viernes, 9 de enero de 2026

CARLOMAGNO Y EL CISMA OCCIDENTAL




Vladimir Moss




 Cuadro "Coronación de Carlomagno" de Friedrich Kaulbach.

Durante siglos, y pese a la aparición intermitente de ideas papistas, el Papado romano se entendió a sí mismo como parte del Imperio de Oriente y como un nexo fundamental entre los otros cuatro patriarcados orientales. Esta posición se vio reforzada, en el plano cultural, durante el período del llamado “papado bizantino”, en los siglos VII y comienzos del VIII, cuando varios de los papas eran de origen griego o sirio, y numerosos monjes orientales huyeron a Roma para escapar de la persecución ejercida por los emperadores monotelitas o iconoclastas. Incluso cuando el emperador León [Isáurico] privó al papado de sus territorios en el sur de Italia y en los Balcanes, los papas siguieron considerando a la Nueva Roma como la capital de la oikoumene cristiana. Continuaban conmemorando a los emperadores orientales en la Liturgia y utilizando su moneda. Oriente y Occidente seguían constituyendo un único mundo cristiano…

Sin embargo, la relación comenzó a tensarse cada vez más cuando los lombardos avanzaron hacia el sur de Italia y León, ocupado con sus enemigos musulmanes en Oriente, no pudo ofrecer al papado ningún apoyo militar. Los papas, en su desesperación, buscaron otros defensores y acabaron encontrándolos en; los francos…

El primer acto que “introdujo a los francos en Italia” fue la bendición otorgada por el papa Zacarías a un golpe de Estado dinástico en Francia. Los últimos gobernantes merovingios eran débiles e ineficaces: el poder real se hallaba concentrado en manos de sus “mayordomos” o primeros ministros. El papa Zacarías — el último de los papas griegos[1] — ya estaba profundamente implicado en la reorganización de la Iglesia franca a través de su legado en Francia, san Bonifacio, el apóstol inglés de Alemania. En 751, el mayordomo franco Pipino III, nieto de Carlos Martel, le envió emisarios para preguntarle “si era justo que uno reinara y otro gobernara”. Zacarías entendió la insinuación y bendijo la deposición de Childerico III y la unción de Pipino en su lugar por san Bonifacio.

Cabe preguntarse si Zacarías actuó correctamente al intervenir de este modo en la política de Occidente, dado que la destitución de dinastías legítimas para colocar advenedizos en su lugar no suele considerarse tarea propia de eclesiásticos… Sea como fuere, su sucesor, Esteban II, un aristócrata romano, intensificó notablemente los vínculos con “el muy cristiano rey de los francos”. Abandonado por el emperador León en un momento en que Roma se hallaba en grave peligro a causa de los lombardos, cruzó los Alpes y, en el verano de 754, le concedió a Pipino el título de “patricio”, lo volvió a consagrar junto con su reina y bendijo a él y a sus sucesores para que reinaran a perpetuidad. Es posible que la primera consagración de Pipino se considerara ilegítima, puesto que el último rey merovingio, Childerico, aún vivía. O quizá esta segunda unción poseía un significado más profundo. Lo tuviera Esteban presente o no, esta llegó a simbolizar el restablecimiento del Imperio Romano de Occidente, con su capital política al norte de los Alpes y su capital espiritual, como siempre, en Roma. A cambio, los francos se convirtieron en los protectores oficiales de Roma en lugar de los emperadores orientales, de quienes los papas dejaron entonces de ser súbditos.[2] Desde ese momento, además, los papas dejaron de fechar sus documentos conforme al año de reinado del emperador y comenzaron a acuñar su moneda propia.[3]

Pipino cumplió con creces su parte del trato: derrotó a los lombardos, restituyó al Papa en Roma y le entregó el antiguo exarcado bizantino de Rávena[4], sentando así las bases de los Estados Pontificios y del rol que desempeñarían los Papas tanto de como gobernantes seculares como espirituales.

Aproximadamente en esta misma época fue urdida, por alguien de la cancillería pontificia, la falsificación conocida como La Donación de Constantino. En ella se afirmaba que Constantino el Grande le había entregado su trono al papa Silvestre y a sus sucesores, porque “no es justo que un emperador terrenal tenga poder sobre un lugar donde el gobierno de los sacerdotes y la cabeza de la religión cristiana han sido establecidos por el Emperador celestial”.

