sábado, 14 de febrero de 2026

COMO LEER EL LIBRO DEL GENESIS - p. Serafín Rose



1.             Una aproximación

 

En cierto sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se han llenado con tantas teorías y hechos supuestos fundados en la ciencia y la filosofía modernas sobre los orígenes del hombre y del universo que inevitablemente llegamos a este libro con nociones preconcebidas.

Algunos quieren que concuerde con sus teorías científicas particulares; otros buscan que entre en discrepancia con las suyas. Tanto unos como otros suponen que el texto encierra un contenido científico; pero hay quienes lo ven únicamente como poesía, un producto de la imaginación religiosa, ajeno por completo al ámbito de la ciencia.

La cuestión central que provoca nuestras dificultades para comprender este libro es: ¿hasta qué punto debemos leerlo “literalmente”?

Otros, algunos fundamentalistas protestantes nos dicen que todo es (o prácticamente todo es) “literal”. Pero semejante postura nos coloca ante dificultades imposibles: dejando de lado nuestra interpretación literal o no literal de diversos pasajes, la propia naturaleza de la realidad que se describe en los primeros capítulos del Génesis (la creación misma de todas las cosas) hace que sea completamente imposible que todo sea entendido “literalmente”; ni siquiera tenemos palabras, por ejemplo, para describir “literalmente” cómo algo pueda surgir de la nada.

¿Cómo es que “habla” Dios? ¿Produce un sonido que resuena en una atmósfera que todavía no existe? Esta explicación es, obviamente, un tanto demasiado simple: la realidad es más compleja.

Luego está el extremo opuesto. Algunas personas quisieran interpretar este libro (al menos los primeros capítulos, que presentan la mayor dificultad) como una alegoría, una manera poética de describir algo que en realidad está mucho más cerca de nuestra experiencia. Pensadores católicos romanos, por ejemplo, en años recientes han ideado algunos modos ingeniosos de “explicar” el Paraíso y la caída del hombre; pero al leer estas interpretaciones se tiene la impresión de que muestran tan poco respeto por el texto del Génesis que lo tratan como un comentario primitivo sobre ciertas teorías científicas recientes. Esto también es un extremo. San Juan Damasceno, el Padre del siglo VIII cuyas opiniones, por lo general, resumen la postura patrística de los primeros siglos cristianos, afirma explícitamente que la interpretación alegórica del Paraíso forma parte de una herejía temprana y no pertenece a la Iglesia.¹

Hoy en día se encuentra con frecuencia una vía de escape común entre estas dos posturas. Recientemente la declaración de una monja católica romana (que además es docente) fue difundida ampliamente bajo el título: «Dios ayudó a crear la evolución». Ella afirma:

«El relato bíblico de la creación tiene una finalidad religiosa. Contiene, pero no enseña, errores. La teoría evolutiva de la creación, en cambio, tiene una finalidad científica, y la búsqueda de la verdad es competencia de astrónomos, geólogos, biólogos y otros especialistas. Estos dos propósitos son distintos, y ambos ofrecen verdad a la mente y al corazón humanos»

Sostiene además que el Génesis procede de tradiciones orales que estaban limitadas por las concepciones científicas de aquella época.

Según esta postura, el Génesis pertenece a una categoría, y la verdad o la realidad científica a otra; el Génesis tiene poco o nada que ver con la verdad de ningún tipo, ya sea literal o alegórica. Por lo tanto, en realidad no sería necesario reflexionar sobre la cuestión: uno lee el Génesis para edificación espiritual o como poesía, y los científicos le dirán lo que necesita saber acerca de los hechos relativos al origen del mundo y del hombre.

en términos reales, equivale a no considerar la cuestión en absoluto, pues no toma al Génesis con seriedad. El objetivo fundamental de nuestro estudio del Génesis es, por el contrario, tomarlo en serio, y ver lo que lo que efectivamente dice. Ninguno de los enfoques señalados permite hacerlo. Debemos, por tanto, buscar en otro lugar la “clave” para la comprensión del Génesis.

Al acercarnos al Génesis debemos procurar evitar escollos como los que hemos mencionado más arriba mediante un cierto grado de autoconciencia: ¿qué clase de prejuicios o predisposiciones podemos tener al aproximarnos al texto?

Ya hemos señalado que algunos de nosotros pueden estar demasiado ansiosos por hacer que el significado del Génesis concuerde (o discrepe) con alguna teoría científica particular. Expresemos un principio más general acerca de cómo, con nuestra mentalidad del siglo XX, tendemos a proceder en este sentido. En reacción al extremo literalismo de nuestra perspectiva científica (un literalismo que es exigido por la propia naturaleza de la ciencia), cuando nos volvemos hacia textos no científicos de literatura o de teología, estamos muy predispuestos a buscar significados no literales o “universales”. Y esto es natural: queremos evitar que estos textos parezcan ridículos a los ojos de quienes han sido formados científicamente. Pero debemos darnos cuenta de que, con esta predisposición, a menudo saltamos a conclusiones que en realidad no hemos reflexionado con la debida seriedad.

