martes, 3 de noviembre de 2026

LOS JESUITAS, LA GUERRA Y LA REVOLUCIÓN

Capitulo 24 traducido del francés de la obra de Pierre Dominique La Politique des Jésuites (La política de los jesuitas) donde relata las implicaciones de los jesuitas en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial en contra del Imperio Ruso-


Pierre Dominique

LOS JESUITAS, LA GUERRA Y LA REVOLUCIÓN


Pero volvamos atrás, escuchemos el toque de alarma del 2 de agosto de 1914. En aquél instante, los jesuitas superaban el número de veinte mil integrantes. En Italia contaban con mil seiscientos doce, en Alemania, cuatro mil doscientos veinticinco, en Francia, tres mil setenta y uno, en España tres mil cincuenta, en Inglaterra y EEUU tres mil setecientos cincuenta y ocho. Su influencia crecía por tanto en los países protestantes y particularmente en la América protestante; aun así, un importante número de ellos todavía provenía de dos naciones donde la religión de Estado es el catolicismo: España y, sobre todo, Austria-Hungría.

Repentinamente, estalla la guerra, una guerra que pocos creían posible y que nosotros nos permitimos considerar como el principio de una suerte de Apocalipsis o, si se quiere, como una ¨mutación brusca¨ cuyo desarrollo no ha terminado y que presagia y prepara quizá la venida de los nuevos tiempos, ¨del reino del Espíritu¨.

Sin embargo, en agosto de 1914, no se buscaba tal cosa. ¿De qué se trataba, entonces, para los Habsburgo? De castigar a Serbia, pueblo ortodoxo. El prestigio de Austria-Hungría, de esta dinastía que, junto a los Borbones de España, eran el último sostén de los jesuitas, sobre todo el prestigio del heredero, Francisco Fernando (su hombre), se incrementaría considerablemente. Para Roma, la cuestión tomaba un cariz marcadamente religioso: un triunfo de la monarquía apostólica sobre el zarismo podía considerarse una victoria de Roma sobre los cismáticos de Oriente.

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En vísperas de su muerte, Jaurès, luego de una reunión con Bienvenue-Martin (quien ocupaba el ministerio de Asuntos Extranjeros de forma interina), le declara a Bedouce, su colega socialista:

Es un golpe de los jesuitas.

¿Acaso el gran orador socialista había cedido al delirio? Sobre este punto disponemos de una serie de documentos cuyo análisis ha sido perfectamente realizado por el conde Sforza, embajador de Italia en París antes del fascismo, luego ministro de Exteriores a partir de 1945. Lo más sencillo será citarlo directamente:

“Desde el momento en el cual el peligro de guerra fue evidente, el conde Palffy, encargado de negocios austríaco ante el Vaticano, informa repetidamente al secretario de Estado de Pío X, el cardenal Merry del Val, sobre las intenciones y ¨deberes¨ de la Doble monarquía. Las respuestas del cardenal quedaron consignadas en la correspondencia diplomática de la embajada austro-húngara, correspondencia que yo he observado. De allí resulta que el Vaticano veía con satisfacción, al menos en un principio, que se llevase a cabo una empresa militar en la cual la destrucción de Serbia entrañase una disminución en la influencia de Rusia. El prestigio de ésta [Rusia] era detestado por la Iglesia romana, que cifraba ahí al obstáculo principal de una reconciliación con las Iglesias de Oriente. En estas conversaciones, el Secretario de Estado habla expresamente a nombre del Papa, quien, según el representante austríaco, lamentaba que Austria no hubiera infligido antes a los serbios el castigo que merecían.”

Y el conde Sforza cita un despacho del conde Palffy al conde Berchtold, del 29 de julio:

“Después de la conversación que tuve ya hace dos días con el cardenal secretario de Estado, él vino espontáneamente a hablarme de los grandes problemas y cuestiones que agitan en este momento a Europa. Me fue imposible percibir en las palabras de su eminencia cualquier tipo de indulgencia o conciliación. Él califica, es cierto, como demasiado ruda la nota a Serbia, pero a pesar de ello la aprueba sin reserva alguna y expresa en simultáneo, de manera indirecta, la esperanza de que la Monarquía [i.e. Austria] irá hasta el final. Ciertamente, aclara el cardenal, es una pena que Serbia no haya sido humillada mucho antes, porque entonces quizá se podría haber hecho sin poner en juego, como hoy, posibilidades evidentemente inmensas. Esta declaración corresponde asimismo al pensamiento del Papa, puesto que en el transcurso de estos últimos años Su Santidad ha expresado en repetidas ocasiones su pesar por la negligencia de Austria-Hungría a la hora de ¨castigar¨ a su peligroso vecino danubiano.