Esta es la razón por la que habría trasladado su capital a la Nueva Roma, Constantinopla. “Y ordenamos y decretamos que él [el Papa romano] tenga dominio también sobre las cuatro sedes principales —Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén—, así como sobre las Iglesias de Dios en todo el mundo. Y el pontífice que en cada momento presida la santísima Iglesia romana será el más alto y principal de todos los sacerdotes en todo el mundo, y que conforme a su decisión habrán de resolverse todos los asuntos”.[5]

Ahora bien, el padre John Romanides sostiene que el propósito de esta falsificación fue impedir que los francos establecieran su capital en Roma. Sin embargo, es mucho más probable que su finalidad inmediata no estuviera dirigida contra los francos — que, después de todo, eran ortodoxos y grandes benefactores del papado —, sino contra el emperador herético de Constantinopla, y que estuviera destinada a proporcionar una justificación para que el papado arrebatara al emperador el exarcado de Rávena, como compensación por las depredaciones anteriores de León III. Pero a largo plazo su significado fue más profundo: representó una teoría completamente nueva de la relación entre los poderes secular y eclesiástico. Pues, contrariamente a la doctrina de la «sinfonía» de los dos poderes que prevalecía en Oriente y en el Occidente bizantino, la teoría plasmada en la Donación afirmaba esencialmente que la cabeza de la Iglesia romana poseía una autoridad superior, no solo a la de cualquier otro obispo, sino también a la del jefe del Imperio; de modo que el Emperador solo podía ejercer su autoridad como una suerte de vasallo del Papa…

Desde luego, esta teoría encierra una contradicción intrínseca: si fue san Constantino quien confirió la autoridad a san Silvestre, esto implica que la autoridad suprema en la cristiandad no podía residir en el Papa, sino en el Emperador. Sin embargo, esta consecuencia fue deliberadamente desatendida ante la apremiante necesidad de hallar alguna justificación para los planes expansionistas del papado.[6]

En 768, Carlos, hijo del rey Pipino y más tarde conocido como Carlomagno, ascendió al trono. Destruyó el poder de los lombardos y amplió enérgicamente las fronteras de su reino desde el Elba hasta los confines de la Italia bizantina y de Hungría. En Europa occidental, solo las islas Británicas, Bretaña, Escandinavia y algunas regiones de España quedaron fuera de su alcance. Tampoco sus logros se limitaron al ámbito militar y secular: promovió la educación y las artes, celebró dos veces al año sínodos de obispos y nobles, reprimió la herejía e hizo todo lo posible por amalgamar a los muy diversos pueblos y a las costumbres de su vasto y disperso dominio en un conjunto multinacional.

El imperio de Carlomagno fue visto por los francos como una resurrección del Imperio romano de Occidente. Según su consejero inglés, el diácono Alcuino de York, Carlomagno, al igual que el rey David, combinaba las funciones de dirección regia y enseñanza sacerdotal con el fin de guiar a su pueblo hacia la salvación.[7] Ya en 775, Cathwulf escribió a Carlomagno comparando su función con la del Padre, y la del obispo con la del Hijo: “Recuerda siempre, pues, rey mío, con temor y amor hacia Dios, tu Rey, que tú ocupas Su lugar para velar por todos Sus miembros y gobernarlos, y que de ellos deberás rendir cuenta en el día del Juicio, incluso respecto de ti mismo. El obispo ocupa el segundo lugar: él está únicamente en el lugar de Cristo. Reflexiona, por tanto, dentro de ti, cuán diligentemente debes establecer la ley de Dios sobre el pueblo de Dios.”[8] De nuevo, en 794, Paulino de Aquileia lo llamó explícitamente «rey y sacerdote».

Carlomagno dominó la Iglesia en su imperio. Como escribe D. E. Luscombe: “Entre las tareas principales de un monarca carolingio se contaban la convocatoria de concilios eclesiásticos, el nombramiento de obispos, el mantenimiento de la disciplina clerical y de la moral pública, y la promulgación de una doctrina religiosa ortodoxa. La monarquía carolingia era teocrática; intervenía ampliamente en los asuntos de la Iglesia…”[9]Así pues, justamente cuando el Séptimo Concilio Ecuménico fijaba en Oriente los límites entre Iglesia y Estado, el cesaropapismo amenazaba con socavar tal delimitación y reinstalarse en Occidente…

 

*

 

Para la década de 790, Carlomagno ya no era solo un rey, sino emperador de facto. Sin embargo, la resurrección del Imperio de Occidente requería una sanción especial que solo la Iglesia podía otorgar. La ocasión para obtenerla llegó con la elección de un nuevo papa, León III.

