lunes, 5 de agosto de 2024

CURSO DE SUPERVIVENCIA ORTODOXA; LA ILUSTRACIÓN (segunda conferencia). Parte V

padre Serafín Rose

e Serafín Rose 


El universo visto como un mecanismo de relojería 

El nuevo mundo feliz que describimos en el último capítulo, y la fe en la ciencia y la naturaleza, tiene otra dimensión, que es la visión religiosa de esta época. Y en todos estos filósofos y escritores que vamos a examinar vemos algo que ya está surgiendo, algo que ya nos resulta familiar. Porque muchos de los argumentos que emplean los hemos oído nosotros mismos. Esto pertenece ya, por así decirlo, a la misma sintonía o al mismo marco discursivo en el que nosotros también hablamos. Sus argumentos eran un poco diferentes, eran más ingenuos que los del científico ilustrado de hoy; pero, aun así, hablan básicamente el mismo lenguaje, intentando demostrar las cosas mediante la ciencia o la razón, y así sucesivamente.

Esta época del sistema newtoniano es también la época de la religión de la razón. Se puede decir que, en la época del Renacimiento y la Reforma, el cristianismo fue descuidado o reducido a sus elementos esenciales, simplificado como intentaron hacer los protestantes, pero, aun así, aquellos que creían en el cristianismo seguían aferrándose de alguna manera al pasado. Ya en Tomás de Aquino y Francisco de Asís vemos que el cristianismo se estaba volviendo bastante diferente, aunque al modificar totalmente la manera de aproximarse a la fe, – lo que con el tiempo acabaría alterando también su contenido – el contenido básico de la fe seguía siendo, en apariencia, similar al del cristianismo tradicional.

Pero en esta nueva época, la Edad de la Ilustración, vemos que ahora se está cambiando el propio contenido de la fe, y surgen ideas religiosas completamente nuevas. La razón de esto es que la religión está ahora sometida al mismo estándar que la ciencia, el estudio externo del mundo externo, es decir, el estándar de la razón. Y así continúa el proceso que comenzó con la escolástica cuando la razón se colocó por encima de la fe y la tradición. Esta fue la época en que los hombres soñaron con una religión de razonabilidad. Citaremos a varios de los escritores de esta época. Todos tienen un enfoque ligeramente diferente, pero al final tienen una filosofía muy similar.

Por ejemplo, Diderot, el gran enciclopedista, habla de deshacerse de los prejuicios en la religión. En una de sus obras hace que un interlocutor afirme la importancia de mantener a la gente sujeta a ciertos prejuicios para el bien público. A esto Diderot responde, «¿Qué prejuicios? Si un hombre admite una vez la existencia de un Dios, la realidad del bien y del mal moral, la inmoralidad del alma, las recompensas y castigos futuros, ¿qué necesidad tiene de prejuicios? Suponiendo que esté iniciado en todos los misterios de la transubstanciación, la consubstanciación, la trinidad, la unión hipostática, la predestinación, la encarnación y el resto, ¿será un mejor ciudadano por ello?»[1]

Así, puede verse con claridad que el criterio aplicado es uno muy exterior. Los artículos fundamentales de la fe comienzan a parecer cosas complicadas que, según la visión ilustrada, no nos ayudan a llevar una vida mejor. Es más, resultan completamente irracionales.  Y nótese que la mayoría de estas personas conservan algunas creencias básicas, es decir, artículos de fe como la existencia del bien y del mal, de Dios y de la vida después de la muerte.

 

La ilustración en Inglaterra

 

En este período, Inglaterra adquiere el liderato a la hora de expresar el espíritu de la época. Porque Inglaterra fue el lugar donde, después de 1689, se promulgó el Edicto de Tolerancia, por el cual se permitió la existencia de todas las religiones y todas las sectas cristianas, con la excepción del catolicismo y el unitarismo; es decir, diversas formas de protestantismo, incluido el anglicanismo, pasaron a ser legales.

Vemos aquí esta combinación de una supuesta “mentalidad abierta” junto con una intolerancia persistente, porque los católicos tuvieron grandes dificultades en Inglaterra durante mucho tiempo, hasta bien entrado el siglo XIX. Incluso hoy, el anglicano supuestamente de “mente abierta” es muy obtuso en ciertos aspectos, hasta el punto de que un inglés de nuestra Iglesia, cuando quiso bautizarse y hacerse sacerdote, tuvo que ir a Francia, donde el vladika Juan (Maximóvich) lo ordenó sacerdote, porque en Inglaterra no le estaba permitido a un clérigo anglicano hacerse ortodoxo.

