Vladimir Moss
La caída de Bulgaria en 1393 dejó Constantinopla expuesta a los turcos, y Occidente reunió un gran ejército al mando del rey Segismundo de Hungría para rescatar la primera ciudad de la cristiandad. Los dos ejércitos se enfrentaron en Nicópolis en 1396. Vencieron los turcos…
Ahora bien, el déspota serbio Esteban Lazárevich era vasallo de los turcos, por lo que tuvo que combatir de su lado. Sin embargo, es posible que, al igual que san Alejandro Nevski ciento cincuenta años antes, eligiera conscientemente apoyar a los turcos antes que a los católicos, por ver en estos últimos un peligro mayor para la fe y la nación serbias. En apoyo parcial de esta hipótesis, Barbara Tuchman escribe que, «como vasallo del sultán», Esteban «podría haber optado por una neutralidad pasiva, como los búlgaros, en cuyo suelo se libraba la contienda; pero odiaba a los húngaros más que a los turcos y eligió una fidelidad activa a su señor musulmán. Su intervención fue decisiva. Las fuerzas de Segismundo fueron arrolladas».1
El camino a Constantinopla quedaba ahora abierto a los turcos. Pero, una vez más, Dios salvó a los ortodoxos cuando todo apoyo humano había fallado: en la batalla de Ancira, en 1402, el sultán turco Bayaceto —con Esteban Lazárevich combatiendo nuevamente de su lado— fue derrotado por el mongol Tamerlán, uno de los conquistadores más grandes y despiadados de la historia. «Más tarde, aquel mismo año —escribe Simon Sebag Montefiore—, aniquiló la ciudad cristiana de Esmirna e hizo que las cabezas cercenadas de sus víctimas flotaran mar adentro sobre platos iluminados con velas. Para 1404, incluso el emperador bizantino Juan I le pagaba tributo a cambio de una garantía de seguridad».2
Sin embargo, la situación del Imperio siguió deteriorándose. La propia Ciudad estaba devastada y en gran parte despoblada; sus habitantes arrastraban una existencia miserable, mal alimentados, mal vestidos y desmoralizados. En una última apuesta desesperada, los bizantinos decidieron unirse a la Iglesia romana a cambio de la promesa de ayuda militar contra los turcos…
Fuera de la Ciudad, la única posesión bizantina de importancia era el Despotado de Morea, hoy conocido como el Peloponeso. Andrónico Paleólogo había entregado Tesalónica a los venecianos, quienes, a su vez, la perdieron ante los turcos en 1430. Allí, en la capital, Mistrá, tuvo lugar un último florecimiento de la civilización bizantina… Y, sin embargo, ¡era un florecimiento extraño, cuando el ciudadano más célebre de Mistrá, el filósofo Jorge Gemisto Pletón, estudiaba a Aristóteles, Zoroastro y la cábala judía, y tras su muerte se descubrió que había sido creyente en los dioses paganos griegos!
Colin Wells escribe: «Al abandonar de manera tan manifiesta el Bizancio ortodoxo en favor de la Grecia antigua, Pletón representa una versión extrema de la tendencia clasicista que había contribuido a alejar cada vez más a los humanistas [estudiosos de la “sabiduría exterior”, la literatura y el arte clásicos paganos] de la corriente principal de Bizancio. La mayoría de los bizantinos ya había hecho su apuesta y tomado su decisión, y esta no era la de Pletón. Su prioridad más urgente era salvar sus almas inmortales, no preservar lo que era un Estado esencialmente griego. Impregnada del tono sombrío del hesicasmo y de su orientación hacia el más allá, la corriente principal de la civilización bizantina, con la mirada ya puesta hacia una vida mejor en el mundo venidero, se resignaba, entretanto, al cautiverio turco en este mundo.
Por su empeño en hacer frente a los turcos con las propias fuerzas, Pletón ha sido llamado el primer nacionalista griego; tan ardiente era, de hecho, su patriotismo que se oponía a la unión de las Iglesias por razones patrióticas, no religiosas, y prefería buscar la fuerza en el interior [del Estado bizantino]».3
Las negociaciones con Roma se prolongaban, «retrasadas en parte —como escribe Runciman— por las dificultades del papa con los dirigentes del movimiento conciliarista [en Occidente], y en parte por la inestable situación de Oriente. En cierto momento pareció que podría celebrarse un concilio en Constantinopla; pero el asedio turco de la ciudad en 1422 dejó claro que no era lugar para un congreso internacional. Manuel II se retiró de la política activa en 1423 y murió dos años después. Su hijo, Juan VIII, estaba convencido de que la salvación del Imperio dependía de la unión e intentó impulsar la celebración de un concilio; pero, al principio, no estaba dispuesto a permitir que se celebrara en Italia, mientras que el papado aún tenía problemas que resolver en Occidente. Los retrasos continuaron. Solo a comienzos de 1438 se ultimaron los preparativos y el emperador llegó con su delegación a un concilio recién inaugurado en Ferrara, que se trasladó a Florencia [a instancias de Cosme de Médici] en enero de 1439».4
La delegación griega estaba formada por setecientos notables eclesiásticos y laicos, entre ellos veinte metropolitanos. Al frente de los obispos estaba el patriarca José II de Constantinopla. Anteriormente le había dicho al emperador: «La Iglesia debe ir por delante del poder del emperador o a su lado, pero de ningún modo detrás de él».5 Y, sin embargo, siguió dócilmente a ese mismo emperador a Florencia y se sometió a sus instrucciones. Además, estaba dispuesto a hacer concesiones decisivas en la cuestión del Filioque, al coincidir con los latinos en que las expresiones «proceder por medio de» y «proceder de»6 significaban lo mismo.
