las leyendas, de los adeptos, ¿por qué no destruiría yo en la oscuridad lo que ellos erigen a la luz del día?’ ”»

«Weishaupt reveló su mayor sutileza en la formación de adeptos.
Los nuevos prosélitos no podían ser introducidos de golpe en los objetivos secretos de los iluminados, sino gradualmente, a través de una iniciación escalonada en los misterios superiores. Era indispensable extremar la cautela para evitar que el novicio conociera doctrinas capaces de escandalizarlo.

Con este fin, quienes los iniciaban debían cultivar la práctica de “hablar en sentidos opuestos”, de modo que no se comprometieran a nada.

“Hay que hablar”, instruyó Weishaupt a los Superiores de la Orden, “unas veces de un modo, otras veces de otro, para que nuestro verdadero fin permanezca impenetrable para quienes nos están subordinados.”»

«Así, a ciertos novicios, (los novices ecossais) los Illuminati debían profesar su desaprobación a las revoluciones y demostrar las ventajas de proceder por métodos pacíficos hacia la consecución de la dominación mundial

«Más adelante, el pasaje afirma vagamente que este no es el caso y que la Orden no exige del iniciado más que el cumplimiento de sus obligaciones. No se permitían ataques a la religión; por el contrario, Cristo debía ser presentado como el padre espiritual del Iluminismo, cuya misión secreta era restaurar a los hombres la libertad y la igualdad originales perdidas por la humanidad con su caída. Se le explicaba al novicio que «nadie ha allanado el camino a la libertad con tanta seguridad como nuestro Gran Maestro Jesús de Nazaret, y si Cristo llamó a sus discípulos a despreciar la riqueza, fue solo para preparar a los hombres para esa comunidad de bienes que pondría fin a la propiedad»

 

Webster págs. 13-14. Novicios iniciados paso a paso en los “misterios elevados”

 

«El adepto no conocía los verdaderos fines de los Iluminati respecto de la religión hasta que no era recibido en los grados superiores.

Cuando alcanzaba el grado de Iluminado Mayor o Menor, de Caballero Escocés o de Sacerdote, entonces conocía todos los secretos de la Orden mediante un discurso pronunciado por quien lo había iniciado:

“Recuerda que desde las primeras invitaciones que te hemos dado para atraerte a nosotros, comenzamos diciéndote que en los proyectos de nuestra Orden no entraban diseños contra la religión. Recuerda con cuánta destreza, con cuánta reverencia fingida te hablamos de Cristo y de Su evangelio.

Pero en los grados superiores de los Iluminados – el de Caballero Escocés o el de Sacerdote – debemos saber cómo convertir el evangelio de Cristo en nuestro propio evangelio, y su religión en una religión de la naturaleza; y de la religión, la razón, la moralidad y la naturaleza, hacer la religión y la moralidad de los derechos del hombre, de la igualdad y de la libertad.

Tuvimos que superar muchos de tus prejuicios antes de poder convencerte de que la religión de Cristo no es otra cosa que obra de sacerdotes, de la impostura y de la tiranía.
Si así ocurre con una religión tan celebrada y admirada, ¿cómo debemos ver, entonces, a las demás religiones?

Entiende entonces que todas tienen las mismas ficciones por origen, que todas están igualmente fundadas en la mentira, el error, la quimera y la impostura. Contempla nuestro secreto... Si para destruir a toda la cristiandad, a toda religión, hemos pretendido tener la única religión verdadera, recuerda que el fin justifica los medios, y que los sabios deben usar todos los medios para hacer el bien que los malvados usan para hacer el mal. Los medios que hemos utilizado para liberarte, los que hemos utilizado para liberar un día a la raza humana de toda religión, no es sino una mentira piadosa que revelaremos llegado el momento, en el grado de Magus o de Filósofo Iluminado.”

Pero nada de esto era dado a conocer al novicio, cuya confianza – una vez ganada mediante la simulación de religiosidad – era orientada hacia una obediencia estricta. Entre las preguntas que se le hacían estaban las siguientes:

“Si descubrieras que se hace algo incorrecto o injusto bajo la Orden, ¿qué actitud tomarías?

·  ¿Considerarás y podrás considerar el bien de la Orden como tu propio bien?

·  ¿Cederás a nuestra Sociedad el derecho sobre tu vida y tu muerte?

·  ¿Te comprometes a una obediencia absoluta y sin reservas? ¿Y conoces la fuerza de este compromiso?”

A modo de advertencia sobre las consecuencias de traicionar a la orden, se incluía una ilustración contundente en la ceremonia de iniciación. Tomando una espada desnuda de la mesa, el Iniciador sostenía la punta contra el corazón del novicio con estas palabras:

“Si eres solo un traidor y perjuro, aprende que todos nuestros hermanos están llamados a armarse contra ti. No esperes escapar ni encontrar un lugar seguro. Dondequiera que estés, la vergüenza, el remordimiento y la ira de nuestros hermanos te perseguirán y te atormentarán hasta los recovecos más profundos de tus entrañas.”

Un punto de gran importancia inculcado a los adeptos – cuya relevancia veremos más adelante – era que no debían ser conocidos como Iluminados; esta regla se aplicaba con especial rigor en el caso de aquellos descritos como “reclutadores”»

 

Las mujeres y los ricos ingenuos debían ser utilizados.

 

«Las mujeres, igualmente, debían ser reclutadas como illuminatis mediante “promesas veladas de emancipación”. “A través de las mujeres”, escribió Weishaupt, “con la ayuda de las mujeres pueden lograrse las mejores cosas del mundo, y convertirlas en aliadas y ganarlas para la causa de la Orden debería ser una de las preocupaciones más importantes. En mayor o menor medida, todas pueden ser orientadas hacia un cambio por medio de la vanidad, la curiosidad, la sensualidad y sus inclinaciones. De todo ello, nuestra causa puede obtener muchísimo provecho. Este sexo tiene una gran parte del mundo en sus manos.”

Las mujeres Illuminati se dividirían en dos categorías, cada una con su propio propósito: la primera, compuesta por mujeres virtuosas, que habrían de dar un aire de respetabilidad a la Orden; la segunda, por “mujeres ligeras”, “que ayudarían a satisfacer a aquellos hermanos inclinados al placer”.

 Además, mujeres de ambos tipos podían ser utilizadas para financiar la orden. Tontos con dinero, ya sean hombres o mujeres, debían ser especialmente bienvenidos. “Estás buenas personas”, escribió Espartaco a Hayax y Catón, “inflan nuestros números y llenan nuestra caja de dinero. Pónganse a trabajar. Estos caballeros deben ser llevados a picar el anzuelo. Pero cuidemos de no contarles nuestros secretos. A este tipo de gente siempre se les debe hacer creer que el grado que han alcanzado es el último”»

 

págs. 15-16. Sistema de espionaje universal

 

«El espionaje formaba una gran parte del programa de Weishaupt. Se instaba a los adeptos conocidos como los “hermanos insinuantes” a asumir el papel de “observadores” y “reporteros”. “Cada persona será hecha una espía de otra y de todos a su alrededor”. “Amigos, parientes, enemigos, desconocidos, todos, sin excepción, deben convertirse en objeto de la atención del ‘observador’; este debe esforzarse por descubrir sus fortalezas y debilidades, sus pasiones, sus prejuicios, sus conexiones, rastrear sus acciones; en una palabra, recopilar la información más detallada sobre ellos”. Esta información se registraba en un cuaderno que el espía llevaba consigo y que contenía todos los datos de los informes que se presentaban dos veces al mes a los ancianos para que la Orden pueda saber a qué personas en cada ciudad y pueblo puede recurrir para obtener apoyo.»

 

Anticiencia y civilización en general: Las ciencias son “las necesidades complicadas de un estado contrario a la naturaleza. Las invenciones de cerebros vanidosos y vacíos” Envió “apóstoles” – Barruel IV, pág. 9.[2].

 

«En el primer año de la creación de la secta Illuminati, el cruel ateo Weishaupt, imitando al Dios del cristianismo, concibió en estos términos las órdenes que daría a Massenhausen para propagar su nuevo Evangelio, “¿no envió Jesucristo a sus apóstoles a predicar por todo el universo? Tú eres mi Pedro ¿Por qué te permitiría estar ocioso y tranquilo en casa? Ve, entonces, y predica.”»

 

El martinismo también es importante: En 1775 el libro de Saint Martin, llamado “Libertad, Igualdad y Fraternidad” la “ternaria sagrada”[3]

 

«En el libro de San Martín, Sobre el error y la verdad, publicado en 1775, la fórmula “Libertad, Igualdad y Fraternidad” se la menciona como la “santísima trinidad”[xvi]». 

«Los martinistas, a menudo referidos en los registros contemporáneos franceses como los Iluminados, eran en realidad soñadores y fanáticos y no deben ser confundidos con la orden de los Iluminados de Baviera que comenzó a existir veintidós años después. Fue por esta, terrible y formidable secta, que el plan gigantesco de la Revolución Mundial se trabajó bajo el liderazgo del hombre a quien Lois Blanc ha descrito verdaderamente como «el conspirador más profundo que ha existido. [Weishaupt]»

 

c. 1782. Congreso de Wilhelmsbod, Iluminismo y masonería unidos para perseguir un fin común. Se atributan 3 millones de miembros. Cita de “el trágico secreto” Webster. p. 19

 

«Pero no fue hasta el Congreso de Wilhelmsbad que la alianza entre el Iluminismo y la Masonería se selló finalmente. Esta asamblea, cuya ulterior importancia para la historia del mundo nunca fue contemplada por los historiadores, se reunió por primera vez el 16 de julio de 1782, e incluyó representantes de todas las Sociedades Secretas – Martinistas, así como Masones e Illuminatis – que ahora contaban con no menos de tres millones de miembros en todo el mundo. Entre estas diferentes órdenes, solo los Illuminati de Baviera habían formulado un plan de campaña definitivo, y fueron ellos quienes a partir de entonces tomaron el liderazgo. Fuera del mundo, nunca se conocerá lo que ocurrió en este terrible Congreso, ya que incluso aquellos hombres que habían sido atraídos de manera inadvertida al movimiento, y ahora escuchaban por primera vez los verdaderos designios de los líderes, estaban bajo juramento de no revelar nada. Uno de estos masones honestos, el conde de Virieu, miembro de una logia martinista en Lyon, al regresar del Congreso de Wilhelmsbad no pudo ocultar su alarma, y cuando se le preguntó sobre los “trágicos secretos” que había traído consigo, respondió: “No los confiaré a usted. Solo puedo decirle que todo esto es mucho más serio de lo que piensa. La conspiración que se está tejiendo está tan bien pensada que será, por así decirlo, imposible que la Monarquía y la Iglesia escapen de ella.” Desde ese momento, el conde de Virieu sólo podía hablar de la masonería con horror.»

