jueves, 8 de enero de 2026

LAS CENTURIAS NEGRAS

 

Vladimir Moss




Centenanegristas manifestándose en Odesa tras la publicación del Manifiesto de Octubre.


Aunque la revolución de 1905 fue aplastada, el espíritu revolucionario permaneció vivo y el país siguió dividido. El Imperio había contraatacado; pero las campanas de su hora ya estaban tocando…

Los disturbios, particularmente en el campo, continuaron bien entrado 1906 y solo fueron apagándose gradualmente a partir de entonces. Así, en enero el Zar se vio obligado a subrayar ante una delegación campesina de la provincia de Kursk que la propiedad privada de los terratenientes, no menos que la de los propios campesinos, era inviolable.[1] Y aun después de que la revolución fuera sido derrotada, “entre enero de 1908 y mayo de 1910 se registraron 19.957 atentados terroristas y robos revolucionarios; 732 funcionarios del gobierno y 3.052 ciudadanos particulares fueron asesinados, y casi otros 4.000 resultaron heridos”.[2] Los partidos revolucionarios desaparecieron temporalmente en la clandestinidad. Pero los liberales formaron un nuevo partido político, los Demócratas Constitucionales, o Cadetes, y en las elecciones a la Primera Duma, en marzo, triunfaron de manera contundente sobre sus adversarios más derechistas.

La Duma simplemente continuó la revolución por otros medios. Después de que el Zar inaugurara su primera sesión el 27 de abril, los diputados comenzaron a atacarlo ferozmente a él y a sus ministros, y votaron conceder una amnistía a todos los presos políticos, “castigándolos con el perdón”, en palabras de F. I. Rodíchev[3]. Los diputados también formularon exigencias políticas: la formación de un ministerio responsable ante ellos y no ante el Zar, y la abolición del Senado Gobernante. Votaron la expropiación forzosa de las propiedades de los terratenientes, una medida que no hizo sino incitar a los campesinos a una violencia aún mayor. Pero al mismo tiempo votaron reducir el crédito destinado a los hambrientos de 50 millones de rublos a 15 millones.[4]

En junio, el Primer Batallón de la guardia de élite Preobrazhenski se amotinó. El general Aleksandr Kíreev anotó en su diario: “Este es el fin…”[5]. Ya que si incluso el ejército se rebelaba, y el otro pilar del régimen, el campesinado, también se sublevaba (por la cuestión agraria), entonces el régimen mismo, según parecía, estaba condenado.

Sin embargo, el Zar actuó entonces con una resolución admirable. El 8 de julio disolvió la Duma a causa de su llamamiento explícito a desobedecer a las autoridades. Los diputados fueron tomados por sorpresa, y muchos de ellos viajaron a Viborg, en Finlandia, donde emitieron una declaración abiertamente revolucionaria, llamando al pueblo a no pagar impuestos, a negarse al servicio militar y a no reconocer los préstamos contraídos por el gobierno durante el conflicto. Sin embargo, el gobernador de Viborg les pidió que interrumpieran su sesión, temiendo que condujera a restricciones de la autonomía de Finlandia.

Los diputados regresaron a Petersburgo sin haber logrado nada; nadie les prestó atención… Tan grande fue el cambio de ánimo que una conferencia de los Cadetes en Helsingfors, a finales de septiembre, incluso decidió abandonar el Manifiesto de Viborg. Los estudiantes regresaron a sus estudios. Los revolucionarios dejaron de ser ensalzados…

Aunque la revolución de 1905 había sido aplastada, los pensadores monárquicos consideraban que las concesiones otorgadas por el Zar en su Manifiesto de Octubre debían ser revocadas. Es cierto que en su nueva versión de las Leyes Fundamentales, publicada el 23 de abril de 1906, justo antes de la apertura de la Primera Duma, el Zar parecía recuperar parte de su poder:

«4. El Emperador de todas las Rusias posee el supremo poder autocrático. No solo el temor y la conciencia, sino Dios mismo ordena obediencia a su autoridad (…)

8. El emperador soberano posee la iniciativa en todas las materias legislativas. Las Leyes Fundamentales solo pueden ser objeto de revisión en el Consejo del Estado y en la Duma del Estado por iniciativa suya. El emperador soberano ratifica las leyes. Ninguna ley puede entrar en vigor sin su aprobación (…) 9. El emperador soberano aprueba las leyes; y sin su aprobación ninguna medida legislativa puede convertirse en ley».

