domingo, 23 de marzo de 2025

EL PENSAMIENTO DE IVAN KIREYEVSKY (PARTE I)

 

Vladimir Moss


Nota: Las obras principales de Iván Kireyevski se pueden encontrar traducidas online al inglés, tanto Sobre el carácter de la Ilustración en Europa y su relación con la Ilustración en Rusia (traducción casi total del original en ruso) como Sobre la necesidad y la posibilidad de nuevos principios para la filosofía (traducción completa), así también en nuestro blog se puede encontrar su Respuesta a Jomiakov traducida al castellano. 


Imagen de Ivan Kireyevsky (1806 - 1856) 

Los eslavófilos creían que la civilización occidental, desde el Cisma del siglo XI, había dado origen a un nuevo tipo de ser humano: el homo occidentalis. La pregunta, entonces, era: ¿cuáles eran las características principales de este nuevo hombre y en qué se diferenciaba del homo orientalis, el tipo más antiguo y original de cristiano y europeo, que por entonces solo podía encontrarse en Rusia y los Balcanes?

 

La primera respuesta clara a esta cuestión fue formulada por Iván Vasílievich Kireevski, un hombre de formación, gustos y hábitos completamente occidentales, que en su vida adulta se convirtió al ideal ortodoxo, volviéndose en discípulo del starets Macario de Óptina. En su Respuesta a Jomiakov (1839) y Sobre el carácter de la civilización europea y su relación con la civilización rusa (1852), ofreció su propia explicación sobre la causa del surgimiento del homo occidentalis: la eclosión racionalismo occidental.

 

Puede decirse que el inicio de la emancipación espiritual de Kireevski se remonta a 1829, cuando —como escribe el padre Serguéi Chetverikov— “se dio a conocer por primera vez en el ámbito literario con un artículo sobre Pushkin, que revelaba una comprensión notablemente clara de la obra de este poeta. En ese artículo ya expresaba dudas sobre la verdad absoluta de la filosofía alemana, y señalaba la necesidad urgente de desarrollar una escuela de pensamiento científico original ruso. ‘La filosofía alemana no puede echar raíces entre nosotros. Nuestra filosofía debe surgir de las cuestiones actuales, del interés predominante de nuestro pueblo y de sus modos de vida particulares.’

 

Pero al mismo tiempo, no debemos rechazar la experiencia del pensamiento europeo occidental. ‘La corona del iluminismo europeo fue la cuna de nuestra educación. Nació cuando los demás Estados ya habían completado el ciclo de su desarrollo intelectual; y donde ellos completaron, allí comenzamos nosotros. Como una hermana menor en una gran familia armoniosa, Rusia se vio enriquecida por la experiencia de sus hermanos y hermanas mayores antes de su entrada en el mundo.’”[1]

 

“Europa”, — escribió Kireevski en 1830 — “presenta ahora una imagen de estupor. Tanto su desarrollo político como moral han llegado a su fin.” Solo dos pueblos “de toda la humanidad ilustrada… no participan del adormecimiento general; dos pueblos, jóvenes y vigorosos, florecen con esperanza: los Estados Unidos y nuestra patria.”[2]

En aquel entonces, Kireevski probablemente todavía no contemplaba la dimensión única y salvífica de la Ortodoxia. El momento decisivo de su conversión, como escribe Nina Lazareva, fue su matrimonio con Natalia Petróvna Arbeneva en 1834:


“El comienzo de su vida familiar fue para Iván Vasílievich también el inicio de la transformación de su mundo interior, el inicio de su salida del callejón sin salida al que lo había llevado su anterior visión racionalista del mundo. La diferencia entre toda la estructura de vida de Natalia Petróvna —educada en las normas de una estricta piedad— y la de Iván Vasílievich, que pasaba días y noches en habitaciones llenas de humo de tabaco, leyendo y discutiendo las últimas obras filosóficas, no podía dejar de herirlos a ambos.”

 

En la nota escrita por A. I. Koshelev a partir de las palabras de N. P. Kireevski y titulada ‘La historia de la conversión de Iván Vasílievich’, leemos lo siguiente:

 

‘En el primer período tras su matrimonio, el cumplimiento por parte de ella de los ritos y costumbres de nuestra Iglesia le causaba una impresión desagradable, pero, gracias a la tolerancia y delicadeza que le eran naturales, no la obstaculizaba en absoluto. Por su parte, ella se sentía aún más dolida por su falta de fe y el completo descuido de todas las prácticas de la Iglesia Ortodoxa. Mantuvieron conversaciones que concluyeron en un acuerdo: él no la impediría en el cumplimiento de sus deberes religiosos y sería libre en sus propias acciones, pero se comprometía, en su presencia, a no blasfemar y, en lo posible, a interrumpir las conversaciones de sus amigos que le resultaran ofensivas a ella.

 

En el segundo año de su matrimonio, él le pidió a su esposa que leyera a Cousin. Ella accedió con gusto, pero cuando él le pidió su opinión sobre el libro, ella respondió que había muchas cosas buenas en él, pero que no había encontrado nada nuevo, pues todo lo allí expuesto se encontraba ya en los escritos de los Santos Padres, de forma mucho más profunda y satisfactoria. Él se rió y guardó silencio. Luego le propuso leer juntos a Voltaire. Ella le dijo que estaba dispuesta a leer cualquier libro serio que él quisiera sugerirle, pero que detestaba la burla y todo tipo de blasfemia, y que ni podía escuchar ni leer ese tipo de cosas.

 

Tiempo después comenzaron a leer juntos a Schelling, y cuando pensamientos elevados y luminosos los detenían, e Iván Vasílievich esperaba que su esposa se maravillara, ella le decía que ya conocía esas ideas por los escritos de los Santos Padres. A menudo se los señalaba en sus libros, lo cual obligaba a Kireevski a leer páginas enteras por momentos. Le resultaba desagradable reconocer que realmente había mucho en los Santos Padres que él había admirado en Schelling. No le gustaba admitirlo, pero en secreto tomaba los libros de su esposa y los leía con interés.

 

“En aquella época, las obras de los Santos Padres apenas se publicaban en Rusia; los amantes de la literatura espiritual las copiaban a mano ellos mismos o contrataban copistas por pequeñas sumas de dinero. Natalia Petróvna tomaba notas de aquellos libros que su padre espiritual, el hieromonje Filareto (Puliashkin), le daba para leer. En su tiempo, él había trabajado arduamente para preparar la publicación de la Filocalía eslava. Se trataba de obras de los Santos Padres recopiladas por San Paisio Velichkovsky, que contenían enseñanzas sobre la oración mental —es decir, sobre la purificación del alma de las pasiones, los medios para alcanzarla y, en particular, sobre la unión de la mente y el corazón en la oración de Jesús.

 

En 1836, Iván Vasílievich leyó por primera vez las obras de San Isaac el Sirio, conocido como el maestro del silencio. Así, el filósofo descubrió por primera vez aquella sabiduría espiritual ortodoxa, viva desde hacía siglos, que siempre ha dado testimonio de la Luz verdadera: nuestro Señor Jesucristo.”

 

El contacto con el monje Filareto del monasterio de Novospassky, las conversaciones con el santo starets y la lectura de diversas obras de los Santos Padres le producían alegría y lo atraían hacia la piedad. Iba a ver al padre Filareto, pero cada vez lo hacía, por así decirlo, a regañadientes. Era evidente que deseaba acudir a él, pero siempre le era necesario un pequeño empujón.

 

Esto continuó hasta que, por la Providencia de Dios, y gracias a la clarividencia del starets Filareto y a su conocimiento del alma humana, ocurrió un hecho verdaderamente prodigioso: “I. V. Kireevski, hasta entonces, nunca había llevado una cruz en el cuello. Su esposa se lo había pedido más de una vez, pero Iván Vasílievich no respondía. Finalmente, le dijo en una ocasión que se la pondría si se la enviaba el padre Filareto, cuya inteligencia y piedad admiraba profundamente. Natalia Petróvna fue a ver al padre Filareto y le comunicó esto. El starets hizo la señal de la cruz, se quitó del cuello su propia cruz y le dijo a Natalia Petróvna: ‘Que esta sea para la salvación de Iván Vasílievich.’

 

Cuando Natalia Petróvna regresó a casa, Iván Vasílievich, al encontrarse con ella, le dijo: ‘Bueno, ¿y qué dijo el padre Filareto?’ Ella sacó la cruz y se la entregó a Iván Vasílievich. Iván Vasílievich le preguntó: ‘¿Qué es esta cruz?’ Natalia le respondió que el padre Filareto se había quitado la cruz que llevaba y había dicho: ‘Que esta sea para su salvación.’ Entonces Iván Vasílievich cayó de rodillas y dijo: ‘Ahora sí espero la salvación de mi alma, porque en mi interior había determinado: si el padre Filareto se quita su cruz y me la envía, entonces será claro que Dios me está llamando a la salvación.’ A partir de ese momento, se hizo evidente un giro decisivo en los pensamientos y sentimientos de Iván Vasílievich.’”[3]

 

Poco después, Kireevski conoció al célebre starets Macario de Óptina, con el cual inició una serie de traducciones realizadas en Óptina de las obras de los Santos Padres al ruso. Esto, además de por si de gran importancia, marcó el comienzo del regreso de parte de la clase educada a una pertenencia real —y no meramente nominal— dentro de la Iglesia.