Pero no llegó a hacerse católico romano… Un día, como escribe Hefele, «el patriarca fue hallado muerto en su habitación. Sobre la mesa se encontraba, supuestamente, su testamento, su Extrema Sententia, que apenas constaba de unas líneas en las que declaraba aceptar todo lo que confiesa la Iglesia de Roma. Y después: “Del mismo modo, reconozco al santo Padre de los Padres, al sumo pontífice y vicario de nuestro Señor Jesucristo, el papa de la Antigua Roma. Asimismo, reconozco el purgatorio. En confirmación de ello, estampo mi firma”. No cabe duda alguna de que el patriarca José no escribió este documento. El erudito alemán Frommann, que realizó una investigación detallada del “Testamento” del patriarca José, afirma: “Este documento está tan latinizado y se corresponde tan poco con la opinión expresada por el patriarca pocos días antes, que su falsedad resulta evidente”».7
La necesidad de ayuda militar occidental no fue el único factor que impulsó a los bizantinos a acudir a Florencia. Otro fue la idea, tan cara a los humanistas, cuya influencia aumentaba en Bizancio, de que la cultura griega era tan valiosa que debía preservarse a toda costa. Pero, para los humanistas, «cultura griega» significaba la cultura pagana de la Grecia clásica, no la civilización ortodoxa de los santos Padres; y, en el siglo XV, a diferencia del XI o incluso del XIII, los latinos se habían convertido en admiradores casi tan entusiastas de la cultura griega pagana como los propios griegos. Por eso era mucho más probable que los latinos preservaran esa cultura que los turcos. Así pues, para los humanistas, era mejor la tiara del papa que el turbante del sultán…
Sin embargo, no solo los humanistas o los nacionalistas griegos miraban con esperanza al concilio de Florencia. Paradójicamente, también se sintieron atraídos por esa perspectiva algunos de los que seguían siendo verdaderos romanos: es decir, quienes valoraban la herencia universalista de la Roma cristiana más que cualquier elemento específicamente helenístico, y para quienes la verdadera gloria del Imperio era su Ortodoxia. En algunos casos, esto se debía a que, en su pensamiento, la idea de la unidad imperial entre Oriente y Occidente estaba indisolublemente ligada a la de la unidad eclesiástica.
Así, el padre John Meyendorff escribe que un elemento esencial de la concepción bizantina del mundo «era una visión inamovible de las fronteras tradicionales del Imperio. En ningún momento —ni siquiera en los siglos XIV y XV— abandonaron los bizantinos la idea de que el Imperio incluía tanto Oriente como Occidente, de que idealmente sus territorios comprendían España tanto como Siria y de que la “Antigua Roma” seguía siendo, de algún modo, su fuente histórica y su centro simbólico, pese al traslado de la capital a Constantinopla. Había polémicas teológicas contra los “latinos”; había un odio popular contra los “francos”, especialmente después de las cruzadas; había resentimiento contra la colonización comercial de las tierras bizantinas por venecianos y genoveses, pero subsistía la visión ideal del Imperio universal, expresada particularmente en la legitimidad “romana” exclusiva del emperador bizantino. Todavía en 1393, el patriarca Antonio de Constantinopla, en su tantas veces citada carta al gran príncipe Basilio I de Moscú, en la que lo exhortaba a no oponerse a la conmemoración litúrgica del emperador en las iglesias rusas, expresa la convicción, completamente ajena a la realidad pero firme, de que el emperador es “emperador y autócrata de los romanos, es decir, de todos los cristianos”; de que “en todo lugar y por todo patriarca, metropolitano y obispo se conmemora el nombre del emperador dondequiera que haya cristianos…”; y de que “incluso los latinos, que no tienen comunión alguna con nuestra Iglesia, le guardan la misma subordinación que en tiempos pasados, cuando estaban unidos a nosotros”. De manera característica, el patriarca sostiene la existencia de una unidad imperial a pesar del cisma que divide a las Iglesias».8
Otra idea anacrónica procedente del pasado del siglo VI que desempeñó aquí un papel en el XV fue la de la pentarquía: la idea de que la Iglesia estaba compuesta por cinco sedes patriarcales, a semejanza de los cinco sentidos, una de las cuales era la Antigua Roma. Varios bizantinos plenamente ortodoxos, incluso en el siglo XIV, como el emperador Juan VI Cantacuceno y el patriarca Filoteo Kókkinos, habían sido partidarios de celebrar un concilio ecuménico con Roma. Desde luego, los latinos eran herejes ávidos de poder. Pero esto no era nuevo. Ya durante el «cisma acaciano», a comienzos del siglo VI, el papa Hormisdas había formulado pretensiones desmedidas relativas a la supremacía del papado, que el patriarca Juan el Capadocio había aceptado, añadiendo únicamente esta significativa frase: «Declaro que la sede del apóstol Pedro y la de esta ciudad imperial son una sola sede»9. ¿No podían reunirse de nuevo ambas sedes, esta vez bajo la dirección del nuevo Justiniano, el emperador Juan VIII? Y, en este contexto, la idea justinianea de la pentarquía volvió también a cobrar relevancia, pues, como señala Meyendorff, constituía «un factor importante en la concepción bizantina de un concilio “ecuménico”, que exigía la presencia de los cinco patriarcas o de sus representantes, aunque las sedes orientales de Alejandría y Antioquía habían dejado, de hecho, de ser influyentes. En cualquier caso, en la Edad Media, estos dos elementos interrelacionados —la legitimidad teórica del emperador bizantino sobre Occidente y un respeto persistente por la pentarquía, cuyo miembro principal era el obispo romano— hicieron que se considerara necesario que un concilio propiamente ecuménico incluyera al obispo de Roma, pese al cisma, y a los cuatro patriarcas orientales, aunque tres de ellos encabezaban ahora Iglesias que apenas subsistían».10
Así, muchos factores —la obediencia al emperador, el temor por el destino del helenismo y la esperanza de una reunificación de la cristiandad— se combinaron para debilitar la resistencia de la mayoría de los griegos a la unia, que suponía ceder ante casi todas las exigencias del papa, incluidos el Filioque y la supremacía papal.