Sin embargo, sugerían otras partes de la ley que la Duma conservaba aún un poder considerable:

«7. El emperador soberano ejerce el poder conjuntamente con el Consejo del Estado y la Duma del Estado (…)
86. Ninguna nueva ley puede entrar en vigor sin la aprobación del Consejo del Estado y de la Duma del Estado y la ratificación del emperador soberano».[6]

En cualquier caso, aun concediendo que el Zar había cedido parte de sus poderes autocráticos a la Duma, estaba claro que no pensaba recuperarlos nuevamente. Por ello, para apuntalar la monarquía, se fundó el 8 de noviembre de 1905 un partido monárquico de base popular: “La Unión del Pueblo Ruso”. Pronto se volvió muy numeroso: durante la exitosa contrarrevolución de 1906-1907 contaba con unas 11.000 secciones locales, y sus miembros sumaban varios cientos de miles de personas de todas las capas sociales.[7]

La Unión fue llamada “las Centurias Negras” por sus adversarios, que la denigraban como el principal baluarte no solo del monarquismo, sino también del “antisemitismo” en el pueblo ruso. Sin embargo, la Unión no era tanto antisemita como antijudaica y antirrevolucionaria.


Serhii Plokhy escribe:


«El primer mitin organizado por la Unión en Moscú atrajo a cerca de 20.000 personas. En diciembre de 1905, Nicolás recibió a una delegación de dirigentes de la Unión y bendijo sus actividades. Respaldada por las autoridades, la Unión desempeñó un papel clave en la movilización del apoyo a la monarquía bajo la bandera del nacionalismo moderno. Según el estatuto de la Unión, “el bien de la patria reside en la firme preservación de la Ortodoxia, de la autocracia rusa ilimitada y del modo de vida nacional”. La fórmula del conde Serguéi Uvárov de la década de 1830 — Autocracia, Ortodoxia y Nacionalidad — había sido reavivada, inspirando ahora no solo a los burócratas imperiales, sino también a los súbditos comunes.

»La Rusia representada por la Unión no se limitaba a los grandes rusos. “La Unión no distingue entre grandes rusos, rusos blancos y pequeños rusos”[8], rezaba el estatuto. De hecho, las provincias occidentales, y Ucrania en particular, se convirtieron en la principal base de operaciones de la Unión. Su mayor filial, situada en la provincia ucraniana de Volinia, tenía como centro el Monasterio de Pochaev. Según un informe de 1907, la Unión contaba con más de 1.000 secciones en Volinia, con más de 100.000 miembros. Si se da crédito al informe, elaborado por el gobernador de Volinia, solo esa provincia representaba una cuarta parte de los miembros de la Unión en todo el Imperio. No muy lejos le seguían otras provincias ucranianas de la margen derecha, especialmente la de la gobernación de Kiev.

»Lo que explica el número verdaderamente impresionante de miembros de la Unión en las provincias occidentales es que, como en Volinia, las secciones individuales eran organizadas y dirigidas por sacerdotes, que reclutaban a sus feligreses para la Unión…».[9]

Los obispos también se mostraron entusiastas. La excepción más notable fue la del metropolitano liberal Antonio (Vadkovski) de San Petersburgo, de quien, como hemos visto, se rumoreaba que era enemigo de san Juan de Kronstadt e incluso masón.

Pero el metropolitano Vladímir de Moscú[10], el arzobispo Tijón (Bellavin) de Yaroslavl, el arzobispo Antonio (Khrapovitsky) de Volinia, el obispo Hermógenes de Sarátov, san Juan de Kronstadt, el starets Teodosio de Minvody y muchos otros se unieron sin vacilar.