Incluso hoy, nuestra misión inglesa enfrenta muchas dificultades. Los anglicanos se oponen mucho cuando oyen hablar de conversiones a la Ortodoxia e incluso existen ciertas leyes contra los clérigos que se hacen ortodoxos. Así, se configura una combinación entre una mentalidad estrecha y burocrática dentro de un marco de libertad. Podes creer lo que quieras mientras pertenezcas a la Iglesia Anglicana o simplemente no te importe la religión. Pero se muestran muy contrarios a que cualquier otra fe fuerte pueda tener libertad.

La mayoría de aquellos de quienes hablaremos son escritores ingleses que, aunque no son filósofos profundos, forman parte de la escuela pragmática inglesa, y sus ideas están en consonancia con el espíritu de la época, y se extendieron a Francia y Alemania, y especialmente en Francia tuvieron seguidores incluso muy radicales. Los ingleses generalmente se abstuvieron de las consecuencias más radicales porque son muy prácticos. Puedes mantener el pasado y seguir siendo un libre pensador sin llegar hasta el final.

Ya en el siglo XVII había un Lord, Norbert de Cherbury, que murió en 1648, que fue uno de los principales “teólogos”, así llamados, de esta nueva religión naturalista. Y él también, como muchas personas en el Renacimiento, había oído una voz sobrenatural que sancionaba su religión natural. Según él, hay cinco artículos de fe en los que todos los cristianos pueden estar de acuerdo independientemente de su secta o de sus diferencias teológicas. Intenta, por medio de la razón, sintetizar la esencia del cristianismo. Y estos cinco artículos de fe en los que todos están de acuerdo son, a saber, que Dios existe, que debe ser adorado, que nuestra devoción hacia Él debe manifestarse sobre todo mediante la piedad y la virtud, que los hombres están llamados al arrepentimiento, y de que hay una vida después de la muerte de recompensas y castigos. Él creía, por supuesto, que todo esto era razonable no en virtud de la razón, sino porque las personas que él conocía y los pensadores comunes de aquel tiempo todavía conservaban al menos esta parte del cristianismo. Pero después de él habría puntos de vista mucho más radicales. 

Hay otro pensador, John Toland, un clérigo anglicano, – creo que era clérigo –, que murió en 1722, que escribió un libro llamado, Christianity Not Mysterious[2], en el cual quería explicar que el cristianismo es, en realidad, muy, muy razonable. No hace falta tener ninguna superstición para creer en el cristianismo. Según él «no hay nada en el Evangelio contrario a la razón, ni por encima de ella», y que ninguna doctrina cristiana puede ser llamada propiamente un misterio. Así que todo es perfectamente comprensible. Un buen hombre de sentido común entenderá de qué se trata el cristianismo.

Otro de la misma época, Matthew Tindal que murió en 1733, escribió otro libro sobre el mismo tipo de tema llamado Christianity as Old as the Creation. Para él, el Evangelio no es otra cosa que la ley natural. Cualquier otra revelación es inútil, de modo que el cristianismo queda reducido simplemente a lo que es natural.

En esta época había dos escuelas de pensamiento en Inglaterra, los conservadores que eran llamados los “sobrenaturalistas” y los radicales que se convirtieron en los deístas. Pero todos tenían en común esta fe de que la religión no es más que lo que es natural. Los sobrenaturalistas pensaban que la revelación añadía algo a la religión natural, aunque no mucho. Se creía que servía como una especie de sello de autenticidad, como decir “oro de veinticuatro quilates”. Deriva tu creencia de la razón y la naturaleza y luego la revelación viene y dice, “Esto es verdad”.[3] Eso era, más o menos, todo lo que hacía la revelación; y quienes creían estas cosas eran los conservadores.

Por ejemplo, tenemos como ejemplo de un conservador a John Locke, el filósofo, quien dijo, «En todas las cosas de este tipo, [Nota del p. Serafín Rose: es decir, la religión], hay poca necesidad o uso de la revelación, Dios nos ha proporcionado medios naturales y más seguros para llegar a un conocimiento de ellas. Porque cualquier verdad de la que lleguemos a un descubrimiento más claro a partir del conocimiento y la contemplación de nuestras propias ideas, siempre será más cierta para nosotros que aquellas que no son transmitidas por la revelación tradicional»[4]. Es obviamente la idea aquí de que la revelación viene de fuera como si te fuera impuesta, mientras que lo que viene de dentro de ti, lo que realmente te persuade, son argumentos racionales.

