ANALISIS
San Juan Crisóstomo interrumpe la continuación de sus homilías contra los Anomeos para combatir a los judaizantes-Los Cristianos no deben participar en los ayunos ni en fiestas de judíos: 1° Porque los judíos son unos miserables que hacen todo en contrasentido; no ayunaban cuando se debía ayunar, y ahora ayunan cuando ya no debería hacerse más; además fueron expulsados y en su lugar fueron puestos los cristianos; 2° porque su sinagoga ya no es más respetable que un teatro, un lugar de libertinaje y una caverna de forajidos; es la hotelería de demonios, mientras que la iglesia es la casa de Dios.
La posesión de libros santos no vuelve venerable a la sinagoga y no puede ser una excusa para los que van corriendo hacia ella, 1°porque los judíos ultrajan esos libros diciendo que en ellos no se habla de Jesucristo 2° porque se sirven de ellos para engañar más fácilmente a los débiles; 3° porque, no solo la sinagoga, sino el alma misma de los judíos es la casa de los demonios; tanto que Dios rechazó sus sacrificios, sus fiestas y hasta su templo, librándolo en manos de los gentiles.
La esperanza de obtener la sanación de alguna enfermedad tampoco es una razón para ir a la sinagoga: 1° porque los demonios que la habitan no pueden curar; 2° porque, aún si lo pudieran, no hay que perder el alma para sanar el cuerpo- Entonces hay que recurrir a todos los medios para impedir a los hermanos de judaizarse, principalmente porque, al callarlo, se participa del crimen y los hace pasibles del mismo castigo que ellos.
1. Hoy tenía la
intención de completar mi disertación sobre el tema del cual os hablé hace
pocos días; deseaba presentaros una prueba aún más clara de que la naturaleza
de Dios es superior a lo que nuestras mentes pueden aprehender. El domingo
pasado hablé sobre esto con gran extensión y presenté como mis testigos a
Isaías, David y Pablo. Pues fue Isaías quien exclamó: «¿Quién contará su
generación?». David supo que Dios estaba más allá de su comprensión, y por ello
le dio gracias diciendo: «Te alabaré, porque de modo admirable has sido
engrandecido: maravillosas son tus obras». Y de nuevo fue David quien dijo: «Tu
ciencia es para mí demasiado prodigiosa, una altura a la cual mi mente no puede
alcanzar». Pablo no escudriñó ni hurgó en la esencia misma de Dios, sino solo
en su providencia; o más bien debería decir que contempló solo la pequeña
porción de la divina providencia que Dios manifestó al llamar a los gentiles. Y
Pablo vio esta pequeña parte como un mar vasto e incomprensible cuando exclamó:
«¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos!».
Estos tres testigos nos dieron prueba
suficiente, mas no quedé satisfecho con los profetas ni me conformé con los
apóstoles. Ascendí a los cielos y os di como prueba el coro de los ángeles
mientras cantaban: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena
voluntad entre los hombres». Nuevamente, oísteis a los Serafines mientras se
estremecían y clamaban con asombro: «Santo, santo, santo es el Señor Dios de
los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria». Y os di también a los
querubines, que exclamaban: «Bendita sea su gloria en su morada».
Así pues, hubo tres
testigos en la tierra y tres en el Cielo que dejaron claro que la gloria de
Dios es inaccesible. Por lo demás, la prueba fue indiscutible; hubo gran
aplauso, el auditorio se encendió de entusiasmo, vuestra asamblea se inflamó.
Ciertamente me regocijé por esto, mas mi gozo no fue porque la alabanza viniera
a mí, sino porque la gloria iba dirigida a mi Maestro. Pues aquel aplauso y
alabanza demostraban el amor que tenéis por Dios en vuestras almas. Si un
siervo ama a su señor y oye a alguien hablar en alabanza de dicho señor, su
corazón se enciende de amor por aquel que habla. Esto
es porque el siervo ama a su señor. Vosotros obrasteis de esa misma manera
cuando hablé: por la abundancia de vuestro aplauso mostrasteis claramente
vuestro abundante amor por el Maestro.
Y por tanto, hoy quería nuevamente
emprender aquel certamen. Porque si los enemigos de la verdad nunca se sacian
de blasfemar contra nuestro Bienhechor, nosotros debemos ser tanto más
incansables en alabar al Dios de todo. Pero, ¿qué he de hacer? Otra enfermedad
muy grave reclama cualquier remedio que mis palabras puedan aportar, una
dolencia que se ha implantado en el cuerpo de la Iglesia. Debemos primero
arrancar de raíz este mal y luego ocuparnos de los asuntos de fuera; primero
debemos curar a los nuestros y luego preocuparnos por los otros que son
extraños.
¿Cuál es esta
enfermedad? Las festividades de los lastimosos y miserables judíos están
próximas a desfilar ante nosotros, una tras otra y en rápida sucesión: la
fiesta de las Trompetas, la fiesta de los Tabernáculos, los ayunos. Hay muchos
en nuestras filas que dicen pensar como nosotros. Sin embargo, algunos de estos
irán a presenciar las festividades y otros se unirán a los judíos para observar
sus fiestas y cumplir sus ayunos. Deseo expulsar esta costumbre perversa de la
Iglesia ahora mismo. Mis homilías contra los Anomeos pueden posponerse para
otro momento, y tal aplazamiento no causaría daño. Pero ahora que las
festividades judías están cerca y a las puertas mismas, si yo fallara en curar
a aquellos que están enfermos con la dolencia judaizante, temo que, debido a su
asociación inapropiada y profunda ignorancia, algunos cristianos participen en
las transgresiones de los judíos; una vez lo hayan hecho, temo que mis homilías
sobre estas transgresiones sean en vano. Pues si no
oyen palabra mía hoy, se unirán entonces a los judíos en sus ayunos; una vez
cometido este pecado, será inútil que yo aplique el remedio.
Y así es que me
apresuro a anticipar este peligro y prevenirlo. Esto es
lo que hacen los médicos. Primero contienen las enfermedades que son más
urgentes y agudas. Pero el peligro de esta dolencia está estrechamente
relacionado con el peligro de la otra; puesto que la impiedad de los Anomeos es
afín a la de los judíos, mi presente conflicto es afín al anterior. Y existe un
parentesco porque los judíos y los Anomeos hacen la misma acusación. ¿Y qué
cargos presentan los judíos? Que Él llamó a Dios su propio Padre y así se hizo
a sí mismo igual a Dios. Los Anomeos también presentan este cargo. No debería
decir que presentan esto como cargo; ellos incluso borran la frase «igual a
Dios» y lo que ella connota, por su resolución de rechazarla aunque no la
borren físicamente.
