lunes, 1 de diciembre de 2025

LA DOCTRINA ORTODOXA DE LA CAUSALIDAD - San Nicolás Velimirovich

 san Nicolás Velimirovich



Uno de los puntos fundamentales sobre el cual nuestra Fe Ortodoxa se diferencia de todos los sistemas filosóficos, así como de algunas denominaciones no ortodoxas, es el de su particular concepción de la causalidad, es decir, sobre lo que entendemos por causas.

Los ajenos a nosotros se apresuran a calificar nuestra fe de misticismo y a nuestra Iglesia, de Iglesia de místicos. Los teólogos no ortodoxos nos han censurado con frecuencia por ello, mientras que los ateos se han burlado.


Nuestros teólogos doctos no negaron ni confirmaron tal misticismo, pues jamás nos hemos denominado a nosotros mismos místicos.
Escuchábamos, pues, maravillados y en silencio, esperando que quienes nos son ajenos definieran con claridad qué querían decir con ese supuesto misticismo nuestro.


Lo describieron como una suerte de quietismo oriental, o como un abandono pasivo a la mera contemplación de las realidades divinas.


Los ateos de nuestro tiempo —en Rusia, Yugoslavia y por doquier— no dan a ninguna religión otro nombre que el de misticismo, que para ellos equivale a superstición. Escuchamos ambas posturas, y rechazamos ambas definiciones sobre nuestro misticismo ortodoxo, que no es ni quietismo ni superstición.

Es cierto, sin embargo, que la práctica contemplativa, aunque no el quietismo, es una parte recomendable de nuestra vida espiritual, pero no es una regla que lo abarque todo. Entre los grandes santos encontramos no sólo a los padres contemplativos del desierto y del recogimiento, sino también a muchos guerreros, benefactores, escritores sagrados, artistas sagrados y otras personas de gran dedicación y de una vida cristiana marcada por el sacrificio.

¿Y cuál es nuestra respuesta para los ateos que llaman superstición a nuestra fe mística?
Ellos, de todos, son los que menos derecho tienen a usar esa palabra, ya que al negar a Dios, al alma y a todas las inteligencias superiores, son, en efecto, abanderados de una superstición irreflexiva y funesta, que nunca existió en la historia humana, al menos no en semejante escala ni con semejante fanatismo.

Como quienes se refieren a nuestro misticismo no pueden explicar adecuadamente siquiera ese concepto, corresponde que seamos nosotros quienes lo aclaremos, y que les indiquemos, desde nuestra perspectiva, cómo debe entenderse nuestro supuesto misticismo.

 

Nuestro misticismo religioso no es bruma, ni vaguedad, ni oscuridad, ni artificio.
Es nuestra doctrina transparente y siempre vigente sobre la causalidad.
Y si hubiera que darle un nombre en forma de “–ismo”, ese nombre sería personalismo.

Cada día y en todas partes, la gente habla de causas constantemente.
Suele decirse: “Esto proviene de aquello, y aquello proviene de esto”.
Es decir: el hecho o suceso inmediatamente precedente se toma como causa del que viene después.

No nos sorprende tal superficialidad en ciertas personas poco instruidas, especialmente en la gente atareada de las grandes ciudades, que dispone de poco tiempo para un pensamiento profundo y sereno.
Pero sí nos asombra encontrar la misma superficialidad en personas cultivadas y de inclinación filosófica, como los materialistas, los naturalistas e incluso los deístas.

Y porque llamamos a su teoría de las causas ingenua y fatalista, ellos nos llaman místicos.

Consideramos como fatalistas a todas esas personas —sean ignorantes o instruidas— que toman las causas naturales y físicas como definitivas.

Tanto el naturalismo como el materialismo enseñan un fatalismo ciego, sin una puerta de escape ni una mínima ventana para el sol. Nosotros, los cristianos ortodoxos, debemos resistir ese fatalismo ciego —como deberían hacerlo todos los cristianos— y defender nuestra doctrina inteligente de la causalidad personal, que opera en el mundo y proviene de lo personal.

Esta doctrina significa que todas las causas son personales. No sólo la primera causa del mundo es personal, como piensan los deístas, sino que personales son todas las causas de todas las cosas, de todos los hechos, de todos los acontecimientos y cambios en el mundo entero. Cuando decimos personal, queremos decir inteligente, consciente e intencional.
Sí, afirmamos que algún tipo de seres personales son los que causan todo, o mejor dicho, son las causas de todo.
Eso es lo que significa personal.

Sé que ante esta primera afirmación algunos no ortodoxos podrían objetar:
“Esa doctrina probablemente la extraés de tu copiosa tradición ortodoxa —que no nos interesa— y no de la Sagrada Escritura, que consideramos la única fuente infalible de toda verdad.”