En el Nuevo Testamento, este John Locke encontró que realmente sólo hay dos condiciones establecidas para la salvación. «Estas dos, fe y arrepentimiento, es decir, creer en que Jesús es el Mesías, y una buena vida, son las condiciones indispensables del nuevo pacto que deben cumplir todos aquellos que quieran obtener la vida eterna»[5] Así que todo lo que tenemos que hacer es creer y llevar una vida recta. A estas alturas, la Ortodoxia queda bastante reducida, prácticamente borrada. Locke escribió un libro – típicamente – titulado La razonabilidad del cristianismo.

Así pues, el cristianismo se convirtió en realidad, incluso para estos conservadores, en tan solo un sistema racional y filosófico atractivo para el sentido común. Quienes no veían con buenos ojos esta transformación no disponían, al parecer, de ningún argumento racional; por eso las principales rebeliones contra este racionalismo fueron los movimientos de clase baja como el pietismo, el metodismo y otros semejantes, que basaban la religión en el sentimiento.

Y entre los intelectuales, parece que sólo Pascal vio a través de todo esto y fue muy profundo en sus observaciones sobre esta religión de la razón. Él dijo que, si uno quiere demostrar la religión por medio de la razón, más vale no tomar el cristianismo, porque está demasiado lleno de misterios. Es mucho más fácil demostrar la verdad del Islam, porque tiene menos misterios.[6]

Pero el movimiento de la razón, una vez puesto en marcha, ya no puede detenerse donde uno quiera. Los escolásticos pensaban que podían aceptar todo el contenido del cristianismo y simplemente volverlo lógico. Los que vinieron después rechazaron muchos de los puntos menores sobre los que ellos discutían y afirmaron que había una cierta esencia que podía conservarse. Luego esa esencia se hizo cada vez más pequeña, y finalmente quisieron eliminar por completo los misterios. Y ahora veremos que la idea misma de religión comienza a ser atacada.

 

 

 

 

 

Deísmo

 

El deísmo representa probablemente el movimiento más característico de todo el siglo XVIII. La idea del deísmo es que Dios existe, pero es bastante irrelevante. Es decir, Él crea el mundo y se retira. Y desde ese instante, el mundo queda completamente desligado de Dios. El mismo Newton creía que Dios no podía calcular absolutamente todo con exactitud, como, por ejemplo, las trayectorias de los cometas y cosas por el estilo. Tenía la idea de que el universo era como un gran reloj que Dios había hecho, tras lo cual se retiró, pero de vez en cuando tiene que intervenir para corregirlo, como si le diera cuerda otra vez. Pero los astrónomos posteriores dijeron que no, esto no es cierto. Y así, Dios es simplemente necesario sólo al principio. Dios crea y eso es todo. Dios se vuelve algo muy vago. De este modo, los milagros y las profecías comienzan a ser puestos en duda, y para muchos escritores no son más que supersticiones. Desde este punto de vista, los franceses se volvieron mucho más radicales que los ingleses.

El ejemplo de Diderot, quien dice – aunque no lo publicó; lo expresó en una carta privada, porque aún no era el momento para publicar semejante cosa –:
«La religión cristiana es, en mi opinión, la más absurda y atroz en sus dogmas; la más ininteligible, la más metafísica» – metafísica aquí pasa a ser un término negativo – «la más enmarañada y oscura, y por consiguiente la más propensa a divisiones, sectas, cismas y herejías; la más perjudicial para la tranquilidad pública, la más peligrosa para los soberanos por su orden jerárquico, sus persecuciones, sus disciplinas; la más insulsa, la más tediosa, la más gótica» – gótico también es aquí un insulto, es decir, medieval – «y la más lúgubre en sus ceremonias; la más pueril e insociable en su moral, considerada no en lo que comparte con la moral universal, sino en lo que le es propio y constituye su moral evangélica, apostólica y cristiana, que es la más intolerante de todas. El luteranismo, libre de algunas absurdidades, es preferible al catolicismo; el protestantismo (calvinismo) al luteranismo, el socinianismo al protestantismo, el deísmo, con templos y ceremonias, al socinianismo.»[7]  Pero aun así conserva algo de religión, como se puede notar: quiere un deísmo con templos y ceremonias, porque considera que es bueno para el pueblo.