2. Pero no os
sorprendáis de que llame a los judíos "lastimosos". Verdaderamente
son dignos de lástima y miserables. Cuando tantas bendiciones del cielo
llegaron a sus manos, ellos las rechazaron y se esforzaron mucho en
repudiarlas. El matutino Sol de Justicia surgió para ellos, pero rechazaron sus
rayos y aún permanecen sentados en tinieblas. Nosotros, que fuimos nutridos por
la oscuridad, atrajimos la luz hacia nosotros y fuimos liberados de la penumbra
de su error. Ellos eran las ramas de aquella raíz santa, pero esas ramas fueron
quebradas. Nosotros no teníamos parte en la raíz, pero cosechamos el fruto de
la piedad. Desde su infancia leyeron a los profetas, pero crucificaron a aquel
a quien los profetas habían anunciado. Nosotros no oímos las profecías divinas,
pero adoramos a aquel de quien profetizaron. Y así son
lastimosos porque rechazaron las bendiciones que les fueron enviadas, mientras
que otros se asieron de estas bendiciones y las atrajeron hacia sí. Aunque
aquellos judíos habían sido llamados a la adopción de hijos, cayeron en
parentesco con los perros; nosotros, que éramos perros, recibimos la fuerza,
por la gracia de Dios, para dejar de lado la naturaleza irracional que era
nuestra y elevarnos al honor de hijos. ¿Cómo pruebo esto? Cristo dijo: «No es
justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros». Cristo hablaba con la
mujer cananea cuando llamó a los judíos hijos y a los gentiles perros.
Pero ved cómo a partir de entonces el orden
se invirtió: ellos se convirtieron en perros y nosotros nos convertimos en
hijos. Pablo dijo de los judíos: «Guardaos de los perros, guardaos de los malos
obreros, guardaos de la mutilación. Porque nosotros somos la circuncisión».
¿Veis cómo aquellos que al principio eran hijos se convirtieron en perros?
¿Deseáis descubrir cómo nosotros, que al principio éramos perros, nos
convertimos en hijos? «Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de
ser hechos hijos de Dios».
Nada es más miserable que aquellas personas
que nunca dejaron de atacar su propia salvación. Cuando hubo necesidad de
observar la Ley, la pisotearon. Ahora que la Ley ha dejado de obligar, se
esfuerzan obstinadamente por observarla. ¿Qué podría ser más lastimoso que
aquellos que provocan a Dios no solo transgrediendo la Ley, sino también
cumpliéndola? Por este motivo dijo Esteban: «¡Duros de cerviz e incircuncisos
de corazón!, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo», no solo
transgrediendo la Ley, sino también deseando observarla fuera de tiempo.
Esteban tenía razón al llamarlos duros de
cerviz. Pues no quisieron tomar el yugo de Cristo, aunque era suave y no tenía
nada que fuera gravoso u opresivo. Porque Él dijo: «Aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón», y «Tomad mi yugo sobre vosotros, porque mi yugo es
suave y mi carga ligera». No obstante, no tomaron el yugo debido a la dureza de
sus cervices. No solo no lo tomaron, sino que lo rompieron y lo destruyeron.
Pues Jeremías dijo: «Desde antiguo rompiste tu yugo y rompiste tus ataduras». No
fue Pablo quien dijo esto, sino la voz del profeta hablando fuerte y claro.
Cuando habló del yugo y las ataduras, se refería a los símbolos del dominio,
porque los judíos rechazaron el dominio de Cristo cuando dijeron: «No tenemos
más rey que al César». Vosotros, judíos, rompisteis el yugo, reventasteis las
ataduras, os arrojasteis fuera del reino de los cielos y os sometisteis al
dominio de los hombres. Considerad conmigo, os ruego, cuán acertadamente el
profeta insinuó que sus corazones estaban fuera de control. No dijo: «Dejasteis
a un lado el yugo», sino «Rompisteis el yugo», y este es el crimen de las
bestias indómitas, que no tienen control y rechazan el mando.
Pero, ¿cuál es el origen de esta dureza?
Proviene de la glotonería y la embriaguez. ¿Quién lo dice? El mismo Moisés.
«Israel comió y se sació, y el amado se volvió gordo y juguetón». Cuando los
animales brutos se alimentan de un pesebre lleno, se ponen rollizos y se
vuelven más obstinados y difíciles de sujetar; no soportan ni el yugo, ni las
riendas, ni la mano del auriga. Del mismo modo, el pueblo judío fue conducido
por su embriaguez y gordura al mal supremo; dieron coces, no aceptaron el yugo
de Cristo, ni tiraron del arado de su enseñanza. Otro profeta insinuó esto
cuando dijo: «Israel es tan obstinado como una novilla terca». Y otro más llamó
a los judíos «un becerro indómito».
Aunque tales bestias no son aptas para el
trabajo, sí lo son para el matadero. Y esto es lo que les sucedió a los judíos:
mientras se hacían ineptos para el trabajo, se volvían aptos para el
sacrificio. Por esto dijo Cristo: «En cuanto a estos enemigos míos, que no
quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos acá y degolladlos». [Lucas
19:27] Vosotros, judíos, debisteis haber ayunado entonces, cuando la embriaguez
os hacía aquellas cosas terribles, cuando vuestra glotonería daba a luz vuestra
impiedad; no ahora. Ahora vuestro ayuno es inoportuno y una abominación. ¿Quién
lo dijo? El propio Isaías, cuando clamó en voz alta: «No elegí yo este ayuno,
dice el Señor». ¿Por qué? «Ayunáis para contiendas y debates, y para herir con
el puño a vuestros subordinados». Pero si vuestro ayuno era una abominación
cuando heríais a vuestros consiervos, ¿acaso se vuelve aceptable ahora que
habéis dado muerte a vuestro Maestro? ¿Cómo podría ser eso correcto?
El hombre que ayuna debe estar debidamente
moderado, contrito, humillado, no ebrio de ira. ¿Pero golpeáis a vuestros
consiervos? En tiempos de Isaías, reñían y disputaban cuando ayunaban; ahora,
cuando ayunan, se entregan a los excesos y a la licencia extrema, danzando con
los pies descalzos en la plaza del mercado. El pretexto es que están ayunando,
pero actúan como hombres ebrios. Oíd cómo el profeta les mandó ayunar.