Para tomar un ejemplo evidente: cuando oímos hablar de los “Seis Días” de la creación, la mayoría de nosotros ajusta automáticamente esos días a lo que la ciencia contemporánea enseña acerca del crecimiento y desarrollo gradual de las criaturas. “Deben de ser períodos de tiempo indefinidamente largos —millones o miles de millones de años—”, nos dice nuestra mente del siglo XX; “todos esos estratos geológicos, todos esos fósiles… no podrían haberse formado en un ‘día’ literal”. Y si oímos que un fundamentalista en Texas o en el sur de California insiste una vez más, en voz alta, en que esos días duran exactamente veinticuatro horas y no más, incluso podemos indignarnos y preguntarnos cómo puede la gente ser tan obtusa y anticientífica.

En este curso no pretendo decirles cuánto duraron esos días. Pero creo que deberíamos ser conscientes de que nuestra tendencia natural, casi subconsciente, a considerarlos como períodos indefinidamente largos —pensando de ese modo que hemos resuelto el “problema” que presentan— no es en realidad una respuesta bien pensada a este problema, sino más bien una predisposición o prejuicio que hemos absorbido del ambiente intelectual en el que vivimos. Cuando examinamos estos días con mayor detenimiento, veremos, sin embargo, que toda la cuestión no es tan simple y que nuestra predisposición natural, en este caso como en muchos otros, tiende más a oscurecer que a clarificar la cuestión real.

Examinaremos esta cuestión específica más adelante. Por ahora, quisiera exhortarnos a no estar demasiado seguros de nuestras maneras habituales de mirar el Génesis, y a abrirnos a la sabiduría de los teofóros del pasado, que han dedicado tanto esfuerzo intelectual a comprender el texto del Génesis tal como debía ser entendido. Estos Santos Padres son nuestra clave para comprender el Génesis.


 

 

 

 

2.             Los Santos Padres: nuestra clave para la comprensión del Génesis

 

En los Santos Padres encontramos la “mente de la Iglesia”: la comprensión viva de la revelación de Dios. Ellos son nuestro vínculo entre los textos antiguos que contienen la revelación divina y la realidad actual. Sin este vinculo, cada hombre queda entregado a sí mismo, y de ello nace una miríada de interpretaciones y de sectas.

 

Los comentarios patrísticos sobre el Génesis son abundantes, y esto es ya un signo claro de la importancia extraordinaria que este texto tuvo para los Padres de la Iglesia. Consideremos ahora qué Padres hablaron de él y qué obras escribieron al respecto.

A lo largo de este curso recurriré principalmente a cuatro comentarios de los Padres de la Iglesia antigua. Veamos ahora qué Padres hablaron de este texto y qué obras escribieron.

  1. San Juan Crisóstomo escribió un comentario mayor y otro menor sobre todo el libro del Génesis. El mayor, llamado Homilías sobre el Génesis, fue en realidad un ciclo de lecturas pronunciadas durante la Gran Cuaresma, ya que en ese tiempo el libro del Génesis se lee en la iglesia. Este libro contiene sesenta y siete homilías y tiene unas setecientas páginas. Otro año, san Juan pronunció otras ocho homilías, que comprenden varios cientos de páginas más. También escribió un tratado titulado Sobre la creación del mundo, de más de cien páginas. Así, en san Juan Crisóstomo tenemos mil páginas o más de interpretación del Génesis. Es uno de los principales intérpretes de este libro.
  2. San Efrén el Sirio, aproximadamente contemporáneo de san Juan Crisóstomo, también tiene un comentario sobre todo el libro. En su obra, llamada simplemente Interpretación de los libros de la Biblia, varios cientos de páginas están dedicadas al Génesis. San Efrén es valorado como intérprete del Antiguo Testamento porque conocía el hebreo, era un “oriental” (es decir, poseía una mentalidad oriental) y conocía las ciencias.
  3. San Basilio el Grande pronunció homilías sobre los Seis Días de la creación, llamadas el Hexaemerón, que significa “Seis Días”. Existen otros Hexaemera en la literatura de la Iglesia primitiva, algunos que se remontan al siglo II. El de san Basilio es, podría decirse, el más autorizado. No cubre todo el Génesis, sino solo el primer capítulo. Otro libro suyo que citaremos se llama Sobre el origen del hombre, que es como una continuación del Hexaemerón.
  4. En Occidente, san Ambrosio de Milán leyó las homilías de san Basilio y escribió él mismo homilías sobre los Seis Días. Su Hexaemerón es bastante más extenso, de unas trescientas páginas. San Ambrosio también escribió un libro completo sobre el Paraíso, continuación del Hexaemerón, así como un libro sobre Caín y Abel.

 

Además de estos comentarios básicos, examinaremos una serie de libros que no abarcan todo el Génesis ni todos los Seis Días. Por ejemplo, el hermano de san Basilio, san Gregorio de Nisa, tiene un libro titulado Sobre la creación del hombre, que trata en detalle el final del primer capítulo y el comienzo del segundo capítulo del Génesis.

También he recurrido a exposiciones del dogma ortodoxo. El libro de san Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, contiene muchos capítulos sobre cuestiones relativas a los Seis Días, la creación del hombre, la caída, el Paraíso, etc. Los catecismos de la Iglesia primitiva —el Gran Catecismo de san Gregorio de Nisa y las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén— también ofrecen algunos detalles sobre estas cuestiones.

