En 1043, tras un período de gobierno de reyes cristianos
daneses (1017–1042), la antigua dinastía anglosajona de Alfredo el Grande fue
restaurada con la entronización de Eduardo, hijo del rey Etelredo, más tarde
conocido como “el Confesor”.
En enero de 1066, a la muerte del rey Eduardo, su cuñado
Harold Godwinson fue consagrado rey. Pero dos años antes, Haroldo había sido
retenido como prisionero en la corte de Guillermo de Normandía y, para
recuperar la libertad, había jurado solemnemente, ante reliquias sagradas,
sostener el derecho de Guillermo al trono inglés. Al violar dicho juramento y
proclamarse rey, Guillermo resolvió emprender la invasión de Inglaterra, con la
bendición del Papa. ¿Cómo fue posible que el Papa bendijera una invasión armada
contra un país cristiano, gobernado por un rey ungido que no suponía amenaza
alguna para sus vecinos?
Para responder a esta cuestión, debemos examinar la nueva
teoría de las relaciones entre Iglesia y Estado que se estaba desarrollando en
Roma. La cuestión decisiva era esta: en una sociedad cuyos fines están
determinados por la fe cristiana, ¿son las jurisdicciones de la clerecía y las
del gobernante secular estrictamente paralelas, o puede el clero arrogarse el
derecho de deponer a un rey que, a su juicio, no gobierna conforme a esos fines
espirituales; fines cuya naturaleza, por definición, solo el propio clero puede
establecer?
Hasta mediados del siglo IX, no había surgido aún ningún
caso decisivo que permitiera determinar si la Iglesia podía, no tan solo el confirmar
la deposición de un rey o un cambio de dinastía ya producido, sino tomar ella
misma la iniciativa en tales procesos. El papa Nicolás I fue el primero
en atribuirse esa iniciativa, procediendo a la deposición de emperadores
y patriarcas como si todo el poder, tanto en la Iglesia como en el Estado,
residiera en sus manos.[1]
Sin embargo, en 865 se vieron frustrados los esfuerzos de
Nicolás mediante la firme oposición tanto de la Iglesia oriental, bajo Focio el
Grande, como la de jerarcas occidentales entre quienes se encontraba Hincmar de
Reims. No
fue sino tras el transcurso de otros doscientos años cuando el papado volvió a
sentirse lo suficientemente fuerte como para poder volver a desafiar el poder
de los reyes ungidos. Su oportunidad llegó con la muerte del rey Eduardo el
Confesor, cuando Harold Godwinson tomó el trono de Inglaterra con el
consentimiento de los principales hombres del reino, pero sin el consentimiento
de aquel a quien una vez había jurado fidelidad, el duque Guillermo de
Normandía.
El profesor Douglas escribe: «En alguna fecha indeterminada
dentro de los primeros ocho meses de 1066, [el duque Guillermo] apeló al
papado, y se envió una misión, bajo la dirección de Gilberto de Lisieux,
arcediano de Lisieux, para solicitar de Alejandro II un fallo favorable al
duque. No se ha conservado ningún registro del modo en que el caso fue tratado
en Roma, ni existe prueba alguna de que Harold Godwinson fuese llamado a
comparecer en su propia defensa. Aun así, los argumentos presentados por los enviados
del duque pueden reconstruirse con bastante certeza. El más relevante fue la
acusación de perjurio, basada en el juramento prestado por Harold y en su
violación al apoderarse del trono… El arcediano Hildebrando respaldó
decididamente la posición de Guillermo, y Alejandro acabó declarando
públicamente su aprobación de la empresa normanda.»[2]
El Papa tenía motivos propios para respaldar a Guillermo. En
1052, el arzobispo normando Roberto de Canterbury abandonó Inglaterra tras
inclinarse la lucha entre las facciones inglesa y normanda de la corte en favor
de la primera. En su huida dejó atrás su pallium (omophorion), que, con
el asentimiento del rey, fue transferido al obispo Stigand de Winchester, quien
ocupó la sede de Canterbury en sustitución de Roberto. Este hecho suscitó la
indignación del Papa, quien califico a Stigand como usurpador contrario al
derecho canónico. Pese a ello, los ingleses rehusaron someterse a la autoridad
pontificia. Como consecuencia, desde 1052 hasta la deposición de Stigand por
los legados del Papa en el falso concilio de Winchester en 1070, Inglaterra
permaneció en cisma respecto de Roma y bajo su excomunión, mientras que el
propio Papa se hallaba, desde 1054, en cisma y bajo anatema de la Iglesia de
Constantinopla.