«Santificad el ayuno», dijo. No dijo: «Haced un desfile de vuestro ayuno», sino
«convocad asamblea; reunid a los ancianos». Pero estos judíos están reuniendo
coros de afeminados y un gran montón de rameras; arrastran a la sinagoga a todo
el teatro, con actores y todo. Porque no hay diferencia entre el teatro y la
sinagoga. Sé que algunos sospechan de mí por mi temeridad al decir que no hay
diferencia entre el teatro y la sinagoga; pero yo sospecho de ellos por su
temeridad si no piensan que esto es así. Si mi declaración de que ambos son lo
mismo descansara en mi propia autoridad, entonces acusadme de temeridad. Pero
si las palabras que hablo son las palabras del profeta, entonces aceptad su
decisión.
3. Muchos, lo sé, respetan a los judíos y
piensan que su actual modo de vida es venerable. Es por esto que me apresuro a
arrancar y extirpar esta opinión mortal. Dije que la sinagoga no es mejor que
un teatro y presento a un profeta como mi testigo. Ciertamente los judíos no
son más dignos de crédito que sus profetas. «Tuviste frente de ramera; te
hiciste desvergonzada ante todos». Donde una ramera se ha establecido, ese
lugar es un lupanar. Pero la sinagoga no es solo un lupanar y un teatro;
también es una cueva de ladrones y un alojamiento para fieras. Jeremías dijo:
«Vuestra casa se ha convertido para mí en cueva de hiena». Él no dice
simplemente «de fiera», sino «de fiera inmunda», y de nuevo: «He abandonado mi
casa, he desamparado mi heredad». Pero cuando Dios desampara a un pueblo, ¿qué
esperanza de salvación queda? Cuando Dios abandona un lugar, ese lugar se
convierte en morada de demonios.
Pero, en cualquier caso, los judíos dicen
que ellos también adoran a Dios. ¡No quiera Dios que yo diga tal cosa! ¡Ningún
judío adora a Dios! ¿Quién lo dice? El Hijo de Dios lo dice. Porque Él dijo:
«Si conocierais a mi Padre, también me conoceríais a mí. Pero ni a mí me
conocéis, ni conocéis a mi Padre». ¿Podría presentar un testigo más fidedigno
que el Hijo de Dios?
Si, pues, los judíos desconocen al Padre,
si crucificaron al Hijo, si rechazaron el auxilio del Espíritu, ¿quién no se
atrevería a declarar llanamente que la sinagoga es morada de demonios? Dios no
es adorado allí. ¡Líbrenos el Cielo! Desde ahora permanece como un lugar de
idolatría. Y, no obstante, todavía algunos le rinden honor como a lugar santo.
Os contaré esto, no por conjetura, sino por
mi propia experiencia. Hace tres días —creedme, no miento— vi a una mujer
libre, de buen porte, modesta y creyente. Un hombre brutal e insensible, tenido
por cristiano (pues no llamaría yo cristiano sincero a quien osara tal cosa),
la forzaba a entrar en el santuario de los hebreos y a jurar allí sobre ciertos
asuntos en disputa con él. Ella se acercó a mí y me pidió auxilio; me suplicó
que impidiera aquella violencia inicua, pues le estaba prohibido a ella, que había
participado en los divinos misterios, entrar en aquel lugar. Me encendí en
indignación, me airé, me levanté y rehusé permitir que fuera arrastrada a tal
transgresión; la arrebaté de manos de su raptor. Le pregunté si era cristiano,
y dijo que lo era. Entonces arremetí contra él vigorosamente, acusándole de
falta de sentimiento y de la peor estupidez; le dije que no era mejor que una
mula si él, que profesaba adorar a Cristo, arrastraba a alguien a las cuevas de
los judíos que le habían crucificado. Hablé con él largo tiempo, extrayendo mi
lección de los Santos Evangelios; le dije primero que está totalmente prohibido
jurar y que es ilícito imponer la necesidad de jurar a nadie. Luego le dije que
no debe someter a esta necesidad a un fiel bautizado; de hecho, ni siquiera a
un no bautizado debe forzársele a prestar juramento.
Tras hablar con él largamente y haber
expulsado de su alma la insensatez de su error, le pregunté por qué rechazaba
la Iglesia y arrastraba a la mujer al lugar donde se reúnen los hebreos.
Respondió que muchos le habían dicho que los juramentos allí prestados eran más
temibles. Sus palabras me hicieron gemir, luego me airé y, finalmente, comencé
a sonreír. Al ver la maldad del diablo, gemí porque él tuviera el poder de
seducir a los hombres; me airé al considerar cuán descuidados eran los que se
dejaban engañar; y al ver la extensión y profundidad de la necedad de los
engañados, sonreí.
Os he contado esta historia porque sois
feroces y despiadados en vuestra actitud hacia quienes hacen tales cosas y
pasan por tales experiencias. Si veis a uno de vuestros hermanos caer en tales
transgresiones, consideráis que es la desgracia de otro, no la vuestra; creéis
haberos defendido contra vuestros acusadores cuando decís: «¿Qué me importa a
mí? ¿Qué tengo yo en común con ese hombre?». Cuando decís eso, vuestras
palabras manifiestan el mayor odio hacia el género humano y una crueldad que
beneficia al diablo. ¿Qué estáis diciendo? Sois hombres y compartís la misma
naturaleza. ¿Por qué hablar de una naturaleza común cuando tenéis una sola
cabeza, Cristo? ¿Osáis decir que no tenéis nada en común con vuestros propios
miembros? ¿En qué sentido admitís que Cristo es la cabeza de la Iglesia? Pues
ciertamente es función de la cabeza unir todos los miembros, ordenarlos
cuidadosamente entre sí y ligarlos en una sola naturaleza. Pero si no tenéis
nada en común con vuestros miembros, entonces no tenéis nada en común con
vuestro hermano, ni tenéis a Cristo por vuestra cabeza.
Los judíos os asustan como si fuerais niños
pequeños, y no lo veis. Muchos esclavos perversos muestran máscaras espantosas
y ridículas a los jovencitos —las máscaras no son temibles por su naturaleza,
pero lo parecen a las mentes simples de los niños— y de este modo provocan
muchas risas. Así es como los judíos asustan a los cristianos de mente más
sencilla con los espantajos y duendes de sus santuarios. Mas, ¿cómo podrían
asustaros sus ridículas y vergonzosas sinagogas? ¿No son acaso los santuarios
de hombres que han sido rechazados, deshonrados y condenados?