Voltaire tiene el mismo espíritu e incluso dijo: Ecrasez l’infâme; “aplastad la cosa infame”, es decir, el cristianismo. «Todo hombre sensato, todo hombre de bien, debería tener en horror a la secta cristiana. El gran nombre de deísta, que no es suficientemente reverenciado, es el único nombre que uno debería tomar. El único Evangelio que uno debería leer es el gran Libro de la Naturaleza, escrito por la mano de Dios y sellado con su sello. La única religión que debería profesarse es la religión de adorar a Dios y ser un buen hombre. Es tan imposible que esta religión pura y eterna produzca mal como lo es que el fanatismo cristiano no lo produzca.»[8]

 

 

 

 

Contra los milagros

 

La última defensa de las personas que defendían la religión sobrenatural sobre cualquier base que no fuera puramente emocional, era la existencia de milagros. Y hubo un escritor en Inglaterra que se encargó de finalmente demoler toda la idea de los milagros. Ese fue David Hume, un escocés, a quien discutiremos más adelante por su gran importancia en toda la filosofía contemporánea. Y es interesante, este libro de texto sobre el pensamiento moderno, que fue escrito en los años veinte por un hombre típicamente ilustrado, Randall, riguroso en sus citas y en su análisis intelectual, es no obstante un producto de estas mismas corrientes, dentro de las cuales Hume funciona para él como el principal referente. Dice «En su famoso Ensayo sobre los milagros, de 1748, probó que un milagro, en el sentido de un acontecimiento sobrenatural que es signo de la divinidad que lo ejecuta, no puede comprobarse. Y su demostración fue tan concluyente que desde entonces rara vez alguna persona inteligente lo ha puesto en duda. Aun si se pudiera mostrar que los sucesos narrados realmente ocurrieron, que fueron sobrenaturales, y que bastan para fundar una religión, es imposible demostrarlo.»[9]

Y cita a Hume sobre esto, quien dice, «Ningún testimonio es suficiente para probar un milagro, a menos que el testimonio sea de naturaleza tal que su falsedad fuera aún más más milagrosa que el hecho que trata de probar... Jamás se podrá probar un milagro de modo que pueda ser fundamento de un sistema religioso... Supongamos que todos los historiadores que tratan de Inglaterra estuvieran de acuerdo (en que la reina Isabel murió, y después de haber estado enterrada un mes, volvió a ocupar el trono y gobernó a Inglaterra nuevamente). Yo no dudaría de su pretendida muerte y de las otras circunstancias públicas que la siguieron; sólo afirmaría que han sido pretendidas y que ni fueron ni podían ser reales... Aun respondería que la picardía y locura de los hombres son fenómenos tan comunes que más bien creería los sucesos más extraordinarios que surjan de su actuación, que admitir una violación tan marcada de las leyes de la naturaleza. Pero si este milagro se atribuyese a un nuevo sistema de religión, los hombres en todos los siglos han sufrido tantos engaños debido a ridículas historias de esta clase, que esta misma circunstancia sería una prueba completa de impostura, y bastaría, en las personas de buen sentido, no sólo para hacerles rechazar el hecho, sino aun para rechazarlo sin más examen. Como las violaciones de la verdad son más comunes en el testimonio acerca de los milagros religiosos que en lo concerniente a cualquier otra clase de hechos, esto debe hacernos tomar la resolución general de no prestarle nunca ninguna atención, cualquiera sea el especioso pretexto que lo cubra.»[10]

Y según este hombre, esta ya es una prueba concluyente de que los milagros no existen o al menos no pueden ser probados. Pero, por supuesto, es evidente que este hombre tenía una fe muy fuerte para no creer en los milagros. Y tendremos que examinar más adelante de dónde obtiene su fe y cómo es que esto le parece tan evidente. Veremos más adelante que Hume también aplicó este mismo estándar a la ciencia con resultados que fueron absolutamente devastadores.

 

Atacando y defendiendo la religión

 

Al poco tiempo, incluso esta religión racional – en la que lo único que quedaba era la creencia en un Dios y en el deber de los hombres de ser buenos – comenzó a ser atacada porque la razón no se conforma mientras no tenga un objeto contra el cual arremeter. Y ahora el ataque comienza, no sólo contra lo sobrenatural, sino contra la religión en su totalidad. Y aquí, quizás para nuestra sorpresa, encontramos que dos de los grandes defensores de la religión son precisamente Voltaire y Diderot, es decir, de la nueva idea de religión.