Durante el concilio, los latinos desgastaron a los griegos con sus razonamientos escolásticos. «El teólogo papal español Juan Protonotario, también conocido como Juan de Torquemada, tío del terrible inquisidor Tomás de Torquemada, abusó de la lógica de Aristóteles hasta tal punto, durante una de las asambleas sinodales, que Silvestre Sirópulo, testigo presencial de este histórico sínodo, oyó murmurar a un obispo ortodoxo de Iberia: “Aristóteles, Aristóteles, ¿a qué viene tanto Aristóteles, cuando deberían citar a san Pedro, san Pablo, san Basilio, Gregorio el Teólogo, Crisóstomo, pero no a Aristóteles?”. Sirópulo dice que escribe esto para mostrar cómo los latinos eran censurados por su mentalidad escolástica, ajena al auténtico espíritu eclesial, no solo por los ortodoxos que asistieron al sínodo, sino también por quienes “hablaban otras lenguas” y estaban presentes en las discusiones».11
En todo momento, el papa herético insistió obstinadamente en que los ortodoxos se encontraban fuera de la Iglesia: «La sacrosanta Iglesia romana cree firmemente, profesa y predica que ninguno de los que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no solo los paganos, sino también los judíos, los herejes y los cismáticos, puede participar de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, a menos que antes de morir se unan a ella; y que es tan importante la unidad de este cuerpo eclesial que solo quienes permanecen en ella pueden beneficiarse de los sacramentos de la Iglesia para la salvación, y solo ellos pueden recibir una recompensa eterna por sus ayunos, sus limosnas, sus demás obras de piedad cristiana y los deberes propios de un soldado cristiano. Nadie, por grandes que sean sus limosnas, nadie, aunque derrame su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse si no permanece en el seno y en la unidad de la Iglesia católica».
«Al final, cansada de todo, deseosa de regresar a casa y, según se decía, mantenida deliberadamente con escasez de alimentos y comodidades, toda la delegación griega, por orden del emperador y en obediencia al concordato de su Iglesia con Juan V, firmó el decreto de unión [el 6 de julio de 1439], con la excepción de Marcos Eugenikós [metropolitano de Éfeso] y, al parecer, de Pletón…; y, después de retirarse durante un tiempo a su sede de Éfeso, en territorio turco, aquel cedió a las presiones y renunció a su cargo».12
Miguel Ducas cuenta que, el 1 de febrero de 1440, «el pueblo de Constantinopla besaba a los jerarcas apenas desembarcaban de los trirremes y les preguntaba cómo habían ido las cosas: “¿Qué ocurrió en el sínodo? ¿Tuvimos éxito?”. Los jerarcas respondían: “Vendimos nuestra fe, cambiamos la piedad por la impiedad y, traicionando el sacrificio puro, nos convertimos en defensores de los ácimos”. Decían todo esto y otras palabras aún más obscenas y sórdidas. Cuando se les preguntaba por qué habían firmado, decían: “Porque temíamos a los latinos”. Y, cuando se les preguntaba si los latinos los habían torturado, azotado o encarcelado, respondían: “No”. Entonces el pueblo les preguntaba: “¿Qué ocurrió, pues?”. “Que sea cortada la mano derecha que firmó —decían— y arrancada de raíz la lengua que profesó [la herejía]”…
»El pueblo les escupía en el rostro, y la historia los registró como traidores, mientras el pueblo alababa a san Marcos de Éfeso como columna de la Ortodoxia…».13
Para cumplir su parte del acuerdo, el papa llamó a los dirigentes occidentales a emprender una cruzada contra los turcos. La resultante «cruzada de Varna» partió de Hungría con veinticinco mil hombres. Fue aplastada por los turcos en Varna en noviembre de 1444…
San Marcos asumió entonces la dirección de la Iglesia contraria a la unión bajo el lema: «No puede haber compromiso alguno en cuestiones de fe ortodoxa».14 Y también: «Que nadie se enseñoree de nuestra fe: ni el emperador, ni un falso concilio, ni ningún otro, sino solo el único Dios, que él mismo nos la transmitió por medio de sus discípulos».
En julio de 1440, san Marcos escribió: «A todos los cristianos ortodoxos del continente y de las islas.
»De Marcos, obispo de la metrópolis de Éfeso:
¡alegraos en Cristo!