 

d. 1784. El elector de Baviera prohibió todas las sociedades secretas. 1785. Los Illuminati fueron arrestados y juzgados, y sus documentos se hicieron públicos: recetas para bombas, una descripción de su objetivo, etc. [Webster] pág. 25.

 

«Sin embargo, la opinión pública se había movilizado por completo respecto al tema de la sociedad. El elector de Baviera, informado del peligro que constituían para el Estado sus adeptos – quienes, se decía, habían declarado que “los Iluminados deben gobernar el mundo en algún momento” – publicó un edicto prohibiendo todas las sociedades secretas. En abril del año siguiente, 1785 cuatro otros Iluminados, descontentos por la tiranía de Weishaupt, fueron citados ante un tribunal de investigación para dar cuenta de las doctrinas y métodos de la secta. El testimonio de estos hombres no dejó lugar a dudas sobre la naturaleza diabólica del iluminismo. Toda religión, declararon, todo amor por la patria y lealtad a los soberanos, debían ser aniquilados, un lema favorito de la Orden era:

 

“Tous les rois et tous les prêtres,

sont des fripons et des traîtres”[xvii]

 

Además, se haría todo lo posible para crear discordia no sólo entre los príncipes y sus súbditos, sino entre los ministros y sus secretarios, e incluso entre padres e hijos. Mientras que el suicidio debía ser fomentado, inculcando en la mente de las personas la idea de que el acto de matarse a uno mismo proporcionaba un cierto placer voluptuoso. El espionaje se extendería incluso al correo mediante la colocación de adeptos en las oficinas de correos que poseían el arte de abrir cartas y volver a cerrarlas sin temor a ser detectados. Robison, quien estudió toda la evidencia de los cuatro profesores, resume así el plan de Weishaupt tal como fue revelado por ellos:

“La Orden de los Iluminados abjuro del Cristianismo y abogó por los placeres sensuales. En las logias, la muerte fue declarada un sueño eterno. El patriotismo y la lealtad se calificaban como inherentes a la estrechez mental e incompatibles con la benevolencia universal. Además, consideraban a todos los monarcas como usurpadores y tiranos, y a todas las clases privilegiadas de la sociedad como sus cómplices. Pretendían abolir las leyes que protegían la propiedad acumulada mediante esfuerzos prolongados y exitosos, y evitar en el futuro la existencia de tales riquezas. Tenían la intención de establecer la libertad y la igualdad universales, considerándolas derechos inalienables del hombre… y como primer paso en esta dirección querían erradicar por completo la religión y la moral convencional e incluso cortar los lazos familiares, destruyendo el sacramento del matrimonio y eliminando a los padres del proceso de crianza de los hijos.”»

«Reducidos a una fórmula simple, los objetivos de los Iluminados pueden resumirse en los siguientes seis puntos.

-          1. Abolición de la monarquía y de todo gobierno ordenado.

-          2. Abolición de la propiedad privada.

-          3. Abolición de la herencia.

-          4. Abolición del patriotismo.

-          5. Abolición de la familia, (es decir, del matrimonio y de toda moralidad, y de la institución de la educación comunitaria de los niños).

-          6. Abolición de toda religión.»


«Ahora bien, seguramente se admitirá que lo anterior constituye un programa sin precedentes en la historia de la civilización. Las teorías comunistas habían sido sostenidas por pensadores aislados o grupos de pensadores desde los días de Platón. Pero nadie, hasta donde sabemos, había propuesto seriamente destruir todo aquello sobre lo cual se asienta la civilización. Además, si consideramos que, como veremos más adelante, el programa del Iluminismo, esbozado en estos seis puntos, se presenta hoy como un programa para la Revolución Mundial, ¿cabe duda de que tras él se esconde un movimiento originado con los Illuminati o formado bajo su influencia secreta?

El 11 de octubre de 1786, las autoridades bávaras entraron en la casa de Zwack y confiscaron documentos que revelaban los métodos de operación de los conspiradores. Allí se encontraron descripciones de una caja fuerte para guardar documentos con elementos de "autodefensa" (al ser abierta por un extraño, explotaba con la ayuda de una máquina infernal); así como de una sustancia que, al ser lanzada al rostro, podía cegar o matar. También se encontraron instrucciones para falsificar sellos, recetas de una variedad especialmente mortífera de “aqua toffana”, de perfumes ponzoñosos capaces de llenar una alcoba con vapores pestilentes, y de un té preparado para provocar el aborto. También descubrieron un panegírico al ateísmo titulado Mejor que Horus y un manuscrito de Zwack que describe el plan antes mencionado para reclutar dos categorías de mujeres:

“Serán de gran ayuda y nos proporcionarán mucha información y fondos, y al mismo tiempo estarán al gusto de muchos de nuestros miembros más devotos, que son amantes de los placeres carnales.
Habrá dos clases: las virtuosas y las libertinas… No deben conocerse entre sí y deben estar bajo la dirección de los hombres, pero sin saberlo… las primeras por medio de buenos libros, las otras mediante la satisfacción secreta de sus pasiones.”

El peligro temible presentado por los Illuminati ahora se hizo evidente, y el gobierno de Baviera, juzgando que la mejor manera de transmitir una advertencia al mundo civilizado sería permitir que los documentos hablaran por sí mismos. Ordenó que se imprimieran de inmediato y se distribuyeran lo más ampliamente posible. Una copia de esta publicación, titulada Escritos originales de la orden de los Illuminati, fue enviada a cada gobierno de Europa. Pero, extrañamente, atrajo poca atención, siendo la verdad sin duda – como indica el abate Barruel – que la extravagancia del plan allí propuesto lo volvía inverosímil, y los gobernantes de Europa, rehusando conceder seriedad al iluminismo, lo descartaron como una mera quimera.»

 

C. La revolución.

 

1.            La convocatoria de los Estados Generales debido a las dificultades financieras fue el pretexto para que las ideas de la Ilustración se pusieran en marcha. La Revolución fue radical desde el principio y contó con un inmenso apoyo del “espíritu de la época.”

2.            Jacobinos: Tomaron la delantera desde el principio, el único partido real. Acordaron de antemano la política en la Asamblea Nacional. Bien organizados, 406 sociedades afiliadas en las provincias con 500.000 miembros para 1793, tomaron el control, el poder de las sociedades secretas.

 

«Concebido no muchos años antes de la Revolución Francesa, en la mente de un hombre cuya ambición entera parecía consumirse en Ingolstadt entre el polvo de tiza de las escuelas, ¿cómo es que el Iluminismo, en menos de veinte años, se convirtió en esa formidable secta que, bajo el nombre de los Jacobinos, cuenta hoy como sus trofeos tantos altares caídos en pedazos, tantos cetros rotos o mutilados, tantas constituciones derrocadas, tantas naciones subyugadas, tantos Potentados caídos bajo sus dagas, sus venenos o sus verdugos, y tantos otros Potentados humillados bajo el yugo de una servidumbre llamada “paz”, o de una servidumbre aún más deshonrosa llamada “alianza”?

Bajo este mismo nombre de Jacobinos, absorbiendo simultáneamente todos los secretos, todas las conspiraciones, todas las sectas de infieles juramentados, de intrigantes sediciosos, de conspiradores desorganizadores, ¿cómo es posible que el Iluminismo erija un dominio tal de temor que, teniendo al universo sobrecogido, no permita que ni un solo rey diga: “mañana seguiré siendo rey”; ni un solo pueblo: “mañana aún tendré mis leyes y mi religión”; ni un solo ciudadano: “mañana mi fortuna y mi casa seguirán siendo mías; mañana no despertaré bajo el árbol de la Libertad a un lado, y el árbol de la muerte, la ávida guillotina, al otro”?.

Autores invisibles, ¿cómo es posible que el secreto de los adeptos del Espartaco de nuestros días presida sobre todos los crímenes, todos los desastres de esta peste de vilezas y ferocidades llamada Revolución? ¿Cómo es que sigue dominando todas las acciones de la secta, con el fin de llevar a la desesperación y a la destrucción a las sociedades humanas?»

 

Las órdenes de los jacobinos fueron obedecidas instantáneamente. Beben la sangre de los demás “hasta la muerte de los reyes”. La caída de la monarquía en Occidente en 1792. La destrucción comienza en serio.

 

«Encontré la carta. Estaba compuesta en estos términos. “Tu carta, mi querido amigo, ha sido leída en presencia de todo el club. Fue sorprendente encontrar tanta filosofía en un cura de aldea. No temas, mi querido cura. Somos trescientos. Marcamos las cabezas, y ellos caen. En cuanto a lo que hablas, aún no es el momento. Sólo mantén a tu gente lista. Dispone a tus feligreses para ejecutar las órdenes, y se te darán a su debido tiempo.”

Esta carta estaba firmada: – Dietrich, secretario. –

En cuanto a las reflexiones que sugiere esta carta añadiré únicamente que la organización desde la cual fue enviada había cambiado su lugar de reunión para trasladarse al suburbio de Saint-Honoré, y allí permaneció sin conocimiento de la Corte; hasta el momento de que se diera una vez más una orgía convocada con el propósito de comunicarle de nuevo al Rey el destino que le esperaba.

Después de uno de esos festines celebrados en nombre de la fraternidad, todos los Hermanos se pinchaban los brazos y vertían su sangre en sus vasos; todos bebían de esta sangre, después de haber gritado, “Muerte a los reyes”, y este sería el último brindis de su banquete fraternal. La carta identifica además a los hombres que formaban la legión de los Mil Doscientos propuesta por Jean de Brie ante la Convención, cuyo fin era diseminarse por los distintos Estados para asesinar a todos los monarcas.»

 

3. Violencia: la interpretación común — incidental, pasiones exacerbadas, defensa nacional, etc. Pero la evidencia apunta a un uso deliberado: cuando hay verdaderos agravios, son explotados por políticos astutos para promover la Revolución. El gran rol de los agitadores.


                (1)  El “Gran Miedo”, julio de 1789:

 

Webster págs. 32-33.

