Durante siglos, y pese a la aparición intermitente de ideas
papistas, el Papado romano se entendió a sí mismo como parte del Imperio de
Oriente y como un nexo fundamental entre los otros cuatro patriarcados
orientales. Esta posición se vio reforzada, en el plano cultural, durante el
período del llamado “papado bizantino”, en los siglos VII y comienzos del VIII,
cuando varios de los papas eran de origen griego o sirio, y numerosos monjes
orientales huyeron a Roma para escapar de la persecución ejercida por los
emperadores monotelitas o iconoclastas. Incluso cuando el emperador León [Isáurico]
privó al papado de sus territorios en el sur de Italia y en los Balcanes, los
papas siguieron considerando a la Nueva Roma como la capital de la oikoumene
cristiana. Continuaban conmemorando a los emperadores orientales en la Liturgia
y utilizando su moneda. Oriente y Occidente seguían constituyendo un único
mundo cristiano…
Sin embargo, la relación comenzó a tensarse cada vez más
cuando los lombardos avanzaron hacia el sur de Italia y León, ocupado con sus
enemigos musulmanes en Oriente, no pudo ofrecer al papado ningún apoyo militar.
Los papas, en su desesperación, buscaron otros defensores y acabaron
encontrándolos en; los francos…
El primer acto que “introdujo a los francos en Italia” fue
la bendición otorgada por el papa Zacarías a un golpe de Estado dinástico en
Francia. Los últimos gobernantes merovingios eran débiles e ineficaces: el
poder real se hallaba concentrado en manos de sus “mayordomos” o primeros
ministros. El papa Zacarías — el último de los papas griegos[1]
— ya estaba profundamente implicado en la reorganización de la Iglesia franca a
través de su legado en Francia, san Bonifacio, el apóstol inglés de Alemania.
En 751, el mayordomo franco Pipino III, nieto de Carlos Martel, le envió
emisarios para preguntarle “si era justo que uno reinara y otro gobernara”.
Zacarías entendió la insinuación y bendijo la deposición de Childerico III y la
unción de Pipino en su lugar por san Bonifacio.
Cabe preguntarse si Zacarías actuó correctamente al
intervenir de este modo en la política de Occidente, dado que la destitución de
dinastías legítimas para colocar advenedizos en su lugar no suele considerarse
tarea propia de eclesiásticos… Sea como fuere, su sucesor, Esteban II, un
aristócrata romano, intensificó notablemente los vínculos con “el muy cristiano
rey de los francos”. Abandonado por el emperador León en un momento en que Roma
se hallaba en grave peligro a causa de los lombardos, cruzó los Alpes y, en el
verano de 754, le concedió a Pipino el título de “patricio”, lo volvió a
consagrar junto con su reina y bendijo a él y a sus sucesores para que reinaran
a perpetuidad. Es posible que la primera consagración de Pipino se considerara
ilegítima, puesto que el último rey merovingio, Childerico, aún vivía. O quizá
esta segunda unción poseía un significado más profundo. Lo tuviera Esteban
presente o no, esta llegó a simbolizar el restablecimiento del Imperio Romano
de Occidente, con su capital política al norte de los Alpes y su capital
espiritual, como siempre, en Roma. A cambio, los francos se convirtieron en los
protectores oficiales de Roma en lugar de los emperadores orientales, de
quienes los papas dejaron entonces de ser súbditos.[2]
Desde ese momento, además, los papas dejaron de fechar sus documentos conforme
al año de reinado del emperador y comenzaron a acuñar su moneda propia.[3]
Pipino cumplió con creces su parte del trato: derrotó a los
lombardos, restituyó al Papa en Roma y le entregó el antiguo exarcado bizantino
de Rávena[4],
sentando así las bases de los Estados Pontificios y del rol que desempeñarían
los Papas tanto de como gobernantes seculares como espirituales.
Aproximadamente en esta misma época fue urdida, por alguien
de la cancillería pontificia, la falsificación conocida como La Donación de
Constantino. En ella se afirmaba que Constantino el Grande le había
entregado su trono al papa Silvestre y a sus sucesores, porque “no es justo que
un emperador terrenal tenga poder sobre un lugar donde el gobierno de los
sacerdotes y la cabeza de la religión cristiana han sido establecidos por el
Emperador celestial”.
