padre Serafín Rose
Ahora
llegamos al periodo que se sitúa entre el Renacimiento y los tiempos modernos,
el cual tiene una esencia definida propia. Una de las obras clásicas sobre este
periodo, escrita por Paul Hazard, se titula, La Crisis de la Mente
Europea. En esta obra él afirma, «Entonces se ha operado una crisis en la
conciencia europea; El periodo comprendido entre el Renacimiento, de la que deriva
de forma lineal, y la Revolución Francesa, para la que iba templando sus armas,
es una época que no queda por debajo de ninguna otra en cuanto a su importancia
histórica.»[i] Este
es el comienzo de la era clásica de la Europa moderna.
El mismo
autor afirma, «El espíritu clásico, en su fuerza, gusta de la estabilidad:
quisiera ser la estabilidad misma. Después del Renacimiento y de la Reforma,
grandes aventuras, ha venido la época del recogimiento. Se ha sustraído la
política, la religión, la sociedad, el arte, a las discusiones interminables, a
la crítica insatisfecha; el pobre navío humano ha encontrado el puerto: ¡ojalá
permanezca en él mucho tiempo, siempre! El orden reina en la vida: ¿por qué
intentar, fuera del sistema cerrado que se ha reconocido como excelente,
experiencias que volverían a ponerlo todo en cuestión? Se tiene miedo del
espacio que contiene las sorpresas; y se querría, si fuera posible, detener el
tiempo. En Versalles, el visitante tiene la impresión de que las aguas mismas
no se derraman; se las capta, se las obliga de nuevo, se las vuelve a lanzar
hacia el cielo: como si se las quisiera hacer servir eternamente»[ii].
Este
periodo entre el Renacimiento y los tiempos modernos es el primer intento real
de hacer una síntesis armoniosa de todas las nuevas fuerzas desencadenadas por
el hombre medieval, el renacentista y el de la Reforma. Con esta tentativa no
se pretendía abandonar el fundamento cristiano, aunque éste era en realidad
bastante difuso. Así es como es bastante diferente de lo que se está intentando
hoy, hacer una síntesis sin cristianismo, o más bien con un
cristianismo mucho más diluido. Analizaremos algunos aspectos de este esfuerzo
de armonización y veremos por qué este proyecto no podía sostenerse.
El
primer aspecto de esta nueva época clásica, de esta nueva armonía, es el
predominio de la perspectiva científica, ejemplificada por la “máquina del
mundo” de Isaac Newton. La “Era de Newton”, el temprano iluminismo (él murió en
la década de 1720, creo, su gran libro salió en la década de 1690): «cuando la
ciencia y la religión racional parecían estar de acuerdo en que todo estaba
bien con el mundo, y las artes florecieron de una manera que nunca más
volverían a florecer en Occidente. Antes de este tiempo, Occidente había
conocido varios siglos de fermento intelectual e incluso caos mientras la
síntesis medieval católica-romana colapsaba y nuevas fuerzas se hacían sentir y
llevaban a disputas acaloradas y guerras sangrientas»[iii].
Los objetivos prácticos de las guerras de religión terminaron en 1648, con el
fin de la Guerra de los Treinta Años, que había devastado Alemania y casi
destruido todo lo más importante de sus dos siglos de historia.
«El
protestantismo se había revelado contra la complejidad y la corrupción en el
catolicismo romano, hubo un renacimiento del pensamiento y el arte paganos
antiguos, un nuevo humanismo había descubierto al hombre natural y empujado la
idea de Dios cada vez más al fondo y, lo más significativo para el futuro, la
ciencia reemplazó a la teología como el estándar del conocimiento. Y el estudio
de la naturaleza y sus leyes llegó a parecer la búsqueda intelectual más
importante.
