viernes, 9 de enero de 2026

BONIFACIO VIII, LA BULA UNAM SANCTAM Y FELIPE IV EL HERMOSO

 Vladimir Moss



«Para el siglo XIV» — señala Larry Siedentop —, «se alzaban ya numerosas voces que pedían algo semejante a un gobierno representativo dentro de la Iglesia. Las demandas de reforma se centraban en la función de los concilios generales. ¿No constituía un concilio general la autoridad suprema en las cuestiones relativas a la fe y al bien de la Iglesia? ¿No suponía su autoridad un límite incluso para la jurisdicción ordinaria del papa y para su pretensión de ser el juez y legislador último de la Iglesia?

 

   La pugna entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso [rey de Francia], iniciada en 1297, volvió estas cuestiones particularmente urgentes. El monarca francés —respaldado por numerosos cardenales y franciscanos— recurrió a la convocatoria de un concilio general, afirmando que Bonifacio era un usurpador (en la medida en que la renuncia de su predecesor, Celestino V, habría sido “forzada” y, por ello, inválida) y un hereje (…) La relación entre el papado y las autoridades eclesiásticas —y, del mismo modo, las relaciones del papa con los gobernantes seculares que reclamaban su soberanía— quedó sometida a un escrutinio crítico sin precedentes…»[1]

 

Si Inocencio III represento la apoteosis del poder papal, Bonifacio VIII encarnó tanto el pináculo de su megalomanía como la revelación final de su fragilidad. Pues, como escribe el padre Serafín Rose, “se sentó en el trono de Constantino, se adornó con espada, corona y cetro, y clamó en voz alta: ‘Yo soy César; yo soy Emperador’. No fue sólo un acto teatral, sino el síntoma de algo extremadamente profundo en el pensamiento moderno: la búsqueda de un monarca universal, destinado a ser el Anticristo.”»[2]

 

«En su lucha contra el rey, Bonifacio VIII recurrió de modo especial a la metáfora de las dos espadas, la última gran metáfora del poder papal, que había sido desarrollada originalmente en un sentido antipapal por Gottschalk de Aquisgrán, capellán del emperador Enrique IV. Hildebrando — afirmaba Gottschalk — “sin el conocimiento de Dios usurpó para sí el regnum y el sacerdotium. Con ello despreció la Disposición piadosa de Dios, quien quiso que el orden cristiano consistiera principalmente no en una sola realidad, sino en dos: el regnum y el sacerdotium, como el Salvador dio a entender durante su pasión mediante la suficiencia figurativa de las dos espadas. Cuando se le dijo: ‘Señor, he aquí dos espadas’, respondió: ‘Es suficiente’ (Lucas 22,38), dando a entender con esta dualidad suficiente que en la Iglesia debían ejercerse una espada espiritual y una carnal: la primera para promover, en nombre de Dios, la obediencia al rey; la segunda para expulsar a los enemigos externos de Cristo y para imponer internamente la obediencia al sacerdotium.”»[3]

 

Sin embargo, los papistas invirtieron el sentido de la alegoría al afirmar que tanto la espada secular como la espiritual estaban en manos del Papa. Señalaban además que el apóstol Pedro, casi inmediatamente después de estas palabras de Cristo, había utilizado la espada secular para cortar la oreja de Malco (Lucas 22,50). A ello, desde el lado monárquico se replicó que el Señor ordenó entonces a Pedro envainar la espada, al decir: «todos los que tomen espada, a espada perecerán.”(Mateo 26,52)»


De hecho, el príncipe Román Mstislávich de Galitzia dio una respuesta semejante a un legado papal que acudió a él tras la conquista de Constantinopla por los cruzados en 1204, «declarando que el Papa sometería pronto a todos los pueblos con la espada de Pedro y lo haría rey. Román desenvainó entonces su espada y dijo: “¿Es la espada de Pedro que posee el Papa es como ésta? Si así fuera, entonces con ella podría tomar ciudades y dárselas a otros. Pero esto contradice la Palabra de Dios, pues el Señor prohibió a Pedro tener tal espada y combatir con ella. Yo, en cambio, tengo una espada que me ha sido dada por Dios”.»[4]