A esto respondo: no, en absoluto; esta doctrina es tan evidente en la Sagrada Escritura, desde la primera página hasta la última, que esta vez no tengo necesidad alguna de citar nuestra tradición.

En las primeras páginas de la Sagrada Biblia se especifica a un Dios personal, como la primera causa, o mejor dicho, el primer causador del mundo visible e invisible.

Que Dios el Creador es personal, es un dogma profesado y sostenido no sólo por todas las denominaciones cristianas, sino también por algunas otras religiones. Nosotros los cristianos, sin embargo, tenemos el privilegio de conocer el ser interior de Dios, es decir,

Dios como Trinidad de personas y Unidad de esencia.

Hemos aprendido a conocer este misterio a través de la revelación trascendental del Nuevo Testamento. El dogma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo enseña que Dios es personal de manera triple y, ciertamente, personal en un sentido supremo.

Pero no sólo Dios es personal.
Personales son también los ángeles, personal es Satanás con sus perversas huestes de demonios, y, finalmente, personales son los hombres.

Si lees atentamente la Biblia, sin los prejuicios de las llamadas “leyes naturales” y de las supuestas “causas accidentales”, encontrarás tres factores causales, y los tres son personales.
Ellos son: Dios, Satanás y el hombre.
Por supuesto, no son iguales en atributos personales, ni existe paridad alguna entre ellos.

Satanás ha perdido todos sus atributos positivos de ángel de luz, y se ha convertido en el principal enemigo de Dios y del hombre, pero aún ha permanecido como un ser personal, aunque inclinado a hacer el mal. El hombre, desde el pecado original, ha oscurecido su gloria y deformado la imagen de Dios en sí mismo; y, aun así, ha permanecido un ser personal: consciente, inteligente y activamente intencional, oscilando entre Dios y Satanás, con su libre elección de ser salvado por el primero o destruido por el segundo.

Dios es actividad en sí mismo.
No sólo interviene de cuando en cuando con Sus maravillas y milagros en la vida de los hombres y de las naciones, sino que está constante e incesantemente activo sosteniendo y vivificando Su creación.

“Estando cerca de cada uno de nosotros” (Hch 17,27) y “conociendo incluso los pensamientos del hombre” (Sal 94,11), actúa y reacciona con diligencia en los asuntos humanos: da o retira hijos, da o retira buenas cosechas, aprueba o amenaza, concede paz a los fieles y provoca la guerra en contra los adoradores del diablo.

Manda a todos los elementos de la naturaleza —fuego y agua, granizo y tormentas— ya sea para auxiliar a los justos oprimidos o para castigar a los impíos.
Llama a la langosta, a las orugas y a los gusanos “mi gran ejército” (Joel 2,25), al cual ordena devorar el sustento de los pecadores.

Es Él quien “puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10,28).
Conoce “el número de nuestros cabellos”, y “ni un gorrión cae a tierra” sin Su voluntad y Su conocimiento.

 

Todo esto está atestiguado por innumerables pasajes de la Biblia.
Y no es todo: no hay una página de la Escritura que no haga referencia a Dios —sí, a un Dios personal—, a Su voluntad y a Sus diversas actividades.

Toda la Biblia afirma que Dios no sólo es el Primer Causante del mundo, sino también que es, en todo momento, el Conservador personal de todas las cosas —el Pantokrátor— del mundo, tal como lo confesamos en el primer artículo de nuestro Credo.

Otro factor causal es Satanás, el adversario de Dios, con sus huestes de espíritus caídos.
Él es el causante personal de todo mal.

Desde su caída —cuando, siendo Lucifer, perdió la gloria de “un querubín ungido” (Ez 28; Is 14) y descendió a la tenebrosa fosa del infierno— no ha cesado de intentar infiltrar el mal y la corrupción en cada parte de la creación de Dios, especialmente en el hombre.
Envidioso de Dios y del hombre, es el enemigo de ambos.

Cristo lo llamó “un asesino desde el principio” (Jn 8,44) y también “mentiroso y padre de la mentira”. Es un poderoso gobernante del mal y de las tinieblas, pero sigue siendo subordinado, aunque de mala gana, al todopoderoso Dios. Sólo con el permiso de Dios puede dañar a los hombres y causar enfermedad, confusión, dolor, discordia, muerte y destrucción.

Pero cuanto más peca una persona o un pueblo contra Dios, mayor poder obtiene Satanás sobre esa persona o ese pueblo. En la venida de nuestro Señor Jesucristo, todo el mundo yacía en el mal a causa del terrible dominio de Satanás sobre la humanidad endemoniada. El mundo entonces estaba lleno de espíritus malignos como nunca antes.