Sin
embargo, para los siglos XVII y principios del XVIII, se alcanzó un cierto
equilibrio y armonía en el pensamiento occidental. El cristianismo no fue,
después de todo, derrocado por las nuevas ideas, en la próxima lección veremos
qué tipo de cristianismo era éste, sino que se adaptó al nuevo espíritu. Y las
dificultades y contradicciones de las ideas modernas naturalistas y
racionalistas aún no se habían hecho sentir. Particularmente en la parte más
ilustrada de Europa Occidental, Inglaterra, Francia y Alemania, casi parecía
que había llegado una edad de oro, especialmente en contraste con las guerras
religiosas que habían devastado estos países hasta mediados del siglo XVII. El
hombre ilustrado creía en un Dios cuya existencia podía demostrarse racionalmente
y en una religión natural, era tolerante con las creencias de los demás y
estaba convencido de que todo en el mundo podía explicarse por la ciencia
moderna, cuyos últimos descubrimientos y avances seguía con entusiasmo. El
mundo se veía como una vasta máquina en perpetuo movimiento cuyo cada
movimiento podía describirse matemáticamente. Era un gran universo armonioso
ordenado, no jerárquicamente como en la Edad Media o en el pensamiento
ortodoxo, sino como un sistema matemático uniforme. La obra clásica que expresa
estas ideas, Principia Mathematica, de Newton, fue recibida con
aclamación universal cuando apareció en 1687, mostrando que el mundo educado de
ese tiempo estaba completamente maduro para este nuevo Evangelio.»[iv]
Otra
obra clásica sobre el pensamiento moderno, La formación del pensamiento
moderno, de Randall, discute algunos de estos elementos que entraron en
esta visión del universo.
«Los
treinta años transcurridos desde que Galileo había publicado sus Diálogos
sobre los dos máximos sistemas, [Nota del p. Serafín Rose: Es decir, los
sistemas heliocéntrico y geocéntrico] habían contemplado un enorme cambio
intelectual. Mientras Galileo todavía estaba discutiendo con el pasado, [Nota
del p. Serafín Rose: y vemos que casi fue quemado en la hoguera hasta que se
retractó de su error y que luego susurrando dijo “Y sin embargo, la tierra se
mueve”], Newton desconoce las antiguas polémicas y, dirigiendo su mirada por
entero hacia el futuro, tranquilamente enuncia definiciones, principios, y
pruebas que desde entonces han formado las bases de la ciencia natural. Galileo
representa el asalto; después de una sola generación llega la victoria. El mismo
Newton realizó dos notables descubrimientos: creó el método matemático, capaz
de descubrir el movimiento mecánico, y los aplicó universalmente. Al fin se
realizaba el sueño de Descartes: los hombres habían llegado a una completa
interpretación mecánica del mundo en términos deductivos, matemáticos, exactos.
Al colocar así la piedra angular en el arco de la ciencia del siglo XVII,
Newton estampaba apropiadamente su nombre en la imagen del universo que habría
de permanecer intacta en sus grandes líneas hasta Darwin; había realizado el
bosquejo del mundo newtoniano que durante todo el siglo XVIII habría de
constituir la suprema verdad científica.»[v]
En
Francia, hacia el final de esta época, aparece la Enciclopedia, una empresa de
gran envergadura emprendida principalmente por Diderot, con el objetivo de
reunir en un solo gran libro – compuesto por varios volúmenes – todo el saber.
Debe entenderse ante todo que esta misma idea de la enciclopedia es algo
bastante nuevo, es decir, la idea de reunir todo el conocimiento en un solo
lugar y ordenarlo, aunque solo sea alfabéticamente, como ocurre en las
enciclopedias más recientes, representa algo completamente nuevo. De este modo,
todo queda de algún modo aplanado y encerrado dentro de los límites de un
determinado número de páginas, de tal forma que, si uno quiere averiguar algo
sobre cualquier tema, simplemente mira el índice o busca alfabéticamente y
encuentra el artículo correspondiente.
