viernes, 9 de enero de 2026

LA CAÍDA DE LA INGLATERRA ORTODOXA

 

Vladimir Moss



En 1043, tras un período de gobierno de reyes cristianos daneses (1017–1042), la antigua dinastía anglosajona de Alfredo el Grande fue restaurada con la entronización de Eduardo, hijo del rey Etelredo, más tarde conocido como “el Confesor”.

En enero de 1066, a la muerte del rey Eduardo, su cuñado Harold Godwinson fue consagrado rey. Pero dos años antes, Haroldo había sido retenido como prisionero en la corte de Guillermo de Normandía y, para recuperar la libertad, había jurado solemnemente, ante reliquias sagradas, sostener el derecho de Guillermo al trono inglés. Al violar dicho juramento y proclamarse rey, Guillermo resolvió emprender la invasión de Inglaterra, con la bendición del Papa. ¿Cómo fue posible que el Papa bendijera una invasión armada contra un país cristiano, gobernado por un rey ungido que no suponía amenaza alguna para sus vecinos?

Para responder a esta cuestión, debemos examinar la nueva teoría de las relaciones entre Iglesia y Estado que se estaba desarrollando en Roma. La cuestión decisiva era esta: en una sociedad cuyos fines están determinados por la fe cristiana, ¿son las jurisdicciones de la clerecía y las del gobernante secular estrictamente paralelas, o puede el clero arrogarse el derecho de deponer a un rey que, a su juicio, no gobierna conforme a esos fines espirituales; fines cuya naturaleza, por definición, solo el propio clero puede establecer?

Hasta mediados del siglo IX, no había surgido aún ningún caso decisivo que permitiera determinar si la Iglesia podía, no tan solo el confirmar la deposición de un rey o un cambio de dinastía ya producido, sino tomar ella misma la iniciativa en tales procesos. El papa Nicolás I fue el primero en atribuirse esa iniciativa, procediendo a la deposición de emperadores y patriarcas como si todo el poder, tanto en la Iglesia como en el Estado, residiera en sus manos.[1]

Sin embargo, en 865 se vieron frustrados los esfuerzos de Nicolás mediante la firme oposición tanto de la Iglesia oriental, bajo Focio el Grande, como la de jerarcas occidentales entre quienes se encontraba Hincmar de Reims. No fue sino tras el transcurso de otros doscientos años cuando el papado volvió a sentirse lo suficientemente fuerte como para poder volver a desafiar el poder de los reyes ungidos. Su oportunidad llegó con la muerte del rey Eduardo el Confesor, cuando Harold Godwinson tomó el trono de Inglaterra con el consentimiento de los principales hombres del reino, pero sin el consentimiento de aquel a quien una vez había jurado fidelidad, el duque Guillermo de Normandía.

El profesor Douglas escribe: «En alguna fecha indeterminada dentro de los primeros ocho meses de 1066, [el duque Guillermo] apeló al papado, y se envió una misión, bajo la dirección de Gilberto de Lisieux, arcediano de Lisieux, para solicitar de Alejandro II un fallo favorable al duque. No se ha conservado ningún registro del modo en que el caso fue tratado en Roma, ni existe prueba alguna de que Harold Godwinson fuese llamado a comparecer en su propia defensa. Aun así, los argumentos presentados por los enviados del duque pueden reconstruirse con bastante certeza. El más relevante fue la acusación de perjurio, basada en el juramento prestado por Harold y en su violación al apoderarse del trono… El arcediano Hildebrando respaldó decididamente la posición de Guillermo, y Alejandro acabó declarando públicamente su aprobación de la empresa normanda.»[2]

El Papa tenía motivos propios para respaldar a Guillermo. En 1052, el arzobispo normando Roberto de Canterbury abandonó Inglaterra tras inclinarse la lucha entre las facciones inglesa y normanda de la corte en favor de la primera. En su huida dejó atrás su pallium (omophorion), que, con el asentimiento del rey, fue transferido al obispo Stigand de Winchester, quien ocupó la sede de Canterbury en sustitución de Roberto. Este hecho suscitó la indignación del Papa, quien califico a Stigand como usurpador contrario al derecho canónico. Pese a ello, los ingleses rehusaron someterse a la autoridad pontificia. Como consecuencia, desde 1052 hasta la deposición de Stigand por los legados del Papa en el falso concilio de Winchester en 1070, Inglaterra permaneció en cisma respecto de Roma y bajo su excomunión, mientras que el propio Papa se hallaba, desde 1054, en cisma y bajo anatema de la Iglesia de Constantinopla.

