san Nicolás Velimirovich
Uno de
los puntos fundamentales sobre el cual nuestra Fe Ortodoxa se diferencia de
todos los sistemas filosóficos, así como de algunas denominaciones no
ortodoxas, es el de su particular concepción de la causalidad, es decir, sobre
lo que entendemos por causas.
Los ajenos
a nosotros se apresuran a calificar nuestra fe de misticismo y a nuestra
Iglesia, de Iglesia de místicos. Los teólogos no ortodoxos nos han censurado
con frecuencia por ello, mientras que los ateos se han burlado.
Nuestros teólogos doctos no negaron ni confirmaron tal misticismo, pues jamás
nos hemos denominado a nosotros mismos místicos.
Escuchábamos, pues, maravillados y en silencio, esperando que quienes nos son
ajenos definieran con claridad qué querían decir con ese supuesto misticismo
nuestro.
Lo describieron como una suerte de quietismo oriental, o como un abandono
pasivo a la mera contemplación de las realidades divinas.
Los ateos de nuestro tiempo —en Rusia, Yugoslavia y por doquier— no dan a
ninguna religión otro nombre que el de misticismo, que para ellos equivale a
superstición. Escuchamos ambas posturas, y rechazamos ambas definiciones sobre
nuestro misticismo ortodoxo, que no es ni quietismo ni superstición.
Es
cierto, sin embargo, que la práctica contemplativa, aunque no el quietismo, es
una parte recomendable de nuestra vida espiritual, pero no es una regla que lo
abarque todo. Entre los grandes santos encontramos no sólo a los padres
contemplativos del desierto y del recogimiento, sino también a muchos
guerreros, benefactores, escritores sagrados, artistas sagrados y otras
personas de gran dedicación y de una vida cristiana marcada por el sacrificio.
¿Y cuál
es nuestra respuesta para los ateos que llaman superstición a nuestra fe
mística?
Ellos, de todos, son los que menos derecho tienen a usar esa palabra, ya que al
negar a Dios, al alma y a todas las inteligencias superiores, son, en efecto, abanderados
de una superstición irreflexiva y funesta, que nunca existió en la historia humana,
al menos no en semejante escala ni con semejante fanatismo.
Como
quienes se refieren a nuestro misticismo no pueden explicar adecuadamente
siquiera ese concepto, corresponde que seamos nosotros quienes lo aclaremos, y
que les indiquemos, desde nuestra perspectiva, cómo debe entenderse nuestro
supuesto misticismo.
Nuestro
misticismo religioso no es bruma, ni vaguedad, ni oscuridad, ni artificio.
Es nuestra doctrina transparente y siempre vigente sobre la causalidad.
Y si hubiera que darle un nombre en forma de “–ismo”, ese nombre sería personalismo.
Cada día
y en todas partes, la gente habla de causas constantemente.
Suele decirse: “Esto proviene de aquello, y aquello proviene de esto”.
Es decir: el hecho o suceso inmediatamente precedente se toma como causa del
que viene después.
No nos
sorprende tal superficialidad en ciertas personas poco instruidas,
especialmente en la gente atareada de las grandes ciudades, que dispone de poco
tiempo para un pensamiento profundo y sereno.
Pero sí nos asombra encontrar la misma superficialidad en personas cultivadas y
de inclinación filosófica, como los materialistas, los naturalistas e incluso
los deístas.
Y porque
llamamos a su teoría de las causas ingenua y fatalista, ellos nos llaman
místicos.
Consideramos
como fatalistas a todas esas personas —sean ignorantes o instruidas— que toman
las causas naturales y físicas como definitivas.
Tanto el
naturalismo como el materialismo enseñan un fatalismo ciego, sin una puerta de
escape ni una mínima ventana para el sol. Nosotros, los cristianos ortodoxos,
debemos resistir ese fatalismo ciego —como deberían hacerlo todos los
cristianos— y defender nuestra doctrina inteligente de la causalidad
personal, que opera en el mundo y proviene de lo personal.