Para empeorar las cosas, en 1058 el arzobispo Stigand había
hecho regularizar su posición por medio del “antipapa” (es decir, enemigo de
los reformadores hildebrandinos) Benedicto IX. Aquí se presentaba la excusa
perfecta para bendecir la invasión de Guillermo: los ingleses “cismáticos”
debían ser reducidos a la obediencia, y su Iglesia purificada de toda
influencia secular. Y si tal propósito “santo” debía alcanzarse mediante los medios
más abiertamente seculares — la guerra de conquista y la muerte de centenares
de miles de cristianos inocentes—, que así fuera.
Según Frank McLynn, «lo que verdaderamente despertó el
interés del papa Alejandro II» fue la presunta irregularidad canónica de
Stigand. «La apelación de Guillermo al papado la hacía fundada en términos de
su rol como líder putativo de un movimiento de reforma eclesiástica y religiosa
en Normandia; como el hombre capaz de limpiar los establos augeanos de la
corrupción eclesial en Inglaterra; esto influyó decisivamente en Alejandro quien
— como puso de manifiesto su conflicto con Harald Hardrada en 1061 — consideraba
que las iglesias del norte de Europa se hallaban demasiado fuera de la órbita
del control papal.
El sueño persistente del nuevo papado «reformista» era el de
erigirse como árbitro universal de los tronos y de la sucesión de los reyes; el
homenaje de Guillermo constituía, por tanto, un precedente valioso. No resulta
sorprendente que Alejandro concediera su bendición a la proyectada invasión de
Inglaterra.
En ocasiones se ha preguntado por qué Haroldo no envió su
propia embajada para contrarrestar los argumentos de Guillermo. Casi con
certeza, la respuesta es que lo consideró una pérdida de tiempo, por dos
motivos: el método de elección del rey en Inglaterra no incumbía al papa ni era
un ámbito legítimo para su intervención; y, en cualquier caso, el papa ya se
había convertido en la criatura de los normandos del sur de Italia[3],
y acabaría haciendo lo que estos le ordenaran. Harold no se equivocaba: Alejandro
II bendijo sin excepción todas las campañas normandas de rapiña en la década de
1060.
Aunque la aprobación papal de la “empresa de Inglaterra”
de Guillermo carecía de legitimidad moral, representó un extraordinario triunfo
propagandístico y diplomático para los normandos. Les permitió presentar la
invasión como una guerra santa, con Guillermo en el papel de jefe de cruzados,
encubriendo y mistificando los motivos groseramente materialistas de sus
seguidores y mercenarios.
Al mismo tiempo, proporcionó a los normandos un potente
estímulo psicológico, pues podían verse a sí mismos como los elegidos de Dios;
y es significativo de que ninguno de los miembros del círculo íntimo de
Guillermo albergara dudas acerca del éxito final de la empresa inglesa. Normandía
aparecía ahora como la punta de lanza de una cristiandad segura de sí misma,
que pasaba a la ofensiva por primera vez en siglos, tras haber estado durante
largo tiempo la Cristiandad [occidental] hostigada por los vikingos en el
norte, los húngaros en el este y el islam en el sur.
Tampoco fue casual que, tras la reciente cristianización de
Hungría y Escandinavia, los normandos asumieran el rol de la vanguardia durante
la – propiamente dicha – primera Cruzada, en contra los infieles islámicos en
Tierra Santa.
