Vladimir Moss
«Para el siglo XIV» — señala Larry Siedentop —, «se alzaban ya numerosas voces que pedían algo semejante a un gobierno representativo dentro de la Iglesia. Las demandas de reforma se centraban en la función de los concilios generales. ¿No constituía un concilio general la autoridad suprema en las cuestiones relativas a la fe y al bien de la Iglesia? ¿No suponía su autoridad un límite incluso para la jurisdicción ordinaria del papa y para su pretensión de ser el juez y legislador último de la Iglesia?
La pugna entre Bonifacio VIII y Felipe el
Hermoso [rey de Francia], iniciada en 1297, volvió estas cuestiones particularmente urgentes. El monarca francés —respaldado por numerosos
cardenales y franciscanos— recurrió a la convocatoria de un concilio general,
afirmando que Bonifacio era un usurpador (en la medida en que la renuncia de su
predecesor, Celestino V, habría sido “forzada” y, por ello, inválida) y un
hereje (…) La relación entre el papado y las autoridades eclesiásticas —y, del
mismo modo, las relaciones del papa con los gobernantes seculares que reclamaban
su soberanía— quedó sometida a un escrutinio crítico sin precedentes…»”[1]
Si Inocencio
III represento la apoteosis del poder papal, Bonifacio VIII encarnó tanto el
pináculo de su megalomanía como la revelación final de su fragilidad. Pues, como escribe el padre Serafín Rose, “se sentó en
el trono de Constantino, se adornó con espada, corona y cetro, y clamó en voz
alta: ‘Yo soy César; yo soy Emperador’. No fue sólo un acto teatral, sino el
síntoma de algo extremadamente profundo en el pensamiento moderno: la búsqueda
de un monarca universal, destinado a ser el Anticristo.”»[2]
«En su lucha
contra el rey, Bonifacio VIII recurrió de modo especial a la metáfora de las
dos espadas, la última gran metáfora del poder papal, que había sido
desarrollada originalmente en un sentido antipapal por Gottschalk de Aquisgrán,
capellán del emperador Enrique IV. Hildebrando — afirmaba Gottschalk — “sin el
conocimiento de Dios usurpó para sí el regnum y el sacerdotium. Con ello despreció la Disposición piadosa de Dios,
quien quiso que el orden cristiano consistiera principalmente no en una sola
realidad, sino en dos: el regnum y el sacerdotium, como el Salvador dio a entender durante su pasión
mediante la suficiencia figurativa de las dos espadas. Cuando se le dijo:
‘Señor, he aquí dos espadas’, respondió: ‘Es suficiente’ (Lucas 22,38), dando a entender con esta dualidad suficiente que en
la Iglesia debían ejercerse una espada espiritual y una carnal: la primera para promover, en nombre de Dios, la
obediencia al rey; la segunda para expulsar a los enemigos externos de Cristo y
para imponer internamente la obediencia al sacerdotium.”»[3]
Sin embargo,
los papistas invirtieron el sentido de la alegoría al afirmar que tanto la
espada secular como la espiritual estaban en manos del Papa. Señalaban además
que el apóstol Pedro, casi inmediatamente después de estas palabras de Cristo,
había utilizado la espada secular para cortar la oreja de Malco (Lucas 22,50). A
ello, desde el lado monárquico se replicó que el Señor ordenó entonces a Pedro
envainar la espada, al decir: «todos los que tomen espada, a espada perecerán.”(Mateo
26,52)»
De hecho, el
príncipe Román Mstislávich de Galitzia dio una respuesta semejante a un legado
papal que acudió a él tras la conquista de Constantinopla por los cruzados en
1204, «declarando que el Papa sometería pronto a todos los pueblos con la
espada de Pedro y lo haría rey. Román desenvainó entonces su espada y dijo:
“¿Es la espada de Pedro que posee el Papa es como ésta? Si así fuera, entonces