Voltaire argumenta en un momento en que aún mantenía su deísmo, mientras que muchos pensadores franceses ya se habían vuelto materialistas y ateos. Y decía: «Cuando veo un reloj cuyas manecillas marcan las horas, concluyo que un ser inteligente ha dispuesto los resortes de esta máquina para que sus manecillas marquen las horas. Así, cuando veo los resortes del cuerpo humano, concluyo que un ser inteligente ha dispuesto estos órganos para recibir y nutrirse durante nueve meses en el útero; que los ojos fueron dados para ver, las manos para asir, etcétera.»[11] A esto se le llama el “argumento del diseño”, una prueba de la existencia de Dios.

Y un segundo argumento es que debe haber una causa final de todo. Voltaire dice, «Yo existo, por lo tanto, algo existe. Si algo existe, entonces algo debe haber existido desde toda la eternidad, porque lo que es, o existe por sí mismo o ha recibido su ser de algo más.»[12] [Nota del padre Serafín Rose: Esto ya suena como Tomás de Aquino] «Existo, luego algo existe. Si algo existe, luego algo tiene que haber existido desde toda la eternidad; pues todo lo que es, o existe por si o ha recibido su ser de algún otro. Si lo ha recibido por si mismo existe necesariamente y siempre ha existido necesariamente, es Dios; si ha recibido su ser de algún otro y éste de un tercero, el ser a partir del cual lo ha recibido el último debe ser necesariamente Dios… La inteligencia no es esencial para la materia, porque una roca o un grano de arena no piensan. ¿De dónde, pues, han recibido la sensación y el pensamiento las partículas de materias que piensan? No puede ser de sí mismos, puesto que piensan a pesar suyo; no puede ser de la materia en general, puesto que el pensamiento y la sensación no pertenecen a la esencia de la materia; luego, deben haber recibido estos dones de un Ser Supremo, inteligente, infinito y causa primera de todos los seres”» [13] [14]

Puede verse cómo Voltaire se aferra a la antigua manera de entender las cosas. Finalmente afirma: «Si aceptamos que existe un Dios, hay dificultades, pero si aceptamos la opinión contraria, aparecen absurdos.»[15]  Más adelante, hombres sensatos con sentido común comenzarán a decir que no, que no hay ningún absurdo en pensar que el mundo se desarrolló por sí mismo, y así sucesivamente. Veremos esto más adelante, en la conferencia sobre toda la idea de la evolución.

Voltaire incluso creía en la inmortalidad del alma. Sobre la inmortalidad del alma, Voltaire afirma: «Sin querer engañar a los hombres, puede decirse que tenemos tantas razones para creer como para negar la inmortalidad del ser que piensa.»[16] Y, por supuesto, aquí no está basándose en la ciencia; está hablando a partir de las viejas creencias, que los pensadores más radicales ya estaban refutando y descartando.

Pero ya con los materialistas y los ateos en este periodo justo antes de la Revolución francesa, comenzamos a llegar a algunas de las razones por las cuales se destruyó toda la cosmovisión de la Ilustración. Sin embargo, la idea central de la Ilustración era la del optimismo: la convicción de que el mundo es plenamente inteligible, que los misterios han desaparecido y que hasta el cristianismo puede entenderse racionalmente.

 

Arte y música

 

Ahora una nota sobre el arte y la música de este periodo.

Al leer a los filósofos y teólogos de esa época, uno se da cuenta de lo profundamente anclados que están en su tiempo, es decir, uno percibe lo marcadamente anticuados que hoy resultan. Los lees y te preguntas: ¿cómo podían pensar así? Son tan naives.

Creían que solo con la ayuda de la razón llegarían a demostrar la existencia del alma o la existencia de la vida después de la muerte. Es evidente que esa creencia se basaba en otra cosa, sin darse cuenta ellos mismos de cuál era su fundamento. No se apoyaban en la razón, porque sólo con la razón, ¿qué puedes creer, si te quedas sólo con la razón?

Pero la música y el arte de esta época conservan una vitalidad sorprendente. Puedes escuchar un concierto de música barroca y sentirte muy en sintonía con ella. De hecho, es tan fresca ahora como lo era entonces. De hecho, conserva hoy la misma frescura que tenía entonces. Y, lo que llama la atención, es que esta música es bastante profunda.

No es como la música del período posterior, cada vez más sometida a las sensaciones románticas y al sentimentalismo. Es muy sobria y tiene mucha hondura; es muy fresca, muy viva y, además, muy regular. El arte se sometía a ciertas reglas clásicas de la pintura, y la música se guiaba por la polifonía desarrollada en la Baja Edad Media. Se adoptaron determinadas reglas del contrapunto que los compositores posteriores considerarían demasiado restrictivas. Pero de todo esto surgió un sistema clásico de leyes musicales y artísticas, que dio lugar a un arte muy vivo.