 

«Pero, sea cual fuere la causa que se le atribuya, el mecanismo de la Revolución Francesa la distingue de todas las revoluciones precedentes. Hasta ahora, las revoluciones aisladas que habían tenido lugar a lo largo de la historia del mundo pueden reconocerse claramente como movimientos espontáneos provocados por la opresión o por una facción política que gozaba de cierto apoyo popular. Y por lo tanto se esforzaban por satisfacer las demandas del pueblo. Pero en la Revolución Francesa vemos por primera vez que el plan en operación, que se ha llevado a cabo hasta el momento presente, es el intento sistemático de fabricar agravios para luego explotarlos.

El ejemplo más notable de agitación orquestada durante las primeras etapas de la Revolución fue el extraordinario incidente conocido en la historia como “el Gran Miedo”. Cuando el mismo día, el 22 de julio de 1789, y casi a la misma hora, en ciudades y pueblos de toda Francia, se creó un pánico con el anuncio de que se acercaban bandidos, y por lo tanto, todos los buenos ciudadanos debían tomar las armas. Los mensajeros, que llegaban al galope difundiendo la noticia, portaban con frecuencia edictos con el encabezado Edicto del Rey, seguidas de las palabras: “¡El Rey ordena que todos los castillos sean incendiados; sólo desea conservar el suyo!”. Y el pueblo, obediente a estos mandatos, se apoderó de todas las armas que pudo encontrar y se dedicó a la tarea de destrucción. El objetivo de los conspiradores se logró así. Armar a la población contra la ley y el orden, estrategia que desde 1789 hasta hoy ha constituido siempre el primer punto en el programa de la revolución social.»

 

Protesta de mujeres 5 de octubre de 1789: Mujeres también vestidas como hombres, muchas forzadas convertirse en participes.

(2)  El Reinado del Terror bajo Robespierre supuestamente invocado por la invasión extranjera, buscando “enemigos del pueblo” en el interior; Esto como un medio de gobernar, (cf. Comunismo). Pero de forma más profunda, había un plan poco publicitado de “despoblación”.

Informe del Comité de Salvación Pública, 8 de agosto de 1795:


“Sed pacíficos; Francia tiene suficiente para doce millones de hombres; los demás (los otros doce millones) deberán ser ejecutados. Y entonces ya no os faltará pan.”[4] (Barruel IV. p. 335)

 

«Fue ella, [la secta], la que extinguió incluso el afecto del hermano por el hermano, del hijo por el padre, cuando, por ejemplo, Chénier, al ver a su propio hermano entregado en manos de sus verdugos, replicó con frialdad: “Si mi hermano no está en el sentimiento de la Revolución, que sea sacrificado”, cuando el adepto Philip llevó en triunfo a los jacobinos las cabezas de su padre y de su madre. Esta es la sed insaciable de sangre de la secta, que, por la boca de Marat, pidió 270.000 cabezas, y no pasó mucho tiempo hasta que se contaron por millones. Ella, [la secta], lo sabía. Todos los secretos de su igualdad no podían alcanzarse sino mediante la despoblación del mundo. Así lo demuestra la respuesta dada por Le Bo a las Comunas de Montauban, horrorizadas ante la falta de provisiones: “No temáis, Francia tiene suficiente para 12 millones de personas. Por esta razón es necesario que los otros 12 millones de franceses sean asesinados, y entonces ya no careceréis de pan.” (Reporte al Comité de la Seguridad Publica, reunido el 8 de agosto de 1795)»

 

El Tribunal Revolucionario discutió la reducción de la población a 1/3 o ½; El Comité de Seguridad Pública calculó cuántas cabezas debía haber en cada ciudad y distrito. Ahogados, guillotinados o fusilados quizás 300.000, de los cuales sólo 3.000 nobles, la mayoría campesinos y trabajadores. En Nantes, 500 niños de personas pobres fueron asesinados en una sola carnicería. 144 mujeres pobres arrojadas al río. etc.

(3) Asesinatos y destrucción especialmente feroces: las masacres de septiembre de 1792 de sacerdotes y otros en las prisiones — canibalismo y tortura. La violencia era calculada — y la idea de Marx. Sieyès responde (Barruel IV, 335): “Usted siempre nos habla de nuestros medios, ¿eh, Monsieur? Es el fin, es el objeto y la meta lo que uno debe aprender a ver.”

 

«“Usted siempre nos habla de nuestros medios, ¿eh, Monsieur? Es el fin, es el objeto y la meta lo que uno debe aprender a ver”

Saint-Just: “Caminaré de buena gana con mis pies en la sangre y en las lágrimas.” dijo Saint-Just, el colaborador de Robespierre; y esto, lo admita o no, debe ser la máxima de todo socialista revolucionario que crea que cualquier método es justificable para alcanzar su objetivo.»

 

(4) Babeuf, “Conspiración de los Iguales.”


a. Discípulo de Weishaupt, siguió las ideas comunistas de Robespierre. Dijo que la despoblación era el “inmenso secreto” del Terror (afirmó que cobró 1 millón de vidas). Formó su propia organización masónica para lograr la “igualdad.” Un comunista (Webster pág 56).

 

«Desgraciadamente, la confusión mental que reinaba entre los defensores de la “Igualdad” era tan grande que las asambleas – que antes de mucho llegaron a estar compuestas por dos mil personas – se volvieron “como una Torre de Babel”. Nadie sabía con precisión qué quería y no se podía llegar a ninguna decisión; por lo tanto, se decidió complementar estas enormes asambleas con pequeños comités secretos … y fue allí donde se elaboró el plan de revolución social. Partiendo de la premisa de que toda propiedad es robo, se decidió que el proceso conocido en el lenguaje revolucionario como “expropiación”; es decir, que toda propiedad debía ser arrebatada a sus actuales propietarios por la fuerza; la fuerza de una turba armada. Pero Babeuf, aunque defendía la violencia y el tumulto como medios para un fin, de ningún modo deseaba la anarquía como condición permanente; el Estado debía mantenerse, y no solo mantenerse, sino volverse absoluto, el único dispensador de las necesidades de la vida. “En mi sistema de Felicidad Común”, escribió, “deseo que no exista ninguna propiedad individual. La tierra es de Dios y sus frutos pertenecen a todos los hombres en general.”.

Otro babuvista, el marqués d’Antonelle, anteriormente miembro del Tribunal Revolucionario, había expresado el asunto en términos muy semejantes: “El Estado de Comunismo es el único justo, el único bueno; sin este estado de cosas no pueden existir sociedades pacíficas y verdaderamente felices”»

 
Terminó su Manifiesto de los iguales para abril de 1796. Webster pág. 57-8.

 

«Babeuf decidió entonces que debía formarse un «Directorio secreto», cuyo funcionamiento guarda una curiosa semejanza con el de los Illuminati. Así como Weishaupt había empleado a doce adeptos principales para dirigir las operaciones en toda Alemania, y había ordenado estrictamente a sus seguidores que no se conocieran entre sí como Illuminati. Bebeuf instituyó ahora doce agentes principales para trabajar en los diferentes distritos de París, y estos hombres no debían conocer los nombres de los miembros del Comité Central de Cuatro, sino sólo comunicarse con ellos a través de intermediarios parcialmente iniciados en los secretos de la conspiración.

Al igual que Weishaupt, también Babeuf adoptó un tono dominador y arrogante hacia sus subordinados, y a cualquiera a quien sospechara de traición lo amenazaba, al modo de las sociedades secretas, con las más terribles venganzas. “¡Ay de aquellos de quienes tengamos motivo para quejarnos!”, escribió a uno de cuya lealtad había comenzado a dudar; “reflexiona en que los verdaderos conspiradores nunca pueden abandonar a aquellos que una vez han decidido emplear”»

Para abril de 1796, el plan de la revolución estaba completo y el célebre Manifiesto de los Iguales estaba listo para ser publicado.»


La proclama anunciaba:

 

“Durante quince siglos has vivido en esclavitud y, por lo tanto, en infelicidad. Durante seis años, (es decir, durante el curso de la Revolución), apenas habéis podido tomar aliento, esperando independencia, felicidad e igualdad. ¡Igualdad! ¡El primer deseo de la Naturaleza, la primera necesidad del hombre y el principal vínculo de toda asociación legal!

¡Pues bien! Desde ahora tenemos la intención de vivir y morir iguales, como nacimos; queremos la igualdad real o la muerte, eso es lo que debemos obtener. Y tendremos esa igualdad real, cueste lo que cueste. ¡Ay y desdicha de quienes se interpongan entre este ideal y nosotros! Si es necesario, ¡perezcan todas las artes, con tal de que la igualdad real nos quede!”

“La ley agraria y la división de tierras fueron el deseo momentáneo de unos pocos soldados sin principios movidos por el instinto más que por la razón. Nos inclinamos hacia algo más sublime y equitativo, la Felicidad Común o la Comunidad de Bienes. No más propiedad privada en la tierra, la tierra no pertenece a nadie. Reclamamos, deseamos el disfrute comunal de los frutos de la tierra. Los frutos de la tierra pertenecen a todos.”

“Declaramos que ya no podemos soportar que la gran mayoría de los hombres deba trabajar y sudar al servicio y para el buen placer de una minoría ínfima. Durante demasiado tiempo – y por demasiado tiempo – menos de un millón de individuos han dispuesto de lo que pertenece a más de veinte millones de sus semejantes, de sus iguales. Que cese por fin esto, este inmenso escándalo que nuestros nietos no serán capaces de creer.

Desaparezcan al fin las distinciones repugnantes de ricos y pobres, de grandes y pequeños, de amos y sirvientes, de gobernantes y gobernados. Que no haya otra diferencia entre los hombres que la de la edad y el sexo. Las personas se contentan con un solo sol y un solo aire para todos. ¿Por qué no habrían de contentarse con la misma porción y la misma calidad de alimento para cada uno de ellos? (...)

Pueblo de Francia, os decimos. La santa empresa que estamos organizando no tiene otro objeto que poner fin a las disensiones civiles y a la miseria pública. Nunca se ha concebido y ejecutado un diseño más vasto. De vez en cuando, unos pocos hombres de genio, unos pocos sabios han hablado en voz baja y temblorosa. Ninguno de ellos ha tenido el valor de decir toda la verdad. Ha llegado el momento de grandes medidas. El mal está en su apogeo, cubre la faz de la tierra. El caos bajo el nombre de política ha reinado durante demasiados siglos. Ha llegado el momento de fundar la República de los Iguales, el gran albergue abierto a todos los hombres…

Familias que gimen, venid y sentaos en la mesa común puesta por la naturaleza para todos sus hijos.

Pueblo de Francia, abrid vuestros ojos y corazón a la plenitud de la felicidad. Reconoced y proclamad con nosotros la República de los Iguales.”