»Quienes nos han atrapado en un cautiverio funesto, deseosos de arrastrarnos a la Babilonia de los ritos y dogmas latinos, no pudieron, desde luego, llevarlo a cabo por completo, pues enseguida vieron que había pocas posibilidades de conseguirlo; que, en realidad, era sencillamente imposible. Pero, al detenerse en algún punto intermedio — tanto ellos como quienes los siguieron—, ni siguieron siendo lo que eran ni se convirtieron en otra cosa. Pues, tras abandonar Jerusalén, es decir, una fe firme e inconmovible, y sin hallarse en condiciones ni querer convertirse en babilonios o ser llamados así, se dieron a sí mismos, como si les correspondiera por derecho, el nombre de “grecolatinos”, mientras que el pueblo los llama “latinizantes”.
»Y así, estos hombres divididos, semejantes a los míticos centauros, confiesan con los latinos que el Espíritu Santo procede del Hijo y tiene al Hijo por causa de su existencia, pero al mismo tiempo confiesan con nosotros que procede del Padre. Y dicen con ellos que la adición al Credo [la del Filioque] se hizo canónicamente y con bendición, pero al mismo tiempo no permiten al igual que nosotros que se lo recite. Por lo demás, ¿quién rechazaría lo que es canónico y bendecido? Y dicen con ellos que el pan ácimo es el Cuerpo de Cristo, pero al mismo tiempo no se atreven, como nosotros, a aceptarlo. ¿No basta esto para poner de manifiesto su espíritu y mostrar que no se unieron a los latinos en busca de la Verdad —que, teniéndola en sus manos, traicionaron—, sino por el deseo de enriquecerse y de concluir una unión falsa, no verdadera?
»Pero conviene examinar de qué manera se han unido a ellos; pues todo lo que se une a algo distinto se une naturalmente mediante algún punto intermedio entre ambos. Y así creyeron poder unirse a ellos mediante cierta formulación acerca del Espíritu Santo, expresando a la vez la opinión de que también tiene su existencia del Hijo. Pero en todo lo demás discrepan entre sí y no hay entre ellos punto intermedio ni nada en común. Como antes, se recitan dos Credos divergentes. Del mismo modo, se celebran dos Liturgias distintas y discordantes entre sí: una con pan fermentado y otra con pan ácimo. Distintos son también los bautismos: uno se realiza por triple inmersión y el otro vertiendo agua sobre la cabeza desde arriba; uno con unción del santo crisma y el otro sin ella en absoluto. Y todos los ritos son en todo distintos y discordantes entre sí, al igual que los ayunos, las costumbres eclesiásticas y otras cosas semejantes…
»Los piadosos cánones hablan así: “Es hereje y está sujeto a los cánones contra los herejes quien se aparta, aunque sea levemente, de la fe ortodoxa”. Por tanto, si los latinos no se apartan en absoluto de la recta fe, es evidente que los hemos separado injustamente. Pero, si se han apartado por completo [de la fe], y precisamente en lo relativo a la teología del Espíritu Santo, blasfemar contra el cual constituye el mayor de todos los peligros, entonces está claro que son herejes y que los hemos separado como tales.
»¿Por qué ungimos con el santo crisma a los que vienen a nosotros de entre ellos? ¿No está claro que es porque son herejes? Pues el canon séptimo del II Concilio Ecuménico establece:
»“A los herejes que se acogen a la Ortodoxia y a la porción de los que se salvan los recibimos según el siguiente orden y costumbre: a los arrianos, macedonianos, sabatianos, novacianos, que se llaman a sí mismos cátaros (‘puros’) y aristeros (‘los mejores’), a los cuartodecimanos, llamados también tetraditas, y a los apolinaristas, los recibimos cuando presentan libelos [retractaciones por escrito] y anatematizan toda herejía que no sostenga las mismas creencias que la santa Iglesia católica y apostólica de Dios; y se los sella primero con el santo crisma en la frente, los ojos, la nariz, la boca y los oídos, y al sellarlos decimos: ‘Sello del don del Espíritu Santo’”.
»¿Veis en qué grupo incluimos a los latinos que se acercan a nosotros? Si todos los mencionados son herejes, es evidente que los latinos también lo son.
»Si es verdadero el dogma latino de que el Espíritu Santo procede también del Hijo, entonces es falso el nuestro, que afirma que el Espíritu Santo procede del Padre; y esta es precisamente la razón por la que nos separamos de ellos. Y, si el nuestro es verdadero, entonces, sin duda, el suyo es falso. ¿Qué término medio puede haber entre dos afirmaciones semejantes? No puede haber ninguno, a menos que se trate de alguna formulación que sirva tanto a unos como a otros, como una bota que sirve para ambos pies. ¿Y eso va a unirnos?…
»Y nosotros afirmamos, de acuerdo con los Padres, que la voluntad y la energía de la naturaleza divina e increada son increadas; mientras que ellos, junto con los latinos y Tomás, dicen que la voluntad es idéntica a la naturaleza, pero que la energía divina es creada, ya se la llame divinidad, luz divina e inmaterial, Espíritu Santo o alguna otra cosa semejante; y, de algún modo, estas pobres criaturas adoran una ‘divinidad’ creada, una ‘luz divina’ creada y un ‘Espíritu Santo’ creado.