Fue sobre la base de las enseñanzas de los Santos Padres que Kireevski decidió construir una filosofía capaz de afrontar los problemas que afectaban a la intelectualidad rusa de su tiempo y de ofrecerle una ilustración verdadera.

 

Un elemento muy importante de esta filosofía sería una correcta “ubicación” de Rusia en relación con Europa Occidental.

 

     Según Kireyevsky: “Tres elementos constituyen el fundamento de la educación europea (es decir, la europea occidental): el cristianismo romano, el mundo de los ignorantes bárbaros que destruyeron el Imperio romano y el mundo clásico del paganismo antiguo.

 

El mundo clásico del paganismo antiguo, que Rusia no heredó, constituyó en esencia el triunfo de la razón formal sobre todo lo que se encuentra dentro y fuera de él, el triunfo de una razón pura, basada en sí misma, que no reconoce que haya nada por encima ni fuera de ella y que se presenta en dos variantes: la de la abstracción formal y la de la sensualidad formal. El efecto de la civilización clásica sobre la educación europea, influida por el clasicismo, asumió de igual manera esa naturaleza.

 

Ya sea porque los cristianos en Occidente cedieron a la influencia del mundo clásico o porque la herejía se fundió casualmente con el paganismo, lo que distingue a la Iglesia romana de la oriental es precisamente la victoria del racionalismo sobre la tradición, de la racionalidad exterior sobre la razón interior del espíritu.

 

Así, como consecuencia de un silogismo externo, del que dedujeron el concepto de la igualdad divina del Padre y el Hijo, fue modificado el dogma de la Trinidad en oposición a su significado espiritual y la Tradición; así, como consecuencia de otro silogismo, el Papa se convirtió en cabeza de la Iglesia, ocupando el lugar de Jesucristo, y más tarde llegó a ser un soberano terrenal, haciéndose incluso infalible; así se probó la existencia de Dios por medio de un silogismo en el mundo cristiano; así, toda la fe se apoyó en los silogismos de la escolástica. Todo el cuerpo de la fe se basaba en el escolasticismo silogístico; La Inquisición, el jesuitismo, en resumen, todas las particularidades del catolicismo se desarrollaron en función del mismo proceso formal de la razón, de manera que incluso el protestantismo, cuya racionalidad reprochan los católicos, tuvo su origen en la racionalidad del catolicismo.

 

Por lo que el racionalismo fue, desde el principio, un elemento añadido a la educación europea, y todavía sigue siendo una característica singular de la Ilustración y de la forma de vida europeas. Lo veremos con más claridad si comparamos los principios fundamentales de las formas de existencia privada y social de Occidente con los principios básicos de la existencia particular y popular que, si bien no tuvo tiempo de desarrollarse plenamente, al menos sí se manifestó en Rusia, bajo la influencia directa del cristianismo puro y sin la adición del mundo pagano.

 

Todas las formas de vida de Occidente, tanto privadas como sociales, se basan en la idea de la independencia individual y particular, que supone el aislamiento del individuo. De aquí proviene la sacralidad de las relaciones exteriores y formales: la sacralidad de la propiedad y de las disposiciones convencionales sean más importantes que los seres humanos. Cada individuo se percibe como un ente particular, sea un caballero, un príncipe o una ciudad; cada uno, dentro de sus derechos, es una persona autócrata e ilimitada que promulga leyes para su propio uso. El primer paso de cada persona en la sociedad consiste en encerrarse en una fortaleza desde cuyas profundidades entabla negociaciones con otros y con otros poderes independientes.

 

“… He hablado de la diferencia entre la Ilustración occidental y la rusa. En nuestro país, el principio educativo se encontraba dentro de la Iglesia. En Europa, el desarrollo de la Ilustración recibió no solo la influencia del cristianismo, sino también la de los todavía fructíferos restos del antiguo mundo pagano. El mismo cristianismo occidental, al separarse de la Iglesia universal, aceptó el germen de aquel principio que constituyó el rasgo común de todo el desarrollo greco-pagano: el principio racionalista. En consecuencia, el carácter de la educación europea se diferencia por el predominio de la racionalidad.

 

No obstante, ese exceso no se manifestó sino después, cuando el desarrollo lógico ya había, por así decirlo, desbordado al cristianismo. En los primeros tiempos el racionalismo, como ya he dicho, aparecía sólo de manera embrionaria. La Iglesia romana se separó de la oriental por el hecho de modificar ciertos dogmas que existían en la Tradición cristiana, y lo hizo a partir de un silogismo; otros dogmas fueron ampliados mediante el mismo proceso lógico y, como en el primer caso, en contra de las tradiciones y el espíritu de la Iglesia universal. De este modo, la convicción lógica llegó a ser la base originaria del catolicismo. Sin embargo, por un tiempo se limitó así la acción del racionalismo.

 

La organización interna y externa de la Iglesia, que ya se había configurado con anterioridad según otros principios, se mantuvo sin transformaciones perceptibles hasta el momento en que todo el volumen de la doctrina eclesiástica pasó a la conciencia de la parte pensante del clero. Esto sucedió con la filosofía escolástica, la cual, a causa del principio lógico presente en el mismo fundamento de la Iglesia católica, no pudo reconciliar la contradicción existente entre fe y razón de otra forma que no fuera mediante el silogismo, que de este modo se convirtió en la primera condición de toda convicción. Primeramente, como es natural, este mismo silogismo se utilizó para argumentar a favor de la fe y en contra de la razón, sometiendo la última a la primera con la ayuda de las evidencias racionales. Pero la fe, probada y confrontada con la razón por medios lógicos, ya no era una fe viva, una fe propiamente dicha, sino una fe formal que no representaba otra cosa que la negación lógica de la razón. Por eso, en el período del desarrollo escolástico del catolicismo la Iglesia occidental, precisamente a causa de su racionalismo, fue enemiga de la razón, una enemiga opresora, mortal, acérrima. Al desarrollarse hasta sus últimos extremos, continuando el mismo proceso lógico, la humillación incondicional de la razón produjo una cierta contradicción cuyas consecuencias constituyen el carácter de la moderna ilustración. Esto es a lo que me refería cuando hablaba del elemento racional del Catolicismo.

 

     “El cristianismo oriental no conoció ni la lucha de la fe contra la razón ni el triunfo de ésta sobre aquélla. Por lo tanto, su influencia sobre la ilustración no se parecía a la ejercida por el catolicismo.

 

     “Si examinamos la estructura social de la antigua Rusia encontramos muchas cosas que son distintas de las occidentales, y la primera de ellas es la organización de la sociedad en las llamadas obshinas. La originalidad personal, la individualidad, que constituía la base del desarrollo occidental, entre nosotros se conocían tan poco como el autoritarismo en la sociedad. El hombre pertenecía a la obshina y ésta le pertenecía a él. La propiedad de la tierra, fuente de los derechos individuales en Occidente, en nuestro país correspondía a la sociedad. La persona participaba en el derecho de la propiedad por cuanto que formaba parte de la sociedad.

 

La sociedad no era autónoma, y no podía autoorganizarse ni inventarse leyes porque no estaba separada de otras sociedades similares que se regían por costumbres uniformes. Estas innumerables obshinas, que formaban el conjunto de Rusia, estaban cubiertas por la red de iglesias, monasterios y ermitas apartadas desde donde se propagaban continuamente las mismas ideas sobre las relaciones sociales y personales. Estas ideas debieron convertirse paulatinamente en la convicción general, la convicción en la costumbre, que sustituía a la ley, quedando establecidas por toda la extensión territorial las mismas ideas, los mismos puntos de vista, las mismas aspiraciones y el mismo orden de vida. Esta homogeneidad de las costumbres, iguales en todas partes, fue probablemente una de las causas de su increíble fortaleza, que conservó vivos sus restos hasta nuestros días, pasando por todas las vicisitudes derivadas de las influencias destructivas que durante doscientos años intentaron sustituirlas por otros principios.

 

Como consecuencia de estas costumbres, fuertemente arraigadas, homogéneas y universales, todo cambio en la estructura social que no armonizara con el orden establecido era imposible. Las relaciones familiares de cada uno estaban determinadas antes de su nacimiento, y en el mismo orden instaurado la familia obedecía a la obshina, el ámbito más extenso de la obshina se sometía a su vez a la asamblea de obshinas, la reunión de obshinas al veche, etc., hasta que todos los círculos particulares se unieran en un centro: la Iglesia Ortodoxa. Ninguna opinión particular, ningún acuerdo artificial podía dar origen a un nuevo orden, crear nuevos derechos y privilegios. La misma palabra derecho, en su significado occidental, era desconocida para nosotros: solo significaba justicia, verdad, Por eso ningún poder era capaz de ceder un derecho a una persona o a un grupo social, ya que uno no puede ni vender la verdad y la justicia ni apropiarse de ellas, pues tienen una existencia propia y no dependen de relaciones convencionales. Por el contrario, en Occidente todas las relaciones sociales se fundamentan en un convenio o aspiran a alcanzar esta condición artificial. Fuera del convenio no hay relaciones correctas, solo arbitrariedad, que en la clase gobernante se denomina como autoritarismo, y en la clase subordinada, como libertad.