San Juan de Kronstadt se convirtió en el miembro n.º 200.787 y bendijo los estandartes de la Unión, diciendo: «Así como un cuerpo sin alma está muerto, así Rusia sin su Poder Autocrático que todo lo ilumina está muerta». En un telegrama dirigido al Congreso de los monárquicos de las Centurias Negras escribió: «Sigo con profundo entusiasmo los discursos y las acciones del Congreso y, con todo mi corazón, doy gracias al Señor, que se ha apiadado de Rusia y ha reunido en torno a la cuna del cristianismo ruso a Sus hijos fieles para la defensa unánime de la Fe, el Zar y la Patria.»

Nuevamente san Juan dijo: «¡Oh Rusia, aférrate firmemente a tu fe, a tu Iglesia y al Zar ortodoxo, si no quieres ser sacudida por la gente de la incredulidad y la anarquía y no quieres ser privada del reino y del Zar ortodoxo! Pero si te apartas de tu fe, como ya muchos de la “Inteligentsya” (clase intelectual) han caído, ya no serás Rusia, o la Santa Rus. Y si no hubiera arrepentimiento en el pueblo ruso; entonces el fin del mundo estará cerca. Dios quitará a tu piadoso Zar y enviará un látigo personificado por los impíos, crueles, gobernantes designados por si mismos, quienes inundarán toda la tierra con sangre y lágrimas».

Un eminente organizador del clero dentro de la Unión fue el misionero, futuro hieromártir y gran amigo de san Juan de Kronstadt, el padre Juan Vostórgov. El Viernes Santo, 31 de marzo de 1906, dijo lo siguiente en la catedral de Cristo Salvador:

«Nuestra patria entra en un nuevo camino de vida; ante nosotros y delante de nosotros se halla una nueva Rusia…

¡Perdónanos, perdónanos, vieja Rusia milenaria!

Ante nuestros ojos te juzgaron, te condenaron y te sentenciaron a muerte…
Jueces amenazantes e implacables escupieron tu rostro y no encontraron en ti nada bueno.
El juicio fue severo, inexorable y despiadado.
Todo se fundió en un solo clamor: «¡Llévensela, crucifíquenla!»

También nosotros sabemos que nada humano te fue ajeno;
sabemos que tuviste muchos defectos.
Pero sabemos y vemos también que hiciste santa a Rusia,
y a su pueblo —un pueblo teoforo
si no en la realidad efectiva, al menos en el ideal eterno e imperecedero del alma del pueblo; engendraste y educaste a un pueblo poderoso, conservándolo en su amargo destino, en el crisol de sus pruebas históricas a lo largo de toda una serie de siglos; engendraste y educaste una multitud de santos y justos; no pereciste bajo los golpes, los pesados golpes del destino, sino que te fortaleciste bajo ellos, fuerte en la fe; y con esta fe, con esta gran fuerza del espíritu, soportaste todas las cargas, y sin embargo creaste y nos confiaste y nos dejaste un gran reino. Por todo esto nos inclinamos hasta la tierra en gratitud…».

«Las Uniones monárquicas — escribió el padre Juan — (…) previeron los terribles peligros que amenazaban la estructura religiosa y popular-estatal rusa y su modo de vida. Otras surgieron por centenares solo después de que el peligro ya había aparecido, con el propósito de proteger los ideales religiosos y estatales de Rusia y de defender su integridad e indivisibilidad. Su esencia radica en que son el depósito vivo de la religiosidad y del patriotismo del pueblo ruso. En un momento fatídico de la historia, cuando la nave del Estado ruso se escoraba tanto hacia la izquierda que el desastre parecía inevitable, las Uniones patrióticas monárquicas se inclinaron con todas sus fuerzas hacia el lado derecho de la nave y la salvaron de zozobrar. Los distinguidos activistas de las Uniones de derecha salieron al campo del trabajo público en un momento en que nada podían esperar más que balas y bombas, asesinatos a la vuelta de la esquina, persecuciones por parte de la prensa, burlas y el desprecio de la intelectualidad desorientada e incluso del propio gobierno; el de Witte, de triste memoria, y de sus camaradas y colaboradores…».[11]