“Se podría cuestionar por qué motivos la Iglesia católica se muestra tan belicosa en una época en la cual está conducida por un verdadero santo, penetrado de ideas verdaderamente apostólicas. La respuesta es muy simple. El Papa y la Curia ven en Serbia el mal corrosivo que, poco a poco, penetra en la monarquía hasta la médula y que, con el tiempo, terminará por disgregarla. A pesar de todas las otras experiencias tentadas por la Curia en décadas pasadas, Austria-Hungría es y sigue siendo el Estado católico por excelencia, el más fuerte baluarte de la fe que resta en nuestro siglo para la Iglesia de Cristo. La caída de este baluarte, significaría para ésta la pérdida de su más sólido punto de apoyo; en la lucha contra la ortodoxia, vería caer a su más ferviente campeón.

“Así por tanto, del mismo modo que para Austria-Hungría representa una necesidad inmediata de conservación personal el hacer desaparecer de su organismo, si es necesario por la fuerza, al mal disolvente, asimismo para la Iglesia católica es indirectamente necesario hacer o aprobar todo cuánto sirva para llegar a este fin.

“A la luz de todo esto, se puede establecer correctamente una coincidencia entre los sentimientos apostólicos y el espíritu de guerra.”

En vísperas del 26 de julio, el barón Ritter, encargado de negocios de Baviera ante la Santa Sede, escribe a su gobierno: “El Papa aprueba que Austria proceda severamente contra Serbia. No existe mayor estima entre los ejércitos de Rusia y Francia en caso de guerra contra Alemania. El cardenal secretario de Estado espera que Austria, esta vez, no ceda. No ve cuándo más Austria entraría en guerra si no se decide ahora a repeler por las armas una agitación extranjera que ha llevado al asesinato del sucesor al trono y que, después de todo, es una amenaza en las condiciones actuales a la propia existencia de Austria. Todo esto prueba asimismo el gran temor de la Curia hacia el Paneslavismo.”

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La autenticidad de estos dos textos fue admitida con posterioridad a ciertos debates por la prensa católica y por el Osservatore Romano, que anteriormente sostenía que las expresiones del Papa y del Cardenal habían sido alteradas por el conde Palffy y el barón Ritter. Y, en su número del 22-23 de mayo de 1936, el periódico romano publica este “memo que el cardenal Merry del Val (es el diario en cuestión quien habla) escribió para él mismo inmediatamente después de la conversación con el conde Palffy:

“Conversación con el conde Palffy (húngaro), consejero de la embajada de Austria. 27 de julio de 1914.

“Vino a mis aposentos para conocer mi impresión acerca del ultimátum contra Serbia. Le dije que me pareció muy duro.

¿Vuestra Eminencia cree que Serbia lo aceptará?, interroga el conde.

Lo dudo mucho, le respondí, sobretodo bajo estas condiciones.

¡Todo o nada! Exclama el conde.

Pero ahora, es la guerra, le digo.

Sí, replica el conde, y yo espero que Serbia no lo acepte.

Pero entonces, existe el peligro de una conflagración general, le observé

Que sobrevenga la catástrofe, ello será mejor que continuar en la presente situación, dice el conde.

Le respondí solamente que ello me resultaba muy grave.

Es cierto que después del atroz crimen de Sarajevo, le dije al conde Palffy que Austria debía mantenerse firme y que tenía pleno derecho a las más solemnes reparaciones y a salvaguardar su existencia, pero jamás le expresé la esperanza o el deseo de que Austria recurriese a las armas. Nada más dije. Vaya esto por la verdad. R. Cardenal Merry del Val.”

A continuación el segundo documento publicado también por el Osservatore Romano (nótese que este documento informa sobre el telegrama Ritter).