Para empeorar las cosas, en 1058 el arzobispo Stigand había hecho regularizar su posición por medio del “antipapa” (es decir, enemigo de los reformadores hildebrandinos) Benedicto IX. Aquí se presentaba la excusa perfecta para bendecir la invasión de Guillermo: los ingleses “cismáticos” debían ser reducidos a la obediencia, y su Iglesia purificada de toda influencia secular. Y si tal propósito “santo” debía alcanzarse mediante los medios más abiertamente seculares — la guerra de conquista y la muerte de centenares de miles de cristianos inocentes—, que así fuera.

Según Frank McLynn, «lo que verdaderamente despertó el interés del papa Alejandro II» fue la presunta irregularidad canónica de Stigand. «La apelación de Guillermo al papado la hacía fundada en términos de su rol como líder putativo de un movimiento de reforma eclesiástica y religiosa en Normandia; como el hombre capaz de limpiar los establos augeanos de la corrupción eclesial en Inglaterra; esto influyó decisivamente en Alejandro quien — como puso de manifiesto su conflicto con Harald Hardrada en 1061 — consideraba que las iglesias del norte de Europa se hallaban demasiado fuera de la órbita del control papal.

El sueño persistente del nuevo papado «reformista» era el de erigirse como árbitro universal de los tronos y de la sucesión de los reyes; el homenaje de Guillermo constituía, por tanto, un precedente valioso. No resulta sorprendente que Alejandro concediera su bendición a la proyectada invasión de Inglaterra.

En ocasiones se ha preguntado por qué Haroldo no envió su propia embajada para contrarrestar los argumentos de Guillermo. Casi con certeza, la respuesta es que lo consideró una pérdida de tiempo, por dos motivos: el método de elección del rey en Inglaterra no incumbía al papa ni era un ámbito legítimo para su intervención; y, en cualquier caso, el papa ya se había convertido en la criatura de los normandos del sur de Italia[3], y acabaría haciendo lo que estos le ordenaran. Harold no se equivocaba: Alejandro II bendijo sin excepción todas las campañas normandas de rapiña en la década de 1060.

Aunque la aprobación papal de la “empresa de Inglaterra” de Guillermo carecía de legitimidad moral, representó un extraordinario triunfo propagandístico y diplomático para los normandos. Les permitió presentar la invasión como una guerra santa, con Guillermo en el papel de jefe de cruzados, encubriendo y mistificando los motivos groseramente materialistas de sus seguidores y mercenarios.

Al mismo tiempo, proporcionó a los normandos un potente estímulo psicológico, pues podían verse a sí mismos como los elegidos de Dios; y es significativo de que ninguno de los miembros del círculo íntimo de Guillermo albergara dudas acerca del éxito final de la empresa inglesa. Normandía aparecía ahora como la punta de lanza de una cristiandad segura de sí misma, que pasaba a la ofensiva por primera vez en siglos, tras haber estado durante largo tiempo la Cristiandad [occidental] hostigada por los vikingos en el norte, los húngaros en el este y el islam en el sur.

Tampoco fue casual que, tras la reciente cristianización de Hungría y Escandinavia, los normandos asumieran el rol de la vanguardia durante la – propiamente dicha – primera Cruzada, en contra los infieles islámicos en Tierra Santa.