El arzobispo Macario (Parvítski-Nevski) de Tomsk explicó la naturaleza de la lucha:

«“Por la Fe, el Zar y la Patria” figura en el estandarte de la Unión del Pueblo Ruso y apela claramente a la unidad del pueblo ruso en defensa de los fundamentos de la Tierra Rusa. Sin embargo, ese mismo estandarte de unidad se ha convertido también en un símbolo de discordia.

Frente a quienes se agrupan bajo dicho estandarte se alza una horda, portadora de un estandarte rojo en el que está escrito: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Este último conserva aún huellas de sangre ya oscurecidas por el tiempo. No se trata de un símbolo ruso, sino de uno importado de otro país, donde estuvo empapado de sangre. Su aparición entre nosotros es reciente. Bajo su consigna, que promete libertad, igualdad y fraternidad, muchos — no solo los extranjeros que viven en la Tierra Rusia, sino también los rusos — no han advertido que se oculta un significado distinto: violencia en nombre de la libertad, esclavitud en nombre de la igualdad y fratricidio en nombre de la fraternidad universal. Entre la horda de la libertad, la igualdad y la fraternidad y el bando que defiende la Fe, el Zar y la Patria, se libra una lucha por el predominio».[12]


*

 

Sin embargo, la Unión estaba plagada de cismas y de una mala dirección que le dieron mala fama. Así, la “Unión del Arcángel Miguel”, dirigida por el diputado V. M. Purishkévich, se separó de la “Unión del Pueblo Ruso” encabezada por A. Dubrónin. Las opiniones de Dubrónin eran contradictorias: prozaristas, pero también antijerarquicas. Y quería librar al imperio de “los alemanes”, es decir, de esa capa superior altamente eficiente de la administración que se había demostrado tan leal al imperio como cualquier otro sector de la población. Entrevistado años después por la Cheka, Dubrónin declaró: «Por convicción soy un monárquico comunista, es decir, [quiero] que haya un gobierno monárquico bajo el cual florezcan aquellas formas de gobierno que puedan aportar al pueblo un aumento de prosperidad. Para mí toda clase de cooperativas, asociaciones, etc., son sagradas». El padre Juan Vostórgov consideraba a Dubrónin un enemigo de la verdad y subrayaba que el verdadero patriotismo solo puede fundarse en la fe y la moral verdaderas: «Donde ha caído la fe, y donde ha caído la moral, no puede haber lugar para el patriotismo; no tiene de dónde sostenerse, pues todo lo más precioso de la patria deja entonces de ser precioso».[13]

Otro problema importante fue que los partidos monárquicos resultaron ser “más realistas que el rey”. En las provincias a menudo criticaban a los gobernadores por ser liberales, mientras que en la Duma permanecían en oposición al gobierno de Stolypin, quien, naturalmente, gozaba de la confianza del Zar.[14] Además, los monárquicos quedaron atrapados en una contradicción: debieron recurrir a la política de partido para afirmar que el Estado no debía ser fruto del partidismo, sino de estar encarnado en el Zar, que se hallaba por encima de todos los intereses de partido y de clase…

A pesar de ello, los partidos monárquicos desempeñaron un papel esencial en el sostenimiento del apoyo al Zar y al zarismo en un momento crítico. Y por eso los mejores hombres de Iglesia de la época los apoyaron, entrando en una batalla abierta con la izquierda ya que no podía haber unidad real ente aquellos quienes situaban al poder último en el Zar y entre los que lo situaban en la Duma. Además, la lucha entre los “rojos” y los “negros” no era simplemente una lucha entre distintas interpretaciones del Manifiesto de Octubre, ni entre monárquicos y constitucionalistas, sino entre dos cosmovisiones fundamentalmente incompatibles: la cristiana ortodoxa y la masónica-liberal-ecumenista. Era una lucha entre dos concepciones radicalmente opuestas sobre el verdadero origen de la autoridad: Dios o el pueblo.