»Y nosotros decimos que ni los santos reciben todavía el Reino y los bienes inefables que les han sido preparados, ni los pecadores han sido enviados ya al infierno, sino que unos y otros aguardan su destino, que recibirán en el siglo venidero después de la resurrección y el juicio; mientras que ellos, junto con los latinos, desean recibir inmediatamente después de la muerte lo que corresponde a sus méritos. Y a los que se encuentran en un estado intermedio, que han muerto arrepentidos, les asignan un fuego purgatorio —distinto del fuego del infierno—, para que, según dicen, después de purificar por él sus almas tras la muerte, disfruten también del Reino junto con los justos; esto figura en su decreto conciliar.
»Y nosotros, obedeciendo a los apóstoles que lo prohibieron, rechazamos los ácimos judíos; mientras que ellos, en la misma Acta de Unión, proclaman que lo que se utiliza en los oficios de los latinos es el Cuerpo de Cristo.
»Y nosotros decimos que la adición al Credo se introdujo sin fundamento canónico, contra los cánones y contra los Padres; mientras que ellos afirman que es canónica y bendecida. ¡Hasta tal punto ignoran cómo ser coherentes con la Verdad y consigo mismos!
»Y para nosotros el papa es uno de los patriarcas, y nada más, siempre que sea ortodoxo; mientras que ellos, con gran solemnidad, lo proclaman ‘vicario de Cristo, padre y maestro de todos los cristianos’. Que tengan mejor fortuna que su padre quienes también se le asemejan. Pues a él no le va muy bien, ya que tiene un antipapa que le causa bastantes disgustos; y ellos tampoco son felices imitándolo.
»Así pues, hermanos, huid de ellos y de la comunión con ellos, porque son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues el propio Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es gran cosa que también sus ministros se disfracen de ministros de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras (2 Corintios 11:13-15). Y, en otro lugar, el mismo apóstol dice de ellos: ‘Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre; y con buenas palabras y discursos halagüeños engañan los corazones de los sencillos’. ‘Pero el fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello’ (Romanos 16:18; 2 Timoteo 2:19). Y, en otro lugar: ‘Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la circuncisión’ (Filipenses 3:2). Y, en otro lugar: ‘Pero, aunque nosotros o un ángel del cielo os anuncie otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema’ (Gálatas 1:8). Ved lo que se ha predicho proféticamente: ‘aunque un ángel del cielo’, para que nadie pueda invocar en su justificación una posición especialmente elevada. Y el discípulo amado habla así: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa ni lo saludéis; porque quien lo saluda participa en sus malas obras’ (2 Juan 10-11).
»Por tanto, puesto que esto es lo que os han mandado los santos apóstoles, manteneos firmes, conservad con fuerza las tradiciones que habéis recibido, tanto por escrito como de viva voz, para que no perdáis vuestra firmeza al dejaros arrastrar por los engaños de los inicuos.
»Que Dios, que es todopoderoso, les conceda también reconocer su extravío; y que, tras librarnos de ellos como de la mala cizaña, nos reúna en sus graneros como trigo puro y útil, en Jesucristo nuestro Señor, a quien pertenecen toda gloria, honor y adoración, con su Padre sin principio y su Espíritu santísimo, bueno y vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén».
La confesión de san Marcos tuvo un efecto favorable. En abril de 1443, los tres patriarcas —Joaquín de Jerusalén, Filoteo de Alejandría y Doroteo de Antioquía— se reunieron en Jerusalén y condenaron al Concilio de Florencia como «vil» y al patriarca Mitrófanes de Constantinopla como hereje.
El día de su muerte, en 1444, san Marcos dijo: «Con respecto al patriarca [uniata], diré esto, no sea que se le ocurra mostrarme algún respeto en el entierro de este mi humilde cuerpo, o enviar a mi sepultura a alguno de sus jerarcas o clérigos, o, en general, a cualquiera de quienes están en comunión con él, para participar en la oración o unirse a los sacerdotes invitados de entre los nuestros, pensando que en algún momento, o quizá en secreto, había permitido la comunión con él. Y, para que mi silencio no dé ocasión a quienes no conocen bien y plenamente mis opiniones a sospechar alguna clase de reconciliación, declaro y doy testimonio ante los muchos hombres dignos aquí presentes de que no deseo de ningún modo, en absoluto, ni acepto la comunión con él o con quienes están con él, ni en esta vida ni después de mi muerte, como tampoco [acepto] la Unión ni los dogmas latinos que él y sus seguidores han aceptado y para cuya imposición ha ocupado esta sede de presidencia, con el propósito de trastornar los verdaderos dogmas de la Iglesia. Estoy absolutamente convencido de que, cuanto más lejos me mantengo de él y de quienes son como él, más cerca estoy de Dios y de todos los santos; y, en la medida en que me separo de ellos, estoy unido a la Verdad y a los santos Padres, los teólogos de la Iglesia. Del mismo modo, estoy convencido de que quienes se cuentan entre ellos se encuentran lejos de la Verdad y de los bienaventurados maestros de la Iglesia. Por esta razón digo: así como durante toda mi vida estuve separado de ellos, también a la hora de mi partida, e incluso después de mi muerte, rechazo el trato y la comunión con ellos, y declaro solemnemente y ordeno que ninguno de ellos se acerque a mi entierro ni a mi sepultura, ni tampoco a ninguna otra persona de entre los nuestros, con el propósito de intentar unirse a nosotros y concelebrar en nuestros oficios divinos; pues eso sería mezclar lo que no puede mezclarse. Antes bien, corresponde mantenerse enteramente separados de ellos hasta que Dios conceda la rectificación y la paz a su Iglesia».15
San Marcos, como escribe Runciman, «fue tratado como un mártir por casi toda la Iglesia griega. El emperador pronto descubrió que era más fácil firmar la unión que ponerla en práctica. Él personalmente siguió siendo fiel a ella, pero, influido por su anciana madre, se abstuvo de intentar imponérsela a su pueblo. Le resultó difícil persuadir a alguien para que ocupara la cátedra patriarcal vacante. Mitrófanes II, a quien nombró en mayo de 1440, murió poco después. Su sucesor, Gregorio Mammas, que era un sincero defensor de la unión, consideró prudente retirarse a Italia en 1451. Besarión [de Trebisonda], aunque era personalmente querido y admirado, ya se había trasladado a Italia, conmocionado por la hostilidad que sus actos habían suscitado en Constantinopla y convencido de que podía servir mejor a la causa griega permaneciendo entre los italianos. La adhesión de Isidoro de Kiev a la unión fue repudiada con indignación por el príncipe, la Iglesia y el pueblo rusos, que lo privaron de su sede. También él se marchó a Italia. Los patriarcas orientales anunciaron que no se consideraban obligados por nada de lo que sus representantes habían firmado y rechazaron la unión. Jorge Escolario, aunque había aceptado la unión y era un devoto de las obras de Tomás de Aquino, pronto fue convencido por Marcos Eugenikós de que se había equivocado. Se retiró a un monasterio y, a la muerte de Marcos en 1444, se convirtió en el dirigente del partido contrario a la unión. El clero menor y los monjes lo siguieron casi sin excepción.