León no era partidario de la idea del cesaropapismo, del modelo del «rey-sacerdote». Así, cuando en 796 Eadbert Praen, un sacerdote inglés, se arrogó para sí la corona del subreino de Kent, fue rechazado de inmediato por el arzobispo de Canterbury y más tarde anatematizado por León. Un rey-sacerdote semejante — escribió — era comparable a Juliano el Apóstata…[10]

Con todo, León necesitaba el apoyo de Carlomagno; y, con ese fin, estaba dispuesto a hacer concesiones…

Porque “Aunque su elección había sido unánime” — escribe Tom Holland — “León tenía enemigos, ya que el cargo papal, que hasta hacía poco había dado a su titular sólo facturas y descubiertos, podía suscitar ahora la codiciosa avaricia de la aristocracia romana. El 25 de abril, cuando el heredero de san Pedro iba en espléndida procesión hacia la misa, fue atacado por un grupo de caballería pesada. Trasladado a la fuerza a un monasterio, León logró escapar antes de que sus enemigos le cegaran y le cortaran la lengua, tal como tenían planeado. A falta de otra opción, se decantó por la desesperada medida de huir en busca del rey de los francos. El viaje era largo y peligroso, dado que Carlomagno estaba ese verano en Sajonia, en los lejanos confines de la cristiandad. Antes que el papa, llegaron descabellados rumores, espeluznantes relatos de que le habían mutilado. Cuando finalmente llegó ante Carlomagno y se descubrió, para decepción general, que conservaba los ojos y la lengua, León afirmó solemnemente que se los había devuelto san Pedro, una prueba segura de la indignación del apóstol ante la afrenta a su vicario. Y tras abrazar al rey, «el padre de Europa», León recordó a Carlomagno su deber: tratar de defender al papa por todos los medios, al «principal pastor del mundo», y dirigirse a Roma.

Y como era de esperar, el rey llegó a Roma, aunque sin ninguna prisa, ni tampoco dando a entender que lo hacía por las súplicas del papa. De hecho, para el fugitivo papa, a la humillación le sucedía más humillación. Sus enemigos, al llegar en presencia de Carlomagno días después de haberlo hecho León, le acusaron públicamente de una serie de retorcidos abusos sexuales. Los comisionados, enviados por Carlomagno para escoltar al papa de vuelta a Roma y para investigar los cargos contra él, redactaron un informe tan abominable que Alcuino prefirió quemarlo en vez de mancillar su honra guardándolo bajo su custodia. Cuando el propio Carlomagno, a principios del invierno del año 800, más de un año después de que León llegara a Sajonia, se aproximó finalmente a las puertas de Roma, el papa salió cabalgando humildemente para recibirle a veinte kilómetros de la ciudad. Incluso los antiguos emperadores habían ordenado a sus sirvientes que salieran cabalgando sólo diez kilómetros.

No obstante, León, un luchador nato, seguía decidido a rescatar algunos restos del naufragio. Aunque su reputación hubiera quedado mancillada, seguía siendo el papa, el heredero de san Pedro, el titular de un cargo instituido por el propio Cristo. No se le permitía a la ligera a ningún mortal, ni siquiera a Carlomagno, enjuiciar al obispo de Roma. En señal de ello, cuando se inició formalmente el juicio contra León el 1 de diciembre, no se hizo dentro de los antiguos límites de la ciudad, sino en el Vaticano, al otro lado del Tíber, con el conocimiento implícito de los derechos del papa, y sólo del papa, de gobernar en Roma. Los funcionarios papales, mostrando su habitual talento para descubrir antiguos documentos justo cuando más se necesitaban, presentaron a Carlomagno documentos que parecían demostrar de forma concluyen te que su señor sólo podía, de hecho, ser juzgado por Dios. Carlomagno, aceptando esa sumisión, absolvió al papa. León, con la mano puesta sobre una copia del Nuevo Testamento, pronunció un ostentoso juramento de que era totalmente inocente.

 

Y entonces, triunfante frente a sus enemigos en Roma, se preparó para arrebatar otra victoria, aún más notable, de las fauces de todo su tormento. Dos días después de la absolución del papa, Carlomagno asistió a la misa de Navidad en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Lo hizo con humildad, sin portar insignias reales, rezando de rodillas. Sin embargo, al levantarse, León se adelantó, adentrándose en la luz dorada que emitían las velas del altar, y colocó una corona en la cabeza descubierta del rey. En ese mismo momento resonaron por toda la catedral los extáticos gritos de la congregación, que aclamó al rey franco como «augusto», el título honorífico de los antiguos césares. León, intencionadamente melodramático, se postró a los pies de Carlomagno, con la cabeza agachada y los brazos estirados. Por venerable tradición, esa deferencia sólo se le había dedicado a un hombre: el emperador en Constantinopla.

Pero ahora, tras los acontecimientos de ese trascendental día de Navidad, Occidente volvía a tener un emperador propio.