con ella podría tomar ciudades y dárselas a otros. Pero esto contradice la Palabra de Dios, pues el Señor
prohibió a Pedro tener tal espada y combatir con ella. Yo, en cambio, tengo una
espada que me ha sido dada por Dios”.»[4]
Los papistas lograron sortear incluso esta objeción. «¿para qué vas a tomar de nuevo espada, si va una vez
te mandaron envainarla?» – escribió
Bernardo de Claraval al Papa – «Con todo, si alguien negase que es tuya, creo que no
ha comprendido bien la palabra del Señor: “Mete la espada en su vaina”. Porque
repito que es tuya puede ser desenvainada quizá con tu consentimiento, aunque no por ti mismo. Si no fuese tuya en
ningún sentido, cuando los apóstoles le dijeron al Señor: “Aquí hay dos espadas,”
no hubiera respondido: “Ya basta”, sino: “sobran”. Por tanto, la Iglesia puede
poseer las dos espadas, la espiritual y el material. Esta para que la defiendan
y la otra para usarla ella misma; una la esgrime únicamente el sacerdote, y la
segunda el militar con el consentimiento del pontífice y por orden del
emperador.»[5] [6]
En 1302, en su famosa bula Unam Sanctam,
Bonifacio afirmó que la sumisión al Papa constituía una condición necesaria
para la salvación de toda criatura. Y retomó la imagen de la espada: «Ciertamente,
quien niega que la espada temporal esté en poder de Pedro no ha escuchado bien
la palabra del Señor que manda: “Mete tu espada en la vaina” [Mt 26,52].
Por lo tanto, ambas están en poder de la Iglesia, a saber, la espada espiritual
y el material. Pero, en realidad, esta última debe ejercerse en nombre de
la Iglesia; y, en verdad, la primera debe ejercerse por la
Iglesia. La primera es del sacerdote; la segunda, por la mano de reyes y
soldados, pero a voluntad y consuelo del sacerdote.
Sin embargo, una espada debe estar subordinada a la
otra, y la autoridad temporal, sujeta al poder espiritual.»[7]
A la Unam Sanctam le siguió, en 1303, el
nombramiento de Alberto de Habsburgo como emperador del Sacro Imperio Romano,
con autoridad sobre todos los gobernantes, incluido Felipe el Hermoso.[8]
Pero un consejero del rey de Francia observó: «La espada del Papa está hecha sólo de palabras; la de
mi señor es de acero».[9] Así, cuando soldados franceses irrumpieron en el
palacio de Bonifacio en Anagni y una espada de acero se apoyó sobre su cuello,
la espada “espiritual” tuvo que implorar misericordia…
Aristides Papadakis concluye: «Este primer enfrentamiento entre el Estado monárquico
nacional, entonces en proceso de gestación, y el papado tardomedieval habría de
desembocar en el colapso del antiguo sistema gregoriano de gobierno…»[10]
[1] Siedentop, Inventing the Individual, Londres:
Penguin, 2010,
p. 328.
[2] Rose, citado del libro del monje Damascene (Christensen), Not
of this World: The Life and Teaching
of Fr. Seraphim Rose, Forestville, Ca.: Fr. Seraphim Rose Foundation, 1993,
p. 592.
[3]
Gottschalk, en Canning, op. cit., p. 99.
[4] Vladimir Rusak, Istoria Russkoj Tserkvi (Historia de la Iglesia Rusa), 1993,
p 140.
[5] Canning, op. cit., p. 109.
[6] Nota de traductor – Este fragmento de Bernardo
de Claraval se puede encontrar en su obra titulada De consideratione ad
Eugenium Papam, tutlado en castellano como “Tratado de la Consideración al
Papa Eugenio” Libro IV, capitulo 7.
[7] De Rosa, op. cit., p. 79.
[8]
Richard Cavendish, “Boniface VIII’s Bull Unam Sanctam”, History Today, vol.
52 (11), Noviembre, 2002, p. 63.
[9] De Rosa, op. cit., p. 79.
[10]
Papadakis, The Orthodox East and the Rise of the Papacy, Crestwood, NY:
St. Vladimir’s Seminary Press, 1994, p. 358. Recordemos que el papa Gregorio VII había entrado en conflicto con el
rey Felipe I de Francia — y había vencido. Ahora, un Felipe posterior vengaba
la derrota de su antepasado.