El fiat de Alejandro constituyó también un triunfo diplomático, ya que la aprobación papal concedida a los normandos dificultaba que otras potencias intervinieran en favor de Haroldo. Guillermo, además, neutralizó de antemano una de las posibles fuentes de apoyo de los anglosajones al enviar una embajada al emperador Enrique IV; esta iniciativa resultó igualmente notablemente exitosa, pues eliminó un posible obstáculo a un llamamiento a escala europea con motivo de reclutar voluntarios para la “cruzada.”» [4]

Mientras el rey Eduardo el Confesor vivió, el partido de Hildebrando se vio contenido a la hora de atacar Inglaterra, tanto por la renombrada fama europea del rey como santo taumaturgo como por la falta de una fuerza militar adecuada para la tarea. Pero Eduardo había muerto ya, después de profetizar en su lecho de muerte que Inglaterra sería invadida por demonios y perdería la gracia de Dios.[5] La pretensión de Guillermo colocó en manos de Hildebrando la oportunidad de la llamada “guerra santa” que había deseado durante mucho tiempo.[6]

Guillermo y su ejército invadieron el sur de Inglaterra en septiembre de 1066. Entretanto, el rey Harald Hardrada de Noruega había invadido el norte. El 20 de septiembre, el rey inglés Harold Godwinson derrotó al ejército noruego y, a continuación, con el mínimo descanso y sin esperar refuerzos, marchó hacia el sur para enfrentarse a los normandos.

Según David Howarth, la explicación es que Haroldo oyó entonces por primera vez — por boca de un emisario de Guillermo — que él y sus partidarios habían sido excomulgados, y que Guillermo luchaba con el aval del Papa, bajo un estandarte papal, llevando al cuello un diente de San Pedro engarzado en oro.

«Esto implicaba que Haroldo no se enfrentaba solo a Guillermo, sino al propio Papa. No estaba claro que la Iglesia, el ejército y el pueblo lo respaldaran en semejante desafío; en el mejor de los casos, reaccionarían con confusión y falta de entusiasmo. De ahí que, si había que combatir, hubiera que hacerlo de inmediato, antes de que la noticia se difundiera. Si la batalla se ganaba, entonces habría margen para discutir la decisión pontificia, denunciar el proceso como una parodia, impugnarlo, apelar contra él o simplemente seguir desobedeciéndolo.»[7]

La derrota del rey Haroldo Godwinson en Hastings fue el preludio del mayor genocidio de la historia europea hasta ese momento. Según una fuente, uno de cada cinco ingleses habría sido asesinado[8]; y aunque esta cifra pueda ser exagerada, el Domesday Book (1086) muestra que algunas regiones del país seguían siendo un erial una generación después de la Conquista.

Tan terrible fue la matanza, y tal la destrucción de iglesias sagradas y de reliquias, que los obispos normandos que participaron en la campaña se vieron obligados a hacer penitencia a su regreso.

Sin embargo, el Papa que había otorgado su bendición a aquella carnicería impía no realizó penitencia alguna. Antes bien, envió a Inglaterra legados pontificios, quienes, en el llamado concilio de Winchester de 1070, destituyeron al arzobispo Stigand — y después a la mayoría de los obispos ingleses — y procedieron a la integración formal de Inglaterra en el nuevo imperio romano-católico.

La Conquista normanda fue, en esencia, la primera cruzada del papado “reformado” dirigida en contra de la cristiandad ortodoxa. Como afirma el profesor David C. Douglas:

«Es indudable que la segunda mitad del siglo XI constituyó un punto de inflexión histórico para la cristiandad occidental, y que Normandía y los normandos desempeñaron un papel hegemónico en la transformación que entonces se produjo… Facilitaron el ascenso del papado hacia una nueva dominación política, se integraron plenamente en el movimiento de reforma eclesiástica dirigido desde Roma y contribuyeron a una alteración radical de las relaciones entre Oriente y Occidente, cuyos efectos aún perduran. En este sentido, la Conquista normanda de Inglaterra no fue sino un episodio de una empresa de alcance continental.»[9]

De ahí que, si Guillermo hubiera sido derrotado, como señala John Hudson, los reformadores papales, que habían apostado por él en su lucha por el trono inglés, podrían haber perdido su ímpetu, y Normandía habría quedado profundamente debilitada.[10]
Dicho de otro modo, el curso de la historia europea podría haber sido otro…

Todos los barones y obispos de Guillermo poseían sus tierras en calidad de vasallos suyos; y cuando, el 1 de agosto de 1086, y cuando, el 1 de agosto de 1086, convocó en Salisbury a todos los propietarios libres de Inglaterra y les exigió un juramento de lealtad personal, Guillermo pasó a ser, en la práctica, el único terrateniente del reino. De este modo surgió la monarquía feudal, un nuevo tipo de despotismo.