Y fue el papa y nadie más que él quien le había dado su corona.”[11]

Sin embargo, el biógrafo de Carlomagno, Einhard, sostiene que este jamás habría entrado en la iglesia de haber sabido lo que el Papa pensaba hacer. Cuesta creerlo. Todo apunta a que los acontecimientos que desembocaron en la coronación fueron meticulosamente preparados por ambos hombres, cada uno poseedor de algo que solo el otro podía dar.[12]

Sin embargo, hay indicios de que en años posteriores Carlomagno moderó su postura frente a Constantinopla, consciente de que su nuevo título de «Emperador de los romanos» implicaba una confrontación directa. Abandonó la fórmula «de los romanos», aunque conservó el título de «Emperador». Además, desistió de su proyecto de atacar la provincia bizantina de Sicilia. En su lugar, le propuso matrimonio a la emperatriz bizantina Irene de Atenas (o quizá fue idea de ella[13]). De este modo esperaba «unir las provincias orientales y occidentales», como lo expresa Teófanes el Confesor[14]; no bajo su dominio exclusivo — pues debía de ser consciente de que eso era imposible —, sino quizá siguiendo el modelo de la monarquía dual del Imperio romano del siglo V.

En cualquier caso, todos estos planes se vinieron abajo con el derrocamiento de Irene en 802…

Al principio, los bizantinos trataron a Carlomagno como a un usurpador más, arrogante e insolente; pues, como escribió un cronista de Salerno: “Los hombres de la corte de Carlos el Grande lo llamaban emperador porque llevaba sobre su cabeza una corona preciosa. Pero, en verdad, nadie debe ser llamado emperador sino aquel que preside sobre el reino romano, es decir, el reino constantinopolitano”.[15]

Como escribe Russell Chamberlin: “Los bizantinos se burlaron de la coronación de Carlomagno. Para ellos no era más que otro general bárbaro con ambiciones por encima de su condición. De hecho, tuvo buen cuidado de no llamarse nunca Imperator Romanorum. Sus juristas, hurgando entre los despojos del Imperio, dieron con un título que él aceptó: Romanum gubernans imperium, ‘el que gobierna el Imperio Romano’. El título con que se designaba a este primer emperador occidental tras la Antigüedad clásica era:
«Carlos, Serenísimo Augusto, coronado por Dios, gran y misericordioso Emperador, gobernante del Imperio Romano y, por la gracia de Dios, Rey de los lombardos y de los francos».”[16]

Incluso Alcuino de York sostuvo la idea de que Carlomagno era superior tanto al Papa en Roma como al Emperador en Constantinopla:

“Tres personajes han estado hasta hoy en la cúspide de la jerarquía del mundo. El representante de la sublimidad apostólica, vicario del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, de quien ocupa la sede. Lo que le ha ocurrido al actual ocupante de la sede, vuestra bondad se ha encargado hacérmelo saber. Viene, a continuación, el titular de la dignidad imperial que ejerce el poder secular en la segunda Roma: la noticia es muy conocida, de cómo y de qué impía manera ha sido depuesto el titular de este Imperio, no por extranjeros sino por los suyos y por sus conciudadanos. Viene en tercer lugar la dignidad real que nuestro Señor Jesucristo os ha reservado para que gobernéis al pueblo cristiano: prevalece sobre las otras dos dignidades, las eclipsa en sabiduría y las sobrepasa. Ahora, sólo en ti se apoyan las Iglesias de Cristo, sólo de ti esperan salvación, de ti vengador de crímenes, guía de los que vagan, consolador de los afligidos, soporte de los buenos…”[17].

Cualesquiera que hayan sido las verdaderas intenciones de Carlomagno en el año 800, a mediados del siglo IX ya estaba claro que, para Occidente, el único Emperador romano ortodoxo era el Emperador de los francos. Así, mientras Alcuino de York en el siglo anterior todavía seguía la convención de llamar a Constantinopla la segunda Roma, para un elogista latino posterior la segunda Roma era la capital de Carlomagno, Aquisgrán: “Dignísimo Carlos, mi voz es demasiado débil para tus obras, rey, amor y joya de los francos, cabeza del mundo, cima de Europa, padre cuidadoso y héroe, ¡Augusto! Tú puedes dar órdenes a las ciudades: contempla cómo la Segunda Roma, nueva en su florecer y en la amplitud de su poder, se alza y prospera; con las cúpulas que coronan sus murallas, alcanza las estrellas”[18]

Con todo, existen razones fundadas para pensar que quien obtuvo el beneficio final de la coronación de Carlomagno no fue el emperador, sino el Papa. Judith Herrin señala que: “su aclamación como imperator et augustus sólo respondía en parte a las propuestas de Alcuino para un título mayor, y no gustó a los teólogos francos. No consideraban que el obispo de Roma tuviera derecho alguno a conceder un título imperial y, de este modo, a asumir un papel crucial en la ceremonia. Los francos no percibían la autoridad eclesiástica romana como algo abarcador que comprendía el conjunto de los territorios de Carlos. En el norte de Europa, la autoridad papal estaba restringida por las reclamaciones de muchos arzobispos a un poder igual. (…) tres poderes implicados en el acto de coronación de 800, el pontífice romano surge como el ganador claro en la contienda triangular sobre la autoridad imperial. Al hacerse con la iniciativa y coronar a Carlos a su modo, el papa León declaró su autoridad superior para ungir a un gobernante imperial de Occidente, lo cual estableció un importante precedente. (…) Más tarde Carlos insistiría en coronar a su hijo Luis como emperador, sin intervención papal. De este modo, designó a su sucesor y, a su debido tiempo, Luis heredó la autoridad de su padre. Pero la noción de que un gobernante occidental no podía ser emperador real sin una coronación y aclamación papal en la antigua Roma surgió del ceremonial ideado por León III en 800.”[19]