El fiat de Alejandro constituyó también un triunfo
diplomático, ya que la aprobación papal concedida a los normandos dificultaba
que otras potencias intervinieran en favor de Haroldo. Guillermo, además,
neutralizó de antemano una de las posibles fuentes de apoyo de los anglosajones
al enviar una embajada al emperador Enrique IV; esta iniciativa resultó
igualmente notablemente exitosa, pues eliminó un posible obstáculo a un
llamamiento a escala europea con motivo de reclutar voluntarios para la
“cruzada.”» [4]
Mientras el rey Eduardo el Confesor vivió, el partido de
Hildebrando se vio contenido a la hora de atacar Inglaterra, tanto por la
renombrada fama europea del rey como santo taumaturgo como por la falta de una
fuerza militar adecuada para la tarea. Pero Eduardo había muerto ya, después de
profetizar en su lecho de muerte que Inglaterra sería invadida por demonios y
perdería la gracia de Dios.[5]
La pretensión de Guillermo colocó en manos de Hildebrando la oportunidad de la
llamada “guerra santa” que había deseado durante mucho tiempo.[6]
Guillermo y su ejército invadieron el sur de Inglaterra en
septiembre de 1066. Entretanto, el rey Harald Hardrada de Noruega había
invadido el norte. El 20 de septiembre, el rey inglés Harold Godwinson derrotó
al ejército noruego y, a continuación, con el mínimo descanso y sin esperar
refuerzos, marchó hacia el sur para enfrentarse a los normandos.
Según David Howarth, la explicación es que Haroldo oyó
entonces por primera vez — por boca de un emisario de Guillermo — que él y sus
partidarios habían sido excomulgados, y que Guillermo luchaba con el aval del
Papa, bajo un estandarte papal, llevando al cuello un diente de San Pedro
engarzado en oro.
«Esto implicaba que Haroldo no se enfrentaba solo a
Guillermo, sino al propio Papa. No estaba claro que la Iglesia, el
ejército y el pueblo lo respaldaran en semejante desafío; en el mejor de los
casos, reaccionarían con confusión y falta de entusiasmo. De ahí que, si había
que combatir, hubiera que hacerlo de inmediato, antes de que la noticia se
difundiera. Si la batalla se ganaba, entonces habría margen para discutir la
decisión pontificia, denunciar el proceso como una parodia, impugnarlo, apelar
contra él o simplemente seguir desobedeciéndolo.»[7]
La derrota del rey Haroldo Godwinson en Hastings fue el
preludio del mayor genocidio de la historia europea hasta ese momento. Según
una fuente, uno de cada cinco ingleses habría sido asesinado[8];
y aunque esta cifra pueda ser exagerada, el Domesday Book (1086) muestra
que algunas regiones del país seguían siendo un erial una generación después de
la Conquista.
Tan terrible fue la matanza, y tal la destrucción de
iglesias sagradas y de reliquias, que los obispos normandos que participaron en
la campaña se vieron obligados a hacer penitencia a su regreso.
Sin embargo, el Papa que había otorgado su bendición a
aquella carnicería impía no realizó penitencia alguna. Antes bien, envió a
Inglaterra legados pontificios, quienes, en el llamado concilio de Winchester
de 1070, destituyeron al arzobispo Stigand — y después a la mayoría de los
obispos ingleses — y procedieron a la integración formal de Inglaterra en el
nuevo imperio romano-católico.
La Conquista normanda fue, en esencia, la primera cruzada
del papado “reformado” dirigida en contra de la cristiandad ortodoxa. Como
afirma el profesor David C. Douglas:
«Es indudable que la segunda mitad del siglo XI constituyó
un punto de inflexión histórico para la cristiandad occidental, y que Normandía
y los normandos desempeñaron un papel hegemónico en la transformación que
entonces se produjo… Facilitaron el ascenso del papado hacia una nueva
dominación política, se integraron plenamente en el movimiento de reforma
eclesiástica dirigido desde Roma y contribuyeron a una alteración radical de
las relaciones entre Oriente y Occidente, cuyos efectos aún perduran. En este
sentido, la Conquista normanda de Inglaterra no fue sino un episodio de una
empresa de alcance continental.»[9]
De ahí que, si Guillermo hubiera sido derrotado, como señala
John Hudson, los reformadores papales, que habían apostado por él en su lucha
por el trono inglés, podrían haber perdido su ímpetu, y Normandía habría
quedado profundamente debilitada.[10]
Dicho de otro modo, el curso de la historia europea podría haber sido otro…
Todos los barones y obispos de Guillermo poseían sus tierras
en calidad de vasallos suyos; y cuando, el 1 de agosto de 1086, y
cuando, el 1 de agosto de 1086, convocó en Salisbury a todos los propietarios
libres de Inglaterra y les exigió un juramento de lealtad personal, Guillermo
pasó a ser, en la práctica, el único terrateniente del reino. De este modo
surgió la monarquía feudal, un nuevo tipo de despotismo.