No obstante, este documento estaba destinado a permanecer oculto al público, ya que el Comité Secreto concluyó finalmente que no convenía revelar al pueblo todo el plan de la conspiración; particularmente juzgaron inadmisible publicar la frase que había sido expresada en un lenguaje casi idéntico por Weishaupt. “¡Perezcan todas las artes, con tal de que se instituya la igualdad real entre nosotros!”. Los franceses no debían saber que se les preparaba un retorno a la barbarie. En consecuencia, se redactó una segunda proclamación bajo el título de “Análisis de la doctrina de Babeuf”. Un llamamiento mucho menos inspirador que el anterior manifiesto, y principalmente ininteligible para las clases trabajadoras, pese a que – como observa M. Fleury – se trataba de “la verdadera Biblia o Corán del sistema despótico conocido como comunismo”. Aquí se halla la clave del problema. Nadie entre quienes leen estos dos documentos de los babuvistas podrá dejar de advertir la realidad de ciertas denuncias sociales: la flagrante disparidad entre ricos y pobres, la distribución desigual del trabajo y del ocio, la injusticia de un sistema industrial que, en gran medida debido a la supresión de las asociaciones obreras por los dirigentes revolucionarios, permitía a los empleadores disfrutar del lujo mientras se beneficiaban del trabajo extenuante; pero el punto clave es: ¿cómo pensaba Babeuf corregir estos males?

En resumen, su sistema, fundado en la doctrina de “comunidad de bienes y de trabajo”, puede resumirse de la siguiente manera:

Todas las personas deben ser obligadas a trabajar un número de horas al día a cambio de una remuneración igual. El hombre que se mostrase más hábil o industrioso que sus compañeros sería recompensado únicamente con un “reconocimiento público”. El trabajo forzoso no habría de pagarse en dinero, sino en especie, pues el derecho de propiedad privada – considerado la plaga fundamental de la sociedad presente – debía ser abolido: desaparecida la distinción entre “lo mío” y “lo tuyo”, nadie podría poseer nada en propiedad.

La remuneración se efectuaría exclusivamente mediante los productos del trabajo, que serían almacenados en grandes depósitos comunales y distribuidos en raciones iguales a los trabajadores.
Inevitablemente, desaparecería todo comercio, y el dinero dejaría de acuñarse y de ser aceptado; el comercio exterior se realizaría con el dinero aún en circulación y, una vez agotado, mediante un sistema de trueque.»

 

Pero no se informó de esto a la gente (a la manera de Weishaupt), sino que solo se les dijo que los bienes de los enemigos del pueblo serían entregados a los necesitados.

 

«Pero el pueblo no conocía el secreto del movimiento. Así como en los grandes estallidos de la Revolución la muchedumbre de París había sido empujada ciegamente hacia adelante con falsos pretextos suministrados por los agitadores, del mismo modo una vez más se pretendía convertir al pueblo en instrumento de su propia ruina.

El “Comité Secreto de Dirección” sabía bien que el llamamiento al comunismo nunca atraería al pueblo; por lo tanto, sus miembros se cuidaron de no iniciar en sus planes a sus simplistas partidarios de la clase obrera. Conscientes de que solo ganarían adeptos apelando a la codicia y el egoísmo del pueblo, los conspiradores jugaron hábilmente con las pasiones humanas, prometiendo un rico botín, que en realidad no tenían intención de compartir. Así, en el “Acta Insurreccional” redactada entonces por el Comité, se anunciaba que “los bienes de los emigrados, de los conspiradores (es decir, los realistas) y de los enemigos del pueblo serían distribuidos entre los defensores del país y los necesitados”; no se les dijo que, en realidad, esos bienes no pertenecerían a nadie, sino que se convertirían en propiedad del Estado administrado por ellos mismos. El pueblo entonces no debía conocer la verdad sobre la causa en la que se les pedía derramar su sangre, y de que estarían obligados a derramarla en torrentes, ningún hombre sensato podría dudar.»

 

Su admiración por Robespierre. Webster pág 64.

 

«Cuando se trató de organizar la insurrección requerida, Bebeuf adoptó un lenguaje muy diferente. De hecho, el antiguo denunciante del “sistema de despoblación” de Robespierre ahora afirmaba que no sólo los objetivos de Robespierre sino también sus métodos eran dignos de elogio.

“Ahora admito sinceramente que me reprocho haber denigrado en su momento al gobierno revolucionario, a Robespierre, a Saint-Just y a otros. Creo que estas personas valían más que todos los demás revolucionarios juntos y que su régimen dictatorial estaba endemoniadamente bien concebido... No estoy en absoluto de acuerdo en que cometieron grandes crímenes e hicieron perecer a muchos republicanos. La salvación de veinticinco millones de hombres no debe ponerse en la balanza frente a la consideración debida a unos pocos individuos equívocos. El regenerador de una nación debe ver las cosas con una perspectiva amplia. Debe arrasar con todo lo que se interponga en su camino, con todo lo que obstruya su camino, con todo lo que pueda impedir el rápido logro de la meta que se ha fijado. Canallas o imbéciles, o personas presuntuosas o ansiosas de gloria, es lo mismo, tant pis pour eux, [tanto peor para ellos], ¿para qué están ahí? Robespierre sabía todo eso y es en parte lo que me hace admirarlo.”

Pero donde Babeuf se mostró intelectualmente inferior a Robespierre fue en la manera en que se propuso destruir la resistencia frente a su plan de instaurar un Estado socialista.
Robespierre, como bien sabía él, había pasado catorce meses “segando a aquellos que obstaculizaban su paso”, había mantenido la guillotina trabajando sin descanso en París y en las provincias, y aun así no había logrado silenciar a los objetores.

Pero Babeuf esperaba lograr su propósito en un solo día, ese «gran día del pueblo» en el que toda oposición debía ser suprimida instantáneamente, todo el orden social existente aniquilado, y la República de la Igualdad erigida sobre sus ruinas. Sin embargo, si el proceso debía ser breve, necesariamente debía ser aún más violento, y fue así que, sin la calma precisión de Robespierre al señalar las cabezas que debían caer, Babeuf se dispuso a su tarea.»

 

Su frenesí. Webster pág 65.  

 

«Cuando ponía por escrito sus planes de insurrección – relataba luego en el juicio su secretario, Pillé – Babeuf caminaba de un lado a otro de la habitación con los ojos centelleantes, murmurando y haciendo toda clase de muecas, chocando contra los muebles, golpeando las sillas mientras gritaba con voz ronca: “¡A las armas! ¡A las armas! ¡Revolución! ¡Empieza la Revolución!”.
“Era una revolución contra las sillas”, afirmó secamente Pillé.

Después Babeuf se lanzaba sobre la pluma, se hundía en la tinta y comenzaba a escribir con una rapidez espantosa, mientras todo su cuerpo temblaba y el sudor corría por su frente.
“Ya no era locura. ¡Era frenesí!”

Este frenesí, explicó Babeuf, era necesario para elevarse al grado requerido de elocuencia, y en sus llamamientos a la insurrección es difícil ver dónde su programa difería del bandolerismo y la violencia que había deplorado.»

 

El “Gran Día” de la revolución. Webster págs. 67-8.

 

«El siguiente programa para el “Gran Día” fue entonces redactado por el Directorio Secreto: en un momento señalado, el ejército revolucionario debía marchar sobre la Asamblea Legislativa, sobre el cuartel general del Ejército y sobre las casas de los Ministros.

Las tropas mejor entrenadas debían ser enviadas a los arsenales y las fábricas de municiones, y también a los campamentos de Vincennes y Grenelle con la esperanza de que los ocho mil hombres acampados allí se unieran al movimiento. Mientras tanto, los oradores debían dirigirse a los soldados, y las mujeres debían ofrecerles refrigerios y coronas cívicas. Si esto no conseguía quebrantar la posición del ejército, se tomarían medidas para bloquear las calles con barricadas, y se les debía arrojar piedras, ladrillos, agua hirviendo y vitriolos sobre las cabezas de las tropas. Todos los suministros para la capital debían ser entonces incautados y puestos bajo el control de los líderes. Al mismo tiempo, las clases acomodadas debían ser expulsadas de sus casas, las cuales serían convertidas inmediatamente en alojamientos para los pobres. Los miembros del Directorio debían ser entonces degollados, al igual que todos los ciudadanos que ofrecieran resistencia a los insurgentes.
La insurrección, así “felizmente terminada”, como expresaba ingenuamente Babeuf, debía culminar con la reunión de todo el pueblo en la Place de la Révolution, donde sería invitado a cooperar en la elección de sus representantes.

“El plan” escribe Buonarotti, “era hablar al pueblo sin reservas y sin digresiones, y rendir el homenaje más impresionante a su soberanía.” Pero si el pueblo, de algún modo cegado respecto de sus verdaderos intereses, no lograba reconocer a los conspiradores como sus salvadores, los babubistas proponían seguir su homenaje a la soberanía del pueblo exigiendo que “el poder ejecutivo fuera confiado exclusivamente a ellos”. Porque, como observaba Buonarotti, “al comienzo de la revolución es necesario – al menos por respeto a la soberanía real del pueblo – preocuparse menos por los deseos de la nación y más por colocar la autoridad suprema en manos revolucionarias firmes”. Una vez que el poder quedara en tales manos, desde luego allí permanecería, y los babuvistas, sustentados por todas las fuerzas civiles y militares, podrían imponer su régimen de servidumbre estatal a un pueblo reducido a la sumisión.»

 

Violencia. p. 70.

 

«En una reunión del comité se leyó en voz alta el plan terminado de la insurrección, al cual se le habían añadido nuevos y atroces detalles: todo aquel que intentara ejercer cualquier autoridad debía ser ejecutado instantáneamente; los armeros debían ser obligados a entregar sus armas; los panaderos, sus reservas de pan; y quienes opusieran resistencia debían ser colgados de la farola más cercana. El mismo destino estaba reservado para todos los comerciantes de vino y licores que se negaran a proporcionar el aguardiente necesario para inflamar al populacho y empujarlo a la violencia. “Toda reflexión por parte del pueblo debe ser evitada”, decían las instrucciones escritas a los líderes. “Deben cometer actos que les impidan retroceder”.

En el contexto general, el más sanguinario fue Rossignol, exgeneral de los ejércitos revolucionarios en la Vendée. “No quiero tener nada que ver con vuestra insurrección – gritó – a menos que las cabezas caigan como granizo… a menos que inspire un terror tan grande que haga estremecer a todo el universo…”, un discurso que fue acogido con aplausos unánimes.