Andrew Louth confirma que el auténtico beneficiario fue el Papa:

“La Constitutio Romana intentó establecer un lazo entre el Imperio franco y la República de San Pedro, pero este vínculo difería profundamente del que había existido hasta entonces entre el Papa y el emperador bizantino. El emperador franco asumía la defensa de la legitimidad del proceso electoral, pero no se atribuía —como sí lo había hecho el emperador bizantino— el derecho de confirmar la elección en sí. Lo que aquí aparece, todavía de forma embrionaria, es un mecanismo destinado a proteger la legitimidad y la independencia del Papa…”[20].

Así quedaron sentadas las bases para la expansión del poder papal tanto en la esfera política como en la eclesiástica…

 

 

*

 

Pero si el imperio de Carlomagno estaba destinado a ser una restauración del Imperio romano de Occidente, debe juzgarse como un fracaso; pues tras su muerte y la de su hijo Luis el Piadoso se desintegró en tres reinos separados (aproximadamente coincidentes con la Francia, la Alemania y la Italia septentrional actuales), y continuó desintegrándose a lo largo del siglo X. Una de las razones de ello fue que no logró crear la burocracia política ni los sistemas de recaudación fiscal que habían sido tan importantes para la conservación del Imperio romano.[21] Otra razón residía en que los duques y condes, de cuya lealtad dependía su administración, esperaban ser compensados con tierras, lo que hacía que el reino solo pudiera mantenerse estable mientras se hallaba en expansión; y dicha fase expansiva ya había concluido en la década de 810.[22]

La idea de servir al rey de manera desinteresada, únicamente porque era rey y ungido del Señor, competía con una concepción muy distinta: la de una élite aristocrática de guerreros, que elegía a su jefe por su pericia militar y por su capacidad de garantizar mayores victorias y, por ende, mayores botines que cualquier otro. En la mentalidad franca, el Estado todavía no era plenamente concebido como una res publica; se lo entendía más bien como el dominio privado del rey y de aquellos nobles que, mediante su servicio, habían asegurado para sí una parte del botín. Como había escrito siglos antes Tácito acerca de los germanos paganos en su Germania: “Nadie puede mantener una numerosa hueste si no es por la guerra y la violencia. Al caudillo pródigo dirigen la mirada, esperando de él el caballo de guerra y el arma terrible y dominante. Los festines y una ostentación ruda pero abundante reemplazan al sueldo. La fuente de esta largueza es la guerra y el pillaje”.

No obstante, la auténtica debilidad del reino de Carlomagno fue más espiritual que institucional. Consideró sus propios éxitos y la debilidad del Imperio Oriental —que, al estar gobernado entonces por una mujer, Irene, era considerado técnicamente vacante según el derecho franco— como motivo suficiente para usurpar el lugar del Basileus en el plano político. Aún más grave fue que Carlomagno usurpó el lugar de la Iglesia en el plano eclesiástico. Mientras los emperadores orientales permanecieron en la iconoclasia y él mismo se mantuvo ortodoxo, podía alegarse cierta justificación para que reclamara la jefatura del mundo cristiano. Pero desde 787 el Imperio Oriental había vuelto a la Ortodoxia, mientras que en 794 Carlomagno convocó un falso concilio en Frankfurt que, sin consultar al Papa, condenó los decretos del Séptimo Concilio Ecuménico sobre la veneración de los iconos e introdujo el Filioque —esto es, la afirmación de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo— en el Credo.

El rechazo de las Actas del Séptimo Concilio ha sido atribuido a una mala traducción.[23] Sin embargo, es legítimo sospechar que dicha mala traducción no fue enteramente accidental (¿no había realmente nadie en la corte capaz de leer griego?), y de que en realidad lo que Carlomagno buscaba era un pretexto para calificar al Imperio oriental de idólatra y heterodoxo, para presentarse él mismo como el único Emperador cristiano verdaderamente ortodoxo. Sea esto como fuere, la adopción del Filioque lo convirtió a él en hereje —y no a sus adversarios orientales—, ya que:

(a) contradecía explícitamente las palabras de Cristo sobre la procesión del Espíritu únicamente del Padre (Jn 15,26);
(b) suponía una alteración del Credo, prohibida por el Tercer Concilio Ecuménico; y
(c) era objetivamente falsa, pues destruía la monarquía del Padre e introducía un segundo principio en la vida de la Santa Trinidad.[24]

El Filioque provocó de inmediato enfrentamientos entre monjes francos y griegos en Jerusalén, y también divisiones internas entre los propios francos: Alcuino rechazó la innovación en una carta a los monjes de Lyon, y el papa León III mandó grabar el Credo sin el Filioque, en griego y en latín, sobre escudos de plata colocados ante San Pedro. Pero Carlomagno no cedió: en un concilio celebrado en Aquisgrán en el año 809 decretó que la innovación era un dogma necesario para la salvación.