Según R. H. C. Davis, esta monarquía feudal constituyó en
realidad «un nuevo Leviatán, el equivalente medieval de un Estado socialista.
En un Estado socialista, la comunidad es dueña — o debería serlo — de los
medios de producción. En la monarquía feudal, el rey concentraba en sus manos
la propiedad de toda la tierra, la cual, en términos económicos medievales, es
de hecho el equivalente de dichos medios de producción.
El ejemplo más claro y sencillo de una monarquía feudal lo
ofrece Inglaterra tras la Conquista normanda. Cuando Guillermo el Conquistador
venció a Haroldo Godwinson en Hastings (1066), afirmó haber consolidado su
legítimo derecho sucesorio respecto de Eduardo el Confesor; pero, dado que
Haroldo había opuesto resistencia, también pudo alegar que él había conquistado
el país entero. Desde entonces, cada pulgada de tierra debía pertenecerle, y él
dispondría de ella como mejor le pareciera»[11]
Como hemos visto, Guillermo el Conquistador había
conquistado Inglaterra con la bendición del archidiácono Hildebrando. Y poco
después de su sangrienta pacificación del país, impuso a la Iglesia inglesa el
nuevo derecho canónico del papado reformado.
Esto complació a Hildebrando, ya entonces papa Gregorio VII,
quien estuvo dispuesto a pasar por alto el hecho de que Guillermo consideraba
que debía su reino únicamente a su espada y a Dios: «El rey de los ingleses,
aunque en ciertos aspectos no se comporta con la devoción que cabría esperar,
sin embargo, puesto que no ha saqueado ni enajenado las Iglesias de Dios [!];
puesto que se ha aplicado a gobernar a sus súbditos con paz y justicia [!!];
puesto que ha rechazado toda iniciativa perjudicial para la sede apostólica,
aun cuando fue incitado por determinados enemigos de la cruz de Cristo; y
puesto que ha obligado bajo juramento a los sacerdotes a abandonar a sus
esposas y a los laicos a remitir los diezmos que nos estaban reteniendo, en
todo ello se ha mostrado más digno de aprobación y honor que otros reyes…»
Los «otros reyes» a los que se refería Gregorio incluían,
ante todo, al emperador Enrique IV de Alemania, quien, a diferencia de
Guillermo el Conquistador, no apoyó las “reformas” del Papa. Si Guillermo
hubiera actuado como Enrique, no cabe duda de que el papa Gregorio VII también
lo habría excomulgado. Y si Guillermo se hubiera negado a cooperar con el
papado, es igualmente indudable que el Papa habría incitado a sus súbditos a
librar una “guerra santa” en contra de él, tal como hizo contra Enrique.
Pues, como escribió un monje
anónimo de Hersfeld: «[Los gregorianos] afirman que se trata de una cuestión de
fe y que es deber de los fieles de la Iglesia matar y perseguir a quienes
mantengan comunicación con, o apoyen, al rey Enrique excomulgado, y se nieguen
a promover los esfuerzos del partido [gregoriano].»[12]
Sin embargo, Guillermo, a fuerza de la brutalidad interna y
una sutil diplomacia externa, consiguió someter plenamente a la Iglesia y al
Estado, y al mismo tiempo — de manera paradójica — conservar una relación
aceptable con el Papa más autoritario que ha conocido la historia. Los
regímenes totalitarios, al fin y al cabo, solo respetan a quienes comparten su
misma naturaleza. De este modo, el totalitarismo papocesáreo de Hildebrando dio
origen al totalitarismo cesaropapista de Guillermo el Bastardo…
La naturaleza absoluta del dominio de Guillermo sobre la
Iglesia fue descripta con claridad por Eadmer de Canterbury: la
política del rey Guillermo el Conquistador consistía en mantener en Inglaterra
los usos y leyes que él mismo y sus antepasados habían observado anteriormente
en Normandía. En consecuencia, nombró obispos, abades y otros nobles por todo
el país entre personas respecto de las cuales — puesto que todos sabían quiénes
eran, de qué condición habían sido elevados y a qué dignidades habían sido promovidos
— se habría considerado una ingratitud vergonzosa que no obedecieran
implícitamente sus leyes, subordinando a ellas cualquier otra consideración; o
que alguno de ellos, amparándose en el poder conferido por una dignidad
temporal, osara alzar la cabeza contra él.
