Vladimir Moss
En 1309 el Papa
y su corte se trasladaron a la ciudad francesa de Aviñón. Los lujos y la
corrupción del papado de Aviñón le valieron, ya entre sus contemporáneos, el
nombre de “la segunda Babilonia”. Tampoco las órdenes monásticas, que habían
sido el sostén tradicional del papado medieval pero que para entonces habían
perdido su carácter ascético, pudieron restaurar la autoridad de la Iglesia…
La humillación del papado era claramente
una oportunidad para el Imperio. ¿Podría éste resurgir para asumir el liderazgo
del mundo occidental? Ese fue el sueño de muchos. Pero, como escribe Richard
Chamberlin:
«Mirar el
Sacro Imperio Romano desde la larga perspectiva de la historia es asistir
melancólicamente a la disolución de un sueño. Los italianos combatieron en
guerras civiles interminables bajo las banderas de güelfos y gibelinos, del
Papa o del Imperio, pero tales banderas no eran sino pretextos para la lucha.
Paradójicamente, cuanto más se debilitaba el poder real del emperador, más se
exaltaba el ideal del monarca universal, hasta el punto de que el nadir
imperial coincidió con su apología más lograda: la De Monarchia de Dante.»[1]
La obra de
Dante fue escrita dada la ola de esperanza sucitada por la llegada a Italia del
emperador del Sacro Imperio Romano, Enrique VII, en 1331 y si respondiera a la Unam
Sanctam de Bonifacio. No es que Dante fuera antipapista; creía que el Papa
debía gobernar los asuntos espirituales así como el Emperador gobernaba los
asuntos políticos. Pero su De Monarchia es gibelina, en la medida en que
niega a la Iglesia el mando supremo en las cosas temporales, y su gran sueño de
una paz universal solo podía realizarse, según él, a través de la monarquía
universal.
La
concepción de Dante sobre el Imperio» —escribe Watt— «se articulaba en torno a
tres tesis fundamentales, desarrolladas cada una en un libro del tratado.
La primera
sostenía que la única garantía de paz y justicia para el mundo cristiano
residía en el establecimiento de la unidad bajo un único soberano.[2]
La segunda afirmaba que, bajo la providencia de Dios, este papel había sido
asignado al Emperador romano desde sus mismos orígenes en tiempos
precristianos, y que recibió una confirmación especial de ello después del
Mesías, como signo de su derecho a gobernar el mundo, al haber éste elegido
vivir, obrar y morir bajo su soberanía. La tercera tesis sostenía que esta
soberanía universal única procedía de Dios y era concedida directamente a cada
emperador, sin mediación del papado, y que se ejercía con independencia de todo
control jurisdiccional por parte del jefe de la Iglesia.»
De este
modo, Dante se aproxima a un retorno a la idea bizantina de la sinfonía de los
poderes. Pues, aunque sostiene que el Emperador debe gobernar los asuntos
temporales así como el Papa gobierna los espirituales, rechaza la separación absoluta entre Iglesia y
Estado en el sentido moderno. Ambos han de colaborar como iguales, en una
obediencia común al único Dios.
«Por lo cual» el concluye, «El César, pues, debe guardar reverencia a
Pedro, como el hijo primogénito debe reverenciar a su padre: para que,
iluminado con la luz de la gracia paterna, irradie con mayor esplendor sobre el
orbe de la tierra, a cuya cabeza ha sido puesto por sólo Aquél que es el único
gobernador de todas las cosas espirituales y temporales.… »[3]
Fue un
ideal elevado, acaso la última manifestación de la concepción ortodoxa de la
política en Occidente. Pero no logró perdurar: Enrique VII llegó a Italia en respuesta al
llamamiento de Dante; pero ya para 1313 estaba muerto, y con él murió el
dominio del Imperio en Italia. [4] Y así, «el llamado de Dante a la majestad
resucitada del Imperio se convirtió en su réquiem».[5]
El hundimiento del Imperio parecía
abrir el camino a una restauración del papado. Sin embargo, no habría de
suceder: el derecho natural y toda una constelación de doctrinas
proto-protestantes, a los que se les uniria la Peste Negra y al escándalo del
cisma papal terminaron por erosionar de forma irreversible (o al menos hasta la
Contrarreforma papal del siglo XVI) el ideal seguro y triunfal de Inocencio
III. Tanto el Imperio como el papado cedieron pronto su hegemonía sobre la
mente y la imaginación del hombre occidental a las ideas neopaganas del
humanismo renacentista…
[1] Chamberlin, “The Ideal of Unity”, History
Today, vol. 53 (11), Noviembre, 2003, p. 63.
[2] Porque “el género humano es una especie de concordia
cuando se encuentra perfectamente, porque, así como un solo hombre cuando se
encuentra en perfectas disposiciones de alma y de cuerpo es una forma de
concordia, y lo mismo una casa y una ciudad y un reino, así también lo es todo
el género humano; luego el mejor estado del género humano depende de la unidad
que se da en las voluntades. Pero ésta no puede darse si no hay una voluntad
única, dueña y directriz de todas las demás en orden a la unidad, ya que las voluntades
de los mortales, a causa de los muelles placeres de la adolescencia, necesitan
dirección, como enseña el Filósofo en el último libro de A Nicómaco.
Pero esta única voluntad no puede darse a no ser que
haya un solo príncipe para todos87, cuya voluntad pueda ser dueña y directriz
de todas las demás. Y, si todas las conclusiones anteriores son verdaderas,
como lo son, resulta necesario que, para que el género humano se encuentre
perfectamente, exista en el mundo un Monarc8 y, consecuentemente, que exista
una Monarquía para bien del mundo. (Dante, De
Monarchia. Libro I. XV). (V.M.)
[3] Dante, De Monarchia, libro III, XV.
[4] Aurelia Henry, The
De Monarchia of Dante Alighieri, introduccion, Boston and
New York: Houghton, Miflin and Company,
1904. http://oll.libertyfund.org/titles/2196.
[5] Chamberlin,
“The Ideal of Unity”, op. cit., p. 63.