El emperador iconoclasta León el Isaurio había quebrantado el principio de la “sinfonía” entre Iglesia y Estado al proclamarse «rey y sacerdote». Pero Carlomagno se revelaba ahora como no menos cesaropapista que León al imponer a la Iglesia innovaciones heréticas. Así, el que antes había sido defensor de la Ortodoxia y de la romanidad frente a los emperadores iconoclastas, heréticos y despóticos, avanzaba decididamente hacia convertirse en el principal enemigo de ambas, por su herejía y su despotismo, al sostener — como observa Romanides — que “los romanos de Oriente no eran ni ortodoxos ni romanos”.[25]

Y, sin embargo, las grandiosas pretensiones del Imperio franco no tardaron en ser humilladas por la dura realidad política. Pues mientras el Imperio oriental recuperaba su fuerza tras el Triunfo de la Ortodoxia en 843, el Imperio franco comenzó a desintegrarse, después de la batalla de Fontenoy en 841 entre los tres nietos de Carlomagno, en tres entidades separadas.

 

*

 

El Oriente rechazó de forma categórica las reivindicaciones de Occidente, tanto en el plano político como en el doctrinal. Así, en 867 y nuevamente en 879–880, Focio el Grande convocó concilios en Constantinopla que condenaron como herético al papa Nicolás I, responsable de introducir por primera vez el Filioque en el Credo romano. Resulta revelador que las actas del concilio de 879 fueran firmadas por los propios legados del papa Juan VIII. Así, tanto la Iglesia oriental como la occidental reconocieron que el Imperio franco occidental no era ortodoxo. Y dado que tanto griegos como romanos y francos coincidían en que solo podía existir un único Imperio romano cristiano, esto significaba que el intento franco de usurpar el Imperio había sido derrotado; al menos por el momento…

A pesar de todo esto, los francos no abandonaron sus pretensiones. Así, como escribe John S. Romanides, la posición franca “quedó claramente expuesta en una carta del emperador Luis II (855-875) al emperador Basilio I (867-886), escrita en el año 871. Luis se llama a sí mismo «Emperador Augusto de los romanos» y degrada a Basilio al título de «Emperador de la Nueva Roma». Basilio se había burlado de Luis, insistiendo en que ni siquiera era emperador de toda la Francia, puesto que gobernaba solo una pequeña parte de ella, y que ciertamente no era emperador de los romanos, sino de los francos.   

Luis sostenía que era emperador de toda la Francia porque los demás reyes francos estaban unidos a él por lazos de sangre. Repite así la misma tesis que se encuentra en los Anales de Lorsch: quien posee la ciudad de la Antigua Roma tiene derecho a llevar el título de «Emperador de los romanos».

Luis afirmaba que: “Hemos recibido del cielo a este pueblo y a esta ciudad para conducirlos, y (hemos recibido) a la madre de todas las Iglesias de Dios para protegerla y engrandecerla (…) Por nuestra Ortodoxia hemos recibido el gobierno del Imperio Romano.

Los griegos, por su cacodoxia, han dejado de ser emperadores de los romanos. No solo desertaron de la ciudad (de Roma) y de la capital del Imperio, sino que renunciaron a la identidad romana y aun a la lengua latina; se trasladaron a otra capital y adoptaron una nacionalidad y una lengua enteramente ajenas”[26]

Sin embargo, la realidad es que el Imperio carolingio se hallaba en cisma con respecto al verdadero Imperio cristiano, tal como ocurrió cuando las diez tribus de Israel se separaron de Judá y Benjamín. Además, mediante sus falsas doctrinas y la violencia de su empresa misionera[27], sentó las bases de la herejía del catolicismo romano. El catolicismo romano nació cuando los Papas, en lugar de enfrentarse a las herejías de Carlomagno, las adoptaron, y terminaron por arrogarse un poder imperial junto al del sacerdotal.

En el plano político y cultural, el Imperio carolingio sentó las bases del Occidente moderno. Como escribe Konstantín Nikoláievich Leóntiev:

«Fue precisamente después de la caída del artificial imperio de Carlomagno cuando comenzaron a manifestarse con creciente claridad los signos que, tomados en conjunto, conforman el cuadro de una cultura europea peculiar, de una nueva civilización universal.