El 11 de mayo había sido señalado como el gran día de la explosión social: en esa fecha no solo París, sino todas las principales ciudades de Francia agitadas por los agentes de Babeuf debían levantarse y abatir por completo la estructura de la civilización. [Entretanto, había un informante], y el Gobierno, advertido del inminente ataque, estaba preparado para afrontarlo.
En la mañana de aquel día, en todos los muros de París fue colocado un cartel en el que estaban escritas las siguientes palabras:

“El Directorio Ejecutivo a los ciudadanos de París.

Ciudadanos, un espantoso complot está a punto de estallar esta noche o mañana al despuntar el día. Una banda de ladrones y asesinos ha concebido el proyecto de masacrar a la Asamblea Legislativa, a todos los miembros del Gobierno, al Estado Mayor del Ejército y a todas las autoridades constituidas en París.

Se proclamará la Constitución del 93. Esta proclamación será la señal para un saqueo general de París, tanto de casas como de tiendas y comercios, y al mismo tiempo se llevará a cabo la masacre de un gran número de ciudadanos. Pero tranquilícense, buenos ciudadanos. El gobierno está vigilante, conoce a los líderes del complot y sus métodos. Mantengan la calma, por lo tanto, y continúen con sus actividades habituales. El gobierno ha tomado medidas infalibles para frustrar sus planes y entregarlos, junto con sus partidarios, a la venganza de la ley.”

Entonces, sin más advertencia, la policía irrumpió en la casa donde Babeuf y Buonarotti estaban redactando un cartel llamando al pueblo a la revuelta. En medio de su tarea, el brazo de la ley lo sorprendió y capturó, y a la mañana siguiente, otros cuarenta y cinco líderes de la conspiración fueron igualmente arrestados y arrojados a la Abadía. ¡Ay del apoyo que habían esperado del populacho! El ejército revolucionario en el que habían confiado, impresionado – como siempre lo está la gente – por una demostración de autoridad, se pasó al lado de la policía en defensa de la ley y el orden.

Con la eliminación de los agitadores, toda la población recobró el juicio y comprendió todo el horror del complot en el que había sido enredada.»

 

Napoleón advirtió de ellos y puso fin al último gran intento en la Revolución francesa de realizar el objetivo del iluminismo.

 

(5) Los revolucionarios se devoran entre ellos – Barruel, libro IV[5]

 

«Jesucristo quedó sin altares en Francia, así como ya no hubo trono para los reyes. Los mismos que habían derribado el altar y el trono, conspiraron unos contra otros. Los intrusos, los deístas y los ateos habían degollado a los católicos, y los intrusos, los deístas y los ateos se degollaron unos a otros. Los constitucionales proscribieron a los realistas, y los republicanos expatriaron a los constitucionales. Los demócratas de la república una e indivisible federal. La facción de la Montaña guillotinó a la facción de la Gironda.

La facción de la Montaña se dividió en la facción de Hébert y de Marat, en la facción de Danton y de Chabot, en la facción de Cloots y de Chaumette, y en la facción de Robespierre que a todas devoró, y que a su tiempo fue devorada por la facción de Tallien y de Fréron. Brissot, Gensonné, Guadet, Fauchet, Rabaud, Barbaroux y otros treinta fueron juzgados por Fouquier-Tinville, del mismo modo que estos habían juzgado a Luis XVI. El mismo Fouquier-Tinville fue juzgado como él había juzgado a Brissot. Péthion y Buzot, errantes por los bosques, murieron de hambre y fueron devorados por las fieras. Perrin murió cargado de cadenas; Condorcet se envenenó en la cárcel; Valage y Labat se dieron de puñaladas; Charlotte Corday mató a Marat; Robespierre fue guillotinado; sobrevive Sieyès como azote de Francia. El infierno parece que fortalecía el reino de su impiedad; pero el cielo, para castigar a Francia, le dio, bajo el nombre de Directores, los cinco tiranos o Pentarcas y su doble Senado. Rewbel, Carnot, Barras, Letourneur, La Réveillère-Lepaux se apoderaron de sus ejércitos, removieron a los diputados de su igualdad y de su libertad, lanzaron rayos sobre sus secciones, la apretaron con sus garras, y pusieron sobre su cuello un yugo de hierro.

Todos temblaban a su presencia; pero ellos mismos se temían mutuamente, se recelaban, y unos a otros se desterraron. Sobrevinieron nuevos tiranos y se reunieron. Entonces los dioses que reinaban en Francia fueron los destierros, el susto, el terror y sus Pentarcas. Todo estaba en silencio; el espanto hacía que en aquel vasto imperio, o en aquella vasta cárcel, callasen veinte millones de esclavos bajo la vara de hierro de Merlin o de Rewbel, al solo nombre de la Guayana, y en esto paró aquel pueblo tantas veces proclamado igual, libre y soberano.» 

 

Francia arruinada por la revolución – Webster pág. 49-50[6]

 

«la condición de Francia al final del terror. (…)

Francia está desmoralizada. Está exhausta, este es el último rasgo de este país en ruinas. Ya no hay opinión pública, o más bien esta opinión solo se reduce al odio. Odian a los Directores (miembros del directorio) y odian a los diputados, odian a los terroristas y odian a los chouans (los realistas de la Vendée), odian a los ricos, y odian a los anarquistas. Odian a la revolución y odian a la contrarrevolución. Pero donde el odio alcanza hasta paroxismo es en el caso de los nuevos ricos. ¿De qué sirve haber destruido a reyes, nobles y aristócratas si en su lugar toman el poder diputados, campesinos y comerciantes? ¡Qué clamores de odio!

De todas las ruinas descubiertas y amplificadas por el Directorio –ruinas de partidos, ruinas de poder, ruinas de hogares, ruinas de conciencias, ruinas de intelectos – nada hay más digno de lástima que esto: La ruina del carácter nacional. (…)»

«Ocho años después del fin del Terror, Francia aún no se había recuperado de sus estragos. El testimonio de Redhead Yorke nos convence de que las ideas generalmente aceptadas sobre el auge de la agricultura son falsas:

“Nada puede superar la miseria de los instrumentos agrícolas utilizados, salvo la lamentable apariencia de quienes los emplean. Mujeres arando y de muchachas guiando el ganado; todo habla de la total indiferencia hacia la agricultura durante los años de la República. No hay casas de labranza dispersas por los campos.
Los campesinos viven juntos en aldeas remotas, circunstancia que necesariamente retrasa las labores de cultivo.
El interior de las casas es inmundo, los corrales están en completo desorden, y el mísero estado del ganado habla suficientemente de la pobreza de su propietario.”

Por todas partes, Yorke era acosado por mendigos que pedían limosna; A pesar del declive poblacional, el desempleo en el país era rampante. La educación estaba paralizada, y debido a la destrucción de la antigua nobleza y el clero, y al hecho de que los nuevos ricos que ocupaban sus propiedades eran terratenientes ausentes, el sistema de beneficencia prácticamente había desaparecido»

Yorke finalmente se ve obligado a declarar:

“La revolución, que se llevó a cabo ostensiblemente para el beneficio de las clases inferiores, las ha sumido en un nivel de degradación y miseria al que jamás habían descendido bajo la antigua monarquía. Han sido desheredadas, despojadas y privadas de todo recurso para subsistir, salvo el de la amarga herencia de las derrotas de las armas y el del fugaz expolio a las naciones conquistadas”

En otro pasaje Yorke se plantea la inevitable pregunta que surge de las mentes de todos los contemporáneos pensantes: “Francia aún sangra por cada poro, es una familia numerosa en luto, se cubre la cabeza de ceniza. En estos tiempos es imposible que una persona contemplativa sea feliz en Francia.

A cada paso, las huellas de los bárbaros fanáticos, crueles y sanguinarios repugnan la vista y hieren a la humanidad; dondequiera que uno mire, las ruinas destacan y te obligan a preguntarte: ¿por qué y para quién toda esta devastación y esta desolación?”»

 

(6) Religión

a. Descristianización: Noviembre de 1793. Lefebvre. Vol II, págs. 77-8[7]

 

…la Iglesia es profanada. Lo mismo ocurrió durante esta revolución. Pero en 1793 una nueva revolución llegó para reemplazar al catolicismo. Aquí está uno de los libros de Lefebvre, escrito objetivamente, que aborda este tema.

«En 1793, “el festival del 10 de Agosto” – la proclamación de la república – «fue puramente secular.
La nueva religión se dotó de símbolos y de una suerte de liturgia, se inclinó ante la Montaña Sagrada» – es decir, el lugar del partido de la Montaña – «y veneró a sus mártires: Lepeletier, Marat y Chalier.

El 3 de Brumario, en el segundo año (24 de octubre de 1793), la Convención adoptó el calendario revolucionario.»

El primer año comenzó el 10 de agosto de 1792, día de la creación de la República. Todos los meses fueron renombrados de acuerdo con los fenómenos naturales; por ejemplo diciembre creo que se llamaba Pluvioso (Pluviôse), que significa lluvia, el mes lluvioso, y así sucesivamente.

«Consistía en un intento de descristianizar el estilo de vida sustituyendo las referencias a eventos religiosos y santos por otros nombres tomados de objetos cotidianos familiares para los franceses.»  Se abolieron todos los días festivos, y la semana de siete días también se abolió en favor de una semana de diez días. Es decir, sin domingo. En noviembre de 1793 “un informe” respectivo «a los “Festivales cívicos” constituyó el preludio a la organización oficial de la nueva “religión nacional”».

«En Nevers, el 22 de septiembre de 1793, se celebró en la catedral un festival en honor de Bruto.»

En esta provincia, en octubre de 1793, todas las festividades, «todas las ceremonias religiosas fuera de la iglesia fueron abolidas, y los oficios funerarios y los cementerios fueron secularizados.»

Otras provincias locales adoptaron políticas similares.

«El distrito de Corbeil declaró que la mayoría de las personas bajo su jurisdicción ya no deseaban la religión católica.»  

El 6 de noviembre de 1793, el obispo de París renunció bajo coacción y dijo que había sido engañado. «El 17 de noviembre acudió junto con sus vicarios a la Convención para confirmar oficialmente su decisión.» El 20 de Brumario, año II (10 de noviembre de 1793), fue planificada una Fiesta de la Libertad.

Para celebrar la victoria de la filosofía sobre el fanatismo, la Comuna requisó la Catedral de Notre Dame:

«Se construyó una “montaña” en el coro, y una actriz personificó a la libertad. Cuando la Convención tuvo noticia de esto, se dirigió a la catedral – rebautizada ahora como el Templo de la Razón – y participó en una segunda celebración del festival cívico.»  

Casualmente, quemaron una efigie que representaba el ateísmo, porque la revolución no era atea, sino deísta. 