Esta es la razón por la que habría trasladado su capital a
la Nueva Roma, Constantinopla. “Y ordenamos y decretamos que él [el Papa
romano] tenga dominio también sobre las cuatro sedes principales —Antioquía,
Alejandría, Constantinopla y Jerusalén—, así como sobre las Iglesias de Dios en
todo el mundo. Y el pontífice que en cada momento presida la santísima Iglesia
romana será el más alto y principal de todos los sacerdotes en todo el mundo, y
que conforme a su decisión habrán de resolverse todos los asuntos”.[5]
Ahora bien, el padre John Romanides sostiene que el
propósito de esta falsificación fue impedir que los francos establecieran su
capital en Roma. Sin embargo, es mucho más probable que su finalidad inmediata
no estuviera dirigida contra los francos — que, después de todo, eran ortodoxos
y grandes benefactores del papado —, sino contra el emperador herético de
Constantinopla, y que estuviera destinada a proporcionar una justificación para
que el papado arrebatara al emperador el exarcado de Rávena, como compensación
por las depredaciones anteriores de León III. Pero a largo plazo su significado
fue más profundo: representó una teoría completamente nueva de la relación
entre los poderes secular y eclesiástico. Pues, contrariamente a la doctrina de
la «sinfonía» de los dos poderes que prevalecía en Oriente y en el Occidente bizantino,
la teoría plasmada en la Donación afirmaba esencialmente que la cabeza
de la Iglesia romana poseía una autoridad superior, no solo a la de cualquier
otro obispo, sino también a la del jefe del Imperio; de modo que el Emperador
solo podía ejercer su autoridad como una suerte de vasallo del Papa…
Desde luego, esta teoría encierra una contradicción
intrínseca: si fue san Constantino quien confirió la autoridad a san Silvestre,
esto implica que la autoridad suprema en la cristiandad no podía residir en el
Papa, sino en el Emperador. Sin embargo, esta consecuencia fue deliberadamente desatendida
ante la apremiante necesidad de hallar alguna justificación para los planes
expansionistas del papado.[6]
En 768, Carlos, hijo del rey Pipino y más tarde conocido
como Carlomagno, ascendió al trono. Destruyó el poder de los lombardos y amplió
enérgicamente las fronteras de su reino desde el Elba hasta los confines de la
Italia bizantina y de Hungría. En Europa occidental, solo las islas Británicas,
Bretaña, Escandinavia y algunas regiones de España quedaron fuera de su
alcance. Tampoco sus logros se limitaron al ámbito militar y secular: promovió
la educación y las artes, celebró dos veces al año sínodos de obispos y nobles,
reprimió la herejía e hizo todo lo posible por amalgamar a los muy diversos
pueblos y a las costumbres de su vasto y disperso dominio en un conjunto
multinacional.
El imperio de Carlomagno fue visto por los francos como una
resurrección del Imperio romano de Occidente. Según su consejero inglés, el
diácono Alcuino de York, Carlomagno, al igual que el rey David, combinaba las
funciones de dirección regia y enseñanza sacerdotal con el fin de guiar a su
pueblo hacia la salvación.[7]
Ya en 775, Cathwulf escribió a Carlomagno comparando su función con la del
Padre, y la del obispo con la del Hijo: “Recuerda siempre, pues, rey mío, con
temor y amor hacia Dios, tu Rey, que tú ocupas Su lugar para velar por todos
Sus miembros y gobernarlos, y que de ellos deberás rendir cuenta en el día del
Juicio, incluso respecto de ti mismo. El obispo ocupa el segundo lugar: él está
únicamente en el lugar de Cristo. Reflexiona, por tanto, dentro de ti, cuán
diligentemente debes establecer la ley de Dios sobre el pueblo de Dios.”[8]
De nuevo, en 794, Paulino de Aquileia lo llamó explícitamente «rey y
sacerdote».
Carlomagno dominó la Iglesia en su imperio. Como
escribe D. E. Luscombe: “Entre las tareas principales de un monarca carolingio
se contaban la convocatoria de concilios eclesiásticos, el nombramiento de
obispos, el mantenimiento de la disciplina clerical y de la moral pública, y la
promulgación de una doctrina religiosa ortodoxa. La monarquía carolingia era
teocrática; intervenía ampliamente en los asuntos de la Iglesia…”[9]Así
pues, justamente cuando el Séptimo Concilio Ecuménico fijaba en Oriente los
límites entre Iglesia y Estado, el cesaropapismo amenazaba con socavar tal
delimitación y reinstalarse en Occidente…
*
Para la década de 790, Carlomagno ya no era solo un rey,
sino emperador de facto. Sin embargo, la resurrección del Imperio de
Occidente requería una sanción especial que solo la Iglesia podía otorgar. La
ocasión para obtenerla llegó con la elección de un nuevo papa, León III.