Alguien llegó a declarar que esto estaba entre las mayores realizaciones de la humanidad. Ya sea que uno piense en Andello, Bach, o Rameau, David, los compositores ingleses Purcell, Burke, o los italianos Corelli, Vivaldi, todos están en un nivel extremadamente alto. Por supuesto, en Alemania también hay otros, Schütz también. Escribieron tanto música religiosa – las Pasiones, diversos tipos de Pasiones y cantatas – como música secular.

Esta música no es espiritual. Incluso en la música religiosa puede percibirse que no es la música de los coros ortodoxos, la cual despierta en el hombre la necesidad de contrición y cumple una función precisa en la vida espiritual de uno. Esto es lo que los rusos llaman dushevnie, es decir, música del alma, la parte inferior del alma no la parte superior, que recibe el nombre de espíritu. Por eso, no posee el valor supremo que tiene el verdadero arte cristiano, ya sea el icono o la música eclesiástica, que conducen el alma hacia el cielo. Esta música es más bien para recostarse, contemplar, relajarse y disfrutar, aunque invita también a cierta reflexión; aun cuando existe música de enorme piedad. Bach escribió una pieza llamada Me regocijo en Ti sobre una persona lista para morir. Y es obvio que tenía profundos sentimientos religiosos. Pero esta música tampoco debe desecharse, porque es sumamente refinada.

Y quienes viven en el mundo, por cuanto están necesariamente expuestos a algún tipo de arte y de música, no pueden sustraerse a ello. Entrás en un supermercado y la música te invade. Caminás por la calle y el arte te envuelve: los edificios, los carteles, todo lo que aparece en las calles constituye el arte de nuestro tiempo. De modo que, ya que uno ha de estar expuesto, más vale que lo esté a un arte bello y refinado antes que a la barbarie que hoy predomina.

Más adelante diremos algo sobre este distanciamiento progresivo respecto de la época clásica del arte y de cómo en ello puede detectarse de manera definida un proceso semejante al de la razón que destruyó la fe en el Dios deísta y en un universo que aún conserva sentido.

Pero también podría plantearse una pregunta muy interesante: ¿de dónde proviene el espíritu que hay detrás de este arte? Porque, si uno lee a estos filósofos y teólogos, ve que su pensamiento es extremadamente superficial; es decir, parece faltarles una dimensión más profunda. Están perdidos, y cuanto más avanzan y más lógicos se vuelven, más tiene uno la impresión de que han perdido por completo el sentido de lo que es la religión. Y, evidentemente, esta música no expresa la filosofía del Deísmo.

Y la razón por la que la música puede ser tan profunda es evidentemente que vivía a partir del capital del pasado, es decir, del capital cristiano del pasado, que aún no se había agotado del todo. Incluso estos hombres – incluso Voltaire, que todavía creía en Dios y en la vida futura – vivían a partir de ese capital del pasado. Todavía quedaba algún tipo de creencia, algún tipo de valores tradicionales. Y la música y el arte todavía tienen contacto con estas fuentes, aunque por supuesto se han alejado mucho del arte Ortodoxo tradicional.

Más adelante discutiremos cómo este arte moderno se alejó de esta esta era clásica de la misma manera que lo hizo la filosofía moderna. Y ahora, antes de comenzar la última serie de conferencias sobre el mundo moderno que conocemos y sobre las fuerzas que lo moldearon, deberíamos hacer algunas preguntas sobre cómo es que esta visión del mundo de la Ilustración colapsó, porque colapsó muy pronto. Su filosofía y su teología ahora nos parecen increíblemente ingenuas y estrechas. Su arte representa una edad de oro a la que no podemos volver. Podés escuchar estas obras maestras una y otra vez, pero hoy ya nadie compone algo semejante.

Y hay varias razones y todas quizás se superponen entre sí. Una es la misma cosa de la que habló Kireyevsky, que la razón, una vez elevada por encima de la fe y de la tradición, sigue su curso y genera su propia destrucción. La razón que primero produjo primero la Escolástica y luego la Reforma, que no es sino una crítica del catolicismo medieval. Más adelante, el protestantismo condujo a las filosofías ateas y agnósticas del siglo XIX. Y veremos que, después de Kireyevsky, esto condujo al suicidio mismo de la razón.