Como escribió el obispo Andrónico, futuro hieromártir:

«No se trata de la lucha entre dos regímenes administrativos, sino de una lucha entre la fe y la incredulidad, entre el cristianismo y el anticristianismo. El antiguo complot anticristiano, iniciado por aquellos que gritaban con furia ante Pilato en contra de Jesucristo: “¡Crucifícalo, crucifícalo! ¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”, y prolongado luego en diversas ramificaciones y sociedades secretas, se canalizó en el siglo XVI en la orden secreta anticristiana de los Caballeros templarios; en el siglo XVIII se perfiló con mayor claridad en los Iluminados y los Rosacruces y, finalmente, en la francmasonería se amalgamó con una organización judía de carácter mundial. [Y] Hoy, en cambio, tras haber acumulado tal poder que Francia ha quedado completamente en manos de los masones, la masonería expulsa allí abiertamente al cristianismo de la vida; y, en última instancia, desembocará en un solo hombre de iniquidad, el hijo de la perdición: el Anticristo (II Tesalonisenses 2). En esto reside la clave de nuestras libertades más recientes: su objetivo es la destrucción del cristianismo en Rusia. Es por esta razón, el antiguo vocablo francés “liberal”, que en el uso masónico designaba al “generoso” benefactor de los fines de la masonería y que más tarde asumió el sentido de “amante de la libertad” en lo referente a las cuestiones de fe, se haya derivado hoy en un anticristianismo abiertamente declarado. En esto reside también la explicación de la obstinada lucha por el control de la escuela, que se libra en los zemstvos y en la Duma del Estado: si la corriente liberal se apodera de la escuela, el triunfo del anticristianismo está garantizado…».[15]




metropolita Antonio Khrapovitsky


El arzobispo Antonio (Khrapovitsky) expuso el caso monárquico en febrero de 1907:

«Quizá haya países que se gobiernen mejor no por los zares, sino por muchos dirigentes. Pero nuestro reino, que consiste en una multitud de razas, diversas confesiones y costumbres hostiles entre sí, solo puede sostenerse cuando a su cabeza se encuentra un único Ungido de Dios, que no rinde cuentas a nadie sino a Dios y a Sus mandamientos. De otro modo, todas las razas que habitan la tierra rusa se levantarían unas contra otras con cuchillos, y no se aquietarían hasta haberse destruido mutuamente o haberse sometido al poder de los enemigos de Rusia. Solo el Zar Blanco es venerado por todos los pueblos de Rusia; por él obedecen las leyes civiles, entran en el ejército y pagan sus impuestos. Nuestros zares son los amigos del pueblo y los guardianes de la santa fe, y el actual soberano, Nicolás Alexandrovich, es el más manso y silencioso de todos los reyes del mundo. Él es la corona de nuestra devoción a la patria, y debéis sostenerlo hasta la última gota de sangre, sin permitir que nadie disminuya su poder sagrado, pues con la caída de este poder también caerá Rusia…».