León no era partidario de la idea del cesaropapismo, del
modelo del «rey-sacerdote». Así, cuando en 796 Eadbert Praen, un sacerdote
inglés, se arrogó para sí la corona del subreino de Kent, fue rechazado de
inmediato por el arzobispo de Canterbury y más tarde anatematizado por León. Un
rey-sacerdote semejante — escribió — era comparable a Juliano el Apóstata…[10]
Con todo, León necesitaba el apoyo de Carlomagno; y, con ese
fin, estaba dispuesto a hacer concesiones…
Porque “Aunque su elección había sido unánime” — escribe Tom
Holland — “León tenía enemigos, ya que el cargo papal, que hasta hacía poco
había dado a su titular sólo facturas y descubiertos, podía suscitar ahora la
codiciosa avaricia de la aristocracia romana. El 25 de abril, cuando el
heredero de san Pedro iba en espléndida procesión hacia la misa, fue atacado
por un grupo de caballería pesada. Trasladado a la fuerza a un monasterio, León
logró escapar antes de que sus enemigos le cegaran y le cortaran la lengua, tal
como tenían planeado. A falta de otra opción, se decantó por la desesperada
medida de huir en busca del rey de los francos. El viaje era largo y peligroso,
dado que Carlomagno estaba ese verano en Sajonia, en los lejanos confines de la
cristiandad. Antes que el papa, llegaron descabellados rumores, espeluznantes
relatos de que le habían mutilado. Cuando finalmente llegó ante Carlomagno y se
descubrió, para decepción general, que conservaba los ojos y la lengua, León
afirmó solemnemente que se los había devuelto san Pedro, una prueba segura de
la indignación del apóstol ante la afrenta a su vicario. Y tras abrazar al rey,
«el padre de Europa», León recordó a Carlomagno su deber: tratar de defender al
papa por todos los medios, al «principal pastor del mundo», y dirigirse a Roma.
Y como era de esperar, el rey llegó a Roma, aunque sin
ninguna prisa, ni tampoco dando a entender que lo hacía por las súplicas del
papa. De hecho, para el fugitivo papa, a la humillación le sucedía más
humillación. Sus enemigos, al llegar en presencia de Carlomagno días después de
haberlo hecho León, le acusaron públicamente de una serie de retorcidos abusos
sexuales. Los comisionados, enviados por Carlomagno para escoltar al papa de
vuelta a Roma y para investigar los cargos contra él, redactaron un informe tan
abominable que Alcuino prefirió quemarlo en vez de mancillar su honra
guardándolo bajo su custodia. Cuando el propio Carlomagno, a principios del
invierno del año 800, más de un año después de que León llegara a Sajonia, se
aproximó finalmente a las puertas de Roma, el papa salió cabalgando
humildemente para recibirle a veinte kilómetros de la ciudad. Incluso los
antiguos emperadores habían ordenado a sus sirvientes que salieran cabalgando
sólo diez kilómetros.
No obstante, León, un luchador nato, seguía decidido a
rescatar algunos restos del naufragio. Aunque su reputación hubiera quedado
mancillada, seguía siendo el papa, el heredero de san Pedro, el titular de un
cargo instituido por el propio Cristo. No se le permitía a la ligera a ningún
mortal, ni siquiera a Carlomagno, enjuiciar al obispo de Roma. En señal de
ello, cuando se inició formalmente el juicio contra León el 1 de diciembre, no
se hizo dentro de los antiguos límites de la ciudad, sino en el Vaticano, al
otro lado del Tíber, con el conocimiento implícito de los derechos del papa, y
sólo del papa, de gobernar en Roma. Los funcionarios papales, mostrando su
habitual talento para descubrir antiguos documentos justo cuando más se
necesitaban, presentaron a Carlomagno documentos que parecían demostrar de
forma concluyen te que su señor sólo podía, de hecho, ser juzgado por Dios.
Carlomagno, aceptando esa sumisión, absolvió al papa. León, con la mano puesta
sobre una copia del Nuevo Testamento, pronunció un ostentoso juramento de que
era totalmente inocente.
Y entonces, triunfante frente a sus enemigos en Roma, se
preparó para arrebatar otra victoria, aún más notable, de las fauces de todo su
tormento. Dos días después de la absolución del papa, Carlomagno asistió a la
misa de Navidad en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Lo hizo con
humildad, sin portar insignias reales, rezando de rodillas. Sin embargo, al
levantarse, León se adelantó, adentrándose en la luz dorada que emitían las
velas del altar, y colocó una corona en la cabeza descubierta del rey. En ese
mismo momento resonaron por toda la catedral los extáticos gritos de la
congregación, que aclamó al rey franco como «augusto», el título honorífico de
los antiguos césares. León, intencionadamente melodramático, se postró a los
pies de Carlomagno, con la cabeza agachada y los brazos estirados. Por venerable
tradición, esa deferencia sólo se le había dedicado a un hombre: el emperador
en Constantinopla.
Pero ahora, tras los acontecimientos de ese trascendental
día de Navidad, Occidente volvía a tener un emperador propio.
Y fue el papa y nadie más que él quien le había dado su
corona.”[11]
Sin embargo, el biógrafo de Carlomagno, Einhard, sostiene
que este jamás habría entrado en la iglesia de haber sabido lo que el Papa
pensaba hacer. Cuesta creerlo. Todo apunta a que los acontecimientos que
desembocaron en la coronación fueron meticulosamente preparados por ambos
hombres, cada uno poseedor de algo que solo el otro podía dar.[12]
Sin embargo, hay indicios de que en años posteriores Carlomagno
moderó su postura frente a Constantinopla, consciente de que su nuevo título de
«Emperador de los romanos» implicaba una confrontación directa. Abandonó la
fórmula «de los romanos», aunque conservó el título de «Emperador». Además,
desistió de su proyecto de atacar la provincia bizantina de Sicilia. En su
lugar, le propuso matrimonio a la emperatriz bizantina Irene de Atenas (o quizá
fue idea de ella[13]).