Sin embargo, en ambos casos, la arbitrariedad no es prueba del desarrollo de la vida interna, sino solo el del desarrollo de la vida exterior y formal. Todas las fuerzas, intereses y derechos sociales existen de manera aislada, separados entre sí, sin integrarse conforme a una norma orgánica, sino de manera fortuita o mediante un acuerdo artificial.

 

En el primero de los casos, triunfa la fuerza material; en el segundo, predomina la suma de opiniones individuales. Pero la fuerza material, la superioridad material, la mayoría material y la acumulación de opiniones individuales constituyen, en esencia, el mismo principio, solo que en diferentes momentos de su desarrollo. Por lo que, el contrato social no fue un invento de los enciclopedistas, sino un ideal real hacia el cual todas las sociedades occidentales aspiraron primero de manera inconsciente y ahora de forma consciente, bajo la influencia del elemento racional, que prevalece sobre el elemento cristiano..”[4]

 

Como citamos anteriormente, Kirieevski había escrito: “Todas las formas de vida de Occidente, tanto privadas como sociales, se basan en la idea de la independencia individual y particular, que supone el aislamiento del individuo. De aquí proviene la sacralidad de las relaciones exteriores y formales: la sacralidad de la propiedad y de las disposiciones convencionales sean más importantes que los seres humanos.”

 

“Solo le quedó al hombre una cosa seria: la industria. Para él, la realidad del ser subsistía únicamente en su persona física. La industria gobierna el mundo sin fe ni poesía. En nuestros tiempos, une y divide a los hombres. Determina la patria, delimita las clases, está en la base de las estructuras estatales, moviliza a las naciones, declara guerras, firma la paz, cambia las costumbres, orienta la ciencia y define el carácter de la cultura. Los hombres se inclinan ante ella y le erigen templos. Es la verdadera deidad en la que la gente cree sinceramente y a la que se somete. La actividad desinteresada se ha vuelto inconcebible; ha adquirido en el mundo contemporáneo el mismo significado que tenía la caballería en los tiempos de Cervantes.”[5]

 

     Este largo y trágico desarrollo tenía, según Kireevski, su raíz en la apostasía de la Iglesia romana. “Y así la Iglesia occidental, ya para el siglo IX, sembró en sí misma la semilla inevitable de la Reforma que colocó a la misma Iglesia ante el juicio de esta misma razón lógica que la Iglesia romana había exaltado. Un hombre perspicaz del siglo IX ya podía ver detrás del Papa Nicolás I a Lutero, al igual que (…) un hombre perspicaz del siglo XVI podía prever, la llegada del protestantismo liberal del siglo XIX. detrás de Lutero....”[6]

 

Según Kireevski, así como en un matrimonio la separación o el divorcio ocurre cuando uno de los cónyuges afirma su propio yo por encima de la otra persona, del mismo modo en la Iglesia los cismas y las herejías surgen cuando un partido se afirma a sí mismo en detrimento de la unidad católica. En la Iglesia primitiva e indivisa, “cada patriarcado, cada pueblo, cada país del mundo cristiano conservaba sus rasgos propios, participando al mismo tiempo de la unidad común de toda la Iglesia.”[7]

 

Un patriarcado o un país se apartaba de esa unidad únicamente si introducía una herejía, es decir, una enseñanza contraria a la comprensión católica de la Iglesia. El patriarcado romano se apartó de la Unidad y la Catolicidad de la Iglesia por medio de un desarrollo desequilibrado y arbitrario de una tendencia propia: el desarrollo lógico de conceptos, al introducir el Filioque en el Credo, en desafío a la conciencia teológica de la Iglesia en su conjunto.

Pero también se apartó de esa Unidad y Catolicidad de otro modo: predicando una herejía sobre la propia Unidad y Catolicidad. Porque los papas enseñaron que la Iglesia, para ser católica, debía ser ante todo y principalmente romana —y “romana” no en el sentido en que lo empleaban los griegos al llamarse a sí mismos “romanos”, es decir, como miembros del Imperio cristiano romano, que incluía tanto a italianos como a griegos y a pueblos de muchas otras nacionalidades.

 

Los papas comenzaron a entender “Roma”, “la Iglesia romana” y “la fe romana” en un sentido distinto, particularista y anti-católico: es decir, “romana” en oposición a “griega”, “la Iglesia romana” en oposición a “la Iglesia griega”, y “la fe romana” como algo diferente, e intrínsecamente superior, a “la fe de la Iglesia griega”. Desde ese momento, la Iglesia romana dejó de ser parte de la Iglesia católica, al haber pisoteado el dogma de la catolicidad. En su lugar, se convirtió en la Iglesia anticatólica, o romanista, o latina, o papista.

 

“El cristianismo penetró en la mente de los pueblos occidentales únicamente a través de la enseñanza de la Iglesia romana; en cambio, en Rusia irradio desde los candelabros de toda la Iglesia ortodoxa. La teología en Occidente adquirió un carácter racionalista y abstracto; en el mundo ortodoxo preservó la plenitud interior del espíritu. Allá hubo una división en las facultades de la razón; aquí, un anhelo por su unidad viva. Allá: el avance de la mente hacia la verdad mediante una cadena lógica de conceptos; aquí: la búsqueda de la verdad mediante la elevación interior de la autoconciencia hacia la integridad del corazón y la concentración del intelecto. Allá: búsqueda de una unidad externa, muerta; aquí: aspiración a una unidad interior, viva.

 

Allá, la Iglesia se confundió con el Estado, uniendo el poder espiritual con el poder secular al confundir lo eclesiástico con lo mundano dentro de una misma institución de carácter mixto; en Rusia, en cambio, la Iglesia se mantuvo libre de las aspiraciones temporales y de toda institución.

 

Allá: universidades escolásticas y jurídicas; en la antigua Rusia:  monasterios consagrados a la oración, que concentraban en sí el conocimiento más elevado; donde, el saber no se alcanzaba mediante el estudio escolástico y racionalista de las verdades supremas, sino mediante el anhelo de una comprensión vivida e integral de ellas. Mientras en Occidente se dio una fusión progresiva entre la educación pagana y la cristiana, en Rusia se aspiraba constantemente a la purificación de la verdad.

 

Allá: el surgimiento del poder estatal desde la imposición armada; aquí, surgió del desarrollo natural de la vida popular, impregnada por la unidad de una convicción fundamental. Allí, la división hostil entre las clases; aquí, su unidad armoniosa dentro de una diversidad natural. Allí, las fortalezas de los caballeros y sus posesiones formaban estados separados; aquí, el consenso espiritual de toda la tierra expresaba una unidad indivisible. Allí, la propiedad de la tierra era el fundamento de las relaciones civiles; aquí, la propiedad era apenas una expresión circunstancial de vínculos personales. Allí, la legalidad tenía un carácter formal y lógico; aquí, brotaba del modo de vida. Allí, el derecho tendía hacia una justicia externa; aquí, se privilegiaba la justicia interior. Allí, la jurisprudencia buscaba la coherencia de un código lógico; aquí, no una conexión externa puramente formal, sino una coherencia interna entre la convicción jurídica, la fe y las costumbres.

 

Allí, todo progreso se alcanzaba por medio de cambios forzosos; aquí, por un crecimiento armónico y espontáneo. Allí, el espíritu de partido agitaba la vida social; aquí, la solidez de una convicción fundamental la sostenía. Allí, el capricho de la moda; aquí, la firmeza de las costumbres. Allí, la fragilidad del individualismo arbitrario; aquí, la fortaleza de los lazos familiares y sociales. Allí, la ostentación del lujo y la artificialidad de la existencia; aquí, la sencillez de las necesidades vitales y el vigor del coraje moral. Allí, la afeminación soñadora; aquí, la integridad saludable de las fuerzas racionales. Allí, la ansiedad interior del espíritu, junto a la confianza racional en la propia perfección moral; en Rusia, en cambio, una profunda calma y serenidad del alma, acompañadas de una constante desconfianza de sí mismo y una exigencia ilimitada de perfección moral.

 

Para decirlo en breve:

Allí: desunión del espíritu, desunión del pensamiento, desunión de las ciencias, del Estado, de las clases, de la sociedad, de los derechos y deberes familiares, desunión de la unidad misma y de todas las formas particulares de la existencia humana, tanto social como personal; aquí: anhelo constante de integridad en la existencia cotidiana, interior y exterior, social y personal, especulativa y práctica, estética y moral.