Debe decirse que en otras naciones que
también tenían, en cierto modo, la idea de un conocimiento universal, como
China, existieron igualmente enciclopedias. Pero esas enciclopedias eran
bastante diferentes porque allí, todavía existía la idea jerárquica y por
ejemplo, las grandes enciclopedias chinas de hace mil años o más estaban
organizadas de manera tal que el primer volumen trataba de los “Cielos”, luego seguía
el “Emperador”, luego las ciencias superiores, y gradualmente progresaban hasta
llegar al final a los asuntos que ocupaban la esfera de lo terreno. Mientras que,
en la nueva concepción de la Enciclopedia, todo está aplanado. Uno puede
conocer una página de la enciclopedia y no saber nada de todo lo demás y, aun
así, limitarse a ser especialista únicamente en eso. Por lo tanto, este es un
tipo de conocimiento muy fragmentario. Y quizá solo la persona que lo compilara
en su totalidad lo conocería todo… aunque, en realidad, no lo hace una sola
persona, sino muchas, de modo que, en verdad, nadie conoce el todo.
Diderot
mismo, aunque subestimó las matemáticas, no obstante, su idea de conocimiento,
el ideal de un saber universal es el mismo que el de todas las demás personas
de su época. Él dice, «Estamos en el punto de una gran revolución en las
ciencias. Juzgando por la inclinación que las mejores mentes parecen tener por
la moral, por las belles-lettres, por la historia natural y por la
física experimental, casi me atrevo a predecir que antes de que pasen cien años
no habrá tres grandes matemáticos en Europa. La ciencia, habrá erigido los
pilares de Hércules, los hombres no irán más allá, sus obras durarán a través
de los siglos venideros como las pirámides de Egipto, cuyos volúmenes,
inscritos con jeroglíficos, despiertan en nosotros la idea asombrosa del poder
y los recursos de los hombres que las construyeron».[vi]
Vemos que tenían la idea de que ahora iban a tener la definición final de la
naturaleza, de la ciencia, y recopilar todo el conocimiento que existe,
convencidos de que la labor concluiría en breve.
En esta
nueva síntesis, la idea de la naturaleza en realidad reemplaza a Dios como la
idea central, aunque veremos que la idea de Dios no fue desechada hasta el
final de este periodo. Uno de los pensadores franceses de finales del siglo
XVIII, Holbach, describe así su adoración de la naturaleza:
«Los
hombres se equivocarán siempre, cuando abandonen la experiencia en favor de
sistemas originados en la imaginación. El hombre es obra de la Naturaleza:
existe en ella, está sometido a sus leyes y no puede liberarse o salir de ella
ni siquiera por el pensamiento. En vano su espíritu quiere lanzarse más allá de
las fronteras del mundo visible; siempre se verá obligado a regresar. Para un
ser formado por la Naturaleza y circunscrito a ella, no existe nada más allá
del gran todo del que forma parte y a cuyas influencias está sujeto. Los seres
que se suponen más allá de la Naturaleza o distintos de ella serán siempre
quimeras de las cuales no nos será jamás posible formarnos ideas verdaderas, ni
del lugar que ocupan, ni de su manera de actuar. No hay ni puede haber nada
fuera del recinto que contiene todos los seres»[vii],
es decir, fuera de esa naturaleza que incluye a todos los seres.
«El
Universo, este vasto conglomerado de todo lo que existe, no nos ofrece en todas
partes más que materia y movimiento: su conjunto nos muestra una cadena inmensa
e ininterrumpida de causas y efectos. (…) De este modo, la Naturaleza, en el
sentido más extenso, es el gran todo que resulta del ensamblaje de las
diferentes materias, de sus diferentes combinaciones, de los diversos movimientos
que vemos en el Universo.»[viii]
En
Voltaire, la naturaleza le dice al hombre de ciencia. “Mi pobre hijo ¿te diré
la verdad? Se me ha dado un nombre que no me corresponde en modo alguno. Se me
llama Naturaleza, pero en realidad soy Arte”[ix],
el arte de Dios. [Nota del p. Serafín Rose: es el Dios deísta de ese periodo]
Uno de los principales discípulos de Newton resume la cuestión así:
«La
ciencia natural se subordina a propósitos más elevados y su valor reside
principalmente en que sirve de seguro fundamento a la religión natural y a la
filosofía moral, conduciéndonos de una manera satisfactoria, al conocimiento
del Autor y Gobernador del universo… Estudiar la naturaleza es estudiar su
obra; cada nuevo descubrimiento nos revela un nuevo aspecto de su plan…
Nuestras concepciones de la Naturaleza, por imperfectas que sean, sirven para
representarnos de la manera más sensata que una poderosa fuerza que prevalece
por todas partes, actuando con una fuerza y eficacia que no parecen sufrir
disminución a través de la mayores distancias del espacio o intervalos del
tiempo, y la sabiduría que podemos ver igualmente en la exquisita estructura y
ajustados movimientos tanto en las partes más grandes como en las más sutiles.