De este modo esperaba «unir las provincias orientales y occidentales», como lo
expresa Teófanes el Confesor[14];
no bajo su dominio exclusivo — pues debía de ser consciente de que eso era
imposible —, sino quizá siguiendo el modelo de la monarquía dual del Imperio
romano del siglo V.
En cualquier caso, todos estos planes se vinieron abajo con
el derrocamiento de Irene en 802…
Al principio, los bizantinos trataron a Carlomagno como a un
usurpador más, arrogante e insolente; pues, como escribió un cronista de
Salerno: “Los hombres de la corte de Carlos el Grande lo llamaban emperador
porque llevaba sobre su cabeza una corona preciosa. Pero, en verdad, nadie debe
ser llamado emperador sino aquel que preside sobre el reino romano, es decir,
el reino constantinopolitano”.[15]
Como escribe Russell Chamberlin: “Los bizantinos se burlaron
de la coronación de Carlomagno. Para ellos no era más que otro general bárbaro
con ambiciones por encima de su condición. De hecho, tuvo buen cuidado de no
llamarse nunca Imperator Romanorum. Sus juristas, hurgando entre los
despojos del Imperio, dieron con un título que él aceptó: Romanum gubernans
imperium, ‘el que gobierna el Imperio Romano’. El título con que se
designaba a este primer emperador occidental tras la Antigüedad clásica era:
«Carlos, Serenísimo Augusto, coronado por Dios, gran y misericordioso
Emperador, gobernante del Imperio Romano y, por la gracia de Dios, Rey de los
lombardos y de los francos».”[16]
Incluso Alcuino de York sostuvo la idea de que Carlomagno
era superior tanto al Papa en Roma como al Emperador en Constantinopla:
“Tres personajes han estado hasta hoy en la cúspide de la
jerarquía del mundo. El representante de la sublimidad apostólica, vicario del
bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, de quien ocupa la sede. Lo que
le ha ocurrido al actual ocupante de la sede, vuestra bondad se ha encargado
hacérmelo saber. Viene, a continuación, el titular de la dignidad imperial que
ejerce el poder secular en la segunda Roma: la noticia es muy conocida, de cómo
y de qué impía manera ha sido depuesto el titular de este Imperio, no por
extranjeros sino por los suyos y por sus conciudadanos. Viene en tercer lugar
la dignidad real que nuestro Señor Jesucristo os ha reservado para que
gobernéis al pueblo cristiano: prevalece sobre las otras dos dignidades, las
eclipsa en sabiduría y las sobrepasa. Ahora, sólo en ti se apoyan las Iglesias
de Cristo, sólo de ti esperan salvación, de ti vengador de crímenes, guía de
los que vagan, consolador de los afligidos, soporte de los buenos…”[17].
Cualesquiera que hayan sido las verdaderas intenciones de
Carlomagno en el año 800, a mediados del siglo IX ya estaba claro que, para
Occidente, el único Emperador romano ortodoxo era el Emperador de los francos.
Así, mientras Alcuino de York en el siglo anterior todavía seguía la convención
de llamar a Constantinopla la segunda Roma, para un elogista latino posterior
la segunda Roma era la capital de Carlomagno, Aquisgrán: “Dignísimo Carlos, mi
voz es demasiado débil para tus obras, rey, amor y joya de los francos, cabeza
del mundo, cima de Europa, padre cuidadoso y héroe, ¡Augusto! Tú puedes dar
órdenes a las ciudades: contempla cómo la Segunda Roma, nueva en su florecer y
en la amplitud de su poder, se alza y prospera; con las cúpulas que coronan sus
murallas, alcanza las estrellas”[18]
Con todo, existen razones fundadas para pensar que quien
obtuvo el beneficio final de la coronación de Carlomagno no fue el emperador,
sino el Papa. Judith Herrin señala que: “su aclamación como imperator et
augustus sólo respondía en parte a las propuestas de Alcuino para un título
mayor, y no gustó a los teólogos francos. No consideraban que el obispo de Roma
tuviera derecho alguno a conceder un título imperial y, de este modo, a asumir
un papel crucial en la ceremonia. Los francos no percibían la autoridad
eclesiástica romana como algo abarcador que comprendía el conjunto de los
territorios de Carlos. En el norte de Europa, la autoridad papal estaba
restringida por las reclamaciones de muchos arzobispos a un poder igual. (…)
tres poderes implicados en el acto de coronación de 800, el pontífice romano
surge como el ganador claro en la contienda triangular sobre la autoridad
imperial. Al hacerse con la iniciativa y coronar a Carlos a su modo, el papa
León declaró su autoridad superior para ungir a un gobernante imperial de
Occidente, lo cual estableció un importante precedente. (…) Más tarde Carlos
insistiría en coronar a su hijo Luis como emperador, sin intervención papal. De
este modo, designó a su sucesor y, a su debido tiempo, Luis heredó la autoridad
de su padre. Pero la noción de que un gobernante occidental no podía ser emperador
real sin una coronación y aclamación papal en la antigua Roma surgió del
ceremonial ideado por León III en 800.”[19]
Andrew Louth confirma que el auténtico beneficiario fue el
Papa:
“La Constitutio Romana intentó establecer un lazo
entre el Imperio franco y la República de San Pedro, pero este vínculo difería
profundamente del que había existido hasta entonces entre el Papa y el
emperador bizantino. El emperador franco asumía la defensa de la legitimidad
del proceso electoral, pero no se atribuía —como sí lo había hecho el emperador
bizantino— el derecho de confirmar la elección en sí. Lo que aquí aparece,
todavía de forma embrionaria, es un mecanismo destinado a proteger la
legitimidad y la independencia del Papa…”[20].