«Algunas secciones (provincias) siguieron este ejemplo. El día 30 (20 de noviembre), los ciudadanos del departamento de la Unidad… vestidos con símbolos sacerdotales, desfilaron ante la Convención, cantando y bailando» y el 23 de noviembre de 1793 se cerraron las iglesias.

 

Templo de la Razón. Philip Dawson págs. 121-122[8]

 

Tenemos algunas fuentes que muestran y dan una idea del espíritu de estas celebraciones de la Razón. Por ejemplo en la ciudad de Chalonsur-Marne. Existe la siguiente descripción de la inauguración de un Templo de la Razón:

 

«El festival fue anunciado en toda la comuna la noche anterior. Para este propósito, se tocó la retirada por todos los tamborileros y trompetistas de las tropas en los cuarteles de Chalons, y en todas partes de la ciudad. Al día siguiente al amanecer, se anunció nuevamente con un toque de diana que también se escuchó en todas partes. La antigua iglesia de Notre-Dame, por falta de tiempo y medios, fue limpiada y preparada sólo provisionalmente para su nuevo uso. Y en su antiguo santuario se erigió un pedestal que sostenía la estatua simbólica de la Razón. Según un testigo ocular, tenía un diseño simple y libre, “decorada solamente con una inscripción: ‘Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti’ ”.

A ambos lados de la estatua se alzaban dos columnas, flanqueadas por dos antiguas cajas de perfume de bronce, de las que emanaba humo de incienso durante toda la ceremonia. Delante, al pie de tres escalones, se alzaba un trono de diseño antiguo, sobre el cual se colocarían los emblemas de los distintos grupos que formaban la procesión. 

Sobre los cuatro pilares situados en las esquinas del altar había cuatro pedestales sobre los que habrían de colocarse los bustos de Bruto, “pues él es el enemigo de la tiranía, el padre de la república y el modelo de los republicanos”, de Marat – “el fiel amigo del pueblo”, aunque este era un criminal empedernido – de “Lepelletier”, que murió por la república, y del inmortal Chalier.


A las nueve en punto de la mañana, la congregación se reunió en la avenida del cementerio, conocida también como la Promenade de la Liberté.  Los destacamentos militares y otros grupos que participaban en la procesión ocuparon los lugares que se les indicaban. Fueron alineados por los comisarios públicos. Un destacamento de caballería, de la gendarmería nacional y de húsares, mezclados para fortalecer los lazos de fraternidad, encabezaba la marcha; y en su estandarte estaban estas palabras: “La Razón nos guía y nos ilumina”.
Le seguía la compañía de artilleros de Chalons, precedida por un estandarte con esta inscripción: “Muerte a los tiranos”.

Esta compañía fue seguida por un carro cargado con cadenas rotas en el que había seis prisioneros de guerra y algunos heridos, siendo atendidos por un médico. Este carro llevaba dos pancartas al frente y atrás con estas dos inscripciones. “La humanidad es una virtud republicana” y “Se (es decir, los prisioneros de guerra) equivocaron mucho al luchar por los tiranos”.

Esta carreta estaba acompañada por dos destacamentos de la guardia nacional y tropas regulares armadas con todo su arsenal.
Otros hombres del pueblo llevaban estandartes en los que estaba escrito: “¡Estemos unidos!” y la bandera tricolor con la inscripción: “¡Nada puede vencernos!”.

Cuarenta ciudadanas vestidas de blanco y decoradas con cintas tricolores llevaban una gran cinta tricolor atada a la cabeza de cada una. Un gorro de la libertad coronaba dicho estandarte, y jóvenes de la guardia nacional las seguían portando varios pendones con diversos lemas escritos en ellos. Tras ellas, grupos de niños de ambos sexos llevaban cestas de frutas y vasos de flores, acompañando una carreta tirada por dos caballos blancos.
En la carreta había una joven amamantando a un bebé, y junto a ella un grupo de niños de distintas edades.
La carreta iba precedida por un estandarte con esta inscripción: “Ellos son la esperanza de la patria”

De la carreta ondeaba una cinta tricolor con esta inscripción: “La madre virtuosa producirá defensores para la patria”.
A este carro le seguía un carro de tipo antiguo, decorado con ramas de roble y que llevaba a una pareja sexagenaria con una cinta en la que estaban escritas estas palabras: “¡Respeta a los ancianos!”

A continuación, otro grupo de guardias nacionales, agarrados del brazo. Cantaban himnos a la libertad y portaban dos pancartas con las inscripciones: “Nuestra unidad es nuestra fuerza” y “Exterminaremos a los últimos déspotas”. 

Luego marchaba un grupo de mujeres con cintas tricolores llevando un estandarte con esta inscripción. “La moral austera fortalecerá la República”.

Todos los que componían este grupo estaban vestidos de blanco, al igual que los conductores del carro, y todos estaban adornados con cintas tricolores. Luego, uno tras otro, llegaron los miembros de los comités de vigilancia»

Es decir, el GPU[9].

«Delante de ellos se alzaban cuatro pancartas, cada una con el nombre del grupo y un emblema que representaba un dedo sobre los labios, indicando secretismo, y otra pancarta con la inscripción: “Nuestro instituto limpia la sociedad de muchas personas sospechosas”.

Primero iba el grupo de republicanos; acompañaban un carro tirado por dos caballos blancos, seguidos por dos hombres a pie, vestidos a la romana. Una mujer, vestida de forma similar y simbolizando la República, iba sentada en él. Una bandera tricolor ondeaba en la parte delantera del carro con la inscripción: “Gobierno de los Sabios”.  Detrás de los republicanos iba el grupo de la “Igualdad”, acompañado de un arado tirado por dos bueyes. Lo conducía un granjero con ropa de trabajo. 

Una pareja sentada en él llevaba un estandarte en el que estaban escritas en un lado “Honra el arado” y en el otro lado “Respeta el amor conyugal”.

El inspector jefe y todos los trabajadores del depósito militar formaban un grupo aparte detrás del arado. Llevaban dos pancartas.

El primero tenía las palabras “suministros militares” y el segundo “nuestra actividad produce abundancia en nuestros ejércitos”. Luego marchaba la sección de la Fraternidad, consolando a grupos de convalecientes cuyos médicos estaban cerca.

En medio de ellos, viajaba una carreta abierta del Hospital de Montaña, que transportaba a hombres heridos en defensa de la patria, junto con médicos que curaban sus heridas sangrantes. Estaban parcialmente cubiertos de vendajes ensangrentados. Al frente de la carreta, una pancarta decía: “Nuestra sangre nunca dejará de fluir por la defensa de la patria”. Después de los comités seguían cuatro mujeres ciudadanas vestidas de blanco y adornadas con cinturones tricolores decorados con los atributos de las cuatro estaciones. Detrás de ellas, caminaba el representante del pueblo, entre los funcionarios estatales, civiles y judiciales, con sus respectivas insignias, cada ciudadano sostenía en su mano una espiga de trigo, y en la pancarta que precedía a las autoridades constituidas estaba esta inscripción. “De la aplicación de las leyes provienen la prosperidad y la abundancia”. Varios oficiales del Estado Mayor de la Guardia Nacional los seguían, portando la pancarta: “Destruye a los tiranos o muere”. Tras ellos, una mujer guiaba a los hijos ilegítimos de la patria. En sus manos sostenía una pancarta que decía: “La Patria nos ha adoptado, estamos dispuestos a servirla”. 

Al final de la procesión marchaban veteranos desarmados, símbolo de la vejez. Llevaban una pancarta con dos inscripciones: “El amanecer de la razón y la libertad adorna el final de la vida” y “La República Francesa honra la lealtad, el coraje, la vejez, la gratitud filial y la desgracia. Pone la Constitución bajo la protección de todas las virtudes”.

Finalmente hubo una pausa para cantar canciones patrióticas.

En los escalones del ayuntamiento se construyó y pintó una montaña, en cuya cima fue colocado un Hércules defendiendo una figura (una facies) de catorce pies de altura. Una bandera tricolor ondeaba sobre ella, en la que estaba escrito con grandes letras: “A la Montaña, de parte de los franceses generosos.”»

Sería como decir “a los bolcheviques”:

«Al pie de la montaña brotaba un manantial de agua cristalina, que caía en varias cascadas. Doce hombres vestidos de montañeses, con lanzas en mano y coronas en la cabeza, estaban escondidos en las cuevas de la montaña.

Mientras la procesión entraba cantando la última estrofa de La Marsellesa, los montañeses emergieron sigilosamente de sus cavernas sin dejarse ver del todo y en cuanto se empezó a cantar ¡!A las armas ciudadanos!”, salieron corriendo y, tomando hachas para defenderse, se posicionaron en diferentes puntos de la montaña. Al ver pasar el carro con el feudalismo y el fanatismo, tirado por burros con mitras en la cabeza, se lanzaron sobre ellos con las hachas en la mano, les arrancaron las mitras y todos los accesorios que los adornaban, así como al Papa y a sus acólitos, a quienes encadenaron al carro de la Libertad. Durante este acto, la banda tocó una canción que describía una carga militar.

Los montañeses al ver llegar otros carros y fingiendo creer que sólo eran el tren que seguía al que contenía el fanatismo, avanzaron en su columna para encontrarse con el primero que vieron, que era el carro de la Libertad.

Los montañeses, al ver llegar otros carros y aparentando creer que no eran sino los del cortejo del carro que contenía al Fanatismo, avanzaron en columna para encontrarse con el primero que apareció ante ellos, pero este era el carro de la Libertad; bajaron sus hachas en señal de respeto y la banda tocó una marcha.  

Luego apareció una silla de manos[10] que sostenía una silla decorada con guirnaldas. La diosa descendió de su carro, se sentó en la silla y fue llevada por ocho montañeses hasta el pie de la montaña. La seguían dos ninfas, una de las cuales llevaba una bandera tricolor y la otra la Declaración de los Derechos del Hombre. Avanzaron sobre los despojos de nobleza y superstición, que luego fueron quemados para gran alegría de todos los habitantes del pueblo. Luego subieron la montaña con el representante del pueblo, Pleger, quien también participaba en el festival, y los montañeses, quienes actuaron como sus asistentes al ritmo de la música orquestal de “¿Dónde mejor puede uno estar que en el seno de su familia?”, y alcanzaron la cima.