Estas cosas y la perfecta bondad que evidentemente las dirigen constituyen el
supremo objeto de las especulaciones del filósofo que, al contemplar y admirar
un sistema tan excelente no puede menos de sentirse estimulado y admirado a
corresponder con la armonía general de la naturaleza»[x]
De
nuevo, dice Holbach sobre la naturaleza:
«Tu,
– dice esta Naturaleza al hombre – que siguiendo el impulso que te he dado,
tiendes incesantemente durante toda tu existencia a la felicidad. No trates de
resistir mi ley suprema. Esfuérzate por obtener tu propia felicidad; participa
sin temor del banquete que se presenta ante ti, dándole la más sincera
bienvenida. Encontrarás los medios legiblemente escritos en tu corazón.
Atrévete, pues, a liberarte de las trabas de la superstición, mi vanidosa y
pragmática rival, que se arroga mis derechos. Denuncia las huecas teorías que
usurpan mis privilegios; retorna al dominio de mis leyes que, por severas que
sean, son suaves en comparación con las del fanatismo. Sólo en mi imperio reina
la verdadera felicidad. No se conoce la tiranía en su suelo; la esclavitud se
ha desterrado para siempre de sus adeptos. La igualdad vigila incesantemente
los derechos de todos mis súbditos, los mantiene en la posesión de sus justas
reclamaciones. La benevolencia conecta a los seres humanos con lazos de
amistad; la verdad los ilumina; jamás podrá cegarlos la impostura con sus
brumas oscurecedoras. ¡Retorna, pues, hijo mío, a los brazos de tu madre que te
nutre! ¡Desertor, vuelve tus errantes pasos a la Naturaleza! Ella te consolará
de tus males; ella quitará de tu corazón los grandes temores que te abruman...
¡Vuelve a la Naturaleza, a la humanidad, a ti mismo! Goza y haz que los demás
también gocen las comodidades que con mano generosa he puesto al alcance de
todas las criaturas de la tierra, que, todas por igual, han surgido de mi
seno... Estos placeres te están libremente permitidos si te entregas a ellos
con moderación y con la discreción que yo misma he fijado. ¡Sé feliz, pues, oh
hombre!»[xi]
Y a
continuación dice:
«¡Oh
Naturaleza, reina de todos los seres, y vosotras, sus adorables hijas, Virtud,
Razón y Verdad, permaneced siempre como nuestras reverenciadas protectoras! A
vosotros pertenecen las alabanzas de la especie humana; a vosotras corresponden
los homenajes de la tierra. Muéstranos, pues, oh Naturaleza, lo que el hombre
debe hacer para obtener la felicidad que le hacéis desear. ¡Virtud, anímalo con
tu fuego benéfico! Razón, conduce sus inciertos pasos a través de los caminos
de la vida. Verdad, que tu antorcha ilumine su intelecto y disipe las tinieblas
de su camino. ¡Unid, oh diosas favorables, vuestros poderes para someter los
corazones de los hombres a vuestro dominio! ¡Desterrad el error de nuestros
espíritus, la maldad de nuestros corazones, la confusión de nuestros pasos!
¡Haced que el conocimiento extienda su saludable reino y que la serenidad se
aloje en nuestros pechos!»[xii]
Véase
qué ideal tan armonioso era este: la naturaleza gobernando, sobre todo, los
misterios de la naturaleza siendo descubiertos, Dios todavía en su cielo –aunque
sin hacer gran cosa –, y el conocimiento científico progresando por todo el
mundo. El naturalista Buffon incluso dijo, al describir a los antiguos
astrónomos babilonios:
«Aquel
pueblo primitivo era muy feliz, porque era muy científico”.[xiii]
La felicidad se concebía unida al saber científico; en nuestros días, parece
suceder lo contrario.»