Así quedaron sentadas las bases para la expansión del poder
papal tanto en la esfera política como en la eclesiástica…
*
Pero si el imperio de Carlomagno estaba destinado a ser una
restauración del Imperio romano de Occidente, debe juzgarse como un fracaso;
pues tras su muerte y la de su hijo Luis el Piadoso se desintegró en tres
reinos separados (aproximadamente coincidentes con la Francia, la Alemania y la
Italia septentrional actuales), y continuó desintegrándose a lo largo del siglo
X. Una de las razones de ello fue que no logró crear la burocracia política ni
los sistemas de recaudación fiscal que habían sido tan importantes para la
conservación del Imperio romano.[21]
Otra razón residía en que los duques y condes, de cuya lealtad dependía su
administración, esperaban ser compensados con tierras, lo que hacía que el
reino solo pudiera mantenerse estable mientras se hallaba en expansión; y dicha
fase expansiva ya había concluido en la década de 810.[22]
La idea de servir al rey de manera desinteresada, únicamente
porque era rey y ungido del Señor, competía con una concepción muy distinta: la
de una élite aristocrática de guerreros, que elegía a su jefe por su pericia
militar y por su capacidad de garantizar mayores victorias y, por ende, mayores
botines que cualquier otro. En la mentalidad franca, el Estado todavía no era
plenamente concebido como una res publica; se lo entendía más bien como
el dominio privado del rey y de aquellos nobles que, mediante su servicio,
habían asegurado para sí una parte del botín. Como había escrito siglos antes
Tácito acerca de los germanos paganos en su Germania: “Nadie puede
mantener una numerosa hueste si no es por la guerra y la violencia. Al caudillo
pródigo dirigen la mirada, esperando de él el caballo de guerra y el arma
terrible y dominante. Los festines y una ostentación ruda pero abundante
reemplazan al sueldo. La fuente de esta largueza es la guerra y el pillaje”.
No obstante, la auténtica debilidad del reino de Carlomagno
fue más espiritual que institucional. Consideró sus propios éxitos y la
debilidad del Imperio Oriental —que, al estar gobernado entonces por una mujer,
Irene, era considerado técnicamente vacante según el derecho franco— como
motivo suficiente para usurpar el lugar del Basileus en el plano
político. Aún más grave fue que Carlomagno usurpó el lugar de la Iglesia en el
plano eclesiástico. Mientras los emperadores orientales permanecieron en la
iconoclasia y él mismo se mantuvo ortodoxo, podía alegarse cierta justificación
para que reclamara la jefatura del mundo cristiano. Pero desde 787 el Imperio
Oriental había vuelto a la Ortodoxia, mientras que en 794 Carlomagno convocó un
falso concilio en Frankfurt que, sin consultar al Papa, condenó los decretos
del Séptimo Concilio Ecuménico sobre la veneración de los iconos e introdujo el
Filioque —esto es, la afirmación de que el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo— en el Credo.
El rechazo de las Actas del Séptimo Concilio ha sido
atribuido a una mala traducción.[23]
Sin embargo, es legítimo sospechar que dicha mala traducción no fue enteramente
accidental (¿no había realmente nadie en la corte capaz de leer griego?), y de
que en realidad lo que Carlomagno buscaba era un pretexto para calificar al
Imperio oriental de idólatra y heterodoxo, para presentarse él mismo como el
único Emperador cristiano verdaderamente ortodoxo. Sea esto como fuere, la
adopción del Filioque lo convirtió a él en hereje —y no a sus
adversarios orientales—, ya que:
(a) contradecía explícitamente las palabras de Cristo sobre
la procesión del Espíritu únicamente del Padre (Jn 15,26);
(b) suponía una alteración del Credo, prohibida por el Tercer Concilio
Ecuménico; y
(c) era objetivamente falsa, pues destruía la monarquía del Padre e introducía
un segundo principio en la vida de la Santa Trinidad.[24]
El Filioque provocó de inmediato enfrentamientos
entre monjes francos y griegos en Jerusalén, y también divisiones internas
entre los propios francos: Alcuino rechazó la innovación en una carta a los
monjes de Lyon, y el papa León III mandó grabar el Credo sin el Filioque,
en griego y en latín, sobre escudos de plata colocados ante San Pedro. Pero
Carlomagno no cedió: en un concilio celebrado en Aquisgrán en el año 809
decretó que la innovación era un dogma necesario para la salvación.