Por ello, todas las cosas, tanto espirituales como
temporales, dependían del asentimiento del Rey… Así, por ejemplo, no permitía
que nadie en todo su dominio, salvo por orden suya, reconociera al Pontífice
legítimamente establecido en la ciudad de Roma, ni aceptara bajo ninguna
circunstancia carta alguna suya, sin que antes hubiera sido presentada al Rey.
Del mismo modo, no permitía que el primado de su reino, esto
es, el Arzobispo de Canterbury, también llamado Dobernia, aun cuando presidiera
un concilio general de obispos, promulgara decreto o prohibición alguna si
estas no eran conformes a la voluntad del Rey y no habían sido previamente
establecidas por él.
Asimismo, no consentía que ninguno de sus obispos, salvo por
mandato expreso suyo, procediera contra o excomulgara a alguno de sus barones o
funcionarios por incesto, adulterio o cualquier otro delito capital, aunque
fuera notoriamente culpable, ni que le impusiera pena alguna de disciplina
eclesiástica.»[13]
De nuevo, en una carta dirigida al Papa en respuesta a su
demanda de vasallaje, Guillermo escribió: «No he aceptado someterme en
vasallaje, ni lo aceptaré ahora, porque nunca lo prometí, ni consta que mis
antecesores lo hayan rendido a los vuestros.»[14]
En esa misma carta se refirió expresamente al arzobispo
Lanfranco como «mi vasallo» (y no del Papa). Se advierte así cómo el léxico
feudal, propio de las obligaciones mutuas entre señor y vasallo, había pasado a
modelar el discurso de las relaciones entre Iglesia y Estado en su nivel más
alto.
En cambio, Guillermo accedió a la demanda papal de pagar el
«óbolo de San Pedro», una aportación que había sido voluntaria por parte del
pueblo ingles pero que ahora se convertía en obligatoria. Pues exprimir a unos
ingleses ya empobrecidos no suponía merma alguna de su poder personal. Los
Papas, por tanto, tuvieron que esperar a la muerte de Guillermo para comenzar a
afirmar gradualmente su control directo sobre la Iglesia inglesa…
[1]
Los paralelos más cercanos a la actuación de Nicolás son los siguientes:
(i) En 633, el IV Concilio de Toledo declaró al rey visigodo
Suintila injusto e infiel y sostuvo que se había despojado a sí mismo de la
realeza. No obstante, cuando el Concilio se reunió, Suintila ya había sido
depuesto por la fuerza y los nobles habían elegido como rey a Sisenando, por lo
que no fue el clero quien llevó a cabo la deposición. Lejos de legitimar la rebelión, los obispos
proclamaron entonces un anatema de extraordinaria severidad contra toda usurpación,
exhortando —bajo la dirección de san Isidoro de Sevilla— “a que no hubiera
conspiraciones, atentados ni levantamientos contra los monarcas, y
estableciendo que la sucesión debía decidirse en un concilio común de magnates
y obispos. Tras reiterar solemnemente el anatema contra todo intento de
quebrantar el juramento de fidelidad o usurpar el trono, los obispos llamaron a
Sisenando y a sus sucesores a gobernar con moderación, justicia y piedad, y
solo entonces condenaron a Suintila y a su familia.
Tres veces los obispos repitieron su terrible anatema contra
cualquiera que conspirase para quebrantar su juramento de fidelidad, o atentase
contra la vida del rey, o intentase usurpar el trono. Tres veces el anatema fue
leído ante la asamblea con profunda solemnidad, y tres veces los notarios lo
copiaron en las actas. Todo el clero y los laicos presentes proclamaron a
gritos su asentimiento.