Según R. H. C. Davis, esta monarquía feudal constituyó en realidad «un nuevo Leviatán, el equivalente medieval de un Estado socialista. En un Estado socialista, la comunidad es dueña — o debería serlo — de los medios de producción. En la monarquía feudal, el rey concentraba en sus manos la propiedad de toda la tierra, la cual, en términos económicos medievales, es de hecho el equivalente de dichos medios de producción.

El ejemplo más claro y sencillo de una monarquía feudal lo ofrece Inglaterra tras la Conquista normanda. Cuando Guillermo el Conquistador venció a Haroldo Godwinson en Hastings (1066), afirmó haber consolidado su legítimo derecho sucesorio respecto de Eduardo el Confesor; pero, dado que Haroldo había opuesto resistencia, también pudo alegar que él había conquistado el país entero. Desde entonces, cada pulgada de tierra debía pertenecerle, y él dispondría de ella como mejor le pareciera»[11]

Como hemos visto, Guillermo el Conquistador había conquistado Inglaterra con la bendición del archidiácono Hildebrando. Y poco después de su sangrienta pacificación del país, impuso a la Iglesia inglesa el nuevo derecho canónico del papado reformado.

Esto complació a Hildebrando, ya entonces papa Gregorio VII, quien estuvo dispuesto a pasar por alto el hecho de que Guillermo consideraba que debía su reino únicamente a su espada y a Dios: «El rey de los ingleses, aunque en ciertos aspectos no se comporta con la devoción que cabría esperar, sin embargo, puesto que no ha saqueado ni enajenado las Iglesias de Dios [!]; puesto que se ha aplicado a gobernar a sus súbditos con paz y justicia [!!]; puesto que ha rechazado toda iniciativa perjudicial para la sede apostólica, aun cuando fue incitado por determinados enemigos de la cruz de Cristo; y puesto que ha obligado bajo juramento a los sacerdotes a abandonar a sus esposas y a los laicos a remitir los diezmos que nos estaban reteniendo, en todo ello se ha mostrado más digno de aprobación y honor que otros reyes…»

Los «otros reyes» a los que se refería Gregorio incluían, ante todo, al emperador Enrique IV de Alemania, quien, a diferencia de Guillermo el Conquistador, no apoyó las “reformas” del Papa. Si Guillermo hubiera actuado como Enrique, no cabe duda de que el papa Gregorio VII también lo habría excomulgado. Y si Guillermo se hubiera negado a cooperar con el papado, es igualmente indudable que el Papa habría incitado a sus súbditos a librar una “guerra santa” en contra de él, tal como hizo contra Enrique.

     Pues, como escribió un monje anónimo de Hersfeld: «[Los gregorianos] afirman que se trata de una cuestión de fe y que es deber de los fieles de la Iglesia matar y perseguir a quienes mantengan comunicación con, o apoyen, al rey Enrique excomulgado, y se nieguen a promover los esfuerzos del partido [gregoriano].»[12]

Sin embargo, Guillermo, a fuerza de la brutalidad interna y una sutil diplomacia externa, consiguió someter plenamente a la Iglesia y al Estado, y al mismo tiempo — de manera paradójica — conservar una relación aceptable con el Papa más autoritario que ha conocido la historia. Los regímenes totalitarios, al fin y al cabo, solo respetan a quienes comparten su misma naturaleza. De este modo, el totalitarismo papocesáreo de Hildebrando dio origen al totalitarismo cesaropapista de Guillermo el Bastardo…

La naturaleza absoluta del dominio de Guillermo sobre la Iglesia fue descripta con claridad por Eadmer de Canterbury: la política del rey Guillermo el Conquistador consistía en mantener en Inglaterra los usos y leyes que él mismo y sus antepasados habían observado anteriormente en Normandía. En consecuencia, nombró obispos, abades y otros nobles por todo el país entre personas respecto de las cuales — puesto que todos sabían quiénes eran, de qué condición habían sido elevados y a qué dignidades habían sido promovidos — se habría considerado una ingratitud vergonzosa que no obedecieran implícitamente sus leyes, subordinando a ellas cualquier otra consideración; o que alguno de ellos, amparándose en el poder conferido por una dignidad temporal, osara alzar la cabeza contra él.