Comenzaron también a perfilarse con mayor nitidez las futuras fronteras de los más recientes Estados occidentales, así como las culturas particulares de Italia, Francia y Alemania. Se acercaban las Cruzadas; florecía la época de la caballería y del feudalismo germánico, que sentó las bases de un respeto excepcional por la persona —un respeto que, pasando primero por vía de la envidia y la imitación a la burguesía, produjo la revolución democrática y engendró toda esa moderna fraseología acerca de los derechos ilimitados de la persona, y que luego, al penetrar en los estratos inferiores de la sociedad occidental, convirtió a todo simple jornalero o zapatero en un ser corrompido por un nervioso sentimiento de su propia importancia—.

Poco después se oyen los primeros acentos de la poesía romántica. Se desarrolla la arquitectura gótica, y pronto será creado el poema épico católico de Dante, etc. A partir de este tiempo crece también el poder papal.

En consecuencia, el reinado de Carlomagno (siglo IX) constituye aproximadamente la línea divisoria a partir de la cual Occidente comienza cada vez más a poner en primer plano su propia civilización y su propia estatalidad. Desde este siglo, la civilización bizantina pierde de su esfera de influencia a todos los grandes y densamente poblados países de Occidente; pero, por otra parte, adquiere para su genio a los eslavos del sur… y luego… a Rusia..»[28]

 

 



[1] Andrew Louth escribe: “Desde 680 hasta 751 —o, con mayor precisión, desde la entronización de Agatón en 678 hasta la muerte de Zacarías en 751— los papas, con dos excepciones, Benedicto II y Gregorio II, eran de origen griego y grecoparlantes, lo que ha llevado a algunos estudiosos a hablar de una ‘cautividad bizantina’ del papado. Esto es bastante engañoso: la mayoría de los papas ‘griegos’ procedían del sur de Italia o de Sicilia, donde el griego seguía siendo la lengua vernácula, y prácticamente todos ellos parecen haber desarrollado su carrera dentro del clero romano; de modo que, cualesquiera que fuesen sus orígenes, su experiencia y sus simpatías habrían sido profundamente romanas” (Greek East and Latin West, Crestwood, NY: St. Vladimir’s Seminary Press, 2007, p. 79).

[2] Norman Davies, Europe, Londres: Pimlico, 1996, pp. 288-290.

[3] Judith Herrin, Women in Purple, Londres: Phoenix Press, 2002, p. 47.

[4] Nota de Traductor – Esto es lo que se conoció como la Donación de Pipino. Ravena era parte del “Exarcado bizantino”, es tomada en el año 751 por los lombardos y su rey Aistulfo luego en el 756 estos son derrotados por los francos y estos últimos le entregan al obispo de Roma la posesión terrenal de la ciudad: Nacen los Estados Pontificios.

[5] Henry Bettenson and Christopher Maunder, Documents of the Christian Church, Oxford University Press, 1999, p. 52.

[6] Siglos más tarde, en 1242, un panfleto atribuido al papa Inocencio IV corrigió este defecto de la teoría del papismo al declarar que la Donación no había sido un regalo, sino una restitución (Charles Davis, «The Middle Ages», en Richard Jenkyns [ed.], The Legacy of Rome, Oxford University Press, 1992, p. 86).

[9] Luscombe, “Introduction: the Formation of Political Thought in the West”, The Cambridge History of Medieval Political Thought, c. 350 - c. 1450, Cambridge University Press, 1991, p. 166.

[10] A.W. Haddan & W. Stubbs, Councils and Ecclesiastical Documents relating to Great Britain and Ireland, Oxford: Clarendon, 1869, 1964, vol. III, p. 524.

[11] Holland, Millenium, Londres: Abacus Books, 2009, pp. 30-32.

[12] Peter Heather, The Restoration of Rome, Londres: Pan Books, 2013, chapter 5.

[13] Herrin, op. cit., pp. 117-118.

[14] Teofano, en A.A. Vasiliev, A History of the Byzantine Empire, Milwaukee: University of Wisconsin Press, 1958, p. 268.

[15] Quoted in Richard Chamberlin, Charlemagne, Emperor of the Western World, London: Grafton books, 1986, p. 52.

[16] Chamberlin, «The Ideal of Unity», History Today, vol. 53 (11), noviembre de 2003, p. 57. Y, sin embargo, en el año 812 los legados del emperador Miguel I saludaron a Carlos en Aquisgrán con el título de «emperador». De este modo, a partir de 812 —como señala A. Vasiliev— «existían dos emperadores romanos, a pesar de que en teoría seguía habiendo un solo Imperio romano» (op. cit., p. 268). Existe un paralelo interesante con esto en la ideología china de la unidad imperial. Cuando el imperio chino se dividió de hecho entre los kitanes y la dinastía Song en 1004, para preservar el mito de la indivisibilidad del orden imperial, la relación entre ambos soberanos fue expresada en términos de un parentesco de sangre ficticio. (“China in the year 1000”, History for All, vol. 2, n.º 6, diciembre / enero de 2000, p. 37.)

