miércoles, 14 de enero de 2026

UNA RESPUESTA A IVÁN KARAMAZOV - Hieromonje (Eugene) Rose


                                   hieromonje (Eugene) Rose 




Nota del traductor: 


Este escrito - también conocido en inglés como An answer to Ivan -  salió a la luz poco tiempo después del fallecimiento del padre Serafín Rose en el número 120 de la magazine The Orthodox World enero-febrero de 1985, agradecemos a la señora Joanna Higginbotham el habernos facilitado este texto inédito en la web que presentamos por primera ves al castellano. 



Nota del editor de The Orthodox World:


En el proceso de su conversión al cristianismo ortodoxo, el autor luchó con las paradojas de la existencia y finalmente llegó a aceptarlas con humildad. Una persona que no ama a Dios se amarga y se enfurece cuando algo contradice su propia voluntad. Pero Eugene, cuya alma desbordaba gratitud hacia Dios por haberle otorgado orden y sentido a su vida, no pudo menos que seguir la voluntad del Padre movido por un amor verdadero. De este modo, todas las cargas de su sufrimiento se hicieron ligeras. Habiendo experimentado esto, Eugene lo aplicó a las cuestiones existenciales planteadas por el personaje de Iván en la obra maestra de Dostoievski, Los hermanos Karamázov. En Iván, Eugene probablemente vio rastros de sí mismo antes de su conversión, puesto que este personaje estaba destinado a representar al hombre intelectual occidental que intenta reconciliar todas las paradojas con su mente y, por lo tanto, acaba en la duda.  Eugene, al humillar su mente, encontró una solución al dilema de Iván. Como testamento de su descubrimiento, escribió el siguiente ensayo, que fue, en verdad, una respuesta a las preguntas de su yo anterior. Escrito en 1959 o 1960, cuando Eugene aún asistía a la Universidad de California en Berkeley, ha existido hasta ahora en forma de borrador. Dado que no ha sido revisado ni pulido, conserva el carácter de un monólogo directo y expresa una descarga espontánea de sentimiento profundo.



Una vez que alguien ha alcanzado el nivel de la duda, se le abren dos caminos: el del cuestionamiento incesante, el de la duda perpetua, el del afán por comprender hasta acabar dudando de todo y quedar aniquilado por la duda; o entregarse a alguna falsa ciencia que pretende “explicar”, esto es, disolver por vía racional las paradojas irreconciliables de la existencia; o bien el camino de la aceptación y de la oración, aceptando incluso la duda (sin construir artificialmente más razones para dudar que las que la experiencia inmediata justifica), orando para que se nos conceda aún más con que probarnos y ponernos a prueba, clamando por más vida, por más que aceptar y sobre lo cual llorar, aceptando y orando en medio de la duda, conscientes de que el camino de la duda encierra tantos peligros como el de la aceptación fácil, y reconociendo que por cada persona que racionaliza el sufrimiento de la vida — los hedonistas, los “filósofos”, los indiferentes — existe al menos una que se obliga a sí mismo a dudar más de lo que en realidad (existencialmente) duda; y explica la otra cara de la paradoja de la vida humana (la bondad real, la penitencia y la misma compasión que lo impulsa a dudar en primer lugar) tan superficialmente como los falsos consoladores (a quienes detesta) explican el sufrimiento, el pecado y el mal.

Hemos entrado en el tiempo de la Última Duda, la más grande y definitiva de todas: la duda de todo, la negación de cualquier coherencia, la renuncia a intentar que el mundo y la vida humana tengan “sentido”.

Pero el hombre de esta Última Duda termina hundiéndose en el mismo abismo que los hombres que falsamente se consuelan, los que trivializan el sufrimiento: ambos han pensado en exceso, ambos han forzado demasiado el intento de “dar sentido”, de “explicar” la vida. Uno la explica con excesiva facilidad; el otro encuentra, quizá con demasiada comodidad, la ausencia de explicación. Pero ambos depositan su confianza en la razón; ambos creen que la vida debe tener sentido, debe ser explicada, y que basta con que yo, un hombre común que interroga, pueda (o no) comprenderla.

¡Oh hombre orgulloso y vano! No puedes dar ningún sentido — ningún sentido verdadero — a la vida mientras no la hayas vivido mucho más profundamente de lo que revela tu mera duda. Has ido más lejos, es cierto, de los que se consuelan fácilmente; te has negado a contentarte con la hipocresía evidente que nos protege del sufrimiento intolerable de nuestros semejantes. Pero tú también, por tu parte, te has detenido: te has detenido justo en el umbral mismo del misterio de la vida.

Pues comenzaste a dudar por compasión, una emoción humana auténtica que nos saca de nosotros mismos y nos acerca, en un dolor compartido (pues la compasión es participación en el dolor de los otros), a nuestro prójimo. Pero luego te detuviste; te burlaste de aquellos que falsamente se consolaban al fundar instituciones “caritativas” a partir de la compasión, y así hicieron una burla del sufrimiento del que decían compadecerse al tomarlo como algo puramente natural — y curable —, y de ese modo también apaciguaron sus conciencias y fabricaron alguna especie de “sentido” del mundo. Te burlaste de ellos, y con razón, pues el misterio de la vida es demasiado profundo para resolverse en sus instituciones.