Por ello, todas las cosas, tanto espirituales como temporales, dependían del asentimiento del Rey… Así, por ejemplo, no permitía que nadie en todo su dominio, salvo por orden suya, reconociera al Pontífice legítimamente establecido en la ciudad de Roma, ni aceptara bajo ninguna circunstancia carta alguna suya, sin que antes hubiera sido presentada al Rey.

Del mismo modo, no permitía que el primado de su reino, esto es, el Arzobispo de Canterbury, también llamado Dobernia, aun cuando presidiera un concilio general de obispos, promulgara decreto o prohibición alguna si estas no eran conformes a la voluntad del Rey y no habían sido previamente establecidas por él.

Asimismo, no consentía que ninguno de sus obispos, salvo por mandato expreso suyo, procediera contra o excomulgara a alguno de sus barones o funcionarios por incesto, adulterio o cualquier otro delito capital, aunque fuera notoriamente culpable, ni que le impusiera pena alguna de disciplina eclesiástica.»[13]

De nuevo, en una carta dirigida al Papa en respuesta a su demanda de vasallaje, Guillermo escribió: «No he aceptado someterme en vasallaje, ni lo aceptaré ahora, porque nunca lo prometí, ni consta que mis antecesores lo hayan rendido a los vuestros.»[14]

En esa misma carta se refirió expresamente al arzobispo Lanfranco como «mi vasallo» (y no del Papa). Se advierte así cómo el léxico feudal, propio de las obligaciones mutuas entre señor y vasallo, había pasado a modelar el discurso de las relaciones entre Iglesia y Estado en su nivel más alto.

En cambio, Guillermo accedió a la demanda papal de pagar el «óbolo de San Pedro», una aportación que había sido voluntaria por parte del pueblo ingles pero que ahora se convertía en obligatoria. Pues exprimir a unos ingleses ya empobrecidos no suponía merma alguna de su poder personal. Los Papas, por tanto, tuvieron que esperar a la muerte de Guillermo para comenzar a afirmar gradualmente su control directo sobre la Iglesia inglesa…

 



[1] Los paralelos más cercanos a la actuación de Nicolás son los siguientes:

(i) En 633, el IV Concilio de Toledo declaró al rey visigodo Suintila injusto e infiel y sostuvo que se había despojado a sí mismo de la realeza. No obstante, cuando el Concilio se reunió, Suintila ya había sido depuesto por la fuerza y los nobles habían elegido como rey a Sisenando, por lo que no fue el clero quien llevó a cabo la deposición.  Lejos de legitimar la rebelión, los obispos proclamaron entonces un anatema de extraordinaria severidad contra toda usurpación, exhortando —bajo la dirección de san Isidoro de Sevilla— “a que no hubiera conspiraciones, atentados ni levantamientos contra los monarcas, y estableciendo que la sucesión debía decidirse en un concilio común de magnates y obispos. Tras reiterar solemnemente el anatema contra todo intento de quebrantar el juramento de fidelidad o usurpar el trono, los obispos llamaron a Sisenando y a sus sucesores a gobernar con moderación, justicia y piedad, y solo entonces condenaron a Suintila y a su familia.

Tres veces los obispos repitieron su terrible anatema contra cualquiera que conspirase para quebrantar su juramento de fidelidad, o atentase contra la vida del rey, o intentase usurpar el trono. Tres veces el anatema fue leído ante la asamblea con profunda solemnidad, y tres veces los notarios lo copiaron en las actas. Todo el clero y los laicos presentes proclamaron a gritos su asentimiento.