Luego los obispos exhortaron a Sisenando y a sus sucesores
de manera perpetua a reinar con moderación, mansedumbre, justicia y piedad a
los pueblos que Dios les había confiado, declarando anatema a quien gobernase
con tiranía u opresión.
Solo después de esta escena solemne, los obispos dictaron
sentencia contra Suintila y su familia…” (E.A. Thompson, The Goths in Spain, Oxford: Clarendon Press,
1969, pp. 174, 175).
(ii) Del mismo modo, en 750, cuando el último rey
merovingio, Childerico III, había sido depuesto y el primer carolingio, Pipino
el Breve, fue entronizado en su lugar, no fue el papa Zacarías quien depuso a
Childerico**: se limitó a confirmar y bendecir el cambio de dinastía,
declarando que «debía ser llamado rey quien ejercía efectivamente el poder, y
no quien ya no lo poseía».. a
continuación «ordenó, por autoridad apostólica, que Pipino fuese hecho rey,
para que no se perturbara el orden».
(iii) Nuevamente, fueron los hombres principales del Imperio
carolingio quienes, en 833, le retiraron su apoyo a Luis el Piadoso. Los
obispos solo confirmaron posteriormente esta decisión, «proclamando formalmente
el juicio divino que lo mostraba inhábil para el gobierno, y degradándolo de su
dignidad de gobernante e imponiéndole una penitencia». (Canning, op. cit., p. 51)
[2] Douglas, William
the Conqueror, op. cit., p. 187.
[3]
Nota de traductor - Con la expresión “el papa ya se había convertido en
la criatura de los normandos del sur de Italia” se alude a la situación de
dependencia política y militar del papado respecto de los normandos
establecidos en el Mezzogiorno italiano durante el siglo XI. Desde mediados de
ese siglo, los papas — particularmente desde el pontificado de Alejandro II —
se vieron obligados a apoyarse en el poder normando como contrapeso frente a la
presión del Imperio germánico y de la nobleza romana. A cambio de legitimación
eclesiástica (investiduras, bendiciones y reconocimiento de conquistas), los
normandos ofrecían protección armada y respaldo político al papado. Esta
relación quedó formalizada poco después, en 1059, cuando el papado reconoció a
los jefes normandos del sur de Italia como vasallos legítimos de la Santa Sede,
consolidando una alianza que, en la práctica, limitó la autonomía política del
pontífice y lo llevó a respaldar sistemáticamente las campañas normandas,
incluso aquellas de carácter claramente depredatorio o expansionista. (Véase: The papacy and the normans
de Vladimir Moss)
[4] F. McLynn, 1066: The
Year of the Three Battles, London: Jonathan Cape,
1998, pp. 182-183.
[5] Anonymous, Vita Aedwardi Regis (The
Life of Edward the King), edited by Frank Barlow, Nelson’s Medieval
Texts, 1962.
[6] Simon Schama writes: “Between them, William and Lanfranc had managed to convert a personal and dynastic feud into a holy war” (A History of Britain 1, London: BBC Worldwide, 2003, p. 84).
[7] Howarth, 1066: The Year of the
Conquest, Milton Keynes: Robin Clark, 1977, p. 164.
[8] Fr. Andrew Phillips, Orthodox
Christianity and the Old English Church, English Orthodox Trust, 1996, p.
27.
[9] Douglas, Willian the Conqueror, op. cit., pp.
6-7.
[10] Hudson, “The Norman Conquest”, BBC
History Magazine, vol. 4, № 1, January, 2003, p. 23.
[11] R.H.C. Davis, A
History of Medieval Europe, Harlow: Longman, pp. 284, 285.
[12] Quoted in Robinson, op. cit., p. 177.
[13] Edmer, Istoria Novorum in Anglia (A
History of the New Things in England); translated by Geoffrey Bosanquet,
London: Cresset Press.
[14]Quoted in Douglas &
Greenway, English Historical Documents, Eyre & Spottiswoode, p.
647.