Sin embargo, ahí mismo te detuviste. Y allí tu compasión — que ningún hombre puede soportar tal compasión durante mucho tiempo: despedaza al hombre si es genuina, y todos nuestros instintos claman en procura de que cese, o el organismo muere (la compasión es una enfermedad mortal, bien lo sabes) — se transformó en duda. Y la duda se volvió tu consuelo, librándote del dolor de la compasión.  ¿Crees ser ahora mejor de aquellos que falsamente se consuelan, de quienes se detienen ante el misterio de la existencia y aceptan el consuelo al precio de dejar de sufrir por el prójimo? No lo eres. Eres igual que ellos: tu “comprensión”, tu “duda” — esto es, tu mismo “conocer”; tu “duda”— está tan inflada y autosatisfecha como la de ellos.

No; tal vez aún subsista en ti un resto, aunque sea mínimo, de auténtica emoción humana; de lo contrario no te escribiría así. Pero te encuentras detenido porque has querido acercarte al misterio de la existencia con la mente, con preguntas y exigencias de explicación, cuando solo se accede a él mediante la postración, la humildad, la oración y la aceptación. Acepta todo. Asume en ti todo lo que se te da. Si no lo haces, si te blindas incluso frente al menor sufrimiento para refugiarte en la duda racional, entonces la culpa está en ti; y el mundo no tiene sentido porque tú, que lo miras, no posees ningún sentido. Estás corrompido y te contradices constantemente, y aun así pretendes que el mundo sea puro y que tenga sentido.

El santo, acaso aquel que ha atravesado la duda y, sin embargo, ha pedido más y lo ha aceptado, podría ser capaz de hacer que el mundo tenga “sentido”. Pero el santo nunca es un filósofo: ha abandonado el mero intento de comprender y pide solo que se le dé lo que se le da; ha aceptado el mundo, y ya no existe cuestión alguna acerca de si tiene “sentido” o no. 

Tiene — de hecho — “sentido”, pero uno que de ninguna manera que puede experimentarse con palabras; su “sentido” debe vivirse, no decirse.

Y el Dios-Hombre, que entre todos fue el único que sufrió como un Inocente absoluto: ¿buscas de Él una “explicación”? Su “explicación” es su vida: mírala. «No hagas preguntas, sino toma tu cruz y sígueme». ¿Pero eso te resulta demasiado simple, demasiado “ingenuo”? ¿Y dices que para Él fue fácil? ¿Qué por ser Dios no tenía dudas, que lo sabía todo porque había hecho el “sistema” desde el principio?

Ah, qué poco sabes de Él y de su mundo. No hay ningún sistema; Él no es un filósofo que elabora un sistema. Él, incluso más que el santo, sufrió más de lo que nadie puede o podrá jamás sufrir; porque todos nosotros merecemos lo que sufrimos, porque todos nosotros — si penetramos de verdad en la naturaleza humana — merecemos lo que sufrimos, o al menos deberíamos recibirlo con gratitud como ocasión para vivir más profundamente y acercarnos más a nuestro prójimo y a nuestro Dios.

Pero Jesucristo no merecía sufrir. No tenía motivo alguno para ello, pues era inocente, y no tenía nada que aprender, nada que obtener del sufrimiento.  El suyo fue un acto puramente gratuito, como ni siquiera podemos imaginar, y sufrió como no podemos imaginar que sufra nadie, porque solo Él no rehuyó la compasión ni el sufrimiento de los hombres. No se ofreció a sí mismo ningún falso consuelo, ninguna escapatoria fácil como las que usamos cada día. Solo Él vivió plenamente todo el dolor y toda la pena de la que le es capaz al hombre.

Así pues, Él conoce nuestra condición. Y si es que no pone término a todo ni convierte la vida en una breve comedia, sino que nos permite vivir en lo que parece una tragedia interminable — puesto que ninguno de nosotros, ni siquiera el mismo Jesús (lo cual quizá habría sido para Él un consuelo), conoce la hora del Fin —, es porque Él tenía su “razón”, una razón más profunda que toda razón humana y sobre la cual resulta vano especular.

Sabemos que existir es sufrir; sabemos que nuestro Dios nos ama y que, por amor, sufrió más intensamente que el mayor de los santos. Lo sabemos, y aun así nos atrevemos a “dudar”, a plantear nuestro mezquino interrogatorio sobre el “sentido” de todo. ¡hombre vil! Acepta y sufre más; y reza a Dios: reza sin objeto, sin causa, sin exigencias; entrégale únicamente de corazón tus oraciones y tus lágrimas. Él conoce el “porqué”. Él lo sabe todo.

I HOMILIA. CONTRA LOS JUDIOS - SAN JUAN CRISOSTOMO

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