LOS GLORIOSOS Y ALABADISIMOS, PRINCIPALES ENTRE LOS APÓSTOLES, PEDRO Y PABLO (+ 67)

Sermón del Bienaventurado Agustín, obispo de Hipona (Hipponensis)
En este día, la Santa Iglesia conmemora piadosamente el sufrimiento de los santos, gloriosos y alabadísimos Apóstoles Pedro y Pablo.
San Pedro, ferviente seguidor de Jesucristo, por su profunda confesión acerca de su Divinidad: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente», fue considerado digno de escuchar del Salvador esta respuesta: «Bienaventurado eres, Simón… Y Yo te digo que tú eres Pedro (Petrus), y sobre esta piedra (petra) edificaré mi Iglesia» (Mt. 16:16-18).
Sobre «esta piedra» (petra), es decir, sobre aquello que tú dices: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente», sobre esta confesión tuya edifico mi Iglesia. Por eso se dice: «Tú eres Pedro»; pues Pedro (Petrus) procede de la «piedra» (petra), y no la «piedra» (petra) procede de Pedro (Petrus), del mismo modo que el cristiano procede de Cristo, y no Cristo del cristiano.
¿Queréis saber de qué clase de «roca» (petra) recibió su nombre el Apóstol Pedro (Petrus)? Escuchad al Apóstol Pablo: «No quiero que ignoréis, hermanos —dice el Apóstol de Cristo—, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos pasaron por el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar. Y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los acompañaba, y la roca era Cristo» (1 Cor. 10:1-4).
He aquí de dónde procede la «Roca» de la que Pedro recibe su nombre.
Nuestro Señor Jesucristo, en los últimos días de su Vida Terrenal, durante los días de su Misión entre el género humano, eligió de entre sus Discípulos a sus Doce Apóstoles para predicar la Palabra de Dios. Entre ellos, al Apóstol Pedro, por su ardiente celo, le fue concedido ocupar el primer lugar (Mt. 10:2) y ser, por así decirlo, el representante de toda la Iglesia.
Por eso, después de su confesión, se le dice a él de manera particular: «Y te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los Cielos» (Mt. 16:19).
Por tanto, no fue un solo hombre, sino más bien la única Iglesia universal, aquella que recibió estas «llaves» y el derecho de «atar y desatar». Y para comprobar que fue la Iglesia la que recibió este derecho, y no exclusivamente una sola persona, dirigid vuestra atención a otro pasaje de las Escrituras, donde el mismo Señor dice también a todos sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo». Y añade: «A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn. 20:22-23). O bien: «Todo lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el Cielo» (Mt. 18:18).
Así pues, es la Iglesia la que ata y la Iglesia la que desata. La Iglesia, edificada sobre la piedra angular fundamental —Jesucristo Mismo— (Ef. 2:20), es la que ata y desata.
Temamos tanto la atadura como la liberación: la liberación, para no volver a caer en aquello de lo que hemos sido liberados; la atadura, para no permanecer para siempre en semejante estado. Por eso, como dice Sabiduría: «Cada uno queda preso por las iniquidades de sus propios pecados» (Prov. 5:22); y fuera de la Santa Iglesia no es posible recibir la liberación de los pecados.
Luego de su Resurrección, el Señor confió al Apóstol Pedro el pastoreo de su Rebaño Espiritual, no porque únicamente Pedro, entre todos los discípulos, hubiese sido considerado digno de apacentar el Rebaño de Cristo, sino porque Cristo se dirige principalmente a Pedro por ser este el primero entre los Apóstoles y, como tal, representante de la Iglesia. Además, al dirigirse en esta ocasión solamente a Pedro, como apóstol principal, Cristo confirma con ello la unidad de la Iglesia. «Simón, hijo de Jonás —dice el Señor a Pedro—, ¿me amas?».
Y el apóstol respondió: «Sí, Señor, Tú sabes que te amo».
Por segunda vez se le preguntó lo mismo, y por segunda vez respondió de igual manera. Cuando se le preguntó por tercera vez, al ver que parecía no ser creído, se entristeció. Pero ¿cómo podría no ser creído por Aquel que conocía su corazón? Entonces Pedro respondió: «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo»?
Y Jesús le dijo las tres veces: «Apacienta Mis ovejas» (Jn. 21:15-17).
Además, las tres preguntas del Salvador a Pedro y las tres confesiones de Pedro ante el Señor tuvieron una finalidad particularmente beneficiosa para el apóstol. Aquel a quien se le habían dado «las llaves del Reino» y el derecho de «atar y desatar» se había atado a sí mismo tres veces por miedo y cobardía (Mt. 26:69-75). Ahora el Señor lo desata tres veces por medio su Interrogación, y como recompensa por la confesión de su profundo amor.
Y la misión de apacentar literalmente el Rebaño de Cristo fue confiada a todos los apóstoles y a sus sucesores.
«Mirad por vosotros mismos y por todo el rebaño —exhorta el Apóstol Pablo a los presbíteros de la Iglesia—, en medio del cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia del Señor Dios, que Él adquirió con su Propia Sangre» (Hch. 20:28).
Y el Apóstol Pedro dice a los presbíteros:
«Apacentad el rebaño de Cristo que está entre vosotros, cuidando de él, no por obligación, sino voluntariamente, según Dios; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como quienes ejercen señorío sobre los que os han sido confiados, sino siendo ejemplos para el rebaño. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, recibiréis la corona incorruptible de gloria» (1 Pe. 5:2-4).