“Declaración – 22 de octubre de 1923

“El recuerdo de las jornadas angustiosas entre el 29 de junio y el 1° de agosto de 1914 permanece vivo en mí a tal punto que recuerdo exactamente todo aquello que dije en mis conversaciones ora con el barón Ritter, ora con otros diplomáticos y con cuánto cuidado medía mis palabras. Es muy cierto que luego del horrible crimen de Sarajevo declaré en numerosas ocasiones que Austria debía resistir fuertemente y que tenía pleno derecho a las más solemnes reparaciones y a salvaguardar eficazmente su existencia. Sin embargo, nunca hice uso de expresiones que me fueran atribuidas en el telegrama del barón Ritter, ni jamás expresé la esperanza de que Austria recurriese a las armas. Esto constituye una glosa y una interpretación que no admitiré de ninguna manera. R. Card. Merry del Val”.

En fin, aquí va una tercera nota, datada del 18 de enero de 1926, redactada, según el conde Sforza, sin duda por “el futuro cardenal Canali, entonces a las órdenes del cardenal Merry del Val”).

“El Cardenal desmiente rotundamente aquello que se le atribuye en la carta del conde Palffy con relación a una instigación a la guerra y que refleja las ideas personales expresadas entonces por el autor de la carta, no las manifestadas por Su Eminencia. El Cardenal guarda un recuerdo muy exacto de dicha conversación y de las notas, y está en condiciones de repetirlas textualmente.”

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La clave del asunto, sostiene el conde Sforza junto a otros, era la necesidad de mover a Francisco José hacia la idea de la guerra. La opinión del Papa y la de su ministro ciertamente podían influir sobre él. De allí el despacho del conde Palffy. ¿Pero aquél del barón Ritter? El conde Sforza, diplomático de oficio, no comprende bien cómo, en un caso así de serio, el cardenal no pidiera al nuncio en Viena, ni al sito en Múnich, repetir éstos sus verdaderas expresiones en caso de haber sido desvirtuadas por sendos diplomáticos. Empero, existe el famoso: Austria debe “resistir fuertemente” (tener forte) que el cardenal en dos ocasiones reconoce haber dicho. Expresión cuanto menos imprudente, puesto que o bien “resistir fuerte” no significa nada, o bien significa que Austria no debe disminuir en nada sus exigencias y, en caso de Serbia rechazarlas, imponerlas. A partir de toda la evidencia, el cardenal vislumbraba en el asunto un probable triunfo airoso para la monarquía apostólica, tomaba partido por el catolicismo contra la ortodoxia.

Se dirá que en todo caso aquí se trata de una cuestión romana, no jesuita. La historia de los jesuitas nos enseña que, aunque llegaron a Roma mal informados o temerosos, éstos nunca la abandonaron. La historia de los jesuitas nos enseña también que, sobre todo a partir de su gran retorno, y todavía más a partir de 1870 y del Concilio Vaticano que fue su gran triunfo personal, ellos se mantuvieron en las sombras de Roma, confundiéndose su política con la de ésta. Además, lo que sabemos de los encuentros entre los Habsburgo y jesuitas, o lo que es lo mismo, entre Austria y los jesuitas durante la primera guerra mundial, como también la acción de la Compañía en la recatolización de Bohemia, de Hungría, de Polonia, y de sus esfuerzos por repulsar a los ortodoxos con tal de resolver el cisma de Oriente, nos obliga a confundir a Roma junto a los jesuitas

Poco tiempo después, por cierto —el 19 de agosto—, Pío X muere. En este asunto, fue pésimamente asesorado por un secretario de Estado honesto, mas imprudente, que se atenía a la concepción tradicional de la Iglesia y para quien era absolutamente importante que un jefe de Estado fuese o no católico. Pío X no podía ser de gran ayuda para el cardenal Merry del Val tampoco; era un santo, incapaz de ponerse en otro plano que no fuese el religioso. Su muerte, como la del cardenal Rampolla, sobrevenida poco antes, favoreció los intereses de Alemania. Según los compromisos previos a la votación cardenalicia, el nuevo Papa, Benedicto XV, instala en la secretaría de Estado al cardenal Ferrata. Sin embargo, el 20 de octubre siguiente, muere el cardenal Ferrata, bruscamente él también. El camino yacía expedito, no diré para una política germanófila, sino cuanto menos austrófila que, una vez más, parecía extemporánea.