4. Nuestras iglesias no son así; son
verdaderamente temibles y están llenas de pavor. La presencia de Dios hace
temible a un lugar porque Él tiene poder sobre la vida y la muerte. En nuestras
iglesias oímos incontables homilías sobre los castigos eternos, sobre los ríos
de fuego, sobre el gusano venenoso, sobre las cadenas que no pueden romperse o
las tinieblas exteriores. Pero los judíos ni conocen ni sueñan con estas cosas.
Viven para sus vientres, boquean por las cosas de este mundo; su condición no es
mejor que la de los cerdos o los machos cabríos debido a sus costumbres
licenciosas y su glotonería excesiva. Solo saben una cosa: llenar sus vientres
y embriagarse, salir cortados y magullados, ser heridos y lastimados mientras
luchan por sus aurigas favoritos.
Decidme, pues, ¿son sus santuarios augustos
y temibles? ¿Quién diría tal cosa? ¿Qué razones tenemos para pensar que son
temibles, a menos que alguien nos diga que esclavos deshonrados, que no tienen
derecho a hablar y que han sido expulsados de la casa de su Señor, deben
asustarnos a nosotros, a quienes se nos ha dado el honor y la libertad de
palabra? Ciertamente este no es el caso. Las posadas no son más augustas que
los palacios reales. En verdad, la sinagoga es menos digna de honor que
cualquier posada. No es meramente un alojamiento para ladrones y estafadores,
sino también para demonios. Esto es cierto no solo de las sinagogas, sino
también de las almas de los judíos, como intentaré probar al final de mi
homilía.
Os insto a que guardéis mis palabras en
vuestras mentes de manera especial. Pues no hablo ahora por ostentación o por
aplauso, sino para curar vuestras almas. ¿Y qué más me queda por decir cuando
algunos de vosotros todavía estáis enfermos, habiendo tantos médicos para
efectuar la cura?
Había doce apóstoles y atrajeron al mundo
entero hacia sí. La mayor parte de la ciudad es cristiana, sin embargo, algunos
todavía están enfermos con la enfermedad judaizante. ¿Y qué podríamos decir
nosotros, los sanos, en nuestra propia defensa? Ciertamente los que están
enfermos merecen ser acusados. Pero nosotros no estamos libres de culpa, porque
los hemos descuidado en su hora de enfermedad; si hubiéramos mostrado gran
preocupación por ellos y hubieran gozado del beneficio de este cuidado, no
sería posible que siguieran enfermos.
Permitidme que me anticipe diciéndoos esto
ahora, para que cada uno de vosotros pueda ganar a su hermano. Incluso si
debéis imponer restricción, incluso si debéis usar la fuerza, incluso si debéis
tratarle con dureza y obstinación, haced todo para salvarle del lazo del diablo
y librarle de la comunión con aquellos que mataron a Cristo.
Decidme esto. Suponed que vierais a un
hombre justamente condenado siendo llevado a la ejecución a través de la plaza.
Suponed que estuviera en vuestra mano salvarle de las manos del verdugo
público. ¿No haríais todo lo posible para evitar que fuera arrastrado? Pero
ahora veis a vuestro propio hermano ser arrastrado injustamente a la
profundidad de la destrucción. Y no es el verdugo quien le arrastra, sino el
diablo. ¿Seríais tan audaces como para no hacer vuestra parte para rescatarle
de su transgresión? Si no le ayudáis, ¿qué excusa hallaréis? Pero diréis que
vuestro hermano es más fuerte y poderoso que vosotros. Mostrádmelo. Si él se
mantiene firme en su resolución obstinada, elegiré arriesgar mi vida antes que
dejarle entrar por las puertas de la sinagoga.
Le diré: ¿Qué comunión tienes tú con la
Jerusalén libre, con la Jerusalén de arriba? Elegiste la de abajo; sé esclavo
con esa Jerusalén terrenal que, según la palabra del Apóstol, es esclava junto
con sus hijos. ¿Ayunáis con los judíos? Entonces descalzaos con los judíos,
caminad descalzos en la plaza y participad con ellos en su indecencia y sus
risas. Pero no elegiríais hacer esto porque tenéis vergüenza y sois propensos
al rubor. ¿Os avergonzáis de compartir con ellos la apariencia externa, pero no
os avergonzáis de compartir su impiedad? ¿Qué excusa tendréis, vosotros que
sois solo medio cristianos?
Creedme, arriesgaré mi vida antes que
descuidar a uno solo que esté enfermo de esta enfermedad, si lo veo. Si no lo
veo, seguramente Dios me concederá el perdón. Y que cada uno de vosotros
considere este asunto; no piense que es algo de importancia secundaria. ¿No
reparáis en lo que el diácono clama continuamente en los misterios? «Reconocéos
unos a otros», dice. ¿No veis cómo os encomienda el examen cuidadoso de
vuestros hermanos? Haced esto también en el caso de los judaizantes. Cuando
observéis a alguien judaizando, asidle, mostradle lo que está haciendo, para
que no seáis vos mismo cómplice del riesgo que él corre.
Si algún soldado romano que sirve en
ultramar es sorprendido favoreciendo a los bárbaros y a los persas, no solo
corre peligro él, sino también todo aquel que fuera consciente de tal
sentimiento y no lo pusiera en conocimiento del general. Puesto que sois el
ejército de Cristo, sed sumamente cuidadosos al buscar si alguien que favorece
una fe extraña se ha mezclado entre vosotros, y haced saber su presencia; no
para que le demos muerte como hicieron aquellos generales, ni para que le
castiguemos o nos venguemos de él, sino para que podamos librarle de su error e
impiedad y hacerle enteramente nuestro.
Si no estáis dispuestos a hacer esto, si
conocéis a tal persona pero la ocultáis, estad seguros de que tanto vosotros
como él estaréis sujetos a la misma pena. Pues Pablo sujeta a castigo y pena no
solo a los que cometen actos de maldad, sino también a los que aprueban lo que
ellos han hecho. El profeta, también, lleva al mismo juicio no solo a los
ladrones, sino también a los que corren con los ladrones. Y esto es muy
razonable. Pues si un hombre conoce las acciones de un criminal pero las
encubre y oculta, está proporcionando una base más fuerte para que el criminal
desprecie la ley y le hace perder el miedo en su carrera de crimen.