Esta
doctrina significa que todas las causas son personales. No sólo la primera
causa del mundo es personal, como piensan los deístas, sino que personales son
todas las causas de todas las cosas, de todos los hechos, de todos los
acontecimientos y cambios en el mundo entero. Cuando decimos personal,
queremos decir inteligente, consciente e intencional.
Sí, afirmamos que algún tipo de seres personales son los que causan todo, o
mejor dicho, son las causas de todo.
Eso es lo que significa personal.
Sé que
ante esta primera afirmación algunos no ortodoxos podrían objetar:
“Esa doctrina probablemente la extraés de tu copiosa tradición ortodoxa —que no
nos interesa— y no de la Sagrada Escritura, que consideramos la única fuente
infalible de toda verdad.”
A esto
respondo: no, en absoluto; esta doctrina es tan evidente en la Sagrada
Escritura, desde la primera página hasta la última, que esta vez no tengo
necesidad alguna de citar nuestra tradición.
En las
primeras páginas de la Sagrada Biblia se especifica a un Dios personal, como la
primera causa, o mejor dicho, el primer causador del mundo visible e invisible.
Que Dios
el Creador es personal, es un dogma profesado y sostenido no sólo por todas las
denominaciones cristianas, sino también por algunas otras religiones. Nosotros
los cristianos, sin embargo, tenemos el privilegio de conocer el ser interior
de Dios, es decir,
Dios
como Trinidad de personas y Unidad de esencia.
Hemos
aprendido a conocer este misterio a través de la revelación trascendental del
Nuevo Testamento. El dogma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo enseña que
Dios es personal de manera triple y, ciertamente, personal en un sentido
supremo.
Pero no
sólo Dios es personal.
Personales son también los ángeles, personal es Satanás con sus perversas
huestes de demonios, y, finalmente, personales son los hombres.
Si lees
atentamente la Biblia, sin los prejuicios de las llamadas “leyes naturales” y
de las supuestas “causas accidentales”, encontrarás tres factores causales, y
los tres son personales.
Ellos son: Dios, Satanás y el hombre.
Por supuesto, no son iguales en atributos personales, ni existe paridad alguna
entre ellos.
Satanás
ha perdido todos sus atributos positivos de ángel de luz, y se ha convertido en
el principal enemigo de Dios y del hombre, pero aún ha permanecido como un ser
personal, aunque inclinado a hacer el mal. El hombre, desde el pecado original,
ha oscurecido su gloria y deformado la imagen de Dios en sí mismo; y, aun así,
ha permanecido un ser personal: consciente, inteligente y activamente
intencional, oscilando entre Dios y Satanás, con su libre elección de ser
salvado por el primero o destruido por el segundo.
Dios es
actividad en sí mismo.
No sólo interviene de cuando en cuando con Sus maravillas y milagros en la vida
de los hombres y de las naciones, sino que está constante e incesantemente
activo sosteniendo y vivificando Su creación.
“Estando
cerca de cada uno de nosotros” (Hch 17,27) y “conociendo incluso los
pensamientos del hombre” (Sal 94,11), actúa y reacciona con diligencia en los
asuntos humanos: da o retira hijos, da o retira buenas cosechas, aprueba o
amenaza, concede paz a los fieles y provoca la guerra en contra los adoradores
del diablo.
Manda a
todos los elementos de la naturaleza —fuego y agua, granizo y tormentas— ya sea
para auxiliar a los justos oprimidos o para castigar a los impíos.
Llama a la langosta, a las orugas y a los gusanos “mi gran ejército” (Joel
2,25), al cual ordena devorar el sustento de los pecadores.
Es Él
quien “puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10,28).
Conoce “el número de nuestros cabellos”, y “ni un gorrión cae a tierra” sin Su
voluntad y Su conocimiento.