Curiosamente, los jesuitas se encontraban divididos: ocho mil cuatrocientos con los aliados, poco más de cuatro mil con los centrales, más de cuatro mil neutrales. No era la primera vez… En los tiempos de las guerras de sucesión española y austríaca ya se había visto algo parecido, pero en aquel tiempo el sacerdote se hallaba libre de todo servicio militar; el clérigo no servía a la nación. Esta vez, sí. Es más, aquellos que, incluso en Occidente, recordaban los grandes intentos jesuíticos, tan aventureros y audaces, por recuperar Rusia [para el catolicismo], veían cómo este Imperio ortodoxo amenazaba con aplastar a uno de los últimos Estados católicos, sino el principal. Por otro lado, los jesuitas franceses retornaban del exilio para ¨servir a Francia¨, y sin embargo no por ello les resultaba ya menos laica, menos revolucionaria, menos hostil a toda romanidad, menos ¨Contra-Eclesiástica¨, de modo que, en definitiva, el mundo protestante y el liberal (masón o revolucionario) le daban la mano al mundo ortodoxo para intentar destruir, aniquilar a la monarquía apostólica.

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¿Cómo sorprenderse, en estas circunstancias, de que, en los meses siguientes, el papa Benedicto XV hiciera todo lo posible por mantener a Italia en la senda de la intervención? Era parte del juego de los jesuitas, amigos de los Habsburgo, como también del juego de estos últimos (cuando presentían la derrota), presionar al príncipe Sixto de Borbon y Parma para presentar sus propuestas de paz, luego de ensayar —un poco tarde— una salida del redil alemán para la doble monarquía. En rigor, últimos esfuerzos a contracorriente para salvar un imperio en agonía —esto no quiere decir que, individualmente, todo jesuita francés, inglés, etc., no fuese patriota y estuviese dispuesto a pelear por su patria hasta la muerte. Mientras más se eleva uno en la jerarquía humana —y los jesuitas acá ocupan altos puestos— el hombre se va complejizando. El jesuita muere en la trinchera francesa, inglesa, italiana, o inclusive en la trinchera rusa (si era polaco), pero la Compañía realiza sus maniobras por detrás de los uniformes, las banderas y las naciones.

Los aliados lo sospechaban, y como eran estúpidamente anti-austríacos (por anticlericalismo o antiromanismo) el tratado firmado entre ellos el 26 de abril 1915 excluía formalmente al Vaticano de una eventual negociación de paz. ¿Cuál fue el rol de los jesuitas en esta lucha del Vaticano por salvar uno de los baluartes de su poder? Es difícil decirlo, aunque adivinábase cuál podía ser su interés. Salvar a los Habsburgo, sino a Austria-Hungría, sin ninguna duda. No poseemos sus archivos y, si existe una corte celosa de sus secretos, ésta definitivamente es la del Vaticano. Pero sería inverosímil no pensar que los jesuitas recordarían los inmensos servicios prestados a Habsburgos y Wittelsbach por igual, en su gran campaña de reconquista alemana en tiempos de la Contrarreforma.

Ya con la victoria aliada asegurada, poco podían los jesuitas: los tratados de 1919 estaban dirigidos menos contra Alemania que contra Austria-Hungría. Redactados por dos protestantes anglo-sajones, uno de ellos franc-masón, y por un anticlerical y antiromano, no podían sino tener un marcado tinte anticatólico y por tanto antijesuita.

“Los tratados de 1919 significaron, dice Masaryk, una revolución mundial que aseguró el triunfo de la democracia”. De cierta democracia masónica, anticlerical, antiromana. Para Masaryk, era la revancha de Jan Hus, el final de la contrarreforma. Los jesuitas habrían tenido derecho a ver en ello una derrota si hubieran podido creer que era duradera. Pero, al igual que Roma, nunca lo creyeron. No obstante, ya había emergido algo nuevo: la Revolución de los Sóviets.

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En ese instante, el nuevo Papa Pío XI acude a atajar lo más urgente. Le dicen ¨el jesuita¨. Precisamente es a un jesuita, el padre d´Herbigny, a quien confía la misión de entrar a Rusia para intentar reunir lo poco que podía quedar de catolicismo y, sobretodo, tantear las aguas. Su vaga pero gran esperanza: atraer hacia el pontífice al perseguido mundo ortodoxo.