5. Pero debo volver de nuevo a los que
están enfermos. Considerad, pues, con quiénes comparten sus ayunos. Es con
aquellos que gritaron: «¡Crucifícale, crucifícale!», con aquellos que dijeron:
«Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Si unos hombres hubieran
sido sorprendidos en rebelión contra su gobernante y fueran condenados, ¿os
atreveríais a acercaros a ellos y hablarles? Creo que no. ¿No es una necedad,
entonces, mostrar tal presteza en huir de aquellos que han pecado contra un
hombre, pero entrar en comunión con aquellos que han cometido ultrajes contra
Dios mismo? ¿No es extraño que los que adoran al Crucificado celebren
festividades comunes con quienes le crucificaron? ¿No es una señal de locura y
de la peor demencia?
Puesto que hay algunos que consideran la
sinagoga como un lugar santo, debo decirles unas pocas palabras. ¿Por qué
reverenciáis ese lugar? ¿No debéis despreciarlo, tenerlo en abominación, huir
de él? Responden que la Ley y los libros de los profetas se guardan allí. ¿Qué
es esto? ¿Acaso cualquier lugar donde estén estos libros será un lugar santo?
¡De ninguna manera! Esta es la razón por la cual, por encima de todas las
demás, odio la sinagoga y la aborrezco. Tienen a los profetas pero no les
creen; leen las sagradas escrituras pero rechazan su testimonio, y esto es
marca de hombres culpables del mayor ultraje.
Decidme esto. Si vierais a un hombre
venerable, ilustre y renombrado, arrastrado a una taberna o cueva de ladrones;
si le vierais ultrajado, golpeado y sometido allí a la peor violencia,
¿habríais tenido a esa taberna o cueva en alta estima porque aquel hombre
grande y estimado hubiera estado dentro mientras sufría aquel trato violento?
Creo que no. Más bien, por esa misma razón habríais odiado y aborrecido el
lugar.
Sea ese vuestro juicio sobre la sinagoga
también. Pues llevaron los libros de Moisés y de los profetas consigo a la
sinagoga, no para honrarlos, sino para ultrajarlos con deshonor. Cuando dicen
que Moisés y los profetas no conocieron a Cristo y nada dijeron de su venida,
¿qué mayor ultraje podrían hacer a esos hombres santos que acusarles de no
reconocer a su Maestro, que decir que esos santos profetas son socios de su
impiedad? Y así es que debemos odiarlos a ellos y a su sinagoga tanto más por
su trato ofensivo hacia esos hombres santos.
¿Por qué hablo de los libros y de las
sinagogas? En tiempo de persecución, los verdugos públicos echan mano de los
cuerpos de los mártires, los azotan y los despedazan. ¿Hace eso santas las
manos de los verdugos porque tocaron el cuerpo de hombres santos? ¡Líbrenos el
Cielo! Las manos que asieron y sostuvieron los cuerpos de los santos permanecen
impías. ¿Por qué? Porque esos verdugos hicieron una obra perversa al poner sus
manos sobre lo santo. ¿Y serán aquellos que manejan y ultrajan los escritos de
los santos más venerables por esto que los que ejecutaron a los mártires? ¿No
sería eso la última necedad? Si los cuerpos maltratados de los mártires no
santifican a quienes los maltrataron, sino que aumentan su culpa de sangre,
mucho menos podrían las Escrituras, si se leen sin fe, ayudar jamás a quienes
las leen sin creer. El acto mismo de elegir deliberadamente maltratar las
Escrituras los condena por una mayor impiedad.
Si no tuvieran los profetas, no merecerían
tal castigo; si no hubieran leído los libros sagrados, no serían tan impuros ni
tan impíos. Pero, tal como están las cosas, han sido despojados de toda excusa.
Tienen a los heraldos de la verdad pero, con corazón hostil, se oponen a los
profetas y a la verdad que ellos anuncian. Así que es por esta razón que serían
tanto más profanos y culpables de sangre: tienen a los profetas, pero los
tratan con corazones hostiles.
Por tanto, os exhorto a huir y rehuir sus
reuniones. El daño que causan a nuestros hermanos más débiles no es pequeño;
ofrecen una excusa nada despreciable para sostener la insensatez de los judíos.
Pues cuando ven que vosotros, que adoráis al Cristo a quien ellos crucificaron,
seguís reverentemente sus rituales, ¿cómo pueden dejar de pensar que los ritos
que ellos han realizado son los mejores y que nuestras ceremonias no tienen
valor? Porque después de que adoráis y veneráis en nuestros misterios, corréis
hacia los mismos hombres que destruyen nuestros ritos. Pablo dijo: «Si alguno
te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en el lugar de los
ídolos, ¿no será su conciencia, siendo débil, estimulada a comer lo sacrificado
a los ídolos?». Y permitidme decir: Si un hombre os ve a vosotros, que tenéis
conocimiento, entrar en la sinagoga y participar en la fiesta de las Trompetas,
¿no será su conciencia, siendo débil, estimulada a admirar lo que hacen los
judíos? El que cae no solo paga la pena por su propia caída, sino que también
es castigado porque hace tropezar a otros. Pero el hombre que se ha mantenido
firme es recompensado no solo por su propia virtud, sino que la gente le admira
por llevar a otros a desear las mismas cosas.
Por tanto, huid de las reuniones y lugares
santos de los judíos. Que ningún hombre venere la sinagoga por causa de los
libros sagrados; ódiela y evítela porque los judíos ultrajan y maltratan a los
santos, porque se niegan a creer sus palabras, porque les acusan de la máxima
impiedad.
6. Para que sepáis que los libros sagrados
no hacen santo a un lugar, sino que el propósito de quienes frecuentan un lugar
lo hace profano, os contaré una vieja historia. Ptolomeo Filadelfo había
reunido libros de todo el mundo. Cuando supo que los judíos tenían escritos que
trataban de Dios y del estado ideal, mandó llamar a hombres de Judea e hizo que
tradujeran esos libros, que luego mandó depositar en el templo de Serapis, pues
él era pagano. Hasta el día de hoy los libros traducidos permanecen allí en el
templo. Pero, ¿será el templo de Serapis santo por causa de los libros
sagrados? ¡Líbrenos el Cielo! Aunque los libros tienen su propia santidad, no
dan parte de ella al lugar porque los que frecuentan el lugar están
mancillados.