El emperador iconoclasta León el Isaurio había quebrantado
el principio de la “sinfonía” entre Iglesia y Estado al proclamarse «rey y
sacerdote». Pero Carlomagno se revelaba ahora como no menos cesaropapista que
León al imponer a la Iglesia innovaciones heréticas. Así, el que antes había
sido defensor de la Ortodoxia y de la romanidad frente a los emperadores
iconoclastas, heréticos y despóticos, avanzaba decididamente hacia convertirse
en el principal enemigo de ambas, por su herejía y su despotismo, al sostener —
como observa Romanides — que “los romanos de Oriente no eran ni ortodoxos ni
romanos”.[25]
Y, sin embargo, las grandiosas pretensiones del Imperio
franco no tardaron en ser humilladas por la dura realidad política. Pues
mientras el Imperio oriental recuperaba su fuerza tras el Triunfo de la
Ortodoxia en 843, el Imperio franco comenzó a desintegrarse, después de la
batalla de Fontenoy en 841 entre los tres nietos de Carlomagno, en tres
entidades separadas.
*
El Oriente rechazó de forma categórica las reivindicaciones
de Occidente, tanto en el plano político como en el doctrinal. Así, en 867 y
nuevamente en 879–880, Focio el Grande convocó concilios en Constantinopla que
condenaron como herético al papa Nicolás I, responsable de introducir por
primera vez el Filioque en el Credo romano. Resulta revelador que las
actas del concilio de 879 fueran firmadas por los propios legados del papa Juan
VIII. Así, tanto la Iglesia oriental como la occidental reconocieron que el
Imperio franco occidental no era ortodoxo. Y dado que tanto griegos como
romanos y francos coincidían en que solo podía existir un único Imperio romano
cristiano, esto significaba que el intento franco de usurpar el Imperio había
sido derrotado; al menos por el momento…
A pesar de todo esto, los francos no abandonaron sus
pretensiones. Así, como escribe John S. Romanides, la posición franca “quedó
claramente expuesta en una carta del emperador Luis II (855-875) al emperador
Basilio I (867-886), escrita en el año 871. Luis se llama a sí mismo «Emperador
Augusto de los romanos» y degrada a Basilio al título de «Emperador de la Nueva
Roma». Basilio se había burlado de Luis, insistiendo en que ni siquiera era
emperador de toda la Francia, puesto que gobernaba solo una pequeña parte de
ella, y que ciertamente no era emperador de los romanos, sino de los
francos.
Luis sostenía que era emperador de toda la Francia porque
los demás reyes francos estaban unidos a él por lazos de sangre. Repite así la
misma tesis que se encuentra en los Anales de Lorsch: quien posee la
ciudad de la Antigua Roma tiene derecho a llevar el título de «Emperador de los
romanos».
Luis afirmaba que: “Hemos recibido del cielo a este pueblo y
a esta ciudad para conducirlos, y (hemos recibido) a la madre de todas las
Iglesias de Dios para protegerla y engrandecerla (…) Por nuestra Ortodoxia
hemos recibido el gobierno del Imperio Romano.
Los griegos, por su cacodoxia, han dejado de ser emperadores
de los romanos. No solo desertaron de la ciudad (de Roma) y de la capital del
Imperio, sino que renunciaron a la identidad romana y aun a la lengua latina;
se trasladaron a otra capital y adoptaron una nacionalidad y una lengua
enteramente ajenas”[26]
Sin embargo, la realidad es que el Imperio carolingio se
hallaba en cisma con respecto al verdadero Imperio cristiano, tal como ocurrió
cuando las diez tribus de Israel se separaron de Judá y Benjamín. Además,
mediante sus falsas doctrinas y la violencia de su empresa misionera[27],
sentó las bases de la herejía del catolicismo romano. El catolicismo romano
nació cuando los Papas, en lugar de enfrentarse a las herejías de Carlomagno,
las adoptaron, y terminaron por arrogarse un poder imperial junto al del
sacerdotal.
En el plano político y cultural, el Imperio carolingio sentó
las bases del Occidente moderno. Como escribe Konstantín Nikoláievich Leóntiev:
«Fue precisamente
después de la caída del artificial imperio de Carlomagno cuando comenzaron a
manifestarse con creciente claridad los signos que, tomados en conjunto,
conforman el cuadro de una cultura europea peculiar, de una nueva civilización
universal.