Luego los obispos exhortaron a Sisenando y a sus sucesores de manera perpetua a reinar con moderación, mansedumbre, justicia y piedad a los pueblos que Dios les había confiado, declarando anatema a quien gobernase con tiranía u opresión.

Solo después de esta escena solemne, los obispos dictaron sentencia contra Suintila y su familia…” (E.A. Thompson, The Goths in Spain, Oxford: Clarendon Press, 1969, pp. 174, 175).

(ii) Del mismo modo, en 750, cuando el último rey merovingio, Childerico III, había sido depuesto y el primer carolingio, Pipino el Breve, fue entronizado en su lugar, no fue el papa Zacarías quien depuso a Childerico**: se limitó a confirmar y bendecir el cambio de dinastía, declarando que «debía ser llamado rey quien ejercía efectivamente el poder, y no quien ya no lo poseía»..  a continuación «ordenó, por autoridad apostólica, que Pipino fuese hecho rey, para que no se perturbara el orden».

(iii) Nuevamente, fueron los hombres principales del Imperio carolingio quienes, en 833, le retiraron su apoyo a Luis el Piadoso. Los obispos solo confirmaron posteriormente esta decisión, «proclamando formalmente el juicio divino que lo mostraba inhábil para el gobierno, y degradándolo de su dignidad de gobernante e imponiéndole una penitencia». (Canning, op. cit., p. 51)

[2] Douglas, William the Conqueror, op. cit., p. 187.

[3] Nota de traductor - Con la expresión “el papa ya se había convertido en la criatura de los normandos del sur de Italia” se alude a la situación de dependencia política y militar del papado respecto de los normandos establecidos en el Mezzogiorno italiano durante el siglo XI. Desde mediados de ese siglo, los papas — particularmente desde el pontificado de Alejandro II — se vieron obligados a apoyarse en el poder normando como contrapeso frente a la presión del Imperio germánico y de la nobleza romana. A cambio de legitimación eclesiástica (investiduras, bendiciones y reconocimiento de conquistas), los normandos ofrecían protección armada y respaldo político al papado. Esta relación quedó formalizada poco después, en 1059, cuando el papado reconoció a los jefes normandos del sur de Italia como vasallos legítimos de la Santa Sede, consolidando una alianza que, en la práctica, limitó la autonomía política del pontífice y lo llevó a respaldar sistemáticamente las campañas normandas, incluso aquellas de carácter claramente depredatorio o expansionista. (Véase: The papacy and the normans de Vladimir Moss)

[4] F. McLynn, 1066: The Year of the Three BattlesLondon: Jonathan Cape, 1998,  pp. 182-183.

[5] Anonymous, Vita Aedwardi Regis (The Life of Edward the King), edited by Frank Barlow, Nelson’s Medieval Texts, 1962.

[6] Simon Schama writes: “Between them, William and Lanfranc had managed to convert a personal and dynastic feud into a holy war” (A History of Britain 1, London: BBC Worldwide, 2003, p. 84).

[7] Howarth, 1066: The Year of the Conquest, Milton Keynes: Robin Clark, 1977, p. 164.

[8] Fr. Andrew Phillips, Orthodox Christianity and the Old English Church, English Orthodox Trust, 1996, p. 27.

[9] Douglas, Willian the Conqueror, op. cit., pp. 6-7.

[10] Hudson, “The Norman Conquest”, BBC History Magazine, vol. 4, № 1, January, 2003, p. 23.

[11] R.H.C. Davis,  A History of Medieval Europe, Harlow: Longman, pp. 284, 285.

[12] Quoted in Robinson, op. cit., p. 177.

[13] Edmer, Istoria Novorum in Anglia (A History of the New Things in England); translated by Geoffrey Bosanquet, London: Cresset Press.

[14]Quoted in Douglas & Greenway, English Historical Documents, Eyre & Spottiswoode, p. 647.

CARLOMAGNO Y EL CISMA OCCIDENTAL

Vladimir Moss  Cuadro "Coronación de Carlomagno" de  Friedrich Kaulbach. Durante siglos, y pese a la aparición intermitente de ide...