Debéis aplicar el mismo argumento a la
sinagoga. Aun si no hay un ídolo allí, todavía los demonios habitan el lugar. Y
digo esto no solo sobre la sinagoga de aquí en la ciudad, sino también sobre la
de Dafne; pues en Dafne tenéis un lugar de perdición más perverso al que llaman
de Matrona. He oído que muchos de los fieles van allí y duermen junto al lugar.
Pero líbrenos el Cielo de que llame yo
fieles a estas personas. Pues para mí el santuario de Matrona y el templo de
Apolo son igualmente profanos. Si alguien me acusa de audacia, yo a mi vez le
acusaré de la máxima locura. Pues, decidme, ¿no es la morada de los demonios un
lugar de impiedad incluso si no hay allí ninguna estatua de Dios? Aquí se
reúnen los matadores de Cristo, aquí la cruz es expulsada, aquí Dios es
blasfemado, aquí el Padre es ignorado, aquí el Hijo es ultrajado, aquí la
gracia del Espíritu es rechazada. ¿No proviene un daño mayor de este lugar
puesto que los judíos mismos son demonios? En el templo pagano la impiedad es
desnuda y obvia; no sería fácil engañar a un hombre de mente sana y prudente ni
incitarle a ir allí. Pero en la sinagoga hay hombres que dicen adorar a Dios y
aborrecer los ídolos, hombres que dicen tener profetas y les rinden honor. Pero
con sus palabras preparan abundancia de cebo para atrapar en sus redes a las
almas más sencillas que son tan necias como para dejarse atrapar desprevenidas.
Así que la impiedad de los judíos y la de
los paganos están a la par. Pero los judíos practican un engaño que es más
peligroso. En su sinagoga se alza un altar invisible de engaño sobre el cual
sacrifican no ovejas y becerros, sino las almas de los hombres.
Finalmente, si las ceremonias de los judíos
os mueven a admiración, ¿qué tenéis en común con nosotros? Si las ceremonias
judías son venerables y grandes, las nuestras son mentiras. Pero si las
nuestras son verdaderas, como lo son, las suyas están llenas de engaño. No
hablo de las Escrituras. ¡Líbrenos el Cielo! Fueron las Escrituras las que me
llevaron de la mano y me condujeron a Cristo. Hablo de la impiedad y la
presente locura de los judíos.
Ciertamente es tiempo de que muestre que
los demonios habitan en la sinagoga, no solo en el lugar mismo sino también en
las almas de los judíos. Como dijo Cristo: «Cuando el espíritu inmundo ha
salido, anda por lugares secos buscando reposo. Si no lo halla, dice: Volveré a
mi casa. Y viniendo la halla vacía, barrida y adornada. Entonces va y toma
consigo otros siete espíritus más malvados que él mismo, y entran en él, y el
último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así será también
a esta generación».
¿Veis que los demonios habitan en sus almas
y que estos demonios son más peligrosos que los de antaño? Y esto es muy
razonable. En los viejos tiempos los judíos actuaron impíamente hacia los
profetas; ahora ultrajan al Maestro de los profetas. Decidme esto. ¿No os
estremecéis al entrar en el mismo lugar con hombres poseídos, que tienen tantos
espíritus inmundos, que han sido criados entre matanza y derramamiento de
sangre? ¿Debéis compartir un saludo con ellos e intercambiar una sola palabra?
¿No debéis apartaros de ellos puesto que son la deshonra común e infección del
mundo entero? ¿No han llegado a toda forma de maldad? ¿No se han agotado todos
los profetas haciendo muchas y largas alocuciones de acusación contra ellos?
¿Qué tragedia, qué modo de iniquidad no han eclipsado por su culpa de sangre?
Sacrificaron a sus propios hijos e hijas a los demonios. Rehusaron reconocer la
naturaleza, olvidaron los dolores del parto, pisotearon la crianza de sus
hijos, derribaron desde sus cimientos las leyes del parentesco, se volvieron
más salvajes que cualquier fiera.
Las fieras a menudo dan sus vidas y
desprecian su propia seguridad para proteger a sus crías. Ninguna necesidad
forzó a los judíos cuando mataron a sus propios hijos con sus propias manos
para rendir honor a los demonios vengadores, los enemigos de nuestra vida. ¿Qué
hecho suyo debería causarnos mayor asombro? ¿Su impiedad, su crueldad o su
inhumanidad? ¿Que sacrificaran a sus hijos o que los sacrificaran a los
demonios? Debido a su lascivia, ¿no mostraron una lujuria superior a la de los
animales irracionales? Oíd lo que el profeta dice de sus excesos: «Se han
vuelto como sementales fogosos. Cada cual relinchaba tras la mujer de su
prójimo». No dijo: «Cada cual codiciaba a la mujer de su prójimo», sino que
expresó la locura que venía de su lascivia con la mayor claridad hablándola
como el relinchar de bestias brutas.
7. ¿Qué más deseáis que os diga? ¿Os
hablaré de su rapiña, de su codicia, de su abandono de los pobres, de sus
robos, de sus fraudes en el comercio? Todo el día no sería suficiente para
daros cuenta de estas cosas. Pero, ¿tienen sus festividades algo de solemne y
grande? Ellos han mostrado que estas, también, son impuras. Escuchad a los
profetas; más bien, escuchad a Dios y con cuán fuerte declaración les vuelve la
espalda: «He hallado vuestras festividades odiosas, las he desechado de mí».
¿Odia Dios sus festividades y participáis
vosotros en ellas? No dijo esta o aquella festividad, sino todas ellas juntas.
¿Queréis ver que Dios odia el culto pagado con timbales, con liras, con arpas y
otros instrumentos? Dios dijo: «Aparta de mí el estrépito de tus cantares, que
no escucharé la salmodia de tus arpas». Si Dios dijo: «Apártalos de mí»,
¿corréis vosotros a escuchar las trompetas? ¿No son estos sacrificios y
ofrendas una abominación? «Si me traéis la flor de la harina, es en vano; el
incienso me es abominación». El incienso es abominación. ¿No es el lugar
también una abominación? Antes de que cometieran el crimen de crímenes, antes
de que mataran a su Maestro, antes de la cruz, antes de la muerte de Cristo,
era una abominación. ¿No es ahora mucho más una abominación? Y sin embargo,
¿qué hay más fragante que el incienso? Pero Dios no mira la naturaleza de los
dones, sino la intención de quienes los traen; es por esta intención que Él
juzga sus ofrendas.