Sobre una cuestión específica de la cosmovisión patrística he utilizado los tratados sobre la Resurrección de san Atanasio el Grande, san Gregorio de Nisa y san Ambrosio de Milán.

San Simeón el Nuevo Teólogo ha escrito homilías sobre Adán, la caída y el mundo primitivo, que tenemos en inglés en el libro El pecado de Adán.

Existen también diversos escritos de san Gregorio el Teólogo acerca de la creación del hombre, de la naturaleza humana y del alma. San Macario el Grande, san Abba Doroteo, san Isaac el Sirio y otros autores de la vida ascética hablan con frecuencia de Adán y de la caída. Dado que el objetivo fundamental de la vida ascética es retornar al estado de Adán antes de la caída, escriben acerca de lo que significó la caída, de lo que era el Paraíso y de aquello a lo que intentamos volver.

El bienaventurado Agustín trata el tema del Génesis en La ciudad de Dios; san Gregorio Palamás escribe sobre diversos aspectos en sus obras apologéticas; y san Gregorio del Sinaí escribe también sobre el Paraíso.

(Hay asimismo algunos comentarios posteriores que, lamentablemente, no he visto. Uno es de san Juan de Kronstadt sobre el Hexaemerón, y otro es del metropolita Filareto de Moscú sobre el Génesis).

Estos Padres no nos dan todas las respuestas a las preguntas que podamos tener sobre el Génesis; los leemos más bien para adquirir nuestra actitud frente al Génesis. A veces los Padres pueden parecer contradecirse entre sí o expresarse de un modo que quizá no consideremos muy útil para las cuestiones que tenemos hoy. Por lo tanto, debemos tener algunos principios básicos que gobiernen nuestra comprensión tanto del Génesis como de los Santos Padres.

 

3.              Principios básicos de nuestro enfoque para comprender el Génesis

 

1.         Estamos buscando verdad. Debemos respetar el texto del Génesis lo suficiente como para reconocer que contiene verdad, aun cuando esa verdad pueda parecernos inusual o sorprendente.

Si parece entrar en conflicto con lo que creemos saber por la ciencia, recordemos que Dios es el Autor de toda verdad, y que nada que sea genuinamente verdadero en la Escritura puede contradecir a nada que sea genuinamente verdadero en la ciencia.

2.         La Sagrada Escritura es Divina en inspiración. Examinaremos más adelante con mayor detenimiento qué significa esto; pero, para comenzar, significa que debemos buscar en ella verdades de un orden superior, y que, si encontramos dificultad en comprender algo, debemos sospechar primero de nuestra propia falta de conocimiento antes que de una deficiencia en el texto inspirado.

3.         No debemos apresurarnos a ofrecer nuestras propias explicaciones de los pasajes “difíciles”, sino que bien debemos intentar familiarizarnos primero con lo que los Santos Padres han dicho sobre esos pasajes, reconociendo que ellos poseen una sabiduría espiritual que nosotros no tenemos.

 

4.         Debemos cuidarnos también de la tentación de tomar citas aisladas, fuera de contexto, de los Santos Padres para “probar” un punto que nos gustaría sostener. Por ejemplo, he visto a un ortodoxo que, queriendo demostrar que no había nada “especial” en la creación de Adán, citaba la siguiente afirmación de san Atanasio el Grande: «El primer hombre creado fue hecho de polvo como todos los demás, y la mano que creó a Adán entonces está creando también y siempre a aquellos que vienen después de él».


Esta es una afirmación general sobre la actividad creadora continua de Dios, que nadie pensaría en contradecir. Pero el punto que esta persona quería establecer era que no existía una distinción real entre la creación de todo hombre viviente y la creación del primer hombre, y en particular, que el cuerpo de Adán habría podido formarse por generación natural en el seno de alguna criatura que aún no era plenamente humana. ¿Puede ser utilizada una afirmación de tal índole de manera legitima como una “prueba” en esta cuestión?

Resulta que podemos encontrar un pasaje en las obras de san Atanasio que refuta específicamente esta idea. En otro lugar dice: «Aunque Adán fue formado únicamente de la tierra, en él estaba implicada la sucesión de toda la raza».[1] Aquí él afirma de manera muy específica que Adán fue creado de un modo diferente al de todos los demás hombres, lo cual, como veremos, es en efecto la enseñanza general de los Santos Padres. Por lo tanto, es ilegítimo tomar una sola cita suya y pensar que con ello se prueba, o se abre el camino, a alguna idea predilecta propia. La afirmación general de san Atanasio acerca de la naturaleza del hombre no dice absolutamente nada sobre la naturaleza específica de la creación de Adán.

Un uso indebido de citas de los Santos Padres como este es un tropiezo muy común en nuestros días, cuando las polémicas sobre estos temas suelen ser muy apasionadas. En este curso intentaremos, en la medida de lo posible, evitar tales tropiezos, no imponiendo nuestras propias interpretaciones a los Santos Padres, sino tratando simplemente de ver qué es lo que ellos mismos dicen.