»El emperador Juan VIII murió cansado y desilusionado en 1448. Su hermano y heredero, Constantino XI, se consideraba obligado por la unión; pero no intentó imponérsela a su pueblo hasta el tramo final del último asedio turco. En el otoño de 1452, Isidoro de Kiev, ahora cardenal romano, llegó a Constantinopla con el decreto de unión, que se leyó solemnemente en la catedral de Santa Sofía el 12 de diciembre. Isidoro, deseoso de que todo transcurriera sin contratiempos, informó de que había sido bien recibido. Pero su ayudante italiano, Leonardo de Quíos, arzobispo de Mitilene, escribió indignado que habían asistido pocas personas y que muchos funcionarios habían boicoteado la ceremonia. Lo cierto es que, aunque durante los últimos meses de existencia del Imperio oficiaron en Santa Sofía clérigos latinos y un puñado de clérigos unionistas, sus altares estaban casi desiertos. La inmensa mayoría del clero y de los fieles de la ciudad no quería tener nada que ver con ellos…
»En este momento supremo de la agonía del Imperio, la Iglesia [uniata] de Constantinopla apenas podía ayudar al pueblo. Su administración provincial había quedado desorganizada por el avance turco. En la propia Constantinopla, la política oficial de unión había producido el caos. No había patriarca. El último ocupante del cargo, Gregorio Mammas, había huido a Italia. A medida que quedaban vacantes los obispados, el emperador no encontraba a nadie que los ocupara y apoyase sus esfuerzos en favor de la unión. El clero y los fieles de la ciudad se mantenían apartados de las ceremonias de la Gran Iglesia de Santa Sofía y acudían, en cambio, en busca de orientación al monasterio de Escolario, donde el monje Genadio, el antiguo Jorge Escolario, fulminaba la unión. ¿Era justo que los bizantinos procuraran salvar sus cuerpos a costa de perder sus almas? Y, de hecho, ¿salvarían sus cuerpos? Para Genadio y sus amigos resultaba demasiado evidente que la ayuda de Occidente sería lamentablemente insuficiente. La Sagrada Escritura afirmaba que, tarde o temprano, el Anticristo vendría como precursor del Armagedón y del fin del mundo. A muchos griegos les parecía que había llegado ese momento. ¿Era aquella la hora de abandonar la pureza de la fe?».16
Genadio se recluyó, pero dejó un aviso en la puerta de su celda: «¡Oh, desdichados romanos! ¿Por qué habéis abandonado la verdad? ¿Por qué no confiáis en Dios, en vez de confiar en los italianos? Al perder vuestra fe, perderéis vuestra ciudad».17
Era de vital importancia saber cómo reaccionaría al concilio Rusia, la estrella ascendente en el firmamento ortodoxo…
En 1434, a la muerte del metropolitano Focio, el obispo Jonás de Riazán fue elegido metropolitano de Kiev y enviado a Constantinopla para su consagración. «Pero allí —escribe el protopresbítero Piotr Smirnov— se encontraron obstáculos. Los griegos vivían sus últimos años. Los turcos habían avanzado hacia Constantinopla desde todas partes. La única esperanza de salvación se veía en la ayuda de Occidente, pero esta solo podía comprarse mediante la humillación ante el papa de Roma. Se emprendieron negociaciones sobre la unión de las Iglesias. Del lado latino, se preparaba en Oriente a personas capaces de aceptar la unión y se les otorgaban cargos y puestos influyentes. Una de ellas era cierto Isidoro, hombre de gran talento y formación, pero no especialmente firme desde el punto de vista moral y capaz de cambiar de convicciones. Fue a él a quien se apresuraron a nombrar metropolitano para Moscú antes de la llegada de Jonás a Constantinopla. A san Jonás se le prometió la sede metropolitana después de Isidoro.