Él puso su mirada en Abel y luego en sus
dones. Miró a Caín y luego se apartó de su ofrenda. Pues la Escritura dice: «A
Caín y a sus ofrendas no miró». Noé ofreció a Dios sacrificios de ovejas,
becerros y aves. La Escritura dice: «Y el Señor olió un olor suave», esto es,
aceptó las ofrendas. Pues Dios no tiene nariz, sino que es un espíritu
incorpóreo. Sin embargo, lo que sube del altar es el olor y el humo de cuerpos
quemados, y nada es más maloliente que tal aroma. Pero para que aprendáis que
Dios atiende a la intención del que ofrece el sacrificio y luego lo acepta o
rechaza, la Escritura llama al olor y al humo un olor suave; pero llama al
incienso una abominación porque la intención de quienes lo ofrecían apestaba
con un gran hedor.
¿Deseáis aprender que, junto con los
sacrificios y los instrumentos musicales y las festividades y el incienso, Dios
también rechaza el templo por causa de quienes entran en él? Lo mostró
principalmente con sus hechos, cuando lo entregó en manos bárbaras, y más tarde
cuando lo destruyó por completo. Pero aun antes de su destrucción, a través de
su profeta clamó en voz alta y dijo: «No pongáis vuestra confianza en palabras
engañosas, pues no os ayudará cuando digáis: ¡Este es el templo del Señor! ¡El
templo del Señor!». Lo que el profeta dice es que el templo no santifica a
quienes allí se reúnen, sino que los que allí se reúnen santifican el templo.
Si el templo no ayudó en un tiempo en que los Querubines y el Arca estaban
allí, mucho menos ayudará ahora que todas esas cosas se han ido, ahora que el
rechazo de Dios es completo, ahora que hay mayor motivo de enemistad. ¿Cuán
grande acto de locura y trastorno sería tomar como socios en las festividades a
quienes han sido deshonrados, a quienes Dios ha desamparado, a quienes airaron
al Maestro?
Decidme esto. Si un hombre hubiera matado a
vuestro hijo, ¿soportaríais mirarle, o aceptar su saludo? ¿No le rehuiríais
como a un demonio malvado, como al diablo mismo? Ellos mataron al Hijo de
vuestro Señor; ¿tenéis la audacia de entrar con ellos bajo el mismo techo?
Después de que fue muerto, Él acumuló tal honor sobre vosotros que os hizo su
hermano y coheredero. Pero vosotros le deshonráis tanto que rendís honor a
quienes le mataron en la cruz, que observáis con ellos la comunión de las
festividades, que vais a sus lugares profanos, entráis por sus puertas impuras
y participáis en las mesas de los demonios. Pues estoy persuadido de llamar al
ayuno de los judíos una mesa de demonios porque mataron a Dios. Si los judíos
actúan contra Dios, ¿no deben estar sirviendo a los demonios? ¿Buscáis a los
demonios para que os curen? Cuando Cristo permitió a los demonios entrar en los
cerdos, al punto se precipitaron al mar. ¿Perdonarán estos demonios los cuerpos
de los hombres? Ojalá no mataran los cuerpos de los hombres, que no conspiraran
contra ellos. Pero lo harán. Los demonios expulsaron a los hombres del Paraíso
y los privaron del honor de lo alto. ¿Curarán sus cuerpos? Eso es ridículo,
meras fábulas. Los demonios saben cómo conspirar y hacer daño, no curar. No
perdonan las almas. Decidme, pues, ¿perdonarán los cuerpos? Intentan expulsar a
los hombres del Reino. ¿Elegirán librarlos de la enfermedad?
¿No oísteis lo que dijo el profeta? Más
bien, ¿oísteis lo que Dios dijo a través del profeta? Dijo que los demonios no
pueden hacer ni bien ni mal. Aun si pudieran curar y quisieran hacerlo —lo cual
es imposible— no debéis tomar un castigo indestructible e infinito a cambio de
un pequeño beneficio que pronto puede ser destruido. ¿Curaréis vuestro cuerpo y
destruiréis vuestra alma? Estáis haciendo un pobre intercambio. ¿Estáis airando
a Dios que hizo vuestro cuerpo, y estáis llamando en vuestro auxilio al demonio
que conspira contra vosotros?
Si cualquier pagano temeroso de los
demonios tiene conocimientos médicos, ¿le resultará también fácil ganaros para
adorar a los dioses paganos? Esos paganos también tienen su habilidad. Ellos
también han curado a menudo muchas enfermedades y devuelto la salud a los
enfermos. ¿Vamos a participar en su impiedad por este motivo? ¡Líbrenos el
Cielo! Oíd lo que Moisés dijo a los judíos: «Si se levantare en medio de ti un
profeta o uno que diga haber soñado un sueño y te anunciare señal o prodigio, y
si se cumpliere la señal o prodigio que él te dijo, y te dijere: Vamos y
sirvamos a dioses extraños que tus padres no conocieron, no escucharás las
palabras de tal profeta ni de tal soñador».
Lo que Moisés quiere decir es esto: Si se
levanta algún profeta, dice, y realiza una señal, ya sea resucitando a un
muerto o limpiando a un leproso, o curando a un lisiado, y después de obrar el
prodigio os llama a la impiedad, no le hagáis caso solo porque su señal se
cumpla. ¿Por qué? «El Señor vuestro Dios os está probando para ver si le amáis
con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma». De esto queda claro que los
demonios no curan. Si alguna vez Dios permitiera que los demonios curaran, como
podría permitir que un hombre lo hiciera, su permiso es dado para probaros, no
porque Dios no sepa lo que sois, sino para enseñaros a rechazar incluso a los
demonios que curan.
¿Y por qué hablo de curaciones corporales?
Si algún hombre os amenaza con la Gehena a menos que neguéis a Cristo, no
atendáis a sus palabras. Si alguien os prometiera un reino por rebelaros contra
el Hijo unigénito de Dios, apartaos de él y odiadle. Sed discípulos de Pablo y
emulad aquellas palabras que su bendita y noble alma exclamó cuando dijo:
«Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús
Señor nuestro».
Ni ángeles, ni potestades, ni lo presente,
ni lo por venir, ni ninguna otra criatura separó a Pablo del amor de Cristo.