5.         No necesitamos aceptar cada palabra que los Padres escribieron sobre el Génesis; en ocasiones hicieron uso de la ciencia de su tiempo como material ilustrativo, y esa ciencia estaba equivocada en algunos puntos. Pero debemos distinguir cuidadosamente su ciencia de sus afirmaciones teológicas, y debemos respetar su enfoque global, así como sus conclusiones generales y sus intuiciones teológicas.

6.         Si creemos que nosotros mismos podemos añadir algo a la comprensión del texto para nuestros días (quizá basándonos en los hallazgos de la ciencia moderna), que se haga con cautela y con pleno respeto por la integridad del texto del Génesis y por las opiniones de los Santos Padres. Y debemos ser siempre humildes en este intento: la ciencia de nuestros propios días también tiene sus limitaciones y errores; y si nos apoyamos excesivamente en ella, podemos acabar llegando a interpretaciones erradas.

7.         En este curso, en particular, intentaremos primero comprender a los Padres, y solo después ofrecer nuestras propias respuestas a algunas cuestiones, si es que las tenemos.

8.         Finalmente, si es verdad que la ciencia moderna es capaz de arrojar cierta luz sobre la comprensión de al menos algunos pasajes del Génesis — pues no necesitamos negar que en algunas áreas las verdades de estas dos esferas se superponen —, creo que no es menos cierto que la comprensión patrística del Génesis también es capaz de arrojar luz sobre la ciencia moderna y ofrecer indicios sobre cómo entender los hechos de la geología, la paleontología y otras ciencias relacionadas con la historia primitiva de la tierra y de la humanidad. Este estudio puede, por lo tanto, ser fructífero en ambas direcciones.

9.         El objetivo de este curso, sin embargo, no es responder a todas las preguntas sobre el Génesis y la creación, sino, ante todo, inspirar a los cristianos ortodoxos a pensar sobre este tema de una manera más amplia de lo que suele hacerse, sin conformarse con las respuestas simplistas que se oyen con tanta frecuencia.

 

4.             Interpretaciones literales versus simbólicas

 

Esta cuestión constituye un gran obstáculo para nosotros, los hombres modernos, que hemos sido formados con una educación y una cosmovisión “científicas”, las cuales nos han empobrecido en nuestra comprensión de los significados simbólicos en la literatura. Con demasiada frecuencia, como resultado de ello, sacamos conclusiones precipitadas: si existe un significado simbólico en alguna imagen de la Escritura (por ejemplo, el árbol del conocimiento del bien y del mal), estamos muy inclinados a decir: «es solo un símbolo»; la más mínima indicación de un sentido figurado o metafórico suele llevarnos a descartar el sentido literal.

A veces esta actitud puede incluso conducir a conclusiones apresuradas sobre secciones enteras o libros completos de la Escritura: si hay elementos simbólicos o figurativos, por ejemplo, en el relato del Génesis sobre el Jardín del Edén, podemos fácilmente caer en la conclusión de que todo el relato es un “símbolo” o una “alegoría”.

Nuestra clave para comprender el Génesis es esta: ¿cómo entendieron esta cuestión los Santos Padres, específicamente en relación con pasajes concretos, y en general con respecto al libro en su conjunto?

Tomemos algunos ejemplos:

 

1. San Macario el Grande de Egipto, un santo de la vida mística más elevada y a quien ciertamente no se puede sospechar de un enfoque excesivamente literal de la Escritura, escribe sobre Génesis 3,24:

 

«Que el Paraíso fue cerrado y que se ordenó a un Querubín impedir que el hombre entrara en él con una espada flamígera: de esto creemos que, de modo visible, fue en verdad tal como está escrito, y al mismo tiempo encontramos que esto ocurre místicamente en cada alma».[2]

 

Este es un pasaje en el que muchos de nosotros habríamos esperado que tuviera solo un significado místico, pero este gran contemplativo de las realidades Divinas nos asegura que también es verdadero “tal como está escrito”, para quienes sean capaces de verlo así.

 

2. San Gregorio el Teólogo, célebre por sus profundas interpretaciones místicas de la Escritura, dice del árbol del conocimiento del bien y del mal:


«este árbol representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era segura sólo para quienes fueran de disposición perfecta. No era bueno, por el contrario, para los demasiado simples ni para los en exceso  deseosos, al igual que no es conveniente una comida completa para 
quienes son todavía pequeños y sólo necesitan leche».[3]


¿Significa esto que consideraba este árbol solo como un símbolo, y no también como un árbol literal? En sus propios escritos no responde claramente a esta cuestión, pero otro gran Santo Padre sí lo hace (pues cuando enseñan la doctrina ortodoxa y no solo expresan opiniones privadas, todos los grandes Padres concuerdan entre sí e incluso se ayudan mutuamente a interpretarse). San Gregorio Palamás, el Padre hesicasta del siglo XIV, comenta este pasaje:

 

«Gregorio el Teólogo ha llamado al árbol del conocimiento del bien y del mal “contemplación” (…) pero no se sigue de ello que lo implicado sea una ilusión o un símbolo sin existencia propia. Pues el divino Máximo (el Confesor) hace también de Moisés el símbolo del juicio, y de Elías el símbolo de la pre-visión. ¿Acaso se supone entonces que tampoco existieron realmente, sino que fueron inventados “simbólicamente”?»[4]

 