Todo
esto está atestiguado por innumerables pasajes de la Biblia.
Y no es todo: no hay una página de la Escritura que no haga referencia a Dios
—sí, a un Dios personal—, a Su voluntad y a Sus diversas actividades.
Toda la
Biblia afirma que Dios no sólo es el Primer Causante del mundo, sino también
que es, en todo momento, el Conservador personal de todas las cosas —el
Pantokrátor— del mundo, tal como lo confesamos en el primer artículo de nuestro
Credo.
Otro
factor causal es Satanás, el adversario de Dios, con sus huestes de espíritus
caídos.
Él es el causante personal de todo mal.
Desde su
caída —cuando, siendo Lucifer, perdió la gloria de “un querubín ungido” (Ez 28;
Is 14) y descendió a la tenebrosa fosa del infierno— no ha cesado de intentar
infiltrar el mal y la corrupción en cada parte de la creación de Dios,
especialmente en el hombre.
Envidioso de Dios y del hombre, es el enemigo de ambos.
Cristo
lo llamó “un asesino desde el principio” (Jn 8,44) y también “mentiroso y padre
de la mentira”. Es un poderoso gobernante del mal y de las tinieblas, pero
sigue siendo subordinado, aunque de mala gana, al todopoderoso Dios. Sólo con
el permiso de Dios puede dañar a los hombres y causar enfermedad, confusión,
dolor, discordia, muerte y destrucción.
Pero
cuanto más peca una persona o un pueblo contra Dios, mayor poder obtiene
Satanás sobre esa persona o ese pueblo. En la venida de nuestro Señor
Jesucristo, todo el mundo yacía en el mal a causa del terrible dominio de
Satanás sobre la humanidad endemoniada. El mundo entonces estaba lleno de
espíritus malignos como nunca antes.
Por esta
razón Satanás se atrevió a ofrecer a Cristo todos los reinos de la tierra y su
gloria, como si le pertenecieran.
¡Ladrón y mentiroso!
El
tercer factor causal en este mundo, según la Biblia, es el hombre. Con toda su
pequeñez y debilidad, el hombre es el premio más grande por el cual Satanás
lucha incansable y desesperadamente, y por el cual Dios, desde el principio,
estuvo dispuesto a morir.
Vacilando
entre Dios y Satanás, el hombre es sostenido por Dios y engañado por Satanás,
oscilando de un lado a otro, buscando luz, vida y felicidad en su breve
existencia sobre este planeta. Sin embargo, con toda su aparente
insignificancia en este inmenso universo, el hombre es capaz de cambiarlo
mediante su conducta. Confucio dijo: “Las nubes dan la lluvia o no la dan
conforme a la conducta de los hombres”.
Esta observación es aún más válida en el cristianismo, que cree en un Dios
personal, que otorga la lluvia.
Por la
fe y las virtudes —ante todo por la obediencia a Dios—, el hombre restablece en
sí la primacía sobre toda la naturaleza creada, como Dios al crearlo le había
confiado.
Pero por
su apostasía y corrupción, se destrona a sí mismo y queda bajo el dominio de la
naturaleza física, convirtiéndose en su esclavo. En lugar de mandar, obedece a
la naturaleza muda y lucha contra ella por su mera supervivencia, como aún
puede verse hoy en nuestra generación. Y en lugar de tener a Dios como su único
Señor, se ha ganado dos señores sobre sí, Satanás y la naturaleza; ambos
tiranizándolo. Por su fe y virtud, el hombre podía mover montañas, domar a las
bestias salvajes, vencer a sus agresores, cerrar los cielos, detener desastres,
sanar enfermos y resucitar muertos. Pero por sus pecados y vicios —sobre todo
por su apostasia de Dios, su único Amigo verdadero y todopoderoso— puede
provocar destrucciones, terremotos, inundaciones, pestes, eclipses y hambres,
agradando a Satanás y entristeciendo a Dios.