 

Por tanto, si lo expuesto es verdadero, la disgregación frente a la integridad, y el racionalismo [rassudochnost’] frente a la razón viva [razumnost’], constituirían la expresión más acabada de la educación europea occidental y la de la antigua educación rusa.”[8]

 

“Podríamos preguntarnos si el contraste entre Oriente y Occidente no ha sido trazado aquí de forma demasiado tajante o excesivamente esquemática. A pesar de esto, no cabe duda de que Kireevski señaló con precisión los ejes fundamentales de bifurcación entre el desarrollo del Oriente ortodoxo y el Occidente católico-protestante. La clave de ello reside en su propio camino espiritual. ‘habiendo sido él mismo un hijo de Occidente y habiendo ido a Alemania a estudiar con los filósofos más avanzados, - escribió el p. Serafín Rose – ‘Kireyevsky estaba fue completamente impregnado del espíritu occidental, y luego se convirtió completamente a la ortodoxia, y por lo tanto vio que estas dos cosas no pueden combinarse; quiso comprender por qué eran diferentes, y cuál era la respuesta que le nacía desde lo profundo del alma: qué era lo que uno debía elegir.’”[9]



[1] Chetverikov, Elder Ambrose of Optina, Platina, CA: St. Herman of Alaska Brotherhood, 1997, pp. 124-125.

[2] Kireyevsky, Polnoe Sobranie Sochinenij, Moscow, 1861, vol. 2, p. 237; vol. 1, pp. 45, 46. Citado en S.V. Khatunev, “Problema ‘Rossia-Evropa’ vo vzgliadiakh K.N. Leontieva (60-e gg. XIX veka)” (The Russia-Europe’ problem in the views of K.N. Leontiev (60s of the 19th century), Voprosy Istorii, 3/2006, p. 117.

[3] Lazareva, “Zhizneopisanie” (“Biografia”), introducción a I.V. Kireyevsky, Razum na puti k Istine (La razón en el camino hacia la Verdad), Moscú: “Pravilo very”, 2002, pp. XXXVI- XXXIX.

[4] Kireyevsky, “V otvet A.S. Khomiakovu” (Una réplica a A.S. Khomiakov), Razum na puti k Istine (La razón en el camino hacia la Verdad), Moscú, 2002, pp. 6-12.

[5] Kireyevsky, Polnoe sobranie sochinenij (Obras Completas), Moscú, 1911, vol. I, pp. 113, 246; citado en Walicki, op. cit., pp. 94, 95.

[6] Kireyevsky, citado por el padre Alexey Young, A Man is His Faith: Ivan Kireyevsky and Orthodox Christianity, Londres: St. George Information Service, 1980.

[7] Kireyevsky, en Young, op. cit.

[8] Kireyevsky, “O kharaktere prosveschenia Evropy i o ego otnoshenii k prosvescheniu Rossii” (Sobre el carácter de la Ilustración en Europa y su relación con la Ilustración en Rusia), en Razum na puti k istine, op. cit., pp. 207-209.

[9] Monk Damascene Christenson, Not of this World: The Life and Teaching of Fr. Seraphim Rose, Forestville, Ca.: Fr. Seraphim Rose Foundation, 1993, pp. 589-590

miércoles, 19 de marzo de 2025

La extinción del rabinato en épocas del César Augusto - David Paul Drach (rabino)

Este pequeño texto de autoría del ex-rabino David Paul Drach (1791 – 1868), convertido al catolicismo romano y luego devenido en sacerdote católico, explica de manera muy clara y concisa como la institución rabínica ya para la venida de Cristo estaba completamente agotada. Es un texto a nuestro criterio muy esclarecedor en tanto que muchos occidentales tratan de equiparar al rabino como si tuviese un estatus (para la religión judía actual) similar o igual al de un sacerdote cristiano.

Hemos extraído este breve fragmento del libro “La armonía entre la Iglesia y la sinagoga”. Tomo I, fragmento que se corresponde a las páginas 128 a 133, traducido al castellano por Cristian Nicolás Jacobo, ediciones Alfa, Córdoba, Argentina, 2023.

 

Debemos rectificar aquí un error común entre quienes no están familiarizados con el culto judío, a saber, la creencia de que los rabinos son los sacerdotes de los judíos. Los rabinos ni siquiera son doctores de la ley en el verdadero sentido de la palabra. Su papel en la sinagoga se reduce a dar soluciones a los judíos devotos que se sienten desconcertados en ciertos casos relacionados con las observancias de su culto. Por ejemplo, cuando la desgracia ha hecho que una cuchara de la cocina magra haya caído en una olla utilizada para preparar la grasa; cuando, comiendo un pollo, se ha notado que el ala o la pata del pobre pájaro se había roto alguna vez, aunque luego se ha recuperado. Al hacernos eco de las expresiones de San Jerónimo, que todavía hoy son de la más repugnante exactitud: Tienen al frente de sus sinagogas a hombres sapientísimos, que destinan a una obra fea. Tienen que distinguir si la sangre de una virgen o menstruada es limpia o inmunda, y, si no la distinguen a simple vista, han de probarla con el gusto (Epist. ad Algasiam). Para la comprensión de este pasaje es necesario saber que la mujer que se encuentra en el estado descripto en Lev. XV, 19, debe permanecer separada de su marido, no siete días, como dice el texto, sino quince días, como dicen los fariseos. Ahora bien, un gran estudio de los rabinos consiste en discernir y constatar este estado, «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Conductores ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello» (Mt. XXIII, 24).

El servicio de la sinagoga, que consiste en entonar oraciones e himnos, y en la lectura pública del Pentateuco, es realizado por un cantor laico llamado en hebreo חזן (jazán) y en latín praecentor [director de coro]; el cuidado en distribuir la ayuda a los pobres, supervisar la educación pública y dar instrucción religiosa a la juventud, asistir a los moribundos, presidir los funerales, etc., suele reservarse a los laicos. La circuncisión, el bautismo de la sinagoga, es generalmente administrada por peritomistas[1] no rabinos. Los propios rabinos los llaman para hacer a sus hijos el mal servicio de convertirlos en judíos; si los rabinos aparecen en estas ceremonias, es como meros particulares. Canónicamente no son, en todo esto, más que el menor israelita. Si el rabino bendice el matrimonio, es una mera formalidad que no tiene ningún efecto sobre la legitimidad del vínculo y cualquier otro judío, como de hecho ocurre a menudo, puede pronunciar esta insignificante bendición, pues las palabras sacramentales que producen la unión matrimonial son pronunciadas por el novio. Un matrimonio judío es válido cuando un israelita dice a una mujer libre, de su nación, ante dos testigos masculinos hebreos, ya que no se reciben como testigos ni a mujeres ni a no judíos, entregándole una moneda u otro objeto (normalmente un anillo) del valor de la moneda corriente más pequeña: Sé mi esposa por este anillo (o por esta moneda), según el rito de Moisés e Israel (traducción literal de la fórmula hebrea: He aquí que tú estás reservada exclusivamente para mí, a cambio de este anillo y esta moneda, según, etc. Ver nuestro libro El divorcio en la sinagoga, pp. 6 y 193). El consentimiento de la mujer resulta de la simple aceptación de la moneda o del objeto que la reemplaza. No es necesario que exprese el sí fatal. Ver Talmud, tratado Kidushín, fol. 1 sigs.

Lo mismo ocurre con el divorcio. La ley de Moisés no prescribía, ni siquiera en la antigüedad, la intervención de quienes tenían autoridad espiritual para la entrega del libelo de repudio. Ver nuestro libro mencionado anteriormente El divorcio, p. 25 (IX).

Por lo tanto, el ministerio de los rabinos es absolutamente nulo en los principales actos de la vida de un judío.

Cuando el rabino, de vez en cuando, sube al púlpito, ¿es para predicar? En absoluto. Ve a la sinagoga y le oirás dar interminables disertaciones sobre el Talmud, del que la gente no entiende nada, o pronunciar discursos ceremoniales que estarían mejor en otro lugar que en un templo.

Los rabinos modernos siguen llamándose a sí mismos doctores de la ley y el reglamento anexo al decreto de Napoleón del 17 de marzo de 1808 mantiene este título[2]. Pero recuerden que sus decisiones no vinculan en absoluto la conciencia de los judíos, mientras que la situación era distinta en la antigua sinagoga. La negativa a someterse a la autoridad religiosa se castigaba con pena de muerte. Ver Deut. XVII, 12 sigs. Talmud, tratado Sanedrín, fol. 26 verso, fol. 87 recto; tratado Sota, fol. 45 recto; tratado Rosch Hashaná, fol. 25 recto. Maimónides, cap. 5 de su Tratado sobre los rebeldes (se llamaba así a los que se negaban a aceptar las decisiones del Sanedrin supremo).

Además, el Talmud dice positivamente que, desde la última (podría decir definitiva) dispersión de los judíos, no hay más doctores en Israel, porque la imposición de manos, una vez interrumpida, ya no puede reanudarse. Sólo el Mesías, esperado por los judíos, podrá, según el Talmud, devolver a este signo externo la virtud de imprimir el carácter de doctor de la ley. Ver Talmud, tratado Sanedrín, fol. 13 verso, y fol. 14 recto; tratado Aboda-Zara, fol. 8 verso. Maimónides, Comentario a la Mishná de Sanedrín, cap. 1, § 3, y su tratado del mismo título, cap. 4.

El Talmud narra que la autoridad del Sanedrin de Jerusalén cesó CUARENTA AÑOS antes de la ruina del Segundo Templo, es decir, precisamente en el momento de la Pasión de Nuestro Señor. Ver tratado Sanedrín, fol. 41 recto; Aboda-Zara, vol. 8 verso. El Consummatum est[3], pronunciado desde la cruz por el mediador del mundo, fue el decreto de la disolución eterna de este famoso cuerpo[4].