Se colocó una corona decorada en la cabeza de la diosa. Se desplegó la bandera tricolor y todos cantaron: “Nuestro país de tres colores”. Y en la montaña cantaron: “Cuando el sol se asoma desde la montaña.”. Entonces la procesión descendió, la diosa se detuvo en un manantial y el presidente de la Comuna le dio un jarrón. Lo llenó de agua, bebió un poco y luego dio de beber al representante del pueblo, luego a todos los representantes del gobierno, a los ciudadanos y a los oficiales de las diversas tropas presentes. Todos brindaron por la salud de la república, una e indivisible, y por la Montaña.» es decir, por el partido.

«De nuevo, ocho montañeses llevaron a la diosa en una silla hasta el carro. Otros cuatro permanecieron junto a ella, alzando sus hachas para ahuyentar a los profanos. Los demás se ubicaron junto a las autoridades administrativas para mostrar que quienes ostentan cargos públicos sólo se legitiman por su virtud. Desde allí se dirigieron al Templo de la Razón. Todos los músicos se reunieron detrás del altar junto con los cantores. En el momento en que la procesión entró en el templo, el órgano tocó una obertura, y la societé populaire, las autoridades constituidas los comités de vigilancia”»


el GPU,


«y los grupos mencionados anteriormente ocuparon sus lugares, alineados en filas ante el altar de la Razón, guardando cierta distancia de él. La banda militar ejecutó himnos dedicados a la Razón, a la Libertad, al odio contra los tiranos y al amor sagrado por la patria. A continuación, el presidente de la société populaire pronunció el discurso inaugural. El presidente de la Comuna, junto con otros oradores, también dirigió palabras al público. Tras sus arengas, distintos himnos patrióticos fueron repetidos, acompañados por la banda militar; después de lo cual, frente a la entrada del templo, los trompetistas anunciaron que el festival de inauguración y la ceremonia habían concluido.

Por la noche se exhibieron fuegos artificiales en la montaña. Un estallido en forma de ramillete simbolizó la gratitud de todos los franceses hacia los montañeses presentes, que fueron públicamente reconocidos como los salvadores de la república. Luego se celebró un baile, y así la fraternidad se celebró dos veces en un solo día. Cada ciudadano que participó en esta hermosa jornada dio muestra de este espíritu cívico. Todos prestaron el juramento de vivir en libertad o morir.»

 

Pero esto está muy en armonía con, por supuesto, las diversas formas que presentan las celebraciones comunistas: muy racionales, muy ordenadas, muy artificiales. El triunfo de la mente abstracta, que es la señal de la razón, es la realidad más alta.

Uno se pregunta cómo encaja todo esto, y veremos más adelante cómo encaja todo. Porque queremos examinar tanto la reacción contra esto en el siglo XIX, como el desarrollo ulterior de las ideas revolucionarias.

 

  

Ya podemos obtener una idea que es muy central en todo esto. Y es que toda esta Revolución, con estos diversos elementos, se asemeja mucho a lo que es una forma secular de algo que ya encontramos en el Renacimiento, a saber, las sectas quiliastas. Ahora existe una diosa de la Razón, aparece la idea de que hay un nuevo orden de los siglos, y que la historia ahora llega a un final. Por el momento no vemos hablar de la tercera edad del Espíritu Santo. Porque todo está expresado en términos racionalistas, pero estamos ante la irrupción de ese mismo espíritu. Ahora es mucho más amplio y se apodera de toda la sociedad. Veremos más adelante cuán profundo llega este rasgo quiliasta en la mentalidad del hombre moderno.

 

Napoleón

 

Ahora llegamos al último episodio de la Revolución: Napoleón. Con Napoleón, la Revolución llega a su fin, un fin sangriento. Toda Europa está agitada; los habitantes de media Europa recibieron con alegría la revolución hasta que presenciaron las sangrientas represalias, y solo entonces comenzaron a desilusionarse gradualmente. Pero aún así, muchos siguen aceptando en buena medida lo que acontecía durante la revolución, mientras que la otra mitad, horrorizada por todo lo que ocurría, comenzó a resistirse, a medida que el movimiento revolucionario se extendía gradualmente más allá de las fronteras del país. Vieron cómo... Goethe, Beethoven y otros alababan la revolución, que supuestamente trajo libertad e igualdad a toda la humanidad.

Y luego viene un hombre muy talentoso e inteligente, Napoleón, que se apodera de todo y se convierte en dictador de Francia durante quince años. En muchos aspectos, ofrece un compromiso, es decir, restaura la Iglesia. Tiene un concordato con el Papa, que le da al Papa mucho más poder sobre la Iglesia francesa del que tenía antes. Restaura las Iglesias, incluso restaura un nuevo tipo de nobleza y establece un imperio, una nueva monarquía, pero preservando las ventajas de la Revolución. Es decir, tiene un nuevo código de leyes, disuelve la idea de que hay diferentes castas en la sociedad. Todos se supone que son iguales al menos teóricamente ante la ley. Y veremos algunos aspectos de su vida, de los que no se hablan con demasiada frecuencia.

Hay un libro de Dmitri Merezhkovski. Un ruso, un ruso loco, que sin embargo estaba muy sintonizado con las ideas místicas de Napoleón, por las citas que extraemos de muchas de sus cartas. Para empezar, comienza el libro con una cita que marca el tono de todo el libro, es una cita de Pushkin, que llama a Napoleón «el ejecutor fatídico de un mandato desconocido»[xviii]. Es decir, la idea de que está representando algo que no sabe lo que es. Él mismo se da cuenta de que se encuentra en la cúspide de un movimiento histórico y que, mientras ese movimiento lo sostenga, puede seguir adelante y conquistar el mundo; pero cuando éste se aparte de él, sentirá que lo pierde todo[xix]. Merezhkovski, llama a Napoleón «el Titán que puso freno al caos de la Revolución»[xx] Se apoderó de ella y le dio orden.

Hay un pensador católico del siglo XIX, León Bloy, que habla sobre Napoleón. Dice que Napoleón «no puede ser explicado, es el más inescrutable de los hombres, porque es principalmente y sobre todo el prototipo de aquel que debe venir y que, quizás, no está lejos, es el prototipo y precursor, muy cercano a nosotros. ¿Quién entre nosotros, franceses o incluso extranjeros, viviendo a finales del siglo XIX, no ha sentido la tristeza ilimitada de la consumación de esta incomparable épica? ¿Quién poseído con sólo un átomo de alma no fue abrumado por el pensamiento de la caída demasiado repentina del gran imperio y su líder? ¿Quién no se sintió oprimido por el recuerdo de que, hasta ayer, así parecía, los hombres estaban en la cúspide más alta posible para la humanidad, debido a la mera presencia de este ser amado, milagroso y terrible, como nunca antes se había visto en el mundo? Y podían, como los primeros seres humanos en el paraíso, considerarse señores de toda la creación de Dios, y ahora inmediatamente después deben ser arrojados de nuevo al barro milenario de la dinastía de los Borbones»[xxi], porque después de Napoleón se restauró la monarquía.

El [Napoleón] mismo se describe como alguien que es muy del pueblo, aunque el mismo provenía de la pequeña nobleza. Él dice «que la fibra popular responde a la mía, vengo de las filas del pueblo, y mi voz tiene influencia sobre ellos»[xxii]. «Grande era mi poder material»[xxiii], dijo, «pero mi poder espiritual era infinitamente mayor, ¡rozaba la magia!»[xxiv]. Cuando los hombres entregaban su vida por Napoleón, morían por alguien que, como habría de escribir Victor Hugo, era una deidad: «entendiendo que iban a morir, saludaban a su Dios que estaba en medio de la tempestad»[xxv],

«A su regreso a París desde Elba» Es decir, cuando fue desterrado por primera vez a Elba, frente a la costa de Francia, y luego regresó por un breve periodo antes de Waterloo, «entró en el palacio de las Tuyerías» en París, «los que lo llevaban estaban frenéticos, fuera de sí de alegría, y miles de otros se consideraban felices de poder besar o incluso tocar el borde de sus vestiduras. «Me pareció estar presente en la resurrección de Cristo»[xxvi], dice un testigo.

Cuando era niño, escribe este mismo León Bloy, «conocí a viejos veteranos que no podían distinguirlo, (a Napoleón), del Hijo de Dios.»[xxvii] Napoleón mismo escribe en su testamento que dejó, «Muero en la religión apostólica romana en cuyo seno nací.»[xxviii] Y de hecho vivió, fue miembro de la Iglesia católica romana, pero en ideas, era totalmente ajeno a ella. Ya que dijo, de hecho, «prefiero al Islam. Al menos no es tan absurdo como nuestra religión»[xxix]. «Napoleón es un ser daimoníaco, dijo Goethe usando la palabra daimon en su sentido pagano antiguo, ni Dios ni diablo, sino alguien entre los dos»[xxx].

Había una «corriente apocalíptica que recorre todo el misterio napoleónico. Se originó aún antes con la Revolución, cuando a veces alcanzó tal intensidad que es casi similar a la escatología cristiana primitiva, una premonición del fin del mundo.»[xxxi] Esto, por supuesto, es muy preciso porque este es un movimiento milenarista. «El fin de todas las cosas está cerca, habrá un nuevo cielo y una nueva tierra»[xxxii].

«El antiguo sueño del paraíso perdido, del reino de Dios en la tierra como en el cielo, junto con una nueva visión de un reino humano de libertad, igualdad y fraternidad atrajo a los hombres hacia Napoleón. (…) Napoleón es el alma de la revolución. “Yo soy la revolución”, él dijo en el comienzo del Imperio, y para su final dijo “El Imperio es la revolución”».[xxxiii]

«Era un hombre malo, ¡un hombre malvado!». Dice de Rousseau mientras está de pie sobre su tumba. «Sin él no hubiera habido revolución francesa. Es cierto que yo tampoco habría existido. Quizás eso habría sido mejor para la felicidad de Francia. Tu Rousseau es un loco, es el quien me ha llevado a esto» (…) El tiempo mostrará si no habría sido mejor para la paz del mundo si ni Rousseau ni yo hubiéramos vivido.»[xxxiv]

Aun así, él era en gran medida el portavoz de la Revolución.

Él dice de sí mismo, «Cerré el abismo de la anarquía. Puse fin al Caos. Limpié la revolución»[xxxv].