Así,
siguiendo a Dios, el hombre se hace Dios, y siguiendo al diablo, se hace
diablo. Pero, esté con Dios o con el adversario de Dios, el hombre ha sido
desde el principio, y sigue siendo ahora el punto central de este planeta, y
una de las tres causas más importantes de los acontecimientos y cambios en el
mundo. Y así, todo lo que ocurre en el escenario de este mundo, sucede, o por
la voluntad benevolente de Dios, o por la voluntad maligna de Satanás, o por el
hombre, mediante su libre elección entre el bien y el mal, lo correcto y lo
incorrecto.
Ahora
bien, cuando mencionamos sólo estos tres factores causales, Dios, Satanás y el
hombre, no debes pensar en tres meras personas, sino en formidables fuerzas
detrás de cada una de ellas. Detrás de Dios una multitud incontable de ángeles
de luz, tanto que cada hombre y cada nación tienen su propio ángel guardián.
Detrás de Satanás un horrible enjambre de espíritus malignos. tanto que toda
una legión de ellos solía atormentar a un solo hombre, aquel de Gadara. Detrás
del hombre, desde el vaciamiento del Hades por Cristo y su resurrección, hay ya
miles de millones de almas humanas que desde el otro mundo, desde la iglesia
triunfante, por su intercesión y amor, nos ayudan a nosotros, los muchos
millones de fieles de Cristo, que aún luchamos contra las fuerzas satánicas por
Cristo y por nuestra propia salvación. Porque nuestra principal lucha en este
mundo no es contra las adversidades naturales y físicas —que, en comparación,
es un combate pequeño, más propio de animales que de hombres—, sino, como dice
el visionario Pablo: “contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este mundo” (Ef 6,12), es decir, contra las
fuerzas satánicas del mal.
Y
nosotros, los cristianos, hemos sido y siempre seremos victoriosos sobre estas
fuerzas satánicas por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. ¿Por qué a través
de Él? Porque el amor es el poder más grande de entre todos los poderes visibles
e invisibles .Y Cristo
vino a la tierra y descendió a las regiones inferiores, hasta el propio nido
infernal de las huestes satánicas, para abatirlas y liberar al género humano,
movido únicamente por su amor purísimo al hombre.
Por eso
Él pudo, al término de su misión victoriosa, decir:
“Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18).
Y cuando dice toda potestad, lo dice literalmente: Todo poder, primero
el poder sobre Satanás y sus fuerzas satánicas, luego el poder sobre los
pecadores, el pecado y la muerte.
Pero ante
todo, sobre Satanás, el autor del pecado y de la muerte.
“Para
esto se manifestó el Hijo de Dios: para deshacer las obras del diablo” (1 Jn
3,8).
Por
tanto, nos regocijamos en nuestra fe de que nuestro Señor Jesucristo es el Señor
irresistible.
Y confesamos esta fe en cada liturgia al sellar el pan sagrado para la Santa
Comunión con las palabras: IC – XC – NI – KA.
Lee y
relee el Santo Evangelio: jamás encontrarás en las palabras de Cristo la más
mínima alusión a causas naturales o físicas de ningún suceso.
Clara como el sol meridiano es Su revelación: que sólo existen tres causas
personales en el mundo: Dios, el hombre y Satanás.
Su
principal obediencia fue hacia su Padre Celestial. Su principal obra de amor
fue la sanación de los cuerpos y las almas de los hombres. Y su principal
disputa con los fariseos fue acerca de su poder para expulsar los espíritus
malignos de los hombres y perdonar los pecados.
Respecto
de la naturaleza y a las leyes del llamado orden natural, manifestó un poder y
un señorío absolutos, inauditos hasta entonces.
Grabó con fuerza en los apóstoles que “ellos no eran del mundo”, pues —dijo Él—
“Yo os escogí del mundo” (Jn 15,19).