Es digno de señalarse que Cristo, al decir a Pedro: «Apacienta Mis ovejas», no dijo: «Apacienta tus ovejas», sino que le mandó, como buen servidor, apacentar las ovejas del Señor.
«¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pedro o de Pablo?» (1 Cor. 1:13).
«Apacienta Mis ovejas». Por eso, los ladrones rapaces semejantes a lobos, los opresores feroces, los maestros engañosos y los mercenarios que no se preocupan por el rebaño (Mt. 7:15; Hch. 20:29; 2 Pe. 2:1; Jn. 10:12), después de saquear un rebaño ajeno y considerar el botín como si fuera una ganancia propia, creen estar apacentando su propio rebaño.
Estos no son buenos pastores, como lo son los pastores del Señor.
«El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn. 10:11), que le fueron confiadas por el propio Príncipe de los pastores (1 Pe. 5:4).
Y el Apóstol Pedro, fiel a su vocación, entregó su vida por el mismo rebaño de Cristo, sellando su apostolado con una muerte martirial, por la cual ahora es glorificado en todo el mundo.
El Apóstol Pablo, que anteriormente se llamaba Saulo, fue transformado de lobo rapaz en manso cordero. Antes era enemigo de la Iglesia; luego fue manifestado como apóstol. Antes la perseguía; luego la predicó.
Habiendo recibido de los sumos sacerdotes amplios poderes para encadenar y llevar a la ejecución a todos los cristianos, ya se encontraba de camino y «respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor» (Hch. 9:1). Ansiaba sangre, pero «el que mora en los Cielos se burlará de él» (Sal. 2:4).
Cuando, después de haber «perseguido y afligido» de aquella manera a «la Iglesia de Dios» (1 Cor. 15:9; Hch. 8:3), se acercaba a Damasco, el Señor lo llamó desde el Cielo:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Yo estoy aquí y estoy allí; estoy en todas partes: aquí está mi Cabeza, allí está mi Cuerpo. Nada hay de sorprendente en ello, pues nosotros mismos somos miembros del Cuerpo de Cristo.
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hch. 9:4-5).
Saulo, temblando y lleno de temor, exclamó:
«¿Quién eres, Señor?».
«Yo soy Jesús —le respondió el Señor—, a Quien tú persigues». Y Saulo experimentó de repente una transformación:
«¿Qué quieres que yo haga?», exclamó.
Y enseguida oyó esta voz:
«Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer» (Hch. 9:6).
Entonces el Señor envió a Ananías:
«Levántate y ve a la calle» en busca de un hombre «llamado Saulo», y bautízalo, «porque instrumento escogido me es este, para llevar Mi Nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel» (Hch. 9:11, 15, 18).
Este instrumento debe ser llenado de mi Gracia.
Pero Ananías respondió:
«Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus Santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu Nombre» (Hch. 9:13-14).
Sin embargo, el Señor ordenó con firmeza a Ananías:
«Ve y búscalo, porque este instrumento es escogido por Mí; pues Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi Nombre» (Hch. 9:11, 15-16).
Y, en efecto, el Señor mostró al Apóstol Pablo cuánto tendría que padecer por su Nombre. Le indicó las obras que debía realizar. No lo libró de las cadenas, los grilletes, las prisiones ni los naufragios. Él mismo compartió sus sufrimientos y lo guió hasta este día.
La memoria de los sufrimientos de ambos Apóstoles se celebra en un mismo día, aunque padecieron en fechas diferentes; sin embargo, por el espíritu y la semejanza de sus sufrimientos, constituyen una sola conmemoración.
Pedro fue primero y Pablo lo siguió poco después. Este último, que antes se llamaba Saulo y luego Pablo, al transformar su orgullo en humildad, manifestó también esta transformación en su propio nombre: Paulus, que significa «pequeño», «menor» o «el más pequeño». ¿Qué dice de sí mismo el apóstol Pablo? Preguntádselo, y él mismo os responderá:
«Yo soy —dice— el más pequeño de los apóstoles; pero he trabajado más que todos ellos, aunque no yo, sino la Gracia de Dios que está conmigo» (1 Cor. 15:9-10).
Y así, hermanos, al celebrar ahora la memoria de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y recordar sus venerables sufrimientos, honremos su verdadera fe y su santa vida, la inocencia de sus padecimientos y la pureza de su confesión.
Amémoslos por su excelsa virtud e imitémoslos mediante grandes hazañas espirituales, procurando «ser imitadores de ellos» (cf. 2 Tes. 3:5-9), para que también nosotros alcancemos aquella bienaventuranza eterna que está preparada para todos los santos.
El camino de nuestra vida era antes más penoso, más espinoso y más difícil. Pero ¡cuán grande es la nube de testigos que nos envuelve! (Heb. 12:1). Ellos ya recorrieron este camino y ahora lo han hecho más fácil, más ligero y más transitable para nosotros.
El primero en recorrerlo fue el propio Señor Jesucristo, «el Autor y Consumador de la fe» (Heb. 12:2). Después de Él siguieron sus Intrépidos Apóstoles; luego, los mártires, los niños, las mujeres, las vírgenes y una gran multitud de testigos.
¿Quién actuó en ellos y los ayudó a recorrer este camino?
Aquel que dijo:
«Sin Mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5).
(Tomado del "mesyatsoslov" de la Iglesia Ortodoxa Rusa)