 

Los papistas lograron sortear incluso esta objeción. «¿para qué vas a tomar de nuevo espada, si va una vez te mandaron envainarla?» – escribió Bernardo de Claraval al Papa – «Con todo, si alguien negase que es tuya, creo que no ha comprendido bien la palabra del Señor: “Mete la espada en su vaina”. Porque repito que es tuya puede ser desenvainada quizá con tu consentimiento, aunque no por ti mismo. Si no fuese tuya en ningún sentido, cuando los apóstoles le dijeron al Señor: “Aquí hay dos espadas,” no hubiera respondido: “Ya basta”, sino: “sobran”. Por tanto, la Iglesia puede poseer las dos espadas, la espiritual y el material. Esta para que la defiendan y la otra para usarla ella misma; una la esgrime únicamente el sacerdote, y la segunda el militar con el consentimiento del pontífice y por orden del emperador.»[5] [6]

 

En 1302, en su famosa bula Unam Sanctam, Bonifacio afirmó que la sumisión al Papa constituía una condición necesaria para la salvación de toda criatura. Y retomó la imagen de la espada: «Ciertamente, quien niega que la espada temporal esté en poder de Pedro no ha escuchado bien la palabra del Señor que manda: “Mete tu espada en la vaina” [Mt 26,52]. Por lo tanto, ambas están en poder de la Iglesia, a saber, la espada espiritual y el material. Pero, en realidad, esta última debe ejercerse en nombre de la Iglesia; y, en verdad, la primera debe ejercerse por la Iglesia. La primera es del sacerdote; la segunda, por la mano de reyes y soldados, pero a voluntad y consuelo del sacerdote.

Sin embargo, una espada debe estar subordinada a la otra, y la autoridad temporal, sujeta al poder espiritual.»[7]

 

A la Unam Sanctam le siguió, en 1303, el nombramiento de Alberto de Habsburgo como emperador del Sacro Imperio Romano, con autoridad sobre todos los gobernantes, incluido Felipe el Hermoso.[8]

 

Pero un consejero del rey de Francia observó: «La espada del Papa está hecha sólo de palabras; la de mi señor es de acero».[9] Así, cuando soldados franceses irrumpieron en el palacio de Bonifacio en Anagni y una espada de acero se apoyó sobre su cuello, la espada “espiritual” tuvo que implorar misericordia…

 

Aristides Papadakis concluye: «Este primer enfrentamiento entre el Estado monárquico nacional, entonces en proceso de gestación, y el papado tardomedieval habría de desembocar en el colapso del antiguo sistema gregoriano de gobierno…»[10]

 




[1] Siedentop, Inventing the Individual, Londres: Penguin, 2010, p. 328.

[2] Rose, citado del libro del monje Damascene (Christensen), Not of this World: The Life and Teaching of Fr. Seraphim Rose, Forestville, Ca.: Fr. Seraphim Rose Foundation, 1993, p. 592.

[3] Gottschalk, en Canning, op. cit., p. 99.

[4] Vladimir Rusak, Istoria Russkoj Tserkvi (Historia de la Iglesia Rusa), 1993, p 140.

[5] Canning, op. cit., p. 109.

[6] Nota de traductor – Este fragmento de Bernardo de Claraval se puede encontrar en su obra titulada De consideratione ad Eugenium Papam, tutlado en castellano como “Tratado de la Consideración al Papa Eugenio” Libro IV, capitulo 7.

[7] De Rosa, op. cit., p. 79.

[8] Richard Cavendish, “Boniface VIII’s Bull Unam Sanctam”, History Today, vol. 52 (11), Noviembre, 2002, p. 63.

[9] De Rosa, op. cit., p. 79.

[10] Papadakis, The Orthodox East and the Rise of the Papacy, Crestwood, NY: St. Vladimir’s Seminary Press, 1994, p. 358. Recordemos que el papa Gregorio VII había entrado en conflicto con el rey Felipe I de Francia — y había vencido. Ahora, un Felipe posterior vengaba la derrota de su antepasado.


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