Ahora
bien, dado que los cristianos no son de este mundo, ciertamente no pueden
aceptar la teoría de los hombres de este mundo sobre las causas impersonales,
ininteligentes y accidentales de los procesos de las cosas y los
acontecimientos. También en nuestros libros litúrgicos encontrarás los mismos
tres factores causales personales que en el Evangelio.
Así también en la Vida de los Santos. Y lo mismo cree y siente el pueblo ortodoxo.
Por lo
tanto, quienquiera que hable de causas impersonales de las cosas, de los
acontecimientos y de los cambios en este mundo, está limitando el poder de
Dios, ignorando los poderes de las tinieblas y despreciando el papel y la
importancia del hombre. La Escritura no admite ni menciona causa alguna
impersonal ni ciegamente fortuita.
Ella enseña claramente que toda causa de cuanto existe o acontece procede de
seres personales superiores y de inteligencias personales.
A esta enseñanza del Santo Libro nos adherimos.
Por eso
no cedemos ante las teorías seculares o “científicas” que hablan de una
causalidad impersonal, irracional o accidental.
Y cuando digo “nosotros”, no aludo sólo a los grandes Padres de la Iglesia o a
los doctos maestros de la fe, sino al mismo tiempo al pueblo ortodoxo en su
conjunto.
Nuestro
pueblo jamás diría que un lobo causó la muerte de una oveja ; ni que una piedra caída causó
la herida del niño; ni que un tornado fue la causa de la destrucción de una
casa; ni que el buen tiempo fue la causa de una buena cosecha.
Nuestro
pueblo mira a través del velo del mundo físico hacia una esfera espiritual. Y
allí busca las verdaderas causas de esos acontecimientos. Siempre busca una
causa, o causas personales.
Y aunque
esto está en conformidad con la enseñanza de la Biblia, algunos que nos son
ajenos nos llaman místicos, y a nuestra fe, misticismo o superstición. Sin
embargo, nuestro “misticismo” no es más que una mirada más profunda a las
realidades espirituales —a las inteligencias— que están causando personalmente
todo lo que es o sucede, valiéndose de los elementos naturales tan sólo como
sus instrumentos, herramientas, canales, símbolos o señales.
Todo
esto nos lleva a las siguientes conclusiones. Ante todo, el cristianismo no es
tanto una religión de principios, reglas y preceptos, sino principalmente y
sobre todo de apegos personales. En primer lugar, un afectuoso apego a la
persona de nuestro Señor Jesucristo y por medio de él a los demás miembros de
su iglesia, vivos y muertos.
En
segundo término, nuestra doctrina ortodoxa de la causalidad personal en todo el
ámbito de la naturaleza y de la historia del mundo es, fuera de toda duda, la
doctrina bíblica.
Los Padres de la Iglesia la adoptaron íntegramente y la explicaron, y se
mantiene con claridad en la conciencia del pueblo ortodoxo.
Los
beneficios que extraemos de este personalismo aplicado a la doctrina de la
causalidad son innumerables.
Nos impulsa a mirar más allá de lo visible, hacia la esfera de las
inteligencias invisibles que causan y dirigen el drama del mundo.
Agudiza,
más que nada, nuestro poder de pensamiento, nuestra propia inteligencia.
Por
medio de la misma estamos constantemente conscientes de la presencia de nuestro
amigo, Cristo el Salvador, a quien oramos, y también de nuestro archienemigo,
Satanás, a quien debemos combatir y evitar.
Nos
ayuda a formar caracteres fuertes, personales, firmes.
Nos inspira un espíritu de heroísmo optimista frente al sufrimiento, al
sacrificio y al martirio por Cristo, como lo demuestra la historia de nuestra
Iglesia.
Todos
estos y otros beneficios no los posee el seguidor de la doctrina de la
causalidad impersonal, ni siquiera el mayor de ellos: el conocimiento de la
verdad.

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