Comenzaron también a perfilarse con mayor nitidez las
futuras fronteras de los más recientes Estados occidentales, así como las
culturas particulares de Italia, Francia y Alemania. Se acercaban las Cruzadas;
florecía la época de la caballería y del feudalismo germánico, que sentó las
bases de un respeto excepcional por la persona —un respeto que, pasando primero
por vía de la envidia y la imitación a la burguesía, produjo la revolución
democrática y engendró toda esa moderna fraseología acerca de los derechos
ilimitados de la persona, y que luego, al penetrar en los estratos inferiores
de la sociedad occidental, convirtió a todo simple jornalero o zapatero en un
ser corrompido por un nervioso sentimiento de su propia importancia—.
Poco después se oyen los primeros acentos de la poesía
romántica. Se desarrolla la arquitectura gótica, y pronto será creado el poema
épico católico de Dante, etc. A partir de este tiempo crece también el poder
papal.
En consecuencia, el reinado de Carlomagno (siglo IX)
constituye aproximadamente la línea divisoria a partir de la cual Occidente
comienza cada vez más a poner en primer plano su propia civilización y su
propia estatalidad. Desde este siglo, la civilización bizantina pierde de su
esfera de influencia a todos los grandes y densamente poblados países de
Occidente; pero, por otra parte, adquiere para su genio a los eslavos del sur…
y luego… a Rusia..»[28]
[1] Andrew
Louth escribe: “Desde 680 hasta 751 —o, con mayor precisión, desde la
entronización de Agatón en 678 hasta la muerte de Zacarías en 751— los papas,
con dos excepciones, Benedicto II y Gregorio II, eran de origen griego y
grecoparlantes, lo que ha llevado a algunos estudiosos a hablar de una
‘cautividad bizantina’ del papado. Esto es bastante engañoso: la mayoría de los
papas ‘griegos’ procedían del sur de Italia o de Sicilia, donde el griego
seguía siendo la lengua vernácula, y prácticamente todos ellos parecen haber
desarrollado su carrera dentro del clero romano; de modo que, cualesquiera que
fuesen sus orígenes, su experiencia y sus simpatías habrían sido profundamente
romanas” (Greek East and Latin West, Crestwood, NY: St. Vladimir’s
Seminary Press, 2007, p. 79).
[2] Norman
Davies, Europe, Londres: Pimlico, 1996, pp. 288-290.
[3] Judith Herrin, Women in
Purple, Londres: Phoenix Press, 2002, p. 47.
[4]
Nota de Traductor – Esto es lo que se conoció como la Donación de Pipino.
Ravena era parte del “Exarcado bizantino”, es tomada en el año 751 por los
lombardos y su rey Aistulfo luego en el 756 estos son derrotados por los
francos y estos últimos le entregan al obispo de Roma la posesión terrenal de
la ciudad: Nacen los Estados Pontificios.
[5] Henry Bettenson and Christopher
Maunder, Documents of the Christian Church, Oxford University
Press, 1999, p. 52.
[6] Siglos
más tarde, en 1242, un panfleto atribuido al papa Inocencio IV corrigió este
defecto de la teoría del papismo al declarar que la Donación no había sido un
regalo, sino una restitución (Charles Davis, «The Middle Ages», en Richard
Jenkyns [ed.], The Legacy of Rome, Oxford University Press, 1992, p.
86).
[7] Joseph Canning, A History of Medieval Political
Thought, 300-1450, London: Routledge, 1996, p. 50.
[9] Luscombe, “Introduction: the
Formation of Political Thought in the West”, The Cambridge History of Medieval Political Thought, c. 350 - c. 1450, Cambridge
University Press, 1991, p. 166.
[10] A.W. Haddan & W. Stubbs, Councils and Ecclesiastical Documents
relating to Great Britain and Ireland, Oxford: Clarendon, 1869, 1964, vol.
III, p. 524.
[11] Holland, Millenium, Londres: Abacus Books, 2009, pp. 30-32.
[12] Peter Heather, The Restoration of Rome, Londres: Pan
Books, 2013, chapter 5.
[13] Herrin, op. cit., pp. 117-118.
[14] Teofano, en A.A. Vasiliev, A History of the Byzantine Empire,
Milwaukee: University of Wisconsin Press, 1958, p. 268.
[15] Quoted in Richard Chamberlin, Charlemagne, Emperor of the Western
World, London: Grafton books, 1986, p. 52.
[16] Chamberlin, «The Ideal of
Unity», History Today, vol. 53 (11), noviembre de 2003, p. 57. Y,
sin embargo, en el año 812 los legados del emperador Miguel I saludaron a
Carlos en Aquisgrán con el título de «emperador». De este modo, a partir de 812
—como señala A. Vasiliev— «existían dos emperadores romanos, a pesar de que en
teoría seguía habiendo un solo Imperio romano» (op. cit., p. 268). Existe un paralelo
interesante con esto en la ideología china de la unidad imperial. Cuando el
imperio chino se dividió de hecho entre los kitanes y la dinastía Song en 1004,
para preservar el mito de la indivisibilidad del orden imperial, la relación entre
ambos soberanos fue expresada en términos de un parentesco de sangre ficticio. (“China in the year 1000”, History for All,
vol. 2, n.º 6, diciembre / enero de 2000, p. 37.)