«Hombre ruso, inclina tu oído hacia tu tierra natal: ¿qué es lo que te dice? “Desde la justa princesa Olga, desde Vladímir, igual a los apóstoles, hasta los días de Serafín de Sarov, hasta el presente y hasta las edades futuras, todos los sabios guías de mi pueblo piensan y dicen lo mismo”; así te responderá la tierra  (…) “Pues una sola y misma enseñanza transmitieron a sus contemporáneos y a sus descendientes: tanto los príncipes como los zares, los jerarcas que ocuparon las cátedras de la Iglesia, y los ermitaños que se ocultaban entre los bosques y en las islas del mar, y los jefes militares, y los guerreros, y los boyardos, y la gente sencilla: todos enseñaron a mirar esta vida como el patio de entrada a la vida futura; todos enseñaron a usarla de tal modo que no se consolase la carne, sino que se elevase el alma a la virtud evangélica; a conservar intacta la fe apostólica; a guardar la pureza de las costumbres y la veracidad de la palabra; a honrar a los zares y a quienes por ellos han sido puestos en autoridad; a escuchar y venerar el sagrado orden monástico; a no envidiar a los ricos, sino a rivalizar con los justos; a amar el trabajo de la tierra, tal como Dios lo señaló a nuestra raza por medio de Adán y Noé, y a dedicarse a otros oficios solo por necesidad o por un talento especial; a no tomar prestadas las costumbres corrompidas de los extranjeros, su moral orgullosa, mentirosa y adúltera, sino a conservar el orden de la patria, que se cumple por la castidad, la sencillez y el amor evangélico; a mantenerse sin temor por la tierra natal en el campo de batalla y a estudiar la ley de Dios en los libros sagrados”.

Eso es lo que nuestra tierra nos enseña; eso es lo que nos legaron los sabios y los justos de todas las épocas de nuestra historia, entre los cuales no hubo desacuerdo, sino plena unanimidad. Toda la Rus’ piensa del mismo modo. Pero sabe que solo el Ungido de Dios debe conservar este espíritu y defenderlo de los enemigos visibles e invisibles con su poderosa diestra. Y ved como, sus privilegios populares le fueron arrebatados por el engaño y la violencia, por sus enemigos y por los enemigos del pueblo apenas dio un paso atrás en la vida.

Sí: el pueblo ruso piensa y siente una sola cosa. A sus ojos, la vida pública es una empresa común de virtud y no el reino de los placeres seculares; no es otra cosa que el laborioso crecimiento del Reino de Dios entre nosotros mismos y su difusión entre las tribus no iluminadas, y no la igualación de todas las religiones y supersticiones.

El pueblo ortodoxo lo sabe y lo siente. Siente que, sin una única diestra regia que gobierne, es imposible que exista nuestra tierra de muchas tribus. En ella hay 102 fes distintas, 102 tribus que, en cuanto dejen de sentir sobre sí la diestra gobernante del Zar Blanco, comenzarán a alimentar de inmediato una enemistad maliciosa unas contra otras.

Que él escuche los informes de los delegados del pueblo; que les permita expresar sus opiniones sobre diversos asuntos del reino. Pero la decisión final la tomará él mismo, y de ello rendirá cuentas solo ante su conciencia, delante del Señor Dios. Una sola sumisión, una sola limitación de su poder necesita el pueblo: que abiertamente, el día de su coronación, confiese su fe ortodoxa ante Dios y ante el pueblo conforme al Símbolo de la Patria, para que no tenga el arbitrio humano, sino la ley evangélica de Dios como guía inmutable de sus decisiones y empresas soberanas.

Éste es el reino que necesitamos, y esto es comprendido no solo por el pueblo ruso, sino también por las personas de otras confesiones que viven en nuestra tierra con un sano entendimiento popular y no mediante la mentira y el engaño: tanto los tártaros como los kirguises, los viejos judíos que creen a su modo y los lejanos tunguses. Todos ellos saben que sacudir a la Autocracia del Zar significa comenzar la destrucción de toda Rusia…»[16]



[1] S.S. Oldenburg, Tsarstvovanie Imperatora Nikolaia II, Belgrado, 1939, vol. I, p. 337.

[2] Douglas Smith, Former People: The Last Days of the Russian Aristocracy, Londres: Macmillan, 2012, p. 58. El padre Raphael Johnston escribió: “Alejandro III subió al trono sobre el cadáver de su padre. Los revolucionarios, envalentonados —como siempre ocurre— por la pacificación liberal, y los grupos comunistas y otras facciones de extrema izquierda se volvían cada vez más violentos. Desde el reinado de Alejandro II hasta 1905, el número total de personas —tanto civiles inocentes como funcionarios del gobierno (incluidos modestos escribientes burocráticos)— asesinadas por los ‘Hombres Nuevos’ herzenianos se contabilizo aproximadamente en unas 12.000; entre 1906 y 1908 se agregaron 4.742 más y se registraron 9.424 intentos de asesinato.

