viernes, 9 de enero de 2026

DANTE Y SU LIBRO "DE MONARCHIA"

 Vladimir Moss



Dante en el Purgatorio, obra de Giovanni Battista Naldini

En 1309 el Papa y su corte se trasladaron a la ciudad francesa de Aviñón. Los lujos y la corrupción del papado de Aviñón le valieron, ya entre sus contemporáneos, el nombre de “la segunda Babilonia”. Tampoco las órdenes monásticas, que habían sido el sostén tradicional del papado medieval pero que para entonces habían perdido su carácter ascético, pudieron restaurar la autoridad de la Iglesia…

 

     La humillación del papado era claramente una oportunidad para el Imperio. ¿Podría éste resurgir para asumir el liderazgo del mundo occidental? Ese fue el sueño de muchos. Pero, como escribe Richard Chamberlin:

 

«Mirar el Sacro Imperio Romano desde la larga perspectiva de la historia es asistir melancólicamente a la disolución de un sueño. Los italianos combatieron en guerras civiles interminables bajo las banderas de güelfos y gibelinos, del Papa o del Imperio, pero tales banderas no eran sino pretextos para la lucha. Paradójicamente, cuanto más se debilitaba el poder real del emperador, más se exaltaba el ideal del monarca universal, hasta el punto de que el nadir imperial coincidió con su apología más lograda: la De Monarchia de Dante.»[1]

 

La obra de Dante fue escrita dada la ola de esperanza sucitada por la llegada a Italia del emperador del Sacro Imperio Romano, Enrique VII, en 1331 y si respondiera a la Unam Sanctam de Bonifacio. No es que Dante fuera antipapista; creía que el Papa debía gobernar los asuntos espirituales así como el Emperador gobernaba los asuntos políticos. Pero su De Monarchia es gibelina, en la medida en que niega a la Iglesia el mando supremo en las cosas temporales, y su gran sueño de una paz universal solo podía realizarse, según él, a través de la monarquía universal.

 

 

La concepción de Dante sobre el Imperio» —escribe Watt— «se articulaba en torno a tres tesis fundamentales, desarrolladas cada una en un libro del tratado.

 

La primera sostenía que la única garantía de paz y justicia para el mundo cristiano residía en el establecimiento de la unidad bajo un único soberano.[2]


La segunda afirmaba que, bajo la providencia de Dios, este papel había sido asignado al Emperador romano desde sus mismos orígenes en tiempos precristianos, y que recibió una confirmación especial de ello después del Mesías, como signo de su derecho a gobernar el mundo, al haber éste elegido vivir, obrar y morir bajo su soberanía. La tercera tesis sostenía que esta soberanía universal única procedía de Dios y era concedida directamente a cada emperador, sin mediación del papado, y que se ejercía con independencia de todo control jurisdiccional por parte del jefe de la Iglesia
.»

 

De este modo, Dante se aproxima a un retorno a la idea bizantina de la sinfonía de los poderes. Pues, aunque sostiene que el Emperador debe gobernar los asuntos temporales así como el Papa gobierna los espirituales, rechaza la separación absoluta entre Iglesia y Estado en el sentido moderno. Ambos han de colaborar como iguales, en una obediencia común al único Dios.

 

«Por lo cual» el concluye, «El César, pues, debe guardar reverencia a Pedro, como el hijo primogénito debe reverenciar a su padre: para que, iluminado con la luz de la gracia paterna, irradie con mayor esplendor sobre el orbe de la tierra, a cuya cabeza ha sido puesto por sólo Aquél que es el único gobernador de todas las cosas espirituales y temporales.… »[3]

 

Fue un ideal elevado, acaso la última manifestación de la concepción ortodoxa de la política en Occidente. Pero no logró perdurar: Enrique VII llegó a Italia en respuesta al llamamiento de Dante; pero ya para 1313 estaba muerto, y con él murió el dominio del Imperio en Italia. [4]  Y así, «el llamado de Dante a la majestad resucitada del Imperio se convirtió en su réquiem».[5]

 

El hundimiento del Imperio parecía abrir el camino a una restauración del papado. Sin embargo, no habría de suceder: el derecho natural y toda una constelación de doctrinas proto-protestantes, a los que se les uniria la Peste Negra y al escándalo del cisma papal terminaron por erosionar de forma irreversible (o al menos hasta la Contrarreforma papal del siglo XVI) el ideal seguro y triunfal de Inocencio III. Tanto el Imperio como el papado cedieron pronto su hegemonía sobre la mente y la imaginación del hombre occidental a las ideas neopaganas del humanismo renacentista…

 



[1] Chamberlin, “The Ideal of Unity”, History Today, vol. 53 (11), Noviembre, 2003, p. 63.

[2] Porque “el género humano es una especie de concordia cuando se encuentra perfectamente, porque, así como un solo hombre cuando se encuentra en perfectas disposiciones de alma y de cuerpo es una forma de concordia, y lo mismo una casa y una ciudad y un reino, así también lo es todo el género humano; luego el mejor estado del género humano depende de la unidad que se da en las voluntades. Pero ésta no puede darse si no hay una voluntad única, dueña y directriz de todas las demás en orden a la unidad, ya que las voluntades de los mortales, a causa de los muelles placeres de la adolescencia, necesitan dirección, como enseña el Filósofo en el último libro de A Nicómaco.

Pero esta única voluntad no puede darse a no ser que haya un solo príncipe para todos87, cuya voluntad pueda ser dueña y directriz de todas las demás. Y, si todas las conclusiones anteriores son verdaderas, como lo son, resulta necesario que, para que el género humano se encuentre perfectamente, exista en el mundo un Monarc8 y, consecuentemente, que exista una Monarquía para bien del mundo. (Dante, De Monarchia. Libro I. XV). (V.M.)

[3] Dante, De Monarchia, libro III, XV.

[4] Aurelia Henry, The De Monarchia of Dante Alighieri, introduccion, Boston and New York: Houghton, Miflin and Company, 1904. http://oll.libertyfund.org/titles/2196.

[5] Chamberlin, “The Ideal of Unity”, op. cit., p. 63.

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