3. Estas son interpretaciones concretas. En cuanto a los enfoques generales sobre el carácter “literal” o “simbólico” del texto del Génesis, veamos las palabras de varios otros Santos Padres que escribieron comentarios sobre el Génesis. San Basilio el Grande, en su Hexaemerón, escribe:

 

«Aquellos que no admiten el sentido común de las Escrituras dicen que el agua no es agua, sino otra naturaleza, y explican una planta y un pez según su propia opinión… Pero cuando yo oigo “hierba”, pienso en hierba, y del mismo modo entiendo todo tal como se dice: una planta, un pez, un animal salvaje y un buey. En verdad, “no me avergüenzo del Evangelio” (Rom 1,16)… Algunos han intentado, mediante argumentos falsos e interpretaciones alegóricas, conferir a la Escritura una dignidad propia de su imaginación. Pero esta es la actitud de quien se considera más sabio que las revelaciones del Espíritu e introduce sus propias ideas bajo la apariencia de una explicación. Por tanto, entiéndase tal como ha sido escrito».[5]

 

4. San Efrén el Sirio nos dice de modo semejante en su Comentario al Génesis:

 

«Nadie debe pensar que la Creación de los Seis Días es una alegoría; del mismo modo es inadmisible decir que lo que, según el relato, fue creado en seis días, fue creado en un solo instante, o que ciertos nombres presentados en este relato no signifiquen nada o signifiquen otra cosa. Por el contrario, debemos saber que, así como el cielo y la tierra que fueron creados en el principio son verdaderamente el cielo y la tierra y no otra cosa entendida bajo esos nombres, así también todo lo demás de lo que se habla como creado y ordenado después de la creación del cielo y de la tierra no son nombres vacíos, sino que la esencia misma de las naturalezas creadas corresponde a la fuerza de esos nombres».[6]

 

5. San Juan Crisóstomo, hablando específicamente de los ríos del Paraíso, escribe:

 

«Quizá alguien que ama hablar desde su propia sabiduría tampoco admitirá aquí que los ríos sean verdaderamente ríos, ni que las aguas sean propiamente aguas, sino que infundirá en quienes se dejan escuchar la idea de que ellos (bajo los nombres de ríos y aguas) representaban otra cosa. Pero os ruego: no prestemos atención a esas personas, tapemos nuestros oídos frente a ellas, y creamos en la Divina Escritura; y siguiendo lo que está escrito en ella, esforcémonos por conservar en nuestras almas dogmas sanos».[7]

Esto muestra que los Santos Padres ya se enfrentaban a esta cuestión en su tiempo, en el siglo IV. Eran muchos los que interpretaban el texto del Génesis de modo alegórico, entregándose sin freno a interpretaciones simbólicas y negando que tuviera significado literal alguno, especialmente en lo tocante a los tres primeros capítulos que estudiaremos. Por esta razón, los Santos Padres afirmaron de manera explícita que el texto posee un significado literal, y que es necesario comprender con exactitud cuál es ese significado.

Esto debería bastar para mostrarnos que los Santos Padres que escribieron sobre el Génesis fueron, en general, bastante “literales” en su interpretación del texto, aunque en muchos casos admitieran también un significado simbólico o místico. Existen, por supuesto, en la Escritura, como en toda clase de literatura, metáforas evidentes que nadie en su sano juicio pensaría tomar “literalmente”. Por ejemplo, en el Salmo 103 se dice que “el sol conoce su ocaso”. Con pleno respeto por el texto, no necesitamos creer que el sol tenga conciencia y “sepa” literalmente cuándo debe ponerse; esto es simplemente un recurso normal del lenguaje poético y no debería causarle dificultad a nadie.

Existe, además, un tipo particularmente importante de afirmaciones en la Escritura —abundantemente presentes en el Génesis — que los Santos Padres nos enseñan de manera explícita a no comprender en sentido literal. Se trata de las afirmaciones antropomórficas hechas acerca de Dios, como si fuera un hombre que camina, habla, se enoja, etc. Todas estas afirmaciones debemos entenderlas de un modo “conforme a Dios”; es decir, basándonos en el conocimiento que poseemos, por la enseñanza ortodoxa, de que Dios es puramente espiritual, carece de órganos corporales, y que Sus acciones son descritas en la Escritura según la manera en que se nos manifiestan.

En este punto, los Padres muestran una gran cautela respecto del texto del Génesis. Así, san Juan Crisóstomo afirma:

 

«Cuando oigas que “Dios plantó el Paraíso en Edén, en el oriente”, entiende la expresión “plantó” de manera conforme a Dios, a saber, como un mandato suyo; pero en lo tocante a lo que sigue en el texto, cree con plena certeza que el Paraíso fue creado y que fue creado en el lugar mismo que la Escritura le asigna.»[8]

 

En cuanto a la información “científica” contenida en el libro del Génesis — y dado que habla de la formación del mundo que conocemos —, no puede dejar de haber allí cierta información científica. Contrariamente a una creencia popular, no hay nada “desactualizado” en él. Sus observaciones, ciertamente, están hechas desde el punto de vista de la tierra y en cuanto conciernen a la humanidad; pero no formulan ninguna enseñanza particular, por ejemplo, acerca de la naturaleza de los cuerpos celestes o de sus movimientos relativos. Por ello, el libro puede ser leído por cada generación y comprendido a la luz de su propio conocimiento científico. El descubrimiento, en siglos recientes, de la vastedad del espacio y de la inmensidad de muchos cuerpos celestes no hace sino añadir grandeza, en nuestra mente, al relato simple del Génesis.