Por otra parte, la actitud del gobierno ruso hacia los ‘Hombres Nuevos’ fue ambigua. En general la monarquía fue indulgente. El destierro a Siberia, sin embargo, no era siempre una pena severa. Aquella región, lejos de ser un inmenso desierto helado, posee una singular belleza natural: de montañas y ríos. Es fría, pero no es el lugar que ocupa en la imaginación popular. Los habitantes locales, sin saber quiénes eran los deportados, los recibieron con hospitalidad; pasaron a formar parte de la vida de las ciudades, y se les concedió considerable libertad personal. Esta forma de ‘reclusión’ era muy superior a la del sistema penal estadounidense…”

[3] Oldenburg, op. cit., p. 349.

[4] Oldenburg, op. cit., p. 355.

[5] Lieven, Towards the Flame, Londres: Allen Lane, 2015, p. 190.

[6] Svod Zakonov Rossiiskoi Imperii (Recopilación de las leyes del Imperio ruso), tercera serie, vol. 1, pt. 1. San Petersburgo, 1912, pp. 5-26.

[7] (S. Anikin, “Buduschee prinadlezhit trezvym natsiam” (El futuro le pertenece a las naciones sobrias), Vernost’, 142, Marzo, 2010, http://metanthonymemorial.org/VernostNo142.html)

[8] Nota de traductor – Desde tiempos de antaño el territorio de la Moscovia era denominado como la Gran Rusia (Vélikaia Rossíya). Las regiones meridionales y occidentales vinculadas a la antigua Rus de Kiev recibieron el nombre de Pequeña Rusia (Málaya Rossíya) — término que no indicaba inferioridad, sino antigüedad y cercanía al origen — por su parte, las tierras del noroeste eran conocidas como la Rusia Blanca (Bélaya Rossíya), correspondientes en gran medida a la actual Bielorrusia.

[9] Plokhy, Lost Kingdom, Londres: Allen Lane, 2017, p. 169.

[10] El monje Anempodist escribió: “El metropolitano Vladímir continuó su participación en el movimiento de las fuerzas conservadoras de derecha que se estaba conformando en Rusia.

En 1907 tomó parte activa en el Congreso de toda Rusia de ‘La Unión del Pueblo Ruso’. Dos años después, en el Primer Congreso Monárquico del Pueblo Ruso (1909), se lo juzgó merecedor del alto honor de hacer llegar a los reunidos un saludo de Su Majestad el Emperador Nicolás II por medio del siguiente telegrama:

«A Su Eminencia Vladímir, Metropolitano de Moscú.
Pongo en tus manos, Vladyka, la tarea de transmitir a todos los congregados en la primera capital, participantes del congreso del pueblo ruso y miembros de la Unión Patriótica de Moscú, Mi agradecimiento por sus sentimientos de lealtad. Conozco su firme voluntad de servirme con fidelidad y honor a Mí y a la patria, en estricta observancia de la legalidad y del orden. San Petersburgo, 30 de septiembre. Nicolás.»” monje riasóforo Anempodist, “Sviaschennomuchenik mitropolit Vladimir (Bogoiavlenskij) i bor’ba s revoliutsii” (El hieromártir metropolitano Vladímir Bogoyavlensky y su lucha en contra de la revolución), Pravoslavnaia Zhizn’ (Orthodox Life), 53, N 1 (636), enero de 2003, pp. 2-10.

[11] Vostorgov, en Valentina Sologub (ed.), Kto Gospoden’ – ko mne! (“¡Quien sea del Señor, que venga a mí!”), Moscú, 2007, p. 115.

[14] Oldenburg, op. cit., vol. II, p. 60.

[16] Obispo Nikon (Rklitsky), Zhizneopisanie Blazhenneishago Antonia, Mitropolita Kievskago i Galitskago, vol. 2, pp. 173, 175-177.

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