Por esta razón Satanás se atrevió a ofrecer a Cristo todos los reinos de la tierra y su gloria, como si le pertenecieran.
¡Ladrón y mentiroso!

El tercer factor causal en este mundo, según la Biblia, es el hombre. Con toda su pequeñez y debilidad, el hombre es el premio más grande por el cual Satanás lucha incansable y desesperadamente, y por el cual Dios, desde el principio, estuvo dispuesto a morir.

Vacilando entre Dios y Satanás, el hombre es sostenido por Dios y engañado por Satanás, oscilando de un lado a otro, buscando luz, vida y felicidad en su breve existencia sobre este planeta. Sin embargo, con toda su aparente insignificancia en este inmenso universo, el hombre es capaz de cambiarlo mediante su conducta. Confucio dijo: “Las nubes dan la lluvia o no la dan conforme a la conducta de los hombres”.
Esta observación es aún más válida en el cristianismo, que cree en un Dios personal, que otorga la lluvia.

Por la fe y las virtudes —ante todo por la obediencia a Dios—, el hombre restablece en sí la primacía sobre toda la naturaleza creada, como Dios al crearlo le había confiado.

Pero por su apostasía y corrupción, se destrona a sí mismo y queda bajo el dominio de la naturaleza física, convirtiéndose en su esclavo. En lugar de mandar, obedece a la naturaleza muda y lucha contra ella por su mera supervivencia, como aún puede verse hoy en nuestra generación. Y en lugar de tener a Dios como su único Señor, se ha ganado dos señores sobre sí, Satanás y la naturaleza; ambos tiranizándolo. Por su fe y virtud, el hombre podía mover montañas, domar a las bestias salvajes, vencer a sus agresores, cerrar los cielos, detener desastres, sanar enfermos y resucitar muertos. Pero por sus pecados y vicios —sobre todo por su apostasia de Dios, su único Amigo verdadero y todopoderoso— puede provocar destrucciones, terremotos, inundaciones, pestes, eclipses y hambres, agradando a Satanás y entristeciendo a Dios.

Así, siguiendo a Dios, el hombre se hace Dios, y siguiendo al diablo, se hace diablo. Pero, esté con Dios o con el adversario de Dios, el hombre ha sido desde el principio, y sigue siendo ahora el punto central de este planeta, y una de las tres causas más importantes de los acontecimientos y cambios en el mundo. Y así, todo lo que ocurre en el escenario de este mundo, sucede, o por la voluntad benevolente de Dios, o por la voluntad maligna de Satanás, o por el hombre, mediante su libre elección entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto.

Ahora bien, cuando mencionamos sólo estos tres factores causales, Dios, Satanás y el hombre, no debes pensar en tres meras personas, sino en formidables fuerzas detrás de cada una de ellas. Detrás de Dios una multitud incontable de ángeles de luz, tanto que cada hombre y cada nación tienen su propio ángel guardián. Detrás de Satanás un horrible enjambre de espíritus malignos. tanto que toda una legión de ellos solía atormentar a un solo hombre, aquel de Gadara. Detrás del hombre, desde el vaciamiento del Hades por Cristo y su resurrección, hay ya miles de millones de almas humanas que desde el otro mundo, desde la iglesia triunfante, por su intercesión y amor, nos ayudan a nosotros, los muchos millones de fieles de Cristo, que aún luchamos contra las fuerzas satánicas por Cristo y por nuestra propia salvación. Porque nuestra principal lucha en este mundo no es contra las adversidades naturales y físicas —que, en comparación, es un combate pequeño, más propio de animales que de hombres—, sino, como dice el visionario Pablo: “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo” (Ef 6,12), es decir, contra las fuerzas satánicas del mal.

Y nosotros, los cristianos, hemos sido y siempre seremos victoriosos sobre estas fuerzas satánicas por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. ¿Por qué a través de Él? Porque el amor es el poder más grande de entre todos los poderes visibles e invisibles .Y Cristo vino a la tierra y descendió a las regiones inferiores, hasta el propio nido infernal de las huestes satánicas, para abatirlas y liberar al género humano, movido únicamente por su amor purísimo al hombre.

Por eso Él pudo, al término de su misión victoriosa, decir:
“Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18).
Y cuando dice toda potestad, lo dice literalmente: Todo poder, primero el poder sobre Satanás y sus fuerzas satánicas, luego el poder sobre los pecadores, el pecado y la muerte.

Pero ante todo, sobre Satanás, el autor del pecado y de la muerte.

“Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3,8).

Por tanto, nos regocijamos en nuestra fe de que nuestro Señor Jesucristo es el Señor irresistible.
Y confesamos esta fe en cada liturgia al sellar el pan sagrado para la Santa Comunión con las palabras: IC – XC – NI – KA.