[17] Alcuino, citado en Stephen Allott, Alcuin of York, York: Sessions
Book Trust, 1974, p. 111.
[18] Citado
de la obra de Wil van den Bercken, Holy Russia and Christian Europe, Londres:
SCM Press, 1999, p. 148.
[19] Herrin,
op. cit., pp. 124, 128.
[20] Louth, op. cit., p. 81.
[21] «En
lo fundamental, la Alta Edad Media presenció el surgimiento de un nuevo tipo de
estructura estatal, de dimensiones más reducidas. Al carecer de un ejército
profesional sostenido por el Estado, de una imposición fiscal sistemática y a
gran escala sobre la agricultura, y de una estructura burocrática central
desarrollada, el Estado altomedieval absorbía un porcentaje del PIB mucho menor
que el de su predecesor romano. Todo
indica que ello no obedeció en absoluto a ideologías de derechas, sino a una
renegociación profunda de las relaciones entre el poder central y las
instancias locales, determinada por un hecho elemental: las élites
terratenientes debían ahora a su soberano un servicio militar real, que aparejaba
— literalmente — el riesgo físico de sus propias vidas.
De manera igualmente significativa, todos estos
cambios, actuando conjuntamente, hicieron mucho más difícil que los gobernantes
altomedievales mantuvieran cohesionados grandes espacios territoriales durante
largos periodos.
A ello se sumaba una diferencia crítica en el tipo de
recursos económicos de que disponía el gobernante de un Estado altomedieval de
menor escala. Aunque los emperadores romanos tardíos, al igual que sus
sucesores carolingios, poseían tierras en propiedad, la mayor parte de sus
ingresos —considerablemente más elevados — procedía de la recaudación fiscal, y
dichos ingresos eran enteramente renovables…» (op.
cit., p.279)
[22] Sin
embargo, véase la vida de san Guillermo de Tolosa (+812), como ejemplo de un guerrero
que no estaba movido en absoluto por el afán de adquirir bienes (Living
Orthodoxy, vol. V, n.º 2, marzo–abril de 1983, pp. 3–5).
[23] Louth
escribe:
«La corte franca recibió una versión latina de los decretos de Nicea II en la
cual un punto central estaba tergiversado: En lugar de afirmar que los iconos no
reciben el culto de adoración que sólo corresponde a Dios, la versión latina
parece haber afirmado exactamente lo contrario: que los iconos sí reciben ese
mismo culto de adoración que es debido exclusivamente a Dios. Sin duda,
aquí se daba a un amplio margen para el malentendido, especialmente al tratarse
de un texto traducido, pues la distinción que los iconódulos habían trazado con
tanto cuidado entre una forma de veneración que expresa honor (proskynesis)
y una forma de veneración que expresa adoración (latreia) no tiene un
equivalente léxico natural [en latín]» (op. cit., pp. 86–87).
Cuando, en el año 792, Carlomagno envió a los reyes y obispos de Britania las actas del Séptimo Concilio en esta traducción inexacta, se dio por supuesto que los Padres del Concilio habían afirmado —en palabras de Simeón de Durham— «que los iconos debían ser adorados, lo cual es algo totalmente condenado por la Iglesia de Dios»; y el lector Alcuino llevó de regreso al continente la opinión negativa de la Iglesia británica (Haddan y Stubbs, op. cit., pp. 468–469).
[24] Véase san Focio el Grande, The Mystagogy of the Holy Spirit, traducida
por el Holy Transfiguration Monastery, Boston, Studion Publishers, 1983; “The Filioque:
Truth or Trivia?”, Orthodox Christian Witness, 21 de marzo / 3 de abril de 1983.
[25] J. Romanides, Franks, Romans, Feudalism and Doctrine, Brookline,
Mass.: Holy Cross Orthodox Press, 1981, p. 31.
[26] Romanides, op.
cit., p. 18.
[27] Cf.
En el capitulario de Carlomagno sobre Sajonia, fechado hacia el año 785 se
puede leer:
“Cualquiera que, en desprecio del cristianismo, se niegue a respetar el santo
ayuno de la Cuaresma y coma carne, será condenado a muerte…
Todo sajón no bautizado que intente ocultar este hecho a sus compañeros y se
niegue a recibir el bautismo, será condenado a muerte…” (en Jean
Comby, How to Read Church
History, Londres:
SCM Press, 1985, vol. I, p. 123).
[28] Leontiev,
“Vizantinizm i Slavianstvo” (“Bizantinismo y eslavismo”), en Vostok, Rossia
i Slavianstvo (El Este, Rusia y el
Eslavismo), Moscú, 1996, pp. 94-95.