Cuando los Santos Padres hablan del Génesis, por supuesto, intentan ilustrarlo con ejemplos tomados de la ciencia natural de su tiempo; hoy nosotros hacemos lo mismo. Todo ese material ilustrativo está abierto a la crítica científica, y parte de él, de hecho, ha quedado obsoleto. Pero el texto mismo del Génesis permanece indemne ante tal crítica, y no podemos sino admirar cuán siempre nuevo y actual resulta para cada generación. Esta misma cualidad caracteriza también al comentario teológico de los Santos Padres sobre el texto.

 

5.              La naturaleza del texto

 

Un último punto importante a considerar antes de abordar el texto del Génesis mismo: ¿qué clase de texto es?

Son bien conocidos los argumentos antirreligiosos dirigidos contra la Escritura, y especialmente contra el Génesis: que sería obra de pueblos atrasados, ignorantes de la ciencia y del mundo; que estaría saturado de mitología primitiva acerca de “dioses creadores” y de seres sobrenaturales; que habría sido tomado íntegramente de la mitología babilónica, y cosas semejantes. Sin embargo, nadie puede comparar seriamente el Génesis con los mitos cosmogónicos de otros pueblos sin quedar impresionado por la sobriedad y la sencillez del relato del Génesis. Los mitos de la creación están llenos de acontecimientos fabulosos y de seres propios de cuentos, que ni siquiera pretenden ser tomados según la letra del texto. No existe comparación posible entre tales escritos y el Génesis; sencillamente, no son comparables.

Con todo, se ha difundido ampliamente una opinión popular — carente de fundamento tanto en la Escritura como en la Tradición de la Iglesia — según la cual Moisés habría escrito el Génesis consultando antiguos relatos de la creación, o limitándose a consignar tradiciones orales transmitidas hasta su tiempo; como si hubiera recopilado y simplificado los relatos que le precedieron. Esto, naturalmente, convertiría al Génesis en una obra de sabiduría y especulación humanas, y haría vano estudiarlo como testimonio verdadero acerca del origen del mundo.

Hay diversas clases de conocimiento, y el conocimiento que procede directamente de Dios es de naturaleza completamente distinta del que surge de las facultades naturales del hombre. San Isaac el Sirio distingue estas clases de conocimiento del siguiente modo:

 

«El conocimiento que concierne a lo visible, o que recibe por medio de los sentidos aquello que procede de lo visible, es llamado natural. El conocimiento que concierne al poder de lo inmaterial y a la naturaleza de las entidades incorpóreas dentro del hombre es llamado espiritual, porque las percepciones son recibidas por el espíritu y no por los sentidos.

Puesto que estos dos tipos de percepciones — las de lo visible y las de lo espiritual— hacen que cada clase de conocimiento llegue al alma desde fuera, así ocurre con ambos.

Pero el conocimiento concedido por el poder divino se llama sobrenatural; es más insondable y es superior al conocimiento. La contemplación de este conocimiento llega al alma no a partir de la materia, que le es externa…, sino que se manifiesta y se revela en las profundidades más íntimas del alma misma, de modo inmaterial, repentino, espontáneo e inesperado, ya que según las palabras de Cristo: «el Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).» [9]

 

San Isaac expone en otro lugar cómo, en los hombres que han alcanzado la cumbre de la vida espiritual, el alma puede elevarse hasta la visión del principio de todas las cosas.  Al describir cómo tal alma es arrebatada ante el pensamiento de la futura edad de incorruptibilidad, san Isaac escribe:

 

«Y desde este estado su mente es ya elevada hacia lo que precedió a la formación (composición) del mundo, cuando no existía criatura alguna, ni cielo, ni tierra, ni ángeles, nada de lo que fue traído al ser; y hacía de cómo Dios, únicamente por su buena voluntad, de pronto hizo surgir todas las cosas del no-ser al ser, y todo permanecía ante Él en perfección.» [10]

 

Así, puede creerse que Moisés y los cronistas posteriores hicieron uso de documentos escritos y de la tradición oral cuando se trataba de consignar los hechos y la cronología de los patriarcas y reyes históricos; pero un relato del comienzo mismo de la existencia del mundo, cuando no había testigos de los poderosos actos de Dios, solo puede proceder de la revelación divina: se trata de un conocimiento sobrenatural revelado en directo contacto con Dios. Y esto es precisamente lo que los Padres y la tradición de la Iglesia nos dicen que es el libro del Génesis.