¿Os rebeláis vosotros para curar vuestro cuerpo? ¿Y qué excusa podríamos
hallar? Ciertamente debemos temer a Cristo más que a la Gehena y desearle más
que a un reino. Incluso si estuviéramos enfermos, es mejor permanecer en mala
salud que caer en la impiedad por causa de una cura; pues aunque un demonio te
cure, te ha dañado más de lo que te ha ayudado. Ha ayudado al cuerpo, que poco
tiempo después morirá del todo y se pudrirá. Pero ha dañado al alma, que nunca
morirá. Los secuestradores a menudo atraen a los niños pequeños ofreciéndoles
dulces, pasteles, canicas y otras cosas semejantes; luego los privan de su
libertad y de su propia vida. Así también, los demonios prometen la cura de un
miembro y luego arrojan toda la salvación del alma al mar.
Amados, no permitamos eso; busquemos de
todas las formas mantenernos libres de la impiedad. ¿No pudo Job haber
escuchado a su mujer, blasfemado contra Dios y quedado libre del desastre que
le acosaba? «Maldice a Dios y muérete», dijo ella. Pero él eligió sufrir el
dolor y consumirse; eligió soportar aquel golpe insoportable antes que
blasfemar y quedar libre de los males que le cercaban. Debéis emularle. Si el
demonio os prometiera diez mil curas de los males que os acosan, no le
escuchéis, no le toleréis, tal como Job rehusó escuchar a su mujer. Elegid
soportar vuestra enfermedad antes que destruir vuestra fe y la salvación de
vuestra alma. Dios no os desampara. Es porque desea aumentar vuestra gloria que
a menudo permite que caigáis enfermos. Mantened vuestro valor para que también
podáis oírle decir: «¿Crees que he tratado contigo de otro modo que para que
seas mostrado justo?».
8. Podría haber dicho más que esto, pero
para evitar que olvidéis lo que he dicho, pondré fin a mi homilía aquí con las
palabras de Moisés: «Llamo al cielo y a la tierra por testigos contra
vosotros». Si alguno de vosotros, esté presente aquí o no, fuera al espectáculo
de las Trompetas, o corriera a la sinagoga, o subiera al santuario de Matrona,
o participara en el ayuno, o compartiera el Sábado, o cumpliera cualquier otro
ritual judío grande o pequeño, llamo al cielo y a la tierra como mis testigos
de que soy inocente de la sangre de todos vosotros.
Estas palabras estarán a vuestro lado y al
mío en el día de nuestro Señor Jesucristo. Si las escucháis, os traerán gran
confianza; si no las escucháis u ocultáis a cualquiera que ose hacer esas
cosas, mis palabras estarán contra vosotros como amargas acusaciones. «Porque
no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios».
He depositado el dinero con los banqueros.
Queda en vosotros aumentar el depósito y usar el provecho de mis palabras para
la salvación de vuestros hermanos. ¿Halláis que es una carga opresiva denunciar
a quienes cometen estos pecados? Es una carga opresiva permanecer en silencio.
Porque este silencio os hace enemigos de Dios y trae destrucción tanto a
vosotros que ocultáis a tales pecadores como a aquellos cuyos pecados quedan
sin revelar. Cuánto mejor es hacerse odioso a nuestros consiervos por salvarlos
que provocar la ira de Dios contra vosotros mismos. Aunque vuestro consiervo
esté vejado con vosotros ahora, no podrá dañaros, sino que os estará agradecido
más tarde por su cura. Pero si buscáis ganar el favor de vuestro consiervo, si
permanecéis en silencio y le dañáis ocultando su pecado, Dios os exigirá la
pena máxima. Vuestro silencio hará de Dios vuestro enemigo y dañará a vuestro
hermano; si le denunciáis y reveláis su pecado, haréis a Dios propicio y
beneficiaréis a vuestro hermano, y ganaréis como amigo a uno que estaba
enajenado pero que aprendió por experiencia que le servisteis bien.
No penséis, pues, que estáis haciendo a
vuestros hermanos un favor si los veis persiguiendo algún absurdo y no los
acusáis con todo celo. Si perdéis una capa, ¿Acaso no consideráis como vuestro
enemigo no solo al que robó la capa, sino también al hombre que sabía del robo
y rehusó denunciar al ladrón? Nuestra Madre común (la Iglesia) ha perdido no
una capa, sino un hermano. El diablo le robó y ahora le retiene en el judaísmo.
Vosotros sabéis quién le robó; sabéis quién fue robado. ¿Me veis encendiendo, por
así decirlo, la lámpara de mi instrucción y buscando por todas partes en mi
dolor? ¿Y os quedáis callados, rehusando denunciarle? ¿Qué excusa tendréis? ¿No
os contará la Iglesia entre sus peores enemigos? ¿No os considerará un
adversario y un destructor?
¡Líbrenos el Cielo de que alguien que oiga
mis palabras de consejo cometa tal pecado como el de traicionar al hermano por
quien Cristo murió! Cristo derramó su sangre por causa de él. ¿Sois vosotros
acaso reacios a pronunciar una sola palabra por esta misma causa? Os insto a no
ser tan remisos. Tan pronto como salgáis de aquí, disponeos para la caza y que
cada uno de vosotros me traiga a uno de aquellos que padecen esta enfermedad.
9. Pero no quiera el Cielo que sean tantos
los que la padezcan. Que dos o tres, o diez o veinte de vosotros me traigan a
un solo hombre. El día que lo hagáis, y cuando yo vea en vuestras redes la
presa que habéis capturado, dispondré ante vosotros una mesa más abundante. Si
veo que el consejo que os he dado hoy ha sido puesto por obra, seré más
diligente en emprender la curación de esos hombres, y esto será un bien mayor
tanto para vosotros como para ellos.
No consideréis mis palabras a la ligera.
Sed escrupulosos en dar caza a los que sufren esta dolencia. Que las mujeres
busquen a las mujeres, los hombres a los hombres, los siervos a los siervos,
los libres a los libres y los niños a los niños. Venid todos vosotros a nuestro
próximo encuentro con tal éxito que obtengáis mi alabanza y, antes que
cualquier alabanza mía, que obtengáis de Dios una recompensa grande e inefable,
la cual en medida abundante sobrepasa los trabajos de aquellos que triunfan.
Que todos nosotros alcancemos esto por la gracia y la bondad amorosa de nuestro
Señor Jesucristo, por quien y con quien sea la gloria al Padre junto con el
Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Para ver el resto de las Homilías, haga clic aquí: Homilías contra los judíos - san Juan Crisóstomo