Y
nuevamente dice:
«¿Qué
entusiasmo puede ser más noble que creer al hombre capaz de conocer todas las
fuerzas y de descubrir con su trabajo todos los secretos de la naturaleza? »[xiv]
Por
ende, los grandes filósofos de este período solo tenían que descubrir todo el
sistema de la naturaleza, ya para este momento tenemos a los grandes sistemas
metafísicos del momento, cuando el filósofo podía sentarse en su cómodo sillón
frente a su escritorio, leer todos los resultados de la investigación
científica y los escritos de los filósofos anteriores, y elaborar su propio
sistema de lo que es la naturaleza. Así tenemos a Spinoza sentado y elaborando
la idea de que existen dos sistemas paralelos, mente y materia; y ambos son
Dios. Y Leibniz surge con la idea de la mónada, un átomo primario que es la
base de todo lo demás, lo cual explica tanto a la mente como la materia. Y
Descartes, sentado en su gabinete de estudio, descubre que todo en la
naturaleza procede del conocimiento, de la intuición de las ideas claras y
distintas.
Todos
estos sistemas, por supuesto, competían entre sí y, con el tiempo, unos
acabaron derribando a otros; y otros sistemas los reemplazaron a su vez. Pero
el ideal de una verdadera filosofía de la naturaleza nunca se realizó. En este
período esto aún no está completamente realizado. Y se consideraba a la ciencia
de ser el tipo de conocimiento que llevaría a los hombres a la verdad.
Todo
este período es de gran optimismo y está bien resumido en el poeta Alexander
Pope, quien veía a Newton como el ideal. Unas pocas palabras resumen el
espíritu que la gente tenía, el sentimiento que la gente tenía sobre la época
en la que vivían y la verdadera filosofía que ahora se estaba elaborando a
partir de la ciencia moderna:
«Todos son partes de un todo
estupendo, cuyo cuerpo es la naturaleza y Dios el alma.
Toda la naturaleza no es más que
arte que desconoces,
Toda casualidad, dirección que no
puedes ver;
Toda discordia, armonía
incomprendida;
Todo mal parcial, bien universal;
Y, a pesar del orgullo,
Y a pesar del despecho de la
mente errada,
Una verdad es clara,
Lo que es, es como debe ser.
La naturaleza y sus leyes yacían
ocultas en la noche;
y Dios dijo “que sea Newton” y
todo se hizo luz» [xv]
Retrato de Voltaire
El
“Mundo Feliz” Cándido.
«Pero
en la edad de la razón un Voltaire empleaba el empirismo para destruir la
religión revelada, la monarquía absoluta y el ascetismo cristiano; pero el
mismo Voltaire utilizaba la razón para erigir una teología racional, un derecho
natural y una ley moral natural.»[xvi]
«Voltaire
lo expresó terminantemente: “Entiendo por religión natural los principios de la
moralidad comunes a la especie humana.” No contenía otra cosa. Ortodoxos y
radicales aceptaban igualmente este credo como contenido esencial de la
tradición religiosa del cristianismo.»[xvii]
«Ante
la cuestión del gobierno moral del mundo, el secular problema del mal no
encontraban soluciones mejores que sus antecesores. En este caso también lo
único que podían hacer era tener fe en que el orden racional debía ser un orden
moral. Algunos, como Leibniz, llenaron muchas cuartillas para probar que este
es el mejor de los mundos posibles, creencia a veces llamada “optimismo”, pero
que a muchos les da la impresión de que es el colmo del pesimismo: ¡Si este es
el mejor de los mundos posibles, que Dios se apiade del hombre! El retintín de
los versos de Pope “Todo lo que es, es justo” sonaba sospechosamente en los
oídos del siglo XVIII como la melodía que se silba para conservar el valor.