San Ambrosio escribe:

 

«De él atestigua la Sagrada Escritura que no ha vuelto a surgir en Israel un profeta igual a Moises, que conoció al Señor cara a cara (Dt 34,10), no a través de una visión o en un sueño, sino hablando con el Dios supremo de tú a tu, tras haber recibido el privilegio de una clara y nítida presencia de Dios, no en imagen o de forma velada. Así pues, Moises abrió la boca y anuncio lo que el Señor por medio de él decía, de acuerdo con lo que le había prometido, cuando le envió al rey faraón: Ve, y yo abriré tu boca y te enseñare lo que has de decirle. (Ex, 4, 12)

Y si había recibido de Dios lo que había de decir sobre la liberación del pueblo, ¡cuanto más lo que había de decir sobre el cielo! Es así, sin fiarse de la sabiduría humana ni de falaces disputas filosóficas, sino en la revelación del espíritu y del poder (1 Co 2, 4), como se atrevió a afirmar, dando testimonio de la obra divina: En el principio creo Dios el cielo y la tierra»[11]

 

De manera semejante, san Basilio escribe al comienzo mismo de su Hexaemeron:

 

Este hombre, hecho semejante a los ángeles y considerado digno de contemplar a Dios cara a cara, nos transmite aquellas cosas que oyó de Dios.[12]

 

San Juan Crisóstomo, en sus Homilías sobre el Génesis, vuelve una y otra vez a la afirmación de que cada palabra de la Escritura está divinamente inspirada y posee un significado profundo; que no son palabras de Moisés, sino de Dios:

 

«Veamos ahora qué es lo que se nos enseña por medio del bienaventurado Moisés, que no habla por sí mismo, sino por la inspiración de la gracia del Espíritu».[13]

 

A continuación, ofrece una descripción particularmente reveladora de cómo Moisés realiza esta tarea. Sabemos que los profetas del Antiguo Testamento anunciaron de antemano la venida del Mesías. En el libro del Apocalipsis (Revelación), san Juan el Teólogo profetizó acerca de los acontecimientos del fin del mundo y del futuro de la Iglesia. ¿Cómo sabían lo que iba a suceder? Evidentemente, Dios se lo reveló. San Juan Crisóstomo afirma que, así como san Juan el Teólogo fue profeta de las cosas futuras, Moisés fue profeta de las cosas pasadas. Al decir lo siguiente:

 

«Todos los demás profetas hablaron o bien de lo que habría de suceder después de mucho tiempo, o bien de lo que estaba a punto de acontecer entonces; pero él, el bienaventurado Moisés, que vivió muchas generaciones después de la creación del mundo, fue tenido por digno, por la guía de la diestra del Altísimo, de proclamar lo que había sido hecho por el Señor antes de su propio nacimiento. Por esta razón comienza a hablar así: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, como si nos llamara a todos con voz potente: no es por instrucción de hombres que digo esto; Aquel que llamó al cielo y a la tierra del no-ser al ser es Aquel quien ha movido mi lengua para hablar de estas cosas. Os exhorto, pues, a que escuchemos estas palabras no como si procedieran de Moisés, sino del mismo Señor del universo que habla por medio de la lengua de Moisés, y que nos despidamos para siempre de nuestras propias opiniones».[14]

 

Así pues, debemos acercarnos a los primeros capítulos del Génesis como nos acercaríamos a un libro profético, sabiendo que en él se describen acontecimientos reales, pero sabiendo también que a causa de su lejanía respecto de nosotros y que por su misma naturaleza, al ser los primeros acontecimientos de la historia del mundo solo podremos comprenderlos de manera imperfecta, del mismo modo que tenemos una comprensión muy imperfecta de los acontecimientos del fin del mundo tal como se describen en el Apocalipsis y en otros escritos del Nuevo Testamento. El propio san Juan Crisóstomo nos advierte que no pensemos que entendemos demasiado acerca de la creación:

 

«Con gran gratitud, aceptemos lo que se nos relata por medio de Moisés, sin salir de los límites de nuestra condición, y sin intentar examinar lo que está por encima de nosotros, como hicieron los enemigos de la verdad cuando, queriendo comprenderlo todo con su mente, no se dieron cuenta de que la naturaleza humana no puede comprender la creación de Dios».[15]

 

Intentemos, pues, entrar en el mundo de los Santos Padres y en su comprensión del texto del Génesis divinamente inspirado. Amemos y respetemos sus escritos, que en nuestros tiempos confusos son un faro de claridad que ilumina con mayor pureza al propio texto inspirado. No nos apresuremos a pensar que “sabemos más” que ellos; y si creemos haber alcanzado alguna comprensión que ellos no vieron, seamos humildes y prudentes al proponerla, conscientes de la pobreza y falibilidad de nuestras propias mentes. Que ellos abran nuestra mente para comprender la revelación de Dios.

Conviene añadir aquí una nota final acerca del estudio del Génesis en nuestros propios tiempos. Los Santos Padres de la Iglesia primitiva, al escribir sobre los seis días de la creación, consideraron necesario en diversos momentos tomar nota de las especulaciones científicas o filosóficas no cristianas de su época —como, por ejemplo, la idea de que el mundo es eterno, que se produjo a sí mismo, o que fue creado a partir de una materia preexistente por un dios artesano limitado (demiurgo), y otras semejantes.

También en nuestros tiempos existen especulaciones no cristianas acerca del origen del universo, de la vida en la tierra y temas afines, y no podemos dejar de mencionarlas en distintos momentos de nuestro comentario. Las ideas más difundidas hoy son las que están ligadas a la llamada teoría de la “evolución”. Tendremos que tratar brevemente algunas de estas ideas; pero, para evitar malentendidos, conviene precisar qué entendemos por este término.