[17] Alcuino, citado en Stephen Allott, Alcuin of York, York: Sessions Book Trust, 1974, p. 111.

[18] Citado de la obra de Wil van den Bercken, Holy Russia and Christian Europe, Londres: SCM Press, 1999, p. 148.

[19] Herrin, op. cit., pp. 124, 128.

[20] Louth, op. cit., p. 81.

[21] «En lo fundamental, la Alta Edad Media presenció el surgimiento de un nuevo tipo de estructura estatal, de dimensiones más reducidas. Al carecer de un ejército profesional sostenido por el Estado, de una imposición fiscal sistemática y a gran escala sobre la agricultura, y de una estructura burocrática central desarrollada, el Estado altomedieval absorbía un porcentaje del PIB mucho menor que el de su predecesor romano. Todo indica que ello no obedeció en absoluto a ideologías de derechas, sino a una renegociación profunda de las relaciones entre el poder central y las instancias locales, determinada por un hecho elemental: las élites terratenientes debían ahora a su soberano un servicio militar real, que aparejaba — literalmente — el riesgo físico de sus propias vidas.

De manera igualmente significativa, todos estos cambios, actuando conjuntamente, hicieron mucho más difícil que los gobernantes altomedievales mantuvieran cohesionados grandes espacios territoriales durante largos periodos.

A ello se sumaba una diferencia crítica en el tipo de recursos económicos de que disponía el gobernante de un Estado altomedieval de menor escala. Aunque los emperadores romanos tardíos, al igual que sus sucesores carolingios, poseían tierras en propiedad, la mayor parte de sus ingresos —considerablemente más elevados — procedía de la recaudación fiscal, y dichos ingresos eran enteramente renovables…» (op. cit., p.279)

[22] Sin embargo, véase la vida de san Guillermo de Tolosa (+812), como ejemplo de un guerrero que no estaba movido en absoluto por el afán de adquirir bienes (Living Orthodoxy, vol. V, n.º 2, marzo–abril de 1983, pp. 3–5).

[23] Louth escribe:


«La corte franca recibió una versión latina de los decretos de Nicea II en la cual un punto central estaba tergiversado: En lugar de afirmar que los iconos no reciben el culto de adoración que sólo corresponde a Dios, la versión latina parece haber afirmado exactamente lo contrario: que los iconos sí reciben ese mismo culto de adoración que es debido exclusivamente a Dios. Sin duda, aquí se daba a un amplio margen para el malentendido, especialmente al tratarse de un texto traducido, pues la distinción que los iconódulos habían trazado con tanto cuidado entre una forma de veneración que expresa honor (proskynesis) y una forma de veneración que expresa adoración (latreia) no tiene un equivalente léxico natural [en latín]» (op. cit., pp. 86–87).

 

Cuando, en el año 792, Carlomagno envió a los reyes y obispos de Britania las actas del Séptimo Concilio en esta traducción inexacta, se dio por supuesto que los Padres del Concilio habían afirmado —en palabras de Simeón de Durham— «que los iconos debían ser adorados, lo cual es algo totalmente condenado por la Iglesia de Dios»; y el lector Alcuino llevó de regreso al continente la opinión negativa de la Iglesia británica (Haddan y Stubbs, op. cit., pp. 468–469).

[24] Véase san Focio el Grande, The Mystagogy of the Holy Spirit, traducida por el Holy Transfiguration Monastery, Boston, Studion Publishers, 1983; “The Filioque: Truth or Trivia?”, Orthodox Christian Witness, 21 de marzo  / 3 de abril de 1983.

[25] J. Romanides, Franks, Romans, Feudalism and Doctrine, Brookline, Mass.: Holy Cross Orthodox Press, 1981, p. 31.

[26] Romanides, op. cit., p. 18.

[27] Cf. En el capitulario de Carlomagno sobre Sajonia, fechado hacia el año 785 se puede leer:
“Cualquiera que, en desprecio del cristianismo, se niegue a respetar el santo ayuno de la Cuaresma y coma carne, será condenado a muerte…
Todo sajón no bautizado que intente ocultar este hecho a sus compañeros y se niegue a recibir el bautismo, será condenado a muerte…” (en Jean Comby, How to Read Church History, Londres: SCM Press, 1985, vol. I, p. 123).

[28] Leontiev, “Vizantinizm i Slavianstvo” (“Bizantinismo y eslavismo”), en Vostok, Rossia i Slavianstvo (El Este, Rusia y el Eslavismo), Moscú, 1996, pp. 94-95.

CARLOMAGNO Y EL CISMA OCCIDENTAL

Vladimir Moss  Cuadro "Coronación de Carlomagno" de  Friedrich Kaulbach. Durante siglos, y pese a la aparición intermitente de ide...