Otros, como Voltaire, eran demasiado conscientes de las injusticias cometidas
por la naturaleza y el hombre contra el hombre, para no rebelarse ante esta
fe; Cándido, el más famoso de los cuentos de Voltaire, es una
extensa sátira de la posición de Leibniz.»[xviii]
«Pero
la principal disensión de Voltaire con el patriotismo se debe a la razón de que
el patriotismo parece requerir el odio del resto del género humano. Amar a la
patria significa comúnmente odiar a todos los países extranjeros. (…) De aquí
que contra la locura del patriota, Voltaire llevase una incesante guerra satírica.
Todos recuerdan la sátira de los primeros capítulos de Cándido,
donde el héroe es engañosamente alistado en el ejército del rey de los búlgaros
en su guerra contra los ábares»[xix]
[Cita
del p. Serafín Rose de la primera parte de Cándido] «No había nada
en el mundo más bello, más ágil, más brillante, más bien organizado que
aquellos dos ejércitos. Las trompetas, pífanos, oboes, tambores, cañones
formaban tal armonía que ni en el infierno existiera cosa igual. En primer
lugar, la artillería abatió casi seis mil hombres de cada bando; (…) Cándido,
que temblaba como una hoja, se escondió como pudo durante esta heroica
carnicería. (…) Por el suelo estaban esparcidos sesos mezclados con brazos y
piernas amputados. Cándido huyó a todo correr a otro pueblo. (…) Cándido,
avanzando también sobre miembros aún con vida, o a través de ruinas, llegó por
fin a territorio sin guerra.»[xx]
Sueños
de la unidad de la humanidad, descubrimiento, misterios de la naturaleza,
felicidad en la tierra, progreso y edad dorada del arte.
Fe en
el Progreso[1]
«Los
grandes apóstoles de la Ilustración esperaban construir en la realidad la
sociedad humana ideal mediante la difusión de la razón y de la ciencia entre
los individuos, especialmente. Con esta difusión esperaban alcanzar una
verdadera edad de oro en el futuro. Desde los comienzos del siglo fueron
creciendo las alabanzas al progreso que habría de lograrse mediante la
educación. Locke, Helvecio y Bentham echaron las bases de este sueño generoso;
todos los hombres, cualquiera fuera su escuela – con la única excepción de
aquellos que, como Malthus, se aferraban a la doctrina cristiana del pecado
original –creían con todo el ardor de su ser en la perfectibilidad de la
especie humana. Por fin la humanidad tenía en sus propias manos la llave de su
destino: podía hacer del futuro casi lo que quisiera. Al destruir los tontos
errores del pasado y volver a un cultivo racional de la naturaleza no quedaban
casi límites que el bienestar humano no pudiera superar.
Es
difícil darnos cuenta cuán reciente es esta fe en el progreso. El mundo antiguo
no parece haber tenido idea de ella; griegos y romanos miraban
retrospectivamente a una edad de oro de la que el hombre había degenerado. La
Edad Media no podía, naturalmente, tolerar esta idea. El Renacimiento, que en
efecto realizó tanto, no podía imaginar que el hombre jamás pudiera alcanzar el
nivel de la gloriosa Antigüedad; sus pensamientos se dirigían enteramente al
pasado. Sólo con el crecimiento de la ciencia en el siglo XVII los hombres
pudieron atreverse a fomentar ambición tan presuntuosa. A Fontenelle, cuya
larga vida alcanzó desde los días de Descartes hasta los de la Enciclopedia,
corresponde principalmente el mérito de haber introducido la fe en el progreso
que tuvo el siglo XVIII. Divulgador de la ciencia cartesiana, esperaba que
Europa no sólo
igualaría sino que
aun superaría
a la Antigüedad
mediante su ciencia y su razón.
Todos los hombres, decía,
están hechos
del mismo paño;
somos como Platón
y Homero, y tenemos un cúmulo de experiencias mucho más rico que ellos. Se
reverencia la mayoría de edad por su sabiduría y su experiencia; pero somos
nosotros los modernos quienes realmente representamos la antigüedad del mundo,
y los antiguos quienes vivieron en su juventud. Un hombre de ciencia actual
sabe diez veces más que un científico de la época Augusto. Y mientras los
hombres continúen acumulando conocimientos, el progreso será tan inevitable
como el crecimiento de un árbol; además, no hay razón para esperar que esta
acumulación haya de cesar.