«A pesar de todas sus atrocidades, la revolución fue la verdadera causa de nuestra regeneración moral. Así, el estiércol más maloliente produce la vegetación más noble. Los hombres pueden restringir o suprimir temporalmente este progreso, pero son impotentes para aplastarlo. Nada puede destruir o borrar los grandes principios de la revolución. Sus sublimes verdades perdurarán para siempre a la luz de las maravillosas hazañas que hemos hecho, en el halo de gloria con el que las rodeamos, ya son inmortales. Viven en Gran Bretaña, y radian su luz en América, se han convertido en el patrimonio de la nación francesa. Son la antorcha que iluminará el mundo. Se convertirán en la religión de todas las naciones, y digan lo que digan, esta nueva época estará asociada con mi nombre, porque encendí la antorcha y arrojé luz sobre sus comienzos y ahora, a través de la persecución, seré aclamado para siempre como su Mesías. Amigos y enemigos por igual me llamarán el primer soldado de la Revolución, su líder campeón. Cuando ya no esté, seguiré siendo para todas las naciones la estrella guía de sus derechos, y mi nombre será su grito de batalla, el lema de sus esperanzas.»[xxxvi]

En cuanto a la dicotomía entre libertad e igualdad que, como cualquiera sabe, se excluyen mutuamente, él dice, «Mejor abolir la libertad que la igualdad. Es el espíritu de los tiempos, y deseo ser un hijo de mis tiempos. La libertad es la necesidad de unos pocos elegidos. Puede ser restringida impunemente, pero la igualdad agrada a la mayoría»[xxxvii].

Merezhkovski señala con razón que la Revolución se separó del cristianismo en todo, salvo en la idea de universalidad. Dostoyevsky escribe, «de hecho, la Revolución francesa no fue más que la última variación y reencarnación de la misma antigua fórmula romana de la unidad universal»[xxxviii], que por cierto descubrimos antes es uno de los temas principales del pensamiento moderno.

Napoleón lo dice él mismo, «¿Mi ambición? Era del tipo más alto y noble que quizás haya existido, la de establecer y consagrar el imperio de la razón y el pleno ejercicio y disfrute de todas las facultades humanas.»[xxxix]

Y quería marchar hacia Asia. Antes de convertirse en emperador, estuvo en Egipto y regresó para tomar el control de Francia. Para él, era más que la ruta hacia Asia. Dijo, «¡Vuestra Europa no es más que un montículo insignificante! Sólo en el Este ha habido grandes imperios y grandes convulsiones, en el Este, donde habitan seiscientos millones de personas.»[xl]

«La atracción del Este» dice Merezhkovski, «lo atrapa toda su vida. En Egipto, antes de la campaña siria, el joven general Bonaparte, estudiando durante horas en el suelo sobre enormes mapas desplegados, sueña con una marcha hacia la India a través de Mesopotamia siguiendo la ruta de Alejandro Magno.»[xli] Mencionando: «con fuerzas abrumadoras, entraré en Constantinopla, derrocaré al sultán y fundaré el nuevo y gran imperio de Oriente. Esto me traerá fama inmortal.»[xlii]

Ahora vemos cómo se rodea de un misticismo. En Santa Elena, cuando está en su exilio final, él dice, «Siempre me di cuenta de la necesidad del misterio. Siempre me di cuenta de que mis fines se servirían mejor rodeándome de un halo de misterio que tiene una fuerte fascinación para la multitud. Enciende la imaginación, allana el camino para esos efectos brillantes y dramáticos que dan a uno tal poder sobre los hombres. Esta fue la causa de mi desafortunada marcha hacia Moscú. Si hubiera sido más deliberado, podría haber evitado todo mal, pero no podía retrasarlo. Era necesario que mi movimiento y éxito parecieran, por así decirlo, sobrenaturales.»[xliii]

Y sobre la religión dice, «creé una nueva religión. Ya me imaginaba en el camino hacia Asia, montado en un elefante con un turbante en la cabeza y llevando un nuevo al Al-Corán escrito por mí mismo»[xliv], un nuevo libro sagrado. Napoleón se dio cuenta de que, como dijo, «tan pronto como un hombre se convierte en rey, es un ser separado de sus semejantes. Siempre admiré el instinto político de Alejandro (el Grande), que lo llevó a proclamar su origen divino»[xlv]. «Si hubiera regresado de Moscú» – dice – «como conquistador, habría tenido al mundo a mis pies, todas las naciones me habrían admirado y bendecido. Podría haberme retirado misteriosamente del mundo, y la credulidad popular habría revivido la fábula de Rómulo, habría dicho que fui llevado al cielo para tomar mi lugar entre los dioses»[xlvi].

Se dio cuenta de que aquellos tiempos no eran propicios para proclamarse a sí mismo Dios. Él dice «ahora, si declarara ser el hijo del Padre Todopoderoso y ordenara un servicio de acción de gracias por la ocasión, cada pescadera en París se burlaría de mí en mi cara. No, la gente es demasiado civilizada hoy en día. No queda nada grande para mí por hacer.»[xlvii]

Él uso la fe católica, como dice, «¿te gustaría que inventara alguna religión nueva y desconocida según mi fantasía? No, tengo una visión diferente sobre el asunto. Necesito la antigua fe católica, sólo ella retiene su control sobre todos los corazones, y sólo ella puede volver los corazones de la gente hacia mí y eliminar todos los obstáculos de mi camino.»[xlviii]

Pero en Santa Helena nota que tenía objetivos más allá de conquistar el mundo. Él dice, «debería haber gobernado a los religiosos con la misma facilidad que al mundo político»[xlix]. «Tenía la intención de exaltar al Papa más allá de toda medida, rodearlo de grandeza y honores. Habría logrado suprimir toda su ansiedad por la pérdida de su poder temporal. Habría hecho de él un ídolo, habría permanecido cerca de mi persona. París se habría convertido en la capital de la cristiandad, y yo habría gobernado el mundo religioso, así como el político.»[l]

Y así vemos algunas de estas ideas místicas de Napoleón y otras cosas importantes. En él tenemos, por primera vez en la edad moderna, a un conquistador del mundo, alguien que deseaba conscientemente conquistar el mundo e incluso quizá erigirse como un dios. Él se veía a sí mismo como el sucesor del Imperio Romano, después de haber derrotado a los rusos en Austerlitz en 1807 y a los alemanes en 1806; de hecho, los alemanes estaban tan asustados ante la posibilidad de que tomara la corona del Sacro Imperio Romano, que el emperador de Austria abolió en 1806 el Sacro Imperio Romano. Napoleón anunció en 1807, tras derrotar a los rusos, que «Yo ahora soy el emperador romano ya que he derrotado, a la primera Roma, el sacro imperio romano, y a la tercera Roma, que es Moscú, y ahora soy el heredero de ambas»[li].

Y un tercer aspecto es su actitud hacia los judíos. La era de la Revolución fue precedida inmediatamente por mucha agitación en favor de los judíos, especialmente por parte de filósofos judíos ilustrados, como Moisés Mendelssohn, y de los judíos liberales radicales que querían abolir los guetos y demás. De hecho, la revolución efectivamente otorgó a los judíos la autoproclamada “libertad” ya que en todos los lugares la Revolución suele ir acompañada de la emancipación de los judíos. Volveremos sobre ese aspecto más adelante.

Lo más interesante acerca de Napoleón y los judíos es que, después de haberse proclamado emperador, convocó desde todas partes del mundo una reunión del Sanedrín, que era el alto tribunal judío que condenó a Cristo a muerte y que no había existido desde la caída de Jerusalén tras la muerte de Cristo. Hizo renacer esta organización en procura de un único fin: el de que el pueblo judío lo proclamara emperador. Incluso hay una ilustración de él en esa reunión del Sanedrín proclamándolo emperador.






El gran Sanedrín de 1807 por Édouard Moyse (1867)

 

Uno se pregunta cómo encaja todo esto – hay aquí muchas ideas ilustradas y modernas; él es claramente un hijo de la Ilustración –, cómo puede cuadrar la idea de un imperio, de una monarquía restaurada, con los ideales de la Revolución, que son los de la democracia y la igualdad. ¿Cómo puede ser? ¿Y cómo pudo ser visto como el portador del ideal revolucionario?  De hecho, dondequiera que iba, sus ejércitos estaban tremendamente entusiasmados porque sentían que tenían una ideología; estaban llevando el mensaje de la verdad a otros pueblos. Obviamente, esto está ligado a este ideal revolucionario quiliástico.

Por ahora no diremos mucho más al respecto. Pero más adelante encontraremos otros ejemplos de este mismo fenómeno ocurriendo nuevamente. Ahora bien, existen distintos hilos dentro de la Revolución, y el que Napoleón evocó con más fuerza fue éste del que hemos hablado antes: el ideal de la monarquía universal, lo cual lo convierte en uno de los precursores del Anticristo. El solo hecho de pensar que podía ser proclamado dios después de conquistar el mundo, que sería el gobernante único del mundo, el Emperador Romano, y que los judíos lo proclamarían emperador – casi como un Mesías – muestra claramente que él fue, más que cualquiera antes que él en la época moderna, un precursor del Anticristo. Más adelante veremos que hubo otra figura en la historia moderna con un papel parecido: Hitler.

Y toda la Revolución, que comienza con la proclamación de los derechos del hombre y con la imposición de la igualdad mediante masacres sangrientas y una despoblación deliberada, la proclamación del comunismo y la llegada al poder de un gobernante que deseaba ser el gobernante del mundo: todo esto, por lo tanto, no es sino un ensayo para el futuro reino de este mundo.

Y una vez que Napoleón fue removido y la monarquía fue restaurada, veremos que no fue una restauración real –, estas ideas revolucionarias comienzan a hacerse cada vez más fuertes, y toda la clase intelectual europea las absorbe con avidez. Cambian algunas ideas, pero el ideal básico sigue siendo el mismo. Hay algunos pensadores que profundizan un poco más en la cuestión, algunos son más superficiales. Examinaremos las perspectivas de diversos autores, así como los episodios revolucionarios que inspiraron. Pero para entender a la Revolución tenemos que verla no como algo completo en sí mismo, sino como un intento de irrupción de nuevas fuerzas, de nuevas fuerzas quiliastas. Más adelante estas fuerzas serán capaces de apoderarse no solo de la mayor parte de Europa, sino, ahora, de la mayor parte del mundo, porque entretanto este proceso de apostasía, el Misterio de la Iniquidad, ha ido mucho más lejos y ha penetrado en la vida de prácticamente todos los hombres del mundo.


Para adquirir la versión al castellano Volumen I del Curso de Supervivencia Ortodoxa editado en papel o en formato digital kindle ya completamente expurgado de todos sus errores, con la totalidad de las notas de pie de pagina incluidas y las imágenes por favor hacer click a la imagen de abajo: 


  <<           PARTE       V           >>     PARTE VII




No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMO LEER EL LIBRO DEL GENESIS - p. Serafín Rose

1.              Una aproximación   En cierto sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se han llenado...