Las funciones sacerdotales siempre han pertenecido exclusivamente a los levitas de la raza de Aarón. El rey de Judá, Azarias, también llamado Ocías, se permitió una vez ofrecer incienso en el templo y fue inmediatamente herido de lepra cerca del altar donde cometió este sacrilegio. No había querido recibir las protestas de los sacerdotes, que le representaban que sólo a los descendientes de Aarón correspondía esa función, II Rey. XV, 5; II Par. XXVI, 18-19.

Son estos aaronitas los que, hasta el día de hoy, dan la bendición al pueblo en la sinagoga y gozan allí de algunos otros honores. Los rabinos no están exentos de su bendición: deben inclinarse bajo sus manos extendidas, así como el último miembro de la sinagoga. Pero, debido a la confusión de las tribus de Israel, la genealogía de los levitas se ha vuelto tan incierta que estos ya no se atreven a consumir los bienes que, según la ley de Moisés, les estaban reservados. Esos bienes incluyen el ganado (que debía ser entregado a los levitas en ciertas circunstancias), los diezmos de los rebaños y los primogénitos de los animales, (que se les prohibía tener a los demás judíos), así como los tributos sobre los frutos de la tierra y los objetos consagrados al Señor.

La distinción de tribus comenzó a desaparecer, admirablemente, tan pronto como el censo ordenado por un edicto de César Augusto estableció auténticamente la genealogía de Nuestro Señor. Naturalmente, este censo debería haber evitado cualquier confusión de las doce familias patriarcales; pero lo que sería un obstáculo insuperable a los ojos de los hombres es, a veces, precisamente el medio que la Providencia divina utiliza para ejecutar sus decretos eternos. De la misma manera que el cielo es más alto que la tierra, así los pensamientos y caminos de Jehová son más altos que los nuestros (Is. LV, 9). Se dice en Lc. II que, para cumplir el edicto del emperador, todos debían ser inscritos, cada uno en la ciudad de su origen (v. 3). Este texto demuestra que, desde el regreso de Babilonia, o al menos desde que Judea se convirtió en una provincia tributaria de Roma, se había abandonado la estricta observancia de permanecer cada uno en la posesión de sus padres. Ahora bien, en el desplazamiento general al que dio lugar el edicto del César, los judíos, inconstantes por naturaleza, se instalaron, después de su inscripción, en los lugares que más les habían sonreído en el espacio de su viaje. A partir de ese momento, los descendientes de los doce hijos de Jacob se mezclaron inextricablemente.

La nación judía, en su estado de infidelidad, ya no posee ningún tipo de sacerdocio. Así se cumple en todo su rigor esta terrible profecía: «Durante mucho tiempo Israel estará sin verdadero Dios, sin sacerdote», II Par. XV, 3.

La constatación de la ausencia de todo ministerio sagrado en la sinagoga es de gran importancia para la controversia religiosa. La corroboraremos con el siguiente pasaje, que hemos tomado del libro de un notable consistorio de Paris: «Los rabinos no son, como los sacerdotes y pastores de las comuniones cristianas, los ministros necesarios de nuestro culto. El oficio de la oración en nuestros templos no es llevado a cabo por ellos. No son los confidentes de nuestras conciencias. Su poder no puede hacer nada por la salvación de nuestras almas», etc. Des Consistoires israélites de France, por M. Singer, p. 32. Paris, 1820, por Delaunay, 1 vol. in-8°.

No podemos prescindir de una observación pasajera. El autor que acabamos de citar, conoce mejor el judaísmo que el cristianismo; de lo contrario, no habría equiparado al sacerdote católico con el ministro protestante. Este último, al igual que el rabino, no tiene carácter sacerdotal y su papel se reduce al de intérprete de la ley. Al igual que el rabino, no puede hacer nada por la salvación de las almas, ya que el protestantismo, habiendo arrojado lejos las llaves de San Pedro, no puede abrir el cielo al penitente que confiesa las faltas inseparables, por así decirlo, de nuestra débil humanidad. Su pretendida iglesia, como la sinagoga, no tiene ni altar ni sacrificio. Al testimonio del Sr. Singer, añadiremos el del ilustre orientalista, de piadosa memoria, nuestro maestro de la lengua árabe: «No existe hoy en la nación judía una autoridad que pueda establecer el límite que separe lo que es obligatorio en la ley de Moisés y en las tradiciones, de lo que ha dejado de serlo con la destrucción del Estado; una autoridad cuyas decisiones puedan tranquilizar las con-ciencias y resolver los escrúpulos de los hombres timoratos». Carta a un consejero del rey de Sajonia, por el barón Sylv. de Sacy. París, 1817, Bure, broch. in-8°.

 



[1] Nota del autor de este blog – La palabra peritomista designa a aquel que realiza la circuncisión

[2] Ver Solución dada por el consistorio central de los israelitas del imperio a varias cuestiones que le propuso la sinagoga consistorial de Coblentz, acompañada de exposiciones. París, 1809, in-4°, pp. 7 y 23.

[3] Nota del autor de este blog - Consummatum est; Todo se ha terminado.

[4] El rabino David Gans dice en su Crónica, año 3788, que fue en la misma época que el santuario del Templo de Jerusalén se abrió por sí mismo. Ver también el Talmud, tratado Yoma, fol. 59 verso. Se refiere al velo que cierra la entrada al Santo de los Santos, es decir, el santuario interior. Se sabe que uno de los fenómenos que se produjeron cuando la naturaleza se horrorizó ante el mayor crimen del que fue testigo, fue el desgarro del velo en toda su extensión de arriba abajo. «Mas Jesús, clamando de nuevo, con gran voz, exhaló el espíritu. Y he ahí que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo», Mt. XXVII, 50-51; ver Mc. XV, 38; Lc. XXIII, 45.

lunes, 10 de marzo de 2025

Libro : Dostoievski frente al terrorismo. De los demonios a Al Qaeda

 


Un buen libro del académico español Jorge Serrano Martínez que nos ayuda a comprender con mayor profundidad la problemática del Nihilismo, también objeto de estudio y de interés por otros grandes hombres de la espiritualidad cristiano-ortodoxa como lo fue el padre Serafín Rose. 

Si bien no compartimos plenamente la ideología liberal-democrática profesada por el autor, consideramos que este es un libro imprescindible en cuanto al análisis pormenorizado que el autor hace del capitulo III sobre la novela de Dostovieski Los Demonios, donde el genio ruso analiza el fenómeno del nihilismo de una manera mucho mas profunda que sus otras novelas. 

Para descargar el libro haga clik aqui:  Dostoievski frente al terrorismo. De los demonios a Al Qaeda


miércoles, 26 de febrero de 2025

RESPUESTA A A. S. JOMIAKOV por Iván Kireevski

 




Nota: Este escrito de Iván Kireevski se da en respuesta a un articulo publicado por Jomiakov llamado Lo viejo y lo nuevo, no es necesario leerlo para entender la replica de Kireevski.

 

El ensayo del señor Jomiakov despertó en muchos de nosotros el deseo de responderle con objeciones. Al principio quise ceder este placer a otros y ofreceros un artículo dedicado a un asunto distinto, pero más tarde pensé que la idea que tenemos sobre la relación entre el estado antiguo y el estado moderno de Rusia no es una cuestión sobre la cual podamos permitirnos mantener impunemente una u otra opinión, como sucedería en el caso de la literatura, la música o la política de otros países, ya que constituye una parte importante de nosotros mismos, y participa en cada pequeña circunstancia, en cada momento de nuestra vida; además, cuando recordé que cada uno de nosotros tiene una opinión distinta sobre este tema decidí dar una respuesta; soy consciente de que mi ensayo no podrá impedir que otro hable del mismo tema, ya que se trata de algo sustancial para todos nosotros y sobre lo que existe una gran diversidad de pareceres, aunque la conformidad de ideas no nos resultaría inútil.

Se suele plantear el problema de la siguiente manera: la antigua Rusia, constituida por sus propios elementos, ¿era peor o mejor que la Rusia actual, donde predomina el elemento occidental? Normalmente se argumenta que si la antigua Rusia era mejor que la moderna hemos de desear el regreso a un pasado exclusivamente ruso y evitar la influencia occidental, la cual está alterando la singularidad rusa; en cambio, si la Rusia antigua era peor, deberíamos procurar introducir todo lo occidental y destruir todo lo ruso.

Creo que el silogismo no es del todo correcto. Si lo antiguo era mejor que lo moderno, de eso no se deduce necesariamente que hoy continúe siendo mejor. Lo que fue bueno en una época, en una situación determinada, probablemente no lo será en otro tiempo y en otras condiciones. Si lo antiguo era peor, tampoco podemos deducir de ello que sus elementos no fueran capaces de desarrollarse orgánicamente en algo mejor en el caso de que ese desarrollo no se hubiera detenido por la introducción forzosa de un elemento ajeno. Un joven roble, desde luego, es más pequeño que un sauce de un año, que ya se puede ver desde lejos, empieza a dar sombra, va pareciéndose a un árbol y sirve para hacer leña. Pero, por supuesto, no le haremos ningún favor al roble si le injertamos el sauce.