Esta
opinión podrá parecernos casi una perogrullada; pero a los contemporáneos de
Fontenelle se les antojaba rancia herejía. El mismo Fontenelle se vió envuelto
en una furiosa batalla, y todos en Francia tomaron partido en el conflicto
entre los antiguos y los modernos. En La batalla de los libros de
Swift quedó inmortalizado un pálido reflejo de lo que fue la controversia en
Inglaterra. Pero no había dudas sobre cuál había de ser el resultado final;
todos los hombres de ciencia, desde Descartes en adelante, despreciaban a los
antiguos, y triunfaron por su fe en el progreso. Hacia mediados del siglo
siguiente se había reconocido que sólo en literatura el mundo antiguo podía
retener su superioridad. Cuando el surgimiento de la escuela romántica rechazó
el gusto clásico, los antiguos perdieron la batalla aun en el campo de las
letras.
Condorcet
había de compendiar la confianza y esperanzas de toda su época.»
A
finales del siglo XVIII aparece un gran filósofo del progreso, Condorcet, quien
escribió una historia del progreso del espíritu humano en la que decía:
«El
resultado de mi obra será mostrar, por el razonamiento y por los hechos, que el
perfeccionamiento de las facultades del hombre no tiene límites; que la
perfectibilidad humana es realmente infinita, que el progreso de esta
perfectibilidad, desde ahora independiente de todo poder que pudiera querer
detenerlo, no tiene otros límites que la duración del globo en que la
naturaleza nos ha colocado. Sin duda este progreso puede marchar a un paso más
o menos rápido, pero jamás retrocederá. Por lo menos, mientras la tierra ocupe
el mismo lugar en el sistema del universo y las leyes generales de este sistema
no produzcan la destrucción general del globo, o cambios que ya no permitieran
la conservación del género humano, la utilización de las mismas capacidades y
el descubrimiento de los mismos recursos.»
El creía que los principios de la Revolución,
se difundirán por sobre toda la tierra; la libertad y la igualdad – la auténtica
igualdad económica, social e intelectual – se fortalecerán continuamente; que
reinaría la paz en la tierra:
«se
considerará que la guerra es la mayor de las pestes y el mayor de los crímenes”. Más
aún; la mejor organización del saber y mejoras inteligentes de la cualidad del
organismo humano en sí mismo, llevarán no sólo a la desaparición de la
enfermedad y a la indefinida prolongación de la vida humana, sino al logro
efectivo de las perfectas condiciones del bienestar del hombre.
En
medio de estos males personales concluye poniendo una nota de sublime
esperanza:
¡Qué
cuadro del género humano, librado de sus cadenas, alejado del imperio del azar
y de los enemigos de su progreso, y avanzando con paso firme y seguro por el
sendero de la verdad, de la virtud y de la felicidad, se levanta ante el
filósofo para consolarlo de los errores, los crímenes y las injusticias con que
todavía se mancilla la tierra, y de las que a menudo él mismo es víctima!. Es
al contemplar esta visión que el filósofo recibe la recompensa por sus
esfuerzos en favor del progreso de la razón, y de la defensa de la libertad. Se
atreve entonces a unirlos a la eterna cadena del destino humano; es aquí donde
encuentra la auténtica recompensa de la virtud, el placer de haber creado un
bien duradero, que el destino no puede destruir por medio de ninguna tremenda
compensación, volviendo a introducir el prejuicio y la esclavitud. Esta
contemplación es para él el asilo hasta donde el recuerdo de sus perseguidores
no puede alcanzarlo; donde, viviendo mentalmente con el hombre asentado en sus
derechos y en la dignidad de su naturaleza, olvida a quien el miedo, la envidia
o la avaricia atormentan y corrompen; es allí donde verdaderamente existe con
sus camaradas, en un paraíso que su razón ha creado, y que su amor por la
humanidad enriquece con el más puro de los goces.