Una vez que uno acepta la razón como el estándar de la verdad, tienes que seguirla hasta el final. Y es por eso que, al examinar a estos pensadores religiosos, vemos que una generación se aferra más al pasado y piensa que eso es racional. La generación siguiente destruye incluso eso y opina que no queda casi nada. Luego llega otra que deshace lo poco que aún quedaba. Mientras se crea que la razón es capaz de darte la verdad, no hay un argumento posible en su contra. Y es por eso no había nadie – ni siquiera quienes defendían el cristianismo – que no argumentara en los mismos términos racionalistas.

Es lo mismo de lo que habla el Dr. Alexander Kalimiros: entre la Ortodoxia y Occidente hay este abismo porque en Occidente todos están hablando el mismo idioma, los protestantes, católicos, sectarios, ateos, es todo el mismo idioma. Todos están acostumbrados a tomar la razón como criterio, aun cuando no la lleven hasta el final porque la mayoría teme ir demasiado lejos; sin embargo, comparten esta atmósfera racionalista. Y dentro de esa atmósfera no se puede escapar: uno tiene que admitir que la razón es capaz de dar la verdad; y, por lo tanto, cuando tu adversario presenta un argumento muy sólido, tienes que admitir que es verdadero. Y si es verdadero, entonces él deja a tu fe sin fundamento. En la Ortodoxia, en cambio, la razón tiene una función completamente distinta, de la cual hablaremos más adelante.

Y así veremos también, en una de las próximas conferencias, que la historia de nuestro mundo en los últimos doscientos años es la continuación de un proceso dialéctico mediante el cual la razón derriba todo lo que pertenece al pasado y, finalmente, se destruye a sí misma. Es decir, la razón debe destruirse una vez que se le concede la libertad de ser el criterio de la verdad.

Y así veremos también en una de las próximas conferencias que la historia de nuestro mundo en los últimos 200 años constituye la continuación de un proceso dialéctico mediante el cual la razón va eliminando todo lo proveniente del pasado, hasta terminar destruyéndose a sí misma. En otras palabras, la razón se aniquila en el momento en que se le concede la libertad de ser el estándar de la verdad. Es por eso que esta época de la Ilustración ahora nos parece tan naive.

Otro motivo que contribuyó a la obliteración de esta cosmovisión es la pérdida de toda la tradición espiritual y de la experiencia espiritual; pérdida que se revela en el mero hecho de que la razón haya sido convertida en criterio – lo que significa que la tradición espiritual ya se había perdido – y esta pérdida hizo que los hombres quedaran realmente sin esperanza, indefensos ante la crítica negativa de la razón, como puede verse en Voltaire, cuya defensa de un pequeño remanente de la antigua tradición es, de hecho, muy patética.

Al mismo tiempo, esta idolatría de la razón hizo que los hombres dejaran de prestar atención a las influencias no racionales que actúan incluso sobre los propios racionalistas. Más tarde, las personas llegarán a darse cuenta de esto, y ese es el momento – que pertenece ya a nuestra época – en el que la razón se destruye a sí misma.

Y así, al perder de vista tanto la dimensión espiritual como las influencias invisibles que actúan sobre la mente humana, el hombre ilustrado terminó por entregarse, sin darse cuenta, a fuerzas que él mismo creía haber superado.

Por eso hablamos antes de ciertas corrientes subterráneas del milenarismo y de la perspectiva mística aplicada a la ciencia. Es evidente que hay muchas fuerzas que actúan más allá de la apariencia, y estas fuerzas irracionales dominan el comportamiento humano. Una persona que piensa que es muy racional, muy razonable, que sólo cree en la razón, obviamente tiene una especie de fe mística en esta razón. Y la mayoría de ellos en este momento eran totalmente inconscientes de esto.

Una vez más, esta visión suya era extremadamente unilateral. Una vez que uno empieza a razonar, elimina todas aquellas cosas en las que solía creer o en las que habría querido creer. Avanza mucho más lejos de lo que desearía. Y, después de un tiempo, es natural que la gente se pregunte: «Un momento… ¿acaso no había también algo allí?». De modo que este racionalismo tan estrecho terminó generando una reacción en su contra, sobre todo en el terreno religioso. Afloraron corrientes subterráneas como el pietismo y el metodismo, y, hacia el final del período, el ocultismo y la llamada revuelta romántica, donde lo medieval se vuelve súbitamente fascinante, pues ofrece una riqueza que contrasta con la estrechez de la filosofía de la Ilustración.