El concepto de “evolución” tiene muchos niveles de aplicación tanto en el lenguaje científico como en el popular: a veces no es más que un sinónimo de “desarrollo”; otras veces se usa para describir las “variaciones” que ocurren dentro de una especie; y, nuevamente, se emplea para referirse a cambios reales o hipotéticos en un orden natural más general. En este curso no nos ocuparemos de estas clases de “evolución”, que pertenecen en gran medida al ámbito del hecho científico y de su interpretación.

El único tipo de “evolución” con el que tendremos que tratar es la evolución entendida como cosmogonía, es decir, como una teoría sobre el origen del mundo. Este tipo de teoría evolutiva ocupa para los estudiantes contemporáneos del libro del Génesis el mismo lugar que ocuparon las antiguas especulaciones sobre el origen del mundo para los primeros Padres de la Iglesia. Hay, por supuesto, quienes insistirán en que incluso este tipo de evolución es perfectamente científica; de hecho, algunos de ellos son bastante “dogmáticos” al respecto.[16] Pero cualquier enfoque razonablemente objetivo deberá admitir que la cosmogonía evolutiva, a menos que pretenda ser divinamente revelada, es tan especulativa como cualquier otra teoría de los orígenes y puede discutirse en el mismo plano que ellas. Aunque afirme tener su fundamento en hechos científicos, pertenece en sí misma al ámbito de la filosofía e incluso roza la teología, en la medida en que no puede evitar la cuestión de Dios como Creador del mundo, ya sea que lo acepte o lo niegue.

En este curso, por lo tanto, abordaremos la “evolución” únicamente como una teoría universal que intenta explicar el origen del mundo y de la vida.



[1] San Atanasio el Grande, Four Discourses against the Arians 2.48, NPNF 2 4, p. 375

[2] San Macario el Grande, On patient endurance and discrimination 5 /Seven homilies 4.5), en Dukhovniya besedy, poslaniye I slova (Discursos espirituales, epistolas y homilias) p. 385 [Opuscula Ascetica 4.5, PG 34.869A; Phiokalia 3, p. 300 (37)] 

[3] San Gregorio el Teologo, Oration 38: On the Theophany, or the Nativity of Christ 12, NPNF 2 7, p. 348.

[4] San Gregorio Palamas, In Defense of the Holy Hesychast (The Triads) 2.3.22 edición y traduccion por el padre John Meyendorff, p. 432.

[5] San Basilio el Grande, Hexameron 9.1, FC 46, pp. 135 y 136

[6] San Efren el Sirio, Commentary on Genesis 1, Tvoreniya izher vo suyatyhj” otsa nashego Yefrema Sirina (Las obras de nuestro padre entre los santos Efrain el Sirio) 6, p. 282 [FC 91, p. 74 (1.1.)] 

[7] San Juan Crisostomo, Homilies on Genesis 13.4, Tvoreniya 4, p. 107 [FC 74, págs. 177-178 (13.15-16)] 

[8] Ibid. 13.3, p. 106 [FC 74, pág. 175 (13.13)] 

[9] San Isaac el Sirio, Directions on Spiritual Training 49, Dobrotolyubiye 2, 3rd ed. (1913), p. 660, en Early Fathers from the Philokalia, p. 196.

[10] San Isaac el Sirio, Ascetical Homilies 21, Tvoreniya izher vo svyatikh” otsa nashego avvy Isaaka Siriyanina, podvizhnika I otshel’nika (Las obras de Nuestro padre entre los santos el Abba Isaac el Sirio el asceta y heremita), pag, 108 [también hay al inglés una traducción hecha por el Holy Trasnfiguration Monastery, Homily 37, p. 180] 

[11] San Ambrosio de Milan, Hexameron 1.2. FC 42, pags 6-7

[12] San Basilio el Grande, Hexameron 1., FC 46, p. 4.

[13] San Juan Crisóstomo, Homilies on Genesis 14.2, Tvoreniya 4, p. 110 [FC 74, p 183 (14.6)] 

[14] Ibid. 2.2., p. 9 [FC 74, pág. 31-32 (2.5)] 

[15] Ibid. [FC 74, pa. 32] 

[16] Nota de traductor – sobre estas teorías que se estaban postulando en el mundo antiguo y que de hecho guardan una gran similitud con la actual teoría evolucionista san Atanasio de Alejandría nos dice: “La creación del mundo y la formación del universo ha sido entendida por muchos de manera diferente y cada cual la ha definido según su propio parecer. En efecto, unos dicen que el universo llegó al ser espontáneamente y por azar, como los epicúreos, quienes cuentan en sus teorías que no existe providencia en el mundo y hablan en contra de los fenómenos evidentes de la experiencia. Pues si, como ellos dicen, todo se originó espontáneamente y sin providencia, sería necesario que todo hubiera nacido simple, semejante y no diferente.” San Atanasio, La encarnación del verbo, pág. 41. editorial Ciudad Nueva, Madrid, España. 1997.

COMO LEER EL LIBRO DEL GENESIS - p. Serafín Rose

1.              Una aproximación   En cierto sentido, ninguno de nosotros sabe como abordar este libro, nuestras mentes se han llenado...