De forma que la propia cuestión ha sido abordada de un modo insatisfactorio. En vez de plantear si era mejor la antigua Rusia, parece más útil preguntarnos: para mejorar nuestra vida, ¿es necesario regresar a la antigüedad rusa o, antes bien, desarrollar el elemento occi-dental que le es contrario?

Examinemos qué provecho podemos obtener si solucionamos este problema.

Supongamos que, como consecuencia de un análisis imparcial, nos convencemos de que para nosotros sería especialmente beneficioso el dominio exclusivo de una de las formas antagónicas de nuestra existencia; supongamos, además, que tenemos la posibilidad de ejercer una fuerte influencia sobre el destino de Rusia; incluso en este caso no podríamos esperar, a pesar de todos nuestros esfuerzos, imponer de manera exclusiva uno de los dos elementos contrarios, pues, aunque en nuestra teoría hayamos preferido uno de ellos, el otro seguirá existiendo en la realidad. Por muy enemigos que fuéramos de la ilustración occidental, de las costumbres occidentales, etc., ¿sería posible pensar sin locura que algún día desaparecerá en Rusia el recuerdo de todo aquello que recibió de Europa a lo largo de dos siglos? ¿Podemos ignorar lo que sabemos, olvidar todo lo que hemos aprendido?

Aún menos se podría pensar que los mil años de historia rusa pueden desvanecerse completamente a causa de las nuevas influencias europeas. En consecuencia, por mucho que deseemos regresar a la forma de vida rusa o introducir el modo europeo de existencia, no podemos esperar el predominio absoluto de lo primero ni de lo segundo, sino que, querámoslo o no, tenemos que esperar que aparezca un tercer elemento, derivado de la lucha de los dos rivales.

Por consiguiente, el tipo de planteamiento por el que se pregunta cuál de los dos elementos resulta más útil ahora también es incorrecto. No se trata de elegir uno de los dos, sino de decidir qué dirección han de adoptar ambos para que su acción sea beneficiosa. Por otra parte, ¿qué debemos esperar de su acción y qué hemos de temer?

Ésta es la cuestión que tiene una importancia primordial para cada uno de nosotros: qué dirección hemos de tomar, pero sin excluir ninguna de las dos.

Analizando los principios básicos de la existencia que componen las fuerzas de los pueblos de Rusia y de Occidente, en una primera aproximación descubrimos que hay algo que es evidentemente común: el cristianismo. La diferencia consiste en los diversos tipos de cristianismo, que se traducen en una orientación específica de la Ilustración, en un sentido particular de la vida privada y social. Sabemos de dónde proviene lo que les es común, pero ¿de dónde procede la divergencia y en qué se manifiesta su carácter?

Disponemos de dos métodos para determinar la singularidad de Occidente y la de Rusia, uno de los cuales debe servir para demostrar el otro. Podemos, descendiendo en la historia hasta las raíces de uno u otro tipo de educación, buscar la causa que los distinguió ya en los primeros elementos de que se componen, o bien, examinando el desarrollo posterior de estos elementos, comparar los resultados. Y, si descubriéramos que la misma diferencia que encontramos en sus elementos originales también están presentes en los resultados del desarrollo; entonces será evidente que nuestra hipótesis es cierta y, apoyándonos en ella, podremos ver con más claridad a qué conclusiones debemos llegar.

Tres elementos constituyen el fundamento de la educación europea: el cristianismo romano, el mundo de los ignorantes bárbaros que destruyeron el Imperio romano y el orbe clásico del paganismo antiguo.

El mundo clásico del paganismo antiguo, que Rusia no heredó, representó en esencia el triunfo de la razón formal[1] sobre todo lo que se encuentra en su interior y exterior, el triunfo de una razón pura, basada en sí misma, que no reconoce que haya nada por encima ni fuera de ella y que se presenta en dos variantes: la de la abstracción formal y la de la sensualidad formal. El efecto de la civilización clásica sobre la educación europea debió tener esas mismas características.

Ya sea porque los cristianos en Occidente cedieron a la influencia del mundo clásico o porque la herejía se fundió casualmente con el paganismo, lo que distingue a la Iglesia romana de la oriental es precisamente la victoria del racionalismo sobre la tradición, de la racionalidad exterior sobre la razón interior del espíritu. Así, como consecuencia de un silogismo externo, deducido del concepto de la igualdad divina del Padre y el Hijo, fue modificado el dogma de la Trinidad en contra del significado interno y la tradición espiritual; así, como consecuencia de otro silogismo, el Papa se convirtió en cabeza de la Iglesia, ocupando el lugar de Jesucristo, y más tarde llegó a ser un soberano terrenal, haciéndose incluso infalible; así se probó la existencia de Dios por medio de un silogismo en el mundo cristiano; así, toda la fe se apoyó en los silogismos de la escolástica. Todo el cuerpo de la fe se basaba en el escolasticismo silogístico; La Inquisición, el jesuitismo, en resumen, todas las particularidades del catolicismo se desarrollaron en función del mismo proceso formal de la razón, de manera que incluso el protestantismo, cuya racionalidad reprochan los católicos, tuvo su origen en la racionalidad del catolicismo.

En este último triunfo de la razón formal sobre la fe y la tradición, una mente sagaz podría haber previsto, como en un germen, todo el destino actual de Europa como consecuencia de un falso principio, es decir, Strauss y todos los movimientos de la filosofía moderna; el industrialismo como móvil de la vida social; la filantropía basada en un egoísmo calculado; el sistema educativo, fundamentado en el estímulo de la envidia; Napoleón y los héroes de los nuevos tiempos; los ideales del espíritu calculador y despiadado, en su mayor parte materialista; el fruto de la política racional y Luis Felipe, el último resultado de tantas esperanzas y tantos experimentos que han costado tan caros?

No tengo ninguna intención de escribir una sátira contra Occidente; nadie como yo aprecia las comodidades de la vida social y particular que fueron originadas por el mismo racionalismo. Sí, debo confesar sinceramente que todavía estoy fascinado por Occidente y vinculado a él por muchas simpatías inquebrantables. Soy parte de Occidente en virtud de mi educación, mis hábitos de vida, mis gustos, mi forma crítica de pensar e incluso por mis hábitos sentimentales, pero en el corazón del hombre hay unos movimientos, unas demandas del espíritu y un sentido de la vida que superan todos los hábitos y gustos, que superan todas las cosas placenteras y útiles de la racionalidad externa y sin los cuales ni un hombre ni un pueblo son capaces de vivir una vida auténtica. Por eso, aunque aprecio algunos beneficios de la racionalidad, considero que en su último desarrollo resulta ser evidentemente, a causa de la insatisfacción enfermiza que produce, un principio unilateral, engañador, seductor y traidor. Por lo demás, sería inoportuno extenderse aquí sobre esta materia. Sólo quiero recordar que todos los espíritus sublimes de Europa se lamentan del estado actual de apatía moral, de ausencia de convicción, de egoísmo universalizado, y demandan una nueva fuerza cultural externa a la razón, un nuevo móvil de vida ajeno al egoísmo, en una palabra, buscan la fe, Sin poder encontrarla en sus países, debido a que el voluntarismo tergiversó el carácter del cristianismo occidental.

De modo que el racionalismo fue, desde el principio, un elemento añadido a la educación europea, y todavía sigue siendo una característica singular de la Ilustración y de la forma de vida europeas. Lo veremos con más claridad si comparamos los principios fundamentales de las formas de existencia privada y social de Occidente con los principios básicos de la existencia particular y popular que, si bien no tuvo tiempo de desarrollarse plenamente, al menos sí se manifestó en Rusia, bajo la influencia directa del cristianismo puro y sin la adición del mundo pagano.

Todas las formas de vida de Occidente, tanto privadas como sociales, se basan en la idea de la independencia individual y particular, que supone el aislamiento del individuo. De aquí proviene la santidad de las relaciones exteriores y formales: la santidad de la propiedad y de las disposiciones convencionales es más importante que la personalidad. Cada individuo se percibe como un ente particular, sea un caballero, un príncipe o una ciudad; cada uno, dentro de sus derechos, es una persona autócrata e ilimitada que promulga leyes para su propio uso. El primer paso de cada persona en la sociedad consiste en encerrarse en una fortaleza desde la cual entabla negociaciones con otros poderes independientes.

La última vez no terminé mi artículo, y por eso me veo obligado a continuarlo ahora. He hablado de la diferencia entre la Ilustración occidental y la rusa. En nuestro país, el principio educativo se encontraba dentro de la Iglesia. En Europa, el desarrollo de la Ilustración recibió no solo la influencia del cristianismo, sino también la de los todavía fructíferos restos del antiguo mundo pagano. El mismo cristianismo occidental, al separarse de la Iglesia universal, aceptó el germen de aquel principio que constituyó el rasgo común de todo el desarrollo greco-pagano: el principio racionalista. En consecuencia, el carácter de la educación europea se diferencia por el predominio de la racionalidad. (…)

Sin embargo, este predominio sólo se pudo dar más tarde, cuando el desarrollo de la lógica acabó en cierto sentido con el desarrollo cristiano. En los primeros tiempos el racionalismo, como ya he dicho, aparecía sólo como germen. La Iglesia romana se separó de la oriental por el hecho de modificar ciertos dogmas que existían en la tradición cristiana, y lo hizo a partir de un silogismo; otros dogmas fueron ampliados mediante el mismo proceso lógico y, como en el primer caso, en contra de las tradiciones y el espíritu de la Iglesia universal. De este modo, la convicción lógica llegó a ser la base originaria del catolicismo. Sin embargo, por un tiempo se limitó así la acción del racionalismo.

