domingo, 30 de agosto de 2026

LOS DOS AMANTES - san Gregorio de Tours

Este es un breve relato que reproducimos del Libro I, capitulo 47, de las Historias de san Gregorio de Tours. Se trata de un breve relato sobre san Injurioso y santa Escolástica de Auvernia recogido por uno de los cronistas medievales mas grandes del medioevo; san Gregorio.

La historia a sido recordada a posteriori como Les Deux Amants, "Los dos amantes", titulo en francés muy semejante al de Les Dieu Amants; "los amantes de Dios".

Esta historia, que otros la reconocen como la de los "amantes de Clermont" guarda similitudes con las vidas rusas de san Pedro y Febronia.




47. Por la misma época, un tal Injurioso, un senador de Arverno con grandes riquezas, pidió la mano de una muchacha de su misma posición y, tras entregar las arras, fijó un día para las nupcias. Uno y otro eran, por lo demás, hijos únicos. Una vez llegado el día y celebrada la ceremonia de las nupcias, se acostaron según costumbre en el mismo lecho. Pero la muchacha, profundamente apesadumbrada, lloraba de la forma más amarga vuelta contra la pared. Él le dijo: «¿Por qué te afliges? Cuéntamelo, por favor.» Y ante el silencio de ella añadió: «Te suplico por Jesucristo, Hijo de Dios, que me expliques juiciosamente lo que te apena.» Entonces ella se volvió a él y le dijo: «Aun si llorara todos los días de mi vida, ¿acaso habría lágrimas que pudieran lavar tan inmenso dolor de mi pecho? Y es que había decidido guardar para Cristo mi cuerpo sin mancha de contacto de varón, pero ¡ay de mí!, que he sido abandonada por Él de tal manera que no puedo realizar mi deseo y, lo que desde el principio de mi vida he guardado, lo he perdido este mismísimo día que no hubiera debido ver. Y es que, abandonada por el inmortal Cristo que me prometía como dote el Paraíso, me ha tocado en suerte la unión con un marido mortal; y en lugar de unas rosas inmarcesibles, no me adornan sino que me afean los despojos de unas rosas secas. Y puesto que debía llevar la estola de la pureza junto al cuádruple río del Cordero,¹ este vestido me ha supuesto un lastre, no un lustre. Pero, ¿a qué prolongar más mis palabras? Infeliz de mí, que cuando debía alcanzar en suerte los cielos, me hundo hoy en los abismos. Oh, si esto es lo que iba a tener, ¿por qué no fue el final de mi vida el mismo día que fue su principio? ¡Oh, si hubiese franqueado la puerta de la muerte antes de recibir el alimento de la leche! ¡Oh, si los besos de mis dulces nodrizas se me hubiesen dado en el funeral! Y es que me horrorizan los lujos terrenales, porque contemplo las manos del Redentor, traspasadas por la vida del mundo. Y no miro las diademas que brillan con gemas preciosas cuando admiro interiormente aquella corona suya de espinas. Desdeño tus tierras con toda su enorme anchura y extensión, porque lo que ansío son los placeres del Paraíso. Me horrorizan tus riquezas cuando contemplo al Señor sentado sobre los astros»

Movido de piedad ante quien con gran llanto tal profería, el joven dijo: «Nuestros padres, los más nobles de los arvernos, sólo nos han tenido a nosotros y quisieron unirnos para propagar su estirpe, no fuera que, al marcharse de este mundo, los sucediera un heredero extraño.» Mas ella repuso: «Nada vale el mundo, nada sus riquezas, nada la pompa terrenal, nada la vida misma de que disfrutamos; antes bien, debemos procurar mejor aquella vida que no se cierra con el término de la muerte, que no se destruye con enfermedad alguna ni se acaba con ningún fin, donde el hombre permanece en eterna beatitud, vive sin que la luz se ponga y, lo que es más que todo esto, disfruta en continua contemplación de la presencia del propio Señor y, transportado al estado de los ángeles, se regocija con indisoluble alegría.» A esto dijo él: «Con tus dulcísimas palabras la vida eterna me ha brillado como una gran estrella y, por ello, si quieres abstenerte de la concupiscencia carnal, me haré partícipe de tu propósito.» Ella respondió: «Es difícil que el sexo masculino conceda eso a las mujeres; con todo, si logras que permanezcamos inmaculados en este mundo, yo te otorgaré una parte de la dote que me ha prometido mi novio y Señor Jesucristo, a quien me consagré como novia y esposa.»

Entonces él se pertrechó con la señal de la cruz y dijo: «Haré eso a lo que me exhortas». Y dándose mutuamente la mano se durmieron, sin que faltara una encomiable castidad los muchos años que después yacieron en el mismo lecho, algo que se manifestó después, en su fallecimiento. En efecto, cuando la doncella consumó su combate y se marchó junto al Señor, su marido, una vez concluida la ceremonia del funeral, la depositó en el sepulcro diciendo: «Te doy las gracias, mi señor Jesucristo, eterno Señor y Dios nuestro, porque devuelvo a tu piedad este tesoro tan inmaculado como lo recibí cuando me lo confiaste». A esto ella sonrió y dijo: «¿Por qué hablas de lo que no se te ha preguntado?» Y una vez enterrada, él no tardó mucho en seguirla. Posteriormente, cuando colocaron el sepulcro de uno y otro en paredes distintas, se produjo un novedoso milagro que puso de manifiesto su castidad. En efecto, cuando amaneció y la gente se llegó al lugar, encontró juntos los sepulcros que se habían dejado a gran distancia entre sí; evidentemente, para que a quienes el cielo ha unido no los separe aquí la tumba de sus cuerpos sepultados. Hasta el día de hoy los habitantes del lugar han dado en llamarlos «Los dos amantes». Hemos hecho mención de ellos en el Libro de los Milagros.


Según Riche (1995, p. 193), en estos casos el matrimonio era considerado casi una obligación. Cf. Gen. 2, 10.


(Texto extraído del libro, Historias, de san Gregorio de Tours. págs. 28 y 29. Universidad de Extremadura, segunda edición revisada, Caceres, España, 2022)



VIDA DE SAN SIMEÓN EL LOCO POR CRISTO - Leoncio de Neápolis

Icono de san Simeón y su hermano san Juan Vida y conducta de aba Simeón, llamado «Loco por causa de Cristo», escrita por Leoncio, reverendo ...