»Poco después de llegar a Moscú, Isidoro declaró que en Italia se estaba preparando el VIII Concilio Ecuménico para la unión de las Iglesias y que era necesario que él estuviera presente. Entonces comenzó a preparar el viaje. El gran príncipe Basilio Vasílievich intentó por todos los medios disuadir a Isidoro de participar en el concilio. Finalmente le dijo: “Si estás absolutamente decidido a ir al octavo concilio, tráenos de allí nuestra antigua Ortodoxia, que recibimos de nuestro antepasado Vladímir, y no nos traigas nada nuevo y extraño, que no aceptaremos”. Isidoro juró defender la Ortodoxia, pero en el Concilio de Florencia se mostró especialmente celoso en promover un resultado favorable al papa. Al terminar el concilio y tras la aceptación de la unia, Isidoro… regresó a Moscú y, en su primer oficio, comenzó a conmemorar al papa en lugar del patriarca de Constantinopla. El gran príncipe lo llamó públicamente seductor latino y hereje, y ordenó que se lo mantuviera bajo custodia hasta que el asunto fuera resuelto por un concilio. Los obispos rusos se reunieron en Moscú [en 1441] y condenaron a Isidoro. Junto con su discípulo Gregorio, este huyó a Tver, después a Lituania y, finalmente, a Roma, donde se quedó definitivamente con el papa.
»Tras la huida de Isidoro de Rusia, san Jonás permaneció otros siete años como simple obispo… Finalmente, en 1448… Basilio Vasílievich convocó a todos los obispos de la tierra rusa a un concilio. Los Padres conciliares, basándose en los cánones de la Iglesia, en los precedentes y en la decisión del patriarca de Constantinopla de que san Jonás fuera metropolitano después de Isidoro, lo designaron para la sede primacial. En un oficio solemne en la catedral de la Dormición, se le impuso el omoforio con el que habían sido revestidos los metropolitanos anteriores y se puso en sus manos el gran báculo metropolitano, símbolo de la potestad primacial».18
La Iglesia rusa se encontraba ahora, técnicamente, en cisma con la Gran Iglesia de Constantinopla, que había caído en la herejía latina… «Sin embargo —escribe N. Boyeikov—, incluso después de enterarse de la traición del emperador ortodoxo y de los acontecimientos que habían sacudido a Bizancio, Basilio no consideró que tuviera derecho a romper la dependencia canónica que la Iglesia rusa había heredado desde el bautismo de la Rus, y, después de la elección de Jonás, escribió lo siguiente: “Tras la muerte del metropolitano Focio, después de consultar con nuestra madre, la gran princesa, y con nuestros hermanos, los príncipes rusos, tanto los grandes príncipes como los de los principados locales, junto con el señor de la tierra lituana, los jerarcas y todo el clero, los boyardos y toda la tierra rusa, elegimos al obispo Jonás de Riazán y os lo enviamos a Constantinopla para su consagración, junto con nuestro enviado. Pero, antes de su llegada, el emperador y el patriarca consagraron a Isidoro como metropolitano de Kiev y de toda la Rus, mientras que a Jonás le dijeron: ‘Ve a tu sede, el obispado de Riazán. Si Isidoro muere o le sucede alguna otra cosa, permanece dispuesto a recibir la bendición para la sede metropolitana de toda la Rus’. Puesto que ha surgido una discordia en la Iglesia de Dios en nuestros benditos reinos, los viajeros a Constantinopla han sufrido toda clase de dificultades en el camino; hay un gran desorden en nuestros países, los impíos agarenos han invadido, ha habido guerras civiles y nosotros mismos hemos sufrido cosas terribles, no a manos de extranjeros, sino de nuestros propios hermanos. En vista de esta gran necesidad, hemos reunido a nuestros jerarcas rusos y, conforme a los cánones, hemos consagrado al mencionado Jonás para la sede metropolitana rusa de Kiev y de toda la Rus. Hemos obrado así por una gran necesidad, no por orgullo ni atrevimiento. Hasta el fin de los siglos permaneceremos fieles a la Ortodoxia que hemos recibido; nuestra Iglesia buscará siempre la bendición de la Iglesia de Tsargrad y le obedecerá en todo conforme a la antigua piedad. También nuestro padre Jonás pide bendición y unión en aquello que no atañe a las nuevas discordias actuales, y suplicamos a vuestro santo reino que se muestre benévolo con nuestro padre, el metropolitano Jonás. Queríamos escribir también sobre todos estos asuntos eclesiásticos al santísimo patriarca ortodoxo y pedir su bendición y sus oraciones. Pero no sabemos si hay o no un patriarca en vuestra ciudad imperial. Si Dios concede que tengáis un patriarca conforme a la antigua piedad, entonces le informaremos de todas nuestras circunstancias y pediremos su bendición”.
»Al leer esta carta del gran príncipe Basilio, uno se asombra de su tacto y de la moderación de su estilo. Sabiendo que el propio emperador había traicionado la fe y que tanto el patriarca Gregorio como Isidoro —enviado anteriormente a Moscú como metropolita— habían huido a Roma, Basilio II, en vez de dirigir a sus maestros e instructores una reprimenda bien merecida, se disculpaba él mismo por el hecho de que las circunstancias hubieran obligado a los obispos rusos a consagrar un metropolitano para sí, y casi suplicaba al emperador que aceptara a Jonás y lo honrara como metropolitano. Es notable que el gran príncipe subraye en todo momento que esta consagración tuvo lugar “conforme a los cánones”, al tiempo que dudaba de si existía o no un patriarca legítimo en el propio Bizancio. Toda esta carta está llena de verdadera humildad cristiana y compasión fraterna por el emperador que atravesaba tiempos difíciles».19
La Iglesia rusa era ahora autocéfala de facto, y llegaría a serlo de iure hacia finales del siglo XVI. Y pronto, después de la caída de la Nueva Roma en 1453, también el Estado ruso sería independiente, no solo en el sentido de gobernarse a sí mismo de facto —lo había hecho durante siglos—, sino también en el de no deber obediencia filial de iure a ningún otro Estado. De hecho, el gran príncipe ruso Basilio II ya era llamado «zar» y «autócrata» por su propio pueblo, y «hermano» por el emperador Juan VIII… Rusia, cuya Iglesia constituía apenas una de las aproximadamente doscientas sedes metropolitanas del Patriarcado Ecuménico, se estaba convirtiendo en la cabeza del mundo ortodoxo…20
19 de enero / 1 de febrero de 2018.