Lee y relee el Santo Evangelio: jamás encontrarás en las palabras de Cristo la más mínima alusión a causas naturales o físicas de ningún suceso.
Clara como el sol meridiano es Su revelación: que sólo existen tres causas personales en el mundo: Dios, el hombre y Satanás.

Su principal obediencia fue hacia su Padre Celestial. Su principal obra de amor fue la sanación de los cuerpos y las almas de los hombres. Y su principal disputa con los fariseos fue acerca de su poder para expulsar los espíritus malignos de los hombres y perdonar los pecados.

Respecto de la naturaleza y a las leyes del llamado orden natural, manifestó un poder y un señorío absolutos, inauditos hasta entonces.
Grabó con fuerza en los apóstoles que “ellos no eran del mundo”, pues —dijo Él— “Yo os escogí del mundo” (Jn 15,19).

Ahora bien, dado que los cristianos no son de este mundo, ciertamente no pueden aceptar la teoría de los hombres de este mundo sobre las causas impersonales, ininteligentes y accidentales de los procesos de las cosas y los acontecimientos. También en nuestros libros litúrgicos encontrarás los mismos tres factores causales personales que en el Evangelio.
Así también en la Vida de los Santos. Y lo mismo cree y siente el pueblo ortodoxo.

Por lo tanto, quienquiera que hable de causas impersonales de las cosas, de los acontecimientos y de los cambios en este mundo, está limitando el poder de Dios, ignorando los poderes de las tinieblas y despreciando el papel y la importancia del hombre. La Escritura no admite ni menciona causa alguna impersonal ni ciegamente fortuita.
Ella enseña claramente que toda causa de cuanto existe o acontece procede de seres personales superiores y de inteligencias personales.
A esta enseñanza del Santo Libro nos adherimos.

Por eso no cedemos ante las teorías seculares o “científicas” que hablan de una causalidad impersonal, irracional o accidental.
Y cuando digo “nosotros”, no aludo sólo a los grandes Padres de la Iglesia o a los doctos maestros de la fe, sino al mismo tiempo al pueblo ortodoxo en su conjunto.

Nuestro pueblo jamás diría que un lobo causó la muerte de una oveja ; ni que una piedra caída causó la herida del niño; ni que un tornado fue la causa de la destrucción de una casa; ni que el buen tiempo fue la causa de una buena cosecha.

Nuestro pueblo mira a través del velo del mundo físico hacia una esfera espiritual. Y allí busca las verdaderas causas de esos acontecimientos. Siempre busca una causa, o causas personales.

Y aunque esto está en conformidad con la enseñanza de la Biblia, algunos que nos son ajenos nos llaman místicos, y a nuestra fe, misticismo o superstición. Sin embargo, nuestro “misticismo” no es más que una mirada más profunda a las realidades espirituales —a las inteligencias— que están causando personalmente todo lo que es o sucede, valiéndose de los elementos naturales tan sólo como sus instrumentos, herramientas, canales, símbolos o señales.

Todo esto nos lleva a las siguientes conclusiones. Ante todo, el cristianismo no es tanto una religión de principios, reglas y preceptos, sino principalmente y sobre todo de apegos personales. En primer lugar, un afectuoso apego a la persona de nuestro Señor Jesucristo y por medio de él a los demás miembros de su iglesia, vivos y muertos.

En segundo término, nuestra doctrina ortodoxa de la causalidad personal en todo el ámbito de la naturaleza y de la historia del mundo es, fuera de toda duda, la doctrina bíblica.
Los Padres de la Iglesia la adoptaron íntegramente y la explicaron, y se mantiene con claridad en la conciencia del pueblo ortodoxo.

Los beneficios que extraemos de este personalismo aplicado a la doctrina de la causalidad son innumerables.
Nos impulsa a mirar más allá de lo visible, hacia la esfera de las inteligencias invisibles que causan y dirigen el drama del mundo.

Agudiza, más que nada, nuestro poder de pensamiento, nuestra propia inteligencia.

Por medio de la misma estamos constantemente conscientes de la presencia de nuestro amigo, Cristo el Salvador, a quien oramos, y también de nuestro archienemigo, Satanás, a quien debemos combatir y evitar.

Nos ayuda a formar caracteres fuertes, personales, firmes.
Nos inspira un espíritu de heroísmo optimista frente al sufrimiento, al sacrificio y al martirio por Cristo, como lo demuestra la historia de nuestra Iglesia.

Todos estos y otros beneficios no los posee el seguidor de la doctrina de la causalidad impersonal, ni siquiera el mayor de ellos: el conocimiento de la verdad.

 Texto extraido de: The Orthodox Doctrine of Causality by Bishop Nikolai Velimirovich

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