La organización interna y externa de la Iglesia, que ya se había configurado con anterioridad según otros principios, se mantuvo sin transformaciones perceptibles hasta el momento en que todo el volumen de la doctrina eclesiástica pasó a la conciencia de la parte pensante del clero. Esto sucedió con la filosofía escolástica, la cual, a causa del principio lógico presente en el mismo fundamento de la Iglesia católica, no pudo reconciliar la contradicción existente entre fe y razón de otra forma que no fuera mediante el silogismo, que de este modo se convirtió en la primera condición de toda convicción. Primeramente, como es natural, este mismo silogismo se utilizó para argumentar a favor de la fe y en contra de la razón, sometiendo la última a la primera con la ayuda de las evidencias racionales. Pero la fe, probada y confrontada con la razón por medios lógicos, ya no era una fe viva, una fe propiamente dicha, sino una fe formal que no representaba otra cosa que la negación lógica de la razón. Por eso, en el período del desarrollo escolástico del catolicismo la Iglesia occidental, precisamente a causa de su racionalismo, fue enemiga de la razón, una enemiga opresora, mortal, acérrima. Al desarrollarse hasta sus últimos extremos, continuando el mismo proceso lógico, la humillación incondicional de la razón produjo una cierta contradicción cuyas consecuencias constituyen el carácter de la moderna ilustración. Esto es a lo que me refería cuando hablaba del elemento racional del catolicismo.

El cristianismo oriental no conoció ni la lucha de la fe contra la razón ni el triunfo de ésta sobre aquélla. Por lo tanto, su influencia sobre la ilustración no se parecía a la ejercida por el catolicismo.

Si examinamos la estructura social de la antigua Rusia encontramos muchas cosas que son distintas de las occidentales, y la primera de ellas es la organización de la sociedad en las llamadas obshinas[2]. La originalidad personal, la individualidad, que constituía la base del desarrollo occidental, entre nosotros se conocían tan poco como el autoritarismo en la sociedad. El hombre pertenecía a la obshina y ésta le pertenecía a él. La propiedad de la tierra, fuente de los derechos individuales en Occidente, en nuestro país correspondía a la sociedad. La persona participaba en el derecho de la propiedad por cuanto que formaba parte de la sociedad.

 

La sociedad no era autoritaria, y no podía autoorganizarse ni inventarse leyes porque no estaba separada de las demás sociedades semejantes que se regían por el mismo derecho consuetudinario. Estas innumerables obshinas, que formaban el conjunto de Rusia, estaban cubiertas por la red de iglesias, monasterios y ermitas apartadas desde donde se propagaban continuamente las mismas ideas sobre las relaciones sociales y personales. Estas ideas debieron convertirse paulatinamente en la convicción general, la convicción en la costumbre, que sustituía a la ley, quedando establecidas por toda la extensión territorial las mismas ideas, los mismos puntos de vista, las mismas aspiraciones y el mismo orden de vida. Esta homogeneidad de las costumbres, iguales en todas partes, fue probablemente una de las causas de su increíble fortaleza, que conservó vivos sus restos hasta nuestros - días, pasando por todas las vicisitudes derivadas de las influencias destructivas que durante doscientos años intentaron sustituirlas por otros principios.

Como consecuencia de estas costumbres, fuertemente arraigadas, homogéneas y universales, todo cambio en la estructura social que no armonizara con el orden establecido era imposible. Las relaciones familiares de cada uno estaban determinadas antes de su nacimiento, y en el mismo orden instaurado la familia obedecía a la obshina, el ámbito más extenso de la obshina se sometía a su vez a la asamblea de obshinas, la reunión de obshinas al veche[3], etc., hasta que todos los círculos particulares se unieran en un punto: la Iglesia ortodoxa. Ninguna opinión particular, ningún acuerdo artificial podía dar origen a un nuevo orden, crear nuevos derechos y privilegios. La misma palabra derecho, en su significado occidental, se desconocía en nuestro país, siendo sinónimo de justicia, de verdad. Por eso ningún poder era capaz de ceder un derecho a una persona o un grupo social, ya que uno no puede ni vender la verdad y la justicia ni apropiarse de ellas, pues tienen una existencia propia y no dependen de relaciones convencionales. Por el contrario, en Occidente todas las relaciones sociales se fundamentan en un convenio o aspiran a alcanzar esta condición artificial. Fuera del convenio no hay relaciones correctas, hace su aparición la arbitrariedad, que en la clase dirigente llama autoritarismo a su sistema, mientras que la clase dirigida lo llama libertad. Sin embargo, en ambos casos, la arbitrariedad no es prueba del desarrollo de la vida interna, sino únicamente de una existencia formal y externa. Todas las fuerzas, intereses y derechos sociales existen de manera aislada, separados entre sí, sin integrarse conforme a una norma orgánica.

En su lugar, se organizan de manera fortuita o mediante un acuerdo artificial. En el primer caso, triunfa la fuerza material; en el segundo, predomina la suma de opiniones individuales. Pero la fuerza material, la superioridad material, la mayoría material y la acumulación de opiniones individuales constituyen, en esencia, el mismo principio, solo que en diferentes etapas de su desarrollo. Por ello, el contrato social no fue un invento de los enciclopedistas, sino un ideal real al que las sociedades occidentales—en las que el elemento racional prevaleció sobre el cristiano—aspiraron de manera inconsciente en el pasado, y al que ahora aspiran conscientemente.

En Rusia, hasta la consolidación del poder de Moscú sobre los principados feudales, desconocíamos el verdadero alcance del poder del príncipe. Sin embargo, sabíamos que la autoridad de la costumbre inmutable hacía imposible cualquier forma de legislación arbitraria; que la facultad de investigar y juzgar, cuando correspondía al príncipe, no podía ejercerse en contra del derecho consuetudinario universal; que, por las mismas razones, la interpretación de las costumbres no podía ser arbitraria; que la competencia general sobre los pleitos recaía en las obshinas y los prikazy[4], los cuales administraban justicia conforme a la costumbre secular, conocida por todos. Finalmente, en los casos más extremos, si un príncipe no respetaba la justicia en sus relaciones con el pueblo o la Iglesia, era expulsado por el propio pueblo.

Tomando en consideración todo ello parece obvio que el poder de los príncipes consistía más en la conducción de los ejércitos que en la gestión interna, más en la defensa armada que en la posesión de los territorios.

En general, parece que en Rusia fueron tan poco conocidos los pequeños señores, típicos de Occidente, que utilizaban en su propio provecho a la sociedad—considerada una propiedad inanimada—como los nobles caballeros que se apoyaban en su fuerza personal, en su fortaleza y en su armadura, y no reconocían otra ley que la de su espada y las normas convencionales del honor, cuyo fundamento era la pura arbitrariedad.

A primera vista, parece incomprensible que no surgiera en nuestro país algo semejante a la caballería, al menos durante la época de la dominación tártara. La sociedad estaba dividida, el poder carecía de autoridad material, cualquiera podía trasladarse de un sitio a otro, los bosques eran densos, aún no se había inventado la policía. ¿Por qué, entonces, no se constituyeron organizaciones de hombres que utilizaran la superioridad de sus fuerzas contra los pacíficos agricultores y burgueses, saqueando, haciendo y deshaciendo a su antojo, apropiándose de territorios y aldeas para construir en ellos sus fuertes, estableciendo unas normas determinadas y formando así una clase especial de la más alta condición que, a causa de su poderío, también pudiera considerarse nobleza?

La Iglesia podría haber utilizado a estos hombres y formado, a partir de ellos, órdenes con estatutos determinados para que lucharan contra los infieles a la usanza de los cruzados occidentales. ¿Por qué no pasó esto en Rusia?

Creo que precisamente porque en aquellos tiempos nuestra Iglesia no entregaba su pureza a cambio de beneficios temporales. Los bogatyri[5] solo existieron antes de la introducción del cristianismo.

Después de la cristianización de Rusia, tuvimos bandidos, de cuyas partidas aún se habla en nuestras canciones, pero eran grupos rechazados por la Iglesia y, por tanto, no tenían fuerza. Nada habría sido más fácil que organizar cruzadas en Rusia, poniendo a los bandidos al servicio de la Iglesia y prometiéndoles el perdón de los pecados a cambio del asesinato de los infieles; cualquiera se habría alistado en las partidas de bandidos honrados.

El catolicismo actuó así: no pudo movilizar a los pueblos para que lucharan por la fe, sino que dirigió a los vagabundos hacia una sola meta, otorgándoles el nombre de santos. Nuestra Iglesia no lo hizo, y por eso no tuvimos caballeros ni, con ellos, aquella clase aristocrática que constituyó el elemento principal del conjunto de la civilización occidental.