San Marcos de Éfeso.
REFERENCIAS
1. Tuchman, A Distant Mirror: The Calamitous Fourteenth Century [Un espejo lejano: el calamitoso siglo XIV], Nueva York: Knopf, 1978, p. 560. ↩
2. Montefiore, Titans of History [Titanes de la historia], Londres: Quercus, 2012, p. 157. ↩
3. Wells, Sailing from Byzantium [Navegando desde Bizancio], Nueva York: Bantam Deli, 2006, pp. 91-92. ↩
4. Runciman, The Great Church in Captivity [La Gran Iglesia en cautiverio], Cambridge University Press, 1968, pp. 103-104. ↩
5. A. P. Lébedev, Istoricheskie Ocherki Sostoiania Vizantijsko-Vostochnoj Tserkvi [Ensayos históricos sobre la situación de la Iglesia oriental bizantina], San Petersburgo, 2003, p. 102. ↩
6. N. de T. - La diferencia no es menor, los latinos, en el Concilio de Florencia, dejaron de manifiesto que el Hijo también era el origen y la causa (principium en latín) de la esencia y la subsistencia del Espíritu Santo.
Véase la bula del papa Eugenio IV Laetentur Caeli: Bula de unión con los griegos, Concilio de Florencia, 6 de julio de 1439: https://www.vatican.va/content/eugenius-iv/la/documents/bulla-laetentur-caeli-6-iulii-1439.html ↩
7. Hefele, Histoire des Conciles [Historia de los concilios], vol. VII, parte II, pp. 1015 y ss. ↩
8. Meyendorff, «Was there an Encounter between East and West at Florence?» [¿Hubo un encuentro entre Oriente y Occidente en Florencia?], en Rome, Constantinople, Moscow [Roma, Constantinopla, Moscú], Crestwood, Nueva York: St. Vladimir’s Seminary Press, 1996, p. 89. ↩
9. N. de T. - En latín, el texto es el siguiente: Illam sedem apostoli Petri et istius augustae civitatis unam esse definio. ↩
10. Meyendorff, op. cit., p. 90. ↩
11. John Sanidopoulos, «The Danger of ‘Mutant’ Theology» [El peligro de una teología «mutante»], http://www.johnsanidopoulos.com/2015/03/the-danger-of-mutant-theology.html?m=1. ↩
12. Runciman, op. cit., p. 109. El obispo Isaías de Stavropol, el obispo de Tver y el obispo Gregorio de Georgia abandonaron secretamente la ciudad para evitar firmar. Jorge Escolario, el futuro patriarca, junto con Juan Eugenikós, hermano de san Marcos, y el déspota Demetrio [de Morea], también se marcharon antes sin firmar. Y la firma de Metodio de Lacedemonia no aparece por ninguna parte… (The Lives of the Pillars of Orthodoxy [Las vidas de los pilares de la Ortodoxia], Buena Vista, Colorado: Holy Apostles Convent, 1990, p. 466). ↩
13. Ducas, en el volumen 6, p. 299, de la Historia de Paparrigópulos. ↩
14. «A los ojos de Marcos, ni siquiera la completa extinción política del Estado bizantino era tan importante como la preservación de la integridad de la Ortodoxia» (Constantine Tsipanlis, Mark Eugenicus and the Council of Florence [Marcos Eugenikós y el Concilio de Florencia], Nueva York: Kentron Vyzantinon Erevnon, 1986, p. 60). ↩
15. San Marcos, P. G. 160, cols. 536c y 537a. ↩
16. Runciman, op. cit., pp. 109-110, 159-160. ↩
17. Genadio Escolario, en Sir Edmund Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire [Decadencia y caída del Imperio romano], ed. J. B. Bury, VII, 176. ↩
18. Smirnov, Istoria Khristianskoj Pravoslavnoj Tserkvi [Historia de la Iglesia cristiana ortodoxa], Moscú: Krutitskoe podvorye, 2000, pp. 159-160. ↩
19. Boyeikov, Tserkov’, Rus’ i Rim [La Iglesia, la Rus y Roma], Jordanville, Nueva York: Holy Trinity Monastery, 1983. Véase el padre John Meyendorff, Byzantium and the Rise of Russia [Bizancio y el ascenso de Rusia], Cambridge University Press, 1981. ↩
20. Y, sin embargo, al mismo tiempo que adquiría su plena independencia, la Iglesia rusa perdía su unidad: en 1458 se estableció en Kiev una sede metropolitana separada para el Estado lituano (N. Riasonovsky, A History of Russia [Historia de Rusia], Oxford University Press, 2000, p. 121). ↩



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