El ideal experimental en la ciencia cumplió también una función semejante a la de la razón, porque nunca está satisfecho. Siempre quiere poner a prueba sus conclusiones y llegar a nuevas conclusiones. Así, los ideales científicos –estas teorías – cambian constantemente, y esto contribuyó a derribar la síntesis científica propia de la época de Newton.

 

Progreso

 

Volvemos a encontrarnos aquí con la idea de progreso, tan característica de este período. Al principio, el prestigio de los antiguos permanecía vivo gracias al Renacimiento: ellos eran, para nosotros, la medida verdadera; bastaba con volver a ellos y dejar atrás la Edad Media y su superstición para que todo estuviera en orden.

Pero es entonces cuando las ciencias comienzan a imponerse como la forma dominante del pensamiento, como la auténtica visión del mundo. La gente empieza a comprender que cualquier hombre contemporáneo posee más saber científico que un hombre de la Antigüedad. Por primera vez, la ciencia se cultiva de modo sistemático, con experimentos y métodos rigurosos.

Y así, las personas que defienden a los Antiguos finalmente tienen que decir que sólo en la literatura los Antiguos tienen la supremacía. Y luego, con la avalancha de gran literatura clásica de este periodo, y música y arte, se llega a afirmar que incluso en estos ámbitos los modernos son superiores a los antiguos. Y de esta batalla entre los antiguos y los modernos surgió por primera vez la idea de progreso, idea que en realidad es una idea bastante religiosa que examinaremos más adelante.

Pero la propia idea de progreso – la idea de que el presente se construye sobre el pasado y lo mejora, y de que las generaciones futuras nos superarán; de que habrá un progreso ilimitado y de que el hombre avanzará continuamente – destruye, evidentemente, la noción de un único modelo, de un canon clásico proveniente del pasado, ya sea cristiano o pagano o cualquier otro.

Al principio, todo parece ser una semilla de lo que habrá de venir más adelante; pero, al mirarlo con mayor atención, nada conserva ya importancia alguna. La existencia misma pasa a justificarse únicamente por quienes vendrán después de nosotros y que, supuestamente, mejorarán el mundo. Cuando el hombre comienza a darse cuenta de que se trata de una filosofía del cambio perpetuo, del movimiento constante, entonces el alma empieza a inquietarse. Es un síntoma de la falta de paz, de la ausencia de seguridad. En el siglo XIX, esta tendencia conduce a la cosmovisión evolucionista del mundo: a una cosmovisión muy particular, tan poderosa como la visión newtoniana, pero profundamente distinta.

Finalmente, mientras estas ideas racionalistas permanecen en el gabinete del pensador – allí donde uno puede decidir qué es verdad, qué es mentira, qué del pasado merece conservarse y qué debe desecharse –, no pasan de ser ejercicios teóricos. Pero cuando se pretende salir fuera y transformar la sociedad sobre la base de tales ideas, sucede algo completamente distinto. Y entonces se hace evidente que lo que sobreviene es un verdadero desastre.

Y eso nos lleva al tema de la próxima conferencia que será la Revolución. La revolución francesa y todo el movimiento revolucionario de nuestros tiempos, que son un intento de aplicar las ideas racionalistas a la transformación de la sociedad, al cambio de todo el orden externo de la vida. También comenzaremos a analizar el origen de algunas de estas ideas racionalistas, de dónde provienen y cómo llegó la gente a creer que la razón constituye el único criterio de la verdad.

Todo este conjunto de ideales propio de la Era de la Ilustración – sobre todo la idea del deísmo – fue, por supuesto, el ambiente del cual surgió la masonería moderna. La idea del Dios Gran Arquitecto, un Dios que está en algún lugar remoto en los cielos y que no nos toca. Sobre la masonería hablaremos en la próxima conferencia acerca de la Revolución, ya que fue la fuerza responsable de llevar a cabo la Revolución precisamente por medio de esa concepción deísta.

Es muy importante comprender por qué el deísmo – aunque hoy parece completamente anticuado y desacreditado – se mantuvo dentro de las logias masónicas. El mundo moderno no es ateo ni agnóstico: cree en Dios. Solo atravesamos un período transitorio en el que el agnosticismo y el ateísmo reemplazan al cristianismo con un propósito determinado: preparar el regreso a la adoración del Dios “verdadero” conforme a la filosofía revolucionaria en la que los masones siguen creyendo hoy: el Gran Arquitecto como nuevo Dios.


 

 

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LA REVOLUCIÓN GREGORIANA

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