Existen en Roma treinta y nueve colegios eclesiásticos, cuyas respectivas fundaciones marcan la fecha de las grandes contraofensivas católicas que, en su mayoría, fueron de aspecto y organización jesuíticas. Colegio germánico (1628 refundado en 1826); escocés (1600); norteamericano (1859); canadiense (1888); etíope (1919 reconstituido en 1930). Pío XI funda el Colegio ruso (Ponteficio collegio ruso di S. Teresa del Bambino Gesù) y se lo confía a la Compañía de Jesús. También contarán con el Instituto oriental, el Instituto de San Juan Damasceno, el Colegio polaco, más tarde el Colegio lituano. ¿Acaso recuerdos del Padre Possevino, de Iván el Terrible, del falso Dimitri? El segundo de los tres grandes objetivos del viejo Ignacio, pasa ahora a primer plano. Los jesuitas son, una vez más, en esta gran empresa, tanto inspiradores como ejecutores.

¿Se dirá que los veo por todas partes? Me veo obligado, por cierto, a señalar su presencia, su accionar. A decir que se encontraban en torno a Alfonso XIII, cuyo confesor era el Padre López, y luego de su caída se reagrupan detrás de Gil Robles, para finalmente terminar con Franco sobrevenida ya la guerra civil. En Portugal, sostienen a Salazar. En Austria y en Hungría, barrido ya el emperador Carlos tres veces (pregúntese qué rol jugaban en sus dos tentativas de retomar el trono de Hungría), terminan en una posición comprometida sin saber muy bien quiénes son ni qué hacen. Monseñor Seipel, Dollfuss, Schussnigg son sus alfiles. Sueñan con una gran Alemania de mayoría católica con Austria adentro, moderna formulación de la vieja alianza del s. XVI entre los Wittelsbach y los Habsburgo. En Italia, sostienen en un principio a don Sturzo, fundador del partido popular, y luego a Mussolini quien les bloquea el paso a los marxistas. El jesuita padre Tacchi Venturi, secretario general de la Compañía, sirve de intermediario entre Pío XI (cuyos confesores eran los también jesuitas padres Alissiardi y Celebrano) y Mussolini.

El Papa, al momento de la firma del Tratado de Letrán (29 de febrero), llama a Mussolini “el hombre que la Providencia nos ha enviado”. Roma no condena lo que la SDN llamara ¨la agresión etíope¨ y, en 1940, el Vaticano permanece cordialmente amical hacia Mussolini.

El Papado, a partir de Mussolini, dispone de un rincón propio de tierra libre de toda vigilancia, completamente libre de las ataduras de lo temporal (aunque la posea por la sola magnanimidad de Italia que bien puede arrebatársela así como se la entregó). Junto a Moscú, el Vaticano es el observatorio más bello del mundo por estar muy bien informado y por ser el mejor protegido contra las fugas. Los jesuitas tienen allá su rincón secreto. De allí que vean a la Iglesia universal con la fría mirada del político. El hecho de que los ¨hombres de color¨ sean más y más numerosos [dentro de la Iglesia] y que el clero ¨de color¨ sea cada vez más poderoso, no es sino el resultado de sus viejos principios. Que la catolicidad americana tome mayor importancia cada día que pasa frente a la europea no les escandaliza tanto porque sus archivos, al igual que los de Roma, ya se encuentran, según se dice, en un lugar seguro, en Brasil.

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En el Occidente no comunista, los católicos no constituyen más que una minoría, pero una minoría activa. Para los jesuitas la situación mundial es exactamente la misma que conocieron en la Alemania del s. XVI. Así, sus viejos triunfos son recordados. Lo logrado en el pasado a costa de grandes esfuerzos, están convencidos de que lo volverán a lograr de nuevo.

Puesto que la democracia y muy particularmente la democracia parlamentaria está amenazada de muerte, la Masonería ya no inspira más que una sensación desdeñosa de lástima entre las filas de los Jesuitas; el peligro ya no existe; por eso se acercan a ella [a la masonería]. Les hacen ofertas y ciertos masones —aquellos de la Loge nationale— tienden la mano. Despreciemos las acusaciones racistas que pretenden la existencia de una alianza entre Jesuitas y Masones, sellada en Aquisgrán el 22 de junio de 1928, y que el Padre Muckermann, gran adversario de Hitler, junto a varios de sus colegas eran cripto-comunistas. Los jesuitas son, por definición, antirracistas. La caída del nacional-socialismo de Hitler, profundamente anticristiano y tanto más próximo al antiguo césaropapismo que el mismo Stalin, no pudo sino alegrarles, mas aunque uno de los adversarios cayó, el otro permanece, ampliado y reforzado. Y pronto llegará a tener a un tercio de la humanidad bajo su poder.

LOS JESUITAS, LA GUERRA Y LA REVOLUCIÓN

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