Podemos
concluir nuestra consideración del siglo XVIII con dos expresiones de lo que
sus proezas significaban para quienes vivieron en él. La primera procede de una
historia de la filosofía escrita en 1796 por J. G. Buhle.
“Nos
estamos aproximando al período más reciente de la historia de la filosofía, que
es el periodo más brillante y notable de la filosofía, así como de las
ciencias, las artes y de la civilización humana en general. La simiente
plantada en los siglos que le precedieron inmediatamente comenzó a florecer en
el siglo XVIII. De ningún siglo puede decirse con tanta verdad como del XVIII
que utilizó las conquistas de sus predecesores para dar a la humanidad una
mayor perfección física, intelectual y moral. Ha alcanzado una altura que, si
se consideran las limitaciones de la naturaleza humana y el curso de nuestra
experiencia pasada, deberíamos sorprendernos si el genio de las generaciones
futuras pudiera mantener.”
En
la punta del campanario de la iglesia de Santa Margarita, en Gotha, Alemania,
recientemente se descubrió este mensaje, dejado allí en 1784 para que la
posteridad lo leyera:
“Nuestra
época ocupa el período más feliz del siglo XVIII. Los emperadores, los reyes y
los príncipes descienden humanamente de sus temidas alturas, desprecian la
pompa y el esplendor, se convierten en padres, amigos y confidentes de su
pueblo. La religión hace trizas las vestiduras sacerdotales y aparece en su
esencia divina. La ilustración hace grandes avances. Miles de nuestros hermanos
y hermanas que antes vivían en santa inactividad son devueltos al Estado.
Desaparecen los odios sectarios y las persecuciones por motivos de conciencia.
El amor hacia el prójimo y la libertad de pensamiento ganan supremacía.
Florecen las artes y las ciencias, y nuestra mirada penetra profundamente en el
taller de la naturaleza. Tanto los artesanos como los artistas alcanzan la
perfección; los conocimientos útiles aumentan en todas las clases de la
sociedad. He aquí una fiel descripción de nuestro tiempo. No nos miréis con
arrogancia si estáis más alto que nosotros o veis más que nosotros. Reconoced
más bien en el cuadro que hemos presentado cuán valiente y enérgicamente hemos
luchado para elevaros al puesto que ahora ocupáis y para apoyaros en él. Haced
lo mismo por vuestros descendientes y que seáis felices.”»[xxi]
Cuando
analizamos estas ideas sobre la naturaleza, el arte y la virtud, cuando
pensamos en la idea de que existe la posibilidad de que el hombre sea feliz en
esta tierra, de que pueda poseer un conocimiento perfecto y de que las artes
florezcan, se nos dice, en realidad, de manera directa, que estamos ante la
idea de un paraíso en la tierra.
Esta
es la base de lo que ha estado sucediendo en el mundo durante los últimos dos
siglos. La mayoría de las ideas por las cuales la gente vive hoy en día
provienen de este período. Y si ahora este temprano optimismo parece bastante
ingenuo, todavía tenemos que entender por qué es ingenuo, por
qué no corresponde a la verdad. Por lo tanto, tendremos que examinar el núcleo
de esta filosofía positiva para descubrir qué gérmenes, ya presentes en aquella
época, condujeron a sus consecuencias negativas y al derrumbe de esa filosofía
optimista.
Pero
antes de hacer eso, tendremos que mirar otra cosa muy interesante.
Aunque
todo esto pareciera – si se piensa bien – ser muy superficial, ser una especie
de burla del cristianismo; aún es muy cierto que en este período hubo un gran
florecimiento de las artes. De hecho, muchas personas dirían que las artes en
Occidente nunca volvieron al estándar de este período; particularmente en la
música, fue, sin duda, la época dorada de la música occidental moderna.
Por
lo que tendremos que examinar este lado positivo para entender por qué pudo
darse un florecimiento artístico tan rico y que aparenta ser profundo, aun
cuando se edificó sobre una base filosófica aparentemente frágil y superficial.
Este será el tema de nuestra próxima exposición.