Allí donde había más desorganización en Occidente, la caballería era más fuerte; la menos numerosa era la italiana. Allí donde había menos caballeros, la sociedad tendía a la organización popular; donde los caballeros eran numerosos, la sociedad se mostraba más propensa a la concentración del poder en unas solas manos.

El poder unipersonal es originado por la aristocracia, donde el más fuerte somete a los más débiles, y más tarde el gobernante, cuyo poder estaba sujeto a condiciones, pasa a ser un gobernante incondicional, cerrando filas con la nobleza contra los villanos, como llamaban al pueblo en Europa.

La clase de los villanos, de acuerdo con la fórmula general del desarrollo social de Europa, más tarde se ha apropiado de los derechos de la nobleza, y la misma fuerza que dio todo el poder a uno se lo ha traspasado a la mayoría material, que está inventando un procedimiento formal y todavía se encuentra en ese proceso de invención.

La Iglesia occidental transformó a los bandidos en caballeros, el poder espiritual en poder laico y la policía laica en la Santa Inquisición, y actuó de la misma manera en cuanto a las ciencias y las artes paganas. El nuevo arte espiritual que produjo no lo encontró en su interior, sino que aprovechó el arte antiguo, creado y formado por un espíritu distinto y una existencia distinta, para adornar su templo. Por eso el arte romántico brilló inicialmente con una vida nueva y radiante pero terminó por adorar el paganismo, como ahora se idolatran las fórmulas abstractas de la filosofía. Esto será así hasta que el mundo vuelva al cristianismo auténtico y surjan nuevos servidores de la belleza cristiana.

La parte esencial de la ciencia como conocimiento pertenece por igual al mundo pagano y al cristiano, con la única diferencia de su aspecto filosófico. Pero el catolicismo no pudo comunicar a la ciencia el enfoque filosófico propio del cristianismo por carecer de él en toda su pureza. De aquí vemos que las ciencias, como herencia del paganismo, prosperaron mucho en Europa, pero su resultado final es el ateísmo, consecuencia necesaria de su desarrollo unilateral.

Rusia no destacó ni por las artes ni por los descubrimientos científicos por no tener tiempo de desarrollarse en esta dirección de una forma original y por negarse a adoptar el desarrollo ajeno, basado en un enfoque falso y por tanto hostil a su espíritu cristiano. Pero conservó la primera condición del desarrollo correcto, que sólo requería tiempo y una situación favorable: acumuló y preservó vivo el principio estructurador del conocimiento, la filosofía del cristianismo, que es la única que puede constituir el verdadero fundamento de las ciencias. Las Obras de todos los santos padres de la Iglesia griega, sin excluir a los escritores más profundos, eran traducidas, leídas, copiadas y estudiadas en el silencio de nuestros monasterios, esos sagrados gérmenes de las universidades que nunca vieron la luz. Los monasterios se encontraban en un permanente y vivo contacto con el pueblo ¡Podemos deducir de este hecho la cultura que posee nuestra clase de villanos! No se trata de una cultura brillante, sino profunda; no es suntuosa ni material, con el único fin y efecto de lograr las comodidades de la vida externa, sino una cultura interior y espiritual, cuyo objetivo y resultado es una organización social que desconoce el autoritarismo y la esclavitud, la división entre nobles y villanos; se trata de costumbres seculares, que no tuvieron necesidad de ser codificadas por escrito, que proceden de la Iglesia y cuya fuerza consiste en la conformidad de los usos con la doctrina religiosa; se trata de los monasterios sagrados, focos de la organización cristiana, corazón espiritual de Rusia, que preservaron todas las condiciones de la futura y original ilustración; se trata de los ermitaños que se apartaban del lujo instalándose en bosques y abismos inaccesibles para estudiar los escritos de los sabios más profundos de la Grecia cristiana y más tarde abandonaban estos lugares para instruir al pueblo, que les comprendía; se trata de las sentencias que se imponían en el campo y eran producto de mentes educadas; se trata delos veche urbanos; se trata de ese espíritu libre de la vida rusa que aún pervive en las canciones. ¿Dónde está todo ello? ¿Cómo pudo desaparecer sin dar fruto? ¿Cómo pudo ceder a la violencia del elemento ajeno? ¿Cómo fue posible Pedro I, que destruyó lo ruso: para introducir lo alemán? Y, si la destrucción había empezado antes de Pedro, ¿cómo pudo el principado de Moscovia ahogar a Rusia al unificarla? ¿Por qué la unión de las partes diversas en un todo no se produjo de otra manera? ¿Por qué en este caso triunfó el principio extranjero y no el ruso?

En nuestra historia hay un hecho que explica la causa de esta desafortunada transformación: hablo del Concilio de los Cien Capítulos[6]. En cuanto la herejía hizo su aparición en la Iglesia, el cisma del espíritu tuvo que reflejarse en la vida. Surgieron partidos, que más o menos se desviaron de la verdad. El partido de las novedades triunfó sobre el partido de la tradición precisamente porque éste se hallaba dividido por las divergencias de opinión. Destruidos los vínculos de la unión interna, espiritual, se hicieron necesarios lazos materiales, formales, y de ahí nacieron la esclavitud, la oprichnina[7], el mestnichestvó[8], etc. De ahí proviene la corrección y la alteración del sentido de los libros realizadas a causa de la ignorancia, las opiniones particulares y la crítica arbitraria. La divergencia de opiniones existente entre la mayoría del pueblo, rechazada como cismática, y el gobierno ya antes de Pedro I también procede de ahí. Por eso Pedro, como jefe del partido estatal, crea un Estado dentro del Estado, y de ahí se deriva todo lo que sucede después de este hecho.

¿Cuál es el resultado de todo lo dicho? ¿Hemos de desear el regreso al pasado de Rusia y materializarlo si es posible? Si era verdad que la particularidad de la vida rusa consistió en conservar vivos sus orígenes a partir del cristianismo puro y que esta forma de vida decayó a la vez que se debilitaba el espíritu, ahora la forma inerte de esta vida decididamente no tendrá ya ninguna importancia. Hacerla regresar por la fuerza sería ridículo, además de dañino. Pero destruir los restos de esta vida sólo podría hacerlo quien no crea que alguna vez Rusia recuperará aquel espíritu vivificante que se respira en su Iglesia.

Sólo podemos desear ahora una cosa: qué algún francés note la originalidad de la doctrina cristiana que profesa nuestra Iglesia y publique sobre ello un artículo en un periódico; que algún alemán le crea y estudie nuestra Iglesia con más profundidad y demuestre en sus conferencias que, de forma inesperada, en ella se descubre algo que precisamente resulta necesario ahora para la ilustración europea. Entonces, sin duda, creeremos al francés y al alemán y entenderemos aquello que nos pertenece.

 

 

 

 



[1] En el tratado principal de Ivan Kireevski titulado: Sobre la necesidad y la posibilidad de Nuevos principios de la filosofía el distingue dos tipos de razón, la dianoia, que es la razón externa o razón formal como la llama aquí, y la noesis, que es la razón espiritual u interna sobre la cual se tiene que fundar según él la filosofía.

En el comienzo de su tratado, el rastrea ya el comienzo del despliegue de la dianoia en el mundo antiguo, principalmente en los postulados de Aristóteles y los estoicos, y sostiene que esta alcanza su predominio sobre la noesis ya en la escolástica y más aún, en el Iluminismo. Véase: https://www.oocities.org/trvalentine/orthodox/kireyevsky_new-principles.html

[2] Forma de organización social autogestionaria que se mantuvo en el campo ruso hasta las reformas del primer ministro Petr Stolypin, en la década de 1910. (N. de los T.)

[3] Asamblea de ciudadanos libres que, antes de la invasión de los tártaros (siglo XI), existió en todas las ciudades rusas y que concentraba en sus manos tanto el poder legislativo como el ejecutivo, desempeñando las funciones de gobierno republicano. El funcionamiento del veche es semejante a las formas históricas de la democracia de Atenas. En algunas ciudades como Nóvgorod y Pskov pervivió hasta el siglo xv1. (N. de los T.)

[4] Órganos del poder central en la Rusia de los siglos XVI-XVIII. (N. de los T.)

[5]  Los bogatyri («hombres fuertes») son héroes parecidos a los  caballeros andantes de Occidente, y de sus hazañas hablan las canciones populares rusas. (N. de los T.)

[6]  El Concilio de los Cien Capítulos, que tuvo lugar en 1551, aprobó | las resoluciones contra los herejes y las herejías, pidiendo que sus seguidores fueran ajusticiados por el poder laico, lo. cual era una absoluta novedad en la historia de la Iglesia rusa. (N. de los T.)

[7] Una especie de guardia pretoriana de Iván el Terrible que actuaba a la vez como policía secreta y como ejecutora. (N. de los T.)

[8] Sistema de distribución de los puestos burocráticos de acuerdo con el criterio de antigüedad y nobleza del linaje que se practicó en la Rusia de los siglos XIV-XV.

EL PENSAMIENTO DE IVAN KIREYEVSKY (PARTE I)

  Vladimir Moss Nota: Las obras principales de Iván Kireyevski se pueden encontrar traducidas online al inglés, tanto  Sobre el carácter de ...